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Ojos Tristes

Javier Pocasangre / Ulises Vaquerano


- Publicaciones sin reputaciรณn -


Ojos Tristes Primera ediciรณn 2018 Papalota Negra Editorial c papalotanegra issuu.com/papalotanegra Escritor Javier Pocasangre Ilustrador Ulises Vaquerano ulivaquerano


Ojos Tristes


El doctor me dijo que debía mantenerme alejado de los de los hombres de ojos tristes. Así lo había hecho por tiempo considerable; hasta que, a inicios de este año, viajé a la ciudad adonde viví tiempo atrás cuando aún no sabía que me perjudicaban. Era alto, delgado y de cabello claro. El lugar adonde estábamos era una discoteca sin ningún indicio de carácter e infectada con humo grueso que los propietarios soltaban intermitentemente para, quizás, disfrazar la fealdad de los muebles del lugar. Tenía la mano derecha adentro del bolsillo de la chaqueta. Jugaba con el filtro de un cigarrillo que aún no tenía la voluntad de llevar afuera y encender. El tipo se acercó por la derecha, se detuvo y comenzó a balancear suavemente sus brazos de adelante hacia atrás. Dejé de jugar con el cigarrillo y lo puse a la vista.

- ¿Tenés otro por ahí?

- Sí.

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Salimos y la noche, con su ruido y su humedad, nos golpeó en la frente. Afuera era más notorio que el tipo llevaba puesta una chaqueta muy masculina y de muy buen gusto: una prenda de ropa que habla muy bien del que la usa. Además, tenía una mirada marchita que dejaba fácilmente ver que alguna vez estuvo viva a través de dos ojos verdes. El primer cigarrillo debió habérselo consumido la ciudad o la noche.

- ¿Tenés uno más? - Sí.

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Había regresado a vivir con sus papás recientemente. Trabajaba haciendo algo diferente a lo que realmente quería hacer y tenía el corazón roto. Otro tipo con el que salía se había acostado con un viejo amigo y la historia se complicaba porque, de por medio, había una cantidad respetable de años y todo lo que ese tiempo hace que uno espere y planee: ya sea en voz alta o en silencio. Apagué la segunda colilla en el pavimento. El tipo tomó consciencia de su confesión y quiso maquillar el rastro que había dejado con un triste coqueteo que me dejó ver, aún más, la tristeza en la que estaba sumergido. Le pregunté si regresábamos adentro por una cerveza o algo más. Me sonrió quizás aliviado de que la conquista continuara aún después de lo que había dejado escapar. No me dejó pagar la cerveza y se sentó a mi lado en una parte del bar que se había decidido pintar en colores rojos y anaranjados.

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Adentro del bar, el tipo me parecía menos triste. Si me esforzaba, podía mezclar su piel y las facciones de su rostro con la densidad del aire y el constante golpe rítmico de la música en el fondo.

- ¿Cómo hago si quiero ir a un lugar más privado?

- ¿Un lugar más privado?

- Un lugar adonde sólo estemos los dos.

Atropellé sus palabras por la ansiedad que me dio pensar en caminar con él por las calles húmedas y brillantes por la débil luz del amanecer. No estaba seguro de querer conocerlo bajo la luz del día. No sabía si el encanto de su tristeza sobreviviría la noche.

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Desde el hotel que pagamos, se levantaba el centro de la ciudad con edificios grises y materiales ásperos. La ciudad no invitaba, parecía cerrarse sobre ella misma y el color cálido de la luz solo la hacía más agresiva. El tipo estaba acostado boca arriba encima de unas sábanas que ninguna persona jamás podría llamar propias. La mirada la dirigía al techo y, por lo desfigurado de la mueca en su rostro, noté que había leído mis intenciones en el modo de mis caricias. Se vistió rápidamente y me miró de reojo para indicarme que la salida estaba programada en pocos minutos.

- No sé nada sobre vos.

- Te dije mi nombre y mi edad.

- Sí. Pero, ¿sobre tu historia? ¿Qué haces acá?

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Como despedida le di un beso en la mejilla y un apretón de manos. Le pedí insistentemente al tipo de la entrada que me dejara entrar nuevamente a la discoteca. Adentro había pequeños grupos de personas bailando o buscando cosas en el suelo con la luz de sus teléfonos celulares. Después de un último trago, pedí un taxi para regresar al lugar adonde me hospedaba. El taxi olía a orines. Bajé la ventana y dejé entrar el frío de las seis de la mañana. La ciudad aún no despertaba y en ese instante previo al ruido y la rutina, la ciudad era infinitamente triste. En el aire frío y afilado de la mañana, en la mancha de algún cóctel azucarado en mi camisa, en mi chaqueta despidiendo un insoportable olor a cigarro, en lo absurdo de la música que el taxista estaba escuchando, en lo triste de los hombres, en hacer de un vacío un vacío más grande, en la más pura de las tristezas: ahí había belleza.

yo Ahí estaba yo.

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“El taxi olía a orines. Bajé la ventana y dejé entrar el frío de las seis de la mañana. La ciudad aún no despertaba y en ese instante previo al ruido y la rutina, la ciudad era infinitamente triste.”

Javier Pocasangre

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