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Registro de Propiedad Intelectual Nº A-284081 Santiago, Chile ISBN: 978-956-8322-12-0 Rep. Legal: Editorial Travesía S.A. Tel. (56 2) 2 820 2800 Autor G U Y WEN B ORNE Fotografía Aérea G U Y WEN B ORNE Textos M IG UEL L A BORD E Edición General N ICOLE CH IFFELLE Diseño y Diagramación DRAFT DI SEÑO www.draft.cl Postproducción Digital SEBASTIÁ N W I LSON Producción ED ITORI A L TRAVES ÍA S .A . www.editorialtravesia.cl Producción Ejecutiva N ICOLE CH IFFELLE Impresión A I MPRE SORES Edición única: 2.000 ejemplares Diciembre 2017

Prohibida la reproducción total o parcial de este libro. Ninguna parte de esta publicación puede ser transmitida, reproducida o almacenada en modo alguno sin autorización previa de los autores. Publicación acogida a la Ley de Donaciones Culturales Prohibida su venta | Distribución gratuita “Autorizada su circulación por Resolución NºXXX del XX de octubre de 2017 de la Dirección Nacional de Fronteras y Límites del Estado. La edición y circulación de mapas, cartas geográficas u otros impresos y documentos que se refieran o relacionen con los límites y fronteras de Chile no comprometen en modo alguno al Estado de Chile, de acuerdo con el Art. 2º letra g) del D.F.F Nº 83 de 1979, del Ministerio de Relaciones Exteriores”.


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eguramente el concepto de distancia comienza cuando un ser primitivo se transforma en inteligente. Porque solo la inteligencia puede entender que hay un espacio de realidad que él debe recorrer para unirse a otra persona, para sentir o recibir un mensaje de ella. De allí el valor de los exploradores originales que hacían viajes enormes cruzando una y otra vez umbrales desconocidos. ¿Qué hay más allá?... Debo seguir…. O sea, el hombre tuvo que tener mucha audacia para recorrer la zona austral de Chile, encontrarse con fiordos, con montañas y ríos, y sorprenderse con cada una de estas realidades. Si hay algo que ocurría en esas décadas remotas, era un permanente suspenso. Dicen que en Tiahuanaco (Perú) los autores de las líneas de Nazca tenían que haber volado, porque cómo iban a hacer trazos que se leyeran desde el aire… De ser posible lo es, pero es difícil. Hoy tenemos un arma poderosa para entender la realidad primitiva y relacionaría con el presente, esa arma es la fotografía moderna que puede enfocar lo local y el detalle, mientras a la vez, sugiere por el ángulo la inmensidad del planeta. Estimados amigos de Entel, nuestra compañía siempre ha mirado el portentoso desarrollo de las comunicaciones y tecnología como una herramienta para redescubrir nuestro planeta con esta nueva mirada. Porque las miradas importan. Por ejemplo, la mirada de varios siglos A.C, era que la tierra era plana. La conclusión era que las aguas a medida que un navío se alejaba de la costa este podría estar acercándose al abismo. Esa era la mirada de la tierra plana. Después vino un nuevo punto de vista que nos dijo que si partiendo a cierta dirección uno vuelve al punto de origen por atrás, se demostraba que la tierra era redonda. La visión de la ciencia moderna es “Tierra Redonda”. Con el advenimiento de los satélites artifíciales y el perfeccionamiento de la astronomía, se avanzó hacia una tierra diferente, cuya forma estaba más relacionada con una pera que con una esfera. Pero llegará el día en que las variables tiempo y espacio se refundirán y podríamos ver la tierra como un cono del espacio tiempo. Por lo tanto, en Entel no sólo reconocemos que cada época tiene su perspectiva, nos gusta hurgar y desentrañar el misterio de esta perspectiva. Por eso le hemos encomendado al fotógrafo Guy Wenborne que con las herramientas del siglo XXI encuentre a FitzRoy, redescubra a Darwin, Hernando de Magallanes, Francis Drake y mire con los modernos ojos de esta modernidad que en 100 años de invenciones lo ha creado todo, y nos entregue una respuesta.

Sabemos que la curiosidad es infinita y el conocimiento siendo igual de infinito es inalcanzable, pero paso a paso, en cada etapa, podemos dar un salto que ilumine el momento que vivimos y nos ayude a entender mejor nuestro planeta y el valor de aquellos que fundaron los mejores conocimientos de nuestra ciencia y el valor de los actores de esta historia que se rescatan gracias a estos instrumentos. Por ejemplo, el conquistador frente al aborigen, mirado desde una perspectiva real, casi fotográfica, donde se ve la paz de sus sembrados y no hay aglomeración humana en el centro del país, pero a la vez se descubre y se sabe que en el sur se genera una frontera de lucha, donde el conquistador sobre su caballo recorre los campos, defiende sus fuertes y permanece en una guerra, que como nunca empieza, jamás termina. El conquistador en el centro de Chile fue un soldado de sí mismo y un trabajador emprendedor. Todo lo que se hacía, “lo hacía”. A medida que recorremos las huellas de la historia, sobre la superficie del territorio, la fusión de razas inmersas en sus habitantes, vamos descubriendo la tarea épica de la construcción de una nación. Chile surge de un choque cultural que se transforma en fusión, y luego, en raza y país. En la época de las fogatas y del fuego el norte era minero y creó riqueza: cobre, oro y plata. La riqueza levantó teatros en el desierto y trajo artistas en vapor desde Europa, y casi nadie en el país central sabía de ese desarrollo ignorado en el centro del dinero. Pero ahí estaba. El norte se convirtió como lo fue la tierra de Canaán, en un pasadizo de comercio, cuya única disrupción era pasar a navegar en Coquimbo para continuar hacia el norte, para no enfrentar el temible desierto. Chile surgió de un encuentro casi telúrico entre el norte minero, el centro agrícola y el sur ganadero y pesquero. Hoy podemos reconocer todas y cada una de las características, porque como dijimos al comienzo, el problema es la distancia, y la distancia lentamente se termina. La tecnología moderna, de un caminar de 7 kilómetros por hora a un Carromato de 12 KM, a un automóvil de 3 KM hasta un avión moderno de 900 KM. Las distancias se reducen. Los tiempos se acortan. Y en el mundo de las comunicaciones desde donde Entel observa y participa de ello, surge lo instantáneo, lo que ya no demora, donde mi beneficio surge de presionar la llamada.

Antonio Büchi Buc Gerente General Grupo Entel

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l cóndor emprende vuelo una y otra vez para sobrevolar su territorio. No es primera vez que lo explora, lo ha recorrido miles de veces. Conoce cada quebrada, cada valle y planicie, cada estero, cada una de las rocas donde se posa. Desde ahí vigila con su agudo ojo y vuelve a despegar sin esfuerzo para seguir buscando cualquier cambio que no ha sido advertido. Almacena en su retina una gran memoria visual de su territorio, el cual ha revisado una y otra vez en busca de sustento. Es su vasto y estable entorno, que conoce a la perfección, y cada vez que se topa con algo nuevo, lo investiga y registra para comprender si es algo que aporta a su existir. Igualmente, he tenido la posibilidad de sobrevolar mi territorio por ya varios años. Sea por trabajo fotográfico o simplemente por placer, he podido estar allá, arriba en lo alto, observando lo de acá abajo, memorizando cada detalle, cada hito que pueda llamar mi atención. Así, he ido mapeando un registro en mi memoria que me permite tener una amplia y profunda visión de la superficie de nuestro territorio chileno. He visto cómo hay lugares que he sobrevolado una y otra vez y siguen ahí, estables, sin un cambio aparente. He visto también otros lugares que cambian, producto de procesos naturales que modifican la superficie de la tierra. He visto volcanes modificarse y crecer, he visto ríos estacionales arrasar con bosques, he visto cerros desplomarse debido a su propio peso, he visto hielos y glaciares moverse, romperse, disminuirse y retroceder. He sido testigo del paso del tiempo, de ese constante e inevitable avance hacia el cambio natural, inherente a la naturaleza misma y alejado de cualquier control humano. Desde arriba vemos lo que no vemos desde abajo. Parece obvio, pero es la gran virtud de poder vernos desde un lugar donde nunca nos miramos. Como “animales terrestres” estamos más acostumbrados a mirar plano hacia adelante, atrás, a los lados, y todo nuestro funcionar obedece principalmente a estas dos dimensiones.

Nos proyectamos y vivimos de forma horizontal, por lo tanto, lo que proyectamos hacia arriba, la imagen que mostramos hacia el cielo, no es parte de nuestras preocupaciones, ya que normalmente allá arriba no hay nadie, solo hay un vacío enorme, que nos tiene sin cuidado. Y es esa imagen que descuidamos la que toma relevancia desde el cielo, ya que aporta una visión inesperada y novedosa; vernos desde arriba, desde la dimensión donde quedamos en evidencia y no podemos ocultarnos, como si nos miráramos desnudos, desde la verdad , desde lo inevitable. Lo interesante de la mirada aérea es que nos permite tomar distancia y vernos desde otra escala, una escala en que lo particular se transforma en un conjunto de realidades que interactúan con el entorno geográfico donde nos insertamos, revelándonos la forma en que habitamos nuestro territorio. Y es esa interacción entre ser humano y naturaleza la que nos interesa compartir en este libro. Una invitación a ser testigos de esa constante tensión entre la piel del territorio y cómo sus habitantes la tomamos para hacerla nuestro hogar. Grandes ciudades que se instalan en el borde costero; fértiles valles cultivados por montones; la pequeña expresión humana de una choza en medio de la vasta pampa inerte del desierto. En cada situación que observamos está presente y es evidente que nuestro habitar es el resultado de una geografía específica y de un relieve que caracteriza la forma en que nos posamos sobre él, y lo constituimos nuestro hogar. Valles, ríos, pampas, humedales, lagos, montañas, cada expresión geomorfológica condiciona una forma característica de cómo nos instalamos en esa superficie, sea provisoria, permanente o precaria como lo es en muchos casos. Y al instalarnos, lo hacemos desde nuestra mirada horizontal. Si analizáramos desde arriba dónde nos estamos parando, muchas veces nos daríamos cuenta de que determinados lugares no son propicios en el tiempo para habitarlos. Es lo inadvertido que es el ciclo natural versus lo apresurado del ciclo humano. Eso es lo que aporta la visión aérea, la escala del tiempo. Ese tiempo natural y en sincronía con los ciclos de la tierra, donde se hacen evidentes los procesos naturales de modificación del entorno y de la forma en que la superficie terrestre cambia constantemente.


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una isla o la cumbre de una montaña. Sin embargo, ninguna de estas divisiones humanas es vista desde lo alto, en esta dimensión parecieran no importar. Allá arriba solo se percibe un continuo relieve natural y diverso. Y tener la oportunidad de vernos desde lo alto, de ser testigo de cómo hemos ido habitando este territorio, me ha hecho reflexionar sobre la arrogancia de ponerle límites a lo que no los tiene -con la intención de darle un orden humano a ese bello caos natural- y preguntarme ¿dónde nace Chile? Descartando los convencionalismos impuestos por el hemisferio norte que los sitúa a ellos arriba y a nosotros abajo, he podido vivenciar que nuestro territorio tiene un lugar geográfico especial, privilegiado y único; el archipiélago del Cabo de Hornos. Es allí, en la Isla Hornos, donde nace Chile y el territorio americano, emergiendo de las profundidades del mar de Drake, para expandirse en dirección norte. Es en ese punto de partida donde tenemos el privilegio de estar. Donde se inicia el mundo, no el final del mundo como se nos ha enseñado. Somos la génesis americana. El primer contacto de nuestro territorio con el conquistador europeo se produjo en estas latitudes australes, en la boca oriental del Estrecho de Magallanes, cuando en 1542 penetró por esta vía marítima el primer europeo descubriendo Chile desde la Patagonia, allá en la región de Magallanes. Es por esto que nos hemos atrevido a desafiar las creencias autoimpuestas y proponemos recorrer este libro desde el sur hacia el norte, desde donde nace Chile hacia donde se extiende por más de 4.300 kilómetros.

Guy Wenborne Huyghe Fotógrafo

P R Ó L O G O

Acostumbrados a operar de manera cortoplacista, nuestros tiempos son los que obedecen a ciclos de escala humana, que son infinitamente más cortos que los tiempos naturales. Y es así como chocamos con nosotros mismos, incapaces de ver nuestro entorno de una forma más integral y en una escala de tiempo más amplia, desconociendo nuestros propios lugares. Aquellos sitios que parecen tan estables, permanentes y eternos desde nuestra perspectiva humana, son el resultado de grandes cambios, movimientos, cataclismos y procesos naturales que hacen característico y único ese lugar. Y dentro de estos constantes cambios, nosotros coincidimos, casi por accidente, en un determinado tiempo y espacio que nos hace habitar en este momento esos lugares. Una coincidencia a veces feliz y a veces no tanto. He sobrevolado casi todo el territorio chileno desde hace ya varios años y no me canso de observarlo desde allá arriba. Es allí donde veo que hemos habitado un territorio brutal, un territorio que nos pone a prueba constantemente, un territorio que se hace presente de forma regular y que se encarga de recordarnos que está vivo, que está despierto y en proceso de creación. Chile aún no está maduro, está verde y crudo. Por eso es muy interesante observar la forma en que lo habitamos, que es el resultado de habitar algo que está en constante cambio y modificación. ¿Será por eso que quizás tenemos una forma más bien precaria, espontánea y frágil de construir nuestros habitáculos? Sabemos que cada cierto tiempo la naturaleza puede arrasar y destruir nuestro esfuerzo para hacernos partir nuevamente, como víctimas de habitar un territorio que aún está en formación, que nos puede destruir y resetear en cualquier momento. En mis vuelos he visto también lo vasto y continuo del territorio que habitamos. Un orden natural que no obedece a límites ni a esa tozudez del ser humano que impone fronteras visuales donde la geografía es sola una y continua. ¿Cómo es posible poner una línea divisoria sobre el agua o en el vasto y continuo desierto, incluso sobre la eterna pampa que ni los animales ni la vista comprenden? Estos límites generalmente obedecen a órdenes políticos y casi nunca tiene concordancia con lo que se revela como natural. Solo en raras ocasiones, coinciden bordes naturales y límites políticos con fenómenos geográficos definidos como un río,


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COCHRANE CASTRO CHONCHI

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RÍO GRANDE QUELLÓN ISLA LAITEC

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FUERTE BULNES

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ISLA TOTO PUNTA ARENAS BARRA DEL RÍO BUENO

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PTO. AGUIRRE CHINQUIHUE

PTO. OCTAY 74º

ISLAS DIEGO RAMÍREZ

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OSORNO PTO. CHACABUCO CHAITÉN

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PTO. AYSÉN PTO. CONSUELO PTO. NATALES MORRO CHICO

FUTALEUFÚ

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ISLA LLANCHID

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TEMUCO ARCHIPIÉLAGO JUAN FERNÁNDEZ

RAPA NUI

ISLAS SAN FÉLIX Y SAN AMBROSIO 84º

ARICA PICHICHELLE

ISLA SALAS Y GÓMEZ

PUNTA DE CHOROS SANTIAGO

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HANGA ROA ORONGO

LAGO BUDI

HORNITOS

CALETA EL TORO

NEHUENTÚE PUERTO SAAVEDRA

TACORA

CONCEPCIÓN VALPARAÍSO

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ISLA MOCHA ANTOFAGASTA LAGO LANALHUE

CONSTITUCIÓN

VALLE DE AZAPA

CAÑETE

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TONGOY PUERTO VELERO PAMPA SALITRERA

ILOCA PARANAL LEBU

COQUIMBO

IQUIQUE 76º

CORONEL PAREDONES

CHAÑARAL DE ACEITUNO

TOMÉ PICHILEMU

HUASCO EL MONTE

FUNDO SANTA ISABEL

LLAY-LLAY VALLE DEL ACONCAGUA

TIRÚA

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VEGAS DE ITATA PUREMA

COLLIPULLI

CAMINO COSTERO 72º

CALDERA

TOCOPILLA

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LOTA PIRQUE

AYQUINA

ALTO BIOBÍO

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TROYO

ENQUELGA CARAGUANO ISLUGA

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ARAUCO

VIÑAS VALLE DE APALTA

VALLE DEL ELQUI PAIHUANO

PETORCA

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LOS ANDES COMBARBALÁ

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COPIAPÓ REGIÓN DE ATACAMA

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TIGNAMAR SAN PEDRO DE ATACAMA

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EL SALVADOR POTRERILLOS

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Miguel Laborde Autor de 14 libros relacionados a la geografĂ­a e historia de Chile, asĂ­ como a sus ciudades, es profesor universitario de Relatos e Imaginarios de Chile, columnista en prensa y presidente de la fundaciĂłn Chile Profundo.


