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primera edición, noviembre 2010 La forma del mal © Julio Durán del Castillo Autor – Editor Psj. Nicolini 239 – Breña / Teléfono: 424 7686 ISBN: 978-612-00-0392-3 Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional Nº 2010-14369 Tiraje: 1000 ejemplares edición Julio Durán del Castillo corrección Antonio Tuya Sagástegui diagramación Héctor Cuya Diseño de cubierta Koening Johnson Impreso en Gráfica Delvi S.R.L Av. Petit Thouars 2009 - Lince


A mi chica oscura y carmesĂ­


La forma del mal

—No puedo hacer eso —dijo Mario acomodándose en el asiento de la combi—. Si dejo este trabajo para buscar uno más cerca al Centro, también tendría que buscar otra casa, una que no me quede tan lejos del trabajo. —¿Y no crees que estaría bien? Tu barrio queda lejos de todo —respondió Alberto. —No creo que vivir en los barrios cercanos al Centro sea necesariamente algo mejor. Yo estoy bien en mi barrio, los costos son menores, en luz, agua, en casi todo. —Pero tú mismo alguna vez me has contado que les falta agua —dijo Alberto—, que hay que ir a buscarla en baldes cuando la cortan. Además, quizás suene feo que lo diga, pero cualquier colegio de esa zona paga poco y demora en hacerlo, además. —Pero, ¿qué puedo hacer? —contestó Mario—. No puedo dejar un puesto seguro, casi no hay ninguno en el Centro y, cuando los hay, pagan casi lo mismo. —No pagan lo mismo —dijo Alberto. —Bueno —respondió Mario—, quizás paguen un poco más, pero los gastos para vivir en una zona céntrica son mayores. —Pero es el costo por mejorar la vida, ¿no crees? —Te repito que no creo que vivir en un barrio céntrico signifique necesariamente una mejora en la vida —respondió Mario algo contrariado. —Claro, yo vivo en Breña —interrumpió Alberto— y sé que no es necesariamente mejor, pero hay menos carencias.


—Bueno, en Huaycán hay de todo, hombre —dijo Mario—. Cable, Internet, tiendas de ropa, de electrodomésticos, lo que pasa es que hay demasiada informalidad, eso sí. Pero todo es más barato. —Entonces, ¿cuáles serían tus aspiraciones? ¿Seguir viviendo ahí? —Por ahora, creo que sí. Si pudiese, hasta me compraría un terreno, los precios están botados, baratísimos. —Pero te pondrían agua de acá a diez años, tendrías que robar electricidad —dijo Alberto. —Sí, pero el agua la compraría de los camiones y la luz se arreglaría como dices, consiguiendo un técnico que haga una instalación para jalar electricidad de algún lado. Todo el mundo vive así allá. —Claro, están acostumbrados. Pero, ¿tú también estás acostumbrado? —preguntó Alberto delicadamente—. Que estés acostumbrado a esa realidad no quiere decir que sea lo mejor para ti. —No digo que sea lo mejor —respondió Mario, haciendo un mohín de hastío mientras se acomodaba en el asiento desgastado de la combi—, pero tampoco me trago el cuento de que vivir en el Centro, o en algún distrito ficho de Lima, sea necesariamente vivir mejor. —Ese ya es tu rollo. Hay algo de orgullo en eso, me parece —dijo Mario—. Creo que no quieres cambiar tus condiciones de vida solo para defender tus ideas, tu posición. Siempre te he escuchado criticando a los pitucos, a los burgueses, a la gente de otros barrios—. Cuando terminó de hablar, Alberto casi se arrepintió de lo que había dicho y volteó la mirada hacia la calle. La combi aceleró en una esquina y todos los pasajeros de bus tuvieron que aferrarse a los pasamanos. —Pero no es eso solamente —dijo Mario retomando la conversación, luego de acomodarse en su asiento—, es que, ciertamente, vivir en un barrio pituco no te hace vivir mejor, y menos a mí que no tengo manera de hacerlo. ¿De qué me sirve aspirar a eso? —10—


—Claro, yo tampoco —se apuró en agregar Alberto—, y si tuviera la posibilidad, no me compraría una casa en La Molina ni en Surco, talvez en Jesús María o Lince, algo cercano a los lugares que frecuento. Ahora, sí viviría en un distrito como Huaycán o San Juan si existiera un planeamiento previo, algo que mejorara mi vida, un terreno amplio, con servicios, transporte, colegios buenos para los chicos. Pero esas zonas aún están creciendo en la precariedad... —Sí, se desarrollan como pueden —dijo Mario—. Por ejemplo, la casa de mi vecino no tiene cimientos. Primero construyeron un muro para cercar el terreno, luego improvisaron divisiones dentro del terreno para hacer sus habitaciones. Fueron construyendo al paso. La casa ya tiene más de quince años, acaban de terminar su segundo piso y sus hijos ya son profesionales. Cada vez que uno de ellos cumple años, en la casa hacen una fiesta donde derrochan de todo, con orquesta y filmación contratada. Incluso tienen televisores último modelo. Uno de ellos hasta tiene carro del año. —Claro, pero a la otra cuadra de tu calle, ¿cómo están? —inquirió Alberto, sacando dinero para pagar al cobrador. —Bueno, ni siquiera tienes que ir a la otra cuadra para ver casitas que se están cayendo por lo precarias. Ahí nomás, a dos casas del vecino que te digo, vive una señora que no tiene agua, sus paredes son de adobe y su techo es de calamina —dijo Mario, mientras también pagaba y recibía su vuelto. —Pero, con todo lo que cuentas, pareciera que vivir ahí te causa más problemas que ventajas. —Es que también siento que soy de ahí —reconoció Mario—. Talvez tengas razón cuando dices que no quiero salir. ¿Tú acaso quieres salir de Breña? —No, ahora no —respondió Alberto—. Pero sí quiero que mi familia renueve su vida y se vaya a otro lado. Eso es lo que me motiva en este momento, ahorrar lo suficiente para un préstamo, conseguir una casa... —¿Uno de esos departamentos de MiVivienda? —preguntó Mario con una sonrisa despectiva—. Yo no iría a uno de esos ni a balazos. —11—


—Sí, son pequeños —respondió Alberto—. Pero si asumo un préstamo fuerte a veinte años, se puede conseguir un departamento bueno, uno de, por lo menos, cien metros cuadrados. Los de ahora son de setenta y cinco en promedio, unas ratoneras de mierda. —Claro, eso encaja con la lógica del capitalismo —dijo Mario, con tono serio—: las casas ya no son para vivir, se vive para trabajar, así que tu casa es solo para dormir. Para ellos, un obrerito o un empleado no necesita nada más que reponer sus fuerzas para el día siguiente. —Sí, tiene lógica —dijo Alberto—. Creo que el año pasado, en Francia, hubo revueltas en los suburbios, la gente estaba descontenta con ese tipo de viviendas. Casas-habitación les llaman. La calidad de vida no es mejor para las clases bajas en Europa y menos lo va a ser en este país... —En Huaycán un metro cuadrado te cuesta diez dólares, creo. Hay bastante espacio, en realidad —dijo Mario, con un poco de desdén. —Sí, pero construyen en lugares en los que no deberían hacerlo. En terreno cultivable, en tierra arcillosa. —Pero te digo que esas casas duran más de veinte años y la gente vive de lo más normal —se apuró a contestar Mario. —Bueno, esa es una visión un poco mediocre de la vida, ¿no crees? —dijo Alberto, mirando a Mario a los ojos. —La vida que tú estás proyectando es también sacrificada —respondió Mario luego de unos segundos de silencio—. Y también es una vida mediocre... —Claro, sobre todo con lo que gano —dijo Alberto. —Hm, ¿cuánto ganas? —inquirió Mario. —Casi dos sueldos mínimos, casi mil soles. Puedo ahorrar pero contribuyendo lo mínimo en mi casa. Mi familia lo acepta porque saben que, a fin de cuentas, ahorro para todos. —Yo gano poco más del mínimo... —dijo Mario. —¿Por qué no somos unas ratas, Mario? —preguntó Alberto repentinamente, sin esperar que Mario terminara de hablar— ¿Por qué no nos dedicamos a ser profesores cojudos de colegios —12—


de mierda? ¿Por qué no aceptamos enseñar en colegios traferos y nos callamos cuando vemos que las autoridades hacen huevadas? Es tan fácil ser como esos que ascienden porque se quedan callados como huevones. O podríamos poner juntos un negocio y... —¿Y vivir de otros? —le interrumpió Mario. —No necesariamente vivir de otros —se defendió Alberto—, pero hacernos los ciegos, ser un poco más egoístas y pensar en nosotros, en nuestro futuro. —Yo no puedo —respondió Mario, mirando hacia la calle a través del cristal roto de la combi—. No me interesa. ¿Tú te sentirías bien sabiendo que tu dinero proviene del trabajo de otros? —No digo que yo no trabajaría —volvió a defenderse Alberto—. Por supuesto que trabajaría, pero pensaría un poco más en mí mismo, en obtener beneficios. —Como lo hace cualquier burgués... —respondió Mario, con desdén, mostrando su molestia. —Es que... se supone que nuestras ideas —dijo Alberto con vehemencia— deberían ayudarnos a vivir mejor. Pero en realidad, por culpa de ellas, no solo se nos han cerrado puertas, por peleas con patrones o con colegas, sino que en algunos casos, al menos en mi caso, reconozco que yo mismo me he cerrado puertas por intentar ser consecuente con esas ideas, con esa especie de sacerdocio que te imponen las creencias políticas. Siento que, por apegarme a ideas casi espirituales, he dejado pasar una vida material mejor que la que tengo ahora—. Alberto se detuvo bruscamente, agitado, y esperó ansioso la respuesta de Mario. —No es así —dijo fríamente Mario—. No se trata de un sacerdocio, yo no veo así la lucha social. Yo me siento bien con mis ideas y trato de que se reflejen en mis acciones. Cada uno puede vivir dignamente respetando sus convicciones. Si mis ideas me han llevado a esto, pues lo asumo. —Claro, te entiendo —retomó Alberto—. Pero no puedo decir que mis ideas me hayan ayudado a vivir mejor, y eso me apena. Las pocas cosas materiales que he logrado en esta vida, que —13—


también son importantes, porque son las cosas que necesitamos todos los días, las he obtenido cuando he trabajado para otros. —Pero eso no es un “sacerdocio”, como tú lo llamas —dijo Mario serenamente—. Al contrario, me parece bien que en algún momento hayas tenido que trabajar en ese sistema, porque es el único espacio en donde se puede tomar conciencia de clase, donde realmente se aprecian las contradicciones obrero-patrón y las carencias reales del trabajador. Es lo que yo también hago. —Claro, pero yo te pregunto, ¿está bien que sigamos así? —¿Qué quieres? —preguntó Mario, mirando a Alberto directamente a los ojos— ¿Poner tu propio colegio y pagarles a los maestros lo mismo que te pagan a ti y por lo cual te quejas? Podrías hacerlo, pero... —¡Es ese “pero” el que me mortifica! —interrumpió Alberto—. Me revuelve las tripas. Si lo hiciera, ¡estaría siendo como ellos, traicionando las ideas! No pienses que quiero ser un capitalista explotador, por favor. Si quisiera serlo, no te lo contaría, no te preguntaría nada. Solo quería saber qué piensas sobre esto que me pasa por la cabeza. —Pienso que hay que seguir adelante y que podemos mejorar en la vida dentro de nuestras propias ideas. Solamente eso. —Somos como Zavalita, ¿no? —dijo Alberto repentinamente y casi en voz baja. —¿Cómo quién? —Como Zavalita, de Conversación en la Catedral de Vargas Llosa. —No te entiendo. —Somos personas que prefieren joderse a sí mismas en la vida antes que joder a otros... —Yo no me siento jodido, hombre —dijo Mario. —Bueno, es un decir. Yo tampoco me siento un miserable, solo tengo dudas. Además, estoy seguro que hasta los triunfadores y exitosos en esta sociedad se preguntan si lo que hacen está bien o no. —No lo creo... Cuestionarse a sí mismo, reflexionar sobre el mundo, no es propio de gente nacida en cuna de oro —dijo —14—


Mario moviendo la cabeza y levantándose del asiento—. Bajamos en la otra esquina. * * * —Me parece mal venderlos tan caro —dijo Vértiz—. Producirlos cuesta poco. —Pero es la marca —dijo Solano enfáticamente—. Tenemos que hacer que la gente crea en la marca. Que se identifique, que sientan que la marca los distingue. —Pero, si estuviera al alcance de más gente sería mejor, ¿no crees? —No lo sé. Nuestro estudio de mercado apunta a la clase B. No estamos confeccionando ropa para cualquiera. —¿Pero no ganaríamos más si vendiéramos más? —preguntó Vértiz. —No necesariamente —respondió Solano con tranquilidad, mientras ordenaba papeles en su escritorio—. Prefiero vender un polo por el que paguen ciento un soles antes que cien polos por los que paguen un sol. ¿Me entiendes? Nosotros vamos a vender ropa para gente que se quiere distinguir de los demás. No les estamos vendiendo ropa, en realidad. Les estamos vendiendo una identidad, una imagen. Les estamos vendiendo lo que quieren ser. ¿Entiendes lo que te quiero decir? —Sí, te entiendo —contestó Vértiz resignado. —Pues eso tiene un costo —continuó Solano, sin ánimo de contrariar o debatir con Vértiz—. Cuando la gente nos compre, estará comprando algo más, nuestro valor agregado. ¿Entiendes? —Sí, claro —respondió Vértiz con voz apagada, cansado de que Solano terminara siempre sus intervenciones haciendo esa pregunta. —Tenemos que lograr que cuando la gente nos vea no piense en ropa —continuó Solano—, sino en una vida glamorosa. Ese es nuestro trabajo. No sé si me entiendes... —Claro, te entiendo... —respondió algo ofuscado Vértiz, harto de que Solano tratara a las personas como idiotas que no —15—


entienden lo difícil que es manejar una empresa textil—. Pero no quiere decir que comparta esa idea. —Hay muchas cosas que probablemente no compartamos, pero todo es por sacar adelante a la empresa —dijo Solano. —Yo también quiero que las cosas salgan bien —respondió Vértiz. —¿No te da satisfacción ver que un envío sale al extranjero o que un lote se distribuye rápidamente en las tiendas? —preguntó Solano. —Claro que sí —dijo inmediatamente Vértiz—, pero no de la manera que a ti, creo. Me alegra, pero sobre todo porque se acabó el trabajo y la tensión, al menos por el momento. Pero es solo eso, el trabajo, no lo siento como creo que lo sientes tú. —¿Y cómo crees que lo siento yo? —preguntó Solano. —Pues... Pareciera que para ti es el sentido de todas las cosas. Sacar ropa al mercado, enviarla al exterior... —¿Eso te parece malo? —preguntó Solano—. ¿O tonto? —No, no me parece ni malo ni tonto —se apresuró en contestar Vértiz—. Pero pareciera que te da igual que se trate de ropa o zapatos o libros, o lo que sea. —Puede que sí, puede que me dé igual administrar una empresa de televisores, discos o libros. Para mí, la satisfacción es realizar el trabajo, lograr el objetivo. —Ya veo... —contestó cansado Vértiz. —¿Sabe tu tío que piensas así? —preguntó Solano. —¿Cómo así? —replicó Vértiz ante la pregunta inesperada. —Que no crees en lo que hacemos acá, que no compartes el espíritu de la empresa. Porque cuando él te colocó acá estaba muy entusiasmado con que participaras. En verdad, creo que tienes talento... —Me gusta trabajar acá —dijo Vértiz, cortándole la frase—. En serio, no lo dudes. Pero no me trago nada de lo que dicen... —¿Que dicen quiénes? —inquirió, cada vez más interesado. —Tú sabes, mi tío, el doctor Cisneros, todos los señores que toman decisiones en la empresa —respondió Vértiz sin mirar a Solano a la cara. —16—


—¿Por qué? Lo que pasa es que tienes que tener paciencia, por ahora no te dejan participar porque eres joven, recién has entrado y... —No es eso, hombre —interrumpió Vértiz—. Simplemente no me gusta ver lo que sucede, para mí es incómodo. —¿Qué cosa? —preguntó, sin entender nada—. ¿Te parece que la empresa está yendo mal? ¿Que la estamos manejando mal? —No, para nada. En realidad, creo que la manejan muy bien dentro de su lógica y sus términos. —¿Entonces? —preguntó intrigado Solano. —A ver... ¿Viste lo que hizo mi tío hace dos semanas? —Hizo varias cosas —respondió automáticamente Solano—. ¿A qué te refieres exactamente? —El famoso test a los empleados, ese donde les preguntaba sus aspiraciones en la empresa. Recuerdo que hizo ese test luego de mencionar que habría reducción de personal. Invitó a renunciar a los empleados ofreciéndoles un bono, ¿recuerdas? —Ah, eso... —dijo Solano, encogiéndose de hombros y dejándose caer sobre el asiento de su escritorio. —Claro, a los que dijeron que se iban a ir a buscar otro trabajo les ofreció quedarse con el mismo sueldo. A los que dijeron que no se querían ir porque aspiraban a un puesto mayor en la empresa, los despidió. ¡Para después contratar a otra gente por un sueldo más bajo! —Oye, es que esa gente que quería quedarse iba a exigir beneficios, hombre —dijo Solano con la mayor naturalidad—. ¡Querían que los pusiéramos en planilla! No creas que yo no sé lo que dicen entre ellos, eh. Además, no botaron a todos; a varios, sí, pero no a todos. —¿Ya ves? Eso me jode —replicó Vértiz algo alterado—. Encima, tú lo consideras una manera de proceder legítima. —Pero, hombre, así son las cosas. ¡Qué se puede hacer! Al final, la empresa salió adelante, ¿no? —¡La empresa! Cuando les conviene es la empresa... En realidad, los que salieron adelante han sido ellos, mi tío y el doctor Cisneros. —17—


—Y tú y yo, ¿o no? —preguntó cínicamente Solano—. Además, le hemos dado oportunidad a mucha gente que ha entrado a trabajar ahora. ¡Hemos dado puestos de trabajo a personas que no tenían sustento! La empresa hizo eso porque era una medida necesaria. La economía está creciendo increíblemente, hay maquinaria que entra al país y tenemos que comprarla para seguir en la competencia, tú sabes. Por eso, esa plata que habríamos gastado en empleados, mejor la gastamos en máquinas, que nos permiten seguir compitiendo y obtenemos el mismo trabajo a través de un... —Un service —interrumpió Vértiz. —Por supuesto, ¿qué tiene eso de malo? —preguntó Solano nuevamente con naturalidad—. Eso se llama outsourcing, y te lo deben haber enseñado. Nosotros tenemos que estar listos para competir, ¿me entiendes? Tercerizar ayuda a... —Reducir costos, claro. —Exacto —dijo Solano, con una ligera sonrisa. —¿Y no te jode? —preguntó Vértiz al instante. —¿Qué cosa? —contestó Solano. —¿Cómo qué cosa? ¡Que boten gente solo para ahorrarse unos soles! —dijo Vértiz violentamente, intentando luego bajar la voz para que no lo escucharan fuera de la oficina. Luego de un silencio, Solano dijo: —Mira, si lo pienso, sí, pues, me da pena. Pero no me jode. Lo importante es que la empresa salió adelante y es algo en lo que estamos todos metidos, remando en este barco. ¿Entiendes lo que te quiero decir? —Escúchame —dijo Vértiz, acomodándose sobre su asiento, con actitud casi suplicante—. Yo no soy comunista, ni voto por Ollanta, pero, ¿no te das cuenta que es una cagada hacerle eso a la gente? —Oye, el outsourcing es la herramienta que ha permitido que naciones como la India salgan adelante y sean ahora monstruos industriales que compiten con grandes potencias. No sé qué pasa contigo, antes no eras así. Dices que no vas a votar por Ollanta, ¿no? —18—


—No —contestó Vértiz—. Voy a votar viciado. —¿¡Cómo vas a votar viciado!? —preguntó Solano—. Estás loco. Votar viciado es como votar por Ollanta. ¡No seas tonto! —Es cosa mía... ¿Te das cuenta? —preguntó Vértiz. —¿De qué? —Mi tío y el doctor Cisneros van a ganar más plata —explicó Vértiz—, van a vender más, pero van a gastar menos en empleados. Lo que gastarán en ellos será un porcentaje ínfimo de lo que ganarán. —Sí, pero dan trabajo, ¿o no? —dijo Solano inalterable— ¿Cómo puedes ser tan intolerante con ellos si ves que le dan la oportunidad a tanta gente? Además, ¿tú sabes cuánto le cobra el estado a tu tío y al doctor Cisneros por dar trabajo a esa gente? Esa gente debería estar agradecida. —Oye, no seas conchudo... —dijo Vértiz— ¡Tú sabes bien que ahora hay menos gente en planilla que antes! Así que deben estar pagando menos impuestos por esos empleados. —Bueno, ¿y qué quieres? El estado es un socio insoportable que en lugar de incentivar sabotea a las empresas, solo sirve para poner trabas. —Y, claro, ustedes quisieran más incentivos —replicó Vértiz—. Lo que me jode es que gente como mi tío y el doctor Cisneros aparezcan como generosos o sacrificados, como si la economía de la gente estuviese bien gracias a ellos. —¿Y no es así? —preguntó Solano. —¡No! La economía va bien gracias al trabajo de la gente —dijo Vértiz—. Porque le pagamos una mierda a esas personas a pesar de su esfuerzo... La economía podría estar mejor si se repartiera bien lo que ganan mi tío y el doctor Cisneros. Porque, si ellos antes ganaban cien y repartían diez, ahora reparten veinte pero ganan mil. Y claro, a la gente le parece bastante la miseria que recibe porque no le queda otra y no sabe lo que ustedes ganan... —¿Quién te ha llenado la cabeza de tanto odio? —dijo Solano, abriendo los ojos lo más que podía. —Ja... —rió Vértiz, antes de ponerse de pie y empezar a deambular por la oficina. Finalmente, se detuvo frente a la —19—


ventana que daba a las máquinas, donde los obreros trabajaban. Escuchó la voz de Solano que empezaba a reprocharle. —En serio —decía Solano—, hablas como un resentido social. Pareciera que envidiaras a la gente que quiere sacar adelante al país. ¿O acaso estás de lado de los obreritos? —preguntó Solano con el mayor sarcasmo posible—. Todavía eres joven, por eso los idealizas. Pero ya te darás cuenta. Esa gente... ¿te da pena esa gente? Esos tipos siempre van a ser así, irresponsables, borrachos, vagos. El otro día entré al taller sin avisar y encuentro a Eusebio y Soto jugando naipes, ¿te imaginas? ¡Y eran las cuatro de la tarde! ¿No te parece irresponsable? Esa gente es pobre porque quiere, porque su resentimiento, su rencor, no les deja avanzar, están tan embrutecidos odiando y envidiando a la gente que ha hecho algo por este país que solo piensan en que les regalen todo, solo saben pedir y pedir. ¿Qué se puede hacer si les damos trabajo y ellos no lo aprovechan? ¿Acaso no sabes que tu tío también fue obrero en un inicio? ¡Ya ves! Así de simple es la cosa: hay gente que trabaja y es “explotada”, como dicen ellos. Pero entre esa gente, siempre hay uno que sobresale, ahorra y planifica qué hacer con su dinero. Luego, esa persona, invierte; da trabajo a una persona, a dos, va creciendo de a pocos, hasta tener un grupo grande de gente a la que ayuda dando trabajo, haciendo las cosas que él también hizo antes, y entre esas personas también habrá alguien que sea como él, ¿entiendes? ¿Qué tiene de malo eso? —Nada —respondió Vértiz indiferente—. Quizás lo único malo es que aceptemos que unos vivan de otros, para que luego alguno de esos otros también quiera vivir del trabajo de otros. —¡Vivir de otros! —dijo Solano riendo, exhalando fuertemente—. Eso ya lo he escuchado. ¿Y qué propones? La única manera de que haya riqueza es esta, tener un sistema de inversores, de personas dirigentes que apuesten en ideas y desarrollo. Eso mueve al mundo y da trabajo y la gente vive su vida, la vida que le toca vivir. —¿Y tú crees que eso no afecta a la gente en su vida cotidiana? —volvió a la carga Vértiz— ¿Acaso tu trato con Hernández es igual que el que tienes conmigo? ¿Te has vuelto su amigo? —20—


¿Serías su amigo? ¿Serías amigo de alguno de los obreros? Esas diferencias... —Ya, entiendo a lo que quieres llegar —interrumpió Solano—. Y tal vez tengas razón... Sí, pues, quizás yo nunca sea amigo de un obrero, ni vaya a su casa, ni converse con él de la manera en que hablo contigo... —A ellos eso les jode —dijo Vértiz, acercándose al escritorio de Solano, que lo miraba ahora con timidez—, que los veamos desde arriba, que pretendamos ser diferentes, que busquemos alejarlos de nosotros. ¿A ti no te jodería? —Pues, en realidad, no es que los mire desde arriba. Simplemente, el trabajo obliga a mantener una distancia, cierto tipo de relación. —Ah, claro —dijo Vértiz y esperó unos segundos antes de continuar—. ¿Te puedo preguntar algo sin que te ofendas? —A ver, dilo —preguntó Solano intrigado. —Cuando mi tío te manda a hacer trámites o encargos que no corresponden a tu trabajo, como, por ejemplo, gestionar el título de mi prima; o cuando el doctor Cisneros te pide que compres una torta para su esposa —porque te he visto haciéndolo, no digas que no— ¿crees que no hay una relación un poco...? —¡Aguanta, espera! —cortó Solano—. Yo lo hago porque aprecio a tu tío y al doctor Cisneros y son personas muy ocupadas que necesitan a alguien que les dé una mano en asuntos que les quitan tiempo. Además, lo habré hecho un par de veces... ¡Por favor! ¿Insinúas que soy un sobón, un empleado servil? A mí no me importa si lo ves así, yo lo veo como un apoyo para que la empresa salga adelante... —Entiendo, disculpa si te ofendí —dijo Vértiz—. No digo que seas una mala persona ni un sobón ni nada. —En el fondo, debes creer que soy un idiota o un monstruo por explotar a esta gente —dijo Solano—. Debes pensar que tu tío y el doctor Cisneros son malas personas. Pero, ¿sabes qué? Lo único que me interesa es llevar algo a mi casa, salir adelante, progresar, tener metas, no ser un mediocre que se conforma sin aspirar a nada. ¿Eso me hace mala persona? —21—


—No, ni cagando —dijo Vértiz, exhalando lentamente y mirando al piso—. No creo que seas una mala persona. —Así han sido las cosas siempre y así van a ser... ¿Qué te ha pasado que estás tan jodido? —Nada, nada... —respondió Vértiz confuso. —Estás jodido, tú no eres así —dijo Solano—. Seguramente tu flaca... —No —interrumpió Vértiz—. No es nada de eso. Es que hoy vi algo muy jodido en la combi, algo que me ha dejado pensando... —Hombre, tú ya no tienes porqué ir en combi —dijo Solano, preparándose para salir a almorzar—. Ya te he dicho que, para empezar, compres un carro como el mío. Si quieres te lo vendo, yo ya quiero comprarme otro. —Lo que vi fue algo bastante terrible —dijo Vértiz mirando al suelo, casi hablando solo. —Es automático, por si acaso —continuaba Solano—. Nunca he abierto el motor tampoco. —¿Puedes creer que dos personas se agarren a golpes, hasta casi matarse, por veinte céntimos? —preguntó Vértiz mientras buscaba su casaca para salir detrás de Solano—. Encima, uno de ellos me parece que era maestro, un profesor, porque tenía el uniforme de un instituto o una academia. —¿Por veinte céntimos? —preguntó Solano—. Putamadre, la gente está jodida. Ah, también le voy a dar una pintada, le voy a quitar las marcas del planchado —continuó Solano—. Oye, vamos al restaurante de la avenida, el menú es bueno. —Por veinte céntimos... —murmuró Vértiz aunque Solano ya había salido y no podía escucharlo. * * * —Hijo, ¿qué haces acá? —preguntó Marcelo— ¿No fuiste a jugar fútbol con tus amigos? —No, papá —contestó Jonathan—. Bueno, sí fui, pero no jugué. —22—


—¿Por qué no jugaste? —preguntó el padre. —No me eligieron en ningún equipo. Así que me vine... —respondió Jonathan, hundiendo la mirada en el cuaderno en el que hacía su tarea. —¿No te eligieron? ¿Otra vez? —dijo Marcelo algo molesto—. Pero, ¿y lo que practicamos? ¿Lo que te enseñé? —No me salía, papá —contestó el niño—. No puedo quitarles la pelota y ellos nunca me la dan —continuó levantando tímidamente la mirada. —¿Y si juegas con otros chicos? —dijo Marcelo con el mismo tono agresivo—. Juega sólo con tus amigos, entonces. —Sí, con mis amigos nomás voy a jugar. —Y no tiene por qué ser solo fútbol, jueguen a otra cosa. No sé, lleva las tarjetas que te compré. ¿Cómo se llaman? —Mis cards. Sí, las voy a llevar —contestó Jonathan casi mecánicamente. —Llévalas pero cuídalas bien —dijo mientras se quitaba el chaleco de la empresa de transportes y se ponía una camisa. —Papá, ¿me ayudas con mi tarea? —preguntó el niño de repente. —Un ratito solamente, porque voy saliendo —contestó Marcelo, algo fastidiado—. Voy a hacer una vuelta más. —Pero si ya hiciste las vueltas que haces todos los días —dijo Jonathan. —Sí, pero es que hay una unidad que se ha malogrado y otra está detenida, así que están pidiendo que llenemos esa cuota —explicó el padre. —Ah, ya —dijo el niño—. ¿Me ayudas? —Pero un ratito solamente —dijo el padre. —¿Cuáles son los poderes del Estado, papá? —preguntó el niño mirándolo a los ojos. —¿Los poderes del Estado? —balbuceó Marcelo—. Los poderes del Estado... Pucha, hijo, la verdad que no sé. ¿Esas cosas les enseñan ya en quinto grado? Yo no me acuerdo... —Dice la profesora que lo enseñaron antes ya, el año pasado. Quiere que mencione a un miembro de cada poder. —23—


—Pucha, hijo, no sabría decirte... —respondió Marcelo claramente avergonzado, tragando saliva repetidamente y evadiendo la mirada de Jonathan. —Y cuando lees periódicos, ¿no salen noticias sobre ellos? —volvió a preguntar el niño. —¿Sobre quiénes? —preguntó Marcelo. —Sobre los poderes del Estado. —Eh, no sé, creo que sí —balbuceó Marcelo—. Pero yo más leo los policiales, los asaltos, los robos, noticias sobre los congresistas, sobre el presidente, pero no sobre los poderes del Estado. —Entonces, ¿tampoco sabes quién es el presidente del Congreso? —Pucha, hijito... —replicó Marcelo—. Yo de esas cosas, la verdad, ya no sé mucho. En mi trabajo tú sabes que los cobradores no podemos ir leyendo, compramos periódico solo para ver los titulares y solo los periódicos que escriben fácil, no los complicados. Yo compro El Trome y Joselo compra el Ajá. ¿Tu mamá no sabe de eso? Yo he visto que lee periódicos en la tienda... —Pero lee lo mismo que tú —dijo Jonathan. —¿Y no tienes tarea de matemáticas? —Ya la hice, esa la hago yo solo —respondió el niño. —Bueno. ¿Te dijo tu mamá a qué hora vendría? —preguntó Marcelo. —Dijo que no sabía porque la dueña le pidió que la esperara para contar la plata en la tienda. Dijo que hoy le pagan. —Qué bueno. Ojalá no demore —dijo Marcelo. —¿Por qué tienes que dar una vuelta más en la combi, papá? —Pucha, hijito, porque tengo que hacer la cuota por unidad, pues. Nosotros tenemos que presentar una cantidad de plata al final del día, cumplir con un monto fijo. De ahí nos dan a nosotros. —O sea, ¿no te pagan como a mi mamá, que le pagan fijo al mes? —Si cumplo con presentar la plata, sí me pagan fijo —respondió Marcelo—. Si no, me pagan un poco menos, pero siempre saco algo. —24—


—¿Y así es con todos los cobradores? —No sé si será así en todas las rutas, pero en varias que conozco es así —respondió Marcelo. —Mis amigos se quejan mucho de los cobradores, papá —dijo Jonathan apenado. —¿Por qué? —preguntó Marcelo. —Dicen que ustedes no los quieren recoger porque llevar escolares no sale a cuenta —dijo el niño—. También dicen que hacen muchos problemas por el pasaje, a veces cobran treinta céntimos, a veces cincuenta. —Hay gente que es problemática, pues, hijito, pero no todos son así. —Mis amigos me molestan con eso, papá —dijo Jonathan sin poder evitar que se le escapara un sollozo. —¿Qué te dicen? —preguntó Marcelo—. ¡No llores! ¿Qué te he dicho sobre llorar? ¡No llores! —Me molestan en el recreo, en el salón, hasta cuando vengo a la casa —balbuceó el niño entre lágrimas. —¡No llores! ¡No te tapes la cara! —gritó Marcelo— ¡Habla como hombre! Habla claro, ¿qué te dicen? —Dicen que un chanconazo como yo no puede ser hijo de un cobrador, que quizás no soy tu hijo. Así me dicen. Se meten con mi mamá... —¿Quiénes te dicen eso? —preguntó Marcelo furioso. —Todos, casi todos. Los que te dije el otro día, los que no me dejaron entrar al equipo, ellos. —Malcriados de mierda... —Uno de ellos dice que ha ido en tu ruta —dijo Jonathan tratando de calmarse—, cuando tú has estado cobrando. A todos les habla sobre eso, de cómo te peleas con la gente, dice que gritas como loco, que empujas a la gente al subir, que no respetas a nadie, que te ha visto coimeando policías, que peleas por diez céntimos con la gente y la haces bajarse. —Hijo... hijo... ¿por qué no les pegas? ¡Pégales! —¡Ellos son más fuertes, papá! ¡Y ya me han pegado! ¡Varias veces! —dijo el niño levantando la voz. —25—


—¿Y no te puedes defender? ¡No llores, carajo! ¡No llores! —Cámbiame de colegio, papá... —suplicó Jonathan. —¡No llores! —respondió el padre— ¿No eres hombre? ¡Ya, cállate! ¡No te puedo cambiar de colegio! ¡Eso cuesta! ¿Con qué plata te voy a cambiar? ¡La matrícula cuesta! —Hace unos días también me pegaron... —Yo voy a ir a hablar con el profesor —empezó a balbucear el padre—. Le voy a decir a tu mamá que vaya a hablar con el profesor... Ya no llores. ¡Cállate! ¿Acaso no hay otros que sean hijos de cobradores en tu colegio? —Sí, el papá de Ugarte también es cobrador, pero a él no le dicen nada porque les pega, porque anda con los de cuarto, con su hermano y con Gonzales, ese que lo botaron del colegio particular... —¿Y por qué te joden a ti, entonces? —preguntó el padre increpando al niño. —A mí me joden porque soy estudioso, dicen —respondió avergonzado el niño—. Porque no juego fútbol, porque siempre estoy solo... —¿Y tus amigos no te defienden? —Mis amigos se ríen cuando los otros me pegan, siempre, les tienen miedo también. —Ya, hijo —dijo el padre resoplando—. Yo voy a hablar con tu profesor... —Cámbiame de colegio, papá —suplicó nuevamente el niño mientras su madre entraba a la casa cargando bolsas con alimentos—. Ya no quiero ir, por favor. —¡Luisa! Ven un momento... —dijo Marcelo al ver a su esposa. —¡Mamá! —saludó Jonathan. —Mujer, ¿te pagaron? —preguntó Marcelo, algo inquieto. —Sí —respondió ella al dejar las cosas sobre la mesa destartalada de la cocina—. Pero no me dio el aumento que me prometió. Dice que para el próximo mes. ¿Qué ha pasado, hijito? ¿Has llorado? ¿Tú le has pegado otra vez? —¿¡Yo!? ¿Qué hablas? —preguntó Marcelo ofuscado—. Dice que le pegan y lo molestan en el colegio... —26—


—Sí, esos malcriados, los fumones. ¿Te han vuelto a pegar? —preguntó ella preocupada. —No —respondió el niño—, ahora no. —Quiere que lo cambiemos de colegio —dijo Marcelo. —Pero hay que esperar a que termine el año —dijo ella—, porque ahorita cualquier colegio nos va a pedir matrícula especial, recién estamos a medio año. Además, por pedir que nos entreguen los documentos de tu colegio también nos van a cobrar. —Entonces —preguntó el niño— ¿me van a cambiar? —El próximo año —dijo Marcelo—. Pero este año, tienes que terminar ahí. Mañana anda al colegio, pues, Luisa, habla con el profesor —acotó el padre dirigiéndose a su mujer. —¿A qué hora podría ir? —preguntó Luisa molesta—. ¡Nunca tengo tiempo de nada! La señora dice que esta semana quiere que le ayude a abrir su otra tienda en Villa. Además, tengo que cocinar. —Pide permiso, pues —le recriminó el esposo—. Como sea, tienes que ir. Yo ahora creo que voy a tener que hacer una vuelta más al menos toda esta semana, mientras los carros estén metidos en el almacén. —¿Una vuelta más? —espetó ella sorprendida—. Ya no te vamos a ver la cara, entonces. —Voy a venir tarde nomás, pero sí me vas a ver —respondió Marcelo. —Si igual nunca te vemos —le increpó Luisa—. Apenas llegas, te largas a la calle con el borracho de Joselo. Encima, en la mañana vinieron de la tienda a pedir las botellas de cerveza que sacaste el viernes pasado y yo tuve que pagar lo que faltaba a cuenta. ¡En eso gastas la plata! —dijo levantando la voz. —¡No empieces, carajo! —gruñó Marcelo mirándola fijamente. —No tendrías que dar otra vuelta si no te gastaras la plata chupando —respondió Luisa, exaltada. —¡Carajo! Es mi plata, yo me la gano —gritó Marcelo—. ¿Acaso me la regalan? ¿Acaso soy alcohólico? Yo chupo cuando quiero, no todo el tiempo. —27—


—¿Y en la casa no hay cosas en qué gastar? —siguió Luisa— ¿Acaso la comida me la regalan? —¿Y tú no trabajas? —volvió a gritar Marcelo, acercándose para encararla— ¿Acaso no doy plata para lo que me piden? —Solo porque te lo exijo todo el tiempo —respondió nerviosa, dando un paso involuntario hacia atrás—. Si no lo hiciera, no darías nada o darías menos... —¡Te vas a callar, carajo! ¡No me vas a faltar el respeto frente a mi hijo! —Papá... —dijo el niño levemente. —Ya, hijo, que tu mamá te ayude —gritó Marcelo—. Si dice que yo no sirvo para nada acá, a ver que ella te ayude. —Ya lárgate, pues —respondió ella—. ¡No me vengas a pedir comida más tarde! Solo hay para mañana, que cocino para todos. Quieres que se te sirva a la hora que llegas, como si yo fuera tu sirvienta... —empezó a decir levantando la voz, pero la detuvo una violenta bofetada. No gritó ni se quejó mientras Marcelo le tiraba de los pelos y la amenazaba con un puño en alto. —¡No me busques, Luisa! —dijo él, bajando el puño lentamente— ¡No me busques! Tú sabes cómo soy cuando me molesto, no hagas problema. —Papá... —dijo el niño llorando. —Tú mamá, pues, hijo. Ella que se pone así... Ya, Luisa, ayuda al niño. Y no seas escandalosa, carajo, solo ha sido una cachetada. ¡Ya no llores, carajo! —dijo sentándose nuevamente en la mesa, frente a su hijo, que lo miraba espantado—. Está viendo que tengo que trabajar y se pone así —continuó Marcelo, como lamentándose. Se calló un momento antes de volver a hablar—. Acá te dejo diez soles para mañana y pasado, por si tengo que quedarme en el paradero y no vengo mañana. —Diez soles... —dijo Luisa. —Carajo, ¿te parece poco? Son diez soles. De ahí sacas para el pasaje del Jonathan. Si no vengo a las doce es que ya me quedé allá para agarrar la próxima ruta. * * * —28—


—Creo que ya no puedo morir de melancolía —dijo Iván, sirviendo el vino con mano temblorosa—, ni escuchando canciones, ni leyendo cuentos dolorosos. —¿Has perdido el don? —preguntó Marta recibiendo el pequeño vaso de plástico y dejando caer la ceniza del cigarrillo sobre la hierba del parque. —No, no he perdido nada. No digo que ya no sienta tristeza ni dolor. Simplemente, ya no soy juguete de esas emociones, ya no pueden manejarme. —Pero, ¿no está ahí lo hermoso? ¿En ese arrebato? —preguntó ella—. Yo siento que el acto de crear debe tener algo de eso, para poder sentirlo plenamente. Si no fuera así, ¿cómo podría sentirme distinta? ¿Cómo diferenciaría las cosas bellas de las vulgares? —No hay diferencia en ellas mismas —dijo Iván—, las hay en ti, en el sentido que les das. Tú las haces distintas. Ya hemos hablado de eso. Dos personas conversando de algún tema trivial pueden representar algo hermoso, aun si hablan de algo cotidiano. Una de ellas puede encontrar en la conversación algo trascendente, y la otra persona bien puede olvidarlo al instante. —Entonces, ¿aún las cosas te conmueven? —preguntó Marta acabándose el vino de su vaso. —Claro que sí —respondió Iván—. Me conmueven, pero no me dominan, no me dejo arrastrar por ellas. —Pero las palabras tienen un espíritu, tú sabes, un significado. —Sí, pero su significado, lo que te dicen las cosas, no es necesariamente cerrado. Por ejemplo, no es que el poste o el papel tirado en la vereda solo digan lo que creemos que dicen en este momento. Dicen muchas cosas, pero lo dicen en relación a algo. Por ejemplo, te he mencionado el poste o el papel en el piso así de repente. Pues bien, solo por mencionarlos en esta conversación, ya han dicho algo. Pero porque cumplen una función en la relación que acabamos de tener con ellos. Qué sé yo, en este momento, he hecho que hablen, para explicarte mi idea. Si yo no hubiera actuado sobre ellos, seguirían ahí, sin decir nada. No sé si me dejo entender... —29—


—Sí, creo que te entiendo —respondió ella casi por reflejo—. Entonces sí tienen un espíritu, algo que va más allá de nosotros. —No, no es que vaya más allá de nosotros, al contrario, está en nosotros. Lo que nos dicen no deberías verlo siempre en un plano simbólico, porque te pierdes. También hay que verlo en relación a lo concreto, a lo real. —Eso sí que ya no te lo entiendo...—dijo ella —Nada, olvídalo —respondió él sirviéndose más vino. —Me gusta cuando hablas —dijo ella suavemente—. Me gusta escucharte. —A mí también me gusta hablar contigo —respondió Iván. —¿No te aburro? —preguntó ella buscándole la mirada—. Siempre te vengo con mis dramas, con mis problemas. Y siempre estás para escucharme. Ahí nomás, no llenes el vaso. —Al contrario, me gusta escucharte —respondió él, retirando la caja de vino luego de colmar el vaso de Marta—. Además, tú también me escuchas siempre. Todos mis divagues, mis tonterías, mis historias inconclusas o las que nunca empiezo. —Mira, eso ya depende de ti —dijo ella cambiando su tono de voz a uno más solemne—. Tienes buenas ideas, pero así como dices que ya la tristeza no te mueve, que ya no la consideras un valor, también deberías entender que los grandes temas sobre los que quieres escribir, las grandes palabras, el gran drama que quieres representar, tienen que empezar por algo simple... ¿Cómo va lo de tu cuento? —Mi cuento... —dijo él suspirando y con cierto disgusto. —Sí, el que me dijiste que tenías ya esbozado. Dijiste que trataría acerca de conversaciones de personas que van por la calle hablando sobre sus trabajos. —Pues, no sé, ya no me atrae mucho esa idea. ¿Te parece que mis cuentos no funcionan? ¿Crees que no cumplen su cometido y que no expresan lo que quiero? —Los que he leído hasta ahora no me parecen propiamente relatos, ni cuentos —respondió ella—. Me parecen semblanzas, escenas quietas, descripciones, pero no he visto una trama. No —30—


digo que no me gusten. Al contrario, me encantó tu descripción de la pared orinada. Creo que llegué a sentirme a la intemperie, casi agredida, frente a tu texto. Tu descripción no solo es vívida, sino que les impregna algo más... No sé, alma, tal vez. Por eso, me pareció que tu idea acerca de las conversaciones era interesante, que podías captar lo dramático tras lo trivial. —No creo que pueda terminar ese cuento —dijo Iván luego de dudar un instante—. Lo único que hago es garabatear el cuaderno. ¿Sabes qué se me ha metido en la cabeza? —¿Qué cosa? —preguntó ella mordiendo el vasito de plástico. —Me contaste que en el colegio de tu sobrino mataron a un niño, ¿verdad? —Sí, qué horrible —contestó Marta—. Pobrecito. —Eso me ha dejado pensando —dijo Iván—. Diría que me ha tocado. Dijiste que era pobre y que era el mejor de la clase, ¿cierto? —Eso me dijo mi sobrino, que estudia en el mismo colegio. Además, salió en la tele, ¿no lo viste? —dijo ella y secó el poco licor que quedaba en su vaso. —Tú sabes que casi no veo tele... —respondió él. —¿Sobre eso quieres escribir? —Sí. Me parece que ese hecho encierra todo. —¿Encierra todo? —Claro —dijo él entusiasmándose—. En esa muerte está representado todo el sentido de la vida: el afán por salir adelante, la debilidad y la incapacidad de luchar ante un medio hostil, la muerte y la agonía trágicas. ¿Nunca te ha parecido que la muerte de un niño, de un ser que empieza a vivir, es como la muerte de la esperanza? ¿Cómo podemos tener esperanza si estamos sujetos a esa posibilidad, incluso si somos, como era ese niño, estudiosos y talentosos? Eso me ha obsesionado desde que me lo contaste y vi algunas notas en los periódicos. Imagino el dolor de sus padres... ¿Cómo representar ese dolor? ¿Vale la pena representar ese dolor para mostrárselo a alguien? Para decirle a la gente, “Miren, ha muerto una esperanza, un alma —31—


sufre y podría ser el tuyo y en realidad es el corazón de todos, deténganse un instante, contemplen...”. —Claro que vale la pena. Pero... —respondió ella, con voz condescendiente, tomando el vaso de plástico con las dos manos, llevándolo a sus labios. —¿Pero qué? —La muerte de un niño es algo de lo que ya se ha escrito. —No digo que sea algo original —respondió él un poco mortificado—. No me interesa ser original. Me importa que la historia merezca ser contada. Además, no importa el hecho narrado, sino cómo se narra. —Ya, tienes razón —dijo ella—, pero, ¿igual no es una idea muy grande? Digo, las palabras que utilizas para describir la situación son muy pomposas. ¿No está muy dulce este vino? —Sí, está dulce, ¿no te gusta? —dijo él sin hacer mucho caso—. Claro que voy a poner esa muerte en un contexto. No lo sé, podría hablar de pandillaje, de jóvenes que son reflejo de los tiempos actuales, donde los padres están todo el tiempo ausentes, ponerle un marco a todo... —Iván, esas también son palabras grandes y temas grandes. —Lo serán, pero si no aspiro a eso, ¿a qué debo aspirar? —respondió Iván. —Pues podrías empezar por... —dijo y se detuvo un instante. —¿No crees en mí, verdad? —interrumpió él—. Crees que no llegaré a nada. —Ay, no empieces con esos dramones tuyos... —dijo ella resoplando—. Claro que creo en ti. Bueno, deberías hacerme creer en ti. Yo quiero creer, eres mi amigo y te apoyo. Me gusta escucharte porque sé que te inspira, que dejas volar tus ideas. Si creyera que eres un imbécil, no perdería mi tiempo contigo. ¿Tienes pensado cómo empezar al menos? —Bueno... —respondió Iván volviendo a servirse vino—. No en realidad. —Ah...—dijo ella. —Es que... no sé, no tengo tiempo a veces —empezó a excusarse Iván—. Llego muy cansado de trabajar, en mi casa —32—


hay ruido todo el día, a veces tengo cosas que hacer. Otras veces, siento que mis ideas van mucho más rápido que mi mano al escribir. ¡Y eso es frustrante! —Me imagino. Pero, a todos les debe pasar, ¿no? —Seguramente —respondió él—. Pero veo que algunos tienen apoyo por otro lado. Mira a Vergara, a Salcedo, ellos tienen un buen trabajo, tienen contactos, tienen facilidades para escribir. No quisiera ser duro con ellos, pero siento que sus escritos son algo superficiales. En cambio, cuando yo siento que no alcanzo la idea que quiero plasmar, me frustro, me siento mal conmigo mismo. Ellos en cambio, publican cualquier cosa. —Oye —le interrumpió ella raudamente—, ¿no te parece que estás siendo soberbio? ¿Cómo puedes decir que lo que escriben es superficial? Tú lo que quieres es que los cuentos te salgan al primer intento, no quieres esforzarte, crees que basta con tu talento. —No es eso —dijo Iván avergonzado—. Es solo que a veces siento que la gente escribe por escribir, y yo no quiero eso. Quiero que cuando empiece o termine un cuento sea algo especial. —Claro que va a ser especial —repuso ella sosteniendo el vaso en el que Iván le volvía a servir—. No me sirvas mucho, Iván. Ya me estoy mareando. —Ya se acaba la caja, no te preocupes —dijo él—. Todo sería más fácil si tuviera alguien en quien apoyarme, alguien que me comprendiera. A veces me siento solo. —Ya llegará alguien, Iván —dijo Marta y le tomó la mano—. Esas cosas pasan por sí solas, no fuerces nada, deja que suceda. —Gracias, Marta... —respondió Iván, acercándose a ella y tocándole el hombro. —Sabes que cuentas conmigo... ¿Qué haces? —exclamó sorprendida Marta al sentir que Iván le acercaba demasiado la boca— ¡No! ¡Iván! ¡Suéltame! —Perdóname, Marta —dijo Iván luego de que Marta lo empujara y se quedara mirándolo con rabia—. Me dejé llevar. Pensé que tú... —33—


