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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

– No sé demasiado –dijo la mujer. – Una familia apellidada Tyson. – Será el hombre al que desalojaron antes de que nos instaláramos nosotros –asintió la joven. Ricky sacó un billete de veinte dólares de la cartera. Lo levantó y la mujer abrió la puerta mosquitera. – ¿Es usted policía? –preguntó–. ¿Una especie de detective? – No soy policía. Pero podría ser una especie de detective. –Entró en la casa. Parpadeó un instante ya que tardó unos segundos en adaptarse a la oscuridad. El calor de la entrada era sofocante. Siguió a la mujer y al niño hacia el salón, donde las ventanas estaban abiertas pero el calor acumulado lo asemejaba a la celda de una cárcel. Había una silla, un sofá, un televisor y un corralito rojo y azul, que fue donde la mujer depositó al niño. Las paredes estaban vacías, salvo por un retrato del pequeño y una fotografía de boda que mostraba a la mujer y a un joven negro con uniforme de la Marina en una pose forzada. Ricky le echo diecinueve años a la pareja. Veinte como mucho. «Diecinueve –pensó tras lanzar una mirada furtiva a la muchacha–. Pero esta envejeciendo deprisa.» Volvió a mirar la fotografía e hizo la pregunta obvia: – ¿Es su marido? ¿Dónde está? – Embarcó ––contestó la mujer. Su voz, una vez serena, poseía una dulzura cantarina. Hablaba con un acento inconfundible del sureste, y Ricky supuso q e sería de Alabama o de Georgia, quizá de Misisipí. Imaginó que al alistarse había sido la ruta de escape de alguna zona rural y que ella lo había seguido sin sospechar que tan sólo iba a sustituir una clase de pobreza por otra–. Esta en algún sitio del golfo Pérsico, a bordo del Essex. Es un destructor. Le faltan dos meses para volver a casa. – ¿Cómo se llama usted? – Charlene. ¿Son éstas las preguntas con las que voy a ganar dinero? – ¿Tan mala es su situación? – Y que lo diga. –Rió como si fuera una broma–. La paga de .la Marina es una miseria si no asciendes un poco. Ya nos quedamos sin coche y debemos dos meses de alquiler. También debemos parte de los muebles, Les ocurre más o menos lo mismo a todos los que vivimos en esta parte de la ciudad. – ¿La amenaza el casero? –quiso saber Ricky. La mujer, para su sorpresa, negó con la cabeza. – El casero debe de ser un hombre bueno, no lo sé. Cuando tengo el dinero, lo ingreso en una cuenta bancaria. Pero un hombre del banco, o tal vez un abogado, me llamó y me dijo que no me preocupara, que pagara cuando pudiera. Dijo que comprendía que las cosas a veces eran difíciles

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