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era un aporte al medio, a un ambiente que no le pareció muy habitable. Para Darwin, los indios canoeros locales eran el escalón más bajo de la especie humana, una extraña curiosidad sobreviviente de la Edad de Piedra. Seres dignos de ser llevados, como entonces se hizo, a ferias y exposiciones europeas. Eran los últimos remanentes del amanecer de la humanidad, un amanecer felizmente lejano para el hombre blanco y civilizado del siglo 19. No nos debe extrañar tanta ceguera ante uno de los ambientes más valorados por el turismo actual, en el siglo 21. Cada ser humano mira con ojos formados en su hábitat natural y cultural, incluyendo a Wenborne. En su caso, con una mirada que se forjó en este aire, sobre esta tierra, flotando sobre esta agua, divisando desde lejos los pequeños fuegos que combaten el frío ventoso y austral. Tal como lo hiciera la expedición de Hernando de Magallanes, dándole ello el nombre de Tierra del Fuego a la isla más grande. Desde lo alto, se percibe toda su grandiosidad. Los mapas fueron imprecisos, por siglos. En esta geografía despedazada, laberíntica en sus canales y casi insondable, ¿dónde termina una isla y empieza otra, si el follaje las confunde unas con otras? Estamos en una tierra sin límites, y es lo que nos brinda la amplia perspectiva del avión. El horizonte siempre está más allá, lejos. Aquí no hay fronteras, sólo paisajes desplegados hasta el fin del mundo. Los indígenas, que conocían cada isla y canal, no se perdían en los laberintos naturales. En este medio duro, a veces hostil, la muerte de una ballena arrojada a las orillas los unía en comunidad; desde islas remotas llegaban algunos grupos y en esos días de fiesta se concertaban las parejas. Algunos vivían del mar, de la pesca, seminómades que se desplazaban en sus canoas sin dejar más trazos que los conchales derivados de su alimentación. Ésa era su única huella en el paisaje.

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l oficial Robert FitzRoy, de la Marina británica, al conocer el extremo austral de Chile - el primer territorio del país conocido por el hombre europeo-, sintió que ahí todavía estaba sucediendo el Génesis. La Creación, en esta parte remota del mundo, no había terminado. Ante sus ojos, en rincones que le parecieron jamás hollados por pisada humana, el vaho parecía flotar todavía, por primera vez, sobre la superficie del planeta. Se creyó en una tierra sin historia, en un lugar fuera del tiempo, no alterado por el ser humano. Como si hubiera encontrado, sin buscarlo, el paraíso perdido. En su segundo viaje, el capitán FitzRoy trajo a un naturalista para que estudiara e informara, científicamente y a todo el mundo, de la prístina realidad de este “Nuevo Mundo”. Charles Darwin fue el escogido. Éste, al venir, comenzó a advertir que las especies no eran estables, ni fijas; sufrían cambios para adaptarse a cada ambiente. En las aves, por ejemplo, se transformaban sus alas, el color de sus plumas, la forma de los ojos, y nacían así nuevas variedades. El mundo entero se sorprendió al saber que, efectivamente, la vida del planeta es un proceso vivo, inconcluso, que se desarrolla ante nuestros ojos. Desde su avión, con sus ojos entrenados por largos años sobrevolando Chile, el fotógrafo Guy Wenborne nos ofrece el esplendor de un mundo primigenio – como el Génesis del capitán FitzRoy - pero también las huellas que deja el ser humano, las que aparecen como cicatrices en el rostro de la naturaleza. No podemos dejar de pensar, y sentir con él, que tenemos una tarea por delante; la de suspender por un momento la veloz marcha del progreso y, responsables de nuestros actos, contemplar y evaluar lo que estamos haciendo. Él, con sus fotos elevadas, nos invita a esa meditación. El hombre europeo – FitzRoy fue una excepción- no valoró la belleza nueva de los paisajes australes. El propio Darwin la criticará de tierra yerma, fría, desolada. Para él, cada huella humana en el paisaje - cuanto más civilizada mejor-,

Los mapas fueron imprecisos, por siglos. En esta geografía despedazada, laberíntica en sus canales y casi insondable, ¿dónde termina una isla y empieza otra, si el follaje las confunde unas con otras?

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DEL ESTRECHO A CHACAO


Sólo el arte puede acercarse para ver si quedan señales todavía, algún signo oculto en el paisaje, en el silencio de ese viento que no ha dejado de venir. A veces nos descubrimos, mirando las fotos de Wenborne, adivinando algo. Deseando que ojalá, algunos al menos, hayan logrado alejarse, y estén ocultos todavía, como habitantes de sus últimos santuarios naturales.

Tierra adentro había un mundo escasamente poblado, el de los altos y esbeltos selknam, notables cazadores de pies ligeros y pasos inaudibles. Los europeos los llamaron patagones y de ahí el nombre de Patagonia. No están en las fotos de Guy, porque nada queda de ellos. Ahí, apenas, adivinamos sus presencias ausentes. Y son ellos, precisamente, los misteriosos sobrevivientes de cuando nació este mundo, los últimos testigos del Génesis, de nuestro origen. Fueron sistemáticamente perseguidos por un hombre europeo que, tal vez, así dio muerte a los únicos que no habían olvidado de dónde venimos, los que todavía recordaban el paraíso perdido de cuando el ser humano era uno con la flora y uno con la fauna, parte del mismo mundo. Sus místicos, los jon, meditaban al aire libre, en el viento frío, cubierto su cuerpo de aceites, horas de horas con sus ojos cerrados, evocando tal vez el amanecer del mundo. Ya no lo sabremos, sólo el arte puede acercarse para ver si quedan señales todavía, algún signo oculto en el paisaje, en el silencio de ese viento que no ha dejado de venir. A veces nos descubrimos, mirando las fotos de Wenborne, adivinando algo. Deseando que ojalá, algunos al menos, hayan logrado alejarse, y estén ocultos todavía, como habitantes de sus últimos santuarios naturales. Algunas teorías postulan que ya habitaban la Tierra del Fuego cuando ésta no era una isla, todavía no separada de la masa continental. Habrían padecido los cataclismos finales de la Edad de los Hielos, fenómeno que hizo subir las aguas y dio forma a la despedazada geografía actual, quedándose esos sobrevivientes en una Tierra del Fuego ya aislada.

Sus mitos describen las olas gigantes que los separaron, y rinden homenaje a los santuarios que ellos ahí sacralizaron; las cuevas de Fell junto al río Liaike, el mirador de Tres Arroyos que deja ver cientos de kilómetros a la redonda, el profundo y misterioso Cañadón de la Leona junto a la Laguna Blanca, la Laguna de Tom Gould y el Lago de Toro que desagua en el río Serrano, junto a las Torres de Paine. Todo lo hermoso fue visto, venerado, cuidado por ellos. Otros autores aseguran que el hombre sólo ingresó tras la última glaciación, por pasos terrestres que bordeaban los antiguos lagos glaciales, cuando se hicieron más benignas las condiciones del clima. Que milagrosamente aprendieron a sobrevivir junto a los lagos profundos, en ese paisaje de prístina pureza, de traslúcidos glaciares y témpanos. Los cazadores selknam celebraban sus ritos de iniciación cuando las aguas del mar hacían varar un gran cetáceo en la costa, lo que era un mensaje. Porque las ballenas eran, precisamente, las interlocutoras entre los dioses y los hombres. Ellas, entonces numerosas, hacían audible el silencio luego de cada chorro sonoro de sus blancos surtidores de agua, agua blanca y elevada al cielo desde sus lomos tersos y relucientes. Parecen lejanos los indígenas, pero a veces aparece algún sobreviviente. Gracias a Dios, y no al hombre. Estos paisajes, en su plenitud poética, fueron dados a conocer en Europa por John Byron, el abuelo del célebre Lord Byron. Talentoso como el nieto literato, sus imágenes hicieron soñar a miles de europeos. Como cuando escribió que no podía dormir porque eran tantas las majestuosas ballenas, cada una respirando con sus sonoros surtidores de agua, miles de ellas, que era imposible dormir. Su libro, “El naufragio de la fragata Wager”, bestseller en su época, fue leído por dos chilenos hace pocos años. Y siendo ambos grandes remeros – Ricardo Vásquez, campeón nacional de canoísmo, y su hermano Rodrigo- decidieron seguir la ruta de los chonos, los indígenas que habían salvado la vida a Byron y sus acompañantes; una etnia que vivían algo más al norte que los anteriores, llegando hasta Chiloé.


Los selknam se desplazaban por toda la Tierra del Fuego, con sus flechas y boleadoras, tras las manadas de guanacos. Divididos en 40 tribus, cada una controlaba una parte de ese territorio, parte que era el soporte vital y simbólico del grupo. Sus pinturas corporales evocaban algún rasgo de alguna especie de ballena, orca o delfín, los seres que los comunicaban con el mundo invisible. Resilientes de la Fase Temprana del Paleoindio americano, exploradores de las primeras tierras que emergieron tras los deshielos, debieron sobrevivir al frío, a la escasez de recursos, a la presencia de milodones y pumas, a feroces cánidos también, sin más herramientas que unas toscas cuchillas de piedra u obsidiana. Hernando de Magallanes, y los siguientes europeos, solo iban de paso, aterrados ante lo desconocido. El propio navegante portugués consultaba a su astrólogo, Andrés de San Martín, cada vez que debía aventurarse sin saber qué encontraría más allá. Lograron seguir de largo, hasta cruzar todo el Océano Pacífico, los primeros. Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, es el que aporta el territorio austral al país; su gobernación llegaba hasta el Lago Ranco solamente, pero, tras seis años de solicitudes logró que se le sumara el extremo sur americano. Si la nación controlaba el Estrecho, calculó, tendría las llaves de paso entre los dos grandes océanos y podría comunicarse directamente con Europa. Contó para ello con el apoyo de los reyes hispanos, inquietos por la presencia de piratas ingleses, franceses y holandeses, interesados en entrar al Mar del Sur, el Océano Pacífico, para asaltar sus puertos y a los galeones cargados de oro que zarpaban desde El Callao o venían desde Manila. Era bueno que el Estrecho fuera controlado por una nación, responsable de controlar ese paso. Bajo las órdenes de Valdivia, Hernán Gallegos atraviesa el Estrecho en 1553, hacia el este, demostrando que era posible unir por vía marítima el sur de América con Europa. Francis Drake lo cruzará en 1578, para atacar varios puertos españoles del Pacífico. Otros lo seguirán, como el bucanero Bartolomé Sharp, quedando los

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Como ellos lo hacían, remaron desde el Archipiélago de los Chonos hasta la Laguna San Rafael, cerca de 400 kilómetros, gran parte por el Canal de Moraleda. Avanzaron en silencio, entre verdes islas pobladas de miles de aves, cada uno en su kayak. Apenas se detenían para encender una hoguera de tepu, la madera milagrosa que enciende incluso mojada. Un gran temporal los alcanzó, pero antes pudieron ver la isla Cuptana, cuya montaña alta está siempre nevada. Se quedaron con esa imagen. En otra isla, donde se refugiaron, vieron aparecer a un indígena, un chono llegado de otro espacio tiempo. Telo Nitro era su nombre, recolector de choros zapato, quien los llevó a su choza donde ahumaba mariscos. Recuperados tras su gesto hospitalario, entrados en calor nuevamente, siguieron remando hasta entrar finalmente en la Laguna San Rafael, lugar donde los hielos flotantes son tan azules como el agua. Tres etnias principales poblaron este sur del mundo, los canoeros alacalufes y yaganes (kaweshkar y yámanas), y los cazadores selknam (onas). Más al norte estaban estos chonos, los txon. Aunque se les considerara arcaicos, todos supieron emocionarse con los paisajes más notables y cada hito lo elevaron a la condición de lugar sagrado. Asimismo, para escoger dónde instalar sus campamentos – toldos de cueros-, la belleza del paisaje fue siempre su mejor guía. El lugar de sus asentamientos ancestrales tiene esa regla; con vista a los hitos naturales más majestuosos. Estas etnias llegaron a conocer todo su territorio, cada rincón, a ojos cerrados. Incluso, bajo el agua. Es el caso de las mujeres kaweshkar, las que se sumergían semidesnudas en las heladas aguas australes, puñal de piedra al cinto, para emerger chorreantes e indiferentes a la lluvia. Hacían redes de fibras vegetales, o de sus propios largos cabellos, y eran ágiles nadando pero lentas en tierra, de tanto estar en cuclillas en las canoas, avivando el fuego. Hay conchales enormes que dejaron a su paso, algunos con restos de hace más de 10 mil años. Los yámanas, en cambio, eran de bordemar; cazadores de grandes mamíferos marinos, como lobos de mar, a los que alanceaban desde sus canoas.

