Page 1


Los nombres del traidor


Título original en gallego: Os nomes do traidor © del texto original: Xurxo Sierra Veloso, 2001 © de esta edición: Faktoría K de libros, 2009 Urzaiz, 125 bajo – 36205 Vigo Telf.: 986 127 334 faktoria@faktoriakdelibros.com www.faktoriakdelibros.com Ilustración y diseño portada: Marc Taeger Primera edición: diciembre, 2009 Impreso en C/A Gráfica, Vigo ISBN: 978-84-96957-73-2 DL: PO 590-2009 Reservados todos los derechos


Los nombres del traidor Xurxo Sierra Veloso


Recordemos, para empezar, la tarde de otoño en que nació esta novela. Yo esperaba a dos amigas con las que iba a tomar un café. Para ellas, Nieves y Pusa, mi gratitud.

Sirva también esta página, con sus elegantes espacios en blanco, como abrazo y agradecimiento a mis consejeras literarias favoritas: Susana Lamela, Magdalena Sánchez y Laura Caveiro.

Permítanme, por fin, que dedique lo que pueda haber de bueno en esta historia a mi ahijada Aldara, con absoluta esperanza.


1. DELANUIT

Termino la jornada laboral y vuelvo a casa. El cuerpo me pide bata, sofá y café con leche. Sinónimos de calor, de sangre viva que recorre las arterias. Pero todavía no puedo. Antes tengo que sacar a pasear a Perestroika. Es una perrita fea y un poco estúpida, aun así merecedora de mejores caricias. Tiene ojos tristes, bien se le ven, tal vez porque sabe que no la quiero, quizás porque intuye que estamos los dos condenados, ella y yo, a una muerte violenta y probablemente estrambótica. Pero no es culpa mía. Fue Figueroa, fiel seguidor de sus manuales de psicología para reclusos modernos, el que aconsejó vida normal y compañía canina. No es el verbo adecuado; lo correcto sería decir «exigió» o «impuso». Supongo que digo «aconsejó» porque yo también soy víctima de la voz suave y de los gestos amables de Figueroa; nunca una mala palabra, pero tampoco una mirada cálida. Ya en la primera reunión dejó claras sus condiciones. Él era el máximo responsable de mi seguridad, con absoluta firmeza en cada sílaba, se-gu-ri-dad, y no iba a permitir que un capricho mío nos llevase a todos al fracaso. Por otra parte, añadía con sus dientes de ratón, estaba convencido de que, pasado el impacto de los primeros meses, llegaría a acostumbrarme a la nueva situación; incluso era posible

9


que tuviese momentos de cierta felicidad. Pocos y relativos, como todo el mundo. El caso, en resumen, era que debía tener una casa, un oficio, un nombre y un perro. En un primer momento, me dijeron que escogiese yo el nombre; ellos se ocupaban de todo lo demás. Yo apreté los labios y puse mentón de duda, que es lo que hacen las personas normales cuando no saben qué decir, y finalmente acepté. Dadas las circunstancias, no me quedaban muchas más opciones. Por lo menos, me daban la posibilidad de elegir denominación formal a mi futuro. Aquellas cuatro palabras, nombre compuesto y apellidos corrientes, con las que llevaba conviviendo más de cuarenta años, quedaban definitivamente clausuradas, sin nostalgia posible ni propósito de recuperación. Durante los días siguientes, dediqué la mayor parte de mi tiempo a escribir listas interminables de posibles nombres. Siguiendo las instrucciones de Figueroa, fui eliminando aquellos que, pasado el resplandor inicial, ya no me gustaban tanto, y conservé sólo los que ejercían sobre mí una rara hipnosis. En la segunda reunión, a la que asistieron también los auxiliares Leclerc, cubano, y Casabuda, argentino, aproveché la primera ocasión que tuve para sonreír ampliamente y proclamar mi decisión final: –He estado a punto de escoger Alexandre Grima, pero creo que me conviene más Bernardo Delanuit. ¿Qué les parece? –Mis tres interlocutores se miraron entre ellos como si no acabasen de entender el idioma en el que les hablaba. Finalmente, Figueroa buscó entre los papeles que se amontonaban sobre la mesa y comenzó a hablar de las características que tendría mi nuevo hogar.

