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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

– Cerca –respondió Virgil tras una pausa–. Detrás de ti, Ricky. Soy tu sombra. ¿De qué te serviría tener un guía hacia el infierno si no estuviera ahí cuando lo necesitaras? Ricky no respondió. – Bueno –prosiguió Virgil, y su voz volvió a adoptar el tono cantarín que Ricky empezaba a encontrar irritante–, te daré una pista, doctor. El señor R tiene un sano espíritu deportivo. Después de toda la planificación necesaria para su venganza, ¿crees que querría jugar con normas que no puedas percibir? ¿Qué has averiguado esta noche, Ricky? – Que tú y tu jefe sois unas personas enfermas y asquerosas. Y no quiero tener nada que ver con vosotros. La risa de Virgil sonó gélida y monocorde a través de la línea telefónica. – ¿Eso es lo que has averiguado? ¿Y cómo has llegado a tal conclusión? Fíjate que no te lo estoy negando. Pero me interesaría saber con qué teoría psicoanalítica o médica has llegado a esté diagnóstico cuando, según mi modesta opinión, no nos conoces en absoluto. Por Dios, si tú y yo sólo tuvimos una sesión. Y todavía no tienes idea de quién es Rumplestiltskin. Pero estás dispuesto a sacar toda clase de conclusiones apresuradas. Mira, Ricky, me parece que eso es peligroso para ti, dada la precariedad de tu situación. Deberías intentar mantener una actitud más abierta. – Zimmerman... –empezó él con una mezcla de frialdad y furia–. ¿Qué le pasó a Zimmerman? Tú estabas ahí. ¿Lo empujaste a la vía? ¿Le diste un golpecito para que perdiera el equilibrio? ¿Crees que puedes quedar impune de un asesinato? – Sí, Ricky, lo creo –contestó Virgil con rotundidad tras una pausa–. Creo que hoy en día la gente queda impune de todo tipo de delitos, incluso el asesinato. Pasa continuamente. Pero, en el caso de tu infortunado paciente (¿o debería decir ex paciente?) las pruebas de que él se lanzó son irrefutables. ¿Qué te hace pensar que no se suicidó mediante una técnica barata y eficiente de uso habitual en Nueva York? Un método que pronto podrías verte obligado a plantearte tú mismo. Pensándolo bien, un modo no demasiado terrible de acabar con todo. Una sensación momentánea de miedo y de duda, una decisión, un único paso valiente adelante en el andén, un chirrido, un destello y después la bendita inconsciencia. – Zimmerman no se habría suicidado nunca. No presentaba ninguno de los síntomas clásicos. Tú o alguien lo empujó delante de ese metro. – Admiro tu seguridad, Ricky. Debe de proporcionar mucha felicidad estar tan seguro de todo. – Voy a ir a la policía. – Bueno, no hay inconveniente en que lo intentes otra vez si crees que te va a servir de algo. ¿Los encontraste especialmente serviciales? ¿Mostraron mucho interés en escuchar tu interpretación analítica de unos hechos que no presenciaste? Esta pregunta silenció a Ricky. Hizo una pausa antes de contestar. –Muy bien –dijo por fin–. ¿Y ahora qué? – Te hemos dejado un regalo. En el diván. ¿Lo ves?

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