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SUPERCHEQUE

Los ciudadanos viven atemorizados por el malvado Dr. Crisis. Pero no están solos. La mujer de un millonario cuida de ellos. Es la mujer de Supercheque, y sus poderes son indestructibles, porque están en régimen de gananciales.


Capítulo 11. La mujer de Supercheque en: Marca blanca/marca negra (by mengano@mengano.es)

A Juan Francisco todos le llaman Juanfran. Menudo fiasco. Vaya bajón. Vaya fracaso para sus padres, que pensaron que un nombre compuesto y sonoro le ayudaría a forjar un carácter fuerte y recio. Juan Franciso, Don Juan Francisco… el Juanfran. Pues vaya. Sea por el motivo que sea, el caso es que Juan Francisco, Juanfrán, es un pánfilo de mil pares de narices. Tiene sangre de horchata. No se altera por nada. Parece que todo le da igual, acepta las cosas como vienen y lo mismo le da un “so” que un “arre”. Juanfran tiene ya treinta y seis años (joder, como pasa el tiempo) y hace 7 que terminó la carrera (9 años para un técnica… no está mal). Consiguió un puesto de trabajo a través de un amigo, y tuvo un hijo a través de una amiga, con la que se casó sin oponer resistencia. Esta actitud sosegada le otorga un aire de serenidad que, a priori, se puede llegar a confundir con responsabilidad, pero nada más lejos de la realidad. Juanfran tiene una facilidad increíble para caer en el despiste y poca voluntad para salir de los embrollos en los que su despreocupación le mete de vez en cuando. Por ejemplo, Juanfran es (fue) incapaz de dar marcha atrás en la caja de una boutique cuando, por despiste, se lleva (llevó) una camisa de 300 €. - ¡¿Pero cómo se te ocurre?! – exclama su mujer. - Es que no me di cuenta - responde Juanfran. - ¡¡Te darías cuenta al pagarla!! - Ya, pero es que la chica ya lo había marcado en la caja… Pese a todo, quizá porque Dios ni le aprieta ni le ahoga, o quizá porque no hay cosa que más repela a los problemas que no hacerles caso, Juanfran sobrevive bien. Pese a todo también, su mujer, dueña y señora de la casa y tesorera de la familia, le ha limitado el presupuesto, para que no se le ocurra quemarlo en chorradas.


Un buen día, por diversas circunstancias de las que sería injusto culpar a su suegra, (de no ser porque, efectivamente, son culpa de su suegra, (digna madre de su hija (que merece capítulo a parte (será en otro momento)))), Juanfran se encuentra con la responsabilidad de tener que hacer la compra familiar semanal él solo, sin esposa que le acompañe. Cierto que no es la primera vez que hace la compra familiar, y cierto también que no es la primera vez que hace la compra solo. Pero no es menos cierto que es la primera vez que ambas circunstancias se dan peligrosamente juntas. Y esto complica la operación hasta extremos. Cuando hacía la compra solo (en la época de soltero), una especie de instinto le alertaba de sus necesidades justo al pasar por delante del lineal de pizzas congeladas y el de cervezas. Y cuando va con su mujer a Juanfran le basta con empujar el carrito y asentir prudentemente a sus propuestas: - ¿Te apetece cenar verdura? - Bueno - Yo hoy no tengo cuerpo de verdura, ¿por qué no llevamos pescado? - Vale Pero hoy está solo y su instinto no ofrece garantías de satisfacer todas las necesidades (reales y creadas) de una familia de clase media con un bebé. Además, lleva el dinero en metálico justo, tal y como dispuso su señora esposa, alentada quizá, quien sabe, por su santa madre, quien, reiterándome en lo dicho, es una matrona de armas tomar. Así que Juanfran tiene que pensar con clarividencia, planificar con precisión, revisar las provisiones, examinar las carencias, anotar propuestas, evaluar riesgos, imprevistos, desviaciones… y calcular milimétricamente sus pasos por el super. Un error en éste proceso tendría consecuencias fatales: anemia, inanición, falta vitaminas, problemas de higiene (si se te olvida comprar tacos de pladur, como mucho te quedas sin colgar unos cuadros, o si te olvida cambiarle el aceite al coche, realmente no


