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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

Se levantó y dejó al hombre en el suelo. Algunos perros se habían echado, y se agitaron cuando él se movió. Guardó el arma en la mochila y echó a correr camino abajo con la linterna en la mano. Cuando hubo salido del haz que iluminaba el patio delantero, aceleró el paso, salió a la carretera y se dirigió hacia el cementerio, donde había estacionado el coche. Sus pies resonaban en el asfalto negro, y apagó la linterna, de modo que corría en medio de una oscuridad absoluta. Pensó que era un poco como nadar en un mar embravecido por una tormenta, cortando las olas que tiraban de él en todas direcciones. A pesar de la noche que lo había engullido, se sentía iluminado por un dato: el número de teléfono. En ese instante era como si todo, desde la primera carta que recibió en la consulta hasta ese momento, formara parte de la misma corriente arrolladora. Y cayó en la cuenta de que tal vez se remontaba mucho más atrás. Meses y años en su pasado, en que algo lo atrapaba y arrastraba sin que él fuera consciente de ello. Saberlo debería haberle desanimado pero, en cambio, sentía una energía extraña y una liberación igual de extraña. Le pareció que saber que había estado rodeado de mentiras y haber visto de golpe algo de verdad era un acicate que le impulsaba hacia adelante. Esa noche tenía que viajar kilómetros. Kilómetros de carretera y de espíritu que conducían hacia su pasado a la vez que indicaban el camino hacia su futuro. Se apresuró, como un corredor de maratón que presiente la línea de meta, fuera de su vista pero intuida en el dolor de los pies y las piernas, en el agotamiento que le invade a cada respiración.

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