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La jungla


La jungla Invierno

Relato corto escrito para el concurso “El Reto VII”, de www.asshai.com . Está escrito en base a las siguientes normas:

—Debe existir un conflicto de fondo —Debe haber más de un protagonista —Debe aparecer una escena de sexo —Alguien debe decir “Te lo dije” —La última palabra debe ser un color.

Y tuve la suerte de alcanzar con él el segundo puesto en la clasificación final.

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I. ¡Bienvenido a la jungla!

—¿Algún héroe por ahí? ¿Robin, Zorro? ¿Hay algún héroe de guardia? —Aquí Príncipe azul.

Así comenzaban las fiestas en la vida de Eric Dunn: silencio, cigarrillos, más silencio, con suerte algún que otro café y, de pronto, la voz cascada de la radio que reclamaba a otro idiota con ganas de jugarse la vida. Esa noche sería más corta que de costumbre; a medianoche tenía una cita con Marvin Morris, su compañero, que por lo visto tenía algo muy importante para él. Ese «para él» era lo curioso, porque en cinco años viéndose casi a

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diario todas las conversaciones desembocaban en un «Eric, necesito que me hagas un gran favor».

—Hay mucho jaleo en el 21 de Rattle avenue. Si su alteza puede, le agradecería que echara un vistazo. —Oído, cocina.

Ese favor solía ser dinero, a veces mucho y a veces jodidamente mucho. Otras veces era su coche, su piso o su ropa (dos veces), y otras le pedía que testificara corroborando una coartada falsa. No era lo que podía llamarse un amigo ejemplar, pero era un amigo, y a Eric no le sobraban. Tampoco era un policía modelo, pero a veces utilizaba sus habilidades, que no eran pocas, al servicio del lado correcto de la ley. Y desde que el mundo se fue a la mierda, eso era algo que también escaseaba. 6


—¿Algún héroe de guardia? ¿Príncipe azul, sigues ahí? ¿o Robin? —Aquí príncipe azul. —¿Sabes algo del Zorro? —No. Esta mañana nos cruzamos en la comisaría. No tenía buena cara. —Y quién la tiene hoy día. Príncipe azul, calle Caribbean, 3. Y luego... —Y luego irá otro. Tengo asuntos personales que atender.

Eric era bastante más estúpido. Si no, no se explicaba por qué mientras Marvin se entregaba a sus vicios, él pasaba su tiempo libre haciendo horas extras no remuneradas. «La ciudad lo necesita», pensaba la mitad

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de las veces. La otra mitad creía que lo que necesitaba de verdad era una explosión con una bonita nube en forma de hongo que barriera a todos los niñatos malcriados que la estaban corroyendo. ¿Quién tenía la culpa? ¿El sistema educativo? ¿Sus padres? ¿Las nuevas drogas de diseño? ¿Las canciones de moda que promulgaban el nihilismo y la anarquía como forma de vida? ¿Genes defectuosos? ¿O acaso los jodidos yogures? Con cada charlatán aparecía una nueva teoría, muy útil para rellenar horas de espacio televisivo mientras los jóvenes del país seguían formando bandas en las calles. Cada vez más peleas, más brutalidad, más violaciones, saqueos y asesinatos, hasta un punto en el que nadie quería o se atrevía a ser policía. Los pocos que quedaban habían renunciado a llevar el uniforme, por miedo a convertirse automáticamente en el objetivo de las hordas de salvajes. Y, de entre ellos, los 8


pocos que aún creían en la justicia sacrificaban su vida familiar y su tiempo libre intentando frenar el caos, lo que a esas alturas equivalía a pretender parar una bala con los dientes.

—¿Algún héroe de guardia? ¿Zorro, Robin? ¿Príncipe azul, por casualidad sigu...

Eric apagó la radio y giró el volante a la derecha, pasando entre los enormes y descuidados setos que daban la bienvenida a la calle Renaissance. Eran las doce menos cuarto y seguía vivo, así que si su cita con Marvin no se estropeaba demasiado, vería salir el sol un día más.

No sabría decir si eso le hacía ilusión o no.

