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MAËLLE Arrabales de Le Mans, septiembre de 2014

A veces me pregunto si no estaré muerta. Pero no, estoy viva, y el bebé que se agita en mi vientre está ahí para recordármelo. Estoy viva, y Redouane está muerto. Por la ventana percibo el jardín de nuestro chalé, con sus geranios, su césped bien cortado y su parterre de rosales marchitos. Nuestra casa parece confundirse con la de los vecinos de la derecha y con la de los vecinos de la izquierda. Suerte que hay números en las puertas para encontrar la de cada uno. Contemplo este cuarto irreal. Las zonas más claras de las paredes son donde estaban los pósteres de Beyoncé que arrancó una adolescente a la que ya ni reconozco. Tengo ganas de salir. Pero ya no me dejan. Salvo para fichar, por la mañana, a mediodía y por la tarde. Bordeo la Avenue des Tilleuls, paso por delante de la tienda de motocultores, del gimnasio, de la ferretería, de la panadería, del Café des Sports. Al final llego a la gendarmería, donde firmo el parte de asistencia, por la mañana, a mediodía y por la tarde, por la tarde, por la mañana y a mediodía. Luego desando el camino y vuelvo a casa.

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Con lo que más me cuesta tragar es con la idea de que me manipularon. A veces me dan ganas de conectarme a Facebook, de hablar con mis hermanas para tranquilizarme. Lo hacíamos todo el rato, y ellas me apoyaban muchísimo. Pero mamá me quitó la conexión a internet y ya ni me dejan usar el móvil. Me lo han confiscado. Nunca me he sentido tan sola. Ella no entiende que Maëlle no va a volver nunca, que seguiré siendo Ayat, que ahora es para siempre. Ella no entiende que, después de todo aquello, sigo llevando fular –¡ni siquiera es un hiyab!– y ya no como cerdo. El otro día me pilló rezando de rodillas sobre la alfombra. Empezó a gritar que volvía a estar con ellos. Llamó a la gente del programa de desradicalización, pero ni siquiera ellos consiguieron tranquilizarla. Como guinda, y por consejo de papá, mamá desmontó la puerta de mi habitación para poder vigilarme noche y día. Pero, claro, ella también tiene que dormir. Por suerte, cuando me despierto para la fajr, la oración de la mañana, a eso de las cuatro, no hay nadie al acecho, LOL. Así es mucho mejor. ¿Qué se creían? Yo sé qué me ha pasado. Ojalá fuesen capaces de dejarme respirar en vez de ahogarme de esta forma. Les gustaría recogerme en sus brazos, esos que antes no me acogieron. Ni siquiera me dejan poner una cortina. No quieren admitir que la religión me ayuda, que la necesito para seguir

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avanzando, que la oración es lo único a lo que puedo aferrarme. Mamá es atea, no puede entenderlo. Yo la perdono, porque sé cuánto me quiere. Ahora que voy a tener un bebé, empiezo a sentir lo poderoso que es ese amor. Y es que hizo falta amor para que fuese a buscarme a Turquía, y también después, al regresar. Jamás olvidaré cómo me miró cuando la policía me detuvo en el aeropuerto de Roissy. A veces ya no sé ni dónde estoy. Incluso volvería allí si pudiese. Tengo la sensación de que me entenderían mejor. Me sigo diciendo a mí misma que, al fin y al cabo, ellos tienen razón: que es aquí donde me mienten. Si no fuese porque mataron a Redouane, igual volvía. Con él. O no. Quién sabe. Su ausencia me ha dejado un gran vacío dentro, un vacío que el bebé no consigue llenar. Suelo hablar con Redouane, aunque tengo muy claro que está muerto. Espero que esté en el paraíso. No me entra en la cabeza que haya ido al infierno. Redouane no era un traidor, ni mucho menos un infiel. Solo era un blando. Y por eso lo mataron. Por suerte, también hablo con mi hija, a la que llevo en el vientre. Solo quedan cuatro meses para el parto. Cada vez que lo pienso, me pongo de los nervios. Pasado el otoño, ella ya estará aquí. Y yo ya habré celebrado mi diecisiete cumpleaños; claro que lo de «celebrado» es un decir. Soy viuda, viuda por partida doble, y solo tengo dieciséis años. A mi primer marido lo pulverizó un cohete cuando

