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José Antonio HERMANN HESSE Solórzano EL OBSTINADO

José Antonio Solórzano

HERMANN HESSE EL OBSTINADO

Cada época tiene sus escritores preferidos. Los hay que aparecen y desaparecen según gustos, modas e intereses. Otros perviven en el tiempo porque rezuman sabor de eternidad, convirtiéndose en un «clásico». HERMANN HESSE es uno de ellos. No en vano es el escritor alemán (transterrado en Suiza) más leído del s. XX, y lo que es mejor: sigue vivo en el s. XXI gracias a la fidelidad de sus lectores-seguidores. Su trayecto vital -amores, crisis, encuentros, luchas políticas, anhelos poéticos, tensiones espirituales, pasiones y esperanzas- podemos conocerlo a través de sus cartas, de su obra poética, narrativa y pictórica, además de sus artículos y ensayos.

HERMANN HESSE EL OBSTINADO

Los autores no mueren si hay lectores fieles que sepan revivirlos.

El tono, la intensidad, la modulación, el «tempo» con que se dice una serie de palabras -en suma, la música que está detrás de las palabras, la pasión que está detrás de esa música, la persona que está detrás de esa pasión (Nietzsche)- es lo que con atrevida osadía el autor de este libro-obstinación ha pretendido al convertirse en «la voz cedida» por Hermann Hesse. Escucharle sin eco alguno, hace más diáfana nuestra propia voz interior que, como Hesse, desea llevar a buen término el proyecto personal de encuentro con uno mismo, con los otros y el mundo en este momento histórico de incertidumbre y tensiones, muy similar al que a Hesse le tocó vivir.

José Antonio Solórzano

Pero nada de ello puede sustituir a su voz.

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HERMANN HESSE, EL OBSTINADO

poesĂ­a, magia y juego educativo espiritual

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isbn 978-84-939683-3-5 © 2012-Ediciones Khaf Grupo Editorial Luis Vives Xaudaró, 25 28034 Madrid-España tel 913 344 883 - fax 913 344 893 www.edicioneskhaf.es

dirección editorial Juan Pedro Castellano edición Antonio F. Segovia proyecto visual y dirección de arte Departamento de imagen y diseño gelv diseño de cubierta Mariano Sarmiento coordinación de producción y maquetación Área I+D de soportes editoriales gelv impresión Edelvives Talleres Gráficos Certificado ISO 9001 Impreso en Zaragoza, España depósito legal: Z 1969-2012

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

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JOSÉ ANTONIO SOLÓRZANO

hermann hesse, el obstinado poesía, magia y juego educativo espiritual

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Gracias a… …Rafael Larrañeta (+) quien, hace años, supo dirigirme —-algo nada fácil— aquel trabajo académico, la tesis. Lo hizo con exigencia y con aquella bonhomía que le caracterizaba. Era «sabio», y no solo por lo mucho que sabía. Conseguía que siempre te sintieras bien. De tarde en tarde, cuando le entregaba algo para corregir, solía decirme: ¡No le des más vueltas! Ya tendrás tiempo de explotar esta mina. Quita esto y esto. Sé que duele, pero refrena ahora tu vuelo. No te queda más remedio. Ahora no debes opinar. Así son de absurdas estas cosas académicas. Cuando seas doctor, di lo que quieras; mientras, limítate a recoger opiniones de otros que lo han dicho antes que tú. Muestra con claridad y lógica que conoces el tema. No pretendas demostrar que sabes más que los del tribunal. No les gusta. Evita los «pues», «puesto que» y «ya que»; nunca me agradaron. Tampoco los adverbios de modo.

Le hice caso. Me fue bien. En una carpeta están los 50 folios cercenados. Le imagino, desde el lugar del Misterio de Dios en el que tanto creía, satisfecho, riendo con aquellas carcajadas sonoras y diáfanas al ver publicado ¡al fin! este obstinado libro. Rafa, si te topas ahí con Hesse, y con tu buen amigo Kierkegaard, podéis comentar lo que queráis… pero decidme algo. Gracias, Larra. …Javier Rodríguez, dominico, amante del buen castellano. Sus correcciones lingüísticas han mejorado el texto y a mí. Es lo bueno de la amistad: corregir sin herir. Él sabe hacerlo.