10


–Es un chalé adosado de la urbanización Mapoula, a cuarenta quilómetros de la ciudad. Dos habitaciones, amplio salón, garaje propio, jardín de veinte metros cuadrados y, muy importante en su caso, una única puerta de entrada. ¡Ah!, también tiene un mínimo balcón triangular, ideal para tomar el sol o cenar tranquilamente en las noches de verano. Mi rostro debió de mostrar sorpresa o inquietud. De otro modo no se explica la rapidez con que Casabuda se inclinó hacia adelante, buscando un contacto físico que no se llegó a producir por culpa de las excesivas dimensiones de la mesa, y empezó a echar por la boca un torrente de argumentos mezclados con saliva. –Una urbanización de casas adosadas es el sistema ideal para asegurar su tranquilidad y, al mismo tiempo, para facilitarle el conocimiento de gente nueva, vecinos con los que podrá compartir piscina, cancha de tenis y paseos a la orilla del río, por no hablar de las numerosas actividades del centro social. –Ya –respondí con voz tenue y escéptica–, yo había pensado que tal vez un piso céntrico sería más discreto. –No lo crea –respondió el argentino con su permanente sonrisa de vendedor de enciclopedias–, sería mucho más difícil para nosotros garantizar su seguridad, con el constante tránsito de personas desconocidas por el portal, las escaleras, el ascensor, el garaje comunitario. Cualquiera que quisiera asesinarlo... Los puntos suspensivos sobrevolaron la reunión. Figueroa miró a su colaborador con indisimulable ira. Por mucho que hasta aquel momento nos hubiéramos resistido a pro-

11


nunciar las palabras exactas, la incontinencia verbal de Casabuda acababa de poner encima de la mesa el auténtico motivo de aquel encuentro: era muy probable que un numeroso grupo de individuos, relacionados directa o indirectamente con la organización de Claudio Sampaio, quisiera acabar con mi vida; de ahí que necesitase una nueva residencia, una nueva identidad. –¿Ha dicho Bernardo Delanuit, verdad? Yo, personalmente, lo encuentro demasiado llamativo para una persona que pretende pasar inadvertida. Es elegante, sin duda, tiene fuerza, personalidad, como de galán de película francesa de los años setenta, pero, por desgracia, nuestras prioridades deben ser otras. Si usted no tiene inconveniente, nosotros queríamos proponerle Manuel Fernández Castro como nuevo nombre. Vuelvo a casa y tengo frío. Como todos los días. Mi trabajo es así de especial, nada adecuado para un tipo, como yo, propenso a los catarros y asiduo de la otitis. Voy por la acera y pienso en el termostato, ese cómplice de la pared. En cuanto llegue pienso ponerlo a veintitrés grados, un despilfarro según las orientaciones del Ministerio de Industria, una temperatura muy perjudicial para el asunto del cambio climático y el agotamiento de las fuentes de energía, pero al mismo tiempo un alivio para este cuerpo mío, condenado a pasar largas horas desnudo. Pero no olvido a Perestroika. Le tendré que dar prioridad a su vejiga, como todos los días, aunque el anochecer me dé un poco de miedo y el bramido de los árboles me encoja el estómago. Vuelve el eco del discurso metálico de Figueroa. –La perrita le vendrá muy bien. Emocionalmente, quiero decir. Le llegará a coger cariño, ya lo verá; los animales

12


hacen mucha compañía. Y no sólo eso. Piense que es muy conveniente para nuestro asunto dotar a su nueva identidad de características intensas y peculiares, totalmente diferentes de lo que era usted hasta hace muy poco tiempo. Todos sus conocidos de la época anterior se quedarían muy sorprendidos si lo viesen compartiendo techo con un perro, ¿verdad? Pues por eso, precisamente, es por lo que le pedimos este pequeño sacrificio. Leclerc, con un acento cubano que me producía somnolencia, enumeró unos cuantos estudios psicológicos que ponían de manifiesto la importancia de los animales en la vida de las personas. Casabuda asentía con grandes movimientos de cabeza, como si quisiera comprobar los límites de articulación de su cuello. Ya han pasado casi dos años desde aquella reunión, pero todavía me acuerdo del jersey amarillo del argentino. Eso sí que era llamativo, y no el inocente nombre que yo había escogido para el resto de mi vida. –Otra cosa: va a tener que acostumbrarse a unos zapatos que le vamos a dar. No tienen nada de particular, a no ser un disimulado tacón que aumentará su estatura en ocho centímetros. Le parecerá una tontería, pero tenemos que modificar incluso las impresiones visuales de la gente que lo conozca. No nos podemos arriesgar a que lo describan con exactitud. Gracias a este calzado, si los hombres de la Organización preguntan por usted, encontrarán la descripción de un hombre de 1,80, cuando los informes de que disponen hablan todo el tiempo de un individuo de 1,72. –De acuerdo –respondí exagerando la gravedad de la voz–, ustedes son los expertos y saben cómo hay que hacer estas cosas. ¿Pero no podría ser, por lo menos, Manuel Fernández Delanuit?