—Putamadre... —dijo ella—. ¿Por qué todos son así? ¿Por qué mierda creen que si una mujer les conversa y se interesa por ustedes es porque quiere algo? —Perdóname, Marta —dijo Iván avergonzado, llevándose una mano a la frente y cerrando los ojos—. Yo pensaba que tú... que también querías... —¡Quería ser tu amiga! —gritó Marta. —¿Y por qué me has dado alas? —preguntó Iván—. ¿Acaso no sabías lo que yo sentía? —¡Qué patético! —dijo ella tomándose el cabello y perdiendo la mirada en algún punto del suelo—. O sea, ahora yo soy la que te ha seducido. ¡Qué huevón! —No sé, pero sí sabías que me gustabas y aún así me dabas motivos... —¿Pensaste que porque te escucho y me intereso en tus cosas es que quiero algo contigo? —No es eso solamente... Tú ya sabías que me gustabas y aún así seguías buscándome. —¡Deja de echarme la culpa, imbécil! ¿Acaso es culpa mía que te pongas así de estúpido? —¿Y acaso a ti no te gustaba saber que yo me sentía atraído? —¿¡Qué!? ¡Encima soy una calentadora! —dijo Marta sacudiendo la cabeza—. A esto se reduce todo... A ver, dímelo en mi cara. Di que soy una calientahuevos. ¡Dilo! —Marta —dijo suavemente Iván, viendo cómo ella se aleonaba frente a él. No pudo decir nada más porque ella empezó a gritar. —Todo tu floro monse para esto —continuó Marta—. Tanto hablarme de literatura, de cine, de música, ¿para esto? No quería creerlo de ti. En verdad, no te diferencias en nada de esos tarados poetuchos que solo escriben para agarrarse chicas... ¡Y hasta eres peor! Porque ellos al menos la pegan de gileros. Tú te quieres hacer el niño bueno, el inocente. ¡Y encima crees que me vas a agarrar emborrachándome! ¡Idiota! —Te juro que no tenía esto planeado, Marta —respondió él ya sin poder mirarle a los ojos—. Solo me dejé llevar, en serio. A —34—


veces necesito... No sé, perdóname, sé que no merezco que me disculpes. No te volveré a llamar si es lo que quieres. Solo quería saber cómo estabas, yo pensaba... me parecía... que tú... Quería hablarte de mi cuento, también, saber qué pensabas sobre... —¿Tu cuento? ¡Nunca vas a escribir ningún cuento, Iván! ¡Nunca! —gritó ella. * * * —¿Cómo fue? ¿Qué pasó? —dijo Alberto al llegar a la nueva academia donde trabajaba Mario y verlo con la cara llena de moretones. —Un cobrador de mierda, un atorrante —respondió Mario contrariado—. El transporte está en manos de delincuentes, carajo. Uno de esos idiotas con tatuaje en la mano, con camisa desabotonada, que trataba a los pasajeros como a idiotas. —¿Por qué fue? —Ya ni sé por qué fue... A mí siempre me cobraban un sol por venir desde mi casa hasta el Centro. El atorrante se puso malcriado y me salió con que faltan cuarenta céntimos. Ni cagando, pues. Le dije que yo siempre pagaba un sol y para no hacerme problema, le di veinte céntimos, pero el huevón siguió jodiendo. ¿Sabes qué hizo? ¡Me entregó mi plata y me dijo que me bajara del carro! Me dio rabia, pues. Le dije qué te crees, oye, baboso, muerto de hambre... —Esos tipos son así, hombre. Son tan acomplejados, viven tan pisoteados que cuando tienen a la gente en sus manos, son una mierda, desfogan todo. —Al final me di cuenta de que el tipo estaba alterado por algo, porque a pesar de todo, después de la bronca, después de que los demás pasajeros nos separaran, yo estaba sangrando de la nariz pero el huevón lloraba como niñito, cubriéndose la cara. Lloraba con unas ganas, como si yo le hubiese pegado, cuando él fue el que me tiró al piso y ahí me empezó a dar... Si un pata no se metía a separarnos, el huevón me mataba. ¡Me agarró la cabeza a codazos contra el suelo! —35—


—¿Eso cuándo ha sido? —preguntó Alberto. —Ya hace más de una semana —contestó Mario—. ¿Trajiste lo que te pedí? —Sí, acá está, toma —dijo Alberto entregándole un fólder en el que iba su currículum—. ¿Qué puesto tendrías para mí? —Primero déjame ver —respondió Mario sin prestarle mucha atención al documento. —Oye, pero no es ninguna molestia, ¿verdad? —inquirió Alberto. —Claro que no, pero no sé si tendré lo que tú quieres exactamente. Esta es solo una formalidad —dijo refiriéndose al fólder—, para presentársela al administrador. Yo no contrato, yo recomiendo, lo mío es lo educativo, pero mi opinión tiene algo de peso. —Entiendo, tampoco te quiero presionar. Si no sale nada, seguiré en la escuela, mi puesto sigue ahí. —¿Por qué te quieres quitar de la escuela? —preguntó Mario—. Pensé que te gustaba. —Desde que mataron al niño en el colegio —empezó Alberto a contar mortificado—, ya no quiero estar ahí. Todos los profesores se lavaron las manos, los padres nos cayeron encima, vino la USE. Una cagada. Pero lo que más asco me dio fue que los profesores se defendieran entre sí, cuando sabían que era verdad que al chico lo agredían todo el tiempo. Para colmo, el director salió a decir a la prensa que los padres mentían y que el niño había muerto de otra cosa, no de un golpe en la cabeza mientras estaba en el colegio. Inventaron estupideces, me dio rabia, vergüenza... —¿Y era verdad que le pegaron los del salón? —preguntó Mario. —¡Claro! —respondió Alberto—. Siempre lo hacían. Días antes yo había tenido que detenerlos. Lo agarraban y le hacían como a Túpac Amaru, lo jalaban entre cuatro, de las piernas y los brazos, lo balanceaban y lo tiraban contra un muro. Esa vez sí los detuve, pero la última vez yo no estaba, y le tocaba al auxiliar Carrillo que tampoco sabía si tenía que estar en ese salón —36—


o no. Un enredo de mierda, porque resulta que el director, para completar horas, pone a un auxiliar en dos turnos ¡al mismo tiempo! Como si se pudieran desdoblar. O sea, Carrillo tenía que haber estado en el salón de este niño, pero también tenía que estar en otro. En eso se escudaban el auxiliar y el director. Cada uno decía que la responsabilidad no era suya, que su horario y su planilla estaban bien organizados. ¡Una mierda! El director llegó a decir que los padres solo buscaban plata. Obviamente, los padres se volvieron locos. El papá lo quiso agarrar a golpes, frente a las cámaras. ¿No lo viste? Salió en la tele. —No, desde que trabajo acá, no tengo tiempo ni para ver las noticias. ¿Y lo botaron? ¿No lo han destituido? —¡Qué lo van a botar! —contestó Alberto—. Ese conchasumadre está enganchado con alguien del Ministerio. Vino la televisión al colegio, el papá del niño ha puesto una denuncia, pero ¿con qué plata le va hacer juicio a la USE o al director? Me daba pena el tipo... ¿Sabes que era lo más triste, lo más cagado de todo? —¿Qué cosa? —La actitud de los chicos que lo golpearon —continuó Alberto apesadumbrado—. Ninguno se interesó por él, ninguno fue a verlo al hospital, y cuando se enteraron que había muerto, ninguno se entristeció. Hasta creo que se sentían bacanes por lo que habían hecho. Me da tanta pena decirlo, pero creo que Jonathan era el mejor alumno del colegio, el mejor que he tenido. —Los chibolos están recontra jodidos ahora —le comentó Mario—. Y te diré que en tu colegio, que es para familias de bajos ingresos, los chibolos son maleados por culpa de su entorno, porque tienen que sobrevivir a un medio hostil. Pero yo acá, entre tanto pituquito, hijito de nuevo pituco, he visto cosas peores: chibolos que se computan maleados a pesar de tener todo en casa, con papás que les solucionan todo, mocosos barristas que la pegan de malandros solo para ser bacanes. —Oye, ¿cómo conseguiste trabajo acá? —interrumpió Alberto cambiando bruscamente de tema—. La gente de la universidad está que te alucina feo... —37—


—Ya me imagino —dijo Mario con cierta mortificación—. Chamba es chamba, loco. Yo hubiera querido quedarme en Huaycán, pero si sale algo acá, y pagan bien, no puedo negarme. Yo sigo creyendo en lo que siempre he creído pero, sobre todo, lo que me interesa es hacer bien mi trabajo. —Claro, yo lo sé —respondió Alberto. —Me pasó la voz Antonio Miranda —continuó Mario—. ¿Te acuerdas de él? Necesitaban un profesor de biología. A las tres semanas, vieron que yo trabajaba bien y me asignaron cuatro auxiliares, universitarios que lo único que hacen es animar a los chibolos, ver su asistencia, tomar nota de sus problemas, huevadas... —O sea, ¿al toque fuiste jefe? —En ese entonces, no. Solo era una responsabilidad pequeña, supervisar que las órdenes se cumplieran. Ahora sí se puede decir que tengo un cargo, ahora imparto órdenes y otros las hacen cumplir. —¿Y tú eres el que elige a los docentes? —preguntó Alberto. —Los elijo pero no los contrato —contestó Mario—. Eso lo ve la administración. También preparo algunos temas generales para algunas clases. —¿Y necesitan muchos profesores acá? —inquirió Alberto. —Sí. Pero hay ciertas condiciones. No todo profesor se siente bien enseñando en academias. La verdad yo tampoco me siento bien trabajando en una academia, tienen a los chicos como a carneros. En un salón con espacio para treinta personas, hacen entrar a cincuenta alumnos y, aún así, los cobros son excesivos. Además, esta gente sabe que de cada cien niños, solo entrarán cinco por su propio esfuerzo. El resto volverá al ciclo siguiente. Es un negocio asegurado, amparado por el Ministerio, para que estos tipos se llenen de plata. —Carajo, ¿quién lo hubiera dicho? —dijo Alberto. —¿Qué cosa? —preguntó Mario. —Que ahora contribuyes al sistema, y peor, ¡en el sistema educativo! —38—


—Hm... bueno —balbuceó tímidamente Mario—. Sí, pues, pero, ¿tú qué harías? —¿Qué haría? —replicó Alberto—¿Qué crees que hago acá? ¿No he venido a pedirte trabajo? —Claro... —dijo Mario aliviado. —Oye, tú sabes que soy tu pata, ¿no? —dijo Alberto—. Tengo que ser completamente sincero contigo, hombre. Por ahí dicen que eres un jefe de mierda, que eres muy duro con los empleados y que... —¡Ya sé lo que dicen de mí! —lo interrumpió Mario—. Me lo contó Jiménez, que también vino a pedirme un puesto. Qué digan lo que quieran, yo sólo defiendo mi trabajo. Lamentablemente, el sistema de trabajo me ha obligado a no reparar en algunas cosas, pero la gente que entraba a trabajar y no cumplía con sus obligaciones, sabía a qué se exponía. Yo también estoy recontra presionado, hombre. A veces no puedo tener contemplaciones con nadie, porque es a mí a quien los directores reclaman. Al comienzo solapaba faltas, omisiones, relajos; pero ahora tengo que ser más serio, porque van a abrir un local en San Miguel. Así que de repente me mandan para allá... —¡Asumadre! ¡No jodas! —exclamó Alberto—. ¿Y cómo harías para ir desde Huaycán a San Miguel? —Bueno, si me sale esa chamba, tendré que mudarme para alguna zona más cercana—dijo Mario sin mirar a Alberto a los ojos. —¿Y por qué quieres ir a ese local en San Miguel? —preguntó Alberto. —Porque me interesa el puesto... —respondió Mario—. Sería responsable de los profesores de todas las sucursales. —Claro —dijo sorprendido Alberto—. Eso está bien, siempre has tenido voz de mando, personalidad para eso... —Dirigir no sería mi única obligación —dijo Mario, cambiando el tono de voz, poniéndose más serio—. También tendría que evaluar a los posibles maestros, gente que presenta sus currículos. Eso es lo más feo, te aseguro. Hay que hacer cosas que para mí son verdaderamente feas. —39—


—¿Qué cosas? —preguntó Alberto. —Sabía que si una persona tiene hijos —comenzó a contar Mario— es menos posible que lo consideren para el trabajo, pero lo que me ha sacado de cuadro es que no contraten a buenos profesionales solo porque podrían exigir más en el futuro. Le llaman “sobrecapacitación”. Ahora hay profesores con experiencia, gente necesitada de trabajo, con hijos, con necesidades. Bueno, pues, a esa gente se le niega el trabajo. Se contrata a los chibolos inexpertos, aunque muchos sean talentosos, pero están empezando y se les paga una mierda, que a ellos les parece bien. Pero los profesionales de verdad no sirven para el sistema de las academias, porque exigen derechos. En este local yo solo sugiero desde el punto de vista docente. En ese local ya me tocaría decidir la contratación. —¿Y verdad que también te peleaste con un profesor que exigía que se le pagara vacaciones? —preguntó Alberto con sonrisa maliciosa. —¿Quién te contó eso? —preguntó sorprendido Mario— ¡Mierda! ¡Qué chismosa es la gente! —Esas cosas comentan ahora en la universidad —dijo socarronamente Alberto—. Hablan mucho de ti. —El problema con ese profesor fue que solo tenía un acuerdo de palabra con la academia —empezó a contar Mario—. No hubo ningún documento firmado que dijera que iba a tener vacaciones. Además, él sabía que su contratación era por menos de un año, eso fue lo que él acordó. ¿Qué contrato de menos de un año incluye pago de vacaciones? O sea, le dijeron que trabajaría cinco meses y que el último mes sería de vacaciones. Pero vacaciones pagadas solo se le da a la gente de planilla. —Pero, ¿tú le dijiste que iba a tener? —No recuerdo, o creo que le dijeron, pero nunca hubo contrato firmado que dijera eso. —Entonces, ¿qué pasó? —Que el tipo debía trabajar menos de un año, pero trabajó quince meses y un poco más. Todo ese tiempo estuvo esperando que se cumpliera el acuerdo, que se le diera el mes de vacaciones, —40—


al menos en dinero. Y que, para el tiempo en que trabajó de más, se le pagara de acuerdo a un contrato nuevo. Acá nadie de la gerencia quería soltarle esa plata. —Oye, pero era su derecho, ¿no? —Quizás, pero nos iba a perjudicar a todos. —¿Por qué? —preguntó Alberto. —Porque por su culpa casi nos cae una inspectoría del Ministerio de Trabajo —dijo molesto Mario. —Nunca creí que te escucharía hablar así —dijo Alberto—. Pareciera que te molesta que la gente reclame sus derechos. —No jodas... —dijo Mario secamente—. Ahora hay personas que dependen de mí, auxiliares, estudiantes, gente que confía en mi trabajo. Habrá cosas que joden, pero la academia tiene que salir adelante, para que al final todos ganen. Entiendo que es jodido, pero... —No expliques nada, te entiendo —le cortó Alberto. —¿Crees de verdad que he cambiado? —preguntó Mario—. ¿Que soy un hipócrita? —No lo sé, no soy nadie para juzgar eso —contestó Alberto—. No andaría criticando a mis amigos porque busquen mejorar su vida y sus ingresos. —Sigo creyendo en lo que siempre creí —acotó Mario—, aunque ahora sea más difícil ponerlo en práctica. Todo me empuja a hacer las cosas que siempre critiqué... —Ya, no te hagas más bolas con eso —dijo alegremente Alberto—. Dime, el puesto que me darías, ¿sería en este local o en el de San Miguel? * * * —Solano... ¿Cómo estás? —preguntó Vértiz. —Cómo estoy, pues... —contestó Solano resoplando, acomodando sus pertenencias sobre el escritorio, antes de colocarlas dentro de una caja de cartón—. Estoy apurado, con la cabeza dando vueltas. Toda esta semana estuve, primero, con el corazón en la boca, y ahora estoy con mareos. —41—


—No sé qué decir —exclamó Vértiz. —Nada, hombre, cosas que pasan —respondió Solano. —Es que realmente es una mierda —dijo Vértiz—. Botarte así, después de todo lo que has hecho. —¿Qué les quedaba? —contestó Solano con fingida tranquilidad—. Me jode mucho. Yo esperaba otra cosa, pero después de escuchar a tu tío, lo entiendo, pero tampoco voy a rogarles que me dejen quedarme. —¡A mí no me ha explicado nada y no tengo por qué escucharlo! —respondió Vértiz airado—. Oye, tú los has encubierto frente a los supervisores del Ministerio, te has echado la culpa de la contratación de ese personal sin planilla. ¡Y ellos lo sabían! No se pueden hacer los cojudos... —En realidad, pueden decir que no sabían —respondió Solano lentamente—. Todo corría por mi cuenta, yo decidía de qué manera se contrataba a la gente. Propuse hacerlo con recibo por honorarios, pero con los trabajadores dentro de la planta, como lo hacen todas las empresas hoy en día. Fue mi decisión. —Sí, pero con eso les hiciste ganar plata, ellos lo sabían. Al final, la multa ha sido ínfima en comparación a lo que han ganado con tu trabajo. —A mí sólo me queda respetar lo que han decidido, no es mi empresa —respondió Solano—. Si sienten que no me necesitan más, yo doy un paso al costado. —Es que no estás dando un paso al costado. ¡Te están botando! —Mira, mejor no hablemos más de eso, porque... —dijo Solano resoplando, desanimado. —Por eso es que te querían sólo con contrato temporal —dijo Vértiz interrumpiéndolo y casi hablando para sí mismo—, por eso nunca te pusieron en planilla. Por si un día pasaba algo así. —La cosa no es exactamente como la pintas —repuso Solano—. Es cierto que nunca estuve en planilla, pero tenía muchas prerrogativas, permisos, estímulos. Me jode que no hayan tenido en cuenta que para mí ha sido un sacrificio, pero ellos no pueden actuar de otra forma luego de la sanción. —42—


—¿Quién crees que hizo la denuncia? —preguntó Vértiz. —Algún despedido, obviamente. Vinieron del Ministerio, vieron que, efectivamente, había gente acá dentro trabajando sin figurar en planilla; se hizo el proceso y, finalmente, cayó la multa. Yo manejé todo el asunto, tratando de que tu tío y el doctor Cisneros no se vieran perjudicados. Manejé el problema hasta donde pude. Y, ciertamente, pudo ser peor, pero ellos no lo consideran así. —Claro —repuso Vértiz—, como tú actuaste limpiamente ante el Ministerio, y pagaste la multa, pues, eso les jodió. —Es que fui tonto, traté de ser lo más transparente ante el Ministerio, no quise embarrar a tu tío ni al doctor Cisneros. Lo que les ha molestado es enterarse luego, así, de repente, cuando salió lo de la multa. Por eso me botan... —Pues, igual es injusto, después de lo que les has hecho ganar. —Sí, es injusto, yo sé —se lamentó Solano—. Pero acepté las condiciones desde el comienzo. Lo que más me jode es que yo siempre he creído en esta manera de hacer las cosas. Y también me jode haber creído todo este tiempo que era mi trabajo lo que me mantenía en mi puesto... —¿Y no lo era acaso? —No. Bueno, sí, pero siempre en función a la conveniencia de tu tío y el doctor. ¿Me entiendes? Era mi trabajo, sí, pero primero era su interés. Me jode darme cuenta de eso. —Creo que una vez hablamos de eso... —recordó Vértiz. —Pero yo no voy a llegar a extremos como tú —se apuró en responder Solano—. Yo creo aún en el mercado, en la inversión, en el trabajo, en que hay gente para clavo y gente para martillo. Esto no me va a cambiar. Pero es terrible cuando aquello en lo que crees se vuelve contra ti y te perjudica, cuando nos muestra la cara que no queremos ver. —Oye, ¿te has puesto a pensar que tú eres una persona con estudios y con contactos? —dijo Vértiz—. ¿Te has puesto a pensar que tu situación es la que atraviesan muchos en este país pero no tienen las ventajas que tú tienes? —43—


—No. ¿Para qué me voy a poner a pensar en eso? —dijo Solano levantando la voz. —Bueno —dijo Vértiz tratando de calmar las cosas—, solo es algo que me vino a la mente. Terminas jodido por las mismas prácticas que defendías, pero te puedes proteger... —No te pongas en ese plan, por favor. —Está bien, disculpa. La culpa es de mi tío y el doctor Cisneros por no ponerte en planilla. Si te hubieran puesto, ahora te irías con una gratificación, con tus doce sueldos, podrías sostenerte, pero... —¡La culpa es de la inspección! —interrumpió Solano—. No de tu tío y el doctor. Porque, si lo pienso, lo peor es que hayan visto que los empleados no cumplían con las normas de seguridad, con ponerse los guantes, por ejemplo. Eso sí que nos jodió, de ahí me agarraron. Lo de tener trabajadores de cuarta en planta podía solaparse, pero esos detalles nos jodieron. La culpa es del Estado que impone esas reglas porque desalientan y joden la inversión. —Oye, pero si los obreros se ponen los guantes, no pueden hacer las cosas rápido, ¡y acá se les paga al destajo, no tienen sueldo fijo! Ellos prefieren perder un dedo antes que perder unos soles, es la lógica de los desesperados... —Es la lógica de los huevones —respondió cansado Solano mientras llevaba sus pertenencias de un sitio a otro—. Oye, ¿y ya sabes quién me va reemplazar? —Putamadre... —dijo Vértiz avergonzado—. No quería decírtelo todavía, pero creo que ya... —Sí, ya sé —dijo Solano mirándolo a los ojos—. Tú. —Tú sabes que me jode, pero... —Normal, hombre. No hay paltas, así son las cosas. —No deberían ser así —dijo Vértiz en voz baja. —Eres demasiado considerado para dedicarte a esto, sabiendo cómo son las cosas, cómo es el mundo al que te quieres dedicar. —Sabes que no estoy muy convencido de que esto sea lo que quiero para mi vida. Pero, tú entiendes, las presiones, la familia, esas cojudeces. —44—


—Yo sé, mi viejo también quería que su hijo fuera administrador a como dé lugar. Solo que yo sí me hice la idea. Parece que tú todavía. —Oye, ¿y has buscado algo? —He visto dos lugares, uno que me conviene por la distancia y el sueldo y otro que me ofrece estar en planilla. Pero no se comparan con lo que tuve acá. —Me imagino —repuso Vértiz. —Lo que más me ha jodido es que en algunos lugares me digan que estoy “sobrecapacitado” —dijo Solano—. Y no porque el trabajo fuera sencillo, sino porque piensan que los voy a joder, que en algún momento los voy a presionar para que me den atribuciones o ventajas. Yo sólo quiero trabajar. Aceptaría cualquier cargo ahora. —¿“Sobrecapacitado”? —preguntó Vértiz—. Vaya, qué irónico. Yo, que soy casi un ignorante en esto, me voy a hacer cargo de lo que tú hacías, y que era tan difícil. ¿Y a ti no te contratan en otros lugares porque estás “sobrecapacitado”? ¿Qué quieren? ¿Contratar ignorantes? ¿Dónde te dijeron eso? —En una academia del Centro de Lima. En realidad, hacen eso en todas sus áreas, con sus docentes también. La verdad, en este país no se necesita profesionales de peso, porque no hay muchas plazas para ellos, no existe la infraestructura ni el sistema. Mira mi caso, que me he matado sacando certificaciones y haciendo cursos. El mercado laboral no está apto para nosotros, todavía. Por eso el país está así, porque los profesionales muy bien formados no tienen dónde trabajar a veces, y se tienen que largar al extranjero. —Es que hay otras cosas que dan plata —dijo Vértiz—. Por ejemplo, esas academias del Centro dan más plata que si se hiciera una educación primaria de calidad; por eso, los que invierten en ellas, no quieren invertir en profesionales que vayan a cambiar esa manera de hacer las cosas. —Esas ya son especulaciones tuyas... —dijo Solano echándole una mirada de reprobación a Vértiz. Luego cerró los cajones de su escritorio y miró el desorden que le rodeaba—. Un favor, ¿me ayudas con esas cajas? —45—


—Claro, pero... ¡ay! —exclamó Vértiz cuando intentaba levantar una de las cajas. —¿Qué pasa? —preguntó —Todavía me duele el brazo cuando hago esfuerzo, desde aquella pelea en la combi, del cobrador y el pasajero. Al comienzo no me dolía, luego se fue agudizando el dolor, aunque ahora está mucho mejor. ¿Te conté cómo pasó? —Sí, me contaste —dijo Solano ayudándole a Vértiz a llevar la caja—. Yo habría dejado que se mataran. ¿Para qué te metiste? —Porque no me gustaría saber que pude evitar que mataran a alguien —respondió Vértiz—. Cuando fui a separarlos, parecía que el tipo no solo quería pegarle al pasajero, sino a todo el mundo, a mí, al chofer, que era su amigo, a las señoritas que querían calmarlo y que decían que él tenía la razón, porque quien le insultó fue el pasajero. Yo lo agarré por debajo de los hombros y lo levanté y él me dobló los brazos, me tiró al piso, me gritaba, me insultaba. —La gente está loca, hombre —dijo Solano casi sin escuchar lo que decía Vértiz. —¿Y sabes qué? Cuando lo controlaron y lo llevé a un lado, de repente, se dejó caer de rodillas. Se puso a llorar, como un niño, tapándose los ojos, balbuceaba cosas sobre su familia. Habló de su casa, decía que todo el mundo era una mierda, que él sólo quería trabajar. Me habló de su hijo. Yo solo lo miraba. Les lloró también a los policías que se lo llevaron. —Pobre hombre, por eso yo casi no voy en combi... —Oye, por cierto. ¿Todavía vendes tu carrito? —preguntó interesado Vértiz. —Hmmm, no sé —respondió Solano—. Ahora me he puesto a pensar. Si no consigo trabajo en un mes, podría servirme, ¿no? —¿Para qué? —le preguntó Vértiz. —Bueno, haciendo taxi puedo sacar unos cuarenta soles al día —contestó Solano mientras llevaba las cajas y paquetes al asiento trasero de su auto. * * * —46—


—Señor, yo lo entiendo —dijo Alberto—. Pero no puede entrar así al despacho del director. Ya la policía se va a encargar de ver las causas... —Pero, ¿no ven que ha sido culpa de sus profesores? —dijo Marcelo, ofuscado y con la voz entrecortada, con cara de mal sueño—. ¿Dónde estaban cuándo pasó? ¿A esto mando a mi hijo al colegio? ¿Para que lo maltraten? ¡Ya le habíamos dicho al director sobre las molestias que sufría! ¿Qué hizo para resolverlas? —Señor —contestó débilmente Alberto—, es difícil estar todo el tiempo sobre los chicos. El auxiliar me dice que su hijo se dirigía a otra clase y que por eso... —¡Mentira! —gritó Marcelo—. A mí los compañeros de mi hijo me dicen que el auxiliar se había ido a otro salón y que otras veces el profesor ni se aparece a dar clases. ¿Cómo van a dejar así a los chicos? —A veces pasa... —contestó inseguro Alberto tratando de ganar tiempo hasta que llegara el director—. No sabría qué decirle. Su hijo era alumno mío, y yo también estoy muy preocupado. Ya va a ver cómo Jonathan se pone bien... —¡Hace un día que no se despierta, oiga! —volvió a hablar Marcelo—. ¡Tiene una fractura en el cráneo! ¿Cómo va a estar bien? ¿Así cuidan a los chicos que estudian? ¿Acaso mi hijo era fumón, era malandro? ¡Mi hijo era el primero de su clase! ¡Ustedes me tienen que decir quién es el responsable! —Creo que el señor director le puede ayudar, él le explicará —dijo Alberto al ver que el director entraba a su despacho. —Buenas tardes, señor Reátegui —dijo el director al entrar. —Señor director... Mi hijo... —Yo sé, señor, que su hijo ha tenido un problema hace unos días con sus amigos en un juego... —¿¡En un juego!? —increpó Marcelo—. ¿Eso es jugar para usted? A mi hijo lo han golpeado, lo han agredido, tiene la cabeza rota... —Mire —replicó el director—, él siempre jugaba con sus amigos así. Usted sabe que los chicos son toscos, a veces se juegan de manos. —47—


—¡Mi hijo no jugaba con nadie acá, señor! —dijo Marcelo—. Lo molestaban, que es otra cosa. Hace unos días mi esposa vino a hablar con el auxiliar para acusar a esos chicos que lo golpeaban y le pedían plata, que le rompían sus cuadernos. ¿Cómo va a decirme que no sabe lo que pasaba? ¿No sabe usted lo que pasa en su colegio? —Oiga, más respeto, señor —dijo el director—. Por favor, no levante la voz... —¿Quién le ha faltado el respeto? —dijo Marcelo—. Usted me quiere ver la cara de tonto y limpiarse, decir que no es su culpa, como si usted no tuviera acá la autoridad, como si no fuera su trabajo... —Tranquilícese, señor —dijo el director—. Esto no lo va a solucionar así. Es lamentable lo que le ha pasado a su hijo, pero... —Oiga, mi hijo no se despierta desde hace un día —dijo Marcelo—. Ha tenido vómitos, se ha puesto como loco, convulsiona y no nos reconoce. ¿Así cuida usted a uno de sus mejores alumnos? Mi hijo era el mejor de su salón, señor. La semana pasada mi esposa vino... —Señor —le interrumpió el director, bruscamente, sin escucharle—, tengo entendido que su hijo salió de acá hace dos días caminando, de lo más normal. No es justo que le eche la culpa a la institución. ¿Qué nos asegura que lo que le pasa a su hijo no es debido a otra cosa? —¿Qué dice? —preguntó Marcelo, mirando al director. —Señor —respondió el director, tratando de poner su rostro más serio—. Su hijo ha venido con moretones al colegio en otras ocasiones... —Oiga... —atinó a decir Marcelo, sorprendido. —Ha venido así de su casa anteriormente —enfatizó el director—. Además, el auxiliar y otros profesores me dicen que usted es una persona violenta. —Óigame... —volvió a decir Marcelo, incrédulo, dirigiendo la mirada a Alberto, que le devolvió la mirada pero se quedó en silencio. —48—


—Si usted mismo golpea a su hijo, señor —dijo el director—, ¿qué seguridad podemos tener nosotros de que lo que le está pasando ahora a su hijo no sea consecuencia de malos tratos en el hogar? —¿¡Cómo mierda me va a decir eso!? —estalló Marcelo—. ¿¡Qué se cree!? Usted sabe que a mi hijo le han pegado entre varios y que le han golpeado la cabeza acá, en horas de estudio... —Señor —contestó el director—. Le repito que a su hijo ese día lo vieron salir caminando. —Señor director —interrumpió Alberto—, es verdad que el niño se fue a su casa ese mismo día, pero a mí sus compañeros me contaron que luego del golpe no se podía parar, que sentía mareos, y que hasta vomitó, acá en el salón. —¿Pero cómo no quiere que vomite? —dijo el director contrariado—. Si le hicieron dar vueltas en el juego, se mareó y le dieron náuseas... —Oiga —dijo Marcelo—, voy a traer a la policía. ¡Ya va a ver! —Señor Reátegui, traiga a quien quiera —dijo el director—. Usted no puede responsabilizar a la institución de algo que escapa a nuestro control y que, probablemente, sea resultado de malos tratos. Me va a disculpar, pero acá los chicos me dicen que usted le da mucho al trago y que le han visto pelearse con su esposa en la calle, frente a su hijo. El profesor es testigo de que su hijo venía de su casa con moretones. —Señor director —dijo sorprendido Alberto—, no creo que este sea el caso... —Mire —respondió el director dirigiéndose a Marcelo y sin reparar en lo que decía Alberto—, si usted mismo no trata bien a su hijo, ¿con qué derecho nos viene a exigir y a culpar por lo que le pasa ahora? Traiga a la policía, haga las denuncias que quiera, pero nosotros podemos dar pruebas de que su hijo tenía ya problemas desde antes y de que el golpe que ha sufrido últimamente solo ha hecho estallar un problema que ya existía. —¡Usted no me va a hablar así! —gritó Marcelo. —Señor, con todo respeto, si usted se pone violento y levanta la voz, me obliga a decirle las cosas sin contemplaciones. —49—


Y agradezca que no soy tan mal pensado como otros, incluso profesores, que tienen pésima opinión de usted... —dijo el director, pero no terminó de hablar porque, en un segundo, Marcelo se abalanzó sobre él, lo tomó de la solapa y lo empujó mientras levantaba la mano para golpearlo—. ¡Oiga, tranquilo! ¡Suélteme! —Señor Reátegui, por favor —dijo Alberto mientras intentaba detenerlo. —¡Sáquelo de acá! —gritó el director—. ¡Llame al vigilante! —¡Encima que no cuidan a mi hijo, me acusan! —gritaba Marcelo como loco mientras Alberto lo sujetaba y los vigilantes entraban a la oficina—. ¡Va a ver que lo voy a meter a la cárcel! —¡Cálmese, señor Reátegui! Yo le entiendo... —dijo Alberto mientras sujetaba a Marcelo—. Oiga, el señor se va a retirar por su cuenta. ¡No tienen que golpearlo! —gritó luego a los vigilantes que se llevaban a Marcelo. —¡Suéltame, carajo! —gritaba Marcelo. —Oiga, deténgase... —dijo Alberto, pero no pudo evitar que Marcelo golpeara al vigilante y lo tirara al piso. —¡Profesor, deje que se ocupen de él! —dijo el director mirando la escena a distancia. —Oiga, no le pueden hacer eso —respondió Alberto en voz baja dirigiéndose al director, mientras sacaban a Marcelo de la dirección. —Profesor —contestó el director—, no podemos darnos el lujo de afrontar una denuncia de este tipo. Pero tampoco podemos dejar que nos acuse así tan fácilmente, primero hay que hacer las investigaciones. —Pero, señor director... —dijo Alberto— Este hombre es pobre... —¿¡Quién va a devolverme a mi hijo!? —gritaba Marcelo desde el patio—. Si se muere mi hijito, va a ver, señor, no se va a salvar, va a ver... —Yo sé que es pobre —dijo en voz baja el director—. Me da pena, pero no creo que se pueda hacer nada, esto ya no tiene arreglo. En verdad, era buen chico. ¿Sabe usted cuál es su estado? —50—


—Hasta ayer estuvo delirando. Hoy está en coma. —¿Y sus compañeros? ¿Han ido a verlo? —Ninguno... —repuso Alberto. —Los chicos que le pegaron, ¿saben lo que le ha pasado? —preguntó el director. —Sí, saben. Pero se ve que no les importa —dijo Alberto con voz desconsolada—. Uno de ellos es ese chico que el mes pasado robó las insignias y las empezó a vender, el que rompió el candado del portón trasero. —Ese, Almeida. Vaya con el padre, profesor, por favor. Trate de calmarlo. Yo voy a ver en la departamental cómo debemos proceder para no perjudicar al colegio. —¿Usted cree que nos podrían cerrar la escuela? —preguntó tímidamente Alberto. —Claro —dijo el director—, a eso nos enfrentaríamos. Por eso, profesor, yo sé que esto es incómodo para usted, pero, por favor, piense en los alumnos que quedan acá, en los profesores, en sus trabajos. Todos tenemos que decir lo mismo, todos tenemos que repetir que el niño se fue de acá sano, que lo vimos irse caminando. —Pero, señor... —respondió Alberto con evidente molestia. —Yo sé, yo sé —dijo el director, bajando los ojos, rehuyendo su mirada—. Es horrible, pero, ¿qué puedo hacer? Ya hablé con el auxiliar y con los profesores que vieron al niño con moretones. Todos van a decir lo mismo cuando empiece la investigación. —Si el niño muere —dijo Alberto—, va a ser terrible. Va a ser encubrimiento... —Pero no creo que vaya a morir —dijo el director, buscando la mirada de Alberto—. ¿O usted cree que sí? * * * —¿Ya estás feliz? —dijo Marta sonriendo, cubriéndose la espalda desnuda con la sábana y apoyándose ligeramente sobre los hombros también desnudos de Iván. —¿Por qué dices eso? —preguntó él. —51—


—Conseguiste lo que querías, ¿no? —se apuró a contestar ella con una sonrisa. —No quería solo esto, mujer —respondió él con un chasquido—. Tan mierda no soy. —¿Qué más querías entonces? —Hablar contigo así, esta intimidad, esta confianza. No quería solo el sexo. Para eso podría haber pagado... Te estimo mucho, Marta. —Yo también a ti, pero ten bien claro que esto no va a volver a pasar. ¿Entiendes? Digamos que es un bonito recuerdo entre amigos. —Ya, entiendo —dijo él. —Ahora, háblame —dijo ella. —¿Sobre qué? —Sobre cualquier cosa. —Pero, ¿qué cosa exactamente? —Sobre lo que sea —respondió ella—. No me importa sobre qué hables, me gusta escucharte. Me gusta tu manera de ver las cosas, las situaciones, la manera en que las interpretas. Creo que eso es lo que me atrajo de ti desde el inicio, tu manera de contar y el tono de tu voz. —Será porque toda tu sensibilidad está enfocada en lo sonoro, en el tono con que se describen las cosas, en cómo suenan más que en cómo se ven. —¿Cómo sabes? —preguntó ella, sorprendida. —Porque se nota en tu manera de atender a la personas y en tu manera de dirigirte. Además, si te fijaras en lo visual, no habrías estado con Vergara. —Ja, ja. ¡Qué malo eres! En realidad, no es tan feo, si lo miras bien. Pero sí, me gustaba cómo hablaba, las cosas que decía. Pero no vamos a hablar sobre otros ahora, ¿no? —No —respondió él. —Cuando hablas siento que me olvido de todo, que mi mente se apaga. El otro día me dijiste que el fútbol es poesía y yo pensé “este idiota, otra vez con su floro monse”. Pero lo fundamentaste tan bien que terminé creyendo que el fútbol puede ser algo —52—


bonito aunque no me interese. Me gustó también tu manera de ver la música, cuando relacionaste el ska y el thrash metal. Yo me preguntaba cómo diablos se pueden relacionar si son tan distintos. Y cuando terminaste de hablar, estaba convencida de que ambos estilos están vinculados de alguna manera. —Creo que no podría hablar así con cualquiera —dijo él, buscando la mirada de Marta—. Creo que es la confianza que me das. —Claro que podrías. Es más, yo te he escuchado hablar así con otras personas. Fue por eso que me acerqué a ti. —Vaya, y luego decías que no querías algo conmigo. —Ya olvida eso, por favor —dijo ella, y se llevó las manos a la cara mientras él la miraba burlonamente. —O sea, sí me escuchaste hablar antes... —Claro, ¿qué creías? Por eso quiero que escribas de una vez, que no te desperdicies. —Escribir... ¿Sabes que un día casi renuncio a seguir escribiendo? —dijo Iván. —¿¡Qué!? —se apuró a preguntar ella. —Sí, casi. Pero no puedo dejarlo. Es como una posesión. —¿Qué pasó? ¿Por qué pensaste dejarlo? —Tenías razón —dijo él—. Creo que nunca escribiré ese cuento. —Ay, Iván... —dijo ella y retiró la cabeza del hombro del muchacho. —Pero creo que escribiré otra cosa —repuso él—. Más bien, escribiré sobre eso mismo, acerca del mal, pero no a partir de la muerte del niño ni centrándome en ella, sino haciendo que esa muerte sea el desencadenante de otras desgracias, de otros males, de un mal que quienes sufren no pueden entender. Quiero describir todo el mal que esa muerte implica, la forma en que ese mal viaja por el mundo, cómo se transforma, cómo llega a nosotros, incluso a veces convertida en algo vulgar y sin sentido. —Entiendo... —dijo ella algo confundida—. Bueno, creo que te entiendo. ¿Cómo sería? —Quisiera hablar no solo del mal como un hecho natural, sino como un sistema que no llegamos a comprender, algo que —53—


ha sido creado por nosotros mismos. Sería un cuento en el que el mal natural se encontrara con ese mal que es producto de nuestras decisiones, que no es casual ni fatal, el mal que podemos identificar si observamos detenidamente el mundo. No quiero hablar solo de la tragedia que produce el mal fortuito, como en el caso de un accidente, sino también crear una situación en la que ambos males se crucen y se enfrenten. —Entiendo... —dijo ella jugando con la sábana entre sus dedos. —Además —continuó Iván—, quiero crear una situación en la que se demuestre cómo las personas pueden actuar mal, o dentro del orden del Mal, sin percatarse, adentrándose casi sin quererlo. Todo el tiempo vemos personas que ejercen el Mal casi a pesar de sí mismas, ¿no crees? Personas que siempre creyeron que nunca lo ejercerían, y que criticaban a los que lo hacían, terminan defendiendo el Mal, sirviéndose de él para lograr fines que consideran “buenos”, y que probablemente lo sean, pero no por eso dejan de hacer daño. —Claro, te entiendo —asintió ella casi mecánicamente. —Además —continuó él—, hay personas que defienden el mal porque se benefician de él directamente y se sienten poderosas. ¿Cómo reaccionan estas personas cuando el mal que ejercen se les opone? ¿Qué sienten cuando son víctimas del mal que infringen? Estoy pensado en describir una situación en la que ambas condiciones se entrelacen. ¿En verdad me entiendes? —Creo que sí —dijo y se apresuró en preguntar—: ¿Y eso cómo lo vas a representar? ¿Cuál es esa situación? —En realidad, lo tengo como idea embrionaria. —Me parece más complicado que tu otro proyecto —dijo ella, un poco desanimada—. También son “grandes palabras”. —Sí, pero no creas que voy a llenar el papel con un discurso. Quiero que todo esto se desprenda de un hecho cotidiano. ¿Me entiendes? Estoy seguro de que todo lo que te digo acerca de la fatalidad y el mal sistemático puede apreciarse a través de una sola escena cotidiana... Lo que me perturba ahora es no saber —54—


aún cuál es esa escena. Y estoy buscándola. Antes creía que podía ser la muerte del niño, pero esa muerte solo habla del mal natural, de una desgracia, no de un mal forjado por los hombres, impuesto como un sistema. —Ay, Iván —repuso ella hundiendo la cara entre las sábanas—. Otra vez complicándote... —Es que si no fuera así, ¿qué sentido tendría escribir? —Iván, ¡el problema es que nunca escribes! —le recriminó ella, pero al instante retomó su tono dulce—. Te gusta más pensar acerca de lo que vas a escribir, te encanta la sensación del concepto, pero no tienes una satisfacción real, no tienes nada concreto. Me desesperas... —Sé que voy a escribirlo, no sé cuándo exactamente. Ayer, por ejemplo, pensé que la escena más adecuada sería un hecho violento, una agresión aparentemente injustificada, tras la cual se escondería esa fatalidad. —¿Y lo empezaste al menos? —preguntó Marta. —No —respondió Iván avergonzado—, pero sí sé cómo se llamaría el cuento. Aunque creo que no sería precisamente un cuento. Sería, como me dijiste hace un tiempo, una semblanza, una escena, solamente. —¿Cómo se va a llamar tu cuento? —se apresuró a preguntar Marta sin escuchar las últimas palabras de Iván. —La forma del Mal. —El Mal... ¿No es una “palabra muy grande”? —preguntó ella. —Seguro que lo es. Pero no me imagino escribiendo acerca de nimiedades. Tengo que ponerme un reto grande. —¡Pero no huyas del reto que te impones! —dijo Marta con vehemencia. —Carajo, si pudiera dejar de trabajar —dijo Iván suspirando—. O si tuviera un trabajo menos agotador. Trabajar en la textilera no es muy inspirador. Aunque de repente me botan, como hace unas semanas botaron a unos trabajadores que tenían más tiempo que yo. Pero tampoco podría dedicarme a escribir solamente. Tendría que buscar algo... —55—


—Pero tienes que arriesgar algo si quieres ser bueno —repuso ella—. Si realmente quieres ser escritor, deja de lado lo que te estorba y haz que escribir sea tu medio de subsistencia... —Ja, ja —rió Iván—. ¿Subsistir como escritor acá? ¿En el Perú? No, mujer, en este país la literatura no te da nada. Hasta puede quitarte muchas cosas. —Siempre tus excusas, Iván —dijo ella—. No, ya no, suelta —dijo retirando la mano de Iván, que empezaba a deslizarse por sus caderas. —¿Por qué no? —preguntó él. —Es que ya va a venir mi mamá. Vístete. ¿Te veo mañana? —No lo sé —dijo él—. Depende de a qué hora salga del trabajo. Si no, ya sería el fin de semana. ¿Te parece? —¿Ahora te quieres escapar de mí? —dijo Marta—¿Por qué no puedes venir mañana? —Porque en la fábrica van a nombrar al nuevo administrador y hay que quedarse hasta el final para que nos lo presenten. Nos avisaron ayer. No sé por qué mierda esperan el último momento para hacer estas cosas.

