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Soledades de interior


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Imagen y diseño de la cubierta: Fotografías: Ilustraciones de cuentos:


Soledades de interior Joaquín M. Rodríguez Gil


Dedicado a las dos mujeres de mi círculo mágico: mi compañera de vida y mi hija.

Las palabras son pinceles mágicos, con los cuales se puede plasmar, en el lienzo del papel, el todo que define a cada persona, desde el más recóndito lugar de su alma, hasta los escenarios por los que caminó en el devenir de su existencia.


Índice

Soledades de interior PRIMERA PARTE: SOLEDADES DE INTERIOR QUE PERDURAN EN LOS CUENTOS

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La teoría de los perfumes y un ser de no se sabe dónde A mí me empujó alguien y me metió por pantalones en este lío Lo siento, pero perdimos el derecho a irnos en paz Nosotros no llegamos a más Un abrazo para siempre La vida se quedó en la bolsa La apuesta de las venganzas del amor Lo que hay que aguantar para simplemente sobrevivir Ella se marchó y ya no volverá más

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SEGUNDA PARTE: SOLEDADES DE INTERIOR QUE BROTAN EN LOS VERSOS

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Los por qué de un amor Yo estoy en ti y tú estás en mí Mis flores

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TERCERA PARTE: SOLEDADES DE INTERIOR QUE NACEN EN REFLEXIONES SOBRE LA VIDA

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Las etiquetas A la leña del árbol caído El menospreciado tesoro de la salud Yo, primero yo y no hay nadie más que yo

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Soledades de interior

Primera parte

Soledades de interior que perduran en los cuentos

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Soledades de interior

La teor铆a de los perfumes y un ser de no se sabe d贸nde

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Soledades de interior

La teoría de los perfumes y un ser de no se sabe dónde

Aquella noche presentía que algo extraordinario iba a ocurrir. No, no... No tenía ninguna clase de fundamentos, ni señales convincentes para aferrarme a lo especial de la ocasión, ni siquiera el lóbulo de mi oreja derecha se había puesto rojo. En realidad era un viernes más, y como desde hacía veinte años, la costumbre me arrastraba a empujones a la mesa del fondo del pub de Gutiérrez, buscando satisfacer ese simple deseo de tomarme una cerveza con mi amigo Luis y charlar con él de lo divino y lo humano. No te aconsejaría nunca, y menos acompañado de una mujer para una cita romántica, que fueras al local de Gutiérrez. Si tuvieras curiosidad por saber cómo era, te lo definiría, de forma precisa y exacta, con estas pocas palabras: mugriento, apestoso, pequeño y cutre, pero con una música que, a un “pureta” como yo, lo elevaba hasta el cielo. El mamón de Gutiérrez tenía una colección de vinilos y de discos compactos increíble. Era evidente que esa, y no otra, constituía su exclusiva inversión en el negocio, y por extensión, en su vida. Todo lo mejor para mí sonaba en aquel santuario de pantalones vaqueros: Jimi Hendrix. King Crimson, Peter Gabriel, Mahavishnu Orchestra, Patricia Barber, Chick Corea, Pat Metheny y muchos más. Lo peculiar de aquel antro radicaba en que la parroquia que lo visitaba abarcaba un espectro casi completo: desde el cincuentón, como yo, que iba a reencontrarse con sus sueños; a los nenes de treinta y cuarenta, que ponían cara de circunstancias y 16


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sorpresa al palpar la movida; sin olvidar las visitas esporádicas de unas cuantas damas maduras, o más jóvenes, al acecho de su presa. Recuerdo, como si lo estuviera viviendo en este momento, que mientras apuraba mi cerveza, me sentí durante unos segundos contento, porque atesoraba firmes esperanzas de que Luis volviera a ser el mismo de siempre, después de haber estado al borde del abismo tras su separación. Y es que no hacía ni seis meses que tuve que plantarme una tarde en su apartamento y recogerlo literalmente del suelo. Lo había pasado mal, muy mal... Él afirmaba, en numerosas ocasiones, que era como aprender a andar de nuevo, pero con el castigo añadido de unir y pegar millones de trocitos de un espejo precioso, que él solo, sin ayuda de nadie, había jodido con sus propios puños. En aquella ocasión solamente compartíamos la mesa Luis y yo. No es cierto que la conversación fuese interesante, animada o profunda. Al contrario, echábamos mano de absurdas tonterías y nimiedades, con las que de alguna manera poder contribuir a poner la mente en blanco, a la vez que dibujar una sonrisa que ayudaran a soportar cierto aire de monotonía que, por momentos, empezaba a atraparnos. En los silencios que se colaban en la charla, cada uno buscaba su objetivo con sus particulares armas: Luis paseaba su mirada indiferente por el techo del local y yo luchaba, a duras a penas y sin conseguirlo plenamente, por enfocar y analizar al decorado y a los seres que habitaban en él. En realidad nunca nos preocupó a ambos ese mutismo que, aleatoriamente, se interponían entre los dos. Quizás porque lo interpretábamos como un espacio privado, en el que existía la obligación y el derecho a encarar los aciertos y errores del camino recorrido. 17


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La historia realmente comenzó cuando mis ojos se detuvieron, irracionalmente, en aquel desconocido alto, delgado, con el pelo canoso y gafas de patillas moradas, que de forma brusca e inesperada, traspasó la puerta del local. Andaba de prisa, muy deprisa, como si la vida le fuera en ello. Y lo peor, se dirigía directamente a nuestra mesa. Nunca lo había visto, pero algo guardaba ese individuo que no me gustaba y que, en cierta forma, me producía un temor a lo desconocido. Sin darnos tiempo a reaccionar, repentinamente, el sujeto se colocó frente a los dos, tomó una silla y se sentó justamente entre Luis y yo. —Sé que tú vives en el dolor —dijo el intruso, dirigiéndose descaradamente a Luis. —¿Quién eres tú? ¿Qué coño haces aquí? —le preguntó Luis, confuso y desafiante. —Yo lo sé... Nunca me equivoco —continuó el fulano con una seguridad aplastante—. Hueles a dolor a mil kilómetros de distancia. También intuyo que a ese dolor lo llamaste tú, al irte con una mujer y alejarte de otra. —¡Lárgate de aquí ! No vas a conseguir ninguna cerveza gratis, majara de mierda —respondió Luis amenazante. —Puedo ayudarte. Tú lo sabes mejor que nadie —insinuó el hombre. Inmediatamente me levanté de la mesa y me acerqué al tipo. Cuando mi mano iba a agarrarlo del cuello de la camisa, para imponerle a las bravas que nos dejara en paz, Luis me sujetó del brazo y me obligó a sentarme de nuevo. Mientras tanto, el desconocido permanecía inmutable, sin moverse, en su si-

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lla, observando la escena con bata blanca, como si aquello no tuviera nada que ver con él. —¿Cómo puedes ayudarme si no me conoces de nada? —le interrogó Luis con curiosidad. —Mostrándote lo que tú no ves, o ya consideras y no te atreves a aceptar —afirmó el intruso—. Tienes que confiar en mí… Solo te pido una cosa. —¿Qué quieres? —le interpeló Luis. —Dime el nombre del perfume de cada una de esas dos mujeres — demandó el sujeto. —Una de ellas usa una colonia que se llama «Ángel y Demonio». La otra no tiene perfume fijo, ella dice que el primero que encuentra a mano —le contestó Luis, con una exagerada sonrisa en sus labios, mientras no escatimaba en gestos manifiestos para comunicarme que, aquel individuo, había perdido definitivamente el rumbo. Pero el tipo, no sé cómo y con qué fuerza, siguió hablando y, poco a poco, inverosímilmente e ilógicamente, logró enmudecer las ruidosas carcajadas con las que Luis y yo pretendíamos ridiculizarlo. Incluso aún hoy soy capaz de transcribirte fielmente lo que aquel fulano manifestó: —Nunca has estado enamorado de la mujer que se echa «Ángel y Demonio». Es imposible, no te va y no puede encajar contigo. Seguramente te «encoñaste» con ella y eso te llevó a cometer mil locuras, cuyos efectos se multiplicaron por la grave crisis personal en la que estabas inmerso. ¡Has tenido suerte, mucha suerte!... de que todo se haya roto, porque no es una mujer, sino simplemente una nena de plástico, que solo navega al viento de su capri19


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cho y que únicamente sirve para unos días de sueño barato. Todo en ella es pura fantasía, desde el color de su cabello hasta los estudios y profesión que te decía ejercer. Sus «Te amo» son de un día, no para más. Nunca le debiste dar tu «todo», porque ella jamás se jugó nada contigo, ni con nadie. Si te soy sincero, transcurrido el tiempo, pienso que en el fondo éramos conscientes de que algo fuera de nuestro alcancé estaba sucediendo y que ello, y no otra cosa, justificaba el cambio repentino en la actitud de ambos al escuchar las palabras de ese ser. —¿Sabes?... —continuó el hombre—. Me asaltan no pocas dudas en tu comportamiento hacia esta mujer, que tú las mantendrás el resto de tu vida: ¿por qué sabiendo de antemano el final de la historia, esperaste al estallido? ¿Por qué no le distes larga antes? ¿Por qué dejaste el todo para abrazar la nada?... No encuentro más que esta hipótesis para tratar de poner algo de racionalidad a tu actuación: eres un romántico, un soñador, un Quijote más, que conociendo desde el primer momento el final de tu propio sueño, por fidelidad al mismo y a las palabras con que lo envolviste, lo dejaste sobrevivir hasta que se estrelló en la puta realidad. Era todo un poema contemplar el cambio en el rostro de Luis, mientras que el desconocido proseguía hablando. La expresión de su cara se transformó radicalmente y, en milisegundos, la sonrisa, la burla y la ironía dejaron paso, súbitamente, al asentimiento, el dolor y la desesperación por volver a presenciar, frente a frente, a menos de un metro de distancia, a ese fatídico error con el que estaba obligado a convivir cada día de su existencia.

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—¿Has pensado alguna vez porque esa otra mujer usa el primer perfume que encuentra a mano? —preguntó el sujeto a Luis, sin esperar contestación—. ¡La cagaste, desgraciado! ¡Para matarte!... Esa mujer vive por ti y para ti. Te ama con dos cojones y te lo da todo, absolutamente todo, sin pedir nada a cambio. Te entregó y te entrega tanto, tanto... que ni siquiera disfruta de tiempo para vacilar con un jodido perfume. Además, no le hace falta... ¿Te enteras? Es una señora de la cabeza a los pies, en cualquier dimensión que quieras analizar o comparar. Pero tú, niño mimado, no valoraste ese precioso regalo. Creías que cualquier niña de mierda que te susurrara al oído un «Te amo», mientras cabalgaba contigo en una gélida habitación de hotel, sería como ella... ¡Qué error!... ¡Dios, que error! Y en el preciso instante en que las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Luis, algo muy fuerte, que no tengo palabras para poder explicar, se adueñó violentamente de mí y me estremeció hasta el último centímetro de mi ser. Y casi sin darme cuenta, una energía que no podía ser mía, me puso encima de la mesa, a la vez que yo llamaba, como un loco, a toda la parroquia del pub, gritando y señalando al intruso de nuestra mesa: —¡Venid, venid todos aquí! Este tipo te define cómo es tu nena y te suelta cuál puede ser el final de tu historia con ella, con solo decirle el perfume que usa. ¡Rápido, no dejéis escapar la oportunidad de vuestras aburridas vidas! ¡Venid, venid todos aquí! Aquello despertó súbitamente la actividad de los seres que sobrevivían en el alcohol del local, y antes de terminar mi llamamiento, estuvimos rodea21


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dos y asfixiados por una multitud que no paraba de vociferar nombres de perfumes de mujeres. Aunque no puedo asegurarlo por la rapidez infinita con que se sucedieron los hechos, juraría que fui capaz de retener en mi retina la imagen del fulano atravesando velozmente la puerta del local, seguido de un coro de fieles que le pisaban los talones y que soñaban, ilusamente, con la esperanza de conocer realmente a la mujer con la que se acostaban cada noche. Al regresar la paz y el silencio de nuevo a nuestra mesa, me encontré con una escena que se ha quedado grabada eternamente en mi pensamiento: Luis, con las manos ocultando su rostro, no cesaba de culparse, repitiendo, entre murmullos y sin piedad, más de un millón de veces: - ¡Me equivoqué! ¡Maldita sea!... ¡Me equivoqué! Nunca más volví a ver a ese ser desconocido de no se sabe dónde, ni tampoco puedo confirmarte la validez de su teoría de los perfumes. Lo que sí sé, lo que sí ahora te puedo ratificar, es que al menos con mi amigo Luis aquella teoría funcionó.

FIN

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Soledades de interior

A m铆 me empuj贸 alguien y me meti贸 por pantalones en este l铆o

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A mí me empujó alguien y me metió por pantalones en este lío

Y me llamo Alberto Rodríguez García y no sé qué coño pinto yo aquí. De verdad que no... ¡No, no, no! Yo no soy de esta escena, no pertenezco a este decorado, no debería estar en este sitio... ¡Yo no fui! A mí me empujó alguien y me metió por pantalones en este lío.... ¡Además, joder, tengo ya cincuenta años y no estoy yo ya para estos trotes! A mi edad debería estar tomando un buen café junto al fuego, o dando un paseo al atardecer, o sacando al perro, o limpiando el coche, o vete a saber... Y el caso, y esto es lo increíble y fantástico de lo que me pasa en este momento, es que me pellizco y me siento. Si muevo los dedos, son los míos y si estiro la pierna, es también la mía, No cabe duda: este que ahora se toca las gafas no puede ser otro que yo. Incluso me veo, en este preciso segundo, reflejado en el cristal de un coche, aunque lo que contemplo no encaja conmigo... ¿A ver, tú qué todo lo sabes?... ¿Qué relación tengo yo con estas casas? ¿Cuándo estuve yo bañándome en esa playa que recorre mi mirada en este instante?... ¿Qué historias me envolvieron a mí en estos bosques de cuento de hadas que atravieso? ¿Dónde está el Sol en este perdido lugar?... Y además, hay una mujer que conduce este coche y que está sentada a mi lado. Sus manos agarran desesperadamente el volante y la punta de su bota pisa continuamente el acelerador, como si quisiera huir de algo que no sabe muy bien lo qué es. No se fija en mí y tiene su mirada clavada en la ca24


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rretera. Ni tan siquiera manifiesta un simple gesto de asombro, sorpresa, interés o afecto al percibir que yo estoy ahí, junto a ella. Seguramente esta tía me conoce bastante y me ha colocado, de un plumazo, en su mundo de objetos cotidianos y habituales, de esos que están porque tienen que estar. Debe ser así, o estaría perdiendo la cabeza sin solución. —¡Maldita sea!... ¡Adelanta ya de una puta vez! —dice esa mujer, con gesto alterado, golpeando con las manos el volante e insultando al conductor del coche que circula delante. Y me cabreo, me enfado conmigo mismo, porque quiero desaparecer, bajarme de este coche, irme a mi casa, decirle a esta colgada que se busque la vida con otro... Pero no puedo... ¡Es imposible!... No me quedan ya fuerzas, ni tampoco casa donde ir. Ya no poseo nada, todo se me fue de las manos y todo lo perdí. Y en la nada sobrevivo, caminando siempre detrás y al final... ¿No te lo explicas?... Normal, yo tampoco, y lo peor es que yo antes no era así. Hubo un tiempo no muy lejano en que yo fijaba el ritmo, caminaba delante, poseía el mundo en mis manos y la suerte de que me amaran. Y ahora ni tan siquiera tengo dos cojones para abandonar este coche. —¡Esta es la autopista, joder!... ¡Me he perdido! —grita la mujer, dirigiéndose inesperadamente hacia mí y exigiéndome algo que solo ella entiende. Y si miro para atrás, observo a un pobre niño, cansado, aburrido y dando por saco a su madre. Ubicado en la escena forzadamente como yo. Demandando a gritos y con gimoteos, precisamente a esa mujer que parece de hielo, que lo escuche, que lo mime, que le ayude, que le hago caso, que lo bese, 25


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que lo acaricie, que lo abrace, que juegue con él y que lo envuelva, por millonésima vez, fuertemente, entre sus brazos. —¡Mami, quiero un paquete de patatas! —pide el niño haciendo pucheros. —¡No me «cojonees»! —sentencia la madre. —¡Por «fa», mami! —suplica el niño—. Tengo mi dinero. Me lo dio la abuela... ¡Tengo hambre, mucha hambre! —¡Eso es mentira!.. La abuela me mencionó que comiste poco y que le dijiste que no querías más porque te dolía el estómago —argumenta la madre, sofocada con las llamadas de atención del niño. Y el silencio nos atrapa de nuevo a los tres. No hay chillidos, ni bofetones, ni amonestaciones, ni esperanzas, ni proyectos alternativos. Silencio y silencio, y más silencio. Nunca me gustaron, por una simple razón: me niego a interpretar nada, no me da la gana de perder el tiempo en ello. Soy, o era, un hombre de acción. Pienso una vez que actúo y preciso, cuanto antes, mancharme las manos completamente. Me gustan las cartas sobre la mesa, boca arriba, con mucho aire y con las puertas abiertas de par en par, pero esta hipócrita vida, desgraciadamente, no es así. Aquí, donde estamos tú y yo, hay que andar eternamente ocultando cosas y poniendo velas al miedo, para conservar lo poco que nos quede, como buenos y dóciles burgueses, que es en el fondo a lo que aspiramos ser. —¿Sabes qué ahora mi hijo me dice frecuentemente que los hombres me miran mucho? —me sonríe maliciosamente, mientras que el niño, con sus

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pequeñas manos, oculta su rostro e inútilmente trata de esconderse detrás de mi asiento—. ¡Es lo único qué me faltaba ya! Y a la vez que sus palabras se van difuminando pausadamente en mi entendimiento, la contemplo y la examino con descaro, aunque me resista inicialmente a ello, y mi semblante, en un puro acto de rebeldía, rebosa exageradamente de ironía. Lleva unos pantalones negros muy ajustados, que ocultan sutilmente unas piernas y un sexo dispuestos a abrirse completamente en cualquier instante, y una camiseta marrón de mangas largas, con un amplio escote, para realzar unos pequeños senos, que se niegan a destacar su presencia por si solos y requieren, en consecuencia, de ayudas extraordinarias para conseguirlo. Su faz está cargada de maquillaje, con la ilusión de ocultar las primeras arrugas que empiezan a nacer, y el pelo lo tiene teñido de rubio, conocedora a fondo de la simpleza de los hombres. —¿Te conté lo que me pasó en París, cuando fui con el niño y mi amiga Luisa? —me pregunta con una mano al volante y los dedos de la otra sosteniendo un cigarrillo que acaba de encender. —No me acuerdo —contesto por decir algo, o simplemente por reivindicar cierto protagonismo en la escena. —Pues resulta que allí conocimos a unos italianos muy simpáticos con los que coincidimos en varios lugares que visitamos. En un principio parecían muy respetuosos y agradables. Pero cuando estuvimos en la Torre Eiffel, al subir las escaleras, me di cuenta de que uno de ellos le hacía señas a otro para que me mirara por debajo de la minifalda negra que llevaba puesta... ¡Los tíos son todos unos cerdos, joder! —afirmando y metiendo en el saco a 27


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todos los hombres, sin ninguna posibilidad de reclamar alguna diferencia individual—. El niño se dio cuenta de todo y, sin decirme nada, se encaró con ellos. Después, les recriminé su comportamiento, añadiendo que, en todo momento, me había comportado muy bien con ellos para que me hicieran esto ahora... ¡No puede una confiar en los tíos! Y cuando entregaría mi vida por ser como ese niño que ahora duerme plácidamente en el sillón trasero del coche, se cuela brutalmente por mi pensamiento, a una velocidad infinita, una pregunta que me martillea sin compasión y que no dudo en soltarle, pase lo que pase, a esta tía de mierda. —¿Llevabas bragas? —¡No! —contesta con rotundidad, gritando, abrumada de irá, con los ojos desencajados y soltando las manos del volante—. ¡Nunca llevo bragas! Yo no me pongo bragas para ningún tío. ¿Te enteras?... ¡Eso pasó una vez y no se volverá a repetir jamás mientras viva... Si las mujeres supieran el daño que hacen las bragas, no se las pondrían en absoluto. Y ante lo que se me viene encima, increíblemente, acaricio el goce y la felicidad, porque ahora sí que me siento, sí que soy yo, sí que vuelvo a respirar y sí que puedo estar vivo. Es como torpedear con saña a un iceberg de hielo, en su misma línea de flotación, que te tuviera atrapado hasta lo más hondo de tu ser y que te hubiera convertido en un pelele, y los millones de fragmentos en que se hubiese esparcido en el abismo, se incrustaran todos en ti, sin que se perdiera ninguno, y eso te diera la posibilidad de nacer de nuevo, desde el vacío más tajante y desde el dolor más inagotable.

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—¡No te aguanto ni una más! —amenazándome, tirando el cigarrillo por la ventanilla del coche y cogiendo de nuevo el volante, como si fuera a estrangularlo—. ¿Me oyes? —Sí, te escucho, pero es que... —sin dejarme terminar. —Claro, ahora me pedirás perdón —dándose un apresurado toque de peinado y ajustando el espejo retrovisor para ello—. Tú te crees que eres el único que está jodido y como un niño mimado, no ves más allá de ti... ¡Yo también estoy jodida! , tanto o más que tú. —¿Puedes dejarme hablar? —le exijo, elevando el tono de voz. —¡Déjame en paz! —haciendo todo lo posible para cerrar el episodio a su gusto y manera. —¡O paras el coche y me dejas irme, para poder seguir caminando sin verte más en mi puta vida, o le prendo fuego y las letras que te quedan por pagarlo te las comes enteras! —no pudiendo soportarla más y plantándole el ultimátum—. ¡Elige, criatura del señor! Y el coche se detiene bruscamente en medio de la autopista, y el niño se despierta y empieza a llorar, y mi cinturón salta por los aires y abro la puerta con violencia, y ella analiza y toma nota de cada acto de mi comportamiento, con silencios saturados de miles de resentimientos y quejas, y yo dejo atrás el automóvil como si la vida me fuese en ello, y cuando soy capaz de tomar conciencia de que mis piernas se mueven y de que el aire comienza a fluir de nuevo en mis pulmones, escucho, mucho más allá de mí: —¡Para cojones, yo, niño mimado!

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Y me llamo Alberto Rodríguez García y no sé qué coño pinto yo aquí. De verdad que no... ¡No, no, no!...Yo no soy de esta escena, no pertenezco a este decorado, no debería estar en este sitio... ¡Yo no fui!... A mí me empujó alguien y me metió por pantalones en este lío.... ¡Además, joder, tengo ya cincuenta años y no estoy yo ya para estos trotes! A mi edad debería estar tomando un buen café junto al fuego, o dando un paseo al atardecer, o sacando al perro, o limpiando el coche, o vete a saber...

FIN

Febrero del 2009

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Soledades de interior

Lo siento, pero perdimos el derecho a irnos en paz

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Lo siento, pero perdimos el derecho a irnos en paz

No me pidas que te lo cuente, me siento mal recordando aquello y tampoco tengo deseos de hablar del asunto... ¿Para qué?... ¡Termino siempre jodido y lo estropeo todo!... Sin embargo, al final, estoy seguro de que acabaré soltando mi lengua, como si quieres que te cante ahora flamenco, o que mañana vaya al Sol con mi moto. La realidad dura y desnuda es esta: soy capaz de hacer lo imposible por un rato de compañía. ¡Puedes pregonarlo si quieres!... Ya no me importa, porque he aprendido, desde el cielo y desde el infierno, que ya no sé nada y tengo miedo, mucho miedo, en cada paso que doy y en cada minuto que respiro. Y es que últimamente me siento raro, vacío, desamparado, aislado y con mucho frío, como si la soledad me pisara a todas horas los talones, y percibiera, en todo momento, su aliento en mi nuca. Y lo peor es que no logro echarla de mi casa y, menos aún, agarrar la esperanza de que me abandone cualquier día, aunque tenga que esperar para ello a la soñada jubilación. Así que no te extrañes de que, si alguien llama a mi puerta, como tú esta tarde, salga lanzado a la calle buscando aire, al precio que sea. Mi casa, estimado amigo, se ha convertido en algo parecido a una prisión privada en la que, sin pausa ni descanso, me muero poco a poco, quizás para cumplir mi justo castigo, por todas las cabronadas que regalé a los seres que más me amaban. 32


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En fin... No pasa nada, tío. Da lo mismo... Y sí, es cierto, yo estaba allí, en el tanatorio, esa tarde, a las pocas horas de encontrarse el cuerpo sin vida de Diego Mendoza Rodríguez, que con su decisión libre de dejar este mundo, logró, inconscientemente y sin ni siquiera imaginárselo, alterar, aunque solosea para callar algunas conciencias, el devenir conservador, pesado y rutinario en el que sobrevivimos tú y yo, y otros muchos más que han colocado por pantalones en este mismo escenario. Recuerdo que el motivo principal que me empujó a presentarme allí fue la solidaridad con el dolor de Diego. Efectivamente, es verdad que lo conocía, pero superficialmente y en un ámbito estrictamente profesional, aunque sabía por otros compañeros y amigos de ambos que lo estaba pasando muy mal, precisamente también por una separación. Esa empatía provocada por dos situaciones similares en el camino de la vida, me obligó, literalmente, a vestirme y coger la moto cuando me enteré de lo sucedido. Al llegar no quise quedarme en la sala donde estaba el difunto, que se encontraba atestada de gente y en la que empezaba a sentir miradas inquisitivas sobre mis movimientos. Así que preferí sentarme en un banco situado en lugar apartado de un jardín, que daba acceso al vestíbulo del edificio, donde advertí, casualmente, la presencia de Yolanda, una compañera del colegio en el que Diego impartió clases. Curiosamente y sin ninguna lógica, al sentarme al lado de ella, fijé mi atención, durante unos segundos, en un tipo de más o menos mi edad, que estaba de pie y vuelto de espaldas, justamente frente a ambos, mirando a través de una verja que separaba al tanatorio de la calle.

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—¿Te has enterado, Antonio? —me preguntó Yolanda al percatarse de mi presencia, buscando alguna información sobre el hecho, más que una respuesta a su pregunta. —Me telefoneó Miguel y vine lo más rápido que pude —le contesté, jurándome a mí mismo que no iba interpretar nada de lo acontecido. —¡Pobrecillo! ¡Pobrecillo!... —empezó a repetir Yolanda, con voz entrecortada, los ojos humedecidos y las manos cubriendo su rostro. Y mientras la contemplaba en silencio, mi pensamiento abría, de par en par, aquellos recuerdos cercanos en los que había suplicado, cada mañana y cada segundo, dejar de vivir. Y otra vez se coló en mi cabeza, ¡maldita sea mil veces!, la malévola retahíla que seguía ahogando mi existencia: «Has destrozado todo, dejaste a una gran mujer por una mierda, no eres digno de ser padre, has perdido a tu hija para siempre, abandonaste en el infierno a las que más te amaban, tú eres el culpable, tienes que pagar hasta el último dolor que causaste, no eres digno de disfrutar del derecho a existir, ya no posees nada, muérete ya... » —¿Por qué pasan estas cosas, Antonio?... ¿Cómo un hombre puede tirar su vida de esta forma? —me interrogaba de nuevo Yolanda, paralizando por fin el rosario de mi mente. —No tengo respuestas, Yolanda, ni tampoco las busco o quiero —añadí con tristeza y un malestar que comenzaba a apretar mi estómago. —Me han comentado que lo tenía todo preparado, que ayer mismo llamó al director del colegio para comunicarle que estaba enfermo y que no iba a ir. Por lo visto, esa misma mañana, se fue al banco para tomar las dispo34


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siciones pertinentes en relación a todas sus cuentas corrientes —insinuó ella, dejando milagrosamente de llorar y evidenciando, sutilmente, la luz del fisgoneo en sus ojos. Era y soy consciente de las debilidades de la naturaleza humana y presentía, con la más absoluta certeza, de que iba a escuchar miles de comentarios y preguntas, saciados de morbo y curiosidad malsana, envueltos y disfrazados en teorías justificativas y supuestamente humanitarias, para apuntalar algunas quejas que pudieran escaparse de la engañosa moralidad de quienes los formulaban, a la vez que asignar un hipócrita toque de racionalidad a un dolor que arrastró a un hombre a un callejón sin salida. No quería, ni estaba dispuesto a entrar en ese juego sucio, entre otras cosas porque yo sufrí, y padezco aún, los efectos del mismo. Pero sin darme tiempo a advertir su aparición, se nos agregó, inesperadamente, una señora de muy buen ver, de cabello rubio y bastante coqueta, con un traje de chaqueta negro y una blusa blanca de amplio escote, que sugerían, sin recato, un cuerpo donde todo era posible. —Mi hijo me acaba de llamar y me lo ha contado todo… ¿Qué ha pasado, Yolanda? —interpeló la mujer a Yolanda, sentándose a su lado, a la vez que me observaba con minuciosidad, de arriba a abajo, sin perder ningún detalle. —¡Una desgracia muy grande, amiga mía! —respondió Yolanda, recomponiendo con prisas la congoja adecuada a la situación y acercando, visiblemente, un pañuelo a sus ojos.