13


–Castro es mucho mejor, háganos caso. Piense en la guía telefónica. Me pongo gorro y bufanda larga. Me gusta que dé dos vueltas alrededor del cuello y aun así cuelgue un metro sobre el pecho. Perestroika se alegra de verme. Pobre, si ella supiese.

14


2 . X E N E B RA

Conocí a Xosé Luís en una excursión del instituto. Él decía que habíamos coincidido varias veces en los billares del Roncollo, pero yo no lo recuerdo. De hecho, tengo que recurrir a las fotografías para asegurarme de que estamos delante de un hotel de Estoril, con dieciséis años en la mochila y cuarenta compañeros que sonríen a la cámara. Por aquella época, yo estaba siempre con Mari y Patricia, dos chicas de mi clase con las que había formado una especie de unión eterna; en realidad, era una amistad falsa y artificiosa, como suele suceder en la adolescencia. Éramos muy distintas, no nos llevábamos tan bien como parecía (sobre todo con Mari, que estaba encantada de conocerse y se creía la más lista del mundo) y perdimos contacto a los pocos meses de salir del instituto. Por eso me parece tan raro vernos a las tres en la foto, con esa naturalidad, como si fuésemos un equipo imbatible o una fórmula química. Todos los que nos rodean parecen desdibujados e innecesarios a nuestro lado. También Xosé Luís, pobre. No hablamos durante la excursión. Él aseguraba que me había ayudado a llevar unas bolsas de regalos desde la tienda al hotel, pero yo siempre pensé que se confundía de chica. Nunca fui aficionada a comprar recuerdos para la

15


familia, así que no me imagino gastando el poco dinero que podía tener en gallos de Barcelos y chorradas por el estilo. El caso es que mi marido tenía buena memoria, incluso una extraña capacidad para recordar la ropa que llevaba cada persona en un momento determinado, por lo que no puedo negar que a lo mejor soy yo la que se equivoca, lo cual, por cierto, contribuiría a aumentar la tristeza que siento cada vez que evoco el tiempo maravilloso que pasé con Xosé Luís, sobre todo al principio. Lo que sí recuerdo perfectamente es la fiesta de cumpleaños de Ana Parada, otra compañera de instituto. Por razones incomprensibles que tal vez tuvieran que ver con algún sentimiento de soledad o de baja autoestima, la tal Ana invitó a una pizzería a COU A al completo, sin olvidar una buena representación de COU B y de COU C. El resultado fue un barullo tremendo, un estallido hormonal en el que todo el mundo aprovechó la ocasión para eso que mis hijas llaman ahora «interactuar». Curiosamente, la que menos éxito tuvo fue la propia Ana Parada, tan metida en su papel protagonista de madre abadesa que ni se dio cuenta de que había por lo menos tres chicos, uno de ellos el deseadísimo Francisco Valiña, que tonteaban con ella de manera evidente. Me acuerdo de las carcajadas nerviosas con que festejábamos el aturdimiento de nuestra anfitriona, absolutamente preocupada por la masa gruesa de la pizza barbacoa y sus efectos sobre la salud. Así estábamos, con los primeros síntomas de incontinencia urinaria por parte de Patricia, cuando se acercó a nosotras un dúo realmente estrambótico, formado por Xosé Anxo Lavandeira, alias Boney M, y Xosé Luís Vidueira, más conocido por «Vidu», el hombre con el que me casé, el que después me dejó viuda.

