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PABLO NERUDA


CANTO GENERAL MANUSCRITOS ORIGINALES e d i c i รณ n

f a c s i m i l a r


L o l a Fa l c รณ n


PABLO NERUDA

CANTO GENERAL MANUSCRITOS ORIGINALES e d i c i ó n

f a c s i m i l a r

Colección de César Soto Gómez


Canto

general.

Manuscritos

originales.

Edición

fac s i m i l a r

© Pablo Neruda, 1950, y Fundación Pablo Neruda   Primera edición: diciembre de 2013 ISBN: 978-956-8797-04-1 Esta edición se realizó gracias al aporte de Aguas Andinas, a través de la Ley de Donaciones Culturales, y el patrocinio de la Corporación del Patrimonio Cultural de Chile Edición limitada. Prohibida su venta Impreso en Chile por Ograma Impresores

Ley de Donaciones Culturales


ÍNDICE

Breve historia de los manuscritos del Canto general César Soto Gómez 11

Neruda y la gestación del Canto general Hernán Loyola 17

Canto general 23

La

lámpara en la tierra

27

A lturas L os

de

43

conquistadores

69

L os La

M acchu P icchu

libertadores

103

arena traicionada

167

A mérica ,

no invoco tu nombre en vano

231

C anto La

general de

241

tierra se llama

267

Q ue

L as

285 fugitivo

317

flores de

331

L os de

J uan

despierte el leñador

El

C oral

C hile

ríos del canto

349

A ño N uevo El

P unitaqui

para la patria en tinieblas

363

gran océano

381

Yo

soy

413

Nota sobre esta edición 444

Canto general: El gran poema de América Darío Oses 445

Apéndice 453

Dossier 483


BREVE HISTORIA DE LOS MANUSCRITOS DEL CANTO GENERAL César Soto Gómez

UNO

¿Cuándo empezó todo esto? Creo que en 1971, en el Taller de Escritores de la Universidad Católica de Chile, dirigido por Enrique Lihn. Allí realicé las primeras lecturas críticas del Canto general. En los márgenes de ediciones económicas anotaba ideas. También leía las crónicas de los historiadores primitivos de las Indias Occidentales, como las de Antonio de Herrera y Melchor Jufré del Águila. Complementaba estas labores traduciendo poemas de T. S. Eliot. Después de septiembre de 1973, viajando entre Santiago y Buenos Aires, establecí relaciones con el coleccionista de manuscritos y libros antiguos Ludwig Lehmann Mainz, afincado en la capital argentina. Nuestras conversaciones filosóficas y bibliográficas en su biblioteca de la calle Quintana me hicieron ver que existía un amplio mapa de posibilidades en la búsqueda del conocimiento humano. Lehmann había adquirido para su biblioteca de manuscritos americanos un capítulo del Canto general: “Que despierte el leñador”; el mismo que, a fines de la década de 1940, había estado a punto de ser incautado al diputado César Godoy Urrutia en la aduana chilena, tras un minucioso registro policial. La colección de Lehmann contaba, entre otros tesoros, con un valioso ejemplar de la primera edición del Quijote (Madrid, 1605), tal vez el único que ha existido en América del Sur (y que en la primera mitad del siglo XX perteneció al bibliófilo chileno Matías Errázuriz). De todas las crónicas americanas de los siglos XVI y XVII, a Lehmann sólo le faltaba la primera edición de La Argentina, del arcediano Martín del Barco Centenera. En 1980 viajé a Londres. No me asombró demasiado –gracias a su natural bonhomía– encontrarme conversando con el doctor Robert Pring-Mill, uno de los más grandes bibliófilos de Europa, sobre algún episodio relacionado con las cartas de Lord Cochrane o sobre las artes poéticas de T. S. Eliot y Pablo Neruda, autores que ambos admirábamos. Pring-Mill fue un buen amigo de Neruda; sus gestiones habían sido decisivas para que la Universidad de Oxford le entregara al poeta el doctorado honoris causa en 1965.


En estos diálogos los vientos soplaban a mi favor, producto del conocimiento que había adquirido del filósofo inglés Francis Herbert Bradley, decisivo en la formación epistemológica de T. S. Eliot. Resultaba que un profesor mío en Chile, el filósofo Juan Rivano, había sido el único traductor al español de la obra de Bradley Apariencia y realidad, publicada en Santiago por Editorial Universitaria (1961). Pring-Mill sugirió que yo tenía una gran labor por delante: buscar los manuscritos perdidos del Canto general. Como buen discípulo de Rivano, con quien también había discutido largamente sobre Eliot y Neruda, comencé a recopilar en un cuaderno las notas de mis conversaciones con Pring-Mill. Así fue como, con ayuda de Pring-Mill (vendrían años de indagaciones e intercambio epistolar), nos lanzamos a determinar las fechas y los lugares en que, entre 1940 y 1950, Neruda terminó la escritura del gran canto épico americano del siglo XX. La empresa no era fácil, pues debíamos rastrear los pasos del poeta durante su clandestinidad política de 1948. Ese año y en esas circunstancias, Neruda dio con la forma final del Canto.

DOS

Durante mis viajes por Europa leí, en la revista El Repertorio Americano (Londres, 1826), el poema “Silva a la agricultura de la zona tórrida”, fragmento de la obra “América” de Andrés Bello, antepasado y predecesor del Canto general, según el propio Neruda. En Madrid accedí a las primeras ediciones de Alonso de Ercilla, el poeta que inauguró la épica americana. Pude tener en mis manos una primera edición de la segunda parte de La Araucana, publicada en Zaragoza en 1578. Es decir, mi interés no se limitaba a Neruda, sino que se expandía hasta sus antecesores. Como miembro de la Sociedad de Libreros Anticuarios, tenía en Europa algunas misiones. Debía buscar en Londres, en la colección del bibliófilo Peter Beal, algunas cartas perdidas de Lord Cochrane a Bernardo O’Higgins. También debía explorar en España la posibilidad de ver unos manuscritos de Miguel Hernández y Federico García Lorca. En París, por último, quería reencontrarme con Raúl Ruiz y Waldo Rojas y visitar a César Vallejo (“Ad maiorem Dei gloriam”). También debía buscar las obras completas de Jules Laforgue (por su relación con Eliot). En París mi viaje sufrió un giro inesperado. En el museo del Louvre conocí a la escritora portuguesa Fátima Murta y la invité al teatro a ver una obra de Jean Paul Sartre. Más tarde, al conocer mis afanes bibliográficos y mi devoción por Fernando Pessoa, ella me invitó a Lisboa. Accedí, pues deseaba encontrarme con Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Bernardo Soares en el barrio de Alfama o en cualquier esquina de la ciudad. En Lisboa, después de rendir un homenaje en el cementerio dos Prazeres a uno de los más grandes poetas de todos los tiempos, visité las librerías anticuarias de Arturo Tavares de Carvalho y José Telles da Sylva. Allí indagué sobre las cartas geográficas de Rui Faleiro, que Fernando de Magallanes usó como guía para unir los océanos Pacífico y Atlántico. Leer la edición original de la crónica de ese viaje (de Antonio Pigafetta) y visitar a Camões en el Monasterio de los Jerónimos me insuflaron una fe infinita en el futuro de mi proyecto.


Fátima Murta, Tavares de Carvalho y Telles da Sylva se mostraron entusiasmados con mi búsqueda de libros antiguos de América. De hecho, finalmente la paz y la ciencia de Fátima dieron sus frutos y un día, al volver de Estoril, después de contemplar el color del cielo en la madrugada, encontramos una colección de obras americanas antiguas. Estaban Le Monde, de Pierre d’Avity (París, 1643), encuadernado con el escudo de armas de Luis XIV, y los muy buscados Histórica relación del reyno de Chile de Alonso de Ovalle (Roma, 1646); Historia del Perú, de Agustín de Zárate (Amberes, 1555); y La Argentina, de Barco Centenera (Lisboa, 1602). Mis recursos me permitieron adquirir sólo los tres últimos. Al volver a Chile, llamé al bibliófilo Ludwig Lehmann y le comuniqué mis hallazgos. Mencioné que tenía en mi poder el original de La Argentina editado por Pedro Crasbeeck en 1602, el único faltante en su colección americana. Inmediatamente me invitó a Buenos Aires para conocer el ejemplar. Después de arduas negociaciones, en las cuales se hizo evidente la dificultad de asignarle un precio al valor histórico del libro, Lehmann accedió a entregarme a cambio los originales de “Que despierte el leñador”. Fue el primer paso decisivo, la génesis de mi colección de manuscritos del Canto general.

