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PRÓLOGO

Del diario de Alba. Finales de Noviembre. (Diez meses y medio antes) Creo que se ha dormido. No es la primera vez que lo creo; antes también lo pensé, y le llamé en voz muy baja. Y él subió. Cuando le oí subir, escondí el cuaderno bajo mi cuerpo y me tapé hasta la nariz. -¿Estás enferma otra vez? –me preguntó, solícito. -No, no… -contesté, sin saber qué decir-. Estaba… soñando… Él se sentó a los pies de la cama y me acarició por encima de la manta. -¿Soñabas conmigo? –preguntó. -No me acuerdo –dije. Él siguió acariciándome la pierna, pensativo, hasta que yo la moví, alejándome con suavidad. Quería que se diera cuenta y se apartara, pero no –eso nunca- que se enfadara. Él me miró profundamente, pero no habló. Suspiró, se levantó y se fue. Le oí bajar las escaleras. Después, oí crujir el sofá. Dejé pasar mucho rato antes de volver a sacar este cuaderno y ponerme a escribir en él. Por poco que sea, me hace sentir que no estoy tan sola, que todo puede acabar bien todavía, que hay algo que me pertenece solo a mí en este lugar extraño del que no sé cómo escapar. Ha pasado mucho rato. Toda la noche. Desde abajo sube, acompasado, un silbido suave. Es su manera de roncar. Me muevo tan despacio para levantarme que parece como si flotara. No me atrevo a bajar, sé que me descubrirá si lo hago.


La puerta del estudio sí está abierta. El ordenador sigue encendido: en el salvapantallas las burbujas flotan y suben sin cesar, no parecen repetir nunca la mis ma secuencia de movimientos… Podría quedarme horas y horas mirándolo como hipnotizada… ¿Estoy tonta? Ahí tengo la puerta de mi salvación. Pero es inútil: las manos me tiemblan tanto q ue no puedo teclear. Me equivocaría una y otra vez, me acerco, no me atrevo a tocar, tiemblo… Va a oírme, va a subir… Intento respirar por la nariz para que no me oiga jadear. Se ha dejado abierto el Messenger. Lo pulso. Este tío lo guarda todo, se ve que le gusta recrearse después con cada palabra, cada matiz… Pero, ¿qué es esto? Miro la fecha. La hora. ¡Es de esta misma mañana! Sin darme cuenta, arrimo la silla y me siento. Sigo leyendo. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué puedo hacer? Detrás de mí, sobre mi nuca, una cálida respiración… Ni me atrevo a mirar…

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PRIMERA PARTE

LA PRINCESA DURMIENTE

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CAPÍTULO I ¡Oh amor poderoso! Que a veces hace de una bestia un hombre, y otras, de un hombre una bestia.

William Shakespeare

Tatiana.Ahora andan todos preocupadísimos por Alba, naturalmente. Si es que ella siempre tiene que ser la protagonista. Si está seria, huy, ya puedes imaginarte por qué. Si ríe, ay, mujer, la pobre, ya se merece un poco de felicidad. Si Ángel la llama, es que, claro, está loco por ella. Si no llama… mejor, a ver si abre los ojos y se da cuenta de una vez. Y eso es lo que yo quiero también, ya lo creo: que abra los ojos y lo deje de una vez, que lo olvide. Ni ella es feliz con él ni él lo es con ella, Alba no es la chica ideal para Ángel. No es por presumir, pero esa chica soy yo. Además, ¡no se lo merece! Por su culpa circulan por ahí esos rumores… y estoy segurísima de que son cuentos chinos, vamos, si no conoceré yo bien a Ángel, que hemos vivido casi puerta con puerta desde chicos. Vale: que a veces levanta la voz… normal, oye, y más con esa madre que tiene que parece que se pasa el día rezando por lo bajini. Si hasta a mí me dan ganas de decirle: “¡pero di ya lo que sea, tía, en voz bien alta, que no estamos en misa!” ¡Qué mujer! Pues por eso es normal que Ángel le suelte a veces cuatro gritos, y el viejo también, ya lo creo. Bueno… el viejo… más de cuatro gritos. Pero de eso a ir insinuando lo que se dice… ¡venga ya! ¿Ángel tocar a Alba? Que no, hombre, ni de coña. Lo que tiene esa pava es mucho cuento y más suerte que un ahorcado, que hasta después de muerto se columpia. Seguro que ahora también sale de esto tan pimpante, y él irá en su caballo blanco a - 3-


rescatarla, por supuesto, y yo tendré que seguir mordiéndome las uñas y esperando unas migajas que cada día me saben más amargas y que cada día necesito más. ¡Maldita sea!

Claudia-. Alba es mi hermana melliza y nadie debería conocerla mejor que yo. Se supone que tendría que saber desentrañar sus pensamientos más íntimos; que cuando a ella le tiran, me duele a mí. Estuvimos nueve meses en el mismo útero, compartimos cada sonrisa, cada mimo, cada canción de cuna. No hay fotos de Alba y Claudia, por separado, hasta los tres años. Se da por sentado que somos uña y carne, dos corazones unidos por… Bueno, ya se sabe: todo eso y mucho más. A los doce años, un coche me atropelló y estuve casi todo un curso en cama. Alba siguió su vida: el colegio, las compañeras, chicos de los que hablaba… No voy a decir que no me diera envidia. Es comprensible ¿no? ¡Era tan injusto! ¿Por qué me atropelló a mí aquel estúpido coche? Unos centímetros más a la derecha y la hubiera atropellado a ella, a Alba. ¡Dicho así, suena horrible! Aclaremos: no es que yo le haya deseado ningún mal a mi hermana, solo que sigo pensando: ¿dónde está la justicia? ¿Por qué a ella no, y a mí sí? Y, sin embargo, mirándolo objetivamente, aquel tiempo enjaulada me benefició mucho. Con tantas horas sin hacer nada, me dio por leer. Leí un montón de libros. Me los traía Alex. Alex lee cualquier cosa que le caiga en las manos. Alba no lee; bueno, leyó “50 sombras de Grey”, pero eso es decir nada, porque no hubo chica que no lo leyera. Hasta yo caí y me tragué el primer libro, aunque el segundo me dio una pereza de muerte y lo dejé.

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Pero, ¿por no leer le pasó a Alba lo que le pasó? ¡Eso ya es ir muy lejos! Aunque yo creo que a mí no me pasaría. A mí un tío no me toca, y si lo hace será, desde luego, la primera y la última vez, ¡eso lo tengo muy clarito! Claro que… Alba decía lo mismo. Y también es verdad que yo nunca he tenido oportunidad de demostrar si soy así o asá en una relación, porque no he tenido ninguna. Siempre que hablamos de estos temas, solemos asegurar lo mismo: -A mí no me toca un tío ni un pelo de la ropa –digo siempre yo. -Se denuncia a la primera señal –añade cualquiera: Celina, Carmen, Lucy, Alba, Tatiana… todas estamos de acuerdo en eso. Siempre. Yo sabía que Alba… pero ¿cómo iba a confesarlo? Soy su hermana, su melliza, sí, pero ella no me lo dijo nunca. ¡No soy adivina! ¡No estamos unidas hasta la muerte por el cordón umbilical! ¡Lo sabía porque estaba leyendo su diario cada vez que tenía oportunidad! ¡La estaba traicionando! …………………

Lo primero que Ángel pensó cuando conoció a Alba fue que era la chica más guapa que había visto en su vida. Le gustaron sus rizos rubios, suaves, cayéndole por la espalda como una cascada; le gustaron sus ojos negros, almendrados y dulces como los de una gacela, y su boca expresiva, que adoptaba con desconcertante rapidez tantas muecas y mohines. También le gustó su cuerpo. Tenía cuerpo de mujer, nada de escuálida treceañera muerta de hambre, que era lo que le parecían la mayoría de las chicas que veía por ahí. Alba tenía quince años y un cuerpo que nada tenía que envidiar a… bueno, ¡a nadie! A Alba también le gustó Ángel a primera vista. Sus ojos profundos, de un verde muy oscuro, con la raya negra bordeando los párpados, que casi parecían pintados…; su pelo largo, negro, tan bien cuidado; aquel olor suyo tan especial…Y su manera de tratarla: Alba era una princesa para él, y así lo demostraba. - 5-


Durante semanas, él le fue detrás, pero ella solo se dejaba querer. Decía que era demasiado joven para tener ganas de atarse a una relación seria, a un novio de por vida. -Lo que quiero es disfrutar de flor en flor –aseguraba, desenfadada. -Si no nos divertimos ahora, ¿cuándo lo vamos a hacer? –la secundaba Carmen. -Pero es que un novio es lo más –aseguraba Celina, la pelirroja bajita y chispeante- : Aprendes, te da experiencia de la vida y las demás no se ríen de ti. ¿Qué más quieres? -Pero un novio, a nuestra edad, no suele ser “para siempre”, y luego se sufre, cuando todo acaba – le objetaba Claudia cuando dejaba sus amados libros para salir con ellas. -Se sufre de todas formas –cortaba Alba-. Si no tienes novio y te enamoras de algún capullo que te ignora, ¿no sufres acaso? ¡Hay que elegir la manera en la que prefieres sufrir! -“Maneras de romperte el corazón” –declamó Carmen, engolando la voz. -¡Y maneras de arreglarlo! –exclamó Alba, riendo-: ¡Estrenar taconazos, ponerte el top más sexi y salir de marcha con las amigas! ¡Eso quita todas las penas! Solo que Ángel era tan insistente… y Alba tenía quince años. Poquito a poquito, sin darse apenas cuenta, fue enamorándose de él. “Me estoy pillando”, le confesaba a Alex, su mejor amigo. Los sábados hacían botellón: todos los chicos del pueblo en el mismo recinto, aunque separados en grupos. Ángel se reunía con sus colegas de coches tuneados y con el bombo a toda pastilla.. Alba iba con su hermana y sus amigos, un grupito de nueve, siempre los mismos, en el que las únicas mayores de edad (y por tanto las encargadas de comprar el botellón) eran Tatiana y Lucy. Cuando ya todos habían bebido el primer cubata, los grupos se relajaban, se mezclaban unos con otros y empezaban las risitas, el coqueteo y el juego de cada finde. Ángel se acercaba y Alba no le rehuía. Al principio reían y bromeaban. Al cabo de algunos sábados, se perdían por la parte más oscura, entre los árboles. Si le preguntaban a Alba, contestaba que no, no estaban saliendo. Solo estaban “enrollados”. A Ángel no le gustaba esta definición, pero, como llevaban poco tiempo, se callaba. - 6-


Tatiana, en cambio, no podía controlar su lengua, sobre todo en cuanto empezaba a beber. Todos sabían que era vecina de Ángel y que se llevaban muy bien, pero últimamente parecía como si el chico fuera de su propiedad. No protestaba, sino que criticaba, desde la longitud de las faldas de Alba hasta el grosor de la capa de rímel de sus pestañas. -Está celosa –dedujo Alex, y nadie intentó rebatirlo porque era muy evidente. Lo que sí mosqueó un poco a las chicas del grupo fue que Ángel también empezara a criticar las faldas de Alba. -¿Qué pasa, no te gustan mis piernas? –le dijo ella la primera vez, riéndose. -Pues tampoco son para tanto –le contestó él delante de todos-, por lo menos para que las enseñes así, hasta el culo. Fue un exabrupto que los dejó a todos descolocados y con mal sabor de boca. A todos excepto a Tatiana, que de buena gana hubiera aplaudido. Claudia pensó que una salida así podía costarle a Ángel el romance completo. No ya por lo que había dicho, que de por sí era bastante grosero, sino por decirlo delante de todos, chicos y chicas, amigos y hasta enemigos si se contaba a Tatiana. Pero Claudia se equivocó. -No creía que mi hermana fuera a tener tanto aguante con un chico –le confió a Carmen-. Normalmente, el más inocente comentario que le disguste siquiera un poquito, es suficiente para que rompa una relación. -Bueno, tampoco ha tenido muchas “relaciones” –especificó Carmen. -Ya sabes lo que quiero decir: basta para que un chico que le gusta deje hasta de caerle bien. Además, no te olvides de Pablo, aquello fue bastante serio. -Yo creo que lo de Ángel le ha llegado más adentro y por eso no le afecta tanto un simple comentario –terció Celina-. Además, es verdad que lleva unas falditas que cuando se sienta… -¿Acaso tú no las llevas igual? –protestó Claudia-. Y yo, ¡y todas! -Bueno, sí, pero cuando sales con un chico ya no es lo mismo. - 7-


-Ah, ¿no? Entonces ¿de verdad es que nos las ponemos para “pescar novio”, como dicen algunos? –se mosqueó Claudia. -Hija, tú no sé, yo me las pongo porque me gustan. -Entonces, cuando sales con un chico, ¿dejan de gustarte? -Que no, mujer, pero hay que guardar un respeto… A Claudia este tema la motivaba mucho. -O sea, que una minifalda es cosa de putillas… o una provocación, ¿no? En cambio, cuando los chicos vienen con esos pantalones que se les caen, enseñando bóxer y hasta culo, ¿qué pasa? ¿Eso no es “de putillos”? ¿No provoca? Las chicas rieron. -¡Hija, a mí por lo menos, no! –contestaron a dúo. -Entonces, la provocación está en los ojos del que mira, ¿no? No tiene nada que ver con lo que cada uno se pone. Si la mente del que mira es sucia, verá provocación y punto. -Es que los chicos siempre se sienten provocados… o sea, excitados: son sus hormonas –les defendió Carmen, que siempre hacía de abogada de los pobres. -¿De verdad, sus hormonas? –chisporroteó Claudia, lanzada-. Pobrecitos, ¿no? Hay que compadecerlos, qué lastimita, no pueden dominar sus hormonas. Habrá que disculpar los casos de violación, supongo, ¿no?, porque como es cosa de las hormonas… A lo mejor hasta tendrían que concederles enfermedad profesional a los violadores, y una paguita. Es cosa de estudiarlo. Claudia se alteraba tanto que al final hacía reír a sus amigas, y eso sí que era una lástima: porque, con la risa, todo quedaba en anécdota, en “cosas de Claudia”, y no se le concedía un segundo pensamiento. Y hubiera sido muy oportuno.

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Le gustaban las noches de brasero y tostadas. Olía a aceite de oliva, a ajo y a ese inconfundible aroma del pan que se tuesta en las brasas. Él inspiraba muy, muy hondo, como si pudiera inundarse los pulmones con aquellos olores. Mamá reía. Mamá le revolvía el pelo y reía. Le gustaba mucho ver reír a mamá. Pero la risa que le gustaba de mamá era la de cuando estaban solos, ellos dos. Sin él. Sin papá. Le gustaba mucho también, claro que sí, cuando estaba papá, y lo cogía en brazos y lo levantaba alto, alto, casi hasta la lámpara del techo. (Una vez se golpeó con la lámpara y se le abrió una brecha en la cabeza porque papá no había calculado bien) (No le apetecía recordar aquello, se le estrujaba el estómago). (aquel día papá olía mal, como cuando…) (¡Cállate!) Papá era divertido con él, era bueno, le decía “machote” y que estaba orgulloso de su niño. Quería un montón a su papá. Pero mamá no reía casi nunca cuando papá estaba en la casa. Ni cantaba. Bueno, a veces sí cantaba, muy bajito, canciones que nunca oían en la radio, ni en la tele. -Ay ayayay… no te mires en el río… Ay ayayay… que me haces padecer… Porque tengo, niña, celos de él… Pero esas canciones al pequeño le parecían muy tristes, como si quien las cantara (y las cantaba mamá) estuviera conteniendo las ganas de llorar. A él le gustaba que le cantara canciones alegres, y lo pusiera sobre sus rodillas y le hiciera saltar. Se reían los dos como locos, y luego mamá le daba tostadas y leche, y ella las comía también y el aliento le olía a ajo, pero muy apetitoso. - 9-


Eso era cuando papá tenía jornada nocturna. A él le hubiera gustado, esas noches, pasarlas enteras con mamá pero, aunque ella lo dejaba acostarse en su cama, luego lo llevaba en brazos a su cuarto cuando ya estaba dormido, le daba un beso y lo dejaba allí solito. Como la oscuridad le daba miedo, mamá dejaba la puerta entreabierta y la luz de su cuarto encendida largo rato, pero si después se despertaba por la noche, estaba todo muy, muy negro, y a él no le gustaba nada… pero se callaba por si estaba papá. Papá se enfadaba mucho si le oía llorar por la oscuridad. Decía que eran “mariconadas”. Papá daba más miedo que la oscuridad. (Sería mejor no pensar en eso tampoco…) Poco a poco iban creciendo, como sombras que se alargan, recuerdos que prefería olvidar. Mamá le dijo que podía convertirlo en un juego…

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CAPÍTULO II El amor nunca tiene razones, y la falta de amor, tampoco. Todo son milagros. Eugene O’Neil

Del diario de Alba. Extractos sueltos. Nochevieja. (Veintitrés meses antes) Ésta ha sido nuestra primera Nochevieja juntos. ¡La primera, pero seguro que no la última! Ha sido la más bonita de mi vida. N i en mis mejores sueños hubiera imaginado una noche así, tan perfecta, tan completa. Ya llevábamos tiempo hablándolo. A mí me daba mucho miedo; ya sé que es algo natural, que cuando hay amor es lo más bonito y que con dieciséis años que tengo ya, ya va siendo hora, que se me va a pasar el arroz. Bueno, a mí me parece que eso ya es exagerar, pero confieso que, con según qué chicas, me molesta a veces reconocer que todavía sea -¡era!- virgen). ¡Es que algunas te miran como si fueras la chica ye-yé, vamos, recién salida de El Baúl De Los Recuerdos que cantaba Karina! Y yo no soy Claudia, que tan orgullosa se siente de todo lo que hace y lo que deja de hacer, como si solo ella tuviera la Razón y la Verdad en sus manos. Así que ¡ya era hora! ¡Ya no soy virgen! He perdido mi virginidad en la tarde del 31 de diciembre, en una cama cubierta con pétalos de flores: mi amado príncipe azul no encontró rosas, pero compró otras flores para deshojarlas todas y prepararme el tálamo nupcial más romántico de la historia. Lo habíamos planeado muy bien, porque sabíamos que sus padres se irían a pasar las fiestas al pueblo. Él se inventó que lo habían invitado a cenar en casa del Gato. Yo dije que me habían invitado a cenar los padres de Celina… Mamá quería llamar para dar las gracias y tal, pero la convencí de que eso era una horterada y que sus padres me iban a mirar como si fuera una tonta pijita. ¡Menos mal que me exalté tanto, que coló! Juntos toda la noche… ¿A quién le importa perderse la cena copiosa, ni las archisabidas doce uvas? Ángel había preparado bandejas de picoteo, todo delicioso, fácil de comer y que no iba a - 11 -


ensuciarnos las manos… y bombones de licor, un montón, porque sabe que me encantan. Y cava rosado. ¡Delicioso! Primero bebimos y comimos bombones. A mí me hubiera gustado bailar un poco, lento, como en algunas películas, pero me pareció que le iba a resultar demasiado cursi. Así que nada de baile. Nos quedamos de pie en el salón de su casa, enfrente de la foto de boda de sus padres. Qué guapísima había sido su madre, de verdad. Parecía una modelo, y ¡qué ojazos! Quién la ha visto y quién la ve. ¡Qué pena lo que hacen los años! Aunque ¿tanto puede avejentarse una persona en veinte años? Mi madre no ha cambiado así, si a veces hasta me parece que está más guapa ahora que cuando se casó, con veinte años. Ahora tiene treinta y ocho y le dicen piropos por la calle, ¡en realidad más que a nosotras! Me di la vuelta con disimulo para no estar enfrente de aquella foto en la que los personajes parecían el “después” de un “antes” que en realidad era el presente. Después de los bombones y el cava rosado, los nervios se me fueron aflojando un poco, pero a pesar de todo las piernas me temblaban, y más con los taconazos. Ángel fumaba un cigarro detrás de otro. El olor a humo esparcido por toda la casa me estaba mareando. Me sentía tan tímida como si no nos hubiéramos besado nunca. Abrí una ventana. ¡Qué frío, pero qué alivio, también! Me ardían las mejillas. Ángel vino detrás de mí y me abrazó. Me besó despacio, primero en la sien, sobre el pelo. Después, en el cuello. Un escalofrío recorrió mi espalda, y tuve que cerrar los ojos. Él subió con la boca hasta el lóbulo de mi oreja. Nunca me había besado así. Sentí una especie de mareo que hacía que las piernas se me aflojaran, y me tambaleé. -Mi princesa… -susurró Ángel, roncamente. Me encantaba que me llamase así, yo era su “princesa”, la princesa rubia de los cuentos de hadas, me decía siempre. Él, por supuesto, era, siempre fue, mi príncipe azul.

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Su aliento me cosquilleaba en el cuello, podía escuchar su respiración acelerada, al compás de la mía, hasta que no pude más, tuve que volver la cabeza, y entonces nos besamos en la boca. Largamente. Jadeábamos, pero no importaba, al contrario, cada vez era más imperiosa la necesidad de explorarnos por dentro, uniendo nuestras lenguas, jugando con ellas, como si tuvieran vida propia. Entonces Ángel me soltó, lentamente, y al abrir los ojos vi que estaba mirándome. Si una mirada ha gritado “te quiero” a los cuatro vientos alguna vez, ha sido la suya. Seguro q ue la mía también, porque nuestros ojos parecían estar penetrando, sus ojos verdes, mis ojos negros, dentro los unos de los otros. Jamás había sentido algo así, ni había creído que pudiera sentirse. En aquel momento, supe con toda certeza lo que es el Amor, es decir: AMOR, con mayúsculas,

AMOR, amor verdadero, del que

vence al Tiempo, del que no conoce final ni Muerte. Por muchos años que viva, nunca podré olvidar aquel nudo que ató nuestras miradas y que me hizo comprender la Inmortalidad, la vida eterna. Sin dejar de mirarme, Ángel tomó mi mano y yo no tuve más que seguirle. Me llevó a su cuarto. Vi la cama cubierta de pétalos multicolores y, como en una ofrenda, dejé caer el abrigo a mis pies, sintiendo su caricia alrededor de mis tobillos. Hacía demasiado frío y yo temblaba. Aunque sé que no era solo por el frío. ¿Es que alguien ha vivido su primera vez sin temblar? Pero ¿por qué todo se veía tan claro, tan duro, tan perfectamente contrastado? Yo quería una dulce laxitud, una especie de difuminado… y no. De difuminado, nada, monada. Cada caricia, cada beso, cada huella que dejaba sus dedos en mi piel… Todo era extremadamente claro, sin neblina. Sonoro, incluso. Y me dolió. Decían que no dolía, eso me habían dicho casi todas las chicas, y si a alguna le había dolido era porque “no estaba preparada”. Pues a mí me dolió. Mucho. Poco rato (si acaso un minuto de dolor increíble) pero inolvidable. Luego, todo siguió, y Ángel me besaba, y yo sentía que estábamos consumando nuestro amor. Ha sido todo bonito, hermoso, increíble. Me siento magullada, pero muy orgullosa de mí, y de él, y de haber sabido esperar para hacer el amor con amor. - 13 -


Así que ha sido la mejor Nochevieja del mundo y la he tenido YO.

14 de febrero. (Veintiún meses antes). El regalo de Ángel me gustó mucho: una orquídea. También me ha regalado unos pendientes largos, quizá un poco más largos y llamativos de los que a mí, personalmente, me gustan, pero son muy bonitos y me los probé; me quedan muy bien. Entonces me he sentido fatal por no tener ningún regalo para él. Lo peor es que él no me ha preguntado nada, ni ha parecido ofendido. Solo un poco triste. Es nuestro primer día de los Enamorados y no le he regalado nada porque no he querido, como si no estuviera enamorada de él. Y sí que lo estoy, y le Amo, pero despué s de lo de la otra noche… es que no puedo hacer como si nada hubiera pasado: sería hipócrita, y además, estúpido por mi parte. Es verdad que ya le conozco un poco más, y sé que cuando saca el genio más vale no contradecirle. Más vale callarse y hacerse minúscula. No hay que ponerse en su camino. No hay que contestarle lo que se merecería, diga él lo que diga. Y eso… ¡uf! ¡Es difícil! ¡Porque no me gusta callarme! ¡Porque estoy acostumbrada a replicar, y soy rápida en mis réplicas, y eso siempre les ha parecido muy bien a todos! Cuando hay algún debate en el insti, todos quieren que pertenezcamos a su equipo. Las dos: Claudia y yo. Los maestros procuran separarnos para “equilibrar fuerzas” porque somos las mejores. Y ahora resulta que con mi chico tengo que callarme cada vez que surge una discusión. Sí, porque si no, a lo mejor…

El Gato.Ángel dice a veces que, a pesar de ser más chico que él, y que nos hemos conocido gracias a lo suyo con Alba, soy su mejor amigo… Pero eso sirve de poco cuando intento darle un consejo. Joder, tío, se es o no se es, ¿no? Pues escúchame, tronco. - 14 -


No sé si es que no hace caso o que, como dice él, “se le escapa todo de las manos”. Te lo dice con una angustia que yo qué sé, la verdad es que acabas sintiendo pena. Yo creo que fui el primero en saberlo; me parece a mí que Alba no se lo dijo a nadie, por lo menos al principio (cuando se lo dijo a Alex la cosa ya había ido a más, había mucho para contar). Cuando yo le pregunté, antes de saber nada, ella se rio y dijo que se le había escapado la mano cuando estaba tirando de una cuerda para cerrar algo. ¡Ahora pienso que tendría que haber sospechado, que eran demasiadas explicaciones! Y luego llegó San Valentín, que las chicas siempre están tan entusiasmadas con ese día y tal, que hasta Celina, que llevaba diez días conmigo, me hizo un regalo. Y va Alba y no le regala nada a Ángel. Me lo dijo Celina: -Yo no sé qué le ha dado, porque llevaba un mes dándonos la peta con “qué le compro qué le compro”, y ahora dice que pasa de regalos, que el día de San Valentín es demasiado comercial y que no hace falta una fecha para expresarse el amor. Yo, haciendo honor a mi apodo, pensé bien fuerte: ¡¡MIAUUU!! Que yo no habré estudiado y estaré haciendo un módulo y todo lo que usted quiera, pero de tonto no tengo un pelo y más de una vez, y de dos, y de tres, me he dado cuenta de que puedo hilar muy fino cuando se trata de calar a la gente. Lo que pasa es que lo que a mí me apasiona de verdad es la cocina y la restauración, y por eso lo estudio, pero la psicología se me da de miedo. Alba se presentó en su casa con una orquídea y unos pendientes largos, muy llamativos, pero tardamos en vérselos puestos bastante tiempo y esa fue otra cosa que me escamó. Así que se lo solté a Ángel: -Cuando tú quieras, me cuentas qué te ha pasado con la niña –le dije. -¿A mí? ¿Con quién?

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-Con la vecina de enfrente… -le vacilé en plan borde, pero entonces tuve que callarme y echarme a reír porque su vecina de enfrente es Tatiana, y con esa a Ángel le van a pasar cosas, quiera él o no quiera. Así que reí y aclaré: -Con Alba, tío, con tu novia, ¿con quién va a ser? -No ha pasado nada. -Anda que no. -De qué vas, tío –entonces se tensó y hasta me cogió por la camiseta-. ¿Qué te ha dicho? Le miré a los ojos y se me ocurrió jugar. A mí se me suele dar bien. -Tranqui, tronco –le dije, y me soltó. Yo seguí- : Bueno… decir, decir… -Qué te ha dicho –Ángel casi ladraba. -Si ella no quiere decir nada… - insinué sin mentir. Soy un máquina, lo sé. -No ha pasado nada, es una mentirosa. Ya me parecía a mí que claro que algo había pasado. Y más gordo de lo que yo pensaba. Eso lo deduje viendo la expresión de Ángel. Cuando pone esa cara, échate a temblar, hasta su madre se encoge cuando le ve achinar los ojos. Claro que la madre de Ángel tiene muy poquito espíritu. Pero como yo tengo espíritu de sobra, y además le saco una cuarta de alto por dos de ancho, los ojitos achinados de mi colegui no me causan ninguna impresión. Además, nunca ha ido contra mí, seguramente por lo de las cuartas que le saco por tantos sitios. Puede ser salvaje a veces, pero controla, el instinto de supervivencia lo tiene mátrix. -Tío, yo creo que un poco te pasaste, ¿no? –aventuré, al ver su expresión. Juro que no tenía ni idea de por dónde iban los tiros. Es que si lo hubiera sospechado, creo que ni siquiera me habría molestado en juguetear para sonsacarle. Ángel me miraba, y entonces me di cuenta de que no era que achinara los ojos por su furia ya conocida, sino porque intentaba algo así como escudriñar en mi alma, como cuando un miope entrecierra los ojos para ver mejor. - 16 -


Le sostuve la mirada esperando a ver por dónde me salía. Tengo observado por larga experiencia que cuando haces una afirmación y después te callas y esperas, la mayoría de la gente acaba por romper a hablar, como excusándose, a veces casi en plan diarrea verbal. -¿Un poco? ¿Tú crees que me pasé un poco? –me soltó al fin Ángel. -O un mucho, ¿no? –me arriesgué. -¿Qué es lo que te ha dicho ella exactamente? –me preguntó Ángel entonces. -Ya te digo que no es lo que me haya dicho –le contesté, y ahora fui yo quien bajó los ojos. Me estaba empezando a sentir un poco incómodo. Entonces Ángel hizo algo que me sorprendió y hasta me emocionó un poquillo, a pesar de las veces que me había dicho que me consideraba su mejor amigo. Me cogió por los hombros (sí, dos cuartas más, ya lo he dicho) y me miró de frente, levantando la cabeza lo que hiciera falta. Y me dijo: -Alba no te ha dicho nada, estoy seguro. Pero yo te lo voy a decir. Y después… ¡escúpeme si quieres, porque lo tengo bien merecido! No hizo falta que siguiera. Sin pensarlo, di un paso atrás y me solté de él. No tuve que esforzarme, porque sus dedos se habían aflojado. He dicho que no hacía falta que lo dijera, pero sí que me hacía falta. Tenía que oírlo de su boca, no quería que cupiera la menor duda. Así que repetí, frío y como si yo no fuera yo ni él fuera él: -¿Qué le hiciste? Y Ángel me lo contó.

Fabio.A mí no me lo contó porque le hubiera roto la cara y él lo sabía, y, claro, no iba a arriesgar su carita de niño bonito.

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Qué estúpidas pueden llegar a ser las tías, de verdad, es increíble. Se van a enamorar del que menos caso les hace, del que les pone los cuernos al menor desc uido, del más egoísta, del peor y más asqueroso. Eso es así SIEMPRE. Se vuelven locas por el gallito del corral. Quizá por eso será el dicho de que la gallina es el bicho más tonto que existe. Y las chicas se portan igual, igualito que las gallinas. “¡A por el gallo, chicas!”. Qué ridículas son. Y Alba, la primera. El caso es que siempre he sabido que siendo físicamente idénticas excepto en el color del pelo, Claudia es mucho más seria, más eficiente, más coherente, más madura. Alba es mucho más niñata, eso salta a la vista. Y voy yo y me pillo por Alba. ¡Genial, vaya! No entenderé nunca esto del amor. Por más vueltas que le dé, por más preguntas que me haga, por más respuestas lógicas que quiera razonar, todo es inútil: te enamoras de quien sea, no tienes la opción de elegir, realmente es para creer que hay un angelito imbécil con un arco disparando flechas a diestro y siniestro, sin calcular, hala, donde toque tocó, mira qué gracioso, vamos a ligar a un pato con una gamba, a ver qué sale. (El pato, eso es fijo, soy yo). Ángel sabía muy bien que yo estaba coladito por Alba desde hacía siglos, y no le importó lo que se dice nada. Se disculpó un poco, por cumplir, vaya: -Tío, si es que aunque te tires diez años esperándola, ella te ve como a un amigo, como a un hermano, nunca jamás iba a tener nada contigo. ¿Qué quieres, que renuncie a ella sabiendo que me quiere a mí? Es que aunque yo renunciara, tío, pronto vendrá otro y se la ligará, no ves que ya tiene quince años y siente la llamada de la selva… ¡Encima, cachondeo! Tendría que haberle roto la cara, joder, qué tonto fui. Tanto control y tanto fingir que somos modernos y que podemos sobrellevarlo todo con una sonrisa. Si fuéramos modernos de verdad, ese cabronazo no le habría puesto la mano encima a mi chica. - 18 -


A mí me lo dijo Claudia, y eso fue cuando ya habían pasado muchas cosas. Me quedé pillado total cuando me lo dijo. -No quiero que digas ni una palabra a nadie –me advirtió ella. -¿Quién más lo sabe? –le pregunté. -Creo que solo Alex y yo. -¿Alba te lo ha contado todo? –le pregunté. Me resultaba un poco raro porque sabía, por un lado, lo orgullosa que era Alba, y, por otro, que ante Claudia, Alba parecía estirarse y encogerse, a ver, no sé explicarlo bien: cambiaba, exageraba una parte y disimulaba la otra. No era la Alba que todos conocíamos. -Sí, me lo ha contado –dijo Claudia, desafiante-. Pero no vayas a decirle ni preguntarle nada, ¿eh? Le prometí que guardaría el secreto. -Claro. Supongo que mi “claro” la hizo sentirse culpable: al fin y al cabo, si prometió silencio, ahora se estaba chivando sin cortarse un pelo. -Sólo quisiera… -continuó, tropezando en las palabras, cosa nada típica en ella-. Bueno… ¡es que no sé qué hacer! -Pues a mí me parece que lo que tienes que hacer es convencerla para que lo deje lo más pronto posible. -No me hará caso. -Claudia, tienes que convencerla. Joder, tú eres la chica más… -iba a decir “comecocos” pero lo cambié a tiempo por- : convincente que conozco. Y Alba es tu hermana. -Por eso, porque es mi hermana, con ella no tengo poder. -Pues ¡no lo entiendo! ¿Cómo puede seguir queriendo a un tío que le hace eso? Y, aunque lo quiera, ¿cómo puede seguir con él? ¡Joder, le pega, eso duele, no es un juego! Claudia me miraba muy fijo y con una expresión bastante curiosa.

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-No entiendes nada, Fabio –me dijo-. No es que le pegue cada día ni nada por el estilo. Lo ha hecho alguna vez, como quien pierde los nervios. Luego le pide perdón, se tortura, sufre. -Claro, y yo que me lo creo todo. -Pues pensé que lo entenderías, pensé que tendrías otra sensibilidad –suspiró Claudia, como si yo la hubiera decepcionado. Yo lo que creo es que, no sé por qué, tuvo ganas de hacerme daño, o de hacerme saltar. No sé. Ella sabía muy bien que yo estaba loco por su hermana desde siglos atrás. -Mira, tú me dirás entonces qué quieres de mí. Según parece, no puedo decir nada, o sea que no puedo siquiera intentar comerle el tarro para que lo deje. No puedo comentarlo con nadie… Ah, sí, perdona: con Alex sí, ¿no? ¡Justo con él! Iba a seguir mi discurso cuando C laudia me cortó, muy brusca: -¿Tienes algún problema con Alex? -No, desde luego, ninguno. Dejando aparte que es gay. -¿Y? -Nada, que a lo mejor yo le estoy hablando en plan colega y él está mirándome disimuladamente el culo. ¡Cómo estalló Claudia, por Dios! Supongo que, mirado desde el punto de vista moderno, objetivo, tolerante y blablablá, me colé tres pueblos. Pero ella no se anduvo por las ramas, vamos, que Claudia, cuando se exalta, ¡se exalta!, no se corta un pelín. -¡Fabio, te juro que si llego a saber que podías hablar así y reaccionar así, nunca en mi vida te hubiera dirigido ni una mala mirada! –me gritó. Muy fuerte. En plan alarido. Y siguió: -¡Por tíos como tú nunca dejará el mundo de dar asco y nunca llegaremos a nada, ni habrá cultura, ni igualdad, ni el hombre podrá ser libre jamás! -Tía… -¡Fabio, me das asco! ¡Te juro que me das asco!

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Primero me cuenta una cosa que sabe que me va a poner de los nervios, que no puedo hacer nada para evitarlo, y encima me pide, no, ¡me exige! que no diga una palabra. ¿Qué se cree que soy? ¿Su paño de lágrimas? ¿Su muro de las lamentaciones? Y luego voy yo, le doy un consejo, le digo lo que opino… porque ¡tengo que opinar, joder, que soy humano!, y entonces mírala, me dice que le doy asco. Ah, no, eso me lo ha dicho por un simple comentario que he hecho sobre Alex. El gay. Joder, no iba con maldad, si yo soy amigo de Alex de siempre y me llevo perita con él, y no me importa lo que sea. Claro que, pues no, no me voy a agachar delante de él. Vale, que será de chiste y todo lo que se quiera, pero desde que supe que le iban los tíos, pues me cuido, a ver. No me gustaría dar lugar a ningún equívoco. Como dice mi abuela: “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Y Claudia que diga lo que quiera.

Claudia.Ya sé que, según los cánones y reglas, hice mal: un diario es algo muy privado, nadie –ni las hermanas mellizas- puede tener acceso a él sin permiso. Estoy completamente de acuerdo. Sin embargo, leí el diario de Alba. Y lo más fuerte es que no me arrepiento. La vida te va enseñando que no te puedes regir siempre por leyes inflexibles y rígidas; que a veces hay que tomar decisiones y que no siempre el camino recto es el más sabio. Porque si yo no hubiera leído el diario de mi hermana, no sólo no habría llegado a saber lo de Ángel, lo que, al fin y al cabo, no me sirvió mucho para ayudarla porque no supe cómo actuar si no confesaba lo que sabía y por qué lo sabía… ¿Me he perdido hace un rato con la explicación? Decía que no sólo llegué a saber lo de Ángel, sino, sobre todo, supe lo otro, lo de Samuel. Y en esto sí que voy a actuar como sea, no voy a quedarme con los brazos cruzados. ¡No estoy dispuesta a perder a mi hermana! No sé qué va a ocurrirle. La cabeza me da vueltas si empiezo a pensar. Para colmo, yo sí que he visto capítulos y más capítulos de “Mentes Criminales”, he conocido psicópatas por un tubo (en la - 21 -


serie, se entiende) y me da igual que la mayoría tenga un triste pasado, algún horror que le haya conducido al momento de matar. Cuando un tigre ataca, la prioridad es defenderse, ¿no? Ya habrá tiempo después de admirar sus rayas y hasta de contarlas, si tienes el capricho. Pero para entonces, el tigre muerto y bien muerto, ¿eh? No nos equivoquemos.

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“Anoche me dormí muy temprano”… (mentira, mentira, decía el duende) “Y tuve sueños muy bonitos. Soñé con ese camión que me enseñó el abuelo Pedro, con marcha atrás”… (tú también sabes ser un buen mentiroso, ¿eh?, rio el duende) El pequeño se levantó decidido, cogió al duende de trapo, con su burlona sonrisa pintarrajeada, y lo metió en el armario. Sonaron los cascabeles en señal de protesta. “Al camión se le encienden las luces, y el remolque se desmonta y se separa…”. Le parecía oír los cascabeles mofándose de él desde el armario. -¡Es el juego! –susurró, y el sonido de su voz le dio un poco de miedo. ¿Despertaría a alguien? Todos dormían, después de la noche… (la recuerdas muy bien, no estabas dormido) -¡Es el juego! –gritó en un ronco susurro, tapándose toda la boca con ambas manos. Gritar era un desahogo, ojalá pudiera salir ahora, irse al parque y gritar mucho, muy fuerte. A veces le decían que estaba loco por gritar así, o por darle patadas a los árboles, pero él se sentía mucho mejor cuando lo hacía. La casa estaba en silencio ahora. No había ido al colegio: total, dijo papá, es muy chico, no se pierde nada. Que se quede en casa y así tú duermes más. (qué cariñoso, que atento con mamá después, míralo, qué delicado…) (lástima que ya sea tarde para su cara, no querías mirar pero escuchaste el golpe, decía el duende desde su escondite) Él sabía que a mamá le gustaba levantarlo de la cama, le gustaba besarle las redondas mejillas mientras lo vestía, y a él le gustaba esa ternura de mamá. A veces hasta le dejaba el cepillo para que la peinara, lo mismo que ella lo peinaba a él.

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Mamá tenía el pelo muy, muy largo, y se lo recogía siempre en una trenza brillante y negra, aunque a veces se le veían algunas hebras grises que brillaban más. A papá le gustaba que lo tuviera así, largo. Una vez oyó a mamá comentar que el cabello tan largo le producía dolor de cabeza, pero “como él no quiere que me lo corte…” En cambio a él se lo cortaban muy a menudo. Papá lo llevaba a su peluquero y lo dejaban “como a un hombre”. Al pequeño le gustaba mucho ir a la barbería, que así llamaban a la peluquería de los hombres, porque olía muy bien y había algunos carteles de chicas muy guapas y con poca ropa, y de futbolistas. Cerrando los ojos, casi podría verlos ahora, grandes y a todo color, más brillantes todavía de lo que eran en realidad. Por un rato, sus manos se relajaron, se separaron de su boca, los dedos le dolieron al aflojarse. Sentía dolor y alivio a la vez, como al gritar. Cuando la puerta comenzó a abrirse, despacio, abrió los ojos y se sintió desconcertado porque no recordaba siquiera que estaba allí, acurrucado en el rincón, frente al armario, con el pijama puesto aunque fuera mediodía. No recordaba el hambre que tenía. No había comido nada desde la merienda de ayer, anoche no hubo cena para nadie. (postre sí que hubo, decía el duende desde el armario) Las manos volvieron a contraérsele. -Soy yo, cariño –susurró mamá-. Ven a comer algo. En el juego entraba esto: ella le daría la mano sin mirarle y él tampoco la miraría a ella. Pero no pudo evitar mirarla de reojo, sólo un segundo, una milésima de segundo, lo justo para ver el labio casi negro. Supo que, durante unos días, tendría que ir solo al colegio porque mamá “está muy resfriada y yo ya soy grande y sé el camino”. Pero ni con el juego conseguía sentirse grande.

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CAPÍTULO III Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar. Publio Sirio.

Las manos le temblaban mientras intentaba desenredarse el pelo. Estaba solo en su habitación, frente al espejo. No quería mirar a su alrededor, ni mirar dentro del espejo tampoco. Sin querer, se tiraba del pelo, tenía enredos que eran casi nudos. Llevaba un día entero revolviéndose en la cama, sin levantarse, sin comer, sin abrir los ojos. Su madre había venido a golpear la puerta suavemente, varias veces; él le había gritado: -¡Que me dejes en paz! Ella había vuelto al cabo de unas cuantas horas, y se había repetido la escena. Ya está. Podría quedarse a solas con sus pensamientos eternamente y siempre pensaría lo mismo: soy una mierda, lo soy, lo soy, lo soy. No le importaba arrancarse mechones de pelo con el peine; dolía, pero era poco. Más le había dolido aquel bofetón a ella. A su princesa. No olvidaría nunca la hinchazón, el morado del labio, la tristeza incrédula de aquella preciosa boquita que antaño reía y le hacía muecas para divertirlo, la boca que tanta pasión ponía para besarlo. No fue muy fuerte el golpe, estaba seguro. Probablemente lo que pasó fue que ella se adelantó a la vez y le llegó antes, con más ímpetu. Ángel se tapó los ojos en un impulso tan rápido como aquel con el que Alba se había tapado todo el rostro al recibir la bofetada. Un maldito impulso… un instante, solo un instante en el que pierdes el control. Y todo en tu vida cambia. Ya no eres el chico que tiene la novia más bonita del mundo, la más enamorada. Eres ese cerdo de manos largas que le pegó por una frase un poco fuera de tono y la perdió por eso. - 25 -


¡Muy bien, Fabio se pondrá súper contento! Ya puede dejar de dar la vara con lo de “ha sido un golpe bajo, tío”; “me la has jugado, colega, eso no lo esperaba de ti”, etcétera, etcétera y nunca acabar. Ángel sentía las cálidas lágrimas deslizarse entre sus dedos. Quería llorar mucho, muchísimo, para limpiar tanta suciedad que le ahogaba por dentro y por fuera, cabeza y mano maldita s. Mas, no: cuatro lágrimas de vez en cuando le aliviaban las córneas doloridas y ardientes, pero el nudo en la garganta no se suavizaba con nada. Quería poder exhalar sollozos roncos, quería gritar y gritar, pero en aquella casa, y con aquel duende cascabelero, parecía prohibido manifestar tristeza. Instintivamente, echó un rápido vistazo a la puerta. Uf, claro que estaba echado el cerrojo, imposible olvidarse de eso, pero por si acaso. ¡Por un instante, hasta perdieron prioridad su dolor y su vergüenza! (si papá entra y te ve así… ) El móvil allí, encima de la mesa, lo miraba, mudo. Había extendido hacia él la mano diez, veinte, mil veces; incluso había empezado a pulsar… pero de inmediato se detuvo, lo cerró, se alejó incluso de él, empujando la silla hacia atrás, hasta casi caerse de espaldas. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo iba a hablar con ella? Después de todo lo que le dijo la noche anterior, ¿qué más podía decir? Y ella sólo había susurrado: “déjame, déjame, no me toques, déjame”, con el rostro de nuevo oculto. No quería mirarlo: mejor para él. Le tenía pánico a su mirada, ahora. Ni siquiera habían estado discutiendo… Habían discutido mucho, pero antes, más temprano. Como siempre y por lo de siempre: la ropa, Fabio, la confianza con los tíos… Como siempre también, ella le había repetido que eran sus amigos desde antes de estar con él y que no iba a dejarlos de lado ahora, y tampoco iba a dárselas de “princesa lejana e inaccesible”. Sus amigos la querían por cómo era, y si se ponía esta ropa o la otra, ellos ya estaban acostumbrados, no la veían de nuevas. - 26 -


Solían tener este tipo de discusión casi cada viernes, excepto cuando ella condescendía en ponerse vaqueros o leggings para el botellón, y se lo decía a él. Entonces, todo iba como la seda. Pero como ya llevaba un par de semanas de “niña buena”, como ella decía entre risas, esta vez le había apetecido de verdad ir rompedora… ¡Colándose tres pueblos! -¡Es que me ven en el botellón ya como a la monja rubia! –había explicado ella cuando le comentó que aquella noche iba a ponerse la minifalda vaquera. Él no protestó. Lo estaban hablando en grupo, reunidos, como cada tarde de viernes, en el parque, para ir a comprar las bebidas para el botellón, porque en el supermercado salía mucho más barato que si lo dejaban para el último momento. -Sor Alba, virgen y mártir… -había reído Carmen. -Bueno, lo de virgen… -habían comentado a la vez dos o tres, entre ellas la misma Alba. Ángel sabía que Alba y sus amigas se contaban todas sus intimidades, aunque esperaba que no ahondaran mucho en cada tema y, al menos con Alba, acertaba, pues a pesar de su carácter abierto y alegre, era un tanto cortada para según qué confidencias. -Pero mártir, sí –había afirmado Claudia, riéndose. No quería decir nada, una simple broma porque el comentario venía a cuento, pero Ángel se sintió aludido y la observó con suspicacia. Ella se dio cuenta y apartó la mirada. ¡Nunca sabría si le caía bien o mal a su cuñada, Claudia no dejaba traslucir sus pensamientos! Bueno, pues seguro que a partir de ahora ya no le iba a caer bien a nadie. Y tampoco seguiría siendo “su cuñada”. Otra vez los sollozos le atenazaron la garganta, pero sin salir, sin darle alivio. Se lo merecía. Merecía que la angustia lo ahogara. Se habían pasado la tarde del domingo discutiendo por la faldita, el escote y las miradas, y ya, cansados de todo, habían acabado sentados en un banco solitario frente a la ermita, comiendo pipas. No discutían ya, pero no hablaban. Se habían tomado dos litronas de cerveza entre los dos (casi toda se la - 27 -


había bebido él, porque Alba no solía beber alcohol más que en los botellones) y dejaban pasar el rato hasta la hora de recogerse. Entonces, él dijo algo. No recordaba siquiera qué fue. Un comentario tonto acerca de Tatiana; seguramente lo dijo sólo para fastidiarla, para que viera que, si a ella la miraban otros chicos, él también podía mirar a otras chicas: estaban igualados. Y ella contestó –tampoco recordaba lo que dijo- con malicia, con maldad intencionada o con burla… hacia él, o eso le pareció. En realidad no le dio tiempo a estudiarlo. Ni el tono ni las palabras. No supo qué maldito reflejo actuó sobre él, natural, como si lo hiciera cada día, como si lo tuviera ensayado. Sin volver el cuerpo, solo con el revés de la mano –fuerte, morena, grande, esa mano que ella besaba tantas veces con dulce mimo- le soltó el golpe. Le dio en el labio; notó cómo ella se clavaba los dientes por dentro, y de inmediato, la sangre: la vio, muy roja, antes incluso de que Alba se tapase apresuradamente el rostro con las manos y volviese la cabeza. No se lo esperaban, ni ella ni él. Había sido… ¿instintivo? Las lágrimas acudieron de inmediato a los ojos de Alba, ella, que tenía tan poca facilidad para llorar y se lamentaba de ello. “Parezco fría como un témpano, insensible, todas a mi alrededor tan emocionadas con una película o una canción, y yo ahí, ojos secos, corazón de piedra. Y a lo mejor estoy más conmocionada que ninguna, pero no lo puedo exteriorizar”. Bueno, pues ahora sí que lo exteriorizaba. Ángel veía las lágrimas caer, brillantes, de entre sus manos, sobre su ropa, y corrió a enjugárselas, y las notó ardientes. -¡No me toques! –suplicó ella. -Mi niña, mi princesita, por favor, déjame ver, por favor, lo siento tanto… ¡déjame ver! –aquí tuvo que endurecer la voz porque ella no abría las manos; las abrió y él pudo ver el labio hinchado (tampoco era demasiado, los había visto en mucho peores condiciones) y la sangre que manchaba, escandalosa, - 28 -


pero se veía que solo había sido por dentro, con sus propios dientes. Eso sí, el labio estaba un poco tumefacto, cárdeno. -Lo siento, lo siento tanto, cariño… no pensaba darte ahí, te lo juro, si yo iba para la cabeza, quería darte una colleja por lo que habías dicho… Alba no lo miraba, volvía la cabeza. -Dime que lo sabes, que sabes que no te he dado queriendo. -Déjame, por favor. -Alba, yo jamás te daría un golpe, ¿no lo sabes? Ella no contestó. -Lo sabes, ¿verdad? ¡Eres mi amada, mi princesa, mi tesoro! ¡Sabes que nunca sería capaz de ponerte una mano encima! ¡Alba! ¡Mi princesa, mi cuento de hadas! ¡Dime que lo sabes! ¡Dímelo! Alba se levantó, lo miró. No gritó. Dijo, bajito: -¿Y esto qué es, entonces? ¿No es un golpe? -¡Pero ha sido sin querer…! -Nadie pega sin querer. Vale, no querías darme tan fuerte. Pero querías darme. ¡Me has pegado, Ángel! Él se arrojó a sus pies, literalmente. Se cogió a sus rodillas, a sus muslos; enterró el rostro en su vientre y sollozó. Sus lágrimas ardían, mojaban, cálidas, la piel de ella. Eran sinceras, Ángel lloraba, los sollozos sacudían sus hombros, se abatían como un árbol herido de muerte bajo el vendaval. Alba no sabía qué hacer, pero al cabo de un par de minutos lo apartó con suavidad. -Me voy a mi casa –susurró-. No me acompañes, prefiero ir sola. -Te acompañaré –sollozó él. -No, no quiero, necesito estar sola. -¿Qué vas a decir? -Diré que me he dado un golpe.

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-Una vez a mi madre se le escapó una cinta con la que estaba envolviendo un paquete, poniéndola tirante, y se hizo un moradito así. -Bueno. -Parece mucho, pero se te quitará enseguida, seguro que para el martes ya ni se nota. Ponte hielo y tómate un ibuprofeno. -Adiós, Ángel. Él corrió detrás de ella. -¿No vas a darme un beso? -No tengo ganas –dijo Alba, tras una larguísima pausa. -Aunque sea en la cara. Por favor… Estoy muy mal. Quisiera morirme…Por favor, Alba. Alba no quería dárselo. No quería hacer nada que pudiera simbolizar que le perdonaba, pero la mirada de Ángel, suplicante, como un perrito apaleado y humilde, le mordió el corazón. Era Ángel, su Ángel, su niño, el primero que le había hecho el amor, su príncipe azul, llevaban meses saliendo juntos. Se querían con locura, por Dios. Todo el mundo pierde los nervios alguna vez. Había bebido dos litros de cerveza, tan deprisa. Habían discutido. (Pues eso es lo peor) Pero no discutían así, tanto y tan pesadamente, nunca. Y además, él sólo quería darle una colleja, casi como jugando, ¡ella le había dado montones de collejas a él! Alba se puso de puntillas y le rozó apenas la boca, en un beso minúsculo. Ángel, entre sus lágrimas, saboreó la sangre de sus labios. No se sabe a cuál de los dos le dolía más.

Tatiana.Nunca acabaré de entender a Ángel. Siempre me ha mirado de esa manera que una chica no confunde: le gusto, y mucho… Y sin embargo, va y se enrolla con la pavisosa de Alba.