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españoles recelosos desde entonces; ante tan intrincada geografía, de islas y canales, era imposible saber si habían dejado una colonia inglesa establecida. No pudieron asegurarlo, nunca. En el siglo 17 los buscadores de “La Ciudad encantada de los Césares” fueron los más tenaces; ellos entraron y recorrieron la zona, trazando mapas y descubriendo, por primera vez con ojos de hombres blancos, estos paisajes. Siempre se buscó El Dorado, esa ciudad donde las calles estarían pavimentadas de oro, la de la Fuente de la eterna juventud. Año clave es el de 1619, cuando el gobernador de Chile, Lope de Ulloa, envía dos grandes expediciones en busca de la ciudad encantada. Parecía decidido a dar con ella, de una vez por todas, segurísimo que estaba cerca de la latitud 47 Sur. Un grupo se internó hasta descubrir el Lago Nahuel Huapi, mientras el otro avanzó entre islas por los archipiélagos, con el concurso de los expertos canoeros chonos, ágiles ellos en sus dalcas diseñadas para navegar en esas aguas. Pero, no apareció la Ciudad de los Césares. Quien más exploró la zona fue el jesuita Nicolás Mascardi, matemático y astrónomo, misionero de Nahuel Huapi desde donde evangelizó a pehuenches y puelches durante cuatro años. En la tercera de sus expediciones, en 1673, un grupo tehuelche, rival de quienes lo acompañaban, le dio muerte con boleadoras y flechas. Nada detenía a los soñadores. El general Antonio de Vea partirá en 1675, con 100 infantes, 14 artilleros, 36 marineros y 20 grumetes, con provisiones para ocho meses; rastrearon las riberas del Canal de Moraleda hasta llegar a la Laguna San Rafael. Su valiosa Carta Hidrográfica de la Costa de Isla de Chonos se conserva en un museo de Lima, una más entre todas las que se trazaron en cada expedición. El centro operativo de los españoles se había radicado en la Isla Grande de Chiloé, tanto en San Carlos de Ancud - puerto principal-, como en Castro. Territorio estratégico, fue fortificado para controlar el paso de eventuales piratas, temor bien fundado ya que, efectiva y finalmente, el corsario holandés

Baltazar de Cordes logró, el año 1600, apoderarse de Castro. La economía austral comenzó a despertar en ese siglo 17, por la llegada de docenas de barcos desde Estados Unidos, tras la caza de cetáceos y mamíferos marinos ricos en aceite y gruesos cueros. A gran escala, esta industria hizo prosperar los primeros poblados de la costa oeste de Estados Unidos, desde donde se distribuía el aceite para las lámparas de la época. En los años ya cercanos a la Independencia, se criticó en Chile esa masiva matanza de mamíferos marinos, a lo largo de más de un siglo, lo que nada aportaba al país más que la continua merma de su fauna mayor. El propio Libertador Bernardo O’Higgins tendrá una clara visión estratégica de la zona, igual que Pedro de Valdivia; es sabido que su última palabra, antes de morir, fue “Magallanes”. El presidente de la República por entonces, Manuel Bulnes, comprendió la urgencia de asentar la soberanía nacional frente a las presiones de las potencias europeas, y al año siguiente funda el Fuerte Bulnes en el Estrecho, el que en 1848 se traslada a un lugar mejor, donde ahora está Punta Arenas, justo entre los bosques magallánicos y las pampas llanas. El lugar tendría uso de presidio hasta 1867, cuando el Presidente José Joaquín Pérez otorga facilidades para la instalación de colonos y declara a Punta Arenas puerto menor y libre de aduanas. Las goletas balleneras y loberas comenzarán a abastecerse en su comercio incipiente, y el creciente tráfico de barcos activará la aparición de bares, carnicerías, casas de importación y demás, todo lo propio de una ciudad emergente. Hasta que apareció el oro en las arenas de los ríos… El marino Ramón Serrano Montaner, el mejor hidrógrafo de la época, al hacer levantamientos de los cursos de agua advirtió los yacimientos auríferos que generaron una fiebre de oro que, paralela a la Klondike en Alaska, atrajo a cientos de aventureros de diversas nacionalidades, especialmente europeos –un tercio fueron de origen croata-, entre 1889 y 1903. Pronto, en 1898, Punta Arenas será la primera ciudad chilena con luz eléctrica, mismo año en que inaugura el servicio telefónico.


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pletar la cartografía de la zona; tras él, llegaron los nuevos pioneros a levantar sus cabañas. Coyhaique, ahí donde confluyen el río del mismo nombre y el Simpson, fue el primer núcleo importante, la capital de esta tardía “zona de colonización”. Steffen logró recorrer y cartografiar las tierras altas, donde están los grandes lagos General Carrera y Cochrane, origen de los caudalosos ríos que descienden hacia el océano: Baker, Cisnes, Puelo, Aysén, Manso, Huemules. Tras él recorrió la zona otro alemán, Augusto Grosse, contratado por el Ministerio de Obras Públicas como “explorador”. Tuvo la misión de escoger las zonas más aptas para poblaciones, caminos, muelles y senderos, así como los valles más aptos para las actividades de los colonos. Por ser un medio duro para pioneros solitarios, con tal de generar emprendimientos se entregaron enormes concesiones a empresas como La Sociedad Industrial de Aysén, la Anglo Chilean Pastoral Co. (500 mil hectáreas) o la Sociedad Explotadora del Baker (cerca de 800 mil hectáreas), para que desarrollaran allí actividades productivas, agropecuarios o pesqueras. Hubo un costo que solo los años dejaron a la vista. Fue la “limpieza del monte”, incentivada por el gobierno a partir de los años 30, la que se tradujo en incendios que tardaron años en apagarse, los que destruyeron la capa vegetal dejando densos bosques nativos transformados en extensos cementerios de árboles. Son cerca de 3 millones de hectáreas las que quedaron desnudas, visión todavía espantable bajo la mirada de Wenborne desde su avión. A sus ojos, Aysén refleja bien lo accidentada de la Patagonia. Canales y fiordos,

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Pocos buscadores de oro tendrán suerte. Nacen algunas fortunas, es cierto, pero habrá otros que, con esfuerzo y tesón, penetran las pampas, los bosques y cruzan los glaciares, hasta establecerse, con sus cabañas dispersas en el paisaje, como colonos magallánicos. Inauguran el tiempo de los pioneros. La ganadería bovina se potencia por entonces, en estancias de miles de hectáreas. Fueron de británicos la mayoría, necesitados de lana para su industria textil, ya que no era suficiente la producida con las esquilas de Escocia, Gales, Nueva Zelanda y las islas Malvinas. Encontraron aquí un amplio territorio, ideal para la crianza de ovejas. De los 11 mil extranjeros que llegaron, hablando los más diversos idiomas, muchos permanecieron ligados a las estancias o a Punta Arenas, la gran urbe del sur de América. Ahí también se embarcaban, en un 70% hacia Inglaterra, cueros de lobos y de focas, carbón y madera, plumas de avestruz y carne enlatada de centollas. Grandes frigoríficos, que se construyeron en las afueras de Punta Arenas entre 1905 y 1920, facilitaron las exportaciones de los productos locales, apoyados por el ferrocarril que llevará sus rieles hasta los mismos muelles. Los barcos de las compañías de navegación -alemanes e ingleses-, fueron los primeros en difundir la calidad de la centolla magallánica, de la carne de cordero, de la leche local envasada, de las mermeladas que producían colonos suizos con los frutos de los bosques locales. La ciudad se transformó en el gran centro financiero y económico de la Patagonia, muy próspero en las primeras décadas del siglo XX, a pesar de la gran merma en navegación desde la apertura del Canal de Panamá, en agosto de 1914. Por entonces, para evitar el peligro de incendios, la madera se reemplazó por el ladrillo, cambio obligatorio desde 1928. Son sólidas las construcciones, muchas en buen estado hasta hoy, diseñadas para un clima riguroso y a cargo de buenos artesanos italianos y franceses. Entre Chiloé y Magallanes, Aysén fue el último territorio austral en colonizarse, la última frontera. En pleno siglo 20 trabajó el científico alemán Hans Steffen, en nueve esforzadas expediciones, hasta 1902, para com-

Hubo un costo que solo los años dejaron a la vista. Fue la “limpieza del monte”, incentivada por el gobierno a partir de los años 30, la que se tradujo en incendios que tardaron años en apagarse, los que destruyeron la capa vegetal dejando densos bosques nativos transformados en extensos cementerios de árboles (…)


Porque aquí, a diferencia del Paraíso Original, hay habitantes. Escasos, dispersos, a veces aislados por la nieve o la caída de un puente, los pioneros sobrellevan una vida de esfuerzos continuos, lejos de las ciudades y sus servicios, en pleno siglo 21. No claudican, aunque en el Chile Central, sienten ellos, a veces se olvida su existencia.

cordillera andina cubierta de hielos eternos, cordones montañosos orientales de material volcánico, planicies fértiles hacia el interior -donde la ganadería permitió surgir pueblos como Balmaceda- y una costa despedazada, lluviosa y selvática, donde apenas se encuentran asentamientos humanos: Melinka, Puerto Aguirre… Un paisaje casi virgen, todavía. El río Baker, el más caudaloso de Chile, recorre cerca de 370 kilómetros desde el Lago General Carrera en Los Andes hasta Caleta Tortel. Es un símbolo de la Patagonia, célebre desde que un megaproyecto de represa diera origen a un largo debate público que, finalmente, hizo visible su valor de patrimonio natural. Alimentado por lluvias, y también por glaciares del Campo de Hielo Patagónico Norte, se transformó en un hito turístico, donde llegan desde observadores de aves y cultores de pesca de salmón, hasta los que descienden sus aguas en kayak o practicando rafting. La estrategia para desarrollar su potencial hidroeléctrico quedó en suspenso. Al avistaje de ballenas francas en la costa, especialmente en primavera, se suma la riqueza de la Patagonia en relación a su variedad de aves, desde el cóndor andino y el ñandú hasta el pingüino rey en algunas zonas, incluyendo las variadas especies que son solamente patagónicas, únicas en el mundo. El flamenco chileno y el cisne de cuello negro están entre los más valorados por los visitantes, en especial en los parques nacionales, donde la vida silvestre protegida ha permitido su multiplicación y la subsistencia de mamíferos como el guanaco, el huemul y el zorro colorado. El Estado, así como empresas y particulares, han logrado proteger extensas áreas como Yendegaia y Alberto de Agostini en Tierra del Fuego, hasta

Tantauco en Chiloé, pasando por el Pumalín en Palena, de 290 mil hectáreas. También en la costa se han establecido santuarios para la protección de la vida marina, como el Francisco Coloane dedicado a las ballenas jorobadas y los pingüinos de Magallanes. Es así como el Chile Austral –la Patagonia- se ha consolidado como un área del mundo donde aún es posible encontrar vastas zonas prístinas casi deshabitadas, con flora y fauna originales. Luego de un ciclo de riesgos bajo la colonización, vuelve a vivir en plenitud gracias a una nueva conciencia ambiental, desde fines del siglo 20. Así, a la ganadería ovina, la pesca, la captura de crustáceos y su exportación, se ha sumado el turismo –de aventuras, de aves y científico– como principal puntal del desarrollo económico sustentable de la zona. El sentimiento del capitán inglés Robert FitzRoy, de estar en un lugar donde la creación del mundo parecía estar sucediendo todavía, como en el Génesis, es el gran desafío de los patagónicos. Porque aquí, a diferencia del Paraíso Original, hay habitantes. Escasos, dispersos, a veces aislados por la nieve o la caída de un puente, los pioneros sobrellevan una vida de esfuerzos continuos, lejos de las ciudades y sus servicios, en pleno siglo 21. No claudican, aunque en el Chile Central, sienten ellos, a veces se olvida su existencia. En el paisaje, leve, una fina columna de humo es señal de vida humana. Alguien, una pequeña familia a veces, construye su destino allá en lo remoto.


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Es fuerte esa sensación, al alejarse y entrar en territorios despoblados; mientras menos personas uno encuentra en el camino, pareciera que uno mismo se hace más visible. Como si todos los elementos del paisaje estuvieran ahí para poder oírnos por dentro. La naturaleza también nos habla: ¿Quién es el ser humano?

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FARO EN ISLA HORNOS ARCHIPIÉLAGO CABO DE HORNOS 55º58’00.14”S / 67º13’28.21”O 42 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA

PUERTO WILLIAMS ISLA NAVARINO 54º56’06.92”S / 67º36’21.48”O 0 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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RÍO GRANDE, ESTANCIA CAMERON LODGE TIERRA DEL FUEGO 53º53’30.10”S / 68º53’27.15”O 114 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


PORVENIR TIERRA DEL FUEGO 53º18’10.43”S / 70º22’04.48”O 0 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA

CAMERON TIERRA DEL FUEGO 53º38’13.79”S / 69º38’53.18”O 30 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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FUERTE BULNES 53º37’44.94”S / 70º55’04.16”O 30 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA

RÍO SAN JUAN 53º38’50.92”S / 70º57’16.91”O 0 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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CERRO SOMBRERO TIERRA DEL FUEGO 52º46’32.43”S / 69º17’24.72”O 70 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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PUNTA ARENAS 53º09’31.90”S / 70º54’19.71”O 0 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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CENTRO PUNTA ARENAS 53º09’45.56”S / 70º54’29.30”O 17 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA

CEMENTERIO MUNICIPAL SARA BRAUN PUNTA ARENAS 53º09’09.88”S / 70º53’50.35”O 15 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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MONUMENTO HISTÓRICO MORRO CHICO 52º03’18.41”S / 71º25’36.15”O 70 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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RÍO VERDE 52º39’02.45”S / 71º27’48.33”O 0 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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PUERTO NATALES 51º43’32.38”S / 72º30’22.96”O 0 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA


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PUERTO CONSUELO 51º36’17.96”S / 72º39’28.16”O 0 MSNM REGIÓN DE MAGALLANES Y DE LA ANTÁRTICA CHILENA

COCHRANE 47º15’12.06”S / 72º34’21.28”O 147 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO


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COYHAIQUE 45º34’15.80”S / 72º04’04.34”O 248 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO

PLAZA COYHAIQUE 45º34’15.80”S / 72º04’04.34”O 248 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO


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PUERTO CHACABUCO 45º27’44.77”S / 72º49’10.05”O 0 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO


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PUERTO AYSÉN 45º24’15.23”S / 72º41’06.09”O 8 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO


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ESTANCIA BAÑO NUEVO 45º16’03.55”S / 71º31’43.34”O 694 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO

PUERTO AGUIRRE 45º09’30.45”S / 73º31’14.72”O 0 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO


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PUERTO GAVIOTA ISLA MAGDALENA 44º53’42.76”S / 73º18’05.74”O 0 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO

ISLA TOTO PUERTO GALA 44º15’12.72”S / 73º12’55.06”O 0 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO


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MELINKA ARCHIPIÉLAGO DE LAS GUAITECAS 43º53’47.97”S / 73º44’39.97”O 0 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO

FUTALEUFÚ 43º11’07.70”S / 71º51’57.63”O 348 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS

PUERTO RAÚL MARÍN BALMACEDA 43º46’30.61”S / 72º57’12.34”O 0 MSNM REGIÓN AYSÉN DEL GENERAL CARLOS IBÁÑEZ DEL CAMPO


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ISLA LAITEC ARCHIPIÉLAGO DE CHILOÉ 43º12’00.52”S / 73º37’22.15”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS

QUELLÓN ISLA GRANDE DE CHILOÉ 43º07’05.93”S/73º37’06.14”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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CHONCHI ISLA GRANDE DE CHILOÉ 42º37’24.61”S / 73º46’20.59”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS

QUEILÉN ISLA GRANDE DE CHILOÉ 42º53’01.22”S / 73º28’35.74”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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CASTRO ISLA GRANDE DE CHILOÉ 42º28’56.39”S / 73º45’50.49”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS

ESTERO COMPU CHILOÉ 42º51’52.40’’S / 72º42’26.05’’O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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CHAITÉN 42º54’58.32”S / 72º42’31.25”O 16 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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ISLA CAICURA 41º43’34.61”S / 72º41’06.24”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS

ISLA LLANCHID 42º03’10.59”S / 72º35’39.27”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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CONTAO 41º48’07.24”S / 72º43’04.86”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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Miguel Laborde Autor de 14 libros relacionados a la geografĂ­a e historia de Chile, asĂ­ como a sus ciudades, es profesor universitario de Relatos e Imaginarios de Chile, columnista en prensa y presidente de la fundaciĂłn Chile Profundo.


