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Veinte minutos » Por: Fernando López

Cuento extraído de la colección ‘Fragmentos de una memoria dispersa’ (2010), de Editorial Namox, donde el autor participa.

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e dos tragos al fin se acabó el café. Tranquilamente anudó su corbata al estilo Medio Windsor como siempre, pero sin apretarla demasiado; creía que esto le daba un toque de sofisticación, aunque lo hacía para disimular su altura. Se caló el saco de lino color crema con los zapatos ortopédicos, quería estar a gusto. Esa mañana, Joaquín tenía una sensación relajada que quería conservar, pues sabía que eso no sucedía muy seguido. Fue a trabajar normalmente, como haría cualquier vendedor en un día normal. Llegó a la oficina temprano, se dio el tiempo para saludar a todos. Se esforzó para soportar parado los 15 minutos de motivación diaria pese a sus dolencias en los pies, simulaba estar atento ante el discurso de que… “si las metas, que todo estaba en nosotros, que no había imposibles, que todo podía cambiar…” Pero en silencio, como si no estuviera ahí. Era un niño escondido dentro de una caja, en medio de la reunión, desde ahí, divertido, jugaba a parodiar las charlas a su modo, imaginando un encuentro de hipopótamos en un lodoso estanque, desde arriba la estirada “jirafa” observaba a esos gordos, lentos y aburridos animales con un sofisticado desdén. A Joaquín le cansaba la falta de imaginación hasta en las charlas más triviales, le gustaba más salir a la calle, encontrar espacios para transformarse y conversar con todo, menos con sus compañeros. “A veces he conocido botes de basura más interesantes”, se decía a sí mismo. Estaba a gusto. Hasta le respondió con una sonrisa condescendiente a Rodríguez, cuando éste le endosó su típica burla de “cómo siguen esas patitas”, mofándose de sus dolencias. • JUNIO • 2010 •


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