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—¡Es una pena!... A mi hijo le daba clases y, precisamente mañana, tenía un examen con él —declaraba la señora, regalándome de paso una sonrisa para tantear el terreno, a la vez que cumplía con su obligación—. Por cierto... ¿El examen se suspenderá, verdad? —dirigiéndose a ambos. —No sé qué decisión tomará el director —dijo Yolanda, con cara de circunstancias por lo inadecuado de la pregunta en una situación como aquella. —Mi hijo lo estimaba muchísimo y era un gran profesor —aportando nuevos datos la madre para tratar de salvar la metedura de pata, mientras que su mirada volvía a examinarme. —Y una gran persona, muy cariñosa y buena con todo el mundo — añadió Yolanda, mirando hacia el techo, como si al pobre Diego lo hubiesen castigado con estar allí. —Un vecino me ha contado que Diego, hace unos pocos días, a su anterior pareja, le anunció que pronto tendría noticias de él y que la policía ha localizado en su casa, al lado de la pistola que usó para matarse, una carta destinada a ella y a sus hijos, donde pedía perdón por el daño causado — manifestó la señora, con fingida pena, mientras sacaba de su bolso una barra de labios para darse un apresurado toque de última hora. —Yo he oído a un familiar de Diego afirmar que rompió con su nueva relación y que la misma acabó fatal. Además, por lo visto, no se llevaba nada bien con Marisa, su primera esposa, y las dificultades para ver a sus hijos eran cada día mayores. Incluso, dos días antes de su muerte, comió en casa de su hermana y acabó medio borracho —remataba la faena Yolanda, man-

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chando de falsedad y cinismo el derecho del difunto a irse con honorabilidad de este mundo. —A mí me parecía un señor muy introvertido, aunque yo hablé con él en muy pocas ocasiones y siempre por asuntos de mi hijo —opinó la señora, colocando de paso la etiqueta salvadora que tanto nos gusta asignar a los demás, para percibir esa centésima de seguridad que pueda frenar nuestros miedos y temores. —No te equivocas para nada, así era el pobre, que en paz descanse. Nunca me comunicó nada de su vida, o de su estado de ánimo. Fíjate que yo, en no pocas oportunidades, al verlo triste y abatido, me hubiese encantado charlar con Diego, pero parecía huir de mí —declaraba Yolanda, queriendo subir en un instante al peldaño más alto de la caridad y fraternidad humana. No quiero ni puedo mentirte, querido amigo, pero aquello estaba sobrepasando mis límites, y los de cualquier persona con un mínimo de dignidad. Y lo peor, lo que más me irritaba y encolerizaba, es que permanecía callado, en absoluto silencio, como si fuera una piedra o un farola, con un rictus en mi rostro de santa paciencia, o de estoica capacidad para resignarme ya ante cualquier cosa, y todo, absolutamente todo, para poder sobrevivir un jodido segundo más. ¡No tengo solución!... Un hombre como yo debería haber pegado, como mínimo, una patada ante tanta basura, o al menos escabullirse a mil kilómetros de distancia de esas brujas, entre otras muchas razones porque yo era, y sigo siendo, una víctima más de estas, y estos sabelotodo de mierda, que van

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por la vida enjuiciando y analizando los comportamientos de los demás, cuando su propias existencias son un cúmulo de necedades y bajezas. Aunque lo que no hice yo, lo asumió y ejecutó otro con muchísimo más coraje y valentía. Y es que entonces aconteció algo increíble, fantástico, milagroso y sobrenatural, que me parece que no voy a ser capaz de hallar las palabras adecuadas para narrártelo.... Pero no te preocupes. ¡Tranquilo! La suerte te acompaña y yo no quiero estar solo: súbitamente, sin que jamás hubiese pasado por mi mente esa posibilidad, una voz grave y muy potente, que venía de aquel tipo que observé al llegar al tanatorio y sentarme al lado de Yolanda, retumbó y estalló como un trueno en una noche de tempestad, sobrecogiendo cada centímetro de mi cuerpo y de mi alma, y haciendo temblar de terror a las dos arpías que me acompañaban: —¡Silencio de una puta vez, cabronas!... ¿Por qué no os vais al infierno para no volver jamás? ¿Con qué derecho y en nombre de qué echáis tanta inmundicia sobre el cadáver de Diego? ¿Por qué no dejáis en paz a un pobre hombre que no pudo aguantar tanto dolor y os metéis en vuestras propias vidas, saciadas de miserias y mezquindades? —chilló un hombre, con tono desgarrador y enfurecido, cuyo rostro seguía sin verse al continuar vuelto de espaldas. —Usted no es nadie para mandarme a callar e insultarme —respondió Yolanda, titubeante, a los pocos segundos de intervenir el sujeto, algo restablecida ya del impacto y con la mano cogida a la de la señora. —Eso mismo digo yo —afirmó la señora, haciendo grupo con Yolanda.

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—¡Este soy yo y tengo todo el derecho del mundo a colgaros a las dos de este árbol! —exclamó aquel sujeto, girando su semblante hacia nosotros y señalando con su mano a un árbol que tenía al lado, con la mirada aniquilando a las dos mujeres. Es como si lo estuviera viendo en este momento. ¡Madre santa de Dios, el fulano tenía la misma cara que Diego! ¡Era igual que él! ¿Cómo era posible eso?... Y aunque lo intentaba, no podía moverme, estaba paralizado y mis piernas no me respondían. Deseaba con toda mi alma correr, correr hasta no parar, pero mi cuerpo seguía allí, sentado, quieto, ajeno al instinto humano de subsistir ante lo que va más allá de nuestras posibilidades como mortales, y sometido por completo a la voluntad de aquella imagen, que era una copia exacta de Diego. Sin embargo, fui capaz, no sé cómo ni a cuento de qué, de armonizar el dominio absoluto de ese ser sobre mí, con una percepción y registro en mi mente, con todo detalle, de los alaridos de desesperación de Yolanda y la señora al contemplar el rostro de aquel hombre. Más aún, mis ojos tuvieron el vigor y la osadía de divisar con exactitud la huida de las dos mujeres, que se precipitaron hacia la salida del recinto como si el demonio quisiera atraparlas para llevárselas a su funesto reino, arrastrando tras ellas a un sinfín de curiosos que se encontraban en ese momento en el tanatorio, y que no dudaron en asumir toda clase de riesgos por conocer, al precio que fuese, los motivos que impulsaban a las dos mujeres a fugarse de esa manera. Todavía no he desarrollado plenamente el arte de observarme a mí mismo, pero tal y como transcurrieron esos interminables segundos, es incuestio39


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nable que mi aspecto debería ser lastimoso y deplorable, valedor del ingreso inmediato en cualquier servicio de urgencias de un hospital. En consecuencia, compadecerme en aquella situación, aunque ello dependiera del más allá, entraba de pleno en la categoría del deber ser y del socorro universal, y estoy seguro, ahora que te lo cuento, que ello contribuyó irrefutablemente a cambiar el comportamiento de lo que tenía frente a mí —¡Por favor, señor, tranquilícese! Yo no tengo nada contra usted, ni quiero hacerle ningún daño —me habló aquel hombre, haciendo lo imposible por sosegarse, a la vez que intentaba calmarme y, seguramente, infinitamente más asustado que yo al verme en aquel estado de abandono completo a los designios del destino. Pero yo no respondía, no tenía fuerzas para articular palabra alguna. Lo único que me diferenciaba del resto de los objetos inertes de la escena, es que era consciente de mi adherencia angustiosa al banco donde estaba sentado. —¡Le pido perdón, señor ! Déjeme que le explique y lo comprenderá todo — continuó el hombre, preocupado por mí aspecto y salud—. Me llamo Alberto Mendoza Rodríguez y soy hermano gemelo del difunto Diego. Es evidente, como usted está comprobando, que el parecido entre ambos es bastante grande, por lo que suele ser corriente que experimente los efectos de este hecho. No le engaño si le digo que esta mañana, cuando me presenté con mi madre en el tanatorio, tuve que soportar varias escenas semejantes, al menos en gran parte, a las que usted acaba de presenciar y vivir.

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Ello no es de extrañar porque mi hermano, como afirmaban esas dos mujeres, siempre fue muy introvertido y casi nunca hablaba de mí. Por otra parte, tanto mi madre como yo, no residimos en esta ciudad y tampoco había tenido jamás la ocasión, por motivos profesionales, de estar aquí. No se asombrará, en consecuencia, que para evitar más líos de este tipo, le prometiera a mi madre, hace solamente unas horas, salir de la sala donde está el féretro de mi pobre hermano y que me hubiese venido a este lugar un poco apartado, donde al menos puedo sentir con más intensidad el hilo mágico que siempre nos ha unido a los dos, sin verme obligado a sufrir situaciones nada agradables para mí, y menos en estos momentos de dolor. Estas palabras originaron un efecto prodigioso en mí, como si alguien hubiese abierto la puerta de una habitación a oscuras en la que me hubieran encerrado de por vida. Y es que la racionalidad, querido amigo, manifiesta también efectos sorprendentes y paliativos, y no es de recibo que algunos locos como yo no paremos de criticarla y golpearla, en nombre de palabras hermosas y elevados sueños, que desgraciadamente no son suficientes para el vivir de cada día. —Usted no tiene por qué pedirme perdón, en todo caso yo soy el que debe hacerlo, precisamente por haber permanecido en silencio, ante la inmundicia que esas dos brujas vertían sobre la memoria de su hermano —le respondí casi balbuceando, lográndome reponer, poco a poco, del trance vivido y sintiendo de nuevo el fluir de la sangre por mi cuerpo. —Creo que me he pasado... —añadió el hermano de Diego—. Pero no es justo que una persona no pueda irse en paz de este mundo. 41


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—Yo pienso que no se ha excedido, simplemente ha aplicado el palo justo a la categoría y especie de los personajes —expuse con una angelical sonrisa en mi cara, como si Dios me hubiese puesto la mano encima para realizar un nuevo milagro. —¿Sabe lo qué le digo?... Mi hermano hubiese hecho lo mismo si se hubiera visto en mi situación —sentenció el hermano de Diego, mirando más allá de la verja que separaba al tanatorio de la vida. Y no aguanté por más tiempo en aquel lugar, y no volví a ver nunca más a Alberto, y mientras regresaba a mi casa, fui pensando en el derecho a irnos en paz de este mundo, que quizás nunca lo habíamos tenido, y era solo una pura ilusión y vanidad humana. Y con el pasar del tiempo, ya casi nadie se acuerda de Diego, y este es el final de la historia, y ya no hay más... ¿Ves?... Acabé soltándolo y te lo conté. He cumplido con mi parte y he saciado tu deseo. Ahora, por favor, quédate un rato más conmigo. ¡Te invito a otra copa! ¿De acuerdo?... ¡Te lo pido por favor!... Y es que últimamente me siento raro, vacío, desamparado, aislado y con un infinito frío, como si la soledad me pisara a todas horas los talones, padeciendo y sufriendo, en todo momento, su aliento en mi nuca. Así que no te asombres de que, si alguien llama a mi puerta, como tú esta tarde, salga lanzado a la calle suplicando aire, mucho aire, aunque tenga que ir al mismísimo infierno para ello. En el fondo no soy más que un niño grande, que sigue soñando con castillos en el aire, como el de evadirme del recuerdo de Diego, y de otros muchos más, saciados de angustias y temores. FIN 42

Marzo del 2009


Soledades de interior

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Soledades de interior

Nosotros no llegamos a más

―¿Pensar en qué?... ¿En la vida?, ¿en mi jodida existencia?, ¿en tu camino?, ¿en mis sueños?, ¿en tus caídas o en las mías?... ¿En qué vamos a pensar, dímelo? —preguntaba Sergio a Antonio, cargando de sentimientos sus palabras, como siempre solía hacer, a la vez que preparaba el terreno para sacar, de su bolsillo mágico, su intachable e irrefutable discurso de existencia—. En la nada, en eso precisamente vamos a pensar. ¿Y sabes por qué?... Porque al final actuamos y asumimos nuestro papel como nos sale, sin que suceda el plan previsto. Vamos como se puede y a duras penas, agarrándonos con toda nuestra fuerza a aquello que aún conservamos y nos queda. No, no somos los protagonistas, ni siquiera actores de segunda, y a lo máximo que podemos aspirar es a mover, de puta madre, los hilos que otro desplaza a su libre antojo. Ya, ya sé que a veces sentimos, y que cierto vértigo nos lleva a creer, como niños grandes, que por fin somos los dioses de nuestro destino, pero eso es solo un espejismo. Incluso, si lo prefieres, cierta «vidilla» que nos otorgan para darnos algo de motivación y estímulo. ―¡Eres un exagerado! —afirmaba Antonio, con santa resignación, a la vez que posaba sus dedos en su taza—. Te has vuelto a sentar en el extremo, como siempre. No cambias, Sergio, y eso que ya tienes cincuenta. ―¡Ya empezamos con las etiquetas! —protestaba Sergio, mirando al techo de la cafetería, como si pidiera ayuda del más allá—. Aquí, cuando la 44


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realidad nos la ponen frente a frente, el personal se asusta y nos dedicamos a colocar etiquetas a todo lo que se mueve, con la esperanza de percibir esa magia de control que tanta seguridad nos proporciona. —Sergio, lo que dices no siempre es así —exponía Antonio, después de apurar su café, con su acostumbrada paciencia, especialmente cuando el destino lo llevaba a compartir el instante con Sergio—. A veces nos salen las cosas exactamente como prevemos y en otras, el resultado es completamente diferente a lo planificado anticipadamente. Y todo ello podemos complicarlo, muchísimo más, si añadimos los millones de tonalidades que pueden pintarse entre los polos que te he presentado. —Sí, es cierto, racionalmente lo es. ¡Te ha quedado de puta madre, Antonio! Pero la realidad, la nuestra y la de cada día, tiene parámetros especiales, donde lo único que podemos hacer es dejarnos llevar y qué pase lo que tenga que pasar —matizaba Sergio, encendiendo un cigarrillo, a la vez que contemplaba, con cierto destello en sus ojos, la entrada en el local de tres mujeres. —Hay cosas, y te lo digo de todo corazón, en las que jamás me voy a dejar llevar, aunque tenga para ello que amarrarme a una silla. Y una de ellas, por ponerte un simple ejemplo, es la búsqueda de una compañera con la que compartir mi vida y darle todo lo que tengo —mirando a Sergio fijamente y dejando escapar cierto aire de dolor, a pesar de sus esfuerzos por contenerlo—. Ya cometí demasiados errores en el asunto como para ahora no poner algo de racionalidad a mis instintos.

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―¡Ojala pudiera ser así, Antonio! —deseaba sinceramente Sergio, pero sin ninguna esperanza, mientras el silencio comenzaba a envolver a cada uno en los recuerdos vividos. Sergio y Antonio se conocían desde que compartieron estudios en la misma Facultad, allá por los años ochenta. A partir de ese momento, habían mantenido una cierta relación que, en no pocas ocasiones, estuvo centrada en motivos estrictamente laborales. Sin embargo, en los últimos años, sin querer proponérselo y siendo de personalidades y entornos bastante diferentes, ese vínculo se estrechó y paso a un nuevo nivel: la amistad. Y es que el destino los había colocado en caminos muy semejantes, seguramente por puro azar: los dos tenían cincuenta años; recientemente, el uno y el otro, habían padecido en sus carnes el calvario del divorcio; las decisiones que ambos adoptaron para apretujar el ideal de amor y felicidad fueron un completo fracaso y no entraba en los planes iniciales de cada uno el enfrentarse, en plena madurez, a una nueva etapa de existencia donde todo estaba por hacer y aprender; y en la que la soledad les pisaba continuamente los talones. —Tiene que ser así, no hay otro remedio. Voy a luchar con todas mis fuerzas para buscar una Maribel, que es lo que necesito en este momento. Estoy cansado de cambiar de cama, buscando algo que ni yo mismo sé, con tías de plástico y teñidas de rubio, envueltas en atractivos trajes repletos de falsedades y mezquindades, que lo único que saben hacer es pedirte, una y otra vez, sin entregar nada a cambio —manifestaba Antonio, con aparente seguridad y dispuesto a comerse el mundo para conseguirlo.

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―¿Maribel?...Ya la tuviste y la dejaste. Exactamente lo mismo que hice yo con Rosario. De nada sirvió que fuesen inteligentes, cultas, guapas, buenas madres, esposas perfectas o que nos ofrecieran su vida sin exigirnos ni la mitad de lo que nos regalaban. No hay nada que hacer... ¡Hazme caso, por favor! —le pedía Sergio a Antonio, convencido de la inutilidad de cualquier esfuerzo ante un rumbo marcado de antemano. —No estoy de acuerdo —insistía Antonio, buscando al precio que fuese una salida al callejón repleto de expectativas negativas que presentaba Sergio—, porque ahora he aprendido principios que antes ignoraba. Y es que valoro, y mucho, lo que tenía y tiré por la borda. La vida es así, estimado amigo, solo apreciamos lo que un día dejamos de poseer, especialmente si ello apareció en nuestras manos sin apenas esfuerzo y sacrificio. ―¿Sabes?... Te juro por mi santa madre que voy a escribir lo que estás diciendo y te voy a obligar a que lo firmes —retaba Sergio a Antonio, dibujando una amplia sonrisa en su rostro. ―¡Trato hecho! Ni dudes que lo cumplo, aunque me tenga que cortar el «pito» para siempre —recogía el guante Antonio, con una sana y franca carcajada. Casi todos los miércoles, Sergio y Antonio buscaban cualquier pretexto para verse. Y lo que inicialmente fue un hecho accidental, se convirtió, con el pasar del tiempo, en una costumbre inmutable y fija. Solían regularmente acabar estos encuentros en la misma cafetería: un local céntrico, con una decoración modernista y cálida, donde a veces sonaba algo de jazz, cuando el tipo de la barra cedía a las peticiones de Sergio, que las concretaba en un disco 47


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compacto que llevaba para la ocasión. Allí hablaban de cualquier cosa, desde lo estrictamente insertado en el sobrevivir de cada día (lavado de ropa, recetas gastronómicas de bajo coste y escaso tiempo, compra en el supermercado, limpieza del hogar y alguna más) hasta lo puramente existencial (medidas para hacer frente a la soledad, estrategias para ampliar el círculo de amistades, nuevas mujeres que no llevaban a nada, tácticas para buscar la paz mental, locales donde ir de ir un fin de semana por la noche y otras por el estilo), sin dejar jamás de tocar el tema estrella del divorcio (abogados, hijos, el jodido sentimiento de culpa, las quejas y las putadas de la mujer que se dejó, cómo llegar al final de mes, etc.) que era lo que realmente, con más fuerza e intensidad, les situaba frente a frente. Aquella tarde se daban en la clientela de la cafetería ciertas circunstancias especiales, localizadas espacialmente en dos mesas contiguas a la de Antonio y Sergio. En una de ellas, a la derecha de la que ocupaban ambos, se sentaron tres mujeres, aproximadamente rondando los cuarenta, atractivas y sobre todo descaradamente llamativas. Las tres llevaban vaqueros muy ajustados, altos tacones y blusas de mangas largas, transparentes y de diferentes tonalidades claras, con escotes intencionadamente generosos, que a duras penas podían contener unos senos que volaban libremente al menor movimiento. La más alta, era morena, y las otras dos lucían cabellos teñidos de rubio. La mezcla de los perfumes, junto con la apariencia externa del conjunto femenino y el saber hacer de las tres en cuestiones de cómo llamar la atención de cualquier hombre, crearon un espectáculo sensual increíble, ante el 48


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cual era prácticamente imposible que ningún representante del género masculino permaneciera indiferente, incluidos el camarero y el barman del establecimiento. Estos, voluntariamente, asumieron el papel de esclavos de las nenas, adelantándose al más mínimo deseo de las mismas y no logrando apartarse de la mesa de las damas, pese a que se escuchaban no pocas protestas sustentadas en demandas de servicios no atendidos por parte de un sector de la clientela, lógicamente y naturalmente, correspondiente al sexo opuesto. En la otra mesa, la de la izquierda, se instalaron dos mujeres más, que llegaron varios minutos después, en plena exhibición «intelectual» de las tres hembras, sorprendentemente sin llamar la atención de nadie, aunque quizás con muchísimos más motivos y argumentos si realmente aspirasen a ello. Una de ellas, Eloísa, saludó a Sergio al pasar por su lado, sin que este se diera cuenta. Era pelirroja, con algo más de cuarenta y cinco años, de estatura mediana, perfectamente proporcionada y de semblante agradable y dulce. Recientemente había recibido un premio del colegio de arquitectos de la ciudad. La compañera de Eloísa, Beatriz, un poco mayor, pero de una belleza intemporal, elegante y armoniosa, impartía clases de literatura en un instituto y realizaba asiduamente colaboraciones culturales en la prensa de la localidad. Conocía a Antonio de vista, por haber coincidido con él varias veces en una terraza de verano del puerto deportivo, donde solían acudir algunas noches del fin de semana. ―¡Dios, está ahí Eloísa y ni siquiera la he saludado! —exclamó Sergio, apartando la vista de los pezones dibujados en la blusa de la morena del trío y volviendo a las coordenadas de la normalidad. 49


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―¿Qué dices? —preguntó Antonio, distraído y absorto en la función de las niñas de cuarenta. —Vengo en un momento —dijo Sergio, levantándose de la silla y dirigiendo sus pasos hasta donde se encontraba Eloísa. ― ¡Muy bien! —asintió Antonio, casi como un autómata. A los pocos minutos, Antonio escuchó la voz de Sergio que lo llamaba para que fuese a la mesa de Eloísa y Beatriz, encaminándose hacia allí lentamente y sin demasiados deseos. Tras las presentaciones, Beatriz, señalando a Antonio, declaró: —Yo te conozco a ti. Más de una vez te he visto en verano en la terraza del «Génesis». ¿Me equivoco? —con brillo en los ojos y una expresión feliz. —No, suelo ir a menudo por ese local —contestó Antonio, algo frío. —Estar en ese sitio, a las dos de la mañana, en agosto, con el olor a salitre del mar, la brisa envolviendo todo tu ser, una copa en la mano y una mujer preciosa que te escuche, es infinitamente mejor que entrar en el cielo — aseguró Sergio, mirando a las dos mujeres. —Ya le salió la vena a nuestro poetilla —alegó Eloísa, revolviendo el cabello de Sergio con su mano y provocando una sonrisa generalizada. —Por cierto, Eloísa y yo vamos a ir a comprarnos unos trapitos. Necesitamos urgentemente la compañía y opinión de dos hombres, porque aunque estemos liberadas de vuestro yugo, al final precisamos las palabras bonitas del macho para sentirnos guapas —propuso Beatriz, con tono desenfadado y dichoso—. Prometo que a cambio os invitamos a cenar. 50


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—No se hable más —confirmó apresuradamente Sergio—. Desde este mismo instante nos tenéis a vuestro completo servicio. —Perdonadme, pero no puedo acompañaros. Tengo que ir al supermercado o no podré sobrevivir los próximos días —se disculpó Antonio. ―¿Cómo? —interrogó Sergio a Antonio, completamente confuso y elevando el tono de voz. —No os preocupéis, chicos, no pasa nada —intervino Eloísa, apaciguando la bajada de expectativas de gran parte de los presentes—. Esta vez os escapáis, pero no será así en la próxima ocasión, en la que no os podréis librar de acompañar a dos preciosas damas como nosotras. Poco a poco la conversación entre los cuatro fue decayendo y los silencios empezaron a alargarse, hasta que Eloísa y Beatriz se despidieron y Sergio y Antonio volvieron a su mesa. En el local proseguían las tres hembras marcando a cualquier elemento masculino que respirase, aunque la normalidad comenzaba a llamar en la puerta y la parroquia de hombres, progresivamente, de forma lenta pero sin pausa, se iba habituando y saciando de la representación, siendo prueba evidente de ello el hecho de que el camarero y el barman lograron evadirse del espacio ocupado por las nenas, y reanudaron la atención generalizada a las solicitudes de la clientela. ―¿Qué te pasa? —intentaba averiguar Sergio—. ¿Por qué no querías ir? —No lo sé, Sergio. A veces es como si me faltaran fuerzas y mi mente se negará ya a luchar por buscar nuevas esperanzas —explicaba Antonio, con semblante decaído. 51


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―¿Sabes una cosa? —agregaba Sergio—. Eloísa y Beatriz son dos mujeres de verdad, como las que tú me hablabas antes que querías encontrar, y por las que estabas dispuesto, según tus palabras, a no dejarte llevar, ni por nada ni por nadie, en esta vida. —Es verdad, pero necesito tiempo —argumentaba Antonio—. Tiempo para reconstruirme a mí mismo y para renacer de mis cenizas. —Todos lo precisamos, quizás para cometer otra locura aún más grande: el sueño de pegar la totalidad de los millones de trocitos de un espejo que un día rompimos con nuestras propias manos —dictaminaba Sergio, fijando la atención de nuevo en las tres mujeres. Una de ellas, la morena alta, se levantó de su asiento y comenzó a trasladar parsimoniosamente su cuerpo hacia el lugar donde se hallaban Sergio y Antonio, con un contoneo de caderas impresionante y enseñando un tipazo de escándalo. Sin pedir permiso a nadie, flirteando e insinuando con el todo que era capaz de exhibir, segura de su poder absoluto sobre unos seres de instintos básicos, arrebató una silla y se colocó entre los dos amigos. ―¡Hola, preciosos! —saludó la morena, de ojos verdes y labios embadurnados de rojo, esparciendo una intensa fragancia a perfume, de la que no era posible escapar. ―¡Hola! —respondieron al unísono, Sergio y Antonio, cautivados y atrapados por la ilusión sensual y sexual que despertaba aquella mujer. —Me llamo Susana —se presentó la señora—. Tú te llamas Antonio. Y tú eres Sergio —con completa convicción en sus palabras y posando sus manos en las de ambos. 52


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―¿De qué me conoces? —interpeló Sergio, con curiosidad y tratando de atrapar algún recuerdo que le ofreciera una pista. —Os explico. Olga, la rubia más bajita de aquellas dos —señalando a su amiga—, me lo ha dicho. Ella, que es muy vergonzosa, afirma que sois amigos de Alberto y que sabe por él que estáis invitados a su fiesta de cumpleaños que se celebrará en su casa esta noche. A nosotras también nos ha invitado, aunque se nos olvidó la dirección del piso de Alberto. Lo hemos llamado varias veces por el móvil, pero no contesta. Además, no nos gusta nada aparecer por allí solas y menos a esas horas. ¿Nos podéis acompañar a casa de Alberto? —pidió Susana, simulando un rostro afligido y penoso. —Sin ningún problema y con sumo placer —habló Antonio, con inmediatez suprema y sin preocuparse por la opinión de Sergio. —¡Qué bien! —exclamó Susana, eufórica por la facilidad con la que había hecho realidad sus deseos. ¡Nos lo vamos a pasar en grande! Veniros a nuestra mesa cuando queráis, os presentaré a mis amigas y quedaremos para esta noche. ¿De acuerdo? —levantándose sin esperar ninguna respuesta, dando un beso a cada uno y yéndose a su mesa. Sergio observaba fijamente a Antonio, esperando un explicación por parte de este, o unas simples palabras de lo que fuese, para poder comprender, o al menos sobrellevar, la infinita disparidad y divergencia entre lo que decía pensar su amigo y los comportamientos y respuestas del mismo, en cada una de las situaciones vividas con los dos grupos de mujeres. Pero no salía nada, ni nada decía Antonio. Y tampoco podía contener por más tiempo su impaciencia. 53


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―¿Y ahora qué? —interrogó de nuevo Sergio. ―¿Ahora?... ¡Nada! —respondió Antonio, perdido en el más allá. ―¿Y tu lucha? ¿Y tu ideal de mujer? ¿Y tus ganas de batallar para no dejarte arrastrar? ¿Y tus promesas? —continuaba preguntando Sergio, de forma reiterada—. ¿Y tu racionalidad? ¿Y tu «pito»?. ―¡Joder, Sergio, esto no es más que un juego! ¿No te das cuenta?... Eres un extremista sin solución y todo te lo tomas por la tremenda — confesaba Antonio, buscando una salida. —Sí, es un juego, pero un juego especial... ¡Es el juego de la vida, tío! En este juego o te dejas llevar, o acabas loco de remate y tirándote desde una ventana al abismo —formulaba Sergio, cansado y resignándose una vez más a lo que había. ―¡Pon la mente en blanco y vayámonos con las muñecas! —ordenaba Antonio. —Lo que tú mandes, pero antes le daré a la “Barbie” Susana unas tijeras para que sea la ejecutora del castigo por tu promesa incumplida —aceptó Sergio, sonriendo y poniendo la mano en el hombro de su amigo.