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ntre el Canal de Chacao y el Valle de Elqui, en cuyas cercanías se anuncian los desiertos del norte, se encuentra el corazón del territorio nacional. Es la zona templada, la más habitada, la que acogió el número mayor de ciudades y pueblos. Es el espacio clásico del campo chileno, el de las costumbres típicas, más simbólicas del mestizaje nacional. Con sus estaciones bien marcadas y claras diferencias entre noche y día, es uno de los ámbitos privilegiados del hemisferio sur para el habitar humano. Sus suelos, enriquecidos por cenizas volcánicas acumuladas por millones de años, permitieron que aquí se dieran todos los productos del mundo mediterráneo, tanto en hortalizas como en frutas. Gracias a esa calidad ambiental surgió una agricultura variada, y de ésta nació la gastronomía saludable y sabrosa, cuyos espárragos y alcachofas, frutillas y cerezas, hoy se transportan a países de todos los continentes. Campos extensos y pequeñas huertas se enriquecieron con un comer y beber que alentaron la sociabilidad y la fiesta, el canto y el baile, fuentes de un sentimiento profundo por esta tierra que, por ser la más poblada de indígenas y españoles, es considerada la cuna de la cultura propia, la del Chile profundo. La mirada de Guy, desde lo alto, nos lleva a contemplar lo realizado. Esta es la parte nuclear de Chile, la más transformada por el ser humano, porque en casi toda imagen vemos nuestras huellas, profundas; estos paisajes son nuestra creación. Aunque al recorrerla se vea como un solo y mismo paisaje, que avanza desde el Canal de Chacao hacia el norte entre las dos cordilleras -de los Andes y de la Costa-, visto desde el avión se advierte que esconde, entre cerros y cadenas montañosas, innumerables quebradas y rinconadas. Temprano descubrieron este Chile los primeros pobladores americanos. En Monteverde –al interior de Puerto Montt- aparecen restos de asentamientos de 15 mil y más años atrás, lo que hace de esta zona una de las fundacionales del Nuevo Mundo. Según varios autores, sería la más antigua de todo el continente.

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DE CHACAO AL MAIPO-MAPOCHO

Una de las razones, además del clima moderado, es el bordemar. Rico en peces y mariscos gracias a la Corriente de Humboldt, bien dotado de algas comestibles de varias especies, es un medio muy generoso. El lado oriental es el de las montañas andinas, entre cuyas araucarias de nutritivos piñones encontraron su hábitat otros grupos, los que dieron origen a etnias tan diferenciadas como las pehuenche, puelche y tehuelche; en medio, en el Llano Central, los huilliche ocuparon la zona de los grandes lagos entre el río Toltén y el Golfo de Reloncaví, mientras más al norte, del Toltén al Itata, se radicó la nutrida etnia mapuche, la más numerosa. Más al norte, con la misma lengua y cosmovisión, les seguirán -en un escenario menos boscoso y más soleado-, los pikunche; que se extendieron hasta el río Choapa, ya en la zona de los oasis transversales que se dividieron con la etnia diaguita. Todos ocuparan ámbitos diferentes, gracias a sus trueques complementaron herramientas, alimentos e incluso atuendos; los andinos orientales entregaban la dura obsidiana a los costeros, los que a su vez tenían pescados y mariscos para entregar a cambio. Aunque los del sur estuvieron favorecidos por la riqueza de sus bosques, que les aportaban miel y frutos, hierbas medicinales y hongos comestibles, los huertos y ganadería auquénida fueron constantes a lo largo de todo este gran territorio. Los más sureños hicieron su vida en torno a los lagos, pero en el núcleo más habitado fueron gente de ríos. En las riberas del Toltén, el Cautín, el Biobío, el Laja, el Itata, ocupando fértiles vegas fluviales o desplazándose río arriba y río abajo para el trueque, los cursos de agua fueron su referente, desde el nacer al morir, desde el momento del parto al rito funerario. Es el agua la que los comunica con los cielos y acerca a los espíritus, el agua sagrada de las cascadas, de la lluvia que baja purificadora de los cielos, de las vertientes, arroyos y ríos junto a las cuales viven, con las que se purifican. Desde el avión, Guy contempla el círculo del agua de su cosmovisión. Efectivamente, se ve la nieve en las altas cumbres a la derecha, desde ella el descenso de las aguas al Valle Central, y finalmente su ingreso al océano en que marca su presencia con suaves tonos diferentes en torno a la desembocadura. La especialización de los asentamientos humanos, en función de los ambientes, enraizó a cada grupo; en la costa, el llano o la montaña. Nunca surgió una fuerza expansiva y aglutinadora que los empujara más allá de su medio, ni hubo un proyecto político y guerrero que ampliara su espacio vital. Más bien, cada grupo se preparó para defenderlo, llegado el caso. Sin aventuras imperiales, entonces, no dejaron grandes huellas en el paisaje. Su asentamiento básico era un caserío de unas 10 rucas en las que habitaban unas 300 personas, relacionadas a un mismo antepasado y bajo la autoridad de un lonko o cacique (o cacica), unidad llamada lov. Varios clanes conformaban un Aillarehue o tribu. Separados los pehuenche andinos de los mapuche de los ríos y llanos, y éstos de los lafquenche que eran gente de bordemar. La agrupación total de Aillarehues de la Butan Mapu (Tierra Grande) se articuló sólo ante invasiones externas y para batallas específicas. Terminado el de-

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Campos extensos y pequeñas huertas se enriquecieron con un comer y beber que alentaron la sociabilidad y la fiesta, el canto y el baile, fuentes de un sentimiento profundo por esta tierra que, por ser la más poblada de indígenas y españoles, es considerada la cuna de la cultura propia, la del Chile profundo.


safío, cada grupo recuperaba su apreciada autonomía, en su animada geografía de rincones y rinconadas. La diversidad ambiental también se expresa en una economía variada; la caza continua de aves abundantes y la ocasional de guanacos, la ganadería de llamos, la recolección de una enorme variedad de frutos y hongos del bosque -varios de ellos de alto valor nutricional-, la pesca de río, los huertos familiares junto a las viviendas. La agricultura es horticultura, complementaria y asociada a productos de guarda para enfrentar el invierno cuando disminuyen o incluso desaparecen los frutos de los bosques. Por ello el cultivo de maíz y papas, porotos y zapallos, para completar el ciclo alimenticio. Es una producción básica, en que la acumulación busca cubrir las necesidades del año y servir para el trueque con las etnias vecinas en la primavera; por ejemplo, para obtener la sal de la Cordillera Pehuenche. Su cultura del habitar se expresa en un pequeño conjunto de rucas que, en un claro del bosque y cerca de un río o arroyo -o laguna-, aprovecha la fertilidad de las vegas cercanas a cursos de agua y los productos del bosque. Es una cultura de adaptación al medio y no se traduce en innovaciones tecnológicas. La creatividad, en cambio, se asocia a un conocimiento profundo y creciente del medio para extraer el máximo de sus Desde el avión, se advierten beneficios. Es así como geextensiones de pinares, a veces de neró una de las medicinas herbolarias más completas miles de kilómetros cuadrados, sin del mundo -se la ha comseñales de presencia humana. parado con la china-, la que Pedro de Valdivia, el conquistador llega a clasificar los efectos de más de 300 especies de Chile, supo valorar - junto al oro según las propiedades de y la plata o el cobre-, estos suelos sus hojas, frutos, flores, fértiles y ríos caudalosos, y ese aire corteza, raíces. Del mismo modo llegará a una sencique celebró por su fresca limpieza lla pero compleja vivienda y salubridad (…) o ruca constituida por 18 especies vegetales, las que cumplen roles especializados en la estructura, cielos, cubierta y otros, para lograr una óptima eficiencia bioclimática. La organización comunitaria funcionó como una suerte de tecnología social. El individuo no es capaz de alzar una ruca por sí mismo, pero un sistema de colaboración tradicional permite seleccionar materiales, trasladarlos desde lejanas distancias –como fibras vegetales de lagos cordilleranos-, cavar el suelo para hincar los postes y trenzar las cubiertas vegetales, hasta que la unidad habitacional está terminada y el usuario encienda el primer fuego, el que inaugura y sacraliza el espacio. El pueblo mapuche ha sido calificado como el de mayor energía vital de toda la América del ámbito hispánico, el más fuerte en su sicología, el menos sumiso y más libertario, lo que derivó en esa forma de vida independiente, no sometida a poderes centralizados. Cada individuo era autónomo, lo que impidió el surgimiento de una casta dominante capaz de exigir la construcción de pirámides, templos, palacios y ciudades. Más que los dioses temibles de otras culturas arcaicas, es el individuo el que

ocupa el centro de la cosmovisión; incluso, la intermediación del chamán o machi es ocasional, en situaciones de crisis. En un rincón del bosque, cada uno era señor orgulloso de un mínimo reino independiente. Aunque los caseríos mapuches fueron destruidos ocasionalmente por los españoles, y sistemáticamente durante la llamada Pacificación de la Araucanía a fines del siglo 19, la aparición reciente del etnoturismo justifica la investigación de este habitar y su arquitectura, como verdaderos documentos de ese pasado. Miles de familias indígenas habitan hoy en Santiago, la capital del país, con ingresos que duplican los de las áreas rurales de la antigua Araucanía, lo que acelera su migración a la ciudad e indica la obligación de pensar en facilitar esa transición, a veces nostálgica y dolorosa, muchas veces no deseada. Desde el avión, se advierten extensiones de pinares, a veces de miles de kilómetros cuadrados, sin señales de presencia humana. Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, supo valorar -junto al oro y la plata o el cobre-, estos suelos fértiles y ríos caudalosos, y ese aire que celebró por su fresca limpieza y salubridad. Asimismo, observó de la fauna que casi nunca es peligrosa, en tanto la pesca siempre goza de variedad y abundancia. Si luego de su tiempo lograron los mapuche recuperar la zona de los mejores ríos, quedando los hispanos al norte del Biobío –La Frontera- fue justamente porque los indígenas sureños tenían esa cultura independiente, de pequeñas autonomías. A diferencia de México o del Perú de los incas, no fue posible descabezarlos; no había una cabeza dominante. Es curioso, pero también el habitar de los españoles gozó cada solar bajo la forma de una casa-huerto, con frutales y hortalizas en sus patios. Serán extensos los pueblos por este modelo, donde vivienda y plantación propias definen un espacio aislado. Lo urbano, entonces, también será semi-rural, un conjunto de casas huerto que se confundían en el paisaje, tal como los caseríos indígenas. Pedro de Valdivia pidió licencia para “poblar y descubrir” las tierras de Chile, y así fundar una nueva provincia para el imperio español. En la Araucanía quiso fundar la capital, entre ríos y lagos dejar la cabeza del nuevo territorio, en La Imperial, lugar equidistante del Estrecho de Magallanes y


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del desierto de Atacama, frente a un portezuelo andino para cruzar la cordillera y junto a un río navegable que la dejaría protegida pero con salida al océano. No lejos del Lago Budi, uno de los paisajes más espectaculares de todo el sur. Villarrica, cercana, habría de abastecerla de oro, en tanto Osorno sería el peldaño siguiente hacia el sur, con la defensiva ciudad de Valdivia en similar latitud pero cercana al mar. Desde tierra ese sueño es invisible; se entiende mucho mejor desde el avión. Desde arriba se aprecia la visión lúcida de Valdivia, su comprensión profunda del territorio. Todo se detiene con los ataques mapuches del 1600, cuando los españoles pierden esta zona de aguas abundantes y deben desplazarse a la altura de Concepción, en cuya latitud se traza La Frontera que separará a europeos y americanos por casi tres siglos. Los fuertes de Arauco, Tucapel, Purén, Angol, vistos ahora desde el aire, son pacíficos pueblos insertos en el verde paisaje. Muy escasos eran los europeos, dispersos en pequeños poblados. Las ciudades no fueron monumentales en la Colonia ni impresionaron a los indígenas; se veían insignificantes frente a las majestuosas y blancas alturas andinas. El paisaje dominó sobre la obra humana y hoy, desde el aire, sigue siendo así. La vida en las estancias, con sus fiestas y productos, fue de mejor calidad que al interior de los pueblos. Al no haber grandes ciudades ni contingentes de mano de obra capacitada, como sucedió en gran parte de América, el conquistador debió ser aquí labriego y constructor, codo a codo con el indígena “amigo”, siendo “la construcción de Chile” un logro criollo, obra mestiza. En las Cartas de Valdivia al rey, más que de acciones de guerra o conquistas de territorios se habla de cosechas, de cabezas de ganado, de minas. A este país se venía a trabajar con esfuerzo, en un grandioso escenario natural, para crear una comunidad que, con esfuerzo, se forja en los siglos 16 y 17. El mapuche era parte de la sociedad, aliado o enemigo, pero parte del paisaje humano. De él se decía que era sobrio y voluntarioso, capaz de esfuerzos heroicos y patriota, sereno ante el desastre y con sentido del orden, respetuoso por el derecho y acatador de la jerarquía. Para muchos autores,

estos adjetivos son un sello de la historia del país. Como el oro faltaba en Europa, su presencia (en Marga Marga, Andacollo y muchos otros lugares), atrajo a piratas y corsarios. Es así como, en los paisajes de Chile, la principal huella material de esos siglos, tanto en La Frontera de Arauco como en la costa para protegerse del acoso extranjero ávido de oro, fue el signo militar. En el notable catastro del Padre Gabriel Guarda, el historiador benedictino, se describen 10 castillos, 158 fuertes, 39 baterías, 2 recintos murados, 11 torreones. En Chile se construyeron más fortificaciones que en ninguna otra posesión americana, con un esfuerzo humano y material enorme y constante. Valdivia, “la ciudad de los ríos”, ocupa la confluencia del Calle Calle, el Cau Cau, el Valdivia y el Cruces. En su vecindad al océano, tuvo una destacada condición de puerto fluvial. Desde arriba se observa que su bahía marítima cuenta además con otros puertos, como Corral y Amargos. Es un mundo de aguas anchas, azules y verdes. El lugar de la ciudad es estratégico. Está cerca del mejor puerto marítimo y domina los valles del Calle Calle y del Cruces, con buen acceso a los llanos agrícolas del interior. Una vez más, desde el avión se comprende mejor la gesta conquistadora, tan funcional a los hechos de la geografía: ¿Buscarían las alturas de los cerros para tratar de entender, los conquistadores? ¿Trazarían mapas en el barro, en el polvo, para articular los pueblos con sus entornos? La historia de Valdivia es original. Tras el descubrimiento del Cabo de Hornos, que abrió paso fácil a piratas y corsarios, decidió la Corona española transformarla en ciudad amurallada y baluarte marítimo que debía contener esas incursiones antes de que se acercaran al Perú. Así nacen los fuertes de Corral, Niebla y Mancera, en la rada, y el fuerte de Cruces río arriba. La única operación económica importante por entonces fue la explotación de las minas de plata de Traifalquén, cerca de Licán Ray, protegida por fuertes levantados al poniente de los lagos Calafquén, Panquipulli y Riñihue. Lugar de guerra, dependió muy directamente del virreinato de Lima hasta 1740. Entonces se vivió un nuevo impulso, de vocación ilustrada, para ordenar el territorio con fines más productivos. Por ello se entregan tierras a colonos, se construyen caminos hacia el interior y se refunda Osorno, ganadera y láctea, que proveerá a Valdivia de lo que carece. Más tarde, con la República, vendrán las campañas para atraer colonos europeos, especialmente alemanes, a impulsar la zona. Aunque los terrenos fiscales estaban junto al Lago Llanquihue, a Valdivia llegaron por su cuenta contingentes que llevaron la ciudad a un lugar prominente al comenzar el siglo 20. Refugiados políticos, intelectuales liberales, profesionales e industriales en algunos casos venían con pequeños capitales para iniciar empresas; su aporte fue notorio. Puerto Montt, en cambio, se funda para organizar a los colonos campesinos que venían por gestiones oficiales del Estado. En la primera mitad del siglo 20, Valdivia llegará a ser el primer centro maderero del país. Con los Altos Hornos de Corral para desarrollar la industria siderúrgica, y varias empresas navieras que activaron un auge comercial, lograron un desarrollo que solo se interrumpió por la Segunda Guerra Mundial y el maremoto de 1960. La ciudad actual respeta su rico patrimonio urbano y cuenta con una actividad turística relevante, complementaria del prestigio cultural de la Universidad Austral y del Festival de Cine. Desde lo alto se observa que es una ciudad volcada al río,

