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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

uniformado leía una novela de bolsillo detrás de un grupo de pantallas de video y de un tablero electrónico que mostraba los movimientos del ascensor. Ricky entró en el edificio y se acercó a un directorio de oficinas colocado en la pared. Lo comprobó deprisa y no encontró a nadie llamado Merlín. Se dirigió hacia el guardia, que levantó la vista. – Puedo ayudarte? –preguntó. – Sí –contestó Ricky–. Tal vez me he confundido. Tengo la tarjeta de este abogado, pero no lo encuentro en el directorio. Debería instalarse aquí hoy. El guardia estudió la tarjeta, frunció el entrecejo y meneó la cabeza. – La dirección es correcta –afirmó–. Pero no tenemos a nadie con este nombre. – ¿Quizás una oficina vacía? Como le dije, se trasladaban hoy. – Nadie avisó de eso a seguridad. Y no hay ningún local vacío, desde hace años. – Qué extraño. Debe de ser un error de imprenta. – Podría ser –dijo el guardia, Y le devolvió la tarjeta. Ricky pensó que había ganado su primera escaramuza con el hombre que lo acechaba. Pero no estaba seguro de qué obtenía con ello. Cuando llegó a casa, todavía se sentía algo petulante. No sabía muy bien a quién había conocido en aquel bufete y se preguntaba si Merlín no sería en realidad el propio Rumplestiltskin. Pensó que era una posibilidad cierta, porque no había duda de que el cerebro del asunto querría ver a Ricky en persona, cara a cara. No estaba seguro de por qué lo creía, pero parecía tener algún sentido. Era difícil imaginar a alguien que obtuviera placer torturándolo sin desear ver sus logros personalmente. Pero esta observación no empezaba siquiera a colorear el retrato que sabía que tendría que trazar para adivinar la identidad de ese hombre. «¿Qué sabes sobre los psicópatas?», se preguntó mientras subía la escalinata del edificio de piedra rojiza que albergaba su vivienda y consulta, además de otros cuatro pisos. «No mucho», se contestó. Sus conocimientos se referían a los problemas y las neurosis de personas normales y corrientes, y a las mentiras que se contaban a sí mismas para justificar su conducta. Pero no sabía nada sobre alguien que creara todo un mundo de mentiras para provocar una muerte. Se trataba de un territorio desconocido para él. La satisfacción que había sentido al ser por una vez más hábil que Rumplestiltskin se evaporó. Se recordó con frialdad lo que había en juego. Vio que habían repartido el correo y abrió su buzón. Un sobre largo y estrecho llevaba el membrete de la policía de Nueva York en la esquina superior izquierda. Lo abrió y comprobó que contenía un troto de papel unido a una hoja fotocopiada. Leyó la carta pequeña.

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