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Portada: Carlos Gregorio Sim贸n Godoy -CalaveraDiabloContraportada: Carlos Gregorio Sim贸n Godoy -CalaveraDiabloMaquetaci贸n: Maialen Alonso y Kike Alapont

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Ilustración de: Kike Alapont

EL FRUTO PROHIBIDO

Por Roberto García Cela

Buen Dios, me arrodillo ante ti. No merezco tu perdón. No merezco vivir. Buen Dios, perdóname. No tengo excusas. No soy merecedor de tu conmiseración. ¿Como voy a mirar a la cara a mi rebaño? ¿En qué clase de pastor me he convertido? He pecado y sufro por ello. He sido puesto a prueba y te he fallado. Sabía que llegaría el momento. ¿Me excusaría decir que no estaba preparado? No. No sería suficiente. Soy viejo y débil, y la carne es fuerte y poderosa. En absoluto soy como Abraham. Él era un hombre de fe recia. Yo no. Él aferró su cuchillo del sacrificio y no dudó en elevarlo para matar a su propio hijo porque tú se lo ordenaste. Esa fue tu prueba. Y Abraham cumplió. Yo no. Yo te he fallado. No fui digno de tu tentación. Oh, mi Dios, mi Dios. Dios mío. ¿Cómo voy a presentarme ante ellos? Estoy arrepentido. Y mi acto de contrición no me reconforta, porque antes hubo un gran placer y yo no supe rechazarlo. No merezco ser el guía de mis feligreses. No cuando aún puedo sentir su presión en las paredes de mis entrañas, palpitantes y abotargadas

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como las úlceras de tu plaga sobre Egipto. Y lo peor es que me gustó. Me gustó, Dios mío, Jesucristo bendito. Me gustó. ******* Mi Señor, hoy tenía la firme intención de confesarme y he sido incapaz. No poseo la fuerza de voluntad suficiente para humillarme con uno de tus sacerdotes, hermano en la fe y en la vocación que prometí cumplir hace cuarenta años. Hace tan solo unas horas ansiaba recibir la absolución sacramental como un bebé neonato su alimento. Entré en el confesionario y me santigüé. El padre Carlos me conoce. Pensé que eso me ayudaría pero me equivoqué. Estudiamos juntos en el seminario. No pude hacerlo. Hui de allí con una excusa y aquí me tienes ahora. Postrado en el suelo, con los brazos en cruz como aquel día de mi ordenación sacerdotal, sintiendo el frío de las baldosas de mi cuarto en el rostro. Te pido perdón, Jesucristo piadoso. Dame fuerzas. ******* Perdón, perdón, perdón, perdóname. No. Mejor, castígame. Señor, castígame, castígame, destrúyeme con tu fuego purificador, arranca la carne de mis huesos y échala a las bestias. Es bella, y su belleza me asalta en sueños inquietos de los que despierto enfebrecido y empapado en sudor maloliente. O debería llamarlos pesadillas. Porque eso es lo que son. Pesadillas disfrazadas de sueños. Reincidí, mi Dios. Regresé consumido por la pasión de la carne y me expuse a su miembro, ansiando recibirlo en este templo mancillado en que se ha convertido mi cuerpo. Apreté sus senos duros y enormes mientras me penetraba, disfrutando de sus palabras pecaminosas que eran música en mis oídos, cantos de sirena que me llevaron directo a estrellarme contra las rocas del pecado. Se que debí desprenderme del periódico y sus anuncios de contactos. Y creí haberlo hecho. Juraría que lo tiré a la basura. Es este estado de confusión que me aturde. Al despertarme estaba en la mesa, bajo mis papeles. Y en la fatídica página, su fotografía emanando la sensualidad que me atrajo aquella primera ocasión y que me ha hecho recaer ignominiosamente. Mátame, mi Dios. Mátame porque soy débil. ******* ¿Es esto un castigo, mi Señor? ¿Este dolor que me abrasa el vientre es tu kerigma, el anuncio alegre de que me consideras digno de recibir tu castigo? Lo acepto con satisfacción, como un niño que sabe que

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ha obrado mal y ansía la reprimenda que le justifique ante su padre. He sufrido hoy durante la celebración eucarística, mi Dios. Sentía el ardor que me abrasaba y aun así continué adelante con la conmemoración de tu misterio, a pesar de que me temblaban las manos y se me nublaba la vista. Allí, enfrentado a mi rebaño, saqué fuerzas de flaqueza para ser un ejemplo vivo de sumisión a tu poder. Acepté gustoso este sacrificio para conseguir la reconciliación con la comunidad, que esperaba con solemnidad la transustanciación que llevaría la grandeza de tu milagro a esta pequeña parroquia. He salido victorioso y con energías renovadas, mi Señor. Gracias por otorgarme el don de tu suplicio, que yo acepto gustoso. ******* Señor, me han llevado al hospital. Yo no quería, pero me obligaron. Me encontraron desvanecido en el despacho parroquial y llamaron a una ambulancia. Les rogué que me dejasen en paz, que permitiesen que mi tortura fuese el óbolo que te ofrecía para volver a ser uno Contigo. Les maldije. Lo siento, Tú que perdonaste a los que te ofendieron, pero les maldije por ello. Me drogaron y me sometieron a pruebas sin fin. Y al terminar me entregaron un informe que ahora descansa en el fondo de la papelera. Estrés, dicen sus palabras. Angustia y ataque de pánico. Somatización. Ahora llaman así a tu acción sobre los pecadores, a la espada que hendiste para que recordase día y noche que no puedo, no debo volver a fallarte. Les maldije, Señor mi Dios. Perdóname. ******* Acepto tu dolor. Lo acepto. Te ruego que me otorgues entereza para sobrellevarlo y sabiduría para aprehender su lección. No permitas que vuelva a desmayarme. No lo permitas, Jesucristo Todopoderoso. Aunque sienta que se me desgarran los intestinos, no lo permitas. ******* ¿Ha sido una pesadilla? Dime que sí, mi Señor. Por favor, que haya sido una pesadilla. Ha ocurrido, ¿verdad? He vuelto con ella, ¿cierto? He catado de nuevo el fruto prohibido. ¿Qué hago ahora? ¿A quien le estoy hablando si ya no me escuchas? ¿Estás ahí? ¿Acaso escuchas los ruegos de este siervo? El fuego se convirtió en un ardor muy distinto. No sé por qué te cuento esto si ya lo sabes. ¿Me escuchas? ¿Te apiadas de mi? Me desperté en mitad de la noche y ya no me dolía. En su lugar, el rescoldo pasional se avivó hasta colmar mi juicio, anegándolo en su ponzoña, haciéndome salir de la parroquia con una excusa vulgar. Voy

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a visitar a una feligresa que necesita mi consuelo, mentí. No tardaré mucho, es una mujer mayor, dije. Y salí cubriéndome con mi gabardina, más para ocultarme de la vista de los demás que por el frío que hacía esa noche oscura. Estaba hechizado, seducido por el mal que gobernaba mis pasos desde mis genitales. Me estaba esperando, mi Señor. Ella sabía que yo iba. Me abrió la puerta y lo tenía todo dispuesto. No dije nada. No hizo falta. Me llevó a su dormitorio y allí condenó mi alma con su miembro, arrastrándome a un éxtasis falaz. Volvió a llenarme con su semilla, caliente como las brasas del infierno, obligándome a suplicarle que continuase empujando muy dentro, tanto como pudiese, que me envileciera aceptando sus besos con sabor a mujer y arañando su cutis de varón mientras me penetraba. ¿Cómo has podido permitirlo? ¿Estas ahí, Dios? ¿Estás ahí? ¡Respóndeme! ******* Me consume la fiebre, Señor. Es un calor que viene desde mi interior y me atenaza las vísceras, obligándome a permanecer en postura fetal para contener los aullidos que se me escapan por la boca. Merezco este calvario. Lo acepto. Es tu regalo. Gracias, Jesucristo. Gracias. ******* Tu templo está en cualquier sitio, Dios Todopoderoso. Los sacerdotes del Sanedrín lo entendieron demasiado tarde y por eso triunfó la luz de tu hijo Bien Amado. Puedo rezarte tendido en esta cama del hospital en la que espero y estoy convencido de que mis plegarias llegarán a tus oídos desde este lugar de sufrimiento. Aquí siento más tu presencia. Este es el sitio en el que, indudablemente, tú moras, Jesucristo. Entre los afligidos, los enfermos, los desahuciados. Casi puedo sentirte paseando entre ellos. Ayúdame. No me gustan los médicos. ******* Yo tenía razón, Dios mío. Estaba en lo cierto cuando desconfié de su diagnóstico la primera vez que me llevaron al hospital. Entonces se burlaron de mí rubricando en un papel que era mi cerebro el que se inventaba los dolores que yo sabía provenían de tu magnanimidad infinita. Ahora, esos mismo documentos, redactados por las mismas manos irresponsables, certifican que no estoy loco. Mi única locura es la que me arrastra a gritarte silenciosamente que te amo, que soy tu siervo y siempre lo seré; a caer de hinojos y pedir tu clemencia, a

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suplicarte que no me abandones. Me sometieron a más pruebas y descubrieron algo que crecía entre la maraña de mis tripas. Un tumor, dictaminaron. Posiblemente maligno, se aventuraron. Me exigen subyugarme a sus exploraciones para precisar el alcance de su gravedad y determinar el alcance del daño y el tratamiento adecuado. Ellos no saben que un tumor es el menor de mis males, Señor Bendito. Es mi alma la que se pudre. Y eso no pueden detectarlo sus máquinas. ******* Señor, contemplo las imágenes de las pruebas radiológicas y se me asemejan al sudario de Turín, con sus perfiles blancuzcos resaltando contra el fondo negro como residuos purulentos. Los doctores dijeron que tenía que esperar, que me dejaban en lista de espera para una intervención. Mejor así, mi Dios. Mejor así. No quiero que vuelvan a tocarme. ******* Dios, Dios, Dios. Mi Dios. Las dudas minan mi fe. Examino durante horas las imágenes del tumor y encuentro en sus contornos una familiaridad que me aterra. ¿Es posible que haya errado al interpretar la fuente de mi padecimiento? ¿Me engañaba al pensar que eran tus señales, la forma que tenías de comunicarme que seguías vigilante? Llevo dos días sin salir de mi cuarto, rechazando el alimento que me ofrece la señora María y las llamadas a la puerta de Don Agustín. Me pide que salga a concelebrar con él la Eucaristía, alegando que el cuerpo de Cristo y su sangre son tan necesarios para mi ser como la medicación que vierto al excusado para que piensen que cumplo con la pauta que recetaron los especialistas. Yo sé que es inútil, que mi dolencia está más allá de los libros de ciencia y de los químicos. Nada de lo que me ofrezcan me curará. Nada, Jesús Bendito. Has enviado tu plaga y no hay saber humano que pueda frenarla. ******* Ahora entiendo su plan, Dios mío. No el Tuyo, sino el Suyo. El del Otro, maldito sea su nombre por siempre. Esa ha sido su mayor ventaja desde los tiempos en que fue expulsado de tu Reino. La mentira, la falsedad, el arte del engaño. Su semilla se vertió muy profundo, en un lugar oscuro y húmedo que permitió su germinación. Y yo la acogí voluntariamente, gozando con la presión de sus embestidas contra mis nalgas, mordiéndome los labios al sentir el calor expulsado que se me derramaba en los intestinos, hipnotizado por el bamboleo de sus senos al compás de las contracciones que lanzaron su mal a lo hondo de mi cuerpo, muy dentro.

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¿Cómo he sido tan necio? La lujuria me encegueció, velando mi raciocinio. Debí suponer que tú, oh Padre de todo lo creado, estabas demasiado atareado rigiendo los destinos del mundo para fijarte en este humilde sacerdote que desfallecía en los brazos del Enemigo. Los años de estudio teológico no te preparan para esto. Teorizamos, divagamos, nos tranquilizamos pensando que conceptualizando lo intangible podemos controlarlo. Como conejos asustados contándose cuentos sobre cazadores y lobos. Qué equivocados estamos. No es un tumor, Jesús misericordioso. No es un tumor. Me duele. Y se mueve. ******* ¿Cómo expresar el horror que padezco? ¿A quien acudir para encontrar las palabras que me ayuden a hacerte llegar la dimensión de mi espanto? Dime, Dios, dime, si es que estás ahí. Empiezo a dudarlo, Señor, y la incertidumbre conlleva la calcinación de mi fe en un holocausto sin sentido. Quiero rezarte, pero el Padrenuestro en mis labios me sabe a ceniza, a corrupción, a carne muerta hace siglos, henchida de gusanos blancos retorciéndose entre mis dientes. ¿Padre Nuestro? ¿De quién? ¿Mío también? No lo creo, Señor o quienquiera que seas. Ningún padre dejaría que su hijo entrase en la guarida de una fiera para que lo despedazasen sus garras. Quiero pensar que no lo sabías, que tenías los ojos puestos en algún otro asunto cósmico de mayor trascendencia. Quiero pensar que dormías mientras yo acudía a su morada impía. Quiero y no puedo. ¿Estás en los Cielos? ¿Cómo se ve el mundo desde allá arriba, Dios? ¿Llegas a vernos, arrastrándonos por el suelo como hormigas atareadas en labores inútiles? ¿Te has percatado, tan siquiera, de que existimos? ¿Te acuerdas de tu creación? La oración que nos enseñó tu Hijo se me atasca en la garganta y me produce arcadas. No soy nada, mi Señor. No he merecido ni un poquito de tu atención. Ni una pizca de tu interés. ¿Cómo voy a santificarte? Estoy solo ahora. Y no sé como enfrentarme a lo que se desarrolla en mi vientre. ******* Hoy han querido obligarme a acudir al médico. Me he defendido con uñas y dientes, he insultado, arañado y escupido, hasta que se han retirado. No me entienden. Ellos no saben. No sienten lo que yo siento, no captan el cosquilleo de sus movimientos, sus pequeños empujones para hacerse un hueco. He defecado sangre, un coágulo denso que ha salpicado las paredes

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del retrete como una explosión. No pude contener el grito, Señor. Apreté los dientes hasta que me rechinaron y crujieron como a los condenados del infierno. Expulsarlo fue como volverme del revés, una menstruación anómala y tardía. Encerrado con mis libros he podido leer mucho, pero no he encontrado lo que buscaba, ninguna pista de la naturaleza del ser que me sedujo para mantener relaciones sexuales consentidas bajo el manto de su argucia. Súcubo, íncubo, seres demoníacos que hemos olvidado bajo la burla en nuestra racionalidad engreída. Ni uno ni otro. Más bien una mixtura de ambos. La muestra de la degeneración de esta sociedad y la capacidad de adaptación del maligno a nuestros nuevos gustos. La tersura de sus pechos, sus pezones erectos y el falo enhiesto que promete llenar las carencias que aumentan con nuestro voto de castidad. Ni mujer ni hombre. Un instrumento. Y yo su víctima. ¿Con qué nombre le bautizó su creador al extraerle de su útero maldito? Tantas preguntas sin respuesta. Y este dolor que me está matando. ******* Esta mañana han querido echar la puerta abajo, Señor. El padre Agustín se empeñó en acceder a mi refugio cuando escuchó los gritos que proferí con cada contracción que me destrozaba los riñones. Él y varios hombres, fieles devotos cuyas voces reconocí de tantas misas, forzaron la cerradura. Pero no contaban con mi previsión. La cama y las mesillas de noche impidieron la apertura de la puerta. Sería más sencillo derribar el muro que traspasar el umbral que he sellado para permanecer aislado. Mi dormitorio, tan luminoso antaño, apesta a excrementos y orín. Al olor de mi miedo. He escrito el tercer capítulo del Apocalipsis, ese libro inconcluso que tu Pueblo creyó que finalizaba con la venida del nuevo Jerusalén. La tinta ha sido mi sangre y el papiro las paredes de este cuarto. Nos confiamos. Bajamos la guardia. Dejamos transcurrir dos mil años. Pero Él es tenaz. Y paciente. Esperó el momento propicio para llevar adelante su plan de venganza contra ti, oh Justiciero clemente. Erraste, tú que eres perfecto. Tenías que haber acabado con Él. No condenarle al averno, no, sino aniquilarle, destruirle. Pero eres misericordioso, y en esa virtud está tu principal defecto. Ahora ha vuelto para conquistar lo que es suyo. Qué ilusos éramos. Esperábamos una copia vulgar de tu milagro. Un Anticristo nacido de una mujer y una paloma espiritual. Qué equivocados estábamos. *******

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No me queda mucho tiempo, Señor. ¿A quien le rezo ahora? ¿Al Señor de los cielos o al Señor que me ha hecho parte de su plan maestro? ¿A quién le he estado rezando siempre? Miro mi vientre abultado, monstruoso, y lo acaricio, ansiando el alumbramiento. La bestia que ultima su crecimiento reconoce mis caricias y se remueve buscándolas. Me reconoce. ¿Eso debería asustarme? No hay canal de parto. ¿Cual será el milagro? Jesucristo salió del seno materno como del sepulcro sellado, como del Cenáculo sin abrir puertas, como el rayo de sol atravesando un cristal. ¿Será así en mi caso? ¿Qué otro proceder me guardas? El padre Agustín me ha dado un ultimátum. Ha avisado a la policía y los bomberos. No me importa, será cuestión de minutos. Él no lo entendería. Esto va más allá de su comprensión. Yo sí he comprendido por fin. He sido elegido. Seré maldito entre todos los varones. ******* Ya están ahí. Arrancando la sierra mecánica. Saltan chispas al quebrar la estructura de la cama. No llegarán a tiempo. Ya está saliendo. Veo sus garras. Contemplo mis entrañas azuladas. ¡Cuanta sangre! No me duele, Señor. Seas quien seas. Gracias por ello. Ya no me duele. Este es Tu milagro. No duele.