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un puerto fluvial que dialoga con la Isla Teja, hoy otro sector más de la ciudad. Valdivia reconoce el río Calle Calle con una larga costanera bordeada de parques, desde el puente y hasta más allá de la confluencia de los ríos donde fue fundada. Distinto es el transcurrir de Osorno, la ciudad interior, que estuvo abandonada por siglos tras ser destruida en ataques indígenas. Su renacimiento fue el gran proyecto del gobernador Ambrosio O’Higgins en el siglo 18, un asentamiento modelo de la cultura ilustrada, de los más avanzados por entonces en toda América. Osorno había alcanzado a ser unas de las cinco ciudades más ricas de Chile antes de su destrucción en 1604. Entonces vino el olvido y la selva fría borró toda huella humana, hasta que el tenaz O’Higgins hizo buscar sus restos para volver a levantarla. En el mismo emplazamiento. Irlandés de origen, topógrafo de formación, O’Higgins apreció las llanuras amplias, los ríos caudalosos, la cantidad de lagos, la densidad de los bosques, los suelos fértiles y las termas de aguas calientes, paisaje coronado de varios volcanes nevados. La confluencia de dos ríos, el Rahue y el Damas, es una zona de grandes bosques que hoy se puede revisitar en el Parque Nacional Puyehue, donde se encuentran un extenso lago, termas y un centro de esquí. O’Higgins fue Marqués de Osorno. Si la Paz de Quilín había fijado la frontera en el río Biobío durante dos siglos, la Paz del Río de Las Canoas, celebrada aquí en 1793, abrió la Región de los Lagos con la primera empresa nacional de colonización. Fue parte de su ambicioso plan de escala territorial, que incluía repoblar Villarrica, Imperial y Angol, abastecer Valdivia y Chiloé con la producción agrícola de Osorno –el polo ganadero- y unir la zona con Buenos Aires para llevar las exportaciones al Océano Atlántico. La región sería “el granero del reino” y exportaría sus productos a Guayaquil, Centroamérica y México. Debía ser una capital de la Zona Sur, el centro agropecuario y artesanal del Chile, con su propio oro (minas de Ponzuelo, en Río Negro) fundido en la misma ciudad. Es un testimonio notable de la cultura urbana y territorial que llega a América en el siglo 18, con la idea de que cada región debía ser autónoma, productiva y exportadora de sus excedentes para importar sus faltantes. Pronto comenzó el desmonte, la roza, la siembra, la construcción de corrales, galpones para madera y pólvora, el taller para hilados y tejidos. Llevó O’Higgins 98 familias de Colchagua y 26 del valle de Aconcagua, y también irlandeses expertos en telares y curtiembres. Lo organizó con un compatriota, Juan Mackenna, y juntos caminaron por el barro, vieron aparecer los primeros brotes de los cultivos, admiraron los blancos volcanes; Mackenna es quien continúa al irse O’Higgins, de virrey al Perú. En 1801 pudo informarle que la población se había duplicado, vendía su carne y trigo en Valdivia y Chiloé, contaba con dos molinos harineros y uno de chicha de manzana, además de un obraje para hacer tejas. Los pobladores más exitosos estaban comprando más tierras a los indios, los que aumentaban la población de la ciudad. Ya en la República un terremoto destruyó en 1837 la ciudad “irlandesa”; poco después, en 1846 comienzan a llegar los alemanes que construyen la nueva, el Osorno “alemán” de notable carpintería de madera en sus grandes casonas. El Movimiento Moderno inspiró una modificación a esa imagen, asociada especialmente, a las obras de dos Premios Nacionales de Arquitectura, Carlos Buschmann y Héctor Mardones Restat. El célebre “padre del paisajismo chileno”, el alemán Oscar Prager, aportó el sistema de plazas y paseos, patrimonio verde

que hoy caracteriza a Osorno, muy claramente, cuando se le observa desde el aire. Temuco, fundada en el centro del mundo mapuche, hoy es la capital de la región de la Araucanía. Es el medio que Pedro de Valdivia celebrara como el mejor del país, la zona donde comienza el bosque austral de grandes árboles frondosos, con lagos y volcanes nevados, la tierra de lomas suaves y suelos fértiles. Este escenario fue el primer ambiente turístico chileno promovido internacionalmente y, según Pedro de Valdivia, “en el mundo no hay nada comparable”. De Temuco a la costa, el río era entonces ancho y navegable, en medio del paisaje que el poeta Pablo Neruda recorre en su infancia e inmortaliza en sus obras. Hacia la montaña no son valles en V como más al norte -formados por aguas lluvias-, sino anchos y generosos en forma de U, tallados por pesados glaciares que trituraron rocas y tajaron acantilados. Así, dejaron espacios anchos y libres donde los ríos corren lentos y profundos. Este territorio, que conquistaron y luego perdieron los españoles -en 1599-, sólo se incorpora al territorio chileno con la “Pacificación de la Araucanía” ante la amenaza del autoproclamado rey de la Araucanía y la Patagonia, francés que argüía contar con apoyos indígenas. Ello activó la organización defensiva mapuche encabezada por el lonko Quilapán coordinado con el lonko Calfucura en Argentina, pero casi al final de la Guerra del Pacífico el ejército nacional se moviliza hacia el sur con 5 mil hombres y 330 carretas, y los derrota. Entonces se funda Temuco en la ribera del Cautín, el año 1881, la ciudad que hasta hoy tiene la mayor presencia indígena del país. Antes de terminar el siglo 19 contaba con banco y hoteles, molinos y cervecerías, casas exportadoras y clubes, casas de juego y periódicos en varios idiomas. El trigo y la corteza de lingue para curtiembres fueron los primeros productos en cargarse aquí en los trenes, junto con las maderas de roble, laurel y lingue. La fertilidad de la zona permitió que en este “granero de Chile” fueran miles las hectáreas plantadas de trigo y cebada, cultivos de una economía agroindustrial impulsada por técnicos franceses, españoles y alemanes. En las últimas décadas tuvo un ciclo industrial asociado a la remolacha azucarera, el


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aceite vegetal, los bosques madereros y los lácteos. Recién a fines del siglo 20 comenzó el reconocimiento oficial a la cultura mapuche ancestral, con apoyo a sus formas de vida, asumiendo las autoridades la pluriculturalidad de la zona, lo que generó el desarrollo de turismo asociado. La presencia del Cerro Ñielol –lugar ritual y mirador de la ciudad- caracteriza a esta ciudad de traza regular y frondosa vegetación, la que se despliega en cuatro plazas céntricas y avenidas arboladas: Balmaceda, Prieto y Caupolicán. Ésta en una diagonal que corresponde a la propia carretera nacional, la que atravesaba toda la ciudad hasta la reciente creación de un desvío que la esquiva. El río Cautín, que la limita por el sur, tiene en su otra ribera a la localidad de Padre Las Casas, hoy integrada como se advierte desde el avión. Concepción –que fue la ciudad de la Guerra de Arauco, su base hispana de operaciones-, la funda un Pedro de Valdivia impresionado por lo que define como “la mejor pesquería que hay en el mundo, de mucha sardina, céfalos, tuñinas, merluzas, lampreas, lenguados y otros mil géneros de pescados”. También destaca su bahía, el río, los cerros cultivables y la llanura extensa. Era, escribió, “la tierra más linda del mundo”. Fue la ciudad más importante en la Colonia, aunque expuesta a marejadas y constreñida entre el mar y la Cordillera de la Costa, como tantas ciudades chilenas, lo que luego obligó a cambiarla de ubicación. Aunque se desplazó la actividad portuaria fuera de su perímetro, a Talcahuano, debió ser fortificada por el asedio de los piratas. Vascos fundadores de familias chilenas desarrollaron ahí navieras para embarcar sus productos, pero tuvo que llegar la Independencia para que Talcahuano fuera Puerto Mayor y así, al fin, poder exportar y competir con las navieras extranjeras. El auge del Chile agrario del siglo 19, con sus exportaciones de toneladas de trigo a diversos países –Australia, Estados Unidos, Reino Unido-, fue un enorme impulso para las haciendas locales. En el mismo siglo se activa una poderosa minería de carbón. Para el 1900 eran poderosos los molinos industriales y, luego, también la refinería de Azúcar de Penco, los textiles de Tomé, Chiguayante y la propia ciudad, la loza de Penco, los vidrios planos de Lirquén, proceso que

culmina con la usina de acero de Huachipato y el azúcar de Iansa. La Universidad de Concepción también será un logro de ese dinamismo, así como el Hospital Clínico Regional. En las últimas décadas, tras la decadencia de la harina de pescado, los textiles y la loza, la economía se orientó hacia el mundo forestal maderero y agroindustrial. Es ahora el segundo polo industrial del país y cuenta con un puerto importante en Talcahuano, con un mercado de más de 600 mil habitantes. Como terminal del corredor bioceánico Bahía Blanca - Talcahuano, aspira a abrirse al continente como centro de negocios y transferencias. Si su actual imagen es muy moderna, no es por casualidad; el terremoto de 1835 derrumbó la ciudad colonial, y los de 1939 y 1960 obligaron a reconstruirla cada vez. Permanece, eso sí, un sello donde la flora arbórea tiene relevancia en Es ese núcleo central donde más el icónico Cerro Caracol y se asentaron los españoles (…) en parques y algunas avey también en los primeros valles nidas, todo favorecido por transversales, los más templados; una alta pluviosidad. Con cerros, dos ríos inlos de Aconcagua, Choapa, Limarí. mediatos, cinco lagunas Es el Chile donde más se concentran urbanas y una buena ubilas ciudades, la población, las cación en el Valle de La Mocha, desde lo alto –a vista actividades; y donde es muy visible del avión- es muy pintoresca –al sobrevolarlo Wenborne en aviónsu morfología. el impacto de la acción humana en El Concepción Metropolitano está hoy integrado los paisajes naturales. por Concepción y Talcahuano; se extiende por San Pedro en la ribera sur del Biobío y crece a lo largo de su propia ribera hacia Chiguayante. El gran río es, por ello, el protagonista principal en este escenario. Desde el avión, a los ojos de Guy se extiende enorme la mancha urbana, hacia el norte y el sur del cauce fluvial. Al norte de La Frontera, los siglos 17 y 18 definieron el mestizaje de sangres y culturas que da origen al Chile profundo. Es ese núcleo central donde más se asentaron los españoles –el de Ñuble, Maule, Mataquito, Colchagua, Cachapoal, Maipo, Mapocho-, y también en los primeros valles transversales, los más templados; los de Aconcagua, Choapa, Limarí. Es el Chile donde más se concentran las ciudades, la población, las actividades; y donde es muy visible –al sobrevolarlo Wenborne en avión- el impacto de la acción humana en los paisajes naturales. Esta parte de Chile constituye una extensa zona fértil, rodeada de montañas orientales que se visten de blanco gran parte del año. Ante la costa, en tanto, emerge un mar de aguas frías y muchas veces agitadas, pero siempre muy ricas en fauna y flora marinas. Las espalderas de los viñedos le dan un sello. El ámbito mediterráneo del Viejo Mundo, el de los trigales y olivos, el de los viñedos de Grecia, Italia, España, Francia, encontró aquí un hábitat adecuado, en los valles de Aconcagua, Colchagua y Maipo. Son los tradicionales del Chile histórico, a los que luego se sumaron otros, haciendo del vino, especialmente, un tema de la cultura nacional. La bondad climática del Chile Central, así como su aislamiento, aportan a


una excepcional pureza sanitaria y permiten el cultivo de frutas y hortalizas hoy de exportación. La saludable “dieta mediterránea” se asienta en plenitud en esta zona, con todas sus virtudes. Desde el avión se ven las tierras llanas, y ahora también las laderas colonizadas por viñas verdes en el verano, doradas en otoño y desnudas en invierno. Los valles de Curicó, Teno, Lontué, Mataquito, también han ido cambiando sus cultivos tradicionales –trigo, alfalfa, lentejas-, por frutales de exportación cuyos packing, de gran volumen y brillantes cuando son de cubiertas metálicas, marcan el nuevo paisaje. Clásica es la agraria cuenca del Cachapoal, la de ciudades como San Fernando y Santa Cruz, zona que sufrió los grandes incendios del verano de 2017, cuyas heridas todavía se divisan desde el aire. Le sigue la cuenca de Rancagua –entre las angosturas de Paine y Pelequén-, con su ciudad mayor de ese mismo nombre. Siguiendo hacia el norte aparece la cuenca del Maipo Mapocho, la más poblada del país (cerca del 40%), con la capital en Santiago. Desde el aire pareciera que está junto a la Cordillera de los Andes, trepando sus faldeos, pero también llegando al otro lado hasta la Cordillera de la Costa, ocupando todo suelo llano posible. Es una megápolis que parece haber devorado a su valle matriz. Se extiende como musgo en la piedra, o maleza en potreros abandonados, en texturas que brillan al sol, en especial hacia el oriente de la ciudad donde emergen las torres de altura. Gigantesca en tierra, no es lo mismo desde el aire; es uno más de los valles de Chile Central, solo diferente por ser el que más área ha ocupado en su cuenca. El que más ha perdido su paisaje original. En el viaje aéreo, es un punto más en la larga vastedad de Chile. En los valles centrales, Colchagua, Cachapoal, Maipo, se ven alineados los viñedos más extensos de Chile, base fundamental de la etnovinicultura y sus mostos que recorren el mundo. El río Maipo se ve serpentear hacia la costa pasando por Talagante y Melipilla; río portador de la historia, el que ha visto cambiar el mundo colonial ganadero por los trigales del siglo 19, luego la industria láctea en el siglo 20 de célebres quesos y mantequillas, y ahora los frutales. La agricultura y la ganadería de Chile Central son las que sustentan la mayor gastronomía, desde los piños de vacunos a los trigales, las plantaciones de papas y tomates, las granjas avícolas, las piaras de cerdos, incluso las cabras que aparecen en las zonas de tierras menos fértiles, las mismas donde se ven numerosos los tunales y olivares. Toneladas de alimentos que se ven avanzar en camiones hacia la capital, extensiones agroindustriales para alimentar a los millones de seres humanos concentrados en Santiago de Chile, o para llevar sus productos destinados a otros países. El horizonte, “Chile, potencia alimentaria”, se sustenta en la fertilidad de este Chile Central, una de las zonas privilegiadas del planeta para la producción de frutas y hortalizas. Es un patrimonio natural, como los del norte de Italia, partes de Grecia y España, el valle de California. La expansión de las ciudades de este Chile central parece detener, contener y limitar el potencia alimentario. Casi todo se embarca en los puertos de Valparaíso y San Antonio, ambos con cerros costeros que los contienen con dureza y que ya han sido ocupados, especialmente en el Valparaíso con sus más de 30 cerros urbanos unidos al plano por funiculares y escaleras. Los más valiosos fueron declarados, por su tramada