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II. Tenemos diversión y juegos...

Marvin esperaba en el portal del edificio, jugueteando con su teléfono móvil. No había sonado en toda la noche, y eso siempre le inquietaba. Le angustiaba la idea de caer en el olvido, de quedarse fuera del juego, lejos del ojo del huracán en el que había vivido y sobrevivido desde que era un adolescente. Al menos no le habían amenazado de muerte, como tantas veces en la semana anterior. El mundo estaba volviéndose loco, y la gente se enfrentaba a la vorágine agarrándose con fuerza a sus tesoros, lanzando mordiscos a toda mano que se acercase, ya fuera para robarle o para sacarles de la mierda. Lo que hace poco eran inversiones controladas se habían transformado en deudas a pagar con inmediatez, sin atender a razones ni excusas. Pero no había de qué

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preocuparse; el futuro era para los listos y él ya había encontrado la forma de ponerse al día en términos económicos, y el primero de la lista era su predecible compañero que, como esperaba, acababa de aparcar justo enfrente. Eric era del tipo de persona que siempre llega, como muy tarde, a la hora acordada; de ese entrañable grupo de gente que nunca miente, y si lo hace, tiene que cruzar los dedos a su espalda. Le caía bien, y le daba pena. Su especie estaba en extinción. —Saludos, agente Dunn. ¿Cuántas mandíbulas adolescentes has partido hoy? —Ninguna, agente Morris. La noche ha sido tranquila. Ni siquiera he tenido que bajarme del coche. —¿Cómo era aquello... la calma que precede a la tempestad? 12


—Algo así. —Se está preparando algo muy gordo, amigo. Las bandas están empezando a coordinarse. Es cuestión de días. —¿Y cómo te has enterado tú de eso? —Intuición policial. —Claro. —Sígueme –dijo, girándose. No le agradaba la mirada acusadora que muchas veces le dedicaba su compañero. —¿Qué tramas, Marvin? —Joder, ya te lo he dicho. Tengo algo para ti. Ya era hora de que te devolviese los dos mil dólares que te debo. —Tres mil.

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—Lo que sea. Confía en mí, esta noche saldrás ganando con el trato. Subieron por las escaleras, a través de la oscuridad. Era un bloque de seis plantas, bastante antiguo, sin ascensor. Su piso era el más grande de la quinta planta, y ya habían subido juntos otras veces, aunque, para el desconcierto de Eric, esta vez siguieron subiendo hasta el final. —Toma –dijo Marvin, poniendo una llave en la mano de Eric. —¿Qué es esto? —Una llave. —No me jodas. —Escucha, puedes verlo desde un punto de vista... simbólico. Esta llave puede conducirte hasta tus sueños. ¿Qué es lo que más deseas, agente Dunn? 14


—¿A qué coño juegas, Marvin? —Te lo diré yo. Acabar con la plaga. Machacar a esos niñatos. Pero eso es cada vez más difícil para ti, ¿verdad? Su número aumenta por momentos. Y cada vez los hijos de perra corren más rápido, saltan más alto, y golpean con más violencia. Lo que yo te ofrezco es la posibilidad de correr, saltar y golpear aun más fuerte que ellos. —No estarás insinuando lo que pienso –dijo Eric, usando su mirada inquisidora. —No, Einstein. No voy a pedirte que te drogues. Yo tengo mucha más clase que eso. —Ya sabes lo que esa porquería está haciendo con el cerebro de la gente. Por supuesto que lo sabía. Desde hacía un año y medio el tráfico de la “Aquílea” había revolucionado el 15


mundo de las drogas; provocaba aumento de la musculatura y de los reflejos además de insensibilidad aparente al dolor o el cansancio, condimentados con una pizca de paranoia y conducta violenta al gusto. Conocía a gente que se había hecho de oro con ella, aunque él se había mantenido inteligentemente al margen. Uno de cada cuatro jóvenes que se la inyectaban moría de un infarto a los pocos minutos. El resto, según los médicos, morirían como muy tarde dentro de diez años por “agotamiento metabólico”. —Lo que yo te ofrezco no se inyecta, Eric. Joder, hoy día es más fácil conseguir una pistola en esta maldita ciudad que una puta jeringuilla. Esto quizás no sea aún legal, pero... —No quiero escuchar nada más. Nos vemos mañana, Marvin. 16