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Ilustración de: Carlos Rodón

EL DUELO

Por Ignacio R. Martín Vega

Si, siempre me he jactado con mis pocos amigos de mi habilidad a la hora de controlar mis sueños. No fue fácil al principio, pero Poco a poco fui cogiendo tal confianza, que en la fase de vigilia decidía con qué y con quien iba a soñar, y cual iba a ser el desarrollo del mismo. Era yo quien siempre ganaba, el que vencía a terribles monstruos horrendos, que morían baboseando, agonizando de forma violenta. Cada día en mi trabajo planificaba de forma exhaustiva, con todo detalle, cuál iba a ser el sueño de la próxima noche. No era de extrañar que tuviese tanto tiempo para el tema, ya que era vigilante de seguridad y prestaba mis servicios en un lugar apto para leer, oír la radio y planificar el próximo sueño. Aquella tarde decidí que tenía que superarme a mi mismo. Plantearme un nuevo reto. No valía juguetear con monstruos babosos. Tenía que buscar un enemigo más poderoso, más real, que satisficiera mis ansias de control de ese sueño. ¡Sí!. Los monstruos son enemigos para los niños. ¿Acaso no hay gente que en la vida real practica deportes de riesgo, y que a la postre están controlados? Al final, rara vez ese tipo de deportes conllevan un riesgo real. Eso haría yo con ese sueño; controlarlo con un enemigo de envergadura. Era curioso, pero cuanto más lo pensaba mas me excitaba. ¿Cuál sería el enemigo a batir?. Tenía que ser alguien duro de pe-

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lar. Total, iba a ser pan comido. De pronto me surgió una idea que me excitaba y acobardaba a la vez. Esa mezcla de temor y ganas que es lo que le daba emoción a mi proyecto. ¡SATANAS! ¿Por qué no?, me preguntaba ciertamente alterado. ¿Qué enemigo con mayor entidad para poder humillar? Cuando mi compañero me relevó de mi puesto, no me paré para darle las pertinentes novedades que habían acaecido en el servicio. Subí en mi coche, y salí a toda velocidad. No tardé mucho tiempo en llegar a mi casa, subí las escaleras de tres en tres a toda velocidad; la adrenalina se disparó fuertemente. Entré en mi habitación apresuradamente y sin perder tiempo me desvestí. Estaba ansioso por medirme con él. Era una hora temprana, sería difícil conciliar el sueño. Tendría que ayudarme con algún barbitúrico para poder empezar la pelea. Fui como enloquecido a la cocina. Ya no era dueño de mis actos. No conté el número de pastillas que ingerí. “¡Cuantas más mejor! Así me dormiría antes”.- Me dije. Regresé a mi habitación, me tumbé en la cama y cerré los ojos. Pronto entraría en una fase de precalentamiento. Intenté calmar mis ansias. Yo no era consciente de la puerta que estaba abriendo; y pronto me iba a pesar. Los ojos me pesaban cada vez más, el pulso bajó de intensidad. ¡Sí!, me estaba quedando dormido. Iba a comenzar la gran pelea. ¿Dónde mejor que en el infierno para sacar de su madriguera a Satanás? Allí me dirigí. La verdad, tengo que reconocer que en ese momento tenía la impresión que me estaba superando a mí mismo. Pronto entré en el lugar del azufre y el rechinar de dientes. Salió a mi encuentro un horrendo ser; pero con voz angelical me preguntó: - ¿Vienes a medirte con mi amo?. - Sí. – Le contesté. - Pues sígueme. ¿Sabes?, has entrado en un sitio de no retorno. – Dijo en esa ocasión con voz metálica, como en las películas de terror de clase B. - No está mal.-Me dije; pero era tan real que empecé a desconcertarme. ¿Acaso no tenía que ser yo que llevase las manijas del asunto? De repente caí en un agujero por el cual no se atisbaba el final. “¡Que llegue al suelo ya!” -Ordené como en otras ocasiones para controlar mi sueño. No estaba dispuesto a perder el primer asalto. Pronto noté como mis pies se posaban en sitio sólido; pero no me dio tiempo a saborear mi hazaña. Pues un terrible ser salió a mi encuentro. Los gruñidos que propinaba me hicieron taparme los oídos; eran realmente insoportables y escalofriantes.

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- Cesa ya de gruñir y cállate.-Le dije. - ¿quién eres tú para mandarme callar? Acaso no sabes que soy el príncipe del mal y que reto personalmente a los Ángeles del cielo y al mismo Dios?.-Dijo con voz de ultratumba. Me quedé paralizado. Me sentí vulnerable. El sueño se me estaba escapando de las manos. Un poder mental mucho más fuerte que yo, dominaba en su totalidad el sueño. De pronto me transportó a un paraje donde un joven iba a practicar puenting. Cuando éste se lanzó para sentir esa sensación que yo también buscaba, con un solo dedo Satanás rompió la cuerda. El joven murió en el acto después del terrible impacto. Aterrado fui a socorrerle. No fui capaz de reanimarle. Un reguero de sudor frío recorrió mi cara. Satanás se acercó a mí. Pude notar su apestoso aliento. Yo estaba confuso. Empecé a darme cuenta que era el enemigo más grande que jamás había tenido. Intenté despertar, abandonar el sueño. Terminar con aquél juego. Eso lo hacía con relativa facilidad cuando las cosas no iban bien. Entonces él me dijo: - ¡MIRA AHÍ! -Con unos de sus asquerosos dedos señaló un rincón. Me vi en mi cama, echada sobre mí estaba mi madre llorando descontrolada. Mi padre Apesadumbrado, la quitaba de encima, mientras el forense certificaba mi propia muerte por sobredosis de barbitúricos. Me introdujeron en una bolsa de plástico amarilla, yo me di la vuelta, no quería verlo. - Es un truco muy bueno; le reconocí. - ¡A QUE SÍ! Pues te enseñaré muchos más, tenemos toda la eternidad.

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Ilustración de: Laura López

LA VOZ DE SU AMO

Por Pau Varela

La conexión que se establece entre una mascota y su amo es profunda. Un dueño atento sabe interpretar cuando el comportamiento de su animal indica que alguna cosa no va bien. Stella lo sabía, por eso cuando su humano no se levantó aquella mañana de su cama como cada día para darle de comer, la perra entendió de inmediato que algo malo sucedía. Llevaba días olfateando un ambiente nervioso en toda Barcelona. Los humanos mostraban comportamientos erráticos, algunos se tumbaban en el suelo para no volver a levantarse, otros corrían agitados, algunos se apiñaban violentamente y extraños, cuyos olores ella no había sentido nunca, no paraban de llegar a la ciudad. Lo que más le preocupaba, no obstante, eran los aullidos de otros perros que por la noche se oían entre el coro de gritos. Así que aquella mañana, tumbada en el suelo del dormitorio de su mascota humana, Stella decidió que lo que le sucedía a él tenía que estar a la fuerza conectado con todo lo demás. Los perros detestan la costumbre del hombre de otorgar nombres estúpidos a las cosas, pero aun así ella había decidido darle un nombre

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a su animal, como muestra de agradecimiento por su servicio y lealtad. Es difícil traducir el lenguaje perruno al nuestro, demasiados matices que se pierden en el torpe vocabulario de las personas. La palabra más semejante al nombre de su humano, al que los otros llamaban Pablo, era Trucha. El olor que desprendía era fácil de percibir incluso entre el perfume a alcantarilla de Barcelona. A pesar de que ella se lamentaba de la incapacidad de las personas para abandonar su comportamiento irracional, sobre todo esas costumbres tan asquerosas a la hora de alimentarse, para ella Trucha era diferente a los demás. Era muy poco habitual que él se olvidara de prepararle el desayuno. Desde siempre, él había mostrado una dedicación absoluta para con la necesidades de la perra. Por eso ahora estaba confundida, observando el irregular vaivén de su respiración, el tiritar de su cuerpo cubierto por una fina tela blanca. El pobre estaba empapado en sudor y no paraba de dar vueltas en la cama. La habitación olía a heces, sangre y algo más, y Stella temía que hubiera comido alguna planta venenosa o bebido del retrete equivocado. La pobre bestia era incapaz de cuidar de sí mismo, sin ella para ayudarlo. De pronto, la respiración del hombre se detuvo, puntuada por una exhalación profunda que volvió la atención de Stella al presente y a su animal. Parecía que por fin Trucha se había tranquilizado. Tal vez sus temores eran una exageración. Poco después, como si alguna cosa lo hubiera asustado, se alzó de la cama y se quedó de pie, quieto, rígido. Parecía estar escuchando, olfateando. Ella sabía que eso era imposible, los humanos aún no habían aprendido a utilizar los sentidos más complejos, confiaban tan solo en sus limitados ojos para moverse por el mundo. Pero alguna cosa indudablemente había captado su atención. Moviéndose torpemente se dirigió a la calle. Ella lo siguió, pensando que su animal se había dado cuenta del descuido que había tenido y deseaba compensarla de alguna manera. Sorprendentemente, él no le preparo su comida, sino que se limitó a caminar desorientado adentrarse entre las estructuras silenciosas de la ciudad. Había empezado a llover suavemente y el olor a asfalto mojado era embriagador. La preocupación de Stella se acrecentaba con cada paso que daban. Las personas temían a la lluvia por naturaleza y la evitaban a toda costa. Pero el humano parecía insensible a las gotas de agua que le golpeaban. Ella caminaba detrás de él, siguiendo su paso lento y cansado con dificultad. Intentaba mantener su concentración en él, pero cada dos por tres olores insólitos llegaban a su hocico reclamando su atención. Stella se detuvo para oler un charco de sangre fresca y el cuerpo de una humana vieja yaciendo a su lado bajo la lluvia. Se distrajo tanto oliendo el lugar donde sus entrañas habían sido arrojadas, que casi le perdió de vista. Siguieron adelante y más humanos tumbados y más sangre aparecieron en su camino. ‘Esto no está bien’ pensó. Podía oler el aroma a humo también, empacando el ambiente, a madera quemada no muy lejos delante de ellos. El humo siempre significaba peligro así que intentó alertar a Trucha ladrando, corriendo a su alrededor

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para hacerle entrar en razón. Sus intentos parecían ser baladís. Él parecía estar siendo atraído por algo. En un intento desesperado de despertarlo de su trance, le mordió en la pantorrilla. Ella odiaba tener que castigarle, pero sabía que era por su propio bien. Sus dientes se hundieron en la carne y de las heridas emanó un líquido negro y amargo. Stella tuvo que retirarse al sentir el asqueroso pringue bajar por su garganta, quemándola. Vomitó y tosió y se restregó por el suelo. Cuando pudo recuperar el control sobre sí misma, vio que Trucha ni tan siquiera se había detenido. Para sorpresa de la perra, él seguía avanzando, dejando un rastro negro a su paso. Decidió seguirlo a distancia, para descubrir el origen de la determinación de su mascota. No tardaron en llegar a un pequeño parque con una extraña construcción en medio de la misma. Había visto este lugar antes. Era una especie de casa grande apartada de la ciudad. Había visto hombres vestidos con ropas ridículas caminar entre sus muros, murmurando canticos desafinados Probablemente era una especie de cárcel. Ahora estaba en llamas y el olor a carne quemada era más fuerte aquí. Trucha se detuvo. Stella se adelantó y se interpuso entre él y el fuego, para proteger al ofuscado animal de su propia inopia. Delante de ellos había más gente tumbada en el suelo, algunos con partes de sus cuerpos separadas, algunos calcinados hasta los huesos. Algunos de ellos solo eran crías. De entre los árboles que rodeaban la construcción surgió un grupo de personas que parecía estar huyendo del fuego y algo más. Stella percibió que estos humanos, a diferencia del suyo, eran salvajes. Los humanos que no vivían bajo el cuidado y protección de los perros solían desarrollar comportamientos violentos e indeseables. Ella les mostro sus dientes a modo de advertencia, preparada para defenderle. Al ver a las personas, él enloqueció y se lanzó a por ellas. La perra se asombró de ver a su débil mascota defender su territorio tan ferozmente. Una mujer gritó al verlo acercarse. Trucha se abalanzo sobre ella y le mordió en la cara, arrancándole una tira de carne ensangrentada. Stella sintió un orgullo repentino al verle cazar solo. Era extraño, no obstante, que mostrara tal apetito por la carne de otras personas. Por lo que sabía, la carne humana tenía un sabor insulso en comparación con la de otros animales. Cuando volvieran a casa debería enseñarle a escoger sus presas mejor. Para Trucha, no obstante, la carne y las entrañas de aquella mujer parecían ser un manjar delicioso. Tan abstraída estaba viendo a su humano alimentarse a la manera tradicional, que tardó en ver como un hombre blandía una especie de palo metálico sobre la cabeza gacha de su mascota. Ella ladró espantada y corrió hacia el hombre. Cuando este se disponía a golpearle en la cabeza, ella saltó y apretó su boca contra el antebrazo del hombre, que lanzó un alarido de dolor. Trucha lo vio y, con una agilidad antinatural, le mordió en la garganta, desatando una fuente de sangre roja y espumosa. El resto de humanos gritaron asustados. Stella los miró desafiante.

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Trucha era su responsabilidad y no dejaría que nadie, salvajes o no, le hiciera daño o interfiriera en su educación. Ellos parecieron sentir la ferocidad de la perra, ya que echaron a correr y se perdieron entre los árboles. Ella se quedó un buen rato quieta, cerca de su humano, mientras este se alimentaba de los dos cuerpos. Se sintió colmada de felicidad al ver que por fin Trucha había abandonado sus malas costumbres humanas y había aceptado seguir el ejemplo de su dueña.

Regalos de Navidad Opoxun Kuchiki Rose

Ilustración, Carlos Rodón Esta navidad va a ser muy cruel ¿Qué porqué? Mi padre pronto lo sabrá Desenvolviendo el papel, nervios de niña buena Un cuchillo y una daga, ¡Qué linda sorpresa! Seis días quedan, seis de pura bondad Espero tranquila, sin prisa pues todo pronto sucederá Treinta y uno de Diciembre ¡Qué grata fecha! Perfecta para poner en práctica mi cautelosa inteligencia ¡Pues me viene por genética! Un golpe, un rasguño ¡Qué cara de disgusto! De la nuca a la garganta Más te vale, no digas nada de este baile sin lástima ¿Cómo que qué he hecho? Mamá, te he salvado ¿Ves ese cuchillo, esa daga? Destinaban ser tu regalo Pero mamá, ¿Por qué lloras? ¡Puedes volver a volar! Volar sin preocupaciones, y que tengas claro que bailaré Bailaré si hace falta Bailaré si eres tocada Por alguien que ansíe verte Con un cuchillo, y una daga.

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Ilustración de: Kike Alapont

NOCHE DE PAZ, NOCHE DE HORROR Por Moi Gascón La noche comenzaba a aparecer sobre el horizonte. Hacía varias horas que nevaba firmemente en Jonesyville y la gran mayoría de las personas del pueblo preparaban con alegría la tradicional cena de nochebuena. Una fina capa de nieve cubría el suelo, las farolas se encendían poco a poco sobre la calle alargada dando vida a innumerables sombras que se atrevían a pasar bajo su luz mientras un viejo Ford aparcó en un sitio reservado para minusválidos. De él se bajaron un hombre de mediana edad y un niño, su hijo, de unos 6 o 7 años, abrigados como esquimales en una expedición y comenzaron a subir las pequeñas escaleras formadas por 3 escalones que dirigían al centro comercial de Jonesyville. Primero entró el niño, feliz, entusiasmado, sabiendo que esa misma noche, cuando él se durmiera y un rato después sus padres hicieran lo mismo, bajaría Papa Noel por la chimenea y les dejaría regalos, montones de ellos ya que este año había sido un niño realmente bueno. Sonreía con la típica sonrisa de un niño ante un gran día, un día que esperaba durante todo el año, una sonrisa sin maldad, solo de

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inocencia, las mas pura inocencia que es la que alberga un niño. Se abrieron las puertas automáticas tras pasar por debajo del sensor y entraron al calor que despedía el gran centro comercial. Decenas de tiendas se disponían ante ellos, pero el pequeño sabía perfectamente donde ir. Irían a la juguetería “Toys and childs”, ya que quería ver si los juguetes que había puesto en la lista a Papa Noel se encontraban en la tienda, así Papa Noel pasaría por allí por la noche antes de ir a su casa, los compraría con los billetes mágicos que le habían dicho sus padres que usaba papa Noel y sus ayudantes, los elfos y los cargaría en su enorme trineo y luego los dejaría bajo el árbol. Antes de llegar a “Toys and childs” pararon en una perfumería, entraron y su padre compró un bote de colonia en el que salía en el dibujo de la caja una chica semidesnuda y en la que ponía, “Perfume para mujer”. El niño pensó que para qué quería un perfume de mujer su padre y se imaginó que seria para hacerle un regalo a su madre, ya que su cumpleaños llegaría 4 días después de aquella mágica noche. Pasaron por 2 librerías con cientos de libros esperando que una mano les abriera para poderles entregar toda la fantasía y magia que albergaban sus mágicas páginas, 3 tiendas de productos electrónicos, en las cuales había teles encendidas y salía Papa Noel encima de una enorme carroza rodeada por miles de niños, varias tiendas de ropa con distintos tipos de abrigos y jerséis con dibujos navideños. A mitad de camino, el chico se quitó el gorro azul con dibujos de los “Angry birds” y con un enorme pompon rojo en la punta y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Andaba sin despegarse de la pierna de su padre y agarrándole fuertemente la mano. Cuando llegó a la altura de “Rosquillas Charles” comenzó a señalar con su diminuto dedo índice y a tirar de la mano de su padre. - Más tarde hijo, más tarde le respondió su padre y siguieron hacia delante. Cuando llegaron a lo que el pequeño había señalado, resultó ser un Papa Noel sentado en un enorme trono dorado con ribeteados color platino y una fila enorme de niños deseosos de subirse en sus piernas y pedirle regalos. El pequeño levantó la mano y le saludó enérgicamente y Papa Noel, que estaba sentado en el trono le devolvió el saludo y el niño siguió andando junto a su padre con una sonrisa que abarcaba la totalidad del joven rostro. Por fin llegaron a la tienda y el niño se soltó de la mano de su padre, el cual salió corriendo detrás de él que ya estaba en mitad de la tienda de juguetes. Ante él se disponían casi 400 metros cuadrados de juguetes, muñecas, pelotas de goma, juegos de mesa y mil tipos de juguetes distintos. La tienda estaba abarrotada de gente haciendo las compras de última hora, deseando pagar y largarse a sus casas para preparar la cena y ver la televisión.