y trepadora arquitectura urbana, Patrimonio de la Humanidad. Puerto del Chile Central, casi en la latitud de Santiago, fue su bahía el principal encuentro del país con el mundo. Tras la libertad de comercio de la Independencia, desde aquí saldrán los barcos para abastecer a Australia y Nueva Zelanda, California y Liverpool, o Burdeos, en gran parte a través de casas comerciales inglesas. Fue la principal ciudad chilena del siglo 19, la pionera en bancos, compañías de seguros, telegrafía y telefonía, industria pesada, la primera que se abrió a la modernidad. En sus calles se oían palabras de múltiples idiomas, sus bares y restaurantes estaban entre los más animados del mundo; fue por entonces “puerto principal” del Océano Pacífico, alineado con San Francisco, Yokohama y Sidney. Con varias universidades, sus estudiantes y académicos han mantenido su vitalidad abierta al mundo, inquisitiva, aunque la apertura del Canal de Panamá, hace poco más de un siglo, le haya significado un golpe casi mortal. Tras un ciclo de decadencia, la apertura de Chile al comercio exterior multiplicó el número de naves que llegan y se van a todo el mundo, a lo que se suma el interés turístico de extranjeros y cruceros que lo incluyen en sus itinerarios por su aura mítica, puerto de leyenda. A su lado, Viña del Mar comenzó con su barrio industrial, de cuando llegó a fabricar locomotoras y submarinos, pero los ensueños locales europeos, inspirados en Biarritz y Cannes, produjeron su transformación en ciudad balneario. Familias inglesas y alemanas alentarían el cultivo de sus jardines, las exposiciones de flores, las excursiones en busca de insectos. El desarrollo de la fotografía y la llegada de automóviles favorecieron la cultura del week-end, la libertad de desplazarse libremente para “descubrir” rincones cercanos, deshabitados, de naturaleza intocada que registrarían en sus pioneras fotografías. Más al norte o al sur de los dos puertos más activos de Chile, los cerros se alejan del bordemar y aparecen planicies costeras algo más generosas, de unos 15 a 20 kilómetros de ancho, las que han permitido la aparición, hoy casi continua, de varias otras ciudades balneario donde se concentran miles de veraneantes en vacaciones y fines de semana largo.


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Esta tierra es de una generosidad sin lĂ­mites. Sustenta un bosque nativo rico en docenas de frutos nutritivos, agua pura de vertientes, miel silvestre, hongos variados y hojas comestibles, y entrega ademĂĄs todas las frutas y hortalizas europeas en su mejor expresiĂłn. No extraĂąa ver tantas ciudades fundadas en ella.

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CULTIVO DE SALMONES CHINQUIHUE 41º30’45.84”S / 73º01’30.80”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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PUERTO MONTT 41º27’37.45”S / 72º57’18.17”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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CANAL TENGLO PUERTO MONTT 41º29’02.05’’S / 72º57’16.81’’O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS

PUERTO OCTAY 40º58’28.69’’S / 72º52’55.15’’O 66 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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PUERTO PETROHUÉ 41º08’13.43”S / 72º24’04.40”O 199 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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DESEMBOCADURA RÍO PETROHUÉ RALÚN 41º22’41.17”S / 72º18’39.79”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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RÍO BUENO 40º14’48.41’’S / 72º36’51.60”O 60 MSNM REGIÓN DE LOS RÍOS


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OSORNO 40º34’32.64”S / 73º08’48.07”O 20 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


HUEICOLLA 40º09’34.13”S / 73º39’50.82”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS RÍOS


BARRA DEL RÍO BUENO 40º14’43.26”S / 73º42’48.50”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS LAGOS


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PICHICHELLE 38º59’27.41”S / 73º13’19.70”O 51 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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DESEMBOCADURA RÍO CHAIHUÍN 39º56’33.91”S / 73º34’54.54”O 0 MSNM REGIÓN DE LOS RÍOS


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VALDIVIA 39º48’42.30”S / 73º14’51.21”O 17 MSNM REGIÓN DE LOS RÍOS

FUERTE NIEBLA 39º52’12.51”S / 73º24’08.04”O 25 MSNM REGIÓN DE LOS RÍOS

FUERTE ISLA MANCERA 39º53’14.51”S / 73º23’36.14”O 22 MSNM REGIÓN DE LOS RÍOS


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HUALPÍN 39º05’24.73”S / 73º10’43.88”O 15 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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LAGO BUDI 38º50’16.71”S / 73º18’19.20”O 38º50’36.62”S / 73º20’14.65”O 1 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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NEHUENTÚE EN RÍO IMPERIAL 38º44’37.68”S / 73º24’42.57”O 5 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA

PUERTO SAAVEDRA DESEMBOCADURA RÍO IMPERIAL 38º47’17.76”S / 73º23’45.86”O 6 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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TIRÚA 38º20’29.79”S / 73º29’30.83”O 6 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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ISLA MOCHA 38º21’10.92”S / 73º53’59.97”O 38º26’56.85”S / 73º54’16.36”O 0 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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LAGO LANALHUE 37º54’06.98”S / 73º21’00.22”O 9 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


COLLIPULLI 37º57’05.33”S / 72º25’50.90”O 260 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


VIADUCTO DEL MALLECO COLLIPULLI 37º57’44.52”S / 72º26’18.85”O 205 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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CAÑETE 37º48’19.02”S / 73º22’46.49”O 71 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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LEBU 37º36’08.53”S / 73º39’27.15”O 0 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


RÍO BIOBÍO EN MARIMENUCO 38º43’23.42”S / 71º10’56.78”O 1.094 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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AFLUENTE BIOBÍO 38º26’41.84”S / 71º16’37.11”O 911 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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LAGUNA GALLETUÉ 1.153 MSNM 38º41’17.98”S / 71º15’26.70”O REGIÓN DE LA ARAUCANÍA

TROYO 38º15’08.75”S / 71º18’19.40”O 817 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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LONQUIMAY 38º27’14.73”S / 71º22’13.11”O 926 MSNM REGIÓN DE LA ARAUCANÍA


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ALTO BIOBÍO 37º52’44.69”S / 71º38’19.61”O 520 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


CELULOSA ARAUCO 37º12’33.54”S / 73º13’33.21”O 20 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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ARAUCO 37º14’44.07”S / 73º19’07.59”O 13 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


LOTA 37º05’15.83”S / 73º09’32.00”O 0 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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CORONEL 37º01’23.10”S / 73º09’18.46”O 0 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO

PUENTE LLACOLÉN SAN PEDRO DE LA PAZ – CONCEPCIÓN 36º50’09.92”S / 73º05’00.65”O 7 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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RÍO BIOBÍO CONCEPCIÓN 36º50’31.90”S / 73º03’51.04”O 7 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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CONCEPCIÓN 36º48’36.39”S / 73º03’52.92”O 27 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO

TOMÉ 36º36’41.79”S / 72º57’26.88”O 0 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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VEGAS DE ITATA 36º23’48.13”S / 72º51’09.76”O 14 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO

PUREMA 36º26’48.78”S / 72º52’48.79’’O 15 MSNM REGIÓN DEL BIOBÍO


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CONSTITUCIÓN 35º19’44.17”S / 72º24’44.37”O 0 MSNM REGIÓN DEL MAULE


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CONFLUENCIA RÍO CLARO Y RÍO MAULE 35º27’23.72”S / 71º52’44.17”O 43 MSNM REGIÓN DEL MAULE


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PICHILEMU 34º23’10.79”S / 72º00’52.79”O 0 MSNM REGIÓN DEL MAULE

ILOCA 34º56’31.19”S / 72º11’05.63”O 0 MSNM REGIÓN DEL MAULE


LA PESCA DESEMBOCADURA RÍO MATAQUITO 34º59’53.87’’S / 72º10’46.95”O 0 MSNM REGIÓN DEL MAULE

PERALILLO 34º28’36.84”S / 71º28’49.04”O 138 MSNM REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O’HIGGINS


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PAREDONES 34º38’48.96”S / 71º54’07.03”O 64 MSNM REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O’HIGGINS


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VIÑA SANTA CRUZ 34º42’12.40”S / 71º33’39.86”O 141 MSNM REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O’HIGGINS

VIÑEDOS EN VALLE DE APALTA 34º35’34.61”S / 71º17’09.15”O 240 MSNM REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O’HIGGINS


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SEWELL 34º05’04.85”S / 70º22’58.87”O 2159 MSNM REGIÓN DEL LIBERTADOR GENERAL BERNARDO O’HIGGINS


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EL MONTE CONFLUENCIA RÍO MAPOCHO Y RÍO MAIPO 33º42’33.05”S / 71º00’47.05”O 255 MSNM REGIÓN METROPOLITANA DE SANTIAGO

PIRQUE 33º39’12.35”S / 70º33’29.77”O 712 MSNM REGIÓN METROPOLITANA DE SANTIAGO


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SANTIAGO PRECORDILLERA 33º23’34.11”S / 70º30’37.39”O 960 MSNM REGIÓN METROPOLITANA DE SANTIAGO


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VALPARAÍSO 33º02’35.35”S / 71º37’28.26”O 0 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO


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PUERTO DE VALPARAÍSO 33º02’10.84”S / 71º37’38.75”O 0 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO

PLAYA CALETA PORTALES VALPARAÍSO 33º01’54.83”S / 71º35’31.40”O 0 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO


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LLAY-LLAY CULTIVOS FRUTALES 32º53’30.40”S / 70º54’51.48”O 437 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO


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VALLE DE ACONCAGUA CULTIVOS DE PALTAS 32º49’13.05”S / 70º55’50.37”O 444 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO


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SITIO ARQUEOLÓGICO ALDEA DE ORONGO ISLA DE PASCUA 27º11’11.98”S / 109º26’05.64”O 277 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO


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HANGA ROA ISLA DE PASCUA 27º09’01.32”S / 109º25’39.60”O 3 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO

LOS ANDES 32º50’08.06”S / 70º36’04.71”O 833 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO


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Miguel Laborde Autor de 14 libros relacionados a la geografĂ­a e historia de Chile, asĂ­ como a sus ciudades, es profesor universitario de Relatos e Imaginarios de Chile, columnista en prensa y presidente de la fundaciĂłn Chile Profundo.


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l valle de Aconcagua era, para los incas, el mejor del territorio. La médula de todas estas tierras. Es aquí donde se encuentran las vegetaciones, complementadas, donde es mejor la proporción de sol y lluvia y más alta la moderación del clima. El ambiente más paradisíaco. El adelantado Diego de Almagro, quien tanto sufriera en las costas selváticas de Sudamérica y en los áridos desiertos peruanos, tentado estuvo de quedarse aquí para no moverse más. De haber permanecido en Chile, tal vez la capital nacional estaría en Aconcagua. Escribió el naturalista Charles Darwin, en sus memorias, tras recorrerlo en los primeros años de la República: “Quien fuera que llamó a Valparaíso “valle del Paraíso” debió pensar en Quillota”, refiriéndose a su inicio viniendo de la costa. Desde lo alto del Cerro La Campana, donde encontró esbeltas palmas chilenas, que habitan hasta los 1300 metros de altura, Darwin logró dominar la mejor vista de la zona, entre los Andes y el Pacífico. Los tonos varían entre el mar y la cordillera; hasta donde llegan las brisas marinas, la vegetación es más húmeda y verde. El avión, para Guy, permite recobrar la perspectiva del naturalista inglés. Limarí, Choapa, Petorca, La Ligua y Aconcagua -cinco cuencas alegres, luminosas- cuentan con sendos ríos que logran romper la rocosa resistencia de la Cordillera de la Costa y, atravesándola, llegar al mar. Son cursos de más de 100 kilómetros de largo, y aunque sean pequeñas algunas de sus cuencas, alimentan miles de hectáreas agrícolas. Estas no han dejado de aumentar, ya que el riego por goteo les permite trepar ahora las laderas de los cerros, con miles de hectáreas de paltas especialmente, a veces con cortes violentos y artificiales de la línea de cerros. Desde lo alto captura Wenborne el orden cuadriculado de sus feraces potreros, sus verdes y amarillos variados, verdes que llegan hasta un tono esmeralda. Corren las aguas en delgadas líneas que son acequias, dividiendo las propiedades. El avión hace visible lo complejo de esta zona, diferente al resto del Chile sur central. Aquí los cerros penetran, se traslapan, a veces se orientan hacia el nor-

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DEL MAIPO-MAPOCHO A VISVIRI

te y no hacia la costa, dejan aparecer pequeños valles “atravesados” e incluso brazos cordilleranos que unen las dos cordilleras. Desde la altura, la zona costera se ve nublada con frecuencia, antes del mediodía, en tanto al interior, desde el amanecer, la azul transparencia deja a la vista un sol dorado y constante. Aunque el norte tiene sus variantes, hay un modelo que se reitera, a todo lo largo; una ciudad interior que nació como centro de operaciones mineras, a veces en pleno desierto, y su par en la costa, su puerto de embarque. Como Andacollo con salida en Coquimbo, a la salida del Valle de Elqui. Alguna vez contó Gabriela Mistral, primer Premio Nobel de Chile, que ella necesitaba de ambos; de su silencioso rincón interior en el Elqui natal, y del bullicioso mundo del puerto. De joven, cuando se sentía enclaustrada por los cerros, partía a respirar a Coquimbo, ante el mar y lo azul, las sirenas de barcos y las lejanías que le dilataban el espíritu. Pero, luego, sentía la imperiosa necesidad de volver a lo suyo; al ambiente sereno valle adentro. Complementario. De aquí al norte ya se despliega el semiárido desierto, cada vez más seco. Por siglos, aventurarse de aquí al norte fue un riesgo. Tal vez por lo mismo, La Serena, en el borde sur de este territorio, tiene una calidez seductora, cuyo símbolo es una fruta fresca y dulce, la papaya. Hasta los piratas sabían que aquí había un límite, una última oportunidad de aprovisionarse antes de salir al despoblado, a las millas que se recorren sin llegar a ninguna parte habitada. El vecino puerto de Coquimbo siempre tuvo movimiento, porque durante los siglos coloniales, y hasta bien adentrada la República, era más seguro navegar que internarse en los desiertos. El lugar es valioso entonces, y desde siempre; junto a la desembocadura de un río con caudal, el Elqui, y a las ricas minas de oro de Andacollo. Construida en terrazas, la ciudad de La Serena es, además, un privilegiado mirador del Océano Pacífico. Separada por cientos de kilómetros de toda otra ciudad importante, la zona aprendió a ser autónoma. Creció diferente, con sus torres de iglesias de piedras traídas de canteras cercanas, armadas en madera del milagroso oasis de Fray Jorge. Este es una bendición, derivada de las neblinas costeras que lo humedecen todo el año. El fértil Valle de Elqui, de aquí al interior, se ve desde el avión como una ranura verde que serpentea entre hoscos cerros pétreos. También es un oasis, de forma longitudinal. Hasta 27 pequeños poblados llegó a tener, todos con huertas mínimas que son las mismas hace siglos, de mucho antes de la llegada de los españoles. Los indígenas locales –diaguitas- lograron crear una de las cerámicas más bellas en el sur del continente americano, lo que los caracteriza. Junto con las huertas y los viñedos de uvas pisqueras –gran producción tradicional, industria fuerte hace ya varios años-, el Observatorio astronómico El Tololo completa el escenario, instalación que llegó atraída por la perfecta claridad del aire de este valle. El Plan Serena, de mediados del siglo 20, fortaleció la imagen hispana de

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El avión hace visible lo complejo de esta zona, diferente al resto del Chile sur central. Aquí los cerros penetran, se traslapan, a veces se orientan hacia el norte y no hacia la costa, dejan aparecer pequeños valles “atravesados” e incluso brazos cordilleranos que unen las dos cordilleras.