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Una señal

Al primer intento, el gatillo se atascó.

El prisionero no sintió miedo, más bien lo invadió una indiferencia que parecía, a la luz de la brutalidad del instante, haber estado ahí todo el tiempo, durante toda su vida, subyaciendo callada detrás de toda experiencia, como si aguardara el momento cumbre de surgir. A sus espaldas, se escuchaban los pasos del soldado, su verdugo, trepidantes, dispuestos a terminar la tarea. El frío del acero tocó su nuca por segunda vez y nuevamente el dispositivo falló. El prisionero pensó que la muerte se le acercaba con los vericuetos propios de un augurio. Ese pensamiento, esa imagen de una parca dubitativa y burlona, lo asaltó y lo llevó a creer que no él debía morir, que, en ese segundo en que el mundo conspiró para su salvación, él había conquistado el derecho de sobrevivir. Apenas pasaron unos segundos para que el soldado volviera con otro fusil, presto a acabar la tarea. —Dime, ¿cuál es tu nombre? —preguntó el prisionero gritando como un poseído. El soldado, un joven campesino reclutado a la fuerza por las milicias y que con el tiempo había aprendido, sin darse cuenta, a disfrutar del temor y el sometimiento que ejercía sobre sus enemigos, no respondió de inmediato. Se quedó pensando antes de contestar esa pregunta que le sonó a afrenta. —57—


Dijo su nombre, orgulloso, pero sintiendo que no debía hacerlo. —Estoy salvado, entonces... —dijo el prisionero. El joven soldado se sintió burlado y violentamente lo embargó el feroz deseo de descargar el fusil, pero lo detuvo la curiosidad. Preguntó al prisionero, cautelosamente, como si temiese la respuesta, aterido ante una situación que se le mostraba irreal. —¿Por qué dices eso? —Porque te llamas como mi hijo... —dijo el prisionero con firmeza, casi feliz y orgulloso—. Y mi hijo se llamaba como mi padre. Al soldado le pareció una mala broma, un chiste necio, propio de alguien asaltado repentinamente por la demencia, un ataque de locura que amenazaba con envolverlo a él también. Ya sin temor, casi descaradamente, pero con cautela, el prisionero volteó el rostro hacia su verdugo, buscando sus ojos. Los encontró temblorosos, ansiosos de arrojar su incertidumbre. No lo aceptaría, pero el soldado había estado esperando que el prisionero lo interrogara con la mirada. —¿Cómo te llamas tú? —preguntó el soldado, casi sin creer en sus propias palabras, tomando el fusil ya sin firmeza, sabiendo que la respuesta lo develaría todo. El prisionero, respirando ya con cierta calma, como el aliento de un niño que recién llega a la vida, dijo su nombre. Sonrió al ver en los ojos del joven soldado el espanto y el desconcierto. El soldado se estremeció. —Como mi padre, como mi hijo... —dijo el soldado extrañado y temeroso. —Es señal de algo, ¿no crees? —dijo el prisionero. —No creo... —respondió mecánicamente el soldado—. No tiene sentido... —Tal vez no tenga sentido en sí, pero nosotros podemos dárselo —dijo el prisionero sonriendo tímidamente—. Somos nosotros quienes damos sentido a las cosas que suceden y esto es algo especial... —58—


—¡No! ¡No tiene sentido! Es solo una coincidencia... —gritó el soldado, sintiéndose acorralado por los hechos. —¡Todo tiene sentido! —exclamó el prisionero evidentemente exaltado—. ¡Este momento tiene sentido! Nosotros debemos reconocer las señales que nos entrega el mundo, y esto es señal de algo porque si no... —¡No lo es! ¡No es señal de nada! —dijo el soldado con furia, como despertando violentamente, y descargó el fusil en el rostro del prisionero. Contempló el cuerpo muerto unos segundos antes de arrodillarse junto a él. Trató de contenerse pero algo lo venció y comenzó a llorar, amargamente, sintiendo que había destruido un equilibrio perfecto, como si hubiera dado un paso que lo alejaba para siempre de sí mismo. Sintió, de golpe y con una certidumbre helada, que ese hombre no debía haber muerto, aunque no supiera por qué.

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Compañera de combate

¿Colocas bombas en dependencias policiales, de madrugada, y le temes a mi lengua recorriendo tus pezones? Mira los míos, no son tan lindos como los tuyos. Los míos son oscuros y cobrizos, toscos, gruesos. Los tuyos son tan rosados que me da miedo lastimarte. Perdóname si soy brusca, Laura, yo también estoy nerviosa, pero por la ansiedad, porque no puedo creer que estemos juntas acá, al fin. ¿Te has enfrentado a balazos a una dependencia de policía y te da miedo que te toque ahí? ¿Cómo es posible eso? Déjame, lo haré despacio, lo prometo. Tiemblas... ¿Temblaste así la primera vez que hiciste pintas para el Partido? Recuerdo que te vi marchándote con ellos, los seguí de lejos con la mirada, mientras se alejaban de la universidad, aquella noche. Te veías linda. En tu cara veía tu apasionamiento. Esa fue la primera vez que hiciste pintas, ¿verdad? Yo estaba tan celosa, confundida, porque no sabía si en realidad me había negado a ser parte de la célula por no creer en el Presidente Gonzalo y en la Guerra Popular o por los celos que me daba verte con Sixto. Por eso preferí no seguirte. Si no hubiera estado Sixto aquella noche en que nos invitaron a formar parte del grupo de apoyo, habría ido contigo, me habría esforzado por deslumbrarte como él lo hacía, habría sido más fiera y aguerrida que él o como la camarada Elsa, porque siempre supe que eso era lo que te gustaba, la temeridad, el arrojo, la irracionalidad disfrazada de valentía, esa manera de sublimizar la bestialidad. No me habría importado matar. Laura, ¿sabes si has matado a alguien? ¿No lo sabes? Las bombas que ponía Sixto sí mataron a mucha gente. Yo lo he escuchado hacer alarde de eso, Laura. Y Elsa realizaba ejecuciones, tú me contaste, recuerda. Tiemblas nuevamente... ¿He sido tosca otra vez? ¿Por qué una mujer valiente como tú, dispuesta a matar por sus


ideas, le tiene miedo a mi boca? Sé que no soy guapa, Laura, pero siento que te gusto. ¿Sientes que te he traicionado? No, tú también querías hacerlo... ¿Para qué voy a entrar al Partido ahora? Ya es tarde, mi amor. ¿Qué pasaría si se enteran en el Partido que tú y yo...? Está prohibido, ¿verdad? Oye, ¡a veces me da risa y pena ver a tus compañeros! De las pocas reuniones a las que asistí, reconocí a un par... Sí, el secretario del grupo de apoyo de Comas. Es homosexual, Laura. Y ahí lo ves, a mí no me engaña. ¿Ya ves? Tú también te habías dado cuenta. No te preocupes, Laurita, no le diré a nadie. ¿Quieres que te bese ahí? Anda, déjame hacerlo, te va a gustar... *** Conocí a Laura una semana después de haber empezado clases en la Universidad. La había visto antes, cuando di el examen de ingreso y durante los trámites de matrícula. Además, era integrante del comité de bienvenida de una academia de preparación controlada por el Partido. Yo había ingresado a Arqueología y ella cursaba el primer año de Historia. Durante el evento de bienvenida, dio un discurso, con una voz resonante y una actitud marcial que me sorprendieron, en el que hizo un llamado a participar de las actividades extracurriculares. Los demás estudiantes que habían ingresado conmigo tenían reparos, incluso miedo. Yo fui de las pocas personas que se quedaron hasta el final. Su cabello negro crespo y sus ojos rasgados, adormilados, me parecían dibujados exquisitamente. La miraba desde lejos, desde la rampa de la Facultad de Sociales, mientras avanzaba por la explanada rumbo a los cafetines. Contemplar el contoneo inocente y provocativo de sus caderas, su cintura marcada y sus hombros erguidos me sumergía en una paz indescriptible. Me encandilaba su delicadeza, aunque recuerdo que me incomodaba un poco que se le viera exageradamente femenina, casi como un maniquí. Ya en ese entonces supe que esperaría pacientemente que llegara a mí. Su llegada fue, sin embargo, algo extraña para ambas: fue el día en que se cumplió un año de la masacre en las cárceles y el Partido realizaba un homenaje a los caídos. Apenas habían pasado unos meses desde mi ingreso a la universidad. —62—


Los del Partido me producían desconfianza, pero no les tenía miedo, porque al verlos tan tranquilos y amables, no podía creer que esas personas fueran las mismas de las que los diarios hablaban en términos tan terribles. Me acerqué al homenaje porque me interesaron las danzas, no tanto pensando en Laura. Bailaban una danza de la tierra de mi madre, sonaba una melodía que yo recordaba de mi infancia. Los espectadores, militantes y curiosos, formaban un círculo mientras los organizadores lanzaban vivas a los mártires, a la Guerra Popular y prometían vengar la sangre derramada. Desde fuera del círculo pude ver a los danzantes y me sorprendí al reconocer a Laura entre ellos. Bailaba el huaylash con garbo, como si sospechara que su belleza y temple daban más vida a la danza. Me quedé sólo para verla bailar, para ver su risa y sus gestos. Ese día también conocí a Sixto y a Daniel, que se acercaron a mí para conversar. Los escuché, hablamos sobre la universidad y las autoridades, los cursos y los representantes estudiantiles. Sabía que Laura me miraría mientras ellos hablaban conmigo, así que seguí escuchando, hasta que terminó la danza, y luego otra danza, y seguí conversando, escuchando sobre la lucha, los cambios necesarios en la sociedad y que la única manera, compañera, de enfrentar este sistema genocida es formar una vanguardia, y luego vino un cantante de trova con su guitarra y poetas; luego sirvieron algo de comida, humitas con chicha morada, y, finalmente, cuando el sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de un rojo claro, Laura vino hacia donde estábamos conversando Daniel y yo. Hice una pregunta bastante agresiva, acerca del narcotráfico y su relación con el Partido, y fue ella quien me contestó, mirándome directamente a los ojos, como si su mirada diera inicio a todo. Mi espera había terminado. * * * —Primero, el poder —contestó Sixto, con firmeza—. Sin él no podemos hacer nada. Esa fue su respuesta cuando le pregunté qué estaba haciendo el Partido para mejorar la vida de aquellos por los que decía luchar. —63—


En esos días, el Partido había ajusticiado a diez comuneros, gente muy humilde, miembros del comité de aguas de una región y yo no podía entenderlo. Mis reuniones con miembros del Partido eran cordiales, pero, como ellos mismos decían, yo no estaba definida aún, tenía demasiados cuestionamientos. Laura era la más paciente conmigo, la que trataba de darme a entender las razones del Presidente de manera más serena, no como lo hacía Sixto. ¿Te gusta Inti Illimani, Elena?, me preguntaba Laura. Yo le respondía que sí, me gusta el folclore latinoamericano, pero más me gusta el de acá, mi familia es del centro, de Junín. Le decía entonces que me había encantado verla bailar huaylash aquella vez. Me contó que tocaba la quena, que había aprendido al entrar a la universidad. Era mayor que yo por casi un año y había ingresado a los diecisiete. Me contó de su colegio de pitucos, un colegio que ahora odiaba, de los amigos de su barrio de los que se distanció cuando ingresó a la universidad porque nunca se sintió bien con ellos. Era extraña y muy locuaz para ser militante. Aunque muchos en el Partido solían ser personas encantadoras, yo los consideraba reservados y serios. Pero en ella podía ver esa ansiedad que la traicionaba, algo que la hacía acercarse demasiado. Por ese entonces, yo me sentía nerviosa de delatarme y dejar en evidencia que me sentía atraída hacia ella. Y ella, sin embargo, se esforzaba por caerme bien, por “captarme”, porque le habían dicho que yo era una persona muy analítica y crítica, un buen prospecto de militante. —Es que tienes que verlo dentro de la lógica del Partido —dijo Sixto—, si lo ves con la lógica del sistema, pareciera que el Partido es asesino e irracional. Pero todo tiene su razón de ser en el proceso histórico. —¿Cuál es su razón de ser? —pregunté. —Esos comuneros tenían una mentalidad que apuntaba a desarrollar el capitalismo. Querían comerciar pasando por encima de la autoridad del Partido. Eso no se puede permitir, por el bien del pueblo. No podemos permitir que el capitalismo se desarrolle en medio de gente que debería apoyar a la Revolución. —64—


¿Por qué eres tan callada, Elena?, me preguntaba Laura. ¿No te aburres de escucharme hablar? Yo le decía que me gustaba escucharla, que con eso me bastaba, y que creía no tener nada importante que decir. Me dijo que todos teníamos algo importante que decir, que debíamos levantar la voz, sobre todo las mujeres de este país, Elena, tienen mucho que decir y hacer. Esa fue la primera vez que me habló de la vitalidad que le insuflaba su militancia, de lo valientes que eran las compañeras, de sus altos y decisivos cargos dentro de la organización. Habló de la pobreza y solidaridad de sus compañeras, las vicisitudes que habían superado algunas de ellas. Hacía un hincapié notable en la pobreza y sufrimiento que muchas de ellas habían atravesado. En sus palabras, percibí que Laura habría querido ser un poco como esas pobres mujeres, haber sufrido algo en la vida, haber tenido la oportunidad de encallecer su espíritu y no sentirse una doncella débil que, en el fondo, se odiaba a sí misma por haber crecido en medio de privilegios. Y sin embargo, yo habría querido ser un poco como ella: ser lo suficientemente valiente para decir mi verdad, decirle en ese momento que la deseaba, decírselo abiertamente, andar de la mano con la chica que yo quería. Pero ella no podía dejar de hablar: son las mujeres las que hacen las tareas más difíciles, las que llevan las armas en las células, las que dirigen, las más fieras y temidas. ¿Tú quieres ser así, Laura? La miré calladamente y percibí las primeras fisuras en su expresión, que ya desde ese momento se revelarían como una máscara. Sí, así quiero ser, porfiaba ella. Como la Camarada Elsa... ¿La del Centro Federado de Educación? Sí, como ella. ¿La que mató a un dirigente aprista? Sí, ella, ¿acaso te parece mal que haya matado a un aprista? Esos imbéciles merecen morir... ¿Tú matarías a alguien desarmado y con las manos atadas de un disparo en la cabeza, Laura? Sí, respondió con una ligera sonrisa, un gesto vano que me tradujo una porción de su alma: Laura necesitaba demostrar algo, a los demás y a sí misma, dejar constancia de que ella era lo que decía ser. Necesitaba exhibir que era una guerrera que no se dejaría pisar por nadie, no una niña bonita que los compañeros despreciarían, la pituquita delicada sin heridas en las manos. —65—


—Pero Marx dice que el capitalismo es parte del proceso histórico —respondí a Sixto, que colocaba el periódico mural del Partido en la rampa de la Facultad—. ¿Acaso no es solo una fase de la historia? ¿No es la fase en donde se darán las contradicciones que crearán la conciencia de clase? —El Pensamiento Gonzalo ha superado ese planteamiento historicista —respondió mecánicamente Sixto, mirando caer la tarde en el patio de la Facultad—. El Presidente Gonzalo quiere destruir los cimientos del viejo mundo conforme avanza la Revolución, no después, Revolución Cultural y Guerra Popular al mismo tiempo. Quiere dar el salto... —Pero, ¿acaso esa gente no ha salido recién del feudalismo? ¿No es el curso lógico de la historia? —No necesariamente. La única manera de que el Pueblo entre en la historia es a través del Partido. Y si el Partido decide dar el salto, el salto se da. —Pero... —Elena —me interrumpía Sixto—, estas discusiones ya fueron superadas por el Partido. Ya no hay nada que discutir. Solo queda actuar. ¿Hace mucho que militas? Esa fue la única pregunta personal que le hice a Laura directamente en relación al Partido, meses más tarde, cuando ya éramos amigas íntimas y tenía yo la confianza del grupo de estudios. Respondió que apenas entró a la universidad le llamó la atención la valentía de los camaradas. Parecía que hablaba sobre seres de otro mundo. Ella, que había venido de un mundo tan sobreprotegido y refinado, un colegio particular de monjas y un barrio acomodado, se había visto deslumbrada: conquistaron sus emociones, de manera que, posteriormente, sus argumentaciones y razonamientos solo servirían para justificar ese impulso por el que ella se sentía impelida. Era lo que necesitaba en la vida: una gran aventura noble que la hiciera sentir fuerte y justa. Me contó que sus operaciones se habían limitado a hacer pintas y volanteo, que, alguna vez, para escapar de alguna patrulla, había lanzado un cartucho, y que había ayudado a volar torres de alta tensión en la entrada de Lima. —66—


Habló luego de Sixto, de su fortaleza y las veces que había estado preso, sus heridas y las peligrosas misiones a las que había sobrevivido. Hablaba como si describiera a un héroe enfundado en mito, una leyenda glamorosa de la revolución, como si sus actos de fuerza bastasen para eximirlo de un juicio de valor: Sixto era noble y bueno porque luchaba por el pueblo, eso le daba derecho a portar un arma, a disparar al aire en las marchas universitarias, a acusar a sus adversarios de revisionistas o reformistas, de perros burgueses, porque él había estado encerrado y había matado a agentes de la reacción. Sé que no te cae, pero él te respeta, aunque dice que eres muy reticente y no dejas que las ideas te guíen, te cierras en lo que el sistema dice, dudas demasiado, tus temores son los que el sistema ha sembrado en ti. Daniel tiene una mejor opinión de ti. Y empezaba a hablarme de lo bueno que era Daniel, es valiente, inspira confianza, ha sido muy pobre, creo que le gustas. ¿No te gusta Daniel? No, me cae bien, pero no me gusta, le respondí. Luego me explicó que ella aún no pertenecía al Partido, pues todavía no había entregado su carta de sujeción al Presidente Gonzalo, se la voy a dar a Sixto luego de la operación que vamos a realizar, es como una prueba, si todo sale bien, entregaré mi reporte junto con mi carta de sujeción. ¿Qué operación? No debería decírtelo, dijo puerilmente... No le pregunté nada, solo la miré sonreír al vacío, como una niña traviesa que tiene un secreto que se muere por contar. En el fondo, yo no quería saber de qué se trataba la operación, aunque imaginé que implicaría pintas o algún derribo de torres. Luego noté que, conforme pasaba el tiempo, entre conversaciones sobre nuestras familias, la universidad y amores perdidos, su ansiedad iba en aumento. Fue ella quien volvió a tocar el tema. No le vas a contar a nadie, ¿verdad? No esperó a que yo le respondiera. Me miró, pude ver su deseo de liberar al personaje que había forjado en base a sí misma, protagonista de su gran drama. Un impulso incontrolable, mezcla de miedo y deseo de protección, me hizo tomar sus manos. Contra lo que yo esperaba, ella las recibió bien y entrelazó sus dedos con los míos, mirándome con sus profundos ojos, como si fuera —67—


a compartir algo sagrado. Se me cortó la respiración: fue un momento hermoso. Vamos a hacer algo grande, dijo con voz falsamente susurrada. Trató de darle dramatismo a sus palabras y me abrazó, suspirando tristemente, mientras miraba por sobre mi hombro. Luego buscó mis ojos, quizás esperando que yo le expresara mi admiración. Lo único que pude sentir en ese momento fueron deseos de besarla locamente. —Pero, ¿por qué tengo que verlo desde la lógica del Partido? ¿De dónde sacan que su lógica es la que más se ajusta a la realidad? —pregunté. Entonces Sixto se contrarió, miró para otro lado, dijo que yo no había leído lo suficiente y que no había entendido, que si consideraba que esos comuneros muertos eran el Pueblo, estaba equivocada. —El Pueblo es el que lucha, Elena —dijo él—. Ellos no quisieron luchar... —Pero, si siguen así, van a perder el apoyo de la población, y sin eso, van a perder la guerra... —No, Elena, vamos a ganar, estamos ganando. Ya verás, en unos días. Vas a ver lo cerca que está el Partido de tomar el poder. Primero, el Poder; luego haremos todo. El lunes verás cómo está avanzando el Partido. El lunes será un día histórico, vas a ver... Supe que Sixto se refería a la misma operación de la que habló Laura y tuve miedo. * * * —Esto es una enfermedad... —decía Laura, cubriendo su cuerpo desnudo con mi frazada, recobrando el aliento, estirando sus muslos rígidos sobre mi cama, como una gata desperezándose. —¿Por qué dices eso? —pregunté. —El Partido dice que la homosexualidad es una enfermedad, porque la sociedad capitalista, en algún momento de la formación de la persona, desvía la conducta sexual. El libertinaje y los —68—


medios de comunicación, la cultura y el arte decadentes conducen a esto... —Yo nunca he sentido que sea una desviación. Desde que tengo memoria, me gustan las chicas, nunca me ha gustado un chico —dije con la única convicción que me era dada. —Es una enfermedad porque trae problemas sociales. La calidad de vida de los homosexuales es siempre baja, son marginales, tienen problemas de autoestima, drogas y alcohol, conviven con la delincuencia y el lumpen... —¿Entonces para ti soy lumpen? —No, no. Pero creo que puedes curarte si quieres. La reeducación... —¡Yo no quiero curarme! ¿Por qué habría de curarme de algo que me hace feliz? ¡Esto no puede ser una enfermedad si luego de estar contigo tengo tantas ganas de vivir! No respondió de inmediato, solo miró la pared vacía y descascarada al lado de mi cama, la mesa de noche de madera antigua, y volvió a sumergirse en sus pensamientos, con ese gesto impenetrable que me daba deseos de sondear su alma, adueñarme de su pasado y sus cavilaciones. —Yo solo quiero morirme, Elena... —dijo casi susurrando—. Quiero morirme... —Dices eso ahora, porque estás viva. Si hubieras ido al operativo... —¡No fui porque soy una cobarde! ¡Porque soy una traidora! ¡Debería estar muerta! ¡Debí morir con Elsa! ¡O al menos ir a la cárcel como Sixto! —¡No grites! Alguien puede oírte... Llevaba ya una semana escondida en mi casa. Había decidido no participar en el operativo. Debo confesar que, durante aquellos días, apenas deduje que ella participaría en el operativo que preparaba Sixto, había procurado estar cerca de ella todo el tiempo, tal vez como despidiéndome, porque temía lo peor y sabía que quizás no la volvería a ver. Y creo que eso, mi presencia y mi confianza, algo en mí, hicieron que se echara —69—


para atrás. Eso quiero creer, a eso me he aferrado todos estos años: fueron los días en que la seduje y por primera vez probé su boca. El atentado fue contra la Prefectura de Lima y, aquella noche, minutos antes de la dos de la madrugada, Sixto, Elsa, Daniel y otros cuatro jóvenes llenaron un camión con ciento cincuenta kilos de ANFO y lo hicieron avanzar hasta una cuadra antes de llegar a su objetivo. Luego, cuando trataron de encenderlo y colocar el acelerador de manera que el camión avanzara solo, algo falló: apareció una pareja de ancianos comerciantes que se asustó al verlos. Elsa les apuntó con su revólver y les dijo que se callaran, pero la anciana ya había gritado. Los gritos despertaron a unos vecinos de las quintas antiguas de la zona, que pensaron que se trataba de ladrones. Eso alertó a los policías que resguardaban la Prefectura y que empezaron a acercarse. “¡Bomba! ¡Bomba!”, gritó la gente del barrio cuando vieron a los jóvenes con armas. Uno de los chicos de la célula logró encender el camión y hacerlo avanzar, pero ya los tombos se acercaban disparando. Elsa fue abatida antes de que el camión explotara, luego de largos tensos minutos, en los que se libró una balacera donde murieron los dos ancianos y tres policías. Sixto y Daniel se salvaron de morir, fueron heridos y capturados. El camión no llegó hasta la Prefectura, se desvió a medio camino y dio contra un restaurante. La explosión destrozó todos los vidrios del barrio y dejó heridos a los miembros de una familia que vivía junto al local. En esos precisos instantes, casi a la medianoche, Laura y yo nos besábamos y acariciábamos, hacíamos el amor por primera vez en el sofá de mi sala, tratando de no despertar a mis padres. Desde esa noche, se quedó a dormir en mi habitación. —¿Cómo puede ser esto una enfermedad si es lo único que me da ganas de estar viva? —Quiero morir, Elena, quiero morirme... * * * —70—


Durante los días en que Laura permaneció en mi casa, hubo cinco atentados grandes, en centros comerciales, comisarías y agencias del gobierno. Hubo también ajusticiamientos en pueblos de la sierra, llevados a cabo por el Partido. El Ejército había diezmado a tres células subversivas en enfrentamientos en pueblos jóvenes y barriadas, o al menos eso decían los medios oficiales, aunque los medios críticos al gobierno decían que se trataba de gente inocente. Se descubrió fosas comunes, que incluían cadáveres de niños de tres años, ancianos con marcas de disparos en la nuca y munición del Ejército del Perú. Militares habían ingresado a las universidades y ejecutado sumariamente a estudiantes simpatizantes del Partido y miembros destacados. El Diario del Partido informaba que la venganza del pueblo sería tajante e inmisericorde. Hubo apagones casi todos los días, algunos que duraban un día entero, torres de alta tensión derrumbadas y coches bomba en vías públicas, una de las cuales mató a un niño vendedor de caramelos que trabajaba hasta la medianoche en la puerta de un cine. Durante esos días, hubo también un debelamiento en una cárcel de Lima: murieron más de doscientos presos, algunos que esperaban sentencia y otros que esperaban incluso el inicio de sus juicios respectivos. Los precios de los alimentos subían todos los días, los niños de asentamientos humanos comían arroz con alimento para pollos y nuestro dinero valía cada vez menos. En la sierra, caían lluvias torrenciales que provocaban huaycos y pérdidas de cosechas. Pueblos enteros llegaban a las afueras de Lima, desplazados por la guerra. Durante aquellos días en los que mi país se desangraba como un niño al que han arrancado cruelmente de su matriz, Laura estaba a mi lado, en mi habitación. Fueron los días más felices de toda mi vida. * * * ¿Qué es lo que no entiendes del materialismo, Elena? Ya sé, seguro crees que ser materialista implica no creer en el espíritu. O quizás crees que ser materialista significa sentir apego por las cosas materiales, por el dinero, por —71—


el lujo. Ja ja ja, muchos creen eso... ¡Pues estás equivocada! El materialismo es una filosofía. Quiere decir que la materia es la base de la realidad objetiva y que el espíritu −sí, el materialismo no niega el espíritu, mujer− está sujeto a las condiciones materiales del individuo. El materialismo dice que la vida material nos hace lo que somos, que no hay una predeterminación, que no fuimos definidos inevitablemente por un espíritu, ¿entiendes? ¡El materialismo nos librera de esa condena! Nuestra conciencia no proviene de un alma que nos dio un dios, sino de nuestra vida, de lo que nos rodea. El materialismo busca hacernos conscientes de nuestro entorno para así desarrollar nuestro espíritu, para transformar el mundo... Por eso, la espiritualidad es la máxima expresión de la materia. * * * Nunca he sentido en mi vida un final tan innegable y aplastante como el día en que llegué a casa y mi madre me dijo que Laura se había marchado. Durante los días en que Laura permaneció en mi casa, le dijimos a mi madre que ella venía de provincia, de Ica. Me embelesaba escuchando a mi Laura contándole a mi madre sobre “su vida” en Ica, una ficción rica y extensa, llena de matices, que me fascinaba y me mostraba a Laura como lo que realmente era: una fabulera desatada, una mujer que “escribía” su vida. Inventaba detalles fantásticos, combinaba hechos reales que yo conocía con otros que solo ella había vivido o inventado. Y marchándose así, sin avisarme, había escrito un pasaje magistral de la gran obra de su vida. También había escrito una nota de despedida. Elena: perdóname por esto, pero no puedo hacer otra cosa. No puedo seguir evadiéndome. Tengo que dar la cara, creo que es la única manera en que estarías orgullosa de mí. Tengo una deuda con esas personas que esperaban tanto de mi parte, aunque no lo entiendas y no compartas sus ideas. No me preguntes cómo, pero me he enterado de que Sixto está enfermo en la cárcel. Me he sentido miserable, he llorado a tus espaldas, para no —72—


incomodarte, y he deseado la muerte más que nunca. Esta noche iré a la universidad, ahí me esperan unos compañeros para partir a la sierra. El Partido necesita apoyo en las zonas de conflicto. Esta vez, no voy a defraudarlos. Siento que me has querido de una manera enfermiza y que por eso no voy a poder olvidar este tiempo que hemos pasado juntas. Has hecho que me odie por ser como soy, tan débil, por ceder a tus placeres y por disfrutar de ellos, porque cuanto más placenteros eran, más odio sentía hacia mí misma. Así deben ser las drogas, el alcoholismo o la locura, las enfermedades de la mente. Pero, de alguna manera, siento que no me separo de ti, que lo nuestro, a pesar de ser un impulso negativo, me ha permitido reafirmar este camino que hoy retomo. Es la única manera de salvar la poca vida que me queda y que tú has corrompido. Laura. PD: Sé que quizás no estés dispuesta, pero me gustaría que llevaras el sobre más pequeño a Sixto. Los compañeros no pueden acercarse al penal tan fácilmente, y los que podrían, parten conmigo mañana a la sierra. No temas, es una carta personal, no tiene nada que ver con el Partido. Me sequé los borbotones de lágrimas que me impedían seguir leyendo con claridad. Fue el llanto más descarnado que he tenido, un llanto sin vergüenza, que mi madre, al verme, no pudo entender. Durante horas, no pensé en nada más. El olor de su ropa y su cabello en mi cama, ese aroma fresco que me despertaba al amanecer, delataba una presencia fantasmal, la convertía en un espectro que me atormentaba. No fui a la universidad en tres días. Mi madre pensó que Laura y yo nos habíamos estado drogando o que habíamos peleado por un chico. Pobrecita mi mamá, la recuerdo consolándome, hijita, si se han peleado por un chico, solo tienes que alejarte un poco, tener otras vivencias... Solo luego de cinco días reparé en la carta para Sixto. Pensé en la manera en que ella se había enterado de su enfermedad. Obviamente, había usado el teléfono. Aunque habíamos —73—


acordado que no llamaría a nadie del Partido desde mi casa, el hecho estaba ya consumado y, en cualquier momento, tarde o temprano, llegarían los tombos a mi casa. No la odié por eso, más bien, fue eso lo que me quitó el miedo a visitar a Sixto: todo estaba tan jodido que ya nada importaba. Y lo peor fue que ese dramatismo involuntario, que a veces nos mueve y que brota cuando el ego necesita respirar por la herida, me hizo imprimirle una carga emocional a esa visita, imaginarla como un ritual de despedida. La noche anterior a mi visita a Sixto, coloqué en un cajón de mi ropero la poca ropa que Laura había dejado, y durante mucho tiempo, aún sabiendo que ella no volvería, lo seguí considerando su cajón. * * * Elena, tu materia cambia con el tiempo, ¿cierto? Tus células se renuevan y, cada siete años, según los científicos, cambias completamente de células. Pero conservas tus recuerdos, tu personalidad, todo lo que es producto de tu paso por el mundo material... Infinitos procesos biológicos, químicos y físicos que dan forma a tu individualidad. Todo ello crea tu conciencia. No, no eres solo un cúmulo de materia inorgánica, eres parte del mundo, ¿no lo entiendes? ¡Eso es lo que te quiero explicar! Eres un ser social, formas parte de la evolución de la especie, algo que está por encima de nosotros. Tu vida tiene sentido porque formas parte de un medio social. Por eso, la revolución es una gran comunión, es estar en paz con todo, saber cuál es el camino. Es estar en paz con uno mismo. ¿Tú estás en paz contigo misma? * * * —Ella estará bien, ya verás —dijo Sixto con calma, sentado en el patio principal de su pabellón, sosteniendo la carta de Laura en las manos. Yo lo miraba nerviosa, sintiendo tontamente que él se daría cuenta, en cualquier momento, de lo mío con Laura—. No te imaginas la vitalidad que se tiene cuando se lucha por algo tan importante —continuó. —74—


Dijo que Laura pasaría por un comité de disciplina del Partido, que las medidas no serían tan drásticas gracias al informe que él había dado acerca del operativo frustrado: la había protegido diciendo que Laura no se había presentado a la cita porque descubrió que la vigilaban dos agentes de seguridad del Estado y prefirió no ir a la cita antes que guiar a éstos hacia la célula. Hablamos de tonterías, fingimos ser grandes amigos, porque se suponía que era una amiga de su barrio, amiga de su prima. Finalmente, en medio de la conversación falsamente fútil, me preguntó si podía darme una carta para Laura. Me cogió por sorpresa porque no lo esperaba. —Pero yo no sé dónde está ella —dije balbuceando. —Pero yo sí —respondió. Dijo que la dirección era segura y preguntó si yo podía enviar la carta a mi nombre. Asumí que era una oportunidad de conservar el vínculo con Laura, un vínculo sigiloso y doliente, pero un vínculo al fin. Bastó eso para que aceptara su propuesta. * * * Recibir las cartas de Laura era lo único que me mantenía en pie durante los meses en que duró ese intercambio. No me lo había planteado abiertamente, pero luego me di cuenta de que, en el fondo, encerraba la esperanza de que un día los tombos cayeran por mi casa y, siguiendo la ruta de las cartas, ubicaran a Laura y la trajeran hasta mí. Fantaseaba con que nos detuvieran y nos llevaran a la misma dependencia, para así poder decirle que yo estaba sufriendo un terrible dolor por ella, por guardarle fidelidad. Estupideces que se me venían a la mente, como si mi ego muerto aflorara desde del fondo del mar, ahogado por la autocompasión. Fueron poco más de seis meses de visitas continuas al penal, cada quince días, llevando las cartas que Laura enviaba desde la sierra. Obviamente, me las ingenié para abrirlas, leerlas y cerrarlas sin que Sixto se diera cuenta, aunque, en mi obsesión, pensaba que ella sabía que yo las abriría. Cada vez que abría —75—


una de las cartas, esperaba, temblorosa, encontrar una línea que dijera mi nombre. En medio de descripciones de la situación del poblado donde se encontraba, por momentos, Laura hablaba de mí como una compañera indecisa, como alguien que aún no se había definido pero en quien se podía confiar, una mujer con una gran vida interior y muy valiente, con una manera particular de ver la revolución y el cambio social a partir de la vida personal. Yo buscaba cualquier mención a mi persona como quien busca agua en el desierto, y encontrar mi nombre o una alusión a un momento o situación conocida me producía una sensación de plenitud. Cuando eso sucedía, releía el pasaje tantas veces que llegaba a aprendérmelo. Era extraño leerla hablando acerca de mí en tercera persona, como si ella y Sixto estuvieran frente a mí ignorándome. Reconozco que había un placer masoquista en ello, un morbo que me empujaba a hundirme más en mi miseria. Sus cartas eran fracciones de ella que yo iba armando poco a poco: hablaba de sus padres, de su primer novio, le contaba a Sixto que un compañero que compartía con ella el dormitorio se había enamorado de ella, describía la habitación donde había dormido una noche, en la época en que Sixto se escondía y no aparecía por la universidad; relataba momentos, sensaciones, ambientes, olores, y yo la sentía cada vez más dentro de mi mente y mis sueños. Aún así, no dejaba de ser una sombra huidiza e inasible, un ser que se me escapaba. Aprendí a conocerla leyendo lo que ella le escribía a otra persona y eso la hizo transparente para mí. La conocí tanto a través de sus cartas como durante la época en que dormimos juntas, cuando yo llegaba de la universidad a mi habitación, y la encontraba ansiosa y meditabunda, mostrándose esquiva y culposa por lo que hacíamos. A los seis meses de iniciado el intercambio, recibí una carta suya que traía un documento fotocopiado dentro: era su carta de sujeción al Presidente Gonzalo. Fue la única carta que leí con temor. En la carta de sujeción, un formulario fotocopiado con espacios en blanco que el aspirante a miembro del Partido debía llenar, Laura daba sus datos reales, dirección y procedencia, y —76—


decía entregar su voluntad y su vida al Partido, en nombre de Marx, Lenin, Mao y el Presidente Gonzalo, como si estuvieran presentes al momento de firmar el papel. En la carta dirigida a Sixto, Laura le anunciaba que enviaba su carta de sujeción, así que yo no tenía opción: tenía que entregar la maldita carta, no podía esconderla, que fue lo primero que vino a mi mente. Pero, además, y esto era mucho más terrible, Laura le confesaba a Sixto que había tenido una relación amorosa conmigo. Lo hacía con vergüenza y asco, como pidiéndole perdón. Supe entonces que durante el intercambio, a pesar de que ella sabía que yo era su medio de comunicación, ella nunca me había tenido presente. Esa noche, antes de acostarme, escondí la carta de sujeción entre mi ropa. Dormí intranquila, despertándome a cada momento, devanándome los sesos, pensando en la manera de que la carta no llegara Sixto y, sin embargo, no perder el contacto con Laura, seguir teniendo noticias suyas, saber de ella, saciar mi obsesión. Era como que estuvieran a punto de quitarme mi juguete favorito, el único que le daba color a mi vida. No necesité idear nada, las cosas se solucionaron solas: a la noche siguiente llegaron los tombos a mi casa, a las tres de la madrugada. Pude escuchar a tiempo que tocaban la puerta y que cercaban la casa. No me importó esconder la ropa de Laura ni la carta para Sixto, lo único en lo que pensé fue en romper la carta de sujeción y desaparecerla. Los tombos me encontraron cuando ya me la había tragado. La voz de mi madre llorando, asustada, los gritos indignados de mi papá, la voz estentórea y autoritaria de los oficiales y sus pasos pesados avanzando hacia mi habitación, nada fue tan terrible en realidad. Ni las esposas, ni los golpes, ni las vejaciones que pasé aquellas tres semanas en la DINCOTE y en la carceleta del Palacio de Justicia, junto a otros detenidos, culpables e inocentes; ni los manoseos, ni escuchar cómo los policías violaban a una chica en la habitación contigua a la nuestra, o ver que torturaban a un joven hundiendo su cabeza en agua con detergente, ni los gritos de todas la noches. Nada me dolió. —77—


Era como estar muerta, en un purgatorio, a la espera de mi salvación o condena; es decir, esperando que ella apareciera o no verla nunca más. * * * Sixto salió de prisión luego de tres años, casi el mismo tiempo en que yo dejé de estudiar luego de mi detención. Me sorprendió que saliera tan rápido: al comienzo, no pude entender cómo era posible. Tras solucionar algunos problemas administrativos y legales, volví a la universidad y, al poco tiempo, me comentaron que lo habían visto por el campus. Sentí deseos de verlo para preguntarle por Laura, aunque supe que sería difícil, porque, durante la época en que habíamos estado recluidos, habían capturado al Presidente Gonzalo y sus huestes se habían debilitado demasiado y andaban mucho más cautelosas. (Recuerdo la desmoralización general que cayó sobre los militantes: simplemente no podían creer que el mito estuviera detenido. Verlo ridiculizado en la televisión, en una jaula y con traje a rayas, fue un golpe psicológico magistral. Muchos empezaron a dudar de la victoria en la guerra). Además, la universidad había sido intervenida por el ejército, habían borrado todas las pintas alusivas a la guerra popular y cerrado centros de estudiantes donde podían reunirse los compañeros. Se respiraba tensión en el ambiente, la sensación de que de un momento a otro, un militar se abalanzaría sobre uno. Por esos días, el Partido se atrevió a lanzar volantes en donde denunciaban las acciones del ejército contra sus huestes. Hablaban de decapitaciones y torturas, degollaciones, violaciones, intervenciones a organizaciones populares. Leyendo un periódico mural de las nuevas autoridades universitarias, supe que algunos militantes del Partido habían caído en acciones, es decir, estaban retomando la lucha armada. Lo anunciaban de manera alarmante, como si la guerra ya hubiera acabado y fuese impensable que el Partido pudiese retornar. Mientras leía el mural, se acercó a mí un sujeto de aproximadamente mi edad. Empezó a comentar las —78—


noticias del periódico mural. Traté de no hablar mucho, porque podía ser del Partido o un militar. Entonces dijo mi nombre. Tuve miedo. —Tú fuiste amiga de Laura, ¿cierto? —preguntó. Que dijera mi nombre no me produjo tanto estremecimiento como que mencionara a Laura. Fue como si la cresta de una ola me arrastrara de golpe a una época ya vivida. Resultó ser Daniel, el chico sobreviviente del atentado a la Prefectura, el que había caído con Sixto. Me miraba con ojos tontos mientras hablaba. Recordé que Laura alguna vez mencionó que yo le gustaba y yo, sin embargo, recordaba pocas cosas de él. Le hablé balbuceante mientras nos alejábamos de la facultad, llena de nervios, sentía que las piernas me flaqueaban y que caería al piso de un momento a otro. Me contó que a raíz de mi detención por las cartas, los tombos castigaron a Sixto y ubicaron a Laura y a otros compañeros en el monte. El peor castigo para Sixto fue liberarlo, pero solamente para perseguirlo y ver a dónde los conducía. Como era imposible que controlara su impulso violento, Sixto rearmó una célula y planeó un secuestro. No pude creerlo cuando me contó el destino de Sixto: algunos empresarios de Ica habían formado comandos privados, pequeños ejércitos formados por ex policías y militares que actuaban como protección particular, pero que también tenían iniciativa y planes de atacar a su enemigo. El plan de Sixto, el secuestro, se frustró por un delator —era la época en que el Estado ofrecía dinero por denunciar a miembros del Partido o inocentes sin ninguna prueba. Sixto fue capturado y trasladado al fundo de este empresario, un espacio destinado a prácticas militares. Lo torturaron durante días, hasta matarlo. Los compañeros encontraron su cabeza, expresamente abandonada en el lugar por el comando privado y con previo aviso, cerca de un local del Partido en un pueblo joven de Comas. Le habían arrancado los ojos y tenía la carne podrida. Su cuerpo apareció dos semanas más tarde, completamente lacerado y atado de pies y manos, en una bolsa de basura, al otro extremo de la ciudad, en Villa El Salvador. —79—


Lo que me contó de Laura fue como caer en un abismo. La capturaron y la violaron en el mismo pueblo donde la detuvieron. No la mataron porque prefirieron dejarla así, arrastrando la humillación. Estuvo un año en la cárcel, pero sus padres, gente adinerada y con influencias, pagaron para salvarla y hacerla salir de prisión con el nombre de una joven provinciana inocente. Con ese nombre, la enviaron a Europa, a casa de unos tíos en Suecia. Trató de estudiar algo, pero lo dejó al poco tiempo para casarse con un peruano que conoció en una discoteca, un tipo violento que luego desarrollaría problemas de alcohol, pero que aparentemente la entendía. En verdad, era un marginal en el que ella veía un medio para castigarse. Al poco tiempo, empezaron las golpizas y escándalos en el barrio donde vivían. Por esa época, durante los primeros meses, Laura se embarazó, y a los pocos meses de dar a luz, luego de romper con su familia en Suecia y perder contacto con sus padres en Lima, empezó a prostituirse para mantener a su hijo y a su marido, que cada vez estaba más alcohólico y violento. A pesar de que el sujeto vivía del Estado, pues tenía la nacionalidad sueca a raíz de un matrimonio anterior, le exigía dinero y la chantajeaba para no acusarla en la embajada por su pasado como senderista, que ella, en su desesperación y culpa, le había confiado. Se me escaparon muchas lágrimas mientras escuché su relato. Daniel había hablado sin mirarme mientras caminábamos por la remozada universidad, que ahora tenía jardines y vitrinas limpias. Yo me secaba las lágrimas cuando él se percató de mi llanto. —Todos sabíamos que tú la querías... —dijo. No contesté. Su mirada me atravesaba como si pudiera ver mi deseo de tener a Laura a mi lado en ese preciso instante. Me ruboricé y él se mostró cortés al verme llorar. —Hace poco, un compañero del Partido asilado en Estocolmo escribió diciendo que la había visto trabajando en un restaurante y que logró sonsacarle su dirección, aunque creemos que es un caso muy difícil de recuperar. Su dirección. Nuevamente el vínculo. Otra vez la posibilidad de saber de ella, de no perderla y así poder hurgar en esa alma —80—


devastada y en mi propia obsesión, tratando de recuperar lo mejor de mi vida, aunque fueran solo vestigios dolorosos que contemplar. A los dos días, me encontré con Daniel para que me diera la dirección de Laura en Suecia. Aún no le he escrito. Quiero contarle que aún tengo su cajón de ropa intacto en mi habitación, que mi mamá aún se acuerda de ella y las historias de su vida inventada, y que desde entonces he usado el mismo champú que ella usaba en la época en que vivimos juntas, que sueño repetidamente con ella y la universidad. Me veo caminando junto a ella por los pasillos, y al entrar a un aula, que siempre termina convirtiéndose en mi habitación, ella desaparece de mi lado, pero su perfume y su voz permanecen todo el tiempo, como si estuviera fundida con el aire que me rodea, hasta que me despierto. No sé cómo empezar la carta. Tengo que pensar en algo que la haga sentirse feliz. Aunque tal vez me siga odiando por haberla corrompido y por torcer su destino revolucionario. Pero eso no lo sabré hasta que no la tenga enfrente y lo escuche de sus propios labios. He decidido viajar a verla.