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Un trenecito recorría sus vías de plástico y chapa por encima de las cabezas de los compradores, y daba la vuelta por toda la tienda, lentamente pero sin pausa. Un enorme oso de peluche estaba rodeado por tres niños que lo abrazaban y sus padres, con cara de pocos amigos y resignación les hacían fotos con sus móviles y cámaras fotográficas. El niño que recién habida entrado con su padre corrió hasta una estantería donde estaban los “Chismichus” una especie de mezcla entre oso con cabeza semi-humana, que le apretabas en la tripa y cantaba y otras veces contaba cuentos. El niño agarró uno y se lo enseñó a su padre. - Aquí está, ponlo en la cesta para dejárselo a papa Noel, le gritó el niño entusiasmado y dándose la vuelta para buscar el siguiente objeto de su nota mental donde tenia guardados todos los juguetes que quería. El padre agarró la caja del Chismichu y lo observó con el ceño fruncido, presionó el estomago del humano-oso y este comenzó a tararear una canción que le recordó a “Lookin’ Out My Back Door” de la Creedence. Levantó la vista con una sonrisa y vio que su hijo se había detenido junto a una estantería donde estaban unos muñecos de la película “Toy story” y había agarrado un Mr.Potato. Sonrió y se recordó a si mismo de pequeño, a su misma edad levantándose y corriendo junto a su hermano en busca de los regalos bajo el árbol de navidad y la chimenea encendida. Cuando él era pequeño no había toda esa cantidad de muñecos articulados y como mucho recibían 2 regalos cada uno. Hoy en día los niños esperan recibir 10 o 12 de los cuales reciben la mitad pero aun así es un gran esfuerzo económico para el bolsillo de los padres. Pero él hacia todo lo que podía con su hijo, aun más después de perder a Tim, su otro hijo, cuando tenia 1 año solamente a causa de una infección en los pulmones que se complicó y le hizo fallecer a los pocos días después de enfermar. Ahora solo tenia a Danny, y él era todo para el en su vida, Danny y Lorrete, su mujer. Se habían mudado hacia 6 años, poco después de nacer Danny, su hermano les visitaba un par de veces al año y lo pasaban francamente bien, pero no era lo mismo. Levantó la vista y vio a su hijo que traía una caja con un gran Mr.Potato y se lo entregaba. - Danny, uno más y listo que Papa Noel no es rico le dijo. - Vale papi, uno más y listo y le sonrió a lo que él le respondió tocándole el pelo de la cabeza y moviéndoselo de lado a lado. Despeinándolo por segundos. Danny salió disparado en una dirección, se paró en seco, pareciendo meditar la difícil decisión que tenia ante si y acto seguido se dio la vuelta y corrió en la opuesta. Su padre le seguía detrás con las dos grandes cajas dando grandes

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zancadas. Danny se acercó a la estantería y trató de alcanzar una caja en la que salía la fotografía de una lancha teledirigida pequeñita, su subió a una balda por que no llegaba a alcanzarla y esta comenzó a vencerse debido al peso de su cuerpo. El padre corrió soltando los juguetes que cayeron al suelo haciendo un extraño ruido sobre el suelo enmoquetado de “Toys and childs” y agarró a su hijo y sujetó la estantería con el hombro. Cuando su hijo estuvo fuera del alcance de la estantería, este, la empujó y la puso de nuevo recta, metiendo las cajas que ahora sobresalían de las baldas. Se giró para echarle la bronca a su hijo pero este estaba comenzando a reírse y el padre no pudo reprimirlo y comenzó también a reír dándole un pequeño capón en la cabeza. - Bueno Danny, con estos 3 vale. - Si papi, ¿vamos a dejarlo en la caja para Papa Noel? - Si, vamos dijo cogiéndole la mano y dirigiéndose hacia las cajas para pagar con dinero real y no el imaginario con el cual le había dicho a su hijo que pagaba Papa Noel. Cuando estuvieron a escasos metros le dijo a su hijo. - Quédate aquí quieto y no te muevas ¿eh? - Vale papi le respondió él y acto seguido se sentó en una silla con forma de 4 amarilla y se puso a ver la televisión, en la cual echaban un capitulo de Bob Esponja. El padre se dio media vuelta y se acercó a la caja para pagar. Tras esperar detrás de una señora gorda, con un enorme abrigo que le hacia parecer una foca marina y apestaba a colonia le tocó el turno de pagar. Sacó el dinero de su billetero mientras echaba una ojeada a su hijo para que no viera que el dinero era de verdad por que si no ya no tendría gracia el asunto de Papa Noel. El seguía hipnotizado, sumergido en fondo bikini mientras Patricio se tropezaba y se levantaba. Le tendió los billetes a la cajera, una muchacha joven y bastante guapa. Cuando esta cerró su mano sobre los 4 billetes que le tendía aquel hombre, una especie de ceceo, como el que hace cuando pinchas un globo y pierde rápidamente la presión comenzó a sonar y un instante después la luz desapareció dejando todo en la más absoluta oscuridad. No se encendieron ni las luces de emergencia. Los niños comenzaron a chillar y se escuchó por el fondo un “me cago en la…” y acto seguido el ruido de que uno a tropezado con unas cuantas cajas de juguetes y las ha derribado. Tras 8 o 10 segundos de oscuridad, gritos y lloros la luz volvió iluminando de nuevo la tienda. El hombre que se había tropezado resultó ser un hombre de unos 60 años que se hallaba tendido encima de una pila de cajas de muñecos regordetes y con cara de mala leche. Como si les incomodase que les

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hubieran tirado al suelo y estuviera aun tendido encima de ellos el culpable. - Maldita luz dijo la chica guapa que había recibido el dinero hacia escasos segundos mientras el padre se giraba para comprobar que su hijo estuviera bien. Danny se había levantado y buscaba a su padre en mitad de ese diminuto e inesperado caos. Lo localizó y le sonrió. El padre le devolvió la sonrisa y cuando fue a girar la cabeza para recibir los cambios, coger el dinero y marcharse, un ruido seco, seguido al que hace el agua cuando cae al suelo le hizo girar mas rápido la cabeza preguntándose que había sido eso. Vio a la joven bonita pálida como una losa, parecía que todo tipo de pigmentación hubiera desaparecido de su cuerpo en escasos segundos. Estaba levantando su brazo derecho, con el que había cogido el dinero, pero en vez de mano salía un chorro de sangre, que caía a chorros sobre el mostrador. La joven se sujetaba con la otra mano el muñón intentando detener el flujo de sangre, pero no lo conseguía. - Pero que demonios… dijo el padre mientras los primeros gritos comenzaban a llegarle a sus oídos. ¿Qué acababa de pasarle a la joven?, si hace unos segundos tenia la mano… y un chasquido metálico le hizo levantarse, ponerse de puntillas y mirar hacia el otro lado del mostrador. Otro chasquido, seco, metálico, otro… y otro… Cuando le alcanzó la vista comprobó que la caja registradora se abría y cerraba sola, con una fuerza brutal. Parecía una mandíbula metálica poseída, que se abría y cerraba sin cesar buscando un bocado que echarse a la boca. Cuando se abrió de nuevo tras un buen numero de bocados, pudo comprobar que en el interior de ella, rodeada de billetes y monedas se encontraba la mano de la joven amputada y envuelta en un charco de sangre que pringaba todos los billetes dotándolos de un color amarronado. La joven ahora estaba tumbada en el suelo envuelta en convulsiones mientras su compañera, a la que la joven le había dirigido el chorro de sangre gritaba, estaba embadurnada de líquido rojo, chorreándole la camiseta y la falda, mientras con las manos en las orejas gritaba histérica. Los gritos ahora eran más fuertes y un olor a vomito comenzó a llenarle sus fosas nasales. Ahora gritaban de tras de él. Se dio la vuelta y corrió hacia su hijo que se había quedado petrificado, junto a la silla con forma de 4 amarilla, mientras la gente corría de lado a lado. Apartó de un manotazo a la vieja foca marina provocando que esta trastabillase y acabase tirada en el suelo y en cuanto llegó abrazó a su hijo, protegiéndole de los problemas, de los males de este mundo. Se giraron y vieron a la gente correr en desbandada hacia la puerta.

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La gente gritaba, algunos rodaban por los suelos y las otras personas les pasaban por encima. Un hombre que pasaba por debajo del tren que recorría la tienda se llevó la mano a la cara y cuando la retiró, el padre pudo comprobar cómo un vagón del tren se había hundido en su cuenca, reventándole el globo ocular. Su cara se había cubierto de sangre que manaba como una catarata hasta descansar en el suelo. Se agachó, miró a su hijo y le dijo. - Tranquilo, cógeme bien la mano, no te sueltes que vamos a intentar salir de aquí. - Vale papi le respondió con su sonrisa preciosa de niño. El padre le besó la mejilla y ambos salieron corriendo hacia la puerta. Cuando se encontraban a mitad de camino, el padre notó que algo le golpeaba en la espalda y si no llega a apoyarse en la estantería le habría derribado. Miró por encima del hombro y vio un muñeco, parecido a un caballo que saltaba, cogia carrerilla y se impulsaba de nuevo contra su espalda. Saltó esta vez hacia Danny y si el padre no llega a tener buenos reflejos se estampa contra su cabeza pero lo desvió con un puñetazo y este cayó al suelo, soltando infinidad de chispas, y con el cuello de plástico partido, aun así, mientras daba sus últimos coletazos de vida, este trataba de ponerse en pie. Al final, paró y se quedó quieto. La gran mayoría de la gente ya había salido de la tienda y ahora los gritos parecían provenir de todo el centro comercial. La anarquía se había instaurado en el centro comercial, y no, no eran las rebajas, aunque la muerte podría encontrar unos cuantos chollos esa tarde-noche. Ya habían llegado a la puerta tras derribar tras de ellos varios juguetes que habían cobrado vida. Una serpiente que trató de enroscarse en la pierna del padre pero que se había partido con suma facilidad, un osito con ojos tiernos y cara de ángel que intentó morderles con sus diminutos dientes de plástico salió volando hacia el fondo de la tienda tras encontrarse con la señora bota, un tractor que avanzaba con la pala en alto salió despedida de una patada tras previamente ser aplastada por la bota salvadora del padre. Se habían librado por los pelos pero lo que vieron al llegar a la puerta hizo que a ambos se le encogiera el estómago y un nudo comenzara a subirles hasta la garganta. Cientos de personas rodaban por el suelo envueltos en múltiples aparatos electrónicos. El Papa Noel al que Danny había sonreído y saludado y que de felicidad había llenado su joven corazón, se retorcía en el suelo agarrándose el pecho. Se había desabrochado el disfraz y una camisa blanca asomaba bajo el disfraz rojo, la barba también se había soltado y colgaba de una oreja como si fuera una babosa enorme aplastada. La camiseta interior blanca comenzaba a tornarse de un color roji-

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zo parecido al tomate frito. El simpático Papa Noel comenzó a echar espuma por la boca y de repente su pecho explotó como en la película Alien, el octavo pasajero y cientos de diminutas piezas y trozos de carne saltaron por los aires. El corazón del afable Papa Noel estalló y su vida terminó sin poder hacer las tareas por las cuales se preparaba concienzudamente durante todo el año en su particular retiro en el polo norte. Danny gritó al ver la escena y comenzó a vomitar en el suelo. Su padre lo agarró y se lo cargó en brazos como si fuera un bebe. Comenzaron a correr hacia la salida pero un hombre les hizo retroceder con un leve salto hacia atrás, este pasó a toda pastilla en su silla de ruedas eléctrica. El hombre trataba de dominarla pero esta cada vez corría a más y más velocidad. El hombre forcejeaba con el pequeño mando instalado en el brazo derecho de la silla pero este no accedía a hacer lo que su dueño le pedía que hiciera. Al final la silla de ruedas se topó con una anciana tirada en el suelo con un gran maratón en un ojo y que parecía no respirar. La silla chocó con violencia extrema contra la maltrecha cabeza de la anciana y tras hacer un pequeño trompo de unos 200 grados el hombre que intentaba dominar la silla salió despedido a cerca de 4 metros de distancia, dio una voltereta en el aire como un gimnasta profesional, pero en su caso, un gimnasta lisiado y quedó empalado por el estómago en una valla de madera, con estacas puntiagudas en su extremo, que delimitaba la zona de compras y la de ocio. En el otro extremo del centro comercial, a unos 150 metros del aterrorizado Danny y su padre, 2 hojas de cristal cortaron por la mitad a una joven que cruzaba la puerta que repentinamente se cerró tras pasar. La joven partida se fue escurriendo poco a poco y en los cristales que habían actuado en forma de enorme mandíbula, quedó la silueta de la joven impregnada en sangre, al instante esta comenzó a escurrir y a emborronarse toda la marca perfecta que había quedado. Por si fuera poco, las luces comenzaron a danzar en una funesta danza, apagarse, encenderse, cambiar de color… Una sirena comenzó a sonar a todo volumen y a clavarse en los tímpanos de las personas supervivientes en aquella locura navideña. El sistema contra incendios comenzó a expulsar agua por los aspersores del techo y la lluvia se trasladó dentro del centro comercial. Un joven que se encontraba en mitad de las escaleras metálicas que ascendían hacia la parte superior, donde se encontraban los multicines salió despedido escaleras abajo y los escalones comenzaron a subir a una velocidad inhumana. En la parte baja de las escaleras se abrió la trampilla de acceso al mecanismo y el joven cayó metiendo medio cuerpo dentro, hasta la cintura. Las hojas de la escalera que rodaban en una circuito cerrado que iba a mil por hora enganchó por la cadera al joven y esta cercenó la

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pierna derecha del joven que comenzó a expulsar sangre a chorros. Tras un intento de alejarse de la trampa mortal, el pelo largo que llevaba el desafortunado joven se enganchó en la cadena maldita y debido a la increíble velocidad provocó que la piel desde la cara hasta el pecho se enganchara y saliera despedida subiendo las escaleras como si arriba le esperase un paciente a la espera de una donación de piel. Al llegar arriba salió despedida y se estampó contra una gran cristalera y se quedó allí pegada, como un grotesco cartel formado por piel, pelo y sangre. El cuerpo del joven cayó sobre las escaleras y estas al pasar por su lado hacían que rebotara una y otra vez como si de un muñeco pelele se tratara. El ascensor subía y bajaba violentamente con una madre y una hija de unos 4 años aterrorizadas, abrazadas la una a la otra. Este subía y bajaba en tiempo record pareciendo una gran batidora gigante para carne humana. Tras unos instantes la madre e hija se soltaron y comenzaron a chocar contra las paredes revotando cientos de veces contra el cristal. Parecía una pelota de goma convertida en ascensor, rebotaban y rebotaban y poco a poco las paredes transparentes de cristal comenzaron a llenarse de líquido rojo. Al final el ascensor paró en seco escupiendo dos cadáveres deformados y unos cuantos litros de sangre sobre el suelo de la entrada a los multicines. La anarquía reinaba bajo el techo del centro comercial, cualquier aparato electrónico se había alzado y buscaba venganza por años y años de tiranía humana sobre sus semejantes. El chip había saltado y se había quedado atascado en una única función. Machacar a los humanos. El padre con Danny en brazos buscaba desesperadamente una vía de escape, cualquier lugar por donde escapar o resguardarse de aquella locura, pero mirase a donde mirase la locura hacia aparición. Visualizó una puerta de acero que se cerraba enfrente. La puerta de acceso a los servicios, allí lo máximo que les podría dañar seria el seca manos y con darle un topetazo bastaría. - Agárrate Danny, vamos a echar una carrera. Dicho esto enfundó el rostro del joven contra su pecho y salió corriendo. Una avioneta de unos 70 centímetros de ala a ala pasó rozando la cabeza del padre pero este lo esquivó sin demasiada dificultad. Pasaron al lado del simpático Papa Noel y el padre vio lo que había provocado su muerte, el marcapasos instalado en el corazón del papa Noel había estallado. La mano derecha trataba de sujetarse el pecho para evitar el estallido y la otra reposaba en el suelo envuelta en un gran charco de sangre, tenia entre cerrados los dedos y estos sujetaban un bastón de caramelo blanco que ahora era tenia motas rojas. Lo salteó y siguió su camino.

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Llegaron a la puerta y empujó pero la puerta no cedió. - Quédate quieto un segundo Danny, voy a tratar de abrir la puerta. Cogió carrerilla y empujó con todas sus fuerzas con el hombro pero esta no cedió ni un milímetro. - Mierda… mierda… Danny, vamos, tenemos que buscar otra salida. - Vale papi, ya saldremos por otro lado respondió el pequeño. Cuando estaban a punto de marcharse en busca de otra salida la puerta se abrió como por arte de magia y un rostro negro de mediana edad apareció levemente tras la ranura. Se giraron los dos al escuchar el ruido y vieron a un joven negro que les hacia señas con una mano para que fueran hacia allí. Entraron rápidamente dejando tras de si la locura, la muerte, los gritos de terror y sufrimiento y el joven que les había salvado cerró fuertemente la puerta. - Gracias amigo respondió el padre. - De nada, joder… vaya locura ahí fuera ¿eh? amigo. - Ni que lo digas. - Me llamo Pete Urish, venia a por un regalo para mi abuelo pero… la mierda esta estalló y me metí rápidamente aquí, parece que no hay nada que se haya vuelto loco por aquí dentro dijo apuntando con el dedo el final del pasillo, donde se encontraban los servicios. De vez en cuando se escucha el seca manos encenderse y apagarse solo, las luces van y vienen pero poco más. - Este es Danny y yo… La voz del padre quedó en el aire y un gran estruendo se escuchó fuera, dentro del centro comercial. - ¿Pero que demonios ha sido eso? Gritó Pete. El padre abrió ligeramente la puerta, lo suficiente para echar un vistazo por una finísima ranura y que nada se pudiera meter. Tras abrir la puerta una gran polvareda comenzó a filtrarse por la fina ranura y provocó que los tres comenzaran a toser. - Mierda, me parece que tenemos un problema dijo el padre. - ¿Qué pasa fuera papi? Preguntó tímidamente Danny. - Se ha derrumbado el techo, está todo lleno de polvo y hay escombros por todas partes dijo mientras cerraba la puerta y se sentaba usando la puerta de respaldo. - ¿Qué vamos a hacer? Preguntó Pete. - No tengo ni idea dijo mientras bajaba la cabeza y la escondía entre sus rodillas. Pasaron tres horas. Poco a poco el silencio comenzó a rondar por el destartalado centro comercial. Cada pocos minutos se oía desplomar un trozo del techo, una pared caída, una viga partida, gritos agónicos… Los lamentos tampoco tardaron mucho en cesar, los lloros prosiguieron alrededor de dos horas pero también terminaron por cansarse en aquella ópera mortalmente cruel. Al poco de que cesara todo ruido, al otro lado de la puerta el sonido de la nieve comenzó a sonar. Ahora hacia aparición la nieve en aquel día de locos.

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El sistema de alumbrado de seguridad duró alrededor de 3 horas tras las cuales dio un pequeño bufff y dejó el pasillo hacia los servicios en absoluta oscuridad. Danny, que hasta ese momento había estado en la máxima calma posible ante una situación como esa, dio un salto y se agarró a su padre hasta tal punto que casi le cortó la respiración. - Perfecto, ahora si que no tengo ni idea que vamos a hacer dijo Pete. En las tres horas que habían transcurrido desde que lo conocieran en tan traumatizantes circunstancias se habían puesto al día sobre la vida de cada uno. Pete resultó ser un chico de 28 años que vivía con sus abuelos ya que se quedó a muy temprana edad huérfano, no tenia hermanos, ni mas familia que sus 2 abuelos. Trabajaba en un almacén cargando y descargando camiones. Había acudido al centro comercial a comprar un regalo de navidades para su abuelo y allí concluía su historia. Tras comprobar que los móviles no funcionaban, lo comprobaron al poco de quedarse encerrados tras intentar llamar y casi quedarse sordos al comenzar a pitar como si se tratase de una sirena de ambulancia. Había cogido Pete su teléfono y lo había estampado contra la pared haciendo que este saltara en cientos de diminutos pedazos. El padre no se atrevió a probar el suyo, con una experiencia ya habían tenido suficiente. - Ahora que parece estar todo más tranquilo, vamos a probar a salir dijo Pete. - Me parece bien, pero espero que veamos mejor que aquí por que no veo una mierda dijo el padre. – Danny, quédate con Pete, voy a echar un pequeño vistazo a ver si esta el camino despejado. - Vale, pero date prisa papi, esta todo oscuro y tengo miedo. - No te preocupes, Pete te cuidara ¿Vale? Dijo dirigiendo una mirada a Pete a lo que el respondió con un guiño al joven Danny. Se apartaron dos o tres metros y el padre abrió lentamente la puerta. Una corriente gélida comenzó a filtrarse al pasillo. Se subió la cremallera de su vieja cazadora y abrió la puerta del todo. Tras pasar la puerta una pequeña montaña de escombros apareció ante el padre. La luna se filtraba a través del tejado derrumbado del centro comercial y dotaba de un aspecto fantasmal a aquel sitio donde miles de familias acudían diariamente a hacer las compras, ir al cine o simplemente a pasar la tarde. Se había derrumbado la mayor parte del techo del centro comercial, el resto se sostenía como con palillos y daba la impresión de que el más mínimo temblor o peso lo derrumbaría como un castillo de naipes mal construido.