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ni siquiera había tenido tiempo para reunirme con él. Al segundo lo mataron cuando huíamos juntos de Siria. Aquella noche no dormimos nada. Revisamos el plan tantas veces que acabó doliéndonos la cabeza. Nos levantamos a eso de las seis con todo el sigilo posible. Los hermanos dormían en la habitación de al lado. Lo más importante era no despertarlos. Redouane dejó el kalashnikov encima de la cama. Lo dejó atrás a propósito. Llevábamos quince días preparando la jugada. Salimos de Raqqa como quien no quiere la cosa, a pie, yo con niqab y él con kamis y con su hermosa barba larga. En los controles de los alrededores de la ciudad, los hermanos nos dejaron pasar. Estaban acostumbrados a vernos por allí. Redouane se había fijado en un viejo comerciante sirio que iba a Turquía todos los sábados con la camioneta de la mercancía. Le pagó. El hombre nos mandó subir a la caja. De Raqqa a la frontera hay ocho horas de viaje. Cada vez que nos parábamos, yo miraba temblando a través de un agujerito en la lona. No era capaz ni de respirar. Los guardias hicieron muchos controles al principio, con el viejo sentado detrás del volante, y luego relajaron la vigilancia. Al cabo de un tiempo ni siquiera le prestaban atención, seguían con su charla sin mirarlo y tan solo le hacían un gesto indiferente, como diciéndole: «¡Venga, pasa!». Redouane y yo nos cogíamos de la mano, bajábamos la cabeza y evitábamos con mucho cuidado mirarnos para no

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ver el miedo en los ojos del otro. Éramos muy conscientes de que estábamos traicionándolos. No estábamos orgullosos de aquello. Al final, el viejo se apartó de la ruta y nos llevó por un camino tranquilo. Había un bosque cerca y, al llegar, frenó y se limitó a gritarnos: «¡Ya está, daos prisa! ¡Corred, rápido! Sobre todo, no os detengáis, porque los hermanos os verán y os atraparán». A trescientos metros estaba el bosque, el camino hacia la frontera. Prácticamente saltamos en marcha y echamos a correr. Oí los gritos casi de inmediato. No entendía bien lo que decían, porque mi árabe no es muy bueno y todavía estaban lejos cuando empezaron a disparar. Pero reconocí de sobra el tac-tac-tac característico de los AK-47. Ya casi habíamos llegado al bosque cuando Redouane gritó. Me volví y lo vi tendido boca abajo. Se agarraba el costado con una mano. Le levanté la cabeza y estaba lívido. Detrás, a ciento cincuenta metros, oí a los hermanos que venían corriendo. Me di media vuelta. Quería ayudarlo, llevarlo hasta el bosque. –¡No! ¡Ya no nos queda tiempo! ¡Corre! ¡Márchate! ¡Te lo ruego! –me dijo Redouane. Era imposible. Estaba como clavada al suelo. –¡Sálvate! ¡Hazlo por el bebé! ¡Te lo ruego, rápido! No podía abandonarlo así como así, era imposible. No sabía qué hacer, aparte de quedarme allí parada como una idiota. Pero, cuando mencionó a nuestra hija, desperté. Sabía lo que les hacían a los desertores. Los decapitaban. También

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sabía que cada vez se escapaba más gente, que acababan de crear una brigada especial para personas como nosotros. Lo que pasó luego todavía me resulta algo confuso. Fue como si alguien actuase por mí. Me alejé de él y eché a correr en línea recta, sin pensar. Ya no veía nada; las lágrimas me corrían por la cara y me cegaban; el niqab me ahogaba. Los pliegues de la prenda se enganchaban en las ramas. No sé ni cómo fui capaz de quitármelo sin detenerme ni acabar enredándomelo entre los pies. Lo hice un gurruño y lo apreté contra mi regazo. Sabía que me haría falta más tarde. Volvieron a abrir fuego. Siempre se me dio bien correr en gimnasia, ¡por no hablar de en balonmano! Llegué al bosque en tres zancadas. Os juro que las piernas se me movían como los pistones de un motor. No podía dejar de correr. Me acordé de las clases de ciencias naturales, cuando la profe nos explicó el papel de la adrenalina. Entendí que el miedo me ayudaba. Oía cómo se rompían las ramas a mi espalda. Sabía que los hermanos tenían que cargar con las armas y las cartucheras y que, por fuerza, yo tenía que correr más que ellos. Seguían disparando a ciegas. Al cabo de un rato, se desentendieron. Oí cómo hablaban entre ellos. Y, luego, nada. Seguro que volvieron donde estaba Redouane. Esperaba que ya hubiese muerto. No quería ni pensar en lo que le harían. La cosa se puso calentita al atravesar la frontera. Había guardias por todas partes. Tardé más de cuatro horas y estuve a punto de que volviesen a dispararme cuando me vieron