TRES

La escritura del Canto general comenzó a sellarse en septiembre de 1947, cuando Neruda (que por entonces era senador por las provincias de Antofagasta y Tarapacá) obtuvo una licencia especial del Senado chileno para dedicarse íntegramente a terminar el libro. Esas labores se vieron momentáneamente interrumpidas el 6 de enero de 1948, cuando el senador Neruda pronunció en el Congreso su famoso discurso contra el presidente Gabriel González Videla, “Yo acuso”. Un mes después, el 3 de febrero, el senador fue privado de su fuero parlamentario y, al cabo de dos días, se ordenó su detención. La policía se lanzó tras sus pasos y el poeta pasó a la clandestinidad. Entre el 6 y el 13 de febrero de 1948, mientras los periódicos narraban paso a paso la cacería policial (“Se busca a Neruda por todo el país”), Pablo y Delia del Carril se refugiaron en Santiago, en casa de José Saitúa, en la calle Los Leones, cerca de la Plaza de la Alcaldesa. Después se escondieron en el departamento de Víctor Pey (uno de los refugiados españoles que llegaron a Chile en el Winnipeg) y su esposa, la novelista Marta Jara, donde permanecieron hasta el 28 de febrero. A partir de entonces comenzó a encargarse de ellos el hermano de Marta, el historiador Álvaro Jara, cuyo nom de guerre era Ignacio. Él los sacó de Santiago y los llevó a la parcela de don Julio Vega, en Santa María de Chena, donde se quedaron hasta comienzos de junio; luego los retornó a la capital, al departamento del matrimonio formado por Sergio Insunza y Aída Figueroa, frente al Parque Forestal. Desde ese lugar Pablo y Delia visitaron con frecuencia la casa de Albertina Azócar Soto (que había firmado los bonos destinados a financiar la campaña senatorial) y su esposo, el poeta Ángel Cruchaga Santa María. En aquellos agitados meses Neruda escribió y concluyó los borradores de “Antología Popular de la Resistencia”, “La lámpara en la tierra”, “Que despierte el leñador” y “Crónica de 1948”.


En junio y julio de 1948, Neruda y Delia se refugian en Valparaíso, protegidos por miembros del Partido Comunista, planificando una eventual salida de Chile a través del Pacífico. En el puerto el poeta escribe “El fugitivo”, buena parte de “El gran océano” y el inicio de “Los conquistadores”. El 12 de julio celebra su cumpleaños. En agosto la pareja vuelve a Santiago, a la casa de la familia Perelman, en Avenida Antonio Varas. En este período Neruda termina la totalidad de “Los conquistadores” y “Los libertadores”. Y, antes de cambiar de refugio una vez más, comienza la primera sección de “La arena traicionada” (“Los verdugos”). A fines de septiembre Pablo y Delia vuelven a la parcela de don Julio Vega, en Santa María de Chena, donde el poeta termina “Los verdugos” y la sección siguiente de “La arena traicionada” (“Las oligarquías”). Después se trasladan a la casa del escritor Tomás Lago, donde Neruda finiquita “La arena traicionada”.1 En noviembre la pareja pasa al menos un mes en casa de Francisco Mackenna, en Los Vilos, donde el poeta se dedica a terminar “El gran océano”. En cierta ocasión, Ignacio se ve en la necesidad de sacarlos abruptamente en medio de la noche para devolverlos a Santiago, a casa de Luis Enrique Délano y Lola Falcón, en Ñuñoa. En esos días el poeta comienza a escribir “Carta a Miguel Otero Silva” y “Coral de Año Nuevo para la patria en tinieblas”. En diciembre de 1948 tenemos a Neruda escribiendo en San Juan de Pirque, en la casa de Julia Mackenna (hermana de Francisco, que lo protegió en Los Vilos). Allí redacta la carta “A Rafael Alberti” y se realiza la célebre edición clandestina de “Coral de Año Nuevo para la patria en tinieblas”, en forma de impresión mimeografiada y con ilustraciones del pintor venezolano Carlos Bracho. Al llegar la Navidad, Ignacio traslada a Delia y al poeta a Santiago, nuevamente al departamento del Parque Forestal de los Insunza-Figueroa. Allí pasan las fiestas. En enero de 1949 Neruda y Delia vuelven a la casa de don Julio Vega, donde Neruda escribe y finiquita “Yo soy”, poniendo fin al último poema del Canto general, como señala en “Termino aquí”: Así termina este libro, aquí dejo mi Canto general escrito en la persecución, cantando bajo las alas clandestinas de mi patria. Hoy 5 de febrero, en este año de 1949, en Chile, en “Godomar de Chena”, algunos meses antes de los cuarenta y cinco años de mi edad.2

Después de la culminación del libro Neruda y su mujer retornan a Santiago, protegiéndose en casa de Graciela Matte (en Providencia con Pedro de Valdivia). En este punto el poeta y Delia separan caminos y Neruda se traslada al sur con Manuel Solimano y Jorge Bellet. La vida y la obra de Tomás Lago fueron una ayuda estelar en la tarea de trazar las huellas del Neruda fugitivo de 1948. Lago se encargó, por petición del mismo poeta, de la coordinación general de la edición clandestina del Canto general. No es gratuito que, en uno de los capítulos más importantes de la obra, Neruda le dedicara un poema. 1

2 XV, XXVIII. El “Godomar de Chena” de estos versos corresponde a una versión disfrazada de Santa María de Chena, donde vivía don Julio Vega.


Con la ayuda del bibliófilo José Rodríguez y en compañía de Víctor Bianchi, Jorge Bellet y tres arrieros, Neruda cruza la cordillera a caballo, a la altura de los lagos Ranco y Maihue. A principios de marzo llega a San Martín de los Andes, Argentina. En una hoja que lleva el membrete del Hotel Los Andes le escribe a Delia: “Mi amor: Víctor le explicará todas las angustias. Todo va bien”. Neruda firma como Antonio, pues la identidad clandestina del poeta era Antonio Ruiz, supuesto ornitólogo. Así terminaba su año clandestino en Chile.

CUATRO

Cruzar la cordillera significó para Neruda comenzar a tejer su leyenda de gran poeta épico del continente americano. Con esa odisea también empezaba a existir la obra que el lector tiene en sus manos. El itinerario histórico y bibliográfico que guió la búsqueda de los capítulos del Canto general también recibió aportes de los bibliófilos Juan Guillermo Levine y Exequiel Lira Ibáñez, y de los poetas Adán Méndez Rozas y Bernardo Reyes Herrera. En mis indagaciones a veces encontré folios sueltos, a veces capítulos enteros y a veces documentos que no estaban incluidos en la obra pero que pertenecían al período de su gestación en la clandestinidad. Así encontré la génesis de varios poemas, fotografías, fragmentos desconocidos y textos inéditos que no fueron incluidos en el libro, como uno escrito en el reverso del capítulo “El fugitivo” que corresponde a una conferencia dictada por Neruda en 1947 (“Viaje alrededor de mi poesía”). Encontré también el manuscrito del libro inédito “Louis Aragon, patriota o poeta” y una docena de cartas dirigidas a Delia del Carril, como la que Neruda le envió desde San Martín de los Andes, tras cruzar la cordillera. En una de esas cartas Pablo comunica a Delia las razones para terminar la relación, que duraba ya más de veinte años. Completar esta colección nos llevó más de tres décadas. Los capítulos “América, no invoco tu nombre en vano”, “Las flores de Punitaqui” y “Yo soy” formaban parte del legado familiar del escritor Javier Echeverría Prieto. Estaban en su biblioteca. En Londres fue subastada la versión definitiva de “Alturas de Macchu Picchu”, enviada a Inglaterra por un sobrino político de Laura Reyes, hermana de Neruda, a quien el poeta se la había obsequiado en uno de sus cumpleaños. En Buenos Aires, una antigua casa bibliográfica subastó “Los ríos del canto”. “El gran océano” fue encontrado en la biblioteca de una familia cercana a Neruda que ha residido por largos años en España. En la adquisición de esos folios fue decisiva la gestión del poeta Guillermo Escoda Sirvent, pues corríamos el riesgo de que los dueños enviaran el manuscrito a subastarse a Londres, donde elevaría su precio. Dos viajes a Madrid, en 1989 y 1990, sellaron los acuerdos.3 En esos viajes investigué en la Biblioteca Nacional española ciertos archivos relacionados con las misiones de la Compañía de Jesús en las poblaciones guaraníes. También aproveché de conocer el único ejemplar original que se conserva íntegro de De la diferencia entre lo temporal y eterno, de Juan Eusebio Nieremberg. El volumen es un verdadero milagro tipográfico que revela las infinitas posibilidades que logró el desarrollo de la imprenta en América del Sur en el siglo XVIII. También pude ver un legajo manuscrito de la condena a muerte del líder de la rebelión de 1780 en el Virreinato del Perú, José Gabriel Túpac Amaru. 3