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…tantos alumnos y alumnas de no pocos lugares, sobre todo de Asturias, que soportaron aquellas clases de Lengua y Literatura. Cada vez que les sugería alguna novela de Hesse, decían: «ya estás tú con tu Hesse». Muchos me hicieron caso. Cuando nos volvemos a ver, pasados los años, lo agradecen y siguen leyendo a otros autores. Que sepan que todo sigue igual, ¿verdad Diego, Ricardo A., C. Corrales, Ma Antonia, Juan A. Terrón, Luis, Vicente (nietzscheanohessiano cual más), Gerardo, Edu Lagar, M. Basteiro, Tere, Marce, Chon, Begoña, J. Alonso Vigil…? Algún profe también caminó por la senda hessiana: Carmen Peralta, J. C. Castellanos, Cándida, Ma Angeles. Imposible olvidar a Juan Fdez. Tresguerres (+), sabio dominico, «hombre bueno» en el sentido de la palabra bueno; ¡me animó tanto a seguir con Hesse en tardes de paseo, idas al cine, intercambio de libros…!; con él disfruté, aprendí, reí… …a Irene, en Quito (Ecuador), y al grupo de lectoras del Club del Libro, que me invitaron a un ciclo de conferencias sobre Hesse. Y a los amigos/as de Chile, en especial a Manuel Peña Muñoz, escritor, de fino humor inteligente, con quien hablé mucho sobre Hesse y otros escritores, —¡Manolo sabe tanto de literatura!— además de sus divertidas anécdotas e historias… literarias. Y en Argentina, a Óscar que me ha buscado libros de Hesse o sobre Hesse que aquí no había. Y en Colombia, al insufrible dominico Alberto R… y en… …a Mateo, —con él fui a Montagnola, en un viaje interminable—, lector juvenil de Hesse… y a Jaume Bauzá, y a Iñigo A., y a Moncho, empedernido hessiano, y a Jorge S.V. más obstinado que nadie en «¡acaba con el Hesse!» y a Pepe y Teresa, Felipe y Cristina, estudiosos y lectores cual más, y a Siro, que ha embellecido el libro y a Antonio Fdez, editor, que ha tenido conmigo una paciencia proverbial y a Raúl, que me ha prometido que un día ¿cuándo? leerá alguna novela de Hesse y a… ¡tantos y tantas lectores de Hesse —más tantos que tantas; a ellas no suele gustarles en demasía; aunque Carmen, Cintia, María, Mónica (italiana) lo devoraron en su temprana juventud—! ¿Entonces? Todos ellos darían para otro libro. Quizás algún día… Cada amigo es una historia de fidelidad.

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Sí, es verdad que solo soy un caminante, un vagabundo sobre la tierra. Pero, ¿vosotros sois algo más? (J. W. Goethe, Werther, libro II)

Los que hemos viajado mucho y amado mucho; los que hemos… no diré sufrido, pues a través del sufrimiento hemos alcanzado la autonomía, solo nosotros apreciamos el complejo mundo de la ternura, y comprendemos el estrecho vínculo que existe entre el amor y la amistad. (L. Durrel, «Justine» en El cuarteto de Alejandría)

El principio de todo ocaso es considerar como evidente el tomar en serio las grandes cosas y no tomar en serio las pequeñas. Que se ensalce a la Humanidad y, en cambio, se zahiera a sus servidores; que se tenga a la Patria o a la Iglesia o al Partido por sagrados, y, en cambio, se realice la tarea diaria de mala gana y chapuceramente, así es como empieza toda corrupción. Contra esto solo hay un método pedagógico: que se dejen a un lado, ante todo, tanto en uno mismo como en los demás, las cosas pretendidamente serias y santas, como la opinión, las ideas mundiales, el patriotismo, y, en cambio, tomemos en consideración lo pequeño y a los pequeños, el servicio de lo inmediato. Quien entrega su bicicleta o su hornillo de gas al mecánico para que lo repare, no pide a este ni amor a la Humanidad ni fe en la grandeza de Alemania, sino decencia en el trabajo, y por ella solo y exclusivamente juzgará al hombre y hará muy bien en ello. ¿Por qué no ha de ser así en lo espiritual? ¿Por qué no ha de ser exacto y concienzudo un trabajo solo porque se nombre obra de arte? ¿Y por qué hemos de pasar por alto las pequeñas faltas profesionales por amor de una bella ideología? No; nosotros preferimos volver la medalla. De ordinario, las grandes actitudes e ideas o programas son con frecuencia medallas que nos sorprenden al darles la vuelta aunque no sea más que por el descubrimiento de que son de cartón. (H. Hesse, «Consideraciones» en Obras completas (IV), Aguilar, Madrid 1972, 475-476).

