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UNO (HOLA) No soy escritor. Pero escribo. Porque todos sabemos escribir. Y si le cuentas lo que te pasa a un papel… Si eres capaz… No vas a tener ninguna necesidad de ir a un loquero. Por ese motivo escribo esto. Porque puedo. Lo necesito. Siento que me libera. Eso sí: ya veremos cómo acaba. Porque empezar ya he empezado. Pero de ahí a saber cómo va a terminar… Bueno, paso. También se casa la gente sin saber si acierta o la caga. ¿Veis? Ya llevo hechas quince líneas y, con esta, dieciséis. Y ahí va la diecisiete. La dieciocho. La diecinueve.

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La veinte. Uno puede escribir un libro entero así. Fácil. Pero no, hay que darle contenido. Densidad. Así que comencemos por el comienzo. Por el primer día. DOS Me llamo Javier Pinto Trapa. No voy a decir dónde nací. ¿Para qué? ¿Me hará mejor o peor haber nacido aquí o allá? Tengo diecisiete años. ¡Jo! Diecisiete. No sé si estoy en plena adolescencia o al final. No sé si empiezo a ser joven o no. No sé nada. Salvo que tengo diecisiete años. Y es muy chungo. Mi padre se llama Valentín. Sí, exacto, como el santo del 14 de febrero. Mi madre se llama María, como la Virgen. Y mi hermana pequeña, Margarita, como la flor. Quizá sea porque es muy capulla.

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¡Ja, ja! Flor, capullos… ¿Lo pilláis? Ella tiene quince años y sí que es adolescente. Del todo. La quiero, pero es insoportable. Es insoportable, pero la quiero. A veces la mataría. Otras veces le clavaría agujitas. Casi siempre le daría de bofetadas. Lo único bueno es que tiene amigas muy potentes. Pero no corramos. Me llamo Javier Pinto Trapa; tengo diecisiete años. Esto no ha hecho más que empezar. TRES Recuerdo muy poco de los primeros años de mi vida. Destellos. Primer destello: No como frutas porque las odio. Un día el médico le dijo a mi madre: –Su hijo ha de comer fruta. Y ella le contestó: –Es que no le gusta, mire usted. Y él sentenció: –Pues oblíguele. Consecuencia: no como fruta. Antes la vomito.

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Tengo un punto de rebeldía. Segundo destello: No me gusta la verdura. Creo que es porque una vez vi comer a una vaca. Son muy guarras las vacas. Engullen la hierba, la vomitan y vuelven a comerla. ¡Qué asco! Tercer destello: La primera vez que mi padre me llevó al fútbol aluciné. Toda la gente gritando como loca. Insultando. Me puse a llorar. Creí que sucedía algo malo. Ya no volví. Mi padre se llevó un disgusto, pero paso de ese rollo. Cuarto destello: No le tengo miedo a nada. Un día, mi abuela me dijo: –En este cuarto hay un hombre que te comerá. Y todo porque quien no quería comer era yo. Tuve que decidir si era cierto o no. De alguna forma, sabía que eso me marcaría de por vida. Si mi abuela tenía razón, malo. Pero si allí dentro no había nadie… Yo mismo abrí la puerta. Nada. Era el cuarto de la plancha.

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Ese día aprendí que los mayores mienten. Siempre. Y ya no tuve miedo de sus amenazas. Seguí a lo mío. Tampoco le tuve miedo a la oscuridad. Miedo por aquí, miedo por allá. Miedo, miedo, miedo. Aún no sabía que el miedo domina a la humanidad. Luego sí, y me alegré de haber sido listo de pequeño. También sabía que las películas eran mentira. Oh, sí: era listo. Quinto destello: Las chicas son peligrosas. Lo descubrí a los seis años. Mi vecina, que tenía ocho, me dijo: –Juguemos a los médicos. Ella era la médico y yo, el paciente. Me inspeccionó de arriba abajo. Desnudo. Fue agradable. Y aún lo fue más cuando me tocó a mí ser el médico. Pero, en ese momento, nos pillaron. Ella estaba sin ropa y yo examinándola. Hubo gritos. Entonces mi vecina dijo: –¡Ha sido él! Y, no sé por qué, la creyeron.

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Debía de tener yo cara de vicioso. Me la cargué. Decidí mantenerme lejos de las chicas. Por lo menos hasta que tuviera edad para entenderlas. Los destellos siguientes fueron menores. Chispazos. Pero, total, hasta los siete u ocho años no tengo recuerdos. Recuerdos de verdad. Perder los recuerdos de los primeros años es perverso. Eres pequeño y no recuerdas nada. Pero perder los últimos debe de ser peor. Eres viejo y te roban la memoria. Mi abuelo no me reconoce. A veces me llama Valentín; cree que soy mi padre. Otras me llama Ventura, que era su hermano. La mayoría de las veces me pregunta cómo me llamo. La abuela dice que se hace el despistado. Pero no. Cuando mi abuelo me mira, veo el otro lado de la vida. El silencio. La oscuridad. La eternidad de la Nada. Vale, no quiero ponerme filosófico. Por lo menos, no tan pronto. Sigo.