Para dar con los originales de “Yo acuso” y “Los libertadores”, así como con fotografías y documentos de la década de 1940, fue fundamental la disposición y experiencia del dramaturgo y novelista Luis Rivano Sandoval. Lo mismo debo expresar de la familia Perelman, a la que llegué gracias a los buenos oficios del librero Ricardo Bravo Murúa. Los Perelman eran propietarios de “Los conquistadores”, la última parte que faltaba en esta colección. El acuerdo final del traspaso lo firmamos el 12 de julio de 2005, en el aniversario 101 del nacimiento de Neruda. Así se juntaban por primera vez todos esos manuscritos y originales. El conjunto es más que la suma de las partes. Debido a los múltiples borradores que realizó el poeta mientras escribía el Canto general, sabemos que hay otras versiones de dos o tres capítulos de esta colección. Es el caso de una copia de “Los libertadores” que se encuentra en la Taylor Institution Library de la Universidad de Oxford. Las versiones que aquí presentamos en facsimilar son las que se publicaron en la primera edición mexicana de 1950. Al contrastar ediciones sucesivas, hemos descubierto breves fragmentos que fueron incorporados posteriormente. Al finalizar, deseo agradecer al poeta español Santiago Vivanco Sáenz, por su colaboración en la conservación y mantención de este corpus poético, y a mi hijo César Soto Guzmán, por ayudarme en mis labores durante los años difíciles que vivió Chile en el siglo XX. También quiero recordar los versos indelebles de Eliot que recitamos con Pring-Mill, saliendo de la Abadía de Westminster, un otoño lejano de otro tiempo: “Lo que pudo haber sido y lo que ha sido / van a un fin / que está siempre presente”.


NERUDA Y LA GESTACIÓN DEL CANTO GENERAL Hernán Loyola

Los más antiguos textos conocidos del Canto general son de 1938; los últimos, de 1949. Entre estos dos extremos, la historia de la escritura del libro reconoce al menos dos períodos muy diferenciados: (I) 1938-1946, desde la “Oda de invierno al río Mapocho” del redescubridor de su propia patria, hasta “Las flores de Punitaqui” del recién electo senador Reyes Basoalto; (II) 1947-1949, desde el desencadenamiento de la furia política y poética contra la traición del presidente González Videla, hasta el orgulloso “Yo soy” del exiliado en Europa.

PERÍODO 1938-1946

Al regresar a Chile desde Europa en 1937 Neruda traía consigo un doble proyecto de acción: por un lado la intensificación de la batalla antifascista intercontinental a través de la solidaridad con la España republicana y con las campañas de la Internacional comunista patrocinadas por la Unión Soviética; por otro, la escritura de un libro de revelación, narración y celebración de Chile. En la primera dirección Neruda se movió con imprevista diligencia, sea participando con decisión al esfuerzo triunfante del Frente Popular para instalar al candidato Pedro Aguirre Cerda en el sillón presidencial de Chile (1938), sea embarcando en el Winnipeg, con destino a Valparaíso, unos dos mil españoles republicanos, prófugos de la derrota en la Guerra Civil (1939). En la segunda dirección los signos fueron menos visibles al comienzo. En 1938 la breve prosa “La copa de sangre”1 preludió un proyecto poético cuyos mensaje y lenguaje lo situaban muy distante de España en el corazón, pero al mismo tiempo en ámbito En Pablo Neruda, Obras completas, edición de Hernán Loyola, tomo IV (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2001), pp. 417-418.

1


de afinidad. El proyecto nació con nombre: Canto general de Chile. Hubo una actividad en la que las dos direcciones convergieron: la fundación de la Alianza de los Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura (7 de noviembre de 1937) y de su órgano oficial, la revista Aurora de Chile, cuyo primer número del 1 de agosto de 1938 incluía el más antiguo poema del Canto general, “Oda de invierno al río Mapocho”. Lentamente procedió la escritura del libro durante los dos años que siguieron. El 10 de julio de 1940 hubo en el Salón de Honor de la Universidad de Chile un acto organizado por la Alianza de Intelectuales de Chile para despedir a su presidente, Pablo Neruda, que en las próximas semanas debería asumir funciones de cónsul general en México. Durante ese acto Neruda leyó otros cinco poemas del futuro Canto: “Botánica”, “Atacama”, “Océano”, “Himno y regreso” y “Almagro”, que en conjunto eran indicios de las líneas temáticas que el autor había comenzado a ensayar.2 Entre agosto de 1940 y agosto de 1943 Neruda tuvo oportunidades de recorrer no sólo diversas regiones y ciudades de México sino también Centroamérica y el Caribe, particularmente Guatemala y Cuba. Con naturalidad el libro fue asumiendo así una perspectiva continental: el canto general de Chile comenzó a tomar la forma de un canto general de América Latina. Esta expansión del espacio del Canto devino evidente cuando en 1943 algunos breves poemas, publicados en México por la revista América bajo el título “América, no invoco tu nombre en vano”,3 abordaron en un ciclo unitario variados aspectos del mosaico latinoamericano. A nivel estilístico el texto permanecerá aislado, sin prosecución, testimoniando las dificultades que estaba encontrando Neruda para dar con el justo tono de su libro. Esto último se advertía sobre todo en la dimensión “histórica” del Canto, donde los pasos eran muy lentos. Sólo un par de textos relativos a figuras de la conquista de Chile (Almagro el descubridor, Ercilla el poeta) habían sido escritos antes de la publicación en 1942 de “El corazón magallánico” en Cuadernos Americanos.4 Este bloque de poemas, precursor del que publicará en 1943 la revista América, reafirmó la modulación cronístico-lírica del lenguaje, eludiendo todavía la impostación épica acaso tentadora pero por entonces inviable para nuestro poeta. Durante la larga navegación de regreso desde México a Chile, iniciada en agosto de 1943, Neruda hizo escala –con invitaciones, conferencias, recitales, entrevistas, homenajes y polémicas– en varios países del Pacífico: Panamá, Colombia, Ecuador y Perú, donde tuvo ocasión de visitar las ruinas de Machu Picchu (octubre de 1943). Otra experiencia de integración a varios niveles lo esperaba en Chile. Buena parte de 1944 y los primeros meses de 1945 el ciudadano Pablo Neruda (todavía Neftalí Reyes para la ley), candidato independiente a senador –en la lista comunista– por las provincias de Tarapacá y Antofagasta, los pasó recorriendo ciudades, pueblos y campamentos del extremo norte del país, en continuo e intenso contacto con los trabajadores urbanos y agrícolas pero muy en especial con “Botánica”, “Atacama”, “Océano” e “Himno y regreso” fueron después recogidos en Canto general VII. El título “Almagro” fue sustituido por “Descubridores de Chile”. 2

3

Después Canto general VI.

4

Después Canto general III, XXIV.


los mineros del cobre y del salitre. Una experiencia opuesta (y complementaria) a la de su infancia: el desierto, el sol, los socavones metalíferos y las aglomeraciones organizadas del proletariado en el norte, en lugar de los bosques, la lluvia, las casas de madera y los campesinos del sur agrario, ganadero y forestal. Una avalancha de votos en favor del candidato Reyes hizo del poeta Pablo Neruda un senador de la República el 4 de marzo de 1945, algunos días antes de recibir el premio Nacional de Literatura. El senador Reyes, que pronunció su primer discurso en el Congreso chileno el 30 de mayo, sin pérdida de tiempo inició los trámites destinados a legalizar, para el ciudadano, el nombre ya consagrado del escritor. El 8 de julio de ese mismo año Neruda asumió oficialmente su condición de comunista al recibir por primera vez el carné del partido. Y en septiembre de ese crucial 1945 se retiró a Isla Negra para descansar de muchos meses de intensa actividad pública y para escribir por fin el poema que lo asediaba desde hacía casi dos años, “Alturas de Macchu Picchu”, que completó muy probablemente a comienzos de 1946.5 Con lentitud creció el Canto general durante 1946 y 1947. El senador Reyes limitaba de hecho al poeta Neruda pero al mismo tiempo definía su imagen textual. De 1946 es el poema “Las flores de Punitaqui”,6 donde la figura del poeta fue la del mediador privilegiado entre los trabajadores y el poder, la del autorizado portavoz de los humildes: herencia y actualización del Yo naciente de “Alturas de Macchu Picchu”. Pero en “Flores”, contrariamente a “Alturas”, la representación del pueblo procedió desde un inicial diseño historizado (pasado y presente sobre un fondo de dolor y de opresión de clases, como en la serie X de “Alturas”) hacia una restitución mítica en las series finales del texto: el pueblo como héroe constructor de la Ciudad Futura (en simetría especular con las ruinas de la ciudadela andina). De este modo “Las flores de Punitaqui” marcó el tránsito final hacia la modulación épica del libro, proceso que fue acelerado por el curso del acontecer histórico de Chile. PERÍODO 1947-1949