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PRÓLOGO MUY PERSONAL Lo que está por debajo de las palabras Por promesa solemne: No leeré más a ningún autor al que se le note que ha querido escribir un libro: sino solo a aquellos cuyos pensamientos se han convertido imprevistamente en un libro. (Nietzsche, Aforismos, 573)

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Dachlandschaft (2. 10. 1922)

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sé que le gusta que le cuenten. déjeme hacerlo

Si hiciese caso a Nietzsche, no seguiría escribiendo. Pero no le haré caso. O se lo haré a medias. Voy a seguir leyendo libros, aunque a Nietzsche le pese. Es evidente que he querido escribir un libro, cuyo valor no es otro que el de la sinceridad, la fidelidad y el gusto.

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—¡Si hoy casi nadie lee nada! me dicen los… ¿pesimistas? de turno. No les creo. —¿Por qué entonces escribes otro libro más sobre… si ya hay montones? Porque no podría no hacerlo. Por gratitud con Hermann Hesse. Por fidelidad a mí mismo antes que a nadie. Por admiración. Porque ya me correspondía por edad y tiempo. Porque no lo tenía previsto del todo, pero lo barruntaba. Porque la ocasión/memoria me «forzó» a hacerlo. Porque algunos amigos me instaban a ello. Y ¡qué historias! porque me gusta: me gusta Hermann Hesse, me gusta escribir, me gusta ganar el tiempo perdiéndolo, me gusta recrearme en las palabras, me gusta… y me cuesta. Cada cierto tiempo releo esa pequeña joya, Cartas a un joven poeta, de R. M. Rilke. Cuando me la regalaron, la leí con avidez; me gustó, me cuestionó, me animó. Sigue haciéndolo. Aquellas cartas/ consejos me parecieron sinceras; las propuestas que Rilke hace al joven Franz Xaver Kappus, quien le pregunta sobre la calidad de

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sus versos y si debería o no seguir escribiendo, puesto que muchas editoriales rechazan sus poemas, me resultaron desafiantes. Rilke le dice:

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Pues (ya que me ha permitido aconsejarle) le ruego que lo abandone todo. Su mirada se dirige hacia el exterior y eso es precisamente lo que ahora no debería hacer. Nadie puede aconsejarle, nadie. Existe solo un remedio. Adéntrese en sí mismo. Investigue la razón por la que quiere escribir; compruebe si esta razón extiende sus raíces hasta las profundidades extremas de su corazón; conteste francamente a la pregunta de si se moriría si tuviera que renunciar a escribir. Sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave dentro de sí mismo en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si puede contestar a esta pregunta seria con un fuerte y sencillo debo escribir, entonces construya su vida en función de esa necesidad; hasta en los instantes más insignificantes y mínimos su vida debe ser señal y testimonio de este impulso1.

Tardé tiempo en recoger el guante del desafío, aunque en secreto —qué expresión tan boba— algo escribía. Una cosa era la necesidad de responder al ¿debo escribir? y otra el imperativo tienes que escribir. He respondido más al imperativo. No creo que tenga ni grandes ni pequeñas cosas que decir. Eso sí, suelo ser un buen divulgador, que no vulgarizador. Este libro quiere ser una contribución a la divulgación de Hermann Hesse. No mucho más. Con él cumplo un deber de… con él y conmigo mismo y con quien tanto empeño puso y ánimo me dio para terminar una etapa de mi vida ya no juvenil, pero sí iniciada muy tempranamente. Adelante, pues. ¡Adentro! Mejor aún. Me gusta más esta expresión unamuniana del «¡adentro!». * Cualquier motivo es bueno para recordar, siempre que el recuerdo tenga fuertes dosis de agradecimiento, admiración y símbolo de lo humano, y así hacer que nada, nadie, caiga en el hondo pozo del olvido. Celebrar-recordar la muerte de alguien, por famoso o significativo que haya sido, no es motivo de alegría, pero sí debe serlo