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los militares turcos. Pero conseguí cruzar y acabé llegando a Urfa a pie. Volví a ponerme el niqab, que estaba hecho jirones y lleno de polvo. Los hermanos ponían precio a la cabeza de los desertores. Podían ir a por mí incluso en Turquía. No podía demorarme. Llamé a mamá con el móvil que llevaba conmigo. Sabía que nos esperaba cerca de allí. Al oír su voz, me vine abajo. Pensé en la familia de Redouane, que estaba en Francia. ¡Qué desgracia la suya! Cuando los cohetes de la coalición cayeron sobre nuestra casa, decidimos marcharnos. Por el bebé. Pero todo había empezado bien. Nos acogieron. No creáis que estábamos muertos de asco entre las ruinas, las cabezas cortadas y los crucificados. Al menos, no al principio. No había guerra por todas partes, más bien todo lo contrario. La gente estaba contenta de que la liberasen de los soldados de Al-Assad, de los bombardeos de la aviación. Vivíamos con normalidad, con nuestra gente. Éramos muchos; incluso publicaban para nosotros una revista en francés. Redouane me llevaba al mercado y hacíamos la compra. Veíamos películas. Queríamos visitar Sham, el país de Dios en la Tierra, pisar el suelo donde había empezado todo. Alquilamos un coche y condujimos por toda la ribera del Éufrates. Era hermosísimo, el tiempo era cálido y soleado. Teníamos la impresión de que estábamos de vacaciones. Veía a Redouane jugar al fútbol con los chavales. Estaba guapo de verdad con el uniforme

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de diario y la cinta negra alrededor de la cabeza. También visitamos Irak. Hicimos un montón de selfies. Me encantaría verlos, pero la policía me requisó el teléfono. No tengo ni una sola foto de él. Lo que sí nos decepcionó fue el lado religioso del asunto; sobre todo a mí, que nunca había ido a una mezquita ni había leído el Corán ni había celebrado el Ramadán. Redouane, en cambio, había recibido una educación musulmana… A la vuelta de nuestras «vacaciones», Raqqa estaba en el punto de mira de los kufar, los infieles. Formarnos en cuestiones religiosas ya no era una prioridad para los hermanos. Nos sentimos abandonados a nuestra suerte. Nos obligaban a mudarnos todo el tiempo. Al principio, la casa donde vivíamos no estaba demasiado mal. Pero nos largaron de allí porque a un imán con mucho pisto le hacía falta sitio para todas sus mujeres. Acabamos en una vivienda cochambrosa, inmunda, abarrotada de hermanos que venían de Bretaña, de Grenoble y de los arrabales de Bruselas. No tenía puerta ni agua y solo disponía de electricidad durante cinco horas al día. Había que subir los bidones a los pisos. Hasta entonces creía que se ocupaban de todo a nivel económico, pero no era así en absoluto. Redouane no tenía ninguna experiencia militar. Tan solo le habían dado un uniforme. Y el arma hubo que pagarla: mil trescientos euros, balas no incluidas. Por suerte, antes de irse, él había pedido un préstamo en el banco Cetelem. «¡Te juro por mi madre –decía él entre risas– que esa pasta no