—¡Espera, joder! ¿Acaso quieres acabar como Chris Chapman? Chris Chapman era uno de los primeros policías que fomentaron las guardias nocturnas. Su apodo era “Superman”, curioso siendo negro, gordo y rallando la cincuentena. Una noche, tras varias “fiestas”, los chicos de una banda novata quisieron entrar por todo lo alto en el panorama criminal. Siguieron a Chris hasta su casa, entraron en ella y violaron a su mujer e hijas. Tras haberle obligado a contemplarlo todo le aplastaron la cabeza con un bate. Marvin sabía muy bien de qué hilos tenía que tirar para mover a Eric. —Escucha, es un invento japonés. Se introduce en tu cuerpo a través de un virus artificial e inocuo, y sus efectos son mucho más potentes que los de la Aquílea, sin efectos secundarios. 17


—¿Un virus? ¿Y cómo piensas meterme el virus sin jeringas? Marvin sonrió para sus adentros. —Créeme, lo sabrás cuando cruces esa puerta. Eric permanecía de pie, en el tercer escalón, indeciso. —Ya te has convertido en un depredador, y lo sabes. Pasas cada noche al acecho de nuevas presas. Lo que yo quiero es afilarte las garras y ponerte unos cuantos dientes más. Vamos, Eric. La ciudad lo necesita.

Un minuto después Marvin bajaba silbando por las escaleras. Habría pagado por ver la cara de Eric cuando entrase en la habitación y viera lo que le esperaba encima de la cama, pero esas cosas requerían intimidad. Cuando atravesaba el portal, algo vibró en su bolsillo, 18


acompañado de una melodía polifónica repetitiva, y se olvidó del sexto piso, de virus japoneses y de deudas mientras avanzaba de nuevo hacia el ojo del huracán.

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III. ...Tenemos todo lo que quieres, cariño...

Lucy miraba aburrida desde su cama cómo la luna aparecía y desaparecía tras el humo de su cigarrillo. Hoy tocaba trabajar, una vez más. Habría dado lo que fuera por poder quedarse dormida... y tal vez no despertar jamás. No más caras nuevas, no más arcadas. Cuando el reloj marcó las doce en punto, la puerta se abrió. —Adelante, como si estuvieras en tu casa. —No entiendo nada –dijo Eric. Ella vio la cara de incertidumbre de su nuevo cliente, y lo entendió al instante. —Se te nota. A Marvin seguro que le parece divertidísimo. —Se supone que en esta habitación iba a ocurrir algo...

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—Cariño, en esta habitación ocurren muchas cosas. Tenía poco pelo, y los ojos envueltos en ojeras. Pero era un hombre apuesto. Hoy tenía suerte. —¿Eres tú la que va a inocularme el virus? —Sí. ¿Eres tú el próximo aspirante a gorila? —¿Perdón? —Olvídalo. No eres muy espabilado, ¿verdad? —Ni tú muy simpática. ¿Qué coño pasa aquí? ¿Qué juego es este? Ella se sentó, apoyando su espalda en el cabecero. El tirante derecho de su camisón resbaló por su hombro, enseñando parte de un pecho. No lo corrigió. —El juego más antiguo del mundo, cariño. Por si no te has dado cuenta, aquí los tíos como tú vienen a follar –se calló durante unos segundos, saboreando la 22


expresión de Eric—. Solo que yo no soy una puta normal y corriente. Conmigo, en lugar de llevarte de recuerdo una gonorrea, arañazos en la espalda o ladillas, te ganas un billete para la jungla. —El virus japonés. —Sí. Esas chorradas de machos en celo, de las de golpearse el pecho y chocarse los cuernos. Se ve que os hace felices. Dio una profunda calada al cigarro. —No esperaba que fuese así. —Ya veo. Todavía estás a tiempo de irte por donde has venido. Una vez infectado, ya no hay cura posible. —¿Y a ti, no te afecta? —No. Las mujeres sólo somos portadoras. Los hombres se convierten en “superhombres”, pero no 23


pueden contagiarlo. Lástima, sería divertido veros daros por culo unos a otros por la paz y la justicia. Se

rió,

pero

él

no

le

acompañó.

