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Kaleidoscopio - CRITICA Y REFLEXION

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Aunque sea muy sabrosa, mi carne no te pertenece Por Sylvia Navarrete ! ! ! ! esde los años 1960, el ! tema del cuerpo en el arte conoció una boga apabullante, hasta que, a la vuelta del siglo, se fue disolviendo en la difusa estética relacional que promueven las tecnologías virtuales en ardua competencia. Algo anacrónica resulta, por ende, la exposición interdisciplinaria “Carne” (noviembrefebrero, Museo del Arzobispado de la SHCP), cuyas miras enciclopédicas se extravían además en una desconcertante falta de discernimiento. La muestra prioriza la pintura, la gráfica y la escultura contemporáneas, a las que confronta de manera inopinada a piezas de otras épocas. ¿Lo nuevo junto a lo añejo? Nada que rebatir. ¿Pero cómo poner a dialogar los desnudos de Manuel Álvarez Bravo y los close-ups pornos de Rogelio Cuéllar? Curiosamente, del desatino surge de pronto cierta sorpresiva gracia. En aras de profundizar las infinitas connotaciones del tema, y dar un giro científico al asunto, se incluyen objetos no artísticos que sin embargo confieren un atractivo insólito al conjunto. Más que un interés documental cobran las antiguas láminas anatómicas pertenecientes a la colección de Francisco Toledo, o los especímenes de teratología (resinas de siameses y otras anomalías) procedentes del taller de morfología de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, los cuales no desentonan junto a las fotos de fetos en formol de Graciela Iturbide. Otras participaciones sobresalientes: las magníficas tallas en madera homoeróticas con que nos deleitaba en los años 1980 Reynaldo

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Velázquez, hoy injustamente olvidado; los exquisitos collages de Dr. Lakra; y las alegorías de la mexicanidad abajada de Daniel Lezama. Pero, ¿por qué colgar siete cuadros de Arturo Rivera? Pero basta. Mi intención no es dilatarme en la pertinencia de esta exposición, sino tomarla como pretexto para introducir una de sus invitadas, la escultora francesa Claire Becker (París, 1964), a quien conviene sacar hoy de un anonimato autoimpuesto y demasiado prolongado. Llegar a México desde Nueva York

Lo que queda de Artemisa, 2003, bronce pulido, 30x26x26 cm. *

hace trece años permitió a Claire Becker dar más de una probada a una de nuestras especialidades nacionales: el machismo, la cual por ósmosis fue incorporándose como materia y motivo a su trabajo. Sin embargo, vivir y exponer su obra desde 1997, primero en Xalapa y ahora en el D. F., no la ha asimilado sino sesgadamente al medio cultural mexicano. Mantenerse al margen, por decisión propia, tiene sus bemoles: independientemente del jaleo mediático suscitado por la participación de Teresa Margolles en la Bienal de Venecia de 2009, ¿quién se acordó de que Claire Becker también exponía allí una escultura monumental, seleccionada por el curador Boris Brollo y el comité

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artístico de la UNESCO para el proyecto colectivo “La città ideale” en la isla della Certosa? La pieza en bronce pulido presentada en Venecia, titulada El aire que respiramos, es una réplica de la fuente de 4 metros de alto que la autora estaba instalando entonces en un fraccionamiento de la capital veracruzana: una esfera gigantesca, en la que se ensamblan a ritmo concéntrico unos labios moldeados a escala descomunal, que remedan el ánimo risueño y el mohín perplejo, el rictus mustio y la invitación al beso, y muchas muecas más. De ese ramillete de bocas sobredimensionadas salen mangueras de aspersión que rocían el montículo de pasto en forma de pirámide que le sirve de base. Graciosa, contundente, ecológica: la obra es una metáfora de la gama de emociones que asaltan al ser humano, de su sensualidad y de los ciclos de la energía vital. Claire Becker ha recurrido de manera sistemática a fragmentos del cuerpo para armar su tipología simbólica del deseo, en una serie de objetos que van articulando una narrativa paródica del poder. Así, El soltero, un balero color de rosa de 80 cm de alto al que remata una gran pelota con improntas de vulvas depiladas, y que halla su exacta contrapartida en La esposada, que sobre un cojín yace encadenada a un garrote de estrangulación. Otro ejemplo: la hilera de simpáticos cochinitos de resina policroma retozando encima de una frase manuscrita que recalca la ambivalencia del placer y la sumisión (“Aunque sea muy sabrosa, mi carne no te pertenece”, “Aunque seas más fuerte, mi voluntad no te pertenece”, “Aunque dependa de ti, mi felicidad no te pertenece”…). La representación alterna con soltura los atributos zoomorfos y antropomorfos, sugiriendo que la misma semilla de violencia germina en ese anhelo a abusar del prójimo que se sustituye a la responsabilidad de cuidarlo.