El 6 de enero de 1948 el senador Neruda (nombre ya legalizado) pronunció en el Congreso un violentísimo discurso de acusación contra el presidente González Videla por haber desencadenado en el país (desde mediados de 1947) la persecución policial de los mismos comunistas que sólo algunos meses antes había abrazado y elogiado por el decisivo aporte a su elección como presidente de Chile en 1946.7 La Guerra Fría había comenzado y sus efectos fueron particularmente visibles en el país hispanoamericano que había desarrollado el partido comunista más fuerte de Occidente, después de los de Italia y Francia. El 5 de febrero de 1948 Neruda consiguió eludir el cerco de la policía que lo aguardaba al término de la sesión del Senado y pasó a la clandestinidad. Durante más de un año se ignoró su paradero. Literalmente protegido por su pueblo, 5

Después Canto general II.

6

Después Canto general XI.

7

“Yo acuso”, en Obras completas, tomo IV, pp. 704-729.


pasando de un refugio a otro, Neruda logró burlar a la policía de González Videla y ocultarse en el interior del país hasta febrero de 1949, cuando a caballo, con la barba y la falsa identidad del señor Antonio Ruiz –empleado, ganadero u ornitólogo según la ocasión–, atravesó los Andes por la región austral hacia Argentina.8 El 25 de abril de 1949 fue el día memorable de la espectacular reaparición pública de Neruda en París, durante la clausura del Primer Congreso Mundial por la Paz. Ese año de clandestinidad y de involuntaria licencia aceleró la terminación del Canto general. Para escapar a la persecución no podía salir de un cuarto y debía cambiar de sitio muy a menudo [...]. Desde el primer momento comprendí que había llegado la hora de escribir mi libro. Fui estudiando los temas, disponiendo los capítulos y no dejé de escribir sino para cambiar de refugio. En un año y dos meses de esta vida extraña quedó terminado el libro. Era un problema sacar los originales del país. Le hice una hermosa portada en que no estaba mi nombre. Le puse como título falso Risas y lágrimas por Benigno Espinoza. En verdad no le quedaba mal este título.9

Ayudó la ira: la traición de González Videla fue vivida como un agravio personal por Neruda, que había sido un eficientísimo organizador de la propaganda electoral del presidente (“El pueblo lo llama Gabriel”10). Pero al mismo tiempo la persecución hizo posible que el poeta sintiera su personal destino identificado de veras con el de tantos sindicalistas, obreros y campesinos como él perseguidos. También hizo posible la inserción de su escritura en la Guerra Fría: el poema “Que despierte el leñador” marcó el tránsito desde el canto general de Chile y América al canto general a secas. ¿Por qué Neruda logró escribir en un año el doble de lo que había escrito durante los nueve años precedentes, o sea dos tercios del total del libro? Antes de 1948 existían ya en la escritura los fundamentos míticos del Canto general –en particular los principios femenino y masculino de América: la Tierra Madre y el Árbol del Pueblo–, y sin embargo el libro no lograba despegar. La traición de González Videla identificó el decisivo momento que faltaba: el Enemigo interior, los Traidores. Por eso el capítulo “El fugitivo” fue el texto desencadenante de la modulación épica del Canto general en cuanto permitió al poeta resolver, en primer lugar, el problema de la inserción de los conquistadores españoles dentro de una óptica condenatoria que hasta entonces, por presumibles motivos

A esa fuga aludió Neruda en su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura el 13 de diciembre de 1971. Véase “Discurso de Estocolmo”, en Pablo Neruda, Obras completas, edición de Hernán Loyola, tomo V (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2002), pp. 332-341. 8

“Algo sobre mi poesía y mi vida”, en Aurora, número 1, Santiago, julio de 1954, p. 13, y en Obras completas, tomo IV, pp. 933-934. 9

Entre los aportes de Neruda a la campaña presidencial de Gabriel González Videla, de la que fue jefe nacional de propaganda, se encuentra el poema “El pueblo lo llama Gabriel”. El poeta declaró en el diario El Siglo el 3 de agosto de 1963 que en vísperas de un multitudinario acto en el Estadio Nacional el candidato le insistió hasta el cansancio en que le escribiera un poema. Señala Neruda: “Lo hice sólo después que me lo pidió la Dirección de mi partido. Fue un corto romance en el que cada una de sus estrofas terminaba con el verso ‘El pueblo te llama Gabriel’. No saqué ninguna copia. Leyó el manuscrito frente a los micrófonos la actriz Inés Moreno. Y apenas terminó de recitar me acerqué a ella, le pedí el original del poema y lo destrocé allí mismo en mil pedazos. Había visto tantas cosas en mis contactos con él que intuía la posibilidad de una voltereta”. 10


de ecuanimidad histórica y de amor a España, le había sido imposible. Las experiencias del Fugitivo y de la Traición –que aclararon el esquema mítico de base y promovieron la escritura del capítulo “La arena traicionada”– 11 vencieron también las vacilaciones del poeta. Fue así que una parte de la violencia épica destinada a los Traidores se transfirió a los Conquistadores. Las figuras de Cortés, Alvarado, Balboa, Pizarro, Valverde y Valdivia fueron diseñadas por textos de 1948 y 1949 desde una perspectiva de agresividad condenatoria que los poemas sobre Almagro, Ercilla y Magallanes (escritos entre 1938 y 1942) no comportaban. Si no como Traidores, los conquistadores españoles fueron incorporados a la escritura de 1948 del Canto general como Ofensores de la Madre Tierra americana. Lo cual significa que a partir de 1948 Neruda optó por una representación épica del pasado americano fundada más en la tradición cultural y popular que en el rigor histórico o en la perspectiva personal (cronístico-lírica) hasta entonces ensayada. Este paso, aparentemente reductor o simplificador, hizo posible la elaboración funcional, en clave épica, de un diseño mítico que conjugó la concepción americanista del poeta con la eficacia política que el momento histórico reclamaba. Y que permitió articular unitariamente los capítulos relativos al pasado de América y los relativos a la situación contemporánea. Importa recordar que el responsable de la seguridad de Neruda y organizador/coordinador de todos sus desplazamientos clandestinos fue –ahora lo sabemos– el historiador Álvaro Jara, por entonces un joven investigador al inicio de su carrera universitaria. Elegido para tal tarea porque era insospechable al escrutinio de la policía, y porque alguien agudamente le intuyó y atribuyó capacidades que él egregiamente confirmó poseer, Jara fue además el proveedor de la historiografía básica que subyace a los capítulos III, IV y V del Canto general. Para consolidar el fundamento mítico del libro Neruda completó en 1948 el capítulo “La lámpara en la tierra”,12 pero con modulación estilística muy diversa a la del fragmento introductorio, “Amor América”, escrito varios años antes. El retroceso a una América anterior al hombre abrió paso, también en esta fase final, a la inquietante cosmogonía del capítulo “El gran océano”.13 Cabe preguntarse por qué este capítulo no fue colocado antes de “La lámpara en la tierra”. Es posible que Neruda haya querido subrayar en el océano más una cosmogonía personal (por decirlo de algún modo) que una cosmogonía general o americana. Si ya en textos tan tempranos como “Imperial del Sur”14 el Sujeto nerudiano vinculaba el océano a las tentativas de fundación de sí mismo, no es extraño que el capítulo “El gran océano” preceda inmediatamente al capítulo XV, “Yo soy”, propuesto al cierre del Canto general como sumario autobiográfico del yo y como su definitivo autorretrato. Los últimos versos del Canto general traían una fecha de conclusión del libro (“Hoy 5 de febrero, en este año / de 1949, en Chile...”) que probablemente 11

Canto general V.

12

Canto general I.

13

Canto general XIV.