Parecía

preocupado. —¿Cómo te llamas? —¿Te sientes mal acostándote con alguien sin saber su nombre? —Sí. —Lilith. –dijo, con una sonrisa pícara—. ¿Y tú? —Bugs Bunny –contestó Eric, algo resentido. —Bueno, Bugs. Creo que te preocupa más meterte entre mis piernas que convertirte en un animal por el resto de tu vida. ¿De veras comprendes lo que vas a hacer? ¿Crees estar preparado? —¿Lo estás tú?

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—Sí, cariño. Sólo tienes que prometerme que vas a tratarme con cuidado, y los besos en la boca están prohibidos —soltó una carcajada—. ¿Me tomas el pelo? El tío antes de ti se trajo hasta un cd de su casa. Se empeñó en hacer la postura del perrito mientras escuchaba “Riders of Doom” a todo volumen. Estoy lista para todo. Eric estaba ahora cerca del borde de la cama. Lucy fue gateando por encima de ella, hasta ponerse a la altura de su objetivo. —Esto me parece un poco forzado. El tipo parecía encantadoramente nervioso. Al final estaba siendo realmente divertido. —Pues tu zanahoria no opina lo mismo, Bugs. Acarició con el dedo el bulto prominente que había tras la cremallera del pantalón. Él siguió callado, 25


así que supo que era el momento. Desabrochó el botón y le bajó los calzoncillos, dejando al aire su miembro. Era bonito, dentro de lo bonita que puede ser una polla. La metió dentro de su boca lentamente, todo lo que pudo, mientras movía sensualmente las caderas, arrodillada sobre la cama. Sabía que a los hombres eso les excitaba mucho. Pero Eric la seguía mirando fijamente a los ojos, fascinado. Se quitaron la ropa con prisas, y Lucy se tumbó boca arriba, lista para recibirle. Él la cubrió con su cuerpo, y comenzó a besarle el cuello, pasando pacientemente una mano por sus piernas, por su espalda, sus pechos. Sin darse cuenta se encontró agarrándole del pelo, mordiéndole el lóbulo de la oreja, abrazándole para atraerle hacia ella, y se sintió incómoda al pensar que no fuera ella la que controlaba la situación; le empujó, lo tumbó de espaldas y se montó encima. La primera 26


penetración fue profunda, y muy placentera. No pudo evitar dejar escapar un gemido. Sus cinturas bailaron sin prisas, y sus lenguas se encontraron mientras la frecuencia de sus corazones seguía subiendo. Lucy sentía cómo las piernas se le movían solas y la respiración se le entrecortaba. Se irguió, puso las manos en su pecho y comenzó a subir y a bajar lo más rápido que pudo, algunas

veces

de

forma

dolorosa.

Eric

parecía

confundido al principio, pero luego se dejó llevar, y pronto ella notó una calidez intermitente en su vientre. Se sintió rara. Aquello era su trabajo, nada más, y no le enorgullecía. Su dignidad no le permitía disfrutarlo. Se dirigió al balcón y se encendió otro cigarrillo, como hacía siempre que quería relajarse. Miraba la calle desierta, desde la altura del sexto piso. El suelo la hipnotizaba. 27


Soltaba las cenizas y observaba cómo caían hasta que las perdía de vista. Se sobresaltó cuando descubrió que Eric llevaba tiempo asomado junto a ella. —Puedes irte cuando quieras. Mañana tendrás fiebre, pero se pasará con un par de aspirinas. Por la tarde comenzarás a observar los cambios. —Odias esto, ¿verdad? —Los ha habido peores que tú. —Me refiero a tu vida. Conozco esa mirada. —¿Y tú, cariño? ¿Eres feliz? Eric titubeó, pero luego comenzó un monólogo sobre sí mismo. Le habló de su trabajo en la comisaría, de sus “fiestas” nocturnas, de los estúpidos motes que usaban, de cómo había llegado a odiar las frases que salían de la radio. Ella escuchó durante casi una hora,