© Universidad del Claustro de Sor Juana, SA de CV., 2011


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Detrás de una fiera ironía que evoca la que otra escultora, Louise Bourgeois, destilaba en sus tremebundas escenografías de la libido, no deja de percibirse aquí una inflexión moralista, por cierto no injustificada tratándose de una fábula sobre la tentación y sus trampas. La seducción, que en todas sus variantes transita del canibalismo sexual a la neurosis consumista, está emparejada con el engaño, conforme a su acepción etimológica. ¿Qué implica ceder a la satisfacción del impulso inmediato? ¿Qué precio ha de pagarse por ello: el agravio físico, la herida emocional, la carencia espiritual? La vida, parece insinuar la artista, no es cuanto hay: se desgasta en las quimeras del deseo, sin que uno sepa ni se preocupe por lo que viene después. En ese subordinarse a las expectativas ajenas ―léase masculinas—, se adquiere el aprendizaje de la carencia. ¿Suena este discurso a guía zen para el manejo de la adversidad? Un poco. Pero también se palpa en la obra de Claire Becker el impacto visceral de la agresividad experimentada en carne propia, no sólo en el tono de las palabras sino en el tratamiento táctil de los materiales. Sus piezas tampoco disimulan una franca aversión a la perversidad, sensación que confiere al conjunto una vehemencia desconcertante. El machismo, observa ella, hace estragos aquí y donde quiera que sea. La diferencia estriba en que si bien en Francia sus manifestaciones resultan veladas e insidiosas, en México su cultivo atávico y ubicuo lo vuelve más fácil de identificar. Quizá pueda deplorarse que cuantimás didáctica la argumentación de Claire Becker en sus esculturas e instalaciones, menos convincente resulta su resolución plástica.

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que desde cierta perspectiva configuran el pene enhiesto sobre los testículos, y bajo otro ángulo delinean las dadivosas curvas de senos y nalgas, y que en airosa espiral ascendente se disuelven en volutas abstractas… La descomposición de la figura y el lucimiento de sus líneas de fuerza sugieren una interpenetración dinámica de las formas y el espacio. Y si esa “falsa geometría”, como la define ella, logra conciliar la esfera, el triángulo y el cubo en efectos de anamorfosis que traducen la dimensión hermafrodita del erotismo, también delata inclinaciones formalistas que pueden concurrir a veces a un refinamiento un tanto aséptico. Lo interesante es que la aptitud a la movilidad plástica manifiesta en la escultura de esta ex bailarina convertida en escultora, condensa la inmediatez de

Por otra parte, hay una segunda vertiente de su producción que me parece más comprometida con la investigación de los complejos lenguajes tridimensionales, siempre desarrollada por medio de la alegoría. Se trata de piezas que organizan una geografía sexual del cuerpo andrógino, al hibridar los volúmenes respectivos de las anatomías femenina y masculina. Sinuosos contornos orgánicos

© Universidad del Claustro de Sor Juana, SA de CV., 2011

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los cuerpos de Rodin y la depuración de la línea a la Brancusi, pero sin que pueda confinársele en una u otra corriente actual de la creación escultórica en el país. De formación académica y carrera cosmopolita, esta artista ha optado por la trayectoria independiente. Una elección que ha estimulado su tendencia al eclecticismo y favorecido, paradójicamente, que se le comisione obras públicas en Europa y en México (donde, nos informa, los costos de material y mano de obra para tales encargos han aumentado hasta en 400% de diez años para acá). Quienes no conozcan el trabajo de Claire Becker ni asistieron a la exposición “Carne”, tendrán que esperar la próxima oportunidad de presenciarlo. Ojalá sea pronto.

Fuente de las sonrisas, 2008-2009. Bronce, concreto y piedra. 400 x 110 x 130 cm.*


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Esfinge 2, 2009-2010. Bronce patinado, 90 cm de altura. (fondo)* Flor de piel, 2010. Bronce patinado y bronce pulido, 50 cm de altura. (izq.)*

* Le agradecemos a Claire Becker por las fotografías de sus obras. Š Universidad del Claustro de Sor Juana, SA de CV., 2011

Aunque sea muy sabrosa, mi carne no te pertenece  

Revista Kaleidoscopio. Num. 0 Sylvia Navarrete hace un interesante analisis sobre la obra de Claire Becker quien recientemente participo en...

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