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Pues el sábado me parece a mí que a la niña se le debió atragantar el botellón, porque ella iría muy despampanante y tal (de hecho se le veía todo, por arriba hasta e l ombligo y por abajo hasta el apellido, vamos) pero yo no tenía nada que envidiarle, y ¿sabéis a quién miraba él? ¡Me miraba a mí! Alba podía parlotear como una tonta con sus amigas, con el Gato, con Fabio, con Alex, con todo el mundo, y reír, y hasta fumarse un par de cigarros en plan mujer fatal (que buena bronca le echó su hermana cuando la vio fumando, hasta pena me dio) pero Ángel apenas le hizo caso. Él se quedó a su bola, al lado del coche nuevo de Fabio, mirándolo… y mirándome a mí, que eso lo noté muy bien. Él intentaba disimular y apartarse cuando yo miraba, pero era tarde. Hay algo entre él y yo, lo ha habido siempre, desde que éramos tan chicos que ni levantábamos tres palmos del suelo. Recuerdo cuando éramos dos miquillos… Aunque apenas llegába mos a las ventanas, a los dos nos gustaba asomarnos por la puerta del balcón de atrás, el de la cocina. Las puertas son de cristal, con barrotes, y si tenías el pie bastante chico, podías subirte de puntillas a los hierros, y columpiarte. Los dos lo hacíamos. ¡Era muy divertido! Al rato, nuestras respectivas madres se cabreaban y nos reñían. Se suponía que con nuestro peso podíamos hundir las bisagras de las puertas y éstas ya no volverían a cerrar bien jamás, y entonces vendrían ladrones que treparían hasta el tercer piso (donde cada uno de nosotros vive, cocina frente a cocina) y encontrarían la casa desprotegida y nos quitarían todo lo que tuvié ramos, nos dejarían con una mano detrás y otra delante… ¡Qué melodramáticas pueden llegar a ser las madres! ¡Qué imaginación! A mí aquello me hacía reír, y a Ángel también. Nos mirábamos de balcón a balcón, él con sus pantaloncitos cortos y el pelo casi rapado, yo con las coletas tirantes que me hacía mamá y los enormes lazos tiesos, siempre del mismo color que el vestido, como una niña repipi. Nos mirábamos y nos sonreíamos. - 31 -


Algunas tardes nos veíamos en el parque. Yo bajaba con mis hermanos e iba todos los días; él no bajaba más que cuando le llevaba su madre, y eso no era muy a menudo. Hasta que nos hicimos mayorcitos y ya podíamos bajar solos. Si no había más niños, Ángel y yo jugábamos juntos. A la pelota cuando la había, y si no, a correr, a historias que él inventaba, a las casitas… A las casitas sólo jugamos una vez. No me acuerdo qué pasó, pero no fue divertido y preferí no llevarme más la muñeca cuando bajaba sola al parque. Si había más niños, en cambio, Ángel me ignoraba. Yo no sabía por qué, pero respetaba aquello como un acuerdo. Yo también le ignoraba a él cuando estaba con mis amigas. No lo hacía por maldad, sino porque me daba vergüenza de que me viera jugar a “cosas de niñas”. Tampoco quería que me viera como a las demás. Nadie, ni siquiera Lucy, acaba de entender la relación, la amistad extraña y especial que hay entre Ángel y yo. -Es como si fueras su hermana chica –me dice Lucy-: te aprecia, te sonríe, pero en realidad, pasa olímpicamente de ti. Lo que Lucy no comprende es que no soy su hermana chica. Y él ya lo comprobó una vez. Es verdad que aquel día iba muy puesto; era feria y se había pasado toda la tarde con sus colegas, de caseta en caseta. Yo estrenaba un conjunto de top con la espalda desnuda y falda larga con aberturas a los lados, que era una pasada. Me había costado un pastón, pero juro que valió la pena el gasto. Me gustaba mirarme al espejo. Mi pelo siempre ha sido negro, pero muy negro, casi azulado, y lo tengo muy largo. Lucy me lo plancha todos los viernes por la noche y el sábado yo misma me lo repaso, o mi madre. Hace un precioso contraste con mis ojos azul oscuro, lo más bonito q ue tengo. De tipo dicen que no puedo quejarme, aunque lo hago. Soy alta y delgada, podría ser modelo por mis medidas, pero la verdad es que a mí me gustaría muchísimo más tener una noventa y cinco y un trasero respingón. Digan lo que digan, los chicos acaban deseando coger carne y no hueso. La ropa me - 32 -


queda perita, claro: como colgada en una percha. No lo confieso ni siquiera ante Lucy porque odio que me compadezcan y siempre he pensado que vale mucho más dar envidia que piedad, pero me cambiaría por cualquier chica de esas que lloriquean diciendo que les sobra por aquí y por allí, mientras enseñan canalillo y lucen nalga debajo de los vaqueritos minúsculos. Yo puedo ponerme lo que quiera, ya lo sé, pero a veces me siento como uno de esos cráneos de vaca que blanquean bajo el sol del desierto… nada por aquí, nada por allá, ¡pumba!: Tatiana. Da igual, a nadie le importan mis sentimientos ni mis carencias, así que vamos al grano: Nos encontramos de madrugada: yo ya me iba para casa, harta de bailar y un poq uillo mareada: por aquella época no bebía más de tres cubatas nunca, qué diferencia con ahora, que me bebo el Misisipi doblado… Hicimos juntos parte del camino, claro, pero algo hizo que nos detuviéramos antes de llegar a nuestra calle. Él todavía no estaba enrollado con Alba. Yo ya le había visto tontear algunos findes detrás de ella, en los botellones, pero ella no le hacía cara. (Tampoco me hubiera importado nada que hubieran estado saliendo ya, incluso que hubieran estado casados. La cruda verdad es que nada me importa en el mundo, solo él). Aquella noche nos metimos por el caminito del arroyo, entre los olivos, y hubo de todo lo que yo siempre había soñado que hubiera entre los dos. Fue una noche especial. Una noche mágica, inolvidable. La mejor noche de toda mi vida. Yo no quería que él se diera cuenta de que era todavía virgen, así que me tragué el respingo de dolor que quería rasgarme la garganta, y Ángel no se enteró de que acababa de entregarle “mi flor”, como diría mi abuela. Todo fue magnífico, sensual, con muchos susurros, con besos húmedos que recorrían mi cuello, mi pecho, mis labios… Ángel me hizo suya de una manera que todavía recuerdo, noche tras noche, a solas, y me hace sentir que solo por aquellos momentos vale la pena vivir. Nunca se lo contaré a nadie, es demasiado mío, personal e intransferible. Ángel me besaba y me decía “princesa”. Me dijo “mi princesa gitana, mi niña morena”. ¿ Y dice Lucy que él me ve “como a una hermana chica”? Lucy es tonta si puede creer lo que dice. Un hombre no le hace el amor así a una - 33 -


“hermana chica”. Estoy segura de que ni a su novia se lo hace así. Lo sé por cómo me mira, lo sé por cómo le miro. No está terminada de escribir, ni mucho menos, esta historia. No, mientras yo viva.

Alex.Cuando no tengo nada mejor que hacer, me encanta chatear. No es una cosa de la que hable mucho, porque enseguida me miran con esas caras de “claro, en tu caso…”, como si ser gay fuera una enfermedad de esas de las que te tienes que documentar, buscando los síntomas uno a uno a ver si cuadran con los tuyos. Me gusta chatear porque de eso modo conozco a gente como yo: no gay, sino que, a pesar de serlo, saben hablar de las otras mil cosas de las que también a mí me gusta hablar. Gente a la que lee los mismos libros que yo (y no hablo de los eternos Juego de Tronos o El Señor De Los Anillos) y la misma música; gente que se ríe de los mismos chistes, gente como yo y que no me miran como al bicho raro ése, pobrecillo, pues es muy buena gente a pesar de todo, cada uno es como es, eso es una lotería, etcétera, etcétera. Vaya, me he quedado descansando. A Alba también le gustaba mucho chatear, pero cuando empezó a ir más en serio con Ángel, lo dejó. Ni se conectaba. Actualizaba en el Facebook, subía algunas fotos y ya está. Ángel la absorbía por completo, no necesitaba más. Por eso me extrañó mucho aquella tarde que llegué a su casa y me la encontré tan metida de cabeza. -¡Alex! Espera, ya me despido… un momento –tardó lo justo y se volvió hacia mí, sonriendo en plan bienvenida. Pero tenía una expresión rara. ¿De… culpable? A lo mejor es ahora, que sé más cosas, cuando pienso en su expresión y todo eso. Pero, no: ya entonces me chocó. Por eso le pregunté, intrigado: -¿Qué hacías, rubia peligrosa? - 34 -


-Tonteando un poco, ya ves –pero rio y bajó los ojos. -¿Reinventándote? Era una clave que usábamos entre nosotros para referirnos a las personalidades, tan distintas a veces de la nuestra, que solía divertirnos adoptar cuando conocíamos chicos por la red. Cada personalidad requiere un nombre, un físico diferente y hasta un tic, o una muletilla, o algo especial que lo caracterice. Todo para reírnos, claro. A veces sale bien y se forja una especie de amistad interesante. Así conocí yo el año pasado a Fran y vivimos una historia que fue muy bonita los meses que duró. Si él no hubiera vivido a mil kilómetros, es posible que todavía estuviéramos juntos, pero la distancia esta vez no fue superada por los sentimientos. ¡Somos jóvenes y tenemos deseos de amar todos los días!, decía Fran. Ay, lo escribo y me hace reír. Desde que lo dejamos Fran y yo (desde que me dejó, hablando en plata) no he vuelto a saborear ni un beso. En un poblacho pequeño y lleno de prejuicios como éste, ¿cómo voy a encontrar a mi media naranja? Hay otros gays, por supuesto, siempre los hay: pero que lo sean no quiere decir que automáticamente me gusten o que a ellos les guste yo, por obligación. Hay algunos con los que se puede hablar y pasarlo bien intelectualmente; como dice Claudia; parece que muchos homosexuales nos esforzamos en culturizarnos más, tenemos mayor curiosidad y más capacidad artística. No creo que eso vaya “de suyo” con la condición de gay. Será –siempre según Claudia- elección nuestra, inconsciente, “para compensar”. Por eso las chicas sí que se enamoran de los gays, y siempre lloriquean pidiendo “uno como tú para míííííí…”, qué locas. Parece que los heteros ya se creen que, con ser heteros, lo tienen todo hecho. ¡Pobres! Para colmo, yo cuento con el problema añadido de que el tipo de chico que me gusta es más bien tirando a mozo de puerto o cosa así: grandote, fuertote, vamos, ¡machote! ¿Dónde voy a encontrar a uno de esos, Dios mío?

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Pero bueno, eso era yo, que desde lo de Fran no me había comido un rosco. Pero Alba, que estaba con Ángel tan pilladita, que llevaba ya con él cerca de un año… ¿para qué se ponía a ligotear por la red? -¿No van las cosas con el Angelote? –le pregunté, directo. Entre ella y yo las conversaciones van así, sin medias tintas. Nos gusta ir de cara el uno con el otro. Alba no me contestó, sino que se puso a rebuscar en bolsas para enseñarme ropa nueva. -Échale un ojo –me dijo, vaciando las bolsas encima de la cama. Durante un rato, evidentemente, Angelote y todo lo demás dejaron de existir. Estuvimos admirando los trapos y combinándolos con cosas que ya tenía o que podían prestarle. Quiero aclarar una cosa: no me gusta vestirme de mujer. Me gustan los tíos pero no me va el travestismo. A Fran le iba un poco y le gustaba ponerse minifaldas y tacones en la intimidad, y yo le dejaba a veces aunque en realidad a mí no me ponía, pero le animaba por complacerlo, para que se sintiera realizado. Pero aunque no me guste vestirme de mujer, me encanta la ropa, sea de chica, de chico, de niña, de niño o de lo que sea, y me encanta combinar colores y mode los, y como se me da muy bien, mis amigas se han acostumbrado a pedirme consejo. Incluso algunos amigos también confían en mí para vestirse. De hecho, el Gato me llama casi todos los findes para consultarme, aunque lo hace como de cachondeo, poniendo vocec itas de niña pija y dando espasmódicos saltitos. -Ayyyyy, ¿qué me pongo, qué me pongo? Ech que no tengo nada, uych, cariiii, tú que tienes tanto glamour, anda, mi amoooor… Empieza a lo pijo y acaba a lo Boris Izaguirre, pero el caso es que me escucha y lue go se pone lo que yo le aconsejo. Y ahí lo tienen, saliendo con Celina. Aunque no le veo yo muy pillado por ella…

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No sé, la verdad es que el Gato no se pilla mucho por las chicas. Lo he visto salir ya con tres y parece que le da igual ocho que ochenta, no se enamora como otros. Como Ángel, por ejemplo. Quizá sea una pose: mientras menos interesado parece, más locas se vuelven las chicas. Pero no veo su relación “seria”, no se parece en nada a la de Alba y Ángel. La relación de Alba y Ángel es ya como un noviazgo largo, hecho. Quizá por eso me chocó tanto ver a Alba ante el ordenador, con un boli en la boca y la sonrisita un tanto torcida que ya le conozco tan bien de épocas pasadas, de “antes”, cuando estaba soltera. La dejé que mirara la ropa tranquila, que riéramos juntos y nos relajáramos, porque sabía que, después, estaría más predispuesta para “confesar”. -Sé que tú no me vas a juzgar –empezó. Me había cogido ambas manos, sentada frente a mí sobre la cama con las piernas cruzadas a la turca, su postura favorita. Me miraba a los ojos. Supe sin ninguna duda que iba a confiarme algo muy, muy fuerte. Y no sé por qué, ni se me ocurrió pensar en un embarazo, que sería lo lógico para una confidencia con tanto ritual. -Yo nunca te juzgaré si tú no me lo pides –le aseguré. Realmente intento que eso sea cierto. No juzgar es lo más difícil que hay, todos tendemos a opinar que los demás están equivocados si no opinan como nosotros. En la Biblia dice “no juzguéis y no seréis juzgados”. No es que yo lea la Biblia, pero reconoceréis que tiene cosas con las que da en el clavo cien por cien. Alba tragó saliva y todo, pero no se demoró más que lo justito. Sin mirarme, me soltó, así: -Ángel me hizo lo del labio, ¿te acuerdas? Y también, cuando me torcí el tobillo, fue porque él me empujó y me caí. -¿Qué…? -Me ha empujado cuatro veces, me hizo lo del labio… y… bueno… me cogió por el cuello, una vez. Me… me apretó bastante. Vamos, no me hizo marcas ni llegué a marearme, pero me asusté. -Albita… - fue todo lo que pude balbucir. - 37 -


-Eso fue hace ya mucho, ¿eh? No lo ha vuelto a hacer, sabes. No sé qué tengo que decir. Mi primer impuso es gritar: ¡corre!, pero es evidente que para oír eso no me estaba haciendo sus confidencias. Eso podría decírselo cualquiera: ¡ella misma! ¿Qué debo decir? ¿Qué es mejor que diga? ¿Qué puede servir para que Alba eche a correr de verdad? No tengo ni idea. ¡Mierda, no tengo ni puta idea!

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Le hubiera gustado bajar al parque todos los días, pero no lo hacían casi nunca. Mamá no siempre estaba “presentable”, lo que quería decir que a veces tenía alguna parte de la cara más oscura, y estaba un poco fea. Otras veces, a mamá le dolía la espalda y solo tenía ganas de quedarse en la cama. Pero el pequeño se preguntaba por qué, si solo tenía ganas de quedarse en la cama, se pasaba el día limpiando para que cuando viniese papá todo estuviera “decente”. Incluso hubo veces en las que, aunque mamá no había parado en toda la mañana, a papá le pareció que nada estaba bien y se enfadó. (¿jugamos a algo? ¡El cuento de La Bruja Pirinduja…!) (vale, o hablamos del parque…) Cuando bajaba al parque con mamá, si era temprano y había pocos niños, ella se sentaba en un columpio y se mecía, despacio. No quería que el niño la empujara porque se mareaba enseguida. -¿Por qué te mareas tan pronto, mamá? –le preguntó él un día, un poquito fastidiado por tener una madre tan delicada-. Si ni siquiera las niñas chicas se marean. A mi amiga la paseo muchas veces y grita: “más alto, más alto…” Se rio al recordarlo porque la imagen de la niña de las coletas tiesas en el columpio le parecía muy graciosa. Pero luego insistió: -¡Déjame que te empuje más fuerte, mamita! ¡Verás qué divertido es! Mamá se detuvo y se bajó del columpio, muy triste. -Me di un golpe en el oído hace unos años y por eso me mareo tanto. (ya le trajiste malos recuerdos, mírala, qué grises se le han puesto las mejillas) (niñato estúpido que siempre tiene que meter la pata). Luego, cuando fue mayor, ya podía ir solo al parque. Eso le gustaba más. A veces se encontraba con la niña y jugaban juntos.

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Era más divertido jugar con chicos, pero aquella niña también sabía jugar muy bien. Además, siempre jugaban a lo que él proponía, y se reían mucho. Un día, ella apareció con una muñeca con un chupete que, cuando se lo quitaban, lloraba. -¿Jugamos a las casitas? –propuso ella, acunando a su muñeca. -¿Cómo se juega a eso? -Yo soy la mamá, tú eres el papá y ésta es nuestra hija. -Nuestro hijo –corrigió él. -Bueno –aceptó la niña. -¿Y qué hacemos? -Pues tú vienes de trabajar, te sientas, ¿ves?, y yo te pongo la comida. Él se sentó al pie de un banco de piedra para que el banco hiciera las veces de mesa. -Mira, te he hecho sopa de picadillo –dijo ella, sentando a la muñeca junto a él y haciendo como que servía con un cazo en un plato. El niño metió la cuchara de su imaginación y se la llevó a los labios. -¡Quema! –gruñó, y de un empujón mandó el plato muy lejos. La niña estaba de espaldas, haciendo como que cocinaba algo más, y no vio su gesto, sólo escuchó el gruñido. Rio, alegre: -Hala, pues sopla, que desde que vino la moda de soplar, no hay quien se queme… -dijo, repitiendo sin duda palabras escuchadas muy a menudo. Pero el niño no rio con ella. Se levantó furioso e hizo como que se iba a otro lado de la habitación, dando patadas a algo. -¡Vaya mierda! Dame otra cosa. La niña de las coletas se quedó un poco cortada al verlo así. -Estoy haciendo filete y patatas fritas –dijo, y su sonrisa vaciló hasta desaparecer-. ¿No te acabas la sopita? Se enfriará enseguida.

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No le gustaba la mirada del niño. Despacio, se acercó a su muñeca, que seguía en el suelo, y la cogió en brazos, no fuera a pisarla. El juego de “las casitas” no estaba siendo divertido. Entonces, rozó sin querer la carita de la muñeca, y a ésta se le salió el chupe y se puso a llorar. -¡Hazlo callar! –gritó el niño. -Le pondré el chupete –murmuró ella. -¡Niñata estúpida, siempre tienes que meter la pata con algo! –siguió él-. ¡Aprende a cocinar y mantén a tu hijo callado, que no se te pide tanto! Aquel día, la niña de las coletas se fue del parque sin decir adiós. El pequeño se quedó solo, aunque pronto llegaron otros niños y jugaron a pilla-pilla, y luego al fútbol, con una pelota pinchada que trajo alguien. Fue una tarde larga y divertida, y no volvió a acordarse de la niña de las coletas hasta la semana siguiente, cuando la vio de nuevo. Jugaron otra vez juntos y lo pasaron muy bien, pero ella nunca más llevó muñecas al parque, y nunca más volvieron a jugar a las casitas. El niño lo olvidó del todo. Pero a veces, en las noches en las que no se atrevía a dormir por los gritos y los golpes, recordaba la expresión asustada, desconcertada, dolida, de su amiguita. Y la superponía a la de mamá. Y el duende, en el armario, se reía…

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CAPÍTULO IV Amor, amor, aquel y aquella, si ya no son, ¿dónde se fueron? Pablo Neruda

Del diario de Alba. Extractos sueltos. Junio. (Diecisiete meses antes). ¿Qué podía decirme Alex? No sé qué esperaba de él. O quizá sí lo sé: quería que me dijera que Ángel cambiará. Que puede cambiar. Alex es el más indicado para decírmelo porque vivió en sus propias carnes la violencia de género. Su padre maltrató a su madre a lo largo de varios años, y al final se separaron. Entonces, su padre desapareció del pueblo durante mucho tiempo y, cuando volvió, venía cambiadísimo. Traía una novia y dinero para abrir un negocio. Abrieron un bar de copas al que llamaron Las Horas Muertas, un “antro” de esos en los que los fines de semana hay bingo y todo el mundo se queda allí hasta las tantas, y a veces se ponen a bailar y parecen divertirse muchísimo. Nosotros no entramos nunca en Las Horas Muertas por respeto a Alex, que no quiere saber nada de su padre, pero todo el mundo sabe que se lleva muy bien con su nueva mujer y que no se ha oído nunca que entre ellos haya una palabra más alta que otra. -Porque ella tiene los cordones de la bolsa –dice Alex, cortante; pero no es así. A lo mejor ella puso el dinero para el negocio, pero trabajan los dos codo a codo y les va viento en popa. Además, no me creo que un tío que pierde los nervios y se pone como loco pegando a su primera mujer, tenga la suficiente sangre fría para controlarse con la segunda solamente porque ésta tenga dinero. Al contrario: peor la trataría para dominarla mejor y atemorizarla. No, no es lo que dice Alex. Es que su padre acude –o acudió, no sé si irá todavía, a tanto no han llegado a profundizar los cotilleos del pueblo- a terapia. Cuando su mujer lo denunció y se montó todo - 42 -


el follón, el juez le dio a elegir entre ir a la cárcel o asistir a unas consultas y reuniones semanales como terapia contra la violencia. El padre de Alex era un hombre iracundo dentro y fuera de la casa. No como el padre de Ángel, que al parecer fuera de casa es un cacho de pan. Ángel también se enfurece rápido y se vuelve agresivo le pille donde le pille, sobre todo si ha bebido. Por eso yo mantengo una cierta esperanza de que pueda cambiar, por las semejanzas con el padre de Alex más que con el suyo propio. Todo esto no lo sé por Alex, naturalmente, sino por Carmen, porque su hermana Ángela trabaja en Las Horas Muertas de camarera los fines de semana. -Hace yoga también, y todos los días lleva una especie de diario –nos explicó Carmen-. Y cuando se enfurece mucho por algo que pase en el bar, se va, sin más, y a veces llama por teléfono a alguien de su grupo y se pasa horas hablando, pero vuelve suave como la seda. Yo no había oído nunca que la gente así… LOS MALTRATADORES, lo diré claro, pudieran “curarse”. Todos dicen: si te pega, déjalo. Si te toca, echa a correr. Nunca parará. Nunca. Pero, claro, no todos son iguales. Estoy de acuerdo completamente: si yo fuera la madre de Ángel (o sea, mi propia suegra), por supuesto que hubiera echado a correr a las primeras de cambio. ¡Con la de cosas que me ha contado Ángel, por Dios! Al principio no me contaba nunca nada de su familia; yo sabía que no se llevaba bien con su padre, pero suponía que era… no sé… como todos: que quieren que estudies más, o que no fumes, o que hagas lo que ellos quieren que hagas, y punto pelota. Luego me fui dando cuenta de que había algo más: le odiaba. Era un odio mezclado con asco y, a la vez, con miedo. Mucho miedo. Y me resultó increíble pero evidente que no quedaba en su corazón ni el más pequeño resquicio de ternura para su padre. Entonces, instintivamente, yo empecé a defenderlo. Cuando hablábamos de él, que si había dicho, que si quería… yo le decía: “vamos, ponte en su lugar, sólo quiere lo mejor para ti”, e intentaba hallar razones de “amor-de-padre” para el tema que estuviéramos tratando, fuera el que fuera.

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Yo lo hacía porque no podía concebir que su padre pudie ra ser de verdad tan indigno de amor filial como parecía creer Ángel. No sabía… así que intentaba encontrar siempre un motivo “bueno” detrás de los malos que a veces Ángel me contaba. Y eso a Ángel le sentaba fatal: tan fatal que fue en una de esas ocasiones –supongo que me puse demasiado pesada- cuando me dio el empujón aquel que trastabillé por el bordillo de la acer a. Estábamos en nuestra esquina y me doblé el tobillo de tal manera que yo creí que me lo había roto, de lo que me dolió y lo hinchado que se me puso. Un empujón, dice él, no tiene nada que ver con una bofetada. Todos nos damos empujones, en broma o en serio, Celina se los da al Gato y no pasa nada, y yo empujo a Claudia o a Alex muchas veces. Pero aquel empujón no fue como los que nos damos unos a otros. Yo estaba de espaldas, no lo esperaba, y por eso me hice tanto daño. -Yo que sé, yo suponía que me habías oído acercarme. Cuando Ángel me empuja de frente, nos reímos y yo le empujo a él también. Eso es jugando, y los dos lo sabemos. Pero cuatro veces - las he contado-, Ángel me ha empujado por detrás. ¡Eso se llama “a traición”! Ya no defendí más al padre de Ángel, pero fue porque aquel día, después de recogerme del suelo y llevarme en brazos hasta un banquito, y abrazarme y masajearme el tobillo (que me dolió todavía más con los masajes, pero no se lo dije porque lo hacía con toda la mejor voluntad del mundo y me dio mucha pena), y con las lágrimas sin parar de correrle por las mejillas, mi novio, mi niño, mi pobre príncipe ranita, me contó y contó y contó… y yo, pese al dolor físico que me torturaba, no era capaz ni de quejarme porque su relato me tenía subyugada, horrorizada, y me hacía comprender muchas, muchas cosas. Mi pobre Ángel ha vivido en sus carnes, mucho más que Alex -que al fin y al cabo recuerda ya poco- el maltrato de género, la violencia doméstica, se llame como se llame, y él mismo ha sufrido golpes y, sobre todo, insultos y humillaciones. - 44 -


-Lo que más miedo me da en esta vida –me confesó con un hilo de voz- es parecerme a mi padre. ¿Cómo iba a decirle “pues te vas pareciendo bastante”, que fue lo primero que pensé? Porque no puedes decirle eso a alguien que sufre y llora a tu lado, que tiene roto el corazón por un sinfín de heridas, más pequeñas o más grandes pero continuas, y que, además, ¡no es cierto! ¡Él no tiene esa crueldad que cuenta del padre, no humilla con ese refinamiento, ni es “un cacho pan” de cara a los demás, hipócritamente! Ángel está tocado (no “tocado” de loco, sino de golpeado) y ante ciertas situaciones no sabe reaccionar de otra manera, pero no es como su padre, eso lo sé. Y a veces pienso que aquel empujón fue casi bendito, porque nos dio unas horas de compenetración y comprensión que, de otro modo, quizá no hubiéramos tenido nunca. Lo del cuello fue muy diferente. Nunca peleamos tanto como cuando “lo del labio”, porque los dos recordamos cómo acabó aquello y no queremos ni pensarlo. Ni siquiera hemos vuelto a hablar de aquel día, hacemos como si no hubiera pasado: yo no me pongo faldas tan cortas y él no le da coba a Tatiana y ya está. Problema zanjado. (La que ha salido ganando ha sido Claudia, que se ha quedado con todas mis minifaldas). Pero el día de “lo del cuello”, otra vez Ángel había bebido mucho. Era el Festival de la Cerve za, una fiesta nueva que sacaron en el pueblo, supongo que para animar a la gente en medio de tanta crisis, y la sequía, y los incendios forestales… La verdad es que venía bien, hacía falta algo que distrajera al personal. Él bebió un montón, los colegas le invitaban y él los invitaba a ellos. También nosotras, las chicas, bebimos mucho más de lo acostumbrado, y estábamos puestecillas. Tatiana se estaba colando tres pueblos como –como siempre- y Celina se empezaba a mosquear porque la otra putilla bailoteaba en el más puro estilo de gogó, y los chicos la aplaudían y la jaleaban. Todos: Fabio, Alex, el Gato y… Ángel.

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Que Fabio le aplaudiera me traía al fresco, aunque lo sintiera por mi hermana (nunca entenderé qué ha visto en él). Que Alex aplaudiera, simplemente nos daba risa, porque sabía mos que lo hacía por animar el ambiente, cuando a él Tatiana le importa un comino molido; en cuanto al Gato, debería haberse cortado un poco, claro, por Celina, pero en realidad no parecía de ninguna manera entusiasmado por los encantos de Tatiana, sino que se reía con Alex, comentaba y hacían su numerito típico del “aych cari mi amoooor qué glamourooooosaaaa”, que no les cansa, pobres. Pero Ángel es

MI novio, y ella es la putita que le va detrás desde siempre, y encima ella no tenía

ojos más que para él, y le daba igual que yo estuviera ya empezando a echar chispas. Hubiera sido fácil acercarme a Fabio y echar un trago de su cerveza, o cogerle el cigarro y darle una calada. Con sólo eso, Ángel habría olvidado completamente a la pendona de Tatiana. Pero, por un lado, me parece demasiado evidente e infantil ese jueguecito de “tú ligas pues yo también, hala, rabia”, que lo único que demuestra es que te queman los celos, o sea, justo lo contrario de lo que quisieras demostrar. (No me gusta mostrarme celosa. Eso le da ventaja al que te encela y al objeto de su deseo. ¡”No hay mayor desprecio que no hacer aprecio!”) Y por otro lado… bien, francamente: Ángel estaba bebiendo mucho, muchísimo, y yo sabía que cualquier movimiento en falso –mío o de cualquiera- iba a trocar sus risas y sus aplausos por esa mirada “achinada” que tan bien conozco y, aunque me dé vergüenza confesarlo, tan bien he aprendido a temer con toda mi alma. Porque sólo han sido cuatro empujones y un bofetón –hasta ahora-, pero las amenazas, el levantar el puño y amagar, los insultos que me niego a escuchar, ésos no han sido solo cuatro. Por Dios, de ésos he perdido la cuenta: ¡cada vez que bebe un par de cervezas! ¡Cada vez que yo me río “demasiado” sin contar con él! ¡Cada vez que pierde el Barça! Cada vez que vuelve de su casa con las ojeras marcadas y la expresión sombría. Cuando esto último ocurre, ahora ya sé –aunque la confidencia me costara un tobillo hinchado durante toda una semana- que aquella noche ha habido “gresca” en su casa. - 46 -


Que su padre ha gritado, ha dado trastazos, “la ha liado”. Que su madre se ha encerrado por la mañana en su cuarto y ha llorado muy bajito. Que seguramente ya no la verá en dos o tres días, ya sea porque tiene la cara marcada, ya sea porque se avergüenza de presentarse ante él. -Es a él a quien tendría que darle vergüenza –le dije yo cuando me lo contó, pero, aunque lo dijera así, en realidad la comprendo perfectamente: Te da vergüenza mostrarte ante los demás. Te mueres de vergüenza por tener que reconocer, implícitamente, que te golpean y que, pese a ello, ahí sigues tú, cada día. Haciéndole la comida. Recogiendo su casa. Acostándote en su cama. Mirándole o hurtándole la mirada, pero al alcance de la suya. Su saco de boxeo. (¡¡O bien: Ahí sigues tú, cada día. Saliendo con él cada tarde cuando te viene a buscar. Dándole la mano al pasear. Respondiendo a sus besos. Acostándote con él aunque sea lo último que te apetezca en ese momento. Fingiendo que todo va bien, que sé que me quieres, que sé que a pesar de todo no has querido a nadie como a mí, que darías tu vida por mí. (aunque yo esté dando la mía por nada). Un sucio, imbécil, cansado saco de boxeo!!) Por eso prefieres no pensar, pensar lo menos posible. Porque hay otro montón de cosas en la vida, cosas más divertidas, más alegres. Y a veces pasan semanas sin un mal rollo o casi, y te das cuenta de que podríais ser terriblemente felices los dos, que te duele el corazón de tanto amor. - 47 -


Piensas: si fuera siempre así. Piensas: es el príncipe azul que siempre soñé. Piensas: no se puede comparar con nadie, con nadie. Cuando escucho a Celina lamentarse por las niñerías del Gato, por su pasotismo, porque se olvide de la hora a la que han quedado o porque se pase toda la tarde jugando al ordenador y sin hacerle caso, pienso en Ángel, en lo pendiente que está de mí siempre. Y me siento orgullosa. Querida. ¡Hasta valorada! Y una vocecilla muy chica, dentro de mi cabeza, me dice: “¿Ves, tonta? Lo otro no es tan grave… Total… una torta… cuatro empujones… ” ¡Ah, y lo del cuello! Me he puesto a escribir otras cosas y se me había olvidado. (¿Realmente se me había olvidado? Éste es mi diario, ¿también quiero engañarlo a él? ¿Cómo si no fuera yo misma la que escribiera? ¿Me estaré volviendo paranoica?) Al grano, Alba: llegó la noche, yo no había coqueteado con Fabio ni había hecho nada para que él se mosqueara: lo único que hice fue decir -¡a las doce!- que me iba para casa ya. Al día siguiente habíamos quedado para ir de compras con mi prima Irina. Iríamos en autobús, ella nos esperaría en la estación y pasaríamos el día juntas Claudia, Irina y yo; no era un plan para posponer por ir a acostarse más tarde. Ángel se lo estaba pasando muy bien. Quería seguir bebiendo. -Bueno, me voy yo sola, no pasa nada –le dije. Mi hermana, Celina, Carmen y Lucy se habían ido hacía ya rato y yo me había quedado por él, porque me pidió “un ratito más, cari, que este festival no se celebra cada día…” Con Tatiana yo ni contaba; además, ella vive por el otro lado, es vecina de Ángel. -¿Cómo te vas a ir sola, estás loca, con tanto borracho como hay hoy por aquí? –me gritó él cuando lo propuse. “Tú el primero”, pensé, pero lo pensé tan claro que lo dije –yo también había bebido, por eso se me escapó- y me eché a reír. Todos rieron, él también. Luego me cogió del brazo. - 48 -


-Venga, te acompaño y ahora vuelvo. ¿Vais a estar aquí, no? Si los demás hubieran asentido no habría pasado nada. Pero era tarde para todos: el Gato hacía rato que se había marchado acompañando a Celina y no volvió; Fabio estaba de nuevo a su bola, y Alex, claramente, se aburría. En realidad, los únicos que se lo estaban pasando del quince eran Tatiana y Ángel. Así que los chicos dijeron: -Qué va, tío, yo me voy también. -Y yo, que mañana tengo un taco de cosas que hacer… Tatiana, con el cigarro en la mano me miró, miró a Ángel, y dijo: -Yo me voy a emperchar con Ana María y su grupillo, que están muy marchosas. No pienso irme en mucho rato -y echó el humo en plan voluptuoso, directo a la cara de Ángel. Me hubiera encantado mirarlo, a ver qué expresión ponía, si se hacían algún gesto de entendimiento como prometiéndole volver o algo… pero no lo hice porque no me daba la gana de darle el gusto a esa niñata salida. ¡Vale que lleve toda la vida pillada por mi novio, pero es una guarra que no lo deja en paz a pesar de que sabe que él está conmigo! ¡En esta vida hay que saber perder con elegancia! Of course! Dije que iría al grano, y no lo hago. Y, sin embargo, no es tan difícil: Ángel me acompañó, llegamos al parque que separa su barrio del mío, nos apoyamos –como siempre- en nuestra esquina para darnos unos cuantos besitos de despedida, y él me dijo entonces que iba a volver al festival. Y yo le dije que, si volvía, se enrollaría con Tatiana. Él lo negó; yo lo aseguré, porque sabía que estaba más bebido de la cuenta y que ella habría esperado para pillarlo así, con la guardia baja. -¿Te crees que te haría algo así? -Tú no, pero tal como vas ahora, no eres tú en realidad. También a mí se me ocurre cada cosa, la verdad. - 49 -


(Porque ahora él me recuerda aquellas palabras, me las echa en cara: -Tú misma dijiste que no era yo… -me dice. Y, claro, no puedo negarlo). -¿O sea, que crees que te pondría los cuernos sólo por ir un poco bebido? -Pues sí, hoy sí lo creería, ya ves. -¿Y a pesar de creerlo, te vienes a tu casa? ¿Eso es lo que te importo? -qué retorcido llega a ser. E insistió, machacón: -¿No te importa ser una cabrona? Me sentí mal, como… como si me preguntara para escuchar atentamente mi respuesta, a ver si le concedía el permiso. Y la palabra –“cabrona”- me sonó tan mal, tan fea, tan insultante… Le repliqué, rápida: -No veo por qué tiene que ser cabrona la que recibe los cuernos. Debería ser cabrón quien los pone. ¡No sé qué interpretó! ¡No sé cómo sonó! Sólo recuerdo que, mientras hablábamos, estaba a más de un metro de mí, yo apoyada contra un árbol y él fumándose un cigarro, andando como suele, arriba y abajo, porque le cuesta estarse quieto en un punto. Fue visto y no visto. Dije “cabrón” y no había acabado la frase, de pronto lo tenía encima y me apretaba la garganta, sentía sus dedos clavándose en mi nuez, el cuello me dolía, parecía que me levantaba del suelo sólo con sus manos, me miraba a los ojos, no era él, no, no había ni un ápice de su ternura, no me reconocía, no me veía a mí, su princesa, ni yo le veía a él. Éramos dos extraños luchando, él por… ¿su honor?; yo, por mi vida. -Por… favor… -conseguí articular. Y me apretó más fuerte, medio segundo antes de aflojar. -¡Que sea la última vez en tu vida que me llamas cabrón! –me gritó. No tuve ganas de explicarme, de aclararle que no le había llamado nada, que simplemente me había limitado a hacer una observación, a preguntarme el porqué de la injusticia de un dicho, por qué

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para el que engaña no hay ningún epíteto injurioso y en cambio al engañado, encima de la desgracia, se le insulta despiadada, burlonamente… Aquella vez no hubo llanto ni postración. Tampoco por mi parte hubo lágrimas ni “déjame sola”. Yo le odiaba, le miraba y no le veía a él porque no era él, o sí, era él, pero no ya aquel al que yo amaba. Y él pensaba que yo era una exagerada, que lo de cogerme por el cuello no tenía ninguna importancia, ni mucho menos comparable a una bofetada, ni siquiera a un empujón (con lo que tácitamente reconocía que sí era bien grave esto último, a pesar de que por lo general lo disculpaba) y que yo misma había dicho que aquella noche “él no era él en realidad”. Joder, qué partido le sacó a una frase dicha tan inocentemente. Al menos, no volvió al festival. Sé que se fue derecho a su casa porque me llamó desde el fijo apenas diez minutos después y se tiró hablando cerca de una hora. Su padre estaba de noches –se notaba, si no, no hubiera sido capaz de llamarme más de diez minutos- y algo debía remorderle la conciencia cuando no quería callarse, ¿no? Aunque no hablaba de lo que tendría que haber hablado, ni se disculpaba, pero seguía ahí, diciéndome yo qué sé y preguntándome, y yo contestaba con monosílabos y pensaba “no te quiero, no te quiero ya”, y a la vez recordaba al niño que tenía un duende de trapo en el armario, y me sentía morir de pena y de ternura, y pensaba que todavía tendría que darle otra oportunidad. Pero pensaba esto como quien acepta, resignado, cumplir una condena porque la ha merecido. Y me pregunto: ¿de verdad pienso que he merecido ese castigo yo? Lo peor es que no sé qué responderme.

Claudia.Me sentía avergonzada por seguir leyendo el diario de mi hermana. Era como una droga, un vicio, algo que se hace a escondidas de los otros y de uno mismo. Pero no volví a decirle a Fabio ni una palabra sobre aquello. Demasiado me despreciaba ya como para, encima, añadir leña al fuego. - 51 -


Y es que la otra vez, cuando leí en el diario de Alba que el cerdo ése le había pegado, no corrí a Fabio solo impulsada por “el horror y el desamparo”. Qué va: corrí hacia Fabio contenta, en el fondo, por contar con una excusa para acercarme a él. ¡Podría morirme de vergüenza y de asco hacia mí misma, pero eso no cambiaría nada: fue así! Sé que Fabio está loco por Alba desde siempre, y supongo que todos –menos él, espero- saben que yo, a mi vez, estoy loca por él, desde siempre también. Me la jugó, el pavo: se hizo súper amigo mío, se acercaba a mí, reía conmigo, se hacía el encontradizo… vamos, como para resistirse, ¿no? Y más siendo yo la tonta inocentona que siempre he sido, la única del grupo que ha llegado casi a los diecisiete sin un puto beso en la boca, la leída y escribida pero no vivida, como me dice Alex en la intimidad (no es que me haga mucha gracia, pero es la pura verdad y él solo me lo dice cuando estamos a solas). Fabio me hizo la corte como un pavo real, para rematar la faena pidiéndome “que le hablara a Alba de él”. Me quedé a cuadros… rotos. No se había coscado, el asqueroso insensible, de que yo estaba ya sucumbiendo como una tonta a sus encantos. Que creía que “la cosa” que me iba a pedir era un beso, maldita sea, no que “hablara a mi hermana de él”. ¡Que casi contaba (sin el casi, para ser muy sincera) con que íbamos a empezar a salir, él y yo, de un momento a otro! Menos mal que no había confiado mis ilusiones a nadie, ni a Carmen, ni a Alex… Las guardé solo para mí, como de costumbre, más que nada para no parecerles una creída. “Me parece que le gusto a Fabio”, no es algo que yo sea capaz de decir. Alex dice que me valoro poco y que por eso nunca me atrevo a hacer afirmaciones de ese tipo. Puede ser, pero me alegro en este caso, porque hubiera sido bochornoso ir presumiendo de que le gustas a un chico y que luego éste lo que quiera sea liarse con tu hermana. Puaj, bochornoso y vomitivo. - 52 -


Y hablando de bochornoso, también lo es que siga leyendo el diario de Alba. Ella no lo sospecharía nunca porque confía en mí y en mi integridad; sabe (cree saber) que jamás haría algo así, de modo que lo sigue guardando en el cajón cada noche. Con llave, sí, pero eso solo es por si a mamá le da por husmear. La llave la tenemos las dos, porque los cajones son gemelos y se abren con llaves idénticas. Me encuentro en un callejón sin salida. No puedo hablar con Alba porque eso sería confesarle mi traición, y entonces ya nunca jamás volvería a fiarse de mí. Y no me atrevo a decírselo a Alex porque también tendría que decirle que he leído el diario, y aunque sé que no diría nada y que intentaría no juzgarme, pienso que, aun proponérselo, sí que me juzgaría, aunque fuera en el primer minuto, por la sorpresa. Y si viera en sus ojos la decepción y el asombro entristecido que yo misma me causo, creo que no podría sobreponerme. Alex y Alba son las dos personas que más me importan en el mundo. Mucho más que mis padres, que nos quieren y se preocupan por nuestro bienestar, pero no han dado nunca un paso por conocernos a fondo: les basta con criar hijas buenas, bonitas y listas, como si eso les diera mérito a ellos por ser LOS PADRES: una misión cumplida, ¡a por otra! Me importan Alba y Alex mucho más que Fabio, que me gusta y me atrae, pero que cuando está presente me hace sentir torpe, tonta y absolutamente distinta a la Claudia normal. Estaré loca por Fabio, pero cuando él no está, me siento mucho más a gusto. He pensado en hablar con Ángel, en decirle que sé lo que ha pasado. Podría advertirle: como se repita, te denuncio. Pero ¿y si eso hace que la pague con Alba, pensando que se ha chivado? He pensado también en ir a hablar con la psicóloga del colegio. O con el cura. O con el tutor. Necesito a alguien mayor, con experiencia, que pueda orientarme. Me detiene el miedo a que Alba se entere, a que me pregunte de dónde saco esa teoría. Pero ¿y si no hago nada, si sigo esperando, y toco el violín mientras Roma se incendia? ¿Y si Ángel le hace algo peor? - 53 -


Noche a noche, escudriño el rostro de mi hermana cuando llega buscando una hinchazón, un morado, algo. Un día me preguntó: -¿Qué me miras así, Claudina? No sé qué ángel me dio un golpecito al pasar, que contesté con toda naturalidad: -Hija, que te veo los ojos más brillantes que nunca, ¿te has echado una sombra nueva? -Será la felicidad –contestó mi hermana, risueña, y por aquella noche pude dormir tranquila. Cuando la veo feliz –eso se nota nada más oír sus pasos, que repiquetean como en un baile-, no me molesto en buscar su diario, en disimular después, en esconder el temblor de las manos y la culpabilidad de la mirada. Es como el castigado al que le retrasan la punición por unos días, no quiero ni pensar ni recordar. Pero cuando viene arrastrando los pies y se deja caer en la cama, floja, con el pelo cubriéndole los ojos y las manos laxas sobre la colcha, inmóviles, como si el más mínimo movimiento fuera a ser demasiado para ella… entonces sí que tiemblo yo, y sufro, y tengo que esperar horas y horas, hasta la tarde siguiente, cuando se vaya como todos los días “de paseo” con él, y entonces cierro la puerta, temblorosa, con un miedo atroz a que Alba vuelva por lo que sea y no me dé tiempo a dejarlo todo como estaba… y corro a su cajón, meto mi llave, lo abro, saco su diario y busco, busco las últimas anotaciones. Ni mucho menos habla siempre de golpes o empujones, pero sí hay un trasfondo de humillaciones, desprecio, palabras hirientes, veneno. Y lloro yo lo que Alba, mi hermana, mi maltratada hermana, no se permite llorar.

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Recordaba aquel día como el principio de algo, un cambio. Y no un cambio agradable, pero sabía que no había vuelta atrás. Mamá estaba sentada en su sillita baja, frente a la tele. Estaba pelando judías verdes para la cena, y el niño seguía con los ojos, subyugado, el camino del cuchillo: zas -cortaba una punta-, zas –la otra-, rrrrrrrr, sacaba el hilo de un lado, rrrrrrrrr, lo sacaba del otro; pum, a la fuente. Una vez, y otra, y otra, con precisión, sin perder ni un momento el ritmo: zas, zas, rrrrrr, rrrrrr, pum; zas-zasrrrrrr-rrrrrr-pum… Como una canción de cuna. Se colocó detrás de mamá y empezó a acariciarle la cabeza. ¡Cuántas hebras grises le habían salido en los últimos tiempos! Ya no quedaba trenza negra, ya era trenza acerada. Mamá se encogió y le dijo: -Por favor, estate quieto, no sabes cómo me duele la cabeza. El niño bajó las manos y le preguntó, solícito: -¿Otra vez te duele hoy, mamá? -Me duele todos los días, ¿no ves que tengo el pelo larguísimo y pesa mucho? Los ojos del niño se le pusieron redondos de sorpresa. -Pero ¿por eso te duele? ¿Por la trenza? -Sí, claro. Entonces recordó, lejana, una explicación: “Como él no quiere que me lo corte porque le gusta largo…” Y sintió una oleada de rebeldía que le subía por el estómago como te sube, con asco, la arcada de un vómito. Sintió que los dedos se le tensaban, a punto de no controlar el mal impulso que le invadió, insidioso, de tirar de la trenza, fuerte, muy fuerte, como les tiraba a sus compañeras de colegio. -¡Pues córtatelo! –gritó, casi escupiendo. Mamá lo miró, como atónita. - 55 -


-A papá le gusta el pelo largo… -empezó, como si eso lo explicara todo. El niño masculló: -¿Y por qué tiene que importarte lo que le guste a papá? ¿Acaso todo lo que él hace te gusta a ti? -¡Ángel! –gimió mamá. Parecía a punto de llorar. -Córtate el pelo, mamá, si tanto te duele la cabeza, y si no, no te quejes más. ¿Por qué vas a querer gustarle a… “él”? Y, malintencionado, como si en vez de diez tuviera cien años, añadió: -¿O es que te da miedo lo que te vaya a hacer?¡Si te lo va a hacer de todas formas! Mamá bajó los ojos. El niño se alejó de ella. Y, todavía cruel, antes de salir a la calle, remató: -Tu trenza está gris… ya no es ni bonita. Córtate el pelo, mamá. Toda la tarde estuvo jugando en el parque, dando las patadas más fuertes al balón, a los árboles, y, si pillaba alguna espinilla por medio, pues también. A las siete ya se habían ido todos, aunque era muy temprano. Solo quedó a su lado la niña de las coletas, que caminaba apoyando primero el talón, luego la punta del pie, como un juego en el que se concentraba tan concienzudamente que no parecía existir nada más. El niño le dijo: -¿Por qué nunca te sueltas esas colas? Ella respondió: -Me las suelto todos los días en mi casa para peinarme. -Estarías más guapa con el pelo suelto, a lo mejor. Tatiana lo miró entristecida. -Es que mi madre no me va a dejar que salga con el pelo suelto –se lamentó. -Pues qué tonta –dijo él, y siguió dando saltos entre los árboles.

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Lástima que no dejaran usar tirachinas, pensó; en el campo, papá sí le dejaba usarlo y practicar contra los pájaros, pero en el pueblo estaba prohibido. Ya ves tú, a quién le iba a importar un pájaro más o menos… Cuando llegó a casa, mamá le dijo: -He pedido hora en la peluquería para cortarme la trenza. Papá no estaba, pero él miró desafiante la foto de bodas, al hombre moreno que sonreía desde ella, y enarcó las cejas. -Uno a cero –murmuró muy bajito. (El duende corrigió: -Uno a cien. Y él dijo: -…pero subiendo).

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CAPÍTULO V La obra perfecta de la agresividad es conseguir que la víctima admire al verdugo. Vic toria Sau

Aquella noche iba a ser diferente: se lo habían propuesto los dos. Ya estaba bien de todos los fines de semana, viernes y sábado, lo mismo exactamente, cada finde un calco de otro finde: reunión por la tarde, botellón por la noche y discoteca. La única diferencia estribaba en la mayor o menor cantidad de bebida o en las tonterías que había que aguantar del resto del grupo, e incluso de los demás grupos, que cuando la cosa ya andaba relajada tenían tendencia a mezclarse unos con otros. A Alba no le gustaba mucho el rollito que llevaba el grupo de Ángel, pero como él pasaba largos ratos con sus amigos, se sentía obligada a corresponder. Menos mal que el Gato y Celina también “pululaban” –como decían Alex y el propio Gato- entre ambos grupos, y así las chicas podían charlar entre ellas y apoyarse mutuamente. Porque en el grupo de Ángel las únicas chicas eran las novias, y cuando alguna relación se acababa, la chica se volvía a su grupito de antes y el chico “mariposeaba” aquí y allí, “aventando la caza”, como decían ellos. (Y qué desagradable les resultaba a las chicas aquella expresión). Aquel finde, Ángel y Alba decidieron tomárselo de otra manera. La noche del viernes se fueron a la piscina, que aquel verano, por primera vez, permanecería abierta viernes y sábados hasta las tres de la mañana para proporcionar una “alternativa diferente de ocio” a los jóvenes. Dejando aparte a algunos que iban más que pasados y fastidiaban el ambiente, la iniciativa estaba resultando bastante viable. -Es lo mejor para estos chiquilicuatros de catorce años –opinaba Claudia- que al menos durante el verano prefieren divertirse bañándose de noche que en el botellón, y como solo les dan tres euros de paga, no pueden beber y pagarse también la entrada a la piscina, tienen que elegir. - 58 -


Tenía razón porque, puestos a elegir, los “chiquilicuatros” reconocían que para el botellón tenían todo el invierno, así que mejor escoger ahora la otra opción. ¡Mucho más divertido y, encima, más refrescante! En la piscina, Ángel encargó medio pollo asado, ensalada y lambrusco muy frío. Toda una cena que parecía “de película” y que nada tenía que ver con los acostumbrados bocadillos. Se bañaron, jugaron en el agua y se echaron en el césped a charlar y reír… Jugaron un rato a las cartas, volvieron a bañarse y se pidieron unos cubatas. La noche no fue tan barata como cualquier otro viernes, pero el sabor de boca que les dejó, pensaron los dos, merecía la pena. Para el día siguiente, Ángel le pidió que se arreglara de vaqueros, nada de discotequeo, porque iba a llevarla a un sitio “diferente”. -Este finde eres toda para mí –afirmó, apasionado. Alba no tenía más dinero de su asignación. -Mira que no me queda un céntimo –le dijo-. Lo siento, es que con la piscina y los cubatas se me ha ido todo… (Él la había invitado solo a la cena, que era la sorpresa, pero el resto lo habían pagado cada uno lo suyo, como hacían siempre). Ángel sonrió y negó con la cabeza: -No te preocupes, yo pagaré. En vez de cubatas, tomaremos cerveza y ya está. Tú ponte guapa nada más, que yo me encargo del resto. Celina le lloriqueaba el sábado por la mañana: -¡Ayyyyyyy, tía, que te he echado mucho de menos! ¡Qué horror de botellón sin ti! Mario, Alex y Claudia se pasaron todo el rato diciendo tonterías y criticando programas de la tele, y luego hablando de esas series que ellos ven que a mí me aburren tanto… Celina era la única persona en el mundo –aparte de su familia- que llamaba al Gato por su nombre de pila, Mario, y eso sólo lo hacía desde que salían juntos. Las chicas se preguntaban, entre risas, cómo - 59 -


iba a llamarlo cuando su “noviazgo” acabara, porque nadie daba dos euros por su relación, y también le preguntaban a ella cómo diablos conseguía acordarse siempre de llamarle Mario, habiéndose pasado toda la vida diciéndole Gato y marramiau, que era como le decía cuando empezaron a tontear. -Pues esta noche tampoco saldremos con vosotros –le tuvo que decir Alba. -No, tía, por favor, no me hagas esto, que me muero de agobio. -Es que Ángel me va a invitar a un sitio… - le contó Alba, ilusionada. -¡Qué guay! ¿Adónde? ¿Puedo ir yo también? Las chicas se echaron a reír. Estaban todas, habían quedado para echar un vistazo por el mercadillo, que era los sábados por la mañanas. -¡Celinilla, que tres son multitud! –le advirtió Claudia, risueña. (Cuando Claudia veía brillar así los ojos de su hermana, señal de que todo iba bien, se sentía la chica más feliz y burbujeante del mundo). -Bueno, pues nos llevamos al Gato –concedió Celina como quien se resigna porque no hay otro remedio. Todas volvieron a reír. Era verano, lucía un día estupendo y estaban rodeadas de puestos de ropa, zapatos y complementos, muchos motivos para sentirse con la risa a flor de labios. Solo Tatiana reía forzadamente y sus ojos no brillaban lo que se dice nada, aunque las gafas de sol se valían muy bie n para ocultarlo. Si acaso, hubieran brillado de lágrimas de celos. A veces odiaba tanto a aquella niñata rubia que por un momento hasta conseguía darse cuenta de que a quien odiaba más, mucho más, verdaderamente, era a Ángel. Ojalá pudiera dejar de quererlo, dejar de estar tan loca por él, para mandarlo al infierno más quemante. Cada día se proponía buscar a otro, enamorarse de otro, enrollarse con otro… y finalmente comprendía que con esos deseos, su única intención soterrada era darle celos. -¿Y adónde te va a llevar? –preguntó ahora, intentando separar los dientes para que las palabras sonaran lo más naturales posibles. - 60 -


Si no lo consiguió, Alba no se dio cuenta. Ella estaba a lo suyo, encantada e ignorante de todo lo que no fueran sus planes y su felicidad. -No me lo ha dicho, pero va a invitar él porque a mí no me queda pasta. -¿Ya te has gastado lo que nos dieron para nuestro cumpleaños? –se extrañó Claudia-. ¡Si fue un pastón! -Bueno, me quedan quince euros pero esos son para comprarme algo ahora, no para gastarlo en el finde –explicó Alba. -Tía, eso es abusar de él –se escandalizó Lucy. -¿Abusar? Ni mucho menos: el dinero de salir es una cosa y e l de nuestros gastos es otra, hay que saber dosificarlo porque si no, acabaríamos gastando por encima de nue stras posibilidades –le soltó Alba de un tirón. -Uf, pareces yo, qué raro se me hace escucharte –señaló Claudia, estremeciéndose de broma-. Como un espejo. -¡No, si al final haremos carrera de ella! –rio Carmen. Estaban todas ante un puesto de bisutería. Mientras esperaban a que Tatiana pagara unos pendientes largos y un colgante, Celina le dio un codazo disimulado a Alba, murmurando: -Mira, tu suegra. Alba –y todas- miraron hacia donde señalaba la pelirroja. Alba sintió un escalofrío. Todavía se veía más gastada, más vieja que la última vez que se cruzara con ella, cinco o seis meses atrás tan solo, el invierno pasado. -Podía teñirse el pelo –murmuró Tatiana como con asco. -¿Para qué? –repuso Alba en otro susurro. -Joder, ¿para qué? Es una mujer, ¿no le queda coquetería? Alba pensaba: “¿con ese marido?”, pero Claudia se le adelantó:

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-Ah, que si eres mujer tienes que ser coqueta, pero si eres tío puedes ser calvo y barrigón, y afeitarte una vez por semana y no pasa nada, ¿no? Tatiana suspiró, con expresión de aburrimiento. -Ya está la feminista, se jodió el invento. -Bueno, aparte de que lo de ser calvo no es culpa suya… -empezó Carmen, belicosa - la verdad es, Tatiana, que no sé ni cómo estás en este siglo. Te importa un comino reivindicar tus derechos siempre y cuando te inviten a algún cubata y te dejen pasar la primera, ¿no? Tatiana sacó un cigarrillo –era la única del grupo que fumaba-, lo prendió y, como si el humo le comunicara fuerzas, sonrió y soltó: -Bah, corta el rollo, pollo. Qué, Alba, ¿le vas a decir algo a tu suegra o no? -¿Yo? ¿Pero qué le voy a decir? –se espantó Alba, toda cortada. -Joder, es tu suegra, llevas un año ya con Ángel, ¿crees que ella no lo sabe? Vivimos en un pueblo, aquí eso no es un secreto más de dos días. -Pero ella nunca me ha hablado. -Ella no le habla a nadie si no le hablan primero –puntualizó Lucy-. Está un poquito… -“Ennortada” –soltó Carmen. -Mi madre dice que antes, de joven, era muy alegre y muy lista, hasta empezó una carrera, no sé cuál, pero luego lo dejó para casarse y ya cambió un montón. -Es que con ese marido… -dijo Carmen. -Pues no es mal hombre –terció Tatiana, que era su vecina y veía casi cada día al “cacho de pan”-. Lo que pasa es que grita mucho, y da golpes, rompe cosas, es muy bruto. -¿La maltrata? –preguntó Claudia, sin mirar a su hermana. -Yo qué sé… -Tatiana empezaba a mostrarse incómoda-. Yo no la oigo a ella nunca, ni grita ni nada, solo un murmullo: bzzz, bzzz, bzzz, como un abejorro con el ala rota… yo creo que, si le pegase, ella gritaría o algo, ¿no?

