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Cuando muera quiero que me corten las manos, sĂŠ que vendrĂĄn por ellas.


ESCENA PRIMERA


Yo, terrible yo, de espejos como ocurriendo un calco que requiere su otro. Ellos doblan a un donde y a su vuelta el lugar. Pronóstico: no hay propósito. La poesía naufraga y vácia los tiempos acá.


PRIMAVERA

Atendí tus doctas y metimos nuestras carnes sobre el mar para ser terrenales. Rasco mis dudas y se arrojan flores a los codos del camino. Nunca las invoco, vuelven a ser las mismas que nacen y escriben para la primavera hoy, en la enfermedad. Parecen descoloridas, aunque entiendo el cuento y la fábula. Alguien las elige para un amor muerto o para un muerto que amó. Tuve de mascota a los ángeles y jamás pedí una rosa. Yerré al cortarlas, me quemaron las yemas, mi sangre palpó sus encías, el tallo. Un desaparecido se detiene y pregunta tu tardía. Le digo es ritual, taparás mi vista cuando duerma, serás mis calzados y tallarán contigo algún nombre. Aquel detenido, tantas copias, capilar en el desierto, decide refugiarse en las hojas perennes, en los oxígenos, en un río estéril, sin risas. Las flores, las flores, muchos ojos, una sola vista. Pongo la boca en la bala manoseando tus sacerdotales, resisto al sol para que no ancle en polen y alimente la flor de florero que crece mirando el suelo. Me estanco en la noche y gimo delito. ¡No pienso ser diurno!


ENTRE CAMAS

Pasa, desvirtúa el aroma de este espacio, desconcentra los alcances pues todo es contra. Un teléfono espera una llamada, la cama en coma por sexo en sed jadea el riesgo y la testicular que irrumpe de los focos raja mi cuarto mientras se gastan los números del reloj. En la cintura del portal, mezo la herida que dibuja el semestre de las lunas y sus pezones. La mampara acurruca la internal que huye a la noche. La linterna guiña tu ojo para los verticales lejanos, bizca como la tarde que mira delante y detrante. Cuesta entrar por el portón de tu olfato, concierto sin voz, que desvanece perfiles y erupciona las espaldas. Marzo me grita la edad, octubre es morbo en cultivo y Julio conscripto de los prescriptos. En febrero los rieles se enrostran cuando las jornadas se contagian de agarros para el gran diente, el cielo, enlechado de estrellas como caries. Oye, soy un ladrón de sanatorios, que corta amapolas del antejardín, las fermenta y su alcohólico bebe. La aguja son sus costados, no sus puntas, tiéndete en tensión y afloja tradicional. ¡Suficiente! el rector de los mundos necesita cirugía, eutanásica, pero se asilará en los puertos secos, en el cuero de los pétalos o en el hambre de las tablas.


TANATOLOGÍA

Las bisagras tosen en un flanco de la ciudad y los bolsillos que roncan para la vigilancia, fallecen. Ahí quién sino múltiplos de 1, suma errática, la resta de restos de rectos, malos dividendos que llenan cuartos empañando el metal que pisan en la danza gritos guarecidos que dan eco a un algo histérico. En el mismo sitial, la verba cortó la rabia de la sentencia que sustantivó la lágrima articulada en pasillos donde el musgo venció al sequío, en libertades soterradas y en galerías donde escuchó un surto clamor. Derribados vieron los sifilíticos ojos duros señalados en estos a veces, hierros amarrándose a dedos tercos, al paño que humecta los labios en celo y narices abreviadas por el paso de las acequias que se huelen mientras la lluvia cae en el apretado silencio de la tarde.


HEMOS Lo nuevo en raíz, con agua turbia o cierta, abraza los lentes que nos separan. Aquellos lápices ebrios escriben mal el género de éste, su varón, en un mundo de peajes donde el antihéroe no puede entrar a vestirse. Hemos dicen y tapan la cara esas antiguas con sangre muerta. Al menos son valientes las lunas, que van contra la pared hacia el lado de la mano alzheimer, que mete su llave en el espejo y adivina la edad de la edad.