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de memorial, máxime si su huella permanece indeleble en la memoria de muchos de sus admiradores silenciosos que, sirviéndose de la fecha-mojón en el camino de la historia, tienen la oportunidad de revivir a aquella persona, acontecimiento o hecho histórico que nos ayude a sentirnos orgullosos de quienes nos precedieron y que con su buen ser y hacer nos hicieron más grandes, más humanos, más parte viva de esa historia siempre en construcción. Sin esa persona, hecho o acontecimiento muchas cosas probablemente serían distintas; distintas al menos para la vida personal de quienes conocieron, leyeron o se sintieron en sincronía con tal persona o acontecimiento. Tal acontece, en mi caso, con la vida y la obra de Hermann Hesse. Celebramos este año 2012 el 50 aniversario de su muerte; pero su recuerdo poético, su trayectoria y coherencia vital, su compromiso social, político, su pacifismo, su ideal de una Humanidad ideal, expresado con un hondo sentido estético y ético y puesto de manifiesto con sinceridad y belleza en su enorme obra literaria, está, sigue estando, muy vivo entre nosotros, sus lectores y admiradores. Unos admiradores que, en edad adulta, suelen, no diré avergonzarse, pero sí no reconocer del todo haber sido entusiastas lectores juveniles de la obra de H. Hesse; aunque eso sí: reconocen siempre que Hesse les acompañó, les inició, les sugirió, y quizás ayudó a adentrarse en la vida adulta con otra visión muy distinta y les formó e introdujo, no condujo, a saborear otras lecturas quizá más desgarradoras, más ¿realistas?, más en consonancia con su momento vital, pero tal vez no tan reflexivas y cuestionadoras —Hesse y sus personajes-protagonistas-agonistas continuamente están haciéndose preguntas vitales— como a las que les llevó la lectura apasionada y seductora de H. Hesse. Hace 50 años que murió, un 9 de agosto de 1962. No sé si este 2012 será un año hessiano literariamente hablando. Para muchos sí. No me cabe duda de que habrá celebraciones especiales en el mundo literario alemán, suizo y en otros países. Habrá muchos artículos, nuevos ensayos, publicaciones por doquier. Sería injusto que España y toda nuestra área lingüística no recordase su persona, su obra, su influencia en millones de lectores. Con este libro quiero hacer mi pequeña contribución a tal efeméride. Y lo hago desde

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una perspectiva muy personal y subjetiva, tan subjetiva y personal como el mismo Hesse hace con su cosmovisión. Voy a «utilizar» a H. Hesse para llevar su agua abundante, auténtica torrentera de palabras, a mi molino. Ya ve, soy sincero. ¿Y cuál es mi molino?, me preguntará alguno. No es otro que el ámbito educativo-espiritual. En este molino personal hessiano se muelen muchas cosas al cabo de los días; se han molido muchos tipos de cereales en el transcurrir de los años. Y ahora, 50 años después, la «maquila» es sabrosa, nada pesada, grande y generosa para poderla compartir con otros y hacerla «pan» con tantas variedades como de él podemos saborear en su tierra alemana y suiza. Déjenme volver a Nietzsche otra vez —a él volveré a cada paso, en exceso quizá— para entender mejor mi inclinación hessiana: «Uno busca a alguien que le ayude a dar luz a sus pensamientos; otro, a alguien a quien poder ayudar: así es como surge una buena conversación»2. A ambas cosas me ha ayudado Hermann Hesse en estos 50 años en que le conocí, literariamente hablando: me ha ayudado a dar a luz muchos pensamientos y convicciones que iba descubriendo y me ha ayudado a ayudar a otros, de lo cual han surgido muchas conversaciones gratas, muchos paseos amigables, muchas tertulias, clases, artículos, conferencias… con H. Hesse al fondo, cual compañero de camino. Y con Hesse, muchos otros escritores, poetas, filósofos, teólogos, teósofos, educadores, pero siempre —por uno u otro motivo— sin apenas darme cuenta he terminado diciendo: —Esto ya lo decía Hermann Hesse, es similar a la visión que Hermann desarrolla en tal obra; Hesse dice lo mismos pero de forma más bella; mira qué coincidencia: en Demian o en Siddhartha, o El lobo estepario o en El Juego de los abalorios o en… encontramos esto mismo… ¡Cuánta sintonía, cuánta sincronicidad! ¡Vaya, ahora vienen con la vuelta a la naturaleza y con el sentido ecológico o con las dualidades y las antinomias o con las sociedades secretas o con críticas al sistema educativo o con la búsqueda del camino interior o con la creación de ámbitos educativos que… o con espiritualidades orientales…, o cómo conjugar al hombre occidental con el oriental… o cómo experimentar la divinidad… pero si todo eso ya está en Hermann Hesse!