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-Bueno, si cuando gritas te pegan más fuerte, supongo que te acostumbras a no gritar –opinó Claudia muy seca, mucho más de lo que cualquiera de ellas esperaba-. Aprendes a lamerte las heridas en silencio. -¿A ti Ángel no te ha dicho nada de su madre? –preguntó Celina a Alba. -¿A mí? No, nada. Que es muy buena… -… pero un poco tonta –concluyó Tatiana, sin entonación-. Eso decía él cuando éramos chicos. -Qué forma tan rara de hablar de una madre –opinó Carmen. -Mira, viene hacia aquí –volvió a avisar Celina, dándole con el codo a Alba, como antes. La mujer -pelo blanco con algunas hebras negras y rostro agotado, extrañamente liso excepto alrededor de los ojos- se acercaba a ellas. Alba contuvo la respiración. No se conocían “oficialmente”, pero tenía razón Tatiana: un pueblo es un pueblo. Dios mío, pero ¿cómo se llamaba? ¡Qué vergüenza si no sabía siquiera el nombre de la madre de su novio! Fue Tatiana la que se lo recordó, saludándola: -Buenos días, Malena. -Ah… buenos días, Tatiana –la mujer hizo un esfuerzo evidente para concentrar su mirada en las chicas. Sonrió levemente a su vecina y luego recorrió los demás rostros, hasta detenerse en el de Alba. Un relámpago de reconocimiento iluminó sus ojos, embelleciéndola repentinamente y haciéndoles descubrir a las chicas su extraordinario parecido con Ángel, el guapo Ángel de los cabellos largos. -Hola, chicas –dijo Malena, casi alegre. Era muy forzada su alegría. Alba lo notó enseguida porque conocía muy bien al hijo, que la forzaba igual. Era como sí, a pesar de su sonrisa abierta, por detrás estuviera diciéndole, gritándole, muy fuerte: -¡Vete, vete! ¡Cuídate! Nadie –solo Alba- lo notó. Todas comentaron que era mucho más bonita vista de cerca que de lejos, y siguieron su vuelta por el mercadillo, alegres y despreocupadas. - 63 -


Hasta Alba olvidó momentáneamente la sensación del encuentro, buscando en qué gastarse los quince euros, como si le quemaran. Después de mirarlo todo, se decidió por unos vaqueros cortos (pero no demasiado cortos, como comprobó sin querer confesárselo ni a sí misma) y una camiseta negra, con unas alitas naranjas dibujadas en el pecho, con el cuello de barco por delante y cayendo en drapeado por detrás, de modo que todo el escote estaba en la espalda. -Es una virguería –opinó Claudia. Pero Celina, con cierta extrañeza, señaló: -Parecerás una ursulina, hija, te vas a asar. -Joder, hay que ser glamurosa –la defendió Lucy-. Enseñar toda la espalda tiene mucho encanto, en cierto modo es… atrevido. Solo Claudia advirtió la sombra que oscureció la expresión de su hermana. -¿Tú crees que es demasiado atrevida? -preguntó, indecisa. Las otras –pero no Claudia- estallaron en carcajadas. -¡Joder, que al final sí que parecerás sor Alba, virgen y mártir! –exclamó Carmen. Y Tatiana, con aquella malicia que solo sacaba con su “rival”, añadió: -Yo creo que a Ángel le gustan los escotazos, Alba… a juzgar por cómo mira… a cualquiera… cuando los lleva. Hubo un incómodo silencio que Lucy arregló diciendo: -¡Bueno, no sé a qué chico no le gustarán los escotes, como no sea a Alex! -¡Mirar es gratis! –añadió Carmen. Pero Alba se conformó con su camiseta de escote atrás, y hasta por un momento se preguntó si Ángel no opinaría… pero, bueno, ¿estaba loca? ¿Cómo iba a dejarse dominar tanto por su opinión? ¡Le había dicho que se pusiera de vaqueros y guapa! ¡Así iba a ir! ¡Y sin escote! ¿Qué más podía pedir? Y, en efecto, cuando él la vio por la noche, sus ojos resplandecieron. - 64 -


-Estás perfecta –le dijo-. ¡Qué gusto tienes ahora para vestir! Alba se esponjó, orgullosa. -Bueno –dijo, radiante, aliviada, colgándose de su brazo- : ¿Adónde me vas a llevar? -¡Ah, ja! -Vamos, ¿dónde está ese sitio misterioso que no es “discotequero”? –insistió ella. -Pues mira, llegando estamos. Ahí lo tienes. Y señaló ostentosamente, incluso iniciando una reverencia, a la puerta del “antro”, el bar Las Horas Muertas. Alba se quedó alelada. -¡Ángel… no! –exclamó, conteniendo el aliento. -¿Qué? ¿Cómo que no? Los ojos se le achinaban… no, solo era un reflejo… bueno, quizá no fuera solo un reflejo. Había puesto mucho corazón en aquella salida. Aquel finde era “sólo suya”. Pero… ¿al bar del padre de Alex? ¿Cómo podía hacer algo así? ¿Qué iba a decirle a Alex? -Es que… Alex no quiere que vengamos aquí –explicó lastimosamente. -Bueno, ya comprendo que no venga él y que no vengáis cuando él esté, pero no va a prohibirnos que vengamos nosotros por nuestra cuenta, ¿no? ¡Joder, solo faltaría, qué pedazo de tirano, entonces! Alba balbuceaba: -No, yo, si él… prohibir, no, claro. -Hala, pues no te comas más el coco. Vamos, no vayas a empezar a dar la vara, al final me vas a poner de mal humor. Evidentemente, no parecía importarle que la que se pusiera de mal humor fuera ella. Si Ángel era feliz… ¡todo el mundo era feliz! Y si Ángel estaba de malas pulgas… ¡que Dios nos pillara confesados! - 65 -


Total, si se ponía de mal humor ella, al final se le pasaría pronto porque Alba tenía mucha capacidad para perdonar… o sea… para olvidar y empezar de cero. No era nada rencorosa. Lo peor era que no sabía qué iba a decirles mañana, cuando todos le preguntaran dónde habían estado. Y aunque ella quisiera mentir, sabía que Ángel no iba a consentirlo. ¡De ningún modo! Es que no iba a atreverse ni a pedírselo, eso en primer lugar. (Ya podía imaginárselo: su mirada, su expresión interrogante, exageradamente inocente, cerradamente incomprensiva: -¿Qué no se lo digamos a Alex? ¿Y eso por qué? -Es que… ya sabes… para que no se disguste… -O sea… ¿que te importa mucho que se disguste Alex? A lo mejor hasta te importa más que yo. No eran celos por ser Alex un hombre, qué va: como si no supiera que era gay. Eran celos por ser alguien en su vida, por contar para ella, simplemente. -¡Claro que no me importa más que tú! –podía protestar ella, pero no serviría de nada. -¡A mí sí que no me importa que se moleste quien sea! –gritaría él-. ¡Ni que fuéramos sus vasallos! -y añadiría-:-Ya veo lo poco amiga de la verdad que resultas ser… cuando la cosa no te parece bonita, la combinas como quieres, ¿eh? Estás dispuesta a mentir como te convenga… Te inventas lo que haga falta…) ¡Por Dios, solo pensarlo, a Alba le daban sudores! No, no: ni soñar en pedirle a Ángel que mintiera. Pero ¿qué iba a decirle a Alex? Hasta que no supiera cómo iba a decírselo, no iba a poder disfrutar de la noche ni de la novedad de Las Horas Muertas. Es que con razón Ángel se disgustaba con ella…

Alex.- 66 -


Me conmovió que Alba temiera tanto decirme adónde habían ido. Eso significaba que le importo, que le importa mucho mi opinión… - lo mismo que a mí la suya-, que no soy solo para ella, como temo a veces, ese amigo-descarga que se utiliza solamente cuando es necesario. Cuando llegué de la discoteca –un poquillo pasado - vi que tenía un mensaje en el móvil. Era suyo: “Llámame en cuanto llegues”. Ay, confieso que el corazón me dio un vuelco. Después de las confidencias de sólo unas cuantas semanas antes, lo mínimo que pensé fue que le había roto algo o que la había marcado tan visiblemente que no había modo de disimular. ¡Qué momentos pasé! Se me quitó todo el pelotazo, y mira que lo traía bueno. Me temblaban los dedos mientras buscaba el número, así que antes que a ella llamé –sin querer- a Celina, que era la última que me había dado un toque aquella noche. No podía decirle la verdad porque insistiría en saber qué quería Alba, así que le dije que la había llamado sin querer mientras buscaba fotos en el móvil y ella se echó a reír, con lo loca que es, y se despidió imitando a su novio: -Bueno, mi amoooor, no tiene “importansia”… Fue horrible, no por ella, sino por mis nervios. ¡Y por fin pude establecer contacto! Temblaba más cada vez, no sé cómo me la imaginaba, veía in mente una imagen como en las noticias, el ojo cárdeno, cerrado, el labio negro… -Alex, tengo que decirte una cosa. -Dime. -Pero, por favor, tienes que comprenderlo. -Claro que lo comprenderé… supongo –añadí, pensando que a lo mejor lo que quería que comprendiera era que no lo denunciaría a pesar de todo, o que iba a seguir con él… -No fue idea mía –prosiguió Alba. - 67 -


De pronto, me pareció que la cosa, quizá, al final no iba a ir por ahí. Una lucecita de esperanza brilló sobre el rostro que veía en mi imaginación: ya no estaba amoratado, volvía a verla tal como era. -Dímelo ya –urgí. -Hijo, no te pongas así… -Alba… - le reñí, ya de los nervios. -Mira, ha sido Ángel –vuelco otra vez, el corazón en la garganta-; le dije que a ti no te iba a gustar, pero ya sabes cómo es: cuando se le mete una cosa en la cabeza… Bueno, cualquiera en mi lugar me parece a mí que estaría dando botes de impaciencia ya, pero yo, que no tengo nada que envidiarle al santo Job, me limité a sentarme, coger la cadena de clips que tengo junto al ordenador y empezar a desarmarla, clip por clip, a ver hasta dónde llegaba. Es bueno para dominarse, lo usan los ejecutivos agresivos, me refiero a los clips. -¿Llegarás a ir al grano alguna vez? –intercalé en una pausa de la súper culpable Albita rubia. -Va, venga: me ha llevado a Las Horas Muertas. Ya sabes, al bar de tu padre. Joder… -Así que era eso –dije. No sé si estaba enfadado o dolido. Pero, sobre todo, me sentía muerto de curiosidad. ¡Humanos…! ¡Todos somos iguales…! ¡La curiosidad mató al gato! -¿No te enfadas mucho, verdad? -Claro que no –contesté, pero yo mismo reconozco que me salió raro. -¿De verdad…? ¿Por favor…? -Ay, Alba, no seas tonta –le corté. Yo quería que se dejara de disculpas y fuera al grano ya. Pero ella se lo tomó como si sí que estuviera enfadado.

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-Maldita sea, lo sabía. No he podido disfrutar nada en toda la noche, Ángel se ha ido mosqueado – (¡qué novedad!)- por mi culpa –(¿…?)- y encima tú ahora te enfadas y nadie ve que no he tenido la culpa, joder, que yo no quería ir y se lo dije, pero… -¡Para, para el carro, loca! –le tuve que gritar. -No, si yo te entiendo… Uf, qué difícil es a veces conseguir que te escuchen las chicas. Y que se callen: eso es todavía más difícil. -¡Que no estoy disgustado contigo, cariño, que te entiendo perfectamente! Joder, que conozco a Ángel y sé que no ibas a llevarle la contraria, a ver, para que se pusiera violento… Vaya por Dios, esto le sentó fatal. -¡No se iba a poner violento sólo por eso, tío, qué dices! –protestó vehemente. Ay, Señor… Y menos mal que yo sentía tanto alivio que eso mismo hacía que, realmente, no fuera tan grande el mosqueo. ¡No tendría que haber insistido tanto en que no fueran a Las Horas Muertas! Al fin y al cabo, solo es un bar de copas, y lo prohibido siempre tiene más gancho. Y que, no yendo yo –desde luego, yo no pienso ir jamás-, ¿qué me importa que vayan o no mis amigos? De todas formas, he visto a mi padre por la calle un montón de veces. De hecho, algunos sábados cuando cierran el bar se pasan él y su novia por la disco. Veo cómo me mira, pero no se atreve a acercarse a mí. La orden de alejamiento que le pusieron cuando se separaron mamá y él supongo que ya no es válida. Si lo fuera, estaría incumpliéndola, pero después de diez años fuera del pueblo, y vista la manera en que ha vuelto, que al parecer es un malva, no va nadie a andar recordando cosas que ya no tienen sentido.

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Alba estaba despotricando –yo, mientras, en mi flor- de que por haberme dicho “lo de los empujones y eso” (o sea, bofetón e intento de estrangulamiento, no lo olvidemos) ya me iba yo a creer que Ángel se pasaba la vida atacándola o algo así. ¡Él no era así para nada! Entonces, se echó a llorar. Gemía y sorbía como una niña chica, con esa vocecita ridícula que nos sale cuando lloramos. “Voz estrangulada”, según los libros, que suena mucho mejor que “ridícula”. Ya me parecía a mí… -¿A que te has hartado de cerveza? –le pregunté. Es que ¡misterios de los misterios!, cuando bebe cerveza –pero eso solo ocurre el finde, para colmo- casi siempre acaba dándole “la llorona”. Es para reírse, y la verdad es que solemos reírnos de ella. En cambio, con los cubatas se queda tan fresca, la tía. Estoy yo que ya no me tengo, con la risa floja y yéndome para los lados, y ella ahí, tiesa como un juez, venga a echarse hielo, güisqui y coca cola, hala, como si fueran rosas y azahar, por el efecto que le hacen. -Vamos, tontita, ya has tomado cerveza, eso es lo que te pasa –la consolé, hablándole como a una niña chica-. Vamos, sabes muy bien que yo no me enfado contigo por eso, tesoro, ni mucho menos, y que si estaba preocupado por ti era normal, entiéndeme, precioso bebé. (Le digo “precioso bebé” por lo rubia y los ojos redonditos, parece un bebote grande de esos que salen en los anuncios de la tele). Pero buaaaaa… buaaaaa… buaaaa… -Vamos, nenita, ya está, ya está… ¡El frasco de sales, pronto, Tinette! –esto último lo dije poniendo la voz de la señorita Rottenmeier, y la oí reír un poquito. ¡Menos mal, íbamos por buen camino! -Odias a Ángel, ¿verdad? –me preguntó, todavía con el lloriqueo. Qué cruz.

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-No, mujer, si Ángel es un buen tío –lo que hay que decir a veces-, lo que pasa es que es muy violento, algo tendrá en su cabeza, claro… -Con todo lo que te conté de su padre… -Pues claro, el pobre, ¿no va a estar marcado? Joder, sí, ya me imagino lo que un padre así puede marcar. Yo lo tuve, pero por suerte se fue pronto y no me dejó apenas recuerdos; aun así, sí que guardo algunos, por eso no le quiero ver nunca más. Incluso –si hacemos caso a la psicóloga del colegio- es posible que mi “orientación sexual” se deba a mi odio por mi padre y mi admiración por mi madre, que supo salir de aquella espiral, denunció a pesar del miedo, se atrevió a dejarlo todo… De hecho, recuerdo bien la madrugada en que nos fuimos, mamá y yo, en el coche de papá, robándole las llaves mientras él dormía la borrachera después de la orgía de llantos y golpes. A mamá el coche se le calaba en cada cruce, pero sabía que, llevándoselo, si él se despertaba, no podría perseguirnos. Fuimos al pueblo de al lado, al cuartel de la Guardia C ivil. Mamá temblaba y yo tenía tanto sueño que me caía para los lados. Me dieron una manta y un vaso de leche caliente mientras mamá declaraba. Recuerdo poco de la casa de acogida. Había más niños pero, no sé por qué, no nos dejaban jugar juntos casi nunca. Nada de parques, nada de asomarnos a las ventanas; para mí era peor que una cárcel pero mamá decía que era una fortaleza y que le hacía sentirse segura. Volvimos al pueblo meses después, cuando supimos que papá ya no estaba. Al principio, mamá tenía mucho miedo de que volviera, a pesar de la orden de alejamiento y de que le habían dicho que iba a terapia. -Un leopardo nunca cambia las manchas –decía ella-. Ni terapia ni terapio, ése todavía tiene que volver para amargarnos la vida, ya lo verás.

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Teníamos montones de cadenas y cerraduras de seguridad, rejas en las ventanas, nada de cortinas de tela (no fuera a tirar una cerilla desde fuera para quemarnos vivos), en fin, toda una paranoia que la pobre mami se había montado en torno a mi padre. No la culpo: era una bestia cuando se enfurecía, recuerdo muy bien las oleadas de odio y ferocidad que emanaban de él. Él también –como Ángel, según Alba- “achinaba los ojos y miraba de soslayo”. Era espantoso. Yo corría en cuanto le oía llegar. Ya antes de saber si estaba “de buenas” o “de malas”, me escondía detrás de la cama, en el pasillito que quedaba entre ésta y la pared. No me metía debajo porque una vez lo hice y él no venía de malas, pero cuando me vio esconderme se puso a llorar, a pedir perdón, a pegarse puñetazos en la cabeza, insultándose… Y acabó rompiendo el mando de la tele, ¡estrellándolo justamente contra la tele! Así que solo me escondía si venía de malas pero, por si acaso, me preparaba, como el animalito que se queda a la entrada de su guarida, muy alerta por si hay que refugiarse. ¿Qué un padre maltratador marca a los hijos? Joder, ya lo creo que sí. Pero ¿es suficiente excusa ésa?: como mi padre maltrató a mi madre, ahora yo maltrato a mi mujer. Es que es lo que vi en mi infancia. Lo mamé. Vi a mi padre pegar a mi madre, y eso es, para mí, la base de una relación normal. Vi a mi madre llorar y llorar… VALE, TÍO: ¡¿ERES TONTO O ENTRENAS POR LAS TARDES?! ¿Cómo vas a creerte que la base de una relación pueda ser ésa? A mí no me convence. Puede que los psicólogos tengan muchas explicaciones, sí, como que yo soy gay por culpa de mi padre; otros dicen que podía haber salido del tipo donjuán, buscando a mi madre en todas las mujeres y dejándolas enseguida porque no encuentro ninguna igual que ella. Pero, sea

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como sea: ¿quién querría estar, en tal caso, con el hijo de un maltratador, si por esa regla de tres resulta que va a maltratar a su mujer sí o sí? ¡Yo, no! Yo sé que nunca maltrataré a mi mujer. (…ja,ja,ja, chiste fácil…) Ni a mi mujer, ni a mi pareja, ni a mis hijos. No soy violento. Quiero hacerlo todo mediante el diálogo y nunca he llegado a enfurecerme a lo salvaje, y eso que he tenido motivos y frustraciones a lo largo de mi vida. Ser gay no es plato de gusto en un colegio de pueblo, por mucho que la sociedad se diga evolucionada. Yo era buen estudiante, un hacha en dibujo y, modestias aparte, atractivo. Cuando las chicas se dieron cuenta de que conmigo no tenían nada qué hacer, comenzó el acoso. Pero por suerte, a mi lado estuvieron siempre las mellizas, y con ellas el resto de sus amigas. Incluso el Gato y Fabio, que eran de un curso por encima de nosotros, se nos unían en cada recreo e impedían que los demás me marginaran o intentaran putearme. A Fabio no creo que le hiciera mucha gracia –esas cosas se notan- pero al menos no metió la pata, que yo recuerde, en ningún momento. Así que yo tuve suerte y, a pesar de lo que he sufrido, puedo decir, con la cabeza alta, que soy afortunado. Y que mi sufrimiento nunca jamás me dará derecho a hacer sufrir a los demás. ¡¡Nunca!! Si tienes problemas, ahí están los psicólogos y, si es necesario, los psiquiatras. Y los medicamentos: hay tranquilizantes, hay ansiolíticos, bueno, de todo como en botica, nunca mejor aplicado el refrán. Y, si no me crees, ahí tienes el ejemplo de ¡mi padre! Y eso me trae al presente y recuerdo cómo insistí para que Alba volviera al camino recto y dejara de lloriquear por el exceso de birra. -Hablando de padres… -seguí- : ¿Viste al mío? -Claro que lo vi, allí estaba. - 73 -


-¿Qué te dijo? -Buenoooooo… Me da otro vuelco el corazón. Joder, qué nochecita, acabaré con el infarto. -¿O sea, que te dijo algo? –ahora el hilillo de voz ridículo es mío. Alba explica: -Me reconoció enseguida. -Ay, ¿de verdad? Claro, nos ha visto juntos muchas veces. -¡Claro! -¡Vamos, por favor, cuenta…! ¡Venga ya! La curiosidad, sí, esa curiosidad, ¿matará al gato…?

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Cuando mamá volvió de la peluquería, el niño aguardaba expectante. Papá estaba de tardes; si no, probablemente mamá no se habría atrevido a ir. Cuando estaba de mañanas tenía toda la tarde en casa para ponerse de mala uva por esto o aquello o lo de más allá. Papá, cada vez más, estaba siempre “de mala uva”. Dos o tres veces por semana. Mamá había aprendido a no molestar, a no cruzarse en su camino, y la verdad es que no lo hacía tan mal. Conseguía mantener sus manos lejos de ella casi a lo largo de todo un mes, era como un calendario. (¿un mes? tres semanas apenas, las tienes bien contadas, se burló el duende) Lo había metido en lo más hondo del armario, pero desde allí también lo oía. (como si no supieras que nunca me podrás perder de oído, dijo el duende). Y se echó a reír; el niño sabía que le había hecho gracia la expresión “perder de oído”, ya que no “perder de vista”. -Ja, ja, ja, qué gracioso eres –dijo el niño; también él sabía estar de mala uva. Cuando mamá volvió de la peluquería, traía el pelo muy negro, lo que le hacía más joven pero también, extrañamente, como más vieja, vista de cerca. El niño se dio cuenta entonces de que mamá tenía arrugas solamente en las comisuras de los labios y de los ojos. Le conferían una expresión amargada, como de payaso triste. Traía el pelo suelto, muy liso y brillante porque en la peluquería “la habían marcado”. El pequeño supuso que así llamaban las peluqueras a peinar. Y no lo traía muy corto: por las paletillas, a media espalda. -¿Te gusta? –le preguntó, con una sonrisa tímida. El niño se sentía avergonzado de todo lo que le había dicho el día anterior, y por eso respondió con más entusiasmo del que en realidad sentía: -¡Sí, mucho! ¡Estás muy guapa! Mamá soltó sobre la mesa un paquetito.

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-Me he pasado por la panadería –explicó, mostrándolo-. Te he traído napolitanas de chocolate, tus favoritas. -¡Guay, mamá! –se alborotó el niño. -Hay una para tu padre –siguió mamá, abriéndole el paquete. -¿Y para ti? -No, para mí, no. -Toma una, si hay cuatro… -No, no: son tres para ti y una para tu padre. Cómetelas ahora. Que rara era mamá. El pequeño se comió dos napolitanas pero con la tercera ya no pudo. Mamá se apresuró a poner las otras dos en un plato, en el horno, y tiró el papel a la basura, haciéndolo una bola. -Si papá pregunta le dices que solo he traído dos. El niño frunció el ceño y la nariz. (…le da miedo hasta comprarte un dulce a ti solo, se burló el duende). El duende estaba siendo muy cruel. (hay que amansar a la fiera…) ¿De dónde habría sacado esa frase? Parecía tan… bíblica. A veces pensaba que el duende sabía más que él. A las nueve, mamá se metió en el cuarto de baño y estuvo trasteando. Al rato salió de allí. Llevaba el pelo recogido en una trenza, más corta pero igual.Solo que negra, muy negra. -¿Por qué te lo has recogido otra vez? .preguntó el niño. Mamá le miró y no contestó. (como si no lo supiéramos, a preguntas necias oídos sordos) (¡¡cállate ya!!) Cuando papá llegó, el niño estaba en su cuarto. Esta vez no se había encerrado: algo le impelía a escuchar. - 76 -


Hasta se sentía intrigado, una extraña curiosidad no teñida de temor. ¿No eran “uno a cero”, o “cien a uno”, qué más daba? Sabía que mamá estaba temblando. Que no sabía dónde meterse. Había puesto las napolitanas en la mesa y había preparado café como una ofrenda de paz. (hay que amansar a la fiera…) Papá entró; no parecía de mal humor, hoy. La vista de los dulces le alegró bastante. Mamá no fue capaz de callar más: -Me… he ido a la peluquería, ¿sabes? –le dijo, tocándose la punta de la trenza. Ángel se asomaba por una estrecha abertura de la puerta. Desde ahí podía verlos bien: papá miraba a mamá, mamá miraba a papá, su expresión era interrogante, no sabía si tendría que cerrar los ojos de un momento a otro para aguantar el golpe. Papá se echó a reír. El niño dejó escapar todo el aire del mundo, que había retenido como un globo dentro del pecho. -Ya era hora, mujer –dijo papá-. Parecías una escoba vieja. Mamá retrocedió y cerró los ojos. El niño comprendió que la risa de papá no había sido tierna ni alegre. Papá miraba directamente a su puerta y se cruzaron las miradas un momento. Papá volvió a reír: -Aunque ahora, con ese pelo tan negro… ¡ja, ja, ja! ¡Ya no te pega el pelo oscuro, pareces una bruja! Mamá se llevó las manos al rostro, se lo cubrió, como para ocultarlo a miradas despiadadas. Al niño no le hubiera extrañado ver un hilillo de sangre deslizarse entre sus dedos. La expresión de mamá era igual que cuando papá la golpeaba en plena boca. Cuando salió a su encuentro –“¡ven aquí a saludar a tu padre!”- vio que papá se estaba comiendo la segunda napolitana.

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CAPÍTULO VI Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.

Teresa de Ávila

Había sido muy fuerte lo de Las Horas Muertas. Alba no se sentía completamente a gusto, no podía, pensando en Alex, pero tampoco quería estropear la noche, así que se puso las pilas y fingió. No era nada difícil: ya tenía mucha práctica. A veces pensaba que Ángel no la conocía en absoluto, cuando se tragaba tan tranquilo aquella falsa alegría y encima le preguntaba, muy confiado: -¿Te lo estás pasando bien, a que sí? -Del quince –respondía ella, y no había más que hablar. Tampoco es que hubiera sido tan malo en realidad, al menos al principio. Jugaron al billar, cosa que nunca hacían porque los únicos billares del pueblo eran aquél de Las Horas Muertas y el de bar de los cazadores, que estaba siempre lleno de tíos gritones y con el ambiente más agobiante que se pudiera imaginar. Ángel sí iba a veces, con sus compañeros, pero a Alba no se le pasaba por la cabeza, así que era malísima jugando. -Pues tengo que meter alguna –se empeñaba, y, claro, alguna bola metía, pero tan de pura casualidad que la más sorprendida era ella. Cuando metía alguna bola (la blanca fue la que más, pero con esa rechinaba los dientes) hacía palmas y hasta saltaba Eso le salía así de verdad, no era alegría fingida. Alba era muy expresiva y Ángel se reía de eso mucho, pero cuando se dio cuenta de que su novia era el centro de atención de un grupo de forasteros que tomaban cubatas en una esquina de la barra, se le cortó el rollo. Menos mal que no le dio por ir a cortárselo a ellos. A Alba, por supuesto, también se le cortó. - 78 -


Él no tuvo que decirle nada: su mirada, y la manera en que coló las últimas bolas y dio la espalda a la mesa de billar, lo decían todo. Ya Alba lo conocía demasiado bien, por tanto, vuelta a la tristeza y al comecocos qué-le-digo-aAlex, mientras Ángel pedía otras dos cervezas y miraba atravesado, ora a los forasteros, ora a Alba. Entonces, el padre de Alex se acercó a ellos. El padre de Alex tenía el pelo grisáceo y algunas arruguitas en torno a la boca. Aparte de eso, ¡era Alex, puro y pinto! Alba se tensó. Ángel, no: el dueño del bar le tendió la mano y se la estrechó como si se conocieran de toda la vida. -¿Passa, colega? –saludó el padre de Alex, un saludo que había estado de moda muchos años atrás, pero que ya nadie recordaba siquiera y, mucho menos, decía. Alba se rio un poco y el hombre se volvió hacia ella. -Alejandro –se presentó, tendiéndole la mano-. Tú eres una melliza, pero ¿cuál de las dos? -Soy Alba –informó ella. -Ajá, la melliza rubia es Alba –repitió él para recordar. -Y mi hermana es Claudia –añadió ella. -Muy bien, preciosa. Y las dos sois muy, pero que muy buenas amigas de mi chico. -Pues sí, le queremos mucho –contestó Alba, pero se agarrotó un poco. ¿Le parecería a Alex que hablar de él con su padre era una traición? Pensó que igual ahora empezaba con la bromita: “ay, pues si la melliza rubia es la novia de Ángel, ¿será la melliza morena la novia de mi Alex?” Pero, no. ¡Menos mal! Tenía delicadeza. Sí, como su hijo. A Ángel parecía habérsele ido el mal humor: los forasteros que se comían con los ojos a Alba (a pesar del pantalón corto- no-tan-corto y el top de ursulina formal-excepto-por-la-espalda) habían

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partido, seguramente hacia la discoteca, y la gente que quedaba en Las Horas Muertas eran casi todos parejas, así que nadie iba a mirar a Alba más posesivamente que él. A no ser que Alejandro empezara a colarse siendo demasiado simpático… Pero, no: Alejandro era un hombre inteligente. O que sabía reconocer, cuando lo tenía delante, a uno que padecía el mismo mal que padeciera él. Entonces se acercó a ellos, saliendo de la parte de atrás del bar, de la cocina, una mujer bastante más joven que Alejandro. Era bonita: pelirroja, con la piel muy blanca salpicada de pecas y los ojos verde mar, delgadita como una caña y, seguramente, fuerte y flexible como las cañas también, a juzgar por la rapidez y precisión de sus movimientos. Parecía un rayo. -Hola –dijo, tendiéndole la mano a Alba-. Soy Margo. -Yo, Alba. Encantada. -Hola, Ángel –no le extendió la mano al muchacho, solo le saludó con un dedo, una especie de saludo militar que les hizo sonreír. -¿Qué hay, Margo? -Ya ves. He visto que te habías dignado en traer a tu novia por fin, y he venido en cuanto me han dado un respiro los bocadillos. -Desde aquí huelen que alimentan –observó Alba. -Los mejores bocatas de cien kilómetros a la redonda –no se quedaba corta, no, la pelirroja-. Así que ya sabes, vuelve y… ¡trae a tus amigos! Alba sonrió, meneando la cabeza con expresa indecisión: -Huy, eso ya… Alejandro intervino: -Me gustaría mucho, pero mucho, que se lo dijeras a mi Alex. No me parece bien que siga obstinándose en no querer saber que existo. -Está dolido –explicó Alba. - 80 -


-Ya, si lo comprendo. Pero han pasado doce años y yo ya no soy el que era. Me he esforzado mucho para cambiar, y en gran parte lo he hecho por él. -Díselo tú –terció Margo-. ¡Su padre sería tan feliz si pudiera hablar con él alguna vez! -Vale, vale, ya se lo diremos –dijo Ángel, otra vez empezando a poner su mirada de exasperación. Alejandro, que estaba inclinado para hablar con ellos, se incorporó rápido. -Muy bien, chicos. ¡Va, tomad otra copa: invita la casa! Sin dejarles decir “no” o “gracias”, Margo se fue para la barra y le pidió a la hermana de Carme n, que estaba por dentro: -¡Dos birritas, Ángela! ¡Gentileza del amo! -¡Lo que usté mande, amita blanca! –bromeó Ángela, la hermana de Carmen, tan rubia como morena era ésta, imitando las voces de los esclavos de las películas. -Lo que hay que aguantar –medio rio Alejandro. Cuando los dejaron solos –que fue inmediatamente- Ángel masculló: -Joder, con lo gurrumino que es, para una vez que invita el tío estamos tomando cerveza. Alba estaba encantada con la invitación, pero frunció el ceño y le dio la razón a su novio, asintiendo gruñona para congraciarse con él: -Vaya; qué coraje, qué mala suerte. -Si es que hay días que mejor no levantarse de la cama –siguió él. -¿Estás… estás de mal humor? –preguntó Alba en un susurro. Eso era algo tácito entre ellos: si Ángel estaba de mal humor, lo dejaban correr, procuraban no hablar mucho para no llegar a discutir y se separaban pronto si podía ser. Lo de separarse pronto era Alba la que lo procuraba, aduciendo que se le había cogido dolor de cabeza o algo así. De ese modo él la acompañaba y ya se quedaba sola, ya no había riesgo de que el mal humor derivase a discusión, pelea, amagos de… ni nada más. -Tú qué crees, como ha estado tan bien la noche –contestó ahora Ángel. -Yo me lo he pasado bien –le dijo ella para alegrarlo. - 81 -


-Pues, hija, con qué poco te conformas. Claro, llamando la atención a los capullos esos, que si hubiéramos ido a la disco seguro que te entraban en cuanto yo me hubiera dado la vuelta… Y luego, de palique aquí con Alejandro y Margo, y total, ¡para una cerveza! ¡Te podían haber invitado a un cubata, joder! ¿Qué, que les parece demasiado para nosotros? -Pero, Ángel, si es lo que estábamos tomando… -Ya; tontos que somos. Alba suspiró. -Voy al baño, ahora vengo. Pásame el bolso. -Tampoco te repintes mucho, si nos vamos a ir ya mismo. Los aseos estaban tras unas columnas tratadas al trapo en tonos tierra y anaranjados y decoradas con rostros de famosos de Hollywood pintados con buena intención y cierto arte. Alba sonrió: Marilyn Monroe, James Dean, Elvis, Bob Marley, Audrey Hepburn… Cuando salía de los aseos, Margo, que estaba al lado, en la cocina, la abordó: -Alba. -Dime –instintivamente, Alba miró a ver si Ángel podía verla desde su mesa. Comprendió que Margo se había dado cuenta cuando le dijo: -No te preocupes, nadie nos ve desde aquí. Le dio vergüenza. -No, si a mí… -Escucha: inténtalo, haz lo posible porque Alex venga a ver a su padre. No sabes la falta que eso le haría, cuánto lo necesita. -Se lo diré, claro, pero no te aseguro nada. -Inténtalo, en serio. -Vale. Alba fue a girarse. -Y, escucha… - 82 -


-¿Sí? -Aunque él no quiera venir, ven tú. -¿Yo? –eso la descolocó un poco-. ¿Para qué? -Creo que te vendría bien –Margo bajaba los ojos pero luego, como quien toma una decisión heroica, los levantó y la miró, directa- : Me gustaría que hablaras de un tema con Alejandro. Y a él también. -Pero ¿se trata de Alex? -No, se trata de ti. Y de tu novio. -¿Ángel? -Sí, Ángel. Ven sola o con Alex, o con quien tú quieras, pero no con Ángel, claro. A nosotros, sobre todo a Alejandro, no le puedes engañar. Es perro viejo. Alba tenía ganas de chillar. No quería que nadie se metiera en su vida. Y, mucho menos, dos desconocidos. ¿Desconocidos? Bueno, el padre de su mejor amigo. Pero seguía siendo un desconocido, aunque hablar con él era como hablar con Alex disfrazado de mayor. Quizá por eso, pensó, no parecía tan difícil, después de todo. Y de pronto se dio cuenta de que un gran alivio la invadía: iba a hablar con alguien que sabía, lo sabía todo, y no podía juzgarla porque él mismo había vivido ese drama y, para colmo, desempeñando el peor papel. ¡Y lo había superado! ¡Eso, eso era lo que ella necesitaba! ¡Necesitaba que alguien le dijera que “tenía cura”, que se superaba, que Ángel podía ser… normal! Miró a Margo también, le sostuvo la mirada. -Vendré –le dijo-. Seguro. Ahora bien, con Alex… no lo creo. -Todas las tardes estamos aquí desde las tres –le dijo Margo. -De acuerdo. - 83 -


Cuando salió, Ángel ya estaba de pie. Se había acabado su cerveza y se estaba bebiendo la de ella, pero a Alba no le importó. -¿Por qué has tardado tanto? –le preguntó él-. Ya iba a ir a buscarte. -Estaba mirando lo bonitos que son los aseos –contestó ella inspirada, sintiéndose salvada por haber vuelto justo a tiempo-. ¿Nos vamos? -Pues sí, esto ya está hecho. -Además, me duele la cabeza bastante –añadió ella, curándose en salud. De inmediato, el gruñón mal encarado se transformó en novio solícito. -¿Te duele la cabeza, cariño? ¿Por qué no me lo has dicho antes? -Por no disgustarte. -Mujer, y encima tomando cerveza, con lo mala que es para el dolor de coco. -Es verdad. -Anda, anda, vamos. ¡Buenas noches! –se despidió al aire. Alba lo hizo igual. Desde lejos, Margo le guiñó un ojo.

El Gato.Y he aquí que he sido seleccionado. Alba no debía saber que yo “lo sabía”. Ahora no sé cómo mirarla. Se supone que fue un secreto que me contó Ángel, una confidencia, y yo he disimulado todo el tiempo haciéndome el tonto como si no supiera nada, solo para que al final Alex le diga que yo le he dicho que Ángel me dijo… ¡Joder, qué bocazas somos todos! Así que Alba ha venido a mí, suplicante, con sus ojazos negros y su alma en los ojos… lo que siempre me desarma, sea en chicos, chicas, perros, gatos y hasta moscas (si no fuera porque las moscas tienen demasiados ojos y así pierden efectividad…) Vale, que va en serio, tío. - 84 -


Alba me ha pedido que la acompañe a Las Horas Muertas para hablar con el padre de Alex. ¿Hablar de qué?, se preguntaría cualquiera. ¿De Alex? Pues, no: hablar de la terapia que ha seguido (o sigue) para los malos tratos. Es lo más chiflado que se le podía ocurrir. Porque: -¿Y si el hombre no quiere hablar de eso? -¿Y si le parece que te estás metiendo en camisa de once varas? -¿Y si nos manda a paseo? -¿Y si te digo que yo no me siento capaz de ir? Y, una vez agotados los “y si…”, empezamos con los porqués. Bueno, basta con uno: ¡¿Por qué demonios no va Alex contigo?! Claro, es su padre y no quiere verlo. Y ¿por qué no va Claudia? ¿O Celina, o Carmen, o Lucy? Tatiana no, claro, eso ni se propone. ¡Joder! ¿Por qué yo? ¿Qué sentido tiene? Dice Alba que el padre de Alex –que, por cierto, se llama Alejandro- le pidió que fuera un día ella sola, o sea, sin Ángel, porque quería hablarle de ellos dos. Por eso supone Alba que es para hablar de la terapia que siguió o sigue, con la que pasó de ser una bestia violenta, que es lo que Alex recuerda que era, a ser la persona –al parecer encantadora, según Ángela y Alba- que es ahora. Bueno, no se lo pidió Alejandro sino Margo, que es su chica o su mujer… aunque casados no están, desde luego, porque no llegaron a divorciarse la madre de Alex y él. Margo, ¡otra pelirroja, como Celinilla! Ay, mi Celina… mira que es graciosa y divertida, aparte de que tiene un tipillo saladísimo, y sin embargo… los dos sabemos –espero que sea así, que lo sepamos los dos- que lo nuestro no va lejos, que no. - 85 -


Es que no es amor, es solo amistad. Estamos muy a gusto juntos, nos reímos, tenemos buen rollo, en la cama y fuera de la cama, pero eso de “mariposas en el estómago”… Eso, no. Yo lo sentí hace años, lo sentí con Pilar, en primero de la ESO. Era verla y ya me parecía que el corazón se me iba a salir por la boca, empezaba a hacer tonterías para hacerme ver (y me hacía ver, ya lo creo, como un payaso) y a hablar muy alto… Hasta una vez recuerdo que intenté andar sobre las manos, como en el circo, y me di un costalazo. Lo había probado en casa y me salía un poco, pero se ve que no lo había probado lo bastante, y encima, con los nervios, me falló la muñeca y ¡zaca! ¡Trastazo para el lindo Gatito y ridículo total delante justo de la chica que me gustaba! Nunca llegamos a nada. Acabé saliendo con su mejor amiga… de tanto hablar con ella y preguntarle, al final la chica, ni corta ni perezosa, se me declaró, diciendo, además, que estaba segura de que yo sentía lo mismo, que si no, no habría dado el paso ni loca, etcétera. Y me sentí como un miserable cuando comprendí que había sido yo, con mi actitud, quien le había hecho concebir tantas ilusiones. Así que salí con ella, pensando, lo confieso, que a lo mejor así rompía un cachito de corazón de Pilar y cuando pasara el tiempo todo acabaría como en las películas. Pero Pilar pasaba completamente de mí y al curso siguiente empezó a salir con Fabio, aunque lo dejaron pronto porque por entonces fue cuando Fabio empezó a pillarse por las mellizas, primero por las dos, creo, y luego ya, decididamente, por Alba. Alba siempre ha tenido mucho público, y mira que Claudia es idéntica, excepto el pelo, pero eso no embellece más a una ni a otra. Yo creo que el accidente fue lo que hizo que Claudia tomara otro “camino mental” y a los chicos nos da como un poquillo de miedo… Tan inteligente, tan rápida, tan feminista cien por cien, tan segura de sí. Pánico, tú. Aunque Alex tiene otra teoría: dice que de segura, cero; que en el fondo padece una inseguridad patológica, vaya, que no confía en sí misma nada de nada, pero finge porque si no todos abus arían de ella. - 86 -


(Abusar en el plan de pedirle cosas a las que ella no sepa negarse, en plan “soy una chica que no sabe decir no”, no en otro sentido). La verdad es que Alex tendría que haberse dejado de orgullo hace tiempo e ir a visitar a su padre. Diga lo que diga, ¡se muere de ganas! Pero, claro, él recuerda muchas cosas, y también está su madre, sola, con sus heridas que parece que nunca curarán… Ella sí que tendría que haber ido a un psicólogo, quedó tocadísima por los años de malos tratos y nadie hizo gran cosa por ella. No es que Alex lo recuerde todo muy claramente, era muy pequeño –cuatro años- pero hay cosas que se graban a fuego en la mente. Y sin embargo yo pienso que, con el tiempo y desde la memoria de un niño, otras muchas cosas se habrán ido desfigurando. Estoy convencido de que, tarde o temprano, Alex acabará haciendo las paces con su padre, y mucho más convencido desde que Alba me ha contado la conversación con él y con Margo y todas las cosas que cuenta Ángela, la hermana de Carmen. Alejandro ya no es un maltratador, no hay duda. Han pasado trece años y ha rehecho su vida. Yo no sabía que eso podía hacerse, creía –como todo el mundo- que si empiezas, ya nunca lo dejas, que es como una droga. Pero hasta las drogas se dejan… si bien dicen que un drogadicto siempre es un drogadicto, aunque ya no se drogue, y un alcohólico es siempre un alcohólico, y un fumador siempre e s un fumador, o sea, para no ser pesado, que siempre tienen que vivir con la alerta permanente, siempre en guardia, pero ¿y qué? Los que no somos drogatas, ni alcohólicos, ni fumadores, tenemos que tener siempre también el cuidado de decir “no” tantas veces como haga falta, para no caer, así que es parecido. Si ya sabes lo mala que es una cosa, con más motivo rehuirás de ella, una vez pasado el “mono” físico, ¿no? Bueno, divago que da gusto, ya lo sé. Y todo para decir que vale, que he tenido que decir que sí, que voy esta tarde con Alba a Las Horas Muertas. - 87 -


Ojalá Alex viniera también. Su presencia me anima una barbaridad, es un tío tan buena gente, tan inteligente y tan marchoso, que diría “qué lástima que sea gay” si no fuera porque, diciendo eso, él me odiaría y me echaría en cara que soy un homófobo de mierda, como Fabio. Y no lo soy, claro que no, lo que pasa es que piensas: para un ejemplar más que decente de tío que conoces –a elegir entre Fabio, Ángel, yo mismo… vaya plantel-, resulta que es el único al que no le gustan las mujeres. No podemos hablar de tías buenas ni de tetas, culos y tal. Aunque, bien mirado, ¡me importa poco! ¡Es mucho más divertido hablar de los otros mil temas que existen bajo el sol! Así que menos lamentos y ¡a la carga! ¡A tomar por asalto Las Horas Muertas, al padre de Alex y todo lo que Alba quiera! ¡Al ataqueeeeeeeeeeeeeeeeee!

Del diario de Alba.Extractos sueltos. Agosto. (Catorce meses antes). Alex no quiso venir. Mira que le insistí, mucho, hasta ponerme pesadísima, pero no consintió. Yo creo que él sí que tiene muchas ganas, pero le parece, en el fondo, que acceder a ver a su padre sería visto por su madre como una traición. Si fuera otro, le aconsejaría que lo viera a escondidas, pero eso con Alex no vale porque es un chaval muy directo y no le gusta hacer las cosas a espaldas de su madre. Hasta le confió que era gay en cuanto empezó a sospecharlo, porque eso no es algo que se tenga claro desde que naces. ¡Incluso él dice que, en cuarto de primaria, le gustó una chica! De modo que cuando dijo tan categóricamente que no vendría, yo insistí, pero sabiéndome vencida de antemano. Lo que me descolocó bastante fue que me aconsejara que le pidiera al Gato que me acompañara. ¡Al Gato! Pero ¿por qué a él? - 88 -


Alex sabía, sin necesidad de que yo se lo dijera, que no era algo que yo fuera a compartir con Claudia, ni con Carmen, ni con Celina… Con Lucy mucho menos, por su intimidad con Tatiana. No sé por qué, pero confesar ante mi hermana o mis amigas las cosas que han pasado entre Alex y yo, me parece lo último. Es como si pensara que, mientras ellas no lo sepan, no ha n ocurrido, porque no tengo que tomar ninguna decisión. Sé perfectamente lo que ellas, como la voz de la conciencia, me dirían: -Déjale. -¡Déjale! -¡¡DÉJALE!! Incluso puedo identificar las voces por orden: Carmen, Celina, ¡Claudia! Claudia, además de gritarlo, me sacudiría por los hombros con fuerza, como si quisiera despertarme, a mí, Alba, ¡la princesa durmiente! Siempre hemos dicho lo mismo: si un tío te pone la mano encima, echa a correr. Déjalo. No mires atrás, no perdones, no escuches. Si te pega una vez, volverá a hacerlo. Yo no hice caso a eso. Le di otra oportunidad. Creí que sería solo una vez, creí en sus lágrimas, su postración, su dolor, que - no me cabe dudaera auténtico. Aquella primera vez estuvimos cuatro días sin vernos. Me daba toques, eso por supuesto, y yo le contestaba al cabo de media hora mínimo, como para demostrarle que no estaba pendiente del móvil, cuando la verdad era que no perdía ni el cambio de minutos, inmersa en mi angustia como estaba. ¡Qué horribles fueron aquellos días! Yo sabía –me decía-, sabía muy bien lo que tenía que hacer. Pero ¡no podía! Pensaba: ¿Ángel, un maltratador? ¿Cómo puede ser eso?

