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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

Estimado doctor Starks: Tengo el desagradable deber de informarle de que la Sociedad Psicoanalítica ha recibido una queja importante con respecto a su relación con una antigua paciente. Le adjunto una copia de la carta de denuncia. Según las normas de la sociedad, y tras comentar este tema con la dirección, he traspasado todo este asunto a los investigadores del Colegio de Médicos. Muy pronto recibirá noticias de ellos. Me permito recomendarle que consulte a un abogado competente lo antes posible. Confío en que podremos mantener la naturaleza de esta denuncia fuera del alcance de los medios de comunicación, ya que imputaciones como éstas desacreditan a toda nuestra profesión.

Ricky apenas miró la firma antes de pasar a la segunda hoja de papel. También se trataba de una carta, pero iba dirigida al presidente de la asociación, con copias al vicepresidente, al presidente de la comisión de ética profesional, a los seis médicos que formaban esta comisión, al secretario de la sociedad y al tesorero. De hecho, como pudo observar Ricky, cualquier médico cuyo nombre estuviera vinculado de algún modo a la dirección de la sociedad había recibido una copia. Rezaba así:

Apreciado señor o señora: Hace más de seis años inicié un tratamiento psicoanalítico con el doctor Frederick Starks, miembro de su organización. Pasados unos tres meses a razón de cuatro consultas semanales, empezó a hacerme lo que podría considerarse preguntas inoportunas. Siempre eran sobre mis relaciones sexuales con mis diversas parejas, incluido un marido del que me separé. Supuse que esas preguntas formaban parte del proceso analítico. Sin embargo, a medida que avanzaban las consultas, seguía pidiéndome detalles cada vez más explícitos de mi vida sexual. El tono de esas preguntas iba adquiriendo matices pornográficos. Cada vez que intentaba cambiar de tema, me obligaba a reanudado, siempre con una mayor cantidad de detalles. Me quejé, pero contestó que el origen de mi depresión residía en mi incapacidad de entregarme por completo en los encuentros sexuales. Poco después de esa sugerencia me violó por primera vez. Me dijo que si no accedía, jamás me sentiría mejor. Practicar el sexo durante las consultas se convirtió en un requisito para el tratamiento. Era un hombre insaciable. Al cabo de seis meses, me dijo que mi tratamiento había terminado y que no podía hacer nada más por mí. Afirmó que yo estaba tan reprimida que seguramente necesitaría tratamiento farmacológico y hospitalización. Me instó a ingresar en una clínica psiquiátrica de Vermont, pero no quiso ni siquiera llamar al director de ese hospital. El día que finalizó el tratamiento, me obligó a practicar sexo anal con él.

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