FIN

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Soledades de interior

Un abrazo para siempre

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―Buenas noches ¿Tiene una habitación libre para mí? ―preguntó Arturo al recepcionista del hotel de una de las áreas de servicio de la autopista, con gesto muy cansado, la mirada perdida y sin ni siquiera saber dónde estaba. ―¡Buenas noches! Creo que hay algunas disponibles, pero voy a confirmárselo, señor ―dijo el recepcionista, mostrando una amplia sonrisa y fijando su atención en la pantalla de un ordenador―. ¿Es solo para esta noche? ―Seguramente sí. Nunca se sabe ―respondió Arturo, inconscientemente, sin ser capaz de concretar su deseo, atrapado de nuevo en sus recuerdos, como si estuviera ausente de la escena, o ya la hubiese vivido en otro momento. ―¿No le importa qué sea doble? ―interrogó de nuevo el recepcionista, algo sorprendido por la ambigüedad de la respuesta de Arturo, y quizás por ello despertando su interés por observar, con más detalle, a la persona que tenía delante. ―No. Me da lo mismo. Solo necesito descansar ―contestó Arturo, volviendo a la realidad y con prisas por irse cuanto antes a la habitación, cerrar los ojos y poner su mente en blanco. Aquel verano, Arturo, con cincuenta años recién cumplidos, sobrevivía a duras penas, sin encontrar respuestas al por qué y para qué de su existen56


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cia. A pesar de sus esfuerzos por buscar nuevas ilusiones, en el fondo poco esperaba ya de la vida. En breve tiempo, todo lo más hermoso para él, se le había escapado irremediablemente de sus manos. La puerta de las esperanzas cada vez la percibía más lejana y, por más que miraba, una y otra vez en sus vacíos bolsillos, no encontraba ese algo al que agarrarse fuertemente y con el que seguir respirando, fuera lo que fuese y al precio que costara... ¿Qué importaba?... Y en cada amanecer, cuando los rayos de Sol se paseaban por los surcos de su cara, Arturo tenía que sacar fuerzas, de no se sabe dónde, para enfrentarse consigo mismo y hallar alguna maldita razón para levantarse de la cama, un día más. Aunque cada uno llevamos nuestra cruz, es cierto que, últimamente, el destino no le había tratado nada bien a Arturo. Su compañera y amor desde siempre, Eugenia, se fue con otro hombre, hacía ya dos años, y esa sonrisa mágica que solo ella era capaz de dibujar y transmitirle, ya no volvería a verla jamás, ni tampoco sería su poción mágica para abrir los ojos en cada mañana. No, nunca le reprochó a Eugenia el hecho de haberle abandonado por otro, quizás por asumir, desde un primer momento, que era él el único culpable de que ella no continuara a su lado. Y en las ocasiones en que Arturo hablaba de este asunto con algún amigo, y se dejaba llevar por lo que le dictaba su pensamiento, solía racionalizar y justificar los errores cometidos, afirmando que solo apreciamos lo que un día tuvimos cuando, precisamente, dejamos de poseerlo.

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Además, sus intentos y experiencias por retomar ese amor con otra mujer fueron un completo fracaso, seguramente porque, de una forma u otra, frecuentemente incurría en la equivocación de acabar comparando la nueva relación con la que mantuvo con Eugenia. Al principio, tras su divorcio, buscó y caminó para encontrar a una nueva compañera, impulsado por esa fuerza que se desbordaba en él de compartir para llegar a ser, o ese miedo a estar solo y ni siquiera poder sentir un abrazo, o un beso. Nunca lo sabré, si te digo la verdad. Pero lo que caía en sus manos, a los pocos meses, se marchitaba y quedaba en un recuerdo muy lejano, perdido en la inmensidad de lo que pasó a nuestro lado y se marchó para siempre ¡Qué distintas eran aquellas mujeres al lado de Eugenia!, o que poco daban comparado con lo que ella puso a sus pies desde el primer día en que se conocieron. Y poco a poco, las ilusiones y expectativas se desvanecieron y Arturo dejó de rastrear el horizonte para descubrir a su princesa, tal vez porque ya la tuvo y no reparó en ello. Arturo dirigió sus pasos lentamente hacia uno de los ascensores del hotel, sin prácticamente fuerzas para arrastrar la maleta, como si en ella llevará la totalidad su vida, mientras repetía mentalmente el número de la habitación que le habían asignado en la recepción y recordaba, a la vez, las palabras de su hermana, unos días antes de decidir este viaje: “Tienes que irte, nene. No puedes seguir así. Coge el coche y piérdete. Necesitas aire, mucho aire. Vuela y no lo pienses más”. Al cerrarse las puertas del ascensor, sin haberse percatado previamente de su presencia, repentinamente se encontró frente a una mujer, de unos 58


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cuarenta y cinco años aproximadamente, con el pelo suelto de color castaño y los ojos verdes, que llevaba un traje ibicenco blanco. ―¿Vas a la quinta planta, verdad? ―tratando de confirmar algo que ella, increíblemente, parecía conocer, y dibujando en sus labios una dulce sonrisa―. Tu habitación es la quinientos cuarenta y tres ―declarando con completa seguridad y pulsando el botón correspondiente. ―Sí, es cierto ―contestó Arturo, aturdido y confuso, no logrando explicarse la aparición de esa mujer, o cómo ella sabía el número de su habitación y el piso donde estaba esta. Al detenerse en la quinta planta y Arturo traspasar las puertas del ascensor, la chica, que permaneció en el interior del mismo, manteniendo su mirada fija en él y con voz muy suave, aseguró: ―Nos veremos cuando tú lo desees. No solo fue lo de Eugenia, simultáneamente otros pilares básicos del devenir de Arturo comenzaron a oscilar de forma manifiesta y evidente, sin advertir conscientemente aviso alguno de que estaba pasando algo, y sin adoptar cualquier medida con la que hacer frente a las consecuencias de todo lo que se le venía encima, como si la repetición de los hechos y sentimientos otorgarán, ipso facto, la categoría de lo que debe ser así, y ante lo cual nada se podía hacer o cambiar. Los efectos de estos cambios afloraron significativamente en lo que Arturo denominaba “Elementos de su círculo mágico”, entre los que incluía las relaciones con su hijo, el valor sagrado que hasta ahora le había asignado a su trabajo o lo que él consideraba como amigos de toda la vida. 59


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No faltaría a la verdad si dijera que Arturo nunca incorporó en sus metas el ser papá y que la paternidad se coló en su casa repentinamente, cuando una tarde vio aparecer a Eugenia con un bebé entre sus brazos. Pero al poco tiempo de que el nuevo ser conviviera con él, algo muy especial se abrió súbitamente en su interior, como si el hecho de ser padre hubiera estado oculto ahí, en el fondo de su alma, desde que su madre lo trajo al mundo, y en un instante, ese desconocido amor explosionara intensamente, inundando como una marea brutal cada fragmento y cada rincón de su persona. Durante la niñez de Victor, su hijo, el vínculo que se desarrolló y unió a ambos fue una de las experiencias más hermosas e intensas que Arturo tocó y sintió, llegándose a convertir en un dios todo poderoso para aquel niño. Padre, amigo, compañero de juegos, modelo a seguir, libro del mundo, confidente, consejero y mil cosas más llegó a ser Arturo para Victor. Sin embargo, con el transcurrir de los años, aquellos lazos sufrieron una transformación radical, aunque lenta y persistente, y su hijo ya no compartía nada con él, ni admiraba a su padre como antes, ni tan siquiera demandaba el calor de un abrazo suyo. Arturo aparentaba resignarse con aquel nuevo estado en las relaciones con Victor, seguramente para lograr contener más de una lágrima a solas ante el espejo, y en la actualidad se limitaba a no aspirar más allá de escuchar la voz de su hijo por teléfono, en contadas ocasiones y con bastante suerte, cuando por algún motivo necesitaba más dinero del que le ingresaba ordinariamente en la cuenta corriente para sus estudios en la universidad, y se dignaba a ir más allá de un gélido y frio mensaje por el móvil. Y lo curioso, o no… ¡Vete a saber!… Es que al igual que en el caso de Eugenia, Arturo seguía car60


Un abrazo para siempre

gando sobre sus espaldas la totalidad de los errores que le habían llevado a este alejamiento de su hijo. Cuando Arturo se halló en el interior de su habitación, sin energías siquiera para deshacer la maleta o abrir las ventanas, se echó vestido en una de las dos camas. Se encontraba extenuado y necesitaba, urgentemente, cerrar los ojos, dormir, descansar, sosegarse, aunque fuera por unos segundos, pero no lo conseguía, no podía. La película de su vida reciente continuaba martilleando su cabeza y pasando, a infinita velocidad, millones de escenas y pensamientos de su retahíla actual de existencia. Exactamente de la misma forma que había ocurrido minutos antes, al pisar a fondo el acelerador de su coche en la autopista, o al cerrarse las puertas del ascensor y verse empujado por sus piernas en dirección a la habitación. Pero de pronto, imprevisiblemente, su letanía se interrumpió bruscamente, sorprendiéndose a sí mismo al escucharse repetir, varías veces y en voz alta, estas preguntas: —¿Quién es esa mujer? ¿Qué quiere de mí? ¿Cómo se metió en el ascensor sin yo verla? ¿Por qué y para qué ha aparecido hoy aquí?. Y al volver a abrir los ojos, desesperado ante la imposibilidad de simplemente reposar, ella, esa mujer, estaba allí, sentada en un sillón que había junto a su cama, otra vez ante él. ―Me llamaste y aquí estoy. Ya te dije antes que estaría contigo cuando tú lo desearas ―reiteró la mujer, volviendo a sonreír y posando cariñosamente su mano en la frente de Arturo, como si quisiera con ello transmitirle esa paz que él buscaba ansiosamente, sin encontrarla jamás. 61


Un abrazo para siempre

Por unos segundos, Arturo se vio trasladado a un estado de absoluta paralización. Nada se movía en él y nada era capaz de hacer reaccionar en su cuerpo y en su mente. Incluso, juraría que dejó de respirar. No, no creo que fuese miedo, o desconcierto lo que le atrapaba. Si algo bueno tenía Arturo era su capacidad para recobrarse y revitalizarse en determinadas situaciones al límite. Y ahora que lo vuelvo a pensar, me atrevería a definirlo como una simple estrategia de supervivencia. ¡Sí, eso mismo!, una táctica para ganar unos instantes, durante los cuales llamar a voces a cualquier salida racional que explicara, coherentemente, la escena en la que estaba inmerso. ―Yo no he pedido a ninguna prostituta para ahogar mis penas… ¿Te enteras? ―expuso Arturo, en tono desafiante y encolerizado, apartando violentamente la mano de ella que ahora acariciaba la totalidad de su rostro. ―Sabes perfectamente que no soy ninguna ramera. Precisamente por ello has reclamado mi presencia. Voy a seguir aquí y tú no vas a hacer nada para impedirlo, entre otras cosas porque yo te necesito, y tú a mí ―aseveró la mujer, levantándose del sillón y sentándose esta vez en el borde la cama, donde continuaba tendido Arturo. En el trabajo, Arturo también hacía equilibrios al andar por una cuerda frágil que se movía empujada por variables vientos. El oficio de profesor, como él le gustaba llamar a la docencia, al que en otros tiempos se dedicó en cuerpo y alma y absorbió gran parte de su fuerza vital, fue perdiendo ese ideal social de lucha y militancia por el cambio y el progreso de la humanidad, para convertirse en un medio estrictamente personal e individual, íntimo si se quiere, contrario a cualquier corsé político, de bata blanca y de guantes inmacula62


Un abrazo para siempre

dos. Ya no era esa religión del hombre y para el hombre, que le marcaba la dirección a seguir, aunque continuara exigiéndose una alta profesionalidad con la que garantizar un mínimo de libertad y honorabilidad, aspectos inquebrantables para él. El hacer lo mejor posible con el menor tiempo personal implicado en ello, fue sustituyendo, progresivamente, al llegar todos juntos, al batallar por extender los nuevos modelos o al obrar en equipo. Esta desvalorización del trabajo y el desplazamiento del mismo hacia otros lugares menos primordiales de su existencia, le había permitido a Arturo viajar por su interior y por el decorado donde actuaba. Lo malo, lo impredecible, lo inesperado, fue que el espectáculo que se destapó ante él, y de él, no le gustaba, no lo aceptaba y no lo admitía. El resultado de este proceso se plasmó en un nuevo sentimiento, que podría sintetizarse en que la vida se le había escapado de sus manos y que no tuvo lo que hay que tener para apretujarla fuertemente en su alma, sin dejarla escapar, pasara lo que pasase. Y cuando se le preguntaba si aún estaba a tiempo de modificar lo que para él era ya un hecho inmutable del destino, solía menear la cabeza, de un lado a otro, y afirmar que, hasta ahora, siempre había llegado tarde cuando se trataba de satisfacer sus deseos más profundos, especialmente aquellos que más incidían en su propia persona y felicidad. ―Entonces… ¿De dónde sales? ¿Cómo has entrado en mi habitación? ¿Qué es lo que buscas? ¿Por qué dices que me necesitas? ―sacando fuera de sí, una tras otra, sin pausas, esas preguntas que no paraban de apalear su 63


Un abrazo para siempre

juicio, e incorporándose de la cama violentamente y colocándose de pie delante de ella, en actitud inquisitiva. ―No sé de dónde vengo ni a dónde voy. Tampoco cómo he entrado en tu habitación. Solo tengo conciencia de lo que vivo, del ahora y del presente, y de algo que ignoro lo qué es, pero que me empuja a actuar o a hablar en este mismo instante. Y aunque concentre todas mis energías en ello, no logro llegar a más. ¡Por favor, te lo suplico, créeme! ―cogiendo ella las manos de Arturo y empezando a sentir una creciente pesadumbre. ―Yo ya no tengo fe en nada ni en nadie ―expuso Arturo con desaliento. ―Es como si te colocaran en una caja y de pronto, sin saber por qué, se cerrara, y tú dejaras de existir, o simplemente murieras, durante el tiempo de oscuridad ―añadió la mujer―. Y al abrir de nuevo la caja, no tuvieras recuerdos del antes y partieras de algo que han metido en tu mente y que te impulsa en la escena, desconociendo siempre quién lo puso y cómo se introdujo eso ahí… ¡Tengo miedo, mucho miedo!... Del poder que cierra o abre mi caja, o de lo que yo soy en las tinieblas ―poniéndose de rodillas, derramando lágrimas por sus ojos y reclinando su cabeza sobre las manos de él. Arturo la observaba atentamente, mientras el silencio se interponía entre los dos y su cólera desaparecía apresuradamente, con las mismas prisas con las que entró, siendo reemplazada por una desesperanza, que le apretaba sin compasión en lo más hondo de su ser, envuelta en esta ocasión de una solidaridad hacia el dolor de los demás, precisamente porque él, mejor que nadie, lo conocía a fondo. 64


Un abrazo para siempre

―Yo también tengo miedo, al menos tanto como tú, pero de seguir viviendo otro jodido día más ―manifestó Arturo, tocando plácidamente el cabello de la mujer. Conocer a Arturo hace solamente unos años atrás, y tener la suerte de que el azar te regalara la oportunidad de respirar un fragmento en el que le escuchases hablar de sus amigos “de siempre”, como él solía especificar, te hubiera asegurado, como mínimo, una sonrisa inmensa, simplemente por el goce de percibir el brillo deslumbrante que acompañaba a cada palabra que se escapaba de sus labios. Para Arturo, esas seis personas en las que había concentrado su ideal de amistad, formaban irrefutablemente parte de él, como lo eran sus piernas o sus rizos, estableciéndose entre ellos con el transcurrir de los años, al menos así lo percibía Arturo, vínculos semejantes en intensidad a los que pueden darse en los hermanos de sangre. Y no era para menos, porque con edades parecidas, compartieron muchísimas cosas: estudios en el instituto y en la universidad, aficiones musicales, relaciones con el sexo opuesto, ideas sociales y políticas, viajes, pisos, el ser padre o el palpar que hay que aprovechar lo que nos ponen al lado de nuestra puerta. En consecuencia, no había semana en la que no hallaran una excusa para simplemente charlar, tomar un café o intercambiar respuestas al cómo te va la vida. Arturo siempre estuvo dispuesto a dar lo que hiciera falta por sus camaradas. ¡No, te lo prometo, nunca pensó en recibir nada a cambio!... ¿Para qué?... Eso salía porque sí, porque debía ser así, sin más historias. Y es que dar sin esperar cobrar nunca, es lo más hermoso que te puede ocurrir en tu 65


Un abrazo para siempre

camino. Además, jamás definió, o sentenció, la dimensión privada de cada uno, como tampoco en ningún momento aireó los trapos sucios de estos, ni de nadie, entre otras muchas cosas por el ilimitado respeto y cariño que les profesaba. Pero la vida es una caja de sorpresas, y cuando Arturo, tras su divorcio, tocó fondo y se vio hundido en una interminable crisis de existencia, que le arrastró, literalmente, a llamar desesperadamente al suicidio, no recibió ni siquiera una llamada de teléfono de esos amigos de siempre para preguntarle, al menos, por simple cortesía, cómo estaba o cómo tiraba “pa lante”. Y eso no es lo peor, algunos de estos tipos se dedicaron a vocear la mierda que ahogaba a Arturo, sin compasión, y con la osadía y desfachatez de realizarlo desde un púlpito divino y celestial, libre de la más leve falta, como si en sus propias casas no hubiera nada que enmendar, descubrir, ocultar, atender, terminar o arrojar a la hoguera. Y por si fuera poco, más de uno de estos sujetos, tuvieron la poca vergüenza de exigir su asistencia a la última cena de Navidad, que ordinariamente organizaban cada año, en nombre de la “sagrada”, “eterna” y “verdadera” amistad que los unía. La mujer se alzó lentamente, a la par que deslizaba suavemente sus manos por el cuerpo de Arturo, tratando de apoderarse de cada parte de él. Y cuando las miradas de ambos convergieron y los labios se rozaron, ella, recubriéndole su rostro y cuello de besos entrecortados e infinitos, le susurró al oído: ― Abrázame, abrázame y bésame, una y otra vez, mil veces, con locura, con todas tus fuerzas, con todo tu ser, como si quisieras meterte en mí pa66


Un abrazo para siempre

ra hacer desaparecer todo de ti, hasta la más ínfima huella de tu existencia y hasta el más recóndito recuerdo testigo de tu presencia. Solo así; mi amor, mi tesoro y mi príncipe; podrás descansar en paz eternamente. ―¡Ayúdame a abandonar este infierno! ―imploró y rogó él. Y Arturo cerró sus ojos y la estrechó intensamente entre sus brazos, con una energía que en absoluto comprendía de dónde venía, pero que le empujaba irracionalmente y brutalmente hacía ella, cada vez con más poder, en nombre quizás del derecho de cualquier ser humano a dejar el escenario porque ya no puede ni tiene más, hasta que se perdió en la oscuridad plena y la conciencia de sí mismo le abandonó perpetuamente. A la mañana siguiente, la empleada del servicio de limpieza del hotel, al abrir la puerta de la habitación, contempló, estupefacta y boquiabierta, un espectáculo dantesco, que difícilmente olvidaría el resto de su vida: Arturo yacía inerte en una cama, con una sonrisa rígida e inmóvil dibujada en su cara, abrazado vehementemente a un amasijo de huesos, putrefactos y nauseabundos, cubiertos de largas matas de pelos castaños y reposando en restos dispersos de un traje blanco, salpicados de manchas rojizas, que aquella mujer juraría, ante el mismísimo diablo, que eran de sangre.

FIN

Mayo del 2009

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Soledades de interior

La vida se qued贸 en la bolsa

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Soledades de interior

La vida se quedó en la bolsa

Nunca olvidaré, mientras me quede un último aliento de vida, aquel sábado por la noche. Y no por falta de voluntad por mi parte. No. ¡Te lo prometo!… Eso está ahí, clavado en mi mente, para toda mi existencia y no se puede borrar con nada, porque con todo he probado y jamás desaparece, haga lo que haga. ¡Maldita sea!... Y fíjate que si eso es así que en este preciso instante, recuerdo con exactitud, como si lo estuviera viviendo ahora en mis propias carnes, que mientras me peinaba delante del espejo de casa, antes de salir a la calle, no cesaba de suspirar una y otra vez. Y es que algo me decía que no me fuera de allí, que me quedara, que no abriera la puerta, pero no me hice caso, una vez más. Con sinceridad y sin engaños: no me tomo en serio a mí mismo, y por eso, estimado lector, la vida me arroja, sin solución, a callejones donde no hay salida alguna. Es verdad que no llevaba un rumbo fijo al echar la llave de mi apartamento y que ignoraba completamente lo que empujaba a mis piernas, pero por resultado del azar, o por el propio destino que en ocasiones lo tenemos marcado, recibí en mi móvil una llamada de Laura, justamente cuando me disponía a arrancar la moto en el garaje. Me extraño que fuese ella, y más aún, que me invitara a cenar en un conocido restaurante de la ciudad. Increíblemente acepté, quizás porque la soledad me apretaba con todas sus fuerzas y

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no deseaba para nada acabar entre sus brazos. Todavía hoy no lo sé con certeza. ¿Qué decirte de Laura?... No era la mujer de mis sueños, así de claro y así de evidente. La conocí a los pocos meses de separarme, en un momento en el que residía en el mismísimo infierno, agarrándome a cualquier cosa que me ayudara a respirar, fuera lo que fuese. Podría jurarte, por el diablo si quieres, que rondaba los cincuenta años, aunque su edad era un secreto que guardaba y ocultaba celosamente. Si cierro los ojos en este momento, en mi pensamiento, como una película a cámara lenta, la veo salir de su casa, con el pelo castaño, delgada, bajita, muy coqueta y con una sonrisa radiante, mientras se aproxima hacia mí, triunfante y exultante, sabiendo que la espero impaciente por su intencionada impuntualidad, con pasos rápidos, cortos y decididos, como una muñeca de porcelana que va a una fiesta para elegir a su príncipe encantado. La madre de Laura solía decir de ella que era muy débil y que no servía para tener hijos; sin embargo, fue capaz de pasar una noche entera, sin nadie que le acompañara, abrazada al cadáver de su padre, al que idolatraba y admiraba, o de tener en propiedad varias casas ahorrando hasta en un ínfimo rollo de papel de cocina. Incluso, una tarde de verano, me recogió literalmente del suelo del pasillo de mi casa, cuando rogaba a Dios que me llevará por el camino más corto al otro mundo, y me obligó, por pantalones, haciendo oídos sordos a mis súplicas, a traspasar de nuevo la puerta de entrada de la existencia de cada día. Pero en el amor, o en la amistad, como en otras atracciones entre las personas, la racionalidad se escapa de nuestras manos, y des71


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pués de vernos tres, o cuatro fines de semana, todo se acabó, si es que alguna vez hubo algo, sin más historias ni lamentaciones por parte de ambos. Al terminar de hablar con Laura, permanecí durante varios minutos subido en la moto, con los ojos cerrados, paralizado e inmóvil, absorto en mis pensamientos y sin presionar el interruptor del encendido, como si de pronto necesitara un tiempo para encajar todas las piezas. Ignoro cuánto estuve así, pero últimamente me suele ocurrir con frecuencia lo mismo: súbitamente algo aparece en mi mente, cualquier cosa (un recuerdo, una escena, un sentimiento, una frase…); seguidamente siento una presión intensa en el pecho, acompañada de un deseo incontenible de llorar y de una sensación asfixiante; a continuación mis músculos se detienen en seco y no responden a las órdenes de mis impulsos nerviosos, que demandan oxígeno y un cambio radical de decorado, a la vez que esa cosa se repite reiteradamente en mi cabeza, casi un millón de veces y más, hasta machacarme y destrozarme en el castigo del dolor, y finalmente, cuando parece que no voy a salir nunca de esa vorágine, poco a poco, empiezo a percibir que mi cuerpo se vuelve a mover y que mi sangre comienza de nuevo a fluir, justamente cuando logro echar a esa cosa de mi ser, aferrándome desesperadamente a cualquier deseo, reflexión o instinto de supervivencia. Miré el reloj. Eran las ocho de la noche y no había quedado con Laura hasta las diez. Disponía del tiempo suficiente para saciar varias necesidades vitales que se habían colado sin permiso en mi organismo: abandonar el lugar donde estaba, experimentar la velocidad bajo mis pies y tomarme un café y cualquier cosa dulce. Así que arranqué la moto, me puse el casco y me dirigí 72


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por la autopista, apretando el acelerador a fondo, hacia una cafetería y bar de copas que se llamaba “El cielo”, que estaba aproximadamente a cuatro kilómetros del garaje, en una zona de copas y locales comerciales del puerto deportivo de la ciudad. Desde que descubrí aquel paraíso, solía acudir por allí con cierta frecuencia, aunque ordinariamente más tarde, a partir de las doce de la noche. Me gustaba la decoración de su terraza; de suelo de madera y muebles blancos de mimbre, con cojines de tonos grises; y me encantaba especialmente sus vistas al mar y su emplazamiento en una antigua torre restaurada, que en otros tiempos sirvió para alertar de los ataques de los piratas y corsarios que navegaban por aquellas costas. Estar en ese lugar, a la una o las dos de la madrugada, sin prisas por llegar a ningún sitio e inmerso en una buena charla, envuelto además en los olores y las caricias frescas que lleva la brisa, que en no pocas ocasiones se presenta acompañada de una niebla cerrada y el sonar de las sirenas de los barcos, era todo un goce que valía la pena vivir intensamente y no dejarlo escapar. Al aparcar la moto en la puerta de la cafetería y quitarme el casco, me di cuenta de que el espectáculo del Sol fundiéndose con el mar estaba ya en su plenitud. Por ello, sin pensarlo, me encaminé hacia la terraza, donde había poca gente, y busqué con premura un lugar privilegiado para contemplarlo, esperando que la camarera se percatara de mi presencia y viniera a preguntarme por lo que deseaba tomar. Y es que me relaja y atrae infinitamente ver esa unión entre esos dos elementos de la naturaleza que siempre han caminado a mi lado. Además, ello contribuye poderosamente a poner mi mente en 73


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blanco, aspecto que me urge cada día más, entrañable lector que aún tienes la santa paciencia de continuar conmigo. Al poco rato de permanecer sentado, vino la camarera y le pedí un café con leche y un trozo de tarta. Pero al regresar esta y querer abonarle la consumición, me llevé una inesperada sorpresa: ―Señor, el caballero de la mesa del fondo le ha invitado ―afirmó ella, con una voz muy dulce, una amplia sonrisa y moviendo graciosamente sus nalgas en un ajustado pantalón vaquero, mientras se retiraba lentamente camino de la barra, sabiendo con certeza que el público masculino no perdía detalle de su recorrido. Inmediatamente volví mi rostro en varias ocasiones, tratando de encontrar al sujeto que había pagado; sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, no localicé a nadie conocido. Y cuando ya iba a desistir de indagar, alguien agitó su brazo y empezó a llamarme por mi nombre. No, no veía su cara. Estaba vuelto de espaldas y no lograba saber quién era. Tampoco identificaba su voz. Sin pensarlo, me levanté y me dirigí con paso decidido hacia el lugar donde estaba aquel tipo. Pero al llegar… ¡Santa madre de Dios! Era Manolo. Estaba completamente cambiado. La última vez que lo vi fue en el verano del 2003, en Madrid. Parecía un viejo, como si de golpe y porrazo le hubieran añadido quince años más. ―¡Qué alegría de verte, Marcial! ―exclamó Manolo, incorporándose penosamente de un sofá en él que estaba sentado, yéndose hacia lados y

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abrazándome fuertemente para no caerse, con aspecto muy descuidado y desprendiendo un intenso olor a alcohol y sudor. ―No te había conocido, perdona. Es indudable que los años pasan y necesito urgentemente unas nuevas gafas ―añadí yo, buscando cualquier excusa para restablecer el equilibrio, a marchas forzadas, entre el Manolo que conocí y él que la vida me ponía enfrente en ese momento. ―Disculpa, no es problema de tu vista, Marcial. Por favor, siéntate aquí ―señalándome un sillón desocupado que había frente a él―. Yo te vi primero y me debía haber acercado hasta dónde estabas tú, pero no es culpa mía, es de Carmen. ¿Sabes?... Es muy celosa y no permite que me aparte de su lado ―mirando Manolo fijamente una bolsa negra situada en un extremo de su sofá y con una amplia sonrisa que yo no comprendía. ―¿Carmen?... ¿Quién es? ¿Dónde está? ―pregunté yo, con creciente confusión y perplejidad al no advertir la presencia de ninguna mujer con nosotros. ―¡Te pido disculpas de nuevo por mi falta de buenos modales! Creo que me está pasando factura la copa de más que me he tomado y he cometido el imperdonable error de no presentarte a Carmen ―poniendo Manolo su mano sobre la bolsa del sofá, como si la acariciara y realmente fuese una mujer―. Ahora mismo resolvemos esto. Marcial, te presento a Carmen ―cogiendo la bolsa y acercándomela para que la sujetara yo, con gesto convencido de que eso, y no otra cosa, tenía vida y era su chica―. ¿A qué nunca habías visto a una mujer tan guapa?