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Lo mismo se puede decir de/con otros muchos autores, lógicamente. Pero en mi caso llevo mi agua a su agua y juntos hemos ido moliendo… 50 años de vida; cada uno en su vida, él en la eterna y yo en la presente, de momento. Y lo hemos hecho por temporadas, claro. No todo ha sido Hermann Hesse, ¡qué pobreza univocista hubiera sido! También he tenido largas temporadas en que arrinconaba a Hesse porque había que ampliar el horizonte con otras visiones, con otros autores, pero al final… una tarde, un día de otoño, un domingo tedioso… volvía a Hesse. «¿Qué te llevarías a una isla si…?», preguntan a veces. Yo siempre me he respondido: las obras completas de Hermann Hesse y la Biblia, claro, pero esta no me resulta tan atractiva (déjeme ser sincero): lo fundamental me lo sé aunque siempre se descubran en ella paisajes nuevos y mensajes encubiertos. Si todo Hesse es una confesión a corazón abierto de sus estados anímicos, de su lucha obstinada, de sus aciertos y errores, de su afán de superación continua, sé que el lector aceptará —porque ya se lo ha preguntado— que le cuente cómo, cuándo y dónde descubrí a este autor. Muchos amigos me preguntan por qué Hermann Hesse y no otro autor —por ejemplo, Unamuno, cuyo 175 aniversario de su nacimiento también se celebra este año; siempre se recuerda más el nacimiento que la muerte, como si el morir no fuera otra forma de nacer (al menos para los creyentes)—, qué encontré en él que me ha llevado hasta aquí, durante 50 años, a serle fiel (lo he sido también a otros muchos autores y personas y a Dios, no vaya usted a creer…), qué me sedujo tan tempranamente de su arte poético y narrativo… y siempre respondo: su capacidad de colarse dentro de uno, encantando con su lenguaje, con su finura psicológica penetrante y ante la que resultaba imposible resistirme… Entonces, ¿te alienaba, te hacía ser otro, no ser tú mismo? No, qué va. Al contrario: me hacía ser más yo mismo. Hice mías estas palabras de Kurt Tucholsky:

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Lo que tanto amamos y admiramos desde siempre en él vuelve a estar con nosotros: la potente fuerza y sensualidad de su prosa. Él puede lo que muy pocos consiguen. No solo sabe describir un atardecer de verano

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y un baño refrescante y el cansancio relajado tras el esfuerzo corporal —eso sería fácil— . Consigue que sintamos calor, frescor y cansancio en nuestro corazón3.

Claudio Magris —quien llama a Hesse «humanista conservador» en cuanto ligado a una herencia de valores que había que salvaguardar, ya que al igual que sus amadísimos Nietzsche y Dostoievski, Hesse tiende mesiánicamente hacia el hombre nuevo, hacia una nueva forma del yo individual— expresa algo similar: 18

Siendo como fue un laborioso escritor burgués, Hesse desenmascaró en primer lugar la ética del trabajo, proponiendo el modelo de una humanidad libre y lúdica. De las pesadillas de su juventud y de sus héroes juveniles Hesse se liberó por medio del utópico modelo de una humanidad libre de la constricción del trabajo y el rendimiento y de las renuncias que esa constricción comporta. Es un gran poeta del placer, de lo que florece en la vida y se deja disfrutar sin motivo, de lo que es irreductible a la posesión: la luz de las estaciones, el agua que fluye resplandeciente, las hojas que acolchan el paso en el sendero, la simetría del cañaveral y el caótico polvillo que brilla al sol, una excursión a la montaña, una nube, un amor tímido pero en cualquier caso disfrutado. Hesse es el poeta de una naturaleza liberada, en la que el gusto está al alcance de la mano y un paseo en el bosque asume mayor significado que un grandioso acontecimiento histórico; es un poeta del cuerpo femenino, del deseo anárquico y dulce. No exento de simplificaciones al imaginar esa naturaleza liberada, Hesse nunca se hizo la menor ilusión acerca de las posibilidades de realización de esa libertad en la sociedad burguesa europea4.