hay constancia de que pase nada; pero si se te olvida comprar comida, o papel de water… mejor no pensar en ello). Vayamos directamente al super. Juanfran ya ha llegado y se pasea cauteloso aferrado al carrito. No hay prisa. Pero el super está lleno de trampas. Lleno de mensajes embriagadores que te atrapan con sus propuestas. Cientos de redes tendidas para que el consumidor incauto pique. Ofertas engañosas basadas en criterios inexplicables y que las hacen incomparables unas con otras. Yogures Sin Marca. Pack de 5 a 4,62 €, más una unidad de regalo. Le salen los 33 gr. a 0,67 €+ IVA. Este panorama se reproduce de manera muy similar en todos los pasillos del inmenso supermercado. Así que Juanfran toma una decisión que él considera madura y responsable (cuando ustedes lean este cuento en voz alta, por ejemplo a sus hijos al acostarse o a un amigo durante el trayecto en autobús al trabajo, no olviden hacer la pertinente pausa entre la conjunción copulativa “y” y el adjetivo calificativo “responsable”, para evitar que el efecto fonético derive en la interpretación errónea “irresponsable”, desvirtuando así la forma, que no el fondo, del mensaje), pero que le terminará conduciendo al mayor de los desastres. Juanfran decide que más vale marca conocida que oferta por conocer. Y en virtud de este axioma carga su carrito con productos de solventes empresas multinacionales, todos de nombre conocido y mil veces anunciados en los medios de comunicación de masas. Juanfran no tiene reparo en ir y volver de un extremo a otro del super para seguir el riguroso orden de la lista de la compra que ha elaborado, no sea que por tomar atajos olvide algo. Así que después de hora y media, Juanfran da por terminada su odisea. Pero cuando llega a la caja, algo no encaja (valga la cacofonía). Tras pasar por el lector de códigos toda su compra, tanto el visor digital de la registradora, como la propia cajera que le atiende, emiten un veredicto desproporcionado: - Son 127,14 €


Juanfran se queda en estado de shock. No es posible. Habitualmente no pagan más de ochentaytantos, motivo por el cual su mujer sólo le ha dado 90 €. Si fruto de su innato despiste se le hubiera olvidado comprar algo, la cuenta sería más baja, reflexiona Juanfran para sí. ¿Entonces? Una inexpresiva voz le despierta de su letargo: - ¿Tiene los 14 céntimos? No, no tiene los 14 céntimos, ni los 37 €. Aprovechando la perspectiva que nos ofrece nuestra condición de observadores, podemos realizar un análisis visual de la situación, para darnos una mejor idea de la trampa en la que ha caído Juanfran: por delante, toda una amalgama de productos desparramados en el mostrador de la caja y ¡ni uno solo de marca blanca!, lo que explica el desfase presupuestario; y por detrás, una interminable cola de personas con los carritos y la paciencia a punto de rebosar. Juanfran está atrapado. Todos los productos están marcados. No puede avanzar ni retroceder. La inquietud en la cola se empieza a hacer latente y de alguna parte parece llegar algo que podría interpretarse como un insulto: - ¿por qué no avanza ese inútil? Juanfran no sabe qué hacer. Tampoco sabe que puede pedirle a la cajera que le “desapunte cosas” y dejarlas en la caja sin tener que retroceder. Pero aunque se le ocurriese, jamás se le ocurriría llegar a casa con sólo parte de la compra hecha, y más del total del presupuesto dilapidado. Su mujer, digámoslo suavemente, se lo reprocharía (siempre bajo la atenta supervisión de la adorable suegra, la cual ya ha logrado el dudoso mérito de caernos mal a todos, sin ni siquiera haber hecho acto de presencia en el relato). La indecisión de Juanfran está llevando la tensión al extremo. Por su pasividad adivinamos que él preferiría quedarse allí en medio para siempre, y evitar así enfrentarse al problema. Pero el resto de compradores no están dispuestos a pasar lo que les queda de vida


en la cola del super. Incluso la desaborida cajera no tiene intención de hacer horas extra de manera indeterminada. Alguien tiene que hacer algo. Algo tiene que pasar. Esto tiene que acabar de alguna forma… y todo apunta a que va a acabar muy mal. Pero cuando la tensión llega su límite y Juanfran está a punto de ser víctima de “nada bueno”, de la misma cola surge una mujer de opulentas vestimentas que resulta ser ¡oh sí!, la mujer de Supercheque. Ante la impaciencia de los demás compradores y de la suya misma, la mujer de Supercheque decide actuar con determinación y pagar con el dinero de su propio marido la cuenta completa de Juanfran, y salvar a éste de un escarnio público (en el supermercado) y privado (en su casa). Uff, menos mal. Que sudores, me resbalan las manos por el teclado. Pero afortunadamente todo ha pasado. Don Juan Francisco, Juan Francisco, el Juanfran, podrá llegar a casa con su obligación perfectamente cumplida, y el dinero íntegro en el bolsillo… bueno, todo no, porque como no era difícil de prever, Juanfran decidió hacer algunas compras privadas por el camino para no levantar sospechas (unas revistillas de guarras), el tema se le fue de las manos y se ventiló los 100 €. Lo que dará aún más motivos para que su mujer le eche en cara todas las cosas que, efectivamente, ha olvidado comprar; y quizá sea el desencadenante para que su suegra pase de ser un ente abstracto, un mero recurso narrativo, a protagonista absoluta. Pero esa es otra historia. Más capítulos en www.mengano.es

11 Supercheque en Marca blanca marca negra  

Los ciudadanos viven atemorizados por el malvado Dr. Crisis. Pero no están solos. La mujer de un millonario cuida de ellos. Es la mujer de S...

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