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atenta a cada gesto, cada movimiento de las manos, cada cambio en el tono de su voz. Volvió a sentirse rara. Y la sensación iba en aumento. —No sé por qué te he contado todo eso –dijo Eric. —Porque quieres que te salve. Conozco esa mirada. El silencio de la calle era sepulcral. El que hubo entre ellos estaba cargado de mensajes. —¿Y tú, quieres que te salven? —Yo no tengo salvación. —No estoy de acuerdo –dijo Eric, haciendo el ademán de tocarle el hombro. Ella se apartó. —Oye, será mejor que te vayas. Estoy cansada. —Entiendo. 29


Eric se vistió sin decir ni una palabra más. Cuando estaba a punto de abrir la puerta, Lucy se giró. —Oye... mándalo todo a la mierda. Sé libre. Escapa de esta mierda de ciudad —Nunca he encontrado el camino de salida. —Bueno, a veces aparece delante tuya, sin más. Y tienes que ser rápido en seguirlo. Permanece atento. Contuvo el impulso de pedirle que se quedara a dormir. Su dignidad se lo impedía. Era... sólo su trabajo. —Lo estaré. Lilith... gracias.

Cerró las cortinas amarillas de su balcón y observó a través de ellas cómo Eric salía del portal y se acercaba a su coche. Hubo un momento en el que se volvió y miró hacia arriba. Lucy apagó la luz y se dirigió a la ducha.

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Necesitaba un ba単o caliente y dejar su mente en blanco por un tiempo.

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IV. ...conocemos todos los nombres.

Cuando Eric volvió a la calle Renaissance, tres días después, se llevó una decepción. Quizás fue por el clima lluvioso y triste, o porque había ido por la tarde y los rayos de sol le daban un aspecto totalmente distinto al edificio, pero la magia que recordaba ya no estaba allí. Por un momento sintió el impulso de dar media vuelta y esperar a la medianoche para volver, como si por acudir a la hora equivocada estuviera condenado al fracaso. Sus inseguridades irracionales se unían a otras voces que le decían que lo que estaba haciendo era una locura, que iba a echarlo todo a perder, que se iba a poner en evidencia, que era mejor dejarlo pasar. Aparcó en el mismo lugar que la otra vez, lo cual, se dijo, tenía que ser una buena señal. Movió sus pesados pies y se encaminó hacia el

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portal.

Nunca

había

sido

supersticioso,

y

le

desconcertaba ese baile de ideas delirantes que le acosaban desde que cruzó esa puerta. Palpó con su mano derecha el bolsillo de la chaqueta donde guardaba dos preciados rectángulos de papel, su auténtica llave a sus sueños. Miró hacia el balcón del sexto piso, y sólo vio el reflejo de las nubes en el cristal. Recordó el intenso amarillo de las cortinas iluminadas por la luz, y se imaginó una silueta recortada en ellas. Aceleró el paso, forzándose a actuar con firmeza. Ya no había vuelta atrás.

El muchacho esperaba en el salón, viendo la televisión, mientras Lucy leía una revista en el baño, sólo por darse el placer de hacerle esperar. El muy cabrito se estaba desabrochando el botón de los pantalones desde antes de entrar en la casa, así que había pensado que le 34


vendría bien una lección de paciencia. Se sobresaltó cuando llamaron al timbre. —¿Quién coño...? Salió del baño y le indicó al muchacho impaciente que siguiera sentado. Comprobó que, para ahorrar tiempo, se había quitado la camisa y los zapatos. Todo un caballero. —¿Quién es? –dijo Lucy, acercando el oído a la puerta. Nadie respondía—. ¿Hay alguien ahí? —Lilith, yo... Reconoció la voz al instante, y se estremeció. —Lilith... Abrió la puerta lentamente, y miró a Eric a la cara, con gesto de indiferencia. Era buena actriz. —¿Qué haces aquí? —He venido a hablar contigo. 35