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Montañas de escombro cubrían el camino hacia la salida, la puerta de cristal había estallado en pedacitos y estos estaban esparcidos por el suelo. - Vamos, con cuidado chicos, parece que se les han acabado las pilas a esos bichos. Tras terminar la frase Pete y Danny salieron al pasillo central. Danny tembló de los pies a la cabeza tras pasar una brisa de aire congelado por su fina cazadora, se puso el gorro de los “Angry birds” y cogió de la mano a su padre y de la otra a Pete, su nuevo amigo. Avanzaron lentamente, pero sin parar. La sensación de caminar sobre cientos de cadáveres provocaba una extraña sensación en los tres. Sabiendo que centenares o peor aun, miles de cadáveres descansaban bajo sus pies… Le dotaba a la situación un aspecto tétrico, como andar sobre la tierra removida de una tumba recién rellena. Solo les distanciaban unos 200 metros de la ansiada libertad, todo iba bien de momento… De vez en cuando un pequeño desprendimiento de las montañas de escombro provocaba un ligero sobresalto pero más allá, no había grandes temores. Cada vez más cerca de la puerta deshecha de entrada. Ya solo faltaban unos 100 metros. Caminaban a trompicones, pues había que sortear toneladas de escombros y el terreno era muy inestable ya que se hundía en varios tramos con pasmosa facilidad. Un zumbido, como si un enjambre entero de abejas hubiera salido a por comida comenzó a llegar de la parte sur del centro. Se giraron los tres al unísono como si las tres mentes se hubieran fundido en una sola y vieron bajo la débil luz de la luna como dos aviones, de un metro de ancho más o menos se dirigían a toda velocidad con rumbo fijo y ellos tres en medio. - Coged piedras chicos gritó Pete mientras se agachaba y recogía trozos de escombros. Las dos avionetas ya estaban a unos 30 metros prudentes. La lluvia de escombros comenzó a volar para repeler el ataque aéreo. Un trozo de piedra del tamaño de una pelota de tenis pasó a escasos diez centímetros del avión de la izquierda, ahora más cerca pudieron ver que uno, el de la izquierda era rojo y el de la derecha verde. Avanzaban haciendo múltiples piruetas como si de una exhibición aérea se tratase en vez de un kamikaze suicida. Se cruzaban uno delante del otro e iban directos hacia ellos. Una piedra un poco más grande lanzada por el padre golpeó de lleno en la avioneta roja y esta describió un arco y se estrelló contra la pared, fue a caer a la puerta abierta que habían dejado ellos tras salir del pasillo de acceso a los servicios. Se revolvió un poco en el suelo como tratando de retomar el vuelo y estalló en una diminuta bola de fuego, una mini bomba atómica, un pequeño hongo nuclear salió de la barriga de la avioneta y comenzó a arder y a tornarse del color

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de las cenizas. Danny dio un grito de júbilo y rompió a reír. Mientras Pete y el padre tiraban sin cesar piedras y trozos de cascotes a la otra avioneta sin demasiado acierto. El padre se agachó a recoger un trozo de cascote para tirárselo al avión pero se topó con algo blando. Trató de levantarlo, pero se encontró con que la extraña piedra tenia pelo, miró un poco mejor y comprobó que era una cabeza, de una joven, pálida, sin ningún tipo de color, llena de polvo grisáceo y que se encontraba sin mandíbula. La había agarrado de una de las cuencas de los ojos que se encontraba vacía. La soltó con asco y siguió buscando un nuevo trozo para tirar. Agarró una barra de hierro de unos 90 cm. de largo y gritó. - Al suelo, agacharos, me ocupo yo de esta. Pete y Danny se agacharon instintivamente tumbándose en el suelo deforme. La avioneta estaba a escasos tres palmos de ellos. El zumbido provocado por el pequeño motor ahora aullaba con más fuerza. Blandiendo la barra en el aire el padre esperaba el momento justo, el adecuado, el momento en el que batear y mandar a tomar por culo la avioneta. Cuando ya la tenia casi encima, trazó un medio circulo en el aire y golpeó con todas sus fuerzas contra el avión. Este salió disparado con una fuerza sobrehumana y a una velocidad mas rápida de la que venia y se estampó contra el poste de la cartelera. Se estrelló entre las tetas de una rubia (teñida) que gritaba y tras de si se veía un enmascarado con pocas ganas de abrazarla, más bien de clavarle el cuchillo que blandía. El cartel estalló soltando miles de virutas de cristal y se fundió en una bola de fuego. - Vámonos de aquí antes de que vuelvan estas malditas cosas dijo y vio a Danny que se levantaba. Pete estaba en el suelo, tumbado, parecía no moverse. - Pete, eh tío, ¿Te encuentras bien? El padre le indicó a su hijo que se apartara con la mano y dio la vuelta a Pete que estaba rígido como una tabla. Cuando lo logró se dio cuenta de que de la garganta salía un gran chorro de sangre. Bajo los escombros, donde se había agachado Pete sobresalía una cuchilla redonda girando como un neumático a 120 en una autopista, de su interior expulsaba sangre. Se movieron los cascotes y salió una gran sierra mecánica impulsada hacia arriba, con una hoja de unos 20 centímetros de diámetro. El cadáver de Pete cayó rodando montaña abajo y se quedó en una grotesca posición apoyado en un cartel publicitario, “El mejor pollo se encuentra en Pollos Joe, desearas hincarle el ala a uno de nuestros pequeñajos” decía y el dibujo de un pollito amarillo con la boca abierta apuntaba directamente a la cabeza de Pete. Aquello era ex-

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trañamente cómico en un momento tan trágico. Danny comenzó a gritar y sacó de su estupor al padre que no dejaba de mirar el cuello ensangrentado de su amigo, se giró y tras mirarlo rápidamente, comprobó que varios pequeños muñecos, como el que había cogido para regalarle, los Chismichus comenzaban a subirle por el abrigo. Ya tenia uno a la altura del cuello y abría y cerraba rápidamente su diminuta boca. Agarró al que tenia en el cuello y estiró desgarrando el cuello del abrigo de su hijo, pero eso no importaba ahora. Lo lanzó lo más lejos que pudo. 3 más le subían por el abrigo. Agarró al segundo y lo tiró al suelo tras lo cual le metió un puntapié lanzándolo mas lejos aun que a su colega envuelto en miles de crujidos internos. Solo quedaban dos. Danny agarró a uno de su esponjoso pelo y este se soltó sin demasiada dificultad de su abrigo, lo tiró al suelo y repitió lo que acababa de hacer su padre, aunque este no voló tan lejos como el que había golpeado su padre, también voló un buen trecho. Solo quedaba uno. El padre lo agarró por el pelo y tras soltarlo de su hijo notó como algo afilado y frío se adentraba en su estomago. Miró hacia abajo y vio que aquel diminuto bicho llevaba un pequeño cuchillo, casi una navaja sobresaliendo de su diminuta mano. La hoja entera había entrado en su abdomen. Lo tiró lejos con fuerza y la navaja se quedo incrustada en su vientre. El abrigo comenzaba a tornarse rojo y un fino hilillo de sangre empezaba a salir de su tripa. - Mierda… - ¿Estas bien? Gritó aterrorizado Danny. - Si, tranquilo hijo, Vámonos, corre… Una horda de pequeños juguetes y aparatos electrónicos se dirigían hacia ellos subiendo la montaña de escombros y cadáveres. - No… son demasiados dijo tenuemente el padre. Danny comenzó a correr por la montaña de escombros, el padre en la retaguardia agachándose constantemente a coger piedras y tirarlas hacia sus atacantes. Solo faltaban 50 metros. Bajar la última montaña de escombros y salir por la puerta reventada. Ese es el plan. Dieron el último impulso y comenzaron a descender con cuidado la montaña. Se escuchó un silbido y algo impacto contra la pierna del padre cercenándole el pie derecho. El padre cayó al suelo gritando y gimiendo, el pie se quedó sobre el último escalón de la montaña. Se veía una deportiva negra de la cual salía un trozo de pierna y se acababa en un grotesco muñón, al poco la deportiva y la pierna era

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un borrón rojo mugriento. Otro silbido y un disco se estrelló al lado del padre soltando una pequeña chispa al chocar con un cascote. Giraron la cabeza y vieron una gramola que lanzaba discos compactos a través de su cristal hecho pedazos. Salían los discos volando a una velocidad vertiginosa. Otro cd pasó zumbando por encima de la cabeza del padre y este provocó que se le moviera el pelo a causa de la brisa. - Corre hijo, corre lo máximo que puedas y no te detengas, corre hasta la casa más cercana que veas, o un coche, hasta que no veas a una persona no pares de correr, yo no puedo. Danny había comenzado a llorar y negaba todo el rato con la cabeza, el gorro comenzaba a escaparse de la cabeza debido a las sacudidas de esta. - Te quiero hijo, recuérdalo, siempre estaré a tu lado, y ahora corre. - No papa, no puedo. Un nuevo disco pasó volando y se estrello a escasos 10 centímetros de la cabeza de Danny. - Vete Danny, no puedo andar, dile a mama que le quiero, y recuérdalo. Siempre te he querido y siempre te querré. Ahora lloraban los dos. La horda de artefactos electrónicos ahora estaban a escasos 5 metros del padre derrumbado en el suelo y sangrando por el pie cortado. - Corre hijo, vete ya, ¡¡¡¡¡¡¡Corre!!!!!!!!!!!! Danny se acercó a su padre, le abrazo rápidamente y le besó en la mejilla. Ese fue el beso más tierno que el padre había recibido en su vida. Un hijo, menos aun, un niño que a tan corta edad tenia que tomar una decisión como aquella, tenia que concentrarse en jugar, aprender y recibir cariños, no en dejar a su padre a merced de una horda de aparatos que locamente habían cobrado vida. El padre había comenzado a toser y su boca expulsaba pequeñas flemas manchadas de sangre. - Te quiero papi, gracias por ser como eres. El padre se odió a si mismo en ese instante, no podía salvarse el mismo y además lo mas seguro, su chico, su vida, no conseguiría salir con vida de esa encrucijada, se odió por no haberle podido defender de aquel problema, por que para eso están los padres ¿no?, para sacar a los hijos de los problemas cotidianos hasta que tienen edad para valerse por ellos mismos. Dicho eso, le volvió a besar en la boca y salió corriendo a la calle. Traspasó la puerta de cristal y se adentró en la gélida noche. Comenzaba a nevar de nuevo y en dirección al pueblo, a unos 2 km. varias explosiones inundaban el cielo navideño. Si Papa Noel quería hacer su trabajo esa noche tendría que sortear varias nubes de fuego y humo.

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Ilustración de: Carlos Rodón

LA VIDA DE UN ZOMBI, NO ES TAN SIMPLE COMO PARECE Por Opoxun Kachiki Rose Escarletto:¡¡¡UAAAA…¡¡¡Oh no!!! ¡¡¡¡Pero si son las 2:30 de la madrugada!!!! ¡¡¡¡Llego tarde al trabajo!!!! ¡¡Noo!! ¡¡Noo!!! Marie: ¡¡Cariño!! ¿Quieres que te prepare el desayuno mientras te vistes? Escarletto: ¡¡No, no tengo tiempo ni para comer huesos de rata!! ¡¡Tú búscame la corbata!! Marie: ¿Qué corbata?

¡Tú no usas corbata!

Escarletto: Me refiero a la tira de lazo roto con moho que me pongo para dar buena impresión al jefe Marie: Miraré entre los paños zarrapastrosos de los niños Escarletto: Bah, ¡Es igual! ¡Llego tarde! Bendita sea ¡adiós!

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Salí de casa a todo correr, pero no miré bien y me choqué contra la lápida del vecino. Menos mal que estaba afuera atrayendo carne viva para su caniche putrefacto. Si llega a estar en casa, se hubiera puesto a gritarme y no hubiese podido salir ni de la valla del cementerio. Media hora más tarde (los zombis no podemos correr mucho) llegué por fin a la empresa. Pero, desafortunadamente, mi jefe estaba en la puerta tomado el jugo de sesos al que está habituado. Cuando me vio, escondió el vaso rápidamente y puso cara de mortal amargado. Jefe: ¡¡ Llegas tarde, Escarletto!! Escarletto: Lo sé jefe, lo sé… Jefe: Ponte a trabajar. ¡YA! Escarletto: Sí jefe,…pero no tengo los planos Jefe: ¡Pues te los sacas de tu nariz caída a cachos! El jefe se marchó dando zancadas (bueno, o algo así) hacia su oficina. Fue entonces cuando aproveché para desahogarme. Escarletto: ¿Por qué habré elegido este trabajo? Jefe : ¡Porque no encontrabas otro mejor! Es el primer zombi que conozco con tal capacidad de oído. Escarletto: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? Yo no quiero ser arquitecto... Compañero: Pues ya lo eres, así que te chinchas. Venga, ayúdame a terminar el plano de este cuarto. Tardaba en aparecer. Era mi compañero de trabajo, el cual siempre tenía que ser el más entero, el más feo y el menos hambriento de los dos. Claro, como esas cualidades no las tiene un zombi cualquiera... Escarletto: ¿De qué tipo hacemos la cama? Compañero: ¿Qué te parece del tipo ataúd? Escarletto: ¿Ataúd? ¡Hacemos todas las camas de ese tipo! Hay que ser original. Compañero: ¡¿Se te ocurre un nombre mejor para algo que YA ES UN ATAÚD?

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Escarletto: Sarcófago. Compañero: No estamos ni en el lugar ni en la era adecuada para llamarlos así. Escarletto: Siempre dándotelas de sabiondo... Pasamos todo el día discutiendo, lo cual al final salió rentable, pues pude escaquearme del trabajo sin recibir ninguna bronca por parte del jefe. Las humillaciones de mi compañero me parecen insignificantes comparadas con las miradas pétreas del jefe. Después de un largo camino de vuelta (casi un kilómetro. Deberían poner más baratos los transportes públicos), llegué a mi querida morada. Escarletto: Ya estoy en casa Marie: Hola, cariño. Oh, mira, se te han caído unos trozos de carne por el camino. Escarletto: Anda, es verdad. Bueno, ya cogeré piel de algún vivo que ande por ahí. Ahora me voy a dormir, que son las 6:40. ¿los niños ya están durmiendo? Marie: No, les dejaré hasta un poco más tarde, mañana no tienen escuela. Escarletto: Oh, genial, a aguantarles todo el día. bueno, me voy. Ven pronto al ataúd, querida. Marie: Iré en seguida, hasta ahora. Estaba tan exhausto. Todos los días laborales me parecen aburridos y son demasiado duros para mí. Concilié el sueño muy pronto. Una hora más tarde me desperté de golpe. Escarletto: ¡¡¡No, noo, noo!!!! Marie: ¡¿QUÉ TE PASA?! Escarletto: ¡He tenido un sueño bonito. Marie, ha sido terrible! Marie: Últimamente tienes muchos sueños bonitos, cariño… ¿Por qué no vas al médico?

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Escarletto: ¿El médico puede hacer que vuelva a tener pesadillas? Marie: No lo sé, a lo mejor. Ya sabes, el médico lo puede todo: omnipresente, omnipotente…

Y así concluye un día normal de mi vida. ¿A que pensabais que los zombis no hacíamos nada? Pues estabais equivocados. Los zombis estamos muertos, pero somos como vosotros, aunque con algunas cosas diferentes. Por ejemplo, en la forma de hablar. Para nosotros, decir “bendita sea” es como para vosotros decir “maldita sea” (que no sé porque lo decís así). Nosotros el maldecir a algo o alguien es como un halago. Por otra parte, para nosotros, las pesadillas son como los “sueños bonitos” para vosotros. Recuerdo haber tenido bastantes en mi época de vivo. No me explico cómo pude sobrevivir aquellas noches, la verdad... Ah, y por ultimo: a diferencia de vosotros, nosotros solo tenemos un medico, que creo que vosotros llamáis “dios”. Es muy amable, pero si le visitas mucho o le caes mal, te puede mandar al cielo. Dicen que es un sitio escalofriante…

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LA ENTREBESTIA ABSURDA: Daniel Gutiérrez Daniel Gutiérrez es miembro de NOCTE (Asociación española de escritores de terror), ESMATER (Escritores Madrileños de Terror), y EATER (Escritores Apocalípticos de Terror) Autor de “PESADILLAS DE SANGRE”, antología de terror, (Ed. Seleer, 2012) con relatos premiados en distintos certámenes de dicho género; “LA PROFECÍA DEL TEMPLARIO”, libro de aventuras medievales Best Seller en Amazon, “SOBRECARGA”, novela de ciencia ficción publicada bajo el seudónimo: D.G. Barlow; “NECROSIS”, segunda antología de relatos de terror; e “ISLA MUERTA”, una increíble aventura zombi en la isla de Tenerife. Sus relatos han sido publicados en diversas antologías, como por ejemplo: Historia se escribe con Z y Érase una veZ, de las cuales también es coordinador, (Ed. Kelonia, 2013), Historias del Dragón (Ed. Kelonia, 2013), II Antología apocalíptica de la Web del Terror (Descarga gratuita, 2013), I Concurso relatos de Terror de Todosleemos.com (Ed. Marlex, 2012), Los 200 de novela negra (Ed. Artegust, 2012), II Certamen de ciencia ficción de Zonaereader (Ed. Luarna, 2012), I Certamen de relato breve poemas a medida (Ed. Fundación Sophia, 2012), I certamen Blog Zombie (Próxima publicación), II premio ultratumba Javier Herce (Revista ultratumba, 2012), I Certamen de relato corto de terror de Zonaereader (Wolder Electronics, 2012), II Premio Algazara de Microrelatos, III Premio Algazara de Microrelatos y Festival Amigos para siempre (Ed. Hipalage, 2010/11). Así como en varios blogs y revistas digitales como: Ultratumba, Castilla y Dragón, Action Tales, Los Zombis no saben leer o Blog Zombi. Email: daniel.gutierrezpaches@gmail.com Blog: http://danielgutierrezautor.blogspot.com.es/

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01 - ¿Caminarías desnudo/a con un cartel por el centro de tu ciudad, por...? Por encontrarme con Samuel L. Jackson y que me dijera que qué coño hago con esa pinta en su barrio. 02 - ¿En qué no te fijas primero de otra persona? En los pies. Jamás los miro. Podría ir descalza toda la humanidad, no me enteraría. 03 - ¿Tras un cocido... silbas o toses? Tras un cocido, copita y mus. 04 - ¿Más vale vivir de rodillas que morir no editado? Hoy en en día puede editar quien quiera, existen plataformas que lo permiten y editoriales de co-edición y autoedición a las que recurrir si no quieres pasar por el tedioso filtro editorial. Es cierto que este tipo de edición no está bien visto por una parte de escritores y lectores, pero a mi me parece una forma más de darse a conocer, y por supuesto, estas modalidades no tienen porque restar calidad a la obra si en realidad te lo curras y ofreces un producto bien cuidado. 05 - Si en el país de los ciegos el tuerto es el Rey, en el país de los libros el Rey es... Stephen King, que además lo lleva en el apellido. 06 - ¿Timón o veleta? Timón, o al menos intentarlo. Veleta nunca.

07 - ¿Te gusta llegar y besar el santo? Prefiero llegar y dar la mano. 08 - ¿Cometerías una locura por una apuesta? Las cometo solo, no me hace falta apostar nada xD 09 - ¿Acción o reacción? Las dos, cada una cuando toca. 10 - ¿Qué tipo de Apocalipsis elegirías en caso de que se avecinara uno y pudieses escoger? Zombi, desde luego. ¿Quién no ha pensado nunca en situarse en una azotea con un fusil de francotirador, un gorro vaquero y un palillo en la boca mientras vuelas cráneos? 11 - ¿Escribes por impulso o pulsas lo que escribes? ¿Me puedes repetir la pregunta?