Pablo Neruda, Anillos (Santiago: Nascimento, 1926). En Obras completas, edición de Hernán Loyola, tomo I (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 1999), pp. 237-251. 14


registró la intención del autor en esos días. Pero los acontecimientos sucesivos hicieron de ella una fecha ficticia. En diciembre de 1949 Neruda escribió en México un epílogo al capítulo V, “González Videla, el traidor de Chile”, cuyo original escrito a máquina y corregido por mano del poeta conservó su amigo Luis Enrique Délano. A última hora, cuando el libro entraba en prensas, Neruda agregó al capítulo XII el poema “A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”, escrito también en diciembre de 1949.


CANTO GENERAL


ALTURAS DE

MACCHU PICCHU

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LA ARENA

TRAICIONADA

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EL

FUGITIVO

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SOBRE ESTA EDICIÓN

Orden de los poemas Al publicarse por primera vez una edición facsimilar del Canto general se ha procurado conservar el orden dado a sus principales ediciones,1 que en las sucesivas y múltiples reediciones se ha mantenido con pocas variantes. Sin embargo, se ha privilegiado no intervenir los originales y conservar la integridad de cada página, como también la de algunas series de páginas con folios puestos por el mismo autor. Así, se ha desechado la opción de cortar páginas o series de páginas para intercalar textos, siempre ateniéndose al principio de alterar lo menos posible el orden referido. De este modo, el poema “Morazán (1842)”, que debería ir entre los poemas “Toussaint L’ Ouverture” y “Viaje por la noche de Juárez”, aquí se ha ubicado al final del capítulo IV (“Los libertadores”), al que pertenece. Asimismo, en el capítulo VII (“Canto general de Chile”), los poemas “Melancolía cerca de Orizaba (1942)”, “Océano”, “Talabartería”, “Alfarería”, “Telares”, “Inundaciones” y “Terremoto”, que deberían ir en este orden, aquí, por las razones ya expuestas, se han ordenado del siguiente modo: “Océano”, “Inundaciones”, “Melancolía cerca de Orizaba (1942)”, “Talabartería”, “Alfarería”, “Telares” y “Terremoto”. En el mismo capítulo, los poemas “Zonas eriales”, “Chercanes”, “Loica”, “Chucao”, “Botánica” y “Araucaria” deberían ir en este orden. Aquí se ordenan del siguiente modo: “Zonas eriales”, “Araucaria”, “Chercanes”, “Loica”, “Chucao” y “Botánica”. Poemas ausentes Algunos textos no aparecen porque no se dispone de sus originales. Es el caso de: · “Artigas”, poema XXVI del capítulo IV (“Los libertadores”). · “Castro Alves del Brasil”, poema XXIX del mismo capítulo. · “Un río”, poema XVII del capítulo VI (“América, no invoco tu nombre en vano”). A este respecto, el profesor Hernán Loyola apunta en sus notas al Canto que en la edición de Losada de 1968 fueron agregados al capítulo IV los poemas “Artigas” (trasladado desde La barcarola [1967]) y “Castro Alves del Brasil”; además, por intervención directa del mismo Loyola, fue recuperado “Un río”, poema “que las ediciones anteriores de Canto general –a comenzar desde la príncipe mexicana– habían omitido por inadvertencia”.2 Poemas incompletos Hay algunos originales a los que les faltan estrofas o versos. Es el caso de: · “Eternidad”, poema que abre el capítulo VII (“Canto general de Chile”): le faltan las dos primeras estrofas y parte de la tercera; en total, veinticinco versos. · El poema II del capítulo IX (“Que despierte el leñador”): le faltan varios versos, al ser una versión distinta a la publicada en las ediciones principales . · El poema “A Silvestre Revueltas, de México, en su muerte (Oratorio menor)”, del capítulo XII (“Los ríos del canto”): le faltan las últimas dos estrofas; en total, diez versos. · El poema “México (1940)”, del capítulo XV (“Yo soy”): le faltan tres estrofas; en total, diecinueve versos. Otras observaciones · En estricto rigor, esta edición, que hemos descrito compuesta de “manuscritos originales”, debería ser de “mecanoscritos originales con anotaciones autógrafas”. Optamos por no utilizar esta descripción técnicamente correcta para evitar que el lector no especializado incurra en eventuales confusiones. · No se incluyen las portadas de los capítulos “Alturas de Macchu Picchu”, “La arena traicionada” y “El fugitivo”, al no disponerse de los originales. · En la página 237, entre los poemas “Patagonia” y “Una rosa”, del capítulo VI (“América, no invoco tu nombre en vano”), aparecen, tarjados y sin título, unos versos que corresponden al poema “Eternidad”, del capítulo VII (“Canto general de Chile”). Los versos vuelven a aparecer, ya no tarjados y en el lugar que les corresponde, en la página 243. En el mismo capítulo VII, el poema “Terremoto” aparece incompleto y luego completo en las páginas 246 y 252, respectivamente; a su vez, el poema “Telares” se repite, con ligeras modificaciones, en las páginas 251 y 252. · En el poema “A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España”, del capítulo XII (“Los ríos del canto”), hay dos versiones de la estrofa final. La última es la que ha sido publicada. · Los últimos versos del poema “México (1940)”, del capítulo XV (“Yo soy”), están apuntados en el borde inferior de un texto manuscrito. Neruda invirtió la hoja para aprovechar el espacio en blanco. El texto manuscrito no es parte del Canto general; se trata de una carta de Clara Friedman a Pablo Neruda, con fecha 27 de enero de 1948. · Se ha mantenido la denominación “Macchu Picchu” cuando Neruda se refiere a la ciudadela inca. En el resto de los textos se ha optado por la forma “Machu Picchu”, al ser ésta la más usada y conocida.

1

Canto general (México: Talleres Gráficos de la Nación, 1950, edición de autor al cuidado de Miguel Prieto), Canto general (Santiago:

América, 1950, edición clandestina del Partido Comunista) y Canto general (Bueno Aires: Losada, 1968, colección Cumbre). 2

En Pablo Neruda, Obras completas, edición de Hernán Loyola, tomo I (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 1999), p. 1.209.


CANTO GENERAL: EL GRAN POEMA DE AMÉRICA Darío Oses

Canto general es un clásico de las letras hispanoamericanas y de la poesía contemporánea universal. Se lo ha comparado con obras cumbres de la literatura, como la Biblia, el Popol Vuh, la Divina comedia de Dante, La Araucana de Ercilla y Hojas de hierba de Whitman. Es también la culminación de una tradición literaria americana: la creación de un poema con una visión abarcadora del continente. En este intento Neruda fue precedido por Andrés Bello, Rubén Darío y José Santos Chocano, entre otros. En mayo de 1953, Neruda afirmaba: Y bien, es Andrés Bello [...] quien comenzó a escribir antes que yo mi Canto general. Y son muchos los escritores que sintieron primordiales deberes hacia la geografía y la ciudadanía de América. [...] Los antiguos pensadores patricios, adustos como Bello [...] o como Rubén Darío, cascada inalterable del idioma, nos indicaron este camino de sencillez y de construcción continental que ahora nos reúne.1

El libro tiene quince secciones. En ellas Neruda despliega una visión poética de la naturaleza y las culturas americanas, y un recorrido de más de quinientos años por la prehistoria, la historia y la política de América. Se inicia con “La lámpara en la tierra”, que introduce al génesis, a los mitos de la creación del continente, y concluye con una recapitulación autobiográfica que se cierra en la fecha exacta en que el poeta está terminando de escribir el libro. “A la paz por la poesía”, discurso ante la Asamblea Plena del Congreso Continental de la Cultura, 26 de mayo de 1953. En Pablo Neruda, Obras completas, edición de Hernán Loyola, tomo IV (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2001), p. 889. Respecto de la construcción de un poema de dimensión continental, Enrico Mario Santí anota que el Canto general “representa la culminación de una venerable tradición poética [...] que Gordon Brotherston ha llamado ‘la gran canción de América’: un poema cuyas dimensiones hemisféricas se identifican moral y geográficamente con el continente americano”. Véase Enrico Mario Santí, “Introducción”, en Pablo Neruda, Canto general (Madrid: Cátedra, 1990), p. 14. 1