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―Es un placer conocerte, Carmen ―respondí yo, atrapando con mis manos la bolsa, con cara de circunstancias, sin saber si reír o llorar ante la inverosímil representación en que me habían metido a empujones y suplicando, casi de rodillas, que un rayo del más allá me hiciera desaparecer. ―¿No la has escuchado, verdad? Carmen está mal de las cuerdas vocales y su tono de voz en muy bajo, casi imperceptible ―sin darme Manolo tiempo para contestar, quitándome violentamente la bolsa de mis manos y volviéndola a colocar en el sofá y a su lado―.Yo si puedo oírla porque ya me he habituado a ello. La muy zorra te ha dicho que estás muy bien ―con expresión exasperada y golpeando la bolsa con brutalidad. ―¿Manolo, de verdad piensas qué esa bolsa habla y es Carmen? Has bebido un poco más de la cuenta, tío. No pasa nada, mañana nos reiremos juntos de todo esto ―tratando por todos los medios de llevarle a la racionalidad y de normalizar lo que estaba ocurriendo. ―¡No estoy borracho! ¿Te enteras? ―me gritó Manolo, con los ojos desencajados y una cólera extrema que le producía temblores en todo su cuerpo―. Ella es Carmen, la mujer que destrozó mi vida, pero ahora ya es mía, mía para siempre. ¡Mía!, ¡mía!, ¡mía! ―llorando y abrazando la bolsa, con locura y pasión, como si la quisiera meter eternamente dentro de él para hacerla desaparecer. Mientras analizaba en silencio el estado y comportamiento de Manolo, una congoja y una pena muy grande se apoderó de mí, y simultáneamente, miles de preguntas se iban acumulando, una tras otra, en mi entendimiento: ¿quién era Carmen?, ¿qué hizo Carmen con Manolo?, ¿qué hizo Manolo con 76


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Carmen?, ¿cómo puede un hombre cambiar tanto en tan poco tiempo?, ¿vale la pena amar para acabar en el abismo más profundo?… Aquella noche no disponía de respuestas para ninguno de estos interrogantes, aunque con el transcurrir de los años, pude hallar algunas que a continuación te contaré. Lo que si hice en ese trance, porque sigo siendo humano y porque aún se me erizan los vellos cuando siento el dolor en los demás, fue levantarme y poner mi mano encima del hombro de Manolo, que continuaba apretujando la bolsa intensamente contra su pecho. A Manolo la vida le solía sonreír con las mujeres hasta que un día conoció a Carmen, así de claro y así de simple. Siempre estuvo mimado por un círculo mágico de damas que le querían, amaban, cuidaban, ayudaban, orientaban, animaban y defendían. Durante su infancia, adolescencia y juventud, ese círculo lo integraban su madre, sus hermanas, sus tías y sus abuelas. En etapas posteriores, el círculo se amplió a su esposa y sus hijas. Para Manolo era impensable un ser femenino dentro de su círculo que fuera capaz de usarlo como un pañuelo de papel, o que no le entregara el todo sin pedirle nada de antemano. Es como si por el hecho de entrar en su ámbito íntimo y personal, una mujer, sea la que fuese, adquiriese automáticamente la categoría de hada protectora y de persona incapaz de producirle, intencionadamente o no, el más mínimo daño o dolor, sino todo lo contrario. Manolo tampoco valoraba adecuadamente todo lo bueno que el destino le había puesto a sus pies y siempre andaba a la búsqueda de no sé qué, seguramente por falta de experiencias que le posibilitaran una comparación y estimación justa y adecuada de lo que poseía, o de lo que tenía que abando77


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nar para disfrutar de aquello que deseaba hoy, pero no quizás mañana. Curiosamente lo tenía casi todo en la vida: un buen trabajo y un reconocimiento de los que le rodeaban de su valía profesional, una posición económico y social que le permitía vivir sin agobios, una formación intelectual que le daba acceso a múltiples dimensiones del desarrollo personal, una compañera que lo amaba con toda su alma, unas hijas que lo adoraban e idolatraban y unos amigos con los compartía ratos agradables y placenteros. Y pasó lo que tenía que pasar: en un momento de crisis existencial, de esos en que uno otea el horizonte y no es capaz de descubrir el camino a seguir, apareció Carmen y Manolo se agarró a ella como una tabla de salvación. Pero Carmen, desgraciadamente para él, no era un hada protectora, ni una mujer de la cabeza a los pies. Lo amó, o se apasionó por él, mientras no lo tuvo, y cuando consiguió su objetivo con todas las armas disponibles, que no eran pocas y diversas dada la experiencia que atesoraba en el asunto, no dudando en emplear sin ningún reparo hasta la mentira y el engaño, simplemente lo tiró al cubo de la basura porque la nena se cansó y ya no tenía motivación para seguir. Un típico caso de lo que actualmente se denomina amor objeto. El problema es que en esta historia Manolo dio el todo: se traslado a otra ciudad para estar con ella, ganando mucho menos y perdiendo categoría profesional; se separó de su esposa, que valía infinitamente más que Carmen, y las relaciones con sus hijas, que eran su mayor tesoro, se deterioraron hasta tal punto que ni siquiera podía llamarlas por teléfono). Y ello ocurrió así porque en su limitada experiencia con el sexo opuesto, el entregar lo que se tenía 78


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sin pedir nada a cambio, era algo consustancial e indiscutible, y Carmen, más racional e inteligente que Manolo, o simplemente conocedora mejor que nadie de sus verdaderas intenciones, no se arriesgó en nada, conservando y blindando en todo momento su patrimonio de vida. El resultado final fue que el amigo soñador se vio, de la noche a la mañana, en una ciudad desconocida, explorando con desesperación mil fuentes de ingresos para hacer frente a los pagos que se le venían encima, completamente solo y con una depresión que lo llevó, en más de una ocasión, al abismo más puro y duro, como el de aquella noche. ―Manolo, tienes que olvidar a esa mujer de mierda y empezar a caminar de nuevo desde cero. Te queda mucho por gozar y vivir. Tienes derecho a otra oportunidad. ¡Hazme caso, por favor! ―le supliqué y le rogué. ―¡No puedo Marcial, no puedo! Además ella ya ha cambiado y está otra vez conmigo. ¿No lo ves? ―reiteraba Manolo, sin dejar de agarrar la bolsa, que ahora permanecía sobre sus rodillas. ―Ya te he dicho antes que eso es una bolsa y nada más, pero tú no me haces caso, joder. Te va la marcha y quieres morirte en tu dolor ―le expuse con enojo y enfado, decidido a lo que hiciera falta por sacarle de ese estado y quitándole, en un descuido, la bolsa que la coloqué a mi lado. ―¡Como le hagas algo a Carmen, te mato! ―me amenazó Manolo, con un tono de voz que no admitía dudas y con una expresión tan terrorífica, que aún hoy no sé como fui capaz permanecer allí y de no salir corriendo por puro instinto de supervivencia―. ¡Dámela!, la quiero a mi lado.

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―Ahora la tendrás, pero confía en mí, Manolo, y permíteme que te ayude, al menos por la amistad que nos une a los dos desde que éramos niños ―recobrando algo la serenidad y dispuesto a jugarme el tipo. Y encomendándome a Dios y a todas las vírgenes de nuestro planeta, lentamente comencé a abrir la bolsa, sin dejar de prestar la máxima atención a las reacciones de Manolo que no se perdía el más mínimo movimiento mío, preparándome para que en cualquier instante pudiera pasar lo peor. Recuerdo, como si de ahora mismo se tratase, que lo primero que encontré en la bolsa fue un pijama blanco de seda transparente y unas zapatillas del mismo color, que cuidadosamente deposité encima de la mesa. ―¿De quién es este pijama y estas zapatillas? ―le pregunté, sabiendo de antemano la respuesta. ―Son de Carmen, Marcial ―cogiendo pausadamente Manolo el pijama y las zapatillas entre sus manos y acercándolos a sus labios, para besarlos con tal ternura y delicadeza, que yo no pude hacer otra cosa que dejar escapar unas lágrimas sobre mi rostro―. ¿Sabes una cosa?... Un día me dijo que iba a dejarlos eternamente en la silla de mi dormitorio, para que cualquier mujer que viniera a mi casa, supiera que yo era solo suyo y de nadie más ―moviendo la cabeza hacia arriba y hacia abajo, varias veces, como si se recriminara algo que no pude escuchar, a la vez que estrechaba apasionadamente el pijama y las zapatillas entre sus brazos. ―¿Qué hay en este pequeño cofre, Manolo? ―le volví a interrogar, sacándolo de la bolsa y poniéndolo en la mesa.

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―Son cabellos de Carmen y míos ―contestó Manolo, abriendo el cofre y oliéndolos profundamente―. Una tarde, después de hacer el amor, con varios cabellos de ambos, hizo este lazo y me dijo, con miles de besos y de “te amo”, que ese lazo representaba nuestra unión de por vida ―mirando hacia el suelo y pronunciando el nombre de Carmen, acompañado de toda clase de insultos. ―¿Ves, Manolo? Son solo recuerdos y objetos de una mujer, que te engañó y utilizo sin escrúpulos, ni miramientos de ningún tipo. No es Carmen, Manolo. Carmen no vale nada y mientras sus recuerdos vivan en ti, ella te seguirá utilizando y destrozando. Hay millones de mujeres, infinitamente superiores, con las que tú puedes compartir lo que tú desees. Huye de esa mujer y olvídate de ella ―le manifesté, con la esperanza de poderle sacar del infierno en el que se encontraba. ―Yo lo intento, pero su esencia siempre está ahí, en la bolsa. Y esa esencia no me deja olvidar ―habló Manolo, con la mirada fija en la bolsa, señalándomela con el dedo índice de su mano derecha. Entonces recordé que en la bolsa quedaban aún cosas. Introduje mi mano de nuevo en la bolsa y palpé dos cajas metálicas cilíndricas, de aproximadamente veinte centímetros de diámetro y quince centímetros de altura, herméticamente cerradas. Al sacarlas y colocarlas encima de la mesa, una de ellas estaba deformada en uno de sus laterales y desprendía un intenso hedor, muy semejante al de la carne putrefacta.

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―¿Qué hay en estas cajas, Manolo? Huelen muy mal y no me gustan nada ―le interpelé a mi amigo, con miedo y pavor, porque algo muy dentro de mí me decía que nada bueno podían contener.. ―La esencia de Carmen, Marcial. Por eso no podré jamás ignorarla. Tuve que hacerlo, no podía ser de otra forma. ¡Dios mío, perdóname!... pero tenía que pagar todo el daño que me hizo ―sentenció Manolo, blasfemando a las cajas y escupiendo sobre ellas. Pero en ese preciso instante, inoportunamente, mi móvil sonó. Era Laura y lo peor, también era, al mirar mi reloj, las diez y media de la noche. Como no escuchaba bien su voz, me levante y me desplacé unos tres metros del lugar donde estaba Manolo, para buscar una mejor cobertura. ―¿Qué pasa, voy a estar toda la noche esperándote? —lanzándome el ultimátum Laura, de forma clara y evidente. Y cuando me disponía a excusarme con Laura contándole lo que me había acontecido, y prometerle que en menos de quince minutos me tendría frente a ella, me di cuenta de que Manolo ya no estaba allí y que la bolsa había desaparecido con él. Sin pensármelo ni un segundo, cerré el móvil y corrí con todas mis energías hacia la entrada de la cafetería, con la esperanza de encontrarlo, pero no lo vi. Incluso pregunté a las camareras y a algunos clientes por él, y estuve varias horas con la moto dando vueltas por la zona donde se hallaba el local. Nada, todo en vano, ni rastro de él y de su bolsa. Manolo huyó, aunque otra vez, al menos, con el recuerdo de Carmen, y desde esa noche no he sabido más de mi amigo.

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La vida se quedó en la bolsa

Al igual que a ti, entrañable y paciente lector que me has soportado estoicamente hasta el final de este relato, sigo subsistiendo, al transcurrir los años, con no pocas preguntas sin responder de lo que sentí en aquella situación con Manolo. Fue una pena, o una suerte, quién sabe, que Laura llamara para recriminarme por mi tardanza justamente en ese momento, y que algún día me muera sin averiguar qué contenían esas dos cajas que mi amigo denominaba la “esencia” de Carmen. Lo que sí es cierto es que a veces, por la noche, cuando me envuelve el silencio, recuerdo a aquel hombre, que lo tuvo todo y todo también lo dejó por un puro sueño. Pero la vida es así y la racionalidad suele estar ausente en muchos de nuestros actos. Espero y deseo, con toda mi alma, que Manolo haya reconstruido su vida con otra mujer y que las cajas no contuvieran lo que tú y yo sospechamos cuando la imaginación nos juega alguna mala pasada.

FIN

Junio del 2009

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Soledades de interior

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Soledades de interior

La apuesta de las venganzas del amor

VIERNES VEINTICUATRO DE JULIO, POR LA MAÑANA: LA ESCALERA DE ALFONSO

Aquella mañana de verano Alfonso se levantó feliz. Sí, plenamente y dichosamente satisfecho, como un niño mimado que ha logrado conseguir por fin su deseo, después de berrear y patalear durante un buen rato. Esta vez no había ninguna duda: el sería el ganador de la apuesta y nadie osaría poner ningún reparo a su victoria, concluyente y aplastante. El mundo comenzaba a estar a sus pies y Alfonso lo percibía con toda nitidez, porque ya no caminaba con la cabeza inclinada, ya no iba detrás de nadie, ni estaba tirado en una jodida cuneta, aislado y desamparado, ni tampoco las lagrimas le brotaban de su ser sin parar, como en otros tiempos ya pasados, que no podían ni debían volver jamás. No, nunca más… Él solo, sin ayuda alguna, con una fuerza sobrehumana propia de un dios omnipotente, había sido capaz de cambiar absolutamente el reparto de papeles que le había marcado la vida en el amor desde hacía varios años: de víctima a verdugo, de oprimido a opresor y de mártir a pecador. —¡Sí, sí, sí! Esta vez, sí —repetía una y otra vez Alfonso, mirándose orgullosamente ante el espejo mientras se afeitaba, bailando y moviendo el 86


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culo graciosamente, como si un coro de mujeres preciosas y divinas estuviera allí, en su cuarto de baño, jaleando cualquier palabra y movimiento que emanara de él y dispuestas a dar el todo por un simple favor suyo. Y no era para menos. Hoy era, precisamente y justamente, el día ansiosamente esperado: veinticuatro de julio. Un año entero anhelando este momento y al fin se posó en sus manos. Es cierto que Alfonso ignoraba completamente los casos que sus dos amigos, Santiago y Eduardo, iban a presentar en la cena del restaurante donde habían quedado, pero algo le decía que los nueve mil euros caerían en sus manos. Además, la apuesta era clara: el vencedor sería aquel de los tres que lograra hacer más daño a una mujer con el amor, real o fingido. Pero lo mejor no era el dinero, ni mucho menos, eso simplemente ayudaba a incrementar el goce del triunfo. Lo increíble y fantástico, lo que valía la pena, lo que le elevaba hasta el cielo, es que su venganza y su reto estaba cumplido: había destrozado a Sonia, que lo amaba con locura y que le entregó lo más hermoso de su vida, abandonándola en el más infinito abismo, exactamente de la misma forma que había hecho esa cabrona de Isabel con él, hacía ya cuatro años. —¡Ojo por ojo, diente por diente y todas en el mismo saco! —reiteraba Alfonso mientras se duchaba, como una retahíla cansina y pesada, agarrándose apresuradamente a una generalidad donde no se salvaba ningún miembro del sexo opuesto y, quizás con ello, tratando de evitar cualquier reflexión que pusiera de manifiesto el más mínimo elemento diferenciador.

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Sin embargo, poco a poco, sin saber por qué, en la mente de Alfonso se fueron colando varios pensamientos que comenzaban a desgarrarle el alma. En primer lugar reconocer que había aprendido mucho de Isabel y que, al menos en parte, su triunfo, que ya daba por hecho, se lo debía a ella, pero hay cosas que por su evidencia no se pueden silenciar, aunque el odio te empuje todas las mañanas a levantarte de tu cama, o te meta en callejones sin salida donde llegues a desear, inconscientemente, la muerte de alguien. No admitía dudas que el engaño, la mentira, la frialdad, la inhumanidad, el silencio, la mezquindad, el capricho o el doble juego no eran suyos, no venían en sus genes, se introdujeron en él por la puerta trasera y constituían el resultado de un aprendizaje envuelto en dolor, rencor y rabia. Él atesoraba otras imperfecciones en su personalidad, iguales o peores que las de Isabel, pero esas no le correspondían originariamente. Por otra parte, a pesar de sus esfuerzos, Alfonso no lograba desterrar de su cabeza esa imagen de Sonia, revolcándose en el suelo del despacho de su casa y golpeándose violentamente con sus manos, suplicando e implorando morir para poner fin a un calvario que la asfixiaba y la aniquilaba, preguntándole, mil veces y más, de forma incesante y sin descanso, el por qué ya no la amaba. Y lo peor, lo despreciable y cruel que fue él, que ante tan inmenso tormento de una buena mujer, solo respondió con un mutismo absoluto y frío, no siendo capaz ni siquiera de abrazarla fuertemente entre sus brazos y de pedirle perdón hasta que ya no le quedara voz alguna. —¡Maldita sea mi existencia! —exclamó Alfonso, saliendo precipitadamente de la bañera, sin ni siquiera secarse y sentándose bruscamente en el 88


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retrete del cuarto de baño, con las manos tapando su rostro y pasando, en milisegundos, de la euforia a la desolación y el llanto desesperado. Era la escalera del día a día de Alfonso. Esa en la que sobrevivía y subsistía a duras penas, y en la que los estados de ánimo más extremos se superponían unos a otros, alternándose los mismos impetuosamente en cortos periodos de tiempo, sin espacios ni tonalidades intermedias, al margen de cualquier mínima lógica y racionalidad y en un mundo completamente bipolar, donde todo era posible en una hora, desde tocar el cielo con los dedos, hasta suplicar dejar de vivir para encontrar algo de paz. ¿Qué o quién condenó a Alfonso a subir y a bajar por la escalera?: ¿Sonia?, ¿Isabel?, ¿la apuesta por desquitarse de su desamor?, o simplemente su fracaso para encontrar un ser al que amar y ser correspondido. Lo ignoro, ni creo tampoco que él lo supiera con exactitud.

VIERNES VEINTICUATRO DE JULIO, POR LA TARDE: LO QUE SONIA LLEVABA DENTRO

Sonia se despertó sobresaltada al poco tiempo de iniciar su siesta, como si alguien la llamara y la estuviese empujando fuera de la cama. Observó el despertador de la mesilla de noche y solo había conseguido cerrar los ojos y poner su mente en blanco durante quince minutos. Extendió su mano sobre la cama y se sintió sola, muy sola, y con mucho frío. Ya no tenía nada, todo lo abandonó por un puro sueño de niña afortunada: su marido, un gran hombre 89


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del que aprendió lo que es amar, y sus dos hijos, que nunca llegarían a comprender cómo su madre no estaba allí, con ellos. No era culpa de Alfonso, que no daba para más. Ella, y nadie más, era la única responsable de este inmenso dolor que no la dejaba respirar y que había llevado al infierno a sus seres queridos. —¿Por qué tengo que seguir viviendo, dios mío? —se preguntaba Sonia reiteradamente, con desesperanza e intensa angustia, mientras ocultaba su cara con la almohada. Pero inesperadamente escuchó el sonido característico del ordenador al recibir un correo y se incorporó rápidamente de la cama, huyendo de sí misma y del callejón sin salida hacia el que le arrastraban sus pensamientos. Y al abrirlo, la sorpresa estaba servida. Era un mensaje de Alfonso, después de cinco meses de haber finalizado su relación con él:

“Estimada Sonia, harás bien en desechar este correo porque aunque no lo creas, sé lo que has sentido en todo este tiempo. Simplemente ha llegado la hora de pedir perdón, sin más. No pudo ser, vi algo que no me gustó y escapé. Solamente te solicito perdón por todo el daño hecho y causado. No quiero nada más, ni pido otra cosa alguna. Mis deseos enormes de que seas muy feliz.”

Aquello no entraba en cualquier posibilidad que jamás hubiese considerado. Por ello, incrédula en un principio, releyó varias veces el mensaje, tratando de asegurar la autenticidad del remitente y el sentido exacto de cada 90


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palabra del mismo. Pasado un tiempo, confirmó que no había posibilidad de error: el autor era Alfonso, que como siempre seguía huyendo de no sé qué, y su silencio gélido seguía presente, al no dignarse ni siquiera a explicitar los motivos que le habían llevado a romper la relación. Aunque ahora se añadía a la historia un nuevo elemento, el perdón de él, presentado, para no perder la costumbre, con excesivo retraso y fuera de lugar y tiempo, que no obstante le causaba cierto bienestar y paz, a pesar de que no le era fácil reconocerlo. El primer impulso de Sonia ante la petición de absolución de Alfonso fue responder con el arma predilecta de él: el silencio. Pero ella no era Alfonso, ni jamás lo sería. Además Sonia, en ese momento, se percibía infinitamente superior a él y dicha alternativa, en consecuencia, supondría colocarse a su mismo nivel. Seguidamente pensó en perdonarlo y exigirle que desapareciera de su vida eternamente. Racionalmente constituía la opción más efectiva y contundente, aunque se necesitaba para adoptarla de una estabilidad emocional que ella adolecía en ese instante y que no encajaba con su propia personalidad pasional. Lo que quería y deseaba realmente Sonia, en lo más hondo de su ser, es dar rienda suelta a su corazón y a su alma, que le reclamaban y le ordenaban, a gritos y a voces, que soltara todo eso que llevaba dentro para disponer, al menos, desde cero y desde la nada, del derecho y la oportunidad de volver a empezar a caminar de nuevo. Y eso, y no otra cosa, es lo que hizo precisamente ella al contestarle a Alfonso con este otro correo electrónico:

“Estimado Sr. Alfonso Martínez Santos: 91


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No, no he desechado su correo, como verá usted a simple vista. Ese era su estilo, y no el mío, cuando al final de la historia que compartimos los dos, en los momentos de mayor desesperación mía, me regalaba con su silencio, o con la amenaza de denunciarme a la justicia, ante cualquier escrito que le enviaba a esta dirección, independientemente de que no faltara en ellos no pocos insultos hacia su persona, que sabía perfectamente que eran lamentos de una mujer abatida y destrozada, muy alejados del más leve propósito de agredirle a usted, físicamente o psicológicamente. Siempre he sido humana y como tal, comprendo perfectamente que una persona que me escribe tiene al menos el derecho de una respuesta por mi parte. Tampoco considero, como lo hizo conmigo hace algunos meses, que porque una mujer intente comunicar un deseo a un hombre, como el que me devolviera un libro regalo de mi padre, es una liante que se está montando la historia solo para hablar con usted. Perdóneme, pero no llego a ese nivel de complejidad y malicia. Soy un ser simple y en ningún momento barajo esos adjetivos cuando alguien, al que he amado tanto, trata de decirme algo. ¡Qué le vamos a hacer!... Es evidente que no alcanzo su misma categoría. Me sorprende cuando afirma que sabe lo que he sentido en este tiempo transcurrido desde que todo se acabó entre los dos. Con todos los respetos, creo que eso es imposible, porque si fuera así, sus respuestas a mi estado personal desde que me dijo que no me amaba (silencio absoluto e infinito, sin el más mínimo gesto o intento por interesarse por mi situación emocional y vital, acompañado de palabras y frases entrecortadas, muy pensadas y que no brotaban para nada como impulsos descontrolados, repletas de rechazo y 92


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desprecio hacia mí), serían las propias de un ser frío, gélido, golfo, canalla y sinvergüenza. Quiero creer, y voy a tener fe en ello, que no se le puede categorizar con estos adjetivos. Desde que nos vimos la última vez, hasta hace unos días en que he empezado a reconstruir algo mi vida, mi existencia se ha caracterizado por una presencia continua, y en incremento constante, del dolor en que me envolvió, y en él que yo también tuve una cuota importantísima de protagonismo: - Dos intentos de suicidio, uno de ellos que acabó en urgencias del hospital con un lavado de estómago por intoxicación de todas las pastillas que logré meterme en mi cuerpo. Deseos todos los días de morirme y desaparecer para descansar en paz y olvidarlo a usted para siempre. Todo ello me llevó a pedir ayuda psicológica y médica. - He perdido veinte kilos y parezco ahora una persona de sesenta años, como si en doce meses me hubieran arrebatada quince años de mi vida. - Será muy difícil, por no decir imposible, que recupere a mis dos hijos Ya he dejado de ser para ellos esa gran mujer a la que admiraban e idolatraban. - El hombre que más me amaba lo rechacé por usted. ¡Para matarme!... Porque, con todos los respetos, no le llega ni a la suela del zapato a Antonio, en cualquier dimensión de la vida que se contemple (física, sexual, emocional, sociocultural o económica). - De vivir nunca sin preocuparme del dinero, mi devenir diario se define ahora por una búsqueda continua de fuentes de ingresos, que me hagan posible hacer frente a mis compromisos económicos, presentes y futuros. 93


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- Sobrevivo en la más completa soledad. Mis intentos por buscar un nuevo hombre con el que compartir mi vida han sido un desastre y lo que encuentro es pura basura, especialmente al compararlo con lo que Antonio me dio desde siempre. Y por si fuera poco, mis amigas cada día son menos. Pues bien, en este estado de cosas en las que he tocado lo más bajo que una mujer puede imaginar, usted, que supuestamente conocía lo que sentía y que también supuestamente un día me amó, jamás se dignó ni siquiera a enviarme un correo para preguntarme cómo estaba, o qué es lo que necesitaba, o simplemente coger el móvil para llamarme. Es evidente que ello solo puede justificarse por el desconocimiento por parte suya de lo que yo padecía o vivía. Con su frase «No pudo ser, vi algo que no me gustó y escapé», define, con plena exactitud, su concepto de amor, que difiere completamente del mío. Su constructo es sumamente limitado en el tiempo, la intensidad y la entrega hacia el otro. Según su visión, existe solamente ese amor hasta que ve algo en su pareja que no le gusta y, en consecuencia, con un juicio inmediato y sin ninguna explicación previa, o a posteriori, sentencia al otro eternamente al cubo de la basura, acompañando dicho fallo de su habitual silencio, que cierra cualquier puerta a la modificación, o aclaración de la situación, y que se corresponde con la actitud de un niño cabreado y enojado, que patalea y berrea porque ha perdido en su juego, aunque él hubiese arriesgado lo mínimo, y que adopta la huida como única alternativa. ¡Muy precioso y típico de un amor para pasar el rato! Este tipo de amor está muy alejado del término «compañero-a de vida» y es propio de los canales del Chat de Internet, de las 94


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discotecas o pubs de ligues, o de los programas rosas de los medios de información. Yo le di otro tipo de amor, el mismo que yo recibí de Antonio. Mi amor es de entrega completa. Lo doy todo, absolutamente todo, aunque supiera previamente que mi relación con usted no iba a durar más de un año y que recibiría casi nada a cambio. En este constructo de amor, los defectos del otro, o lo que no nos gusta, pasan a segundo lugar, ante el todo de la persona a la que se ama, sin que ello sea impedimento para que se trate de suavizar o solucionar las consecuencias de estos. Por otra parte, yo no lo quería para pasarlo bien unos meses No, yo lo deseaba como compañero de camino y de existencia, por eso le di mi maleta completa. Además, en este amor hay que luchar; cada día, cada hora y cada segundo; para mantenerlo y vivirlo, por ello la transparencia y comunicación de sentimientos es fundamental. Absolutamente nada que ver su amor con el mío, entre otras cosas porque usted no tiene capacidad de amar y eso no es algo que se regala, hay que aprenderlo y trabajarlo. Escribe que ha llegado la hora de pedir perdón por el daño hecho y causado. Me permito recordarle, señor, que su tiempo y sus deseos ya no son los míos. Yo ya no camino detrás de usted. Ahora, mi ruta y mi destino, como antes de conocerlo, son completamente diferentes a los suyos. Para mí no ha llegado el tiempo del perdón, mi etapa en la actualidad es la de ignorarle, que es una fase previa al olvido y en la que, conociéndome un poco, seguro que lo podría perdonar. Pero en este momento no puedo, lo siento muchísimo, de

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verdad. Y no lo hago porque sea la perdedora de este amor, sino por estas simples razones: - Su perdón vuelve a estar en la categoría infantil. Usted no da la cara con su demanda. No me mira de frente, y me dice, como un hombre de verdad y con valentía: “Sonia, perdóname por todo el daño que te hice”. Vuelve a actuar como un niño. Pega en mi casa, mete su nota escrita por debajo de la puerta y sale corriendo a toda velocidad. ¡Muy característico del señor! - No se dignó ni si quiera a explicarme los motivos que le llevaron a huir de mí. Además se burló de mi pobre persona con un «te amo» un viernes y un «no sé si te quiero», el lunes siguiente. - Usted no es impulsivo como yo y actúa siempre de una forma muy racional. Sin embargo, fingía morirse de felicidad cuando, en un restaurante por la noche, le decía que quería que fuese mi compañero de destino. En ese momento, y en otros semejantes, no evidenció lo que hay que tener para manifestar, simplemente, que ese tipo de amor del que le hablaba estaba fuera de sus posibilidades, o que no era el suyo. - Tiene que pagar todo el daño que me ha hecho. Ya le dije en una ocasión que el dolor es un círculo, al menos en lo vivido entre los dos: yo destrocé a Antonio, usted me destruyó a mí y usted también tiene que padecer el mismo dolor que sufrimos Antonio y yo. Es de justicia, nada más. ¡Lo que se hace, señor, se paga! - No me pide perdón porque realmente siente que ha actuado incorrectamente conmigo. Yo no le importo en absoluto. Me pide perdón porque su conciencia, que increíblemente aún la conserva, le come y sabe perfectamente 96


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que le dio una patada a la mujer que más le amó y que más feliz le hubiese hecho. ¿Ve el señor como el tiempo va colocando cada cosa en su lugar? Y es que el mercado del amor, efectivamente, está muy mal, como muy bien me explicaba hace poco. Para tranquilidad de sus remordimientos, no quiero terminar sin afirmar que la culpa de la mayor parte del daño causado no es suya, es solo mía. Yo me equivoqué, cometí el mayor error de mi vida: le di lo más preciado que poseía, no a un hombre, sino a un niño, caprichoso y mimado. Usted solo es útil para pasar un rato agradable o divertido, pero no más. Efectivamente, al igual que en su caso, nada le pido ni nada quiero ya de su persona. Es cierto que aún lo recuerdo cada día, pero estoy segura de que el tiempo me ayudará a olvidarlo para siempre. En este momento yo también le pido perdón por no desearle la mayor felicidad del mundo. No puedo, de verdad, aunque ya al menos logro ignorarlo, que no es poco en mi actual situación. Finalmente me gustaría agradecerle que me haya ayudado, a través de su comportamiento y actitud hacia mí, a reconocer el inmenso valor de lo que perdí cuando abandoné a Antonio y a mis hijos por estar a su lado, o cuando pude apreciar con exactitud lo que realmente me entregó en el tiempo compartido. La vida, desgraciadamente, es así: solo reconocemos el valor de lo que poseemos precisamente al escaparse de nuestras manos.”