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12 - ¿Arte o Forrarte? Aquí solo se forran los chorizos, así que prefiero arte. 13 - ¿Reunión privada o hablar a gritos? Lo que sea, pero sin gritos. Me enerva la gente que habla a voces. 14 - ¿Qué te llevarías a un viaje a la Luna? Un Dvd con los mejores momentos de Sálvame Deluxe. Si hay vida inteligente que vean a lo que se enfrentarían en caso de querer invadirnos. Se acojonan fijo. 15 - ¿Perro verde o gato pardo? El elefante del rey. 16 - ¿En las pelis de terror te agarras o gritas? Me duermo. Salvo alguna honrosa excepción, no he visto una peli de terror decente desde El Exorcista. 17 - Dime con quién andas y te diré... Prefiero que no me digas nada. Ando con quien quiero. 18 - ¿Panavisión o sofá visión? Sofa visión. Uno se va haciendo mayor, y como en casa en ningún sitio. 19 - ¿Realista o malabarista? Diria que malabarista por intentar conjugar en todo lo que me meto, aunque a veces cueste muchas horas robadas a otras cosas. 20 - ¿Cruz al cuello o estrella en el cielo? Estrella en el cielo. No soy de cruces, ni al cuello ni en ningún sitio.

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Ilustración de: Laura López

EL 2º B NO EXISTE Por Daniel Aragonés Vacío como un nido abandonado, así me siento. Igual que una papelera repleta de basura inútil. Y encima soy ambarino leonado. Pero no sufráis, vivo en un entorno gracioso y volátil. Sobrevivo en el interior de un lienzo árido y grisáceo. Nadie se mueve, nadie parece existir. Siento la opresión del marco, escucho los gritos mudos de la soledad. Conecto. Suenan acordes tristes en mi interior, retumban solitarios. Es el sonido de la sinrazón, del desasosiego, de la inmundicia. Es la canción del desierto de telarañas. ¿Quién soy? Soy un bicho solitario, un espécimen desclasificado, una mancha dorada con muchas patas. Sí, soy lo que soy, y por eso no podéis verme. La locura golpea el portón de entrada, quiere pasar y acomodarse. La gota que colma adopta formas surrealistas, se manifiesta emocionalmente. Necesito estallar. Convertiré el cuadro del Grito en un leve soplido. En un torbellino pajizo y susurrado. Necesito salir del encuadre. Desaparecer. Saltar al otro lado. Explotar en mil metáforas. Una araña negra de goma me habla, y no para de hacerlo. Dice que el 2ºB no existe. Es mala época para las arañas negras de goma.

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Ilustración de: Carlos Rodón

TODO INCLUIDO, 1ª Parte Por Daniel Lanza Pasó poco tiempo desde que Johnny (el cabra para los amigos) se compró la moto hasta que tuvo su primera anécdota con ella. Aquel día el cielo estaba despejado. Una moto recorría una carretera que iba desde el centro de Chiclana hasta el Novo Sancti Petri, una urbanización situada en la playa . Era una scooter tuneada, una Yamaha Jog, que alcanzaba una velocidad mucho más alta que cualquier otra moto de mayor cilindrada. Johnny le había quitado los “topes”, la había transformado en un vehículo de carreras y, lo mas importante, en una excusa para la conducción temeraria. Teniendo en cuenta el rugido de aquella pequeña bestia, estoy seguro de que algún vecino del pueblo se acordó de la familia del cabra en el momento en el que pasó por delante de su vivienda. El largo tramo de carretera le proporcionaba el escenario ideal para poner a punto su pequeño vehículo, que parecía más un demonio de Tazmania que un diablo sobre ruedas. El viento fresquito rozó su cara. No había una gran cantidad de coches circulando por aquella carretera principal, solo los suficientes para que él pudiera adelantar con alguna que otra pirueta. Le que-

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daban dos rotondas para llegar a la playa. Iba tan rápido que pensó que si en algún momento se encontraba algún bache, conseguiría saltar tan alto como para volar. Llegó a la primera rotonda y se acordó de todo lo que había tenido que ahorrar para conseguir aquella preciosidad; la de veces que se había privado de una comida en la calle, unas nikes, alguna juerga por Cádiz, etc... Pero una moto suponía su libertad personal, le hacía sentir algo que no había experimentado hasta aquel mismo momento. Tenía el poder de ir a donde quisiera y cuando quisiera. Tuvo un presentimiento difícil de explicar y dejo de acelerar, soltando el puño, para no tener que frenar en seco una vez que se materializara su repentina preocupación. En la siguiente rotonda vio un coche parado. Junto a este había dos Guardia Civiles que estaban llevando a cabo un control. Uno de ellos, el mayor, tendría unos cincuenta años, portaba unas gafas de sol grandes y una barriga gorda. El otro era más joven, parecía recién salido de la academia, con sus correspondientes gestos torpes y una simpática actitud de despreocupación a la hora de tratar a los civiles. Sin embargo, era más atlético y disponía de un corte de pelo moderno. Portaba también unas gafas de aviador. Junto a ellos había dos chavales que se habían bajado de una moto, parecida incluso a la del cabra. El guardia civil apuntaba algo en una libreta, mientras los otros dos ponían cara de no creer los sucedido. Una reacción espontánea e imprevista se apoderó del cabra. El motivo que procuró aquella reacción fue sin duda la sensación de miedo, pues llevaba encima algo de hachís y una pequeña navaja para cortarlo. Además, no tenía la moto asegurada y no se había puesto el casco durante el poco tiempo que había circulado con ella. Tenía todas las papeletas para ganarse un premio que le costaría aquella preciada moto nueva. El puño le delató cuando llegó a la rotonda. El guardia se dio cuenta de que el Cabra no quería parar y se dirigió poco a poco hacía el centro de aquella rotonda en la que estaban haciendo el control. El policía novato ni se inmutó. El cabra esquivó al guardia civil y se metió por el lado contrario del carril de dentro de la rotonda, dando la vuelta en sentido contrario y juzgándose un accidente con algún cualquier vehículo que entrara por el otro extremo de la rotonda en ese mismo momento. Se salió con la suya, ya que el viejo policía no reaccionó a tiempo. Y para que no apuntaran su matrícula, estiró el pie derecho hacía atrás de una forma bastante aparatosa, a la vez que aceleraba la moto. Consiguió de de esa forma tapar la matrícula con la suela del zapato. Se dio cuenta también de que podrían avisar a algún coche patrulla de la zona. Así que serpenteó por caminos de albero, mucho más rurales y llenos de piedras y baches, desconocidos para cualquier policía destinado que se perdiera con facilidad entre calles sin nombre. Solo conocidas por los auctóctonos. Llegó sano y salvo a su trabajo en Novo Sancti Petri. Este era un complejo turístico que se encontraba en una de las playas más boni-

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tas de Cádiz, en un pueblo costero tan emblemático como Chiclana de la Frontera. Era una urbanización llena de hoteles, apartahoteles y apartamentos. Iniciada como un proyecto difícil de sustentar, creció en una época de grandes logros a nivel constructivo, político y especulativo. El Novo Sancti Petri se convirtió en un destino turístico de Golf a nivel nacional. Aunque los comienzos fueron duros durante la crisis de principio de los noventa, ya que sufrió una sacudida que hizo que la mayoría de las inversiones se paralizaran, gracias a un ejecutivo alemán, que se dedicó en cuerpo y alma promocionar la zona, mediante acuerdos con operadoras alemanas, retomó la curva de crecimiento hasta cotas que parecían imposibles. El Novo se convirtió en el destino ideal para la mayoría de los alemanes que viajaban a España. Todo iba bien, ya que cada verano venían más y más turistas. La gente del pueblo se vinculó a un futuro relacionado con este tipo de trabajos y negocios. Había comercios que funcionaban solo en la temporada que iba desde Marzo hasta octubre; heladerías, bares, restaurantes, tiendas de ropa de baño, et... Hubo gente que encontró una oportunidad para cambiar su vida,como el jefe del Cabra, Antonino, un ex-novillero que se metió a legionario, pero que después de unos años lo dejó todo para establecerse junto a una novia holandesa en Chiclana, con la intención de llevar una vida más tranquila. Antoñito empezó con una pequeña inversión, una tasca en la que ponía vino barato y en la que se podía escuchar flamenco. Después montó un kiosco con prensa y algún que otro souvenír para los turistas. El cabra entró a trabajar para él en el Souvenir como un favor hacía la prima segunda de Atoñito, Mari, la madre del cabra.. Pero llego el día en el que la gente que llegaba de vacaciones dejó de salir de estos, dejando nefastas consecuencias en el entorno local, en el comercio y el empleo de la zona. Todo empeoró, porque una nueva forma de pasar las vacaciones había llegado para instalarse en el Novo, masacrando cualquier alternativa posible típica de unas vacaciones veraniegas. Llegó el Todo incluido. Con el paso de los años se convirtió en un paisaje muy alejado de aquel prototipo establecido por la élite veraniega de golf y club. Las ofertas eran cada vez mas agresivas, y daban incluso la oportunidad de ir de vacaciones a gente que nunca había salido de su casa. Las ofertas de Todo incluido, en las que a uno le colocaban un pulsera con la que podría tener derecho a consumir lo que quisiera y cuando quisiera, dieron la oportunidad a todas aquellas personas cuyo único interés en unas vacaciones era el de comer, beber y dormir, pero de una forma totalmente salvaje. Las hamacas de las piscinas y las playas empezaron a amanecer llenas de vómitos, de gente que no conseguía controlar los excesos de la tarifa plana. Los hoteles redujeron la plantilla, porque se había aumentado la productividad-un mismo camarero ya podía atender la barra libre de cientos de personas-. Los gobernantes y jefes de departamento tenían que hacer recuento diario de todo lo estropeado en el hotel después del paso de la estampida, atender hojas de reclamaciones de gente que había tenido indigestiones. Se vivían escenas parecidas a las de una

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guerra, en la que la gente acudía a comer en los bufete como si fuera el rancho del ejercito, en fila, hambrientos y agresivos como malas bestias. Pero hambrientos de otra cosa estarían la mayoría de los turistas que en masa acudieron allí complejo la primera semana de Agosto. Aquel día en el que el Cabra estrenó la moto, un niño se adentro en el pinar que rodeaba el hotel la Atlántica. Era temprano, medio día todavía y sus padres estaban a unos metros, en la arenosa playa de enfrente del pinar, tomando el sol y poniéndose como cangrejos. El niño erar un pequeño alemán con gafas de sol de Bob Esponja. Tenía un bañador que le quedaba pequeño. Se adentró en la arboleda, hasta que llego a parar a una tubería que salía del hotel. Aquel saliente vertía agua de color verde, como si fuera un liquido radioactivo. El niño se paró y la miró, la pisó sin querer con sus pequeños pies, que portaban unas sandalias cangrejeras. El agua verdosa hizo contacto con su piel y él se fue corriendo ya que pensó que se había portado mal. No quería empeorarlo todo para que su padre no se enfadara más. Pero en cuestión de segundos un malestar, el peor que podría haber sufrido en su vida, se apoderó de él. Se le puso la cara blanca y posteriormente vomitó; el desayuno primero. También sangre... En cuestión de minutos sus ojos se volvieron blancos y, lo su velocidad disminuyó, ya no corría. Comenzó la marcha; lento con los brazos en alto. Emitía un sonido de queja, un murmullo capaz de introducirse en las entrañas a a través de los mismísimos oídos. Se había convertido en un zombi. Y le supuso bastante tiempo el llegar a la sombrilla en la que se encontraban cómodamente sus padres tumbados, tomando el sol, poniéndose como cangrejos. Y como protagonista de esta masacre zombi tan peculiar, tenemos también a Núria. Ella trabajaba como peluquera en un barrio de Madrid. A Nuria le gustaba probar cualquier peinado moderno que hacía a sus clientas. Además, tenía un piercing en la boca, labio inferior, que la hacía muy morbosa. Llevaba dos años viviendo con su novio Tony, que trabajaba como fontanero. Tenían un piso alquilado y eran relativamente felices. Ella, en concreto, era feliz cuando su novio no le pegaba. La primera vez fue después haber celebrado la comida de empresa. Había estado todo el día en la calle y parte de la noche. Cuando llegó a la casa, Nuri se dió cuenta de que apestaba mucho a alcohol en el momento en el que el le quiso dar un beso improvisado. Le dijo algo, cualquier tontería sin importancia y él le dió unas cuentas bofetadas en la cara. Le dio tantas que en una de ellas le quitó el piercing, y aquello le dolió más en su alma que a nivel físico-El dolor físico de una bofetada pasa, se cura, se hace efímero en el momento en el que desaparece. Pero el que se crea en el fondo del corazón se expande hasta límites insospechados-. En realidad, tendría que haber acabado todo ahí. Pero aquella situación la cambió para mal. Se debilitó y aisló de sus amigas. Creyó que aquello era amor y ella misma pasó por encima de su propia conciencia. No hubo ni una muestra de disculpa de él y ni una sola mota de rencor por parte de ella. El

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se levantó con resaca al día siguiente y se acercó a ella por detrás mientras cocinaba y le dijo que la quería. Le dijo también que aquello no volvería a pasar. Pensaron que unas vacaciones en Novo SanctiPetri calmarían todo. Corrieron el tupído velo de la ignorancia. El día que el cabra estrenó su moto, y que coincidió con el ataque zombi, abrió su kiosco como de costumbre. Dentro de este vendía toda clase de artículos de regalo y playa; cerámicas de recuerdo, bronceadores, flotadores, cubos de playa, etc... Aquella era la época mas fuerte de trabajo, de unas nueve horas diarias, seis días a la semana. Se preveía una llegada de mas de dos mil turistas diferentes para la primera quincena de Agosto. Todos hambrientos de buffet y , lo peor de todo, dispuestos a quemarse como cangrejos en pleno apogeo veraniego. Pero al cabra le extrañó la ausencia de gente. Por los pasillos del centro comercial había clientes circulando, aunque menos de los que estaban a acostumbrados a ver por allí. Y se llevó las primeras dos horas de la mañana hablando con el camarero del bar de enfrente del Kiosco, que no paraba de inventar motivos por los que la gente se podría haber quedado en los hoteles ; que si el viento de levante, que si habría un concurso de algo, que si no habían llegado tantos clientes como nos dijeron en un principio, etc..Sonó la sirena de una ambulancia. El cabrá se unió a algunos trabajadores que se dirigieron a la entrada del centro comercial para ver que pasaba. Aquel ruido procedía de una ambulancia que iba acompañada de dos Patrol de la Guardia Civil. Los coches se dirigían a toda pastilla hacía el hotel La Atlántica, que estaba situado a unos cien metros del centro comercial. El cabra y otros espectadores espontáneos se quedaron parados en medio de la calle que pasaba por delante de la entrada del Centro Comercial, y una gran cantidad de coches se amontonaron en fila india. Algunos conductores, que se encontraban en la parte de atrás de la fila, comenzaron a tocar el claxon. En el principio de aquel atasco se encontraba el coche en el que iban Tony y Nuria. Él abrió la ventana y emitió un grito que iba dirigido al cabra. - Te quieres quitar de ahí coño ¿No ves que estas estorbando? - Tranquilo, no te alteres Tony.- Le dijo Nuria desde el asiento de copiloto. - ¡Cállate estúpida!- contestó en tono seco y mirando fijamente al Cabra. Tony avanzó un poco más con el coche con la intención de amenazar a la gran cantidad de peatones que se encontraban en medio de la calle. El cabra se percató de aquel gesto intimidador y, como si el asunto no fuera con él, sacó un pitillo y se lo encendió tranquilamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. El coche se paró a la altura de aquel chaval con cara de pocos amigos. Tony terminó de bajar la ventanilla, sintió impotencia y una necesidad infatigable de demostrarle que el era el que mandaba. - A ver si tenemos un poco de cuidado, que no se puede bloquear el

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paso de esa manera. . ¿Tu ves esas líneas blancas por las que yo he pasado cuando he cruzado? Eso se llama paso de peatones- Dijo el cabra a la vez que le daba una calada a su cigarro. - A mí tú no te me pongas chulo, a ver si te vas a llevar una ostia... - ¿Tu y quien mas? -Me cago en… – Dijo el maltratador, cuya reacción le empujó a salir del coche. Y esta se vió truncada por el fuerte pitido que provenía de un coche de la Guardia civil que estaba detrás del suyo. Los guardia civiles le hacían señales con las manos desde el coche para que Tony avanzara. Esto último lo amansó, ya que también se había despejado la calle. El cabra, que permanecía como una estatua en la cera fumando su pitillo, le escuchó susurrar algo: - Ya te cogeré. - ¡Venga! si no sabes donde estoy, trabajo en este centro comercial en la tienda “El kiosquito”...¡Gilipollas!- Dijo el Cabra señalando el centro comercial al mismo tiempo que Tony se alejaba en su cocheAcuérdate tío, El kiosquito, allí estaréAquel acontecimiento tuvo serias consecuencias para Nuria, ya que tuvo que aguantar a Tony durante toda la tarde. Aquel chaval atrevido le dio su merecido a su novio. Ella siempre pensó que el día que se topara con algún personaje igual que el, tendrían problemas, Y no se equivocó. Sin embargo, a Nuria le intrigó la serenidad con la que aquel cani manejaba la situación. Pero se sintió culpable por pensar en él y se concentró en lo que tenían que hacer.. Encontraron el Hotel “La Atlántica”, uno de los más antiguos del complejo turístico. Pensó que con suerte todo se olvidaría en pocas horas. Quizás cuando Tony se tomara la primera copa. - En cuanto me sitúe y deje las maletas en el hotel, voy a pillar un ciego increíble.- A Nuria, que estaba incluso contenta, se le cambió la cara por completo. Ya en el Hotel, la recepcionista les informó de la situación de las habitaciones y de la oferta de actividades que tenían disponibles en aquellos días de vacaciones. Entre ellas, una fiesta de presentación de un Disco , a la que vendría un Dj de la zona, Dj Destroyer. Esto le gustó especialmente a Tony, que tenía afición por la música tecno y dance. Nuria preguntó por los coches de policía que habían llegado a la vez de ellos y la azafata dijo que rea un altercado que había ocurrido en la playa, en la misma orilla. Dijo que era algo relacionado con un niño que se había ahogado. Cuando llegaron a la habitación, dejaron las maletas y decidieron ir a un bar que había en el centro comercial a unos metros del hotel. Esto le extraño a Nuria, ya que tenían pulseras de Todo Incluido. Pero Tony le dijo que una ronda de bebidas en el Todo Incluido no sería suficiente para su reonciliación. Por supuesto, ella sabía que quería volver al centro comercial a buscar a aquel chico que había tenido el encontronazo con él. Y