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Corrupción

El premio consistía en el doble del dinero apostado. El niño tenía la certeza de haber visto en cuál de los vasitos de plástico se escondía la pequeña pelota de colores. Con gesto cándido y seguro, como si estuviera a punto de decir una verdad innegable que le significaría una recompensa, se acercó a la mesa del sujeto. Entregó el dinero con ansias, no fuera que alguien se adelantara y le quitara el que él ya consideraba su premio. No podía ser de otra manera, él lo había visto, el pequeño descuido del encorbatado, su lentitud al mover los vasos. En diez segundos pensó en todo lo que se compraría con el dinero obtenido. No solo compraría las cosas que su madre le había encargado comprar, sino lo que él quisiera. —¿Aquí? —preguntó el niño con sonrisa nerviosa mientras señalaba el vaso en el que creía se escondía la pelotita. —Quizás, puede ser... —dijo el señor de corbata, sonriente— Tienes buen ojo, muchacho. El niño levantó el vaso y no había nada. —Oh, yo pensé que estaría ahí, amigo —volvió a decir el señor de corbata con fingido pesar. El niño sintió vergüenza por haberse dejado engañar. “Estaba ahí, yo sé que estaba ahí...”, pensaba. —¿Quieres intentarlo otra vez? —preguntó condescendiente el encorbatado, mostrándose falsamente comprensivo. —No, solo me queda un sol...


—Mira, si ganas esta vez, te devuelvo también lo que perdiste antes. ¿Te parece bien? El niño no lo pensó. Supo que debía irse porque perdería inevitablemente ante las trampas de aquel sujeto. El juego se había convertido en algo maléfico, el niño miró al tipo como a un demonio. —No, tú haces trampa —dijo tajantemente. El encorbatado fingió ofenderse. Resopló haciendo una mueca cínica que espetó descaradamente en el rostro compungido del niño. —Broder, así son las cosas... —dijo casi susurrando. —Tú haces trampa, mientes... —respondió el niño conteniendo el llanto. El encorbatado volvió a sonreír y serenamente dijo: —¿Y? ¿Eso te hace mejor que yo? El niño calló, parpadeó rápidamente para retener las lágrimas de impotencia que empezaban a formarse en sus ojos. —Ahora tú también tendrás que mentir en tu casa, muchacho —dijo el tipo con descaro. El niño bajó la mirada. No lo había pensado y era verdad: tendría que decir alguna mentira en su casa para explicar la pérdida del dinero de las compras. —Diles que te robaron, que te asaltaron unos pandilleros... El niño no esperó a que el encorbatado terminara la frase, dio media vuelta y empezó a caminar. No había dado ni dos pasos cuando se volvió y preguntó: —¿Por qué haces esto si sabes que está mal? —¿Quién dice que está mal? —respondió el encorbatado—. Lo único que está mal es que tú te dejes engañar... —¿Y qué van a decir en mi casa? ¿Qué les voy a decir ahora? Cuando el niño terminó de hablar, ya las lágrimas se deslizaban suavemente sobre sus mejillas, declarando la derrota abierta y humillante. Ante eso, el encorbatado, que arreglaba sus vasos y sus pelotitas, pareció conmoverse. —Ya sé —le dijo al niño—. Hagamos algo... —84—


Con pausa y cuidado, el sujeto terminó de recoger sus objetos, su mesita, sus vasos y pelotitas, las colocó en una mochila que se puso al hombro y se acercó al niño. —Acá ya no puedo trabajar porque me has hecho roche... Pero puedo ir al otro parque. ¿Quieres recuperar tu plata? El niño, con el rostro enrojecido y secándose las lágrimas, asintió. —Entonces, te enseño el truco, tú trabajas para mí todo este día, te doy tu plata, y te vas a tu casa. ¿Qué dices? Limpiándose las lágrimas, el niño buscó la mirada del encorbatado, a pesar de saber que tenía los ojos más falsos y vacíos que jamás vería, y preguntó: —¿Tengo que engañarle a la gente? —Claro... —respondió el encorbatado con una sincera sonrisa—. Pero recuperarás tu dinero. Se hacía tarde, aunque aún no oscurecía y los trinos incesantes de las aves escondidas dibujaban la calma del final de la jornada. El niño miró hacia el parque al que se dirigía el encorbatado. Calculó el tiempo que le tomaría volver a casa y hacer las compras que su madre le había encargado. Miró al encorbatado con ojos muertos, con la mirada corrompida e impune de quien ha perdido algo para siempre. —Vamos, pues —dijo empezando a caminar—. A ver cuántos caen.

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¿Quién eres tú para juzgarme?

Fue

Nancy quien nos avisó. Llegó corriendo desde la calle donde se daba el concierto. Estábamos algo ebrias y sus gestos nos parecieron exagerados. Con tanto alcohol que llevábamos encima, todos los movimientos nos parecían parsimoniosos. Aunque habíamos sido amigas durante muchos años y a pesar de estar acostumbradas a la situación, nunca habíamos visto tanto espanto en su rostro: —¡La está matando! ¡Le está reventando la cara contra el suelo! —gritó. No necesitó decir quién mataba a quién. Lupe y yo nos miramos, ambas miramos a Nancy y empezamos, primero, a caminar hacia el lugar. Sin darnos cuenta, estábamos corriendo. Escuchamos a Ivana gritar y fue como si sus gritos nos atrajeran fatalmente. Cuando doblamos la esquina y vimos a Ivana tirada en el piso, recibiendo las patadas de Chano en el estómago, en la espalda, en todo el cuerpo, mientras ella se tapaba el rostro y sollozaba, sentí miedo. Miedo de que el gran punk libertario que era Chano, el anarquista que en ese mismo concierto había gritado contra el sistema y la opresión capitalista, por la igualdad de los seres, contra la industria cárnica, por los indígenas americanos y contra el sexismo, sacara la misma navaja con la que semanas antes, ebrio y fumado, había acuchillado a un chico que intentó evitar que le pegara a Ivana. —¡Déjala! —gritó Nancy—. ¡La vas a matar!


—¡No te metas, conchatumare! —respondió Chano. Afortunadamente, no sacó la navaja y se detuvo un instante, tambaleando de lo borracho que estaba. Ivana se arrodilló y él la tomó de los pelos. Un fiero puñetazo la hizo lanzar un grito que me heló la sangre. —Perra, puta de mierda... —le decía él—. ¿Crees que me vas a cagar, cojuda? ¿Crees que te vas a burlar de mí? Siguieron los golpes, insultos, escupitajos en la cara, la cabeza de Ivana contra el muro, chocando fuertemente, puta de mierda, si me denuncias te mato, conchatumare, y yo muerta de miedo, paralizada como tantas otras veces, sin saber qué hacer, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón de impotencia. No sé de dónde diablos apareció Lupe cargando, temblorosa, una piedra. Me lanzó una mirada que revelaba que no se atrevería a usarla contra Chano. Era una piedra enorme para ella, que es tan bajita. Se la quité de las manos y le dije a Nancy que fuera detrás de mí. —Cuidado, Elena —me dijo despacito—. A mí una vez casi me corta... Todo fue cosa de segundos. No le pegué tan fuerte como para matarlo —es más, creo que debí darle con más fuerza—, pero fue suficiente para que cayera al suelo de rodillas y la sangre empezara a brotarle. Nancy lo agarró a patadas y mientras Ivana se levantaba desfallecida, con ayuda de Lupe, la gente del concierto empezó a acercarse. Un amigo de Chano, un tipo que se autodefinía como punk-anarco-vegano-comunista, de mohicano verde y rojo y con casaca de cuero, se acercó a ayudarlo y nos dijo que éramos unas estúpidas. A mí se me había pasado la borrachera de golpe y pude ver que me encontraba rodeada de adolescentes tan confusos como nosotras, tan desesperanzados y deseosos de darle sentido a todo lo que les rodeaba que lo primero a lo que daban sentido era a su propia vestimenta. Tiempo después, me pregunté qué sentido le habrían dado al hecho de que el vocalista de su grupo bandera, completamente borracho, agarrara a golpes a su “compañera”, que era como ellos llamaban a sus parejas. —88—


Arrastramos a Ivana a unas cuadras de ahí y entramos al callejón donde antes habíamos estado bebiendo. Yo no decía nada, pero Lupe y Nancy trataban de consolarla. Yo las seguía con desgano, pues ya sabía lo que sucedería después. Una vez dentro del callejón, cerca de la avenida Cuba, donde solíamos escondernos a beber para que otros no nos gorrearan trago, Ivana no tuvo mejor idea que tirarse de rodillas a llorar, maldiciendo su suerte, quejándose de lo injusto que era Chano al dudar de ella. Yo ya estaba harta de escuchar eso. —¿Por qué desconfía de mí? —dijo sollozando. —Es un imbécil —le decía Nancy—. Ya te lo hemos dicho. Deberías alejarte de él. Lupe dijo algo más, algo que ya no escuché, porque, sin importar lo que se dijera, sabía qué curso tomarían las cosas. —Solo porque hablé con Eric, porque le acepté un ron la otra noche, por eso... —dijo Ivana. —Pero tú sabes que Eric quiere contigo y sabes cómo es Chano —dijo Nancy—. Si sabes que te va a traer problemas, al menos aléjate de uno de ellos, ¿no? —¿O sea que no puedo tomar con quien quiero? ¿Qué tiene de malo que tome con Eric? —retrucó ella— ¿Acaso no puedo tener amigos? —Ivana —dijo Lupe con su voz bajita—, ¿te parece bien que Eric siempre te busque para tomar? El otro día hasta te regaló un bate, ¿no? —¿Y qué tiene? Si igual voy a fumar por otro lado... ¿Cuál es la diferencia que fume con Eric o que fume con Chano? —Es que no deberías... —intentó decir Nancy. —¿¡Por qué!? —gritó Ivana, como siempre que se le decía que no debía hacer algo. —Porque trae problemas —dijo Lupe tímidamente. —Pero yo no provoco los problemas, los problemas los hace la gente, que es estúpida y lo ve mal, piensa mal, juzga por costumbre, pero en el fondo no hay nada de malo. Eric es mi amigo. —Tal vez no es que sea malo, pero... —trató de hablar Nancy. —89—


—¿Creen que Chano tiene razón para pegarme? ¿Eso creen? ¿Así dicen ser mis amigas? —No, idiota —explotó Nancy—. Pero si sabes que estás con un imbécil, no lo provoques. —¿Quieres decir que yo lo provoco? ¿Es mi culpa, entonces? —gritó Ivana. Nancy y Lupe la miraron incrédulas, sin saber cómo manejarse, con las buenas intenciones estancadas. Yo sentí vergüenza de los sentimientos de solidaridad que surgen frente a una persona que sufre y que desprecia lo que los demás hacen por ella. —¿Por qué estás con él? —preguntó inocentemente Lupe. —Porque en el fondo es bueno, me quiere... —respondió sollozando, secándose las lágrimas—Solo que... el pobre... —Tal vez sería mejor que estuvieses sola un tiempo, ¿no crees? —dijo Nancy. —¿Por qué? —preguntó resoplando—. ¿Acaso no merezco que alguien me atienda y me quiera un poco? Seguro ustedes piensan que estoy con él por las drogas, o por el sexo, ¿no? Eso piensan, seguramente. ¡Pues, no! ¿Ven que son ustedes las malpensadas? —dijo levantando la voz. Nancy y Lupe prefirieron callarse y buscar la botella que habíamos estado tomando y habíamos dejado debajo de una caja de cartón. Yo ya la había recogido, así que le di un sorbo largo, como si beber me fuera a dar fuerzas para lo que vendría. Cuando le di la botella a Lupe, escuché a Ivana decir, con voz lastimera: —Sí, pues, todo es mi culpa... La nenita había empezado su función. —No hables así —dijo Nancy, casi con ternura—. El problema es que él no saca lo mejor de ti. —Es un mal estímulo —dijo Lupe. —¡No hablen así de él! —dijo Ivana llorando molesta —. Si supieran todos los problemas por los que ha pasado el pobre... Cosas que ustedes nunca han vivido... Me daba asco que dijera eso. La primera vez se lo creí, pero luego de ver que Chano se escapaba de su casa porque simple—90—


mente no le caía su vieja, porque vivían peleando, porque “no lo comprendían”, y cuando supe que había terminado una carrera técnica y que simplemente no quería ejercer, además de que su mamá le daba plata a escondidas, mi opinión cambió absolutamente. Me jodía que dijera esas cosas frente a Lupe, que tantas cosas duras había vivido, que lavaba la ropa de sus hermanos, cocinaba todos los fines de semana y cuidaba a sus abuelos, cosa que Ivana nunca hizo. —Oye, babosa —dije ya sin poder contenerme—. ¿Acaso Lupe no ha pasado peores cosas que el imbécil ese? ¿Acaso ella no ha trabajado para ayudar en su casa desde los catorce años? ¿Qué hace el hijo de puta de tu novio por otras personas? ¿Vender CDs de su banda de mierda? ¿Vender discos en las puertas de los conciertos y gastarse la plata chupando y fumando? —¡Cállate! —gritó Ivana—. ¿Quién eres tú para juzgarlo? Quién eres tú para juzgarlo... Me encantaba esa frase. Era su argumento favorito, la frase que encerraba la esencia de Ivana. También me gustaban sus variaciones: quién eres tú para juzgarme, quién es mi madre para juzgarme, quiénes son mis padres y mis hermanos para juzgarme, para juzgar a Chano. No me contuve y le dije: —Cojuda... ¿Quieres saber quién soy yo para juzgarte, babosa? ¡Soy la que te escondió dos días en su casa porque tenías miedo de que Chano fuera a tu casa a romperte el alma y no les querías decir a tus padres porque te habían prohibido verlo! ¡Soy la que se ha ganado golpes del conchasumadre de tu novio para evitar que te corte la cara con una botella! ¿No te acuerdas? —¡Pues hubieras dejado que me matara! —gritó molesta—. ¡Habría sido mejor que soportarte ahora! Preferiría tener un corte en la cara antes que soportar que me juzgues. ¿Quién te crees para juzgarme? ¿Mi mamá? Era evidente que no había entendido nada, la pobre, y me daba asco y vergüenza ajena escucharla, pero me divertía acorralándola. —Mira, estúpida —le dije—. Tu mamá también te dice lo mismo que yo ¿o no? Y también dices que ella no es nadie para —91—


juzgarte. Pero es ella la que te ha sacado de cana cuando te detuvieron por culpa de ese hijo de puta. Es a ella a quien le robas para darle plata a ese baboso, es a tu hermano a quien casi cagaron los tombos porque el conchasumare le dio a guardar pasta... Y dices que nadie tiene derecho a juzgarte, babosa de mierda... Me gustaba desarmarla, siempre era tan fácil hacer que se contradijera. Me complacía verla llorar mientras derrumbaba cada una de sus justificaciones. —Hubieras dejado que me matara... —dijo orgullosa y en llanto—. Me lo merezco, ¿verdad? Eso piensas, piensas que me merezco que él me maltrate. Sí, pues, me merezco que me trate así, porque, según tú, soy una mierda... Era la primera vez que Lupe la escuchaba hablar así. Yo ya estaba acostumbrada, Nancy también. Pero a Lupe le impresionó escuchar que una chica inteligente, lúcida, de buena conversación, se expresara tan estúpidamente de sí misma. —¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Lupe sorprendida. Ivana miró al suelo, con molestia. Yo sabía que se iba a hacer la ofendida. —¿Ahora tú también me vas a reclamar porque me ayudaste hoy? —preguntó con rabia—. ¿Tú también te vas a sentir con superioridad moral sobre mí? ¿Te vas a sentir con derecho sobre mí? Lupe no lo podía entender. Ivana volvió a llorar y maldecirnos. —Sí, pues, ¡soy mala! Para ustedes soy mala, ¿no? —dijo llorando—. Ustedes que se creen superiores, moralmente superiores. ¡Imbéciles! ¡Por gente estúpida como ustedes mi vida es una mierda! ¡Por mi vieja, mi viejo, mis hermanos, todos! ¡Solo saben juzgarme! Sus gritos ya eran escandalosos, aunque hundiese su rostro entre sus rodillas. Efectivamente, aunque ella fuera golpeada, maltratada, aunque su conducta nos metiera en problemas a todas, ella nos despreciaba porque nos creíamos moralmente superiores. Sentía asco de nosotras, por ser tan insignificantes, porque no —92—


podíamos seguir su ritmo vertiginoso. Pero sobre todo, nos despreciaba porque no compartíamos su mayor convicción: la de buscarse problemas. Para ella, si algo no traía problemas, no valía la pena. Solo las cosas problemáticas, hirientes, extremas, valían algo para ella. Y nosotras éramos poca cosa, estúpidas mortales que no se atrevían a beber de las aguas del exceso y la perdición. Por eso se sentía virtuosa al lado de nosotras, era su moral, su escala de valores. Mientras Ivana y las chicas discutían, yo me había bebido casi todo lo que quedaba de la botella, así que nuevamente estaba ebria. Me sentía como en un sueño placentero, como si tuviera todo bajo control. ¿Cuántas veces le había escuchado hablar así? Creo que desde que estábamos en primaria, cuando se inventaba historias terribles sobre su pasado solo para sorprendernos a todos, o se hacía la valiente metiéndose con los más imbéciles de la promoción, solo para figurar. Vino a mi mente un sinfín de imágenes de nuestra infancia, esa época en que yo la protegía, la quería y la envidiaba porque todos a su alrededor se alegraban de tenerla cerca. Esa época en que me sentía feliz de tener a mi lado a una chica tan dulce e interesante, que con dos palabras arrancaba una sonrisa a cualquiera. Solo por eso, soportaba sus manipulaciones, la facilidad con que utilizaba a los chicos y chicas del salón, su habilidad para hacerse la víctima. Se envalentonaba con cualquiera porque sabía que siempre podría confiar en sus padres, en su dinero o sus influencias, o en el peor de los casos, con que yo la defendiera ante otras personas. Pero sobre todo, sabía que el juicio que otros emitirían sobre ella siempre le sería favorable, porque sabía que con aflautar la voz y declamar alguna justificación adornada con frases como la libertad de conciencia, el sentimiento de búsqueda, la valía del espíritu habría deslumbrado a cualquiera. Porque sabía que haciendo que los demás le contaran esa vida secreta y tierna que llevaban dentro, como decía ella, estaría salvada del juicio ajeno. Lupe y Nancy le hablaban y ella lloraba, diciendo que era una mierda, que no valía nada, que quería largarse, que no quería tener cerca a nadie... Como siempre, su belleza y encanto —93—


habían terminado hiriéndola, enredándola en esa madeja con la que ella pretendía manejar la vida de quienes la rodeaban, la vida de Chano, la de Eric, la mía, todos juguetes de ese juego en el que siempre ella era el centro de todo, la más querida y deseada. Por eso no soportaba que un hombre no se fijara en ella; siempre tenía que conseguir que le hicieran un cumplido, tenía que robarles un gesto, sentirse atractiva ante ellos, saber que los tenía en sus manos. Y era buena haciéndolo. En el fondo me daba tanta pena... —Siempre ha sido así, déjenla —dije descuidadamente, sin esperar algún efecto de mis palabras. Y sin embargo, por primera vez en todos los años que la conocía, Ivana, mi Ivana querida, mi niña protegida, se salió de su guión. —¿Tú me odias, verdad? —me espetó iracunda, con los ojos desorbitados. No supe qué contestar, pues no esperaba que dijera algo. Solo la miré a los ojos y, por primera vez, vi en ella una mirada extraña. —Tú me odias, estúpida. Me has odiado siempre, desde chiquitas. Me tienes envidia... Al escucharla, con esa voz tan resuelta, me sentí desprotegida y vulnerable, como si sus palabras por fin pudieran herirme de verdad. Nunca le había escuchado hablarme así. Pero, sobre todo, yo misma nunca me había preguntado esas cosas, nunca había sincerado esos sentimientos. Y vi, además de un rostro desconocido, mi completa desnudez. —Desde que nos conocemos, siempre te has arrimado a mí porque sabes que atraigo a los chicos, ¿verdad? Porque sabes que a mi lado puedes ser popular y la gente se va a acercar a ti, solo por eso eres mi amiga, ¿no? ¿Por qué me daba tanta vergüenza escucharle decir eso? Yo siempre la había protegido y escuchado, intentaba comprenderla... Por eso sus palabras me sorprendieron, porque temí que tuvieran algo de verdad. —Solo me molesta que le hagas daño a la gente que te quiere... —balbuceé, ya completamente desarmada. —94—


—¿Y tú me quieres? ¿Cómo puedes quererme si siempre dices que soy una mierda, que lastimo a la gente? ¿No eres tú la que siempre me está diciendo que me aleje de quienes me lastiman? —Pero es distinto... —balbuceé como una tonta. —¡Es lo mismo, estúpida! Aléjate de mí, entonces. No te quiero en mi vida. ¡No te necesito, mierda! No supe qué decir. Sentí vergüenza, sobre todo porque Nancy y Lupe miraban sin entender nada. —¿Sabes qué siento por ti, cojuda? —dijo mirándome a los ojos—. Lástima... me das lástima. Me da pena que hayas tenido un solo novio en toda tu puta vida, y que para colmo fuera un feo de mierda... ¡Un huevonazo que se la pasaba mirándome cuando tú no te dabas cuenta! Dolió mucho. Cada palabra y el tono de su voz, la fuerte mirada que me atravesaba con furia. —Un pobre pajero de mierda que se moría por mí, babosa... Me llevé una mano a la cara inconcientemente, como un reflejo. Sentí las lágrimas frías en mis mejillas. —¿Crees que no me doy cuenta que te molesta que se me acerquen y me presten atención? Pues, sí, fíjate. ¡Me encanta! ¡Me encanta que me adoren, que me quieran! ¡Me gusta ser el centro de todo! ¡Lo que tú nunca serás, mierda! Quise que se callara, miré a Nancy y a Lupe con desesperación. —¡Y sabes que a ti nadie te va a querer nunca! —gritó, finalmente, como enloquecida. No lo soporté más. La primera patada la lancé sin pensar. Solo me di cuenta que la estaba golpeando cuando Nancy y Lupe sujetaron mis brazos, pero igual seguí golpeando. Le arañe la cara, esa carita linda, le pateé el estómago, le arranqué los cabellos, y le llené la cabeza de puñetazos. Ella reía. Y yo sentía su risa llorosa, cruel, esa mezcla de degradación y bajeza destrozando mi orgullo. Era yo un mar de lágrimas cuando lograron separarme de ella. Tenía la mirada nublada y solo escuchaba su risa, un trueno —95—


que me envolvía y me llenaba de vergüenza, como si me rodeara. Solo atiné a retroceder, paso a paso, lentamente. Luego empecé a correr y no me detuve hasta que su risa dejó de perseguirme. No la volví a ver en mucho tiempo. Lupe me contó luego que aquella noche Chano se acercó al callejón donde las dejé, llorando como un idiota, a pedir disculpas, pero que Ivana estaba ya demasiado borracha y prefirieron llevársela con ellas a casa de Nancy. Ivana y Chano volvieron a estar a la semana siguiente, pero terminaron al mes, creo. Al poco tiempo, Ivana empezó su relación con Eric. Siempre le han gustado los imbéciles, y siempre se ha sentido orgullosa de relacionarse con gente de mierda. Pero, por lo menos, Eric no se dice anarquista ni revolucionario, solo vende cocaína en los bares del Centro de Lima, lo cual, al menos, lo hace más sincero que el otro baboso. Desde esa noche cruzan por mi mente varias preguntas sobre mí misma, cuestionamientos que me aterran: ¿Algún día alguien me querrá como los chicos quieren a Ivana? ¿Realmente soy más noble que ella? ¿La odio y la envidio? Tal vez nunca me explique esas cosas, pero algo se me ha quedado grabado en la mente, como la cicatriz que deja un cuchillo al rojo vivo sobre la piel, algo que me espanta y asombra: la manera tan terrible en que un espíritu puede degradarse y corromperse solo por tener la certeza de que nunca le faltará afecto. Y eso es algo que recuerdo porque escuché que ella misma se lo decía en una borrachera a un chico que trataba de sorprenderla hablándole de libros y películas francesas de los años cincuenta. —La felicidad suprema en la vida es la certeza de que somos amados. Ivana sabía que no importara el daño que hiciera, alguien siempre la querría. Siempre creyó, además, que aunque yo la despreciara y juzgara, nunca dejaría de quererla. Hace dos días volví a cruzarme con Ivana en un concierto, luego de casi medio año. Estaba con Eric, que le increpaba —96—


algo de mala manera, insultándola. Cuando me vio, sonrió con cara estúpida: tenía un ojo morado y se empezaba a notar su embarazo. Nunca olvidaré su expresión patética, porque en ese momento supe que ese era su verdadero rostro.

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Dos preguntas

—¿Por qué tengo que querer al país si somos un país pobre? —preguntó Eusebio, el chico que aparecía con poncho oscuro en la foto con la que gané un premio por un reportaje acerca de su comunidad. El premio consistía en diez mil dólares. El tema de mi reportaje era la ola de frío en zonas altoandinas. Creo que alguna vez un sobrino mío me había hecho la misma pregunta. Aquella vez fue mucho más fácil contestar. Podía hablarle de los Incas, de las comidas, del mar de Grau, de las tres regiones y demás nimiedades con las que nos consolamos para forjar nuestra ilusión de país. Pero Eusebio no conocía el mar, comía granos, papas y otros tubérculos secos al frío casi todos los días, de vez en cuando una gallina o huevos. También me contó que cuando viajó a Huancayo con algunos familiares y miembros de su comunidad, se burlaron de su acento quechua. Solo atiné a mirarlo y sonreírle. Eusebio hizo la pregunta de la manera más inocente, mientras miraba asombrado el lente de mi cámara, como si viera un objeto fantástico. Cambié de tema y, aparentemente, se olvidó del asunto. Pero yo me quedé pensando. Mis conocidos siempre han mostrado respeto por mi opinión, me consideran informado y culto, quizás porque he trabajado tantas veces en el extranjero. Lo peor es que, sin darme cuenta, llegué a creérmelo. Aquella vez, ante los ojos entornados y ansiosos de Eusebio, un niño semidescalzo de labios amoratados y secos, yo era un ignorante, posiblemente el peor.


Nunca, en ninguna situación, en ninguno de mis trabajos alrededor del mundo, había sentido la necesidad de preguntarme por qué quiero a mi país. Siempre he vivido en la ciudad, aunque con este trabajo he recorrido parajes misérrimos, terribles barrios delincuenciales, mansiones opulentas, escenarios desolados, zonas en conflicto en las tres regiones del Perú. Jamás me había detenido a pensar, nunca una bala o una enfermedad habían hecho que me cuestionara mis privilegios, todo ha sido siempre seguro para mí, siempre he sentido que saldría bien librado o en buenas condiciones de cualquier adversidad. No pude decirle a Eusebio por qué debía querer a este país. No porque no hubiera una respuesta, sino porque mi respuesta no le llegaba, no lo incluía. A los pocos días me fui del pueblo de Eusebio, llevándome las fotos: imágenes conmovedoras de la terrible ola de frío en la sierra ayacuchana. Recuerdo haber visto a los niños correr tras la camioneta cuando volteé a mirar el pueblo mientras nos alejábamos. Entre los niños estaba Eusebio, riendo como todos, flanqueado por los perros flacos y sucios de la comunidad. Creí que no lo volvería a ver nunca más. Han pasado casi tres años desde que hice ese reportaje y, en estos días, lo he vuelto a encontrar. Igual que aquella vez, una ola de frío azota las partes más pobres del país. Pareciera que el destino se ensañara con la gente pobre, que existiera cierto sadismo de la providencia. En estos meses de frío intenso, Eusebio perdió a su hermana más pequeña, la cosecha de papa de su comunidad se ha perdido, sus tres gallinas murieron y su padre ha enfermado, no saben de qué, pero dicen que tose mucho. En su comunidad han muerto llamas y vicuñas que servían para transporte y esquila. Encontré a su familia en Huamanga, pues alguna autoridad tuvo la atinada idea de evacuar a las comunidades campesinas más afectadas a las capitales de provincia para darles refugio en iglesias y comedores. A mí me enviaron a cubrir un reportaje. Reconocí a Eusebio no solo porque me saludó, sino porque todavía usaba el mismo poncho de hacía tres años. Cuando lo salude, sonrió como nunca he visto sonreír. —100—


Mientras charlábamos sobre lo que podrían hablar dos personas que solo se han visto una vez en la vida y que se reencuentran después de tres años, vino a mi mente la pregunta que me hiciera en ese entonces. Obviamente, yo seguía sin tener una respuesta, de manera que me sentí bien de conversar sobre otras cosas. —Este año cumplo dieciocho. Quiero ir a Lima —me dijo animado. Empezó a hablar de un tío que, aunque borrachín y mujeriego, había logrado cierta prosperidad en Lima. Describió rincones de la capital como si los recorriera día a día: mercados, cobradores, restaurantes folclóricos, fiestas chicha. De repente, en medio de su imparable verborrea, hizo una nueva pregunta que me sacudió: —¿Conoces Estados Unidos? No supe qué responder de inmediato. Iba a decirle que solo conozco California, Nueva York y Washington, pero habría sido ridículo. —Sí, sí conozco —respondí. —¿Cómo es allá? —preguntó como si mencionara algo sagrado para todos. Empecé a explicarle que solo conocía algunas ciudades y, mientras le describía vagamente los lugares donde estuve, sus ojos brillaron. Empezó a hacer más preguntas, con bastante timidez, pero yo notaba su ansiedad por saber, reconocí el incipiente proyecto en su imaginación. —¿Y por qué tanto interés en Estados Unidos? —pregunté finalmente. Me habló entonces del hijo de su tío, su primo, un joven al que él solo había visto tres veces en la vida. Guardaba una enorme impresión de la última vez que lo había visto como mayordomo en una fiesta patronal y de la ilusión que le causaron las historias que este contaba. Esos relatos habían tocado un nervio muy profundo en él. —Lavando carros trabaja mi primo allá —empezó a contarme—. Manda plata a sus papás. Han construido una casa —101—


de dos pisos en Lima con lo que manda. Cuando vino a la fiesta patronal, la ofrenda más grande le hizo él al santo, mató una vaca para todo el pueblo, harta cerveza, orquesta contrató, de todo hizo él. Hablaba emocionado, yo miraba su piel reseca por la helada, sus labios tan amoratados como hacía tres años. Hablamos cerca de dos horas. Cuando tuve que irme, me despedí tratando de mostrar de la mejor manera mi preocupación por él y los suyos, mi sincera alegría de haberlo encontrado de nuevo. Me alejé de él unos metros. Algo me obligó a detenerme, escribir mi teléfono y dirección en un papel y regresar a donde él estaba. —Cuando vayas a Lima, búscame —le dije—. Ya serás mayor, podremos tomarnos unas chelas. Ha pasado más de un año y Eusebio no se ha aparecido por mi casa, ni me ha llamado. A veces sueño que llega y toca mi puerta, lo veo entrando a mi sala, sin decir palabra, quieto sobre la alfombra. Cuando me despierto, viene a mi mente una pregunta, una más sencilla pero más cruda que las que él me hizo. Es como un temor que aún no he vencido, como una culpa: ¿Qué debo hacer si un día toca mi puerta? A veces, debo confesarlo, me arrepiento de haberle dado mi dirección y mi teléfono. Otras veces siento que no tenía opción.

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Juega conmigo

El único juguete que aún conservo de mi infancia es un pequeño robot, una baratija taiwanesa o china, imitación de un personaje de los Transformers, uno de los Constructicons, de esos que se combinaban para convertirse en Devastator, un robot mucho más grande aún. Hay personas que dicen nunca haberse comunicado con un juguete. Debo considerarme afortunado, entonces. El vínculo con un pequeño objeto al que dotamos de vida, lejos de disociarnos, nos integra con otro universo, tan vasto como el de la vida cotidiana. Ese vínculo y ese universo más tarde nos darán equilibrio y despertarán una fuerza que modelará nuestro destino: la imaginación. No recuerdo cuál era el nombre de mi robot en la serie, pero siempre que hablo con él es como si no necesitara saberlo. Siento que cuando yo ya no esté en la tierra, él seguirá su existencia como la ha tenido hasta ahora, con cada detalle de su diseño intacto: las ranuras de sus manos, la expresión de sus ojos, el pequeño círculo metálico de su pecho. O tal vez regrese volando a Cybertron, su planeta. Quizás busque a otro niño que lo necesite o, tal vez, cuando mi mente se apague, él se irá conmigo y juntos retornaremos a la nada. Este robot es la única reliquia que he salvado de una vida trashumante que me hizo naufragar tantas veces pero a la que he sido fiel. Y a veces, a mis treinta y un años, aún le cuento algunas cosas. Ayer le conté que me encontré con Lucas. Y resultó que mi robot se acordaba de Lucas, aunque vagamente. —103—


—Era el que vivía en la casa verde agua —le hice recordar. Mi robot me hizo notar que había varias casas verdes en el barrio cuando yo era niño. —¿No lo recuerdas? —le dije—. Fue el primero de mis amigos que se marchó del barrio. Mi robot seguía sin recordarlo. Hablamos entonces de cómo era antes nuestro barrio de casuchas arrumadas, como cubitos de juguete donde nos cobijábamos en las noches de apagones y atentados, desde donde escuchábamos las detonaciones y las sirenas, los desfiles militares en la Av. Brasil cada 28 de julio, casas tan menudas que permitían escuchar las peleas de los vecinos, las palizas que nos daban nuestros padres. —¡El robot de J es bamba! —decía Pocho con su altanería de siempre. Cuando Pocho dijo eso de mi robot, sentí odio, un odio nuevo. Era un odio floreciente para mis nueve años de edad, el odio de la vergüenza. Sí, mi robot no era de Mattel, el fabricante original de los Transformers. Pocho, el único del barrio que tenía tres muñecos de Star Wars, dos G.I. Joe, tres Thundercats y cuatro Transformers, era capaz de reconocer un juguete original, una zapatilla de marca Nike o Puma, un polo o casaca Levi’s. Fue el primero del barrio que tuvo zapatillas con Pump Air de Nike allá en los ochenta. Le siguió Felipe, cuyo papá había obtenido finalmente la visa de trabajo en Miami y había empezado a enviar cosas, como esas zapatillas Adidas y ese polo de los Raiders que tanto lucía, aunque acá nadie supiera que ese era un equipo de fútbol americano. Recuerdo que Felipe también llegó a tener un Thundercat, Lion-O, pero alguien se lo robó cuando lo llevó a un paseo de su colegio. —¡El robot de J es bamba! —y todos, incluso los que no tenían ningún juguete caro, se rieron. Era extraño. Hacía solo un año, nuestro mayor deseo era tener la mejor puntería en las canicas o poder saltar sobre el hombro de Luchín, que era el más alto del barrio, cuando jugábamos lingo; o simplemente tener una pelota de cuero fuerte, una —104—


que no diera tantos botes y no se perdiera en el techo de algún vecino. Pero entonces, a nuestros nueve años, el deseo de poseer empezaba a gobernar nuestras ansiedades, arrastrando, como un viento venenoso y sin que fuéramos conscientes, todas las taras de una sociedad clasista, fragmentada, conflictiva, temerosa ante la incipiente modernidad globalizadora que apenas asomaba en esos años por nuestra ciudad. —¡Bamba! Es bambeada tu huevada —se burlaban—. ¡Bótala a la basura! ¿No te da roche jugar con eso? Y se reían. Le conté a mi robot que esa tarde Lucas también se rió de mí, aunque él, hijo de una costurera provinciana y un peluquero de barrio, tampoco tuviera ningún robot original, ningún personaje de la tele, solo sus soldaditos de plástico barato que se vendían en bolsas de cien unidades. Aún así, mi robot no lo recordaba. Luego temí que mi robot recordara que, aquella misma tarde en que se burlaron de mí, llegué a casa sintiéndome humillado y, despiadadamente, lo lancé contra el piso, con el sincero deseo de destruirlo. Fue mi madre, que había separado un poco de dinero de su sueldo de profesora para comprarme el juguete, quien lo recogió y rearmó luego de regañarme. Al día siguiente, estaba jugando nuevamente con él, aunque uno de sus bracitos ya no se volvió a mover como antes. —¿Por qué ya no lo quieres? —me preguntaba ella extrañada. —Porque es bamba... —¿Cómo bamba? —preguntaba intrigada. —¡No es original, mamá! ¡Es falso! —Pero se parece al de la tele y en su cajita decía Transformers. —¡Pero no tiene la marca! No es como el de Pocho y el de Felipe. —¿Y ellos dónde los compran? —Pocho los compra en Miraflores —dije yo—. A Felipe se los traen de Estados Unidos. —¿Y cuánto cuesta un original? —105—


Le dije a mi mamá cuánto costaba un robot original. Nunca olvidaré su expresión de asombro. —Con ese dinero podríamos comer una semana —fue todo lo que dijo. Ese mismo año, mi madre había ganado un concurso entre profesores de su institución y le dieron un cargo más alto, con un mejor sueldo; mi padre empezaba a venir más seguido a la casa y era cada vez más posible que dejara a su familia para venir a vivir con nosotros. La economía de mi hogar no era mala, y aún así, había juguetes que yo no podía tener. —Ya está curado —dijo mi mamá mientras me entregaba a mi robot reparado—. No le hagas más daño al pobrecito, le debe doler. Luego se fue a la cocina y yo coloqué a todos mis robots y soldados guerreros, imitaciones de los personajes de He-Man, muñecos bamba, en fila sobre el piso de la sala, dispuesto a jugar con ellos. Entonces sonó el timbre de la puerta. Fui a abrir y era Lucas. Traía una bolsa de soldaditos. —¿Podemos jugar con tu robot? —dijo con ese gesto indescriptible de los niños cuando algo atrae su atención. Recuerdo claramente la manera en que lo pidió y la expresión en su mirada. —¿Ya te acordaste de él? —le pregunté a mi robot—. Fue el primero del barrio que quiso jugar contigo. Entonces, mi robot lo recordó perfectamente. * * * Un día mi robot desapareció. Lo busqué desesperadamente en mis cajones, debajo de los muebles y mi cama, en mi mochila de la escuela, pero fue inútil. Me sentí triste, y se me escaparon varias lágrimas, ya que, a partir de aquella tarde en que se burlaron de él, le había cogido un cariño especial, por ser diferente, por identificarme con él. Lo había dado ya por perdido cuando, una tarde, tocaron a la puerta de mi casa. Era Lucas, que venía acompañado de su —106—


mamá. La señora preguntó si se encontraba mi mamá, Lucas no dijo nada, solo me miró temeroso. Llamé a mi mamá y ambas hablaron. La señora pidió disculpas a mi madre y a mí y nos entregó el robot. Dijo que iba a castigar a Lucas, que supiera perdonar, por favor, el incidente, que ella encontró el juguete entre la ropa de Lucas, escondido, y que ella le preguntó de dónde había sacado dinero para comprar un juguete tan caro. Al principio, Lucas le dijo que se lo habían prestado, pero ella sospechó, le dijo que lo devolviera y le preguntó de quién era el juguete. Lucas le dijo que era mío, pero por la manera en que lo encontró, escondido, sospechó que era un engaño. Finalmente, Lucas confesó, y ahora estaba frente a mi puerta, con la mirada baja. Su madre se despidió diciendo que no lo dejaría salir durante una semana. * * * Pasó poco más de un año y me compraron un par de robots más (bambas, por supuesto), creo que también un pinball Casio, de aquellos de movimientos estáticos, izquierda derecha, llegar a la meta y listo, que nos fascinaba tanto a mí como a Lucas, que venía a mi casa exclusivamente a jugar con él. Luego, al poco tiempo, nos enteramos de que los padres de Lucas se estaban separando, así que empezamos a verlo menos en los juegos, casi no salía. Un día, volviendo de la escuela, lo encontré en una tienda, llevaba unas cajas de cartón vacías. Le dije que fuera más tarde a mi casa para jugar con un robot de Robotech que me habían comprado. Le pedí que trajera sus soldaditos. Lo noté algo reticente, quizás por el apuro de llevar las cajas a su casa, y me dijo que iría más tarde. En la tarde, no se apareció y, al día siguiente, nos enteramos de que se había marchado del barrio con su madre y su hermano mayor. * * * —107—


—¿Te acuerdas cuando volvió? —le pregunté a mi robot. Mi robot lo recordó y dijo que, desde que vio a Lucas volver al barrio, había notado un gran cambio en él, en sus palabras y sus gestos. Lucas había regresado, luego de un año, a visitar el barrio. Lo recibimos felices, sintiendo que nuestra collera estaba completa nuevamente. Había crecido bastante. Para sus diez años, ya casi pasaba a todos en estatura y, además, tenía un corte de pelo más moderno, tipo hongo, de los que empezaron a aparecer en esos años. Llevaba, además, zapatillas Diadora, un pantalón de marca desconocida pero importado, distinto a los remendados que usaba cuando vivía en nuestro barrio. Dijo que había ido a vivir a casa de una tía en Surco. Yo, que casi no había salido de Breña, no tenía idea de qué barrio era ese. —Ahora vivo en una casa bien grande, la casa de mi tía Zoila —decía alegre—. Un día hay que juntarnos para ir. Podemos ir al Centro Comercial Higuereta y Polvos Rosados. Dijo que en Polvos Rosados, igual que en el mercado de Jesús María y Polvos Azules, vendían toda la colección de los Thundercats, zapatillas importadas, casacas Levi’s, de todo, y que ahí se había comprado las zapatillas que tenía ahora. —Y tengo otras, más bacanes —dijo algo arrogante, como nunca lo habíamos escuchado—. Es que a mi familia le va bien ahora, pues... Sí, debía haber mejorado mucho su vida para poder usar ahora esa ropa, vivir en una casa grande, y comportarse con tanta seguridad en tan poco tiempo. Todos lo escuchaban asombrados cuando hablaba de su barrio nuevo, lleno de chicas lindas, nuevos amigos con bicicletas caras, grandes parques donde la gente jugaba con skateboards, también importados, tiendas que mostraban artículos que acá no llegarían nunca. Un mundo desconocido para nosotros. Esa misma noche, planeamos la primera visita a su barrio. Lucas se marchó complacido, tanto que, cuando lo acompañamos al paradero de la avenida, todos, incluso Pocho, sentimos —108—


que seguíamos sus pasos, que nuestro silencio al caminar, mientras lo escuchábamos, solo se rompería cuando él lo decidiera. Esa noche, Lucas fue el líder de la collera. * * * Recuerdo la primera vez que tomamos el bus para ir a su casa en Surco. Estábamos todos en el paradero, un día domingo, vestidos como si fuéramos a una fiesta, con nuestra ropa limpia y nueva. Primero bajamos en Miraflores, que era un barrio al que habíamos ido alguna vez, acompañados por nuestros padres, quizás a algún evento. Yo recordaba haber ido por una obra de teatro a la que me llevó mi vieja, pero, para Walter y Pedro, fue la primera vez que paseaban por la Calle de las Pizzas. ¡Un boulevard! Nunca habían visto una calle empedrada y con arbolitos, casas grandes, restaurantes caros, nunca habían visto un parque tan bien cuidado y autos lujosos para la época, sin remaches ni planchados. Quizás antes habíamos visto chicas bonitas y de tez más clara que la nuestra, vestidas con ropa de marca, pero nunca las habíamos tenido tan cerca, nunca habíamos sido vistos como extraños en ninguna calle de nuestro barrio, jamás nos habíamos sentido observados con rechazo y extrañeza como aquella vez. Recuerdo que ahorré un poco de dinero durante la semana, así que pude comprar un sándwich y una gaseosa en un kiosco. El precio me pareció exageradamente caro, casi el doble de lo que pagaba en mi barrio. —¿Te acuerdas que tomar gaseosa en los ochenta era algo así como un lujo? —le pregunté a mi robot. Lucho, Lucas, Pocho, Felipe y yo teníamos más dinero aparte de nuestros pasajes, pero Walter y Pedro no tenían. Les invitamos. Reunimos dinero entre todos y les compramos un sándwich y una gaseosa para ambos. —Cuando fuimos a la tienda de juguetes, vi a un hermano tuyo —le dije a mi robot. —¡Ahí está el robot de J! —dijeron al verlo. —109—


Pocho fue el primero que dijo que el robot que estaba en la vitrina era original y que él mío era un robot bamba. En ese momento ya no me importaba, me había acostumbrado. Recuerdo que esa tienda era un portal a otro mundo, ya que el olor narcótico de las cajas de juguetes, el plástico mágico que los conservaba estáticos, apartados de nosotros, como el aroma de algo inalcanzable, era un estímulo que nos transportaba. Mientras veíamos los juguetes, el encargado no dejaba de mirarnos desconfiado. Finalmente, cuando vio que no pensábamos comprar nada, nos invitó a salir de la tienda. Nos fuimos insultándolo. Luego de deambular por otras tiendas en las que tampoco compramos nada, nos embarcamos rumbo al barrio de Lucas. Llegamos en media hora, pasando el Óvalo de Higuereta, el Centro Comercial, el colegio Markham, las rotondas y los restaurantes en medio de los cuales vagabundeamos, señalados por las miradas que nos escrutaban de la misma manera que en Miraflores, como provincianos recién bajados de un cerro, deslumbrados por la sofisticación de un entorno al que no pertenecíamos. Nuevamente, nos bastó con recorrer las tiendas mirando los juguetes, la ropa, las zapatillas, los skateboards, bajo la mirada atenta de los vigilantes de las tiendas, que en algún momento nos dijeron que no tocáramos nada mientras veíamos que otros chicos, mejor vestidos, con otro aire, con otros rasgos, agarraban las cosas a su voluntad. Tomamos otra gaseosa, comimos chocolates importados que compramos en una tienda y nos dirigimos, al fin, a la calle en que vivía Lucas. Cuando llegamos, luego de atravesar los parques más encantadores que había visto hasta ese momento, casas inmensas, modernas y lujosas, de ventanales coloridos, balcones tallados y jardines extensos, no podíamos creer que Lucas viviera ahora en una casa como esa. Aún incrédulos, lo vimos introducir una llave en la puerta. Era una casa inmensa cuya fachada bien podía contener diez o doce fachadas de nuestro barrio, una mansión descomunal ante nuestros ojos. —Es la casa de la familia de mi mamá —dijo al hacernos pasar. —110—


Dijo que jugáramos solo en el patio al que nos hizo pasar, que su mamá sacaría lo que había preparado para invitarnos unos sándwiches y una jarra de refresco. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos conversando acerca de todo lo que habíamos visto en nuestro viaje a aquel mundo de fantasía, solo recuerdo nuestra fascinación. La noche cayó y empezamos a irnos. Lucas nos acompañó al paradero, satisfecho de nuestra visita, con cierta jactancia por todo lo que nos había mostrado. —¿Les gusta mi barrio? —preguntó presumido. Yo lo desconocí por completo. Era increíble cómo había cambiado. Todos dijeron que sí y él dijo que iría la próxima semana a nuestro barrio para traernos nuevamente, porque la próxima semana se iba a comprar un skateboard nuevo. * * * —Esa segunda visita fue tan triste —le dije a mi robot—. Durante el camino de regreso, recuerdo que estuvimos callados. La segunda visita fue a la semana siguiente. Solo pudimos ir Pocho, Lucho, Walter y yo. A Felipe no le dieron permiso y los papás de Pedro no pudieron darle dinero para los pasajes. Esta vez fuimos de frente a casa de Lucas, que se notaba un poco contrariado cuando sacó el skateboard nuevo de su casa. Parecía que había hablado con alguien dentro y estaba un poco mortificado. —Yo lo noté raro —le dije a mi robot—. Desde que llegamos, trataba de que no nos acercáramos mucho a la cocina, que daba precisamente al patio donde estábamos jugando. Nos mostró el skate y solo dejó que Pocho y yo nos subiéramos, porque, según dijo, éramos los únicos que también tenían skate, así que no podíamos malograrlo. Walter y Lucho solo miraron. Al poco rato, quiso que saliéramos de la casa, que fuéramos al parque lo más pronto posible. Se le notaba incómodo. Algo pasó entonces: Lucho le preguntó si podía usar el baño. Lucas se alteró, su rostro reflejó miedo. —111—


—No, no puedes —contestó inmediatamente—. Espera, déjame ver si puedes entrar al baño del garaje. Walter y yo nos miramos el uno al otro, luego a Lucho, que finalmente pudo entrar al baño del garaje, ubicado junto al patio. Cuando regresaron, Lucas seguía nervioso y Lucho le preguntaba qué pasaba, por qué se ponía así. —No pasa nada, Lucho, solo que a mí mamá no le gusta... —respondió resoplando—. Mejor apurémonos y vámonos ya. Empezamos a salir, sin darle mucha importancia a lo sucedido, ansiosos de probar el skateboard en el parque. Lucas nos apresuraba y se ponía más inquieto. Cuando finalmente habíamos salido todos, siendo él el último en salir, cerró la puerta y se volvió hacia nosotros sonriendo, como si se hubiera quitado un peso de encima, y nos dijo que en el parque había una rampa en la que lo veríamos hacer saltos con el skate. Nos iba diciendo, mientras nos alejábamos de la casa, que ya había estado practicando y que ya le salían algunos trucos... Entonces sucedió lo inesperado. —¡Lucas! —gritó una voz conocida desde la puerta de la casa—. Hijo, la señora quiere que vayas a comprar... Todos volteamos a ver quién llamaba, aunque ya sabíamos que era la madre de Lucas. Lo que no esperábamos era verla vestida de sirvienta. * * * —Hoy lo encontré, luego de más de veinte años —le dije a mi robot—. Está un poco gordo. Iba con sus hijos, un niño y una niña. Lindos los mocosos. La niña se parece a él. Él niño es inquieto, no dejaba de dar vueltas en la tienda. Mi robot preguntó en qué tienda lo vi. —En el Jockey Plaza. Quería cobrar mi cheque y el único banco libre quedaba en ese sitio de mierda. Tú sabes, a fin de mes, los bancos están atiborrados. Roberto había comprado juguetes a sus hijos, los tenían en las manos. Lo reconocí cuando salía de una juguetería. —112—


Mi robot me preguntó si me alegraba de verlo. —Sí, a pesar de no haberlo visto durante años, fue agradable reconocerlo, conversar unos minutos con él acerca del barrio y de su vida actual. Recuerda que yo sí volví a visitarlo después de lo de su mamá. Fue entonces que me contó que la primera vez que nos llevó a esa casa fue porque la dueña y su familia habían salido de viaje. Me confesó que la ropa y las zapatillas que usaba eran de un hijo de la señora que ahora estaba grande y que se las habían regalado. Me contó también que su papá ya casi no lo visitaba. ¿Y sabes qué? Me preguntó por ti. Mi robot no contestó. —¿Me estás escuchando? —le pregunté. Como mi robot no contestó, yo continué hablando. —Ahora que lo vi con sus hijos, pienso en la manera en que los ha criado. ¿Qué les ha enseñado? ¿Les comprará juguetes caros? No sé si los juguetes que tenía ahora son caros o no... Me contó que trabaja en una imprenta y no creo que le alcance para mucho, pero a sus hijos se les veía bien vestidos y sanos. Pienso... —me detuve un momento y recordé los años finales de mi niñez. Fueron los años en que mi viejo vino a vivir a la casa con nosotros y mi vida se fue a la mierda, en que empezamos a ir a fiestas y conocí el rechazo. Fue la época en que me expulsaron del colegio y en que todos en el barrio empezamos a cambiar de carácter. Fueron los tiempos en que vendí mis juguetes para comprar mis primeros comics y mis primeros discos de Iron Maiden y AC/DC. Los años en que me enamoré por primera vez y en los que tuve mis primeras discusiones sobre política. Fue en esos años cuando, por primera vez, sentí el deseo de contar una historia. Días y noches de caminatas en las que me refugiaba en mi imaginación, inventando, fabulando, huyendo de casa y del mundo. Mi robot me preguntó en qué pensaba. No quise aburrirlo con recuerdos que ya él se los conocía de memoria, solo le dije: —Pienso cómo unos tienen más derecho a soñar que otros. Me doy cuenta de que yo tenía más derecho a soñar que Lucas —113—


solo por haber nacido en la familia en la que nací. Pienso en ese abismo y entiendo el resentimiento, la envidia, la desconfianza. Lo entiendo todo. Me detuve y volteé a mirar a mi robot. Él se quedó callado, así que le pregunté: —¿Te molesta lo que digo? Mi robot me dijo que me callara porque cuando hablo de ciertos temas puedo ser muy aburrido.

