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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

combate. Los bomberos en un edificio en llamas. Los policías en las calles de la ciudad. ¿Es tu vida tan feliz, tan productiva y tan importante para que asumamos automáticamente que es más valiosa que la que podría costar? Ricky se movió en la butaca, como si la suave tapicería se hubiese vuelto de madera bajo su cuerpo. – No puedo creer que... –empezó, pero se interrumpió. – Lo siento –dijo Lewis, y se encogió de hombros–. Por supuesto, no te lo has planteado de modo consciente. Pero me pregunto si no te has hecho estas preguntas en tu subconsciente, que es lo que te indujo a buscarme. – He venido a pedir ayuda –replicó Ricky, quizá demasiado deprisa–. Necesito ayuda para participar en este juego. – ¿De veras? Tal vez, en cierto nivel. Pero en otro has venido para otra cosa. ¿Permiso? ¿Bendición? – Debo rebuscar en el período de mi pasado en que la madre de Rumplesti1tskin era paciente mía. Necesito que me ayude a hacerlo, porque he bloqueado esa parte de mi vida. Es como si estuviera fuera de mi alcance. Necesito que me ayude a llegar a ella. Sé que puedo identificar a la paciente relacionada con Rumplestiltskin, pero necesito ayuda, y creo que esa paciente era una mujer a la que atendía en la misma época en que seguía el tratamiento con usted, cuando era mi mentor. Debo de haberle mencionado a esta mujer durante nuestras sesiones. Así que lo que necesito es una caja de resonancia. Alguien que despierte esos recuerdos dormidos. Estoy seguro de que puedo desenterrar ese nombre de mi inconsciente. Lewis asintió de nuevo. – No es una petición poco razonable, y no cabe duda de que el planteamiento es inteligente. Es el planteamiento de un psicoanalista. Hablar y no actuar es una curación. ¿Sueno cruel, Ricky? Supongo que la vejez me ha vuelto irascible y estrafalario. Claro que te ayudaré. Pero me parece que, a medida que analicemos, sería conveniente mirar también el presente, porque vas a tener que encontrar respuestas tanto en el pasado como en el presente. Acaso también en el futuro. ¿Podrás hacerlo? – No lo sé. – Es la respuesta clásica de un psicoanalista. –Lewis sonrió torcidamente–. Un futbolista, un abogado o un empresario moderno dirían: «¡Ya lo creo que sí!» Pero nosotros, los analistas, siempre cubrimos nuestras apuestas, ¿verdad? La certeza es algo que nos resulta incómodo. – Inspiró hondo y se movió en el sillón–. El problema es que este hombre que quiere tu cabeza en una bandeja no parece tan indeciso o inseguro sobre las cosas, ¿me equivoco?

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