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ella Sintió que tenía también la necesidad de saber algo más sobre él. Tenía interés por aquel chaval tan seguro de si mismo, al que no le importaba quien ni qué le dijeran. A pesar de que había entrado a trabajar en la época mas fuerte, el cabra nunca se habría imaginando que estaría tan ocupado durante tanto tiempo. Se había ganado el respeto de Antonio y, además, le gustaba aquel nuevo trabajo. El pequeño altercado que tuvo en el paso de peatones de la avenida principal, no le supuso mucha molestia. Aunque si que le dejó un mal sabor de boca, que difícilmente se le podría quitar a lo largo del día. Faltaba poco para cerrar. El cabra llamó telefoneó a su jefe Antonio, que estaba en el bar, su negocio principal. Encontró el numero en una pequeña libreta de cuadros en la que tenían apuntados la mayoría de los números de teléfono de importancia. - ¿Antonio? - Dime Cabra. - Ya voy a cerrar, que hago con el dinero. - Tráelo al bar. Te voy a invitar a algo. - Vale. Colgó el teléfono. En realidad no tenía ganas de estar mas tiempo por allí. Quería llegar a su casa, quitarse los zapatos, ducharse y tumbarse en la cama. Estaba cansado. Y su nueva vida con un trabajo normal le reportaba algo más de tranquilidad. Metió todos los expositores de la tienda que estaban en el porche dentro. Una de las bombillas del cartel luminoso emitió un destello. Se apagó como el sol de aquel caluroso día de verano. Cerró todo con llave. Se encargó de recordar paso por paso todo lo que le había dicho su jefe, ya que no quería cagarla. En el fondo, existía algo que le distraía de aquella monótona actividad. Pensó en aquella chica, en la novia del capullo que lo increpó. Sabia que ella no era para nada igual. Su cara, sus ojos eran inocentes. Era guapa y tenía los ojos claros, una como las que a él le gustaban. Quería saber más sobre ella. Antes de entrar en el bar de Antonio, el Cabra se encendió un pitillo. Además, llamó a su madre para decirle que no llegaría a casa para cenar. Pensó que era importante: - Hola mamá. - Dime. - Que no creo que llegue a cenar, el jefe me ha invitado a algo antes de irme para casa. - Muy bien, saca la basura cuando llegues, yo voy a lavar a tu padre y después me acuesto yo. - Venga, adiós. - Adiós. Ten cuidado hijo. Colgó el teléfono a su madre. El Cabra tenía una relación con su madre muy sana, dentro de lo que cabía, sana. Con el paso del tiempo se distanció de su casa, dejando a su madre con una sobrecarga grande, ya que su padre estaba enfermo. Entró en el bar de Antoñito, que se llamaba “El hispano”. El nombre

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hacía referencia a una de las películas que más le gustaba a Antonio, Gladiador. En el bar tenía toda clase de fotos de toros y toreros colgadas. Antoñito fue antes de legionario novillero. Con el paso de los años, su mente tendió hacía el lado más, por así decirlo, conservador. En el fondo era un bastante facha, un tipo tradicional con las ideas muy claras. Decía no querer maricones cerca de su vida. Y tenía la idea en su mente de que tenían que echar del país a los chinos a tiros, igual que a los negros y demás inmigrantes que el mismo creía que se quedarían con el control de todo en el futuro. -Hola Cabra, pasa, pasa. Mira, te presento a Fabiano. Es un amigo que tiene un chiringuito en la playa, es portugués. Yo le he dicho que no traiga nada, pero el se ha empeñado en traernos una botella de un licor de su pueblo. Toma un chupito. -Ola amigo ¿Você é um bom empregador? - Antonio, este tío que dice- dijo Johnny a la vez que se bebía el chupíto. - Nada, nada. Tu sigue bebiendo. El no habla español, pero nos entendemos. La velada transcurrió entre risas y copas. Lo mejor después de un largo día de trabajo. Le gustaba ese ambiente. Se sentía orgulloso de hacer algo útil y de haber conocido a aquella gente. Sobre todo a su jefe, un hombre que había hecho a sí mismo. Aunque pensaba que era bastante cazurro, le tenía respeto. Salió de aquel bar a las dos de la mañana. Iba bastante mareado, ya que aquellos juerguistas maduros le habían servido grandes cantidades de alcohol de alta graduación. Quizás era de las pocas veces que Johnny se había puesto de aquella manera. Tenía su moto, la que le ayudaba a escapar de grandes emboscadas policiales en la parte de atrás de aquel centro comercial, en un parking. Salió por uno de los pasillos del centro comercial.Estos estaban unidos por arcos, y conformaban galerías, con tiendas a cada lado del pasillo, que tenían diferentes salidas, o simplemente patios, que estaban rodeados de plantas y diferentes jardines con flores y plantas decorativas. Estaba todo cerrado y el parking solitario. Normalmente no pensaba en nada, era lo que tenía ser diferente. Cuando andaba solo por la calle, de madrugada, solía disfrutar de aquella soledad. Las farolas parecían tener vida. En aquel momento en el que estaba absorto en sus pensamientos, escuchó un murmullo. Venía de un pasillo que daba a la parte de atrás de un bar de copas. Conforme se fue acercando, pudo distinguir un quejido, un pequeño llanto, débil como un goteo. Se acercó intrigado, pues no sabía si aquel llanto era un producto de su imaginación. Desde le entrada del pasillo vio dos sombras, había una pareja hablando, uno en frente del otro. No pudo evitar mirarlos, ya que ella estaba llorando. En ese momento la escuchó perfectamente. Aquella chavala lo estaba pasando mal. Lo que pasó a continuación, le recordó

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a momentos y capítulos de su vida pasada, algunos de ellos escondidos en lo más recóndito de su memoria.Aquel tipo le pegó un puñetazo en la cara a la chica. Y Johnny no se pudo resistir, ya que después del puñetazo vino una patada. Salió corriendo hacía él y le gritó. Quería hacer algo. - ¡ Hijo de puta!- gritó a la vez que iba hacía él. Enseguida lo reconoció, aquel tío era el que le había estado insultando por la mañana. Lo peor fue que Tony también reconoció al cabra. Cuando el cabra lo cogió por el brazo para que parara ,Tony lo empujó hacía la pared. Aquel tipo tenía una fuerza bestial,le sacaba un par de cabezas. El hecho de que reconociera también al cabra, no hizo más que empeorar las cosas... Lo tiró al suelo y empezó a pegarle patadas en la barriga. El encuentro lo motivó de la manera más macabra posible. - ¿Hijo de puta?- dijo- la única puta aquí eres tú- seguía hablando entrecortado a la vez que le embestía unos enormes golpes en la barriga del cabra. De pronto, un gran estruendo sonó en medio de aquella pelea totalmente desproporcionada. El rugido vino de uno de los contenedores metálicos de basura, que la mayoría de los bares utilizaban para verter residuos. En uno de ellos, que estaba en la entrada de aquel callejón, estaba de pié Antonio, que por casualidad había ido a darle al cabra una gorra que se había dejado en el bar. El estruendo venía de un trozo de madera de un palet con el que Antoñito había golpeado el contenedor. - ¡Me cago en los muertos!- que pasa aquí- dijo alterado Tony paró en ese momento, y atónito atendió aquel a aquel espectáculo totalmente surrealistas, pues Antonio sacó una agresividad verbal que despertó a todo el vecindario. El panorama era dantésco; Nuria estaba tendida en la pared llorando, pidiendo que dejara de golpear al cabra y Tony no paraba de darle paradas a este, que se encontraba totalmente indefenso.  Tu no te metas abuelo, que te vas a llevar también. Antoñito dio más y más golpes en el contenedor. Algunas luces de apartamentos se encendieron y una ingente cantidad de vencinos advirtió que llamarían a la policía si seguían así. Debido a uno de aquellos golpes, salió volando un trozo de madera que estaba cerca de la basura y dio con un coche de gama alta. Esto provocó que sonara la alarma de este más intensamente que los palazos de Antoñito en el contenedor. Aquello se convirtió en una orgía de sonidos parecidos a los de una gran tormenta de invierno. Y lo peor fue que, sin saberlo ellos, estaban llamando a una horda de zombis que había sido previamente convertida en al hotel La Atlántica. Aquellos zombis putrefactos avanzaban lentos hacia la entrada del centro comercial. - ¡ Estoy loco!- gritó Antoñito a la vez que golpeaba todo- ¡Como no te vayas, voy desahogarme hasta que me quede tranquilo y van a salir cadáveres de este callejón!- ! Que alguien llame a la policía!- gritaba mientras mantenía el palo en alto- Llamad a la policía o mato a

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alguien- chillaba aquel loco desbocado, con los ojos a punto de salir de sus órbitas. En ese momento el cabra ya estaba levantado. Se había recuperado algo. - Capullo- le dijo a Tony mientras se incorporaba. Tony se giró, pues había estado distraído con el discurso de aquel Antonio agresivo. En ese momento, el cabra le pegó en los huevos, quizás la patada más grande que podía haberle dado. Tony se agachó, pues sintió un dolor insoportable con aquel golpe bajo. El cabrá aprovechó el momento de debilidad para coger impulso, pues Tony tenía la espada agachada, y se abalanzó sobre su espalda con los dos brazos. Le dió con la fuerza de un martillo y lo tiró al suelo. - A mi- decía mientras le daba una patada- nadie- decía mientras le zumbaba otra vez- me llama enano. Se aseguró de dejar medio inconsciente a aquel agresivo maltratador. Con una y otra patada. Pero Nuria se avalanzó sobre el Cabra con la intención de pararlo. - ¡Déjalo, que me lo matas!- Gritó Nuria desesperada. Johnny la miró. Fue en ese momento cuando despertó de una pesadilla en la que había volcado su agresividad. Como si de un angustioso sueño se tratara, descargó toda su energía en aquel energúmeno, que había tomado la equivocada decisión de joderle en un momento poco oportuno. - Vayámonos Cabra- dijo Antonio. El cabra le dio la mano a Nuria que ese momento estaba agachada junto a su hombre. Ella lo miró y le indicó que no con su cabeza, mediante un gesto negativo y seco. Aunque el no pudo entenderlo, se fue sin mirar atrás. Sintió la necesidad de olvidarlo todo con un suspiro. Se había arriesgado por aquella chica, que estaba ciega de un amor irracional hacía un maltratador. - Vamos, te voy a curar esas heridas y vamos a llamar a la policíapronunció Antoñito muy seguro- en el bar tengo un botiquín. Aunque Tony no le había golpeado extremadamente fuerte en la cabeza al cabra, si que tenía algún corte, provocado por diferentes roces. Aun así, no requerían puntos. De camino al bar, se pararon en una esquina, en la puerta de uno de los pasillos de salida del centro comercial. Era tarde, todo estaba oscuro. Se sentía un poco mareado. - Párate un momento Antonio, estoy mareado. Sintió que todo a su alrededor se movía. Pero en ese momento escuchó un murmullo que venía de cerca. Una sombra se acercaba lentamente, tambaleándose, como si se tratase de un enfermo. Aquella cosa, no tenía rostro, la oscuridad lo tapaba. Antonio pegó un salto del susto. - Joder que susto ¡coño! El cabra miró, pero no pudo ver mas allá de una imagen turbia compuesta por una figura humana que se acercaba lentamente murmullando. Emitía sonidos indescifrables, quejas de enfermo. - Quien anda ahí- dijo Antoñito. Tanto Antoñito como el cabra estaban sorprendidos, ya que aquella extraña figura no se pronunciaba. Fue en ese momento cuando se acerco

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más, a un par de metros, y los dos testigos pudieron ver la cara de aquel humanoide sin forma. - Fabiano coño, que susto me has dado- Gritó Antoñito. Era Fabiano, aquel pintoresco portugués, que Antonio dejó en el bar cuando fue a acercar la gorra a el Cabra. Tenía la cara blanca y los síntomas de un gran malestar, que pertenecían a los efectos de una gran borrachera. - ¡Amigos! é isso, estou um pouco tonto- dijo borracho como una cuba. - Tonto te vas a quedar como sigas bebiendo- le dijo Antonio enfadado por la pesadez de las circunstancias- Vámonos, que creo que tengo algo bueno para los dos en el bar. Antonio dio los primeros pasos. Pero al ver que tanto Fabiano como el Cabra, no podían moverse de lo borracho que estaba uno y lo conmocionado por la pelea que estaba el otro, dejó que se apollára cada uno de ellos en un lado y los impulsó. Los tres marcharon agarrados hacía el bar de Antoñito, como buenos compañeros de batalla. Pero no avanzaron ni cinco pasos por aquel pasillo principal del centro comercial cuando vieron algo que les dejó petrificados: Cientos de sombras se amontonaban en los pasillos del centro comercial, que se veía desbordado, como si fuera uno de los mejores días de verano. Aún quedaban algunas luces encendidas que iluminaban las caras podrías de aquellos seres que anteriormente habían sido humanos. Algunos iban en bañador, otros vestidos con pantalón corto. Se podía distinguir también lo que por la mañana habían sido mujeres con bikini y pareo, algunas incluso eran más guapas que en su vida anterior como humanas. Las caras de aquellas criaturas se estaban descomponiendo. Todos, muy lentamente, ejecutaban movimientos que se les habían quedado programados en la mente, justo antes de morir. Incluso estaba el chaval de mantenimiento,al que Antoñito ya conocía, y que acababa de transformarse en zombi. El chico subía y bajaba, una y otra vez, una escalera de mano. Algunos zombis indagaban y husmeaban por cada rincón del centro comercial. Seguramente tendrían hambre de algo, quizás de carne humana. Los zombies habían emprendido una caminata hacía el centro comercial que había durado desde por la mañana. Habían infectado y comido a su paso. El hotel La Atlántica, en el que se habían alojado Nuria y Tony había quedado debastado. Aquellos zombis habían arrasado a cientos de turístas indefensos y, el complejo turístico se había convertido en un pequeño infierno. Atoñito, que llevaba en ese momento sobre sus hombros el peso del Cabra y Fabiano, tardó algo en salir de un estado de parálisis provocado por aquella visión apocalíptica. Después intentó despertar a sus compañeros borrachos. Se acercó a una pared y los apoyó en ella. Y les pegó bojetas a uno y otro para que se despertaran. -Cabra despierta. Esto está lleno de zombis tío. Tenemos que salir de aquí. Fabiano se tambaleó y comenzó a llamar a uno de los zombis. Le ha-

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blaba en portugués. El zombí miró hacía ellos y comenzó a andar con los brazos en alto. Se tambaleaban. El cabra se espabiló y vio a Antoñito delante de él y a Fabiano emprendiendo una charla con un zombi que en poco tiempo le comería vivo. -¿Que le pasa a esa gente Antoñito?- dijo el cabra asustado. - Son zombis y vienen a comernos.- el rosto de Antoñito se hizo duro y sombrio. Su gesto mientras miraba al cabra dio a su segunda declaración- Deja que se distraigan con Fabiano mientras nosotros aprovechamos para escaparnos.

LA RESEÑA por Juan Miguel Fernández

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Voraz ha sido, sin duda, una de las novelas más crueles que he leído del género. Fermín Moreno recrea un universo donde el instinto primario gobierna las mentes de los seres humanos y de las nuevas especies que irán proliferando sobre la faz de ese mundo imaginado. Da la impresión de que su autor ha hecho un ejercicio de imaginación importante, al tratar de visionar una realidad más cercana al instinto que a lo humano. Poco a poco, va desgajando la mente de los personajes que pueblan su obra hasta dejarlas desnudas de todo sentimiento, conservando tan solo el puro instinto de supervivencia, esa especie de memoria ROM que dicta las instrucciones básicas de todo animal. En Voraz, no hay cabida para los clásicos héroes virtuosos que abundan en el género fantástico, apenas hay un pequeño rincón donde la ternura o la filantropía propia de algunos humanos puedan refugiarse durante algunas páginas. El hambre y otras necesidades primordiales, como las de la procreación con fines absolutamente expansionistas, o de perpetuar cada especie, son las pulsiones básicas que dictan las normas. La novela se divide en cuatro actos, cada uno de ellos enmarcado en una época distinta desde el importante acontecimiento que significará el punto de inflexión para la especie humana. Ese momento crítico está marcado con fuego sobre el calendario de la historia a raíz de un acontecimiento espeluznante. Los muertos parecen resistirse a dar con sus huesos maltrechos en las poco acogedoras estrecheces de las tumbas que significaran un punto final para aquellas vidas terrenas, que otrora animaran sus caparazones orgánicos. Pero ahora, aun a pesar de que, aparentemente, ya no hay signos vitales dotando de energía sus cuerpos, recorren todavía las calles en busca de alimento que llevarse a las bocas. Aunque, tal vez no signifiquen meras turbas de muertos andantes lo que puebla las calles de las ciudades. Quizás la evolución esté jugando con nuevas fórmulas un tanto terroríficas y lo que algunos piensan que son cadáveres reanimados, no sea sino una nueva especie que busca destronar al propio homo sapiens. La acción comienza ya desde un momento avanzado de esa nueva realidad que ha tenido a bien perfilar la propia evolución, ya que desde el primer capítulo la historia nos cuenta los avatares propios de una sociedad que se está adaptando a la ardua convivencia con ese nuevo vecino que le ha tocado. A través de diversos personajes iremos adentrándonos en esa nueva realidad y conoceremos, entre otras cosas, los avances de un científico y sus ayudantes que, cual dioses alocados, esculpirán algo que acarreará en el futuro nuevas madejas genéticas bastante desagradables de ver a través de nuestra humanizada perspectiva. Conforme vayamos avanzado en el progreso de esos cuatro actos que conforman la novela, iremos conociendo las distintas etapas de una evolución que ha dado un giro importante. Siempre y cuando lo veamos con nuestra mente racional contemporánea, claro. Habrá nuevas formas de vida, nuevos intereses en juego sobre la faz de la tierra y buen puñado de nuevas especies poblando los rincones del planeta, al mismo

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tiempo que otras irán declinando hasta la extinción. También el clima sufrirá drásticas transmutaciones e incluso seremos testigos de una doctrina ligeramente novedosa que ha sido el fruto, como tantas otras veces, de las interpretaciones curiosas que da el ser humano a cosas que desconoce y al sincretismo propio de esa frustración que nos pide nuevas respuestas a viejas preguntas. Una novela entretenida y bien escrita. Siempre y cuando uno se acerque a ella a sabiendas de que encontrará escenas verdaderamente crudas, podrá resultar una lectura interesante. El autor se vale de distintos registros a lo largo de la misma, utilizando con acierto una narrativa diferente en cada momento, según las necesidades de la obra. Cabe mencionar la buena mano de Fermín a la hora de explicarnos determinadas circunstancias muy ligadas al mundo de la genética, aportando explicaciones a algunas cosas y dotando de realidad hechos que, de otra forma, hubieran quedado enmarcados en el terreno de lo puramente fantástico. Todo hay que decirlo, desde el principio me pareció quizás un tanto excesiva la cantidad de escenas de sexo explícito y sus escabrosos detalles. Pero al mismo tiempo comprendí que esto no era algo fútil ni casual en absoluto. No era recrearse porque sí en ello. Si un autor nos quiere contar una realidad tan visceral, intentar que veamos el mundo bajo una perspectiva más animal y dejar a un lado la humanidad propia de nuestra especie, es necesario retirar esa corteza que nos hemos ido formando a lo largo de los siglos sobre nuestras bases más primarias. Los fluidos corporales tienen en esta obra, por tanto, un papel fundamental, y es como si se entregaran a una alocada danza de intercambios genéticos sin fin. Ya como anécdota sin importancia, y es que no puedo terminar esta reseña sin mencionarlo, sólo añadir que me hizo una extraña ilusión “ver” cómo uno de esos seres renqueantes llevaba puesta una camiseta con el logo de uno de mis grupos musicales favoritos. Bon appetit.