La tensión entre mineros y agricultores es constante; unos y otros necesitan el agua, escasa en estas latitudes. El tema es duro para los segundos, enraizados por siglos, y que de pronto ven llegar maquinaria, muchos trabajadores, sienten explosiones ruidosas, su mundo alterado. Más de una vez, sus reclamos no llegan hasta las autoridades más altas y su ambiente se empobrece (…)

La Serena, casi andaluza. En estilo neocolonial le construyeron sus nuevos edificios públicos, así como el hito más visible desde lo alto, El Faro. Fue por entonces que se definió su vocación turística, con el Hotel Bucanero en La Herradura y el Casino en la playa de Peñuelas. La pavimentación fue parte del proyecto, una cinta gris que se trazó desde la capital hasta allá, pero los kilómetros son muchos; solo a fines de ese siglo, ya con la amplia autopista, comenzó a crecer la línea de edificios residenciales a lo largo de la Avenida del Mar, uniendo el río Elqui con el puerto. La Serena consolidó, así y al fin, ese destino. La amplia bahía portuaria de Coquimbo tiene un uso intensivo, tanto por el paso de los cruceros como por la llegada de barcos que cruzan el océano, desde y hacia China y otros países asiáticos, cargados de contenedores. Para la región, la fiesta de La Pampilla, con cientos de miles de asistentes en los días cercanos a las fiestas patrias, es el hito que le da más presencia nacional a Coquimbo. Desde lo alto, el avión deja ver en esos días, hasta el horizonte, un mar de gente. La enorme Cruz del Milenio, levantada por la comunidad católica el año 2000, domina el escenario con más de 100 metros de altura. A diferencia del Norte Grande, que es zona de amplias pampas desérticas, aquí las aguas lograron cruzar desde los Andes hasta el mar, cortando la Cordillera de la Costa en varios puntos. En sus riberas, aterrazadas, el hombre antiguo comenzó a engendrar una rica agricultura. Tres son las cuencas que lograron derrotar lo desértico; las de Copiapó y Huasco, y esta de Elqui.

Ellas dieron origen a una vida agrícola de terrazas fluviales, de campesinos que en pocos metros logran primores y cultivos característicos, como papayas, pepinos dulces, chirimoyas, cítricos y uva (consumo, pasas, pisco). Muchos de ellos han sido sustituidos por parronales de uva de mesa de exportación, especialmente en los valles más anchos (Huasco y Elqui), obra de empresarios que financian pozos profundos, riego por goteo y otras técnicas modernas. La ganadería de ovejas y cabras sigue siendo característica, todavía a nivel de pequeñas empresas que pertenecen a familias que, muchas veces, tienen un puñado de cabras como todo capital. Algunas comunidades agrícolas tienen antiquísimas costumbres tradicionales para organizar el uso del agua y la leña, los derechos de pastoreo y otros, derivados de organizaciones indígenas o de mercedes de tierra de la Colonia. Son de los mismos clanes ancestrales, siglo tras siglo. Eso sí, siempre han debido abandonar el lugar los jóvenes que la tierra no es capaz de mantener. Los campesinos de actividad cerealera –hacia la Cordillera de la Costa, como se ve desde el avión- se han visto perjudicados por la erosión de los suelos causada por los cabreros. Antigua es la pugna entre unos y otros. De siglo en siglo, es la minería la que atrae habitantes al norte desértico. La ciudad de Vallenar la fundó Ambrosio O’Higgins en el siglo 18, como estratégico enclave de detención entre la cordillera y la costa, en zona rica en plata (Agua Amarga) y donde, ya con la República, se fundó el primer banco chileno. Al interior, andino, los exploradores siguen descubriendo nuevos minerales; el último, la mina de oro de Pascua Lama, proyecto controvertido porque ocuparía afluentes del río Huasco cuyas aguas son decisivas para los huertos. La tensión entre mineros y agricultores es constante; unos y otros necesitan el agua, escasa en estas latitudes. El tema es duro para los segundos, enraizados por siglos, y que de pronto ven llegar maquinaria, muchos trabajadores, sienten explosiones ruidosas, su mundo alterado. Más de una vez, sus reclamos no llegan hasta las autoridades más altas y su ambiente se empobrece, obligándolos a reciclarse con cultivos diferentes o cambio de giro y actividad. Guy, que lleva años sobrevolando la zona, observa el cambio que se ha producido.


Arriba, la cabeza del volcán más alto de Chile, el Ojos del Salado, domina el paisaje con sus cerca de 7 mil metros. Más al norte, el desierto de Atacama, calificado como el más árido del planeta. El desierto como lugar y experiencia del vacío, del silencio y lo irreal; como si todo fuera espejismo. Un espacio de desnudez y sinceridad, de disciplina, si se quiere sobrevivir a su desafío. Él destruye los artificios, lo falso; le gusta lo honesto aunque sea mínimo. Así es su flora, de semillas humildes que están años ocultas y estallan apenas llega algo de humedad, para que se ilumine el paisaje del desierto florido. Las alturas andinas se elevan, impasibles. El mítico volcán Licancabur, tutelar de los lican antai -la etnia del desierto, también llamada atacameña- , domina el escenario. Aunque sus 6 mil metros son imponentes, y logran acumular una capa de nieve que alimenta hilos de agua, ésta se infiltra y desaparece apenas baja a la Depresión Central. Permite la vida de los poblados precordilleranos, pero no logra el cruce; salvo, como si fuera un gran reptil visto desde lo alto, el milagroso río Loa. En la región de Antofagasta, la transparencia del aire y el cielo nocturno con sus millones de estrellas -que parecen cercanas-, atrajeron a varios de los mayores observatorios astronómicos del planeta, como Paranal y el European Extra Large Telescope. Desde el aire, sus instalaciones parecen llegadas de planetas lejanos altamente tecnificados. En vuelo nocturno, brillan a la vista del avión. En otros siglos el protagonista fue el nitrato, del que quedan grandes ruinas oxidadas que, en algunos casos, son Patrimonio de la Humanidad; huellas de un pasado industrial a gran escala, en un desierto remoto. Su historia es un símbolo de la zona y se encarna en José Santos Ossa, el que, al igual que tanto atacameño, a los 16 años ya era explorador minero. Desde Cobija, modesta caleta boliviana por entonces, anduvo tras el guano, el cobre y el oro, pero su destino fue el salitre. Tras subir a La Paz a acordar derechos y deberes, llegó a una caleta que, por sus empresas y las de otros chilenos, llegó a ser el puerto de Antofagasta; una gran ciudad en la costa del desierto. Ossa

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Huasco, en la desembocadura de ese río, con su puerto y tranquilo balneario, ha sido desde siempre lugar de entrada y salida de máquinas y minerales de la minería de Atacama. Se precian los lugareños diciendo que de ahí mismo salió, en 1589, el primer embarque de cobre al mundo, en un velero de la Corona española. Este mineral es el más abundante de la zona, y desde la Independencia es exportado a países de todos los continentes. Los filones y yacimientos atrajeron al ser humano y lo forzaron a adaptarse al medio, para extraer esa riqueza. Pero, aunque rica en cobre y también en oro, es la plata la que marcó el destino de la ciudad mayor de Atacama, Copiapó. Es ciudad puerta de ingreso hacia el desierto absoluto, el de Antofagasta y Tarapacá, el que continuo y sin tregua avanza de aquí al norte por cientos de kilómetros hasta la frontera con Perú; es, en palabras de Charles Darwin, “una barrera más infranqueable que el más terrible de los mares”. Fundada al interior de un oasis que con el tiempo fue desapareciendo, tanta era su vegetación -en contraste con la sequedad de la zona-, que los españoles la llamaron San Francisco de la Selva de Copiapó. Fue el inmenso mineral de plata de Chañarcillo el que generó una verdadera fiebre y la llegada de extranjeros, a partir de 1832, lo que enriqueció sus calles principales con casonas de madera de elegante carpintería. Familias poderosas –Matta, Gallo, Goyenechea-, la favorecieron con teatro, catedral y escuelas que le dieron presencia urbana. Al decir de Julio Heise en su historia de la organización de la República, la clave de la prosperidad y desarrollo de la economía nacional tienen su origen en esa plata de Chañarcillo, explotada entre 1830 y 1860. Una vez que desapareció, fue el turno del cobre. Caldera, Chañaral y Taltal nacen con muelles, puertos de embarque para llevar el rojo mineral hasta Europa. Mineral abundante, adentrado el siglo 20 se hizo visible en yacimientos que dieron origen a nuevas ciudades mineras, Potrerillos y El Salvador, las que cuentan además, en sus cercanías, con varias de las principales minas de hierro del país. Ahora último el paisaje ha cambiado, se percibe más suave debido a los parronales y frutales plantados para la exportación, los que trepan los mismos cajones cordilleranos por donde entrara Diego de Almagro al territorio, el llamado descubridor de Chile.

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fue el descubridor del salitre de la zona y también el impulsor de la Sociedad Exploradora del Desierto de Atacama. Empresas asociadas de ferrocarriles, y contratos con navieras para que se detuvieran ahí a cargar, activaron la desolada zona. El anuncio del gobierno de Bolivia, de subir los impuestos más allá del Tratado de 1874, fue una de las causas de la Guerra del Pacífico, tras la cual la región quedará bajo soberanía chilena. Ossa, infatigable, murió navegando en una goleta hacia las Islas Desventuradas, frente a Chañaral. Explorador hasta el fin. La gran minería, al interior, en aumento en el siglo 20, hizo de Antofagasta un polo nacional relevante, donde ahora llegan ejecutivos, ingenieros de minas, empleados y trabajadores del cobre que vienen por semanas alternadas según sus turnos; para muchos, es una ciudad dormitorio. Hay otro fenómeno inesperado en el desierto, el de los salares. Son cuencas de lagos extintos hace millones de años, las que bajo la dura y blanca costra salina conservan humedad. La mínima fauna, y también los seres humanos, se instalaron en su entorno hace miles de años. Arbustos y cactáceas, camélidos (alpacas, llamas, vicuñas), aves y roedores, conviven en esos espacios mínimos. Aunque sea escasa, la vida logra mantenerse en antiquísimos poblados resilientes como Chiu Chiu y Toconce, Caspana y Ayquina, Turi y Lasana, Toconao y Socaire. La papa en las tierras más altas, y el maíz en las bajas, les permite completar su dieta alimenticia, la que incluye frutos de algarrobo y chañares. San Pedro de Atacama es, hace siglos, destino de viajeros que se desplazan cientos de kilómetros; aunque sea lugar pequeño, es paradero milenario. A los pies de las altas cumbres tutelares de la Cordillera de los Andes, junto a un oasis, era hito obligado en las rutas que avanzaban por el despoblado de Atacama. Guy, en el avión, alcanza a distinguir los caminos que ahí confluyen. El eficiente uso ancestral del agua permitió la creación de la original Cultura de San Pedro, la que les aseguró cultivos de maíz, porotos y papas, base de una economía que incorporó la extracción de sal y cobre y luego la creación de una metalurgia y una cerámica distintivas, además de cestería y coloridos textiles de buena factura. Algunos de sus productos -charqui, harinas, piedras semipreciosas-, les permitieron relacionarse con lejanos asentamientos mediante caravanas de llamos desde y hacia Tiwanaku, el noroeste argentino e incluso la selva amazónica, interacciones que los enriquecieron culturalmente. Florece esta etnia del 300 al 900 D.C, cuando alcanzan su apogeo creativo. Hoy es el turismo, lo nuevo que han incorporado a su vida. En los géiseres de El Tatio –aquí está uno de los ocho mayores centros geotermales del mundo-, con aguas de virtudes y beneficios medicinales, es el Consejo de los Pueblos Atacameños el que se ocupa de administrar ese fenómeno de la naturaleza. Hay una docena de aldeas cercanas de la misma etnia, incluidas en una estrategia de desarrollo indígena integral. Es su ambiente, que incluye viviendas, camélidos, vestimentas y cultivos, lo que día a día visitan los estudiosos y los turistas. El lago Chaxa con sus rosados flamencos, las peculiares formaciones rocosas del Valle de la Muerte, el Valle de la Luna y la precolombina aldea de Tulor, hacen de San Pedro y sus alrededores un destino en auge. En años recientes se han levantado varios hoteles de lujo en sus inmediaciones, en tanto algunas de las viviendas locales de adobe, sencillas pero cálidas y acogedoras, se reciclan como hostales para viajeros de menos recursos. Baquedano y Calama son centros de operaciones del interior, especialmente esta última, ciudad asociada al cobre de Chuquicamata, la mayor mina mundial

a tajo abierto. Desde el aire se puede ver, claramente, su forma de anfiteatro. Entre el río Loa, la precordillera y el desierto, Calama nació en la vecindad del más extenso oasis de la región, uno que lentamente ella misma comenzó a devorar. Estaba en un punto estratégico, señalado por un encuentro de dos Caminos del Inca. En tiempos republicanos, Bolivia la destacó como centro administrativo de la región. Tras la Guerra del Pacífico, ahora con soberanía chilena, la influencia inglesa en el salitre comenzó a ser reemplazada por la norteamericana en el cobre, pero conservando Calama su condición de centro de operaciones; eso sí, el oasis pagó el precio de importancia, de 4 mil hectáreas al iniciarse el siglo 20, lo terminó con 800. En años recientes se ha despertado la preocupación por su paisaje urbano, caótico y modesto, indigno de su importante rol económico nacional. Chuquicamata –a solo 16 kilómetros de distancia-, junto a La Exótica y El Abra, son tres partes del mayor centro cuprífero del mundo; Calama es su ciudad de servicios. El litio es expectativa futura de la zona, material estratégico para fabricar las baterías de los vehículos híbridos que aumentan de año en año –preferidos por reducir las emisiones de carbono-, y también para elaboración de teléfonos celulares y otros productos tecnológicos. Iquique, en la costa, es otra de las ciudades que nació y creció al servicio de la minería; en su caso, portuaria, al borde del desierto. También ocupa la estrecha franja del borde litoral, que apenas deja espacio libre al pie de los faldeos de la Cordillera de la Costa. Lejana de todo en sus inicios, desde Valparaíso -a 1.400 kilómetros- se traía hasta el agua, junto a los alimentos y la madera para las construcciones; en ella levantaron sus grandes mansiones los mineros más afortunados. Falta de población en sus inicios, a mediados del siglo 19 y todavía bajo soberanía peruana, desde Macao se trajo mano de obra china que hasta hoy se distingue en las calles de la ciudad. Por sus extensos yacimientos de nitrato y plata, pronto llegaron docenas de aventureros de todo el mundo.