Al terminar de enviar el correo, Sonia experimentó una paz interior que le dibujó una sonrisa en su rostro y duplicó el brillo de sus ojos. Algo parecido 97


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a caminar un largo trecho arrastrando un baúl pesado, y de pronto, sentir la ligereza y el bienestar de que ese baúl ya no está contigo porque alguien de confianza se lo llevó a su destino. Incluso volvió a aparecer en su organismo, con fuerza e insistencia, la sensación de hambre y se fue a la cocina a prepararse algo de comer. Pero cuando se disponía a sentarse en la mesa, accidentalmente se cayó un calendario que estaba colgado en la pared que acaparó su atención durante unos segundos. —Estoy de vacaciones y ni siquiera me he perdido con el coche unos días… ¡Se acabó el duelo! Voy a vivir y a disfrutar de lo poco que me queda cómo sea —pensó Sonia, recriminándose a sí misma su destierro del mundo y con esperanzas de hacer algo inmediato para comenzar a dar un giro a su situación. Y esa misma noche preparó la maleta, precipitadamente y con lo primero que encontró a mano, decidiendo sobre la marcha que mañana, muy temprano, sacaría el coche del garaje para irse de viaje, sola, sin avisar a nadie y sin saber destino alguno, aunque esta vez cargada con ilusiones y expectativas renovadas para, al menos, comenzar a palpar de nuevo lo que le deparara la vida.

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VIERNES VEINTICUATRO DE JULIO, POR LA NOCHE: LA APUESTA DE LAS VENGANZAS ESTÁ SERVIDA

El primero en llegar al restaurante fue Santiago. Antes de entrar, miró su reloj: —Las diez menos cuarto… Tendré que esperar al menos un cuarto de hora. No tengo solución —aceptando, con gesto de resignación, su costumbre de presentarse con antelación a cualquier cita y empujando ligeramente la puerta de acceso al establecimiento. En el vestíbulo preguntó a uno de los camareros por la mesa reservada por Eduardo. Se dirigió hacia la misma, se sentó y pidió una cerveza muy fría, para hacer más agradable la ausencia de los amigos. Santiago tenía cuarenta y ocho años. Era alto, delgado, con el pelo negro canoso y de agradable presencia. Tenía en propiedad dos comercios muy conocidos en la ciudad de ropa para hombre. Casi con veinte años se enamoró perdidamente de Yolanda, que se convirtió, al poco tiempo, en su esposa. Aunque no tuvieron hijos, dedicó su vida a ella, con la que compartió todo lo que tenía, hasta que hace ya cinco años, una tarde, su mujer se fue de casa y no volvió jamás, sin ninguna explicación previa y sin sospechar motivo alguno. A los pocos meses sin disponer de noticias de Yolanda, y después de varias denuncias por desaparición, a través de un viajante al que solía com99


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prar género, se enteró de que ella vivía en Barcelona con otra mujer. Desde entonces su existencia fue un calvario. No tanto por la marcha de Yolanda y la falta de explicaciones o razones para ello, algo ya de por sí muy doloroso para Santiago, sino sobre todo por el morbo de la historia y los comentarios y bulos que ello generó, y aún producía, en una sociedad conservadora y pueblerina como en la que él se desenvolvía. Mientras apuraba su jarra, no sé por qué se fijó en una pareja que estaba en la mesa de al lado. Ambos eran mayores, aproximadamente debían rondar los sesenta y tantos. Estaban cogidos de la mano y eso le pareció a Santiago algo muy hermoso y divino. Sintió envidia, sana si se quiere, y por unos momentos se le vino a la mente que él podía estar ahí, con Yolanda. —No puedo olvidarla… Y a pesar de todo lo que me hizo, como un majara que comete mil veces el mismo error, si me pidiera perdón, la abrazaría fuertemente entre mis brazos y la amaría de nuevo —murmuraba para sí Santiago, reconociendo lo que era una realidad para él, pero con la certeza de que ello, por nada del mundo, saldría de su alma. Alrededor de las diez apareció Eduardo, sonriente y saludando a cualquier objeto y persona que se introdujera en su campo visual. Le encantaba desempeñar ese papel de maestro de ceremonias y organizador de eventos. Más aún, la idea del juego de venganzas era suya, como no podía ser de otra forma. —¡Hola, Santiago! Nunca soy capaz de llegar antes que tú —saludó Eduardo, añadiendo su conclusión con cierta burla.

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—Efectivamente, al menos hasta que se me quite el sueño de creer que vivo en Alemania, en vez de España, estimado colega —declaró Santiago, dando unas palmadas en el hombro de Eduardo. —¿Y Alfonso? —preguntó Eduardo, casi por cortesía, puesto que conocía, sobradamente, que Alfonso solía llegar siempre el último. —Ya sabes que Alfonso no se lleva bien con el reloj —respondió Santiago, en tono resignado y jovial. Eduardo era el más joven de los tres amigos. Trabajaba de enfermero en un hospital. Con treinta y ocho años, un tipo musculoso y un “pico de oro”, como decían sus amigos, su vida sentimental había estado marcada por el continuo trasiego de mujeres por su cama. Aparentemente él daba a entender que estaba bien así, pero con el transcurrir de los años, en su interior, aparecieron otros anhelos que le daba algún reparo manifestar públicamente, quizás porque no encajaban con la imagen que los otros le habían atribuido, o simplemente, por miedo a reconocer que le faltaban cosas como: ser padre, formar una familia o levantarse cada mañana acompañado de una mujer que le hiciera feliz y con la que compartir millones de cosas. Cuando apareció en su camino Beatriz, después de habituarse a imponer en todo momento las reglas de juego en el traslado de unas manos femeninas a otras, algo se encendió en Eduardo y el amor, en toda su complejidad, le estalló en sus manos, arrebatándole ese protagonismo en el planteamiento, nudo y desenlace de la historia que vivía con ella. Y empezó a padecer sensaciones para él extrañas, que nunca antes había sobrellevado y padecido, pero que seguramente él si había desencadenado en otras mujeres que lo amaron: 101


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quererla y necesitarla cada día con más intensidad, y a la vez advertir que cada día también, ella se hallaba más distante de él; ofrecerle en todo momento lo que poseía y recibir casi nada, o nada a cambio, o comprobar la falta de calor y empatía que ella mostraba en los aspectos básicos de su vida. Un día Eduardo se encontró a Beatriz con otro tipo en su casa haciendo el amor y ese fue el final. Y aunque el desfile de nenas guapas se reanudó, no la olvidó desde entonces… ¿Por qué, si podía tener a cualquier mujer muchísimo mejor que Beatriz a su lado y recoger infinitamente más de lo que obtuvo con ella?... No tengo la respuesta concreta, ni creo que Eduardo la haya descubierto. —¡Estamos aquí, Alfonso! —exclamó Santiago, levantando la mano al percatarse de la presencia de Alfonso, que buscaba en vano la mesa de sus amigos. —¡Perdonad! Había un atasco enorme y no he podido llegar antes — disculpándose Alfonso por su tardanza, al llegar pasadas las diez y media, y depositando el casco de su moto en una silla no ocupada. —Guárdate tus disculpas, Alfonso, que ya nos conocemos de sobra y estás entre amigos —matizó Eduardo, estrechando cariñosamente la mano de él. Alfonso, con cuarenta y seis años, había pasado media vida embarcado como oficial de máquinas de todo tipo de buques, recorriendo el mundo y sintiéndose como un extraño cada vez que sus ocupaciones laborales le permitían, unos pocos meses al año, hacer realidad la convivencia con su mujer, Carmen, y su hija, María. En un principio, los fuertes lazos que crearon el 102


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amor con Carmen y, posteriormente, el nacimiento de María, salvaron el matrimonio, a pesar de sus largas ausencias. Pero cuando María tuvo diecinueve años y se fue a estudiar a Madrid, Carmen, que ya no amaba a Alfonso con la misma intensidad, se vio atrapada por la soledad y la falta de expectativas en su futuro, y un día le solicitó el divorcio. Nunca le pudo reprochar nada a ella, incluso él afirmaba que había sido una santa al aguantarlo tanto tiempo. Lo que sí es cierto es que este hecho le marcó su vida, como si una luz muy intensa se encendiera para avisarle de un peligro en una intensa niebla, aunque ya no pudo recuperar a Carmen, que al poco tiempo murió víctima de un cáncer, sin ni siquiera poder contar con la presencia de él en sus momentos finales por encontrarse a miles de kilómetros de ella. A raíz de estos acontecimientos, con cuarenta y dos años, Alfonso dio un importante giro de timón y encauzó de nuevo su vida, dejando la navegación e invirtiendo sus ahorros en varios negocios en tierra. A ellos dedicó gran parte de sus energías, tratando de olvidar sus errores, y compatibilizándolos con sus esfuerzos por hacer todo lo posible para que la unión con su hija se creara y persistiera. Sin embargo, la sorpresa aparece cuando menos te lo esperas y unas navidades conoció a Isabel. Alfonso se volcó, en cuerpo y alma, con esta mujer, que distaba infinitamente de esa gran señora que había sido Carmen, pero que él eligió, equivocadamente y con la presión de un sentimiento de culpa que no lograba desterrar, para darle aquello que no le entregó a Carmen y que posiblemente hubiese salvado su matrimonio.

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Y pasó lo que tenía que pasar: Isabel, que era una niña con deseos de ser mujer, antojadiza y sin capacidad de amar, que ni soñando barajaba la posibilidad de aspirar a un hombre como Alfonso, y con bastante experiencia y recursos en la captura y derribo de especies del género masculino, se encaprichó nada más que verlo, y cuando increíblemente lo tuvo entre sus manos, se asustó de lo que se le venía encima y huyó sin dignarse a ofrecerle ninguna explicación, de la misma forma que él hizo con Sonia, dejando a Alfonso ante un precipicio que aún no era capaz de salvar. —Creo que no hace falta que os recuerde el motivo principal de esta cena —expuso Eduardo, ejerciendo las funciones de maestro de ceremonia sin pedir permiso a nadie—. No obstante, os propongo que la presentación de las venganzas la pospongamos para el final, cuando estemos ante los postres, puesto que lo dulce hará más llevadero la malicia de cada vendetta — riendo maliciosamente—. ¿Qué os parece? —Perfecto —opinó Santiago, mirando de nuevo a la pareja de la mesa contigua. —Yo no tengo problemas —contestó Alfonso, casi fuera de la escena y con su mente en el correo de Sonia, que lo llevaba impreso en su bolso. La comida fue distendida y amena, como si los tres amigos se hubieran puesto de acuerdo para darse un respiro con el que poner paz en sus mentes, aprovechando cualquier oportunidad para buscar la diversión y disfrutar de lo que se podía y había. Hablaron de mil temas de la vida cotidiana, picoteando en uno y otro, de forma animada y divertida, y curiosamente ninguno relacionado con el motivo principal de la cena. Sin embargo, el maestro de ceremo104


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nias estaba deseoso de cumplir de nuevo sus atribuciones, y como cada cosa tiene su instante, llegó la hora de los postres y el café. —Señores, ha llegado la hora de la verdad —anunció Eduardo, desempeñando con seriedad y soltura su papel—. Hace un año, en este mismo restaurante, el destino nos juntó, y después de contarnos nuestras penas y sin sabores con las mujeres, acordamos los tres lo que yo denomino, con vuestro permiso, la “Apuesta de las venganzas”, con el loable fin de desquitarnos de nuestro sufrimiento producido por esos seres malévolos e infernales. Os recuerdo que, en ese momento, nos comprometimos cada uno a vengarnos de una mujer, sea la que fuese, con nuestro amor, real o ficticio, empleando las armas que cada uno quisiera y aportando una prueba que evidenciara lo hecho… —dando un sorbo a su taza de café y asegurándose de que el interés en sus palabras era una realidad. Continuó Eduardo: —Además, cada uno me hizo entrega de tres mil euros, que junto con los que yo también he aportado, hacen un total de nueve mil euros, que ahora mismo deposito en este sobre cerrado que coloco en el centro de esta mesa —levantándose y volviéndose a sentar—. Ese dinero será un premio que otorgaremos, por mutuo acuerdo, al autor del escarmiento más intenso y doloroso. Con el fin de establecer un mínimo criterio en los turnos de la presentación de los casos, os sugiero, aceptando de antemano cualquier otro que me formuléis, que sea por orden de llegada al restaurante. Así castigaremos a Alfonso para que otra vez sea puntual —con cierto toque gracioso, imprescindible para amenizar el espectáculo —. ¿Algo que decir? 105


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Santiago y Alfonso permanecían en silencio, con sonrisas forzadas y sintiendo el aliento en la nuca de que había llegado el fragmento crítico de la velada. —Muy bien. Sin más dilación, doy la palabra a mi amigo Santiago — finalizó Eduardo, con expresión triunfante, y satisfecho por el buen trabajo que estaba realizando. No había más salida para Santiago que exponer su caso con esa pobre mujer. No, no se sentía bien con aquello, y menos contándolo a los amigos, pero nadie le puso una pistola en la sien para participar en aquella locura, no quedándole otra opción que dar la cara. —Voy a ser fiel, una vez más, a mis compromisos y os contaré lo que hice con una buena mujer. Ya os adelanto que no me siento orgulloso para nada con ello, sino todo lo contrario. Tengo la sensación de haber dado palos de ciego y de generar aún más dolor: primero en ella, como víctima inocente, y luego en mí, como verdugo que ajustició a quién no debía, siendo consciente en todo momento de su error —habló Santiago, advirtiendo la atención de sus amigos puesta en él. —Esa reflexión última no importa. Te recuerdo, compañero, que todas pertenecen a la misma especie —preciso Eduardo, preocupado porque la conciencia de sus amigos desdibujara el esplendor de las represalias. —A Lucía la conocí en un Chat de Internet, a los dos meses de vernos aquí el año pasado —siguió Santiago—. Era gordita, soltera, de cincuenta y dos años y desprendía bondad por cada poro de su cuerpo y alma. Yo estaba atravesando una mala racha emocional y hablar con ella me ayudaba a resta106


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blecer mi equilibrio personal, especialmente por su comprensión y consejos repletos de cariño y de ayuda desinteresada. En un principio eran charlas de simples amigos, alejadas de cualquier episodio amoroso o pasional, pero con el tiempo, se me ocurrió que podría ser el caso que yo eligiera para esta noche. Sin reflexionar bien sobre lo que estaba haciendo, comencé a atacarla y a expresarle fogosamente mis deseos hacia ella, tanto por la red como por teléfono, independientemente de que todo fuese falso. Inicialmente ella no daba crédito a mis palabras, alegando que mi propio estado de ánimo me empujaba a agarrarme a cualquier cosa. Sin embargo, mi insistencia fue tal, que aceptó mi amor, y no solo eso, empezó a corresponderlo con una fuerza que yo no he visto en mujer alguna. Y fijaros que si es así, que cuando le decía un sencillo “te amo”, ella lloraba de placer y emoción. ¡Para colgarme del techo más alto, por golfo y sinvergüenza! —se censuraba Santiago. —¡Animo, colega!, que esto se pone interesante y los nueve mil euros son casi tuyos —interrumpió de nuevo Eduardo, frotándose ostentosamente las manos. —¿Puede el señor maestro de ceremonias dejar de hablar a Santiago? —exigió Alfonso a Eduardo, cansado de sus payasadas. —Cómo es normal en este tipo de historias, quedamos en vernos un fin de semana en Sevilla, que es donde ella vivía —prosiguió Santiago—. Desde que se produjo nuestro primer contacto real, un sábado por la mañana y en una cafetería del centro de la ciudad, Lucía, insistentemente, no cesaba de exponerme que no me veía contento y que quizás no era la mujer que yo esperaba. Si os soy sincero, no sabía dónde meterme de pura vergüenza, pero 107


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continué con la farsa, en la que se incluía el no sacar mi maleta del coche, que lo tenía aparcado en el garaje del hotel, y el pagar por adelantado el precio de la habitación. Después de cenar y tomarnos unas copas, regresamos en su automóvil a mi hotel. Al aparcar, sin decirme nada, cogió su neceser, y yo, en ese instante, aprovechando un descuido suyo, le coloqué una pequeña nota, que guardaba en un bolsillo de mi pantalón, en el parabrisas de su coche. El mensaje decía: “Lo siento, no me gustas. Chao”. Una vez dentro de mi habitación, le comuniqué que tenía que ir al garaje a recoger mi maleta, que con los nervios y las emociones la había dejado en el coche, y que volvería en poco tiempo. Así que bajé en el ascensor, puse en marcha mi coche y desaparecí para siempre. Toda una canallada por mi parte, como podéis comprobar por estas pruebas que os dejo en la mesa. Santiago, apesadumbrado y afligido, se levantó y depositó en la mesa diversas evidencias del supuesto ajuste: transcripciones escritas de conversaciones en el Chat, fotos de Lucía y él juntos en Sevilla y algunas grabaciones de llamadas telefónicas. —Con lo que tienes aquí, Santiago, tu caso está plenamente confirmado —dijo Eduardo, revisando, con aparente minuciosidad propia de sus funciones, parte del material aportado por Santiago. —Yo confió en tus palabras, Santiago. No me hace falta ninguna prueba. Sin embargo, necesito saber cómo te sentiste cuando la dejaste allí, tirada como una colilla —le solicitó Alfonso. —Te lo expondré contándote lo que me ocurrió a la media hora, aproximadamente, de dejar a Lucía: estacioné mi auto en un área de servicio, em108


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pecé a darle patadas como un loco y a llorar desesperadamente, porque me percibía sucio y pérfido, al mismo nivel que Yolanda actuó conmigo. En el fondo pienso que con esto no me vengué de Yolanda. Al contrario, ella me hundió otra vez y yo destrocé, sin sentido alguno, a un alma buena que solo quería ayudarme y entregarme lo más hermoso que guardaba. ¡Nunca se me olvidará mientras viva la imagen de esa mujer, con su neceser en una mano, sentada en la cama de la habitación y sus ojos fijos en mí mientras abría la puerta, como suplicándome que no la dejara allí sola! —declaró Santiago, profundamente afectado por este otro error de su vida. —Por favor, los sentimentalismos a un lado, que ellas nunca lo tuvieron con nosotros —requirió Eduardo a sus compañeros. A pesar de su solicitud, el silencio acabó envolviéndolo, al igual que a sus dos amigos, seguramente porque hay cosas que no se pueden detener y ante las cuales solo cabe la posibilidad de dejarse llevar por ellas. —Me parece que es tu turno, Eduardo —le recordó Santiago, con deseos de que aquello terminara cuanto antes. —Sí, desde luego. Disculpadme, se me fue el santo al cielo —se justificó Eduardo—. Al igual que Santiago, voy a hacer una valoración previa de lo que voy a contaros, aunque libre de cualquier culpa y repleta de admiración por el trabajo bien hecho. Ahora que puedo ser sincero: a mí me gusta más la historia de Santiago, es más delicada, sutil y sanguinaria que la mía —con brillo en los ojos y disminuyendo el tono de voz. Eduardo se calló repentinamente, conocedor de lo importante que era una pausa para captar la expectación del público, pidió una botella de agua al 109


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camarero y encendió un cigarrillo. Al dar la primera bocanada, continuó con su relato: —Todo sabéis que me gusta la noche y que en sus locales uno encuentra a mujeres de todas clases. En el mes de febrero, casi por casualidad, me presentaron a una tía preciosa, rubia, de treinta y cinco años, con un cuerpazo de escándalo, que me marcaba de vez en cuando, pero que no paraba de agarrar y soltar a tipos, a su gusto y capricho, dándosela de guapa, a pesar de sus tetas de silicona, y de dominadora de hombres. Se llamaba María y desde el primer día que la vi, me obsesioné con ella para hacerla protagonista de mi juego. Cuando te enfrentas a un bicho como ese, la táctica ideal es la que yo denomino “Del punto intermedio”, por esta simple razón: para atraparla, debes situarte en una media casi exacta que le haga ver, por una parte, que tú le gustas y que le vas a dar cosas que otros no le ofertan, y por otra, que para cogerte va a tener que mover su culo de forma efectiva y contundente, ya que tu mariposeas con otras nenas que tienen cosas que ella no dispone, ni puede aspirar a ellas. Al llegar el camarero con el agua, Eduardo enmudeció de nuevo. Parsimoniosamente, y con gesto dichoso, llenó el vaso y se lo llevo a sus labios lentamente, dando pequeños buches y con la completa seguridad de que él ahora era el dueño del escenario. —Después de dos meses de tira y afloja, conseguí llevármela a mi cama y hacer el amor con ella, aunque no dejaba de saltar a otras flores más suculentas, para mantenerle el reto y que no diera por finalizada la caza, no teniendo ningún reparo en que supiera de mis flirteos —siguió Eduardo—. Y un día, 110


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con mucha paciencia, la fruta maduró y María me montó una escena de celos por una abogada con la que me encontraba de vez en cuando, a la que no podía soportar precisamente por ese complejo de inferioridad que exteriorizaba en alguna ocasión. A partir de entonces comencé a soltar un poco el cordel, incluso le di una llave de mi casa para que viniera cuando quisiera, y le hice creer que la abogada se había terminado para mí, cuando ello era completamente falso… —volviendo a detener la exposición y dando una calada tranquilamente a su cigarro que se consumía, poco a poco, en el cenicero. —¿El final de tu informe, lo contarás hoy o mañana? —preguntó Santiago a Eduardo, con sarcasmo y guasa. —Ya voy con ello, sois unos impacientes incorregibles —protestó Eduardo—.Conforme se desarrollaba mi relación con María, aparecieron señales en ella de que el tiempo de la venganza había llegado, tales como: se preocupaba por lo qué había comido y raro era el día en que no se presentaba con algo que había cocinado; disfrutaba cuando los dos estábamos juntos, tumbados en el mismo sofá, viendo cualquier cosa en la televisión; o simplemente, me abrazaba al despertarse en mi cama. Una noche quedé con ella en mi casa para cenar, exactamente a las diez. Le añadí que a lo mejor me retrasaba un poco, ya que había mucho trabajo en el hospital, y que si eso fuera así, entrara en mi apartamento y me esperase allí. También esa misma noche, pero a las ocho y media, había citado a la abogada en mi domicilio. Cuando María abrió la puerta, al dirigirse a la cocina, escuchó algún ruido en mi dormitorio. Al tratar de averiguar lo qué pasaba, me encontró en plena faena con la abogada en la cama. Entonces em111


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pezó a chillar como si estuviera endemoniada, echando espuma por la boca mientras me profería insultos de la peor calaña, finalizando el drama dando tal portazo a la puerta del dormitorio, que la descolgó y tuve que llamar, días después, a un carpintero para que la reparase. Acto seguido Eduardo se levantó de su silla, metió la mano en una bolsa que había traído y extrajo de ella una cámara de vídeo que puso en la mesa, añadiendo estas palabras: —Aquí os dejo mi prueba: un vídeo de la escena en la que María me sorprendió con la abogada, para que lo analicéis cuando gustéis… Por cierto, se me olvidaba algo especialmente dedicado, con mucho cariño, a los sensibleros que me rodean: disfruté como un enano viendo a esa golfa humillada y con los papeles completamente perdidos. —Desde luego no te has quedado corto en tu represalia —formuló Santiago, cogiendo la cámara de Eduardo y observando varias secuencias del vídeo. —¿Puedo hacerte una pregunta? —le solicitó Alfonso a Eduardo, que no llegaba a comprender la utilidad de producir dolor en inocentes. —Sí, sin problemas —respondió Eduardo. —¿Qué sientes actualmente cuando ves a Beatriz, sola o acompañada, por la calle, o en cualquier lugar? —le interrogó de nuevo Alfonso—. Contéstame con sinceridad, por favor. Eduardo no se esperaba esta pregunta. En un principio pensó en decir cualquier cosa, pero conocía a Alfonso y sabía que tenía la capacidad de leer