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Ilustración de: Carlos Rodón

SIN DEDOS Por Daniel Aragonés Me estaba tomando una copa de bourbon con hielo en vaso ancho. Recuerdo bien aquel antro poco iluminado. Sonaba buena música, olía bien. Frente a mi mesa había cuatro tipos jugando una partida de póker. Contando al camarero éramos seis personas, cinco hombres y una mujer. Ella ocupaba una banqueta en el rincón de la barra. Comía pepinillos gigantes y bebía Martini con limón. Ellos tomaban todos lo mismo, whisky solo sin hielo. Era una situación frívola, ¿qué hacía yo en aquel lugar perdido? Nada, no hacía nada. Pero la vida debía continuar, y mi sino era perderme, desaparecer. Beber en soledad escondido en rincones de mala muerte era algo más que una afición. Y allí estaba, en un lugar desconocido rodeado de personas extrañas. Bebiendo sin especular. Algo por dentro me obligaba a mirar a la dama de la barra. Llevaba un espectacular vestido rojo. El escote era una delicia, una tortura visual, un querer y no poder. Se trataba de un auténtico bombón, y no parecía joven. Su rostro era frío; lucía una mirada penetrante y vacía. Ella no dejaba de mirar a los tipos, y ellos gritaban como si ella no existiese, se enojaban los unos con los otros mientras daban manotazos a la mesa. Al camarero no parecía importarle el alboroto,

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es más, a eso de las doce echó el cierre a la mitad y se puso a barrer el interior de la barra. Ella pidió otro Martini, y cuando se acabó mi copa, llamó la atención del camarero y me invitó amigablemente a otra ronda. No pensé en sexo, me tomé aquello de otra manera. Al recibir la copa ella me guiñó un ojo y lanzó un sensual beso dirigido a mi persona. Sonreí sin querer, igual que un niño inocente en una película muda. Ellos seguían ausentes, en otro plano. Pasaron los minutos. El camarero limpió todas las mesas libres y colocó las sillas encima. Barrió el antro y volvió tras la barra. Solo atendía la mesa de los jugadores, nada más. La cantidad de dinero que había sobre la mesa de los tipos era descomunal, pero mi atención seguía clavada en la figura de la dama del vestido rojo. Ella llevaba unos guantes de tela negra muy elegantes, y un pequeño bolso de cuero negro. Sus zapatos también eran negros, al igual que las medias y el pelo. Poco a poco se despojó de uno de los guantes, el de la mano derecha. Observé que le faltaban dos dedos, el meñique y el anular. Introdujo su mano izquierda en el bolso y sacó un pañuelo de seda roja. Me miró fugazmente y se cambió el pañuelo de mano. Lo agarró sutilmente con la punta de sus tres solitarios dedos. Se puso en pie y me susurró algo imposible de escuchar desde la distancia. Volvió a meter la mano izquierda en el bolso y sacó un gigantesco revolver. Se giró hacia la barra y, sin dilación o temblor, le voló la cabeza al camarero. El ruido fue ensordecedor. Los tipos frenaron los gritos e intentaron reaccionar, pero fue inútil. Los dos primeros cayeron sin darse cuenta de nada. Estaban de espaldas. Al primero le atravesó el cuello, el balazo le entró por la nuca y abandonó su cuerpo por la tráquea. El segundo murió con el corazón traspasado, el disparo entró por la espalda y salió por el pecho. Se desplomaron prácticamente a la vez, fue algo rápido, vil, frío, calculado y sangriento. El tercero intentó huir. El proyectil impactó en su sien. Murió en el acto. El miedo se apoderó de mí completamente, fui su presa fácil. Me quedé inmóvil mirando la escena, embobado. Ella caminó lentamente hacia el último tipo. Lanzó el pañuelo sobre la mesa y realizó dos disparos certeros y resueltos. Uno en cada ojo de la víctima. Acto seguido, puso el arma sobre el pañuelo, volvió a la barra, se bebió la copa de un trago y desapareció para siempre. La quietud de la última víctima se mantuvo en el ambiente. Respiré profundamente y bebí. Terminé la copa. Pensé en ella. En lo que acababa de ver. No pestañeé. No busqué un final feliz. Levanté el culo de la silla y me largué de allí con el vaso en la mano. Eso es todo lo que puedo decir de aquella noche. No llamé a la policía. Me fui a casa y dormí hasta el día siguiente.

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Ilustración de: Daniel Medina

EL FRIO VIENTO DEL INVIERNO Por Sergio Pérez-Corvo Sven echó más leña al fuego mientras en silencio observaba a los hombres que lo rodeaban. Si no conseguían calentarse, dudaba que algunos de ellos pudieran sobrevivir una noche más. Orlyg apenas podía respirar. El mismo se sentía entumecido y abotargado. Los dedos de sus pies habían comenzado a ennegrecerse un par de días antes. Temblaba sólo con pensar en lo que tendría que hacer si continuaban oscureciéndose. Aquel frio antinatural estaba matándolos. El frio y la maldición que el viejo salvaje había lanzado contra ellos. Eso era lo que pensaba, por mucho que Thorvald se empeñase en negarlo. En el exterior, los lobos seguían aullando como cada noche desde que todo había empezado, pero el escaldo tenía una cosa clara, quien quiera que los estuviera acechando no era un animal. Al principio, cuando encontraron el cuerpo roto de Asvald en el exterior del gran salón, pensaron que los lobos habían acabado con él. Su cadáver estaba lleno de mordiscos y desgarros. Que las alimañas atacasen a un hombre sólo no era algo tan extraño. Cuando a la mañana siguiente cayó Geirstein, abierto en canal y ahorcado con sus propios intestinos de un árbol,

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las dudas quedaron despejadas. Habían sido los skraelings. Era lo más lógico. Sven y sus hermanos habían destruido su poblado. Ahora os salvajes estaban vengándose. Cerró los ojos e intentó dormir, pero el aire dentro del gran salón era tan gélido que el simple hecho de respirar dolía. Los skraelings. Maldijo entre dientes y escupió a las llamas. Daría el brazo derecho por poder matarlos a todos, aquí y ahora. Sin embargo, todo esto es culpa nuestra. Ellos vivían aquí mucho antes de que llegáramos. Nos recibieron en paz, ¿y qué fue lo que hicimos? Masacrarlos. Hasta el último de ellos. El escaldo miró las volutas de humo de aquel fuego que ya comenzaba a extinguirse y se esforzó en rememorar cómo las cosas habían llegado a torcerse tanto. Aquel era su trabajo, recordar. Todo había comenzado con Thorvald, y con su enloquecido sueño. Las cosas iban mal en el hogar, la Tierra Verde no lo era tanto como les habían prometido. Apenas tenían madera, la caza escaseaba y eran incapaces de encontrar más hierro en sus minas ya estériles. Por mucho que les disgustase, si las cosas continuaban así, el clan de Erik el Rojo tendría que buscar otro lugar para vivir. Pero para los hijos del jefe aquello no suponía un problema. Aquellos locos compartían los delirios de su anciano padre, que no había mostrado temor alguno en explorar las tierras remotas cuando fue exiliado de Rogaland durante su juventud. Así que Leif se había lanzado al mar con un puñado de hombres, rumbo a más allá de todo lo conocido hasta entonces. Volvieron con relatos de un lugar lleno de maravillas, una tierra en la que fluía el vino, Vinland. Sin embargo, eran pocos los que querían abandonar la seguridad del hogar. El escaldo de Leif les había contado historias sobre los nativos, unas gentes bajas y de pieles rojizas, los skraelings, y de los combates que habían librado contra ellos durante la ocupación de las tierras. Aquel era un lugar fértil pero peligroso. Los hombres que vivían allí tenían que luchar día a día contra la propia naturaleza y contra aquellas alimañas rojizas cuyo único anhelo era expulsar a los invasores. Así pues, la ciudad que habían fundado en aquellas tierras lejanas, Liefbundir, quedó abandonada. Los años pasaron y el hambre se acrecentó en las Tierra Verde. Entonces Thorvald eligió a sus mejores hombres y cargó un gran Knörr con todos los víveres que pudo conseguir, dispuesto a recuperar Vinland. Y hacía allí habían partido. Sven se puso en pie y su espalda crujió como huesos viejos astillándose sobre el polvo. Podía escuchar el rugido del viento en el exterior. Una tierra de sol, una tierra donde fluía el vino. Una helada mierda de buey es lo que habían encontrado. Escupió una vez más al fuego, maldiciendo su mala suerte. Sabía que ya sería incapaz de volver a dormirse, así que se arrebujó en las mantas raídas que lo envolvían y se dispuso a salir al exterior. Haki montaba guardia junto a la puerta. Al menos podría hablar con alguien y gastar aquellas malditas horas nocturnas en algo hasta que amaneciese, aunque el día

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o la noche fueran la cara de la misma moneda en aquel infierno helado. El frio lo golpeó con la fuerza de un puñetazo en plena cara. Los ojos se le llenaron de lágrimas que se convirtieron al instante en afiladas agujas heladas. A tientas, buscó en la oscuridad, sin embargo Haki no aparecía por ninguna parte. Permaneció en silencio, atrapado en aquella helada oscuridad, tratando de escuchar algún sonido revelador entre los aullidos del viento mientras sus pelotas se encogían dentro del pantalón y la boca se le secaba a causa de los nervios. Con cuidado, y esforzándose por no hacer el más mínimo ruido, sacó la espada de la funda. Por un momento sus pies se negaron a continuar. No era ningún cobarde, pero aún así sentía miedo. Había accedido a ser el escaldo de la expedición por las historias que contaría a su vuelta, para ver la tierra más allá del mar con sus propios ojos antes de que el tiempo se los cerrase. Era aquello, su amor por las historias, lo que le había atraído como el fuego a una polilla, no las promesas de matanzas ni saqueo. Maldijo su nombre y rogó a Tyr para que le diera fuerzas y valor si tenía que entregar su vida a lo que quiera que hubiese allí fuera. En silencio se encaminó hacia la oscuridad. Sintió la presencia mucho antes de verla. Con los músculos en tensión, se dio la vuelta y apuntó con la espada al sitio donde había percibido aquel bulto por el rabillo del ojo. Tardó un rato en reconocer la silueta que aparecía agachada entre los árboles. -Surt se coma tu alma hermano, me has dado un susto de muerte. rió Sven mientras se adentraba en la maleza- No hacía falta que te escondieras tanto si querías cagar. -Hermano…escapa mientras puedas- El corazón de Sven se paró dentro de su pecho. Sus pulmones se quedaron vacios de todo aire. Haki estaba de rodillas, con una mano apoyada en el suelo intentaba no caer- Es él… está aquí…Wendigo. Aquella maldita palabra otra vez. Sven se agachó junto a su hermano de armas para auxiliarle. Buscaba a los skraelings por todos lados, la espada presta extendida frente a él y la duda de si su grito llegaría al interior del salón zumbando en su cabeza mientras temía que, en cualquier momento, los salvajes saltarían desde las sombras para cobrarse sus vidas. Inspeccionó los alrededores y, sólo cuando se aseguró de que nadie los rodeaba, apoyó su hombro contra Haki, tratando de alzar al herido del suelo. Sintió el frio que emanaba del hombre incluso a través de las pieles que los cubrían a ambos. Giró la cabeza y, con sus ojos ya acostumbrados a la penumbra de la noche, vio por primera vez a su hermano. Su piel se había vuelto blanca, translucida. Como el hielo. Se apartó de un salto, y tropezó. Cayó de culo contra el suelo. Haki alzaba una mano con esfuerzo hacía él, suplicando. Desde las comisuras de sus ojos, por su nariz y boca, finos regueros de sangre empapaban su ropa. Sangre que se congelaba al instante, cubriéndolo de un rio de rubíes. Entonces escuchó el sonido de algo que se astillaba. Gruesas grietas comenzaron a recorrer el brazo extendido de Haki, su cara, su piel. Y sin más, estalló en mil pedazos, como una botella que alguien hubiera

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estrellado con violencia contra el suelo. Sven corrió como nunca lo había hecho en toda su vida. Entró al gran salón y cerró la puerta, apoyando todo su peso contra ella. Los hombres despertaron de golpe, aturdidos y enfadados, asustados, mirando a uno y otro lado con las armas listas en la mano. -¿Qué mierda estás haciendo, Sven?- Thorvald rugió mientras le apuntaba con su arma. En cualquier otro momento habría sentido pánico. Pero incluso el enorme caudillo parecía inofensivo si lo comparaba con lo que acababa de ver. Sven trató de hablar, pero tardó un buen rato en poder hacerlo. Cuando terminó de contar su historia, el sol comenzaba a despuntar en el horizonte. Thorvald le había hecho repetirla cien veces, preguntando sobre cada mínimo detalle. Los hombres no le creían. Sin embargo, ninguno salió al exterior. --Wendigo. Aquella palabra resonaba en su cabeza, volviendo una y otra vez, con la insistencia malsana de una llaga en el interior de la boca que no pudiera dejar de hurgar con la lengua. Recordaba la primera vez que la había escuchado de los labios de un viejo que aún andaba pese a estar muerto. Había ocurrido durante el saqueo del poblado de los skraelings. Los habían encontrado sin proponérselo, mientras buscaban el asentamiento abandonado de Liefbundir. A pesar del tosco mapa que el propio Lief les había dado, la aldea que había fundado antes de partir de Vinland, no aparecía por ningún lado. Lo que sí lo hizo fue el pequeño asentamiento de los nativos. Thorvald encomendó a Sibbi, el más joven de todos ellos, el más sigiloso, la misión de explorador. El muchacho volvió sonriendo, hablando de extraños salvajes de piel rojiza que se adornaban el pelo con plumas de colores y que vivían en curiosas tiendas de piel con forma cónica. Thorvald escupió su nombre. Skraelings. Había escuchado las historias sobre los salvajes en los salones de la Tierra Verde antes de partir y tenía claro lo que debía hacerse. No habría prisioneros. Lo único que necesitaban en Brattahlid eran la lana, el trigo y las pieles. Aquellos hombrecillos eran tan enclenques que no valdrían ni como esclavos. Ningún hombre que se preciase se dignaría a emplear thralls como aquellos. Se acercaron al asentamiento como lobos que rodeasen a un cordero extraviado de su rebaño. Jorund, con su insaciable sed de sangre palmeaba su hacha, anticipándose a la carnicería y el saqueo que estaban por llegar. Aquellas gentes no pudieron hacer gran cosa cuando se echaron sobre ellos. Su único consuelo fue que la muerte acudió rápida aquella tarde. Cuando todo acabó, casi una veintena de salvajes daban de beber su sangre a la nieve. Hombres y mujeres. Niños. Todos los que no habían sido lo suficientemente rápidos o inteligentes como para huir. Tan sólo una de las tiendas permanecía ocupada. Y dentro

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de ella, un viejo con la cara pintarrajeada de blanco y los ojos más tristes que Sven hubiera visto nunca, cantaba con rabia, llorando y escupiendo insultos que no podían comprender. Cuando los muchachos entraron en la tienda, comenzó a arrojarles puñados de nieve que sacaba de unas extrañas ánforas ornamentadas que aparecían por doquier en toda la habitación. La nieve rebotaba inútil contra las corazas de hierro. Los hombres rieron antes de darse cuenta de que la nieve aparecía teñida de la sangre que fluía desde las venas abiertas en las muñecas del viejo. Entonces un temor supersticioso los hizo retroceder. Una única palabra se quedó grabada en la mente de Sven. Aquella que el anciano les gritaba sin cesar. Como un insulto. Como una maldición. Wendigo. Jorund, cansado de todo aquello, avanzó hacía el viejo y le atravesó el corazón con su acero. El anciano aún no había expirado cuando los hombres comenzaron el saqueo. Volcaron aquellas extrañas ánforas en el suelo. Nieve, nieve y carne, cruda y roja. Asqueados patearon aquel estropicio. Thorvald tenía claro lo que debía hacerse. Salieron de allí sin mirar atrás, mientras las tiendas crepitaban bajo las llamas. Desde ese momento, como un canto fúnebre que los acompañaba durante su marcha, comenzaron a escucharse los aullidos. Noche y día, sin descanso. Por suerte para ellos, encontraron Liefbundir apenas dos días después. O lo que quedaba de ella. Los salvajes de piel rojiza habían derribado la mayoría de casas. De los ocho edificios que Leif había erigido, tan solo el gran salón se erguía aún en pie. Ni siquiera la forja había resistido el ataque de los nativos. Fue entonces cuando comenzó el frio. --Thorvald y Jorund discutían a viva voz. Por un momento Sven temió que Jorund cometería una locura y retaría a un duelo de honor a su jefe, sin que le importase nada de lo que estaba pasando a su alrededor. Era demasiado orgulloso y lo suficientemente estúpido para dejarse llevar por su rabia y su temor. Orlyg no había despertado aquella mañana. Eso había encendido los ánimos. Jorund quería salir. Se negaba a permanecer encerrado allí, rindiéndose a una muerte sin honor a manos de los salvajes o de aquel endemoniado frio que parecía brotar del mismísimo Jötunheim. Prefería salir al encuentro de los skraelings y dar muerte a cuantos pudiera antes de que la muerte lo reclamara. Su objetivo era llegar a la Knörr, donde esperaba el resto de la expedición, atenta a la orden para avanzar hacia Liefbundir. Quemarían a todos aquellos cabrones, saquearían lo que se pudiera y volverían otra vez a la nave, rumbo a la Tierra Verde. Sorprendiendo a todos, Thorvald permitió que Jorund abandonara el edificio. Los últimos cuatro hombres permanecieron en el gran salón, observándole marchar mientras apuraban un fuego que se consumía poco a poco. Como sus propias vidas. El día transcurrió silencioso, una pesada mortaja

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que se extendía sin prisa sobre ellos. Sven pidió a Thor que cuidase y guiase a su hermano. Era la última oportunidad que les quedaba. Jorund regresó al anochecer, aunque ya no era el mismo hombre. Y traía consigo los horrores de Hel. Entró golpeando las grandes puertas con una fuerza superior a la de cualquier mortal sobre la tierra. Una de las pesadas hojas de madera se quebró por la mitad ante su embate. Se quedó allí, de pie y en silencio, observándolos con aquellos ojos completamente negros que brillaban como carbones en su cara. Sus labios habían sido arrancados de cuajo por lo que mostraba una expresión siniestra. La sonrisa de un hombre muerto. Abrió aquella boca de una forma imposible y gritó, un alarido inhumano que heló los corazones de los hombres que languidecían en aquella sala. Entonces se lanzó a por ellos, con una velocidad y una ferocidad que superaban a las que había poseído en vida. Golpeó a Bjarki con su mano desnuda y, a pesar de su corpulencia, el hombre voló por los aires como un muñeco de trapo roto, regando de sangre y entrañas las paredes del salón. Antes de que nadie pudiera siquiera moverse, Jorund estaba inclinado sobre él. Sus dientes se cerraron sobre la cara del hombre, que comenzó a gritar de dolor y terror. Un chasquido repulsivo, un tirón desgarrador y la sangre los cubrió a todos. Con un ansía caníbal irrefrenable, continuó mordiendo la cara del caído. Thorvald desenvainó el acero y se lanzó a por él. Sin mayor ceremonia asestó un brutal golpe que decapitó a Jorund. Sven tenía la boca seca. Era incapaz de dar un solo paso. El escaldo no lograba entender lo que acababa de presenciar. Aún así, si de algo estaba seguro era de que todo aquello era una cuestión que superaba con creces a los simples hombres como él. La parte de narrador de historias que aún continuaba viva en su interior se maravilló con aquella escena demoníaca. No sabía si sobreviviría o no a aquel infierno helado, pero sí lo hacía, las generaciones por venir conocerían del valor de Thorvald Eriksson que no había dudado en enfrentarse cara a cara con una criatura escupida desde el propio Hellheim. El caudillo gritó, blasfemando contra los propios dioses, maldiciéndolos por haberles obligado matar a aquel que era su mejor hombre, su hermano. Juró venganza. Arrasaría aquella tierra, descuartizaría a todos los skraelings que moraban en ella y se los daría de comer a sus perros. Se arrodilló junto al cuerpo sin vida de su campeón, y con expresión solemne le cruzó los brazos sobre el pecho, mientras le prometía un entierro digno que elevaría su alma directamente a los salones del Valhalla. Conforme hablaba, un humo plateado, apenas perceptible, surgía del grotesco muñón que era el cuello de Jorund. Thorvald, ajeno a este hecho, continuaba hablando, más para sí mismo que para sus hombres. Sven intentó gritar, avisarle de aquel peligro que reptaba despacio hacia él. Pero no tuvo tiempo. Aquella humareda se coló por la boca del caudillo, que al instante comenzó a atragantarse y toser. Thorvald se dejó caer de rodillas. Abrió la boca y espesos cuajarones de sangre chapotearon con un sonido nauseabundo sobre el suelo.