En sus cinco primeras secciones el Canto general tiene un orden cronológico, que va desde las culturas precolombinas hasta las dictaduras instaladas en distintos países de América en las primeras décadas del siglo XX. La obra incluye, además, voces de las víctimas de la opresión, crónicas de sucesos políticos y sociales contemporáneos, cartas de Neruda a algunos de sus amigos poetas, una recapitulación poético-autobiográfica del autor, un canto de nostalgia por la patria desde el exilio y un gran poema cósmico sobre el mar, entre otros temas. Estos elementos tan diversos se integran en un gran canto americano. En varios testimonios Neruda insiste en esta búsqueda de la unidad. Así, en sus memorias comenta: La idea de un poema central que agrupara las incidencias históricas, las condiciones geográficas, la vida y las luchas de nuestros pueblos, se me presentaba como una tarea urgente. La costa salvaje de Isla Negra, con el tumultuoso movimiento oceánico, me permitía entregarme con pasión a la empresa de mi nuevo canto.2

En una de sus conferencias el poeta insistió en esta búsqueda de la unidad: “Asistido por el propósito de dar una gran unidad al mundo que yo quería expresar, escribí mi libro más ferviente y más vasto: el Canto general ”.3 Finalmente, en el Congreso Continental de la Cultura declaró: Unir a nuestro continente, descubrirlo, construirlo, recobrarlo, ése fue mi propósito. [...] Me propuse también abarcar nuestra inmensidad americana sin temer la fulguración de los héroes ni pasar por alto los crímenes que nos han ensangrentado. Tuve serias dudas si nombrar o no junto a los progenitores de nuestras patrias a los pequeños villanos que transitoriamente las mancillan, y decidí que sí, y así lo hice. [...] Los hechos más oscuros de nuestros pueblos deben ser levantados a la luz. Nuestras plantas y nuestras flores deben por primera vez ser contadas y cantadas. Nuestros volcanes y nuestros ríos se quedaron en los secos espacios de los textos. Que su fuego y su fertilidad sean entregados al mundo por nuestros poetas.4

1810: LA FECHA MÁGICA

Este libro vasto y ferviente nació de un proyecto más modesto. En su conferencia “Algo sobre mi poesía y mi vida”, de 1954, el poeta dijo: Mi primera idea del Canto general fue sólo un canto chileno, un poema dedicado a Chile. Quise extenderme en la geografía, en la humanidad de mi país, definir sus hombres y sus productos, la naturaleza viviente. Muy pronto me sentí complicado, porque las raíces de todos los chilenos se extendían debajo de la tierra y salían en otros territorios. O’Higgins tenía raíces en Miranda. Lautaro se emparentaba con Cuauhtémoc. La alfarería de Oaxaca tenía el mismo fulgor negro de las gredas de Chillán.

Confieso que he vivido, en Obras completas, edición de Hernán Loyola, tomo V (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2002), p. 549. 2

3

“Algunas reflexiones improvisadas sobre mis trabajos”, en Obras completas, tomo IV, p. 1205.

4

“A la paz por la poesía”, en Obras completas, tomo IV, pp. 889-890.


1810 era una fecha mágica. Fue una fecha común a todos, un año general de las insurrecciones, un año como un poncho rojo de rebelión ondulando en todas las tierras de América.5

En esa misma conferencia Neruda señaló que el suceso decisivo para la ampliación de su proyecto hacia todo el ámbito americano fue su ascenso a Machu Picchu: Cuando pasé por el Alto Perú fui al Cuzco, ascendí a Macchu Picchu. [...] Pensé en muchas cosas a partir de mi visita [...]. Pensé en el antiguo hombre americano. Vi sus antiguas luchas enlazadas con las luchas actuales. Allí comenzó a germinar mi idea de un canto general americano. Antes había persistido en mí la idea de un canto general de Chile, a manera de crónica. Aquella visita cambió la perspectiva. Ahora veía a América entera desde las alturas de Macchu Picchu.6

UNA VETA ENTERRADA

La Guerra Civil española había llevado al poeta a cambiar radicalmente su visión del mundo y de la poesía. Del tono pesimista y oscuro de Residencia en la tierra, pasó a la poesía combativa y militante de Tercera residencia. En el Canto general se advierte un nuevo cambio: hacia un estilo nacional americano, popular, épico y prosaico. En su ya mencionada conferencia de 1954, Neruda señaló: No podía hacer un libro sólo sobre cosas sublimes, sobre altas montañas y altos héroes. Tenía que cambiar el tono, como cambia la vida y la tierra del continente. Tenía que detenerme en lo minúsculo y para esto escogí un tono de crónica, un estilo deliberadamente prosaico, que contrastara con las esplendorosas visiones. Escribí paso a paso, como quien anda por calles torcidas, contando las piedras y los accidentes callejeros.7

También en sus memorias el poeta se refiere a este nuevo impulso de su poesía: El contacto de España me había fortificado y madurado. Las horas amargas de mi poesía debían terminar. [...] Me pareció encontrar una veta enterrada, no bajo las rocas subterráneas, sino bajo las hojas de los libros. Puede la poesía servir a nuestros semejantes? Puede acompañar las luchas de los hombres? Ya había caminado bastante por el terreno de lo irracional y de lo negativo. Debía detenerme y buscar el camino del humanismo, desterrado de la literatura contemporánea, pero enraizado profundamente a las aspiraciones del ser humano. Comencé a trabajar en mi Canto general.8

“Algo sobre mi poesía y mi vida”, conferencia dictada en la Universidad de Chile el 21 de enero de 1954. En Obras completas, tomo IV, pp. 931-932. 5

6

Ibíd., p. 932.

7

Ibíd., p. 937.

8

Confieso que he vivido, en Obras completas, tomo V, p. 549.


UNA LARGA ESCRITURA

Canto general fue escrito entre 1938 y 1949; once años en los que ocurren los sucesos históricos más importantes del siglo XX: la derrota de la República española, la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría. Se producen también circunstancias significativas en la vida del poeta. En 1938 sufre dos pérdidas importantes: la muerte del padre, José Ángel Reyes, y de su madrastra, Trinidad Candia Marverde, a la que llamó cariñosamente “la mamadre” y por la que sintió el afecto más entrañable. En 1940 Neruda fue nombrado cónsul general en México. Allí entra en contacto más profundo con la historia de América y con el arte de los muralistas, principalmente Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, que más tarde ilustrarán la primera edición mexicana del Canto general. Su conocimiento del continente se enriqueció con los viajes. Al regresar a Chile desde México, en 1943, el poeta había visitado Argentina, Colombia, Cuba, Guatemala, Estados Unidos, Panamá y Perú. En este último país sube a las ruinas de Machu Picchu, experiencia que, como se ha dicho, fue fundamental para él. En el texto “Nuestra América es vasta e intrincada” el poeta describe este encuentro, que fue una especie de revelación de América desde las alturas andinas y que contrastaba con la regresión a la barbarie a la que se dirigía Europa en esos momentos: Pero la América excelsa, su edificio al aire libre se manifestó en la orgullosa y solitaria ciudadela de Macchu Picchu. Fue un encuentro decisivo en mi vida. Tuvo lugar hacia el año 1943: la gran guerra de los europeos no daba aún señales de acabar. Goya había profetizado: “El sueño de la razón engendra monstruos”. Mientras la razón dormía en el mundo, los monstruos practicaban la suprema carnicería. Desde la época de los sufrimientos de la América precolombina, cuando, según el padre De Las Casas, los perros de los invasores se alimentaban con la carne de los prisioneros vivos, mujeres, niños y hombres, la razón jamás conoció un sueño tan funesto.9

A principios de marzo de 1945 el poeta es elegido senador por las provincias de Tarapacá y Antofagasta. En su conferencia “Algo sobre mi poesía y mi vida” recordó: Mi contacto con las luchas populares iba siendo cada vez más estrecho. Comprendí la necesidad de una nueva poesía épica [...]. El verso debía tomar todos los contornos de la tierra enmarañada, romperse en archipiélago, elevarse y caer en las llanuras.10

En 1946 Neruda asume como jefe nacional de propaganda de la candidatura de Gabriel González Videla, que postula a la presidencia de Chile apoyado por una coalición de radicales, liberales y comunistas. González Videla triunfa en las elecciones y asume como presidente el 4 de noviembre de 1946. Al año si“Nuestra América es vasta e intrincada”, presentación a Roberto Magni y Enrique Guidoni, Civilización andina, traducción de Juan Blanco Catalá (Valencia: Mas-Ivars, 1972). En Obras completas, tomo V, pp. 352-353. 9

10

Obras completas, tomo IV, p.933.


