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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

– ¿Le iría bien esta tarde? – Cuando quieras. Ésa es una de las ventajas de la jubilación. No hay compromisos impostergables. Toma un taxi en la estación y te estaré esperando hacia la hora de cenar.

Se apretujó en un asiento del rincón lo más al final del tren y se pasó la mayoría de la tarde mirando por la ventanilla. El tren viajó directo al norte siguiendo el curso del río Hudson, a veces tan cerca de la orilla que el agua quedaba sólo a unos metros de distancia. Ricky se sintió fascinado por las distintas tonalidades de azul verdoso que adquiría el río: el casi negro cerca de las orillas, que se convertía en un azul más claro y vibrante hacia el centro. Unos veleros surcaban el agua y dejaban una estela blanca a su paso, y algún que otro buque portacontenedores enorme y desgarbado navegaba por la zona más profunda. A lo lejos, las Palisades se elevaban convertidas en columnas de roca entre grises y marrones, coronadas por grupos de árboles verde oscuro. Había mansiones con amplios jardines; casas tan enormes que la riqueza que encerraban parecía inimaginable. En West Point atisbó la academia militar en lo alto de una colina con vistas al río; los edificios imperturbables le parecieron tan grises y tensos como las líneas uniformadas de cadetes. El río era ancho y cristalino, y le resultó fácil imaginar al explorador que dio su nombre a esas aguas quinientos años antes. Observó un rato la superficie, sin saber muy bien en qué sentido discurría la corriente, si hacia la ciudad de Nueva York para desembocar en el océano, o si ascendía al norte, empujada por las mareas y la rotación de la Tierra. El hecho de no saberlo, de ser incapaz de decir en qué dirección corría el agua a partir de la observación de su superficie, le inquietó un poco. Sólo un grupo reducido de personas bajó del tren en Rhinebeck, y Ricky se entretuvo en el andén para observarlas, preocupado aún por si, a pesar de sus esfuerzos, alguien hubiera logrado seguirle. Unos adolescentes con vaqueros o pantalón corto se reían; una madre de mediana edad tiraba de tres niños e intentaba mostrarse paciente con un chiquillo rubio que no paraba de corretear; un par de empresarios agobiados hablaban por el móvil mientras salían de la estación. Ninguna de las personas que bajaron del tren miró siquiera a Ricky, salvo el niño rubio, que se detuvo y le dirigió una mueca antes de subir corriendo el tramo de escaleras que conducía al exterior del andén. Ricky esperó hasta que el tren se puso en marcha con unos fuertes resoplidos metálicos a medida que ganaba impulso. Seguro de que nadie se había rezagado, subió al vestíbulo. Era un viejo edificio de ladrillo con un suelo embaldosado donde los pasos resonaban y recorrido por un aire fresco que desafiaba el calor de última hora de la tarde. Un único cartel con una flecha roja sobre una ancha puerta doble rezaba: TAXIS. Salió de la estación y vio uno solo: un sedán blanco enlodado, con un distintivo en la puerta, un símbolo apagado en el techo y una

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