16


Vidueira y Lavandeira, también llamados los Liberados, eran una extraña pareja, de esas que solo se pueden dar en la adolescencia, una edad en la que todavía están bien vistas las cosas patéticas. Vestían de manera parecida, con ropas que tal vez querían homenajear a los intérpretes de música disco de los años setenta. Los zapatos, de imitación de piel de leopardo, no se llevaban demasiado bien con el resto del vestuario ni con la sociedad contemporánea en general, pero daban sensación de lealtad mutua, de relación compacta basada en el desafío o en el desconocimiento de la palabra ridículo. Para completar el panorama, los Liberados habían creado un vocabulario propio, de imposible acceso a terceras personas, en el que se mezclaban apodos vistosos para cada compañero de clase y propósitos de futuro del tipo «en la vida hay que ir siempre en busca de climas cálidos y ríos caudalosos». Como es natural, las chicas huíamos del dúo –de ellos y de un tal Agripino López, «Agri», que tenía fama de que no se duchaba más que en ocasiones muy señaladas– y aprovechábamos la menor posibilidad de escarnio para someterlos a durísimas críticas que casi siempre acababan en risa floja y dolor de mandíbula. Éramos algo crueles, de acuerdo, pero en el fondo no pretendíamos más que afirmar nuestros débiles caracteres y defendernos de las hostilidades del medio, aunque para eso tuviésemos que humillar a aquellos dos pánfilos de procedencia extraterrestre. Cuando veo a Alicia y Margarida, mis hijas, burlándose de algún compañero de clase, finjo que me pongo seria y les recrimino su actitud. «No se puede escupir hacia arriba, que puede ser que ese del que tanto os reís acabe siendo el hombre con el que compar-

17


tís cama el resto de vuestra vida». Ellas estiran los labios en señal de respeto por su padre difunto, pero a los dos minutos ya están otra vez riéndose como locas. Es lo que tiene la juventud. El caso es que aquella tarde de fiesta, en el cumpleaños de Ana Parada, Boney M sufrió un súbito proceso de descomposición intestinal, probablemente por el contraste de temperaturas entre el exterior y el interior de la pizzería, sumado al exceso de champiñones, mozzarella y salsa de tomate industrial. Su monólogo de los climas calientes dejó paso a un rostro pálido por el que empezaron a resbalar pequeñas gotas de sudor. Vidu, concentrado en el asunto del caudal de los ríos, todavía tardó unos minutos en darse cuenta del estado de su amigo. Nosotras, para qué negarlo, vimos el cielo abierto. El malestar de Lavandeira podía, paradójicamente, liberarnos de los Liberados. Pero la vida tiene senderos indescifrables y a veces no sabemos en qué campo vamos a descansar y en cuál nos esperan las ortigas. Pasado el primer momento de solidaridad, «tío, qué te pasa, pedimos una manzanilla, cogemos un taxi, te acompaño a casa», vinieron las palabras tranquilizadoras de Boney M, «no hace falta, me voy andando, pero tú quédate y pásalo bien, tampoco es para tanto» y, finalmente, la presencia huérfana y melancólica de un único leopardo. Puede que surgiese en mí algún sentimiento maternal nunca antes verificado o puede que la conversación incesante de Mari y Patricia me tuviese algo atolondrada. No lo sé. Sólo puedo dar fe de que, una hora después de la retirada del enfermo Lavandeira, su socio y yo estábamos en una esquina del bar al que nos había conducido Ana Parada, semisentados en

18


una mesa de función ornamental, distraídos en nuestro propio diálogo y ajenos al resto de la fiesta. Por primera vez, Vidueira cambiaba de características y adoptaba un aire nuevo, como de persona normal e incluso agradable. «Es muy majo», les dije a mis amigas cuando me pidieron explicaciones por aquella inesperada conducta. A partir de ahí, los acontecimientos se sucedieron en un orden lógico, como en las series de televisión o como se supone que deben ocurrir las cosas en la vida. Un día Vidu modificó su itinerario habitual y me acompañó a la salida del instituto. Su conversación, un poco absurda al principio, se centró en la salud de Boney M, todavía algo deteriorada después de las revoluciones gastrointestinales de la pizza barbacoa. Después, con esa felicidad que causan a ciertas edades las cosas compartidas, empezamos a hablar de los profesores que teníamos en común, sobre todo de una de Historia especialmente imitable. Cuando llegamos a mi calle, las risas ya habían entrado en un nivel escandaloso. La aparición de una vecina me hizo recomponer la formalidad y recordar que aquel tipo que me hacía reír era nada menos que uno de los Liberados, un motivo de deshonra a los ojos de medio instituto. Es más, a mis propios ojos de la semana anterior. Levanté la cabeza en busca de la dignidad perdida, pero no vi más que un pedazo de cielo nuboso entre los edificios. No tardé ni dos segundos en darme cuenta de que no valía la pena fingir. Bajé de nuevo la mirada y contemplé de reojo a mi acompañante, en un gesto que le había visto hacer a Jaclyn Smith en varias películas. Vidueira sonreía con la boca algo torcida, tal vez por los nervios o la falta de práctica. Visto de cerca, su problema de