ME PESA EL SUELO

Soy hombres. Cambio una adicción por otra. Me pesa el suelo cuando la ciudad molesta con dormir. No mi norte, mi sur, nunca el centro. Apunto con los ojos tu cuerpo asesino. Traigo una caja de dulces, vencidos. Escribo moliendo tardes, moliendo mañanas. Tengo un registro de bala. Nací mal, es decir, un mal nacido. Valiente he desertado, y así sucesivamente. Quizás funcione en trozos, a veces el pecho malo, otras el pecho bueno. Lo que me creó fue un bostezo.


ESCENA SEGUNDA


I.Como eres anterior a mí, no me llamo me nombraron. Por lo tanto, sé de los párrafos hijos o de algún verso huérfano que nació antes, más antes. Cuando se pegan tus colores en el espejo, al revés, das génesis y ya en mi segunda lectura das éxodo. En el detrás de la puerta rasco las venas, donde se esconden los ocultos, perezas de un rincón hecho a propósito. Llega tu beso nacional y esa nube herida que calló nuestra sexualidad, reaparece. Entonces, nunca más entonces, anduve con la brevedad. Extendí el vapor de mis ejes, alcancé vahos que viajaban la noche, escuché el ahorco, vi un nudo, lenguaje del silencio. Uno siempre arrepiente el día anterior. Y ese cuchillo afilado, es decir sin filo, se pone blando, te muestra las marcas de mis laterales mientras el resto sigue con sus juegos de naipes. Hace frío, el clima precipita, la entrenoche asoma su obra gruesa, los talones hacia oriente y echamos a correr los relojes para que el tiempo nos pese y pueda ver tu obra maestra. Como todo amor es drogadicto, mi cuerpo manchado por pieles, ajenas de costumbre, te dice que es hora de amnistiarnos, darnos el beneficio de la duda y un mal gobierno. Bajemos los ojos, vayamos a universos donde el hombre, por fin, haya desaparecido.


II.-

Una carta cosió mi nombre a pie de página y notado en los superiores la fecha de vencimiento, me visitó cierta sequedad. Remitían los desadaptos y palabras delincuenciales. Llantié, llantié, llantié, pero como lo accidental se ampara en el minutaje, fiel al régimen de turno, calé papeletas para rastrear el tiempo prestado por nuestras cábalas, probablemente. Tras el gabinete de los perros, mastiqué los días cuando la elipsis me hizo saber que entre clandestinos desaparecían las frases al puño. Costumbre de fundir pasado y futuro en el tilde, mezclando la mecánica de los saludos en versos versus o en la chatarra de las preposiciones. ¿Por qué en las estaciones del año que son tres: otoño e invierno, hablan las cortezas que responden al seseo de las hojas? Muere en todos los úteros, en cada dentadura carismática frente a nasales que te leen para que los pulmones refluyan sus durantes. Unido a la batalla de o contra, vencedor o vencido, algo soy. Siempre hay ventanas mayúsculas que permiten al hombre fraguar sus propios concilios y pensar al mundo como seudónimo.


III.-

La noche se nos abría seca, madre. Tocabas tu costilla de hombre y ese pelo sin fuego movió las manos de Bach. Sabes, temo mirar al espejo y verme. Concurre tanta gente y no distingo a nadie. Sólo, tus caderas extendidas que calman. En el duelo existen palabras innecesarias, por eso abrimos la boca para morir. Cenicero de huellas húmedas, acompañará nuestros cuerpos. Ancha es la espalda de la muerte, ópera sin verbo. El hombre aún no nace. Creamos que Johann es hombre. Como te tocas mis genitales, caigo sobre tu carne tardía. En el fondo de uno se rabia. No lo digas, porque el agua se enreda a la mención. Bach nunca pactaría con algo. A la puerta trajes negros. Y afiebrado les abro. En coro. Alguien no sopló, silbó, allí la música. Tocata y fuga en re menor. Aún busco mi costilla. Juan Sebastián Bach.


IV.En un grupo de hojas quemadas el largo no término, y en partida lanzaron los cuerpos a mediados, sobre la virgen de los calendarios. Nada es cuestión, hecho el verso para cierta humanidad, arrugamos la frente al último, y en cada uno la muerte pronunciada. El ni ella, elu. La lucha se grita cobarde y ronca. Ha caído un niño, súbanlo, sin luz para no agredir. Un chuzo nos aloja el pecho, será la madre que aún pide no parir. Me lavo en su boca comunitaria, sin calor, sin frío. Quemo nubes desde el ala de mi vereda. Al no haber las invento. Se miran un sepelio, son cada tiempo que se agrupan como hojas quemadas.


