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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

Ricky llevaba veinte años sin oír aquella voz, y aun así se emocionó, lo que le sorprendió. Era como si en su interior se desatara de repente un torbellino de odios, miedos, amores y frustraciones. Se obligó a conservar cierta calma. – Doctor Lewis, soy el doctor Frederick Starks. Ambos guardaron silencio un momento, como si el mero encuentro telefónico después de tantos años resultara abrumador. Lewis habló primero. – ¡Vaya! Me alegro de oírte, Ricky, incluso después de tantos años. Estoy bastante sorprendido. – Siento ser tan brusco, doctor. Pero no sabía a quién más recurrir. De nuevo se produjo un breve silencio. – ¿Tienes problemas, Ricky? – Sí. – Y las herramientas del autoanálisis no son suficientes. – Así es. Me preguntaba si tendría un rato para hablar conmigo. –Ya no recibo pacientes –dijo Lewis–. La jubilación. La edad. Los achaques. El envejecimiento, que es terrible. Vas perdiendo toda clase de cosas. – ¿Me recibirá? – Por tu voz parece bastante urgente –comentó el anciano tras una pausa–. ¿Es importante? ¿Son problemas graves? – Corro un gran peligro, y tengo poco tiempo. – Vaya, vaya, vaya. –Ricky pudo captar la sonrisa en el rostro del viejo analista–. Eso suena verdaderamente enigmático. ¿Crees que puedo ayudarte? – No lo sé. Pero podría ser. El viejo analista reflexionó antes de contestar. – Has hablado como alguien de nuestra profesión. Está bien, pero tendrás que venir aquí. Ya no tengo consulta en la ciudad. – ¿Dónde debo ir? – Estoy en Rhinebeck –dijo Lewis, y añadió una dirección en River Road–. Un lugar maravilloso para un jubilado, excepto que en invierno hace un frío terrible. Pero ahora está precioso, puedes tomar un tren en la estación Pennsylvania.

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