19


acné, claramente repulsivo, parecía compensarse con unos ojos bonitos –en aquel momento me parecieron negros, ahora ya no sabría decir de qué color eran– y unas cejas desordenadas pero hermosas. –¿Te puedo pedir una cosa? –No sé, tú dirás. –Verás... No es que me parezca mal lo de Vidu, pero, si no te importa, preferiría que me llamases Xosé Luís. –Pero Vidu suena muy bien. –Ya. –Vale, vale, de acuerdo, como tú quieras. A partir de ahora, Xosé Luís.

20


3 . S A M PA I O

Se equivocan los que me imaginan maldito y derrotado. Me subestiman quienes piensan que paso las noches construyendo cimientos para mi venganza. Yerran los que ven en mí un puente caído sobre las aguas turbias del río. La libertad es un concepto que no se puede reducir a un espacio, ni siquiera a un tiempo. Por eso yo, contra lo que opinen muchos de los que me temen o admiran u odian, sigo siendo libre. Me levanto a las siete, no porque me lo imponga ningún régimen disciplinario externo, sino porque mi cuerpo está acostumbrado a los gozos del amanecer. El agua fría de la mañana resbala por la espalda, por el pecho, por la negrura genital. En el primer instante, el cadáver que me transporta tiende al encogimiento, a la práctica rendición. Pero yo resisto. Esa es mi esencia, la que hace que ni los setenta años de edad ni la larga condena que tengo por delante puedan conmigo. Después de cinco minutos de continuo escalofrío y suspiros inconclusos, cierro el grifo e inauguro el triunfo. Mientras busco la toalla, siento cómo la sangre, hasta entonces amenazada, vuelve a correr victoriosa por las arterias. Vencí, venzo, venceré. Me seco en silencio, minuciosamente, acariciando las cicatrices y las imperfecciones. Son ellas

21


las que nos enseñan a caminar, las que nos hacen más sabios. De no ser por ellas, las heridas, no sabría ver en mis días otra cosa que no fuera la pared de la celda o los límites del patio. Mi existencia sería una constante inquietud estomacal, un continuo y obsesivo frotar de manos, una infinita enumeración de nombres enemigos. Pero no es así. La debilidad me ha hecho fuerte, deductivo, racional. Cuando salgo de la ducha y me visto, no echo de menos los placeres vedados, sino que acojo los desafíos de la nueva jornada con absoluta entrega y dedicación. Más que presidiario, me siento misionero de una sola causa. Me juzgaron, entre otras muchas acusaciones, por robo y asesinato, así que no creo que a nadie le parezca mal si afirmo que la causa de la que hablo soy yo mismo, Claudio Sampaio, preso libérrimo, recluso volador, interno universal. Contra lo previsible, no añoro las riquezas que fui reuniendo a lo largo de mis años de lucha. Las estimo en lo que valen, con el mismo cariño con que un librepensador evoca un poema o una sinfonía, pero sin permitir que su ausencia horade las certezas de mi corazón rítmico y metálico. Las mansiones, los coches exclusivos, los cuadros, los viajes exóticos, el entrenador personal, la bibliofilia... Son privilegios de los que gocé y a los que, indudablemente, querría volver, pero no constituyen de ningún modo el epicentro de mi vida. Las largas horas de celda me han hecho comprender la importancia del autocontrol, de una espiritualidad relativa pero sólida, de un dominio recio de la voluntad. Las propiedades perdidas me daban confort, como el sol de junio bajo los párpados, pero no me hacían particularmente feliz, quizás porque la felicidad no existe