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Llevaba con él varios meses, sabía que tenía cambios de humor muy bruscos, que a veces golpeaba o pateaba los objetos, pero… ¿A mí? ¡A mí me adoraba! No es presunción: simplemente, lo sabía. ¡Se le notaba a cien kilómetros! Ángel me amaba de verdad, estaba pendiente de mí cada minuto, estuviéramos juntos o separados. Siempre pensaba en lo que me gustaría, me compraba regalitos; tonterías, tal vez –un pintauñas morado, unas medias negras de red, un peluche de pingüino-, pero que demostraban que sabía muy bien lo que me llamaba la atención y lo que no. Nada que ver con los novios de mis amigas ni con otros chicos con los que yo misma hubiera salido antes. No es que yo haya sido muy rompecorazones, la verdad, pero he hecho mis pinitos con los chicos y por mucho que me dijeran que si me tienes loco que si patatín que si patatán, luego no tenían nunca un detalle ni de coña. (Recuerdo una vez que me pilló el catorce de febrero saliendo con un chaval, Pablo, muy mono y muy salado. Yo me sentía bastante pillada por él –de hecho, confesaba estar enamorada “de verdad” por primera vez- y me lo curré. Le compré un regalo caro que él anhelaba mucho –un juego original de la Play-, amplié una foto de los dos retocada con photoshop, le puse un fondo súper romántico de árboles en blanco y negro y pétalos que caían, algunos en gris, otros en rosa y otros en rojo… y le hice un pastel de chocolate con forma de corazón. ¿Y él? Pues él me compró un colgante de cuero con un corazoncito y un bote de colonia floral… precisamente una marca de la que pocos días antes le había comentado yo que me habían dado unos pañuelitos perfumados de muestra y que no me había gustado nada. ¡Eso demostraba con cuánta atención me escuchaba, el pavo!) Por cosas así yo no quería, no quiero, perder a Ángel. Es el hombre de mi vida, mi amor. - 90 -


Yo soy su amada, me lo dice siempre, la niña de sus sueños, su princesa de cuento de hadas. A veces me abraza, besa mis cabellos, mis sienes, la punta de cada uno de mis dedos, y le oigo susurrar, no para mí, sino para él: “mi princesa… mi princesa salida de un cuento…” Recuerdo un poema que escribí por y para él: Eres el sueño de amor que soñé desde niña. Eres la cumbre dorada adonde nunca creí poder llegar. Eres el mar misterioso que me ofrece su sal, sus caricias, su abismo, su furia, y su paz. Eres ese príncipe azul de quien, sin conocerte, me enamoré. Nunca pensé que algún día pudiera tenerte junto a mí. Y seguía así a lo largo de cinco estrofas más. Se lo hice para él, un Powerpoint que me tuvo entretenida más de una semana, con los valses de Disney de fondo, las imágenes más bonitas que encontré –y busqué sin desmayo, que conste- y las letras que entraban con efecto, girando, o de una en una, o como si bailaran, y se coloreaban a la velocidad de la lectura normal, y después desaparecían, también con efecto. Curradísimo, ¡soy un hacha! Le encantó. Se emocionó tanto que lloró, no solo lágrimas, sino, vamos, que se tuvo que salir de la Biblio, que es donde fuimos para verlo juntos, porque allí hay Internet. Un hombre que no te quiere no se emociona así por tu poe ma ni por tu regalo. Por eso no quiero, no puedo perderlo. Cuando dicen “si te golpea, no te quiere”, comprendo que no saben, o no están hablando de Ángel. Porque Ángel me ha golpeado, empujado, apretado la garganta…pero me quiere y yo lo sé, ¡lo sé! ¡Lo sé, lo sé, lo sé! Y por eso yo también le quiero, aunque a veces diga que no. Si Alejandro me diera esperanzas… ¡Si solo ya con su propio ejemplo la esperanza está ahí, es tangible! Y eso me lleva –todo en una rueda, qué raros son los pensamientos encadenados, cómo giran para acabar siempre donde empezaron- al Gato. ¡Que es quien va a venir conmigo! - 91 -


No puedo creer que Alex supiera que él “lo sabía” y no me haya dicho nada. Claro, como que decírmelo era reconocer que hablaban de mí. ¡Por Dios! Le perdono porque es él, claro. Y porque… el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. ¿Acaso no he hablado yo de temas prohibidos por el protagonista, así, en secreto, como algo acerca de lo que no puedes seguir callando? Además, fue el Gato el que lo mencionó primero, eso me ha dicho Alex y yo le creo sin dudarlo: conozco muy bien a Alex, es un tío legal. No es que el Gato no lo sea, sino que el tema le quemaba demasiado porque fue Ánge l quien se lo contó, y luego vio que seguíamos juntos y no pasaba nada, y él pensó que había sido cosa de una sola vez. Pero en algún momento, al parecer, Ángel volvió a desahogarse con él y le dijo que el… maltrato se había repetido, que si empujones, que si otra bofetada… aunque ésta fue cuando giré la cara y me dio en el oído. (Aquella vez me dijo: “por favor, no me provoques nunca más, ya sabes que luego no puedo controlarlo, es más fuerte que yo, no quiero hacerlo, te lo juro, me duele más que a ti…” ¡Le dolía más que a mí, y yo estuve dos días con zumbidos en el oído!) El Gato ya no pudo con su corazón y ¿a quién se lo iba a decir? ¡Pues a Alex, porque en Alex se puede siempre confiar! ¡Y menos mal que no se lo dijo a Celina! Ay, Dios mío, ¡espero no equivocarme y que, efectivamente, no se lo haya dicho también a Celina! No, seguro que no. Lo habría notado yo si ella hubiera sabido algo. No habr ía sabido disimular. Celina es muy vehemente y tarde o temprano –mucho más temprano que tarde- habría saltado: -Mira, Alba, lo siento, prometí no decir nada pero, si me sigo callando, me ahogo… Y me habría soltado el discurso comecocos que toda buena amiga se sentiría en la obligación de soltarme. Bueno, comecocos pero bien intencionado. Ese discurso que yo no quiero oír. ¿El que me darán el padre de Alex y su chica esta tarde? - 92 -


El niño recordaba aquel día en el parque, cuando el abuelo Pedro fue a buscarlo más temprano de la hora en que se recogía. -Vente, Angelillo –le dijo muy serio. -Todavía no –protestó el niño. -Te tienes que venir ya, que vas a pasar unos días en mi casa. -¿Por qué? –la pregunta no la hizo el niño, sino Tatiana, la niña de las coletas que, como siempre, andaba muy cerca de él. -Su madre ha tenido un… percance. -¿Qué ha pasado? –inquirió el niño, un poco ronco por el miedo. -Se ha caído por la escalera y tu padre la ha llevado al hospital. La han dejado ingresada por unos días. -¿Cómo se ha caído? –se preocupó Tatiana, solícita. El niño miró al abuelo; el abuelo miraba para otro lado, no queriendo contestar a la pregunta, quizá porque no quería, quizá porque no sabía. El niño dijo: -Es que es un poco… tonta. (muy, muy tonta, gritaba el duende desde el fondo del armario) (¡ya lo sé!, contestaba el niño desde el fondo de su mente) -¿Dónde está papá? –preguntó Ángel-. ¿Todavía en el hospital? -No, se ha venido para preparar algunas cosas para llevárselas. Tu tía se quedará allí a dormir esta noche con ella. -Ah, ¿la tita se va a quedar? –el niño sintió alivio. -Sí, eso de velar a los enfermos es cosas de mujeres –dijo el abuelo Pedro-. Tu padre se vendrá también a mi casa hasta que tu madre vuelva, no va a quedarse solo el hombre, que cuando vuelva del trabajo tenga una comida decente que llevarse a la boca, y un rato de paz.

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El niño no se atrevió a mirar a la cara del abuelo, pero se preguntaba si éste sabría –como sabía él, sin el menor género de duda- que mamá no se había caído por las escaleras, sino que papá le había pegado otra paliza. El abuelo Pedro era el padre de mamá. Seguro que no sabía nada, sería imposible que, sabiéndolo, se preocupara de que aquel que había golpeado a su hija hasta tener que llevarla al hospital, tuviera la comida caliente, fría o envenenada, al llegar a casa. Mamá había sabido callar siempre. Siempre disimular. “Estoy mala, papá, no soporto ni que me dé la luz en los ojos”, decía a veces, cuando el abuelo llamaba para preguntar si quería que fuera a verla un rato. Mamá era muy lista, pero también muy tonta. Papá no. Papá no era nada. Ya no era nada ni nadie. Papá… ¿Ya no quería a papá? (papá es un cabrón, gritó de pronto el duende). ¡Tan fuerte que el grito casi le golpeó, haciéndole trastabillar! Por una vez, estaba muy de acuerdo con el duende. Pero también pensaba: Mamá es una tonta, una tonta, una idiota que solo sabe llorar muy bajito, ni siquiera grita, que hace todo lo que papá quiere y encima éste le pega de todas formas, y ella no se defiende. Si fuera yo… ¡yo le daría un golpe! Cuando estuviera dormido, ¡le pegaría en la cabeza con la plancha, o con lo plano de la sartén gorda! ¡Sí! Y le diría: ¡la próxima vez que me toques, te mataré! ¡Puedo envenenarte la comida si vuelves a tocarme, así que mejor que no lo hagas o deja de comer en casa para siempre! ¡Puedo matarte mientras duermes! ¿No vas a dormir nunca más, para protegerte? - 94 -


¡Puedo echarte pastillas en el café! ¡Ten cuidado, amigo: no juegues más conmigo! (huy, en verso, zumbó el duende, qué poético). -¡Lo haría! –gimió el niño. (¡qué valiente!, se burló el duende). -¡Algún día lo haré! –le juró el niño. Pero… ¿por qué, por qué no lo hace ella?

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CAPÍTULO VII ¿Por qué es tan dura la dulzura del corazón de la cereza? ¿Es porque tiene que morir… o porque tiene que seguir? Pablo Neruda

A las tres y diez –para no ser tan puntuales que resultaran repelentes- Alba y el Gato entraban en Las Horas Muertas. Alba esperaba que no hubiera nadie, pero se equivocó: había bastantes hombres y muchachos tomando café, y otros que acababan de empezar con la cerveza, los que tenían jornada de mañanas en la fábrica y hacían el horario de siete a tres. Margo estaba atareada detrás de la barra, pero Alejandro, sentado a una mesa, tomaba un café con hielo y apuntaba en un cuaderno. Alba se sintió de pronto muy tímida, como desnuda, expuesta. Ella no esperaba ver tanta clientela tan temprano, y al verla, pensó: ¿Y si alguno de éstos conoce a Ángel y le dice que me ha visto aquí? ¿Y si se mosquea? ¡Dios mío! ¡Si se entera de que he venido, y con el Gato, ni siquiera con Alex… la va a liar! Todo su cuerpo inició un intento de retroceso que el Gato notó, pero allí estaba él para cogerla del codo con firmeza y guiarla hacia dentro. -No seas tonta –le susurró. Entonces, Alejandro levantó la vista y los vio. -Aquí estamos –dijo Alba. La expresión de Alejandro se ensombreció un segundo, lo justo, cuando comprobó que quien venía con la chica no era su hijo, sino el Gato, pero enseguida se recuperó y sonrió. -¡Bienvenidos, chicos! ¡Me alegro mucho de que te hayas decidido a venir, Albita, la verdad es que pensé que no lo harías, al final! -Claro que sí… -balbució ella, que seguía con el miedo en el cuerpo.

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¿Y si el padre de Ángel tenía costumbre de venir a este bar, y entraba d e pronto, la veía y luego se lo soltaba a su hijo? -Pero no nos vamos a quedar aquí –prosiguió Alejandro, levantándose y cerrando su cuaderno-. Vamos para adentro, podemos charlar mucho más tranquilos en la recocina. Alba no sabía si Alejandro habría adivinado su inquietud o lo proponía por él mismo, porque tampoco para él, indudablemente, debía ser plato de gusto que alguien le escuchara hablar de ciertos temas. La recocina era acogedora, con una mesa ancha de mármol, muy limpia, y varias sillas plegables, todas desiguales, como si las hubieran ido cogiendo de aquí y de allí, cuanto más viejas más valiosas, como le dijera el Gato a Alex después. -¿Qué queréis tomar? ¿Café? ¿Cerveza? -Yo nada, gracias –se excusó Alba, pero Alejandro, como iluminado por una idea, abrió un mueble bajo, cogió una botella de un licor verdoso y lo sirvió sobre tres vasos con hielo. -Esto es refrescante y, además, nos relajará. Mejor que el café y más propio después de comer que la cerveza. Porque habréis comido, ¿verdad? -Claro –asintieron ellos. -¡Chin, chin! –brindó Alejandro. -¡Chin, chin! –brindaron Alba y el Gato. -Bien –dijo el Gato cuando ya los preámbulos no podían ir a más. -Bien, bien –dijo Alejandro, y, de pronto, se echó a reír-. ¡Vamos, Albita, no vayas tú a decir “bien, bien, bien”! –pidió. Estas palabras suyas hicieron que el Gato lo sintiera de pronto muy cercano, familiar, digno padre de su hijo. Eso ayudaría a romper el hielo, que al parecer formaba una capa gruesa y fría. Pero fue Alba la que no quiso esperar más y atacó: -¿Para qué me pediste que viniera, Alejandro? - 97 -


Alejandro se puso serio de inmediato. -Te lo imaginas, ¿verdad? -Margo me dijo que por Ángel. -Eso es. -¿Qué más? Alejandro sacó tabaco del bolsillo y encendió un cigarro. Se veía que le costaba entrar en harina. -Mira, Alba: no vamos a empezar, ¿verdad?, a jugar al escondite. Tú lo sabes y yo lo sé, y si me equivoco me lo dices y que me parta un rayo, que no me partirá. Okey? -Venga –le apremió Alba. -Tenéis problemas, ¿no? De violencia. En una palabra : te maltrata. Ya no sé si te pega o te insulta, pero no es cosa de decirte “¡qué tontita eres, cari!”. El Gato sabía que el asunto era muy serio, pero no pudo evitar sonreír. Alba dijo: -A lo mejor. -Oye, que esto no es una partida de póker. Yo lo que quiero es, si puedo, ayudar. Aprecio a Ángel, ¿sabes?, quizá porque me da pena, porque me recuerda a mí. Y tú eres amiga de mi chaval y, sin conocerte, te tengo un puñetero cariño, ya ves. -Vaya, gracias. -Pues… tú dirás entonces. -¿Qué quieres que diga? –Alba se echó el pelo hacia atrás; también ella parecía querer ganar tiempo perdiéndolo. Al fin se lanzó: -Sí, ha habido de todo. Me ha pegado… no muy fuerte, alguna vez. Dos. Me ha empujado; me… me cogió del cuello. -¿Y tú qué hiciste? -¿Yo? Pues… yo qué sé. -¿Te defendiste? ¿Respondiste a su violencia con violencia? - 98 -


-¡Dios, no! –Alba puso cara de incredulidad y de asco-. ¡Qué batalla campal, ¿no?! No, yo no soy así. -Y menos mal –dijo Alejandro-. Yo creo que si a mí Marta me hubiera respondido con violencia, la habría matado en ese mismo momento. Luego abrió los brazos, con las palmas hacia arriba, añadiendo: -Lo que no quiere decir que lo que yo hiciera lo hagan todos. A lo mejor hay por ahí más de uno que, cuando le plantan cara y lo vapulean, se encoge y queda más suave que un guante. -Lo que yo quisiera saber –explicó Alba- es sobre esa terapia que dicen que tú hiciste, si vale para todos. Alejandro repitió aquel gesto de abrir los brazos y mostrar las palmas de las manos. -¡Yo no sé si vale para todos, hija mía! De hecho, de los que empezaron conmigo, algunos lo dejaron a las primeras de cambio. Yo mismo, si seguí yendo fue porque mis opciones eran la terap ia o seis meses de prisión, así que cualquiera se lo pensaba. -¿Tanto? –se asombró Alba. -Sí, tanto, pero fíjate que no te digo que opine, ahora, que sea demasiado: seis años de maltrato a mi mujer ¡merecían algo más de un mes de prisión por año! >¡Que es muy largo un año, tiene muchos días! ¡Mucha angustia! -Ya, ya lo sé. -Mira, te voy a contar un poco sobre mí, aunque imagino que mi Alex os habrá contado ya ciento y la madre. Pero yo voy a contároslo desde mi punto de vista, que es diferente al de un niño de dos o tres años, que no tenía más por aquel entonces. -Tenía cuatro cuando te fuiste –puntualizó el Gato. -Bueno: cuando se fueron… Se fueron ellos primero. -Ya. -E hicieron bien, ahora lo comprendo –se apresuró a reconocer Alejandro-. Si no se hubieran ido, tarde o temprano yo la habría matado, porque mi furia iba cada vez a más. - 99 -


Alejandro encendió otro cigarrillo, empalmándolo con el primero. -Mira, yo ahora comprendo que lo que tenía era un complejo de inferioridad galopante. La madre de Alex… bueno, era una mujer muy especial, ¡brillante! Era guapa, inteligente y con muchos recursos, pero lo más bonito era que no se lo tenía creído para nada. ¡Es que ella misma no se daba cuenta de lo mucho que valía, os lo juro! -Es formadora de profesores de cursos de Formación Ocupacional–dijo Alba. -Sí, ahora trabaja en eso. Ella estudió derecho y trabajó un tie mpo en un bufete, pero como la cosa no estaba muy bien entre nosotros y en realidad no ganaba mucho… ganaba más yo con mi negocio –el padre de Alex, antes de que todo su mundo se derrumbara, había sido dueño de un taller de chapa y pintura-, pues lo dejó para quedarse en casa. >Ya os daréis cuenta de que, si lo dejó, fue por mis presiones. ¡Yo no quería que mi mujer trabajara en un bufete, tal como suena eso, rodeada de elegantes abogados que podían ofrecerle mucho más que yo! Por bien que yo me ganara la vida, para mí mismo no dejaba de ser un pringao que tenía todo el día las manos sucias, mientras que los que trabajaban con ella eran todos unos caballeretes bien vestidos, leídos y escribidos, que me mirarían, me decía yo muerto de rabia, por encima del hombro. ¡El “chapista”, me dirían! ¡Y se reirían de mí! Alba y el Gato bebían y escuchaban sin decir nada. Alejandro continuó: -Para colmo, la condenada Marta estaba cada día más guapa. Que si peluquería, que si ropa buena… no de marca, sino de buen corte… que si siempre sus tacones, todos los días media hora en la bicicleta estática, vamos, no se dejaba. Y yo, que se me puso el pelo gris a los veinticinco, a su lado sentía que todos pensarían que era su padre ¡si no su abuelo! >¡Vamos, un complejazo! >Así que, sin darme ni cuenta, o quizá dándomela y a mala leche… empecé a comerle la moral. Que si pijilla de medio pelo (ahora me avergüenzo como no os podéis imaginar), que si todos se estaban riendo de ella por tanta peluquería, que para qué tanta bicicleta es tática, cuando una mujer “de verdad” lo que hace para mantenerse en forma es tener la casa como una patena. - 100 -


>Marta era brillante, pero la casa se la comía. No le gustaban las faenas del hogar, ni se le daban bien. Con su sueldo y el mío, podríamos haber pa gado a una asistenta que viniera dos o tres veces semanales, y el resto, entre los dos, habría sido cosa de coser y cantar. -¿Entre los dos? –inquirió Alba, más irónica que sorprendida. La respuesta de Alejandro le encantó -Mi querida niña, una de las cosas que no debes olvidar nunca es que si la casa es de los dos, el compromiso de mantenerla limpia, acogedora y habitable debe ser también de los dos. Con mucha más razón si los dos, hombre y mujer, trabajan fuera. -Pero ella dejó su trabajo –dijo el Gato, que carecía de sutileza. -Sí: la convencí… es decir, la obligué a dejarlo. ¿Para qué íbamos a pagar a una asistenta, le dije cien veces, pudiendo encargarse ella de limpiar la casa? Total, iba a ser más o menos un sueldo por otro… y ¿qué importaba si limpiaba o si trabajaba en lo que había estudiado durante años y que le gustaba? Eso eran pijadas suyas que no podíamos tener en cuenta, por Dios… -Alejandro se cubrió los ojos con las manos un momento. Después se recobró y continuó-: No opuso mucha resistencia; ya había habido episodios de violencia y ella debía imaginar que era cuestión de tiempo que amaneciera con la cara marcada. >Y los dos sabíamos que le daría vergüenza ir a trabajar con cardenales en la cara. -¿Y no temías que te denunciara? –preguntó el Gato fieramente. -No lo haría. No se le pasaría por la cabeza, se habría avergonzado de reconocerlo ante todo el mundo, como si la culpable fuera ella y no yo… Además, si me denunciaba se supone que tendría que dejarme. Y ella, a pesar de todo, me quería. ¡Nos queríamos! Alba bajaba los ojos y sentía calor, mucho calor, en las mejillas. ¡No era ella sola, claro que no, la que se avergonzaba de su situación y la que no quería admitir su condición de mujer maltratada ni siquiera ante sí misma! Saber que no era la única no le hizo sentirse mejor. Si Alejandro decía que Marta, su ex mujer, le quería, aquello indicaba que también él debía tener algo por lo que ser amado, como lo tenía Ángel;

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que también, por tanto, Ángel podía ir degenerando en la “bestia violenta ” en que se había ido convirtiendo Alejandro. ¡No era nada esperanzador! -¿Cómo podía quererte? –demandó el Gato, incrédulo. Alejandro abrió la boca pero la cerró al momento, como preguntándose si contestaba lo que le venía a la mente o no; finalmente decidió que sí, que lo haría. -Como ésta quiere a Ángel –dijo, pues, señalando a Alba. Alba levantó la mirada del vaso y el Gato se dijo que nunca había visto, en vivo y en directo, una expresión tan torturada, tan dolorida y a la vez vacua, vacía. Le dieron ganas de gritar. Alba intentó defenderse: -Eso dices tú… pero es que yo pienso… que lo nuestro no es… ¡no es lo mismo! -Eso pensaba Marta –explicó Alejandro. Muy duramente. -¡Pero las cosas que tú le hacías no tienen comparación con lo nuestro! –protestó entonces Alba, muy segura-. ¡A mí nunca me ha hecho sentir que soy una mierda, que no me valora, al contrario! -Yo lo sé, lo he visto –intervino el Gato, dándole la razón en eso-. Él la admira mucho. -¿No has cambiado nada, en nada, tus costumbres por él? –le preguntó tranquilamente Alejandro, como quien habla del tiempo. -Buenoooo… Alba pensó en las minifaldas, los escotes, las risas, la amistad estrecha con cualquier chico excepto con Alex… (¡Y aun con éste mira cómo te hizo venir aquí a pesar de que tanto temías que le sentara mal, acuérdate!) Y podía seguir buscando “cosas que he cambiado sin cambiar por dentro”: los gustos musicales, adaptados a él porque el pop que a ella le gustaba “le ponía de mal humor con tanta gilipollez”, las películas de acción que se había tragado, cuando no se atrevía a pedirle que viera con ella una de las - 102 -


que a ella le gustaban porque las juzgaba “snobs”… El wasap que había tenido que quitar con la excusa de que se comía toda la memoria, pero en realidad era para que él no “la liara” cada día por cualquier inocente conversación. -Pero eso pasa en cualquier pareja –objetó no obstante, defendiéndose. -Sí: nos adaptamos, por supuesto. Pero es que en tu caso, si tú no te adaptas ¡arde Troya! Alba tenía que admitir que con aquello daba en el clavo. -Alba: puede que lo vuestro sea diferente, puede que él te admire, te ame y te valore más de lo que haya hecho ningún chico. Puede que sea Amor, de ése con mayúsculas, por tu parte y hasta por la suya. No te voy a decir “si te pega, no te quiere”, aunque en el fondo sí que creo en ese axioma, porque vale que le pegues alguna torta a un hijo para corregirlo, porque es pequeño y tienes que enseñarle, pero a tu mujer no tienes que enseñarle nada, ya viene sabiendo, y si no estás de acuerdo en algo con ella, eso se habla, y puede que ella quiera cambiar eso o puede que seas tú el que deba cambiar tu opinión, ¿vale? -Vale… -Pero en resumen, la cosa es muy sencilla: si te pega, ¡te pega! ¡Te hace daño! ¡Si no te ha marcado ya la piel, te la marcará, tendrás que buscar explicaciones que te harán sentir vergüenza y poca cosa! ¡Aunque él te valore, tú dejarás de valorarte y empezarás a sentirte como la basura que no quiere ni el perro, porque mientes por defender lo indefendible, por no señalar con el dedo (como él sí lo hace contigo a puñetazos) a un cerdo que te maltrata! ¡Si te pega, simplemente, te pega, y tú no tienes que aguantar eso nunca! ¡Pero NUNCA! Alba estaba a punto de llorar. -Entonces, ¿qué hago? –urgió. -Si quieres seguir con él y no morir en el intento… tienes que convencerlo de que pida ayuda. Te daré las direcciones de dos webs y el teléfono de mi psicólogo particular, que es buenísimo; él mismo lo pondrá en contacto con las reuniones, pero más yo ya no puedo hacer. Está en tu mano y, sobre todo, en la de él. -¿Y cómo se lo voy a decir? –se preguntó Alba en voz alta. - 103 -


-Eso ya no lo sé… pero hazlo pronto, no esperes a que pase algo gordo que te obligue. ¡No sospechaba, al decir eso, lo cerca que estaba de golpear nuevamente justo en la cabeza del clavo! El Gato intervino: -No has acabado tu historia. -Tienes razón… ¿Queréis ahora un café? -Yo quisiera un cigarro –pidió Alba-. No fumo, pero me apetece. -Mejor te traigo un café y un poco de chocolate negro –dijo Alejandro, guardando el tabaco-. No sabes lo mala, malísima, que es esta estúpida adicción, el cigarro no sabe más que a mierda, huele mal, hace daño, te hace sentir un apestado, es carísimo y encima te mata. Si no has empezado a fumar, no hay excusa posible para empezar. ¿Qué te crees, que es verdad eso de que un cigarrillo relaja? ¡Ja! Relaja al que ya está pillado, relaja porque te quita el mono de la nicotina, pero si no has fumado nunca ¿qué relax te va a dar, si no sientes el mono? Para relajarse, una tila, un dulcecito, un paquete de pipas… Pero ¿un cigarro? -Vale, vale –se resignó Alba. Y cuando él salió, se lamentó por lo bajo-: Buf, qué sermón. Lo dijo sin mirar al Gato. El Gato tampoco parecía tener ganas de mirarla a ella. Los dos tenían la vista fija, ora en el cenicero –lleno de colillas-, ora en los vasos con los cubitos de hielo medio derretidos. Alejandro volvió; Margo venía con él, portando una bandeja con café, vasos de tubo con hielo y un platito con chocolatinas envueltas en papeles de colores brillantes. -¿Os está yendo bien la tarde? –preguntó la muchacha. -Bueno… -dijo el Gato-.Sí por la compañía, pero resulta bastante duro escuchar estas cosas, y más todavía pensar en ellas. -Venga, reponed fuerzas con el chocolate –dijo ella, y se tuvo que ir porque la reclamaban desde la barra. Alejandro, como si no hubiera habido pausa, cogió una chocolatina y continuó su historia: - 104 -


-Después, por si las cosas no iban ya lo bastante mal, la preñé. -¿De Alex? Alejandro bajó los ojos. -No, de Alex, no… Primero hubo otro embarazo –seguía sin levantar la mirada, no sabía dónde posarla; encendió el mechero y los chicos pudieron ver cómo le temblaban las manos-. Le di una patada y abortó. -¡Diossss! No pudieron evitar el desprecio, la sorpresa horrorizada en la mirada. Alejandro tenía los ojos arrasados de lágrimas, pero no las dejó caer. Sentía que merecía cada mirada de asco que le dirigieran, que se había salido casi de rositas de la situación, que había perdido a su mujer y a su hijo –y a otro hijo que podría ser ya todo un hombrepero a cambio tenía otra mujer que lo amaba, y una vida bastante buena, hasta envidiable. Por mucho que hubiera sufrido años atrás, cuando no podía acercarse ni a quinientos metros de su mujer ni de su hijo, cuando estuvo en un tris de ir a prisión, cuando tuvo que empezar de cero buscando trabajo, vivienda, amigos, gente… (Lo más irónico fue cuando volvió al pueblo, años después… Cómo se le acercaron viejos amigos llenos de comprensión, a decirle “lo zorras” que pueden ser las mujeres, denunciarlo po r algo así, destrozarle la vida… se merecía más, esa tía, vamos. Como si no supieran todos lo buena gente que era él, por Dios. Es que las leyes estaban fatales, no defendían más que a las mujeres, y que la cosa iba cada día a más, ¿eh? Y él, que ya venía “curado”-o en tratamiento perpetuo, para bien puntualizar- se quedaba sin saber qué contestar y tenía que irse a practicar su deporte y sus ejercicios de relajación para no ceder a la fuerte tentación de darles una patada en los mismísimos a estos que venían a defender al Alejandro bestia que fuera antes, como si tuviera la razón, como si hubiera alguna defensa, alguna excusa viable para él.

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-“¡Si es que las tías –tuvo uno la desvergüenza de decirle- te buscan las cosquillas y luego te denuncian, para sacarte hasta la sangre, si pueden!” Era como luchar contra molinos de viento). -Podía callarme y no contároslo, ¿sabéis? –se defendió no obstante, al ver las miradas de los chicos-. Esto es mi penitencia. Alba asintió, pero el Gato no le miraba todavía. Y Alejandro retomó su narración: -Abortó; el médico podía haberme denunciado y todavía no sé por qué no lo hizo…; quizá por la vehemencia con que Marta aseguraba que se había tropezado y que se había dado el golpe contra una mesa. Pero él “sabía”, y yo sabía que lo sabía… >Sentía vergüenza de mí mismo, mucha vergüenza. >Después, otra vez, la volví a preñar… lo digo así porque así es como yo me empeñaba en verla, como a una yegua, una hembra de animal, no una mujer. Y nació mi niño, mi Alex. -¿Y…? -Bueno, pude controlarme durante bastante tiempo, todo el embarazo y casi hasta que el niño tuvo un añito. ¡Me sentía tan feliz cada vez que miraba a mi niño, mi hijito! De hecho, lo llevábamos tan bien que nos confiamos demasiado, y por eso nos pilló por sorpresa a los dos el siguiente ataque. >¡Porque, en verdad, son como ataques, ataques de ira, de odio, de algo salvaje que sale de dentro de pronto! Alba asentía; sabía muy bien de lo que Alejandro hablaba. -¿Y qué pasó? –preguntó, con un hilo de voz. -Le rompí un brazo –dijo Alejandro con sencillez-. El izquierdo, menos mal. Tuvimos que pedir ayuda a su madre para cuidar al niño. >La madre ya no se tragaba que se hubiera caído otra vez. ¡Eran demasiadas caídas! Nadie nos creía ya. Alba comía chocolate pero apenas si podía tragar. Tenía un nudo dolorosísimo en la garganta. - 106 -


Aquella pintura era demasiado realista, demasiado melodramática, demasiado espantosa. No podía tener nada que ver con ella. De algún modo, el padre de Alex se dio cuenta de que se estaba pasando. -¿Para qué voy a seguir contándoos horrores? –se excusó, poniéndose de pie, sacudiendo las piernas y sentándose a continuación sobre la mesa, como si al cambiar de postura pasara página-. Aquí te he apuntado direcciones, ésta, ésta y ésta; éste es mi móvil, éste, el fijo del bar. Cuando quieras, sea cuando sea, llámame y estaré para ti. -Gracias –dijo Alba, tendiendo la mano para coger las anotaciones. -Tanto yo como Margo. Si te puedo ayudar, sentiré que no he vivido tan en vano, que he pagado un poco, que no me salgo de rositas, que merezco un poco la suerte que tengo. Alba casi rio de su vehemencia, tan idéntica a la del hijo. -¡Vale, vale! -Y vuelve cuando quieras por aquí, ¿eh? -Cuando pueda. Vendré con Ángel, seguramente. -Muy bien –aprobó Alejandro-. Lo de hoy es nuestro secreto. -Ha sido muy interesante –dijo el Gato, sin saber si estrecharle la mano o palmearle la espalda. -Tú también tienes que venir, ¿eh? -Sí que vendré, seguro. -Y trae a mi chaval. A ver si tú le convences. -Huy, es que es tan cabezón… pero lo intentaré, de verdad. -Hombre, a ti te hará más caso que a Alba, ¿no? -Bueno, ¡no sé por qué! -Hombre, a ver: tú eres su chico.

Las palabras de Alejandro se quedaron flotando sobre ellos como la capa de humo de cigarrillos flotaba ya, azul y nebulosa. - 107 -


-¿Yo soy qué? –dijo el Gato. -Vamos, no creí que fueras a querer disimular –rio Alejandro, palmeándole ahora la espalda él-. Os he visto juntos, Gato, he visto cómo os miráis, no tienes que negármelo, si me encanta. -No, no… -¡Me has caído de puta madre, te lo juro! –siguió Alejandro. Alba intervino, viendo que el Gato no sabía salir del atolladero: -No, Alejandro, de verdad, ¡si el Gato está saliendo con mi amiga Celina! -¡Venga ya! -De verdad: Alex y él solo son amigos. Alejandro sacó el labio inferior, torciéndolo hacia abajo y enarcó las cejas en un expresivísimo gesto entre “no me lo puedo creer” y “no entiendo nada”. -Te juro que habría puesto la mano en el fuego de que este Gatón era mi yerno –aseguró. Y, mirándolo un poco de lado, como un tasador, añadió: -Todavía la pondría, fíjate tú… Y si no, al tiempo. El Gato y Alba huyeron, o casi, de Las Horas Muertas.

Celina.Aquella noche Mario estaba muy raro; no parecía él. -¿Te ha comido la lengua… tu primo? –le pregunté, pensando que se reiría al oír mi frase de doble sentido. Pero qué va: ni me oyó. Contestó: -A lo mejor, no sé… Vamos, un aburrimiento de novio. Nosotros dos habíamos salido más temprano pero yo veía de lejos que todo el grupo se iba reuniendo, como cada noche, en los bancos del camino de la ermita.

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Hacía un calor sofocante. Yo me había recogido el pelo en dos trencitas para minimizarlo lo más posible, y ese peinado a él le hacía gracia y siempre le sacaba comentarios divertidos de los suyos. Pero aquel día, nada, oye. Así que al cabo de una hora -¡ya aguanté bastante, me parece a mí!- de monosílabos y más rarezas que un perro verde, le dije: -Vámonos a los banquitos, porque me da una pena tremenda perder otro día de vacaciones mirando al vacío y más sola que la una. ¡Sin decirle lo patética que es “la soledad de dos en compañía”! Menos mal que la frase traspasó su muro de empanamiento y llegó a su mente sin cambios; echó a andar y yo delante de él, y no voy a decir que me sintiera la novia más feliz ni la más querida del mundo. No, no le veo futuro a lo nuestro. Es tan distinto a lo de Ángel y Alba como la noche del día. Sé que Ángel es un machista, diga Alba lo que diga, y a los tíos tan machistas todas intentamos darles de lado o reeducarlos, cosa ésta última que con él la veo difícil, porque está como muy seguro de sí, de su razón a hierros. Algunas veces me pregunto si no será hora de dejar la lucha y dejarnos llevar. No vamos a erradicar nosotras solas el machismo ni las actitudes machistas, ¡imposible! El machismo empieza en casa, con las madres –como la mía- que se lo hacen todo al hijo varón “porque es un chico”, y a la hija le están entregando un trapo para que limpie “aunque sea el polvo” a los ocho años, diciéndole: “así te harás una mujercita de provecho”. ¿Conocéis a muchos hombres que sean llamados “hombrecito de provecho” por limpiar el polvo de su casa, y más viviendo con madre y hermanas? ¡Es que ni Alex, que tanto presume de ser feminista cien por cien, ni él limpia el polvo! ¡Él, demasiado que hace su cama, ordena su habitación y pone y recoge la mesa! Ya con eso se considera un tío avanzado, un feminista moderno. ¡Venga ya! - 109 -


Me pregunto últimamente muy a menudo si no nos saldría más rentable imitar a Tatiana y hacernos “femeninas” estilo años cincuenta: sexis, siempre guapas y dispuestas a la sonrisa, con la máxima aspiración de pescar un marido que no sea un pobretón ruinas para que te tenga “como a una reina”, léase con lavavajillas, secadora, los últimos aparatos esos que salen en la teletienda para limpiar (ni idea de cómo se llaman), una casa moderna, limpia –tú la limpias cada mañana-, con un ambientador de esos que no desentonan, y tú vestida de verde manzana (no sé qué les pasa con el verde manzana en la tele, que se ve que lo asocian con la higiene íntima, fresca, y con la limpieza). Tendrías que limpiar y llevar la casa, pero te ahorrarías trabajar fuera, o sea que podrías dejar de estudiar YA. Limpiar, organizar, tener preparada una bebida alcohólica y fresca en verano o alcohólica y caliente en invierno para cuando “él”, tu amo y señor, regrese del trabajo. Prepararle el albornoz y las zapatillas para que se duche, servirle la bebida, escuchar con expresión apropiada –sonrisa de dentífrico si son agradables, ceño y boquita fruncidos si no lo son- sus historias del agotador trabajo, y dedicarte a él y a su comodidad el resto de la velada. ¡No parece tan malo! ¡Mucho peor es volver agotada del trabajo y tener que preparar la cena y la comida para el día siguiente, y poner lavadoras, y dejar la ropa tendida antes de acostarse para que vaya secando, y contar tus problemas al aire o a alguien a quien no le impor tan y que está deseando contar los suyos! Esto lo digo con conocimiento de causa: lo veo cada día en mis padres, durante la recogida de aceituna y luego en la de ajos y cebolla. Mi padre trabaja –como casi todos los hombres del pueblo- en la fábrica, a turnos, y mi madre se va al campo en cuanto hay algo, para echar una mano, porque con un solo sueldo siempre andamos lampando, con mi hermano ya en segundo de Empresariales y yo acabando el instituto. Veo a mamá y el estrés que tiene en los meses de trabajo y lo comparo con su tranquilidad del resto del tiempo, cuando tiene tiempo por las tardes para tomarse su café viendo alguno de esos bodrios de la tele, y luego se pone a coser, siempre ocupada pero ¡con un relax! - 110 -


¡Doy fe: así da gusto! Mantiene la casa limpia, la comida preparada a tiempo y con variedad, me hace ropa, cose un poco para la calle –con lo que se gana para tapar algún agujero, que siempre hay- y papá se siente, viéndola así y estando tan bien atendido, en el séptimo cielo. Claro que, me preguntaría Claudia: ¿es feliz de verdad mamá? Aunque la respuesta pueda ser “sí”, su siguiente pregunta: ¿se siente realizada?, ya me plantea muy serias dudas. ¿Me sentiría realizada yo haciendo todo el tiempo las labores del hogar, limpiar hoy lo que ya limpiaste ayer y antes de ayer y que, a pesar de todo, si no lo limpias hoy, parecerá –o estará- sucio? ¿Cocinar, cocinar y cocinar, elaborar, esmerarte, para que en quince minutos sólo queden platos y cacerolas sucios que tendrás que lavar tú? Y lo peor es lo subvalorada que te sientes, ¿no? Ama de casa. Puf, ya ves: “No tiene nada mejor que hacer en todo el día que pasar un trapo por los muebles, tomar café y ver programas del corazón en la tele”. “¡Qué bien se lo montan!” “Y salir a chismorrear con las vecinas en la tienda, no te olvides, que para una barra de pan se tiran dos horas en la calle”. “Amas de casa, ¡ya lo creo! ¡Y tan amas!” Esto se oye en cualquier lado, no solo donde hay hombres sino incluso donde hay chicos ¡y chicas! jóvenes, justo los que no tienen ni puñetera idea de lo que hablan. ¿Amas de casa? ¡Ja, ja! ¡Esclavas de la casa, esclavas, esclavas que trabajan por la comida y un techo que las cobije! ¡Ni un sueldo, ni un derecho laboral, ni un horario de equis horas y luego a casa a descansar, sin un minuto de trabajo fuera de tiempo! Pues yo misma me he dado la respuesta: no quiero ser otra esclava más. Si hay que luchar, yo también lucharé. Si pierdo en el camino un marido… pues ¡lo pierdo! Es lo que ahora pasa: los tíos no se resignan a quedarse sin la esposa-chacha y a cambio tener que pringar en la casa cada día. Pero ése es su problema. ¡A enemigo que huye, puente de plata! - 111 -


(¡Esto lo he estado cavilando yo solita! ¡Claudia estaría orgullosa de mí!) Y ahora, a reunirnos con el grupito y a ver si Mario baja ya de las nubes o, por lo menos, dejo de aburrirme con él. ¡Hombres…!

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El espejo del tocador de mamá tenía la luna quebrada, pero aun así se veía bastante bien. Ángel estaba mirándose en él. Ya era lo bastante alto para poder verse la cara entera, por encima de la raja que lo dividía en dos. Recordaba –lejana pero claramente- cuando papá lo rompió, de un trastazo. Le había tirado el bote de colonia de mamá, pero le dio de refilón y por eso no se partió en mil pedazos. Por eso también dijo que, de cambiarlo, nada; que se podía ver bien todavía. La colonia de mamá… aquella que olía tan bien. “Ó de no-sé-qué”, la llamaba ella. Ya no la usó nunca más. Había venido un compañero de trabajo a casa, a traerle a papá unos papeles que tenían que rellenar para la empresa. Papá estaba duchándose, así que mamá abrió la puerta, nerviosa, ¡como siempre! El compañero de papá había comentado: -¡Hum, qué bien huele! -¿Sí? Será que estoy guisando –dijo mamá. -No, qué va, es otra cosa… ¿Qué colonia usas? Mamá sonrió un poco y dijo un nombre que sonaba raro. -Pues eso es, la colonia: la conozco. ¡Huele maravillosamente! Entonces, papá apareció por la puerta del cuarto –el niño creía que estaba en la ducha, pero al parecer no- y saludó, muy amable. -¡Hombre, para qué te has molestado, Genaro, con un telefonazo bastaba, ya hubiera ido yo a tu casa…! -No, hombre, si me pilla de camino… Qué amables eran los hombres entre sí, se dijo Ángel; ¿por qué papá no le hablaba nunca a mamá ni con la mitad de agrado? - 113 -


-Venga, por el porte te invito a unas birras, espérate que me ponga los zapatos –el pequeño vio que estaba en zapatillas- y vamos para el bar. -¡Anda ya, hombre, no hace falta…! -¿Cómo que no? ¡Ahora mismo estamos en ello! Venga, vamos –y volviéndose a mamá, que “esperaba órdenes” o esa impresión daba, sugirió (en verdad, ordenó)-: Comed vosotros, que yo igual me quedo a echar alguna partida de dominó, ya si eso me tomo algo allí. (¿jugamos a los colores?) (pinocho, de qué color, de qué color, azul marino lo tengo yo, lo tengo yo…) (¡ja, ja, ja, el bebé miedoso quiere jugar a los colores!, reía el duende a carcajadas, por detrás de su cabeza) El niño ya no tenía que empinarse para ver su reflejo en el espejo de mamá. Entonces, ya no era “el niño”, era “el chico”. ¡Qué guay! Aquel día, cuando rompió el espejo, papá había vuelto del bar casi de noche. Mamá estuvo sentada en la misma silla baja toda la tarde, retorciéndose las manos. No había comido nada. Tiró su comida al wáter para que pareciera que había comido. ¿Para qué quería fingir? Ángel ya no intentaba comprender muchas cosas. Si, al final, el resultado iba a ser el mismo. Mamá temblaba; sabía lo que llegaría con papá: los gritos, el odio, la angustia, los golpes. A ella o a los muebles, a las puertas, a las paredes, al niño si no se escondía más rápido que el viento. Todavía, a lo mejor, ella, su pobre y maltratado cuerpo, se libraban. El espejo no se libró. Tampoco el armario: mamá pegó encima una lámina de un niño y un perro, al día siguiente, para disimular el boquete en la madera de la puerta. (quedaba muy bien, le dijo el duende engolando la voz, muy adecuado). - 114 -


(no te burles, contestó el niño). Al otro día, en el parque, Tatiana le había preguntado: -¿Por qué había tanto jaleo en tu casa, anoche? -Estuvimos cambiando de sitio los muebles del dormitorio –respondió Ángel. -¿Ah, sí? ¡Qué bien! ¡Me encanta cambiar los muebles, así parece que todo es nuevo! Otro día, hacía más tiempo, le había dicho: -¿Por qué lloraba anoche tu madre? Yo la oí. Y él había contestado: -Mi madre no lloraba, tonta, es que se reía. Se ríe así, tiene una risa muy rara. -¿De verdad? -Claro, es muy graciosa –y él sonrió torcidamente. La niña –también debía ser tonta- le creyó.Se lo creía todo. Era muy guapa, pero no le gustaba que fuera tan tonta, la verdad. Se parecía demasiado a mamá. Y él no se parecía a papá en nada, así que no buscaría a una como mamá para repetir la misma vida. (ya veremos, ya veremos…, cantó el duende) (¡ya verás!, contestó el chico)

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CAPÍTULO VIII No existe el amor, sino las pruebas del amor, y la prueba de amor a aquel que amamos es dejarlo vivir libremente. Anóni mo

El Gato.Lo que dijo el padre de Alex me dejó totalmente descolocado. Fuera de combate. K.O. Pasé un montón de vergüenza; noté que la cara se me calentaba, me ardían las mejillas, sentía las orejas enrojecer. Buuuuuffff… Y Alba, ¿me estaría mirando? ¿Qué pensaría? Ella dijo: -No, no, si el Gato sale con mi amiga Celina… Y yo, pensando: Precisamente, la relación más témpano conocida en el mundo mundial. ¡Pensé que todos me señalaban con el dedo! ¡El Gato, gay! ¡Claro, como que va siempre con el chico de Alejandro, el Alex ése! ¡Dios los cría y ellos se juntan! Bueno, de Alex se sabía de siempre, se veía venir, pero ¿del Gato? ¡Con esa pinta que tiene, que está todo cuadrado! (Una vez, Alex me dijo que le gustaban los tíos tipo mozo de puerto. ¿Me estaría tirando los tejos y yo sin darme cuenta? No, no: Alex no haría eso… no quiero ahora pensar mal de él, todo por unas frases dicha por un… Bueno, da igual. Y Alejandro había bebido licor antes de decir aquello, y estaba nervioso, ¡con todo lo que nos había contado…!) No podía dejar de darle vueltas y me sentía fatal. Y un poco… liado. Como cuando te meten una idea loca, imposible, en la cabeza, y la rechazas de plano hasta que de pronto te dices: ¿Y si…? - 116 -


Algo dentro de ti te habla, insidioso, insinuante, provocador: ¿Y si fuera verdad? ¡De pronto recuerdo la película “In &Out”! Me gustó muchísimo; la vi con Celina, Alba y Ángel, en mi casa, una tarde que se fueron mis padres. Celina y Alba se rieron mucho, les gustó cantidad. Ángel se aburrió y se puso a hojear revistas de motores, que tiene siempre mi padre. (Comentó que la película era una de esas gilipolleces que les gustan a las tías). Y yo… ¡Yo me emocioné con el discurso del profesor! ¡La verdad es que soy de los que se emocionan pronto! Nadie se rio de mí ni les extrañó. Incluso Ángel me dio un puñetazo leve en el hombro y me sonrió, cariñoso: -¡Ay, estos tíos sensibles! –dijo. Es que él también se emociona con muchas cosas, y con algunas canciones ni te cuento, prefiere ni oírlas por cómo se pone. -Un hatajo de nenazas –rio Celina, pero de buen rollo. A las chicas siempre les gustan los chicos que lloran, no sé por qué, porque antiguamente era al contrario: los hombres eran “tíos de pelo en pecho” y no lloraban ni aunque se les muriera su madre. Ahora, por contra, les gustan depilados y lloroncitos. ¡Bebés, en una palabra! Un tío con muchos pelos por el cuerpo no es atractivo, pienso. Un chico como Alex, barbilampiño o casi, limpio, inteligente y agudo, pues… No, ¿qué estoy diciendo? ¡No puede ser! ¿Voy a volverme loco? Aquella noche tuve a la pobre Celina muerta de aburrimiento casi hasta la hora de recogernos; Alba y Alex cuchicheaban contándose, probablemente, la tarde, y Ángel charlaba con Fabio, Tatiana, Lucy y Carmen. - 117 -


Claudia estaba a su bola, leyendo sabe Dios qué en el e-book que se había comprado con el dinero de su cumpleaños. Y yo más en mi mundo que nadie; miraba a Alex, a Fabio, a Ángel… luego a Celina, a Tatiana, a Alba, a cada una de las chicas. ¿Veía tanta diferencia? Sí, claro que sí, pero a la vez, no. Pensaba, forzándome, en esas imágenes lésbicas que se ven a veces por Internet. ¡Qué caña! Y pensaba también en lo contrario, en imágenes de chicos con chicos, hombres con hombres. Oye, ¿asco? Pues… no. Diría: qué caña, también, según qué imágenes. Dios, ¿qué me pasa? ¿Soy homosexual? ¡Si tuviera ese disco que utiliza el profesor en “In &Out”, para saberlo! ¿Me serviría de algo, o es que me estoy obsesionando yo solo? ¡Yo siempre había tenido muy claro que me iban las pibitas! Yo creo que el padre de Alex me ha dado un bebedizo… Me parece que Celina, esta noche, va a tener que sacarme de dudas. Sé que si la llamo y le digo que nos demos “un paseo por ahí”, con lo que ya sabe ella que conlleva eso, no me va a decir que le duele la cabeza. Celina no es de ésas. Y, tal vez, poniendo los cinco sentidos en ello, tal vez me convenza de que lo mío siguen siendo las chicas. Aunque si me torturaran ahora para sacarme la verdad, verdad, verdadera, con quien me apetecería quedarme –para charlar un buen rato, eh-… Es con Alex. Mi amigo, mi colega. ¿Mi chico, según su padre? Me acerco a Celina, la abrazo por detrás. No me esperaba pero enseguida se relaja y contesta a mis besos. -¿Damos un paseo…? –le susurro al oído. - 118 -


-¡Vaya, Mario, con la tardecita que llevas hoy, eso sí que no me lo esperaba! –dice ella, risueña. Se ha hecho unas coletas graciosísimas y no le he dicho nada, ni un piropo. -Me gusta sorprenderte en el último momento –le digo. Veo cómo Alex y Alba nos miran desde lejos. Alex me sonríe, como siempre, con su expresión de siempre. Alba… ¿Qué piensa Alba, por qué me mira así? No soy capaz de sostenerle la mirada… *** Fue tarde en la noche, cuando ya todos los demás se habían despedido. Quedaban Ángel, Tatiana, Lucy y Alba. Celina y el Gato se habían ido muy pronto, haciéndose arrumacos. Alex, Claudia y Carmen se fueron poco después, cada uno por su lado. (Ninguno de los tres parecía contento aquella noche…). El camino hasta el parque lo hicieron los cuatro a la vez. Fabio y Tatiana se despidieron nada más llegar, y a Ángel le pareció que se iban juntos. No era aquél el camino de la casa de Fabio… Alba también lo notó, pero no sabía si comentarlo con humor o fingir que no lo había advertido. Aquella noche Ángel estaba diferente, así que más valía no tentar la suerte… ¿O a lo mejor la que estaba diferente era ella, Alba, porque temía que alguien le hubiera dicho a Ángel dónde había estado ella aquella tarde? Si hubiera estado con Alex, no pasaba nada: he acompañado a mi amigo a ver a su padre, es normal. Pero ¿sola? ¿Con el Gato? ¿De qué vas? ¿Para qué? ¿Qué se te ha perdido a ti en Las Horas Muertas? ¿Acaso ahora te vas a hacer clienta fija de esa gente? - 119 -


¿Qué pasa contigo, nena, siempre tienes que meter la pata? Niñata estúpida… Sí, todo eso podía salir de su boca, se decía Alba, y se sentía fatal. Mucho peor se sintió cuando Ángel le dijo: -¿Qué has hecho hoy? Se lo preguntaba a veces, no era novedad, pero esta vez le pareció que lo hacía con otra intención, a ver si la podía pillar en un error, en una mentira. -Bueno… -¿Sí? Él aguardaba, expectante. Otras veces, prácticamente no la dejaba explicarse y ya empezaba a contarle lo que había hecho él. Le gustaba mucho contar su día a día. Le gustaba que ella le escuchara, le consolara o le jaleara, según fuera necesario. Alba pensaba que, en el fondo, a todos nos gusta mucho más ser escuchados que escuchar. ¡Por poco interesante que sea lo que contemos! -Bueno, no he hecho gran cosa –explicó ella, un poco titubeante-. Esta mañana Claudia, Alex y yo dimos un repaso a las mates, que ya mismo empezamos el curso. Habíamos quedado con Carmen y Celina, pero no vinieron. -¿No? –ahora parecía un halcón a punto de echarse en picado sobre la presa. -No, se quedarían dormidas, ya sabes cómo son… -Sí, ¡unas perras, con todo lo que habrá que hacer en su casa y ellas durmiendo! -Bueno, bastante que estudian luego todo el curso –las defendió Alba-. Y lo que haya que hacer en casa tampoco pasa nada porque se haga un poco más tarde, total, el polvo no va a irse solo, ¡eso sí que sería lo guay!, ni los platos se van a fregar… así que tanto da cuando lo hagan, siempre estarán ahí. -Qué bien, así piensas tener tu casa, hecha una mierda todo el día, que como la mierda no se va, ¿no?, da igual cuando la limpies.

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Vaya, por una vez –pensó Alba, cruel dentro de su miedo- había captado lo dicho a la primera, qué avance. Ya con eso sabía que él “sabía”. Y sabía que no iba a escaparse de rositas. Lo intentó: -Me duele la cabeza mucho, me voy a ir ya, cariño. -Espera, espérate un momento, si acabo pronto. Ahora ya sí que supo que, o echaba a correr, o iba a ser… grave. Aquella mirada achinada, aquellos ojos… Retrocedió. Pero ¿cómo iba a echar a correr, así, por las buenas? Sería ridículo. Y además, ¡él correría más! Pero, de todas formas, ¡no pensaba salir corriendo sin un porqué! Eso sí, podía ir acercándose a la farola un poco más, despacito, así… quizá tan cerca de la luz, Ángel se contuviera. -¿Dónde has estado esta tarde? ¿A las tres? –le espetó él. Y todo, todo el esperado repertorio. -¿Sola? ¿Con el Gato? ¿De qué vas?... Etcétera, etcétera, etcétera. Pero a la vez, la empujaba. No le importaba –quizá- que hubiera más o menos luz, pero la iba empujando hacia la oscuridad. Alba no gritaba, solo dijo, un poco alto: -¡¿Qué haces?! Él le cogió la cara con la mano, apretándole fuerte las mejillas, como cua ndo le apretaba suavecito para que sacara morritos y darle un beso… pero esta vez lo hacía con saña, clavándole los dedos con fuerza, cada vez con más fuerza.

