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Cuenta la leyenda que el Rey mandó construir una cárcel en la capital donde recluir a los mayores criminales de su reino y que puso al frente del penal a uno de sus lugartenientes. El monarca, anciano ya, se acercó un buen día a la fortaleza. Éste degolló a los siete miembros de una familia; el de más allá estranguló a treinta y cuatro niños –se regodeó su general en los detalles y en el número de víctimas de los condenados. El oficial acompañó hasta la puerta a su señor y leyó la desilusión en sus ojos. Os falta, amigo mío, encerrar al homicida más desalmado –dijo inesperadamente. Decidme, majestad, dónde está e iré personalmente a prenderlo –respondió el soldado. En mi bolsillo –le contestó entonces el Rey, mostrándole su delicado reloj de plata.

En fin.


El asesino