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Cosas que hermanan

Seguía siendo el mismo: divertido, insolente, con esas bromas crueles a las que ya me tenía acostumbrado. A pesar del tiempo, sus éxitos y sus vicios cada vez más graves, conservaba un especial afecto hacia mí, que solía expresar evocando los tres grandes momentos de nuestra adolescencia, los que forjaron nuestra amistad: aquella vez en que ambos contrajimos gonorrea por tirarnos a la misma puta, la noche en que lloró en mi casa porque su padre casi mata a golpes a su mamá y cuando, ya entrando ambos en la veintena, se tiró a la chica que más he querido en mi vida. Cosas que hermanan, carajo. En la mesa del bar de nuestro barrio de antaño, aquel al que volvíamos cada cierto tiempo a buscar a algún sobreviviente de nuestra generación, yo lo miraba en silencio mientras él sacaba su paquetito de papel, lo desdoblaba con disimulo y, con un pinza rota a modo de cuchara, se llevaba un poco de cloro a la nariz. —No sé qué hacer —dijo carraspeando—. Todavía la quiero, me casé enamorado de ella, por ella dejé a tres huevonas que me movían la cola. Pero en dos años ha cambiado como la putamadre. Me separaría, pero sentiría que lo nuestro fue en vano. Tanta huevada para terminar así... Además, la huevona quiere un hijo. Encima está Jessica, que me quiere y yo la quiero. ¿Por qué la vida es tan jodida, causa? No le contesté porque no me habría escuchado: estaba más concentrado en volver a sacar su falso y meterse otro tiro. Una —115—


esposa de familia acomodada, bonita, que lo había ayudado a salir de nuestro barrio miserable y triste. Una casa en La Molina, un auto lujoso, un trabajo estable y bien pagado, con una secretaria que lo volvía loco y se la movía bien. Qué drama, por Dios. Sí, la vida es una mierda, varón. —¿No quieres un poco? —me ofreció. No soy coquero, pero tampoco soy descortés. Además, hacía mucho que no me metía nada. Dos hormigas rojas en mis fosas, ardiendo, condensándose al llegar a mi garganta, bajando lentamente como un hilo amargo que, a medida que avanzaba, me hacía sentir más lúcido y seguro. De la buena, alita de mosca. Siempre me ha fascinado la sensación que produce la cocaína, esa aparente superioridad mental que nos hace sentirnos dioses. Esa coca estaba tan rica... La cerveza se volvió más rica, más refrescante, y aunque empecé a sentir que el mesero nos miraba desde la barra, me sentí tranquilo: era el barrio, nuestro barrio. El flaco Eddie Santiago cantaba “Lluvia” en la radio, en la calle unos chibolos jugaban pelota, el olor del bar era el mismo de nuestra infancia, húmedo y cargado. Tragué saliva amarga, carraspeando un poco y mi cuello se estremeció por un instante. Qué rica estaba, carajo. —¿Qué hago, causa? —volvió a preguntar. —¿Quieres a Jessica? —pregunté al instante, casi automáticamente. Mil pensamientos, mil respuestas atravesaron mi mente. Una a una, como verdades innegables propias de un sabio. —Sí –contestó él. Sentí que respondió en cámara lenta y como si yo hubiera sabido su la respuesta de antemano, su gesto y su tono de voz al decirlo. Lo miré con sorna, como si tuviera a un pequeño animal hambriento frente a mí. —Mira... —carraspeé, la cocaína me estrujaba la garganta, me sentí Dios por dos segundos—. Puedes actuar como un macho o como un hombre... Me miró desconcertado. Yo continué hablando, mientras sentía descender por mi garganta ese río amargo en que se convertía la cocaína, gozando del placer al carraspear rudamente. —116—


—Un macho te diría: a tu jerma, llénala, hazle el hijo. Así ya no jode, no pide el divorcio ni nada, se siente la firme. ¿Acaso va a querer ser madre soltera? Por los hijos las mujeres aguantan todo, causa. Una vez que tu esposa esté llena, anda donde Jessica y dile que estás perdidamente enamorado de ella, ofrécele de todo, pero dile: “No puedo separarme porque voy a tener un hijo, y no quiero que mi hijo crezca sin padre”. Él sonrió con una sonrisa patética, como si creyera que yo hablaba en serio. Pobre mortal. —Tu esposa no te va a dejar porque se va a sentir la firme, la legal —continué—. Jessica le va a agarrar el gusto al asunto, tampoco va a joder porque no va a querer ser una “destructora de hogares”, ¿manyas? Tienes que decirle que lo tuyo con ella va más allá de los convencionalismos, que es un amor sincero, puro. Las amantes casi siempre se creen esa huevada porque les da pie al drama, que les encanta, les gusta cachar dramáticamente, eso le da intensidad a su relación. Su mirada era de asombro, su boca torcida por el narcótico le daba esa expresión patética que lo delataba. Mi mente iba a mil por hora, había adelantado todas sus reacciones. —Eso sí —continué—, tienes que hacer que ambas se sientan culpables. A tu esposa tienes que decirle: “Mira, yo a ella la quiero y no te dejo por nuestro hijo y por la familia, mira qué bueno que soy”. Ella no te va a poder decir ni mierda, a lo mucho llorará y se irá un par de días donde su mamá. A Jessica sí tienes que tratarla como perra, porque si no, es posible que, aún siendo tremenda rufiana, se dé aires de gran señora y quiera ser la firme. Tienes que decirle: “Soy un hombre que se enfrenta a los convencionalismos de la sociedad por el amor que siento por ti, acéptame, compréndeme”. Como seguramente Jessica es bruta, te va a comprender. Así vas a estar un tiempo, un año o dos. Lo más seguro es que te aburras de Jessica antes que ella de ti, pero de todas maneras se acabará. Así es la arrechura, loco, un polvo largote. Cuando terminé, él me miraba confundido. No sabía si reír o sentirse ofendido por mi broma. —117—


—O sea, tú crees que no la quiero. —Así es. —¿Y qué tengo que hacer para demostrarte que la quiero? —dijo, algo ofuscado, intentando imprimir nobleza a sus palabras. —Actuar como un hombre... —dije pausadamente. —Ah, sí, también hablaste de eso... ¿Cómo sería actuar como un hombre? —Si quieres actuar como un hombre, tienes que decirle la verdad a tu jerma y estar dispuesto a perderlo todo, la casa, el auto, el trabajo, asumirlo todo por Jessica, ser honesto. Mientras yo le hablaba, se embadurnó descaradamente la nariz con coca, sin importarle que el mozo lo viera. Parecía que esperaba que los tiros le dieran valor para hablar. Le dije que no fuera egoísta, que compartir es bueno. Mientras me pasaba el falso, el continuó hablando: —¡Entonces actuaré como un hombre! —dijo finalmente, con el tono más teatral posible, como si en su corazón hubiera triunfado, además de la coca, el amor. Esa noche terminamos en Las Cucardas. Obviamente, él pagó el trago y las putas. Lamentablemente, con tanta coca encima, apenas se me puso dura. Cuatro meses después, supe que mi amigo le había comprado un departamento a Jessica. Un mes más tarde, me crucé con ambos en Miraflores, iban de la mano. Jessica era tal como me la había imaginado: buen culo, buenas tetas y, sobre todo, bruta. Yo iba apurado, así que solo los saludé y quedamos en almorzar pronto. Dos semanas después de ese encuentro, me lo volví a cruzar, esta vez en el Centro de Lima: iba con su esposa, ambos se mostraban felices, sobre todo ella, que llevaba una blusa que dejaba lucir una incipiente barriguita. No los he vuelto a ver y tampoco he vuelto a probar cocaína.

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Para perdonarte

Ingresó ansiosa al asilo, recorrió los pasillos limpios y tenues hasta llegar a la habitación indicada. No quiso tocar la puerta antes de entrar, porque sintió que no tenía que pedir permiso para nada. Pero, aún así, sintió que la asaltaba un escalofrío insoportable, que casi la hizo echarse para atrás al momento de descansar la mano en la perilla de la puerta. Tomó valor para girar la manilla y entró. Vio a su padre, ya vestido, sentado en la cama con la frente apoyada sobre las manos y el bastón, con las prendas limpias que había encargado que le entregaran. Nerviosa, le dirigió una mirada veloz y despectiva, un instante ardiente incidiendo en sus ojos, como quien mira una estatua de sal perdida para siempre. Apartó la mirada con violencia y avanzó hacia una mesa de la habitación mientras él la miraba con gesto suplicante. —Hija... —dijo el anciano. Ella no respondió. Se limitó a dejar las cosas sobre la mesa. —Hijita... —volvió a decir. —¡Cállate! —respondió ella secamente. —Hija, gracias —musitó el anciano—. Gracias por todo lo que has hecho por mí. —¡Cállate! ¡No quiero escucharte!— dijo sin mirarle y levantando la voz mientras sacaba de la bolsa prendas y artículos de aseo. Avergonzado, el viejo volvió a bajar la cabeza. —Yo sé que he actuado mal todo este tiempo —comenzó a decir el viejo con voz trémula—. Sé que les falté, a ti y a tu ma—119—


dre, a tus hermanos. Créeme que lo siento. Todo el tiempo que estuve lejos, pensaba en ustedes. Te lo juro... —¡Cállate, carajo! —estalló furiosa, y volteó hacia él con respiración agitada—. ¡No quiero oír tus excusas! ¡No quiero saber nada de ti! Esta es la última vez que haremos algo para ayudarte. —Hija, sé que no me vas a entender —respondió el anciano, tímidamente, conteniendo el llanto—. Tienes razón, fui muy egoísta. Cuando me di cuenta de lo miserable que había sido con ustedes, quise morirme. A eso me dediqué estos años, hija, a morirme, quería acabar conmigo. La vida siempre fue difícil para un hombre como yo, que tenía que hacer frente a tantas cosas y siempre me faltó alguien que... —¡Cállate! ¡Tú no eres un hombre! —interrumpió ella gritando y mirándolo a los ojos con rabia—. Un hombre no abandona a los suyos. Un hombre no llega a las tres de la mañana y maltrata a la madre de sus hijos frente a ellos, no la deja sangrando y desmayada solo porque no cocinó como él quería o porque ella le reclamó dinero. Un hombre no se da la gran vida en bares y fiestas mientras en su casa sus hijos tienen necesidades, ni avergüenza a los suyos frente a los demás exhibiéndose con putas y vividoras que solo quieren saquearlo. Un hombre no necesita demostrar nada ante amigos cojudos que lo presionan para que se meta en huevadas. ¡Un hombre no vende las cosas de su casa para emborracharse! Tampoco le roba la adolescencia y la juventud a su hija mayor haciendo que trabaje, cocine y lave la ropa de sus hermanos desde joven mientras él se larga con sus amigos. Un hombre de verdad no se justifica en huevadas como lo haces tú. ¡Un hombre no es como fuiste tú durante toda mi infancia y mi juventud! ¡Tú no eres un hombre! ¿Entiendes? ¡Tú no eres un hombre! ¡Eres una mierda! ¡Y de la mierda te he sacado! ¿Entiendes? Cuando ella terminó de gritar, el anciano lloraba como una criatura. —Tú no eres un hombre... —susurró ella con odio—. Eres una mierda. Eres el ser más cobarde y egoísta que conozco. —120—


—¿Y por qué me buscaste? —preguntó él entre lágrimas—. Me hubieses dejado morir en la calle, borracho o de frío... Ella hubiese querido poder transmitir con palabras el motivo de sus acciones, la justificación para haber buscado tanto tiempo al padre que abandonó el hogar tantas veces y que tantas mortificaciones le había infringido a todos en su familia. Pero sabía que era imposible que él entendiera. ¿Comprendería ese ser tan egoísta que ella lo había sacado de la desgracia para que sus hijos no tuvieran la vergüenza de guardar en la memoria a un abuelo miserable? ¿Había manera de que él entendiera que su hija sí era capaz de imaginar lo que otros sentían? ¿Cómo explicarle la belleza del vuelo del águila a una mosca? —No lo entenderías, papá —dijo ella terminando de acomodar en un armario la ropa que había traído—. La gente como tú no entiende nada. Salió de la habitación sin despedirse, sin siquiera mirarlo. Apenas estuvo en el pasillo, empezó a llorar un llanto largo y callado que la acompañó hasta llegar a su casa, durante todo el camino. Cuando llegó a su casa, antes de entrar, se secó las lágrimas, abrió la puerta y, una vez dentro, avisó a sus hijos pequeños que venía de ver al abuelo, que no se preocuparan por él, que estaba bien y podrían ir a visitarlo pronto en el asilo en que ahora lo cuidaban. * * * La última vez que visité a mi abuelo en el asilo lo vi lúcido, lleno de vida. Recuerdo que conversamos sobre lo de siempre: mi padre y mi tía, que se negaban a visitarlo, mi trabajo y el proyecto que tenía con un potencial socio, escuché sus historias increíbles, sus regaños y consejos. Nada hacía presagiar que su salud se deterioraría terriblemente en menos de un mes. Empezó a vomitar, a sufrir desmayos, a quedarse dormido sentado en la taza del baño, a ser víctima de olvidos y lagunas. Estragos de su disipada vida, dijeron en el asilo. Por eso pedí —121—


que lo sacaran de ahí y lo llevaran a mi casa lo más pronto posible. Obviamente, no les conté nada a mi papá y mi tía, pues no lo habrían aprobado. Me ahorré la bronca con ellos, pero no pude evitar la terrible pelea con mi esposa y mis hijos mayores, que fueron los más perjudicados, porque fue su habitación la que tomamos prestada para alojarlo. Al final, accedieron a regañadientes. Recuerdo que la única que se alegró fue mi hija menor que sintió que al fin tendría a un abuelo cerca de ella, aunque fuera el mío, ya que su verdadero abuelo, mi padre, tenía un carácter agrio y esquivo con mis hijos, muy parecido al que tuvo siempre hacia mí. La tarde en que lo instalamos en mi casa, llegué del trabajo raudo a verlo, emocionado pero preocupado. Nuestras miradas se cruzaron apenas entré en su habitación. Su gesto me indicó claramente que aún me reconocía. En las cuencas de sus ojos, rodeadas de carne arrugada y flácida, vi aún ese brillo, el mismo mohín casi infantil que traslucía su mirada al jugar conmigo cuando yo era pequeño. Desde aquel instante, cada tarde que entraba a verlo, me asaltaba el temor de que, al entrar a su habitación, él ya no me reconociera. —A tu papá, cuando era chiquito, no le gustaba que lo llevara en hombros —me decía mi abuelo mientras me llevaba al estadio—. Le daba mareos. Y la cancha siempre le asustaba, la gente, los gritos, todo. De esa época, recuerdo las discusiones de mi abuelo con mi padre y mi tía Carmela. Recuerdo los gritos, los insultos, a mi tía llorando, mencionando siempre a mi abuela y enumerando una serie de desgracias familiares de las que, aparentemente, mi abuelo era culpable. Precisamente, ella fue la única a la que le conté, después de varias semanas, que tenía a mi abuelo en casa. Había sido ella quien lo puso en el asilo, luego de recogerlo de la casa de un amigo de mi abuelo, un amigo de juergas y juegos, quizás. En esa casa lo tenían alojado malamente, casi no comía y ya había llegado al extremo de mendigar a los vecinos. A mi tía no pareció importarle, me pareció que sentía quitarse un peso de encima. —122—


—No es justo que tú tengas que cuidar de él —dijo mi tía—. Pero en la vida de tu abuelo nunca nada ha sido justo. Nunca ha tenido el castigo que ha merecido. ¿Estás seguro de lo que vas a hacer? ¿Qué te ha dicho tu esposa? Una vez más, mi tía enumeró todas las maldades y desventuras que mi abuelo inflingió a mi abuela y sus hijos. Por ella supe que mi abuelo tuvo que vender la casa familiar por deudas, que tuvo hijos fuera del matrimonio y que durante un tiempo, abandonó a mi abuela y sus hijos para irse con una de sus queridas a vivir al norte. No estoy seguro, mi tía no lo explicó, quizás por vergüenza, pero creo que la deuda la contrajo para beneficiar a los hijos que tuvo con esta mujer. Al final, cuando no pudo pagar las deudas, tuvo que vender la casa de mi familia. Paradójicamente, cuando perdieron la casa, a mi abuelo no le quedó otra opción que volver a vivir con mi abuela y sus hijos en una casa alquilada, pues su querida lo había echado acusándolo de violento y borracho, lo mismo de lo que le acusaban mi abuela y mi tía. Mi padre tuvo que empezar a trabajar desde muy joven y mi tía a cuidar de la casa y los hermanos menores, ya que mi abuela no tenía buena salud y mi abuelo había perdido el trabajo y recibía una mísera pensión que se apuraba en cobrar y dilapidar jugando a los caballos. Lo recuerdo llegando a la casa y entregándome un billete de cinco mil soles, diciéndome que los guardara, que los escondiera de mi tía y mi papá. Más tarde volvería a pedírmelos y me daría dulces o canicas como recompensa por ayudarle a esconder su dinero. Supe que, durante los últimos años en que estuvo viva, mi abuela casi no le dirigió la palabra. Murió al poco tiempo, de vergüenza y de jaquecas, decía mi tía. Yo nací el mismo año en que murió mi abuela y crecí en la primera casa de mi padre, quien recibía a mi abuelo por temporadas, cuando mi tía se cansaba de tenerlo en la suya. —A tu abuelo no lo quiero ver —dijo mi tía esta vez—. Él se buscó esa vida, que lo cuiden sus hijos del norte, que él vea lo que hace. Encima de hacernos la vida miserable, ¿tenemos que cuidarlo en su vejez? No es justo... ¿Tienes idea de cómo se —123—


perdió la última vez? ¡Viajó al norte nuevamente! Sí, a buscar a esa tipa y a sus hijos. Y así quiere que lo cuidemos. A pesar de crecer rodeado del rencor de mi padre y mi tía hacia mi abuelo, tuve una infancia feliz gracias a él. Nuestra complicidad se hizo sólida con nuestros juegos y sus historias. Fue el primero que me hizo reír como un loco con una narración y temblar de miedo en la noche, escuchando sus relatos de viajes y misterios, aparecidos y malandrines con los que se había enfrentado. Con él aprendí las malas palabras que mi padre no quería oír en mi boca y que yo repetía en la escuela. El valor de las primeras vulgaridades y arcanos, los secretos y confidencias; todo eso me lo dio mi abuelo. Yo no podía odiarlo, pero con el tiempo he llegado a comprender a mi papá y mi tía. Mi abuelo fue muy egoísta con ellos, pero yo no quería verlo solo en ese asilo, extinguiéndose tristemente. Ahora, en la habitación que habíamos acondicionado para él, sentía que yo lo llevaba en mis hombros, que una vez más éramos cómplices de algo, como en ese entonces, cuando me enviaba a comprar cigarros a escondidas de mi padre en la época en que le habían detectado fibromas pulmonares; o cuando escondíamos el licor de higo que él mismo preparaba en el patio trasero, licor que bebía con sus amigos luego del hipódromo. La habitación tenía las ventanas cerradas, y el calor, aunque soportable, nos quitaba el poco aire que circulaba. Mi abuelo me señaló la ventana y se esforzó por decir algo. Yo lo detuve, le dije que no hablara y abrí la cortina. Sentí el aire golpeando mi rostro, como cuando él me llevaba en hombros. Hizo una seña para que me acercara y lo escuchara. —Te estoy robando el aire —dijo—. Estoy respirando el aire de otros. Le dije que se callara, pero él continuó hablando. Decía que, en el fondo, entendía a mi padre, porque él le había negado muchas cosas, había sido muy impulsivo y libre, y que lo único que hubiera deseado para mi padre era que él también disfrutara de su libertad. Creo que fue una de las pocas veces en que lo escuché hablando como adulto, sin su picardía insolente. Supe —124—


entonces que empezábamos a despedirnos, que mi aliado en el mundo de los adultos, que jugaba y se equivocaba como yo, el niño grande que se resistía al paso del tiempo, se marcharía dentro de poco. Habló del tiempo, un tiempo cruel y bárbaro que se había llevado su lucidez y le había restregado sus errores. Mencionó a mi abuela con lágrimas en los ojos, a mi padre y mi tía Carmela. No dijo nada acerca de su otra familia, la del norte, y yo no le pregunté más. —En mi vida, todo ha sido error tras error... —dijo—. Quizás tú seas lo único bueno que he podido hacer. ¿Por qué quería yo a mi abuelo más que a mi padre? Fue mi padre quien me crió y pagó mis estudios, las cosas que yo rompía; era él quien me sacaba de problemas. Mi padre, que no tuvo un padre que hiciera lo que él había hecho por mí. Alguna vez pensé que yo había heredado la mala sangre de mi abuelo y así como él había sido un mal padre con mi papá, yo había sido un mal hijo. Ahora trato de no explicarme eso, no quiero darle más vueltas. Aquella tarde, me quedé dormido cuidándolo y tuve un sueño extraño: mis hijos corrían buscando algo en la casa; yo entraba y me ponía en medio de ellos, pero ellos no me veían. Desesperados, su búsqueda los iba angustiando cada vez más y yo les gritaba que me dijeran qué necesitaban, pero ellos no respondían. Comprendí, en mi sueño, que ellos no podían verme y me desperté. —Hijo —dijo mi abuelo—. Por favor... Terminé de despertarme y lo miré. Su expresión era de vergüenza y temor. No necesitó explicarme nada, el olor que se desprendía de las sábanas era suficiente. Era tarde y no podía despertar a nadie en la casa para que me ayudara, así que fui al baño y llevé a la habitación todo lo necesario para limpiarlo. Era la primera vez que mi abuelo sufría ese accidente. Yo lo había tomado como algo inevitable desde el comienzo, de manera que ya lo hacíamos dormir con pañales. Retiré las sábanas, le quité el pantalón, luego de colocar un tapiz plástico debajo de sus caderas, y empecé a limpiarlo. Fueron segundos eternos de un acto vulgar y, a la vez, dramático. —125—


—Pensar que yo te cambié los pañales —dijo de repente, mirándome primero y luego al techo, con vergüenza y resignación—. Ahora te toca a ti... Su voz sonaba lejana, como el llamado desde alguna profundidad. Vino a mi mente, entonces, la primera imagen que conservo de mi vida, una imagen fraccionada y que pareciera verse desde un caleidoscopio opaco: el rostro de mi abuelo mientras me cambiaba los pañales. Sonreí mientras terminaba de limpiarlo y cambiarlo, con una satisfacción extraña, como si alguna ley tácita de la vida se estuviera cumpliendo en ese instante. Mi abuelo no dijo nada más, yo me retiré al baño con las telas sucias y, cuando volví, él ya dormía. Esa fue la última noche que pasé con mi abuelo, ya que, en los días posteriores, no me reconoció más. Lo supe al día siguiente, cuando vi sus ojos. Esa vida alegre y aparentemente infinita que brotaba de su risa se había ido. Él ya se había marchado, dejando atrás ese recipiente vacío de vida, lleno de órganos decadentes, carne y huesos en ruinas. Empecé a considerar a mi abuelo muerto desde el momento en que sus ojos no me reconocieron. Por eso, la tarde en que su cuerpo dejó de funcionar, no me entristecí más. Fueron mis hijos quienes lo descubrieron y avisaron a mi esposa. Como yo estaba en el trabajo, ella llamó a mi padre, que se presentó en mi casa apesadumbrado. Más tarde, me confesaría que supo todo el tiempo que mi abuelo se hospedaba en mi casa, pero que nunca pudo cobrar el valor de venir a visitarlo. Su tristeza era extraña. No era la tristeza por haber perdido algo, sino un rencor convertido en amargura. No pudieron ubicarme en el trabajo, así que recién me enteré al llegar a casa. Mi esposa me dio la noticia y dijo que todos estaban reunidos en la habitación. Entré y vi a mi padre, mis tíos y mis hijos rodeando la cama y el cuerpo. A un lado, apartada del resto, sentada en una silla junto a la ventana, mi tía lloraba. Un frío indescriptible me rodeó cuando vi el cuerpo de mi abuelo y me sentí terriblemente solo frente a todos esos extraños. —126—


Invocación del amor

—Cásate conmigo —dijo Alberto aún jadeante y entrelazado al cuerpo tibio de Sara. Recuperando el aliento luego del orgasmo y con él aún dentro de ella, Sara lo miró a los ojos y sonrió con ese descaro que a él lo volvía loco. —Sabes que no voy a dejar a tu hermano por ti —contestó ella—. Lo quiero mucho, es un buen esposo, aburrido, pero bueno. Mis hijas lo adoran. Además, Marcia es una buena amiga, la estimo mucho. No quisiera que te divorciaras de ella por mi culpa. Así continuaron por unos instantes, totalmente ajenos al mundo, hasta que se incorporaron y buscaron sus ropas. Luego, mientras ella ordenaba y limpiaba las manchas de la cama, Alberto dijo: —¿Crees que no te amo, verdad? —No, no me amas —respondió ella—. En esto no hay amor, Alberto. —¿Cómo que no? Hace poco dijiste que también me querías. —Alberto, siempre que lo hacemos siento que te amo. A veces, el placer confunde los sentimientos. Y, como eres el único con el que siempre tengo orgasmos, a veces puedo pensar que te amo, pero no es así. —¿Entonces por qué lo dijiste? Sentada en la cama y vistiéndose, Sara hizo un mueca de hastío. —127—


—Lo dije porque a veces me siento sucia —dijo mientras se ponía los zapatos—, porque sé que lo que hacemos está mal. Y la única forma en que puedo limpiarme es engañándome e invocando al amor. Creo que mencionar esa palabra me justifica. Tiras bien y me arrechas un montón, apenas te veo, tengo ganas de que estés dentro de mí. Él, que nunca tenía mucho que decir, salvo esas frases cursis y relamidas que a ella le llegaban a aburrir, solo dijo: —No hables así. Yo sí tengo un sentimiento. —Algo sientes, pero no es amor. No llames amor a esto, Alberto. ¿Tú crees que después de lo que hacemos podemos decir que somos capaces de amar? Ayer hemos tirado en el cuarto contiguo a donde nuestros hijos estaban jugando; en el cumpleaños de tu mamá, con tu hermano y tu esposa andando por ahí, te la chupé en el baño; ahora mismo acabamos de tirar en la cama de mi esposo... ¿Te parece que somos capaces de amar? —¿Por qué no? —preguntó él, sin saber qué decir. Ella empezaba a aburrirse de la obtusa simplicidad de su amante, esa evidente frivolidad que lo hacía despreciarlo cuando no estaba desnudo encima de ella. Lo miró con gravedad y desdén. —No somos capaces de amar a nadie porque no nos importa herir sus sentimientos, preferimos nuestro placer antes que considerar lo que ellos puedan sentir. Lo que hacemos puede destruir el orgullo de personas a las que decimos querer. Es más, a veces, he llegado a sentir que no amo ni a mis hijas. Siento que me estorban, que no me dejan tener tiempo para mí. Me repugna tu hermano y sus estúpidos esfuerzos por hacerme feliz, por dar equilibrio a mi familia. ¡Mierda! Siento que lo odio, que es despreciable... Se detuvo al notar que empezaba a hablar con ira, se llevó las manos al rostro, mortificada. —¿Te das cuenta? —dijo— ¿Cómo puedo hablar así de alguien que me adora? No te amo, no amo a nadie. No quiero tener ningún vínculo con nadie, ni con mis hijas, quisiera desaparecer y que nadie me conociera. Solo me gusta sentirte dentro de mí, olvidarme de todo, me gusta que seas posesivo, me gusta ser tu —128—


objeto, tu juguete, porque cuando me tratas como puta, es como si no tuviera voluntad. Alberto permaneció callado y sin entender, solo la miraba confundido. Entonces, ella, que esperaba alguna reacción, se sintió derrotada, empequeñecida. Fue peor cuando él se acercó intentando abrazarla. Sara sintió, como otras veces, asco de esa falsa ternura que él manifestaba en momentos así. —Yo sí te quiero —dijo él. —No hables cojudeces —dijo ella separándose de él— ¿cuántas veces has sido infiel a tu esposa? Alberto no respondió. Bajó la mirada y ella se encogió de hombros, resignada. —¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —preguntó Sara—. Que me gusta ser tu puta. —No hables así... —dijo él. —¿No entiendes nada de lo que digo, verdad? Es obvio que no me quieres, que solo te gusta saber que voy a hacer lo que tú me pidas. Es obvio que me consideras una cosa, un objeto tuyo... Lo sé cuando me manoseas sin que nadie se dé cuenta. No puedes amar a alguien que hace lo que yo le hago a mi esposo, y no puedo amar a alguien que traiciona a su hermano. Somos mierda, Alberto. ¿No lo ves? Harto ya de no entender nada, Alberto reaccionó con violencia. Molesto, dijo con voz hiriente: —Cierto, tienes razón. ¿Cómo podría amar a una puta como tú? Una perra que miente a su esposo y a sus hijas. Yo sé que te arrecha que te la meta cuando ellos están rondando, cuando hay posibilidad de que se den cuenta. Tienes razón, no te amo, y tú a mí tampoco. Pero me llega al pincho... porque igual es rico metértela, dejarte bien cachada como te gusta. Se acercó a ella violentamente, la tomó de la cintura, hizo que ella le diera la espalda y se frotó contra ella. Ella lo sintió y la dominó esa turbación que la asaltaba siempre que estaba en sus brazos, envuelta en la virilidad brutal que la hacía perderse. —Mira qué dura me la pones —susurró él—. Y cuando estás así molesta o te resistes, me arrechas más. Es cierto, no te quiero. —129—


—Nunca más vuelvas a decir que me quieres... —dijo ella con voz trémula. Sonó la puerta del primer piso. Se escucharon voces de niñas que entraban jugando. —Mis hijas... —dijo suavemente Sara. Las manos de Alberto sobre sus pechos la paralizaban. —¿Te arrecha que estemos así mientras ellas están abajo? —dijo él con esa lascivia que la encendía. —Sí. —¿Vas a querer que te rompa el culo como te gusta, mi amor? —Sí. —¿Me la quieres mamar? —Claro... —Súbete la falda... —Ya no hay condones. —Mejor, más rico. —¿Me vas a cachar fuerte? —Como te gusta. Te voy a llenar de leche, putita. —Pero mejor ahora vente en mi boca, para no manchar nada.

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Crecer

—Pero si ayer te di cincuenta soles —dijo Ernesto, incrédulo. —Pues le di diez a Milu, porque se lo pidieron en el colegio para los exámenes —dijo Elena mientras limpiaba la repisa de la cocina—. Treinta se fueron en el balón de gas y algo más en pasajes. El resto se fue en el almuerzo de hoy. Solo quedan cinco soles. Como otras veces, Ernesto se sintió sacudido por esa mezcla de rabia e impotencia. Era como un pequeño fuego en las entrañas que lo irritaba cada vez que algo rompía su presupuesto. Estaba a punto de gritarle a Elena que gastara con más cuidado, pero se contuvo: se dio cuenta de que no había razón para hacerlo, ya que ella no había sido insolente ni le había encarado nada, como en otras ocasiones. No dijo nada más, solo dejó caer su cansancio acumulado sobre un sillón de la sala-comedor y trató de relajarse cambiando de tema. —Mañana hay que pagar al conserje, son cinco soles. Y cambiar un cable de la ducha eléctrica —dijo Elena raudamente, destrozando la calma de Ernesto. —¡Ya! —vociferó él—. Mañana te doy treinta soles. ¿Con eso te alcanza? —¿No pueden ser cincuenta? —preguntó ella con voz tímida—. Quería comprar una tela para la cortina. —No, no puedo... —dijo él—. Solo puedo darte treinta. Esa frase sacaba a Elena de sus casillas, liberaba su violencia. No importaba que el monto ofrecido variara, bastaba el ritmo de las palabras, el tono de voz, el gesto defensivo de Ernesto —131—


que, paradójicamente, ella sentía como una agresión. Contuvo su ira convirtiéndola en algo útil: en silencio siguió rebanando pan y embutidos que su hija llevaría al día siguiente al paseo de la escuela. Ernesto se preguntó por un instante qué hacía la gente que ganaba menos que él y que tenía mayor carga familiar. Si tres mil soles se iban tan rápido, ¿qué hacía la gente que ganaba el sueldo mínimo? Mejor era no pensar. —Mañana es el paseo de Milu —dijo Elena, dejando finalmente escapar su enojo en esa frase irrelevante. Ernesto sintió la ligera agresión, un atisbo de ira contenida en su esposa, como tímidas gotas que se escapan de un recipiente a punto de estallar. —Ya te di para eso, ¿verdad? ¿Me vas a hacer un escándalo por un paseo? —gritó a la defensiva. —Sí, me diste lo que pidieron, pero hay que darle algo más. De repente quiere comprarse algo allá —contestó ella, temerosa, casi arrepintiéndose de haber mencionado el paseo. Enojado, Ernesto aceptó darle algo más de dinero, pero solo diez soles, total, pensaba él, una niña de diez años no puede gastar tanto dinero. Prendió el televisor y buscó algo que lo distrajera, pero nada lograba retener su atención, ninguna noticia, ningún partido de fútbol. La noche del jueves se encendía con el alumbrado público y algunos niños salían a jugar en la calle bañada por su luz tenue y cálida. De golpe lo absorbieron el ruido impreciso de los autos en la calle, gritos de muchachos corriendo sobre la acera cercana, la luz atravesando las cortinas, la suavidad y el calor familiar del sillón, el diálogo indiferente de algún comercial y, en el fondo de todo ello, el chorro de agua en el lavadero, donde Elena terminaba de lavar los utensilios. Solo sintiéndose en medio de todo ello pudo finalmente sentir un instante de paz. No se durmió, pero por unos minutos permaneció inmóvil entre el sueño y la vigilia, completamente indefenso y más frágil que nunca. ¿A dónde se fueron sus ambiciones?, se preguntaba luego Elena, callada y de espaldas a Ernesto, rebanando con cuidado la —132—


jamonada y colocándola en el pan. Recordó que cuando salieron de la universidad, Ernesto tenía la cabeza llena de proyectos y aspiraciones que le daban una razón de ser a cada carencia y sacrificio. Recordó la emoción que sintió cuando se enteró de que Ernesto había sido contratado en la fábrica de telas, en ese puesto que prometía ser un puente hacia algo mejor, para un joven tan talentoso como usted, Ernesto. Luego de cinco años, solo había podido avanzar a coordinador de su sección, puesto del cual, luego de otros cinco años, no había podido ascender, y no porque fuera inútil o tonto, sino porque las ambiciones se le habían anquilosado debido a las urgencias e imprevistos que fueron surgiendo: la muerte de la madre de Elena, el cambio de casa, que aumentó su estatus pero les significaba mayores costos diariamente, el nuevo colegio de Milu, esa “buena educación” tan costosa, los viajes al Cusco e Iquitos, los únicos lujos que una familia de clase media se podía dar. Tan pesada iba la vida, tan a trancas y barrancas y todos los sueños postergados se acumulaban en una sola frase, pero si ayer te di cincuenta, pero si ayer te di ochenta, pero si ayer te di un millón. Ambición, te falta ambición, pensaba ella, callada, como siempre. Llego a casa y lo primero que hace es pedirme dinero, pensaba Ernesto, le explico que no puedo y no entiende. Le molestaba que Elena insinuara que él guardaba dinero para sí mismo, pues ya una vez se lo había espetado. A su mente vino la primera vez que la hizo llorar por dinero, cuando le dijo que no tenía crédito para comprar muebles de comedor nuevos; Elena soñaba con echar por fin a la basura esos vejestorios que le había heredado su suegra. A él le parecían buenos aún; para ella, eran horribles, destartalados, ofensivos. Fue en esa oportunidad que Elena le asestó por primera vez aquella puñalada: llamarlo mediocre. También fue la primera vez en que Elena le echó en cara que durante seis años, desde que la niña había nacido, ella no había podido trabajar. —Es que si trabajo, tú no me das dinero, esperas a que yo gaste en lo necesario, y crees que con dar para el colegio de la niña y la mensualidad de la casa ya es suficiente—le había dicho ella. —133—


Ernesto no aceptaba que Elena tenía razones para guardar rencor, pero sí tuvo que reconocer, con mucha vergüenza, que sus proyectos se habían estancado. Su mayor propósito, su único mérito y consuelo, era el ahorro, ese ajuste cruel a sus propias ansias y necesidades. Ahorrar cincuenta, ahorrar cien, ahorrar un millón. Elena terminaba de preparar el fiambre cuando Milu entró a la casa. Venía de hacer las tareas con una amiga. Saludó a su padre y se acercó a ver lo que su madre hacía en la cocina. Discutir ante su hija era algo que Elena y Ernesto habían evitado siempre, a conciencia, aunque no siempre lograran contenerse. La noche transcurrió monótona para ellos, con la calma del cansancio nocturno previo a un nuevo día de trabajo. A la mañana siguiente, Milu se despertó como todo adolescente a punto de salir a un paseo escolar, al rayar el alba. Con ansiedad, preparó su maleta: toalla, jabón, una muda de ropa, la blusa de hilo con estampado batik del que presumía entre sus amigas. Luego se duchó, se puso perfume y se colocó sus chaquiras de cuero y ópalo para, finalmente, acercarse a la cocina a buscar lo que había preparado su madre la noche anterior. En el pasillo, escuchó que su padre, que salía de su habitación, se acercaba al baño. —Papá, ¿cuánto me vas a dar para el paseo? Ernesto respondió somnoliento aún: —Buenos días, hija —dijo él. Tardó unos minutos en reaccionar y lo primero que pensó, en un segundo, fue en lo detestable que era que su hija le dirigiera la palabra solo para pedirle dinero. Dio media vuelta, entró en su habitación, buscó su billetera, sacó de un bolsillo un billete de diez soles y volvió sobre sus pasos para entregárselo a su hija. —Papá... ¿puedes darme diez soles más? —le dijo Milu apenas tuvo el billete en sus manos —¿Más? —preguntó Ernesto—. ¿Para qué? —Por si acaso... —dijo la niña. Ernesto solo pudo darle cinco soles más, lo cual molestó a Milu, que se fue algo amargada de la casa. —134—


Ya en el colegio, reunida con sus amigas, poco antes de subir al bus que los llevaría de paseo, Milu pensaba en su próximo cumpleaños, en lo que pediría de regalo, y en lo que se regalaría ella misma: un tatuaje en la cadera. Con los diez soles que le habían dado para el paseo (dinero que no gastaría) sumaba ochenta soles. Solo le faltaban cuarenta, y elegir el diseño. Con eso sorprendería a todas sus amigas, sería la segunda de su grupo en la escuela y la primera de su barrio en tener ese tatuaje. Además, sentiría que finalmente había tomado una decisión propia sobre sí misma. Había pensado en tatuarse un ave de colores en el hombro izquierdo. Dentro de dos semanas cumpliría dieciséis años. Cuando los niños subieron al bus, Milu eligió un asiento al lado de la ventana. Se puso los audífonos de su mp3 y durante todo el camino, mientras contemplaba los paisajes, la acompañó esa paz inconciente de la adolescencia. Al bajar del bus, ya en el lugar del paseo, un centro recreativo en las afueras de Lima, Milu se acercó a un grupo de compañeras que empezaba un partido de voleibol. Aunque era bajita, igual la eligieron en uno de los equipos porque no todas las chicas querían jugar, la mayoría quería meterse a la piscina. A ella no le importó la razón por la que la aceptaron, ya que en ese equipo estaban las chicas populares de su promoción. Dentro de poco, serían sus amigas, se decía. Imaginaba calladamente el momento en que enseñaría el tatuaje, las expresiones de éstas y su propio orgullo. En ese mismo momento, en la fábrica de telas, a Ernesto le anunciaban que lo iban a ascender a administrador general en un local más grande en una provincia y que tendría más responsabilidades y personal a su cargo. También ganaría más dinero. Pero todo eso implicaba mudarse de barrio, cambiar de domicilio, llevarse a su esposa y a su hija con él. Aceptó el ofrecimiento justamente pensando en ellas y en lo felices que se pondrían al recibir la noticia. *** —135—