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Sus ojos no eran ya verdes sino ¿grises?, ¿plateados? Dios, brillaban como cuchillos, eran acerados, fríos, perversos. No había calor en ellos. No había piedad. No era Ángel, pero ¡claro que lo era! ¡Era Ángel, su novio, aquel a quien amaba y a quien había consentido tantas, tantas cosas! ¡Ángel, quien, mientras más recibía, más exigía de ella, el alma, la vida y la integridad física, todo, para dejarla convertida en un cascarón vacío! Ángel, que después de dejarle la cara dolorida, ahora le estaba pegando con la palma de la mano, bofetones secos, en la frente, empujándola, y ella se daba golpes cada vez en la parte de atrás de la cabeza contra la pared, pero a él no parecía importarle. Le dolía, le dolía mucho la cabeza ya, pero no le salían las lágrimas, es que no salían, se le quedaban en la garganta. Si hubiera podido llorar con lágrimas, él, al verlas, se habría aplacado, seguro, como otras veces, se detendría y le pediría perdón. Al menos, se detendría; sus peticiones de perdón no le servían a Alba para nada. Pero Ángel parecía un loco, golpeaba y odiaba, la miraba pero no la veía o le daba igual, aquella no era su Alba, su princesita, era otra tonta, peor, una traidora, hacía lo que quería aunque a él no le gustara, se iba por ahí con otros tíos para que todos sus compañeros la vieran. -Tu novia, en Las Horas Muertas, con el Gato, a las tres… ¿Sería puta? ¿Qué hacía allí ella? ¡Voy a romperle la cara! ¡Vas a reírte de tu puta madre, cabrona! De los golpes con la palma de la mano pasó a aplastarle la nariz, con fuerza también. No de un puñetazo. Solo -¿solo?- apretando la mano contra ella, eso duele, ¿eh? Lo sabía, lo había comprobado muchas veces en sus propias carnes. Y además, no deja marca. Alba ya sí gritó, cuando la dejó respirar: - 122 -


-¡Ángel! ¡Cariño! –le salió así, que era como solía llamarlo siempre. -¡¿Cariño?! ¡¿Cariño?! ¡Cállate! ¡Cállate que te… que te…! Ella consiguió taparse la cara con las dos manos. No sabía dónde cubrirse, dónde le iba a doler ahora. El pelo… le tiró, le sacó todas las horquillas del tupé a tirones, zarandeos, empujones, la cabeza otra vez, la espalda golpeando contra la pared. Pensó acuclillarse para cubrirse mejor de aquella lluvia de golpes pero algo le decía: ¿y si te agachas y te pega patadas, patadas en la cara y en la cabeza? Algo había todavía lúcido en su mente, un puntito minúsculo, la más lejana estrella… De pronto él gritó, roncamente, sin que la voz le saliera apenas: -¡Vete ya, Alba! ¡Vete, por Dios, antes de que te mate! No se lo tuvo que decir dos veces. Se destapó el rostro, buscó un hueco –él parecía llenar todos los espacios- y echó a correr, pero no la sostenían las piernas. Apenas podía andar. Él le dio una patada en el trasero (¿para ayudarla?). Se medio arrastró hasta su portal y allí se quedó, agazapada como un animalito, sin saber adónde recurrir. Antes que nada, lo que más anhelaba era un espejo: tenía que saber qué aspecto tenía para pensar qué podía decir. ¡Qué excusa iba a dar, por esta vez!

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SEGUNDA PARTE

LA PRINCESA ROTA

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CAPÍTULO IX Quisiera llorar a gritos. Quisiera morir cantando. Quisiera ser, para siempre, gota de sal en un lago… Ana Vega Burgos

Claudia.Es cierto eso de que “no hay más ciego que el que no quiere ver”. Doy fe. Yo no vi nada, ¡y era todo tan evidente! Solo vi que mi hermana no podía con su alma, pero lo achaqué, absurdamente crédula, a lo que ella me decía: había cogido un virus, seguramente en la piscina, el fin de semana, porque era verdad que desde entonces no andaba muy fina. La noche del sábado no llegó muy contenta, pero no escribió nada “raro” en el diario, lo comprobé el domingo, en cuanto se fue a casa de Alex. La noche del domingo tampoco ocurrió nada; el lunes se fue por la tarde con el Gato, con mucho misterio, y yo supuse que pensarían comprarle un regalo a Alex para su c umple, o a Celina, que también cumplía años la misma semana. Me chocó –y me dolió- que no contaran conmigo, pero me resigné: la verdad es que últimamente me estaba distanciando de todos; desde que me compré el e-book, que me lo podía llevar a todas partes y no ocupaba sitio, me sumergía en mis lecturas y cada día me lo pasaba mejor a solas conmigo misma. También, aunque no hubiera dicho nada a nadie, había empezado a escribir relatos cortos, y me parecía que no se me daban demasiado mal. Mi mundo era otro muy distinto, la verdad, y me gustaba; en él no había tristezas, ni golpes, ni disimulos, ni sonrisas mentirosas, ni amados que se alejaban, ni amigos que traicionaban… Mi mundo era privado, sólo mío, y en él era feliz. Alba llegó aquel lunes a casa mucho más tarde que yo. La oí meterse en la ducha, pero tardó tanto que, cuando llegó a nuestro cuarto, yo ya estaba dormida. Ella no encendió la luz: tenemos una linterna para estos casos, para no despertar a la que esté durmiendo, así que no la vi, solo olí el aroma a gel de baño de fresa, como cuando éramos chicas, y - 125 -


hasta eso tendría que haberme extrañado pues hace tiempo que usamos jabones más sofisticados, de “chica mayor”. A la mañana siguiente, Alba estaba dormida cuando yo me levanté. Me vestí y me fui al patio, a seguir con mi nuevo hobby –escribir relatos- que quería mantener tan en secreto como todo lo mío. Como siempre, obsesionada egoístamente con mi vida y sin mirar lo que tenía junto a mí. Alba no se levantó. Llamó a mi madre, le pidió que no abriera la ventana (“me molesta horrores la luz”, se excusó) y le dijo que le dolía la barriga, la cabeza y la garganta. Mamá, naturalmente, quiso llamar al médico. ¡Alba no quiso ni oír hablar de ello! -¡Llamar al médico para un virus! –protestó muy furiosa-. ¡Para que me mande, como siempre, ibuprofeno y “si te da fiebre, paracetamol” y ya está! ¡Para eso no hace falta que vaya a ningún lado, mamá! Como, después de todo, era la pura verdad, mamá no insistió. Cuando vino al patio y me dijo que Alba estaba mala, subí inmediatamente a verla. -¿Qué tienes? –le pregunté. No me había dado tiempo ni a amagar con encender la luz y ya me estaba gritando ella que, por favor, no la encendiera, que tenía fotofobia. ¡Eso de saber los nombres técnicos de ciertos síntomas, qué engañoso es en realidad! -¿Ni la ventana, un poco? –sugerí-. Necesitas aire puro. -No, no, no, y menos con el calor que hace. -¿Te traigo el ventilador? –ofrecí. Tenemos aire acondicionado, pero no lo ponemos casi nunca porque nos reseca mucho la garganta. Preferimos el ventilador de techo y, cuando el calor andaluz aprieta como solo él sabe hacerlo, otro ventilador añadido, de esos de pie. -Pues mira, eso sí te lo agradecería –me dijo Alba.

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Tenía el portátil encendido y escuchaba documentales. Eso me pareció una señal más de que estaba mala: solemos hacerlo cuando caemos, en pleno invierno, con algún resfriado fuerte o gripe, casi siempre las dos a la vez. (Por eso se me hacía todavía más raro esta vez, pero, claro, si lo había cogido la piscina, yo no había ido, fueron solos Ángel y ella la noche del viernes). Ahora sé que tenía la cara hinchada, pero lo sé porque me lo dijo mucho después, no porque yo lo observara. ¿Observar? ¡Yo no observé nada! ¡No me enteré de nada! No tuve acceso ya a su cuaderno porque ella no salía del cuarto, pero tampoco la veía ponerse horas y horas a escribir, como cuando ocurría algo digno de anotar, así que yo… inocente de mí… ¡Yo la creía enfermita pero feliz! También mis padres pecaron de discretos: mucho después supe que al cabo de tres días habían dejado de creer en el virus, pero pensaron que quería estar sola y encerrada por alguna ruptura amorosa “típica de los jóvenes” y respetaron su dolor. ¡Maldita sea!, para colmo yo también me fui, en mi caso por no molestarla en su enfermedad. ¡Sola! Cuando más necesitaba apoyo y cariño ¡todos la dejamos sola! ¿Cómo no voy a culparme ahora de todo lo que está pasando…?

Alex.Claudia se fue a pasar unos días a casa de Irina, su prima, para dejar a Alba so la con sus “virus”. Sola con su soledad. Sé que Claudia lo hizo por bien, para no molestar a su hermana teniendo que encender la luz para estudiar o para coger ropa, o lo que fuera. Alba se lo agradeció mucho porque sabía lo que era para Claudia, con su timidez que nadie adivina pero que es paralizante, meterse de invitada en casa de los tíos, sin Alba como escudo protector.

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Lo agradeció mucho pero hubiera preferido, por esa vez, no estar siempre sola. Hubiera preferido, cuando llamaba Ángel, poder decir “está aquí Claudia conmigo, te manda un saludo”, como indicando “no puedo hablar”. Porque no podía hablar. No quería hacerlo. ¡No había nada ya de qué hablar! Aquello no había sido cosa de un instante, una momentánea pérdida de los nervios. Aquello –Alba me lo contó tal como lo recordaba, que seguramente no será como suced ió de verdad pero se aproximará bastante- fue una paliza. Una verdadera paliza, empezando por golpes en la cabeza y acabando con una patada en el culo. ¡El sumun de la humillación! ¡El remate! ¿Cómo podía Ángel esperar ahora que Alba le perdonase, que volviera con él como si nada hubiera pasado? ¿Acaso iban a servirle de algo sus llantos, sus promesas, sus… mentiras? ¡Yo nunca juzgo, ya lo he dicho mil veces, no quiero ser juez! Y, sin embargo, sin poderlo evitar, sin confesárselo también, sé que juzgaría a Alba si perdonara a Ángel y volviera con él. ¡No podría impedir pensar que era tonta, cobarde, y que se iba a buscar lo que, en adelante, le pasara! Y que, si perdonaba una agresión así, sin duda iban a pasarle cosas peores. ¿Quién dudaría de eso? Llevaban poco más de un año saliendo y ¿cuántas veces había ocurrido algo ya? ¿Cuántas bofetadas, cuántos empujones, cuánto dolor? Ya no eran “dos bofetadas, cuatro empujones y una vez, el cuello…” Ya, con el último episodio, ¡eran incontables! Dice que le pidió: -¡Corre, Alba, vete antes de que te mate! ¡Y es que podía haberla matado! ¡Matarla a golpes! ¡A mi Alba! Lloré mucho cuando me lo contó. Estábamos en su cuarto, su mano en mi mano, ella acostada, yo sentado sobre la cama, y mis lágrimas cayeron sobre sus mejillas y se mezclaron con sus lágrimas, y lloramos los dos, por todo, por la niña que fue, por la inocencia arrebatada, por la esperanza perdida, por las ilusiones muertas como pétalos marchitos de esas flores que tan gallardas lucían su primavera… - 128 -


¡Alba, mi Alba, mi bebote rubio! ¡Maldito Ángel! ¿Ángel? ¿Quién fue el gracioso que le eligió el nombre? ¡Joder, qué mala puntería tuvo! -Todos los días me llama –me dijo Alba. -¿Para qué se lo coges? -Me manda mensajes de texto… ¡Menos mal que no tengo wasap! Al Facebook ni me conecto, porque en cuanto lo hago, ya está en el Messenger. -¿Qué pretende –le pregunté, furioso-, tiene la cara de pedirte que vuelvas con él? -Sí, cada día. Me pide perdón, llora, me dice que no sabe vivir sin mí… -¡Será hijo de puta! Pero, Alba, Alba, ¿por qué me lo dices así, llorando…? Alba me abrazó. -¡Ay, Alex –sollozó-, porque yo tampoco sé vivir sin él!

Del diario de Alba. Extractos sueltos Septiembre. (Trece meses antes). Diez días sin salir de este cuarto. ¡Diez! Creí que mis padres acabarían llamando al médico a escondidas, porque ¡diez días! enferma por un “virus” no es muy normal. Claudia volvió al cabo de una semana. También ella ha adelgazado, dos kilos, como yo, mellizas en lo bueno y en lo malo. Volvió, digo, y en cuanto vio que yo seguía en cama se alarmó –mucho más que mis padres- y quiso interrogarme, y la verdad es que no apuntó mal. Se dio cuenta de que Ángel no llamaba al fijo como solía hacer antes. Que yo no me moría por salir, no me impacientaba. Que daba largas a las chicas –hasta Tatiana me llamó, alarmada, según dijo, por tantos días de ausencia- pero en cambio pasaba largos ratos con Alex. Que, de nuevo, como “antes de Ángel”, me conectaba al Skype durante horas. Ató cabos. - 129 -


-¿Lo has dejado con Ángel? –me preguntó. ¡Parecía… ilusionada! ¿Por qué no le dije “sí”? ¡Si lo habíamos dejado, si yo no quería volver! Pues algún extraño impulso, que me nacía del corazón, me indujo a negarlo con vehemencia: -¡Claro que no! ¿Por qué preguntas eso? -yo misma me quedé sorprendida. Y rallada. ¿Es que podría quedar algo dentro de mí, oculto en mi subconsciente, preparándose para perdonarle? ¡Pues, no! ¡Tengo que ahogar ese impulso! Por eso no me atrevo a salir… Ya se me han deshinchado los golpes. Ya no me duelen los moratones que la ropa tapaba. Ya solo recuerdo los “paf” durante tres cuartas partes del día, no a cada segundo. Ya la cabeza no me zumba constantemente, ni tengo siempre las lágrimas a punto de desbordar, ni me rechinan los dientes por la noche hasta despertar con las mandíbulas doloridas e incluso un trocito de paleta saltado. (En Google he visto que eso se llama “bruxismo”, yo jamás lo había padecido antes). Ya no pienso solo en morir… Y las llamadas de Ángel continúan, constantes, infatigables. ¡Se estará gastando un pastón en saldo, porque me llama desde el móvil! Imagino que no querrá que sus padres le oigan hablar de “eso” conmigo. Ni ese duende del que habla a veces… Me llama desde la calle, casi siempre desde el parque. Pero yo no pienso ceder: ya, no. Sólo cedería con una condición: que vaya a terapia. ¡Y nada de engañarme! Que llame al psicólogo delante de mí, que concierte una cita delante de mí, y hasta que, cuando queden en verse, yo vaya con él, aunque tenga que esperarle el tiempo que sea necesario, donde sea, pero quiero estar cerca para saber que ha subido al piso y que ha estado allí, poniéndolo todo de su parte. Porque no pienso seguir siendo su saco de boxeo. ¡Ni mucho menos!

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Y si su padre ha maltratado –y maltrata- a su madre y él está traumatizado, lo siento, lo siento con todo mi corazón, pero ésa no es una excusa para que él, a imitación perfecta de su padre, quiera hacerme a mí lo que éste le hace a su madre. ¡Ni yo soy esa triste Malena, tan pobre de espíritu que lleva veinte años permitiendo que la vapuleen día tras días y aun así no es capaz de plantar cara! Es que yo… ¡yo le mataría, tarde o temprano! ¡Muerto y bien muerto! ¿Acaso tendría algo que perder? ¿Qué iría a la cárcel? Pues vale: seguro, seguro, que en la cárcel iba a estar mucho más tranquila, más disciplinada, ¡más segura! de lo que esa mujer pueda estar en su casa. Se lo he puesto muy claro: ésta ha sido la última vez. No vuelvo con él, no ya mientras no empiece la terapia, sino mientras no lleve por lo menos tres meses yendo cuantas veces le digan. Y observando yo su efecto en él. Al menos, no puedo decir que haya dejado pasar demasiado tiempo desde que hablara con Alejandro. ¡No me dio tiempo material a hacer nada antes: fue aquella misma noche! He dudado si decirles algo de esto a Alejandro y a Margo, pero, pensándolo bien, ¿para qué? Solo iba a alarmarles; ellos no son, todavía, amigos míos, no han pasado “pruebas de fuego” ni sé siquiera hasta qué punto podría confiar en ellos. Si no llamo a Tatiana “mi amiga”, ni a Lucy –aunque por ésta siento otro tipo de simpatía que con el tiempo podría ser amistad-… ¿cómo voy a llamar “amigas” a dos personas con las que solo he hablado dos veces en mi vida? Caerme bien, desde luego, me han caído del quince. Buena gente, eso se ve. Y un Alex clonado, que eso también hace mucho en las simpatías a primera vista. Claro que la metedura del final… No le he dicho a Alex ni una palabra de eso. No hacía falta que el Gato me mandara un privado pidiéndome “no comentar con nadie eso que dijo Alejandro, por favor, que me sentiría observado”.

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¡La duda ofende! ¿Podrá creer, por un solo momento, que iba yo a ponerme a decir que si el padre de Alex creía que el Gato y Alex eran pareja, que si qué paranoia, que si hay qué ver…? ¿Soy yo una chivata, acaso? Alex es mi mejor amigo; un hermano, como Claudia, para mí, aunque alguien pueda creer que exagero. Le quiero muchísimo y sé que él me corresponde igual. ¡Y me cosquillea la punta de la lengua de ganas de comentarlo con él y reírnos los dos! Pero… ¡me callo! Me callo por el Gato, porque es su confidencia, porque comprendo que el pobre se sienta avergonzado de pensar que todos lo comentarían, como si llevara a escondidas una personalidad inconfesada… Y me callo por Alex. ¿Te imaginas que empiece a hacerse ilusiones, como si su padre fuera un vidente o algo así, el tipo más intuitivo del mundo, y a lo mejor estaba vaticinando…? ¡Como si no le conociera, lo último que pierde es la esperanza! Le pregunté por el Gato, como si nada. Eso fue hace cinco o seis días. -¿El Gato? Pues, bien… bueno, ahora que lo dices, un poquillo raro sí que está. -¿Y eso? –me hice de nuevas. -¡Yo qué sé! Por un lado, está con Celina que parece que se la acaba de encontrar, vamos, la tiene atosigadita, “probetica” mía –lo de “probetica” es una expresión muy de Alex, imitando cariñosamente a los abuelos del pueblo que todavía hablan así, con esas palabras de andaluz serrano cerrado que ya no se oyen en ningún otro lugar. Yo me eché a reír (lo que podía reír en esos días, hace una semana, con mi dolor y mis hinchazones). -¡Pobre Celina! –me medio compadecí.

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-Sí, pero luego se… se olvida de ella, se queda pensativo, raro; se pone a mirar a todo el mundo. Joder, si no fuera porque es… él, ¡el Gato!, ya empezaría con mis paranoias, imaginando que nos mira en plan despedida, uno por uno, como si pensara marcharse… del pueblo o de este mundo… -¡Corta el rollo, pollo! –tuve que gritarle, porque cuando Alexito empieza con ésas, es que no se calla: tiene una imaginación portentosa. Cuando se pone así, como le permitas que se enrolle, ¡apaga y vámonos! Hoy –ha pasado una semana, ya no puede parecerle “sospechoso”- vuelvo a preguntarle: -Oye, ¿y el Gato, cómo está? Ahí le sale toda la vena chismosona. -¡Ayyyyyy, no te lo he contado, nena! ¡Qué faaaallo! -¿Qué pasa, qué pasa? Por su expresión, deduzco que hay cotilleo en perspectiva, y me emociono, ¡hace tanto tiempo que no existen novedades en mi vida, más que dolor, tristeza y malos recuerdos! Me siento en la cama, con las piernas cruzadas a la turca, y suplico: -¡Cuenta, cuenta! -Ha sido un lapsus, nena, se me pasó: ¡Ha cortado con Celina, así, de pronto, después de cómo la perseguía todos estos días! ¡Un mazazo total! -¿Qué ha cortado? Me quedo a cuadros. ¿Eso querrá decir…? Alex continúa: -Sí, tía. ¡Nos dio a todos una pena…! Y más con lo pillado que parecía últimamente. Bueno, Celina se fue con Carmen… a llorar, seguro, porque llevaba una cara… -Qué palo, Alex, pobre Celina. ¿Cómo lo lleva? -Bueno, han pasado solo un par de días. Ella intenta parecer la misma, pero, claro, supongo que la procesión irá por dentro.

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-¿Tú crees que estaba muy enamorada? –le pregunto. La verdad es que yo no la veía locamente enamorada del Gato, se divertían mucho juntos, pero poca cosa más. -La verdad, no lo creo –me contestó Alex enseguida. ¡Si nos reíamos Claudia y yo entre nosotras preguntándonos cómo le llamaría cuando lo dejaran, tan seguras como estábamos de que era cuestión de tiempo que lo dejaran! ¡Con lo pronto que se había acostumbrado a llamarle Mario, que no se equivocaba ni una vez, la tía! -¿Cómo le llama ahora? –inquiero, y me mordería la lengua, porque ¡parezco tan insensible, tan chismosa frívola sin corazón! Menos mal que Alex es tout comprendre c’est tout perdonner: comprenderlo todo es perdonarlo todo… ¡Qué joya de chaval, lástima que…! (Si me oye decir esto, me asesina). -No le ha dirigido la palabra todavía –me contesta. -¿No le habla? –me extraño. -No es que no le hable, sino que no lo llama, ya sabes, generaliza cuando hablamos todos, no lo nombra a él específicamente. ¡Pobre Celina, que se pasaba las tardes con “Mario, ¿…?”, “Mario, …”, “Mario, ¡…!”, no se le caía de la boca, con lo que nos reíamos de ella por eso… ¡con todo el cariño del mundo! Pero, metida en mi culebrón, ¡qué poco dramático lo veo, la verdad! ¡Qué fácil cortar así: unas lágrimas, mucha decepción, pero con todo el ánimo del mundo para “tirar p’alante”! ¡Qué diferente de lo mío! ¡Si Ángel aceptara dejar lo nuestro con la misma resignación que Celina! Es la primera vez que confieso –y solo ante mí misma- que, en el fondo, lo que deseo es cortar, acabar con él. Pasar página. Le quiero, eso no lo dudo. Me gustaría mucho, muchísimo, que hiciera terapia, y que saliera de ella como Alejandro, hecho un encanto. Pero ¿lo creo? ¿Confío en ello? - 134 -


La verdad: poco. Y tengo miedo. ¡Sí, sí, sí: miedo! No quiero volver a sentir lo de aquel lunes por la noche. ¡No quiero que me peguen! (¿Es que alguien puede querer que le peguen?) La madre de Alex estuvo seis años con Alejandro, aguantó tortas, palizas, humillaciones sin fin, hasta que por fin se decidió a huir. ¡Yo no pienso aguantar tanto! Llevamos año y medio juntos: ya fue bastante el daño. No va a haber más, lo juro. ¡Si me da vergüenza lo mucho que he aguantado ya, lo mucho que he perdonado! Si he de llorar, mejor llorar con el físico íntegro. Entre llorar porque te han golpeado y llorar por desamor… me quedo con lo segundo. Es más romántico; hay muchos poemas con los que se puede leer y llorar a la vez. ¡Todos los poetas han cantado al desamor! Tu desamor me muerde las entrañas. Mi corazón se quiebra cada día. Muero, y sigo muriendo, y mientras tanto la primavera vuelve; el mundo, gira… ¡Y canciones! Mira que hay canciones para llorar, escuchándolas, por un amor no, o mal, correspondido. Para los golpes también hay algunas: la de Bebe: Malo, malo, malo eres, no se daña a quien se quiere… La de Amaral: Cuántas lágrimas vas a guardar en tu vaso de cristal… La de Andy y Lucas: …y en tu ventana, gritas al cielo pero lo dices callada, no vaya a ser que se despierte el que maltrata cada sentido y cada gesto de tu alma… Hay más, sin duda, aunque ahora mismo no me acuerdo de todas. Yo me quedo con la de Soraya: ¡Por mí te puedes ir al cuerno! Basta ya de tus mentiras y tu falsa forma de amar. - 135 -


Cocínate en tu propio infierno sin mi amor… La canto a voz en grito cuando mis padres se van a donde sea, y Claudia también, y la casa se queda toda para mí. Me gusta el principio: ¿Qué es mi mundo sin ti? Sin mis manos atadas a tus pies… Es perfectamente expresivo. Así se siente una mujer a la que golpean, no porque “haya hecho” nada (nunca se haría bastante para merecer ese tipo de respuesta física) sino porque a su amo y señor se le cruzan los cables y decide desahogarse con su sufrido saco de boxeo con melena. Ya hasta me cansan las expresiones “maltrato de género”, “violencia doméstica”… ¡He leído tanto sobre eso, en Internet! He leído también sobre la terapia para salir de esa espiral. Terapia para los maltratadores. No todos hablan bien de ella; de hecho, dicen que muchos la siguen por obligación, pero al cabo del tiempo se relajan y entonces… ¡vuelven a las andadas! Otros la dejan pronto, en cuanto creen que ya han aprendido lo esencial. Otros la siguen pero sin creer en ella, sin creer NUNCA en ella, solo la siguen porque se lo ha mandado un juez, por pura obligación. El resultado no es, ni mucho menos, tan espectacular como en el caso de Alejandro. ¡Alejandro lo ha hecho genial! ¡Digno padre de su hijo, no cabe duda! De eso hemos hablado Alex y yo mucho estos días. De hecho, hemos diseccionado la charla del lunes, yo diría que palabra por palabra, matiz por matiz… Veinte, cincuenta, cien veces. Dice que con el Gato no puede hablar de nada últimamente. -El Gato está tan raro con su luto por la relación… que parece que me rehúya … y eso que fue él quien puso el punto final. Chico listo, pienso yo, ¡porque mira que puede ponerse pesado Alex!, Vale, como yo con lo mío. ¡Cada loco con su tema, eso es así, solo que no queremos darnos cuenta cuando nos toca a cada uno tan de cerca! Mi tema, tu tema, su tema… Ay, Dios mío, ¿podré yo olvidar mi tema alguna vez? - 136 -


Ángel llegaba a su casa y se encerraba en su cuarto con una litrona. Solo salía de allí para bajar al parque a la hora en que podía hablar con Alba. ¡Alba se había puesto muy dura esta vez y solo le condecía una hora al día! Contada: de siete a ocho.A esa hora, a primeros de aquel septiembre todavía hacía mucho calor, pero no se le ocurrió siquiera protestar, no fuera ella a decir: “pues entonces, quédate en tu casa y ya hablaremos en el otoño, cuando refresque”. Su niña, su Alba, no habría dicho algo así jamás. Pero esta Alba era muy distinta; había recuperado dureza, seguridad en sí misma. Sabía lo que quería y no consentía que le dieran otra cosa. ¿Dónde estaba su Alba dulce de antes? La añoraba tanto… (tú la mataste, gritó el duende) Ángel había tirado el muñeco de trapo que cascabeleaba cuando buscaba ropa en el fondo del armario. Tuvo que tirarlo porque pensaba que iba a volverse loco por su culpa. Pero no le había servido de nada: el duende seguía gritando, cómo no iba a hacerlo: el duende era su conciencia y eso él tendría que haberlo sabido siempre. ¡Ya no era el niño que temblaba esperando a su papá! (ahora eres el que provoca que una chica tiemble esperándote a ti…) (¡maldita sea, cállate, cállate, cállate!) Había roto ya bastantes cosas en su cuarto, había dado golpes contra las puertas (como papá), contra los interruptores de la luz –todos estaban ya rotos-, contra las paredes… Tenía el dedo meñique hinchado y torcido de dar puñetazos por el lado del pobre dedo pequeño. Si Alba lo viera así, no se animaría a plantearse volver nunca con él. ¿Dónde había quedado aquel pequeño que… aquel pequeño que…? Ángel recordó, con amarga sonrisa, que aquel pequeño había dejado de ser un niño tierno y dulce mucho tiempo atrás. En sus últimos años de colegio habían llegado a temerle. Cuando le veía aparecer aquel pipiolillo de las gafas, se lo hacía encima, vaya. - 137 -


Él se reía. Abusaba: vaya que sí. Abusar de los más pequeños o débiles le daba una sensación inefable, un orgullo de sentirse alto, poderoso… Le gustaba sentir el miedo de los otros. Podía olerlo. Le temían: ¡bien! (¿qué te leyó mamá una vez, lo has olvidado?) (ya ves, mucho me importa lo que me leyera ni me dijera mamá) (en aquella época sí que te importaba, asegura el duende) “La violencia es el último recurso del incompetente”, había leído mamá, cuando todavía existían las tardes de tostadas y leche, de caricias y ternura recíprocas. ¡Tonterías! ¡Basura! ¡Gilipolleces de mujeres paranoicas! El duende, desde el vertedero, se reía…

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CAPÍTULO X No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres. Carlos Fuentes.

Convencí a Alba para que saliéramos juntos a correr un poco cada día. Llevaba dos semanas encerrada en aquella habitación, y su piel ya parecía papel reciclado, de un gris amarillento de pergamino. Yo tampoco podía presumir de deportista; por eso fue algo bueno para los dos. Disciplina, rutina y deporte. Le costó aceptar: todas las horas le parecían peligrosas, a todas horas –según ella- podía abordarnos Ángel. ¡Como si no supiéramos que tiene horario partido y que en el trabajo es cumplidor como pocos! -Pero tú no le conoces, Alex; si le dicen que me ven cada día corriendo, va a dejarlo todo para venir a buscarme. Yo sabía que Alba no se sentía todavía capaz de enfrentarse con él, que no confiaba en sí misma porque seguía enamorada (aunque yo no pud iera comprenderlo, era así), de modo que, para tranquilizarla, a imitación de las posibles víctimas de secuestro o atentado, organicé para el footing una rutina de tres y cuatro días, alternos, con lugares y horarios distintos para cada grupo de días… Una locura, si se estudia detenidamente. Eso sí: estábamos completamente seguros de que Ángel nunca se dedicaría a estudiar la secuencia de repetición. Si se nos cruzaba, sería de casualidad. Y siempre corríamos en sus horas de trabajo. Al principio nos asfixiábamos, nos dolían las piernas, teníamos cero aguante. Y nos daba vergüenza que nos vieran, sobre todo por lo mucho que jadeábamos. Era bochornoso encontrarse con alguien, verse obligado a parar y no poder hablar apenas por la necesidad imperiosa de coger y coger aire. No estábamos lo que se dice nada en forma.

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¡Todas nuestras actividades solían ser tan sedentarias…! Nuestro único deporte era ir de tiendas de vez en cuando; yendo de tiendas no jadeábamos ni nos faltaba el aliento aunque estuviéramos cuatro horas recorriendo tienda tras tienda sin pensar para nada en un segundo de descanso, ni siquiera para tomar café. Pero, poco a poco, fuimos mejorando. Llegó un momento en que íbamos trotando y charlando tan tranquilos, uno al lado del otro, y el aire entraba y salía de nuestros pulmones sin silbidos extraños. Se acabó el dolor de piernas, se acabó el agotamiento al cuarto de hora. Hasta Tatiana me piropeó, haciendo notar lo mucho que había mejorado mi forma física y hasta mi postura. ¡Que dijera otro tanto sobre Alba ya habría sido pedir peras al olmo! Alba decía: ya estoy más tranquila, por lo menos ya corro más que él. Lo decía en broma, ¡pero era una broma demasiado amarga! Lo que sí me parecía importantísimo era comprobar que pasaba el tiempo y ella se guía dura, diciendo “no” a Ángel. Un tarde de principios de octubre, Ángel la llamó y le dijo que tenía la primera cita con el psicólogo que les había recomendado mi padre. Alba le dijo que le parecía genial y que ya le contaría cuando la llamara. Ángel le recordó que ella le había dicho que quería acompañarlo para comproba r que era verdad, que iba. Alba le dijo que iría con él si podía ir alguien más con ella. -Eso no entraba en el trato –se negó Ángel. -Entonces, ve tú y ya me contarás –le respondió ella. Según me explicó luego, aquello era una especie de prueba para él: s i de veras la quería y tenía interés en “curar” su violencia y convertirse en una persona con la que se pudiera convivir, acudiría a la cita con el psicólogo y a la terapia, solo o acompañado.

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Si, por el contrario, lo decía para llevársela de nuevo al huerto, sin intención de poner de su parte para corregir lo que ya estaba visto que, sin ayuda, no había manera de corregir… se pondría “de morros” y diría que sin ella él no iría a ninguna parte. Era, digamos, una prueba de buena voluntad. Y, para mi preocupación, la superó. Fue él solo al psicólogo e inició la terapia a lo largo de varias semanas. Después llamaba a Alba, hablaban… ella decía que poco, pero yo, que la conocía tan bien, sabía que ese “poco” consistía en una hora, una hora y media, dos horas… dos horas y media… Y que, si decía que era poco, era porque se le pasaba ese tiempo sin sentir. Yo no podía hacer más. Salía con ella a hacer footing, merendábamos juntos muchas tardes, pero después tenía que irme. Estábamos ya en segundo de Bachiller y no sé ni cómo me cundían tanto los días, con todo lo que había que estudiar. Además, yo cada día necesitaba más tiempo para seguir mi amistad con el Gato. Últimamente, el Gato me buscaba –y me encontraba- casi continuamente, lo mismo para hablar de un libro que yo le hubiera recomendado –y que estoy casi seguro de que no lo leía a fondo, si a él no le gustaba leer- que para ver el partido, aunque sabía que yo, de fútbol, poco, pero él quería “educarme el gusto”; igual para contarnos chistes o comentar alguna pá gina de Internet –“cuánta razón” y “tdq” nos daban mucho juego- que para darme a probar cualquiera de los experimentos del grado medio de cocina que cursaba (la mayoría deliciosos, aunque algunos no los querría ni el perro). Total, que, si no fuera porque los dos éramos tíos y él no era gay –eso, que se supiera, que yo casi estaba empezando a dudar- podría decir que formábamos la pareja perfecta. Ahora me siento culpable, pero estoy seguro de que no, no dejé de lado a Alba. Solo viví un poco, también, mi propia vida.

Diario de Alba.Extractos sueltos. Mediados de octubre. (Un año antes).

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Es como ir minando tu voluntad poco a poco; ahora sé lo que sienten los adictos, porque mis propios sentimientos y comeduras de coco personales parecen idénticos a lo que me contaba mamá que iba sintiendo cuando dejó de fumar. Sabes que no debes; sabes que no te va a hacer bien, que no es bueno. ¿Tan malo es?, te dice tu propia mente. ¿Y lo bien que te sentías cuando lo tenías a tu lado? ¿Y aquella felicidad que nada ni nadie más te sabe dar? ¿Cómo que no? ¡Es cuestión de que pase un poco de tiempo! Lo que pasa es que debería dejarlo del tirón. Este día a día que tenemos por teléfono nos está enganchando de una manera tan tonta… Pero es que tanto hablar hace que nos conozcamos mucho mejor de lo que nos habíamos conocido durante todo el tiempo que habíamos salido juntos. Ahora sé cómo es, cómo siente, y me invade más ternura cuando pienso en él. Además, lleva yendo a terapia más de un mes y dice que es algo increíble, que le está haciendo comprender un montón de cosas, no solo acerca de él y de mí, sino también de sus padres. A veces Ángel era demasiado duro con su madre porque la veía tan sumisa, tan asustada, miedosa y apocada siempre “como una cierva”, decía. Eso le daba rabia, sacaba lo peor de sí mismo, como le ocurre a su padre, y le gritaba, le hablaba mal, la despreciaba. (Cuando me reveló esto sentí que ahora sí, de verdad, no quería verle nunca más: ¡hacerle eso a su madre! Pero me lo estaba confesando como una penitenc ia vergonzosa, como quien se corta la carne gangrenada para dejar a la vista la carne nueva, limpia, rosada…) Me ha hablado de las actitudes machistas que mantenemos todos, que contribuyen a fomentar los casos de violencia de género. Bueno, ¡hablamos cada día de tantas, tantas cosas! Pero yo no confío en él todavía cien por cien. No le he dicho que salimos a correr Alex y yo cada día; ya sé que no tiene nada de malo, pero no sé si va a rebotarse por ir con Alex, o… ¿Ves? Sigo teniendo mentalidad de víctima. Él dice que también yo debo cambiar ese chip. - 142 -


No me he atrevido a especificarle que, si tengo “mentalidad de víctima” es porque lo soy, o al menos lo he sido. Víctima de malos tratos físicos y psíquicos, y él, Ángel, era el maltratador. Seguramente también yo necesitaría una terapia, como la madre de Alex, que no quiso seguir yendo y ha quedado marcada, según su hijo, y se ha vuelto un poco... rara. Pero yo no debo tampoco exagerar ahora y compararme con la madre de Alex, que sufrió seis años, si no más, con algo que yo solo he sufrido, así de violento, una vez, y el resto fueron empujones o alguna bofetada, no palizas. Dios mío, Dios mío, ¡no necesito ir yo a terapia para comprender que aquí estoy, disculpándolo, admitiendo que “no fue tan malo” y negándomelo, para colmo! Estoy muerta de miedo: ¡voy a recaer! ¡Voy a recaer, lo temo, lo sé!

Noviembre. Día de difuntos. (Once meses antes). No me pude negar a verlo hoy. ¡Es su cumpleaños! Ayer estuvimos recordando por teléfono todas las cosas que hicimos juntos el año pasado –todavía inocentes, puros, enamorados, no había habido dolor ni sexo entre nosotros, era un amor de niños…- y él lloró, yo le oía sollozar e intentar contenerse, y el hilillo de voz… Y yo también; yo también lloré. Me lo pidió como regalo de cumpleaños. Solo una vez. En público, si yo quería. No hacía falta que le besara. Solo vernos una vez. ¿Cómo iba a seguir negándome, si me moría por verle yo también? No quería que Alex lo supiera -¡me va a matar cuando se entere!- así que he estado todo el día disimulando delante de él. Hoy tocaba correr a las tres, pero le pedí que lo cambiáramos para antes de comer, que toca mañana. A los dos nos gustan los días de correr antes de comer, te dan como otra marcha, otra forma de ver la vida. - 143 -


Como es tan complaciente, aceptó sin problema. Estamos acostumbrados a hablar a ratos mientras corremos, pero hoy íbamos los dos muy calladitos, inmerso cada uno en sus pensamientos. Luego hicimos tres carreras, y yo gané las tres. ¡Me sentía alada como el viento! -¡Sí que te lo has tomado a pecho! –refunfuñó Alex, vencido. Y yo grité: -¡Towanda! –que es el nombre de guerra de Idggie la de “Tomates Verdes Fritos”, una de nuestras pelis favoritas. Quería acabar pronto para lavarme la cabeza, depilarme y maquillarme de modo que me embelleciera mucho pero sin que se notara el esfuerzo. A las siete, ya noche cerrada, me fui. A mis padres les debió parecer rarísimo ver que salía a aquellas horas y tan arreglada; sin embargo, no me preguntaron ni comentaron nada. Supongo que, como intentan ser tan liberales, no quieren meterse en mi vida. Siempre dicen que es importante que cada uno cometa sus propios errores. Ellos están siempre ahí –eso afirman- para aconsejarnos si les pedimos consejo, para guiarnos si necesitamos guía… y nada más. Cuerda larga (¿para que nos ahorquemos con ella?). Por suerte, Claudia no estaba. Ahora se va casi todas las tardes a la Biblioteca, según me dijo una noche de confidencias, a leer cuentos de distintos autores, porque está empezando a escribirlos ella. ¡Si mi hermana no triunfa, no sé quién lo hará! Se expresa de tal manera por escrito que los profesores, tanto en primaria como en la ESO y en Bachiller, se quedan con la boca abierta; hasta dudaban algunos –cuando aún no la conocían- de si lo habría copiado. Mi hermana es un hacha. Y yo… pues no. ¡Yo me expreso mejor hablando, el leguaje oral es lo mío y el escrito, lo de ella! ¡Las Perfectas Mellicitas Complementadas! Lo estoy alargando… no sé por qué me pasa eso aquí, parece que me cueste llegar al quid de la cuestión, como si mi cuaderno llevara toga de juez y gafita s de media luna cayéndole sobre la nariz.

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Bien. Te cuento: llegué al parque media hora antes de la cita. Quería ser yo la primera en llegar, y esperarle, y tranquilizar mi corazón, si era posible. No llevaba ningún regalo para él, por su cumple. Él me había dicho que el único regalo que quería era verme. No me pedía ni un beso ni yo se lo pensaba dar, y se lo dije. (Claro que iba tan depilada como una Barbie, pero eso era porque una chica tiene que ir preparada “por si acaso”, nada más). (Sí, por eso llevabas casi dos meses sin depilarte…). Yo quería llegar la primera pero, cuando llegué, Ángel ya estaba allí.

Tatiana.Llamé a Ángel para felicitarle por su cumpleaños. ¡Veinte años! Una edad tan decisiva ya, el final de una década, el adiós definitivo a la niñez… Quería ser la primera en felicitarle, así que le llamé a las siete, cuando vi que se encendía la luz de su cocina. Antes, a las doce en punto de la noche, le había mandado un wasap. Me contestó; me agradeció la llamada. El wasap no lo había visto, dijo, porque ponía el móvil en silencio cuando se acostaba. Le pregunté qué iba a hacer por la noche, si quería aceptar mi invitación a cenar, podríamos ir a… Pensaba gastarme un pastón, pero me interrumpió sin ninguna ceremonia: -He conseguido que Alba acceda a vernos hoy, tal vez vayamos a cenar los dos… -Ah… pues vale –acaté-. Feliz cumpleaños, de nuevo. -Gracias, guapa. Ya nos veremos. Y eso fue todo. Lo justo para amargarme el día por completo y para contar con la primicia del cotilleo Alba-Ángel. Un minuto después, mi móvil sonó y casi me caigo de espaldas: era Ángel. -¿Sí? –si a la esperanza la pintaran rostro, se guiarían por el mío de aquel momento.

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-Tatiana, uf, se me olvidaba pedirte… por favor, no vayas a decir ni una palabra a nadie de que he quedado con Alba, ¿eh? -No, claro, por supuesto –accedí, furiosa como para asesinar, pero comedida y dulce de labios afuera. -Gracias, guapetona, sé que puedo confiar siempre en ti –y colgó. ¿Cómo puedo seguir pillada por un tío tan cerdo, tan cruel, tan indiferente para co n mis sentimientos? Él sabe muy, muy bien, que le quiero desde que éramos niños, eso se nota, y, además, se lo digo a veces, cuando bebo de más o cuando me duele demasiado el corazón. Pero Alba es su princesa, y yo solo la sustituta, la putita, en caso de mucho apuro. Como aquella noche, el mes pasado… Era la feria de Montoro y yo me fui con unos amigos, más que nada para pasar un poco, para no tirarme toda la noche en la discoteca pendiente de él, de si me miraba, de si miraba a otra, de si aparecía Alba y lo estropeaba todo… aunque la verdad es que Alba estuvo sin salir más de tres meses, desde que pilló aquel virus. ¡Se encerró en su casa a cal y canto y solo salía para ir a correr con esa monada de Alex! Pues ¡oh, casualidad! Llegamos a la caseta joven de Montoro, entramos y ¿quién es la primera persona a la que veo? ¡Premio!: Ángel. Había venido con Fabio, escaqueándose lindamente de los botellones de cada finde. Y no sé cómo fue la cosa, pero ¡se pasaron la noche entera con nosotras! Fabio tonteaba con Ana María, y Ángel se dedicó por completo a mí. Fue otra noche mágica. Inolvidable. (Y ya van dos). Él me invitaba de vez en cuando, yo también le invitaba a él, y así bebimos mucho más de lo que acostumbrábamos. Cubata tras cubata, como esponjas. Yo me sentía tan alta, tan emocionada, que el alcohol no tenía huevos de tumbarme; con cada nueva copa me volvía más divertida y chispeante. -Esta noche estás… increíble –me susurró Ángel.

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Nos perdimos por aquellos caminos de olivares. Ángel aparcó no sé dónde, nos pasamos al asiento de atrás y repetimos lo de hace un año. A polvo por año, voy bien servida. Pero, siendo con él, merece la pena. Puedo ponerme borde y burlona, pero, para mí, con Ángel no es un polvo, es hacer el amor con todo el amor del mundo. Para él no es nada, un buen rato en plena borrachera. Probablemente, no recuerda ni un detalle. Ni siquiera me ha mirado diferente después de aquello, ni ha recogido mis bro mas ni mis insinuaciones. ¡Creo que las han captado todos los del grupo menos él! Lo que yo quiero es que se entere Alba, para que no le perdone. Pero ¡qué gente tan… leal! ¡O tan desleal, según se mire: nadie se lo ha dicho, nadie se lo dice y esta noche va a verse con él! Y, seguro, ¡volverán! ¡Y yo, otra vez de cabeza al infierno de donde nunca voy a poder escapar!

……………

Alba llegó al parque muy temprano pero Ángel ya estaba allí, esperándo la. Ella le vio antes porque, por alargar un poco el camino y relajarse, había dado una vuelta y aparecía por el otro lado al que acostumbraba. Él la aguardaba, anhelante –eso se notaba hasta de lejos-, con la mirada fija en la bocacalle por la que tendría ella que aparecer. Alba, que había querido tranquilizar sus nervios, sintió, al verlo, que el corazón se le desbocaba, que se le iba a salir, no por la boca sino aún más alto, por los ojos. Hasta le dio una especie de vahído (¿y si me desmayo aquí, Dios mío, solo al verlo a él? ¡Me muero de vergüenza!), pero se repuso enseguida. ¿Qué extraña fuerza magnética tendría su mirada, que hizo que Ángel se volviera, casi de espaldas como estaba, y la mirara fijo, subyugado? Él estaba fumando, pero al verla tiró el cigarrillo. - 147 -


Frente a frente, empezaron a caminar, cada uno al encuentro del otro. Alba sintió que se le aflojaba un pendiente, notó cómo se le caía, pero ni un dedo que se le cayera habría conseguido que se detuviera a recogerlo. Los últimos metros los hicieron corriendo, los dos. Y cayeron uno en brazos del otro, y aquel beso que no se iban a dar se convirtió en una lluvia de besos, de caricias tiernas, de lágrimas. Fue un reencuentro como solo hay uno en un millón. Como no se ven ni en el cine. Fue un estallido. Fue alcanzar el cielo con las manos y ofrecérselo en bandeja el uno al otro.

Diario de Alba. Extractos sueltos. Todavía el día de Difuntos. Sentía sus manos tanteándome la cara, palpando como palparía un ciego para reconocer cada pliegue, cada poro de la piel, el tacto de cada huesecillo… Lo sé porque yo estaba haciendo lo mismo con él. Nos separamos al fin. Él, triunfante, exultante; yo, avergonzada. No sabía adónde mirar. Nunca, en toda mi vida, ni siquiera haciendo el amor, me había dejado lle var tanto ni tan lejos. Y ¿cómo iba, entonces, a decirle “feliz cumpleaños” y nada más? Bien; si estoy escribiendo un diario es para ser sincera en él. Me cuesta mucho, pero lo seré: Ángel y yo estamos juntos de nuevo. No es que “le haya perdonado”, no es cuestión de perdonar y olvidar, sino de recordar para no repetir, y de empezar de cero. Si él no estuviera yendo a terapia, desde luego, esto no se plantearía; no estoy loca ni soy una masoquista. Él va a ayudarme a cambiar el chip, dice que es necesario, que tengo que aprender a dejar de actuar como alguien a quien pueden soltarle un golpe en cualquier momento. Quiere que recupere mi autoestima, mi seguridad, mi confianza en mí misma. - 148 -


No le he dicho que Alex ya me está ayudando mucho con eso. No se lo he dicho porque tema que vaya a mosquearse en plan “el de antes”, sino para que se sienta bien, para que, lo mismo que yo soy el artífice de su recuperación y su cambio de personalidad, él pueda también participar en la mía. Como un toma y daca. Una cosa sí hemos decidido: por ahora no vamos a decir a nadie nada de que hemos vuelto. Esa condición la he puesto yo y él ha accedido, aunque demandó: -¿Durante cuánto tiempo? -Por lo menos un mes –he contestado. -Comprendo que no te fíes, que pienses probarme… - ha aceptado él tristemente. La Alba víctima enseguida habría protestado: -¡No, cariño, no es eso! Es que me da vergüenza que todos nos vean juntos tan pronto, habiendo asegurado yo tan firmemente que había pasado página… La nueva Alba solo ha dicho: -Es natural, me alegro de que lo comprendas. Él me ha mirado un poco extrañado, lo he notado. ¡También él debe cambiar el chip! Pero creo que, esta vez, lo conseguiremos. Al despedirnos, él me ha dicho que hay algo que tiene que decirme, algo feo, pero que me lo dirá la próxima vez que nos veamos. ¿Lo ha dicho para asegurarse de que voy a seguir queriendo volver a verlo? Ojalá sea así, porque ese “algo feo” me da un poco de miedo. Y, sin embargo, también yo podría decirle “algo feo”, solo que no lo haré. Podría hablarle de Samuel. Ahora comprendo que lo de Samuel no ha sido nada, un juego solamente, aunque haya habido momentos en los que, de veras, me sentía casi enamorada de él; momentos en los que podía creer que algún día no existiría más que Samuel para mí, que Ángel quedaría relegado a un recuerdo poco agradable que sería mejor desterrar de la memoria. - 149 -


No sé siquiera cómo es Samuel, no le he visto nunca. No quise mandarle fotos y no quise, tampoco, que me las mandara él a mí. No quiero dejarme influir por el físico. Samuel me habla de poetas a los que Claudia admira, y me copia versos sueltos, y estrofas, y hasta poemas completos; dice que hay un poema o una canción para cada estado de ánimo, lo mismo que también hay un color, y una imagen. Realmente, con quien encajaría Samuel completamente, como dos piezas de puzzle que se complementan, es con mi hermana, pero no se lo cedo. Samuel me ha ayudado tanto durante este tiempo… (¡tanto tiempo ya!) que forma parte de mi vida y, ni por Ángel, pienso renunciar a sus conversaciones, que me dieron tanto cuando tenía tan poco. Empecé a hablar con él muy poco después (al día siguiente, creo) de que Ángel me diera la primera bofetada. Durante meses, desde que empezamos, yo me había alejado del Skype, del Messenger, de los foros, de todo lo que pudiera implicar, aunque fuera mínimamente, un cierto grado de “infidelidad” a sus ojos. Después, vino aquel gesto, y mi manera de rebelarme consistió en volver a mis entretenimientos abandonados: alevosa, premeditadamente, con coquetería y nocturnidad. Antes que Alex, antes que el Gato, antes que nadie, supo Samuel que mi novio me había golpeado. Aquel día, cuando le abrí mi corazón y se lo dije, él me dio las buenas noches con un pareado de Campoamor: Ya sabes, ayer reina y hoy esclava cómo empieza el amor y cómo acaba.

Yo me sentí un poco ofendida, me pareció que se burlaba, que no le daba la debid a importancia, y se lo dije así porque por la red se pueden decir cosas que nunca dirías en persona. Samuel se defendió. No había querido burlarse, solo le había parecido que era el poema adecuado para aquel momento, un poema que dijera algo evidente y que no fuera triste, para no hacerme llorar. No puedo recordar cada conversación porque fui borrándolas. Tenía miedo de que Claudia, o Alex, o cualquiera que me visitara, tuviera acceso en algún momento a ellas. Sobre todo, tenía pánico a que Ángel las descubriera, a pesar de que Ángel no había entrado jamás en su vida en nuestra casa. - 150 -


Es que yo, cuando me siento culpable, me pongo en lo peor de lo peor. Por eso no puedo recordar bien cada charla entre nosotros, cada discusión, cada paso que hemos ido dando hasta llegar adonde estamos. Él sí las recuerda todas porque las graba; así es muy fácil. Y ahora… casi podría decirse que estamos “saliendo”. Sin salir físicamente, sin saber qué aspecto tenemos, sin besos, pero mantenemos lo que él llama “una relación de alma”. Como eso que habíamos empezado a mantener Ángel y yo en los últimos meses por teléfono, y que precisamente ha sido lo que nos ha vuelto a unir. ¿Estoy siéndole infiel a Ángel? ¿Estoy siéndole infiel a Samuel? No puedo hablar de esto ni con Alex, pues no debe saber que he vuelto con Ángel. ¡Qué difícil me va a resultar callarme algo tan importante! Y la intriga, la pregunta del millón: ¿Qué será eso “tan feo” que Ángel me tiene que contar…?

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…Y parecía una rosa asomada a su ventana… Ay, corazón, le decía su novio… Ay, corazón, al mirarla tan guapa… Ángel sabía que cuando mamá cantaba aquella canción era porque estaba muy triste. Ignoraba cómo lo sabía; el conocimiento de ese hecho había ido penetrando en su mente a lo largo de años y años de escucharla. Escucharla cantar por la mañana –o, si la cosa había sido demasiado grave, por la tarde- después de una de aquellas noches en las que tenía que recurrir al juego para no enloquecer. Ángel sabía que, con veinte años, no tenía sentido seguir jugando al juego. Pero él seguía. Había supuesto que la terapia lo salvaría de todo mal, como un conjuro que recitas y te libra por sí solo. Alba quería que fuera a hablar con Alejandro. ¡Alejandro, Alejandro, como si fuera Dios, como si lo supiera todo! (sin duda más que tú aunque solo sea porque es más viejo, se chanceó el duende) Ángel se había dado cuenta de una cosa muy importante: si bebía, tarde o temprano el alcohol se convertía en ira que pedía salir y golpear. Si estaba en la calle, podía acabar en una pelea con cualquiera. Si estaba con Alba… podía ser muy peligroso. Si estaba en casa… Ay, ay, ay, ay, no te mires en el río… (pero papá está de turno de noche, ¿no?, se informó el duende. Entonces, ¿por qué está tan triste mamá?) Ángel se echó sobre la cama bocabajo y enterró la cara en la almohada. Ay ayayay… que me haces padecer. Porque tengo, niña, celos de él… Podía jugar al juego. O podía recordar cosas tan malas como lo de mamá, cosas que le dolieran tanto a él como la cara de Alba cuando le dijera aquello “tan feo”.