guiente rompe su alianza con los comunistas, los pone fuera de la ley y persigue a sus dirigentes. A principios de febrero de 1948 Neruda es privado de su fuero parlamentario y se ordena su detención. A partir de ese momento y hasta marzo de 1949, vive en la clandestinidad. Entonces se dedicó a terminar su Canto general. Señala el poeta: Siempre estuve buscando tiempo para escribir el libro. Cada día tenía menos posibilidades de hacerlo. Por esos días llegó a Chile una de esas olas persecutorias que caracterizan a nuestra pobre América. Esta vez me alcanzó a mí y tuve que andar de sitio en sitio para que no me hallaran. [...] Para escapar de la persecución no podía salir de un cuarto y debía cambiar de sitio muy a menudo [...] Desde el primer momento comprendí que había llegado la hora de escribir mi libro. Fui estudiando los temas, disponiendo los capítulos y no dejé de escribir sino para cambiar de refugio. En un año y dos meses de esta vida extraña quedó terminado mi libro.11

Su propia circunstancia biográfica vino a iluminar su visión de la historia americana: La relación histórica de cuanto me pasaba se acercó dramáticamente a los antiguos temas americanos. En aquel año de peligro y de escondite terminé mi libro más importante, el Canto general.12

El 24 de febrero de 1949 Neruda inicia la travesía que lo llevará a salir del país a comienzos de marzo. Para el viaje adopta la identidad falsa de Antonio Ruiz, ornitólogo. También disfraza su libro, como él mismo relata: Era un problema sacar los originales del país. Le hice una hermosa portada [...]. Le puse como título falso Risas y lágrimas por Benigno Espinoza. En verdad no le quedaba mal ese título. [...] Así crucé la cordillera, a caballo, sin más ropa que la puesta, con mi buen librote y dos botellas de vino en las alforjas.13

LAS PRIMERAS EDICIONES

En 1950 aparece en México la primera edición del Canto general. Entre tanto, en Chile se hizo una edición clandestina, con grabados de José Venturelli. Con respecto de las dificultades que se encontraron al hacer esta publicación, comenta Neruda: …imprimir un libro de quinientas páginas, con ilustraciones, clandestinamente, es algo memorable. Se tomaron muchas precauciones y entre otras las de sacar de las imprentas los pliegos impresos y guardarlos en otros sitios. Después fue un largo trabajo reunirlos para la encuadernación. [...] Es curioso que, después de mí, haya sido mi libro el que siguiera 11

Ibíd.

12

“El cuerpo repartido”, en Obras completas, tomo V, p. 589.

13

Obras completas, tomo IV, pp. 933-934.


viviendo los mismos episodios de la vida clandestina que yo viví. Así como es difícil esconderme a mí, ya que se me reconoce tan fácilmente, fue difícil ocultar ese grueso volumen, sacarlo de noche de pronto cuando el peligro se acercaba, depositar las enormes cantidades de papel en un sitio más seguro, hacer que se juntara con sus tapas, coserlo y distribuirlo uno por uno.14

LA VISIÓN DE LOS VENCIDOS

El Canto general es, entre otras cosas, una reivindicación poética del pasado americano. Invierte la visión tradicional de la historia de América: según ésta, la Conquista europea trajo la civilización a un continente en estado de barbarie, y evangelizó a sus pueblos sumidos en la idolatría. Para Neruda, la Conquista destruyó las culturas originarias e interrumpió el desarrollo propio de los pueblos americanos, imponiéndoles otro, extraño y ajeno. El poeta cambió la perspectiva de la Conquista, al considerarla desde el punto de vista de los pueblos originarios, incorporando lo que hoy se llama “la visión de los vencidos”. Esto se refleja, por ejemplo, en el relato del encuentro de los españoles con Atahualpa en Cajamarca. Cuando el capellán Vicente de Valverde le entrega una Biblia al inca y éste, sin saber qué es aquel objeto extraño que no brilla ni suena, lo bota, el poeta adopta claramente el punto de vista del inca.

HABLAD POR MIS PALABRAS Y MI SANGRE

Además de la visión de los vencidos, en este libro se escucha la voz de los ausentes. El poeta habla de Machu Picchu como “aquella altísima ciudad” que “se había reducido al silencio”. Luego dice que al preguntar allí por sus constructores y habitantes sólo le respondió “un silencio sonoro”. Ese es el silencio que Neruda quiere llenar con su poesía: “Hablad por mis palabras y mi sangre” y “Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta”, les dice a esos habitantes que ya no están.

SIEMPRE LA LIBERTAD

Asimismo, este libro rompe la periodificación fijada por la historia oficial, al establecer una sola genealogía de libertadores en la que O’Higgins y San Martín, entre otros próceres, comparten sitio con Cuauhtémoc y Lautaro, pero también con Zapata, Sandino y Recabarren. A este respecto, la doctora Eugenia Neves apunta que “La imagen de la Libertad en el Canto general tiene la forma de un árbol cuya fuerza emana de la tierra para darle vida a los héroes de la Libertad, incesantemente renovados”.15

14

Ibíd., pp. 934-935.

15

Eugenia Neves, Pablo Neruda: la invención poética de la Historia (Santiago: Ril, 2000), p. 41.


Esta libertad de la que gozan los pueblos originarios se pierde cuando son conquistados, pero su germen permanece en el pueblo mestizo americano. Los libertadores del Canto general no son sólo los próceres que luchan en las guerras de Independencia contra la monarquía española a principios del siglo XIX, sino también los aborígenes que combaten contra los conquistadores e incluso los líderes populares que se oponen al imperialismo y buscan la redención del campesino y el obrero en el siglo XX. El historiador Hernán Ramírez Necochea recuerda que “un día de 1952 o de 1953 el Canto general llegó a mis manos. Lo leí de inmediato y, lleno de asombro, constaté que tenía a la vista una Historia de América hecha poema. Porque en verdad, como tantas veces se ha dicho, el Canto general es un macizo poema épico que contiene un relato y una interpretación del acontecer de América desde antes que ésta fuera América”.16 El escritor Fernando Alegría recuerda que Andrés Bello escribió en 1883, refiriéndose a La Araucana, que Chile es “el único hasta ahora de los pueblos modernos cuya fundación ha sido inmortalizada por un poema épico”. El autor agrega que Neruda es un digno continuador de Ercilla, al crear en su Canto general “la primera epopeya moderna fundamentada en una concepción dialéctica de la historia de los pueblos americanos”. Luego advierte: No es Neruda un poeta épico en el sentido en que Ercilla lo fue: La Araucana es escenario de acciones predominantemente guerreras e intermedios de amor, superimposición de un ideal renacentista en la sociedad primitiva de los araucanos. El Canto general es cosmogonía, historia política, exaltación lírica del paisaje americano, recreación de un pasado heroico y fundamentación dialéctica del proceso de emancipación anticolonial.17

UN CANTO UNIVERSAL

Desde 1950 se han realizado numerosas ediciones del Canto general y apartados de secciones de esta obra, especialmente de “Alturas de Macchu Picchu”, tanto en español como en traducciones al alemán, francés, inglés, checo, italiano, holandés, portugués, ruso y chino, entre otras lenguas. Grandes artistas, como los que ya se han mencionado, ilustraron el libro, e importantes compositores lo han musicalizado. Es el caso de Mikis Theodorakis, que compuso el oratorio Canto general, estrenado en 1973 en el estadio olímpico del Pireo, en Grecia. Así, este libro publicado inicialmente en la clandestinidad y el exilio, se difundió por todo el mundo.

16 Hernán Ramírez Necochea, “Notas sobre la Historia en Canto general ”, en Cuadernos Fundación Pablo Neruda, Nº 41, Santiago, 2000. 17

Fernando Alegría, “Prólogo”, en Pablo Neruda, Canto general (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1976).