V.Camino por el memorial, tarjetal de muertos, al anochecer de los medios días para dormitar en sus cada, polvoriento tras fingir en la cena con ensayo y aliño. Bajo cielo en tragedia, el roce de la distancia cierra la llave del día o la ebriedad de los husos rompiendo el estío del reposo cuando se miran los xx con los xy. Ríe la sed a orillas de la playa, mientras las carnes son barridas por las crónicas que reclaman sus ingredientes escribiendo sin, borrando con. Florea de quimeras la sombra, sobras de la luz, que gritan a través de los micrófonos de la homogénea: “el inhalo asesinó al exhalo” Asusto y meto crimen a la médula cuando el terrenal se tuerce de semillas. A la curva una página, anúmerica e innumerable. Producto: cáscara, clara y yema, Santísima Trinidad. ¡Vete astro! glande que nos alumbra, patrón de las nubes, a orar frente a nuestra conjetura, el hospital. Hebra el espiral de un pozo sentado en el calambre del ya y los diles, lloviendo textual otoños e inviernos, delincuentes que alguna estación mujer mudó entremedio de los anuarios. Las extensiones del azar no existen, y dios se ríe.


VI.La muerte, ahojada en las manos de pretérito, la que echa lo dormido a la copa derramada en su fondo, reposando el pronto. El mañana siente su tejido en la idea bestial del toque, cuando remanga las cáscaras de la garganta al YO escondido en la escalera de los interiores. La muerte, ayer vista un poco menstrual, sentada sobre muertos anteriores, siendo mía su huida, percibí el silbo agresivo del Do y la corriente con tinte acre. Corra por el registro académico de las calles, que ninguna lleva mi nombre. Pero su huella digital, los huesos, marchen a los idos vueltos del silencio y a la seriedad del fin cuando el aleteo del mar calle sobre los peñascos. La muerte bracea el péndulo que con sus nudos golpea el sueño, una cuerda sobre la mesa, emblema de olor hemisférico, terrícola y celestícola. Un civil registro de tu nombre en la moneda que todos portan, inaugurando siglos y sentenciándolos. A la hora de mi muerte, sumerjo panes en la abadía del latir para que los coman las piedras que rugen al caer a mi caja envenada de tiempos, matemáticas y religiones. ¡Salud por la copa de fondo derramada!


TELÓN


Perdón por el ayerismo, pero ovúlica es la memoria. Con ojos desvestidos, sin sus huesos, pisé mis ojeras y el último fracaso que la lluvia publicitó en la arenga del tiempo que asedia nuestros cadáveres. Me obligaron los ombligos oír sus oídos, contenido, como un sentimiento de palo que golpea los faldeos de la maña y aliña el acné donde calzan los dioses un aroma funesto. Enmuellado en mi único derecho, el de la muerte, rasgué un bisturí para que corte mi gasolina interna y eleve el tufo de la tincada sobre las esclavas. ¡Que se suiciden los halos mientras armo un coito criminal! La ciudad está enrratada y me ha caminado, botando uretra y grados que zumban analgésicos. Pocos saludan, otros varios migran. Tú sabes que el género fue escrito con pestañas de hombre. Debí nacer al principio, cuando no existíamos. Tendido sobre el pezón de la muerte y abrigado por sus costras, torcí sordas que cantaban con ego a las lágrimas que mojaron el pañuelo del desierto. Me miraban con leche cayendo tan nórdicas de colores que sus pelambres rompían en mis besadores. Gracias a tu flor de púa y punzón, repartías quienes, alumbramientos. Solo, zurdo escribano, amarro la diestra. Sudo quieto, silente. Cedo la otredad a los otros. Aún duermo en el ruido.

Valparaíso, 2007Registro de Propiedad Intelectual: 161480 I.S.B.N.:978-956-310-614-5


Escribí Estos Versos de Espalda  

Autor: Pablo Maire Ediciones Cataclismo. Valparaíso, 2007- Registro de Propiedad Intelectual: 161480 I.S.B.N.:978-956-310-614-5

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