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Él quería ser sincero, no mentirle, empezar de cero con ella, tal como había dicho el psicólogo. Bueno, el psicólogo había dicho otras muchas cosas, pero Ángel tampoco iba a hacer todo lo que le dijeran. Lo más importante era ser sincero con ella, ser íntegro, y no beber. No beber nunca cuando salieran juntos. No es que fuera a dejar la bebida del todo, tampoco era tanto el problema. Bastaba con controlarla: una cerveza entre semana, un cubata en la discoteca y mucha coca cola. Al fin y al cabo, la coca cola le gustaba mucho; hasta diría que prefería su sabor dulce al amargo de la cerveza. Lo que no podía era perder a Alba nunca más. Esta vez le había visto, de verdad, las orejas al lobo. Había estado a punto de perderla… Mamá cantaba muy bajito. Ángel sabía que estaría sentada en su sillita baja, zurciéndoles los calcetines (los rompían, papá y él, tan deprisa) y que ya no solo espiaba de reojo la puerta de la calle. Ahora también tenía miedo de otra puerta, la del cuarto de Ángel… (papá puede estar muy orgulloso de ti, alabó el duende, implacable) (¡maldita sea, cállate ya, te voy a arrancar tus putos cascabeles!) (si estoy en el vertedero, gilipollas, no soy nada ya, un andrajo, me tiraste y por eso no puedes hacer nada contra mí, pagarás tu prenda, siempre te doblo…) Ángel se da puñetazos en la cabeza. ¡Si lo viera el psicólogo! ¡Si lo viera Alba! ¡Si supieran lo que le había hecho, anoche, a mamá…! (A lo lejos, el duende ríe, o llora) (de tal palo tal astilla, canturrea…)

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CAPÍTULO XI Pero… ¡acaso este otoño sea hondo cual la tumba! Tal vez la primavera sea solo un dulce sueño… No despertaré nunca al sol de tus veranos y hasta el final, desnuda, me envolverá el invierno… Poema de Alba para Ángel

Alex.Alba quería mantener en secreto que había hecho las paces con Ángel… ¡qué ingenua! ¡Si saltaba a la vista, si bastaba verla para darse cuenta de que estaba, otra vez, floreciente y feliz! Aun así, fue dura y tardó en confesármelo. Yo preguntaba e insistía; ella negaba. Yo lo sabía al noventa y cinco por ciento, pero soy muy precavido y no me atrevo a dar una cosa por cierta, ni ante mí mismo, a no ser que me la confirmen. Y el que la sigue, la consigue. A los cuatro días –demasiados para ser yo su mejor amigo- Alba me contó el reencuentro con pelos y señales, y me lo contó con tal emoción y tanta magia que acabamos llorando los dos, cada uno mirando hacia otro lado para disimular las lágrimas. (Si Claudia es una artista escribiendo, Alba lo es narrando historias, ambas tienen el don). Después Alba me leyó un poema que estaba escribiendo para Ángel, para hacérselo en Powerpoint y regalárselo cuando volvieran a hacer el amor. -¿No lo habéis hecho todavía? –le pregunté, incrédulo. -No, ni lo haremos hasta que no llevemos juntos un mes –me explicó Alba -. Ese día haremos el amor y contaremos al grupo que hemos vuelto. -¿Es que no te fías? –indagué. -Sí… Él ha cambiado mucho, no te puedes figurar, pero… prefiero curarme en salud. ¡La verdad es que la vi tan decidida y beligerante que, por primera vez, sentí casi más compasión de Ángel que de ella! Una de las estrofas del poema rezaba así: Mientras dure el otoño no miraré la luna que ayer con luz de plata reflejaba tus ojos. - 154 -


No sentiré en mi vientre el pulso de tu vientre. No volveré a ser tuya mientras dure el otoño. -¡Qué guapo te está quedando, me encanta eso tan porno de “sentiré en mi vientre el pulso de tu vientre”, tía! –alabé, riéndome. -¿Y Samuel, qué? –le pregunté, después. Alba se puso seria. -No le he dicho nada, ¿sabes? Él… bueno… está enamorado de mí, cree que tarde o temprano vamos a conocernos y a estar juntos. -Y ni siquiera sabes qué aspecto tiene. -No, pero mejor, eso no importa. Claro que ya… ya da igual. Ángel siempre será mi amor, he luchado contra él y mira dónde estamos, al final. Luchar contra un amor no es encerrarse en casa y hablar dos horas diarias por teléfono con ese “amor” contra el que luchas, amiga mía, pensé, pero no se lo dije porque ya no valía la pena contradecirla. ¡Si hubiera salido y hubiera conocido gente de carne y hueso, en vez de tanto chatear con alguien a quien no había visto ni en foto, otro gallo nos hubiera cantado a todos!

Diario de Alba. Extractos sueltos. 19 de noviembre. (Casi once meses antes). Al final no he conseguido que me diga eso “tan feo”. Dice que no es nada, que lo dijo solo para picarme la curiosidad. Y, sin embargo, ¿por qué no le creo? Hay algo, algo que le quema, algo que sé que quiere decirme. Ángel no es de los que saben guardar un secreto. Yo intento propiciar el momento para la confidencia, pero cuando parece que va a decírmelo, retrocede, se echa atrás y se pone a hablar de otra cosa… ¡Qué rabia!

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Además, como no bebe más que una cerveza al día, tampoco cuento con el alcohol para que le suelte la lengua. Bueno: no me quejo de eso en absoluto. Cuando bebía, siempre tenía que estar pendiente de mis movimientos, de lo que yo dijera, de lo que dijera él, ¡de lo que dijeran los demás! Y pendiente de su humor, y de si se le achinaba la mirada… ¡Prefiero quedarme con la intriga, a verlo bebido como antes! (Pero la curiosidad me va a matar). Ha aceptado de buen rollo lo de no hacer el amor todavía. Él dice que también quiere estar seguro de sí, seguro de que no van a volver a pasar… cosas. “Si te hago daño otra vez, me mato”, me ha dicho. De la manera en la que me lo ha dicho, de verdad, yo le creo. Lo más importante es que no deje de ir a la terapia. Hablar de la violencia que le estalla dentro le ayuda a controlarla; además, le dan muchas pautas a seguir, muchos “trucos” para cada situación. Y, sobre todo, una máxima muy significativa: No bajar la guardia NUNCA. ¡No confiarse NUNCA! (Como un ex adicto a las drogas, al alcohol, al juego…). Cuando pienso en Alejandro sí me siento confiada, me siento revivir: si él ha podido, ¿por qué no va a poder Ángel? Claro que Alejandro lo hizo ya sin ataduras, después de haberlo perdido todo y para evitar perder hasta la libertad, seguramente toda esa presión influiría mucho en que no tuviera otra opción que seguir adelante sin desmayar; pero Ángel lleva ya dos meses acudiendo cada semana y la mejoría es pasmosa. Yo misma noto que voy cambiando, que confío otra vez, como hace un año, cuando todavía no había habido más malos rollos entre nosotros que los normales. ¡Y pensar que me rallaba yo entonces, cuando discutíamos…! ¡Qué cándida! ¡No sospechaba lo que vendría después! - 156 -


Tengo que ir olvidando estos meses, este daño; yo que tanto le exijo, tengo también que poner de mi parte y dar: perdonarle, olvidar, aprender a mirarle como antes, sin “cavilaciones”, como dice él. (¡A ver si le saco eso “feo” que no me quiere descubrir! Y a lo mejor, cuando lo sepa, pensaré: ojalá no lo hubiera sabido nunca…).

……………

Llevaban juntos ya casi un mes y todo iba como la seda. Alguna peleílla quizá, alguna palabra más alta que la otra; algo completamente normal, ¡eran una pareja, tenían que chocar alguna vez! Cada uno por su lado, los dos pensaban que aquello era buena señal: discutir y seguir adelante, sin más problema. Como el resto del mundo. Alba seguía insistiendo en que le contara eso que, según él, era un asunto feo. Ángel había intentado escabullirse diciéndole que no era nada, que había sido un truco suyo para obligarle a volver a verle, pero ella no se tragaba la explicación y seguía insistiendo... Bien, pues: se lo diría y, después, que ardiera Troya. -Pero tienes que jurarme que no te vas a enfadar –puso como condición. -¿Y si me enfado? -Pues no te lo digo. -Pero es que, si me enfado, será cuando me lo digas, no antes. -Pues no te lo digo, y así no hay riesgo. -¡Si no me lo dices ya, Ángel, me voy a enfadar igual! –medio rio. -Pero prométeme que no… Bueno, bueno, mejor: prométeme que, aunque te parezca mal, me vas a perdonar, porque ya hace tiempo de eso y no se puede cambiar ni remediar. Alba reflexionó un momento sobre esas condiciones. -Vale, lo prometo –aceptó, muerta de curiosidad. - 157 -


A Ángel le costó decirlo, pero, a la vez, se daba cuenta de que no iba a sentir que respiraba tranquilo mientras no se liberara de ese peso. La miró a los ojos. Justo antes de empezar a hablar, empero, bajó la mirada. Lo dijo: -Me acosté con… Tatiana. Hubo un largo silencio. Alba se veía como si flotara fuera de sí misma; se extrañó al comprobar que no le dolía, que no sentía nada. Como cuando te dan un golpe fuerte, que primero solo sientes el vacío. El dolor llegaría después. -Gracias por decírmelo –dijo, muy tranquila-. ¿Cuántas veces? -¡Solo una! –ni siquiera se acordó de la “primera vez”, que había sido antes de empezar a salir con Alba. -¿Estabas todavía conmigo? Ángel la miró casi desorbitando los ojos, verdaderamente herido. -¿Cómo puedes preguntarme eso, cariño? ¡Por supuesto que no, no estábamos ya juntos! ¡Jamás te haría eso! ¡Eres mi amada, princesita mía, jamás te sería infiel! “Me llamabas cada tarde para suplicarme durante dos horas”, pensó Alba, aunque no lo dijo… no porque temiese nada, sino por un extraño cansancio que la estaba invadiendo. “Y, después de tanto suplicar, te tiraste a Tatiana…”. Se sentía un poco febril. -Vale, es bastante feo –aceptó con voz átona. Ángel se sentía fatal. -Te lo dije, te dije que era algo… ¡Ojalá no hubiera pasado nunca! Fue en la feria de Montoro, nos encontramos allí de casualidad, bebimos mucho…

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Alba quería rogarle que no siguiera, que se callara, pero algo le hacía preguntar y preguntar, con una curiosidad que parecía ajena a ella, como si hubiera otra Alba inquisitiva y chismosa que quisiera saberlo todo y que hasta disfrutara de los detalles con fruición. Ángel no quería contar más, pero ella preguntaba y él no quería gritarle que se callara, que dejara de hurgar en la herida. No quería perder los nervios porque no quería perderla a ella, como casi había sucedido la última vez. Pero, por favor, que dejara de preguntar… Estaba consiguiendo ponerle de mal humor. -Bueno –dijo de pronto Alba, después de esperar a que le doliera y sin llegar a sentirlo todavía-, tampoco es tan grave: no estábamos juntos. -Ea, pues vamos a dejarlo ya, ¿vale? -Yo también he tenido un rollito mientras lo habíamos dejado –siguió Alba, vengativa, calmada y con ganas de devolver el golpe-. Claro que ha sido todo virtual, pero casi tan mala es una cosa como la otra, porque cada día pasábamos horas conectados, hablando de todo, conociéndonos.., Ángel la escuchaba, anonadado. Podía esperar cualquier cosa, cualquier cosa… pero que su Alba hubiera estado engañándole, hablándole de amor a la vez que “conoc ía” a otro, diciéndole a él lo dolida que estaba, lo que sufría cada vez que recordaba, las pesadillas que la importunaban cada noche… Y mientras, ¡sabe Dios qué ternezas intercambiaba con aquel canalla ladrón de novias, chateando a todas horas con él! Estaban sentados en un banco del parque, casi tiritando pese a los chaquetones. Solían verse allí porque en aquella época nadie paraba en el parque después del anochecer y así mantenían su “secreto” los pocos días que les quedaban hasta cumplir el “mes de prueba” que se habían impuesto. Ángel respiró hondo. -Eres una zorrita –manifestó, despacio. Alba se volvió hacia él sorprendida. - 159 -


-No te pases… -dijo. Ángel se levantó; apretaba los dientes con furia y paseaba ante el banco, arriba y abajo, como un tigre en su jaula. -Es lo último que esperaba de ti –añadió. -Pues ¿y tú? Tampoco yo esperaba eso, la verdad. -¡Es distinto! –clamó él. -¿Dónde está la diferencia?, porque yo no la veo. -¿Ah, no? ¿Va a ser igual un rollito de una noche, un rato, que estar “co-no-cién-do-se” –imitó la voz de ella y el tono con dolorosa burla- a lo largo de dos meses? Si ella no hubiera estado tan tremendamente herida, se lo hubiera pensado dos veces antes de especificar: -Bastante más de dos meses… De hecho, empecé a hablar con él cuando me pegaste la primera vez -¡hablaba con tanta frialdad, pensó Ángel al oírla, como si nada le afectara ya!-. Nos fuimos haciendo amigos. Por lo menos él me escuchaba, me comprendía sin siquiera conocerme… No: Ángel no le pegó. Solo levantó la mano, y durante varios segundos –muchos, en todo caso- sus dedos fueron cerrándose despacio, con tanta fuerza que se clavaba las uñas en la carne, temblando, como si alguien luchara contra él sujetándole la mano e impidiéndole descargar el golpe cruel que se venía venir. Fueron muchos segundos –pero ¿cuántos? Alba solo supo que eran muchos, demasiadosmirándose a los ojos los dos, ojos verdes los de Ángel, ojos negros los de Alba, pupilas que se encogían, extrañas, desafiantes, mientras ellos iban comprendiendo q ue aquel mes de tregua no había servido de nada, que de nuevo eran los de antes, aquellos que no podían seguir juntos porque el amor se les convertía en antagonismo y violencia. Ostentosamente, Alba se giró y dio la espalda al puño que se cernía, ominoso, sobre su cabeza. -Adiós, Ángel –dijo.

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Él no creía que ella fuera tan valerosa; una parte fuera de sí (¿el duende de los cascabeles, tal vez?) la veía desde lejos, como si aquello no fuera con él, y admiraba su porte erguido, la curva frágil y orgullosa de su cuello, la dignidad de su retirada, como una reina destronada que subiera al cadalso para entregar en bandeja su cabeza. Ángel se desmoronó. Igual que aquella lejanísima primera vez (primera bofetada, no primer hacer el amor) se lanzó sobre ella, la abrazó, cayó de rodillas, lloró. -Perdóname, perdóname, perdóname… Alba se zafó de él para seguir andando, marchándose. Lloraba sin darse cuenta y el aire helado de finales del otoño secaba sus lágrimas antes de que cayeran más abajo de sus mejillas. Ángel la cogió del brazo, reteniéndola. Alba le ordenó: -Suéltame, me voy. -No, no te vayas, por Dios, no te vayas. -Ángel, todo lo que digamos ya está de más. -Te juro que me mato si me dejas. -Lo siento, pero no voy a quedarme. -¿Quieres verme muerto? ¿Eso quieres? -No, solo quiero… no morir yo tampoco, ¿sabes? Tenemos mucha vida por delante, mejor será que sigamos cada uno un camino, porque juntos no podemos seguir. Ya se ha visto: ni terapia ni nada, no hay manera. -Iré, te lo juro, iré otra vez. Alba ya no se asombraba de nada. -Ah, que la habías dejado, ¿no? Me engañabas también en eso.

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-No, no, solo falté un par de semanas, como dejé de beber casi del todo, pensé… pero iré siempre, te lo juro; esto ha pasado por haber dejado de ir, ahora me doy cuenta, ya no va a pasar más… Alba seguía llorando, sin sollozos, sin enterarse. Ángel seguía de rodillas, ya no le quedaban ánimos para levantarse. Alba se arrodilló frente a él, le cogió la cara y le dio un beso. En la comisura de los labios, casi en la mejilla. Era un beso de despedida. Se levantó y tiró de la mano de él, ayudándole para que se levantara a su vez. Después le soltó la mano y echó a andar sin mirar atrás…

(déjala que se vaya, pidió el duende, es lo mejor para los dos…)

Pero Ángel no iba a escuchar consejos del duende. De un salto, la alcanzó, la agarró del brazo y tiró de ella. Alba no lo esperaba y se tambaleó. Ángel la miró a los ojos. Aquellos ojos ya no expresaban amor, no le decían nada, no eran más que dos ojos que le miraban, negros, insondables. Entonces Ángel la empujó contra el árbol, la cogió del cuello y apretó. Alba abrió mucho aquellos ojos que él miraba y sus pupilas se ennegrecieron más, confundiéndose con el iris. Ángel no apretó con más fuerza, no la asfixiaba, solo la mantenía quieta contra el tronco, sujeta por el cuello. -¿Sabes lo que te digo, so puta? –le susurró, casi escupiéndole en la cara-. Que ya no vas a mandar más en mí, ¿te enteras?, y que vas a seguir conmigo porque lo digo yo, porque me sale de los huevos, tía, y porque tengo cojones para matarte, así –y ahora sí apretó el cuello en el punto justo, y Alba creyó - 162 -


que iba a matarla ya, pero él volvió a aflojar y siguió escupiendo- : y para matar a tu hermana también, ¿lo sabes? ¡Si tú no estás, a tu hermana la cojo y la mato! Y después a tu puta madre, para que no quede ni una hembra de tu sangre, so guarra, que no sabes estar con un hombre sin engañarlo, mamona de mierda! Ahora sí que Alba creyó que iba a morir. No podía respirar. Ángel apretaba y aflojaba alternativamente, según su furia se disparaba o era el dolor el que dominaba su corazón. Temblando –todo el miedo había vuelto, aquel miedo que habían querido desterrar los dos, siendo vencidos-, consiguió empujarlo, alejarlo un momento de sí; aunque las manos de él siguiero n en su cuello, una bocanada de aire llegó a sus pulmones, rasgándole la garganta al pasar por ella. Aquello sonido sibilante sirvió para que él recapacitara un poco, solo un poco, lo justo para aflojar las manos y ¡por fin! dejarla respirar plenamente. Ángel le soltó el cuello y la cogió por los hombros, clavándole los dedos en la parte de arriba de los brazos. Procuraba no mirar las manchas en el cuello de ella: rojas, después, violáceas; mañana, sospechó, negras. -Esto se acabó –le dijo. Esta vez no habría más llanto ni más promesas, en vista de que nada funcionaba con ella-. Tú te lo has buscado, así que no vayas a empezar a culparme otra vez. Mañana es viernes, iremos al botellón y se lo diremos a todo el mundo: hemos vuelto y seguimos. ¡Y no quiero más tonterías! Alba quería decirle: ¿estás loco?, pero ¿cómo decirle algo así a alguien que acaba de cogerte del cuello… mejor dicho, a alguien que ha intentado estrangularte no hace ni cinco minutos? No era cuestión de preguntar, sino de afirmar: ¡estás loco! Ángel la zarandeó; ella no se lo esperaba y se dio con el árbo l en la cabeza y en la espalda, una y otra vez. -¿Qué? –le preguntaba él mientras la sacudía para adelante y para atrás-. ¿Qué dices? ¡Contesta! Alba solo pudo decir: - 163 -


-Ángel… - y enseguida- : Vale, sí, vale. Entonces él la soltó. La soltó con desprecio, con asco, como si le quemara; la soltó empujándola y Alba, trastabillando, cayó al suelo de lado y se hizo daño en la cadera, pero no se quejó. Era lo que menos le dolía. Ángel la miró por encima del hombro y, deliberadamente, le dio la espalda. -Hasta mañana –le dijo. Y se marchó sin mirar atrás.

Diario de Alba. Extractos sueltos. 26 de noviembre. (Diez meses y medio antes). Para denunciar tengo que enseñar las marcas. Creí que tendría el cuello negro, acardenalado, pero es ridículo: parecen muerdos hechos en el momento de más pasión. Además, sé sincera, Alba: no ibas a ser capaz de denunciar. Por lo menos no aquí, en el pueblo. ¡Ni en ningún sitio! ¿Qué le iban a hacer: detenerlo, llevárselo a la cárcel? Aunque así fuera (y lo dudo) ¿durante cuánto tiempo estaría lejos de mí? ¿Un mes, dos, seis...? No hay testigos, no hay pruebas, solo unas marcas en el cuello… -¿Y dices que eso te lo ha hecho con las manos? -Claro que sí, me iba a estrangular… -Pues a mí más bien me parecen muerdos… ¿Estás segura de lo que me dices? Quién sabe… Ángel es del pueblo, su padre, su madre, sus abuelos, son muy conocidos aquí. ¿Y si no quieren que le denuncie y me ponen pegas…? Pero, aunque todo fuera bien, aunque me creyeran y la denuncia siguiera su curso, esto es lo que me pregunto: ¿por cuánto tiempo lo alejarían de mí? Porque, seguramente, podrían ponerle una orden de alejamiento, pero eso se lo salta él a la torera en cuanto se tome dos copas de más y se le crucen los cables. “…te mato, así, y a tu hermana también, y hasta a tu puta madre…” - 164 -


“…para que no quede ni una hembra de tu sangre, so…” No, no quiero revivir ese momento. Pero mi mente lo está reviviendo constantemente. ¿Cómo pudo cambiar así, en un minuto? Estaba llorando, diciendo que si lo dejaba yo a él se mataba, intentando convencerme mediante la lástima, y de pronto… ¡Esta vez sí, esta vez he visto la muerte muy de cerca! Ya no es cuestión de un par de tortas, un empujón–o cuatro-, un momento de brutalidad… que ya todo eso era bastante malo. Ahora es que he visto que, de verdad, me mata. Que me va a matar. Pero que si lo mando a la cárcel, cuando salga me busca y me mata. Y ¿dónde voy yo a esconderme? Dicen que hay refugios, casas de acogida para mujeres maltratadas. Basta llamar al 016. Qué bien, ya está: solucionado. Con diecisiete años, tendría que coger la maleta e irme de mi pueblo, de mi casa, de mi cuarto compartido siempre con mi hermana melliza; cambiar de instituto –con lo difícil que es este curso y lo que tengo que trabajar si quiero sacar nota para la Selectividad-, empezar una nueva vida. Claro, genial. Que no, que no: esa no es una opción. Si le denuncio, o me mata, o me las averiguo para cambiar por completo de vida y pierdo todo lo que tengo: familia, estudios, amigos, lugar donde vivir… La solución…sería matarlo yo a él. ¡Pero yo no soy una asesina! (Aunque esto sería defensa propia…) Claro, voy a la Guardia Civil y me entrego. -¿Por qué lo has matado? -Porque era o él o yo. Defensa propia. -Ah, pero… ¿te estaba amenazando? ¡Si se ve en la autopsia que estaba dormido! - 165 -


-Es que si espero a que se despierte y venga a por mí, él es más fuerte, me mata primero. Y que eso de tener una pistola para defenderse solo se ve en las películas, agente, no en la vida real. ¿Dónde coño consigo yo una pistola, dónde hay que ir a buscar a las mafias esas que te lo venden todo si puedes pagarlo? ¡Lo siento, me indigno y me cabreo porque la vida real es una gran MIERDA! Punto y aparte. La otra opción es seguir con él. Seguir siendo su novia, haciendo como que me creo todavía que todo puede salir bien… y, de vez en cuando, recibiendo algún golpe que se le escape, o algún… ejem… ¿corte de respiración? Lo malo es que ahora que ha dado el nuevo paso (un paso hacia mi muerte, para nombrarlo propiamente) es seguro que se repetirá. Volverá a cogerme del cuello así, como esta noche. Quizá me saque una navaja, esa que lleva en el coche para abrir el pan por las mañanas y que a veces se echa, distraído, al bolsillo… Si accedo a seguir con él por miedo, si sucumbo a sus amenazas, ¿qué me espera?: seguir actuando ya, siempre, por el mismo motivo, bajo amenaza. Sonreír cuando él tire de la cuerdecita, llorar cuando no me oiga -no sea que se enfade, o que llore, me pida perdón y luego me coja del cuello…-, abrirme de piernas cuando a él se le ponga dura, cerrarlas bien apretaditas el resto del tiempo y, sobre todo, apagar mi mundo y mi mente, alejar a mis amigos para que no se contaminen de este hedor, mirar con los mismos ojos vacuos de mi suegra y perder toda esperanza. Dios mío, Dios mío, Dios mío. Quisiera… no sé lo que quisiera. Quisiera, por supuesto, no haberle conocido. Ya que le conocí, quisiera no haberle amado, no haberme mirado nunca en esos ojos que me hacían pensar en un bosque sombrío cuando un rayo de sol rompe sus tinieblas. Pero, sobre todo, quisiera haber sabido echar a correr cuando me puso, por vez primera, la mano encima. Quisiera haber hecho caso de todos aquellos consejos que yo misma prodigaba y luego no s upe aplicar cuando me hicieron falta a mí. - 166 -


“Si te toca, echa a correr”. “Cuando un hombre te pegue, no le perdones, piensa que ha abierto una puerta que nunca cerrará”. “Si te toca, ¡corre, Forrest, corre, tonta enamorada, corre, no mires atrás, no le des otra oportunidad, no te digas eso de que tu caso es distinto y que sabes que él te quiere y que te ha prometido que cambiará!

¡NO CAMBIAN! ¡NUNCA CAMBIAN! ¿Alejandro? Vale, sí, pero no sirvió para Marta, ¿verdad? Cuando él hizo todo lo que hay que hacer, ya era tarde para ella. Ahí está, ahí sigue, extraña, acomplejada, sin saber sonreír sin que parezca que se va a echar a llorar de un momento a otro, sin saber hablar sin pedir perdón a cada rato, humilde, asustada, malgastados sus días. Él sí, él ha rehecho su vida con esa chica encantadora que es Margo, y los dos dan gracias a Dios por cada amanecer. Tal vez Ángel también salga algún día de esta espiral en la que hemos caído, pero no será conmigo. Mientras yo gire en la espiral con él, solo daremos otra, y otra más, cien vueltas de tuerca. Hemos dejado que pasen demasiadas cosas. De hecho, yo he dejado que pasen demasiadas cosas. Él solo ha seguido mi ritmo. (¡Otra vez culpándome para disculparle a él! ¡Pobre, pobre Alba!) (Ya solo me faltaba auto compadecerme, soy lo más). Se lo he contado todo a Samuel (a él antes que a mí misma, antes que a este diario que se está convirtiendo en una serie de cuadernos de tristeza y cobardía). Vive solo, en un barrio o pueblo camino de la sierra de Madrid, y su respuesta ha sido: ven. Aquí estoy para ti, aquí me tienes para lo que necesites. Mi casa es tu casa. Pero su “ven” ¡implica tanto! ¡Tendría que dar tanto a cambio! Si esto hubiera sucedido hace un mes o dos, si no hubiera abierto –otra vez, estúpida de mí- esa puerta a la esperanza de la reconciliación, me iría con Samuel sin dudarlo.

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Por unos días, llegué a creer que me había vuelto a enamorar. Podría enamorarme de él, pero ¡estoy tan herida! ¡Tengo tanto miedo a confiar en alguien otra vez, y que me lastime! Hace un tiempo me habló Claudia de una especie de celdas-jaula en las que metían a los presos en la época medieval: estaban construidas de tal forma que el desgraciado ser al que encerraban en ella no podía estar sentado, ni de pie, ni acostado. A pesar de e llo, hubo un hombre –o más, ya eso no lo recuerdo- que sobrevivió en una de esas celdas dieciséis años y, aun después, salió y vivió hasta una muy avanzada edad. Quiere esto decir que el ser humano está hecho para afrontar mucho más duras penurias que un mal de amores y un loco que me amenaza de muerte si lo dejo. Samuel acaba de mandarme un mensaje: “La hora más oscura es la que precede al alba”-Alejandro Casona. Y siempre, siempre amanece. ……………

Eran las ocho de la tarde y el móvil estaba sonando por enésima vez. Había llamado Celina para preguntarle, como cada viernes, si iba a salir, a pesar de que siempre le decía que no, que se quedaría viendo algo en el ordenador. Celina era incansable, o más bien era una buena y fiel amiga. Carmen había llamado también para contarle algún chisme jugoso que Alba no escuchó aunque hizo los pertinentes comentarios. Carmen quería distraerla como fuera, no era culpa suya si no lo conseguía. Alex, por supuesto, había llamado. Le contó que había estado viendo el partido con el Gato. Había ganado el Madrid, que aumentaba puntos y se acercaba imparable al Barcelona. A Alba le importaban un pimiento el Madrid, el Barça y la Liga, aunque debería empezar a preocuparse porque Ángel era culé a hierros y aquel desenlace le pondría de mal humor. - 168 -


Ángel no había llamado en todo el día. Le había dado toques, muchísimos, pero cortos. Seguramente no quería darle la oportunidad de hablar. Ahora sí era él. Alba no quería contestar, pero no se atrevía a dejar de hacerlo. -Dime –pidió, sin animación. -Te estoy esperando –dijo Ángel. -No hemos quedado a ninguna hora. -Como cada viernes. -No estoy arreglada. No me encuentro bien, tengo fiebre –dijo ella muy deprisa. -Alba, o vienes o voy a buscarte. Le dieron ganas de gritar: ¡hala, pues ven, aquí estoy, y mi padre y mi madre también!, pero se controló porque ya sabía que él era capaz de hacerlo. -De verdad, Ángel, no es por escaquearme, es que estoy mala, pregúntale a Claudia, he estado en la cama todo el día con fiebre. -Vaya, qué oportuna. -Te lo juro. -Mira, no te lo digo más: te voy a dejar que te quedes esta noche en tu casa, vale, pero que sepas que es la última vez. Mañana te quiero ver por la tarde, como hacíamos siempre, para comprar las cosas del botellón. Y te voy a decir una cosa: ¡o sales mañana o prepárate y que se prepare tu familia, porque no respondo de mí! Alba creyó distinguir en su voz verdadera demencia. ¿Se hacía el loco porque sabía que ya la tenía aterrorizada, o lo decía en serio? Entonces él añadió algo. Con esa misma voz. Le empezó a contar cosas que hicieron que Alba se pusiera a llorar sin sonido, pensando en aquella Malena tan desgraciada, golpeada por el marido y por el hijo, sin esperanza, ella sí, encerrada en su jaula-celda hasta la muerte y esperándola a ella, a Alba, para que tomara el relevo. - 169 -


Alba prometió que al día siguiente acudiría a la cita, seguro, seguro, y mientras, por dentro, estaba tomando su determinación. Ángel colgó el teléfono y ella también. Después buscó el nombre de Alex y lo llamó, contándole que se iba a pasar el sábado con su prima Irina, de compras. -¿Me puedes dejar algo de dinero? –le pidió. Ella no solía hacer nunca algo así, pero sabía que Alex no iba a negarse. -¿Cuánto? -Bueno, mientras más, mejor. Vamos a aprovechar para empezar ya con los regalos de Navidad – improvisó-. Tú siempre estás bien provisto y yo te lo devolveré con lo que pille en Reyes. -Vale, luego me paso por tu casa. Alba se puso un pañuelo al cuello aunque sabía que las marcas de los dedos de Ángel parecían más bien secuelas de una sesión de sexo demasiado fogosa. Alex no se dio ni cuenta del pañuelo: venía con el Gato, habían visto el fútbol en el bar y ahora se iban al Kebab para meterse en el cuerpo algo co nsistente antes de irse al botellón. -¿Esta noche no sales con…? –le susurró Alex en un descuido del Gato. -No; me duele la garganta y le he dicho que me voy a acostar temprano para estar mañana pimpante en Córdoba. -¿Y le ha parecido bien? –se extrañó Alex. -Pues claro –contestó ella, pensando en cómo comprendía su amigo la psicología de Ángel, y cómo se había negado ella, obcecada, a escucharlo cuando él le decía que lo que no puede ser, no puede ser. -Me alegro, hay que ver cómo está cambiando. Alba contuvo una sonrisa amarga. Alex y el Gato le ofrecieron traerle un kebab (pero no la invitaron a ir con ellos a tomarlo, observó ella, divertida) y se despidieron. Aquello se veía venir, solo ellos no acababan de verlo. Alba sonrió. Después le pidió a Claudia, que llegaba de la Biblioteca, que le prestara dinero para irse mañana de compras con Irina. - 170 -


Claudia se lo dejó y todavía se disculpó por no ir con ella. -Te ibas a aburrir de muerte –le dijo Alba, y al ver cómo su hermana se sentía mal por no acompañarla, tuvo que volverse para que no le viera las lágrimas. Todo, ella y los demás, todo le daba ganas de llorar. Un rato después, cuando ya Claudia se hubo marchado al botellón, Alba empezó a meter en su mochila ropa interior, vaqueros, mallas, leggings y jerséis. Preparó equipaje para vivir fuera. Nada estaba recién planchado, pero ¿a quién podía importarle? Alba guardó los dos pijamas de franela y dejó preparado para ponerse al día siguiente el chándal negro con los filos rosa fucsia, que tan bien le sentaba con su pelo rubio y tan cómodo parecía para afrontar cuatro horas de viaje. La primera impresión era crucial. Mientras preparaba la mochila, Alba empezó a temblar. Se preparó un cacao calentito, pero siguió temblando. Se sentó ante el ordenador y se puso a buscar. Casos de malos tratos, testimonios, webs de ayuda, volaba de una página a otra, todo era significativo, todo era interesante. Seguía temblando. Se quedó dormida al fin, sobre las tres. Claudia no había llegado todavía: estarían en la discoteca, divirtiéndose las cinco chicas juntas, Tatiana incluida. Traidora. Le temblaba la mandíbula inferior tanto que oía entrechocar sus dientes; podía parecer que era de frío, pero ella sabía que no. Incluso mientras dormía, Alba seguía estremeciéndose de vez en cuando. Claudia llegó, la miró y se extrañó. Pensó que tendría fiebre: había recibido un mensaje de ella en el que le advertía que si alguien preguntaba que dijera que llevaba enferma todo el día. Claudia pensó que, simplemente, era verdad. Y se durmió a su lado, con el sueño de los justos… - 171 -


Cosiendo siempre calcetines, o calzoncillos, o algún siete de sus pantalones… Qué más da de cuál de ellos. Los dos iguales de delgados, los dos con esos ojos verdes tan hermosos que se vuelven crueles con el tiempo, los dos hombres de su vida, los dos que no saben amar. Malena se seca una lágrima automáticamente, sin sorpresa. Últimamente las lágrimas le caen tan a menudo… no son ya de pena; sencillamente, sus ojos se hacen viejos, como toda ella, lagrimean, escuecen, ya no puede enhebrar la aguja sin ayuda del enhebrador que le recomendaron en la mercería. No puede, tampoco, ver bien la tele. ¡Para lo que hay…! Muchos programas con cotilleos imbéciles del corazón, muchas telenovelas en las que siempre acaba casándose la muchacha pobre con el muchacho rico, y muchos telediarios para llorar. No le importa no ver la tele nunca más, aunque echaría de menos “La Copla”. En Sevilla hay una casa, y en la casa una ventana… ¡Le gustaba tanto esta canción al niño, a su Angelillo! Le pedía que se la cantara por las noches para dormirse, y mamá no quería cantarla hasta el final porque ¡acababa tan triste! Y repetía el “ayayayay” una y otra vez, intentando sortear la última estrofa sin que su niño se diera cuenta. ¡Qué ojitos tan dulces le ponía cuando le cogía la manita para dormirlo con sus canciones! -No te vayas, mami, que todavía no me he dormido… -le decía, entre sueños. -Si no me voy, tesoro, ¿no me ves aquí? Hasta que la voz de papá llegaba, ronca de alcohol y exigencias, desde la salita, o desde el dormitorio, y el niño apretaba al muñeco de los cascabeles con fuerza contra sí y mamá salía corriendo, apagando la luz –aunque al niño le diera tanto miedo, más miedo daba el padre si encontraba las luces encendidas- y dejando una rajita pequeña entreabierta en la puerta para que no se asustara mucho. A veces no dejaba ni esa rajita, y esperaba que su hijito no se diera cuenta de que, si lo hacía, era para evitar que él oyera los gritos, los golpes, los sollozos contenidos. - 172 -


Por eso le había enseñado el juego. Sabía que podía evadirse si jugaba a él, ella misma lo había jugado mucho, de pequeña, cuando su propio padre llegaba a casa tarde. Era una cadena, una maldita cadena. Basta con recordar algo muy bonito, le decía mamá, y repetirlo, y buscar cada detalle para recordarlo, con un color, con un olor… Y jugaba con él, le enseñaba el juego. Luego el niño le dijo que el duende también jugaba con él. Aunque mamá sospechaba que un día, un día cualquiera, aquel duende de los cascabeles se había empezado a cuestionar muchas cosas y, poco a poco, Ángel y el duende habían ido convirtiéndose en enemigos. Y ahora el niño ya era un hombre y golpeaba también, como su padre. Como el padre de su padre. Como el padre de su madre. Qué maldita cadena… ¿nadie la rompería? ¿Por qué no la había roto ella? Por qué, por qué, por qué…, cantaba el eco. …y en la ventana una niña que las rosas envidiaban… Quizá le gustaba tanto porque algún día muy lejano fue ella como aquella niña a la que envidiaban las rosas, tan bonita, tan llena de ilusiones. ¿Dónde, dónde quedaba aquella niña? Mamá podía llorar por ella; mamá quisiera poder llevarle flores, flores para la niña que ya no sería, flores para aquel niño que se fue en pos del duende, flores para todos los niños perdidos en la vida…

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CAPÍTULO XII No quiero pensar, porque no quiero que el dolor de corazón se una al dolor de pensamiento. Emilio Castelar

Alba seguía temblando en la parada del autobús. Era muy buena hora: a las nueve y media no había estudiantes ni trabajadores, era una hora, digamos, tardía para la mañana y temprana para el mediodía. Nadie para verla, para comentarle: “¿qué, vamos de compras?” Nadie para decirle a Ángel que la había visto. Además, ¿y qué, si la veían coger el autobús para Córdoba? No era un trayecto largo: media hora de camino, cuarenta minutos a lo más si pillaban muchos semáforos a la entrada. Nada comparado con las cuatro horas y pico que le esperaban después, de Córdoba a Madrid. Ahí sí que tenía que tener cuidado y suerte, que no la viera ningún conocido, que no la viera nadie. Nadie que pudiera decirle a Ángel adónde iba, para que él nunca, de ninguna manera, pudiera encontrarla. Alba seguía temblando; las casas del pueblo iban quedando atrás. Pasaron por el puente del Guadalquivir (“el puente azul”, como ellos lo llamaban), ese puente de hierro que de día era rojo carruaje y de noche se vestía de luz azul como un sueño lejano. ¡Cuánto les gustaba, tiempo atrás, irse al embarcadero y sentarse muy juntos, contándose sus recuerdos y sus sueños de enamorados! Se les hacía de noche, el puente se volvía azul y los pájaros, cegados, volaban raudos sobre el agua, confundiéndose a veces con estrellas fugaces a las que pedir un deseo. Adiós, puente; adiós, río. ¡Bienhallada, autovía, que me llevarás rápido a Córdoba, a coger otro autobús, a huir cada vez más lejos, más deprisa, más lejos, más deprisa! En la cartera, bajo el carnet de identidad, llevaba apuntados el móvil y la dirección de Samuel; chica previsora. Por si su móvil se quedaba sin batería, por si a Samuel le ocurría algo y no llegaba a - 174 -


tiempo, por si Ángel la localizaba y tenía que salir corriendo, salir de la estación antes de que Samuel la encontrara, coger un taxi para huir… Si Alba temblaba en el interurbano, el temblor era pura broma comparado con el que la estremeciera ahora, al sacar el billete para Madrid. Parecía una enferma de fiebres. Apenas consiguió coger el billete y pagar, entre tantos temblores que la chica de la ventanilla la miró de mala manera, como desconfiada. “Igual se cree que soy una yonqui en pleno monazo”, se dijo Alba. Daba igual, mientras no le impidieran viajar… Se subió al autobús enseguida. No llevaba maleta, solo una mochila que subió con ella y colocó bajo sus pies. No iba a dejar nada fuera del alcance de su mano porque no sabía si en algún momento tendría que salir corriendo. Tal vez no; tal vez Ángel no la encontrara. Al fin y al cabo, ¡no tenía súper poderes, era ella la que se los atribuía! Alex, sus padres, su hermana, todos pensaban que iba a pasar el día con Irina. Nadie sabía que huía hacia Madrid. No quería pensar. Intuía que había emprendido un viaje sin meta, pero también un viaje sin retorno. Si empezaba a pensar, tal vez enloqueciera… Cuando el autobús salió de su dársena, Alba se encogió en su asiento, giró la cabeza hacia el pasillo y se colocó la gorra cubriéndole todo el pelo por detrás. Era una gorra del Gato, se la había dejado Alex porque no tenían ya tiempo para conseguir otra. Esperaba que, si alguien la veía desde fuera, no la reconociera. Ni pelo rubio largo y rizado ni rostro asustado de la niña que ya no era. Esperaba parecer lo más anónima posible, nadie. No podía permitir que Ángel la siguiera, que la encontrara. No iba a ser la esclava de nadie. ¡Y no iban a detenerla ya más sus amenazas! “A ti, a tu hermana y hasta a tu puta madre”, había dicho. Pero ella sabía que a quien buscaba de verdad era a ella, a Alba. Si ella no se quedaba a su alcance, estaba segura –ahora- de que su familia no correría peligro. - 175 -


Porque no era así como sucedían las cosas. A lo largo de la noche había leído páginas y páginas sobre las amenazas… y los desenlaces… en cientos de casos de violencia de género: si la mujer no estaba presente, no se veían noticias de que el maltratador se liara a navajazos, a tiros o a golpes con sus familiares. (Dios mío, y tener que leer eso con toda frialdad, y seguir buscando documentación para salvar su vida…) Si hubieran tenido hijos sí que cabía la posibilidad –terrible, paralizante- de que o bien los utilizara como rehenes o bien les hiciera daño para vengarse de ella. ¡Se oían, a veces, cosas así, por increíble que pudiera parecer! Apenas hacía un par de años del caso de aquel monstruo, Bretón, precisamente en Córdoba también. ¡Cuánta razón tuvo Rousseau cuando dijo que “el hombre era un lobo para el hombre”! Por eso ella estaba haciendo ahora lo que, en su momento, le había parecido más lógico: poner tierra por medio. Correr. Escapar. Antes de que fuera demasiado tarde y solo quedara el tiempo de las lamentaciones. Pero lo peor era saber adónde corría. ¡No tuve otra opción!, se dijo, pero así y todo, era turbadora la idea. ¡Corría hacia Samuel, a los brazos de Samuel! ¿Cómo podía ser? No se preguntaba: ¿le quiero? ¿Estoy enamorada de él? No, porque la respuesta era muy obvia hasta para ella: No. No sentía por Samuel lo que había sentido por Ángel, aquel amor loco, ciego, irrepetible. Un amor que hubiera sido indestructible si no se hubiera encargado de destruirlo él. Nunca podría sentir por nadie ese amor. Qué pena, Ángel… Qué pena.

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Córdoba ya había quedado atrás; también el pueblo, con su puente rojo que por las noches era azul. El autobús devoraba kilómetros y Alba iba dejando de temblar. Hasta sintió hambre, y entonces se dio cuenta de que no se le había pasado por la cabeza llevarse algo de comer. -¿Haremos alguna parada pronto? –le preguntó a la señora de al lado. -En Guarromán paramos veinte minutos –le informó la señora. Veinte minutos… ¡lo justo para comprar un bocadillo! El bocadillo la llenó y la cerveza le aflojó las piernas, relajándola un poco. Tenía ganas de llorar, pero esta vez no era por la bebida sino por su situación. Samuel le envió un mensaje, dos, tres… Ella contestaba con toques, no quería correr el riesgo de quedarse sin saldo en caso de emergencia. El estómago le cosquilleaba; sentía como mariposas en él, pero no eran esta vez símbolos de amor, sino de angustia: algo dentro de ella -¿intuición?, ¿cobardía?- le decía que no iba a salir bien. ¡Nada iba a salir bien! De pronto, todo gris y verde, abrupto, majestuoso, salvaje, apareció el desfiladero: Despeñaperros. El paso por Despeñaperros la sacó de su ensimismamiento, la proyectó, por un rato, fuera de sí misma. Aquellas alturas, aquella vegetación, aquel paisa je casi amenazador en su grandeza, le hizo sentir algo extraño, algo que no había sentido nunca con tanta potencia: su propia pequeñez, no en comparación con el resto de los mortales, sino en medio de la Naturaleza. Se sintió una hormiguita, nadie, y a la vez alguien importante, necesario, válido. De una manera inaudita, pensó que, entre aquellas montañas, podía encontrar a Dios. Una frase de “La Elegancia Del Erizo”, que Claudia le había casi obligado a leer durante su “enfermedad”, acudió a su memoria tan claramente como si estuviera viéndola escrita en la roca viva: “Abedules, enseñadme que no soy nada y que soy digna de vivir”.

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Ella se había sentido tan nada, tan miserab le… pero, ahora, comprendía que aun siendo así, aun siendo tan poquita cosa, ¡era digna de vivir! ¡Merecía la vida, como las hormigas, los protozoos o los caballitos de mar! Abedules… Árboles hermosos, árboles eternos, árboles que habéis vivido más que yo, os habéis estremecido más que yo, habéis gozado de más primaveras que yo… ¡Abedules, enseñadme que, aunque no sea nada, soy yo, Alba, no una princesa cautiva sino una mujer libre, y sigo aquí para disfrutar y agradecer lo que me quiera deparar la vida! ¡Y nadie -¡nadie!- tiene derecho a disputarme ese derecho!

El miedo regresó mientras bajaba del autobús. Miraba a todos lados, alerta, con dolor de cuello y rigidez de piernas. Miraba a todos lados pero no buscando a Samuel, sino temiendo encontrar a Ángel. Ángel, el omnipotente. ¡Pues claro que no estaba allí! Le había dado varios toques, algunos tan largos que eran, en realidad, llamadas, y ella no había tenido que sacrificarse para no contestar a ninguno. Ningún sacrificio: ya no deseaba contestarle. Podría no querer nunca a nadie más, seguro; pero ya tampoco lo quería a él. Como dijera el duende, el propio Ángel había matado a aquella Alba que lo amara un día. Aquella dulce Alba no volvería nunca, al menos no para él. -C’est la vie, mon garçon! –(que diría el duende)-. ¡Es la vida, chaval! Como reza el viejo refrán: tú te hiciste la cama y ahora tendrás que dormir en ella. Alba consiguió sonreír, y eso ya era un gran logro. Como no había intercambiado fotos con Samuel, y éste no sabía qué aspecto tenía ella, Alba le había dicho, en el único mensaje de texto que le enviara en todo el viaje, que llevaba una gorra negra de

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los Iron Maiden. Ella no conocía su música, pero a Samuel le encantó el detalle. Se veía que le gustaba el heavy, como al Gato, que era el dueño de la gorra. Tampoco Alba sabía qué aspecto tenía Samuel. Se le ocurrió que tal vez él, cuando la viera, echara a correr. Era una chica atractiva y solía gustar, pero quizás no era su tipo. ¿Y si él no se presentaba? ¿Qué pasaría si ella no le gustaba, si al verla daba media vuelta y desaparecía del mapa sin saludarla? Bueno, tenía su dirección. Ya, pero ¿serías capaz de ir adonde sabes que no vas a ser bien recibida? Eso, suponiendo que la dirección fuera la auténtica. ¿Por qué iba a darle una dirección falsa? ¡Se oían tantas cosas de gente que se conocía por Internet…! ¡Muchos se enamoraban así! Sí, y otros se metían en cada lío… ¡Ay, madre! ¿Cómo había podido ser tan loca, tan impulsiva, tan poco previsora? ¿A qué jugaba? ¡Tenía ya diecisiete años, por Dios! Pero ¿y qué? ¿Qué son diecisiete años hoy día, hoy que los chicos están tan protegidos, tan mimaditos, tan… empanados, a esa edad? Súper protegidos por un lado y súper expuestos, por otro. No por dejar de ser virgen y conocer el olor de los porros y el sabor de la resaca, se sabe ya todo lo que hay que saber en esta vida. Alba se colgó la mochila de la espalda y se cruzó el bolso de mano en bandolera. Se sentía como una de esas pueblerinas de las películas españolas antiguas, que se agarran al bolso para que no se lo roben, muertas de miedo, y mientras tanto le están robando… yo qué sé, las gallinas, por ejemplo. Casi rio ante la idea. Y entonces, él la abordó: Samuel. ¿Ése era Samuel? Claro… ¿quién, si no? - 179 -


Era Samuel, sí. Se lo estaba diciendo mientras le daba dos besos. Pero, Dios mío, ¿cuántos años tenía? ¡Por lo menos cuarenta! Treinta y siete. Tenía treinta y siete años –le enseñó el carnet- pero ¿qué más daba, si le había dicho que tenía veinticinco? ¿Por qué la había engañado así? -Nunca me habrías hecho caso si te hubiera dicho la edad que tengo… Eso es de cajón, pensó ella. -Y me gustabas tanto, lo que decías, tu manera de expresarte… No quería mentirte, solo q uería que no me negases la oportunidad de conocerte. ¡Sonaba tan guay, tan sincero! Alba no sabía si creerlo o mandarlo al diablo. ¿Y si era un farsante? Pero… estaba allí, ¿no? ¡No había salido corriendo al verla! ¡No la había dejado plantada! ¡Pues claro que no! Una chavala de diecisiete años era un plato de dulce para todo un señor de treinta y siete. ¡Joder, que tenía solo seis años menos que su padre! De hecho ¡es que podría ser su padre, le llevaba veinte años! -Solo te pido que me conozcas, que no me cierres el corazón solo porque sea mayor de lo que esperabas… -y añadió, jugando con ventaja- : -Mira, si no, lo que te ha hecho ¡y lo que ha intentado hacerte! uno de tu edad o poco más. Y después le soltó esa frase tan manida que todos hemos oído alguna vez: -El amor no tiene edad… ¿Qué hacer? Alba se lo preguntaba una y otra vez, y no sabía qué contestar. Se daba cuenta del gran lío en que se había metido. ¿Y si estaba saliendo de Guatemala para meterse en Guatepeor? Además, ¿y él? Tal vez, siendo tan mayor, estuviera casado. Tal vez no podía acogerla en su casa, como le había dicho. -¿Vives solo? –le preguntó. -Sí, tengo una casita camino de la sierra, ya te lo dije.

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“Podías haberme mentido en eso también”, pensó ella, pero se lo calló. La verdad era que, pese a la mentira y a los veinte años de más, parecía encantador. ¡Pero también Ángel había parecido encantador hasta que levantó la mano y golpeó! Alba había salido de su casa con la idea fija de irse a vivir con Samuel fuera como fuera. De alguna manera, había imaginado que Samuel era el príncipe azul que rescataría a la princesa y se la llevaría a palacio, montada en un caballo blanco y con la cabellera rubia volando al viento… Ahora se daba cuenta: ¡había estado loca! ¡Estaba completamente loca! No podía irse con él. No le conocía de nada. Tenía que escapar de él. -Voy… voy al aseo –dijo, esperando ganar tiempo. Todavía estaban charlando junto al autobús aparcado en la dársena. -Pensé que querías salir pronto de aquí –dijo él. -Bueno, no hay prisa, ¿no? Apenas nos conocemos… -Tienes razón. Es que me parece como si te conociera de toda la vida, con tanto como hemos hablado y compartido en los últimos tiempos… Alba asintió, pero no se atrevía a creerle, a confiarse. -¿Por qué no tomamos un café? –le propuso. -¡Buena idea! Vayamos a la cafetería. -Pero antes, tengo que ir al aseo –dijo Alba-. Espérame pidiendo los cafés, si quieres. Yo lo tomo solo, con hielo y sin azúcar. Y corrió a los baños. En buena hora: se le había revuelto el estómago –los pensamientos inconexos tenían la culpa, nada de virus- y llegó justo a tiempo para vomitar en la taza. Le acometieron violentas arcadas que le hicieron casi llorar. Cuando echó hasta la bilis, sacó de la mochila el cepillo de dientes y se lavó bien la boca, aliviada de quitarse aquel horrible sabor. Y entonces llamó a Alex desde el móvil. ¡No se atrevía a seguir callando! Porque, ¿y si aquél Samuel era peor que Ángel? - 181 -


¡Con tantos episodios de “Mentes Criminales” como le hab ía hecho tragarse Claudia! ¿Y si la secuestraba? ¿Y si… y si… ¡y si...!? -Alba, ¿qué te cuentas? ¿Cómo está Irina? –fue el saludo de Alex, que conocía a la prima de las mellizas y se llevaba muy bien con ella. -Alex… -empezó Alba. Y le puso al corriente en un minuto. Alex se le vino encima. -Pero ¿estás loca? Pero ¿cómo que te has ido hasta Madrid? Pero, bueno, ¿en qué pensabas, Alba? ¿No ves que te puede pasar… ¡de todo!? -Hombre, eres de un optimista… -No, no, ¡no estoy de cachondeo, nada de eso! ¿Es que tú no piensas? -¡Pensé que Ángel iba a matarme! –gritó ella, y todas las mujeres que estaban en aquellos momentos en los lavabos se le quedaron mirando, desde todos los ángulos. -Claro, así que te ibas para siempre, ¿no? ¿Adónde pensabas llegar? ¿No era más fácil denunciarle? ¿O es que eso ni siquiera lo pensaste? -¡Sí, lo pensé… pero no era tan fácil! -Mira, Alba… Alex iba a empezar a discursear, pero aquel no era el momento: antes de las seis de la tarde, cada minuto que hablaran le costaba veinte céntimos, y no podía permitirse el riesgo de quedarse sin saldo. -Escucha, Alex, te llamaré a las seis, ¿vale?, y ya hablamos. -¿Dónde vas a estar mientras? -No nos moveremos de aquí, del bar de la estación de autobuses. -De acuerdo. ¡Que no te vayas a ir a ningún sitio, ¿eh?! -Descuida. -A las seis te espero. Besitos, locuela. -Besitos, locuela tú –respondió ella, y apenas oyó la risa de su amigo antes de cortar.