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en su interior, como un libro abierto. Y de pronto, sin poder controlarse, algo muy dentro de él se escapó: —Exactamente lo mismo que cuando me dejó: odio y tormento, profundo e intenso, por haberme engañado y utilizado, y a la vez, como dos caras de una misma moneda, tristeza y desesperanza, aguda y penetrante, por perder seguramente la última oportunidad que tuve para ser feliz. —¿Te das cuenta, querido Eduardo? Nada has solucionado machacando a María —manifestó Alfonso, con ternura y cariño hacia su amigo. —¡Déjame de tonterías, tío! —haciendo lo imposible Eduardo por restablecer su papel y elevando el tono de voz—. Sé lo que pasa: quieres que pongamos el cartel del final porque tú no has cumplido con tu compromiso. Te recuerdo, Alfonso, que ahora te toca a ti. —Efectivamente, es mi turno, pero yo me voy a permitir el lujo de no contar nada —anunció Alfonso, muy seguro de sus palabras. —Normal, si te has asustado cuando llegó el momento de la verdad — reiteró Eduardo. —Permite que se explique, Eduardo —requirió Santiago —Desgraciadamente para mí, sí realicé mi venganza, pero al igual que en el caso de Santiago, solo produje dolor a una mujer, Sonia, que no se lo merecía… —suspirando y moviendo la cabeza Alfonso en señal de desaprobación—. Y de paso, me hundí yo más de lo que estaba. No hace falta que narre ninguna historia, todo está en este correo electrónico que ella me envió esta tarde y que detalla claramente la intensidad de la canallada que fui capaz de ejecutar. 113


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Alfonso sacó de su bolso dos copias del correo de Sonia que había recibido esa misma tarde y le entregó un ejemplar a Santiago y otro a Eduardo. Mientras sus amigos leían el llanto y la rabia que brotaba en el escrito de aquella mujer, se le vino a la mente algo parecido a un sueño fantástico en el que una fotografía de Isabel, desde un sillón inmenso y muy alto, se burlaba y mofaba de él, como si fuera un pequeño insecto que se pudiera matar de un simple pisotón, a la vez que un ser con alas y la cara de Carmen, lo llamaba a voces desde una pequeña puerta contigua al trono de Isabel, para que huyera por allí y no volviera jamás a ese lugar. Sin embargo, al intentar escapar por la salida señalada, tropezaba, una y otra vez, sin solución y de forma reiterada, atrapado en un círculo eterno, con un ángel de bronce cuyas manos eran semejantes a las de Sonia. —Te pido perdón humildemente. Hay que rendirse a la evidencia: el ganador de la apuesta eres tú, Alfonso. No me cabe la menor duda —dijo Eduardo al finalizar la lectura del correo, con resignación y avergonzado por el desacierto cometido con Alfonso. —Comparto la misma opinión —expuso Santiago. —Me parece que os equivocáis. El vencedor no soy yo. El premio debería ser para Isabel, aunque no haya participado directamente en la apuesta —reveló Alfonso, con hondo malestar por lo que decía. —Desde luego esta noche te has propuesto dar por saco —protestó Eduardo. —Y eso es así por dos razones —explicó Alfonso—. En primer lugar porque la mentira, la frialdad, la inhumanidad, el silencio, la mezquindad, el 114


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capricho o el doble juego, que son los instrumentos que me han permitido alcanzar, según vuestra valoración, el máximo grado en mi supuesta venganza, no son míos, los copié burdamente de Isabel, creyendo, equivocadamente, que al situarme en su mismo nivel, me sería más fácil olvidarla y con ello, resarcir algo el daño que me causó. Nada más lejos de la realidad, ya que al actuar de esta forma solo he conseguido que sobresalga y brille más en mi vida, como demuestra el hecho de que ahora mismo esté hablando de ella. —Me gusta tu planteamiento. Por favor, sigue —instó Santiago a Alfonso. —En segundo lugar —continuó Alfonso—si la venganza es una ofensa, o daño a alguien, como respuesta a otro recibido por él, es evidente que yo no he alcanzado ese objetivo puesto que no he infligido daño alguno a Isabel. Lo único que he logrado es llevar al infierno a un tercero, Sonia, que nada tenía que ver con ella. Más aún, en mi represalia ciega, Isabel sí se ha embolsado, sin mover ni siquiera un dedo, el incremento de mi desconsuelo por ajusticiar a una inocente. Eduardo miraba con cara de perplejidad e incomprensión a sus dos amigos, buscando algo de luz en sus tinieblas: —¡Vaya lío que estás metiendo, Alfonso! —quejándose amargamente. —Completamente de acuerdo con tus argumentos, pero… ¿Qué hacemos con el dinero de la apuesta? ¿A quién se lo damos? —interrogó Santiago a Alfonso. —Ya te lo dije antes. Le vamos a dar el premio y el dinero a Isabel, precisamente por haberme enseñado a ser un cabrón. Y con ello haremos reali115


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dad mi venganza, porque aunque le siente como una patada el galardón, no tendrá más remedio que hacer de tripas corazón y aceptar los nueve mil euros, que le serán indispensables para mantener su fachada y poder con ello engañar a otro hombre, que es a lo único mejor que puede aspirar en esta vida —manifestó Alfonso con supremo placer. —¡Magnífico! ¡Excelente! —gritó Santiago. Alfonso cogió una servilleta de papel de la mesa y se puso a escribir algo en ella, sin decir nada a nadie. A la vez, Eduardo se levantó de su silla y, con cara de pocos amigos, señalando a Alfonso y a Santiago con su mano, les lanzó este ultimátum: —Soy demócrata, convencido y practicante hasta las últimas consecuencias. Voy a aceptar la mayoría, pero quiero que conste que estamos haciendo una locura al entregarle nueve mil euros a una mujer que se cachondeó de uno de nosotros. Santiago reía viendo y escuchando el espectáculo de Eduardo en plena confusión espiritual y Alfonso, al concluir su tarea, sin mediar palabra alguna, pasó la servilleta a ambos. En ella escribió lo siguiente:

“Estimada Sra. Isabel Román Mendizábal: El jurado del certamen La Apuesta de las Venganzas tiene el honor de comunicarle que le ha sido concedido el primer premio, en la convocatoria del presente año, consistente en un cheque de nueve mil euros libres de impuestos, por los indudables e innegables meritos que usted atesora y manifiesta en la maximización de beneficios en el sector masculino, en relación al diseño y 116


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aplicación de técnicas y estrategias comerciales como: la mentira, la frialdad, la inhumanidad, el silencio, la mezquindad, el capricho y el doble juego. Asimismo se le hace saber que el presidente de este jurado, D. Eduardo Quintana Álvarez, le hará entrega de dicho cheque el próximo viernes, día treinta y uno de julio, a las veintiuna horas, en la tienda de confección masculina Don Santi, situada en la c/ De la Constitución, nº 3, Ceuta. De no presentarse en persona para recoger el cheque; en el día, lugar y hora señalados; se considerará que renuncia al premio e importe del mismo, así como a cualquier derecho sobre este. Ceuta a 24 de Julio del 2009 Fdo.: Eduardo Quintana Álvarez, presidente del jurado de la Apuesta de las Venganzas”

Cuando Alfonso se aseguró de que Santiago y Eduardo habían terminado de leer, añadió: —Isabel irá a recoger el cheque, tan seguro como me llamo Alfonso, y es que para ella el dinero es básico y vital. Sin embargo, no puede advertir que yo estoy detrás de este asunto ya que entonces existiría una mínima posibilidad, no más de cinco entre cien, de que no acudiera a la cita. La carta la enviará por correo certificado Eduardo a la dirección que yo le diga. ¿Conforme? —¡Eres un genio! —Alabó Santiago a Alfonso, levantándose y abrazándolo, mientras le daba palmadas en el hombro.

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Eduardo permanecía en silencio, releyendo la servilleta varias veces, hasta que de pronto, como si dios le pusiera la mano encima, un brillo muy tenue resplandeció en su entendimiento: —¿Sabéis una cosa?... Esta carta me está gustando, aunque aún tengo no pocas dudas sobre el asunto. —Tranquilo, Alfonso y yo, con la ayuda de los ángeles celestiales, disiparemos todos tus recelos. Eso sí, vamos a pedir una copa que me parece a mí que requeriremos de algo de tiempo —guiñando Santiago el ojo a Alfonso. —¡Camarero, por favor! —solicitó Alfonso, con una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

VIERNES VEINTICINCO DE JULIO, POR LA MAÑANA: DE VERDUGO A VÍCTIMA

Hacía bastantes meses que Sonia no dormía de esa manera, profundamente y sin despertarse varias veces, y eso que últimamente tomaba unas pastillas muy suaves que le recetó el médico. No es de extrañar, en consecuencia, que esa mañana, aunque el despertador tocara a las siete, se sentía descansada, con energías suficientes para hacer lo que fuese y con una cierta sensación de gusto y placer. Más aún, rompiendo su norma habitual desde que se separó de Antonio y vivía sola en un apartamento, no necesitó de esos minutos complementarios que se concedía en la cama, con los ojos cerrados, inicialmente con la intención de descansar algo más, pero que al final se con118


La apuesta de las venganzas del amor

vertían en un verdadero suplicio, ya que se agolpaban en su mente, a una velocidad de vértigo, miles de escenas recientes de su vida, soliendo acabar llorando desconsoladamente y suplicando no tener que empezar un nuevo día en el que continuar viviendo. Al incorporarse de la cama y dirigirse hacia el cuarto de baño, tropezó con la maleta que la noche anterior había dejado preparada y de pronto se acordó de que hoy, precisamente, se iba de viaje: —¿Dónde me voy? —se preguntó. La ausencia de respuesta le provocó una amplia carcajada, y sin ni siquiera lavarse la cara, o poner la cafetera en el fuego, se fue a la mesa del despacho de casa donde extendió un mapa de carreteras de España y Portugal. A continuación cerró los ojos y puso, al azar, el dedo sobre el mapa. Al abrirlos se dio cuenta de que había señalado Segovia. —Me voy a Segovia. No sé hable más —afirmó Sonia, contenta por la rapidez y eficacia de su maravilloso método para elegir el destino de sus vacaciones. Mientras desayunaba se introdujo en su pensamiento el cómo sería un viaje sola, sin Antonio y sin sus hijos. Aquello era un verdadero desafío para Sonia ya que Antonio siempre se había encargado de organizarlos, hasta en sus más ínfimos detalles. También echaría muchos de menos las sonrisas, los gritos, las peleas y esos rostros de ilusión de los niños. Pero estaba decida a atravesar una nueva puerta, pasara lo que pasase, y sobre la marcha ya iría tomando las decisiones oportunas, aunque no tuviera preparado nada de antemano. 119


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Al terminar de vestirse y echarse un último vistazo en el espejo del cuarto de baño, inesperadamente apareció en su mente la imagen de Alfonso y el contenido de ese correo electrónico que ayer le envió por la tarde. Se lo sabía de memoria, y cada frase y cada palabra escritas, se deslizaban por su interior, lentamente y pausadamente, sin que faltara nada, como una retahíla larga y monótona, que no tiene fin. —¡No lo perdono! ¡No puedo perdonarlo! Y no es porque haya perdido en el juego, no. Lo he dado todo y tengo, al menos, el derecho a que se me permita salir con dignidad y a que se me digan las cosas en la cara — manifestó Sonia ante el espejo, con rabia y profundo pesar. Para escapar de la falta de aire que comenzaba a atraparla, obligó a sus piernas, violentamente, a moverse y a encaminarse rápidamente hacia donde estaba su maleta. La cogió con fuerza, apagó las luces y cerró la puerta de la casa, sintiendo entonces una especie de liberación y un fluir intenso de oxígeno en sus pulmones. Seguidamente tomó el ascensor que le bajó al garaje y buscó, con ansiedad, su auto. Al introducirse en él, cerró los ojos e imploró, como si la vida le fuera en ello: —¡Dios mío, ayúdame a olvidarlo! Durante unos minutos Sonia permaneció con la cabeza apoyada en el volante, sumida y concentrada en su cotidiana lucha interna por arrojar y expulsar a Alfonso muy lejos de ella. ¿Cuánto tiempo duraría esta guerra consigo misma?... No lo sabía, quizás toda su existencia. Solo le quedaba la esperanza en que el transcurrir del tiempo se convirtiera en su mejor aliado.

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Cuando alcanzó que Alfonso se evaporara de su entendimiento, Sonia se percató de que el reloj del automóvil señalaba las ocho de la mañana. Tenía tiempo de sobra para coger el barco a Algeciras de las nueve. Así que giró la llave de contacto, arrancó el motor, puso algo de música a todo volumen y salió del garaje en dirección a la zona de embarque de coches del puerto. Deseaba y necesitaba huir, ahuyentar sus fantasmas, apartarse de las escenas y los decorados que tanto dolor le producían, aunque fuese solamente por unos pocos días. Pero al iniciar el recorrido de la avenida de acceso a la estación marítima, en el carril derecho y muy cerca de la acera, observó, repentinamente, una moto volcada en el suelo, con las luces encendidas, y a lado de esta, el cuerpo de un hombre, que estaba tumbado en el asfalto, sin moverse, y llevaba un casco negro. Instintivamente, frenó bruscamente y se bajó del auto, corriendo desesperadamente hacia donde yacía el motorista. Y la sorpresa y la estupefacción impulsaron a Sonia, sin contemplaciones ni compasión, de nuevo al abismo al reconocer a aquel rostro: —¡No puede ser! ¡Esto no es posible! —pellizcándose y dándose golpes a sí misma,

como queriendo despertar de una horrible pesadilla—.

¡Alfonso!, ¡Alfonso!, ¡Alfonso! —gritó a continuación, sin obtener respuesta alguna. Como una autómata, en un estado dominado por puros actos reflejos, miró a su alrededor buscando ayuda: no había nadie, estaba completamente sola. Inmediatamente regresó al vehículo para localizar su móvil y solicitar el auxilio de los servicios de urgencia. Después de contactar con los mismos, 121


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volvió al lugar en el que estaba tendido Alfonso, pero esta vez advirtió un penetrante olor a gasolina, proveniente de una fisura del tanque de la moto, por la que fluía paulatinamente el combustible, formando un charco en el asfalto, que poco a poco aumentaba de superficie y que se esparcía peligrosamente hacia donde se encontraba él. —¡Alfonso!, ¡Alfonso!, ¡Alfonso! ¡Contéstame, por favor! — le rogó Sonia, subiéndole la pantalla del casco, propinándole varios cachetes en la cara y angustiada por la amenaza de una inminente explosión. —¿Qué ha pasado?... ¿Dónde estoy? —dudaba Alfonso, con voz entrecortada y bastante desorientado. Sonia no quería moverlo. Temía que ello pudiera perjudicarle. Sin embargo, no tuvo más remedio que tomar una decisión arriesgada, ya que nadie aparecía aún para prestarle el indispensable socorro que precisaba. —¿Puedes incorporarte? —le interrogó Sonia, aguardando lo peor. —Creo que sí, aunque parece que tengo una fractura en el brazo — respondió Alfonso, que lentamente empezaba a recuperarse y a evidenciar signos de normalidad. —Tenemos que irnos de aquí, Alfonso. Esa gasolina no me gusta nada —le requirió Sonia, señalando con la mano el charco de carburante. Sin esperar su contestación, con un pañuelo que llevaba en el cuello, Sonia sujetó firmemente el brazo de Alfonso. Seguidamente le pidió que, con su ayuda, se levantara y caminara, lo más rápido posible, unos pasos hasta el coche. Justamente al llegar allí, pasados unos minutos interminables, una enorme explosión lanzó fragmentos de la moto por todas partes, impactando 122


La apuesta de las venganzas del amor

uno de ellos en el cristal delantero del auto y rompiéndolo en mil pedazos. Milagrosamente, ambos no sufrieron daño alguno de consideración y pudieron vivir para contarlo. Poco después, mientras los dos contemplaban en silencio el espectáculo dantesco del fuego consumiendo los pocos restos que quedaban de la moto, y el ruido de las sirenas de la policía y la ambulancia avisaban de su presencia cercana, Alfonso, logrando encajar en su mente las piezas de todo lo acontecido, cogió la mano de Sonia y articuló estas palabras: —Perdóname,

Sonia,

por

favor.

Te

lo

imploro

de

rodillas…

¡Perdóname!, por lo que más quieras. Necesito ese perdón para seguir sobreviviendo y pagar por el daño causado. —Si eres un hombre de la cabeza a los pies, dime por qué me utilizaste o por qué huiste de mí sin dignarte a ofrecerme ninguna explicación —le retó Sonia, apartándole violentamente su mano de la suya. —Me avergüenzo de mi mismo y maldigo mil veces la hora en que nací. En mi odio ciego hacia una mujer que me destrozó, me serví de ti para vengarme de ello y actué irracionalmente a su imagen y semejanza, cometiendo el segundo gran error de mi vida y dejando de paso a una buena persona como tú en el infierno —aseguró Alfonso, profundamente abatido. Por primera vez desde que concluyó la historia con Alfonso, Sonia distinguió una luz, nítida y clara, que pudiera aportar algunas explicaciones mínimamente coherentes, a ese mundo de dolor y llanto, que deseaba con toda su alma encerrar en el más completo olvido y del que trataba de escapar como fuera para hacer realidad una nueva oportunidad. 123


La apuesta de las venganzas del amor

—¿Sabes una cosa, pequeño hombrecillo?... Me debes dos favores. El primero consiste en que te regalo mi perdón que tanto necesitas. Te absuelvo porque no voy a vivir para odiar a nadie, y menos a ti, que vales tan poco. El segundo favor es que me debes la vida, y con ello estoy segura de que podrás hacer felices a personas que aún te aman, como tu hija, o que pueden llegar a amarte en un futuro, espero no muy lejano —sentenció Sonia, mirando lastimosamente a Alfonso y con una sonrisa irónica dibujada en sus labios—. A cambio de estos dos favores, yo solo te pido uno: desaparece para siempre de mi camino. Sonia le volvió la espalda a Alfonso, sintiendo este que algo muy grande se le escabullía eternamente de sus manos, y se dirigió, con caminar seguro y decidido, hacia donde acababan de aparcar el vehículo de la policía y la ambulancia, para explicarles lo acontecido y solicitar la ayuda que requería el motorista, al que el destino, en una mala e injusta jugada, un día colocó delante de la puerta de su casa. FIN

Julio del 2009

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Soledades de interior

Lo que hay que aguantar para simplemente sobrevivir

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Soledades de interior

Lo que hay que aguantar para simplemente sobrevivir

Eran las cinco de la tarde y hacía un calor sofocante, como no podía ser de otra forma en un mes de agosto en el sur de España. Luis estacionó su coche, un Seat Ibiza del modelo más barato y con no pocos años a sus espaldas, en el puerto de Algeciras, en la terminal de embarque de los buques con destino a Ceuta. Cuando Laura, su esposa, se fue a adquirir los billetes del barco a la estación marítima, se bajó del auto, estiró las piernas y encendió un cigarrillo. Entre calada y calada, Luis mataba el tiempo de espera contemplando el submundo que suele sobrevivir en lugares como aquel: vendedores de todo y a cualquier precio; familias exhaustas de origen magrebí que regresan, tras un interminable viaje, a la tierra que las vio nacer; ojeadores al acecho de una presa a la que atacar y desvalijar; trabajadores del puerto anhelando la hora de irse a sus casas; residentes ceutíes soportando, estoicamente y pacientemente, la desfachatez y el monopolio de las navieras que los trasladaban a su ciudad y europeos soñando con aventuras e imágenes librescas del exótico continente africano. Luis tenía cuarenta y ocho años. Sin terminar el bachiller y siendo prácticamente un adolescente, a causa de la inesperada muerte de su padre, que era dueño de una pequeña ferretería, tuvo que hacerse un hombre repentinamente, sin tiempo ni siquiera a cometer alguna locura propia de la juventud, y 126


Lo que hay que aguantar para simplemente sobrevivir

echarse sobre sus espaldas el negocio, que constituía la única fuente de ingresos de su familia, compuesta, por aquel entonces, por su madre y sus dos hermanos más pequeños. Pocos años después conoció a Laura, con la que se casó, tuvo una hija y luchó por sacar a flote la herencia de su padre. Casi sin quererlo, a Luis se le vino a la mente el poco dinero que le quedaba para hacer frente a los pagos y necesidades del mes. Últimamente las cosas no le iban bien en su pequeño establecimiento, ante la competencia de los grandes almacenes y superficies comerciales, y especialmente por los efectos negativos de la disminución de la actividad en la construcción. Además de un descenso importante en sus ventas, el resultado combinado de los anteriores factores, le generaba un incremento notable de pequeñas cantidades que le adeudaban y que no conseguía cobrar, incluso en los casos de clientes de toda la vida que se habían distinguido, en cualquier situación, por la fidelidad y honradez en el pago. No le quedaba más remedio que ajustarse continuamente el cinturón, inventarse mil estrategias para subsistir y tirar como fuese con la ayuda exclusiva de Laura, máxime ahora que su hija iba a estudiar en Madrid y que los gastos se incrementarían sustancialmente. Y este era el panorama que se le presentaba a Luis para sobrevivir de su ferretería, a pesar de las palabras huecas y vacías de los políticos bocazas de turno, que no paraban de anunciar, a bombo y platillo, un final de la crisis económica que ni ellos mismos acababan de creer. Y lo peor no era navegar con tormenta y fuerte marejada… No, desgraciadamente. Lo jodido del asunto consistía en asumir el papel de testigo mu127


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do, sin poder hacer absolutamente nada, de como los de siempre, los que se habían llenado los bolsillos a costa de los demás en los periodos de bonanza económica, ahora lloriqueaban porque ya no ganaban tanto como antes y recibían de papá Estado, para calmar su pena inconsolable, cuantiosas subvenciones, que curiosamente provenían de los que ellos saquearon y explotaron para hacer realidad la maximización del beneficio y que, injustamente, padecían en la actualidad verdaderos problemas para cubrir las mensualidades de la hipoteca de la vivienda, mantener el empleo o continuar con el negocio familiar. Aún recordaba Luis la escena que tuvo que soportar, hace unos meses, con el director de la sucursal del banco con el que siempre había trabajado, al que conocía desde que era un niño, cuando a la hora de renovar el préstamo anual que tenía contratado para el funcionamiento de su establecimiento, se encontró con la sorpresa de que los intereses se habían disparado sin causa justificada. —No es justo Juan que me hayáis subido los intereses de esta forma, precisamente cuando peor están las cosas —protestó Luis, indignado y enojado, en el despacho de Juan, el director de la sucursal del banco. —Te comprendo a la perfección, Luis, pero no puedo hacer nada. Te hablo como un amigo: son órdenes de arriba y ante ello no me queda más opción que callar —manifestó Juan, apesadumbrado y con plena sinceridad. —¿De qué ha servido que durante todos estos años haya cumplido fielmente mis obligaciones con el banco? ¿Y las subvenciones que se han dado

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a la banca para ayudar a las pequeñas empresas, dónde están? — preguntaba Luis, sabiendo de antemano la respuesta. —De nada, estimado amigo. Aquí lo único que interesa es el reparto de beneficios al final del año y el lavar la imagen ante la opinión pública —le contestó Juan, con gesto de resignación. —¿Qué te apuestas a que este mismo banco concederá prestamos, a intereses irrisorios, a algún partido político de su conveniencia o a ciertos amiguitos de los jefes? —le retó Luis, conocedor de las noticias que, en este sentido, aparecían periódicamente en los medios de comunicación. —Si yo te contara… Pero al igual que tú, tengo una familia a la que mantener —expuso Juan, poniendo la mano encima del hombro de su amigo y acompañándolo hasta la puerta del despacho. Inesperadamente, la aparición de un mercedes negro descapotable que aparcó a su lado, le hizo a Luis bajar velozmente de su nube de reflexión y crítica social, especialmente al observar como el tipo que conducía, al que le acompañaba una rubia de bote y de amplio escote, se dirigía hacia él con estas palabras: —¡Eh! ¡Burgués!, ¡burgués! Deja ya de pensar, tío, y vive la vida, que se nos va de las manos —le aconsejó el sujeto, riendo ostentosamente, mientras que la rubia escudriñaba minuciosamente a Luis, de la cabeza a los pies. Luis lo reconoció inmediatamente. Era Antonio, un antiguo conocido desde su juventud. Con edades semejantes y el pelo largo canoso, llevaba puestas sus sempiternas gafas de sol “Ray-Ban”, que no podían faltar nunca en un “pijo” como él, aunque lo envolviera la noche. 129


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—No todos podemos, Antonio, aunque veo que a ti la clase obrera te permite llegar a mucho —dijo Luis, con ironía y sarcasmo, observando descaradamente el auto negro. La historia de Antonio era digna de contar: sin llegar a los veinte, se fue a Barcelona a estudiar arquitectura, y después de llevar más de diez años supuestamente empollando, el padre mosqueado porque no terminaba la carrera, se plantó allí y se enteró de que aún no tenía aprobado el primer curso. Por lo visto durante todo ese tiempo aplicó, en su máxima expresión, el aprovechamiento absoluto y pleno de lo bueno que le deparaba la vida. A tirones de oreja, el papá se lo trajo a Ceuta y lo afilió a su partido político. Desde entonces tuvo asegurado el pan en pago a su lucha por los oprimidos, que curiosamente compatibilizaba, a la perfección, con un tren de vida propio de la alta aristocracia. Nada de extrañar, puesto que Antonio sacaba tajada de cualquier situación, y siempre acababa en un despacho de la administración, independientemente de los resultados de las elecciones para su partido, o de los grupos de poder que llevaran las riendas en el mismo. —Ya estamos criticando al partido. Solo dais palos a los progresistas de izquierdas, como yo, que hemos llevado a España al bienestar social, y cuando viene la derecha rancia y destroza el país, os encerráis en vuestras casas, muertos de miedo, y no sois capaces de plantarle cara —soltó Antonio, sacando de su bolsillo la manoseada y simple división política de buenos y malos.