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CUATRO Vivo en una ciudad de cemento. Una ciudad hecha de piedras y ruidos. De personas huecas y sentimientos vacíos. Una ciudad donde no te conoce nadie y todos te miran mal. No importa el color de la piel. Si eres joven, eres sospechoso de algo. El mundo entero va en tu contra. Hace poco detuvieron a un hombre que vivía cerca. Tres casas más abajo. Era un terrorista. O algo parecido. Y la gente dijo: –Parecía buena persona. –Era amable. –¿Cómo podríamos imaginar que era un asesino? Es ridículo. Los terroristas, los violadores, los malos… ¿Han de tener cara de terroristas, de violadores, de malos? Yo soy normal y me miran peor. Ellos me hacen anormal. Me dicen: –A saber adónde vas. –A saber qué harás. –A saber qué tomarás. ¿Adónde creen que voy?

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¿Qué creen que hago? ¿Qué creen que voy a tomar? ¿Alcohol, drogas? La gente va a por ti aunque no estés loco. Entonces, te vuelves loco y dicen: –¿Lo veis? –Ya lo veíamos venir. –Estaba más claro que el agua. Si naces rico, tienes una oportunidad. Por lo menos, tu padre te paga las multas. Si naces pobre, no tienes ninguna. Yo solo quería… Bueno, tampoco estoy muy seguro de lo que quería. De lo que sí estaba seguro era de lo que no quería. No quería estudiar. No quería bajar la cabeza. No quería tragar mierda. No quería ser uno más. No quería llevar una etiqueta. No quería ser una estadística. No quería resignarme. Solo quería ser yo. Yo en una ciudad de cemento. Una ciudad hecha de piedras y ruidos. De personas huecas y sentimientos vacíos. Una ciudad donde no te conoce nadie y todos te miran mal. Mi ciudad.

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Esa. La que tiene un mar sucio que la baña. Una montaña de bosques quemados que la domina. Y dos barrios pobres a uno y otro lado que la flanquean. Aunque, en el centro, haya un parque, una plaza, una iglesia. Un banco, una avenida, un campo de fútbol. Y gente. Gente que no mira el mar ni la montaña. Ni pisa los barrios pobres. Viven en un mundo de realidad virtual. Sus coches dan vueltas en círculos. Ellos dan vueltas en círculos. Yo me bajé del tiovivo en cuanto me di cuenta. CINCO La experiencia con mi vecina me sirvió de mucho. De entrada, ya sabía que los chicos y las chicas son distintos. De salida, que ellas son más listas. Fingen mejor. Y la gente las cree. Si hace falta, lloran. No me gustaría que esto sonara machista. Pero es que es así. Durante un tiempo no me acerqué a ninguna chica. Luego le di una oportunidad a Mireia. Teníamos diez años.

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Estaba en mi clase y era dulce. Muy dulce. Me pedía los apuntes, me sonreía, me miraba. Dulce, dulce, dulce. No sabía: a) que a ella le gustaba otro chico… Y me utilizaba para darle celos; b) que, bajo aquella dulzura, ella era fría y calculadora. Desperté de golpe, en un examen. –¡Pásamelo! –me susurró. En esos días habría muerto por ella. Se lo pasé. Lo copió. Y, cuando me lo devolvía, nos pillaron. De manera que pareció que era yo quien copiaba. El profesor me echó del examen. Habría podido decir: –¡Ha sido ella! Y Mireia habría podido decir: –¡He sido yo! Pero no. Se calló. Y yo no soy un chivato. Lo único bueno de todo aquello fue el beso. Cuando salió de clase, me abrazó y me lo dio. En la mejilla, pero cerca de la comisura del labio. La recompensa no me sirvió de mucho con mi padre.

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A los dos días, Mireia ya tonteaba con el otro. Él también había aprobado. Así fue cómo supe que los triunfadores comparten el éxito. Y los perdedores, el fracaso. Apestamos. Nadie quiere saber nada de nosotros. Lo que es duro de la vida es que, para aprender, has de sufrir. Todo tiene un precio. No es justo, pero es así. Quienes más saben son los que han recibido más golpes. Por eso la gente llega a vieja hecha un asco. Como los boxeadores sonados. SEIS Cuando empecé a estudiar en serio, llegaron los problemas. –Las matemáticas ¡son lo más importante! Y yo llegaba a clase temblando de miedo. No entendía nada de aquellos galimatías. –La lengua ¡es lo más importante! Y las pasaba canutas, como si las palabras mordieran. Sigo odiando las matemáticas. Pero he aprendido a amar las palabras. Soy de los pocos en clase a quienes les gusta leer. Sí, sé que está de moda ser burro. Presumir de no leer. Fardar de ignorancia.

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Lo que yo pienso (de todo) C - Jordi Sierra i Fabra  

Faktoría K Narrativa. Castellano

Lo que yo pienso (de todo) C - Jordi Sierra i Fabra  

Faktoría K Narrativa. Castellano