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Se quitó la gorra y se repasó la raya de los ojos antes de salir. Salió caminando deprisa hacia la cafetería, pero apenas había dado dos pasos cuando la interceptó él: Samuel. -¿Dónde vas? –se sorprendió ella-. Creí que estabas en el bar. -Te estaba esperando. ¡Cuánto has tardado! -Me sentí mal… Tuve que vomitar, y luego he estado lavándome la boca y peinándome. -Estás guapísima –le dijo él. Tenía un encanto peculiar. Alba lo estudió, disimuladamente pero con atención, ahora que podía verlo. No era muy alto; tenía la piel atezada, la cara muy fina, aniñada, la nariz un tanto aguileña y los ojos no muy grandes pero de un precioso azul añil q ue les confería carácter. Debía haber sido rubio, pero ahora su cabello era gris, como el del padre de Alex. Una abundante cabellera plateada que se rizaba en la nuca, al caer sobre ella los mechones más largos. No era un Adonis, pero tenía encanto. ¡Mucho, mucho encanto! ¿Por qué, entonces, no estaba casado? Estuvo a punto de preguntarle… pero en el último momento se contuvo. Tal vez esa pregunta tocara alguna fibra sensible. Por atractivo y buena gente que fuera, siempre podía haberle ido mal en su matrimonio, y estar dolido. Y Alba no quería despertar recuerdos malos en nadie, no quería que nadie sufriera por algo que ella dijera o hiciera. Bastante había sufrido ella ya. ¡Y bastante, se decía, le quedaba que sufrir! Tomaban café y charlaban. De alguna manera, Samuel sabía hacer que se sintiera cómoda con él… siempre que no lo mirara a los ojos. Su mirada hacía que se sintiera muy tímida y muy cortada. (¿Era así como se sentía Claudia con la gente?) El móvil no dejaba de sonar cada diez o quince minutos. Toques de Ángel, cada vez más ansioso; toques de Alex, como un reloj, cada cuarto de hora; algún toque corto de Celina, de Carmen… Claudia, llamando. Fue a contestar (¿y si era importante?) pero Samuel puso su mano sobre la de ella, suavemente, impidiendo que pudiera coger el móvil y llevárselo al oído. - 183 -


-¿Qué haces? –indagó ella. -Deja que llame… ¿No es muy pesado? -Esta vez era mi hermana, podría tener algo importante que decirme. -Vamos, estamos juntos por primera vez después de tanto tiempo de conocernos solo por escrito… ¿vas a ponerte a hablar con tu hermana? -Bueno, es que… -Por favor –suplicó él, y a la súplica no supo negarse Alba. Pero estaba nerviosa e intranquila; había quedado en llamar a Alex a las seis y ya eran más de y media. Al cabo de unos minutos, lo justo para dar tiempo a que él no pensara que lo decía para contestar a las llamadas o hacerlas ella, se levantó: -Voy al aseo –explicó. Pero Samuel le cogió la mano dulcemente, alejándola del móvil, y se la llevó a la boca para besarle con mimo cada uno de sus dedos. Tierna y sensualmente. Y mientras tanto, con la otra mano, retiró el móvil de la mesa y se lo guardó en un bolsillo de la cazadora de cuero negro. -No tardes –le dijo. Alba se quedó aturdida. Quería preguntarle: “¿por qué haces eso, por qué me quitas el teléfono, a qué viene esto?”, pero no se atrevía. Era como desconfiar de él. Pero ¿por qué lo hacía? Porque quitarle el móvil también era como desconfiar él de ella, ¿no? Y ella tenía que hablar con Alex, él estaba esperándola. A lo mejor Samuel lo hacía porque pensaba que ella le había mentido antes, que las llamadas, todas y cada una, eran de Ángel, y él no quería que ella le contestara para protegerla, simplemente. ¡Si ella misma le había confiado muchas veces que no sabía mentirle, que Ángel la convencía siempre para todo lo que él pretendía, que se estaba convirtiendo, en relación a él, en una esclava sin voluntad propia! Seguro: Samuel lo que quería era protegerla. Y además, no iba a montar una escena allí, en público. Ella no era de ésas. - 184 -


Aun así, impelida por algún diablillo tentador, intentó hablarlo: -¿Qué haces, por qué te guardas mi móvil? –le preguntó como casualmente. Él fue muy directo: -Para que no tengas tentaciones de contestar si vuelve a llamar. -Pero es que pueden llamarme mi hermana o mis padres… -Bueno, si llaman les diré que llamen más tarde. Tu hermana se llama Claudia, ¿verdad? Alba se puso nerviosísima ante la idea. -¡Qué dices, no vayas a contestar a mi móvil! ¡Nadie debe saber que estoy aquí, todo el mundo cree que me he ido a casa de mi prima! -Es que un móvil no es un fijo, tontita; aunque yo contestara, nadie iba a saber que estabas precisamente en Madrid. -¡Ya lo sé! Pero no quiero que se preocupen de dónde y con quién estoy y empiecen a buscarme. -Por eso, lo mejor es que no contestes. Luego le mandas un mensaje a tu hermana diciéndole que estás bien pero que te vas al cine, o a algún sitio donde no haya cobertura. Alba no fue capaz de contestarle más. Se daba cuenta, ligera y lejanamente, de que había ido cambiando su manera de ser. De que ahora, con tal de no discutir, estaba dispuesta a aceptar pulpo como animal de compañía. ¡Cuánto tendría que aprender, cuánto bagaje inútil que tirar por la borda, cuánto tiempo perdido para recuperar ahora! Si salía de ésta… Si Ángel no la encontraba… ¡Si Ángel no la mataba! Camino de los aseos, se estremeció de nuevo. Menos mal que Samuel no le había prohibido también cargar con la mochila. Claro que ella había comentado que se iba a arreglar un poco y quizá a ponerse algo más abrigado, pues en Madrid hacía más frío que en Córdoba. Tardó bastante. No porque fuera laborioso ponerse una rebeca y unos zapatos más cerrados –eso lo hizo en tres o cuatro minutos- sino porque se quedó allí largo rato, sentada sobre la tapa cerrada de un - 185 -


wáter, sin saber qué hacer y sin ganas de salir de nuevo, sonreír y charlar como si todo marchara bien, cuando en el fondo lo único que deseaba era quedarse a solas con sus miedos y con sus pensamientos. Iba caminando, poniéndose la sonrisa como quien se coloca en la cabeza un sombrero, cuando algo la hizo detenerse: Samuel la agarraba del brazo con una mano –qué grandes eran sus manos, pensó de pronto, qué anchas sus muñecas…-, reteniéndola, y con la otra mano sostenía el móvil –el de Alba- contra la oreja. ¡Había contestado a una llamada, pese a lo que ella le había suplicado antes! ¡Estaba hablando con alguien que la había llamado a ella! -Pero… -empezó Alba, tapándose la boca en un gesto de horror, de “no me lo puedo creer”. -…en tu puta vida, ¿te has enterado? -estaba diciendo Samuel; no gritaba pero resultaba mucho más amenazador que si lo hiciera-. ¡O tendrás que vértelas conmigo! -Dios mío, ¿con quién hablas? –susurró ella, sin voz. Samuel hacía una pausa como escuchando. -Así me gusta –aprobó, asintiendo con la cabeza-. Muy bien, eso es. ¡Tú lo has dicho! –y colgó con un gesto brusco, seco, casi chulesco. -Menudo “cagao” –rio con desprecio entonces, soltándole el brazo que le había estado sujetando con garra férrea y pasándole el suyo sobre los hombros en un gesto tan natural que ella se relajó instintivamente por unos segundos, aunque enseguida volvió a envararse. -¿Con quién hablabas? –le preguntó en voz baja. -Con ese novio tuyo, ése Ángel… ¡y ya puedes quedarte tranquila, nena, porque ese capullo no te molestará más! -¿Qué le has dicho? –no estaba segura de si reír o llorar. -¡Lo que se le dice a un tipejo así de desgraciado, nada más! En el fondo, todos esos que se las dan de chulitos son unos cobardes, en cuanto se les ponen las cosas claras y se dan cuenta de quién manda aquí, se cagan vivos. -Pero ¿qué te ha dicho? - 186 -


-¿Qué más te da? Que no sabía nada de que estuvieras conmigo, ya ves, ec hando balones fuera, acojonado. Tranquila, preciosa - y se metió de nuevo el móvil en el bolsillo. Alba suspiró y le preguntó: -¿Qué hacías aquí otra vez? ¿Por qué no me esperaste en la mesa? Quería decir: ¿temías que me escapara, que no volviera? Y podía añadir: ¿cómo voy a irme, si tienes mi móvil? -Bueno, es que ¡no nos vamos a pasar toda la vida en la cafetería, ¿no?! –dijo él-. Dame la mochila, anda, que te vas a quebrar con tanto peso. -No, pero… -Alba no quería entregarla y, sin embargo, cuando él tendió la mano con tanta seguridad, se la pasó, sumisa, como acostumbrada ya a ceder-. ¿Adónde vamos a ir? -A mi casa, ¿no lo habíamos hablado? Alba se puso pálida. -¿A tu casa? Pero… -Cuando me dijiste que no tenías adonde huir y te dije que podías venirte cuando quisieras, ¿no quedamos en que vivirías conmigo? -Sí… ya lo sé… -¿Qué pasa? –el brazo de Samuel, que le rodeaba los hombros, se hizo de pronto pesado y atenazador-. ¿Ya no quieres? ¿No… no te gusto, es por eso? -¡Sí, sí! No es por eso, no tiene nada qué ver… -¿Entonces…? -Es que… no saben dónde estoy, ni mi familia… -Pero si acabas de decirme que les habías dicho que estarías en casa de tu prima. -Sí, pero cuando llamen y vean que no es así… -Cuando llamen tus padres o tu hermana, te pones tú y les tranquilizas, ya está. ¡Qué fácil lo ponía todo! ¡Y así daba más miedo todavía!

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¿Y si echaba a correr? Alba se lo planteó muy en serio. Corría mucho, muchísimo, llevaba haciendo footing desde finales del verano, desde septiembre, tenía ya una gran resistencia y mucha velocidad. Si echaba a correr, Samuel no la alcanzaría, seguro. Bueno… casi seguro. Él parecía muy en forma, delgado, esbelto, con los músculos apenas esbozados pero bien dibujados bajo la piel. Era muy atractivo para sus treinta y siete años. Eso, en parte, era lo que la asustaba: siendo tan atractivo, ¿por qué no estaba casado? ¡Alba podía recordar capítulos y más capítulos de Mentes Criminales, aquellos que a Claudia le gustaban tanto! ¿Y si Samuel la llevaba al bosque o a la sierra, la violaba y la mataba? O, peor todavía: ¿si no la mataba y la raptaba, se la llevaba a su casa y la retenía allí quién podía saber cuánto tiempo, torturándola hasta que pidiera la muerte a gritos como una liberación? Al pensarlo, Alba sentía a la vez sudores y escalofríos. Y no es que fuera –Samuel- un hombre desagradable, o tuviera un aspecto del que se pudiera desconfiar con base. Era dulce y tenía sentido del humor, esto último a juzgar por las casi tres horas de charla que habían compartido frente a tres cafés con leche… Y soltero. Y con casa propia. (Le parecía estar oyendo a su hermana: -Joder, Alba, ¡es demasiado bueno para ser verdad! ¡Desconfía! O a Ángel, que –antes- siempre le decía: -No te fíes ni de tu sombra –deliciosa muestra de confianza en el prójimo). -La verdad –empezó, deteniéndose y haciendo que Samuel se detuviera a su vez- no nos conocemos, Samuel, no lo suficiente como para… -¿Para vivir juntos, quieres decir? –la interrumpió él-. ¿O para hacer el amor? Alba enrojeció y se estremeció. -Para ambas cosas. - 188 -


-¿No te gusto? –demandó él, mirándola… con el alma en los ojos. Aun cuando no le hubiera gustado de veras, se habría sentido sencillamente incapaz de confesarlo. ¡Parecía un niño pequeño, triste y desvalido! ¿Qué le pasaba a Alba con los hombres, que no podía verlos expresar dolor de abandono? ¿Le había creado ese complejo Ángel, con sus recuerdos del niño que fue, del duende malintencionado y de sus noches de tristeza y soledad, o traía ya de antes esas debilidades suyas? Y ¿qué más daba? -Samuel –dijo-, te lo juro, me gustas mucho, pero creo que esto es muy precipitado. -Alba, si lo que temes es que salte sobre ti y… en fin, si lo que no quieres es ir conmigo a la cama demasiado pronto, si no te sientes preparada, yo… sé esperar. Si es que era un encanto. Pero ¿y si echaras a correr?, le apremió una vocecita que salía de Dios sabía dónde. ¿El duende? ¿Tenía ella también, tal vez, un duende, aunque más amable, más solícito que el de Ángel? ¿O era el sentido común, que de pronto hacía su aparición estelar? Pero ¡no iba a huir sin la mochila y el móvil! ¡Sobre todo sin éste último, se sentiría completamente desamparada, impotente, inútil! No pasaba nada, ¿no?, por irse con Samuel esta noche. Al fin y al cabo, no tenía otro sitio donde ir. Ya le había dicho él que no iba a presionarla pero, para curarse en salud Alba explicó: -No es eso, Samuel; además, la verdad es que estoy con la regla en estos días, no pensé en comentártelo cuando cogí el autobús. -Tenemos todo el tiempo del mundo –dijo él, y sonaba tan bien en su boca… Siempre y cuando no lo mirara a los ojos. En aquel momento, sonó el móvil. Samuel echó a andar llevándola a ella agarrada por los hombros, e ignoró la llamada. Alba suspiró… - 189 -


Tenía que haber estrellado el móvil, pero no lo hizo. Si lo hubiera estrellado, tal vez parte de su furia contra ese tío que le había hablado con tanta altanería, se hubiera encauzado hacia el maldito trasto y, al romperse éste, la furia habría desaparecido. No lo hizo; todavía le quedaba raciocinio de sobra para comprender que, si rompía el móvil, no perdía nadie más que él. Demasiadas cosas había roto ya. (y demasiadas te quedan por romper, dijo el duende, pero esta vez Ángel no se molestó ni en escucharlo ni en mandarlo a callar) Otra vez había perdido en el maldito juego… No en el juego que le enseñara mamá, ése tampoco le servía ya, sino en el otro, en el juego de la vida, aquel en el que él compartía días y noches con la mujer de sus sueños, con la dorada Alba. No había servido para nada ni siquiera controlarse en la bebida. ¿No sería que Alba se estaba volviendo demasiado exigente, demasiado moderna, demasiado segura de que tenía todos los derechos, incluso más que él y por encima de él? (para evitar esos pensamientos ibas a terapia, ¿recuerdas?, expresó el duende, y Ángel lo oyó aunque no quisiera oírlo) (pero dejaste de ir, creíste que ya lo sabías todo, que saldrías adelante tú solo sin más ayuda que la de Alba…) (y por eso volvió a pasar) Empezó a hacer los ejercicios que recordaba de relajación. La ira tenía que encauzarse, que dirigirse fuera… Lo de las respiraciones era bastante eficaz. (pero la has perdido) Dios, lo que daría por una, no, por cinco, seis, ocho cervezas. Ella no estaba cerca -¿dónde, con quién estaba, quién era ese hijo puta?-así que no pasaba nada. - 190 -


Con el móvil que no había estrellado llamó a un colega, no a Fabio; no tenía ganas de hablar con nadie del grupo. (podías llamar al Gato) (ése está resultando tan de la acera de enfrente como el dichoso Alex, menudo par) Se peinó un poco, se echó colonia y cogió la cartera. Mamá estaba sentada en su sillita baja, pero hoy no cosía. Estaba en su mundo, perdida, pensativa. -Voy a tomar unas cervezas –dijo Ángel al pasar junto a ella. Mamá no contestó; él no insistió y se fue. El duende le seguía, le pinchaba, le aguijoneaba: (ya no te dice “no tardes”. Ya no te besa al salir…) (Ni falta, se decía Ángel). (pobrecito, pobrecito, ni su madre lo quiere ya…) Ángel apretó el móvil hasta oírlo crujir…

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CAPÍTULO XIII No necesitamos listas de lo que es correcto y lo que es erróneo. Lo que necesitamos son libros, tiempo y silencio.

Philip Pullman

Claudia.Alba no está con Irina. Me ha engañado, nos ha engañado a todos, esta vez incluso a Alex, que hasta le prestó dinero para el autobús sin saber que yo también se lo había prestado. Es curioso comprobar cómo los más elaborados y embusteros planes pueden venirse abajo del modo más tonto, más absurdo: Irina me llamó. Jijí jajá, me he comprado una chaqueta vaquera tipo torerita, he visto zapatos de Mary Paza tres por uno, veníos un día y nos pasamos, jijí jajá, cómo está Alba, a ver si me llama, que no tiene verg… ¿Cómo? ¿Alba? Sí, Alba, que me tiene abandonadita… Pero… ¿Alba no está contigo? ¿Conmigo? ¿Alba? Claro que no. ¡Alba no está contigo! ¡Alba me dijo que se iba a casa de Irina! ¡Que habían quedado para pasarse todo el día de tiendas, por eso era mejor que yo no fuera porque ella sabía que yo, pobre Claudia, acabaría muerta de aburrimiento! Pero… ¡si hasta le dejé dinero para el viaje porque no quería pedirle a mamá para que no le riñera por haberse gastado ya su paga! Le cuelgo el teléfono a mi prima sin darle más explicación que “ya te llamaré, un beso”, e inmediatamente llamo a Alba. Suena, suena y sigue sonando. Hace un rato ha estado contestando a mis toques habituales, lo compruebo. ¿Por qué no me lo coge? Vuelvo a llamar. Y al rato, de nuevo. Esta vez está comunicando. - 192 -


O sea, que debe tener el móvil en la mano, ¿no? Y, un rato después, apagado. O se ha quedado sin batería, también puede ser… Esto me huele muy, pero que muy mal… ¿Y si se ha vuelto loca… y está con Ángel? Sería una estupidez inmensa si volviera con él después de tanto daño, pero es que no se me ocurre otra explicación. Si nos ha engañado a todos, será porque está haciendo algo que, seguro, a todos nos parecerá fatal. Y lo que nos parecería peor –hablo por mí, pero no me cabe duda de que todos estarán de acuerdosería que perdonara tantas cosas imperdonables. Los nervios me comen, voy a llamarla otra vez. Sigue desconectada. Está anocheciendo. Voy a llamar a Alex. Comunica. Llamo de nuevo. Alba, Alex… no pueden estar hablando el uno con el otro porque el móvil de ella sale desconectado y el de él comunicando. Dios mío, Dios mío, no sé rezar pero lo hago…

……………

La casa de Samuel estaba en una zona apartada, casi en plena sierra. Habían subido y subido por una carretera secundaria, dejando atrás algunos núcleos de casas, un hotel eno rme, una gasolinera y, por último, un gran complejo con varios centros comerciales… Habían subido durante más de media hora, Alba con el corazón en un puño, pensando: ahora se desvía por algún camino de estos que nadie sabe adónde llevan, y se para, y yo echo a correr, pero como no conozco estos lugares, resulta que corro en círculos y él me atrapa, me da caza como a un animalito, va anocheciendo…

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Por mucho que intentara proyectar pensamientos más positivos, se sentía cada vez más despavorida. Entonces, Samuel sí que se desvió de veras. No era igual temerlo así, de lejos, como una posibilidad, a que ocurriera exactamente como temía, y Alba sintió que le faltaba la respiración y empezó a jadear. Él paró el coche. -¿Te encuentras mal? –preguntó, al parecer, preocupado-. ¿Te has mareado? -No lo sé –dijo ella. -Abre un poco, que te dé el aire. Mejor, baja. -¡No! –gritó Alba. -Vale, tranquila; ahí tienes bolsas por si las necesitas… Respira hondo. -¿Bolsas? –repitió ella sin comprender. -Por si tienes que vomitar, si no, lo mancharás todo, y el vómito en el coche huele horrible y es muy difícil limpiarlo bien. Alba seguía respirando hondo, con la bolsa en la mano. -¿Cómo lo sabes? –preguntó. -¿Cómo sé, qué? -Lo… lo del vómito. ¿Habrían vomitado muchas chicas en su coche? ¿De… miedo? -Lo sabe todo el mundo. Anda, calla y respira. ¿Estás mejor? -No sé… -Mira, voy a seguir o se nos hará de noche. Ya estamos cerca. -¿Sí? -Sí, un par de kilómetros más. A ver si llegamos antes de que sea noche cerrada para que veas el jardín… -El jardín… -repitió ella. - 194 -


Le gustaban mucho los jardines; cuanto más silvestres y coloridos, más le gustaban, pero la idea de que en un jardín se puede cavar para enterrar cosas… y… cosas… le oprimía el pecho. -No… no me apetece ver el jardín –pudo decir antes de abrir la bolsa casi convulsivamente y vomitar los tres cafés con leche. -Antes también vomitaste, ¿no? -comentó él-. Igual has pillado un virus… Alba se secó las lágrimas… -Seguro, seguro… -consiguió asentir.

Alex.No puedo creer lo que ha hecho esta niña. ¡Irse a Madrid, hala, como quien se va a la vuelta de la esquina! ¡Cuatrocientos kilómetros! ¡Y engañándome, que es lo más grave! ¡Engañándome a mí! No es porque sea “a mí”, en plan mira lo que ha sido capaz de hacerme, sino que ella ha confiado siempre plenamente en mí, y este engaño era innecesario y gratuito. Además, si me ha engañado ha sido porque debía saber, en el fondo de su alma, que yo no iba a dejarla irse a Madrid con un desconocido. ¡No es cuestión de juicios, ni de “yo no te juzgaré hagas lo que hagas”! ¡Es cuestión de sentido común! ¡Es cuestión de protegerse a sí misma! ¡Es cuestión de… locura o cordura, y punto! ¿Qué sabe ella de ese Samuel? ¡A lo mejor –o a lo peor- ni siquiera es ése su nombre! ¿Cómo a Alba se le ha ocurrido hacer una cosa así? ¡Totalmente impropia de ella! Las locuras las hacen Tatiana, o Celina… Pero me imagino que, si llegó a ese extremo, a perder así el norte, debe ser porque estaba ya muerta de miedo. Perdida, completamente perdida. ¡Pobre, pobre, pobre bebito mío! ¡La princesa fugada de palacio!

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Ángel acosándola, atosigándola; Tatiana dándose pisto para marear más la perdiz, con eso de que se liaron… igual Alba oyó algo de eso, aunque yo no le dije nada. (Ya ves tú, en una noche de borrachera, qué mérito tiene, es de chiste). Y yo, mientras, en lugar de preocuparme por ella, apoyarla y consolarla… cada día haciéndole menos caso y pasándome más rato a mi bola, en mis mundos de Yupi, con el coqueteo y el cachondeíto, alternando la palada de cal y la palada de arena con que me está volviendo loco el Gato. Y Alba… sin saber adónde recurrir, sin saber dónde refugiarse. Pero ¿por qué no se ha ido, verdaderamente, con Irina…? Supongo que porque Irina vive aquí al lado, en Córdoba, y el miedo a que Ángel la encontrara era ya muy superior a su discernimiento. ¿Por qué iba a matarla Ángel, de verdad, por qué? Yo le hubiera dicho que esos son faroles que se tiran los tíos para mantener a la mujer dentro de su puño, para poder abrir la mano y que el pajarillo, fascinado como ante la serpiente, no sea capaz de escapar. ¡Matarla…! No creo yo eso; y menos desde que supe lo de Tatiana. ¡No estaría tan loca y perdidamente enamorado de Alba si tuvo la poca vergüenza de irse a la cama con la otra! A Tatiana no la culpo yo tampoco: son muchos los años enamorada de él, lo raro es que haya aguantado tanto sin tirarse a sus brazos. Bueno, claro que se ha echado en sus brazos veinte veces, solo que él la ha rechazado cada vez. Eso también debe haber sido tremendamente doloroso, pobrecilla. Lo que ya no me encaja es que Alba haya desconectado el teléfono. De acuerdo en que primero me engañó, pero después me llamó y me lo contó todo. Quedamos a las seis, en cuanto empezaran sus llamadas gratis. Y ya no pude contactar más. Sé que, si está en su mano, Alba no dejará nunca de contestar a mis llamadas. Claro que a lo mejor ha habido un flechazo en toda regla y se han ido a la cama… ¡Venga ya, eso no me lo creo ni yo! No con un hombre que podría ser su padre. Y no siendo Alba como es y estando todavía loca por Ángel. - 196 -


A otro lobo con ese cuento, Caperucita. Sé que algo ha pasado. ¡Suena el móvil! Me tiemblan las manos al buscarlo en el bolso. Ojalá, por favor, ojalá sea Alba. Miro la pantalla: es Claudia. Lo cojo… ……………

El jardín es muy bonito, bien cuidado, simétrico, casi perfecto. Alba juraría que hay la misma cantidad de pensamientos abiertos en un lado que en otro; ¿cortará Samuel los impares para que todo sea exactamente igual a la derecha que a la izquierda? Si fuera así, eso le daría a Alba muy mala espina… La casa es pequeña, con muebles de Ikea y accesorios modernos, de los que a ella le gustan. Así y todo, Alba piensa que falta algo, que la casa carece de personalidad. Carece del sello de quien la habita. La cocina está inmaculada. Alba se dice que ahí no ha cocinado nadie desde… Nunca, quizá. ¿Esperará Samuel que sea ella la que cocine? Pues va listo, piensa Alba. No sé hacer más que tortillas de cualquier cosa –excepto de patatas- y pasta con tomate frito de bote y atún de lata. Una cordon-bleu, ya está dicho. -Ven a ver la alcoba –le dice Samuel. ¿Alcoba? Qué palabra tan bonita, tan romántica, tan sonora… ¡Tan amenazadora! ¿Sólo hay una?, se pregunta Alba. Suben las escaleras y llegan a la planta de arriba. Un cuarto de baño, una habitación muy pequeña para el ordenador, un pasillo y el dormitorio grande –la alcoba-, con un armario empotrado cuyas puertas están cubiertas de espejos.

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Espejos también en la pared de enfrente, haciendo que las imágenes se multipliquen sin final, unas dentro de otras… En la cabecera, un cuadro grande, de grueso marco como de plata, labrado. -Es el Cristo de Dalí –señala Samuel, orgulloso-. Una reproducción muy buena. ¿Ves cómo la cruz parece flotar?: nada existe, no hay otros atributos de la crucifixión… Mira qué perfectamente forma la “v”, qué postura en la que parece que va a empezar a volar sin dificultad, fíjate cómo el cabello le cubre la cara, cuánta belleza… -No soy muy religiosa –observa ella. -Yo tampoco, pero sé apreciar el arte –contesta él. Pedante. Si él lo dice… Pero piensa que mucha gente que presume de saber apreciar el arte no distinguiría una obra maestra de una chapuza disfrazada de tal. Hay mucha petulancia en el mundo. La cama es grande, de matrimonio. Una sola cama. -Puedo dormir en el sofá –dice él- las primeras noches. -No, ni hablar; seré yo la que duerma en el sofá, no voy a echarte de tu propia cama. -Tonterías, tú está agotada y, además, en esta planta estarás más segura. Alba, ante estas palabras, pierde la escasa serenidad que estaba empezando a conseguir por fin. ¿Acaso insinúa que abajo no estaría segura…? ¿Lo habrá dicho él aposta, para intranquilizarla? Una mirada esquiva, entre humorística y triunfante, que dura décimas de segundo, le dice que sí, que juega con ella… Alba siente de nuevo deseos de vomitar, pero ya no tiene nada en el estómago.

El Gato.Alex me ha llamado. Ahora, ver su nombre en el móvil me hace sentir algo muy especial, olvidado y anhelado: ¡Mariposas en el estómago! - 198 -


Creo que tendré que bendecir a Alejandro… mi ¡¿suegro?! (eso espero para pronto) por abrirme los ojos de aquella manera tan… rallante. ¡Mira que lo pasé mal aquellos días! ¡Pero no es el momento de pensar en mí! Alex no me ha llamado para hablar, como otras veces, de lo divino y de lo humano, ni para bromear como solemos, con tantas segundas intenciones (estamos en plena etapa de tonteo, sí). Es que Alba se ha ido con un tío. Un tío con el que chateaba. De Madrid. Resulta que engañó a Alex, a Claudia, a sus padres, ¡a todo el mundo! Y cogió el autobús y se plantó en Madrid. Allí la esperaba el tal Samuel. Entonces se asustó un poco (no sé por qué, eso es peor todavía: ¿qué fue lo que la asustó? Alex tampoco lo sabe) así que llamó a Alex y se “confesó”. Y Alex le dijo que se viniera enseguida, que, hiciera lo que hiciera, no se fuera con el tipo, y que hablarían a las seis para que no se quedara sin saldo. Y a las seis… ya no pudieron hablar. Él, en vista de que ella no llamaba, empezó a darle toques. Nada. Sin respuesta. La llamó. Cien veces. Nada. Dice que sobre las siete (imagino cómo estaría ya de los nervios, el pobre, con lo que es él, que se pone enseguida en lo peor) llamó otra vez y estaba comunicando. Alex insistió e insistió hasta que, simplemente, desconectaron. Y la pregunta es: ¿desconectó Alba, o fue el otro tío el que apagó el teléfono? ¿O, más sencillamente, se le acabó la batería? Sea como sea, ¡no es típico de Alba! ¡Alba no hace esas cosas, ella no desaparece sin dar señales de vida para asustarnos a todos!

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Claudia está como loca. La Bella Durmiente ha despertado de pronto a una realidad que no era la esperada. Su hermana ha desaparecido y ella, que podía haber hecho algo –piensa- no ha hecho nada. -Pero ¿por qué se culpa así? –le pregunto a Alex, extrañado. -Me ha confesado que ella estaba leyendo el diario de Alba, y que por eso sabía que Ángel le había pegado… que sabía también que se hablaba con Samuel… ¡Qué marrón para ella, Dios! -Pero –interrogo, incrédulo- ¿sabía que Alba pensaba irse a Madrid? -¡No, claro que no! Es que Alba no llegó a escribir eso, o si lo escribió fue el último día, cuando se fue. Y, por supuesto, se llevó el cuaderno. Si es así, no entiendo por qué se culpa Claudia. Alex dice que se culpa por no haber actuado antes. ¿Actuar, cómo? ¿Denunciando a Ángel? Si Alba lo negaba, ¿cómo lo iba a denunciar? Si ella decía que no había habido maltrato, no había pruebas, ni testigos. ¿Cómo iba a actuar, por mucho que quisiera? Sin embargo, la comprendo. Alex también se siente culpable, muy culpable, porque él también “sabía”. Y yo… ¡yo también! ¿Tengo, pues, que sentirme culpable? Tal vez, pero… Es que, por mal que suene, ¡es tan bonito lo que siento! Y, a la vez, me pregunto: ¿es ridículo? No sentirlo, sino decirlo. -Estoy enamorado. -¡Qué romántico! -Sí, pero de un tío. -Ah… ¿sí…? Ah… No es que se lo haya dicho a nadie, pero puedo imaginar cada respuesta, cada expresión, cada comentario.

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Para colmo, casi siempre estoy seguro de que Alex me corresponde. Pero a veces me asalta la duda, la depresión, el temor: ¿Y si sus conversaciones, tan brillantes, y sus bromas, y hasta eso que a mí me parece que es darme pie, en realidad solo es su manera de comportarse con un buen amigo con el que se lleva genial? Ya sabemos que es gay, pero eso no implica de ninguna manera que le guste precisamente yo. (Un día me comentó que le gustaban los tíos fuertes, tipo estibador –como yo-. Pero dentro de ese estilo, hay montones de diferencias, ¿no? ¡No todos los mozos de puerto son iguales!) Y es que no es nada tímido conmigo, y yo creo que eso es mala señal. Cuando te gusta un(a) chico(a), casi siempre te muestras tímido, cortado. Así que, guiándonos por esa regla de tres… Oh, vamos, Gato, Mario, ¡capullo! ¿Se puede saber qué haces aquí planteándote tus estúpidas dudas de quinceañera saltarina e ingenua en lugar de estar dando una batida por Madrid para encontrar a Alba? Qué asco de amor, si es que es amor, qué asco de que nos haga tan egoístas, tan insensibles… ¿De verdad la humanidad puede sentir así y luego tiene cara para pasarse las eras cantando al amor? Qué asquito, tú, pues es para vomitarla…

……………

-¿Dónde vas? -Al baño. -Enciende la luz, ¿por qué no la has encendido? -No quería despertarte… -No te preocupes, estoy despierto. Un hombre que se pasa toda la noche sin dormir, echado en el sofá, con los ojos abiertos fijos en el piso de arriba… - 201 -


¡Qué miedo! Alba ya no se atreve a dormirse más.

Celina.Alba ha desaparecido, me lo ha dicho el Gato. No sé por qué Mario (o el Gato, ¿cómo le digo yo ahora?, tenían razón las chicas) me llama casi todos los días, después de lo que pasó entre nosotros y de cómo me dejó. Si yo fuera una chica ilusa y creída, pensaría que quiere volver conmigo y me hace “la corte”, pero no, sé que no es eso. Incluso creo que sé de qué se trata: después de tantos meses saliendo, me ve como a su mejor amiga. Y me necesita. Porque solamente yo sé esto: Mario el Gato se ha enamorado de Alex. Y, también, sé otra cosa muy cierta: Mario el Gato no es gay. Suena raro decir que sea bisexual. Yo misma, aunque no haya reflexionado mucho sobre ello, he pensado siempre que eso de la bisexualidad era de viciosos, de alguien que ya se ha hartado de probarlo todo con un sexo y se pasa al otro por curiosidad, o por aburrimiento, o por ambas cosas. Eso es lo que dice mi padre. Pero… ¿el Gato? ¡Ni hablar! Vamos a ver: tiene solo dieciocho años, ¡no le ha dado tiempo a probar con tantas chicas que ya haya podido hartarse, caramba! Todo empezó el día que fue con Alba a hablar con el padre de Alex, el dueño de Las Horas Muertas. Me lo contó él, un mes después. -No tenía en quien confiarme –me dijo. Lo que no entiendo es por qué Alba, después de todo lo que habló con ese Alejandro, se atrevió a volver con Ángel. Ah, sí, porque creía que él iba a ir a un psicólogo. ¡Con lo cabezón que es Ángel, que no quiere escuchar consejos de nadie! - 202 -


Ahora dicen que Alba se ha escapado, asustada, pero que después ha pasado algo y ha desaparecido. ¿Qué es lo que ha pasado? ¡Nadie lo sabe a ciencia cierta! Dicen que no contesta al móvil… que lo tiene desconectado… Por favor… ¿Dónde está Alba, dónde y con quién?

……………

Samuel, por fin, se ha dormido. Alba lo sabe porque lo llama en voz bajita y él no contesta. Entonces, ella mete su cuaderno en la mochila y se levanta muy despacio. No se atreve a bajar las escaleras, no vaya a despertarlo, pero se mete en el cuarto del ordenador. Siempre está encendido, le ha dicho Samuel. ¡Alerta permanente! Quisiera meterse en el correo, o en Facebook, donde sea, poder decir dónde está… Da igual, las manos le tiemblan de tal modo que no puede teclear. ¡Niñata estúpida, que siempre tienes que meter la pata! Sin pensarlo, pulsa “enter”. Eso sí puede hacerlo, solo es tocar un botón. El Skype está abierto. Samuel registra todas las conversaciones. Pero… hoy no han hablado, si ella ha estado todo el día de viaje. Alba no puede creerlo. ¿Desirée? ¿Anaís? ¿Lydia? ¿Sandra? ¿Quiénes demonios son todas esas mujeres? Bueno… ¡lo de “mujeres” es un decir! Alba entra en el Skype, lee las conversaciones, mira las fotos. Son conversaciones sencillas, como las que tenía con ella. Pero… ¿cuántos años tienen? Quince, catorce, quince… ¡Trece! ¡Doce! - 203 -


¿Qué pasa con este tío? De pronto se da cuenta de que no está sola. Alba no puede controlarse, y grita…

Lucy.Tatiana está muy rara. Acaba de mandarme un wasap, un mensaje muy diferente a los que suele mandar. “pueds venir a m keli? toy n m cuart xfa tq”. O se ha equivocado de destinatario o se ha vuelto loca. ¿”Xfa”? ¿”Tq”? ¿A mí, a una chica? ¡Tatiana no es así! ¡Tatiana no pide: ordena! ¡Tatiana no dice “tq”, sino “”, y date por contenta! ¡Tatiana es mucha Tatiana! Como lleva tantos años sufriendo el desamor de su vecino y eterno sueño romántico, cree que tiene derecho a tratar a todo el mundo con la punta del pie, como si todo se le perdonara a ella solo por su mal de amores. Intento llamarla, pero ahora tiene el móvil desconectado. ¡Como Alba! ¿No estará, simplemente, haciéndose la interesante para no ser menos que su et? Pero, aunque estoy en el campo con mis padres y está empezando a amanecer, me visto y me voy para su casa, como siempre que me necesita, y, no sé por qué, a medida que me acerco me apresuro más y más, hasta acabar casi corriendo, jadeando, con el corazón en un puño. Algo pasa. Algo pasa. ¡Tatiana…!

……………

Alba llora, tendida boca arriba en la cama. Samuel le tiene cogidas las dos manos, apretadas, y la mira a los ojos. ¡Parece tan dolido…! - 204 -


Ella sigue llorando. -Lo siento, lo siento… Él le reprocha, diciendo: -Confiaba en ti.

Celina.Solo sabemos que está en Madrid. ¡Madrid es tan grande…! Claudia no quiere decirles nada a sus padres. Yo creo que deberían saberlo, pero Claudia dice que Alba no se lo perdonaría nunca, y que ya vale con lo que le ha hecho. ¿Qué le ha hecho? No me lo ha dicho, a mí, que soy su mejor amiga; sin embargo, Alex lo sabe. ¡Pues vaya mejor amiga! Pero nada tiene importancia, no, comparado con que Alba no esté. ¿Dónde está? Yo llamaría a la policía, la verdad. Voy a llamar a Fabio, a ver qué opina…

……………

-Yo no tengo hambre, ¿y tú? Alba no tiene apetito tampoco, pero después de haber vomitado todo lo ingerido ayer, sabe que debería reponer fuerzas. -Bueno, un poco sí –dice. -Luego iré a la tienda a por pan y alguna bollería. Es que en casa no tengo casi nada. -¿Y cómo te apañas? -Suelo comer fuera –dice él. Alba piensa que se sentiría mucho mejor en un bar, en la calle, rodeada de gente. -¿Me visto y salimos a desayunar? –propone, encantada. - 205 -


-No, ya voy yo. Tú descansa. Alba no sabe cómo pedírselo sin que se dé cuenta de que está atemorizada. -Me apetece salir un poco… -aventura. Samuel la besa en la frente y se pone de pie. No es muy alto, pero parece dominarlo todo desde arriba. ¡Cuestión de actitud…! -Estás con la regla, pequeña. Descansa. Ya habrá tiempo… Alba aprieta los dientes. Un momento después, oye su voz desde abajo. -Cerraré con llave, no sea que alguien te dé un susto… -y, más lejos, ya desde fuera- : Aquí estamos tan aislados…

……………

Cuando el coche desaparece por el caminito, Alba corre a la puerta. Sabe que está cerrada, ha oído la llave, pero, de todas formas, prueba. Las ventanas tienen todas rejas; Alba corre de un cuarto a otro, comprobándolo. ¡La puerta del patio! Acciona el picaporte, no gira, está cerrado. Alba solloza de impotencia.

Tatiana.Solo puedo llamar a Lucy. Es la única amiga que tengo, la única que me aprecia, y la verdad es que ni sé por qué, porque no se puede decir que la trate muy bien. Sé que soy muy poco cariñosa con la gente, que soy punzante e irónica, que no perdono una. En lo más hondo no me siento así: es como si fingiera todo el rato, como si fingiendo que soy otra no pudieran llegar a la chica susceptible, sensible, fácil de herir, que se esconde dentro de mí. - 206 -


¡Qué tonterías digo! Sé que Lucy vendrá. He esperado hasta la hora en que se levanta su padre para ir a trabajar, y le he mandado un wasap. Sé que en cuanto su padre se vaya, Lucy saldrá de su casa y vendrá aquí, tal como le he pedido. ¡Y yo que creía que Alba mentía, que tenía mucho cuento…! No me atrevo ni a darme la vuelta en la cama, ni a acercarme a la ventana, ni, mucho menos, al espejo. Suena el móvil: “Soy lucy, abre”. Qué lista es, ha adivinado que no quiero que mi madre se despierte para abrir la puerta. Me asomo un instante por la ventana, con la cara tapada por el pelo suelto, y le arrojo la llave. No puedo arriesgarme a que mi madre se cruce conmigo así por la casa. Lucy me ayudará, ella lo sabe hacer todo. ¡Menos mal que la tengo a ella! En realidad, es que solo la tengo a ella…

……………

¡El cuarto de baño! La ventana es muy estrecha y da a la parte de atrás. No tiene rejas, Alba no sabe por qué, pero no se para a preguntárselo. ¿Cabrá por ahí ella? No, imposible; sí, si quita las correderas de aluminio blanco, tal como las desmontan en su casa para limpiar los cristales con más comodidad. Las quita. Ahora sí que cabe, si pasa la cabeza pasa todo. No, eso es por el canal del parto, pero ya no es un bebé y no sabe si cogerán sus caderas por ahí. ¡Estos últimos meses ha adelgazado tanto…! Le parece que cabrían ella y otra como ella, juntas. La ventana es alta. Alba se sube al wáter. No llega bien.

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En “la alcoba” ha visto un taburete estrecho y alto que, supone, se usa para llegar a la parte más alta del armario empotrado. Corre a por él. Lo pone sobre la tapa cerrada del inodoro. Como se resbale, se va a romper la crisma. Lo levanta, mete debajo una toalla, se supone que ayudará a que no se deslice. Se sube. Tiembla mucho, pero ya se ha acostumbrado a temblar. Lleva temblando desde que saliera de Córdoba, y ya hace veinticuatro horas… No pienses, no pienses. ¡Bien! Alba se apoya en el alféizar y mira hacia el exterior. Por fuera está mucho más alto: por eso no tiene rejas. Bueno, saltará. Un pensamiento intruso, que se cuela solapadamente en su cabeza, le hiela la sangre en las venas: ¿Y si te rompes un tobillo al saltar y quedas abajo lesionada, la perfecta presa para que Samuel te devuelva a tu prisión, sumisa e indefensa como un gatito recién nacido? Con fiereza, se responde en voz alta: -¿Y si no? Y la vocecita ésa que ya la está rallando: -Pero ¿y si… sí? -Bien: ¡si eso ocurre, me arrastraré hasta el bosque! Tengo tiempo antes de que él vuelva (espero) y el pueblo no está tan lejos. ¡Prefiero que me devoren los lobos a que me devore este tío tan raro! (Venga, qué lobos, Caperucita, no hay lobos en la sierra de Madrid). Pues mejor, me arrastraré hasta la carretera y cuando él ya haya pasado intentaré llegar al pueblo. Y salta. La toalla resbala y el banquito cae al suelo con gran estrépito.

…………… - 208 -


Si Tatiana no le hubiera dicho eso… La había llamado, esta vez había sido él (qué contenta se puso Tatiana) para preguntarle si sabía algo, si había oído algo sobre Alba. Era el viernes por la tarde. Tatiana no sabía nada, pero le dijo que se conectaría y seguro que se enteraba de algo. Pero, no: no se enteró de nada. Solo contestó Lucy, que se iba al campo con sus padres. Bueno, estarían por ahí, quizá comprando las cosas para el botellón; desde que Fabio y el Gato eran mayores de edad, no las necesitaban tan acuciantemente a ella y a Lucy para que compraran, y por eso muchos viernes y sábados por la tarde ellas prefería n no quedar. Así que llamó a Ángel. -Nadie ha comentado nada –le informó. -Pues te aseguro yo que ha pasado algo gordo –insistió Ángel, que estaba muy raro. -¿Dónde estás? –le preguntó Tatiana. -He salido a tomar unas birritas con unos colegas… Estamos en La Aduana. -Espérame, me peino y voy para allá –dijo Tatiana, y colgó inmediatamente para que Ángel no tuviera tiempo de poner alguna excusa. A Tatiana no le daba miedo ver a Ángel bebido; precisamente sus mejores recuerdos con él eran así, bien harto. Los colegas de Ángel se habían ido hacía rato. Cada uno tenía sus planes y su vida. Solo quedaba con él el duende, pero Ángel procuraba no escuchar su voz ni sus cascabeles. Estaba cansado de que fuera siempre, siempre con él. Si el duende era su conciencia, ¿por qué no se dormía ya? La mayor parte de la gente no tiene conciencia y, si la tiene, no le hace caso. ¿A qué venía esa conciencia-duende suya, amargándole la vida, joder? La culpa era del juego, el juego que inventara mamá. Con eso empezó todo. - 209 -


Tatiana se pidió un cubata nada más llegar, y Ángel se asombró: -¿No vas muy rápido? -Para ponerme a tu altura–contestó ella-. Ya me he tomado un chupito de ron en mi casa, antes de salir. Lo usamos para guisar la carne. -Entonces, ¿no sabes nada de Alba? –a Ángel le importaba bien poco para qué usaban el ron en casa de Tatiana. -No, pero dime: ¿qué es lo que sabes tú? Ángel necesitaba desahogarse, y sabía que Tatiana era de fiar, que no iba a ir repitiendo lo que él le contara. -Vaya… -comentó ella impactada, cuando él le detalló la conversación sostenida con “el tío”, tal como la recordaba. -¡A cuatrocientos kilómetros está, me dijo! –repitió el muchacho. Tatiana le veía muy agobiado y pensó que el aire fresco le sentaría bien. -Ven, vamos a dar un paseo. -Hace frío –protestó él. -Sí, pero te vendrá bien. Ángel la siguió como un corderito… no sin antes pedir otra cerveza, que se llevó. Hasta Tatiana se sintió tentada de decirle: ¿no has bebido ya bastante? No lo hizo; por Dios, ni que fuera yo su madre, o su novia, pensó. Con ella, que bebiera todo cuanto quisiera, ella no se lo iba a prohibir, no iba a coartar su libertad; a su lado Ángel tenía que sentirse libre y a gusto. En el parque, Ángel caminó instintivamente hacia “su” esquina –suya y de Alba- y Tatiana lo siguió. -Es una zorra, me ha dejado –se lamentó él. -Pero ¿habíais vuelto a salir? ¿Estabais juntos otra vez? –indagó Tatiana.

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-Sí, hace casi un mes, desde mi cumpleaños… lo que pasa es que decidimos esperar antes de decírselo a todos. Íbamos a decíroslo ayer, anoche, en el botellón… -Y ¿estando contigo se ha ido con el otro tío? –se asombró Tatiana, intentado ignorar la punzada de dolor que las palabras de Ángel originaban en su pecho-. ¡Qué puta! -Tú lo has dicho. -Es que tienes que olvidarla, Ángel –siguió ella, acalorada-. Esa niñata no sabe lo que es querer. Olvídala. Pasa de ella. -Claro, claro… -aceptaba él, bebiendo largos tragos. -Si miraras a tu alrededor –prosiguió Tatiana- te darías cuenta de lo que tienes, que no sabes apreciarlo –y entonces, sin previo aviso, se echó en los brazos de Ángel, le buscó la boca, le abrazó. Ángel no lo esperaba; entre su borrachera y su tristeza, en lo que menos pensaba era en enrollarse con Tatiana como otras veces. Y, como no lo esperaba, la rechazó con menos miramientos que si hubiera tenido tiempo para pensar. Tatiana se tambaleó, retrocediendo. Se sintió furiosa, avergonzada, humillada. Él estaba muy borracho, probablemente mañana no recordaría nada. Ella, en cambio, no lo olvidaría jamás. Le odió. Con tanto asco por sí misma que parecía todo asco por él, masculló: -Vaya, vaya… cornudo y apaleado, ¿no? Ya veo que prefieres seguir siendo el cabrón de la niñata ésa… Entonces, Ángel se le echó encima. Por eso, aquel viernes por la noche, Tatiana regresó temprano a casa y se acostó enseguida. Y no durmió.

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Ángel sabía que, de haber podido, el duende habría liado su petate para irse. El duende y él mismo. Ojalá pudiera irse muy lejos, a algún sitio donde no tuviera que pensar, donde no llegara la voz del duende, ni el canturreo de mamá, ni el olor de papá… Le gustaría encontrar un lugar en el que poder echarse a dormir bajo el sol o junto al fuego, tal vez arrullado por las olas, para soñar con su dorada princesa y olvidar todo lo demás. Olvidar a esa niña de las coletas que se había ido a su casa con la cara señalada, como otras veces Alba, como hace años mamá. Olvidar que la princesita se había convertido en bruja… No, bruja, no: tú te lo buscaste. No es el duende quien habla, sino él mismo. El duende ya no le quiere ni hablar. Pensará: ¿para qué? Nada sirvió de nada. Nada le importará ya nunca. Si mamá dejase de cantar…

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CAPÍTULO XIV ¡Qué fácil es volar! ¡Qué fácil es! Todo consiste en no dejar que el suelo se acerque a nuestros pies. A.Machado

El banquito ha caído, pero ella ha conseguido saltar hacia afuera. No se ha roto el tobillo. Se lo ha torcido un poco al caer, pero lo mueve en círculos, se lo masajea y enseguida se pasa. Si duele, se aguantará. Había pensado que irse sin su móvil sería impensable y ahora se ríe de sí misma, pero también se increpa. ¡Por un maldito móvil, totalmente reemplazable y prescindible, se ha metido en la boca del lobo, se ha metido en la casa de un desconocido que, si no está loco, al menos sí que es un… pedófilo, un viejo verde, un corruptor de menores, un tipo nada de fiar! ¿Qué podía haberle pasado? Alba se estremece y decide no pensar mientras huye, no pensar más que cuando sea estrictamente necesario. Se acomoda la mochila –nunca ha corrido con una mochila tan grande y pesada- y mira al frente, buscando una dirección derecha a la que correr. ¡No tiene intenciones de dar vueltas sin sentido por el bosque y la sierra hasta que el agotamiento la lleve de vuelta a la casa de Samuel! Recuerda con dificultad el camino por el que ayer llegaron, pero lo sigue. Él volverá con pan y dulces (eso dijo) y la verá correr… ¡Pero es que correr fuera del camino sería como comprar billete para caerse, seguro! Cuando vea a lo lejos un coche, se esconderá tras un árbol o se tirará al suelo, no va a andarse ahora con tiquismiquis. Empieza a correr. Sus zapatos son cómodos, los que usa cada día para el footing; el aire de la mañana la renueva; mientras pueda correr se sentirá viva. Alba corre; cien metros, quinientos, un kilómetro…

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A lo lejos, al fondo del camino serpenteante, se adivina el puntito, brillante bajo el reflejo del sol, de un coche que se acerca. Alba zigzaguea, con el corazón disparándosele en el pecho, y se aparta del sendero. Los árboles están lejos, pero llega hasta ellos y se oculta. El coche es el de Samuel, ya lo reconoce. Que pase de largo, que pase de largo, Dios, por favor… Hace muchos años que no ha rezado una oración bien rezada, pero pedir y suplicar a Dios lo ha hecho mucho en los últimos tiempos, aunque no está segura de si Dios le hace caso o no. Bueno, todavía está viva; en sus circunstancias, eso ya es un logro. Escondida como está, ve que el coche se detiene en mitad del camino. ¡La ha visto! ¡Samuel la ha visto! No sabe si quedarse quieta mientras él desciende, cierra y se dirige derecho al punto donde ella se ha escondido. Pero ¿va a quedarse quieta? ¡La encontrará! ¡De ninguna manera! Alba da un salto y se pone a correr. Cuidado, no te enganches en las zarzas, ni en las ramas, ni en los helechos… Él grita: -¡Alba! ¡Alba, ¿por qué corres de mí?! –y la sigue. La va a alcanzar, él conoce mejor el sitio. Alba piensa -¿cómo puede pensar?- que no debe caer en la trampa de internarse por vericuetos ocultos que la lleven más adentro. Cambia de dirección; de todas formas él va a seguirla vaya donde vaya. Corre hacia el camino, mira al suelo, por favor, no tropieces, no caigas, no te pase como a las chicas de las películas. Corre, con cuidado pero corre. (Corre, Forrest) Ja, ja, no está el momento para bromitas, mente mía.

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Ya alcanza el camino… no se ha atrevido a mirar para atrás antes, por si al hacerlo tropezaba, pero ahora lo hace durante una fracción de segundo. Samuel no ha conseguido ventaja, no es un campeón de carreras, gracias a Dios. Él grita, jadeante: -¡Alba! ¡No me hagas esto! ¡Te traigo napolitanas de chocolate y flores! Alba piensa: Dios mío, como se dé cuenta de que si coge el coche y avanza aunque sea marcha atrás podrá alcanzarme… Él sigue corriendo pero cada vez más despacio. Ella siente ya el aire arañándole la garganta al entrar, el corazón pum-pum-pum-pum golpeándole hasta las sienes, zumbándole en los oídos; intenta acompasar la respiración como había aprendido, pero le duelen tanto los muslos y los pies que cada zancada parece conseguida a base de dolor y crujir de dientes. Se permite otra vez el lujo de mirar atrás. ¡Dios, Dios, va hacia el coche, ha comprendido lo evidente! Un grito escapa de entre sus labios resecos. Sin saber cómo, saca fuerzas de flaqueza, redobla los esfuerzos. El coche avanza… todavía lejos… despacio, porque va marcha atrás y sabe que si se descuida podría acabar en la cuneta. ¡Si encuentra un claro… y los hay… y se para a darle la vuelta, Alba sabe que estará perdida!

……………

Claudia no ha podido dormir en toda la noche, así que al amanecer se toma un tranquilizante, a ver si al menos deja de temblar y puede empezar a pensar con claridad.