El camino a su casa desde el trabajo es bastante tedioso, su recorrido es el más largo, de manera que Milu casi siempre es la última al bajar del bus. Durante los dos años que lleva trabajando, ha ahorrado lo suficiente como para comprar un auto usado. No quiere el de sus padres porque siente que, aunque ellos ya no lo necesiten tanto, es su deber conseguir uno propio. Orgullosa, no da su brazo a torcer y, ante las ofertas de su padre, siempre encuentra una excusa para rechazar el ofrecimiento. En su trabajo, las cuentas de los clientes solo se amontonan a fin de mes, días horrendos en que Milu llega a casa destruida, sin ánimos de hacer nada. Hoy terminó de sanear las cuentas de una agencia de traducción, cosa fácil, si no fuera por los problemas de pago a colaboradores externos. Una cosa sencilla que se termina complicando por pequeñas insignificancias, detalles que crean un monstruo. Luego de caminar hasta la puerta de su casa, en ese barrio que terminó convirtiéndose en su hogar, a pesar del inicial rechazo, entra a su casa y se impregna del aroma del piso encerado, la alfombrilla limpia, las mustias cortinas que reciben la luz de la lámpara que cuelga sobre los muebles ya no tan modernos pero pulcros. El silencio de la casa se quiebra con el sonido de los cubiertos bajo el chorro de agua del lavadero en la cocina. Milu avanza hacia el sofá y se deja caer. Mira hacia el comedor y ve que en la mesa falta el mantel. Supone que estará sucio y que lo están lavando, pero se pregunta por qué no han colocado otro. Antes de decir algo, aparece una niña detrás de ella, casi una adolescente, que lleva en las manos un paño con el que seca algunos utensilios. La niña tiene el cabello sujeto hacia atrás, voz cansada, ojos apagados. —Hola Milu —dice la niña—. Tú papá ensució el mantel, derramó refresco. No quiere aceptar que ya no ve bien, que tiene que cambiar de lentes. ¿Quieres comer algo? —No, me iré a la ducha y a dormir. Mañana salgo temprano, me envían otra vez a la agencia de traducciones. La niña regresó a la cocina balbuceando algo que ya Milu no escuchó. El cansancio y el sueño la habrían vencido si no —136—


hubiera escuchado unos pasos descendiendo por la escalera, pasos pausados, casi sigilosos. Un jovencito de unos dieciséis años, con unas pantuflas de cuero avejentadas, le sonrió mientras se acercaba a ella. —¿Viste el auto del señor Robles? —preguntó el muchacho. —No, no tuve tiempo —contestó Milu. —Pues apúrate en verlo. Alguien te lo puede ganar, el auto está muy bueno. El niño se acercó a la mesa y se sentó en una silla ubicada al extremo. —Tú mamá dice que no veo bien con mis lentes de siempre —dijo algo avergonzado. —Pues es verdad —dijo Milu. —¡No es cierto! —replicó el muchacho—. Ella puso el refresco muy cerca sin avisarme. Fue un accidente. —¡Mentira! —gritó la niña entrando en el comedor—. Yo había puesto el refresco hacía buen rato, incluso te avisé y te dije que tuvieras cuidado. —Mamá, papá... —interrumpió Milu mortificada—. No discutan por un mantel... ¿Acaso no tenemos otros? —No se trata de si tenemos otro, sino de que tu padre acepte que ya no puede ver bien. Míralo ahora, ¿qué hace sin lentes? ¿Por qué no se los pone? Ya es el tercer mantel que mancha. El niño hizo un mohín de hartazgo, se levantó y se dirigió a la cocina. —Cada día está peor —dijo la niña—. Si vieras cómo deja el baño en las mañanas. La niña continuó hablando, desde la cocina se escuchó una réplica, pero Milu ya no escuchaba. Se quitó los zapatos y se durmió apoyada en el respaldo del sofá. *** Finalmente, Milu le compró el auto al señor Robles. Era verdad lo que su padre decía, el auto estaba en buenas condiciones. El camino desde su trabajo seguía siendo largo e intrincado, con un —137—


tráfico infernal, pero el auto le permitía sentirse independiente, cómoda, dueña de algo. Llegar a casa y ver los muebles nuevos, comprados apenas hacía dos semanas, le daba una ligera satisfacción. El televisor de pantalla plana, el reproductor de videos con audio de cinema y el de mp3 le habían costado bastante más, pero el sofá era lo más precisado para ella. Por eso, al llegar a casa y ver una mancha morada esparcida sobre uno de los cojines, se le llenaron los ojos de lágrimas y empezó a maldecir irancuda. De repente, una niña de aproximadamente seis años bajó las escaleras corriendo, como si huyera de alguien. —¡Fue tu papá! —gritó la niña, y de inmediato se escondió en la cocina. —¡Pero fue su culpa! —gritó un niño que bajaba las escaleras a trompicones, molesto, buscando a la niña. La niña entró nuevamente en la sala comedor y se colocó detrás de Milu, como protegiéndose. —Tu papá dice que no cuido bien la casa —dijo la niña con voz llorosa—. Que no limpio bien los muebles, que no lavo bien los platos... ¡Toda la vida le he servido y me he esmerado! —¡Solo le he pedido que lave bien mi ropa! Yo no puedo hacerlo, ella lo sabe, no distingo bien los colores... —decía el niño, también llorando. Milu, como siempre que sucedía esto, no sabía qué hacer. Nunca quiso ponerse de lado de ninguno, más ahora, que las peleas de sus padres eran más comunes y sus palabras más ofensivas: no dudaban en decirse las cosas más hirientes, encararse los peores despechos. —¿Cuántas cosas podríamos haber tenido si él no hubiera sido tan mediocre? —preguntó Elena, sin que viniera a cuento, con una voz tan infantil que parecía el chillido de un animal. —¡Le he dado todo lo que he podido! ¡Malagradecida! —respondía el niño. —¡Mediocre! —respondía Elena y se ponía a llorar escondiéndose tras su hija. —138—


Milu acompañó a su mamá a la habitación y pidió a su papá que quitara el cojín manchado del sofá. En la habitación, arropó a su madre, que aún lloriqueaba y se quejaba de Ernesto. Estuvo con ella durante un rato, mientras la oía arrepentirse de sus errores en la vida, culparse de todos los males, pedirle perdón a su hija por haberle dado tan poco, hasta que se quedó dormida. Cuando Milu bajó a la sala, vio a su padre durmiendo acurrucado sobre el cojín manchado. Sus ojos enrojecidos se abrieron tristes cuando Milu lo abrazo y lo cargó para llevarlo a la cama también. —Yo a tu mamá le he dado todo lo que he podido, hija... —dijo Ernesto. —Lo sé, papá —contestó ella. —Ojalá hubiera podido darte más a ti. —¿Acaso no me lo diste todo, papá? No recibió respuesta, solo la respiración profunda de un niño dormido. *** Es lunes y Milu siente la irremediable pereza de las mañanas, el disgusto del sueño inacabado, perdido para siempre. En la habitación contigua, escucha a su padre gritar. No es un grito de ira, no es un reproche. Es solo su manera de expresar su presencia. Milu se termina de calzar las pantuflas y se acerca a la habitación de sus padres. Los gritos de su papá han despertado a su mamá, que duerme a su lado. Ahora ambos gritan, sin animosidad, como si saludaran. Ambos, echados sobre la cama, mirando al techo, sin poder más que agitar sus extremidades, están sucios. Cada vez ensucian más pañales y Milu tiene un nuevo gasto en el hogar. Busca pañales limpios en el estante que ha comprado exclusivamente para poner biberones, toallas, talco, aceites para la piel y utensilios que los ayuden a comer sin ensuciar tanto la cama y el suelo. Los limpia, los baña, los viste, les prepara papilla y les da de comer en la boca. Espera un momento a que hayan expulsado —139—


los gases y otro más hasta que vuelvan a sentir modorra y pueda colocarlos en la cama especial que ha comprado para ellos, una cama con rejillas, en la que puede dejarlos solos por largos ratos. Finalmente, está lista para marcharse al trabajo. Llegará tarde, pero en la oficina ya todos saben de la situación de sus padres. —Tuve que llevar a mi mamá a su control médico —dijo al llegar al trabajo y su jefe comprendió. Esa semana, llegaron a la oficina recibos y cuentas de una compañía minera, las cuentas que ella más odiaba, las más difíciles cuadrar. *** Milu manejó cansada, pero satisfecha, hasta su casa. Había logrado su propósito, cuadraron todas las cuentas, solucionó todos los entuertos y descubrió que el cliente tenía derecho a una exención tributaria en algunos casos. Era una más de sus victorias, esos pequeños triunfos que la hacían sentirse útil y le daban la esperanza de obtener un mejor puesto dentro de la compañía. No cualquiera podría haber resuelto tantos problemas en tan poco tiempo. Pensó que era ya tiempo de aspirar a algo más y, de repente, se percató de que ya llevaba cuatro años en el mismo cargo. Entró a su casa con esa idea en la cabeza. Qué rápido pasa el tiempo, pensaba, mientras se bebía un vaso de agua en la cocina. Intentó comer algo, pero se le fue el apetito al recordar que sus padres debían estar sucios. Subió las escaleras sin muchas ganas y abrió la puerta de la habitación de sus padres. La cama estaba vacía y limpia, todos los objetos estaban en su lugar, reinaba un orden perfecto. Finalmente, sus padres se habían marchado. Cerró la puerta y se dirigió a su habitación. Se quitó los zapatos, las medias, toda la ropa, se puso una bata corta y se acercó al baño. Dejó caer por un momento el agua fría del lavadero, con la mente en blanco. Cuando terminó de lavarse los dientes y quitarse el maquillaje, se miró por un momento en el espejo. Era —140—


la misma de siempre, una mezcla de pasado y presente que no le engañaban: sutiles ojeras, pómulos pronunciados, pequeñas arrugas y la mirada de una mujer entrando en su madurez, en la mejor época de la vida. De repente, se sintió joven y fuerte. Desnudó sus hombros y se puso de espaldas contra el espejo. Miró por encima de su hombro izquierdo, y pudo ver en el espejo el tatuaje de su juventud que tantos problemas con sus padres le había acarreado. El ave de colores había cambiado mucho, sus contornos se habían vuelto difusos, la tinta estaba más opaca, deslucida. Se habría quedado contemplando al ave más tiempo, pero el cansancio nuevamente la vencía.

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Lisa, siempre te amaré

—Pero, ¡si es un dibujo animado! —dijo sorprendido Carlos deteniendo el vaso de cerveza cerca de sus labios. —No es que sea solo un dibujo animado —replicó Antonio—. Es la descripción de una personalidad, una forma de ser. —Claro —acotó Mario—, es un personaje tan bien construido que, en la mente de muchas personas, puede pasar a ser más real que personas concretas, porque la idea que tienen sobre este personaje puede llevarlos a actuar de determinada manera, o motivarlos, ocupar sus pensamientos, delinear su forma de sentir. Eso hizo Lisa Hayes... —Oigan, no me jodan —respondió Carlos luego de beber un sorbo de cerveza, tratando de que su voz se escuchara por sobre el griterío del bar—. Yo también de chibolo quería ser Luke de La Guerra de las Galaxias, quería manejar a Mazinger... Pero, no jodan, ¡decir que el amor de sus vidas es Lisa Hayes! Ustedes están cagados... —¿Por qué? —preguntó Antonio. —¡Porque Lisa Hayes no existe, huevón! —respondió Carlos a gritos. —En realidad —dijo Mario—, las personas de las que nos enamoramos nunca existen en verdad... —Oe, putamare —le interrumpió Carlos—, no hables huevadas... —Pero escucha, por favor —continuó Mario intentando ser didáctico—. Cuando nos enamoramos, lo hacemos de la idea


que tenemos de la otra persona, del ser que hemos creado en nuestra mente, de una ficción. —¿O sea que mi jerma es una ficción? —dijo Carlos, a quien la oscuridad del bar le hacía esforzar la vista, justo cuando el alcohol empezaba a subírsele a la cabeza—. Hablas huevadas... —No, imbécil —respondió ácidamente Mario—, sino que su ser real va más allá de lo que puedes conocer, nunca la conocerás completamente, y el ser que amas es el ser que tú, en tu limitación, conoces e imaginas. —Claro —intervino Antonio—, cuando amamos, lo que hacemos es buscar esa ficción y el amor acaba cuando la realidad vence a nuestra ficción. Nuestra vida, nuestras aspiraciones, todo está basado en ficciones que luego hacemos realidades. Todos nos imaginamos a nosotros mismos, somos una ficción de nuestro propio ser. —Ustedes hablan huevadas. Si yo le hablara así a mi jefe cuando le presento el estado financiero, me bota a patadas. No, jefe, la quiebra de la empresa es ficción. ¿Eso le voy a decir? Las risas de otras mesas llegaban ya débiles, la cerveza hacía más pesadas las palabras y las voces, los tres amigos recordaban situaciones y nombres de personas que eran como espectros que invocaban. Volvían siempre a los nombres de las mismas mujeres, los mismos enemigos, calles y fechas. Tal vez por eso, porque se sentían en absoluta confianza, apenas hubo un instante de silencio, Mario, cuya infinita imaginación solía abstraerlo de este mundo, dijo: —Creo que nadie puede haber querido tanto a Lisa como yo... Carlos, cansado ya de hablar de dibujos animados, no discutió, solo rio y le tocó el hombro condescendientemente a su amigo. —Estás borracho, hombre —le dijo—. Pero es bacán que los amigos nos digamos esas cosas. Ustedes son los únicos que saben que le tengo miedo a las fotos de mis parientes muertos. —Tus parientes muertos ahora son casi ficciones, Carlos —dijo Antonio—, ¿no lo habías pensado? Por ejemplo, a tu tía abuela no la conociste, ¿verdad? Es una imagen imperfecta que tú reconstruyes con tu imaginación. —144—


—Carajo, no empieces —dijo sirviéndose más cerveza. Carlos no quiso seguir hablando de muertos ni ficciones, pero Mario se animó irremediablemente, como si haber confiado a Antonio su amor por Lisa le empujara a confesar todo lo que sentía. —Antonio —dijo Mario—, ¿te acuerdas del último capítulo de Robotech? —Claro... —contestó Antonio. —Cuando Lisa renuncia a Rick —dijo Mario, mirando algún punto del vacío, como si se dirigiera a una presencia fantasmal—. Siempre he creído que esa es la forma verdadera de querer, dejar que el ser amado sea feliz con quien desee. —Claro, pero Rick se da cuenta de que Lisa era más real entonces que Lynn Minmei. —Sí, ese capítulo es lo más grande... —dijo Mario. —Me encantó el capítulo en que ella le limpia la casa, lava los platos y mira el álbum de fotos de Rick mientras él seguía viendo a Minmei. —Eso me pareció tierno —interrumpió Mario ya animado—. Lo que me gustaba de ella era su sobriedad, el respeto que inspiraba y que, a pesar de ello, sus sentimientos finalmente la dominaran y terminara mostrándose sensible. —Sí, era una gran mujer, por eso era atractiva. —Por eso siempre he buscado una Lisa en mi vida... —dijo Mario sin ningún rubor. —Yo también —respondió Antonio envalentonado—. Pero también la dibujaban bien rica... ¿Nunca viste que tenía buen culo? Cuando se queda sola con Rick en la nave Zentraedi, se vio que tenía un cuerpazo... —Nunca me fijé en esas cosas —dijo incómodo Mario. —No te imaginas lo que yo he hecho pensado en mi Lisa... —dijo Antonio sonriendo. —¿Tu Lisa? No es tu Lisa... —le cortó Mario secamente. —¿Ah, si? ¿Qué has hecho tú por Lisa? —Más que tú, te lo aseguro. —¿Qué cosa? —145—


—Más que correrme la paja como tú... Seguramente te refieres a eso, imbécil —dijo duramente Mario. Carlos, que había seguido la conversación con una sonrisa incrédula, soltó una insoportable carcajada de ebrio que avergonzó a Antonio. Entonces, dejaron de discutir sobre dibujos animados. Retomaron el tema del fútbol, la política, el trabajo y, finalmente, las mujeres. Eran los últimos en el bar y ya las mesas tenían las sillas recogidas. Alguien barría cuando Carlos se levantó para ir a orinar. Transcurrió un momento largo y, cuando regresó, encontró a sus amigos trenzados a golpes: Mario rodeaba la cabeza de Antonio con un brazo y con el otro le propinaba puñetazos en la cara, Antonio, más ebrio, intentaba levantarle las piernas para hacerle perder el equilibrio. Todo había pasado en un instante y Carlos no se explicaba por qué podían estar peleando. Logró separarlos con ayuda del mozo, les gritó y amenazó con golpearlos. Cuando ambos se calmaron, preguntó: —Oe, ¿se puede saber por qué mierda estaban peleando? —Ya pasó, huevón —dijo fríamente Mario. —Sí, ya pasó —resopló Antonio—. Olvídalo, no fue nada... Por la mente de Carlos pasó una idea que lo escandalizó. —¿No habrán estado peleando por...? —¡No! —respondieron los dos a la vez—. ¡Por ella no! Quizás por el sueño que empezaba a dominarlo, Carlos no reparó en la respuesta de sus amigos. El mozo les pidió que se retiraran. Salieron en silencio y tambaleantes, justo cuando se apagaba el alumbrado público y empezaban los primeros trinos del día.

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Nosotros

Ese día en que llamaron a todos a la plaza y dijeron que iban a juzgar a la señora Monteverde, me alegré un montón, de verdad, aunque no creía que alguien pudiese hacer eso, castigarla, ni poner sus manos sobre ella, que era tan delicada y estaba siempre vestida con ropa fina. Yo tenía trece años y solo la había visto dos veces: cuando mandó a azotar al Remigio en la plaza porque se había muerto una oveja y ella lo había acusado de robarla; y otra vez, también en la plaza, cuando obligó a todos los hombres de la comunidad a quitarse la ropa porque se había perdido un prendedor de su blusa en la fiesta de Santa Isabel. Esa vez, tuvo a mi abuelo hasta tarde en la noche, a todos les hizo revolver sus ropas, sus bolsones, sus bolsitas de coca, sus atados de leña, todo. Tarde llegó mi abuelito de la plaza, con frío, tosiendo y diciendo que iban a darnos menos trigo y coca en esa cosecha, hasta que apareciera el prendedor. En esa misma plaza la iban a enjuiciar ese día. Por eso corríamos, porque queríamos ver si era cierto. El camino se me hizo largo. Corrí como diablo, con el Basilio y la Micaela. Sentía como que todos en el pueblo estábamos haciendo algo malo. Me acuerdo cómo la callecita mojada se iba acabando con cada zancada nuestra y, al final, nos encontrábamos con la plaza llena de gente y el cielo poniéndose oscuro. Nos metimos por entre las piernas de la gente, de lo chiquitos que éramos, hasta poder ver a la señora Monteverde. —147—


La vimos amarrada, arrodillada, toda sucia. Esa fue también la primera vez que los vi a ellos. Ya antes me habían hablado de ellos, en las fiestas decían que entraban a los pueblos y hablaban con la gente, que pedían ayuda y que a veces amenazaban. Decían que mataban a los abigeos y bandoleros de los caminos, o que se llevaban a la gente a vivir con ellos, para convertirlos, dizque, y que robaban gallinas, que pintaban las casas con palabras raras. Esa vez los tuve tan cerca y me parecieron de fierro, tenían una manera de hablar y palabras tan duras, y le hablaban a la gente reunida en el pueblo como si tuvieran rabia de todo, con sus puños en alto diciendo todos los delitos por los que acusaban a la señora Monteverde, el silencio de la gente muerta de miedo en la plaza, la tierra que se levantaba con el viento que soplaba fuerte como tormenta, la banderita ondeando triste sobre la escuela vieja y despintada, la señora Monteverde de rodillas en medio de la plaza, con su vestido verde olivo hecho trapo, todo roto y sucio, con sangre y con barro, su cabello recortado a tijerazos o con cuchillo y su cara asustada, llorosa, con un trapo en la boca y sus manos atadas, esa mujer, jovencita ella, que levantaba el puño, compañeros, en nombre de la justicia, compañeros, el alcalde del pueblo, el presidente de la junta de aguas y de la comunidad, callados, mirando miedosos a un chico casi de mi edad, con un saco sucio y un fusil al hombro, que levantaba esa piedra tan grande y la colocaba por encima de la cabeza de la señora Monteverde, este parásito del pueblo, esta explotadora que ha vivido del trabajo ajeno, de su trabajo, compañeros, la Micaela jalándome la chompa y volteando la mirada, la piedra sobre la cabeza de la señora Monteverde, esta mujer que representa al viejo mundo de explotación y miseria que nosotros venimos a acabar con nuestra lucha, los brazos del joven temblando con la piedrota, en nombre del pueblo de Huamantambo y sus comunidades, sus ojos llenos de rabia, la señora Monteverde llorando, por sus abusos contra la población, no quiero ver, Rogelio, ¿la van a matar? no mires, no mires, Micaela, te condenamos a muerte, Rosa Monteverde Marín, no mires. —148—


Cuando le dieron el primer golpe, yo lo vi todo. Vi la inmensa piedra que golpeaba la cabeza de la señora contra el suelo, y su sangre manchando los pies de la mujer que hablaba a la gente, y al jovencito con fusil lo vi levantando y soltando varias veces la piedra sobre la cabeza de la señora. Ella se retorcía con cada golpe, como culebra cuando le pegan. Cuando la señora dejó de moverse, sentí que ya nadie nos castigaría por estar haciendo algo malo. Nunca más ella nos negaría lo que nosotros mismos habíamos cosechado, ni sentiríamos que los víveres que entregaban en la bodega de la hacienda eran poco para vivir. Nunca más una chica del pueblo sería llevada por sus hijos a ser usada como mucama y luego como querida hasta que se cansaran de ella, ni la devolverían embarazada, teniéndole miedo a todo. Nunca más azotes ni castigos, ni capataces abusivos que trabajaran para ella. Nunca más regar primero sus tierras antes que las nuestras ni pastar a sus ovejas y vacas en tierras que nosotros cuidábamos. Nunca más bajar la mirada a su paso, nunca más... Luego de ese día, ellos se quedaron a dormir en el local de la comunidad. Hablaron con la gente, discutieron sobre temas que yo no entendía. Pocos en el pueblo se atrevían a contradecirles, y los que lo hacían eran acusados de ser como la señora Monteverde o de haberse beneficiado con ella, aunque fueran tan pobres como todos en el pueblo. Otros estuvieron de acuerdo con ellos, muchos. A los pocos días, varios se fueron con ellos, algunos obligados, otros porque querían hacerlo. Yo tuve miedo. La noche en que se fueron, Micaela y mi tía Rosalinda llegaron asustadas del río, luego de recoger agua. Habían visto a la señora Monteverde llorando, preguntando por su prendedor. Me contaron que las amenazó con azotarlas, que caminaba despacito, tropezándose con las hilachas de su vestido roto. Pasó el tiempo y seguíamos escuchando hablar de ellos, sabíamos que entraban a otros pueblos y hacían lo mismo, que mataban alcaldes, hacendados, gente a la que acusaban de ser como la señora Monteverde o gente que trabajaba para alguien como ella. Hasta que un día vinieron los otros. —149—


Los otros también me daban miedo, pero decían que venían a ayudarnos, a librarnos de ellos. El alcalde los escuchó, también los alojamos, les dimos comida y lo primero que hicieron fue buscar a ellos entre nosotros: acusaron al alcalde de haber colaborado con ellos, solo por haberlos recibido en el local comunal. Lo apresaron, le pegaron, lo consideraron uno de los asesinos de la señora Monteverde. Cuando varias mujeres del pueblo fueron a reclamar por el alcalde, no les hicieron caso. A una de ellas, la hija de mi vecino, le hicieron algo bien feo. Luego de unos días supimos que al alcalde y a dos señores que trabajaban con él los habían llevado a la capital de la provincia, los acusaban de haber ayudado a ellos. Nunca más supimos del alcalde ni de sus compañeros. Antes de irse, los otros les dieron armas a algunas personas del pueblo, para luchar contra ellos. Formaron un pequeño ejército para la autodefensa, así le llamaron. Al comienzo todo estaba bien, pero de un momento a otro, ese ejército empezó a tratarnos como a enemigos, golpeando a gente, robando comida, dándoselas de jefes, tal vez porque pensaban que entre nosotros había gente que pertenecía a ellos. Por eso, cuando ellos volvieron, todo fue peor. Primero mataron a los del pequeño ejército, aunque varios huyeron apenas supieron que ellos venían. Al nuevo alcalde lo acusaron de haber ayudado a los otros. Y era verdad, sí lo habíamos hecho, los habíamos ayudado, así como a ellos en un inicio. Al alcalde lo mataron, igual que a la señora Monteverde: a pedradas le destrozaron su cabeza. A otros dos señores los mataron con disparos, y los dejaron muertos en la plaza dos días, con carteles escritos con su sangre. Se fueron llevándose a cinco jóvenes, pero esta vez, todos se fueron obligados. Yo sabía que matar a la señora Monteverde era malo, que éramos malos, que todo esto era nuestra culpa. Luego volvieron los otros. Pero esta vez vinieron con todas sus fuerzas, muchos, no podía contar cuántos eran, llegaron con camiones, con bastantes metralletas. Nosotros tuvimos más miedo. No sabían quiénes del pueblo los apoyaban y quiénes eran espía de ellos. Esa vez nos mataron a todos. —150—


Me acuerdo clarito de todo, como si hubiera sido hoy en la mañana. Cierro mis ojos y veo el fuego que botan sus metralletas, esas luces azuladas que salían de sus pistolas. Un solo grito he escuchado en mi cabeza desde esa tarde en que nos reunieron en el local de la comunidad. Qué miedo sentí mientras Micaela me abrazaba. Esa vez no pude ayudarle. No podíamos ver a sus padres entre los cuerpos amontonados, no podíamos movernos más. Sentí miedo también de la sangre que me cerraba la garganta, que subía de mi estómago como si fuera a vomitar, que no dejaba pasar el aire. Luego todo fue oscuro y silencio. Hoy siento otra vez la luz y el frío. Alguien junta mi ropa, a pedacitos, levanta mi cuerpo y lo coloca en una caja fría, más fría que la tierra manchada con mi sangre. Yo quisiera seguir aquí, acordándome de Micaela en ese tiempo antes de que ellos y los otros vinieran, pero veo que todos los del pueblo están a mi alrededor y que también los han metido en estas cajas. Pienso entonces en Micaela y digo su nombre, primero despacito, porque la gente que nos ha sacado de la tierra es extraña y ya no tengo confianza en la gente que no conozco. Nunca más voy a confiar en nadie. Luego digo su nombre más fuerte, sin ningún miedo, es lo único que me importa ahora que me han despertado. Escucho que me responde desde algún sitio cercano. Es su vocecita, otra vez, la de siempre. Otras voces, tristes y quejosas, se unen a mi llamado. Luego somos todos en el local comunal hablando sobre las cosas que dejamos pendientes antes de descansar bajo la tierra. Le pido a Micaela que venga cerca de mí, que no vaya por el río, no vaya a encontrarse con la señora Monteverde. Don Elías le dice a su esposa que mañana viajará al pueblo anexo y ella le pide que le traiga un kilo de queso. Mis vecinos discuten sobre el techado de su casa. Ven, Micaela, quiero tocar tus trenzas, dos balas, a la altura de la nuca, ¿la señora Monteverde? Dónde estará... Yo no la maté, señorita, ellos fueron, todos los del pueblo, en el local comunal, este cuerpo fue quemado, esas tierras ya eran nuestras, señorita, nosotros se las quitamos a la señora Monteverde y más tarde el juzgado y la prefectura nos dieron el título, dueños somos, señorita, ella no quería que —151—


tuviéramos escuela, señor, a derribar la escuela mandó ella, una escuela que construyó la comunidad, mató a mi tío porque perdió dos ovejas, tres balas en el cráneo, piernas rotas, doce años de edad, ropa ensangrentada, una camisa, no vayas por el río, Micaela, la señora Monteverde debe estar por ahí buscando su prendedor, nunca te lo dije, Micaela, yo tengo su prendedor, su padre y su madre, a su lado, costillas rotas, el cráneo muestra fractura, restos de un anciano, somos malos, Micaela, nos dieron la tierra, señor, nunca nos daba dinero, azúcar, leña, coca nomás nos daba, a mi nieta la violaron, señorita, yo tengo el prendedor, lo robé para ti, Micaela.

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Palabra de hombre

Ignacio Rivas Aldana 48 años Abogado

¿No la recuerdas? No puede ser que no la recuerdes, compadre. Era preciosa. Una de cabello castaño, nariz pequeña, ojos pardos. ¿No la recuerdas? Era una recomendada por la Universidad, amiga de tu secretaria. ¿No la recuerdas? Era una que tenía un culito bien rico... ¡Esa! ¡Esa misma! ¿Ya ves que sí te acordabas? Imposible olvidar ese culito, hermano. La extraño, no sabes cuánto. Te lo digo en serio. ¿Te acuerdas cuando llegó al estudio? Tan tímida, tan extraviada, ajena a todo lo que sucedía y deseosa de conocerlo todo. Tenía veintitrés años, la muy puta, cuando entró a trabajar. Sí, la desgraciada debe odiarme ahora. Pero, ¿qué me importa? La hice vivir intensamente, le hice atravesar tantas experiencias. Debería estar agradecida, ¿no crees? Sí, debería estar agradecida porque yo la introduje al mundo. ¿Sabes qué es lo que más recuerdo? La primera vez. Sí, esa primera vez. Fue el polvo de mi vida, hombre. No te imaginas lo que fue tirarse a una hembra como ella. Y a esa edad. No, no fue difícil convencerla. Para un hombre paciente como yo, nada es difícil, todo llega. Bastó con mirarla siempre a los ojos y sonreírle suavemente mientras me hablaba, mientras me daba los informes sobre los casos corporativos o mientras conversábamos acerca de algún contrato. Bastó con halagar su trabajo un —153—


par de veces, para que luego, cada vez que entrara a mi oficina, lo hiciera sonriendo, con esa confianza que la hacía contonearse, mover las caderas mientras se acercaba a mi escritorio. Solo tuve que saber un par de cosas acerca de ella: que su padre había sido militar, y por lo tanto, había sido muy distante, y que era la menor de cuatro hermanos, la única mujer. Pan comido, hombre. Halagarla, darle seguridad, hacerle esas bromas tontas en la que le daba a entender que yo dependía de ella. Sí, fui una mierda, pero ella sabía, siempre supo de mi esposa y mis hijas. ¡Si hasta las presenté en una reunión! Por eso, cuando le dije que en mi matrimonio empezaba a haber problemas, vi sus ojos brillar. Claro, porque era su oportunidad de sentirse mujer, de consolar a un hombre cargado de responsabilidades. Me acuerdo cómo se desvivía por complacerme en la época en que hicimos el contrato con la concesionaria del aeropuerto. Sí, esa licitación movió millones, yo andaba tenso, casi no llegaba a mi casa. Y ella se preocupaba por mí, todo el tiempo me hacía notar cuánto le importaba. Pero, ¿sabes qué? Ella no sabía lo que sentía, porque a esa edad las chicas no descifran sus sentimientos, todo es nuevo. En cambio, yo sabía cuál iba a ser su reacción. En serio, no te miento, vi el brillo en sus ojos, ese mismo brillo que le vería después, la primera vez que me la tiré. Me miraba desde la cama, creyendo que me había conquistado, que yo había recurrido a ella para que me salvara. No, no me digas eso, en realidad, yo también estaba mal en esa época, en serio. Tan mierda no soy. Pero lo digo porque eso era lo que veía en su mirada: posesión, ambición, la seguridad de tenerme en sus manos. El despertar de una mujer, hermano. Ahí es cuando una niña se vuelve hembra. Claro, al comienzo, era tímida e inexperta, pero luego se soltó, se sintió dueña. Y vieras cómo se volvió en la cama. De solo recordarlo me arrecho como la putamadre... Claro, ese culito perfecto, no sabes cómo se me servía, me lo daba todo. No te imaginas las cosas que terminamos haciendo. En todas partes; en la oficina, en mi casa por las noches. Sí, mientras mi esposa dormía, nosotros culeábamos en la sala. En el funeral de su viejo, en la ceremonia de su licenciatura. Sí, se volvió brava, bien cachera, —154—


la maldita. Sabía que así me tendría en sus manos. Yo la volví así, compadre. Por eso no se va a olvidar de mí. Ahora dice que me odia, yo sé. Pero no es verdad. Se aleja de mí porque tiene miedo de que brote dentro de ella el animal que yo liberé. Por eso se aleja. Por eso dice que le hice daño, que la corrompí. Pero en realidad es su despecho, su rencor porque la dejé ir. Pero eso también lo hice por su bien, hombre, en serio. Ahora puede ir por el mundo pavoneándose de su experiencia, sintiéndose orgullosa de que se la culeaba un hombre como yo. Pero ahora la extraño, no sabes cuánto. Ese año que anduve con ella fue el mejor de mi vida. Por eso me jode que ahora diga que no quiere saber nada de mí. La extraño tanto. Era tan rica, tan buena. Y verla con ese baboso de novio que tiene ahora... ¿Sabes qué? Creo que ella ha sido el amor de mi vida. ¿Mi esposa? Me tiene harto y dice que yo a ella también; dice que soy un desconsiderado, que quiere el divorcio. ¡Como si yo no me hubiera rajado por sacar adelante a la familia, a nuestros hijos! ¡Lo he dado todo! ¡Ella ha sido el motor de mi éxito! Todo lo que he hecho en nuestra familia, lo hice por ella. Mi trabajo, mi posición, todo lo hice pensando en darles un futuro a los niños. ¿El divorcio? Ni cagando se lo voy a dar, estás loco. No, no fue por lo de esta chica, eso lo superamos, ni que hubiera sido mi única amante. Se ha molestado por lo de Denisse. Pero, ¿qué puedo hacer? ¡Si tú también le echaste el ojo cuando entró a trabajar! Claro, con esas tetas, y esa sonrisa, ¿quien no se vuelve loco? Y sí, no tienes idea de cómo se ha vuelto en la cama, hombre, desde que está conmigo. Sí, se está poniendo brava, bien cachera. * * * Pedro Gutiérrez Rojas 22 años Sin empleo fijo. Gasfitero, electricista y obrero ocasional ¿Qué habrías hecho tú si te ponía la plata en la mano? ¡Ochenta lucas! En esos tiempos, era harta plata. Y él me las dio. Claro, yo —155—


también era de los que lo jodía, alguna vez le pegué también, por cabro... Es que daba rabia que fuera tan marica, ¿no? Me jodía que fuera delicadito, hasta su nombre, Fabricio, me parecía cabrazo, su voz tan suavecita, de hembrita, y me llegaba al pincho que me mirara siempre así, que fuera perfumado al colegio, con perfume de hembra, huevón, se pintaba la boca, el conchasumare, apenitas nomás, para que no lo jodieran, pero se pintaba, te lo juro. Hasta ese día en que me habló y me dijo. Le metí un puñetazo esa vez, en el baño. Ni cagando me iba a cachar un cabro, causa, en ese tiempo yo estaba con la Lupe, la hermana de Carrión, que era una mamacita, ¿para qué mierda quería yo cacharme un cabro? Pero, putamadre, cuando me puso la plata en la mano, ochenta lucas, huevón, era un platal, estábamos en cuarto de media, yo era misio, quería comprarle cosas a mi jermita, llevarla al hotel, a comer, al cine. ¡Lo hice por la plata, cojudo de mierda! No, no me lo tiré ahí mismo, sino al día siguiente, en el malecón. Oe, ponte otra chela, pe, que sean dos... Es que me da pena lo que le ha pasado. ¡No, imbécil, no quiero emborracharme, solo quiero relajarme! ¿No te parece feo lo que le han hecho? Me da pena. Pobrecito Fabricio. ¡Carajo, no pienses huevadas, conchatumare, no soy maricón y yo no era su marido! ¡Yo lo hacía por la plata, mierda! Esa vez en el malecón fue todo rápido, yo estaba nervioso pero él estaba contento. Me acuerdo que sentí asco cuando terminamos. El huevón quería que yo me quitara la camisa. Lo mandé a la mierda. Él sí se la quitó. Fue en la tarde, a la salida del colegio. Robles nos acompañó y se quedó en la bajada para avisar si venía alguien, nos cobró cinco lucas, el hijo de puta. Puta... Fue asqueroso, ¿sabes? El condón salió oliendo a mierda. ¡Claro que me lo culeé con condón, baboso! ¿Qué chucha crees? ¿Que me iba a culear un cabro a pelo nomás? Ni cagando... Después de eso, yo andaba medio palteado, no fuera que se le ocurriera hablar. Luego me dio igual porque sabía que nadie le creería. Además, me compraba galletas, me invitaba gaseosa, y yo le aceptaba normal. Hasta que me dijo para hacerlo otra vez. Tampoco le acepté al toque, a la semana siguiente recién, y esa vez sí fue en el baño del cole. ¡Carajo, era —156—


por la plata! ¡Esa vez me pagó setenta soles! De ahí, como que nos hicimos patas, creo que alguien por ahí jodía con que yo era su macho, pero como nadie tenía pruebas, normal. Hasta esa noche de la fiesta de Rodríguez, esa vez que le pegaron los de la sección C. Todos lo manoseaban borrachos y él estaba palteado, ¿te acuerdas? Tú también lo defendiste, no jodas. Es que daba rabia que le pegaran por estar solo. Pero me jodió que luego de defenderlo y de botar a los de la C, ustedes empezaran también a manosearlo... Pobrecito. Y ahora le pasó esto, me da pena. Salud. Ya, las dos siguientes las pongo yo, ¿o hacemos un pisco? Luego de que ustedes lo manosearan y se fueran, se puso a llorar. Sí, el huevón había estado tomando, estaba medio mareado. Era la primera vez que yo veía un maricón borracho de cerca, y llorando, para colmo. Me dijo que yo era una mierda, y me dijo que me largara con mi jerma. Le metí un puñetazo, yo también estaba borracho... Huevón, esto te lo cuento a ti nomás, conchatumare... Si me entero que alguien sabe, te reviento, huevón, te saco la gran puta... Ya, que sea un ron... Lo dejé botado, llorando. Me fui a la fiesta, me emborraché con ustedes. No sé qué más pasó durante la noche, fumamos de la mala, huevón. Esto te lo cuento a ti nomás... Al día siguiente, me desperté en su cuarto, con él, en su cama, calatos los dos. Ese día le saqué la conchasumare, lo dejé sangrando, le rompí un hueso, creo. No lo volví a ver hasta terminar el colegio. ¿Por qué volví a verlo? Porque, saliendo del colegio, él empezó a trabajar con su papá, y tenía plata, y como yo tenía mi flaca y no quería andar misio, lo aceptaba. ¿Sabes cómo le gustaba que le dijera? Roxana. Cuando le hacía el trabajo, el huevón se llamaba Roxana, se maquillaba, se ponía falda, me bailaba, hablaba como niña. Era la cagada... Una vez se emborrachó y me dijo que yo era el hombre de su vida, que me quería desde el colegio. Yo me reía de él. ¡No estoy borracho, conchatumare! ¡No, nunca me gustó cachármelo, mierda! ¡Lo hacía por la plata! ¡Si vuelves a decir eso, te rompo la cara, conchatumare! Luego, todo se volvió raro. Empezó a parar con cabros malogrados. Iba a esas discotecas de mierda. Uno de esos lo ha cagado, yo sé. Se metía coca, fumaba pasta. —157—


Se juntaba con chibolos peligrosos, gente bien maleada. Seguro alguno también se lo cachaba. Ahí dejé de parar con él, me asustaba. Sí, pues, me quedé misio, y por ese tiempo, también mi jerma me dejó. Hace unos días vi en los periódicos la noticia... Pobrecito, seguro también le bailó al huevón que le hizo esto, seguro se puso su faldita y sus medias, seguro también le pidió que le llamara Roxana... ¡Me da pena, conchatumare! ¡Deja de hablar huevadas, conchatumare! ¡No! ¡No soy maricón, mierda! Perdona, no te quise pegar tan fuerte... ¿Te dolió? No soy cabro, loco, no soy... Solo me da pena mi Roxanita, mi chiquita. ¡Me la han matado esos conchasumares! No le digas a nadie que he llorado, causa, te saco la conchatumare si me entero. ¡No soy cabro! ¡Era por la plata! ¡Te saco la conchatumare! * * * Giancarlo Alva Huerta 34 años Técnico en informática 5:23 pm ¿Aló? Mariana... Contesta, carajo, sé que estás ahí... ¡Contesta, puta de mierda! Vas a ver cuando te agarre, cojuda. ¡De mí no te vas a burlar, conchatumare! Sé que te has ido con ese huevonazo. Ya se cagaron, imbéciles. A ese huevón lo voy a matar y a ti te voy a romper la cara a patadas, hija de puta. Te voy a dejar como esa vez que casi te saco un ojo. ¿Te acuerdas, cojuda? Así te voy a dejar... De mí no te vas a librar así nomás, babosa, todo esto es por tu culpa, porque eres una puta de mierda. Por tu culpa estoy jodido, ¿cómo quieres que me ponga si te comportas como una estúpida? ¿Acaso no puedes entender que no tengo plata porque tengo gastos? ¿Qué chucha te crees, mierda? ¿Que tengo que trabajar para mantenerte? ¿No fue suficiente que te mantuviera cuando vivía contigo? ¡Y no me pongas de excusa a Rosita, conchatumare! No pongas a la niña de excusa porque yo sé cuánto te pagan, carajo, y solo me pides plata por joder, —158—


conchatumare... Sé que tu mamá y tus tíos te dan plata y solo pides porque te molesta que yo tenga vida... ¿Te jode que salga a fiestas y que quiera rehacer mi vida? Yo sé que te jode ¡y me alegra que te joda! Vas a ver, yo voy a rehacer mi vida, huevona. Tú te vas a ir a la mierda con ese maricón, y me voy a cagar de la risa de ti cuando te agarre y te reviente la cara, huevona... 6:58 pm Mariana, Mariana, por favor... Ya déjate de huevadas, contesta tu celular, por favor... Creo que esto podemos arreglarlo... Lo del otro día fue... no sé, me descontrolé, perdona... tú sabes que esto ha pasado antes y siempre lo hemos sabido arreglar, ¿verdad? Tú y yo nos entendemos, es nuestra manera de relacionarnos, mujer, son tantos años... Es imposible, pues, que en el fondo no haya un sentimiento... tú me entiendes... ¿Verdad? Me entiendes, ¿no? Mariana, contesta el teléfono, por favor... 7: 27 pm Mi amor... Mariana. Perdóname... Perdóname, por favor... No sé qué me pasa. No creí que algún día hicieras esto, irte así, llegar a tu casa y enterarme de que te has ido con tus cosas y sin decir adónde. Entiendo que no quieras verme, en serio, pero creo que podemos arreglar esto... Lo del otro día, creo que podemos arreglarlo... Mira, si es por Rosita, no te preocupes, yo me entiendo con ella... Yo hablaré con ella, esto no va a volver a pasar, te lo juro... 8:36 Mariana... Solo quería decirte que respeto tu decisión y que te entiendo... Si todo esto es porque nunca perdonaste lo que pasó con la Jeni... creo que ya es tiempo de que dejemos de mirar atrás, ¿no? Mariana, ella solo fue... ella no significó nada para mí, solo era sexo... Es a ti a quien he querido siempre, ella no fue nada importante, tú lo sabes... Yo sé que todo eso te molestó y te he pedido perdón tantas veces... Por eso te entiendo. ¿Ya ves? Yo te entiendo, porque te quiero... —159—


9:03 Mariana, mi amor, me había olvidado... ¿Cómo está Rosita? Te juro que no quise hacerle daño, pero... ¡Pero es que tú la has puesto en mi contra, Mariana! ¿Por qué la has llenado de odio hacia mí? ¿Por qué la envenenaste? Me duele tanto que sea tan esquiva conmigo cada vez que voy a verlas... Tú sabes que la quiero, que siempre la he querido y que me duele que pasen estas cosas... ¡Te juro que no quise hacerle daño! ¡Pero es que tú me pusiste como loco! Tú sabes que cuando me pongo así no me puedo detener... ¿Por qué se tuvo que meter mientras discutíamos? ¿Por qué la has envenenado tanto contra mí? ¡Carajo, todo esto es tu culpa! ¿Cómo está ella? No quise pegarle tan fuerte, te lo juro. ¿Ya despertó? ¿Ya está consciente? ¿Qué te han dicho en el hospital? Mi amor, te juro que esto no va a volver a pasar... Es la primera vez que lo hago, antes he podido hacerlo y no lo he hecho, ¿verdad? ¡Nunca más le voy a poner un dedo encima a nuestra hijita! ¡Te lo juro! ¡Te doy mi palabra de hombre! ¡Si tú sabes que la adoro! 9:35 Mi amor, perdona que llame tantas veces... estoy un poco borracho, perdona. ¿Sabes qué? Ahora me estaba acordando de ti cuando nos conocimos ¿Te acuerdas? Eras tan jovencita, tan inocente... Ahora pienso en todas las cosas que hemos vivido juntos, mi vida a tu lado, todo ha sido tan bonito. Me estoy acordando de ti, mi amor, te tengo ganas... Mariana, dime... ¿no me extrañas? ¿Ese huevonazo te cacha como yo? ¿Te lo hace como te gusta, mamacita? Se me ha puesto de piedra la pinga de solo imaginar que te la meto, de ver tu carita cuando te estoy cachando... ¿No quieres ser más mi putita? Yo sé que vas a volver a mí porque nadie te lo va a hacer como te lo hace tu cachero, mi amor, menos ese huevonazo... Ese huevonazo... cuando lo encuentre, conchasumare, le voy a arrancar la lengua, lo voy a buscar con la gente de mi barrio, vas a ver. Díselo, carajo, para que se cague de miedo, conchasumare... Todo mi barrio le va a caer encima, vas a ver. Lo voy a agarrar como a tu otro ex, ¿te —160—


acuerdas? Ese maricón al que le saqué todos los dientes a fierrazos, vas a ver, de mí no se va a burlar ese huevón... 11:01 ¡Mariana! Esta es la última vez que te llamo... ¡Responde, carajo! ¡Tú sabes que eres una cagada! Tú sabes que vamos a estar siempre juntos, porque te mereces a alguien como yo, que te castigue, por puta, por perra... Por hacerme tanto daño... ¡Todo esto es culpa tuya, puta de mierda! Ahora estoy borracho y bien coqueado, conchatumare, y puedo hacer cualquier huevada y todo va a ser tu culpa, ¿entiendes? Si me pasa algo va a ser tu culpa, perra conchatumare, tú me has jodido la vida, basura... ¡No me dejes, por favor! ¿Ya ves? Estoy llorando, puta de mierda, conchatumare, estoy llorando, por tu culpa... ¡Todo esto es tu culpa! * * *

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Trabajo grupal

A Fernando le gustaba Gabriela desde la primaria, desde siempre.