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E

n su conferencia “Algo sobre mi poesía y mi vida” Neruda recuerda que apenas comenzó a vivir en la clandestinidad, en 1948, se le hizo evidente que había llegado la hora de dedicarse a terminar su Canto general: “Fui estudiando los temas, disponiendo los capítulos y no dejé de escribir sino para cambiar de refugio”, señaló. En efecto, para completar la escritura del libro el poeta debió estudiar los grandes temas de la historia y la naturaleza americanas (en sus escondites siempre logró conseguir los libros que necesitaba), y luego fue ensayando la forma que finalmente tendría la obra. Los documentos que a continuación presentamos reflejan vivamente ese proceso. Así, entre las páginas 456 y 462 hay varias tentativas de índices generales en los que Neruda ensayó temas y nombres de secciones y poemas. La progresión permite observar cómo fue acercándose al orden que finalmente dio al libro y también diversas ideas que desechó. En la página 460, por ejemplo, llama la atención la presencia del poema “Un canto para Bolívar”, que finalmente no pasó al Canto general y quedó en el libro donde ya había sido publicado, Tercera residencia (1947). En la misma página aparecen mencionados los poemas “Argentina: escucha lo que mi patria te dice” y “Salitre”, publicados en el diario El Siglo de Santiago el 11 de junio de 1944 y el 27 de octubre de 1946, respectivamente. Ninguno de los dos quedó en el Canto. Por otra parte, entre las páginas 462 y 469 se incluyen textos donde se puede observar la organización de los capítulos “La arena traicionada” (pp. 462 a 466), “El gran océano” (p. 468) y “Yo soy” (p. 469). Algunos documentos relativos a “La arena traicionada” se refieren específicamente a la secciones I (“Los verdugos”) y II (“Las oligarquías”). La página 466 muestra también nombres de personajes históricos americanos (próceres de las independencias –casi todos tarjados–, líderes populares y dictadores). Llama la atención que aparezca “Artigas”, poema que sólo fue incorporado al capítulo “Los libertadores” en la edición de Losada de 1968 (colección Cumbre). El manuscrito de la página 467, que menciona a Kafka, Eliot y Sartre, podría ser un esbozo del poema “Los poetas celestes” de “Las oligarquías”, que habla de “intelectualistas, rilkistas, / misterizantes, falsos brujos / existenciales”. En el manuscrito Neruda usa el término “extrangeristas”, mientras que en el poema del Canto dice “europeizados / cadáveres de la moda”. La página 465 está dividida en tres columnas. La primera incluye algunos temas propios de “Las oligarquías”, la segunda enumera especies del mundo


natural y la tercera dice “A los negros de América”. Al parecer Neruda tuvo la idea de incluir un texto sobre esta materia, aunque por alguna razón no lo hizo. Años después concretó su intención en el poema “Bailando con los negros”, del libro Canción de gesta (1960). En las páginas 470 y 471, a su vez, hay dos párrafos en los que Neruda habla de su Canto general. Corresponden a una de las varias conferencias que el poeta dio sobre su vida y su obra en distintas ciudades del mundo. En ellas alternaba recuerdos y comentarios con lecturas de algunos poemas. En la página 472 se encuentra lo que posiblemente sea una primera versión de la cueca “Manuel Rodríguez” del capítulo IV (“Los libertadores”). Entre las páginas 473 y 475 hay un borrador manuscrito de una parte de este mismo poema, en una versión que, aunque incompleta, es muy cercana a la que se publicó. En la página 476 hay varias anotaciones sueltas; una de ellas dice “Los 7 caciques”. En la página 477 otro apunte repite la idea: “Los siete caciques / Inés de Suárez”. El tema se insertó en el poema “Valdivia (1544)” (“Los conquistadores”), donde Neruda relata el episodio en que, durante el sitio de Santiago del 11 de septiembre de 1541, Inés de Suárez hizo decapitar a siete caciques que tenía prisioneros. En la misma página 477 se lee: “Bernal Díaz / del Castillo / Homenaje”. Esto indica que tal vez Neruda pensó incluir un texto sobre Bernal Díaz, que participó en la conquista de México y se convirtió en uno de sus cronistas más importantes. También hay una muestra de anotaciones manuscritas en el margen de un periódico. Allí se encuentra, incompleto, uno de los versos del poema XII de “Alturas de Macchu Picchu”: “No volverás del tiempo [subterráneo]”. La página 478 aporta anotaciones sobre árboles, maderas, animales y ríos americanos. Las páginas 479 y 480 contienen listas de nombres de posibles suscriptores de la edición mexicana numerada de 1950. La primera lista es de chilenos; la segunda incluye personas de varios países. Por último, en la página 481 se incluyen diversos apuntes, posiblemente para un discurso sobre la situación que se vivía en Chile como consecuencia de las persecuciones del gobierno de González Videla a dirigentes políticos y sindicales, cuando Neruda pasó a la clandestinidad y se dedicó de lleno a terminar su Canto general.


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DOSSIER


L

a escritura del Canto general se extendió por más de una década y coincidió con algunos de los hechos más importantes de la vida de Neruda. En estas imágenes puede apreciarse su ascenso a Machu Picchu y su inmersión en la vida política de Chile en la década de 1940, donde llegó a ser senador y cuya oposición al gobierno de González Videla le costó la persecución política y la clandestinidad. Este último acontecimiento, decisivo para la terminación del Canto, también sacó a flote lo más valioso que tenía el poeta: la compañía de su mujer, Delia del Carril, y la lealtad de los amigos, que cuidaron y protegieron a Neruda y fueron decisivos en la conservación de los originales de este libro.


1943. Pablo Neruda en Machu Picchu. Colección particular de César Soto Gómez.


1943. De derecha a izquierda: José Uriel García, Delia del Carril, Neruda y persona no identificada en Sacsayhuamán, Cuzco. Colección particular de César Soto Gómez.

1945-1949. Neruda escribiendo frente a un ventanal, en Santiago. Archivo Fundación Pablo Neruda.


1949. Picasso y Neruda en París, en la entrega del Premio Internacional de la Paz, otorgado por el poema “Que despierte el leñador”. Archivo Fundación Pablo Neruda.


1945-1953. Credencial de senador de la República de Chile de Ricardo Reyes (Pablo Neruda). Colección particular de César Soto Gómez.


1948. Neruda clandestino con bigote y un perro, probablemente en la casa de Tomás Lago, en Santiago. Colección particular de César Soto Gómez.


1948. Neruda durante su año clandestino, cuando adoptó la identidad de Antonio Ruiz, supuesto ornitólogo. Colección particular de César Soto Gómez.


1948. Neruda en casa de Lola Falcón, en Santiago, durante el período de la clandestinidad. Archivo Fundación Pablo Neruda.


1945. Neruda rodeado de amigos. De izquierda a derecha: Juvencio Valle, Homero Arce, Neruda, Tomás Lago (arriba), Orlando Oyarzún Garcés (abajo) y Rubén Azócar. Colección particular de César Soto Gómez.


1950. Neruda y los muralistas Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros firmando los primeros ejemplares del Canto general, en Tlacopac, MĂŠxico D. F. Archivo FundaciĂłn Pablo Neruda.


1949. Neruda y Delia del Carril en la clandestinidad, a pocos dĂ­as de que el poeta cruzara la cordillera de los Andes en su huida hacia Argentina. Archivo FundaciĂłn Pablo Neruda.


A

40 años de la muerte de Pablo Neruda, la publicación de los manuscritos originales del Canto general resulta un privilegio para Aguas Andinas, pues supone un valioso y exclusivo aporte al patrimonio cultural de Chile e Hispanoamérica. Desde su primera edición en 1950, este clásico de la poesía contemporánea –comparado con obras cumbres de la literatura, como la Divina comedia de Dante y Hojas de hierba de Walt Whitman– ha tenido numerosas reimpresiones y ha sido traducido a las principales lenguas del mundo. Sin embargo, hasta ahora los documentos y papeles con los que trabajó directamente el poeta nunca habían sido presentados a los lectores. Los borradores originales del Canto general –escritos en circunstancias personales adversas, buena parte de ellos en la clandestinidad– permanecieron desperdigados por más de 60 años a lo largo del mundo. El prestigiado coleccionista y bibliófilo César Soto Gómez dedicó más de tres décadas a encontrarlos, reunirlos y atesorarlos. Con ellos es posible seguir las enmiendas, anotaciones y correcciones que Neruda realizó a los textos y, en definitiva, acompañarlo en su complejo proceso creativo.


Para la concepción gráfica y visual de este libro, se ha utilizado como referencia el diseño de la primera edición del

Canto general, realizada en México en 1950.

Colección de manuscritos y asesoría bibliográfica: César Soto Gómez Dirección general: Elena Cruz Dirección editorial: Rosario Garrido Edición y cuidado de los textos: Pablo Riquelme Diseño y diagramación: Max Grum Asesoría en revisión y documentación: Darío Oses Producción del dossier: Marta Mitjans Asistencia editorial: Belén Bascuñán Fotografía de folios originales: Fernando Balmaceda Fotografías del dossier: Colección particular de César Soto Gómez, Archivo fotográfico de la Fundación Pablo Neruda Fotografía interior portadilla: Lola Falcón Corrección de textos: Cristóbal Joannon Se agradece la colaboración de Carolina Briones, Oscar Hahn, Verónica Lorca, Loreto Millalén, Carina Pons


Libro Pablo Neruda  
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