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SUPERCHEQUE

Cuando la sociedad ha llegado a un nivel de degradación donde sólo vales por lo que tienes, los más desfavorecidos cuentan con un aliado de valor perfectamente calculable. Es Supercheque, el superhéroe que lucha a golpe de talón.


Capítulo 3. Supercheque en: Derrota a los puntos (by mengano@mengano.es)

Noelia está en Babia, en la inopia. Noelia no se entera ni del Nodo, se abstrae, ¿en qué piensa? Probablemente en nada. Y no es cosa de ahora, es de siempre. Para motivarla, su padre prometió que le pagaría el carné de conducir al terminar los estudios. Su padre no contaba con que Noelia acabaría un módulo de turismo a los 31 años (en una academia privada… el aprobado va incluido en el precio de la matrícula) y que sacaría el examen práctico de conducir al duodécimo intento (quizá alguno más, pero la escasa relevancia del dato no justifica el debate sobre cuál es la correcta expresión del ordinal de 15 ó 16). En resumen, un dineral pa na. El caso es que con estos dos títulos en su currículum (el módulo y el B1), y gracias a un conocido, Noelia consigue que la contraten (sin contrato) para una suplencia de unas prácticas en un departamento de una empresa que tiene algo que ver con viajes, básicamente porque está a tomar pol culo… y hay que ir en coche. Parece fácil, eh? Pero con los niveles de concentración de Noelia y su capacidad de despiste, cada lance de la conducción se convierte en una lotería: “¿se habrá dado cuenta de que esta vía es de doble sentido?” ”¡¿se habrá dado cuenta de que va por el carril contrario?!”, “¡¡¿se habrá dado cuenta de que aquello que se aproxima es un trailer de seis ejes?!!” Así es habitualmente, pero hoy es su primer día y nada puede fallar. No puede chocar, no puede equivocarse, no puede atropellar a un peatón. Eso la retrasaría. Es la primera vez que la contratan (sin contrato) y no puede permitirse el lujo de llegar tarde y dar una mala impresión. Concentración Noelia, concentración. Acompañemos (en el sentido literario, se entiende, no hay razón para poner en peligro más vidas) a Noelia en su primer viaje al trabajo. Miles de personas lo hacen a diario. No puede ser tan complicado. Pero atención… ¡¡un túnel!! ¡¡Dios mío!! Os confieso que a veces resulta muy duro relatar estos hechos. Es terriblemente frustrante contemplar como un simple capricho de la orografía, un absurdo montículo plantado en medio de la autopista de circunvalación, puede dar al traste con el futuro de un personaje, y no poder hacer nada para impedirlo. La ética profesional me obliga a ser fiel a la ficción.


Pero tomemos aire; lo importante en estos casos es pensar en positivo. Veamos: el coche de Noelia va equipado con un sistema de encendido automático de luces. Bien. Por si fuera poco, el túnel está perfectamente iluminado en todo su recorrido. Mejor. Y si, pese a todo surgiese algún problema, a la salida del túnel se encuentran apostados dos amables agentes de la benemérita, preparados para actuar ante cualquier (llamémoslo contingencia) contingencia. Perfecto. Todo está bajo control. No puede pasar nada… Pero hay días en los que definitivamente el destino no está de nuestro lado. Hay días en los que el universo confabula para que todo nos salga mal y los acontecimientos discurren con milimétrica exactitud para que la caguemos. Y si además, estamos a por uvas, como Noelia, no nos salva ni dios. Os cuento: resulta que la perfecta iluminación del túnel despista a los sensores del coche de Noelia, así que los faros no se encienden. Ella, por supuesto, ni se entera. No así los aplicados agentes de tráfico que ven en ello, además, una perfecta oportunidad para incrementar ligeramente sus escasos ingresos mensuales (no olvidemos que van a comisión por multas). En un acto de inconsciente osadía, uno de los agentes invade la calzada para indicarle a Noelia que se detenga y ella, milagrosamente, se echa a un lado sin que nadie salga herido. Dentro de lo malo… - Buenos días señorita, ¿me permite su carné? .El solemne saludo del policía hace pensar a Noelia que la van a condecorar (sí guapa, verás la medalla que te cuelgan). A partir de ahí comienza la sangría: que si la tarjeta de inspección técnica, que si el recibo del seguro, que si el impuesto de circulación, que si las lentes de repuesto (esto ya es tocar los cojones, con perdón) y Noelia como si le estuvieran hablando en chino. Y lo más triste es que en realidad todo está en orden, todos los papeles, todos los recibos, todos los trámites están al día gracias a su padre, y están ahí, al alcance de su mano. Me gustaría poder gritar “¡¡en la guantera, Noelia, en la guantera, coño!!” Pero es inútil. La única esperanza es que por una vez en su vida, un atisbo de lucidez le invite a pensar que esa carpeta con el logo de Opel, que tanto sitio ocupa, sirve para algo. Pero no. No llega. El agente ha empuñado su arma reglamentaria (la calculadora) y está en trance. El tema de las multas es como el de los chapistas, que por menos de 300 euros ni se toman la molestia (“pero si es un rallonazo de escarpelo!”, “ya pero hay que cambiar la puerta entera para que no desentone”, os suena?). Noelia ha entrado en una espiral de emociones que se mezclan y todas son chungas: desconcierto, angustia, miedo, impotencia, soledad, calentura ¡¡¿einn?!! (¿el síndrome de Estocolmo?, no me jodas…). En este estado no puede presentarse en ningún sitio, y menos en su nuevo puesto de trabajo.


Pero la casualidad ha hecho que precisamente ese mismo día, por esa misma carretera y a esa misma hora, Supercheque pase camino de unos áridos terrenos donde planea construir un centro comercial. Al intuir la situación, Supercheque ordena a su chófer que se detenga y una vez al tanto de lo ocurrido intenta convencer a los agentes para que no se ceben con Noelia. Sus argumentos se apoyan en el profundo respeto que Supercheque siente por el uniforme de la Guardia Civil, y se fundamentan en que la imagen de la Benemérita no debería acercarse a la de unos bandoleros apostados en el camino, que se ocultan para saquear por sorpresa a las gentes de bien. Evidentemente, Supercheque emplea otros términos mucho más elegantes, pero vamos, lo que viene a decir es eso. Y los resultados que obtiene son proporcionales: multa por no poner los triángulos. Ante la actitud de los guardias y la desesperación de Noelia, Supercheque comprende que ha llegado el momento de utilizar sus superpoderes, y decide hacerse cargo del coste de la multa, mediante un cheque al portador que le entrega al instante. Gracias a ello Noelia recupera la tranquilidad y la confianza en sí misma. Ahora sabe que (si no pierde el cheque) podrá pagar la multa sin problemas y centrar todas sus energías en participar activamente en el desarrollo y crecimiento de su nueva empresa (al menos hasta que la echen). Gracias a Supercheque. No me cansaré de repetirlo... Aunque, como todos sabemos, un par de km. más allá, en un tramo de recta interminable y visibilidad infinita, el límite baja repentinamente a 90km/h por causas que sólo el tesorero de la DGT conoce, y un oportuno radar sorprende a Noelia a 122 km/h. Con lo que pronto recibirá otra multa, perderá los puntos que le quedaban (eso no lo arregla ni Supercheque), el carné, la suplencia y la oportunidad de un futuro profesional. Pero esa es otra historia. Más capítulos en www.mengano.es

3 Supercheque en Derrota a los puntos  

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