Por eso me lo llevaría a una isla. Por eso ha (hemos) sido compañeros cómodos, respetuosos e inseparables de camino a lo largo de estos mis (nuestros) 50 años. * He tenido la osadía de plantear el núcleo central de este libro —la conjunción de su vida y su obra— como si de una larga conversación con él se tratara. Él es quien cuenta, quien se narra, quien va

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desahogándose desde «la otra orilla» donde ya no hay muros de contención, ni condenas o prohibiciones, y donde las interpretaciones que de su vida y su obra pudieran hacerse ya le traen sin cuidado. El núcleo de este trabajo no es una «entre-vista», sino que «vemos» entre los dos. Es un encuentro entre amigos. Le dejo hablar sin la contención ni el dirigismo de las preguntas. A los mayores les gusta contar sin que les interrumpan. El ritmo aquí lo marca Hesse. Es a partir de «el núcleo: Bioautografía de Hermann Hesse» cuando el lector puede conocer la vida del autor. Yo no le pregunto nada, habiéndole preguntado todo a lo largo de tantos años de connivencia literaria, estética y vital. Por eso, Hesse muchas veces se dirige a mí de manera más directa, con la confianza mutua de quienes se conocen, admiran y respetan; y al hacerlo en ese tono suyo de sinceridad amigable, se dirige a sus muchos lectores que ya le conocen o a otros que pudieran interesarse por su vida, por su obra, por él mismo en definitiva. Por supuesto que cuento no solo con los datos-purga del corazón que él va desgranando, sino también con los de otros biógrafos que con similar afecto y pasión han recogido su vida. Lo mismo que ellos, también he hecho mi desbroce personal, por considerar que algunos pequeños detalles por muy significativos que pudieran parecer —¡ah, los pequeños detalles que engrandecen la vida!— carecían de importancia. Me limito, casi, a transcribir al dictado. Los textos en cursiva, como pronto se dará cuenta el lector, son literales. La selección es muy personal; pero en lo que cuento y transcribo, el lector puede fiarse de mí.

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José Antonio HERMANN HESSE Solórzano EL OBSTINADO

José Antonio Solórzano

HERMANN HESSE EL OBSTINADO

Cada época tiene sus escritores preferidos. Los hay que aparecen y desaparecen según gustos, modas e intereses. Otros perviven en el tiempo porque rezuman sabor de eternidad, convirtiéndose en un «clásico». HERMANN HESSE es uno de ellos. No en vano es el escritor alemán (transterrado en Suiza) más leído del s. XX, y lo que es mejor: sigue vivo en el s. XXI gracias a la fidelidad de sus lectores-seguidores. Su trayecto vital -amores, crisis, encuentros, luchas políticas, anhelos poéticos, tensiones espirituales, pasiones y esperanzas- podemos conocerlo a través de sus cartas, de su obra poética, narrativa y pictórica, además de sus artículos y ensayos.

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Los autores no mueren si hay lectores fieles que sepan revivirlos.

El tono, la intensidad, la modulación, el «tempo» con que se dice una serie de palabras -en suma, la música que está detrás de las palabras, la pasión que está detrás de esa música, la persona que está detrás de esa pasión (Nietzsche)- es lo que con atrevida osadía el autor de este libro-obstinación ha pretendido al convertirse en «la voz cedida» por Hermann Hesse. Escucharle sin eco alguno, hace más diáfana nuestra propia voz interior que, como Hesse, desea llevar a buen término el proyecto personal de encuentro con uno mismo, con los otros y el mundo en este momento histórico de incertidumbre y tensiones, muy similar al que a Hesse le tocó vivir.

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Pero nada de ello puede sustituir a su voz.

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