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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

casi como si el aire tuviera consistencia, como si transportara algo invisible y peligroso. Al principio pensó que serían enfermedades. Pero después supuso que esa idea era exagerada. Su plan era sencillo: se alojaría en un motel barato e iría a la dirección, que figuraba en el certificado de defunción de Claire Tyson. Llamaría a algunas puertas, haría preguntas, averiguaría si alguien que viviera ahí ahora conocía el paradero de su familia. Luego recorrería los institutos más cercanos a esa dirección. No era un plan demasiado brillante pero poseía cierta tenacidad periodística: llamar a puertas y averiguar quien tenía algo que decir. Encontró un Motel 6 situado en un bulevar lleno de centros comerciales, restaurantes de comida rápida de todas las cadenas y tiendas de saldos. Era una calle bañada por el implacable sol del Golfo. Las esporádicas zonas de palmeras y matorrales parecían haber llegado con la corriente hasta aquella costa de comercio barato como restos flotantes tras una tormenta. Podía saborear el mar cercano, cuyo aroma llenaba el aire, pero la vista era la de un terreno urbanizado, casi infinito, como un período decimal de edificios de dos plantas y carteles chillones. Se inscribió con el nombre Frederick Lazarus y pagó una estancia de tres días en efectivo. Dijo al recepcionista que era viajante, aunque el hombre no le prestó demasiada atención. Dejó la bolsa en la modesta habitación y luego cruzó el estacionamiento hacia la tienda de una gasolinera. Allí compró un plano detallado de la zona de Pensacola.

La extensión de viviendas cerca de la base naval poseía una uniformidad que le recordó un poco a uno de los primeros círculos del infierno. Hileras de casas de bloque de hormigón, con manchas de hierba achicharrada al sol y aspesores omnipresentes que salpicaban el césped. Al recorrer la zona en coche, Ricky pensó que cada manzana presentaba características que parecían definir aspiraciones de sus habitantes: las manzanas con la hierba bien cortada en jardines cuidados y la casas recién pintadas de blanco reluciente al sol del Golfo parecía significar esperanza y posibilidades. Los coches aparcados en los senderos de entrada estaban limpios, pulidos, brillantes y nuevos. En algunos jardines había columpios y juguetes de plástico, y a pesar del calor de la mañana, algunos niños jugaban bajo la mirada atenta de sus padres. Pero la línea de demarcación era clara: unas manzanas más allá las casas tenían un aspecto notoriamente desgastado. La pintura vieja, pelada, y los canalones manchados por el uso. Franjas de tierra, alambradas, un par de coches sobre bloques, sin ruedas, oxidándose. Pocas voces de niños jugando, cubos de basuras desbordantes de botellas. Manzanas de sueños limitados. El Golfo, a lo lejos, con su extensión de vibrantes aguas azules, y la base, con enormes barcos grises de la armada alineados, eran el eje sobre el que giraba todo. Pero, a medida que se alejaba

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