—Ya veo. No sé si Marvin te lo ha dicho, pero hay una norma inquebrantable, y es que no me acuesto dos veces con el mismo cliente. No soy una puta normal y corriente. —No, no lo eres –dijo Eric—. Y no he venido para acostarme contigo. ¿Recuerdas lo que hablamos? —No –mintió Lucy—. Escucha, creo que deberías irte. —¿Quién cojones es este tío? –dijo el muchacho impaciente, dando un empujón a Lucy y encajando su cara en el hueco abierto de la puerta—. Eh tío, espera tu puto turno. —No, mejor espera tú un rato, y no te metas donde no te llaman –dijo Lucy.

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—¿Que no me meta? Mira tía, no he pagado lo que he pagado por ver tu mierda de tele. O follamos ahora mismo o le digo a Marvin que me devuelva el dinero. —Pues ve a buscarle, está en el piso de abajo. De todas formas por lo feo que eres tenía que haberte cobrado el doble. Ambos se dedicaron un saludo con el dedo corazón. El muchacho iba a decir algo más pero se topó con los ojos de Eric, así que cogió su ropa con discreción y se fue escaleras abajo. —Cariño, verás... Eric sacó los dos billetes de avión, y se los enseñó. El estómago de Lucy pareció contraerse hasta el tamaño de una canica, y luego entró en ebullición. —¿Y adónde nos llevarían? —Lejos –contestó Eric. 37


Lucy intentaba concebir alguna excusa inteligente, pero no tuvo suerte. Aquello no eran promesas en el aire; los billetes de avión estaban ahí, delante. Intentó decir un simple “gracias, pero no” que no sentía, pero se detuvo cuando vio que Eric miraba preocupado hacia la escalera. —¿No era muy joven ese chaval para ser policía? —Pues claro, cariño. Es que no es policía. –las palabras salieron solas de la boca de Lucy, y al instante supo que había cometido un error.

El destino es cruel en algunas ocasiones, y en otras hace gala de un sentido del humor bastante curioso. Justo antes de que Eric derribase la puerta de una patada, Marvin estaba contando su dinero en la mesa del salón, haciendo montoncitos de billetes, como los mafiosos de los dibujos. 38


—¡Maldito hijo de puta! –dijo Eric, que levantó a Marvin agarrándolo por la camisa y lo estrelló contra la pared, como si fuese un muñeco de trapo. —¿Qué coño te pasa? –dijo Marvin, intentando recuperar el aire. La frente le palpitaba. —“La ciudad lo necesita”. Hijo de puta cínico y cabrón. No sólo le vendes el virus a los policías. Se lo das a cualquiera que entre por esa puerta y te ponga el dinero suficiente en lo alto de la mesa. Aunque sean los mismos niñatos que perseguimos luego con las pistolas en la mano. Aunque sea el mismo bastardo que violó a la hija de Chapman. —Espera, no es tan simple como lo pintas –dijo Marvin, observando el trayecto de un puño que aterrizó en su cara.

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Su teléfono móvil salió volando. Marvin intentó agarrarlo, arrastrándose por el suelo. Cuando estaba a punto de alcanzarlo, empezó a sonar. Eric lo aplastó con el pie, haciéndolo añicos. —Oh, joder, Eric... —¡No! ¡Joder, Marvin! ¿Es que no te importa nada? —Para ser tú estás siendo muy injusto. Respuesta equivocada. Esta vez fueron sus costillas las que probaron la bota de Eric. De fondo escuchaba una voz de mujer que gritaba, y súbitamente, silencio. Aprovechó para incorporarse. —Así es la vida, agente Dunn. Si no se los doy yo, se lo dará otro. Por mucho que pringados como tú se empeñen en escupir contra el viento el mundo seguirá siendo igual que ayer, hoy y siempre. Yo prefiero 40


disfrutar de mi corta vida en vez de pasármela llorando por las esquinas por las cosas que no son y deberían ser y viceversa –hizo una pausa para limpiarse la sangre que le manaba abundantemente de la nariz—. Por cierto, Papá Noel tampoco existe. —Eres un mierda. —Y tú un imbécil que cree que una puta asquerosa va a salvarte la vida. Respuesta equivocada.