Le parecía linda, le gustaban los hoyitos que se formaban en su rostro cuando sonreía. No es que fuera bellísima, pero a él le encantaba. Y los chicos del salón empezaban a hacerse bromas y a inquirir con malicia sobre sus sentimientos, te gusta Marcela, ¿no? No. ¿O Gabriela? No. Ahhh, ¡A Fernando le gusta Gabriela! Habla, te hago el bajo, es mi pataza. No. A Iván también le gusta Gabriela, y creo que a uno de tercero también, pero nosotros te hacemos el bajo. No. Y la miraba con ojos estúpidos desde su carpeta en la tercera fila, delatándose al hacerlo, fingiendo hablar con Miguel. ¿Quieres que le diga que te gusta? No. A Gabriela le gustaba Esteban desde inicios del año. El año pasado le había gustado Martín, pero, desde que se había cortado el pelo, lo veía más flaco y orejón, su sonrisa le parecía tonta y dientuda, y Esteban se veía tan bien a pesar de sus granos en la cara. Jugaba de delantero, se llevaba a todos, le metían más golpe que la putamadre para detenerlo. ¿Has visto que Barrantes le ha hecho la bronca a Esteban? Esteban le saca la conchasumare, vas a ver. A ti te gusta Esteban, ¿no, Gaby? No. Bueno, sí. O sea, me cae bien, es buena gente. ¿Quieres que le pregunte? No. Señorita Gabriela, ya que ha llegado tarde, júntese con Esteban y Fernando para el trabajo grupal. ¿Van a ir a tu casa a hacer el trabajo? Sí. A Esteban le gustaba Mireya, la nueva. Sus grandes ojos claros y su aire de extravío lo sacudían obligándolo a mirar para otro


lado cada vez que ella se dirigía a él. Háblale. Ya le hablé, pero normal, yo tranquilo, vas a ver de acá a un par de meses. Dile que haga el trabajo con ustedes, que vaya a la casa de Gabriela. Ya vas a ver, de acá a un par de meses le caigo y vas a ver que me atraca. El trabajo lo hacemos este fin de semana en mi casa, ¿ya, Esteban? Ya, Gabriela. Le dices a Fernando que lleve los materiales y los libros. Ya, Gabriela. Ah, le dije a Mireya que se viniera a nuestro grupo, ¿normal? Ya vas a ver, de acá a un par de meses voy a estar con ella. A Mireya le gustaba Gerardo, por su manera de hablar, porque era divertido, atrevido y porque le enternecía que no tuviera mamá. Es lindo, sí. Pero es un pesado, se cree la gran cagada. Malcriado de mierda. No, es lindo. Con sus ojos soñadores lo contemplaba alevosamente, casi con descaro, desde su carpeta. Esa ruca te está mirando, compadre. Agárratela. Está buena, huevón, mira esas tetazas... Me la agarraría, pero yo ni cagando la quiero como jerma, me daría roche, huevón, tremenda rucaza. El huevón de Esteban ya se la agarró. ¿Sí? Claro, dice que es facilaza. ¿Qué haces el viernes después del cole? Voy a la casa de Gabriela a hacer el trabajo, con Fernando y Esteban. ¿Por qué me preguntas? Por nada. A Gerardo le gustaba Fátima, porque tenía buen cuerpo y era buena gente, pero no le importaba meterse con cualquier chica que cayera en alguna fiesta, aunque por ella ya se había arrastrado. Se había besado con Irene, Lucrecia, Paola y Mariana, pero por Fátima se había arrastrado, le había rogado que estuviera con él. Pero a Fátima le gustaba Carlos y a Carlos una chica de su barrio que nadie conocía; esta chica –cuyo nombre nunca nadie supo– no sabía si elegir entre Carlos o un chico de su escuela, aunque no podía dejar de besarse todos los fines de semana con un amigo de su primo que la manoseaba muy bien mientras la besaba. Enmarañada y vertiginosa iba la vida adolescente, esa eternidad de los quince años, del inicio y el final al toque de campana, esa campana que sonaba anunciando que la semana moría. El sonido de las carpetas chirriando contra las baldosas al —164—


recoger las maletas, los cuadernos, la voz ignorada del profesor, el cuchicheo de los jóvenes como ardiente enjambre. La casa de Gabriela, ¿sabes cómo llegar a la casa de Gabriela? Fernando, apúrate. ¿Te quieres quedar solo en el salón vacío? ¿Te gusta el salón vacío? ¿Qué le ves al salón vacío? Vas a ir a mi casa, ¿no? Lleva los libros, Fernando. Mireya, ¿vas a ir a casa de Gabriela? Fernando, apúrate ¿qué estás escribiendo? ¿Qué dibujas en tu cuaderno, Fernando? ¿Es la cara de Gabriela? Déjalo. Esteban se va a pelear con Barrantes mañana. Déjalo, le gusta quedarse solo en el salón vacío dibujando. Gabriela dice que te apures, Esteban ya está en camino con Mireya. No.

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Estaba escrito

Le alcancé el vaso de agua y esperé que con eso se calmara un

poco. Sus manos temblaban levemente. Su mirada, serena como de costumbre, era aún la de mi hermano. Nada me empujaba a pensar que una parte de él iba desapareciendo. Ese universo tormentoso que nunca llegué a comprender, su mente sensible y exuberante, llena de fantasmas. —Ya me siento mejor —dijo él. —Pero, ¿qué es lo que sientes? —le pregunté—. Nunca lo he comprendido... —Nunca he sabido explicarlo —repuso él. De repente, junto a la ventana que bañaba de luz la habitación, se posó un ave oscura. En los ojos de mi hermano, vi el terror, un pánico que lo paralizó. Me levanté y espanté al ave. —Son presagios —dijo él—. Todo es un presagio. Todo está escrito. Estaba escrito que esa ave se pararía en la ventana, hermano. Estaba escrito que tú estarías frente a mí dándome el vaso de agua. Esa ave significa algo. Es una línea más en una página... —¿Pero qué puede significar? Nunca te he entendido cuando hablas así, como si estuvieras actuando. —Déjame explicarte... —dijo incorporándose con dificultad en la cama,—. Cada palabra tiene un alma, una fuerza. Cuando uno la escribe, invoca a un espíritu. Un espíritu que ha sido entregado a la palabra a través de nuestros actos, durante miles de años en que los humanos hemos puesto parte de nosotros


en ella. Hacer poesía es jugar con esa fuerza, con esa mente suprema. Recuerda que primero fue el Verbo, nada existió antes de la Palabra, la Palabra lo es todo. Se detuvo un instante, respirando agitado, con el espanto retorciendo su rostro. Alguna vez había intentado explicarme sus ataques de pánico. Terminó diciendo que sabía lo que iba a suceder y dijo exactamente lo mismo acerca del poder de las palabras. Pensé que se olvidaría, pero han pasado años y veo que esa idea, en lugar de apagarse en su cabeza, había dado frutos. —Yo he jugado con el Verbo, he usurpado un poder que no me correspondía. He soñado caprichosamente el mundo que me rodea, mi voluntad ha pretendido torcer la Creación. He soñado un sueño enfermo y ese sueño se ha vuelto contra mí... Es lo único que puedo decir con un poco de lucidez. Ese sueño me ha destruido... Me quedé callado, intentando comprender cómo podía esa confesión ayudar a que mi hermano recuperara la cordura y la capacidad de vivir y relacionarse. Algo, una luz al final, me empujaba a seguir el hilo de sus palabras. Entonces, él empezó a sudar copiosamente y dijo algo que me aclaró todo: —¿Alguna vez has sentido que tu vida la escribe alguien? ¿Alguna vez te preguntaste quién escribe el guión de tu vida? Me estremecí ante la idea. —Sí, me lo he preguntado alguna vez —contesté al instante, bastante intimidado. —Cada cosa que nos rodea entra en nuestra mente como palabra, como símbolo. Hacer poesía con esos símbolos es cambiar nuestro entorno, porque el poeta renombra al mundo, y a veces, cuando el mundo cambia de piel, un poema pasa a ser parte de la vida cotidiana. El habla actual está llena de poemas que alguna vez fueron solo el sueño de un poeta. Un mar de lágrimas, llorar como una magdalena, palabras que se lleva el viento, no tener donde caerse muerto, esperar una vida, rogar al cielo, todas esas expresiones fueron alguna vez poemas, una forma de invocar objetos para explicarnos el mundo. Nuestros nombres, nuestras ciudades, nuestros rezos, todos nacieron de poemas... La poesía nos —168—


sirve para codificar el mundo y para aceptarlo sin miedos, para que ingrese en nosotros sin dañarnos. Yo jugué con la fuerza de esas palabras. Y mírame... —No te entiendo... ¿Qué fue lo que hiciste? —¡Traté de reescribir el guión de mi vida! —gritó mi hermano—. Para eso, renombré los elementos del mundo. Sabes a qué me refiero. Nunca te llamé por tu nombre, nunca llamé por su nombre a nada... Tú eras siempre la visita lejana y mamá era el campo que me espera, siempre. Escuchándolo, asombrado, empecé a sentir que entendía, que sus palabras tenían por fin sentido. —El colegio era mi campo de batalla estiércol, ¿recuerdas? —continuó mientras temblaba—. La mirada de Romina me producía espanto luminoso, nuestra calle era el valle de cumbres sangrantes baladí, un mendigo era un dios en llamas... Todo se escribía maravillosamente, a cada paso, porque el mundo era maravilloso, todo me fascinaba. ¡Hoy todo me aterra! Esa ave que acaba de pararse junto a la ventana tiene un nombre... No sé de qué, ni de quién, pero es un nombre. Nos callamos ambos. ¿Debía entender que mi hermano había perdido el control de su mente solo por renombrar cada cosa mundana con un nombre hermoso? ¿Era eso posible? ¿Intentar embellecer el mundo a través de las palabras puede volverlo loco a uno? —Anoche escribí sobre un ave que venía de lejos... —dijo aterrado, empezando a llorar—. ¿Entiendes? ¡Yo escribí sobre el ave y el ave está hoy aquí! Lo miré atónito, sin saber qué decir. Sacó un papel de su bolsillo y leyó: augurio callado te espero paso nocturno en miríada de ansia tus alas tu vuelo hacia el sol aguardo en él arderemos cantando el salmo —169—


de nuestra noche eterna libres del vientre del tormento Sostenía el papel temblando. Me acerqué y se lo quité de las manos. —El ave ha venido... ¡Tengo miedo! — gritó descontrolado—. ¡Tengo miedo de que mi historia termine! Su estado era insostenible, sus ojos se salían de sus cuencas. Asustado, me acerqué a la puerta y, en la oscuridad del pasillo, llamé a gritos a la enfermera, que después de unos minutos, llegó con su usual indiferencia a inyectarle el ansiolítico que lo doparía por horas. —No es nada —dijo ante mi reclamo—, ya se le pasará. Es lo de siempre: sudoración, ansiedad, sensación de muerte inminente, angustia nocturna. Todo es parte del cuadro depresivo. —Pero son dolores físicos —le increpé—. Es su cuerpo el que está mal. Mi hermano, que a pesar de la inyección estaba aún consciente, dijo: —Hermano, el cuerpo también es un poema, una metáfora.

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Muñeca rota

—Es inevitable que alguna vez saques los pies del plato, compadre —dijo Ramón—. Somos hombres, cazadores. Si alguna se te presenta, te la tiras, sin remordimientos. Simplemente tómalo como algo que sucedió, no lo busques. Si sucede, sucedió. Solo trata de que Marcia no se dé cuenta, cuídala. Eso sí, nunca, pero nunca, tengas hijos fuera de tu matrimonio. Ahí la cagas toda, porque entonces tu amante sí va a tener derecho a joderte y, cuando ese niño crezca, te va a odiar, y con toda razón. Además, una mujer aguanta cuernos, pero no hijos fuera de su hogar. Ese hijo, tu esposa y los hijos que tengas con tu esposa te perderán el respeto y tu vida se irá a la mierda. Era un sabio. A pesar de haber bebido tanto, pudimos captar esa sabiduría salvaje que le brotaba desde las épocas del colegio, aquellos tiempos en que era el único de nuestra promoción que se agarraba a chicas de grados mayores. Esa noche, en casa de Antonio, celebrábamos el compromiso de Iván, a quien Ramón no paraba de dar consejos. Nos veíamos después de un par de años, pero era como si el tiempo no hubiera pasado, como si tuviéramos aún dieciséis años y estuviésemos todos esperando en el salón de castigos del colegio, hablando de lo mismo, que estaba buena Silvia, bien rica, como si las chicas que conocí durante los últimos años fueran solo rostros distintos de esa misma mujer que todos adoramos en el colegio, Silvia, ¿sabes si se casó? Qué chucha se va a casar esa ruca de mierda, ¿tú crees que a esa huevona le basta con uno solo? Y yo miraba la cara de Antonio, que disimuladamente callaba. Eran las mismas voces, —171—


la misma actitud del colegio. Me pareció que en algún momento nos interrumpiría la profesora de ciencias naturales diciendo “¡Alumno Antonio, retírese del salón!”. Me parecía escuchar la voz de alguna compañera: “¿Te gusta Silvia, Antonio?”. Salud, por Ivancito y por Marcia, bienvenido al club, decía Ramón, a ver quién es el tercero de nosotros que cae, pues. ¡Usted también, Ramón! ¡Usted también! ¡Y usted! ¡Retírense! ¡Salud! ¡Por Iván! —Creo que Silvia sí se casó con un huevón de la universidad —dijo alguien. —¿Esa huevona ingresó a la universidad? —preguntó otro. —Empezó a estudiar, pero no terminó. —Seguro ingresó solo para que se la culearon huevones con estudios, para asegurarse y cazar marido. —Era buena gente —dijo Antonio, ya ebrio, sin darse cuenta de sus palabras. Empecé a temer que se delatara, que hiciera evidente, ante todos, eso que yo siempre había sabido desde esa tarde en que nos castigaron. Nos pueden expulsar esta vez, profe, no sea malo, si cita a mi papá, el director nos expulsa. Alumno Antonio, díganos quién escribió eso en la carpeta de su compañera. —Era buena gente pero era bien perra —dijo Ramón, e hizo un corto silencio antes de decir—: A esa huevona me la tiré, bien clavada. Creo que nunca se les conté, ¿no? Vi cómo Antonio levantaba la mirada y la lanzaba con odio sobre Ramón, que no se dio cuenta de nada al tener la mirada fija en su cerveza. —Me la tiré al año de salir del colegio, en su casa, un fin de semana. Nunca dije nada porque en esos años yo estaba con Leandra y sabía que a ustedes se les podía ir la lengua. Ahora Leandra ya fue y les cuento, porque son mis patas... La huevona estaba loca, decía que quería estar conmigo, me pedía que dejara a Leandra, que había estado templada de mí desde el cole. ¿Por qué insultan a su compañera? ¿Les gustaría que hablaran así de sus madres o sus hermanas? Díganos quién escribió eso en la carpeta de su compañera. —172—


—Tiraba rico, la maldita, par de tetazas. Me la tiré a fines del 2001, justo antes de ingresar a la universidad. Ramón se calló e intenté no mirar a Antonio. Solo miré a Ramón, que sonreía para sí mismo. Quizás yo estaba más ebrio que los demás, pero me fue imposible no percatarme de un detalle: Ramón no había ingresado a la universidad sino hasta el 2003. Si decía que se la había tirado el 2001, justo antes de ingresar, eso implicaba que ingresó el 2002, lo cual no era cierto. —¿Te la tiraste en su jato? —pregunté. —Sí, hice la finta de querer ver a una amiga de su barrio. —¿Fuiste hasta su casa de Los Olivos? ¿Te hiciste todo el viaje? Por un instante, Ramón dudó, se quedó pensando en su respuesta. Finalmente dijo: —Sí, pero, qué chucha, valió la pena... Ramón recordaba que en la época en que la jodíamos, Silvia aún vivía en Los Olivos, por eso creyó que mencionando ese distrito su historia sería creíble. Pero no. Ramón nunca supo que al terminar el colegio, Silvia y su familia se mudaron a San Isidro, al otro lado de la ciudad. Ramón terminó de contar su aventura con Silvia, no sin ahondar en cada detalle lúbrico y altisonante, en cada gemido y posición imaginaria. Era un buen tipo Ramón, yo casi entendía que mintiera así. Silvia había sido la única que se le escapó en el colegio. —La mamaba rico la maldita —dijo Ramón y bebió un sorbo cerveza. Cuando terminó de contar su fantasía, miré mi vaso y no quise levantar más la mirada: sabía que Antonio estaba lleno de rabia y despecho. —Yo me la tiré en quinto, huevón, en el viaje de promoción —dijo Iván repentinamente. Todos volteamos bruscamente a mirarlo. Los ojos de Antonio se volvieron de fuego, iracundos y violentos, ahogados en su silencio vergonzoso. —173—


—No jodas —dijimos todos a la vez. —Sí, estábamos borrachos, si no, no me la tiraba —empezó a contar Iván, acomodándose en su silla—. Yo estaba con Katia en ese tiempo y se suponía que ella era su amiga. Antonio sufría, probablemente se sentía disminuido, ultrajado. —¿Quién besó a quién? —preguntó Antonio con voz inocente y desesperada—. ¿Tú la besaste o ella a ti? Ante la risotada malévola de Ramón e Iván, Antonio solo atinó a sonreír patéticamente. —Puta, huevón, ni siquiera nos besamos, solo me la chupó, le chupe las tetas y le levanté la falda, lo hicimos parados, contra un mostrador del hotel, en una de esas salas amobladas que había en cada piso. Antonio bajó la mirada y poco a poco me fue contagiando su angustia contenida, mientras Iván continuaba describiendo cada gemido, cada gesto de Silvia. Siempre están haciendo llorar a su compañera. Mírenla, ¿no les da pena que los demás se burlen de ella? ¿Qué fue lo que escribieron, profesora? “A Silvia se la rompió uno de quinto”, eso han escrito, señor director. —Fue extraño —continuó Iván—, porque la huevona se portaba como si hubiera estado enamorada de mí. Yo la manoseaba y ella me pedía que le dijera que la quería, hablaba huevadas, se hacía la dramática, me decía para estar aunque sabía que yo estaba con Katia. Apenas terminamos se puso como loca, empezó a insultarme, a decirme que la había utilizado, huevadas. Yo seguía sin mirar a Antonio, solo escuché su voz retumbando como un estertor cuando dijo: —Es que la utilizaste, ¿no crees? Iván y Ramón se rieron. Yo también. Desde hace años la vienen insultando, señor director, le dicen cosas que no puedo repetir, esto es el colmo, la han hecho llorar. Rota, se la rompió uno de quinto. —¿Te la tiraste en la sala del tercer piso del hotel? —pregunté. —Puta, no me acuerdo si fue en el tercer o segundo piso —contestó Iván. —174—


—Tu compartías la habitación con Pedro, Quiñones y Saldivar, ¿no? —pregunté. Iván podía decir que se la tiró en cualquier sala de cualquier piso del hotel, pero no podía decir que no compartió habitación con los que mencioné. —Claro, con ellos —respondió bajando la mirada. —¿Y ellos vieron que te la culeaste? —¡No! —respondió de inmediato—. Fue bien caleta la huevada, yo no quería que nadie le contara a Katia, pues... Supe entonces que Iván también mentía: a Iván le importaba un pincho que Katia se enterara de cualquiera de sus cochinadas. Además, si se la hubiera comido, Pedro, Quiñones y Saldivar habrían sido los primeros en enterarse de su propia boca: el huevón habría ido corriendo a contarles, porque en esa época vivía para eso, para ser reconocido por ellos tres. “Ese huevón de Iván, solo se agarró a una cholita en un pub, ninguna gringa le dio bola”, me contó Quiñones riendo. Iván mentía. Lo confirmé cuando apareció en su rostro el mismo gesto que lo delataba cuando mentía en la escuela. No, profesor, yo no he escrito nada, eso ya estaba escrito... —Cómo se abría las nalgas la cojuda cuando se me la metía por atrás, cuando me la caché en perrito —siguió contando Iván. Luego de eso todos se callaron y supe que era mi turno. Todas las miradas dirigidas hacia mí, inquiriendo ferozmente. —Y tú, ¿te la tiraste? —preguntó Ramón sonriendo con malicia. Ninguna mirada entró tan profundamente en mí como lo hizo la de Antonio, que era una súplica. —¿Te la tiraste? —volvieron a preguntar. Fui yo, profesora. Yo lo escribí. Ellos no hicieron nada, lo hice solo. Miré a Antonio y recordé aquel día. Aquella vez, supe que aquel acto de nobleza ante Silvia, que lloraba frente a nosotros, era su declaración. Era como si le dijera “mírame, voy a hacer que me expulsen por ti, porque no puedo tenerte, porque quiero herirte para que me mires, para que sepas que existo”. —175—


Antonio, pídale disculpas a su compañera, se va suspendido quince días, sin derecho a exámenes. Perdóname, Silvia. —Habla, ¿te la tiraste? Recordé también lo que Antonio me dijo cuando le pregunté por qué había hecho lo que hizo. Todos esperaban que respondiera mientras yo me servía cerveza y miraba la espuma dorada colmando mi vaso. —¿Nunca has querido herir o destruir algo que nunca será tuyo? Sonreí recordando esa respuesta. Ramón e Iván rieron escandalosamente. ¿Qué podía hacer? Si decía que no me la había tirado, quedaría como un idiota, como un eunuco que ni siquiera es capaz de elaborar una mentira decente como las que Ramón e Iván habían inventado. Si decía que sí, aunque solo fuese para no quedar como idiota, mi amigo Antonio se habría sentido miserable y traicionado. Callé y bebí un largo sorbo de cerveza. En ningún instante volteé a mirar a Antonio; si lo hubiese hecho no habría tenido el valor de decir: —No, nunca me la tiré. Ramón e Iván se cagaron de la risa escandalosamente. En medio del barullo y las burlas, pude escuchar a Antonio suspirando largamente, como si la paz le llegara al fin de golpe, como si mis palabras limpiaran el recuerdo que él conservaba de esa puta de mierda.

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Tan fáciles, tan poca cosa

Encontró a Eduardo en el cafetín del primer piso, sentado sin compañía en una mesa pequeña, distante del resto, como siempre. Ignoró las miradas que otros hombres le lanzaron apenas la vieron cruzar el umbral del local. Estaba tan acostumbrada a ello que no le fue difícil, sobre todo porque, en ese, momento tenía toda su atención centrada exclusivamente en Eduardo. En otra ocasión, de seguro habría lanzado una mirada fugaz e insinuante al hombre que la mirara con más descaro. Se acercó con la mayor reserva posible, tratando de pasar desapercibida, fingiendo un acercamiento casual a la mesa en que se encontraba Eduardo. Cuando estuvo a pocos pasos, simuló sorprenderse al verlo. Él la recibió con su usual frialdad amable. —¿Puedo sentarme? —preguntó Malena, con el tonito de voz infantil, falsamente inocente, que usaba para pedir algo a los hombres—. Siempre tú tan solo, ¿por qué? No esperó a que Eduardo respondiera y se sentó. Pidió un jugo surtido y unas tostadas. —No estoy siempre solo —contestó él—. Me llevo bien con todos, pero no he hecho un grupo de amigos íntimos en la oficina. —Sí, son tan pesados a veces... —retrucó ella. —No es que me caigan mal ni que sean malas personas —se apuró en enmendar Eduardo—. Es que, a veces, siento que no encajo. —Sí, tú eres distinto —dijo ella bajando la mirada, con un mohín coqueto—. A veces yo también siento que no encajo con —177—


ellos, que no entienden algunas cosas... No porque sean tontos, sino porque sienten de otra manera. Eduardo se encogió de hombros, como si no quisiera agregar palabras innecesarias. Se hizo entonces un silencio incómodo, de esos que eran tan naturales en él y tan difíciles para ella, que estaba acostumbrada a escuchar a los hombres contarle mil y una historias para acercarse a ella y deslumbrarla. —En realidad, te estaba buscando... —dijo bruscamente, bajando la mirada y, por primera vez en muchos años, su voz tembló, como cuando era una escolar temerosa. Él levantó tímidamente los ojos y, con un ademán, la animó a continuar. —Mira, casi no nos conocemos, hablamos poco... en realidad, tú no hablas casi con nadie, pero cuando te escucho hablar, me doy cuenta de que eres distinto, no como los otros, altaneros y engreídos, que todo el tiempo están tratando de sorprender a los demás, de humillar a los que los rodean. Por eso me inspiras confianza, por las pocas veces que hemos cruzado palabra y te has mostrado sencillo... Se detuvo porque no soportó más la mirada que él le lanzaba. La miraba apoyando el mentón sobre las manos, entrelazando los dedos, ocultando su boca. —Tal vez te parezca una estupidez... Mejor olvídalo todo, por favor —se cortó ella. En ese momento, llegaron el jugo y las tostadas y ella pudo liberar la tensión que el silencio de Eduardo le producía untando mantequilla en su tostada. —Como quieras —dijo él secamente. Esas palabras le aguijonearon el orgullo. No soportaba que alguien fuera indiferente a ella, menos si ella tenía la iniciativa. Ocultó su molestia, pero descargó su ansiedad preguntando: —¿Siempre eres así de indiferente? —No soy indiferente. Pero si es que tú piensas que no me va a interesar, es tu decisión contarlo o no. Yo no puedo obligarte. —Entonces, ¿te interesa? —le increpó Malena levemente. —178—


Él no supo que contestar. —¿Te interesa algo que yo pueda decirte? Eduardo no pudo evitar sonreír ligeramente y bajar la mirada. Malena volvió a sentirse intimidada. —Lo que pasa es que crees que una chica como yo solo puede contarte estupideces —dijo secamente—. Eso es lo que siento, que piensas que los que te rodean somos tontos o que... —Hace un momento dijiste que yo era sencillo, que te gustaba eso de mí —la detuvo él fríamente. Descubierta en su incongruencia, Malena se sintió más expuesta, de manera que solo le quedaba continuar interpretando al personaje indefenso con el que se acercó en un inicio. —Bueno, debe ser que yo me siento tonta cerca de ti. Eso es, yo soy la que se siente tonta. Sí, es eso... —¿Y por qué? —preguntó Eduardo. —Porque cada vez que te he escuchado discutir con otras personas has logrado convencerlas sin maltratarlas, sin imponerte. Además, pareciera que dominas muchos temas, que eres muy culto y que... —No es verdad —interrumpió él—. Esteban y Bruno son mucho más cultos que yo. Para mí es un placer conversar con ellos porque aprendo muchísimo. Han tenido muchas experiencias en sus viajes, en todos los países en donde han trabajado. —Pero eres más culto que el promedio de gente en el departamento, ¿o no? —le encaró ella graciosamente y sonriendo. Le hizo la pregunta mirándolo a los ojos, sintiendo que por fin lo tenía atrapado con algo. —Eso no lo puedo decir yo —contestó él, apaciblemente, llevándose a la boca su taza de café. No era lo que ella esperaba. —¿Ya ves? Hasta esa respuesta es perfecta. No eres soberbio, pero tampoco te la quieres dar de modesto. Eres sincero... Eso es, eres sincero —le dijo mirándolo nuevamente a los ojos con su muy bien ensayada coquetería. Eduardo sostuvo esa mirada por unos segundos, luego la esquivó prudentemente. —179—


—Bueno, igual quiero que me escuches, porque eres la única persona que me puede ayudar con esto —dijo Malena. Él calló y se mostró interesado en lo que ella decía. —Hay un chico que me interesa... —dijo Malena. Eduardo volvió a juntar las manos a la altura de su boca. Ella sonrió tímidamente, con cierta vergüenza y sin mirarlo. —Pues ese no es un problema, es una bendición —dijo él—. Estar enamorado es muy bonito. —Sí, pero este chico es imposible. —¿Y por qué es imposible? —Porque es extraño, cuando estoy con él, no sé cómo reaccionar, hasta tartamudeo. Además, tengo miedo de que piense que soy una chica fácil o una tonta... y lo peor, tengo miedo de no gustarle, de parecerle fea... Eduardo trató de contener su asombro, pues le parecía absurdo que una mujer como Malena dijera eso. —Pues, no creo que le vayas a parecer fea —dijo finalmente. Malena fingió sentirse indignada, como rechazando un cumplido inmerecido. —¿Por qué lo dices? —dijo Malena—. ¿Acaso no puedo parecerle fea a alguien? Yo siento que no le gusto, ni me mira, no es como el resto de hombres... —Tal vez trata de no incomodarte, ¿no crees? —Pues me incomoda porque no sé cómo portarme ante él. ¿Sabes qué? —agregó con voz tierna, casi llorosa—. La gente cree que yo soy una chica muy segura de mí misma, porque me ven rodeada de personas que buscan complacerme siempre, pero en el fondo, soy bastante insegura... Bajó la mirada y por primera vez Eduardo buscó sus ojos. Iba a decir algo, pero Malena se adelantó. —Es que... he tenido muchas decepciones... —dijo resoplando. Eduardo guardó silencio y esperó a que ella continuara. Los mozos pasaban raudamente llevando bandejas llenas y vacías y, en medio de ese ir y venir, a Malena dejaron de importarle las miradas de otras mesas. —180—


—Mi último novio fue terrible... —dijo con dramatismo. —¿Terrible por qué? —Porque no me escuchaba... No prestaba atención a nada que yo le decía. Cuando yo tenía un problema, algún comentario acerca de nuestra relación o sobre cualquier asunto, él siempre minimizaba lo que yo pensaba. —Debe ser terrible eso —agregó él. —Alguna vez sentí que mis novios solo me querían, tú sabes, por lo físico... Sus últimas palabras las había pronunciado arrastrándolas, como si le doliera decirlas. Retomó su tono anterior y pregunto: —Dime, ¿por qué todos los hombres son así? Eduardo reaccionó con desconcierto, sin saber a qué se refería ella. —¿Así cómo? ¿Desatentos? —No. ¿Por qué les importa tanto lo físico, lo sexual? Eduardo hizo un esfuerzo por no mostrarse incómodo y, con la mayor naturalidad posible, respondió: —Debe ser porque se nos educa para buscarlo y competir por ello, en los medios de comunicación sobre todo. Pero no somos así todos. Para algunos la cosa es más compleja... —¿Sí? ¿Para ti cómo es? No esperaba esa pregunta de parte de Malena. Eduardo le hizo notar que estaba sorprendido y ella trató de enmendar el exabrupto. —Disculpa, son cosas tuyas... tú eres tan reservado. Más bien, ¿cómo puedo saber si a este chico le gusto o no? —Espera... al comienzo dijiste que crees que a este chico no le gustas físicamente, que no le atraes. Pero luego me dices que te molesta pensar que los hombres solo se fijan en ti por eso. No te entiendo... Malena se sintió nuevamente sobrepasada por Eduardo. Evidentemente, no era como los otros. Este hombre sí escuchaba a sus interlocutores y tomaba en cuenta cada palabra. Este sí reconocía que tenía a una persona enfrente. Y eso la emocionó más, a la vez que la desconcertó y la dejó sin palabras. —181—


—Mira —continuó Eduardo—. No dudes que les gustas, preocúpate por otras cosas si realmente quieres... —¿A ti te parezco bonita? —preguntó de golpe Malena, casi arrepintiéndose al instante. Eduardo la miró condescendientemente e intentó ser cuidadoso. —Eres muy agradable... la gente se alegra cuando estás cerca, despiertas algo en las personas. —Yo sé lo que despierto en los hombres... —dijo gravemente. —Entonces sí sabes que eres atractiva —retrucó él. —Ah, esa es la palabra, atractiva. ¿Te parezco atractiva? —Sí, y creo que a los hombres les interesa más que una mujer sea atractiva antes que bonita. Una mujer bonita puede no llamar la atención. ¿Has visto a Carol, la secretaria de Vértiz? Esa chica no es bonita, no es precisamente bella, pero es muy atractiva, se maneja bien, tiene un aire que... —Que seduce... —acotó ella mirándolo fijamente. —Sí —contestó él evadiéndola. —Ser atractiva y seductora. ¿Eso es lo que les gusta a los hombres siempre? —Obviamente, no seduces a todos de la misma manera. Habrá alguno al que Carol no podrá seducir. Malena dejó que surgiera un silencio pequeño, como un preámbulo a su pregunta premeditada y crucial. —¿A ti qué te seduce? —dijo agresivamente, con voz melosa. Ante esta pregunta, Eduardo empezó a hacerse una idea de la situación. Se tomó unos segundos antes de responder y, mientras pensaba qué decir, miró su taza de café vacía con una sonrisa calmada que pretendía ocultar su incertidumbre. —Me seducen las mujeres interesantes, las mujeres admirables —dijo casi con candidez. —Pero te gusta que estén buenas, ¿no? Que tengan buen cuerpo, que tengan experiencia, esas cosas... —Nunca he estado con una chica que apareciera de modelo de revista —Eduardo tragó saliva al responder—. Siempre han —182—


sido chicas imperfectas y las he querido en su imperfección, porque había algo especial en ellas... —Entiendo —dijo ella, que no supo qué agregar a su respuesta. Solo permaneció en silencio para animarlo a continuar. —Eso no quiere decir que no admire la belleza de algunas chicas, tampoco voy a ser hipócrita... —continuó él—. Pero esa belleza solo atrae, seduce, pero no enamora, no crea un vínculo mayor. Al menos no a mí, como a mí me gustaría. Malena lo miró largamente, sin reparos. No había escuchado eso en otros chicos, en ninguno de los fanfarrones que se le acercaban siempre. —¿Y han sido muchas chicas? —preguntó con voz aniñada, intentando mostrar celos por algo que no le correspondía—. Deben haber sido muchas... —No, para nada —respondió Eduardo volviendo a sentirse incómodo—. Solo he tenido dos novias. —¿Solo dos? —preguntó Malena, con un gesto de exagerada sorpresa—. ¿Y por qué? Seguro eres muy exigente con las chicas que se te mandan. —Las chicas no se me mandan. Las novias que he tenido han aparecido en mi vida de una manera, digamos, especial y las cosas se han dado por sí solas. Yo no las he conquistado ni ellas a mí. Por lo general no llamo la atención de las mujeres. —¡Eso no te lo creo! —dijo Malena riendo. —¿Por qué? —Un chico tan interesante —dijo ella—. Harías que cualquier chica se quedara escuchándote todo el tiempo. ¡No me digas que estás solo ahora! —Pues, hace ya más de un año que... —¡Un año! Es mucho tiempo. —Sí, pero en mi trabajo anterior había tanto que hacer que apenas tenía vida social, así que no lo sentí mucho. —Una pregunta... —dijo Malena preparándose para decir lo que había venido a decir desde el inicio, desde que lo vio al entrar a la cafetería—. Mira, ahora debo irme, pero, ¿podrías acompañarme mañana a comprar algo para una amiga, un regalo? —183—


—Mañana... —Anda, por favor. Para poder seguir conversando. Entonces lo hizo: Malena colocó delicadamente una mano sobre el hombro de Eduardo y habló con esa voz, mezcla de inocencia y entrega, lo miró con ojos cargados de ruego, con todo ese poder que una mujer bella encierra y que rompe y condiciona la voluntad de cualquier hombre, y con un mohín en sus delgados labios, se mostró sugerente y dispuesta. Fue suficiente para que los ojos de Eduardo delataran ansiedad y deseo, esa rendición sublime en la que caen los hombres embriagados por la promesa de poseer a una mujer hermosa. Sintió que Malena se entregaba. No podía ser de otra forma: era lo que ella buscaba, un hombre que la escuchara, como él lo hacía. Un hombre que le dijera las palabras correctas, como él las decía. Eduardo sintió que Malena no solo quería un hombre como él, sino que lo quería precisamente a él. —¿A dónde quieres ir? —preguntó él con un ligero tartamudeo. Entonces Malena supo que Eduardo había sucumbido. Le dijo el lugar y la hora, con esa voz y mirada profundas que lo atravesaban, y ese movimiento de los labios que era como un llamado al placer. Malena se puso de pie para despedirse y se acercó hasta él para darle un beso. Luego de rozar sus labios contra la mejilla de Eduardo, se detuvo a escasos centímetros de su rostro, para dejarle sentir su aliento y su aroma, para mirarlo más de cerca y que sus ojos se quedaran impresos en la retina de su presa y así finiquitar su victoria. Palabras melosas a escasos centímetros del rostro, jugueteo de pupilas, su lengua humedeciendo coquetamente sus rojos y finos labios y la mano de Malena sobre el hombro de Eduardo. Ese fue el último disparo de aquella batalla. —Te acompaño a la salida —dijo él, de repente, recuperando aire. Caminaron juntos hasta la puerta de la cafetería. Ella debía volver a su oficina para asistir con sus compañeras a una reunión, él debía salir a visitar a un cliente. —184—


Malena lo vio alejarse lanzándole una mirada profunda. Percibió en él un paso que no le había notado antes, como si caminara más ligero, como si no fuera el mismo luego de esa conversación. Eduardo bajó las escaleras y, antes de cruzar el umbral a la calle, volteó a mirarla y sonreírle. Cuando él se perdió de su vista, Malena sonrió y sintió que había vencido. Luego, casi al instante, sintió un vacío terrible. Caminó unos pasos, bajó otra escalera y se dirigió hacia el estacionamiento del edificio. Buscó su auto y, una vez dentro de él, se dejó caer sobre el asiento, como si estuviera terriblemente agotada. Permaneció unos segundos así, con la mirada perdida en el espejo retrovisor. Reaccionó y buscó su teléfono dentro de un bolso. Marcó el número de una amiga. —¿Aló, Silvia? —dijo con voz trémula cuando finalmente contestaron. —Hola, Malenita, justo iba a... —respondieron del otro lado. Malena no la dejó continuar. —¿Por qué son así, Silvia? —preguntó de repente y con voz compungida. —¿Cómo así? ¿Quiénes? —Los hombres... —Ay, hija, ¿qué ha pasado? —¿Por qué son así? Tan fáciles, tan poca cosa... —¿Qué pasó? Cuéntame... Malena respiró y trató de calmarse. —¿Te acuerdas del chico del que te hablé? El que tiene poco tiempo trabajando acá, el que me parecía lindo. —Ajá —respondió Silvia maternalmente—. El “diferente”, ¿verdad? —Sí, ese... —¿Qué pasó? ¿Te quiso violar? —No, no, pero hubiera preferido eso. —¿Qué te hizo, mujer? ¡Cuenta ya! ¿Se te declaró con un poema? Eso habría sido el colmo... —No. Pero no sé qué es lo que ha pasado en realidad, solo he sentido algo feo. Bastaron un par de miradas, las típicas —185—


insinuaciones para seducir a cualquier idiota, y él, que es tan lindo y tan bueno... —Pero es un hombre, mujer... —interrumpió Silvia. —... cayó como cualquiera —dijo Malena terminando su frase. —Ya, y eso te jode, ¿no? —¡Sí! ¡Me revienta! —Te desilusiona que haya caído como cualquier idiota. Lo tenías en un pedestal, pues. ¡Pero es un hombre, pues! —Sí, tan fácil, tan poca cosa... Y bastaron dos coqueteos para que se le inflara el ego y pusiera cara de baboso. Agh, mierda, seguro ahora llega a su casa y se corre la paja... Él era mi esperanza, ¿sabes? —¿Esperanza de qué? ¿De casarte? —No, cojuda, de que existiera un hombre que se pudiera resistir a mí. —Total, ¿querías gustarle o no? —preguntó Silvia con extrañeza. Malena se recostó sobre la cabecera del asiento, confundida, tirándose levemente de los cabellos. —No sé, creo que en el fondo no sé qué chucha quiero. —Mira, para que se te quite la depre te invito... —¡Llévame a comer! Quiero tragar como loca, ponerme como una cerda. ¡A la mierda las dietas y esas huevadas! —Uy, estás depre de verdad, ah. —Quisiera ponerme fea, horrible, que ningún hombre me quiera... —Malenita, no hables cojudeces, ¿ya, mi amor? Mira, ¿te acuerdas de Alfredo? El que te presenté en la boda de Lucero. Quiere salir conmigo y con Ricky. ¿Quieres venir? —Silvia... deja de presentarme hombres casados, ya estoy harta de los hombres casados. —¡Pero si tú siempre has dicho que te encantan los casados! —¡Pero porque el sexo con ellos es bueno, solo por eso! En el fondo, son los más imbéciles, los que se creen más bacanes. No quiero saber nada, Silvi. —186—


—Mira, primero que llegué el viernes y salimos con él. Luego ya me cuentas qué te pareció... —¿Sabes qué es lo que más me jode de haber perdido a este chico? —¿Qué cosa? —Que decía la verdad... —dijo Malena lánguidamente. —¿Y cómo sabes que decía la verdad? —preguntó Silvia. —Porque parecía que estuviera mintiendo... —Bueno, ¿pero te lo vas a agarrar? —preguntó Silvia ya aburrida. —¡No! Ni cagando. El huevón es bien feo.

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Adiós, pena mía

Cuando era joven, me propuse cambiar el mundo, hacer feliz a

quien lo mereciera y querer a la chica más linda que se cruzara en mi camino. Iba por el mundo con ese deseo, con la soberbia propia de mis quince años, inconsciente de la crueldad del camino. Bastó un año para que el camino me pusiera en mi lugar. No pude hacer feliz a nadie porque la gente tenía su propia manera de obtener felicidad, una manera que yo consideraba mezquina, una felicidad que me parecía superficial. Quise hacer feliz al mundo y, finalmente, terminé casi odiándolo. No solo eso, la chica más linda que conocí se marchó con el primer imbécil que se le cruzó, uno de aquellos que buscaba la felicidad mezquina y superficial. Finalmente, cuando solo me quedaba aspirar a lo trascendente, ya que lo cotidiano me había resultado esquivo, el mundo giró y giró sin que yo pudiera entrar en él: ninguna ideología me convencía, no encajaba en ningún grupo, cuestionaba todo por principio, de manera que no pude subirme al veloz y vertiginoso carro de la Historia. Entonces, en medio del camino, me encontré con una pena. Era una pena chiquita, por suerte. Para esas cosas tan grandes que yo me había propuesto, una pena tan chiquita no era algo tan malo. Recuerdo que era amarilla. Claro, yo hubiera preferido una pena azul, porque siempre resulta más poético el azul que el amarillo, pero fue la que me tocó. Esta penita me miró y se compadeció de mí. Dio un saltito y se metió en mi corazón,


poc, casi sin que yo me diera cuenta. Al comienzo se sentía rico tener esa penita en mí, porque me acompañaba y me hacía sentir especial. Era como si solo mi pena me comprendiera, de manera que pasábamos horas hablando de lo mal que iba el mundo, de lo difícil que era hacer felices a aquellos que me rodeaban, todos tan complicados y distintos a mí. Pero, sobre todo, hablábamos de lo lejana que era esa piel que yo tanto deseaba. Los que me conocieron en esos años recordarán alguna vez haberme visto por la calle hablando solo, moviendo los labios, mirando al piso. Pues, en realidad, hablaba con mi pena. Así, mi pena fue creciendo. Era normal que nos emborracháramos juntos y que yo hablara de vez en cuando acerca de ella con mis amigos. Luego entré a la universidad y traté de estudiar esa carrera que al poco tiempo demostró no ser para mí. Me sentí el ser humano más miserable del mundo, una nulidad inservible. En ese momento, solo mi pena estuvo conmigo. “¿Lo ves?”, me decía, “los dos solos estamos bien, no necesitamos a nadie más”. Y yo le creía. Mi pena me abrazaba mientras yo destrozaba los pocos cuentos que había logrado escribir en esa época y, cuanto más me alejaba de mis seres queridos, más me refugiaba en sus palabras. “Tú y yo, nadie más. Nadie va a entenderte”. Luego vino mi enfermedad, esa nebulosa que nunca pude entender, esa hospitalización luego de tantas noches ebrias y caminatas sin alimento, que truncó mis ilusiones de irme de casa y ser independiente a los diecisiete años. En aquella cama de hospital, mi pena era la única que me acompañaba. ¡Qué bien me sentía con ella al lado! Entonces, la vi crecer y la escuchaba, bss bss, me decía suavemente, poc poc, tocaba mi corazón cada vez que yo intentaba acercarme a alguien, renovar mi vida, hacer un nuevo intento para romper lo que yo sentía una maldición. “¡No! Sabes que eres vulnerable, que el pasado ha sido cruel, ¿recuerdas? Yo quiero protegerte”. Así, mi pena me recordaba su presencia —sobre todo luego de la hospitalización— con fuertes dolores de cabeza, espasmos estomacales, náuseas, sudores fríos y temblores. “Eso es porque eres distinto y estás —190—


atravesando cosas que nadie más atraviesa”, decía mi pena. Como eso era lo que yo quería escuchar, porque nadie me lo decía, yo le hacía caso. Para ese entonces, mi pena había crecido mucho, ya no podía llevarla en el corazón solamente, sino que tenía que colocarla en mis hombros, en mis manos, en mis ojos, en mis bolsillos. Luego vino otra mujer esquiva, una pelea con mis padres, una huída de casa, una ruptura con amigos de muchos años. Y siempre mi pena estuvo ahí, diciéndome, con esa vocecita melodiosa, que yo nunca estaría solo, que ese era mi destino, porque yo era un “espíritu noble y un alma llena de dolor y, por lo tanto, incomprendido”. Sí, nadie me comprendía, ni sabía lo que era la tristeza, solo mi pena y yo. Un día mi pena me arrastró a una situación terrible. “Ellos no te merecen, no te entienden”, me decía mi pena. “Ya verás lo tristes que se pondrán cuando no estés. ¡Imagínate a todos arrepentidos de no haberte dicho lo especial que eras cuando te tenían a su lado! Hazlo... Solo los valientes se atreven a encarar el fin. Y tú eres valiente. Tú eres muy valioso. Imagínate lo especial que serás, las cosas que dirán de ti”. Y empecé a imaginar todo lo que mi pena me decía. Un placer extraño me poseía mientras lo hacía, un placer que me fue arrastrando, guiando mis actos, hasta que, finalmente, encaré el final. Entonces, todo cambió. Ver la muerte lo cambia todo. La muerte me obligó a ver que yo no era nada. Y al no ser nada, mi pena ya no era importante. Así, pude ver el verdadero rostro de mi pena. Sorprendido descubrí que mi pena tenía mi rostro, mis manos, mis ojos. Yo me había convertido en ella. Esa pena que un día se metió en mi corazón para protegerme del mundo se había adueñado de mi alma. Supe que debía separarme de ella. Al principio fue difícil ignorarla. Pasaron años y yo pensaba que ella nunca me dejaría. A veces, en una conversación con algún amigo, yo me daba cuenta de que mi voz no era mi voz, sino la voz de mi pena que luchaba por salir. La empujaba para adentro, me la tragaba suavemente o la escondía en un bolsillo del pantalón. —191—


Durante mucho tiempo sentí que mi cabeza explotaría de un momento a otro, que mi pena iba a traicionarme en alguna reunión con amigos, cuando buscara un trabajo, iniciara algún proyecto o cuando evitara autoflagelarme ante los demás. Era como tener dos voces dentro de mí: la voz de mi pena y una voz nueva, que se le enfrentaba. Esa nueva voz era mi verdadero yo intentando liberarse. Mi pena se resistía, presionaba, a cada momento encontraba nuevas evidencias de que todo era inútil, de que su dictado era la única visión posible del mundo. Tantas veces estuve a punto de ceder, de volver a ser el mismo de antes. “¡Cállate, pena de mierda! ¡Lárgate!”, le respondí varias veces, siempre tratando de que nadie me viera. Era confuso, porque varias veces pensaba que la voz de mi pena era en realidad mi propia voz. Necesitaba, entonces, crear objetos, situaciones y realidades que fueran borrando la voz de mi pena, que sirvieran de asidero a mi nueva voz, entidades concretas en las que mi voz no tuviera eco, porque más tarde descubrí que la voz de mi pena prevalecía porque encontraba eco en mi entorno vacío. Una vez que di el primer paso, cuando el primer objeto existió, la voz de mi pena ya no reverberó en el vacío. Después del primer objeto, vinieron otros y otras situaciones y otras realidades y mi nueva voz se posaba en ellos, como un esmalte que cubría el mundo, haciéndolo nuevo, borrando el pasado. Un día de otoño, luego de nueve años, mientras caminaba por Quilca, llevando una guitarra para un ensayo, me di cuenta de que mi pena se había marchado. Sentí que esos quince años de pena en el alma habían terminado y que retomaba un camino que había dejado pendiente: nuevamente podía intentar hacer feliz a alguien y cambiar el mundo. Era como vivir un instante del pasado que había estado presente siempre dentro de mí. Y la vida continuó. Han pasado años y a veces la extraño. Recuerdo lo especial que me sentía teniendo una pena, las cosas se veían tan distintas, porque mi pena me hacía sentir que yo era el centro del universo. ¿Dónde estás, pena mía? Fuimos tan felices juntos... —192—


