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} Al salir de la reunión Joaquín tenía una agenda que cumplir, así que entregó el reporte atrasado, envió un par de catálogos y se dirigió a su cubículo para llamar por teléfono a sus prospectos diarios. Con un esfuerzo atlético trataba de acomodarse en su escritorio normal, como cualquier vendedor normalmente lo haría, pero siempre terminaba hecho un ovillo para poder trabajar. Así, agachado, los calambres en sus piernas comenzaban casi al mismo tiempo que las burlas de sus compañeros, pero éstas últimas le dolían más. Años de tan incómoda posición le habían dejado esa peculiar y dolorida forma de caminar. Trató de acomodarse para estirar las piernas sin éxito, lo único que pudo aflojar un poco más, fue el nudo Medio Windsor y al hacerlo, observó frente a él un sobre blanco con un post-it que decía: URGENTE JOAQUÍN URRIETA. Departamento de ventas. Preséntese con el Lic. Sanromán en 20 minutos. Conocía el contenido de ese sobre, de hecho, todos lo sabían. Observó a su alrededor pero sus compañeros hacían como si nada. “Ora resulta que me mandan a volar”, murmuró de regreso a su caja en medio de la oficina, como un niño enojado que observa con rencor cómo la rutina devoraba lentamente a sus compañeros, cada momento una fotocopia del momento previo, sin cambios, intentó jugar a “encuentra diez diferencias” pero se aburrió y tomó una decisión: “Pues me voy a volar”. Sonriendo sacó la hoja del sobre, sin leerla, la plegó una y otra vez hasta convertirla en una paloma blanca sobre su escritorio. Imaginó al licenciado Sanromán en su traje gris con sus pensamientos grises, en su oficina gris, esperándolo. Ya no tenía por qué ser parte de eso, no más calambres, ni pisotones, no más apodos sobre sus “patas”, no más agobio, necesitaba aire fresco. Por última vez desenredó con calma sus largas piernas para salir de la incómoda posición, sintió la sangre correr por dentro, estaba a gusto. En el reloj las doce con cuarenta; tenía

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veinte minutos disponibles, tiempo suficiente para hacer algo diferente antes de hablar con su jefe. Caminó con emoción entre los cubículos escuchando las mismas burlas de siempre: “Que si camina bien chistoso, que mira como brinca, que parece un pajarito …”, salió al jardín aliviado, la sombra de un árbol y el silencio harían el cambio. Se le ocurrió saludar al viejo árbol mientras se sentaba bajo su sombra. Ahora sonreía. Respiró con calma y esperó con la certeza de que algo tenía que ocurrir. Entonces las observó, blancas y gorjeantes, las palomas mojaban traviesas sus patas en la fuente. Joaquín se permitió pensar en voz alta . Quién fuera ustedes, ojalá pudiera cambiar mis pies calientes por sus patas frescas, flexibles, como de goma, ¿Quién soy yo para ustedes?¿Quiénes son ustedes para mí? Disfrutaba escuchar la caída del agua, se quitó los zapatos, también los calcetines, también la corbata y la camisa, decidió ir más allá y se subió al árbol, abrazando la corteza como quien abraza un viejo amigo, ahora estaba en su árbol. Se sintió vivo, diferente. Desde ahí observó con detalle las ramas, tatuadas por navajas en las épocas donde el amor se escribía en los troncos, con sentimiento y miradas soñadoras, observó las hojas, las semillas, un nido, la luz entre las ramas. Abajo, en el suelo, las raíces de su árbol rompían el concreto con entusiasmo, con un ímpetu amoroso que le contagiaba, lo suficiente para ahogar la razón y respirar milagros y decir con las palomas, -!Oh qué patas tan frescas! Estaba a gusto, quizá demasiado, sin calambres, sin cadenas, se sentía feliz, extasiado, respiraba agitadamente y sentía a su cabeza moverse rápidamente para observar alrededor. Subió a la última rama del árbol, la más alta, todo se veía diferente, en la altura se sintió emocionado, se acomodó como preparándose para hacerlo, dejar la rama. Pegó un brinco, una ráfaga de viento fresco lo recibió, el parque cada vez se volvía más lejano, Joaquín se distendía. Muy abajo, a la distancia, un señor de traje gris buscaba a alguien. “Ya casi es hora” pensó en voz alta y observó su pata fresca, flexible, como de goma, para mirar su reloj. Las palomas le contestaron que imaginaba cosas. Habían pasado veinte minutos.

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Ya no tenía por qué ser parte de eso, no más calambres, ni pisotones, no más apodos sobre sus “patas”, no más agobio, necesitaba aire fres-...

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