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Sven intentó desviar la mirada sin conseguirlo. El caudillo se llevó una mano al pecho y de un fuerte tirón se arrancó las pieles que lo cubrían. Su interior latía y pulsaba, como si su carne estuviera infestada de gusanos que se lo comieran vivo. La piel de su cuerpo se ennegreció y se rasgó, abriéndose y mostrando los músculos que se retorcían de dolor. Thorvald giró la cabeza y los miró, con unos ojos completamente negros, más viejos que el propio tiempo, mientras su cuerpo se cubría de fina escarcha y se convertía poco a poco en hielo. Su boca se abrió de golpe, la mandíbula chascando al romperse. Entonces Sven cogió a Sibbi por los hombros y empujó al asustado muchacho con todas sus fuerzas, forzándolo a moverse. Lo agarró por el cinturón y juntos corrieron bajo la luna por aquel paisaje nevado. Hasta que los pulmones les ardieron por el esfuerzo. Un grito espeluznante, imposible de proferir por una garganta humana rompía la quietud de la noche. Una sola palabra, el nombre de aquello que les perseguiría hasta las mismas puertas de la muerte. Wendigo. --Sven trastabilló y cayó sobre la nieve. Ni siquiera tenía fuerzas ya para ponerse en pie. Apenas sentía los pies. Miró sus botas destrozadas de tanto andar, la nieve colándose por los agujeros, la carne que asomaba debajo completamente negra. No quería morir, aún no. Todavía le quedaban muchas cosas por hacer. Maldijo el día en que había aceptado unirse a aquella expedición. Pero no se dejaría matar, no mientras le quedase una sola brizna de aliento. Despacio, con enorme esfuerzo, consiguió ponerse en pie. Se preguntó qué tal le habría ido al muchacho. Se habían separado dos días atrás. Perdidos en mitad de la tundra salvaje en la que se había convertido aquella tierra maldita, Sven decidió por los dos. Se separarían, cada uno lo intentaría por su propia cuenta. Quizás así tuvieran una posibilidad de llegar a la nave. Sibbi se había quejado. Los aullidos y los alaridos que les traía el viento le asustaban. Creía que juntos podrían lograrlo. Aún era casi un niño. Sven lo cogió por los hombros, le obligó a mirarle directamente a los ojos. Nosotros ya estamos muertos muchacho, le había dicho. Pero tenemos que salvar a los demás. Encontrar el Knörr y decirles que se marchen de aquí. Que no vuelvan nunca más a esta tierra de mierda donde sólo encontraran muerte y miseria. Aquel demonio helado continuaba siguiéndolos. Y juraría por el espíritu de su propio padre que estaba convencido de que les perseguiría hasta los confines del mundo si era necesario. Podía sentirlo a su alrededor, apenas un par de pasos por detrás de ellos, vigilándolos, siempre acechando como si disfrutase de la caza. El muchacho asintió en silencio y con un fuerte abrazo se separaron. Desde entonces había caminado sin descanso, perdido en aquel desierto blanco, sin rumbo fijo. Volvió a caer al suelo y, al tratar de incorporarse descubrió que había llegado al límite de sus fuerzas. Se conformó con quedarse

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sentado, el culo helándosele en la nieve. Así que hizo lo único que podía hacer. Esperar. No sería él quien recibiera a la muerte con lágrimas en los ojos. Empezó a reír con todas sus fuerzas. Ahí estaba. El final de todo. No había sido el mejor de los hombres, pero tampoco el peor. Confiaba en que al menos admitieran su alma en los salones de Valhalla. Cerró los ojos, sabiendo que la muerte no tardaría en aparecer. Cuando volvió a abrirlos, la criatura que no era nada estaba frente a él. -¿Qué mierda eres tú, malnacido?- apenas reconoció su propia voz. Sonaba como el graznido de un cuervo. Escupió hacía aquel ser que se desdibujaba en el aire, sin alcanzar a distinguir su forma real. No era hombre, ni mujer. Ni siquiera animal. Y al mismo tiempo era todo lo anterior. Y mucho más. La criatura lo cubrió como un aliento helado. Sven sintió como su cuerpo entumecido dejaba de moverse. Su sangre comenzó a manar, drenada a través de cada poro de su piel, hacia esa neblina que se volvía roja con cada latido de su propio corazón. La niebla formó caras que nunca había visto, rasgos afilados parecidos a los skraelings que habían masacrado en el pueblo. Entonces cada uno de sus hermanos, los hombres que habían caído en aquella tierra helada, le miraron a los ojos desde aquella bruma carmesí. Asvald. Geirstein. Haki. Orlyg. Jorund. Bjarki. Thorvald. Incluso aquel viejo salvaje de mirada triste, que ahora sonreía con malicia. En ese momento lo comprendió todo, aunque ya era demasiado tarde. La carne de las ánforas, dada al invierno, a aquella criatura, el Wendigo, para que no se llevase a ninguno de los suyos. Aquel viejo, entregando su propia alma al diablo para vengarse por sus hermanos asesinados. -Déjanos volver a casa- gimió, con sus labios cuarteándose y abriéndose por el intenso frio- ¿Qué eres tú? -Tu hogar está muy lejos- la voz de la criatura estalló dentro de su cabeza, quemándole como el hielo sobre la carne desnuda. Notó correr la sangre desde sus oídos, resbalando por su barbilla. Pero ya nada importaba. Supo que moriría, y que no conocería paz alguna. Pasaría a formar parte de aquella niebla, como miles lo habían hecho antes que él y miles lo harían después. La voz retumbo de nuevo, corriendo como agua congelada por sus venas- No soy nada. Sólo el frio viento del invierno. La risa helada de la criatura le rompió por dentro. Su propia sangre comenzó a ahogarle mientras la piel de su cuerpo se cuarteaba y se convertía en hielo. Sven cerró los ojos y escuchó, hasta que el último latido de su corazón cesó. Pero su boca sonreía triunfal. Entre todas las caras que el demonio le había mostrado, no había visto el rostro del muchacho.

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Ilustración de: Carlos Rodón

ESCALONES

Por David Ruiz del Portal

Siempre escucho el mismo ruido. Es a la misma hora, siempre igual, a eso de las dos de la madrugada. Cuando cojo el sueño, cuando me rindo al reino de Morfeo el timbre de esa voz me llama desde lo más alto de la vivienda. Puede sonar extraño, pero vivo solo en un viejo edificio y no tengo vecinos…, al menos en doscientos metros a la redonda. De ahí que me incomode tanto al escuchar esa maldita voz que se mezcla con el sonido de un golpe. ―Dilan…―dice la voz―. Dilan… sube… Todas las noches ese golpe de madera y esa frase me atormenta a más no poder. Una gutural llamada dentro de un sonido seco y contundente. No sé qué diablos puede ser, quién o qué cosa me llama desde el tercer piso, arriba, en el ático. Me aterra saber que alguien se cuela todas las noches en mi casa, si entra a pesar de que la puerta esté sellada. Siempre dejo los pestillos de las persianas echados, incluso las ventanas de madera están cerradas desde dentro. Llevo tres semanas escuchando ese ruido, esa voz, llamándome. Me levanto de la cama y todo cesa. Nada. No escucho más que el perro que deambula por la calle buscando a un posible dueño, ladrando a un posible gato que se le cruzó por el camino. Escucho mi respiración y

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mi corazón latiendo a mil por hora. Nada más. Todo normal, hasta la siguiente noche. ―Dilan ―de nuevo la voz está llamándome―. Dilan… sube. Debo hacer algo. No puedo seguir así, temiendo a mis propias pesadillas. Debo asegurarme de que no haya nadie en el ático. Debo asegurarme de que no esté volviéndome loco. Pero me horroriza pensar que debo subir los dieciocho escalones que llevan hasta lo más alto de la residencia. El caso es que esa voz me suena. La casa de mis padres, de mis abuelos…, de los padres de estos. Una vivienda antigua que heredé. Debe ser por esto, llevo poco tiempo viviendo aquí. Me trasladé no hace más de un mes. Quizá no esté del todo acostumbrado. Tal vez la distancia, la familia que dejé en otra ciudad. No sé... No debí mudarme. ―Dilan… ―y de nuevo el sonido de un golpe. Aun temiendo lo peor decido salir de mi habitación y subir al ático. Tengo que descubrir que ocurre allí arriba. Llegué y limpié las plantas principales, las acomodé a mi gusto. Al cuarto día de la mudanza decidí subir a la tercera planta. Estaba llena de chismes y cajas. Suciedad y polvo. Tela de arañas y moho. Cuadros y fotos de mis antepasados, juguetes de época, quizá de primeros del siglo pasado. Una antiquísima maquina de coser desmontada en dos piezas y un baúl con ropa que perteneció a mi padre cuando era niño. Limpié todo. Tiré la chatarra acumulada. Metí la ropa vieja en un armario del sótano y utilicé el baúl para guardar el contenido de las cajas de forma ordenada. La maquina, muy a mi pesar, tuve que tirarla. No había forma de arreglarla. El tipo que vive a dos manzanas de aquí, el viejo de la tienda de electrodomésticos me aseguró que valdría menos comprar una nueva que poner la vieja al día. Es un hombre anciano, parece amable e inteligente; conocido de mi abuelo. En el pasado cuidaba del jardín y hacia las veces de guarda. ―Dilan… Frente a mí, la escalera. Estrecha, fría, oscura. No he tenido tiempo de arreglar esa maldita lámpara que cuelga del techo y la penumbra se hace dueña en esta parte de la vivienda. Solo la luz de mi habitación, al final del pasillo me sirve cómo guía. Estoy a tiempo de salir corriendo, de avisar a la policía. De coger un bate, un cuchillo… ¿Un arma? ¿En que estoy pensando…? El golpe de nuevo. Suena como si algo cayera a plomo contra la madera que cubre la planta. Cómo si alguien soltara un objeto de mucho peso contra la tarima. Acompañando el golpetazo: mi nombre. Armado de valor pongo el pie en el primer escalón. Me tiembla el pulso, mis músculos se tensan, vacilo. Pero no puedo desaprovechar esta oportunidad. Es la noche, mi noche dichosa. Hoy me he atrevido a levantar mi cuerpo de la cama y salir de la alcoba. Me he decidido a subir los escalones que me separan de la duda, del misterio… De lo extraño.Tomo aire. Descanso a mitad de camino. No me siento agotado, no es la razón para detenerme. Es un descanso para sosegar mi men-

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te, para despejarla. Debo estar lo suficientemente despierto para enfrentarme a lo que allí arriba me aguarda. Un intruso, un ocupa… ¿Un fantasma?. Igual ese animal, el perro que visita todas las noches mi jardín, se ha colado en la vivienda. Tal vez ha encontrado la manera de invadir mi espacio. Estoy frente a la puerta. Tras dos interminables minutos he conseguido llegar al final de las escaleras. Echo un vistazo atrás, los escalones se pierden hasta el piso inferior, tan solo el reflejo de la luz me deja ver su contorno. Aquí arriba todo está oscuro ―debía haberme hecho con una linterna―, pero a tientas busco el pomo de la puerta y una vez agarrado lo giro de un golpe. Moho, humedad. Olor a pino entremezclado con el de cerrado. El ambientador no ha servido para mucho. Empujo la puerta de madera e intento no dejarme invadir por el terror. La oscuridad, el saber que algo puede haber entrado en mi casa, el perro ahí afuera aullando cómo un lobo. Al menos puedo estar tranquilo con una cosa, ese animal no se ha infiltrado en la residencia. Continúa en la calle, vigilando su zona, mi jardín. ¿Entonces quién ocupa mi casa? ―¿Hay alguien ahí…? ―pregunto con viva voz. Nada. El silencio. Ni la voz seca llamándome, ni el golpe contra el suelo. Doy un paso al frente, extiendo mi brazo hacia el extremo derecho de la pared y busco el pulsador: Se hace la luz. ―¿Qué…? No me salen las palabras. Esto no puede estar pasando: La máquina de coser, la misma que yo mismo tiré en el contenedor de chatarra, está aquí. Montada, limpia, exenta de manchas y cómo recién salida de fábrica. Y no solo eso..., la ropa. Los viejos pantalones de mi padre están encima del aparato aguardando a ser remendados. La chaquetilla doblada encima de una caja de cartón, esperando por igual a ser cosida. Un viejo coche de caballos y un juego de petanca. Esos dichosos juguetes debían ser los que golpeaban contra el suelo. A mi abuelo le encantaba jugar, era aficionado a la petanca. Jugaba en el jardín. Mi abuela, ella se tiraba días y días remendando los rotos que mi padre hacia en la ropa. Sobre todo cuando jugaba con su perro… ¿Su perro?. Aquel animal dormía fuera, tenía su casa hecha con varios maderos y nunca le dejaban entrar en la vivienda familiar. Ahora lo recuerdo. Todo esto me lo contaba mi padre. Su niñez, esta casa…, no debí cambiar las cosas. Así han sido siempre, hasta que llegué con aires de invasor cambiando todo. El salón, las habitaciones, el ático…, la casa entera. ―Dilan. De nuevo esa voz. Me llama, intenta decirme algo. Una figura de anciano asoma, haciendo un gesto autoritario desde un rincón de la sala. Me pide que me acerque. Desea venganza. He roto la costumbre, la vida que quedó impregnada en esta vivienda desde años atrás. Mis bisabuelos. Mis abuelos… Mis padres. La casa. Nadie cambió nada. Ninguno movió nada de su sitio y mucho menos tiró algo a la basura. Pero

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yo sí. Me bastó menos de una semana para dar un vuelco a la casa. Hice y deshice, cambié y pinté. Moví y tiré. Ahora los fantasmas del pasado vienen a quejarse. Quieren su casa tal cómo estaba. Las bolas del viejo juego vuelan por el aire, la extraña figura, casi fantasmal, lanza una de ellas contra la tarima y mi nombre suena a la par. El perro aúlla y se le escucha desde el exterior. La maquina de coser se pone en marcha y el coche de juguete rueda por el suelo cómo impulsado por arte de magia. Me doy la vuelta, los escalones son demasiados cómo para descenderlos de un solo salto. Debo huir pero no deseo matarme así que corro cuanto puedo sin mirar atrás. La luz que alumbra la entrada al nacimiento de las escaleras se esfuma de un soplido. La bombilla estalla. Un traspiés me lleva a la perdición; caigo sin remedio a través de la oscuridad y me golpeo contra el suelo de la segunda planta. No hay más que hacer, no puedo moverme. El fin ha llegado para mí. No existe vuelta atrás. No quise subir aquellos escalones y ascendí todos ellos. No debí hacerlo nunca. Subirlos me llevó a la muerte. Hay veces que es mejor dejar las cosas cómo están y no tocar nada. El pasado puede regresar para atormentarte. Para exigir lo suyo o lo que no es; y más si el fantasma que vive en tu casa es dueño de una tienda de electrodomésticos y confabula para quitarte la herencia. El viejo guarda… Debía tener una copia de las llaves, conocía la casa a la perfección y preparó todo de la mejor manera para echarme de la residencia. El tiro le salió por la culata. El conocido de mis antepasados consiguió matarme. Maldito viejo. Lo que no se imagina el hombre es que ahora un fantasma de verdad va a ser el encargado de acabar con su vida para quitarle lo que no es suyo: la herencia que me dejó mi familia. Mi casa, mis costumbres… Todo. Ahora le toca a él subir los escalones.

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Ilustración: Carlos Rodón BLACKROCK (1997) · ZARPAS (1997) · DIEZ RAZONES PARA ODIARTE (1999) TWO HANDS (1999) · EL PATRIOTA (2000)· DESTINO DE CABALLERO (2001) MONSTER’S BALL (2001) · LAS CUATRO PLUMAS (2002) · EL DEVORADOR DE PECADOS (2003) · NED KELLY (2003) · LOS AMOS DE DOGTOWN (2005)· EL SECRETO DE LOS HERMANOS GRIMM (2005) · BROKEBACK MOUNTAIN (2005) · CASANOVA (2005) CANDY (2006) I’M NOT THERE (2007) · EL CABALLERO OSCURO (2008) · EL IMAGINARIO DEL DOCTOR PARNASSUS (2009)

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Antología Historias Perversas de Demonios Editorial: Amazon Páginas: 270 Año de Publicación: Octubre de 2013 ISBN-13: 978-1492198550 ISBN-10: 1492198552

Sinopsis: Historias Perversas de Demonios es una antología de relatos que os harán experimentar más de una sensación, que buscada o no, os revolverá vuestro ser por completo. Con una extensa temática os llevará desde el terror hasta el género erótico, pasando por momentos de locura, celos, posesión, amor sin fin y siniestras relaciones. Ya que este libro que estáis a punto de abrir viene cargado con altas dosis de sensualidad, de misterio, de sexo... cuando lo terminéis, ya no seréis los mismos, y miraréis cada esquina oscura, cada rincón apartado... deseando que un ser de otro plano os lleve hasta los límites de la resistencia humana. Os damos la bienvenida desde la pista central de este circo de los deseos... ¿Preparado para experimentar oscuros placeres? Autores: Maialen Alonso, Enrique García Díaz, Carlos Rodón, Amy García, Roberto Malo, Déborah F. Muñoz, Inmaculada Ruiz, D.W. Nichols, Chabi Angulo, David Ruiz del Portal, Isabel García Delgado, Sergio Fdéz. A. Ilustradores: Kike Alapont, Agarwen, Pablo Brenes Guillén, Inmaculada Ruiz, Love Macabre, Daniel Medina Ramos, Dagam (David García). Ilustrador Portada: Kike Alapont Maquetación Portada: Okaa-san [Elena]

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Fanzine 9