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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

Ricky no sabía muy bien por dónde empezar, pero decidió que Zimmerman era un comienzo tan bueno como cualquier otro. – Leí la nota de suicidio –comentó–. Para serie franco, no sonaba demasiado a mi paciente. ¿Podría decirme dónde la encontró? –Claro. –Riggins se encogió de hombros–. Estaba sobre la almohada de su cama, en su casa. Bien doblada y colocada con cuidado; era imposible no verla. – ¿Quién la encontró? – Pues yo. El día después de hablar con los testigos y con usted, y de acabar con el papeleo, fui a casa de Zimmerman y la vi en cuanto entré en su habitación. – La madre de Zimmerman es inválida… – Estaba tan consternada tras recibir la llamada telefónica inicial que tuve que mandar una ambulancia para que la llevara al hospital a pasar un par de noches. Creo que la van a trasladar a un centro de viviendas con asistencia en el condado de Rockland en los próximos días. El hermano se está encargando de eso. Por teléfono, desde California. No parece muy afectado por lo ocurrido ni rebosar bondad humana, en especial en lo que a su madre se refiere. – A ver si lo entiendo. Llevan a la madre al hospital y al día siguiente usted encuentra la nota. – Exacto. – Así que no tiene modo de saber cuándo pusieron esa nota en la habitación, ¿verdad? La casa estuvo vacía bastante tiempo. La detective Riggins sonrió. – Bueno, sé que Zimmerman no la puso después de las tres de la tarde porque fue entonces cuando tomó ese tren antes de que parara, lo que no es una idea nada acertada –comentó. – Alguien más pudo ponerla ahí. – Claro. Lo creería si yo fuese la clase de persona que ve conspiraciones por todas partes y cree en la teoría de los múltiples francotiradores en el asesinato de Kennedy. No era feliz y se lanzó a la vía, doctor. Esas cosas pasan. – Esa nota estaba mecanografiada –prosiguió Ricky–. Y sin firmar, salvo a máquina. – Sí. En eso tiene razón. – Escrita en un ordenador, supongo. – Bingo. Está empezando a sonar como un detective, doctor. – Creo haber oído en algún sitio que las máquinas de escribir podían localizarse, que el modo en que las teclas golpean el papel es reconocible –comentó Ricky tras pensar un momento–. ¿Pasa lo mismo con una impresora?

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