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—¡Hombre, Antonio! ¿No crees que lo lógico y natural sea que os presentemos a vosotros las quejas? —le interrogó Luis, sin esperanzas de contestación y contemplando, distraídamente, como la rubia cruzaba las piernas. —¿Sabes una cosa?... Gracias a nuestro gran jefe, que nos está sacando de la crisis económica que le dejó la derecha, tú, y muchos millones de españoles más, pueden irse de vacaciones este año y mantener sus empleos y sus negocios —afirmó Antonio, terminantemente convencido de sus palabras. —Tan seguro como que existe el cielo y el infierno —expresó Luis, con sorna y cerrando sus puños fuertemente. —Te dejo, que parece que ya está la cola de coches para embarcar. Ya nos veremos en el barco —declaro Antonio, con ganas de irse ya. —No creo, porque tú irás infaliblemente en clase club y yo solo puedo permitirme el lujo de viajar en clase turista —sentenció Luis, con el goce de dar el palo final. Antonio aparentemente no respondió, aunque Luis juraría que había escuchado algo parecido a “gilipollas”, y se marchó velozmente con un fuerte acelerón en su automóvil del “proletariado”, mientras que la rubia se daba un último toque apresurado a su pelo teñido, intentando en vano luchar contra el viento de poniente que empezaba a soplar. A estas alturas de su vida, Luis se rebelaba contra la supervivencia, en pleno siglo XXI, de esa visión bipolar del mundo, que abanderaba gente como Antonio, donde la totalidad de los seres humanos se habían repartido, sin contemplaciones y desde una visión simplista que se acercaba a la esfera de lo 131


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infantil, en dos grupos según la afiliación política: los buenos y progresistas, políticamente situados en la izquierda, y los malos y conservadores, afiliados y simpatizantes de los partidos de derecha. Este paradigma de tebeo, pensaba Luis, era incapaz de asumir lo que para él era un hecho: por encima de las ideologías, estaban las personas, sus valores y, sobre todo, sus actuaciones en la vida cotidiana y diaria. Estos aspectos, y no la afiliación o la supuesta ideología, eran los que realmente determinan la potenciación de la mejora y adelanto de la sociedad o, al contrario, la continuidad y el inmovilismo de las estructuras vigentes sociales y de los valores tradicionales. Dicho con otras palabras, por poner un simple ejemplo, Antonio, lo mismo que Fidel Castro, por mucho que monopolizaran el progresismo, eran tan conservadores en el día a día como algunas de esas viejecitas que van todas las mañanas a la misa de las ocho. Por otro lado, la taxonomía anterior no soportaba, en opinión de Luis, la existencia de individuos que no se decantaran, de forma evidente y clara, por un lado u otro y que sometieran a juicio continuo la praxis de cada extremo para otorgar, o retirar, el apoyo y el voto. Ni menos aún que estos demandaran que la escala, en vez de dos valores, tuviera muchos más, para permitir un amplio abanico de posibilidades a la hora de transformar y modernizar la sociedad. Situarse en esta tierra de nadie, era y es considerado, tanto por la derecha como por la izquierda clásica, como un verdadero atentado a las normas establecidas, asignándoles automáticamente a estos sujetos la categoría de elementos peligrosos al sistema, a los que hay que silenciar y callar al precio que sea. 132


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—Ya he comprado los billetes —le dijo Laura a Luis, sin darse este cuenta de su presencia—. ¿Me escuchas, Luis? —Perdona, estaba distraído y no te había visto llegar —le respondió Luis, inmerso todavía en su nube de reflexión política. —Anda, por favor, vámonos de aquí. Están preparando el embarque de automóviles—le rogó Laura, cogiendo la mano de Luis. —Una pregunta, Laura… ¿Por qué todos debemos ser de derechas o de izquierdas? —interrogó Luis. —¿Por qué?... —mirándole Laura fijamente y tratando de adivinar el motivo de la pregunta—. ¡Ya sé por dónde vas! Te conozco como si te hubiese llevado en mi barriga toda la vida. Pero voy a contestarte con otra pregunta: ¿por qué, en vez de criticar tanto, no nos mojamos las manos, nos metemos en la casa donde viven los golfos y los echamos a patadas, que es lo único que merecen? Ya tienes en que pensar en el tiempo en que estemos en el barco, estimado filósofo de mi corazón, que luego dices que te aburres —le propuso Laura, pellizcándole cariñosamente las mejillas. Luis le contestó sin palabras, simplemente sonriendo y asintiendo con la cabeza, a la vez que se introducía en el coche y giraba la llave de contacto. Sabía de sobra que Laura tenía razón y que en este país el compromiso y la unión entre el pensamiento y la acción son aspectos que brillaban por su ausencia. Según él, casi todos nos conformábamos con vocear, en las tertulias con los amigos o los compañeros de trabajo, feroces críticas al poder vigente, e incluso, jugando con el lenguaje, especialmente el oral, dábamos soluciones

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maravillosas e infalibles, entre sorbos de café o de cerveza, a los más graves problemas que asolaban el panorama nacional. Sin embargo, estimaba Luis, muy pocos se atrevían a afiliarse a un partido político para aplicar esas ideas fantásticas, o simplemente a colaborar, de forma pública o anónima, con estos, o con cualquier corriente de opinión cercana a los planteamientos personales. Y cuando alguna vez el destino nos colocaba en la tesitura de implicarnos más allá de las palabras, solíamos dar la espantada, alegando quijotescos e inmaculados principios de nuestra santa honestidad, según los cuales no existían, de antemano, esperanzas ni expectativas positivas posibles de cambiar algo en la política, donde solo sobrevivían aquellos que anteponían el poder a cualquier cosa y, en consecuencia, la única salida radicaba en tirar la toalla y huir lo más lejos posible. No era de extrañar, bajo esta perspectiva asumida por él, de que a las puertas de las sedes de los grupos políticos acudieran huestes hambrientas, buscando y reclamando el pan y el lucro personal, como había ocurrido en otros momentos de la historia del país e independientemente de la presencia, también en los mismos, de miembros comprometidos con los ideales por los que se decía luchar. También era lógico, considerando el análisis de Luis, de que hubiera en las elecciones bastantes quebraderos de cabeza para incluir, en las listas electorales, a candidatos de reconocida valía, profesionalidad y honradez, con alguna capacidad para ilusionar a los votantes. Para Luis, el resultado final de todo este proceso se sintetizaban, en primer lugar, en un desencanto generalizado que impregnaba, cada día más, a la sociedad española hacia todo lo que oliera, o partiera, de la política y de 134


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los partidos políticos, llegándose a considerar a esta, en el subconsciente de muchos ciudadanos, como algo poco útil y eficaz para la mejora de la realidad cotidiana y particular, ante la que no cabía más alternativa que la de soportarla y llevarla a cuestas estoicamente y con santa resignación. Y esta opinión no solamente era compartida por gran parte de su generación, o por otras próximas a ella, que al menos habían conocido tiempos mejores, sino lo peor, estaba implantada con gran fuerza en la juventud, en la que se presentaba además acompañada de una incultura política, producto de su inaccesibilidad e impracticabilidad para estos, que oscurecía aún más cualquier perspectiva de cambio. Simultáneamente, como antecedente o consecuente, Luis reflexionaba como la política, obsesionada y cegada por atrapar el poder, que curiosamente solo es un medio y no un fin, se alejaba cada vez más de las necesidades y problemas básicos y vitales del ser humano de a pie. Los pocos intentos que se generaban desde la misma para intentar satisfacer y dar soluciones a estos, solían acabar en una guerra sin cuartel entre las facciones de distinto signo. Creándose con ello un clima de crispación y enfrentamiento, en el que se anteponía y era lícito emplear cualquier medio para descalificar y hundir al contrincante, relegándose al baúl de los recuerdos el consenso y el acuerdo para alcanzar los verdaderos objetivos de las propuestas que se presentaban. —¡Luis, Luis, Luis! ¿Otra vez te has ido a tu mundo?... Desde luego no se te puede decir nada. A todo le tienes que dar veinte mil vueltas —protestó Laura, al ver que Luis, después de pasar el control de embarque y de estacionar el auto en el garaje del barco, no tenía intención de abandonar el mismo, 135


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permaneciendo sentado e inmóvil, con las manos puestas en el volante y la mirada perdida en el infinito. —Estoy ya viejo, Laura, y chocheo —afirmó Luis, tratando de justificar sus frecuentes escapadas al mundo interior de sus pensamientos. —De eso nada, para mí sigues siendo mi príncipe precioso y divino. Y ahora mismo nos marcharemos de aquí y me invitarás a un café —ordenó Laura, dándole un beso y sonriendo, mientras que lo empujaba afectuosamente para que saliera del coche. —No sé qué haría sin ti, Laura —expresó Luis, cogiendo las manos de ella—. Tengo una inmensa suerte de tenerte a mi lado… ¡Ojala el destino me ayude también a tirar para adelante con nuestro negocio! —¡Ya verás como dentro de poco las cosas irán mejor! —deseo con toda su alma Laura, tocándole el cabello. Al poco tiempo, ambos subieron la escalera de acceso a los salones del buque y se dirigieron a la cafetería, ocupando una mesa libre situada cerca de la barra. Cuando Luis trajo los cafés, los dos estuvieron haciendo cuentas sobre cuánto les costaría la residencia de Marina, su hija, que este próximo curso iniciaría sus estudios universitarios en Madrid. Había otras opciones más baratas, como por ejemplo, la de vivir en un piso con varias compañeras, pero consideraban que siendo el primer año era la alternativa mejor. No obstante, por mucho que recortaran gastos, la economía familiar solo podía hacer frente a una habitación compartida, y no a una individual como deseaban Luis y Laura.

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Tampoco tenían esperanzas de recibir una ayuda de la administración para sufragar parte de esos gastos ya que esta, ejerciendo un poder casi divino y celestial, humanizado en complicados nombres de indicadores matemáticos, siempre situaban a Luis en una franja de ingresos medios; no importando para nada que ocupara los niveles más bajos de esta y que existiera un diferencial irrisorio en relación a otros grupos de menor renta; en la que se estaba excluido, de por vida, de cualquier apoyo y subvención del tipo que fuese, aunque en el mismo saco la teoría de la ciencia estadística metiera a individuos que ganaban al mes muchísimo más que Luis. —Laura, ya tengo la solución para que la nena tenga su habitación individual en la residencia —manifestó Luis, con los ojos centrados en un tipo grueso que se había sentado en una mesa próxima. —No me fio yo mucho porque me imagino en qué consiste —fijándose Laura en el sujeto objeto de atención de Luis—. ¡Suéltala!, ojalá me equivoque —le retó Laura. —Algo me dice que ya te has dado cuenta de que está ahí Adolfo y te recuerdo que su partido nos debe doce mil euros de unas compras de hace ya tres años. Con ese dinero Marina tendría su habitación individual —expresó Luis. —Déjalo, Luis. Tómate el café tranquilo. Ya buscaremos algo. Además, a la nena no le va a pasar nada por compartir una habitación con una compañera. Tú ya sabes que ella nunca se queja y que en todo momento está dispuesta a echar una mano a sus padres —tratando Laura de convencerlo,

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puesto que conocía a fondo lo que se podía esperar de aquel señor, y de su partido, a la hora de saldar las deudas contraídas. Sin hacerle caso a Laura, Luis se levantó y se encaminó hacia la mesa en la que se encontraba Adolfo, que estaba acompañado de dos hombres más, bastante altos y fornidos, que no cesaban de observarle al aproximarse al político. —¡Hombre, Luis! ¿Qué haces tú por aquí? —preguntó Adolfo, mientras le invitaba a compartir su mesa. —He estado unos días de vacaciones en la península —respondió Luis. —Luis es un amigo —dirigiéndose Adolfo a los dos guardaespaldas que compartían mesa—. Podéis marcharos un rato. Los dos escoltas se fueron inmediatamente, colocándose en un lugar adecuado que les permitirá no perder de vista a su jefe, sin contradecir sus órdenes. —Supongo que vendrás de algún viaje oficial. Lo digo por la presencia de los dos gorilas —opinó Luis. —Un hombre de la responsabilidad y de un cargo público tan importante como el mío, no tiene otro remedio que velar por su seguridad y ser sumamente discreto, estimado amigo, ya que con ello también se asegura la libertad de todos los españoles y la grandeza de este país —sermoneó Adolfo. Sin saber por qué, en el preciso instante en que el “gran hombre público” lanzaba su discurso, se coló en la mente de Luis, sin previo aviso, la biografía del personaje que tenía enfrente: Adolfo fue incapaz de terminar el bachiller, ya que solo vivía para escuchar en su transistor los partidos de futbol, echar 138


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sus ratitos de pesca con su caña en el puerto, ser amigo de todo el mundo y visitar los antros nocturnos peores de la ciudad. Su familia, desesperada porque no hacía otra cosa, le obligó a trabajar como camarero en un restaurante. Precisamente allí acudían no pocos miembros de un importante partido de derechas y Adolfo, un experto relaciones públicas, vio la oportunidad en ello para ennoblecer a su patria, y de paso, labrarse un futuro mejor que el que le esperaba. Así que empezó a trabajar a los dignatarios políticos que se presentaban en el local para comer o cenar, invitándolos a costa del jefe, presentándoles preciosas mujeres, haciéndoles recados de cualquier tipo o ejerciendo las funciones de bufón de los señores. Y un día, al convocarse unas oposiciones, pasó factura y con ayuda de “dios padre”, las aprobó, sin tener ni idea de un solo tema de los que supuestamente debía dominar para superarlas y diciéndole adiós, definitivamente, al oficio de la restauración. A partir de entonces, la entrega de Adolfo al partido fue absoluta, ampliando y aplicando las estrategias consumadas en el restaurante, a cualquier candidato ganador, y el clan, como contrapartida, lo encumbró hasta los puestos más elevados. —Me fio de ti, Luis. Voy a serte sincero. Vengo de ver un chalecito que me ha vendido muy barato un amigo mío que es constructor, y de paso, he echado una canita al aire, siempre necesaria para un hombre de vez en cuando, incluso hasta para los que nos sacrificamos por los demás como yo — añadió Adolfo, bajando el tono de voz y sonriendo maliciosamente.

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—Adolfo, agradezco tu franqueza y confianza en mí, precisamente por ello necesito exponerte un asunto muy importante para mi familia —dijo Luis, aprovechando la ocasión. —Dime, soy todo oídos. Será un placer ayudarte en lo que pueda — apurando el contenido de su copa y saludando a cualquier ser que pasara cerca de él. —Tú ya sabes que los negocios pequeños, como el mío, no están viviendo los mejores momentos. Además, mi hija Marina comienza en octubre sus estudios en Madrid y eso me va a suponer muchos más gastos. También no ignoras que tu partido me debe una factura de doce mil euros, por la compra de materiales para una reforma que se realizó en vuestra sede hace ya tres años, y que hasta ahora nunca os he reclamado, precisamente porque soy consciente de que estoy ante unos caballeros que, cuando puedan, saldarán su deuda —expuso Luis. —No te quepa la menor duda. Fíjate que si eso es así, que nosotros viajamos en clase turista para integrarnos con el pueblo, y no como otros, que tienen la desfachatez de monopolizar de palabra la representación de los más humildes, pero que a la hora de la verdad huyen de sus penalidades —con rostro enojado y concentrando su atención en Antonio, que en ese instante entraba en el salón de la clase club. —¿No sería posible que tu partido me adelantará algo de esa deuda? Y no lo digo pensando en mí beneficio, sino en el de mi hija, que es mi mayor tesoro —continuó Luis.

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—Hijo mío, te comprendo a la perfección, pero los tiempos son malos para todos, gracias a los sinvergüenzas de la izquierda, y no queda otro remedio que ser solidarios y mostrar empatía hacia el prójimo, dando ejemplo de ello en cualquier oportunidad. Tienes que continuar confiando en nosotros, que siempre hemos apoyado a la pequeña empresa, y proveerte de santa paciencia y resignación —contestó Adolfo, con aire paternal y plenamente convencido de sus palabras. —Pero Adolfo, es que llevo tres años con esa deuda y solo demando que se me salde una parte de ella en señal de buena voluntad —reiteró Luis, que empezaba a entrarle ganas de cogerlo por el cuello. —Te recuerdo, estimado amigo, que ponerse a malas con mi partido te puede suponer perder muchos ingresos, presentes y futuros —amenazó Adolfo, con completa impunidad—. De todas formas hablaré con el tesorero, aunque la cosa está complicada por ahora… Y no me puedo entretenerme más contigo, las obligaciones del cargo me llaman y me voy al salón de clase club, donde me han invitado a una copa un grupo de empresarios. Como puedes comprobar, Luis, nuestro partido está con la totalidad de los españoles, ya sean ricos o pobres —llamando a sus guardaespaldas e incorporándose de su asiento, con prisas por perder de vista a Luis. Luis, durante unos minutos, permaneció petrificado, sin mover ni un solo músculo, con los ojos cerrados y un fuego recorriéndole e incendiándole cada rincón de su alma, completamente indignado ante el espectáculo de cinismo e hipocresía que acababa de padecer en sus carnes. Y lo peor, lo que más le irritaba y le corroía hasta su última gota de sangre, se concentraba en 141


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ese silencio suyo como única respuesta a la amenaza de Adolfo, porque si hubiera dicho algo, lo más mínimo, habría puesto en serio riesgo el futuro de Marina. Repentinamente, percibió una mano que le palpaba su rostro y lo acariciaba suavemente. Al abrir sus párpados, allí estaba Laura a su lado, que al apreciar la marcha de Adolfo, había ido rápidamente a su encuentro, esperando lo peor. —Son unos canallas que se aprovechan de… —intentó completar Luis, impedido por los dedos de Laura que, súbitamente, le cerraron sus labios. —No quiero escuchar nada más —exigió Laura—. ¿Sabes por qué?... Pues toma nota: ni a ti ni a mí, para sacar a nuestra hija adelante y vivir de nuestro trabajo, nos hacen falta impresentables como Antonio y Adolfo.

FIN

P.D.: Ninguno de los hechos, personajes, afirmaciones, ni situaciones presentadas en este cuento pueden extrapolarse a la realidad, porque solamente tienen vida y existencia en la mente retorcida, mala, pérfida, extremista, fantástica, cruel y sanguinaria de su creador, que es un elemento de cuidado y capaz de cualquier cosa. Y si no te lo crees, pregúntales a todos esos que rezan cada noche para que este ser diabólico se consuma eternamente en el fuego del infierno, a miles de kilómetros de sus acogedores e inmaculados despachos.

Septiembre del 2009 142


Soledades de interior

Ella se marchรณ y ya no volverรก mรกs

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Soledades de interior

Ella se marchó y ya no volverá más

Aquella tarde de verano, después de comer cualquier cosa y lavar los platos, Juan cerró la puerta de la cocina de su casa y se dirigió al salón, con paso cansino y la mente atrapada por miles de imágenes, que a toda velocidad y sin orden ni concierto alguno, martilleaban sin compasión su pensamiento. Al echarse en el sofá, percibió que unas lágrimas se escapaban y se deslizaban lentamente por su rostro. —¿Por qué te fuiste Antonia y me dejaste aquí, solo y sin ti?… ¿Cuándo terminará este infierno, de una vez por todas? —se preguntaba a sí mismo, sin esperanza de encontrar respuesta de ninguna clase, mientras que sus dedos recogían suavemente las gotas que brotaban desde lo más hondo de su alma. Necesitaba dormir, aunque fuera solamente cinco minutos, para hallar algo de paz y sacar fuerzas desde la nada con las que caminar un día más. Desde que Antonia, su compañera de toda la vida, murió tras una penosa y larga enfermedad, hacía ya seis dolorosos meses, las noches se habían convertido para Juan en un brutal suplicio, en el que la única salida era esperar, estoicamente y en vela, el sonido del estridente despertador que anunciaba, por fin, el cese temporal de la pesadilla interminable, ante la obligación inexcusable de levantarse de la cama para ir a trabajar, y así ganar el sustento

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con el que hacer frente a los gastos de su hijo, que estudiaba bellas artes en Barcelona. —¿Es posible explicar que dos personas puedan llegar a constituir una sola, y que la mayor injusticia del mundo sea separar esa fusión, que el amor y la vida configuró con el transcurrir de los años?... ¿Qué sentido tiene en ese caso la existencia de una parte sin la otra? —seguía interrogándose, con angustia y amargura, precisamente al recordar las palabras cariñosas de un amigo suyo de la infancia que, compartiendo un café con él hacía ya unos días, le exhortaba, con la mejor intención del mundo, a que guardara poco a poco los recuerdos de Antonia en un hermoso y preciado cofre y que reemprendiera, simultáneamente y cuanto antes, una nueva realidad. —Pero… ¿Cómo se hace eso?... ¿Cómo se empieza otra vez?... Si cada paso que he dado lo he compartido con ella, desde que era un niño y la esperaba, pacientemente, en la puerta de su casa para jugar a los príncipes y princesas —continuaba interpelándose, desgarrándose en mil jodidos pedazos y aprisionado por los barrotes de un círculo sin fin, que irresistiblemente le empujaba, una y otra vez, al mismo punto de partida. Seguidamente, sin saber por qué, Juan comenzó a padecer una sensación de asfixia, acompañada de un punzante dolor en la frente, como si se sumergiera violentamente en el mar y gradualmente le faltara el aire. Bruscamente, impulsado por un incontrolable instinto de supervivencia, se incorporó del sofá y se encaminó con prontitud hacia la ventana del salón, subiendo la persiana con furor.

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Durante unos minutos, que a él le parecieron horas, permaneció de pie, con la cabeza apoyada en la pared, respirando profundamente y advirtiendo, con absoluta nitidez, el movimiento de subida y bajada de sus pulmones, a la vez que observaba, con abatimiento y desesperanza, cada rincón y objeto de la habitación. Tal vez con la vana ilusión de ser testigo afortunado de un milagro imposible: el que Antonia apareciera allí, en ese momento, para abrazarlo y besarlo con todas sus fuerzas, hasta que ya no quedara nada de él; el que ella le dijera dulcemente al oído, en ese instante y en ese espacio, una vez, mil veces, un millón más, “Te quiero” y el que cogiéndole de su mano, se lo llevara a su lado para permanecer eternamente juntos, sin que nada ni nadie pudieran separarlos jamás. Pero Antonia no se presentó, la historia de los últimos seis meses proseguía repitiéndose de forma inmutable y el prodigio tampoco se cumplía. Era inútil escapar a la verdad: su compañera se fue para siempre, con un billete con destino al mundo de la nada, y ya no volvería a verla en lo que le quedaba de existencia. A pesar de ello, Juan, sin acabar de asumir y aceptar lo que había, persistía, ilusoriamente y obsesivamente, en buscarla y en llamarla, más allá incluso de sus recuerdos y de aquello que convenimos como lógico y normal, seguramente porque para este hombre la vida no poseía justificación si no caminaba a la vera de su amada. Y cuando ya se colaba peligrosamente por su juicio la idea extrema de acabar cuanto antes con su fatídico calvario, concluyéndolo por la vía más rápida y contundente que conocía, rememoró, de forma salvadora e increíblemente oportuna, unas palabras que Antonia le dirigió en sus últimos instantes, 146


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justamente mientras ella esperaba, postrada en la cama y con santa resignación, su trágico desenlace final: —Prométeme Juan, por lo que más quieras, que vas a seguir luchando por nuestro hijo Alfonso cuando yo ya no esté aquí… Te lo suplico y te lo pido por ese ilimitado amor que hemos tenido la dicha de vivir los dos. Al evocar en su mente esa escena final cargada de tantas cosas para él; como la mirada penetrante e implorante que emanaba de los ojos de Antonia, con la que envolvía cada sonido que sus labios lograban articular, o el sobrenatural vigor con el que ella se aferraba desesperadamente a sus manos, aguardando una contestación suya que ya sabía de antemano; Juan experimentó un amargo sentimiento de culpa al reflexionar sobre el hecho de que, durante unos segundos, había ignorado inconscientemente el compromiso que, libremente, asumió ante su amor en aquella triste ocasión. Precisamente al dar cabida en su pensamiento, poco antes, a la idea del suicidio, empujado y cegado por ese deseo irracional e incontenible de volverla a tener a su lado, al precio que fuese. Transcurridos unos minutos, consiguió reanudar paulatinamente el ritmo habitual de su respiración, aunque no pudo evitar que el abatimiento y el desaliento aprisionaran de nuevo su alma, saciándola de tinieblas y ocultando cualquier atisbo de paz y de sosiego interior. Y es que no divisaba más luz que la de subsistir, a duras penas, para cumplir lo que un día juró a Antonia y por ello, quizás, no distinguía más alternativa que la de dejarse caer, lastimosamente y flácidamente, en el suelo de la habitación como si fuera una marchita hoja otoñal desprendida, en contra de sus deseos, del árbol para la que 147


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fue concebida, sin más destino que el ser arrastrada a cualquier lugar por el poderoso e implacable dios del viento. Inesperadamente, un estridente y seco sonido metálico, que provenía de la verja de la ventana y que se repitió varias veces, atrajo la atención de Juan, activando vivamente sus músculos y apartándolo repentinamente del estado de ensimismamiento en el que se encontraba. —Ya están los golfos tirando piedras para matar el aburrimiento. ¡Malditos sean! —dijo Juan enfurecido. Recordaba lo nerviosa que se ponía Antonia cada vez que tenía que salir a la calle para regañar y dar la cara ante los “discriminados”. Así llamaba él a los gamberros del barrio, que no cesaban en su empeño de amargar la existencia a la poca buena gente que aún se resistía a marcharse del lugar. Sin dudarlo, se levantó del suelo con una rapidez prodigiosa y en pocos segundos, corriendo y sin tiempo para ponerse ni siquiera una camisa, se plantó en el recibidor, frente a la puerta de acceso a la calle, como si nada hubiese cambiado y persistiera su obligación inexcusable de luchar, contra viento y marea, por el descanso y el bienestar de Antonia. Pero cuando sus dedos tocaban las llaves de la cerradura, súbitamente, su cuerpo se inmovilizó completamente al percatarse de la dura y triste realidad: —¡Madre de mi corazón bendita, ayúdame!... ¡Te lo ruego por lo que más quieras! —imploró Juan, mirando fijamente el techo de la habitación, con gesto afligido y las manos apoyadas en la puerta—. ¿Dónde voy yo si Antonia ha muerto? ¿Para qué voy a salir y soltar la reprimenda a esos desgracia-

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Ella se marchó y ya no volverá más

dos?... Ya no tengo tesoro que vigilar. Me lo robaron sin misericordia hace seis meses. Exactamente al concluir estas palabras, escuchó una voz femenina que, desde la calle, demandaba auxilio, con tono desgarrador y suplicante: —¡Socorro! ¡Socorro!... Yo no os he hecho nada. ¡Dejadme en paz, por favor! —pedía la mujer, entre burlas y risas de varias personas cercanas a ella. Sin pensarlo, abrió la puerta y el espectáculo que presenció difícilmente se le olvidaría el resto de sus días: una señora, de unos cincuenta y tantos años, con el pelo castaño y vestida con una camisa blanca y un pantalón azul, estaba sentada en el borde de la acera, llorando, con sangre en la cara, mientras que con sus manos trataba de proteger, inútilmente, a un pequeño perro que no paraba de aullar y ladrar. A unos cuantos metros de la mujer, varios adolescentes, impunemente y sin manifestar lástima alguna, se mofaban de ella, no dudando en tirarle piedras, de considerable tamaño y sin ningún reparo, en un acto inhumano que poco tenía que envidiar a una cruel y salvaje lapidación. Al ver a Juan, los muchachos huyeron precipitadamente, profiriéndole insultos de todo tipo y sin recibir ni una amonestación siquiera por parte del resto de vecinos de la calle, que permanecían encerrados en sus casas sin hacer acto de presencia, aunque fuese simplemente para interesarse por lo qué pasaba.

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Ella se marchó y ya no volverá más

—¿Está usted bien, señora? —preguntó él, conmovido y asqueado por las barbaridades de la condición humana, además de intranquilizado por el estado de salud de ella. —Sí… No se preocupe —respondió la mujer, presentando una sorprendente sonrisa dibujada en sus labios y limpiándose sosegadamente su rostro, con un pañuelo que humedeció previamente con el agua de una pequeña botella que llevaba en el bolso—. Solo se trata de una leve herida en la cara y algunas magulladuras en el brazo. Yo entiendo de esto. Confíe en mí, he sido enfermera. —Con su permiso, voy a llamar a la policía —le propuso Juan, dispuesto a hacer algo, aunque solo fuera testimonial, y con cierta perplejidad por la serenidad que manifestaba ella a pesar de lo ocurrido—. Estas canalladas a la dignidad humana no pueden quedar inmunes. —Le pido que no lo haga, señor —le rogó ella—. No sabían lo que hacían. ¡Perdónelos, no llegan a más! Además, no comprendo por qué me han hecho esto. Otras veces hablan conmigo y no tengo problemas con ellos —le solicitó la señora, esforzándose por encontrar una justificación, mínimamente racional, para explicar lo sucedido. —¿Cómo se llama usted, señora? —le interrogó él, experimentando un deseo, inexplicable e incontrolable, por conocer más profundamente a una mujer que era capaz de indultar a unos seres que, solo unos minutos antes, la habían humillado y degradado de forma vil y mezquina. —Francisca —contestó ella, ofreciéndole afectuosamente su mano.

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—Yo soy Juan —se presentó, conmoviéndose inverosímilmente por algo muy querido y amado, que no se atrevía a descifrar y que tocó el fondo de su alma, al sentir la mano de la señora posada sobre la suya—. Hágame caso, esta gentuza no tiene límites. Si no llama a la policía y no pone una denuncia, que al menos les demuestre que no se va a quedar con los brazos cruzados ante sus maldades, corre el peligro, real y evidente, de que vuelva a sufrir en sus carnes el suplicio de esta tarde. —Si eso fuera así, Juan, y perdone que le tutee, mi tormento sería infinitamente menor que el que tú llevas a cuestas y sobre tus espaldas, desde que Antonia ya no está contigo —manifestó Francisca, plenamente convencida y con una expresión plácida y dulce. En un primer momento, se quedó perplejo, bloqueado y sin fuerza alguna para añadir ningún comentario, al juicio que Francisca acababa de formular sobre su vida en los últimos seis meses. Al principio tuvo plena conciencia de que no debía dar crédito a las palabras que escuchaba, precisamente porque esa señora no lo conocía y era imposible que intuyera nada de él, pero poco a poco, tal vez empujado por su personalidad soñadora e impulsiva, se dejó llevar por la nube del absurdo. Y cuando eso ocurría, ya no podía desandar lo andado y surgían en su pensamiento montones de preguntas, sin respuestas y a un ritmo de vértigo, que quedaban apiladas unas encima de otras, cubiertas de un manto de miedo a lo desconocido y una necesidad imperiosa de descifrar lo que ignoraba.