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aguas a la fértil cuenca del valle de Azapa, se introduce en el mar. Las Cuevas de Anzota, vecinas, nos hacen sentir que ya hemos completado el tercer vuelo del territorio chileno. Con notables y majestuosas formaciones de eras geológicas pretéritas, los visitantes de hoy las recorren sobrecogidos, como si se tratara de una tierra sagrada, tal como de seguro lo fue; al igual que las cavernas similares de la lejana Patagonia, a más de 4 mil kilómetros de distancia. Estamos en el final. Planean gaviotas diversas, otras clases de aves menores, aves de rapiña en lo alto, mientras abajo leones marinos y chungungos asoman sus lomos lustrosos. Poco más allá, la frontera. Arica tiene un pasado glorioso, que cuesta imaginar en su sobrio presente. Fue aquí donde se embarcaban las portentosas cargas de metales finos que bajaban desde las minas de Potosí, por toneladas y más que en ninguno otro lugar de Sudamérica. Aquí estaban las pesas de las Cajas Reales, calculando los porcentajes que debían ser cedidos a la Corona hispana. Corsarios ingleses, piratas holandeses, soñaban con la fantasía de repetir la sustracción de Francis Drake: llevarse a la rastra un barco completo, ya cargado. Tras el traspaso de la región a la soberanía chilena, luego de un tratado de 1929, sucesivos gobiernos la apoyaron para darle un destino autónomo, al margen de ser puerto de salida de toneladas de cargas que descienden en camiones desde las alturas de Bolivia. Finalmente, la condición de Puerto Libre, y la creación de una Junta de Adelanto, le dieron un aire contemporáneo aún visible; las avenidas costaneras, las

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Maquinaria derivada de la Revolución Industrial, y capitales de chilenos, ingleses y peruanos, impulsaron aquí un polo de expansión del capitalismo mundial, con intereses cruzados que finalmente estallaron en la Guerra del Pacífico -de 1879 a 1884-, la que traspasó a Chile su soberanía. La rada de Iquique, donde se produjo el hundimiento de la chilena Esmeralda en esa guerra, y la muerte heroica del capitán Arturo Prat, dejaron a esta ciudad inscrita en el imaginario chileno, con Prat como su héroe máximo. Valioso y de interés turístico es su casco histórico, donde confluyó el pino Oregón de California con técnicas constructivas inglesas, adaptadas al clima de la zona, para crear una arquitectura de refinada madera en balcones y balaustres que aportan ejes sombreados a los transeúntes, a salvo del sol del desierto y favorecidos con la brisa marina. Justamente, debido al clima del desierto, son los interiores su mayor riqueza; frescos y ajardinados, cada casa cuenta con su pequeño oasis en torno al cual se hace la vida familiar y la social; desde el avión el verdor tras las fachadas alegra la vista. En 1960 se estableció una zona patrimonial protegida, la que incluye a la Avenida Baquedano y la Plaza Prat. El aumento de la inmigración es fenómeno nuevo. En años recientes del siglo 21, de países cercanos han venido miles de sudamericanos que han cambiado el paisaje humano. Iquique es ahora una ciudad cosmopolita, donde bolivianos, peruanos y colombianos se radicaron en altos porcentajes. Internacional es también el ambiente en la Zona Franca, un mercado libre o Duty Free de 1.700 locales; construido en 270 hectáreas, es el más extenso de Sudamérica. La antigua comunidad china, que llegara al desierto un siglo atrás, ha prosperado con el nuevo comercio. Las largas playas de Iquique, con sus olas aptas para el surf, gastronomía marina y la atracción del desierto que aquí se encuentra con el Océano Pacífico, atraen viajeros de países lejanos. Hoy, junto a la minería, el comercio y la pesca, el turismo es otra fuente importante de ingresos para esta región. La clara estructura del Morro de Arica anuncia ya la cercanía del fin del territorio chileno, cerca de la desembocadura del río José que, tras aportar sus

Arica tiene un pasado glorioso, que cuesta imaginar en su sobrio presente. Fue aquí donde se embarcaban las portentosas cargas de metales finos que bajaban desde las minas de Potosí, por toneladas y más que en ninguno otro lugar de Sudamérica. Aquí estaban las pesas de las Cajas Reales, calculando los porcentajes que debían ser cedidos a la Corona hispana.


Un largo viaje, para sobrevolar el país más largo del mundo. Casi, casi, un viaje sin fin. Pero ahí están las fronteras, los paisajes que se adentran, un poco más allá, en el corazón geográfico de América del Sur. Desde el avión, pasan inadvertidas esas divisiones tan valiosas para el ser humano.

Hosterías de Arica y Azapa para fomentar el turismo, así como el Casino que perseguía el mismo fin, aportaron a esa vocación que hace uso del clima privilegiado de Arica, “la ciudad de la eterna primavera”. La otra parte de la estrategia, muy propia de mediados del siglo 20 en Sudamérica, se orientó a instalar industrias manufactureras avanzadas, armadurías de autos y camiones y también de televisores, los que así se popularizaron en todo el país, a menor costo. Los conflictos limítrofes le restaron protagonismo, a favor de Iquique; la industria pesquera debió absorber la nueva vocación productiva. Las extensas playas, la gastronomía diferente, sus célebres aceitunas de Azapa, las rutas de las iglesias hacia el interior, el acceso al altiplano, las momias de la cultura Chinchorro –las más antiguas del mundo-, y la cercanía de la peruana Tacna, han hecho aparecer más hoteles y restaurantes, afines a la vocación turística. La cultura afrodescendiente, legado de los esclavos africanos que fueron numerosos aquí durante la Colonia, también ahora fiestas y carnavales propios. Por supuesto, la originaria cultura aimara es la principal desde tiempos ancestrales, con sus pueblos hacia el interior y, en Arica, especialmente visible en el mercado de la ciudad, el Asoagro, donde llegan los campesinos a vender sus productos. Al subir a la cordillera aparece Putre; desde tiempos antiguos lugar de encuentro entre las etnias de la montaña y las del mar. Ahora se detienen los campesinos que bajan a Arica y también los turistas que suben al altiplano. A cierta altura aparecen los cactus candelabro, gigantescos, declarados santuario natural. Putre goza de una vista elevada, amplia, que la

ciudad sabe disfrutar en varios miradores. Siguen los caminos hacia lo alto, ya en pleno escenario aimara, “la etnia que habita en el techo del mundo”, la que transita desde tiempos ancestrales por lugares que hoy corresponden a cuatro naciones, Chile, Bolivia, Perú y Argentina; sus descendientes unen países en esa cultura común, con poblados similares que se reparten por los cuatro puntos cardinales. Dominan el paisaje los altos volcanes nevados, Parinacota y Pomerape, Guallatire y Tacora, los cuatro de más de 6 mil metros de altura, majestuosos hitos tutelares de la espiritualidad aimara. El paisaje del altiplano o puna, es creación de volcanes; sus cenizas y lavas rellenaron a lo largo de millones de años los desniveles de la meseta, dejándola como una superficie perfectamente llana. El Lago Chungará es el centro de todo, del paisaje y de los desplazamientos de la flora y la fauna, en cuyas aguas se refleja la silueta del volcán Parinacota. Como se congela casi todas las noches, las gaviotas andinas, los patos, las taguas gigantes, corren o se deslizan sobre el hielo. Cerca de la frontera aparece Visviri, poblado al que llegan comerciantes aimaras de las naciones vecinas, con sus cargas de quínoa y yuca, sus tejidos y artesanías ancestrales, tal como lo vienen haciendo hace miles de años. Frontera internacional, a más de 4 mil metros de altura, aquí es donde Chile se encuentra con las naciones vecinas, en la tierra más septentrional de todo su territorio. Entre los 17 y 18 grados de latitud, a cerca de 8 mil kilómetros del Estrecho de Magallanes, que está ubicado en los 52 grados. Un largo viaje, para sobrevolar el país más largo del mundo. Casi, casi, un viaje sin fin. Pero ahí están las fronteras, los paisajes que se adentran, un poco más allá, en el corazón geográfico de América del Sur. Desde el avión, pasan inadvertidas esas divisiones tan valiosas para el ser humano. La mirada que ofrece la altura se extiende hasta el horizonte, en plenitud, uniendo altiplanos y cordilleras, cumbres y quebradas, sombreadas por el mismo blanco manto de unas nubes quietas, iluminadas por un sol intenso desde lo alto.


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Su apariencia engaña. Son grandes las distancias sobrevoladas sin ver una mancha verde, como si el vacío tomara aquí su forma más perfecta, pero, tras su áspero exterior, tan duro, tallado por el tiempo y los vientos, se han encontrado las mayores riquezas del país, el “oro blanco” y la plata, el oro y el litio.

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PETORCA 32º15’02.42”S / 70º55’52.29”O 509 MSNM REGIÓN DE VALPARAÍSO

ILLAPEL 31º37’50.42”S / 71º09’57.99”O 305 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO

CULTIVOS EN ALREDEDORES ILLAPEL 31º36’58.06”S / 71º11’14.21”O 424 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO


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CALETA EL TORO DESEMBOCADURA RÍO LIMARÍ 30º44’29.62”S / 71º41’56.82”O 25 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO


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COMBARBALÁ 31º10’43.92”S / 71º00’11.87”O 889 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO


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PUERTO VELERO 30º14’24.75”S / 71º28’35.57”O 0 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO

TONGOY 30º15’15.61”S / 71º29’42.98”O 0 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO


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COQUIMBO 29º57’28.45”S / 71º20’21.10”O 0 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO


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PAIHUANO 30º01’41.39”S / 70º31’05.49”O 982 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO

VALLE DE ELQUI 30º05’50.72”S / 70º29’36.31”O 1.126 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO


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CHAÑARAL DE ACEITUNO 29º04’39.18”S / 71º29’28.68”O 0 MSNM REGIÓN DE ATACAMA

PUNTA DE CHOROS 29º14’52.56”S / 71º28’02.21”O 0 MSNM REGIÓN DE COQUIMBO


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HUASCO 28º27’52.80”S / 71º13’13.92”O 0 MSNM REGIÓN DE ATACAMA

PLANTA PELLETS CAP MINERÍA HUASCO 28º28’53.22”S / 71º14’54.79”O 0 MSNM REGIÓN DE ATACAMA


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COPIAPÓ 27º21’59.45”S / 70º19’56.04”O 394 MSNM REGIÓN DE ATACAMA


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FUNDO SANTA ISABEL 27º20’20.55”S / 70º47’09.94”O 103 MSNM REGIÓN DE ATACAMA


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EL SALVADOR 26º14’52.76”S / 69º37’39.28”O 2.239 MSNM REGIÓN DE ATACAMA

POTRERILLOS 26º26’00.87”S / 69º28’56.48”O 2.855 MSNM REGIÓN DE ATACAMA


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CALDERA 27º03’58.76”S / 70º49’20.93”O 0 MSNM REGIÓN DE ATACAMA


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OBSERVATORIO PARANAL 24º37’38.88”S / 70º24’15.31”O 2.638 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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SOCIEDAD CHILENA DEL LITIO SALAR DE ATACAMA 23º32’46.37”S / 68º23’58.32”O 2.307 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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CHUQUICAMATA 22º18’18.56”S / 68º54’19.23”O 2.718 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA

CALAMA 22º28’34.14”S / 68º55’25.57”O 2.270 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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PUCARÁ DE LASANA RÍO LOA 22º16’08.93”S / 68º37’50.77”O 2.604 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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AYQUINA RÍO SALADO 22º16’45.35”S / 68º19’17.50”O 3.009 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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SAN PEDRO DE ATACAMA 22º54’38.98”S / 68º12’03.41º 2.447 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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OLLAGÜE 21º13’28.92”S / 68º15’11.89”O 3.708 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA

CAMINO A OLLAGÜE SALAR DE CARCOTE 21º19’11.49”S / 68º16’46.58”O 3.726 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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TOCOPILLA 22º05’42.23”S / 70º12’27.70”O 0 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


BALNEARIO DE HORNITOS 22º54’37.67”S / 70º17’11.22”O 0 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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CAMINO COSTERO 21º57’12.13”S / 70º10’26.99”O 10 MSNM REGIÓN DE ANTOFAGASTA


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IQUIQUE 20º12’45.11”S / 70º09’04.88”O 0 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ

PENÍNSULA CAVANCHA IQUIQUE 20º14’06.64”S / 70º08’53.88”O 0 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ

PICA Y MATILLA 20º30’32.49”S / 69º22’21.08”O 1.150 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ


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BALNEARIO DE PICA 20º29’07.59”S / 69º19’01.76”O 1.390 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ

MATILLA 20º30’49.83”S / 69º21’42.04”O 1.202 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ


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PAMPA SALITRERA Y RUTA 5 19º24’53.30”S / 69º56’21.28”O 1.140 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ


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OFICINA SALITRERA AGUA SANTA 19º53’43.74”S / 69º49’33.34”O 1.148 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ


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ENQUELGA Y CARAGUANO 19º14’13.27”S / 68º48’10.86”O 3.912 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ

ISLUGA 19º15’02.64”S / 68º43’21.46”O 3.812 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ


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CAMIÑA 19º18’45.83”S / 69º25’35.68”O 2.418 MSNM REGIÓN DE TARAPACÁ


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CULTIVOS EN TIGNAMAR 18º34’19.67”S / 69º30’24.16”O 3.175 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA

TIGNAMAR 18º34’51.93”S / 69º29’38.25”O 3.210 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA


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ARICA 18º28’29.50”S / 70º18’42.71”O 0 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA


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VALLE DE AZAPA 18º32’27.88”S / 70º08’44.01”O 367 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA


VALLE DE LLUTA 18º26’46.42”S / 70º03’46.54”O 718 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA


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PUTRE 18º11’48.66”S / 69º33’32.72”O 3.560 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA

PARINACOTA 18º12’06.89”S / 69º16’05.10”O 4.428 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA


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TACORA 17º46’22.80”S / 69º43’28.76”O 4.093 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA

VISVIRI 17º35’41.44”S / 69º28’53.90”O 4.088 MSNM REGIÓN DE ARICA Y PARINACOTA


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