Arrodillada, con la sangrante cabeza de Marvin sobre su regazo, Lucy seguía llorando. Por un momento temió por su vida, pero vio que aún respiraba. Entonces comenzó a notar el dolor de la bofetada que le había dado Eric cuando había intentado separarlos.

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—Lo siento –dijo Eric, que estaba de pie, mirándose los puños. —Claro. Después del cavernícola vuelve el hombre sensible, ¿verdad? Vete a la mierda. —Lo siento. No sé qué me ha pasado. No debería... —Te lo dije. ¡Te lo dije! Bienvenido a la jungla, cariño. Todos los gorilas sin cerebro tienen su sitio aquí. Eric dio media vuelta y se dirigió a la puerta. —¿Ya está? ¿Ahora te vas, y se acabó? —No tengo valor para volver a pedirte que me acompañes. Ni quiero oír tu respuesta. —Pues si te sientes con derecho a partirle los huesos a alguien deberías, por dignidad, arriesgarte a que te partan el corazón. —Lilith... —Lucy. 42


—Lucy, ven conmigo. Esas tres palabras la atravesaron como una descarga. —Sólo me conoces de una noche. No sabes nada más de mí. ¿Y si no te gusta el resto? ¿Y si no me gusta a mí? —¿Y eres feliz aquí? ¿Con él? ¿Te conformas con esto? —Sí –mintió de nuevo. Eric le dio los billetes de avión. —¿Es que no me escuchas? Te he dicho... —Vete con él, entonces. Si se queda aquí acabará en la cárcel o en el cementerio. Y se fue. Lucy notó que la corriente de aire que venía desde el balcón se detenía cuando cerró la puerta. Se sintió vacía. Subió al piso de arriba y pidió una 43


ambulancia. Se encendió un cigarrillo mientras la esperaba. Poco a poco sus pies la llevaron hasta el balcón.

Eric montó en el coche, se miró en el espejo retrovisor y vio en su reflejo a un hombre cansado y viejo. Algunas gotas de sangre le habían salpicado manchándole la mejilla. Instintivamente su mano se movió para encender la radio, pero se detuvo a un par de centímetros. Intentó llorar, pero no pudo; no tenía ganas ni de autocompadecerse. Iría a su casa a dormir, puesto que apenas lo había hecho en los tres días anteriores, y mañana tendría que pensar en una excusa para decirla en la comisaría. Estarían enfadados, pero él lo compensaría acudiendo a unas cuantas “fiestas” nocturnas. Con suerte en alguna de ellas encontraría el punto y final a una vida de mierda. 44


Un pensamiento apareció de golpe en su mente, acompañado de un escalofrío. Venciendo la resistencia de unos músculos rígidos como piedras, giró la cabeza hacia el último balcón del edificio, que estaba vacío. El terror le invadió por completo. Se obligó a ir bajando la vista, planta por planta, retrasando al máximo el momento en el que llegara al suelo. Porque sabía lo que encontraría. Sabía lo que encontraría, y era su culpa. Sabía...

Toc, Toc.

Un par de golpes en la ventanilla del copiloto le hicieron girarse bruscamente. Allí estaba ella, con el pelo mojado pegado a la cara, la boca algo desviada por la inflamación que seguía creciendo en su lado izquierdo y un cigarrillo que aguantaba a duras penas encendido

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entre el chaparrón que lo asediaba. Era preciosa. Aún con el ruido de la lluvia, y pese a que el sonido apenas atravesaba el cristal, Eric entendió perfectamente lo que Lucy le dijo. —¿Algún héroe de guardia? Subió el cerrojo de seguridad del coche y sonrió. —Aquí Príncipe azul.

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La Jungla  

Relato corto con espíritu de cine negro y un pequeño toque de ciencia ficción escrito para "El Reto VII".