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Se ha adormilado por fin, acurrucada en el viejo sillón de su cuarto, con el móvil en una mano y la otra entre las piernas como si quisiera calentársela y a la vez inmovilizarla con el calor y la presión de su cuerpo. Claudia está soñando. Sueña que corre (¿ella, con lo sedentaria que es?), que corre por un camino amarillento, sueña que le duelen los pies, que no puede respirar pero sigue corriendo, las piernas le pesan toneladas. Un coche la persigue, el coche va despacio, ahora mira hacia atrás y lo ve dar la vuelta en alguna bifurcación. No puede gritar, no va a desperdiciar aliento en gritar, grita por dentro hasta aullar a la luna. El coche avanza de prisa. Dos minutos, menos, y habrá llegado. Claudia se está ahogando… Con un grito, despierta y se echa a llorar.

……………

Por mirar atrás, no ve el centro comercial hasta el último momento. Se alza a su derecha, junto a la carretera secundaria, pero empieza allí, a veinte metros. De pronto el caminito acaba, no hay más que cruzar la calzada y allí están: el Carrefour; a su lado un gran bazar chino, y a continuación un almacén de decoración y bricolaje enorme. Es como si la empujaran por detrás dándole impulso. La salvación está allí, a unos metros. Samuel la está alcanzando… pero tiene que detener el coche, abrir la portezuela, bajar… justo el tiempo necesario para que ella, de un salto, se pierda de vista entre los grandes almacenes que la rodean. Tendría que esconderse para recuperar el aliento, y lo va a hacer. ¿Dentro? No se atreve a cruzar las puertas: él puede verla. Hay muchos coches aparcados. Alba elige uno oscuro, se agacha entre él y el de al lado y se parapeta, asomando, muy baja, la cabeza. - 216 -


La gorra del Gato va a ser impagable, ¡oculta tan bien sus rubios cabellos, que cantan en dorado! Ve a Samuel moverse de una puerta a otra. La busca. No se le ocurre que ella no haya entrado. Pero no se le ocurre entrar, que es lo que ella necesitaría. Si él entrara en algún sitio, ella podría correr a otro, esconderse, pedir ayuda… Samuel se coloca en un punto intermedio desde el que puede observar las tres salidas. Muy bien, ella puede esperar. Tienen todo el día para jugar al escondite. Toda la vida, si es necesario… Jugarán.

……………

Han pasado dos horas. Samuel sigue vigilando las puertas, Alba sigue vigilando a Samuel. ¿Quizá él va perdiendo interés? Ni hablar: se pasea a grandes zancadas, mira hacia otros lados, hacia los coches aparcados –Alba ya ha cambiado de parapeto tres veces-, contempla el paisaje, se rasca la cabeza… Quizá no está seguro de si ella seguirá dentro o no. Alba piensa que no pueden seguir ahí todo el día; tarde o temprano, los coches irán despareciendo, cada uno a su casa, y ella quedará expuesta. Tanta huida para acabar siendo cazada al final… ¡No, de eso nada! No sabe siquiera si Samuel irá a hacerle daño de veras o no. Puede que sea tan inofensivo como un bebé, pero no puede estar segura. Solo sabe que la tenía encerrada, que no la dejaba salir. Tal vez ella no supo pedírselo. Él no sabía que ella le tenía miedo. ¿O sí lo sabía? Samuel era muy inteligente, se lo había demostrado a lo largo de todos aquellos meses de relación virtual. Tenía que saber que ella estaba asustada; tenía que saber que no actuaban –ni él ni ella- de una manera normal. Y ahora, tenía que saber que lo que hacían era completamente de locos. - 217 -


Si él no hubiera tenido malas intenciones, ya se habría marchado. Se habría encogido de hombros, incluso puede que la hubiera hecho llamar por los altavoces del centro; apurándose más aún, si no hubiera tenido extrañas intenciones, le habría devuelto el móvil antes de permitir que ella pensase todo lo que estaba pensando, antes de consentir que se encontrara como ahora, perdida, sola, escondida como un animal acosado, sufriendo después de todo lo que había pasado ya. Él sabía lo mucho que ella había sufrido, no tenía la excusa de la ignorancia. Era culpable. Y Alba no iba a quedarse allí todo el día; de eso, nada. Antes se arriesgaría a que él la viera: ella corría más, podía meterse de un par de saltos en el almacén de bricolaje, que era el más alejado, y allí podía pedir ayuda. Dicho y hecho. Mejor ir con cuidado; si no la veía, todo sería más fácil. Alba tanteó el bolsillo del chándal para asegurarse: allí seguía su cartera, había tenido buen cuidado de guardarla junto a su cuerpo, no en la mochila, por si acaso. Se sentía orgullosa de sí misma por su precaución: documentación y dinero, mucho dinero que le quedaba todavía de lo que le prestaran Alex y Claudia solo un día y medio atrás, un siglo. Despacio, muy despacio, fue desplazándose entre los coches, buscando alejarse cada vez más de Samuel y acercarse al extremo del aparcamiento. Él estaba de espaldas en aquel momento. Seguía mirando a la sierra y observaba las nubes que cada vez se ennegrecían más. Noche, tormenta, sierra y soledad. Qué desagradable cuadro para una chica q ue está sola y no sabe adónde recurrir. Si pudiera llegar adentro sin que Samuel la viera… Dentro había gente, había calor, había posibilidades, vida. Dentro había cabinas de teléfono desde las que llamar a su hermana. Solo pensarlo, se le humedecieron los ojos. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? ¿Por qué no había confiado en Claudia? Solo por ese estúpido orgullo malentendido que no la dejaba atreverse a confesar que era, como tantas otras, una mujer maltratada que había vuelto al lado de su maltratador. - 218 -


Era como decir: soy tonta, lo sé y lo admito. Pero tonta ¿por qué? Simplemente, no había sabido interpretar las señales. ¡No era la única! Solo podía decir: ahora me escaparé… o lo intentaré, al menos. No dejaré que me pise la cabeza alargando el cuello para que le sea más fácil. Si tengo que morir, moriré luchando. El Ché Guevara (ese cuya foto salía en las toallas, en los gorros, en las banderas, y que muchos llevaban sin saber siquiera que fue un luchador por la libertad de su patria) había dicho: “Prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado”. Alba decidió que también ella moriría de pie. Miró hacia Samuel. Él seguía de espaldas. Ella, sin incorporarse del todo, cruzó, corriendo a toda velocidad, el claro que había entre los coches y las puertas de entrada. Entonces volvió a mirar a Samuel y él se estaba girando. Alba no supo si la había visto o no; él no hizo ningún gesto (o ella no llegó a verlo), siguió inmóvil. Alba entró al almacén corriendo. Pensó en refugiarse en los aseos, pero aquello sería como pasar de un callejón sin salida a otro, si es que él entraba. En los aseos sería el primer sitio donde la buscaría. ¡Las cabinas! Las cabinas para hablar por teléfono estaban junto a la ca fetería. Llamaría a Claudia. Aunque tuviera que cortar enseguida, Claudia vería el número y no tardaría en ponerse en comunicación con el Centro Comercial. Claudia era muy lista y no se rendía fácilmente. Pero ¿cómo demonios funcionaban esas cabinas? Alba no las había utilizado en su vida; ella pertenecía a la era de los móviles, y en ese mundo suyo las cabinas eran cosa desfasada, como las postales por correo o los discos de vinilo, algo encantador pero completamente vintage. Tampoco era tan difícil, sabiendo leer. Inserte monedas, marque el número…

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Bendijo en aquel momento a sus padres por haberlas obligado a aprenderse siempre de memoria una serie de números de móviles: los de padres, los de los abuelos, los de cada una de ellas, los de los amigos más íntimos, hasta los de la vecina, por si pasaba algo estando todos fuera de casa… Algo tan absurdo - habían dicho las mellizas siempre- teniendo agenda los móviles. Algo imprescindible, habían insistido los padres. Ahora comprendía lo imprescindible que aquello podía llegar a ser. De vida o muerte. “El móvil al que usted ha llamado está apagado o fuera de cobertura…” ¡Maldita sea! Menos mal que también se sabía el número de Alex. Nerviosa como estaba, tuvo que repetírselo dos veces para estar segura. Empezó a marcar. Samuel. Acababa de aparecer. Iba hacia ella. Sonreía. Lo que más miedo le daba a Alba era la sonrisa. Pero ella no iba a quedarse allí quietecita como el pajarillo al que fascina la serpiente. Ella iba a echar a correr. ¿Y si la paraban, y si la detenía un guardia de seguridad? ¿Qué? ¡Pues mucho mejor si la paraba un segurata! Así que corrió sin mirar atrás, procurando solamente no tropezar con nadie para no perder el tiempo, y no tirar nada. Corrió y Samuel corrió detrás, y allí, que no podía tomar velocidad, Alba supo que era cuestión de ingenio el evitar que la cogiera. Pero ¿acaso era esto un juego? Tarde o temprano, se dijo de nuevo, esto tiene que acabar. No iba a pasarse la vida huyendo, huyendo de Ángel, huyendo de Samuel, huyendo de sí misma. ¡No! Alba corrió con rumbo determinado, corrió buscando a un vigilante, y cuando lo encontró, se creyó salvada. -¡Por favor! –suplicó, cogiéndole del brazo. - 220 -


-¿Qué quieres? –le preguntó el guardia, soltándose sorprendido. -Ese hombre… me está siguiendo, no deje que… Alba creía que Samuel se alejaría, o al menos se mantendría apartado, impresionado por la autoridad; no contaba con su increíble complejo de superioridad, que le llevó, por toda la cara, a acercarse a ellos, diciendo: -Alba, cariño, ¿por qué corres así? ¿Otra vez te ha dado esa ventolera?–y, mirando al guardia con desparpajo, agradeció- : Le quedo muy reconocido, agente, por haberla retenido aquí, no sabe c uántos disgustos me da esta niña… Alba no se lo podía creer. El guardia la miraba con sorna y a la vez con cierto mosqueo, como si pensara que ella había querido burlarse de él y le había salido el tiro por la culata. Samuel extendió el brazo y la cogió de la muñeca. -Vamos, acabemos ya con las tonterías –dijo, autoritario. Alba inclinó la cabeza y sintió el escozor de las lágrimas que la impotencia le arrancaba. Las voces altas y arbitrarias le inspiraban un temor rayano en lo absurdo, seguramente por las veces que las había oído precediendo a un empujón, una mirada achinada, un golpe mental. Se recolocó la mochila y sintió calor en las mejillas antes de levantar la mirada, no la cabeza, y mirar a su carcelero entre las cejas fruncidas. Pero de pronto recordó que se había prometido no volver a ser nunca más la pequeña sumisa de ayer. En aquella noche de insomnio y miedo, algo en ella, conscientemente, había decidido que no volvería a callar, ni para evitar una escena ni para no perder las apariencias. Dejó que la mochila resbalara de su espalda y cayera al suelo con un golpe sordo. -No es mi padre y no me voy con él –le dijo al guardia. -Miren, no quiero problemas… -empezó éste. -No se preocupe, no los va a tener –aseguró Samuel, endureciendo la mirada y la presión de su mano. -No es mi padre. - 221 -


-No traigo el libro de familia, pero, vamos, si es que no hay más que vernos –argumentó él con todo descaro-, yo ya tengo el pelo gris pero se nota que he sido tan rubio como ella… El vigilante se estaba cansando; se veía que iba a hacerle caso a Samuel: él era el adulto, el maduro, el que tenía que llevar la razón, y ella solo era la jovencita rebelde a la que no se podía dar un par de tortas por esto de las nuevas leyes, pero que las estaba pidiendo a gritos. -Miren, yo tengo que seguir a lo mío, que es la vigilancia… -se excusó, empezando a darles la espalda. Alba le agarró del brazo, exclamando: -¡Aquí tiene mi carnet, pregúntele mis apellidos! ¡No los sabe! ¿Qué padre ni qué familiar desconoce los apellidos de su… “protegida”? –y le tendía su cartera, sacándola del bolsillo del chándal. ¡Y no vaya a decirlos en voz alta antes de que los diga él! –advirtió rápida, quizá innecesariamente, pero pensando que a veces a los adultos hay que guiarles como si fueran niños empezando a andar. El guardia de seguridad miró el carnet, miró a Samuel e interrogó: -¿No le importará, verdad, decirme los apellidos de esta joven? Ya sabe, pura formalidad… Alba casi se desmayó de alivio cuando vio a Samuel mirarla, mirar al guardia de seguridad y retirar la mano serísimo, como si le hubieran insultado. Pero ya el otro no se dejó engañar. -Sabrás que puedes denunciarlo, ¿no? –le dijo a Alba, pero mirándolo a él. Y Samuel corrió: literalmente, se dio la vuelta y echó a correr hacia las puertas. -Gracias –susurró Alba. Y empezó a llorar. No podía detenerse. -No sé qué voy a hacer contigo –dijo el hombre, agobiado-. Desde luego, no te dejaré sola hasta que no me digas adónde puedo mandarte. Te llamaré un taxi, tus padres podrán pagarlo cuando llegues a tu casa, supongo. -¡Vivo en un pueblo de Córdoba! –explicó ella, entre lágrimas-. Pero voy a llamar a mi hermana, por favor, no me deje sola hasta que no venga ella.

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-Bueno, creo que si tiene que venir desde Córdoba no voy a tener más remedio que dejarte… -al ver la cara de la muchacha se apresuró a añadir-: pero parece un caso serio, así que te llevaré a la zona de administración y podrás esperar allí, con la secretaria. -Me robó el móvil –declaró Alba, señalando hacia el lugar por donde había desaparecido Samuel-. Pero puedo llamar desde la cabina, me sé el número. Antes estaba llamándola, pero estaba fuera de cobertura. -Llama desde mi móvil –le ofreció él. Esta vez el número de Claudia estaba activo. Alba lloró, pero se pudo explicar. Y Claudia, cosa que extrañó y encantó, en el fondo, a su hermana, también lloró.

Fabio.Menudo show… ha sido un viaje inolvidable, y el motivo por el que íbamos, alucinante. Menos mal que pudieron contar con mi coche; entre todos pagamos la gasolina. Claudia quería pagarla solo ella, pues era para ir a por su hermana (“la loca de mi hermana”, puntualizando) pero Celina dijo que eso no sería justo, y que entre los seis cabríamos a muy poco. Fue un detallazo por su parte (Celina tiene siempre detalles a agradecer), y más cuando ni ella ni Carmen vendrían porque no podíamos ir más de cuatro, para, a la vuelta, traer a Alba. Nunca entenderé por qué Alba hizo lo que hizo. ¿Dónde está la lógica de esta muchacha? Bueno, de hecho, con tantas rarezas, ha conseguido que a mí se me caiga la venda del todo: ya no siento por ella aquella pasión, ya la veo más bien como a una divertida chavalita a la que le suceden todas las vicisitudes, “Alba-todo-me-ocurre-a-mí”. De verdad, es demasiado para seguir viéndola igual que antes. No es normal que cojas la mochila y te largues, hala, a Madrid, como quien se va a la Fuente Agria a coger piñas, ahí es nada, cuatrocientos kilómetros en autobús, con el dinero de su hermana y de Alex, engañando a toda la peña… y todo por huir de su novio.

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Eso de que huía de Ángel yo no lo supe hasta el viaje de vuelta. Todo el camino de ida fui preguntando, y se notaba que Alex y Claudia sabían por qué se había ido, Alba había hablado por teléfono con los dos, pero no quisieron decirnos nada, ni al Gato ni a mí. Los dos hicimos como que nos parecía bien y comprensible que guardaran un secreto que en realidad no era suyo, sino de Alba, pero, claro, yo sabía que al Gato se lo iba a contar Alex antes de que pasaran dos días, no pueden ocultarse nada uno al otro, eso se ve. Me preguntaba a qué esperaban para formalizar lo suyo y confesárnoslo, se veía a la legua. Al principio me pareció increíble y horrible que el Gato, de pronto, resultara gay, después de haberlo visto con tías y, últimamente, con Celina. Y, sin embargo, precisamente ha sido Celina la que me lo ha explicado de tal manera que lo he entendido con toda claridad. Celina ahora habla mucho conmigo, y dice que me va a “reeducar”, que tonterías tiene, pero se esfuerza en explicarme muchas cosas desde puntos de vista que yo no había contemplado. Parece que el hecho de que el Gato haya estado con Celina me lo hace ver menos alejado de todo lo “normal” de lo que veía a Alex. A Alex, desde que se supo lo que era, no pude evitar verlo diferente, casi como si tuviera una malformación de esas que no quieres mirar para no humillar al que la tiene, pero que no puedes evitar las miraditas de reojo. En cambio, el Gato –me ha dicho Celina- simplemente se ha enamorado de Alex. Lo mismo, solo que mucho más intenso, que cuando se enamoró hace unos meses de Celina, y antes de otras… ¡Si todavía recuerdo cuando se pilló como un loco por Pilar, aque lla niña del colegio! El Gato se enamora de la persona, y no siente asco porque esa persona sea de su mismo sexo. Puaj, yo lo sentiría, seguro… Donde se pongan las curvas de una tía, su piel, su pelo largo… (ya, lo del pelo también podría decirlo de algunos tío s, de Ángel, por ejemplo, y la piel suave… hoy día… hasta yo me depilo el pecho y las piernas en verano, exigencias de la moda. Pero que hay otras cosas, joder). En fin, que, siempre según Celina, con la que el Gato habla largo y tendido, lo que importa es el Amor, sea hacia quien sea. La bisexualidad no es cuestión de vicio, y si lo es será en algún que otro - 224 -


caso más aislado, pero en realidad es, simplemente, cuestión de mente abierta, de no dejarse influir por los prejuicios que nos inculcan desde la cuna, desde el útero. Con lo gráfica que ella es, me ha soltado: -La primera vez que a mí me dijeron lo que había que hacer para “tener niños”, ya ves, yo tendría unos nueve o diez años, y pensé: “¡¡¡¡aaaagggghhhhhhh, qué ascoooooo!!!! ¡Ni muerta hago yo eso! ” Luego fue pasando el tiempo y, a veces, me decía “a lo mejor cuando esté enamorada de verdad, sí que lo haré”. Y llegó un momento en el que pensé que aquello debía ser la Prueba del Amor, y lo hice. Y, oye, ¡no estaba nada mal! Así que ahora piensa: la primera vez me dio asco… Si me hubieran dicho que tenía que enrollarme con alguien de mi mismo sexo, habría sentido, probablemente, el mismo asco, y después, poco a poco, me habría ido mentalizando para la acatar lo inevitable… Lo que demuestra que no es cuestión de “natura” ni “contra natura”, sino de educación y enseñanza. Mirándolo así… y mirándola a ella, con su expresión vehemente y la manera en que le brillan los ojos cuando se empeña en algo… empiezo a comprenderlo y a aceptarlo. Me hubiera gustado que viniera Celina en aquel viaje, me gusta hablar con ella, me gusta oírla reír y luego ponerse seria y soltar alguna verdad, como ella suele. También me gustan sus rizos rojos, y un lunar pequeñito, castaño, que tiene justo debajo de la oreja, y que solo se le ve cuando se echa hacia atrás un ricito que parece estar bailando siempre a su aire, rebelde e indisciplinado. Pero el coche no era un autobús, cinco plazas y apretaditas, y Claudia, por derecho, era la primera; Alex tampoco cedía su puesto, y todos lo aceptaron no solo en calidad de mejor amigo sino porque fue a él a quien llamó Alba primero, el domingo a mediodía, desde la estación de autobuses. Y, claro, sin discusión: donde iba Alex, iba el Gato. Todavía no se sabía nada (al menos no oficialmente) de lo suyo, pero cuando dijo “a mí me gustaría ir también…”, nadie se atrevió a disputarle el lugar. Cuando vi a Alba sentada en un sillón en la zona de Administración del almacén, con una taza de café en la mano (no había dormido en toda la noche) y las ojeras tan violáceas, sentí el último retortijón - 225 -


de amor no correspondido, el de la despedida. Hubiera corrido a cogerla, a estrecharla entre mis brazos, a besarle el pelo, la cara… Pero no lo hice y nunca más desearé hacerlo. Alba, para mí, se acabó.

El Gato.Fue un viaje estresante. Tenía que serlo, porque íbamos a buscar a Alba, tranquilizados y mucho, eso sí, por poder ir a buscarla, por haberla encontrado sana y salva, aunque muerta del susto… Pero persistía la angustia, la angustia del “y ahora, ¿qué?”, la angustia de cómo la encontraríamos de ánimo, y de qué íbamos a hacer entre todos para protegerla. Fabio no sabía nada. A mí me lo contó Claudia a la vez que a Alex, porque, por esta vez, Alex solo sabía de la misa la mitad. Alba no le dijo, cuando habló con él, lo que había pasado la noche anterior con Ángel, las amenazas que había proferido, y por eso era tan difícil de comprender para nosotros el por qué se había ido Alba a la aventura, de pronto, a la buena de Dios. Pero Claudia vino a casa de Alex –estábamos viendo una película de aventuras buenísima de Humphrey Bogart y Catherine Hepburn “La reina de África”, que Alex se había empeñado en que era una “imprescindible”, y dijo que tenían que hablar. Yo, discretísimo, me levanté para irme, pero ella me dijo: -Da igual, Gato, voy a contártelo a ti también, tú sabes ya tanto del asunto… Y nos puso al corriente: Ángel la había amenazado de muerte si le dejaba, y por eso Alba no había sido capaz de seguir afrontando la vida normal, en su casa. Bueno, yo opiné que una buena paliza podría quitarle bastantes tonterías a ese Ángel bravucón… pero los otros me pidieron que me callara la boca porque con la violencia no se soluciona nada. Ah, vale, esperemos que Ángel piense lo mismo. Así que decidimos que lo primero era ir a buscarla y hacer que se sintiera arropada. Carmen y Celina no cabían en el coche, pero quedamos en que a la vuelta nos reuniríamos todos en Las Horas Muertas. Sí, todos, Alex incluido. - 226 -


Ya era hora de que Alex aceptara ver a su padre. Iba a ser un shock para el hombre: no solo su hijo, sino toda la peña con él, en masa... ¡me lo imaginaba y me daba la risa!, pero sería un buen momento porque necesitábamos sus consejos, también. Tal vez Alba no quisiera que todo el mundo –me refiero al grupo- se enterara de sus problemas con pelos y señales, pero en casos como el suyo, decía Claudia, la unión podía hacer la fuerza. Teníamos que cerrarnos en torno a ella como una piña, impidiendo que se abrieran resquicios por los que Ángel pudiera atacar. -Eso puede no dar ningún resultado –dijo Alex, asustado y pesimista-. Sigue habiendo casos de mujeres asesinadas por sus exparejas… más, incluso, que por sus parejas actuales… y es que ellos se pasan por el forro la orden de alejamiento y la protección que brindan a la víctima sus familiares y sus amigos. -También le haremos una visita a Ángel –afirmé yo. Claudia y Alex me miraron malamente, pero les corté. -Sin violencia física, pero no esperaréis que nos quedemos rezando el rosario en casita, ¿no? No habrá violencia si él no empieza, de veras, eso sí. En sus manos está. -Muy bien, ojo por ojo y el mundo acabará ciego –dijo Claudia, citando a Gandhi. -A lo mejor tú tienes una idea mejor –le solicité, con una reverencia. Pero se veía que no, que no tenía mejores ideas, así que tuvieron que aceptar mi propuesta les gustara o no. Alba estaba tan demacrada que parecía que se hubiera pasado un mes encerrada en una celda. Me di cuenta también de lo delgada que se había ido quedando en los últimos meses; como la veía a diario o casi, no lo había advertido. Comparada con Claudia, Alba parecía una anor éxica en su momento álgido. ¡Con lo atractiva que había sido siempre, con aquel cuerpazo a lo Beyoncé, con el escote turgente y las caderas que le estiraban los vaqueros de aquella manera tan sexy! ¡Bueno, como Claudia, que seguía igual!

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Alex decía que Claudia perdía atractivo por su miedo, por su manera de ser, tan fuerte y segura en apariencia que “echa p’atrás”. -Me recuerda a mi madre –apuntaba Alex-. Esa seguridad aparente que tiene, que hace que todos la admiren pero de lejos, por miedo a contradecirla, en realidad solo es timidez, una inseguridad tremenda, yo la conozco y lo sé. De alguna manera, aquel curso que se tiró entero en la cama, lesionada, cuando el accidente, le hizo mal, hizo que se refugiara en sí misma porque Alba estaba siguiendo su vida y ella no podía hacerlo, y el cordón que las unía, tan fuerte, como a mellizas que eran, se estaba rompiendo y dejándola a ella a la deriva. Bueno, no creo que Alex vaya muy desencaminado. Al parecer, Claudia tendría que ir a un psicólogo, Alba también, y Ángel, y la madre de Alex… ¡Joder, qué lástima haberme metido en el Grado de Cocina, me hubiera forrado con Psicología! Mientras Alba y Claudia se abrazaban y lloraban, Fabio dijo que iba a tomarse un bocadillo porque el viaje le había revuelto un poco el estómago. Yo le hubiera recomendado un Aquarius, pero él prefirió el bocata de lomo con pimientos y la verdad es que, cuando regresó, parecía haberle sentado de perlas. Claudia y Alba seguían con las cabezas muy juntas, tal como no las había yo visto, quizá, nunca, porque solían andar cada una a su bola, Claudia con Carmen, Alba con Alex, y no parecía que estuvieran tan unidas, pero aquel día comprendí que, por e ncima de todo, eran hermanas y encima mellizas. Estaban tan unidas que no necesitaban estar siempre juntas, no sé si me explico: se pertenecían. Así que Alex y yo decidimos hacer un discreto mutis por un rato, y nos fuimos a dar un paseo por la zona de decoración del almacén, que era la caña. A mí me tiraban más las herramientas, pero admito que los complementos tenían su encanto, y más cuando comentábamos que eso podría hacerse fácilmente con pintura de ésta o de aquella, o con papel de periódico y cola blanca, o con un palé y una buena sierra de calar, que yo tengo. Joder, daban ganas de tener una casa para ponerla guapa.

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Yo pensé que cuando pasara un tiempo prudencial, podríamos “meternos” con el bar del padre de Alex, Las Horas Muertas, que aunque ya estaba guapo así, nunca viene mal un refuerzo decorativo, o un cambio drástico. Mirábamos unos vasos anchos de cristal blanco que parecía cuarteado –para el bar- y Alex levantó el suyo a la altura de mis ojos. Nos reímos los dos porque los ojos se nos veían deformes, como los que pintaban los egipcios. Luego lo bajó a la altura de la boca, y nos miramos a los ojos ya de verdad, tal como eran. Y –nunca sabré por qué, por qué fue en aquel momento- seguimos mirándonos, como si nuestras miradas se hubieran anudado, hasta llegar a… Comernos con los ojos. Fue algo increíble. Entonces Alex bajó el vaso que nos separaba. Había gente alrededor, creo, pero yo no la vi, ni me importó, y tampoco a Alex. No fue cuestión de seducción: nadie empujó, no fue tú vienes y yo espero. Fuimos los dos. Cuando estábamos ya cerca, muy cerca, cerré los ojos, y creo que Alex también. Sentí sus labios en los míos y el corazón me dio tal vuelco que resultó hasta doloroso. No fue un beso de tanteo. Fue un beso largo, largo de verdad, un beso de esos que te hacen olvidar el mundo que te rodea. Y ya no hubo dudas, ni temores, ni “y si…”. Fuimos pareja desde aquel momento, y lo seguimos siendo, y yo creo que lo seremos para siempre porque lo que sentimos el uno por el otro va creciendo y haciéndose más fuerte, y ahora que llevamos casi un año podemos gritarlo a los cuatro vientos: Esto es Amor.

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Claudia.Al principio, Alba no tenía ganas de explicar nada. Iba cogida de mi mano, apretándomela a ratos, como si recordara cosas; en el viaje de vuelta me puse detrás para ir junto a ella, cambiándole el sitio al Gato – cuando luego supe lo que acababa de pasar entre Alex y él, imaginé lo mal que les tuvo que sentar tener que separarse de su pareja justo recién compartido el primer beso, ¡era para maldecirme!- y por lo menos hasta el desvío de Toledo las conversaciones brillaron por su ausencia. Pero después yo fui la primera en comprender que teníamos varias horas por delante y que era mejor coger de una vez al toro por los cuernos y dejarse de vaguedades. Alba se había escapado por miedo, porque estaba amenazada, y amenazada de muerte, y eso la había llevado a cometer una idiotez como la copa de un pino –ahí todos estábamos de acuerdo- pero hay que comprender que el miedo es el peor de los consejeros. Fabio, que no sabía nada, se quedó con la boca abierta. Como el Gato, su primera reacción fue decir que unos cuantos palos obrarían maravillas sobre el maltratador. Me encanta la delicadeza de los chicos de hoy, solo se salva Alex. -Hemos decidido que no vamos a ir por ahí –le dije, cansada-. Violencia, no; advertencias, sí, de acuerdo. Amenazas… vale, las acepto, quizá sea mejor asustarlo. -Ángel no tiene miedo a nada –dijo Fabio. -¿Ah, no? ���saltó de pronto Alba-. Pues bien que se acojonó cuando Samuel cogió mi móvil y le dijo no sé qué cosas… ya veis, él me dijo “tu novio es un cagao, ése ya no te molestará más”, y lo dijo bien seguro. -Bueno, si es así será estupendo, nos ahorraremos muchos disgustos. Pero, por si acaso, además de la advertencia yo propondría muchas otras cosas. -Yo, en primer lugar –dijo Alex- iría a denunciar. -No quiero denunciarle –dijo Alba. -Pues debes hacerlo. O por lo menos, informar en el cuartel, explicar que estás amenazada y que ha amenazado a tu familia. Como mínimo, irán en su busca y le amonestarán seriamente. - 230 -


-No tengo pruebas, él lo negará. -Mira, yo de eso no entiendo, pero te digo que, aunque lo niegue, incluso aunque se salga de rositas y no pase nada, la advertencia no se la quita nadie, el susto se lo dan, y por muy tigre que a ti te parezca, él, como la mayoría de los que van de gallitos por la vida, en el fondo es un cobarde que no pasa de gatito. -Hablaremos también con el padre de Alex –intervino el Gato. -Bueno, me parece muy bien porque me cae genial, pero no creo que ya el padre de Alex pueda influir mucho en Ángel, a estas alturas. Ángel dejó la terapia porque le dio la gana, porque creyó que le bastaba con dejar de beber y saber un poco de qué iba la copla, creyó que erradicar su violencia, su agresividad, su ira salvaje, era coser y cantar, y que yo iba a estar siempre ahí para apoyarle y aguantar cuando la cosa volviera a ir mal… Mi hermana acabó jadeante. -No le des más vueltas. Cometiste un error que puede cometer cualquiera: simplemente, confiaste en el chico al que amabas. No es que tu error sea más grave ni que tú seas más tonta, lo que sí ha resultado más grave han sido las consecuencias, pero eso no es culpa tuya –la consolé, sin soltarle la mano. -Entonces, qué pasa, ¿os parece que demos parte a la Guardia Civil? –insistió Fabio. -Yo voto porque sí –me apresuré a decir, antes de que Alba pudiera volver a negarse. -Pero… -se notaba que cada poro de su piel era reacio a aquel plan- ¿y entonces, siendo yo menor de edad, no tendrán que enterarse también nuestros padres? -Es que, Alba, debes decírselo a papá y a mamá, sin miedo, sin tapujos. Sabía muy bien lo que mi hermana sentía acerca de eso. Confesar ante nuestros padres que había tenido durante más de un año una pareja, un novio, y que este novio, en lugar de amarla y hacerla feliz, se había dedicado a maltratarla física y psicológicamente, la había convertido en un guiñapo, en una sombra de lo que era… ¡no había más que verla!, y que de puro miedo ella había salido corriendo de casa, dispuesta a fugarse, como esas chicas que se veían todavía en algunas películas, a las que, al

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verlas, todos comentamos: “pero ¿por qué no se lo dice a sus padres, por qué no denuncia, por qué no hace algo en lugar de echar a correr?”… Confesar algo así, digo, ¡no es plato de gusto! ¡Es vergonzoso! ¡Yo sabía que mi hermana sentía vergüenza, y de la más humillante! Y, sin embargo, se trataba de nuestros padres, que nos querían, que intentaban hacer las cosas lo mejor posible, lo más fácil para nosotros. Quizá debieran haberse implicado más, haber preguntado, ya que ellos, sin duda, se olían que Alba tenía a alguien, que no estaba “soltera” como yo. Si no lo hicieron no fue por indiferencia, evidentemente, sino por querer dejarnos la libertad que se supone que debe tener hoy día una chica a nuestra edad. Alba tenía quince años cuando empezó con Ángel, ahora tenía diecisiete, y aunque no fuera capaz de freír un huevo, a juzgar por lo que se ve en la tele y por el ejemplo de los jóvenes en las series españolas, en las películas o en las redes sociales, tenía ya edad para mantener su intimidad… -Alba, no estamos jugando, esto es muy serio –le dije, pues-. Papá y mamá deben saberlo, la Policía Local también, la Guardia Civil… incluso en el instituto debemos informar a los profesores, al director, a los bedeles… No estás sola, no vas a estar desamparada: Ángel va a saber que ya se acabó de verdad. Una mujer tiene derecho a poner fin a su relación cuando lo desee, sea por el motivo que sea, ¡incluso si él no te hubiera tocado nunca y tú te hubieras, simplemente, pillado por otro, aunque eso nos parezca feo, tú tendrías todo tu derecho a dejar a Ángel e irte con el otro y Ángel no tendría ningún derecho a oponerse ni a intentar impedírtelo! -Ya lo sé… -admitió Alba. -Ya no hay esperanzas para él ni para ti con él, en eso estás también tú de acuerdo, ¿no? –todos me miraron, Alba incluida, como si estuviera loca-. Bueno, eso debe quedarnos claro, que tú de verdad das esto por acabado, esta vez. -¡Pues claro que sí! –exclamó Alba, y me sentí muy orgullosa de ella-. Ya fue la gota que colmó el vaso. Me despedí de él con un beso y llorando, sabes… Realmente, si él no hubiera hecho lo que hizo después, si no me hubiera cogido, y… bueno, y después de todo lo que me hizo físicamente, encima las - 232 -


cosas que me dijo, y cómo quiso avasallarme y obligarme a estar ahí por siempre, para él, su esclava… ¡yo creo que no me hubiera liberado nunca de mis sentimientos por él si él no hubiera actuado así! -Vaya, que por ese lado puedes estarle agradecida –ironizó Fabio. También era curiosa la manera en que a mí se me había “pasado” lo de Fabio. Del todo. Sin dejar rastro. Un día le amaba tanto que me dolía el corazón, y al día siguiente, qué digo, al rato, de pronto, se me pasó. Ya no me ponía nerviosa, ya no era nadie, solo un amigo por el que había hecho el ridículo un puñado de veces. Si no hubiera tenido coche, habría sido la última persona a la que hubiera recurrido. (Cuando te desenamoras de alguien que te ha hecho sufrir tanto y muestra tal indiferencia hacia tus sentimientos, te vuelves cruel y no te importa si le haces daño, no te importan lo que sienta, piensas que con todo lo que te ha hecho padecer, ahora, ¡que pague! Es humano, ¿verdad?) Llegamos al pueblo ya de noche, ¡anochece tan temprano, a finales de noviembre! Entramos por la calle central, camino a Las Horas Muertas. Mientras recogíamos a Carmen y a Celina y nos apretujábamos como podíamos en el coche, vimos que ya habían encendido el alumbrado para Navidad. Era un poco pronto, pero aquello pareció como un regalo, como una fiesta de bienvenida preparada especialmente para mi hermana. Ella también lo vio así, porque de repente empezó a llorar. Fabio, con esa voz que tiene que es lo que más se le puede perdonar, se puso, de pronto, a cantar un villancico muy antiguo, muy nostálgico, que cantábamos en el coro del colegio hace unos años: Oh, qué triste es andar por la vida, por sendas perdidas, lejos del hogar... sin oír una voz cariñosa que diga, amorosa: llegó Navidad… Y ni que decir tiene que llegamos a Las Horas Muertas todos con los ojos enrojecidos, roncos por la llantina que nos pillamos antes de bajar del coche. Menos mal que la gente que nos vio se imaginaría que nos acabábamos de fumar un porro; cualquier cosa mejor que confesar que veníamos de llorar como magdalenas por haber oído a Fabio cantando un villancico. - 233 -


Octubre. Ahora. Hace solo unos días… ¿Cómo era aquella canción que cantaba mamá?

Algo de la novia, y el río, y la luna…

“Ayayayay…” La cantaba cuando estaba triste, muy triste. La cantaba con lágrimas de escarcha en la garganta. “ayayayay…” Ángel no puede más. Tiene veintiún años y no encuentra salida. Recuerda, a veces, a su dorada Alba, su princesa fugitiva. Todo acabó; ahora tiene otras responsabilidades: está Tatiana… y está ese niño que va a nacer. ¿Será otro niño asustado, otro niño con un duende que se irá volviendo su enemigo…? Mamá canta, sentada en la sillita baja. Iba en busca de su novia y no estaba en la ventana… (ya no cose, ni mira la tele, ni hace punto. Ya solo, a veces, canta esa canción…) ¿Y qué? Nadie la escucha ya, se dice Ángel. ¿Cómo era la canción? Ángel entreabre la puerta de su cuarto. Mamá se calla, mira hacia allí, se envara en la silla. (teme a la fiera que puede salir de su cubil, dice el duende) (no va a salir más, jura Ángel) (¿quién te va a creer?), desprecia el duende. Mamá acaba la canción; Ángel no recordaba (quizá no lo había oído nunca) ese final: Que estaba muerta en el rio y el agua se la llevaba… Ángel saborea en la boca la sal de una lágrima que no ha brotado… Ayayayay… Cómo se la lleva el río… Ayayayay… Lástima de mi querer… Con razón tenía, niña, celos de él…

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CAPÍTULO XV Somos libres. Libres como las barcas perdidas en el mar. John Dos Passos

Diario de Alba. Extractos sueltos. (Octubre. Hace una semana)

Iba por la calle y sentía que todos me señalaban con el dedo. Los mismos que antes apenas si me saludaba con un cortés movimiento de cabeza, de pronto me paraban, me daban besos, me apretaban el brazo, me juraban que estarían a mi lado… ¿Y qué esperaban que hiciera yo? Asentir, sonreír, luego me decía: “huy, sonreír no pega para nada, mejor bajo los ojos”, y me sentía como si todo fuera mentira, como si estuviera exagerando y en realidad la situación fuera fácil de dominar por mí misma. Mis padres me hicieron cambiar de número de móvil inmediatamente. No querían ni dejarme que copiara mis contactos, por miedo a que Ángel llamara mientras lo hacía, y yo lo cogiera… Pero, claro, al final tuvieron que dejarme. Me instalé otra aplicación, Line, que es parecida al wasap pero mucho menos internacional, para tener un grupo con mis amigos, excepto Lucy y Tatiana, claro. Alex me obligó a salir cada día a correr, como “antes”. Nadie entiende que en mi vida hay un muro inmenso, gordo, oscuro e impenetrable que separa el “antes” del “hoy”. Mi fuga no fue una “chiquillada”. Fue el pánico más intenso que he sentido en mi vida. Y después se unieron el miedo a encontrarme con Ángel con el miedo a Samuel y a lo que pudo haberme pasado. Por eso, cuando Claudia me mira y suspira, o Alex, o hasta Celina, me dan ganas de ponerme a gritar como una energúmena, y decirles: ¡tendría que haberte pasado a ti! ¡Me gustaría ver cómo reaccionaría cualquiera de vosotros después de una paliza, después de que te estén apretando el cuello hasta que no veas más que muerte y círculos rojos y negros, y te digan que esto es lo que hay si no obedeces a todo lo que te manden! ¡De verdad que me gustaría, a ver si entonces dejan de mirarme con tanta…superioridad !

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Luego me calmo y me voy al baño y tiro de la cisterna para que con el ruido no escuchen mis sollozos. Me siento mal por enfadarme con ellos, que tanto me quieren y se preocupan por mí. Lo que pasa es que no comprenden, no pueden ponerse en mi lugar realmente, no saben lo que es ese lavado de cerebro diario que te va minando y haciendo que pierdas la fe en ti y que, por mucho que desde fuera te alienten, te ataca haciéndote pensar: ¿será que lo merezco? Si a otras no les pasa y a mí, sí, ¿no será que hay algo en mí que provoca esta situación? Saqué el curso, pero ni muchos menos conseguí la nota que necesitaba para Medicina. Menos mal que tampoco me importaba ya: he elegido hacer Trabajo Social, igual que Alex; cada vez me atraía más esa carrera, y además, así vamos cada día juntos, y me siento más protegida. El verano pasado, Claudia escribió un relato corto en el que se hablaba de los malos tratos y de la indiferencia de la gente hacia ellos, del típico “son cosas de pareja” que, con esa expresión, parece relegar a algo secundario este drama que tantas mujeres, yo la primera, hemos sufrido sin saber a quién acudir. Ganó el primer premio: un viaje para dos personas. Yo me fui con ella y disfrutamos de unos días súper relajantes sin pensar que Ángel pudiera aparecer por alguna esquina en cualquier momento. Durante los primeros meses, yo tenía tanto miedo de que apareciera… y me matara… que Alex le pidió a su padre que nos dejara celebrar nuestros botellones en su cochera: de ese modo, no habría peligro de que Ángel pudiera aparecer por allí. Así por fin pude salir a algún sitio los findes. La cochera de Alejandro tiene llave y allí me siento refugiada, segura. Sigo teniendo las pesadillas en las que Ángel me aprieta el cuello y yo solo veo sus ojos verdes, girando, girando, y me falta el aire… Claudia me despierta en cuanto yo empiezo a agitarme y a gemir en la cama, pero a veces es demasiado tarde y ya llevo larguísimos minutos de una angustia mortal. Cuando Carmen vino con la noticia de que Ángel estaba saliendo con Tatiana, todos me miraron esperando que empezara a aplaudir, o a bailar, o yo qué sé. Sentí un cierto alivio, por supuesto, pero de - 236 -


todas formas… me decía que Tatiana siempre había estado ahí y él lo sabía, y que yo seguía siendo su princesa, o sea, su obsesión y su deseado saco de boxeo. Sonreí muy forzadamente y todos pensaron –eso creo yo- que, en el fondo, es que me siento celosa, que todavía quiero a Ángel, o que me da rabia que él me olvide. A lo mejor son paranoias mías, no lo sé. Hablando de paranoias… Sigo sin saber si me libré de algo muy gordo al escapar de Samuel, o si solo era un pobre infeliz, medio pederasta, medio loco romántico… ¿No lo sé… o es que no quiero saberlo? Porque hace unos días, Claudia me quiso enseñar algo, una noticia relacionada con un hombre de unos cuarenta años que habitaba en la sierra de Guadarrama, en una zona llamada… Que sí, que sí: que se trataba de Samuel. Con un grito, le pedí que no siguiera. ¡No quería saber más! Claudia me miró entornando los ojos y comentó, bajito pero lo bastante audible para que yo lo oyera: -Tal vez sea mejor así, que no lo sepas… -y concluyó- : ¡Oh, Alba, Alba…! Lo que no sabe nadie es que encontré la tarjeta antigua de mi móvil, y que no pude resistir la tentación de meterla, para ver si tenía mensajes o llamadas. Me temblaban las manos al hacerlo, y después me temblaron muchísimo más. Había más de cien mensajes de texto. De Ángel. No quería leerlos, no pensaba hacerlo, pero mientras lo pensaba iba abriéndolos, uno tras otro, allí mismo, de pie en un rincón de mi cuarto. Podía entrar mi hermana y descubrirme, y por eso los leía de prisa, de prisa; no borré ni uno. “Princesa…” “Amor mío…” “Mi niña…” “Mi princesa dorada…” “Perdón…” “Perdón…” “Perdón…”

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“Contéstame…” “Dame una señal, solo un toque, dime algo…” “Sé que estás leyendo cada palabra…” “¿Por qué me haces esto?”; “Dame una señal, dame solo un toque, no te pido más”; “Me han dicho que te han visto hablando con un tío, en Córdoba”; “Sabes que eres mía para siempre, lo sabes, ¿verdad?”; “Hoy he estado viendo tu power point, cuando me decías que yo era tu príncipe azul”; “Dime algo de una vez, Alba, ya ha pasado bastante tiempo…” No quiero transcribirlo todo. De princesa a puta se pasa enseguida. De los “no puedo vivir sin ti” a los “no te voy a dejar vivir sin mí”, también. Las últimas fechas eran recientes: ya estaba saliendo con Tatiana, pero al parecer, eso no le parecía relevante, ni lo mencionaba. (Puse la tarjeta donde la encontrara, pero no olvido el sitio. Sé que volveré a cogerla, a escondidas, y la meteré en el móvil, y leeré cada nuevo mensaje… No sé por qué lo haré, pero lo haré). Volví a verlo hace un mes. Recuerdo ese día, aunque no se lo haya contado a nadie. Alex había quedado con el Gato para comer, así que me vine sola en el autobús de la Facu. Cuando bajé, no sé de dónde, surgió él: Ángel. (Ahora pienso que vaya casualidad, ¿no?, el único día en todo el curso en q ue no he ido acompañada. Y me pregunto: ¿casualidad, verdaderamente? ¿O es que ha ido cada día, uno tras otro, a la llegada de mi autobús, hasta que me ha visto sola?) A mi alrededor había gente, toda aquella gente que en su momento habían venido a darme golpecitos en la espalda; pero el tiempo había ido pasando y “lo mío” ya no era noticia. Nadie se preocupaba por mí. Si estaba en peligro, era yo sola la que tenía que enfrentarlo. Ángel venía a mi encuentro, de frente, mirándome con esos ojos suyos, tan verdes, tan intensos que parece que taladran mi alma. Se me doblaban las piernas, pero, no temáis, no era de emoción. Sentí tanto miedo que creí que en cualquier momento iba a caerme como una muñeca rota, allí, delante de él. Todas las noticias de la tele y de los periódicos acudieron a mí en tropel: mujer asesinada por su ex pareja. Acuchillada. Estrangulada. Apaleada. Tiroteada. Rociada con gasolina y luego quemada viva.

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Recuerdo que le miraba las manos, despavorida, y al verlas vacías sentí que un hilillo de aire llegaba a mis pulmones. No decía nada. No hacía nada. Venía hacia mí, seguía mirándome, clavándome los ojos, hipnótico, y yo intenté mirar hacia otro lado, de verdad, lo juro, y supongo que lo conseguí pero no sé adónde miré, porque seguía sintiendo sus ojos clavados en mí, y seguía viéndole aunque mirara hacia el frente. A mi memoria llegó, como un pájaro juguetón que revoloteara en torno a mí con alas negras, el recuerdo de aquel día de Difuntos, su cumpleaños, cuando nos encontramos en el parque y, sin querer, sin poder hacer otra cosa, corrimos el uno a los brazos del otro para comernos a besos y a amor. El corazón me palpitaba en el pecho, en la garganta, y el pájaro negro parecía entonar una canción de seducción perversa. Entonces, como un absurdo contrapunto, el móvil de Ángel sonó, justo cuando llegaba a una cuarta de mí, y él desvió la vista y yo no sé qué hice, volví a la vida, supongo, al mundo real. Le oí preguntar, con voz de fastidio: -¿Qué quieres? Y, muy lejos, la vocecilla de Tatiana, que decía: -Cari… Me hubiera echado a reír si no fuera porque un nudo me estaba apretando en la garganta y casi no me dejaba respirar. Tatiana lo ha conseguido, tiene por fin lo que tanto ansiaba. Ya no la odio ni pienso que sea “una putilla barata”, como decía antes, cuando estaba tan celosa de ella. Ahora la compadezco mucho; Ángel no ha cambiado y no cambiará, y Tatiana va a heredar mi puesto de muñeca vapuleada. Claudia le contó a Lucy todo lo que Ángel me había hecho, para que se lo dijera a Tatiana, para que la advirtiera, pero no parece que sirviera de mucho: Tatiana siguió viéndose con Ángel, y en septiembre Lucy nos dijo que estaba embarazada.

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Al parecer, Ángel se puso furioso pensando que Tatiana lo había hecho “para pillarlo”, pero Lucy dice que no es así, que Tatiana estaba aterrorizada e intentaba abortar, pero le estaban poniendo muchas trabas y mareándola mucho, con el cambio de leyes. Entonces, Lucy añadió que Ángel no había cambiado nada, y yo supe que con eso quería decir que también Tatiana había sufrido ya en su carne la furia de mi… de Ángel. Yo misma he oído algunos rumores que corren por el pueblo… claro que no me gusta escuchar chismes, pero a veces no puedes evitar prestarles oídos. Dicen que Ángel le saltó un diente a Tatiana. Pero… ella sigue con él. ¿Por qué una mujer aguanta lo que está aguantando Tatiana, si es que es cierto todo cuanto se dice? ¿Por amor? ¡No soy yo la más indicada para hacer esta pregunta, ya lo sé! ¡Yo, precisamente, que aguanté durante meses y meses, y hubiera seguido perdonando de no haber llegado la cosa tan lejos, aquella noche! Pero… es que, visto desde fuera, ¡resulta tan incomprensible!

¡¡¡¡Por eso hay que verlo desde dentro!!!! Y por eso he accedido a que se publiquen todos los pasajes que sean necesarios de mis diarios, de estos cuadernos de tristeza. Quiero que se comprenda que cada uno de esos que son maltratadores, han tenido, primero, su etapa de príncipe azul, de “chico más digno de amor que una chica haya conocido”. Si no fuera así, sería muy fácil escapar, no nos enamoraríamos, no caeríamos en sus redes. Si caemos es porque pensamos que “lo nuestro es diferente” y que “me quiere, lo que pasa es que no puede controlar el genio”. Tal vez sí te quiera, no te lo voy a negar. Porque yo sé que Ángel me quería, que de verdad yo era, para él, su amada, su tesoro, su niña preciosa, la princesa de sus sueños. Pero esa no es justificación para que, por su amor, pierdas tu vida. - 240 -


Tampoco es un consuelo que no llegue a matarte, que solo te pegue de vez en c uando, un empujón, alguna bofetada, insultos… como me hacía Ángel a mí al principio. Puede, incluso, que todo quede en eso, que no vaya a más. ¿Te será un gran consuelo seguir viviendo así, siempre controlando, siempre con el miedo en el cuerpo, mirándole a ver qué humor trae, a ver si hoy está de buenas, o...? Uno de los párrafos del relato de Claudia hablaba de los ojos de una mujer maltratada. Quizá se inspirara en los míos, cuando lo escribió: “…aquellos ojos parecían los de los peces grises que yacen entre hielo picado, en las pescaderías: muertos, y aun muertos, suplicantes”. Curiosamente, esa expresión, desde que la leí por primera vez, me hacía recordar a alguien… ¡Claro: la madre de Ángel! Ojos muertos, pero aun muertos, suplicantes… Mejor pasar página, mejor no mirar más mis cuadernos. Un día quise leerlos todos seguidos, como si fueran una novela, pero no fui capaz de acabarlos, ¡sentí tanta vergüenza de lo que llegué a permitir que hiciera conmigo ! Por mucho que me digan que es algo natural, y que muchas mujeres, jóvenes o viejas, instruidas o incultas, ricas o pobres, han sentido lo mismo que yo, han sido esclavas y no han sabido dar el portazo en el primer momento… me avergüenzo, no me es posible evitarlo. Sé que muchas mujeres en toda época, mujeres con estudios y sin ellos, con trabajo o paradas, con fuerza de espíritu o apocadas, de “buena sociedad” o pobres como ratas, mujeres de todo tipo han sufrido los malos tratos por parte de su pareja, han sufrido en su propia carne golpes e iniquidades degradantes, porque no es asunto de inteligencia, de dinero ni de condición social. El factor riesgo es, simplemente, ser mujer. Así que, si lo eres, ¡cuidado! ¡Estás en peligro! ¡No te dejes engatusar! ¡Si te tocan, te lo digo yo, SAL CORRIENDO Y NO MIRES ATRÁS!

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POEMA QUE MANDÓ ÁNGEL A ALBA POR CORREO ELECTRÓNICO (NADIE SABE DE DÓNDE SACÓ SU DIRECCIÓN DE EMAIL): Así, verte de lejos, definitivamente. Tú vas con otro hombre; yo con otra mujer. Y sé que, como el agua que brota de una fuente, aquellos bellos días ya no pueden volver.

Así, verte de lejos y pasar sonriente, como quien ya no siente lo que sentía ayer. Y lograr que mi rostro se quede indiferente, y que el gesto de hastío parezca de placer.

Así, verte de lejos y no decirte nada: ni con una sonrisa, ni con una mirada, y que nunca sospeches cuánto te quiero así.

Porque, aunque nadie sabe lo que a nadie le digo, la noche entera es corta para soñar contigo y todo el día es poco para pensar en ti.

(Autor: José Ángel Buesa, poeta cubano al que llaman “el poeta enamorado”)

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FINAL Lo más irónico es que la madre de Ángel, por fin, ha denunciado a su marido. No se necesitaron muchas pruebas: hizo la denuncia desde el hosp ital. El viejo perdió los nervios el martes y le dio una de sus palizas, ni mayor ni menor, según dicen; una de tantas… Pero esta vez, ella lo decidió: sería la última. Resulta irónico porque si lo hubiera hecho antes, ¡solo un poco antes!, quizá hubiera podido evitar la grande, terrible tragedia que se ha cernido sobre nosotros, sobre el pueblo entero. Las campanas de la iglesia llevan todo el día tocando a muerto. Esta tarde iremos al entierro: el jueves, en el embarcadero, Ángel mató a Tatiana. Dicen que la apuñaló diecinueve veces; llevaba más heridas que años vividos. Después, se tiró desde lo alto del puente azul. Cayó en el lecho seco del río y se rompió el cuello.

D.E.P. Que el Señor lo tenga en su gloria.

(¡¿O que se pudra en el infierno…?!)

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No vuelvas a llamarme princesa