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Ella se marchó y ya no volverá más

—¿Cómo sabes de mi padecimiento? ¿Quién te ha hablado de mí? ¿Por qué me dices eso? —trataba de averiguar Juan, con impaciencia y premura. —Ella me lo contó una noche que la vi, hace ya una semana —declaró la señora, como si ello fuera perfectamente posible y aceptable. —Lo que expresas, desgraciadamente para mí, no puede ser cierto ya que Antonia falleció hace seis meses —asintió él, recurriendo a la totalidad de sus energías para recobrar la calma al advertir, repentinamente, que Francisca no podía estar bien de la cabeza. —Fue aquí, justamente donde me encuentro ahora sentada —continuó hablando la mujer, haciendo caso omiso a las palabras de Juan—. Recuerdo que en la madrugada del miércoles pasado, al no lograr conciliar el sueño, me levanté de la cama y salí a la calle a pasear con mi perro. Al aproximarme a tu casa, sobre las tres de la mañana, distinguí una luz muy intensa y brillante que procedía del callejón. Sin saber lo que hacía, me vi arrojada hacia este lugar y al llegar me encontré, inconcebiblemente, a una mujer, con un vestido blanco ibicenco y el pelo suelto de color castaño, descalza y con varias pulseras de colores en su brazo derecho, que se hallaba de rodillas delante de tu puerta, rezando y pronunciando en varias ocasiones tu nombre. Al acercarme… —Francisca, permíteme que avise a algún familiar o amigo tuyo, para que te acompañé a casa —le interrumpió Juan, inquieto por el desvarío que narraba Francisca y deseando buscar una excusa para concluir aquel disparate. 152


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—No tengo a nadie. Vivo completamente sola desde que mi marido murió, hace ya varios años, en un accidente de coche —explicó Francisca, que prosiguió impasible su relato—. Cuando estuve al lado de ella, detuvo su oración y me miró fijamente y en silencio, durante unos minutos, como si penetrará en lo más profundo de mi alma. Después, tomando mis manos, me dijo: “Me preocupa mucho Juan. Me echa demasiado de menos. Hace seis meses que mi enfermedad me obligó a marcharme muy lejos de él. Hemos compartido una vida entera y no sabemos caminar el uno sin él otro. Cada noche acudo a mi cita y vengo a mi casa, a rezar por mi hijo y por él, para que sean felices y se encuentren bien”. —Sí… ¡Ojalá fuera así, Francisca, y Antonia regresara todas las noches! —esforzándose él por no contrariarla, con pesar y dolor por la situación mental que sufrían ambos. —A continuación la señora reanudó su plegaria, mientras yo permanecía junto a ella y observaba como algunas lágrimas surcaban su bello rostro. Al finalizar su rezo, de nuevo cogió mis manos y añadió: “Me llamo Antonia y si quieres también rezaré por ti”. Seguidamente desapareció fulminantemente de mi vista. Ignoro cómo lo hizo, pero no la he vuelto a ver más —terminó de referir la señora. —Bueno… Lo que realmente importa ahora, Francisca, es que te encuentres bien —anunció Juan, intentando despachar el asunto definitivamente—. Voy a acompañarte a tu casa, no me fio de estos sinvergüenzas.

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Ella se marchó y ya no volverá más

—Gracias, Juan, pero no hace falta. Vivo muy cerca. En menos de cinco minutos estoy en casa —argumentó Francisca, con su habitual sonrisa apacible y placentera. Sin pensarlo dos veces, se arrimó a ella, le dio un beso en su cara y le acarició con bondad su cabello, impulsado por un primitivo instinto de protección hacia esa persona que, a pesar de sus enajenaciones y fantasías, llevaba colgada una etiqueta de ente especial y en cierta forma compartía con él cosas que, en esos instantes, no alcanzaba a concretar. —¡Adiós, Juan! Cuando veas a Antonia, dile que yo también rezo por ella y por ti —se despidió la mujer, cogiendo entre sus brazos a su perro, que movía alegremente el rabo. —¡Cuídate mucho! Y aléjate de esos desalmados —deseo Juan, sintiendo un extraño vacío. A los pocos segundos de marcharse Francisca, y antes de que él abriera la puerta de su domicilio, una vecina de una vivienda contigua a la suya, dejando ver su rostro a través de la reja de una ventana que daba al callejón, sentenció, con expresión maliciosa y burlona: —Señor, no le haga usted caso a esa mujer. Yo la conozco, reside en el mismo bloque que mi madre. Le juro que está loca de remate desde que su esposo falleció. La gente no para de burlarse de ella por las tonterías que cuenta y hace. Incluso le habló a mi abuela de unos espíritus que se aparecían al lado de las murallas árabes del barrio. —La normalidad, al igual que la locura, es muy relativa, estimada vecina. ¿Quién está más cuerdo, o quién es más normal, ella o aquellos otros 154


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que permanecen encerrados en sus casas, cruzados de brazos y sin mover ni un solo dedo, mientras que a un indefenso ser humano se le lincha a pedradas? —le planteó Juan, sin concederle tiempo para ninguna respuesta, dándole la espalda descortésmente e introduciéndose bruscamente en su domicilio, con malhumor y rabia, cerrando tras de sí la puerta, violentamente. Aunque no pueda determinar con exactitud, ni menos juzgar, los efectos de la aparición de Francisca en su destino, si estoy en condiciones de asegurar que el resto de la tarde, y hasta la entrada de la noche, Juan tocó, con las puntas de sus dedos, el maravilloso milagro de sobrellevar el tiempo con un mínimo de tranquilidad y entereza en su entendimiento, algo vetado para él desde la perdida de Antonia. Y para ello le fue suficiente con recurrir a cosas tan simples como encerrarse en el garaje para poner a punto y lavar a la vieja moto, escuchando las piezas de jazz favoritas y disfrutando de esos pequeños descansos en la tarea, en los que había obligación inexcusable de fumarse un pitillo y de admirar pausadamente el trabajo bien hecho. Es cierto que los recuerdos de Antonia seguían ahí, metidos en las profundidades de su mente, y que mientras se dejaba llevar por los goces de la labor manual, estos no cesaban de hacer acto de presencia, pero ahora acudían con otras apariencias diferentes: más alegres, cálidas, dulces y tiernas. Así, repetidamente, evocaba esa imagen de ella los domingos en la puerta del garaje, con su precioso casco amarillo y su cazadora vaquera, mostrando una amplia sonrisa en su rostro y dispuesta a todo, con tal de que Juan no la olvidase y le permitiera acompañarle en la moto, en el rutinario paseo matinal que

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tanto le gustaba y donde no faltaba nunca una parada para degustar un sabroso café con churros. Pasadas las once de la noche, abandonó el bálsamo tonificante del garaje y volvió a dirigirse hacia su casa, que distaba a pocos metros. Al llegar, no disponía de fuerzas para prepararse algo de cenar y se conformó con coger un caducado yogur de la nevera, que fue terminando de comer, precipitadamente y con los dedos, subiendo los dos tramos de escaleras que daban acceso a la tercera planta de la vivienda. En una habitación de la misma había ubicado, hacía tan solo dos meses, su nuevo dormitorio, tras dejar de usar el que compartía con Antonia en la segunda planta, que se encontraba justamente al lado del despacho en el que solía preparar sus clases y que él denominaba, irónicamente, “la sala de pensar”. Al entrar en el cuarto, no encendió la luz y tropezó torpemente con la cama, acabando, sin proponérselo, tendido sobre esta, como si fuera un desfallecido muñeco de trapo, completamente inerte y sin energías para quitarse, al menos, la camiseta manchada de grasa y sudor. Inmediatamente sus ojos, sin ofrecer resistencia alguna, se cerraron gradualmente, mecidos por una agradable e intensa sensación de cansancio y sueño, que para él era algo inusual y excepcional desde que Antonia se marchó. Y es que su cuerpo reclamaba a voces descansar en paz y en pocos instantes se durmió profundamente, envuelto por una somnolencia singular y extraña, semejante a ese viaje al vacío de la nada que experimentamos cuando por nuestras venas fluye una anestesia general.

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Durante varias horas todo dejó de existir para Juan, incluso hasta él mismo, pero un impulso desconocido, proveniente de los lugares más oscuros de su pensamiento, le empujó despiadadamente a despertarse y a palpar con sus manos, como no podía ser de otra forma, que continuaba estando solo en la cama y que ya no volvería a percibir el calor de Antonia. Instintivamente, quiso huir de esa fatal nostalgia que le predestinaba sin solución al abismo, concentrando para ello su atención en el despertador, cuyas agujas marcaban las tres de la mañana, y en aquellas otras situaciones que en la tarde anterior había compartido con Francisca. —Es una buena persona y tiene un gran corazón al perdonar a gente que la destroza, aunque eche mano de la fantasía para buscar compañía o escapar de la ausencia de su esposo —expresó Juan, que sin darse cuenta y en los últimos tiempos, solía con bastante frecuencia hablar solo —. Sin embargo, temo por su vida, precisamente porque es diferente a los demás. En ese instante, sin lógica alguna aparente, se paseó por su juicio, con un detalle y una exactitud que rayaba lo prodigioso, el contenido del relato que Francisca le narró de su encuentro con Antonia, al que Juan no prestó la debida atención en un primer momento, porque al escucharlo se obsesionó con la idea de que quizás él podría también acabar como esa buena mujer, contando disparates a cualquiera que le acercase, y que su deber imperdonable era hacer todo lo posible para apartarla de aquella locura. Sorprendentemente se levantó de la cama como un resorte y se sentó violentamente en el sillón del dormitorio, con gesto desapacible y atormenta-

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do, formulándose, en voz alta, una retahíla interminable de preguntas sin respuestas: —¿Por qué Francisca dijo que Antonia llevaba un traje ibicenco blanco?... Además de un trabajador de la funeraria que me ayudó a ponérselo antes de meterla en el ataúd, nadie más sabía ese detalle… ¿Y lo del pelo suelto, de color castaño, de dónde lo ha sacado?... Antonia lo tenía así y estoy seguro de que ella nunca la había visto… ¿Y las pulseras de colores en la mano derecha?... Eran sus preferidas y yo mismo se las puse cuando me quedé a solas con mi amor, antes de cerrar el féretro… ¿Y la presencia de los rezos?... Antonia, una cristiana practicante de verdad, sin ser mojigata ni beata, atribuía a la oración un poder sobrenatural y se empleaba en ello en las más variadas circunstancias de su vida… ¿Cómo adivinó el nombre de Antonia? ¿Y si fuera cierto de que Antonia acudiera todas las noches a la puerta de nuestra casa?… ¡Dios mío, ayúdame, no quiero perder el poco juicio que me queda!... Juan empezó a llorar desconsoladamente, exactamente igual que un niño pequeño que se pierde en una calle desconocida y no encuentra una mano amiga que lo guíe hasta su hogar. Aprisionado por el desamparo y la sin razón de seguir en este mundo, luchaba denodadamente, sustentado en la escasa vitalidad de la que aún disponía, para no ceder a esa tentación funesta que le insinuaba, con reiteración y en un acto de completa demencia y enajenación, que bajara las escaleras y abriera la puerta de su vivienda para comprobar si Antonia estaba efectivamente allí, fiel a su cita y rezando por su hijo y por él, tal y como aseguraba Francisca que hacía cada noche. 158


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Aguantaba como podía a sus propias provocaciones, al menos hasta ese momento, agarrándose fuertemente a la silla y paralizando, centímetro a centímetro, los músculos de sus piernas. Él sabía, mejor que nadie, que esa resistencia al absurdo constituía su último recurso para no hundirse definitivamente en la fosa de la locura y del caos. —¡Quieto ahí! ¡No te muevas, desgraciado!... Le prometiste a Antonia que ayudarías a Alfonso… ¿Te enteras, cabrón? —se exigía entre sollozos, golpeándose las piernas con arrebato. Sin embargo, poco después de pronunciar estas palabras; como si alguien, o algo, se hubieran obcecado en conducirlo apresuradamente al límite de su entereza; un potente resplandor que se esparcía desde el callejón, traspasó las cortinas de la habitación y se adueño de Juan, fragmentando en mil pedazos su fortaleza y provocándole un frío seco e insólito, que erizó sus vellos y le despojó vilmente de la escasa coherencia que aún persistía en él. —¡Es la luz de ella!... ¡Antonia, no te vayas! ¡Espérame, mi vida! ¡Necesito estar contigo! —chillaba y suplicaba, muy alterado, apartando impetuosamente la silla y dirigiendo sus pasos con premura hacia la ventana del dormitorio. Al llegar, descorrió violentamente las cortinas y se asomó al callejón, apoyando los codos en el alfeizar y sintiéndose apresado por una luminosidad cegadora, que lo absorbía con gran potencia y activaba en él una pasión incontenible por fundirse y desintegrarse con esa cosa, que para Juan no había dudas de que era Antonia, hasta dejar de percibir conciencia alguna de su propia existencia. 159


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—¡Te quiero, Antonia! —exclamó, lanzándose decididamente al vacío, desde el tercer piso de su casa, y colisionando su cuerpo mortalmente contra el suelo. Sobre las cinco de la mañana, un coche de la policía local que realizaba su ronda habitual por la zona, se detuvo al lado del callejón del domicilio de Juan, al contemplar el cadáver de un sujeto que yacía en el suelo, rodeado de un charco de sangre y acompañado de una señora con un perro, que lamía el rostro del difunto. —¿Qué ha pasado, señora? —le interrogó uno de los dos policías, bajándose del auto con urgencia y asegurándose de que no había signos de vida en el hombre. —Lo que tenía que ocurrir, señor: simplemente que Juan se fue con su amor, porque así debía y tenía que ser —contestó la mujer, con una sonrisa desbordante de felicidad y acariciando el cabello de Juan. El otro agente, que permanecía en el vehículo dando parte del hecho a los servicios centrales, al advertir la sorpresa de su compañero al escuchar las palabras de la señora, le avisó insistentemente para que se acercara al automóvil: —No le hagas caso. Es vieja conocida del cuerpo. Se llama Francisca, una viuda incapaz de hacer daño a nadie que perdió la cabeza al morir su marido. No duerme por las noches y se dedica a recorrer el barrio con su perro —informó el policía. A los pocos minutos, se oyó la sirenas de una ambulancia y de varias dotaciones más de la policía, mientras que Francisca reanudaba su paseo, 160


Ella se marchó y ya no volverá más

sosegadamente y con su fiel can, como si nada hubiera sucedido, o como si todo estuviera ya en su lugar, portando curiosamente una linterna grande en su mano derecha… ¿Para qué la llevaba, si lo único que asombrosamente sobraba en esa barriada eran las farolas de sus calles, que días antes de las elecciones municipales solían colocar a la prisa los operarios del ayuntamiento?... Lo desconozco, y poco me importa ya, aunque espero y deseo que Juan haya encontrado de nuevo la felicidad con su Antonia.

FIN

Octubre del 2009

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Soledades de interior

segunda parte

Soledades de interior que brotan en los versos

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Soledades de interior

Los por quĂŠ de un amor

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Los por qué de un amor

Los por qué de un amor

¿Por qué cada vez que compartes mi cama, te busco en el silencio de la noche, con tanta ansia y desesperación como si me fuera a morir, y te abrazo con todas mis fuerzas, queriéndote meter entera dentro de mí, para hacerte mía para siempre y estar eternamente en ti?

¿Por qué te como a besos, cuando los dos nos sentamos en el sofá, como si buscara cubrirte de mí, en cada centímetro de tu cuerpo, en cada fragmento de tu ser, en cada instante del momento, y el dolor que me consume a mí día a día, hora a hora, segundo a segundo, desaparece en el nunca jamás, 166


Los por qué de un amor

en un acto de misericordia del dios de los humanos que se ha dignado a apiadarse de mí?

¿Por qué cuando estás conmigo y veo brillar tu sonrisa mágica, que resplandece y da vida a la plenitud de lo que envuelves, una paz del más allá se posa muy suavemente en mí, y me mece dulcemente entre sus brazos, a la vez que mi pensamiento no para de gritar a los cuatro vientos, que todo puedo alcanzar y sentir caminando muy junto a ti?

¿Por qué un enorme vacio se apodera brutalmente de mí, cuando no estás a mi lado y la distancia se interpone entre los dos, recorriendo, sin pausa ni descanso, por cada trozo de mí ser, un frío glacial y gélido 167


Los por qué de un amor

que me aprisiona y asfixia, sin interrupción ni compasión, como si el derecho a existir hubiese sido sentenciado a no palpitar en mi corazón?

¿Por qué te hice tanto daño y te abandoné un maldito día por algo que solo era una sombra, si tu me entregaste tu vida entera, desde el primer paso que dimos los dos y desde el primer beso que nos unió, y nunca me exigiste nada, absolutamente nada, ni tan siquiera el derecho a ser correspondida en la mitad de lo que me dabas?

¿Por qué después de arrojarte al abismo del dolor y la desesperación, sacas fuerzas, de no se sabe dónde, para perdonarme y susurrarme al oído, 168


Los por qué de un amor

entre infinitos besos, tus «te quiero», que brotan sin cesar, no sé tampoco cómo, entre millones de fantasmas, que cada mañana y tarde, abren y saquean violentamente las puertas de tu pensamiento?

¿Y por qué ahora, las lagrimas abren surcos, otra vez en mi rostro, cuando no consigo ni unir ni pegar, aunque deje mi vida en ello, esos millones de pedacitos de un cristal muy hermoso, que yo mismo rompí un día, con mis sucias y torpes manos?

Diciembre del 2008

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Soledades de interior

Yo estoy en ti y tú estás en mí

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Soledades de interior

Yo estoy en ti y tú estás en mí

Y ahora, en este preciso fragmento de tiempo, mientras te llamo para que vengas a mi castillo, y escucho el ruido de tus zapatos deslizarse peldaño a peldaño por nuestra escalera mágica, envuelto en tu respiración entrecortada y repleta de vida, Sonrío...

Sonrío porque conforme pasa el tiempo y llego a conocerte más y más, empiezo a saber que yo estoy en ti y tú estás en mí. Y que la inmortalidad, no es una utopía, es una realidad. Algo increíble y fantástico, que yo toco con los dedos de mi mano 172


Yo estoy en ti y tú estás en mí

todos los días, en cada milisegundo, que compartimos los dos.

Y es que cada vez que te despiertas, yo estoy en tu abrir de ojos. Y cada vez que hablas, yo navego entre tus palabras. Y cada vez que sonríes, yo me poso en tus labios. Y cada vez que lloras, yo me baño en tus lágrimas. Y cada vez que sueñas, yo te arropo entre mis brazos.

Y ahora también sé que cuando un día deje de caminar, yo seguiré en ti. Me fragmentaré, en millones de pedacitos, que empaparán cada centímetro de tu alma y cuerpo, hasta que ya no quede nada de mi 173


Yo estoy en ti y tú estás en mí

y la plenitud de mi ser, hasta en lo más ínfimo, se haya vertido en ti.

Y entonces, mi precioso tesoro, también continuaré sonriendo, mientras tú me envuelves en los latidos de tu corazón y me llevas hasta el infinito, en cada paso que des por el camino de tu vida, que maravillosamente solamente es tuya y de nadie más.

Enero del 2007

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Soledades de interior

Mis flores

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Soledades de interior

Mis flores

Flores que se abren más allá de mi alma, en millones de fragmentos, entreabiertos y mojados, y que dibujan en el infinito un mar de sentimientos, donde yo sobrevivo, un día sí y otro también, sin saber jamás cuando es hoy o ayer.

Flores que se cierran, todas las noches, sin faltar nunca a la cita, junto a mi cama vacía, envueltas en fragancias con olor a soledad, y que brotan sin cesar desde lo más hondo de mi ser, difuminándose, 176


Mis flores

a duras penas, entre los brazos de sueños de islas perdidas, en océanos que se ocultan en cada amanecer.

Flores que nacen en los confines de la tierra, que me llevan a tocar, unas cuantas veces al año, con los dedos de mis manos, los frutos de la felicidad, y que al marchitar, sin miramientos y sin compasión alguna, me empujan violentamente a abismos perdidos y vacíos, cuando se pierden en la distancia los besos y las caricias que cubrieron todo mi cuerpo.

Flores que se mueren, más allá de las estrellas, que ya no volverán, 177


Mis flores

pero que siguen palpitando en los recuerdos de mi mente, cuando yo ando, de paso para mi destino, y que me alumbran en los más recónditos bosques, a las que me agarro, con desesperada fuerza, cuando las lagrimas se deslizan abriendo surcos en mi cara.

Y flores sin nombre, de colores azules y violetas, en las que me baño, entre las miradas de la luna, mientras comparto los trozos de mi vida, en decorados perdidos y lejanos, con hadas sin rostro que aparecen y desaparecen en un círculo sin fin, del que quiero escapar y no logro huir. Marzo del 2008 178


Soledades de interior

Tercera parte

Soledades de interior que NACEN en reflexiones sobre la vida

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Soledades de interior

Las etiquetas

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Soledades de interior

Las etiquetas

Los seres humanos tenemos una perversa y nefasta costumbre: la de poner etiquetas a todo aquello que está, se mueve, subsiste o respira ante nosotros. De ello nada se salva, y hasta lo más inverosímil y minúsculo, exige, en nombre de no sé qué, de una definición, característica o generalidad, como si fuésemos los amos y señores del universo. Y es que creemos, en un verdadero acto de fe propio de niños que sueñan en una noche de reyes magos, que marcando la vida, vamos a poder controlarla y situarla bajo nuestros pies. No diré yo que clasificar, o definir, puede ser una puerta necesaria para alcanzar el conocimiento y que el saber lo necesita para seguir avanzando. El problema radica, estimado lector, en que cuando encasillamos a las personas que caminan a nuestro lado, las etiquetas que les asignamos, ya sean justas o no, eternamente e invariablemente, se incorporan definitivamente a ellas, sintetizando arbitrariamente el infinito universo de cosas buenas y malas que configuran la identidad de ese individuo en un solo rasgo: precisamente aquel con el que lo hemos catalogado y que para mayor gloría nuestra, en no pocas ocasiones, suele ser uno de los más negativos que arrastra la pobre criatura. No importa en absoluto que las indefensas víctimas modifiquen y transformen radicalmente los comportamientos y acciones originarios; que socialmente pudieron justificar las mismas, y que seguramente fueron otorgadas por unos inmaculados jueces para salvaguardar sus numerosos miedos y frustra182


Las etiquetas

ciones; ya que los carteles de las sentencias permanecerán, por los siglos de los siglos, colgados y adheridos a las espaldas de los sacrificados, pase lo que pase. Así que instalada y sujetada la marca, poca esperanza queda de modificarla, aunque mires hacia otro lado y te pierdas en una remota isla de algún océano perdido. Y yo me pregunto: ¿tan sabios y tan perfectos somos como para determinar y fijar perpetuamente lo que puede dar y ofrecer un ser de la misma especie?.

Septiembre del 2009

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Soledades de interior

A la leña del árbol caído

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Soledades de interior

A la leña del árbol caído

Nos va la marcha y hacemos leña, con saña y sin contemplaciones, sobre el árbol caído, y lo que es más denigrante, mientras ejecutamos este trabajo, volamos hacia el cielo, como si estuviéramos libre de todo pecado y fuéramos unos intachables dioses que jamás se hubiesen manchado las manos con la inmundicia que, en mayor o menor grado, suele acompañarnos, desgraciadamente, en nuestro camino. Y digo esto, porque hace pocos días apareció en los medios de comunicación locales y nacionales, una noticia en la que se presentaba la dimisión de un conocido político local, por supuestas propuestas deshonestas, recogidas en un hipotético vídeo, a una mujer que fue a solicitarle un trabajo en varias ocasiones. Desde que saltó la noticia, el telón del teatro de las miserias humanas se abrió de par en par: la oposición se frota las manos y asciende milagrosamente a los altares supremos de la decencia, como si este asunto y otros peores, nunca hubieran sucedido en sus filas; los colegas de partido del sujeto en cuestión, que hasta hace poco peloteaban a su alrededor para recoger cualquier migaja que su señoría se dignará a arrojarles al suelo, miran descaradamente hacia otro lado, atribuyendo el hecho a un caso aislado y particular, que nada tenía que ver con ellos y ni con sus actuaciones ordinarias en los despachos; elementos del populacho, que semanas antes vitoreaban al indivi186


A la leña del árbol caído

duo y se agolpaban en la puerta de su despacho para meter la mano en la olla pública y afanar lo que se pudiera llevar a la boca, ahora difunden groseros chistes y chascarrillos sobre el acusado, envueltos en un morbo mugriento y miserable; incluso, el nombre de la vilipendiada víctima, corre sin reparo, de boca en boca, por cualquier rincón de la ciudad, y la señora empieza a llevar tras de sí, voluntariamente o involuntariamente, a toda la parafernalia de la prensa, dispuesta a airear cualquier desvergüenza y mezquindad con tal de incrementar la audiencia. No salvo a nadie de sus responsabilidades, ni tampoco de sus bajezas, pero me dan náuseas palpar tanta porquería que nos aprieta y ahoga, y sobre todo, el que me den ahora lecciones de honorabilidad precisamente aquellos que nunca la tuvieron ni mostraron.

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Soledades de interior

El menospreciado tesoro de la salud

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Soledades de interior

El menospreciado tesoro de la salud

A no pocos seres privilegiados y mimados como yo, nos suele ocurrir con demasiada frecuencia, que cegados por las trivialidades y mezquindades de la rutina diaria, solo nos acordamos de lo maravilloso que es disfrutar de una buena salud cuando precisamente nos falta, o sentimos los efectos de su ausencia en los seres a los que más amamos y queremos. Y curiosamente, en esos momentos en que la enfermedad nos pisa los talones, y no en aquellos otros en los que esta se encuentra a mil kilómetros de distancia, caemos en la cuenta, en un acto solemne que consideramos infantilmente el mayor descubrimiento de la humanidad, de que no hay nada que pueda valer tanto en nuestro mediocre destino como el hecho de encontrarse bien de salud, y que todo lo demás comparado con ello, incluso eso tan importante que la noche pasada nos impedía conciliar el sueño, es una absoluta nimiedad y bagatela que no merece, ni tan siquiera, un minuto de preocupación ni de ocupación. Lastimosamente, con plena consciencia o no, sobrevivimos atrapados hasta el cuello en una sociedad consumista, de prisas y metas superficiales, en la que somos incapaces de parar por unos segundos para simplemente estimar, en su justa medida, esos dones divinos y extraordinarios que nos ha regalado la vida y por los que realmente estamos obligados a luchar, entre otras muchas razones para que no se nos escapen de las manos y podamos 190


El menospreciado tesoro de la salud

continuar gozando de ellos. Pero la especie humana es asĂ­ y difĂ­cilmente vamos a cambiar: desgraciadamente, solo apreciamos de forma conveniente eso que se nos fue para siempre y ya no volveremos a poseer mĂĄs.

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Yo, primero yo y no hay nadie mรกs que yo

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Yo, primero yo y no hay nadie más que yo

Solemos encerrarnos en las cuatro paredes de nuestra jaula y somos incapaces de ver más allá del horizonte inmediato. Creemos, como niños consentidos, que ocupamos, por derecho divino, el centro del universo y que no hay nada más importante y prioritario que nuestro capricho, deseo, sentimiento, estado o el problema, que nos eleva hasta el cielo, o que nos arroja, sin compasión, en las manos del infierno. Más aún, aunque marquemos estas palabras con fuego en el alma, a los pocos segundos se borran y desaparecen irracionalmente, volviendo a caer en los brazos del “Yo, y solo yo” , y también empezando de nuevo esta historia interminable. Ello no es de extrañar si pensamos que una simple revisión de nuestra existencia, como especie o como individuo en particular, pondría de manifiesto que almacenamos en los genes cantidades infinitas de egoísmo, egocentrismo, codicia, avaricia, ingratitud y falta de empatía, que afloran, de forma palpable y evidente, desde el primer día en que comenzamos a andar. Y lo peor, con el transcurrir de los años, no suele disminuir esta tendencia a enaltecer el yo, sino todo lo contrario, se incrementa, a pesar de los esfuerzos por limpiar nuestras conciencias echando mano de preciosos discursos religiosos o de grandilocuentes teorías humanistas, que quedan en la nada cuando se abre la puerta de la realidad cotidiana. Esta dictadura del yo, que curiosamente compatibilizamos con una indis194


Yo, primero yo y no hay nadie más que yo

cutible necesidad social de vivir en y para el grupo; no sé si tiene sus orígenes en un mecanismo para asegurar la supervivencia de la especie, o si se trata simplemente del resultado de un proceso de aprendizaje, característico y definitorio de una sociedad competitiva e individualista, en la que cada uno trata de salvarse como pueda y llevarse para sí lo máximo posible. Sin embargo, a veces, para que la esperanza no nos abandone, o como simple mutación que confirma la supremacía del yo, la vida te depara la sorpresa de colocar, frente a la puerta de tu casa, a un ser que posee la virtud y la sabiduría de volar por encima de sí mismo, precisamente para llegar a comprenderse mejor y darse cuenta de lo minúsculo e insignificante que es, ante la inmensidad y variedad del espectáculo que, sin pausa ni descanso, se representa ante él. Y entonces, milagrosamente, te quedas asombrado y perplejo al percibir como esta persona tiene la competencia de ponerse exactamente tu lugar y de entregarte el todo sin pedir nada a cambio, siendo feliz justamente por ello. Si conoces a alguien así; especialmente tú, paciente lector, que me has soportado con santa resignación hasta el final de este libro; no dudes en hacer lo imposible para compartir tu camino con ese hombre o mujer.

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Soledades de interior  

obra narrativa y poética fragmentada en tres partes: cuentos, poesías y articulos

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