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EL PSICOANALISTA

John Katzenbach

13 Tachó otro día con una equis en el calendario y anotó dos números de teléfono en un bloc. El primero era el de la detective Riggins. El segundo era uno que no usaba desde hacía años y, aunque dudaba que siguiera en funcionamiento, había decidido probar de todos modos. Era del doctor William Lewis. Veinticinco años antes, el doctor Lewis había sido su mentor, el médico que psicoanalizó a Ricky mientras éste obtenía su título. Es una faceta curiosa del psicoanálisis que cualquiera que quiera practicarlo deba antes someterse a él un cirujano cardíaco no ofrecería su propio tórax al bisturí como parte de su formación, pero un analista lo hace. Esos dos números representaban polos opuestos de ayuda. No estaba seguro de que ninguno de ellos pudiera proporcionarle ninguna pero, a pesar de la recomendación de Rumplestiltskin de que no contara los hechos a nadie, ya no creía poder evitarlo. Necesitaba hablar con alguien. Pero ¿quién? La detective contestó al segundo tono anunciando simplemente y con brusquedad quién era: – Riggins al aparato. – Soy el doctor Frederick Starks. No sé si se acordará pero la semana pasada hablamos sobre la muerte de uno de mis pacientes. Hubo un momento de duda que no obedecía a la dificultad de reconocerlo, sino más bien a la sorpresa. – Claro, doctor. Le mandé una copia de la nota de suicidio que encontramos el otro día. Creía que eso dejaba las cosas bastante claras. ¿Qué le preocupa ahora? – ¿Podría hablar con usted sobre algunas de las circunstancias que rodearon la muerte del señor Zimmerman? – ¿Qué clase de circunstancias, doctor? – Preferiría no comentarlo por teléfono. – Eso suena muy melodramático, doctor. –Soltó una risita–. De acuerdo. ¿Quiere venir aquí? – Supongo que tendrán alguna sala donde podamos hablar en privado. – Por supuesto. Tenemos una horrible sala de interrogatorio, donde obtenemos confesiones de los sospechosos. Más o menos lo mismo que usted hace en su consulta, sólo que menos civilizado y más expeditivo. Ricky paró un taxi en la esquina y pidió que le nevara unas diez manzanas al norte y le dejara en la esquina de Madison con la Noventa y seis. Entró en la primera tienda que vio, una zapatería femenina, dedicó noventa segundos exactos a examinar los zapatos a la vez que miraba con disimulo por el escaparate a la espera de que cambiara el semáforo de la esquina. En cuanto lo

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