22


más allá del concepto verbal o la experiencia efímera. En la cárcel, alejado de los resplandores y de las joyas, he liberado por fin mi alma, he conseguido que aquella tensión que amenazaba con aniquilarme las muelas se convirtiese en un relajado equilibrio. Me siento paradójicamente libre, ahora que son otros los que ordenan los horarios y el espacio de mis paseos. Por primera vez en mi larga vida, he sido capaz de establecer el territorio exacto de la libertad, aquel en el que nadie puede entrar sin mi consentimiento. Verónica, mi exmujer, enferma de mal de abismo, como les suele ocurrir a los millonarios que se dan cuenta de las fugacidades no deseadas, solo tiene palabras para lamentarse por los bienes que dejamos de poseer. Sus visitas, por fortuna escasas gracias a la severidad del juez, devienen siempre en una enumeración de objetos que antes estaban a nuestro nombre y ahora no son más que un recuerdo espinoso. En particular, mi esposa se queja del embargo de un aparato de tecnología alemana que permitía la deshumidificación de recintos cerrados en muy pocos minutos. No vale la pena que le haga ver la inutilidad de semejante adelanto en el apartamento en que vive ahora, pequeño pero perfectamente equipado de calefacción y aislado de los ataques del exterior; ni, en todo caso, la evidencia de que nuestros recursos, aunque considerablemente limitados, no han quedado tan disminuidos como para que no nos podamos permitir la adquisición de una nueva máquina eliminadora de humedades. Su razonamiento personal la conduce a un túnel sin luz ni esperanza: la caída de las cosas grandes llevó también por delante la de las pequeñas. Lo que antes era grandeza ha quedado ahora reducido a un arenal absoluto,

23


en el que ni siquiera nos es dado luchar por la posible recuperación. En esas circunstancias, ¿es acaso tan sorprendente que se me hagan largas las sesiones de visita o que, concluidas estas, sienta que soy yo y no ella quien regresa a la libertad? Si no fuera por la lealtad que todavía le profeso, no dudaría en responder a esta y otras preguntas con una contundencia que ya no suelo emplear para casi ninguna empresa. Pobre Verónica –concluyo como consuelo u obligación moral de antiguo esposo–, le va a costar trabajo adaptarse, a menos que decida por fin seguir mi consejo y caminar por los senderos de meditación que yo he elegido. Tampoco admito que se confunda esta ataraxia tibia en la que ahora vivo con una especie de indolencia. Columbus, otro de mis visitantes habituales, podría dar fe de la firmeza de las instrucciones que todavía imparto al exterior. Los placeres monacales a los que me entrego desde que el tribunal me consideró culpable no me hacen olvidar mi condición de soldado; o, mejor aún, de ejército de un solo individuo, yo mismo, Claudio Sampaio, con ojos pacíficos y en permanente pie de guerra. Sé de donde vengo e intuyo las sombras a las que todos llegaremos, pero no tolero que la irreversibilidad de los finales me vuelva blando. Cuando paseo por el patio y calculo la exactitud de sus metros cuadrados, la repercusión de cada paso en mi caja torácica, los beneficios pulmonares, las pulsaciones por minuto y la eficacia psicológica del ejercicio físico, no dejo de pensar en las medidas terapéuticas que habría que aplicar para que el planeta entero gozase de la misma paz de espíritu. Conozco las limitaciones de la condición humana y sé que no entra en mis posibilidades una acción definitiva y purificadora. La catar-

24


sis que necesitaría el mundo tiene que ser, a la fuerza, obra silenciosa, incesante y colectiva; nunca podría surgir del empeño individual o de una inspiración momentánea. Sin embargo, aceptando estas premisas, no puedo dejar de pensar en el puñado de arena que me corresponde en el gigantesco arenal. Es mi obligación buscarlo y transportarlo, colaborar a mi manera para que la playa pueda acoger la última crecida del océano. Trabajo, en fin, por la justicia, por la redención de los humildes, la reparación de las ofensas, el equilibrio social. No poseo información ni medios suficientes para acometer desde mi celda una tarea de liberación universal, pero sí puedo, con modesta austeridad, centrar mis esfuerzos en una única labor: la captura y el castigo de aquellos que, de un modo alevoso y traidor, aniquilaron mi trabajo de décadas y me convirtieron en presidiario. El autodominio que he podido alcanzar no lleva consigo una renuncia al más elemental sentido de la justicia. Por pura convicción filosófica, sin deseo de venganza ni placer rencoroso, me veo en la obligación de decretar una serie de medidas correctivas contra aquellos que no supieron admirar el lirismo de mis actos pretéritos e incluso llegaron a revelar a terceros algunos de los secretos que hicieron posible aquello que los periódicos, con su pobre prosa habitual, denominaron «Operación Féretro». Ahora, pasados los años y apaciguadas las aguas, me corresponde ejecutar, por medio de mi fiel Columbus, la sentencia inapelable. Después de meses de reflexiones, evaluaciones de pruebas y numerosos descartes, puedo afirmar con rotundidad que me aproximo por fin al nombre del

25


Los nombres del traidor  

Faktoría K de libros. Narrativa

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you