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la van a ver pronto!» A quienes acuden al frente, a quienes se unen a la katiba, les dan munición, pero los demás tienen que pagársela, a euro la bala. El dinero no tardó en convertirse en un problema. Por internet, a Redouane le habían prometido: «Tú vente, no te preocupes, que ya nos hacemos cargo nosotros». Pero lo cierto era que no se hacían cargo de nada y había que buscarse la vida todo el rato. En nada ya estábamos a dos velas y no tardamos en comprender que no valíamos gran cosa para ellos, que éramos una especie de botín de guerra. Teníamos valor porque éramos extranjeros, occidentales, no porque fuésemos combatientes. En cualquier caso, a Redouane le venía genial lo de no tener que combatir. Como yo estaba embarazada, él no quería estar lejos de mí; prefería quedarse conmigo. «Las veinticuatro horas del día», decía. Redouane no era como los demás. Era tierno. Los hombres que no combatían solían ocuparse de tareas cotidianas, como del mantenimiento de los 4 × 4, por ejemplo. Redouane se ganaba un dinerillo con eso. También estaba la lavandería, para las mujeres. Y allí me llevaron con Amina, mi hermana. Hice la ruta hasta Gaziantep con ella, cuando me fui de casa. Ella también era de un barrio de Le Mans. ¡Qué bien nos lo pasábamos juntas! En Raqqa leía el Corán, intentaba estudiar como podía y rezaba mucho. Me negaba a dudar. Siempre encontraba excusas en los hermanos y las hermanas, incluso cuando la situación empeoraba. Redouane empezó a decir que, en el

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fondo, en el país de Sham las cosas funcionaban igual que en todas partes: por enchufe. Si te conocen, te dan lo que quieres. Si no, te contentas con lo que recibes. ¡Qué rabia le daba aquello! Y yo no estaba para nada de acuerdo con él. Empezamos a discutir. Yo le decía que no era buen musulmán, que no se tomaba nada en serio. Vale que le gustaba bromear. Pero, en ese momento concreto, yo no lo veía nada divertido. Le reprochaba que no rezase lo suficiente y que viese películas que no debía ver. A veces, hasta escuchaba música. Aquello no estaba bien. Cuando los kufar empezaron a bombardearnos, los hermanos se volvieron cada vez más desconfiados. Veían traidores por todas partes. Y hacían ejecuciones públicas. Las cabezas cortadas empezaron a formar parte del decorado. Nunca olvidaré la mirada de aquel chico al que mataron porque lo habían pillado tomándose un helado durante el Ramadán. ¡Si solo tenía catorce años! Ahí empecé a dudar de verdad. La sharía me parece bien, lo de cortarles las manos a los ladrones y todo eso, pero aquel apenas era un niño. Lo peor fue cuando mataron al piloto jordano al que habían capturado: lo quemaron vivo en una jaula, lo grabaron todo y lo pusieron en bucle en internet. Redouane me dijo que consul­ tara el Corán, que lo del fuego era un castigo que solo Alá, alabado sea su nombre, podía aplicar. Me preguntó que quiénes se creían para usurpar el lugar de Dios de aquella forma. Le respondí que debía de estar equivocado, que los hermanos, y mucho menos los imanes, nunca blasfemarían.

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Aquel día tuvimos una pelea de las buenas. ¡Lo llamé impío y apóstata! Tengo que reconocer que, por un momento, pensé en denunciarlo a los hermanos. Ya no veía en él a quien tanto había encomiado el país de Sham. Igual hasta habría avisado a la policía secreta si no fuese el padre de mi futura hija. Creo que eso fue lo que me detuvo. Quería que la criásemos en el amor, el respeto y el temor al Altísimo, alabado sea su nombre. Quería que Redouane cambiase. Pero él no iba por el buen camino, ni por asomo. ¡Todo por llamar la atención! Como con el uniforme, el kamis. Al principio estaba orgulloso de llevarlo, pero no tardó en aburrirse de él, sobre todo porque nunca había tenido ocasión de emplear el kalash, ¡salvo para posar cuando nos sacábamos fotos juntos! LOL. El caso es que, al poco, volvió a ir fardando por ahí con la ropa «a la francesa» que se había guardado al llegar: zapatillas, gorra, cazadora de cuero y pantalón de chándal. Y tanto daba cuánto se lo reprochase, no había forma de que cambiase de opinión. Echaba de menos a su familia. Los llamaba con frecuencia a Chartres. Al principio conseguía que le enviasen cien euritos por aquí, otros cien por allá, a través de Western Union, y cada vez que cruzaba a Turquía iba a recoger el dinero. Incluso en plena calle llamaba a su madre para ponerla al día. A ella tenía que irle con milongas en plan: «Todo va bien, esto es genial, no os creáis lo que os cuentan los medios de comunicación». Y siempre le hablaba superalto. Los hermanos se burlaban abiertamente de él debido a su look y también

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Se cerraron mis ojos C - Patrick Bard  

Faktoría K de libros. Narrativa. Castellano

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