Puta tú

Teresa llegó a casa de su hermana esforzándose por disimu-

lar su intranquilidad y dejó a sus hijos jugando con sus primos. Luego, con la usual premura con que manejaba los asuntos de su hogar, surcó en su auto la violenta avenida que conducía al edificio donde vivía Érika. Ya en el portón, frente al vigilante, trató de calmarse un poco y se secó el sudor de las manos en los pliegues de su abrigo. El ascensor fue una tortura, tanto así que, al llegar al sexto piso y sentir repentinamente el aire frío que le daba de golpe en la cara, la invadió la misma sensación de culpa que cuando se confesaba en la iglesia. Sintió que ingresaba a un helado infierno en el que revelaría sus maldades y miserias. No esperó mucho tiempo en la puerta, Érika la esperaba hacía media hora. —Tengo que pedirte un favor —le había dicho Teresa por teléfono. —Yo también tengo que pedirte algo, Tere... —le contestó Érika con voz sofocada. Que Érika, una mujer tan orgullosa y autosuficiente, pidiera un favor con el tono sombrío con que lo había hecho era algo bastante extraño. Ahora estaban en el departamento de Érika, un dúplex amoblado fríamente con sillones de cuero negro y alumbrado con lámparas estilizadas. De uno de los muros escarchados pendía un inmenso televisor de plasma y, frente a él, una mesa de centro de vidrio oscuro sostenía un florero de cristal celeste con flores secas y teñidas. El semblante angustiado de Teresa —193—


no resistía el más mínimo escrutinio, de manera que Érika, tan intuitiva, se dio cuenta al instante de qué se trataba lo que su amiga tenía que contarle, pero trató de no hacerlo obvio. Si Teresa no hubiera estado tan ensimismada, podría haber visto que el rostro de Érika tampoco era el mismo de siempre; un invisible hilo de debilidad lo había marcado. —Érika, necesito que cuides a los niños tres días, desde el lunes hasta el miércoles... —dijo Teresa. Érika frunció el ceño mientras le entregaba un vaso de agua a Teresa. Luego, empezó a servirse un trago. Vodka con naranja. —¿Ese es el gran favor que me ibas a pedir? —dijo mientras llenaba su vaso—. Yo encantada, sabes que para mí es un placer estar con los chicos. Pero tienes que contarme por qué no los dejas con tu hermana. —Porque no quiero que ella sepa que voy a viajar... —¿Y a dónde vas? —Viajo a Trujillo, dos días... Voy a adoptar a un niño. Érika detuvo su vaso antes de que llegara a su boca y la miró con asombro. —¿Adoptar? Pero... ¿estás segura? Las manos de Teresa estaban nuevamente bañadas en sudor. Estaba inquieta y su mirada era demasiado esquiva. —Bueno, no pregunto más —dijo Érika—. Yo solo te ayudaré, si no quieres... —Raimundo ha tenido un hijo en Trujillo —la interrumpió Teresa violentamente. Esta vez, Érika se llevó rápidamente el vaso a los labios y bebió un largo sorbo. —Vas a adoptar al hijo que tu esposo ha tenido con su amante... ¿Es eso? —dijo finalmente. Por primera vez, desde su llegada, Teresa la miró a los ojos, tratando de mostrarse fuerte, aunque ya entonces Érika la veía más frágil y suplicante que nunca. —¿Qué harías tú? —preguntó, tímidamente, Teresa—. Ponte en mi lugar. —194—


—¿Qué haría yo? Eso nunca lo sabremos, mujer... —dijo Érika con ese refinamiento que mortificaba a Teresa, haciéndola sentir fuera de lugar—. ¿Cómo pasó todo? Suspirando profundamente, con la mirada aún apagada y fija en la mesa oscura, Teresa narró cada detalle del dilema: los viajes de su esposo, médico internista, a Trujillo, a pequeños pueblos alejados de la urbe. Describió las circunstancias en que Raimundo tuvo que alojarse en casa de una familia de comerciantes, en donde conoció a la hija de estos. Se trataba de una joven que, según los que la habían conocido, amigos mutuos de Teresa y Raimundo, era una chica encantadora, sin pizca de malicia. Los viajes fueron constantes durante más de un año, con largas estadías en la zona. —Claro. Y tú sospechabas... —interrumpió Érika—. No, tú sabías lo que pasaba y te hacías de la vista gorda, ¿verdad? —Érika, lo último que necesito es que me sermonees, por favor... —No, no lo haré. No soy nadie para sermonearte. Pero es que... ¡por dios! ¿Estás segura de lo que vas a hacer? ¡Adoptar al hijo de la amante de tu esposo! —Sí, lo he pensado mucho... No quiero que Raimundo tenga que ver más a esa chica, no quiero que utilice al niño para retenerlo. —Pero, ¿has hablado con ella? ¿Cómo...? —Sí, hablé con ella. Le he dicho que voy para allá y que he pensado adoptar al niño. —¿Y crees que ella lo va a soltar? ¿Tú crees que esa huevona no sabe que ese chibolo le asegurará el futuro? Ese hijo es su negocio, cojuda. —En realidad, eso pensé en un comienzo —dijo Teresa—, pero luego de escribirle y conversar con ella por teléfono, y por lo que me ha contado Raimundo, he notado que ella está enamorada. Me doy cuenta de que se ilusionó. No es una chica que quisiera perjudicarlo, solo es inexperta. Incluso diría que es inculta y simple, pero de buen corazón. En sus correos se expresa tan pobremente que hasta me da pena... —195—


—¿Cómo puedes hablar así? ¡Tu marido es una mierda! —interrumpió Érika luego de apurar su trago—. Hacerle eso a una provinciana estúpida, joderle la vida... —¡No hables así de él! Se siente el pobre tan mal. Si lo vieras, está destrozado. La expresión despectiva de Érika intimidó a Teresa, que sintió una ligera opresión al respirar, pero no dudó en continuar defendiendo a su esposo. —Mira, Raimundo no es malo. No ha hecho esto por maldad, ni conmigo ni con ella. Tú no tienes idea de cuántas mujeres bonitas se le acercan con la intención de vivirlo, no sabes cuántas se le regalan. Pero él se da su lugar y no les hace caso. Si él fuera malo, hace rato se habría liado con alguna de esas tipas. Pero esta chica es distinta. —¿Cómo distinta? —preguntó Érika. —Raimundo dice que se parece a mí —contestó Teresa con aplomo. Dejando el vaso sobre la mesa de centro, Érika se puso de pie y empezó a caminar por la sala, mientras encendía un cigarrillo. Siempre había considerado a Teresa una mujer tradicional y abnegada, pero orgullosa de su familia, de su estabilidad, así que no podía creer lo que escuchaba. Le era insoportable que una mujer instruida, sensible e inteligente defendiera una situación como esa. No le parecía estar frente a la misma Teresa en quien había confiado tantas veces, a la que contaba cada temor e incertidumbre que la asaltaba, la que la auxiliaba en cada crisis nerviosa o afectiva desde que se conocieron en la universidad. No era posible. Teresa también se sintió incómoda. Esperaba, en el fondo, que Érika fuera condescendiente con ella. ¿Acaso ella no había soportado sus arrebatos depresivos y sus llamadas a medianoche pidiendo que la acompañara a algún doctor porque se había tomado todas las pastillas del frasco o porque tenía miedo de los cuchillos? ¿Cuántas veces tuvo que ir a recogerla de casa de alguno de sus amantes porque no se podía mantener en pie de tan borracha y golpeada que se encontraba? No, Érika no podía tratarla con ese desdén. —196—


—Raimundo no es como los otros, Érika —trató de continuar—. Es un buen padre, mis hijos lo quieren y tiene... —¿Y tu orgullo? —le interrumpió Érika—. ¿Vas a dejar que pisotee así tus sentimientos? —¿Qué es el orgullo? —preguntó Teresa, aparentando gravedad—. Hay cosas más valiosas... —Oye, Teresa... Sabes que yo te quiero mucho, que siempre te he admirado, pero esto que vas a hacer no es lo correcto. No te digo que te separes. Me imagino que todo esto debe ser muy doloroso y sé que yo no puedo ponerme en tu lugar, yo no tengo una familia, pero creo que estás actuando sin pensar. ¿No crees que ese niño se sentirá mal de ser un recogido? ¿Te has puesto a pensar en lo que sentirá cuando...? —Nunca lo sabrá —interrumpió Teresa. Para Érika, la idea de que una persona viviera en el engaño era una monstruosidad imperdonable. Se sintió escandalizada y fue la primera vez que le lanzó una mirada reprobatoria a Teresa. Su amiga esquivó esa mirada temerosamente. —¿Crees que tienes derecho a decidir sobre ese niño? —preguntó Érika y exhaló una larga bocanada de su cigarrillo—. ¿Crees que será feliz sin conocer la verdad, viviendo una vida falsa? —Estará mejor conmigo que con esa mujer —respondió Teresa, como si hubiera estado esperando esa pregunta. Mientras hablaban, Érika se desplazaba por la sala fumando nerviosamente, lo que desesperaba a Teresa. La débil luz de la tarde daba a las cosas un sombrío aspecto que la entristecía más aún. —¿Cuál era el favor que me ibas a pedir? —preguntó Teresa levemente. Con pasos firmes, casi agresivos, Érika se acercó a la mesita de centro y cogió su vaso para volver a llenarlo. Los ojos de Teresa, a la expectativa, no se desprendían de ella. —Tere, voy a abortar otra vez... —dijo Érika con voz lánguida, un suspiro interrumpido y un leve temblor de labios. Las manos de Teresa se llenaron de sudor nuevamente. Luego pensó que era extraño ver a Érika en esa situación, mostrándose —197—


frágil y vulnerable. Sintió la tentación de atacarla para redimir la humillación a la que se sentía sometida, pero finalmente calló. —Esta vez tengo miedo —dijo Érika—. Es mi quinto aborto y la última vez tuve una infección, ¿recuerdas? Antes de que Teresa dijera algo, Érika continúo hablando con una sonrisa y mirada que pretendían ser dulces: —Claro que lo recuerdas, si estuviste ahí conmigo, como siempre. Teresa bajó la mirada y sintió vergüenza por lo que había pensado hacía un instante. —Bueno, realmente no te imagino como madre —dijo Teresa. Érika cambió de expresión. —Eres tan independiente, tan libre —continuó Teresa—. No imagino que puedas un día tener a una persona dependiente de ti. Cuidar de un niño es tan... —Tere —interrumpió Érika—, la infección me hizo mucho daño. El doctor dijo que si tenía un aborto más era posible que quedara estéril... Ante el silencio incómodo que sucedió a las palabras de Érika, Teresa no supo cómo reaccionar. —Sé lo que estás pensando —dijo Érika rompiendo las cavilaciones de Teresa—. Siempre he dicho que no quiero hijos, que no quiero casarme ni vivir para otros. Pero ahora, ante la posibilidad de quedar estéril, no sé... Es como si hubiera estado siempre al borde de un precipicio, dispuesta a saltar, deseándolo incluso, y que, de un momento a otro, alguien me apuntara con un arma y me obligara a hacerlo. Es como que el salto dejara de ser una decisión y se volviera una fatalidad. Teresa seguía sin saber qué decir ante la situación inesperada. —¿Quieres que te acompañe al doctor esta vez? —preguntó Teresa, repentinamente, para romper su incertidumbre. —Por favor —respondió Érika, suplicante. El vaso de agua en manos de Teresa se había puesto tibia, pero ella lo secó casi de golpe ante la mirada cansada de Érika. —198—


—Es gracioso esto, ¿verdad? —dijo Teresa repentinamente, sin reparar mucho en sus palabras—. Tú buscas acabar con una vida y yo tengo que tomar una casi obligatoriamente... —¡No busco acabar con una vida! —respondió algo irritada—. Al contrario, esta vez quisiera no tener que hacerlo... —¿Y por qué no lo tienes? —preguntó Teresa. Érika se mostró afligida. Teresa sintió que su amiga deseaba expresar algo que nunca imaginó que diría alguna vez. —Supongo que ya habrás hablado con el padre —continuó Teresa—. Por cierto, el padre es Ricardo, ¿verdad? —No —dijo Érika, rápidamente, con el típico descaro y cinismo con que solía dar cuenta de sus errores y devaneos. —Ah, bueno —dijo Teresa, sabiendo que, a continuación, Teresa se revestiría de dureza y desvergüenza. —El hijo es de mi ex, de Javier. —Javier, claro... —contestó mecánicamente Teresa—. Entonces, ¿cuántos meses llevas de embarazo? Pensé que habías dicho que no lo volverías a ver desde aquella vez. —Lo he seguido viendo todo este tiempo. No te lo dije porque sabía que no te gustaría —respondió Érika rudamente. Viendo la expresión defensiva de su amiga, Teresa se dio cuenta de que Érika temía su juicio, que a pesar de haberle pedido ayuda tantas veces, Érika le había ocultado algo importante. No importaba que la hubiera llevado al hospital aquella vez, llena de moretones y casi delirando por las pastillas que había ingerido. Tampoco importaron sus desvelos ni sus atenciones. Ahora resultaba que había seguido viendo a ese sujeto, un hombre casado que la maltrataba y humillaba. Se dio cuenta de que sus buenas intenciones eran inútiles y se sintió turbada por un ligero odio, un instante de furor que la impulsó a decir con rudeza: —Y dime, ¿Javier se llegó a divorciar? —No —volvió a contestar Érika con aspereza, mirando a los ojos de su amiga como si estuviera preparada para otro juicio. Teresa sintió que no debía continuar hablando, pero dijo: —¿Y qué opina él? —Él no sabe nada. Y no lo sabrá. —199—


—Entiendo... —contestó Teresa, sabiendo que la conversación debía terminar ahí, que seguir discutiendo no llevaría a nada bueno. Haciendo un leve esfuerzo por ponerse de pie, Érika se acercó nuevamente a la botella de licor y volvió a servirse un vaso. Lo bebió de golpe y volvió a servirse otro. A Teresa le empezó a faltar el aire, los nervios la carcomían porque sabía lo que se avecinaba: una de las crisis de Érika. Y esta sería una terrible. —No digas que lo entiendes —dijo Érika con voz pastosa—. En realidad, no entiendes nada, Tere. Había comenzado. Teresa tuvo un ligero estremecimiento al reconocer en la voz de su amiga la cadencia ebria de sus palabras, el silabeo tropezado. Sin embargo, pensó que no se dejaría vapulear como en otras ocasiones, a fin de cuentas, ya Érika la había maltratado mucho. Los labios se le endurecieron y no pudo decir nada. Fue Érika quien habló. —Tú crees que para mí es fácil, ¿verdad? Porque consideras que estoy acostumbrada a estas cosas, a que me maltraten y se burlen de mí... —Érika, los hombres no se burlan de ti. Tú escoges a ese tipo de hombres... —¿Lo ves? —la interrumpió—. Ahora dirás que todo es culpa mía. Teresa se envalentonó repentinamente. —En parte, lo es —dijo con voz apagada. Sonriendo con cinismo, Érika meneó la cabeza. —Claro —dijo sin mirar a Teresa—. Es culpa mía, ¿verdad? Yo soy la puta, la estúpida que va a abortar un hijo de un hombre que la maltrata... Y que encima es casado. —Aquella vez en el hospital me dijiste que no lo volverías a ver —respondió Teresa—. Lloraste tanto y estabas tan mal que te creí. Ya no sé qué esperar de ti. Ya no sé si esforzarme por ayudarte o no. —Claro. No soy de fiar. Soy una mierda, ¿verdad? —respondió Érika. —200—


—No te pongas como una niña, mujer. Yo solo quiero... —¡Tú solo quieres que haga lo que tú dices! ¡Quieres sentir que tu vida no es tan miserable en comparación a la mía! —Deja de decir niñerías, Érika... —¿Niñerías? Prefiero comportarme como una niña antes que ser como tú, dejarme pisar por un hombre que aparenta ser fiel y bueno ante la gente, y que finalmente obliga a su esposa a hacerse cargo de sus irresponsabilidades. —¡Él no me ha obligado a nada! Es mi decisión, he sido libre —se defendió Teresa. Érika rió estruendosamente, casi con vulgaridad, con esa risa hiriente que avergonzaba a Teresa y la llenaba de estupor. —Tú no eres libre —dijo Érika cuando dejó de reír—. Actúas así, aparentando nobleza, porque no puedes hacer otra cosa, porque estás atrapada y no quieres perder tu equilibrio, un esposo que te mantiene y paga tus caprichos. Actúas así para fingir que eres buena y hacerte la fuerte, y en realidad, te mueres de miedo de quedarte a solas con tus hijos, de mantenerlos por tu cuenta, de que todos vean que tu esposo ha buscado fuera lo que no le das, porque eres una aburrida, porque lo has metido en una rutina de la que él quiere escapar... —Cállate —suplicó Teresa. —¡No me callo! —gritó Érika—. Sabes que es verdad. Tienes una vida aburrida. ¿Y sabes qué? En verdad, entiendo a tu esposo. Entiendo que haya buscado algo mejor lejos de ti, algo que rompiera ese tedio al que lo has condenado con tus reuniones de padres de familia y parientes aburridos. Si yo lo sé bien —dijo bebiendo un sorbo y sonriendo—. ¿Por qué crees que me gusta tanto Javier? Porque es lindo conmigo, me engríe más que a su mujer, una estúpida a la que lo único que le interesa es aparentar que tiene una familia, vanagloriarse de sus hijos y de lo bien que los educa, de sus notas en el colegio, de la ropa que les compra y de sus viajes... ¡Una pobre cojuda! Conmigo Javier se libera, se vuelve loco, me domina, me hace sentir que soy algo importante, que puedo influir en su vida, porque cualquier cosa que yo haga, sacarle celos, coquetear con otros hombres, ignorarlo, —201—


producirá una reacción en él. Es mi cómplice. Algo que tú no puedes entender... —Raimundo y yo somos cómplices, a nuestra manera —dijo Teresa, ya sollozante, paralizada por el miedo. —No, tú eres su esposa, la que mantiene su equilibrio. Esa mocosa que le ha dado un hijo conoce algo de él que tú no conocerás ya nunca. Conoce la malicia de tu esposo, sus ganas de sentirse joven y vigoroso nuevamente, a pesar del trabajo y la rutina. ¿Tú crees que puedes hacer sentir joven a tu esposo? —preguntó con una sonrisa desfachatada—. Tere, basta con mirarte para darse cuenta que ni siquiera te gusta el sexo... Teresa la miró incrédula. —No me mires así. Simplemente no te gusta, o has perdido el placer por hacerlo. —Sí me gusta el sexo... —interrumpió Teresa, intentando mostrar más que nunca su fastidio. —No es cierto, no te gusta... A ver, dime, ¿cuándo fue la última vez que lo hiciste con él? —Eso no te importa —contestó incómoda Teresa. —¿Alguna vez se la has chupado? —balbuceó Érika. Teresa no sabía si ponerse de pie y retirarse, la angustia la paralizaba. —Cállate, por favor —atinó a decir—. No me hagas decir cosas feas. —¿Cosas feas? —dijo Érika con ironía e inclinando el cuerpo hacia su amiga—. ¿Qué cosas feas puedes decirme tú? Mi amor, he pasado por tantas cosas, he vivido cosas a las que tú no sobrevivirías. ¿Crees que porque Javier me golpeaba y me humillaba frente a mis novios me siento disminuida? ¡Al contrario! Eso me hace fuerte. Tú no sabes lo que es haber tocado el fondo, que te humillen, que te degraden al nivel de un objeto, y luego levantarte y seguir viviendo como si nada hubiera pasado. Tú no sabes nada... Cuando Érika terminó de hablar, Teresa lloraba resoplando agitadamente. Érika evitó mirarla y empezó a servirse otra copa. Le desagradaba la debilidad de su amiga, su falta de arrojo y —202—


determinación. Pensaba que Teresa no era nadie para reclamarle nada, ni para juzgar sus actos. Se decía a sí misma que todo lo que Teresa había hecho por ella no le daba derecho a cuestionarla. —Al menos yo no me quedaré sola —dijo Teresa entre sollozos. Esas palabras fueron un detonante inesperado para Érika, un golpe que le hizo sentir la rabia llegándole hasta el pecho, apagando su voz, como una marea que ahogaba. —Tienes treinta y seis años y mírate —continuó Teresa—. No has tenido nunca una relación buena. ¿Cuál de tus novios estuvo contigo cuando casi te mueres por culpa de Javier? ¿De qué ha servido tu actitud? ¿Puedes hacer que un hombre confíe en ti? ¿Puedes ser transparente ante alguien? ¿Puedes de verdad darte a conocer a una persona? No, no puedes. Porque, en el fondo, te avergüenzas de lo que eres. Conmigo te haces la valiente porque sabes que te conozco, todas tus palabras son solo bravuconadas que no serías capaz de repetir ante otras personas. Sabes que nadie va a confiar jamás en ti y por eso vuelves a Javier, porque te lo mereces, porque sabes que es como tú. Y cuando terminas destrozada y necesitas un testigo que escuche tus justificaciones, alguien ante quien ordenar y manipular los hechos para que puedas aparentar ser una mujer fuerte, para pretender que controlas las cosas y tus decisiones, para que puedas creértelo, me buscas y me cuentas tu drama. Y yo te escucho. Eres patética, en verdad... —¿Y tú crees que le tengo miedo a la soledad? —dijo Érika acercándose a su amiga—. Basta con que mueva una mano para que un hombre venga a mí. No me quedaré sola nunca. ¿Sabes por qué? Porque yo sí sé querer, yo sí sé entregarme por completo... —Érika, te recuerdo que antes de Javier estuvo Marcos y fue igual, también lo amaste, aunque solo estuviste con él tres meses. Al final, todos terminan siendo “especiales”. Dices querer a todos con la misma intensidad, tanto que es como si no amaras a ninguno. Crees que hacer locuras y comportarte como una desequilibrada es amar y entregarse de verdad. ¡Pero lo haces —203—


con todos! ¡Incluso con idiotas que apenas conoces! Lo mismo dijiste de Javier y Marcos, de ese tipo de tu trabajo y del primo de Celia. A todos los amas “con locura”, a todos te “entregas completamente”. Por eso, seguramente, puedes tener al hombre que quieras, pero así como ellos no serán nada para ti, tú no serás nada para ellos, terminarán olvidándote o despreciándote cuando sepan lo que eres en verdad. —Pero al menos soy libre —respondió iracunda Érika—. Al menos disfruto de mi vida plenamente, me divierto, salgo, conozco gente y tengo amigos... —¿Amigos? —interrumpió Teresa, sintiendo que por fin podía controlar la discusión—. Tú no tienes amigos, Érika. Tienes acosadores que andan pendientes de acostarse contigo, pobres imbéciles a los que vives provocando y que dicen valorarte porque aparentas ser una persona sensible, cuando en realidad eres vacía. Tú no eres libre, Érika, eres vacía. Solo sabes esconder tu vacío con palabras bonitas, hablando de libertad, haciéndote la atrevida y la valiente. Eres vacía. —Cállate, estúpida... —dijo lentamente Érika, con rabia y con los labios temblando—. Al menos yo no cargaré con las pendejadas de un esposo desgraciado. Al menos yo nunca seré la cornuda de alguien, nadie se va a burlar de mí. —Érika, todos los que se acercan a ti se terminan burlando... Érika rio suavemente, dejándose caer ya ebria en el sillón. —Sí, mi amor, de ti no se ha burlado nadie... —empezó a decir Érika con el sarcasmo que tanto temía Teresa—. En realidad, ahora que te escucho, me doy cuenta. Sí, he estado equivocada. Creo que lo que te ha pasado, en realidad, no te duele, más bien te gusta. ¿Cierto? Debes sentirte muy mujer, muy madre. —Deja de hablar estupideces... —dijo Teresa irritada, odiándola como nunca. —Sí, es eso. Seguramente, es una manera superior de disfrutar del sexo, ¿verdad? —continuó Érika—. Una manera más “elevada” y no la manera vulgar y primitiva con la que yo disfruto. Seguramente, debe ser muy arrechante que tu marido vaya por ahí derramando su leche en otras mujeres ¡pero siempre —204—


volviendo a mamá! ¿Verdad? Te excita, ¿verdad? Eso te arrecha. Claro, es eso... Teresa estaba sonrojada y enmudecida. Nunca sabía qué contestar cuando Érika usaba ese tono tan vulgar y sórdido para expresarse. Era como si todas las palabras delicadas y sublimes que Érika solía usar cuando conversaba con desconocidos se borraran de su mente, convirtiéndola en una desconocida. En adelante, solo habría palabras denigrantes, crisis, posiblemente una nueva noche en algún hospital. —Solo te queda hablar de sexo cuando ya no tienes argumentos —dijo Teresa y las lágrimas empezaban a escapársele sin poder evitarlo—. Pretendes hacerme creer que el sexo lo es todo y que eres mejor que yo porque eres más promiscua... Estúpida. —¡No, eres tú la que juzga todo a través del sexo! —respondió a gritos Érika—. Eres tú la que me desprecia solo porque soy libre de acostarme con quien quiero, porque no estoy atada. Como si mi cuerpo fuera tuyo. ¿Qué tiene que ver el sexo? ¿Acaso no te das cuenta que es más importante para mí tener el afecto de alguien? Yo solo busco un poco de cariño, eso es todo. ¿Por qué tienes que pensar en el sexo? Teresa la miro y no pudo, en medio de sus lágrimas, contener una sonrisa sarcástica. Érika no lo soportó. —Anda, dímelo —dijo Érika retándola—. Dime lo que siempre has querido decirme... Teresa apretó su cartera fuertemente, como tomando valor. Desencajada, Érika notó que su amiga estaba debatiéndose entre callar o hablar. Y, como siempre, decidió empeorarlo todo. —No te atreverás a decírmelo... nunca te atreves a nada, cobarde estúpida. —Puta... —dijo Teresa suavemente. Teresa no podía creer que lo estaba diciendo y Érika no podía creer que lo estaba escuchando de boca de su amiga. La mirada de Teresa fue fulminante, expresaba el golpe al final de la caída. Así, finalmente, habían cruzado la línea. Érika había logrado nuevamente que la hirieran para otra vez sentirse una víctima. Tambaleándose, buscó el sofá y se arrodilló en él mientras so—205—


llozaba. Teresa permanecía quieta, temerosa, sabiendo que había sido instrumento en la tragedia de su amiga, personaje en el teatro de su desgracia, de manera que ya no le importaba nada. —¡Puta! —dijo Teresa llorando sin contenerse— ¡Siempre has sido una puta! Siempre has destruido las cosas buenas que te rodean. Ahora quieres destruir mi afecto... ¡Puta de mierda! Arrodillada junto al sillón, Érika se regodeaba en su desgracia, sintiéndose fuerte, dueña de su miseria y su desamparo. Lanzó una risa fingida con tanto estruendo que derramó unas gotas de licor en el sofá. —¿Tienes el descaro de llamarme puta? —dijo Érika buscando los ojos de Teresa—¿Tú? Tú que vives mantenida por un hombre que te humilla, que te restriega en la cara que no le importas más que para aparentar ser un buen hombre, tú que eres capaz de esconder tu miseria y no eres sincera con nadie, que te pones encima una cruz solo para no perder tu condición... —¡Sabes que eres una puta! —gritó Teresa ya bañada en lágrimas, sin poder contenerse—. Vives fingiendo que eres querida y sabes que nadie te quiere en realidad porque nadie te conoce. Ni siquiera eres capaz de serle fiel al desgraciado ese que dices querer, ni siquiera puedes decirle la verdad y no puedes darle un hijo. No puedes ser sincera con nadie... ¿Cómo puedes decir que no eres una puta si vives arrastrándote de hombre en hombre, diciendo que a todos los amas por igual, que todos son el amor de tu vida? ¿Qué mierda vale el amor de una persona como tú? ¿Qué valor tiene tu cariño? —¡Al menos yo ejerzo la carrera que estudiamos y me mantengo por mi cuenta, no como tú que solo la usaste para cazar un marido acomodado! Lo que yo haga en mi vida personal es cosa mía y no tengo por qué ir contándosela a la gente. Ya todo eran gritos, sollozos. Teresa se ponía de pie y recogía su abrigo, su cartera, mientras tomaba fuerzas para decir finalmente: —¿Y de qué te sirve? ¡Si ni siquiera puedes elegir si tener un hijo o no! —206—


—¡Me sirve para ser libre! ¡Para no estar atada a un miserable que me humilla y me trata como una máscara! ¡Tú eres la puta! ¿Acaso no te das cuenta? —¡No! Tú eres la puta... —respondió Teresa—. Al menos mi esposo me quiere, a ti no te quiere nadie, ni el imbécil de Javier ni el pobre infeliz de tu novio que no te conoce, porque si supiera que vas a abortar un hijo del idiota que te mandaba al hospital, se avergonzaría y te dejaría... A ver, atrévete a decírselo, puta de mierda... ¡Atrévete a contarle lo que eres! —¡Cállate, puta de mierda! ¡Lárgate de mi casa! —gritó Érika—. ¿Quién mierda te crees para insultarme? Me das lástima y asco... —Tú me das lástima y vergüenza. Mírate, seguro ahora irás a buscar a tu novio, a contarle que estás triste, pero no le dirás que vas a abortar un hijo de otro imbécil. Me encantaría estar ahí cuando se lo digas... —¡Lárgate! —gritó Érika, completamente fuera de sí, ebria y con el rostro surcado por las lágrimas. Su voz se quebró y solo atinó a acurrucarse en el sofá mientras Teresa se marchaba sin decir nada. Cuando la puerta se cerró detrás de Teresa, Érika empezó a llorar a gritos como una niña, ahogando su voz en los cojines ya manchados de alcohol y lápiz labial. Teresa prefirió bajar por las escaleras, pues habría sido incómodo encontrarse con alguien en el ascensor. Lo importante era salir de ahí. Al llegar al primer piso, se vino abajo: empezó a llorar desconsoladamente, aunque trataba de ahogar su llanto para que el portero no la escuchara. Se quedó parada en las primeras gradas del rellano y, sin darse cuenta, terminó sentándose sobre las mismas, sollozando sobre sus rodillas. Reaccionó a los pocos segundos, viendo que sus manos estaban ya manchadas por el maquillaje corrido. Trató de limpiarse con un paño mientras se acercaba a su auto. Apenas se sentó en el asiento para conducir, su celular empezó a timbrar en su bolso. No contestó, pero tampoco encendió el auto. El teléfono dejó de sonar por un instante, para luego volver a —207—


sonar. Teresa sabía que se trataba de Érika. Revisó el número de llamada entrante y vio que, efectivamente, era el número de su amiga. El celular volvió a sonar y Teresa solo lo contempló, sin decidirse a contestar. El teléfono dejó de sonar y no volvió a hacerlo. Si llama nuevamente, contestaré, se dijo Teresa. El teléfono no volvió a sonar en varios minutos. Ansiosa, marcó el número de Érika. Érika contestó inmediatamente. —Aló, ¿Tere? Teresa no contestó. La voz de Érika era ahogada, llorosa. —¿Estás aún en el estacionamiento, verdad? —preguntó Érika, ahogada en sollozos. La noche había caído y, desde su auto, Teresa veía al portero abrir el enrejado para que otros autos entraran al estacionamiento del edificio. Empezó a llorar cuando escuchó a su amiga decir: —¿A qué hora debo recoger a los chicos? ¿O los traerás tú? ¿Puedo llevarlos al cine o a McDonalds? Hace tiempo que quiero llevarlos a ver ese espectáculo de fuentes de agua que hay en el Centro de Lima... Teresa solo lloraba. —¿Puedo comprarle un vestido a Rosita? He visto uno precioso... —Érika... ¿cuándo tenemos que ir al doctor? —interrumpió Teresa. —No hablemos de eso ahora, ¿sí? Te contaré todo cuando regreses... Luego solo se escucharon sus sollozos, sus gemidos apagados mientras secaban sus lágrimas. —Tere... —dijo Érika—. ¿Puedes subir? Necesito que me abraces.

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Trascendente

Hola, hombre. ¿Cómo estás? Perdona que haya demorado doce años en responder tu postal. Te escribo porque me han contado que te has largado de tu casa, que has salido a buscar lo que deseabas, que ahora duermes en parques, en esa casa abandonada de Santa Beatriz, y en casas de amigos. No sé si estás buscando o huyendo, pero te deseo suerte. Me han contado que la chica que te gusta está enamorada de uno de tus grandes amigos y que te estás drogando mucho, que tu viejo ha ido a vivir con ustedes a la casa y que tú y él pelean demasiado, que casi se van a los golpes. Me dijeron también que hace un tiempo estuviste internado en un sanatorio o algo así. Dicen que has dejado de hacer música desde que N se fue a Alemania y desde que te peleaste con R por esa chica con la que te acuestas. Me dijeron, también, que ahora trabajas en una feria de libros usados, que caminas muchos kilómetros al día recorriendo Lima en busca de libros, y que a veces te quedas a dormir en las habitaciones de estudiantes de la universidad. El F me cuenta que hace poco le enseñaste unos cuentos tuyos. Me dijo que le habían encantado y que tú, drogado como estabas, encerrado en ese drama que tanto te gusta diseñar, los quemaste luego de que él los leyera. Los incendiaste. La literatura mata, muchacho. O mejor dicho, puede matar. Akutagawa murió de literatosis, Sartre sobrevivió, pero pagó un precio terrible. Eso que haces desde hace un tiempo, ese —209—


“atrapar los instantes”, literaturizar los momentos que vives al mismo tiempo de estarlos viviendo, es algo que te puede traer problemas si no lo controlas. Entonces recibí la postal de J y me decía cada cosa que estaba pasándome, como si viera dentro de mí a través de una bola de cristal. Sí, sé que acabas de hacerlo, sé que acabas de decirte eso a ti mismo. Lo sé porque te conozco. Literaturizas todo, cada momento de ti. ¿Y sabes por qué? Porque te hace sentir especial. Ese hábito mental llena un vacío, te satisface porque te hace creer que cada cosa que sucede en tu vida es especial, trascendente. Sé que te encanta esa palabra. Trascendente, trascendente, trascendente. Repítela cuantas veces quieras. Literaturizar los momentos es darles una carga emotiva que le otorga sentido a todo, a tu propia vida. Todos lo hacemos, a todos nos pasa. Siempre que tenemos una carencia, nuestra mente busca esas satisfacciones para llenar nuestro vacío. Cuando nos falta afecto, cuando no logramos nuestras metas, cuando las cosas no encajan con el mundo ideal y justo que llevamos dentro, hacemos literatura en nuestro corazón, y así vamos modelando nuestra alma. Pero, hay casos, como el tuyo, en los que ese hábito nos posee, nos domina, y andamos por el mundo como endemoniados, como te sucede ahora, buscando atrapar cada instante. Eres un poseído, muchacho. Me han contado que te largaste a vivir a un pueblito de la sierra, a vivir incomunicado, que tu salud es muy mala y que abandonaste la universidad, que tratas mal a esa chica que te quiere tanto, que otra vez te propusieron militar en una célula subversiva y que lo pensante porque habría sido perfecto morir en batalla, con una bomba entre las manos, morir como un héroe para esconder tu cobardía, luchando por la revolución, pero sin poder llevar tu propia vida a buen puerto. M dice que cada que te emborrachas con él en la Curva hablas de tus grandes proyectos, que todos te escuchan en la mesa, y que, cuando conversas, no pareciera que tienes dieciocho años. —210—


Por cierto, ¿qué sería de ti sin M? Sin F, sin R, sin C, ellos que te escuchan y te perdonan todo, a pesar de que te has portado tan mal con ellos robándoles discos y pidiéndoles ropa y comida. Les debes tanto. No solo les debes la vida, sino la cordura. Solo quería pedirte que te cuides y que, a pesar de todo el daño que te estás haciendo, sepas un día reaccionar y dedicarte a la labor que te dará un destino, que dejes de lado el espejismo maldito de la juventud. Sí, la juventud ya no me parece tan loable, no tienes idea de cómo he aprendido a despreciar su soberbia, su vacío. Ah, también quería pedirte una cosa más, que tal vez te parezca estúpida: que aprendas a querer. Ya verás que te servirá muchísimo. Recuerda que para mí siempre serás un chibolo huevón, pero aún así te agradezco por ser como eres, porque sin ti yo no sería lo que soy ahora. Sin ti no podría enfrentar el futuro, sobre todo hoy, que estoy parado frente al final de mi vida, frente a esa nada que nunca imaginé. Estoy viejo, muchacho, tan cansado. Siento que he vivido mil vidas. Quizás te parezca ridículo, pero, con todos los errores que cometí, nunca creí que llegaría a esta edad. Y mira, dentro de unos días finalmente cumpliré treinta años.

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El país de Pituco

Veo las fotos que guardo en mi computadora, imágenes que

debo retocar para entregar al diario. Son fotos del día en que todo cambió. El café amargo me despierta y, una a una, las casuchas deshabitadas de esos pueblos aparecen ante mis ojos. Es como si hubiera sido un viaje en el tiempo o algo que nunca pasó y que sigo sin explicarme. Ahora miro las fotos de esos pueblos, sus calles vacías, sus techos de paja raída. Es como si hubiera fotografiado incluso su silencio. El día en que tomé esas fotos fue uno de los más importantes que recuerdo. Estas fotos tienen que ver con el destino del país. Y es un poco extraño, porque, de alguna manera, ese día se relaciona con otra experiencia trascendental de mi vida: la primera vez que me sentí un extraño en mi propia tierra, una persona alejada de todo. Ese día, también, se instaló en mí ese odio que arrastré durante mucho tiempo. —Lárgate de mi país, pituquito de mierda —me dijo ese chico, al que nunca más volví a ver en mi vida. Durante muchos años, esas palabras retumbaron en mi mente. Tenía doce años cuando las escuché. Ahora, mientras selecciono las fotos, pienso en cada uno de los eventos que condujeron a esta situación y en mi propia condición de testigo. No puedo dejar de hacer esas ridículas asociaciones de ideas que me hacen creer que el destino estaba marcado desde el inicio. Porque pienso que es irónico que precisamente yo, que nunca me interesé por esas personas, que


incluso llegué a pensar que no tenían nada que ver con mi vida, terminara siendo, en cierto modo, cronista de su devenir. * * * Las peleas en mi familia, el tío perdido, los relatos de las tierras arrebatadas, el tío que se casó con una cualquiera, la prima de mi madre que se casó con un sujeto con un buen cargo en una empresa exportadora, y que tuvo hijos notables, las reuniones por el cumpleaños de mi abuela materna, donde todos presumían y mi madre se avergonzaba un poco; los cumpleaños de mi padre con sus compañeros de trabajo, oficinistas agobiados, serios y afables, personas trabajadoras que se esforzaban por sacar adelante una empresa en una época tan nefasta; mis cumpleaños en El Rancho, los libros importados de inglés y religión que pedían en la lista de útiles de mi colegio, cada vez más caros, todos esos hechos y situaciones se encerraban en una campana de cristal cuyos límites llegaban hasta ciertas avenidas, lugares que, con el tiempo, traspasé, empujado por los quehaceres y la necesidad. En efecto, poco a poco, el mundo exterior fue venciendo. Mi sorpresa inicial y mi rechazo posterior los absorbió el torrente de vida cotidiana. Sin embargo, la semilla plantada se negaba a morir en mí: ¿Alguna vez han sentido que todo lo malo de este país, lo sucio y peligroso, está relacionado con personas venidas de la sierra? Yo viví sintiendo que la culpa de todo lo malo en mi familia la tenía un cholo, un descendiente de esos que habían venido a malograr la ciudad de mis padres. Pienso que no es mi culpa, que no podía ser de otra manera. ¿Qué vínculo tenía yo con esa gente? Podía verlos como empleadas del hogar, jardineros, choferes, verlos en la televisión, pero no los sentía parte de mi mundo. —Lárgate de mi país, pituquito de mierda. Aquella vez, esas palabras hicieron entrar en mi mundo a aquellas personas. A todas, de un solo golpe. Hoy, en mis fotos, tengo algo de ellos: su destino. * * * —214—


Quizás el primer evento que condujo a este destino fue aquella revuelta en el sur del país: En aquella ocasión, el Gobierno tuvo que ceder ante los manifestantes, comerciantes y propietarios que no criticaban la política económica, pero que representaban una clase emergente que se había abierto camino entre la informalidad y la precariedad. Aquella tarde, cinco mil personas bloquearon la carretera, exigieron mayores ingresos por la explotación minera en sus territorios y tomaron como rehenes a más de sesenta policías. Algunos periodistas, congresistas y políticos consideraron el hecho como vergonzoso y exigían el envío de militares y el uso de armas de fuego contra los manifestantes. Decían que era una afrenta impune a la autoridad del Estado, que, por ese entonces, llevaba por buen recaudo la economía nacional y promovía la iniciativa privada y el ingreso de capitales extranjeros. Fui enviado a esa zona a tomar fotos junto a Melinda, que por ese entonces era ya editora de política en el diario. Una semana más tarde, después de que el Gobierno cediera ante las protestas, fuimos enviados al Ministerio del Interior a cubrir las declaraciones del ministro, quien seguía insistiendo, sin presentar pruebas, en un complot comunista financiado por gobiernos extranjeros interesados en desestabilizar a la nación. No podemos permitir que esto vuelva a suceder —decía el director del diario Prensa—. ¿Y si mañana deciden levantarse otras provincias? En este país, por culpa de pasados gobiernos socialistoides, tenemos una lamentable organización política que ha dado poder a caciques provincianos que se pavonean con sus cargos y se creen con derecho a hablarle de igual a igual al presidente de la República. A las dos semanas, Melinda fue enviada a la selva a entrevistar a los policías de la comisaría en donde se hallaban detenidos cincuenta y dos nativos achuares acusados de sabotear una refinería petrolera erigida en sus territorios. ¿Cómo es posible que se les otorgue a esos grupos, cuyos intereses están tan distanciados del progreso, territorios tan vastos e importantes para el desarrollo de la nación? —se preguntaba el segundo vicepresidente de la República—. No podemos permitir que se amparen en el sentimentalismo y el chantaje para quitarle un beneficio a toda la nación. —215—


—Si los vieras... —me contaba Melinda—. Son hombres que apenas hablan el castellano. Ni siquiera estaban en el lugar de los hechos. Es imposible que hayan prendido fuego a las instalaciones, pero no los sueltan. —¿Y el asunto de las tierras? ¿El Estado les va a reconocer finalmente la propiedad? —pregunté. —No, eso es lo peor... les van a quitar las tierras con una jugada legal. Desde los años 40, las tierras de la selva son entregadas a colonos, personas que vienen de otros sitios a trabajar cultivos, a formar granjas modernas, lo cual está bien, porque los achuares, aunque sean dueños legítimos, no tienen capacitación, no transforman nada; así que el Estado promueve la entrega de tierras a colonos y, supuestamente, reconoce el territorio de los grupos indígenas. Supuestamente... A los dos meses, los achuares fueron liberados de la cárcel, pero también fueron expulsados de las tierras que ocupaban desde hacía siglos, tierras a las que llegaron huyendo de la conquista, en primer lugar, y de las misiones evangelizadoras más tarde. El Gobierno había conseguido colonos que mostraron títulos entregados con argucias legales —resoluciones a la medianoche, sentencias entregadas en otras jurisdicciones— ante las cuales los indios no pudieron hacer nada. Meses después, esos colonos vendieron los terrenos entregados por el Estado a un precio irrisorio a una empresa petrolera extranjera: un dólar por metro cuadrado. Pasó un tiempo, y mi trabajo no volvió a tener grandes sobresaltos. La corrupción cotidiana, los desastres naturales, algunos atracos importantes en la ciudad, partidos de fútbol... mi trabajo volvió a ser el mismo. Entonces, vino el segundo evento: el discurso del presidente por Fiestas Patrias. * * * Si bien la casa era de mi mamá, mi padre la mantenía. Su trabajo en la compañía importadora era un testimonio de supervivencia. Los cueros argentinos se vendían menos, pero el —216—


negocio subsistía de alguna manera. Mi madre dejó de trabajar para cuidar a mi hermano pequeño y a mi abuela enferma. Mi padre era un mago del que me sentía orgulloso, un luchador. Quizás aprendí de él a tener confianza en mí mismo, a sentir, en el fondo, que todo saldría bien, a no conformarme, a no temer los riesgos, a saber que, con un poco de relaciones y respaldo, todo estaría en mis manos. Demoré mucho tiempo en saber que no era así para todos más allá de mis fronteras mentales. No es problema ahora reconocer que viví en una burbuja, protegido del mundo, de espaldas a lo que pasaba más allá de mis límites familiares. No culpo a mis padres ni a mi familia, si pudiera proteger a mis hijos de un mundo hostil, lo haría. Quizás no sabría cómo protegerlos de lo desconocido, pero creo que nadie podría. Lo desconocido se presenta intempestivamente y a veces deja profunda huella. * * * Mi primo Guillermo, mayor que yo por tres años, jugaba con sus amigos del colegio en una cancha alejada de nuestro barrio, cerca de Surquillo. El día que nos invitó a jugar por su equipo, fuimos tres chicos del barrio: mi primo, un amigo de mi colegio y yo. La cancha quedaba cerca de la avenida Angamos, una de las fronteras de mi ciudad imaginaria. Recuerdo cuando vi a los chicos contra los que jugaríamos. Evidentemente, eran distintos a nosotros. Pero, a esa edad, esas diferencias no eran relevantes. Sentía que podía relacionarme con ellos, pero, nuevamente, sabía que no serían parte de mi mundo. Quizás me odiaron y envidiaron apenas me vieron. Yo los odié después, durante del partido, cuando empezaron a meterse fuerte, a golpear. El problema no era que nos hicieran la bronca, eso lo sabíamos. Mi primo era bronquero en su colegio y varias veces habíamos peleado en mancha contra otros patas en fiestas. Pero no contábamos con que ellos serían tantos. —217—


Todo empezó cuando llegaron otros chicos, casi un equipo completo, amigos de los primeros, que también querían jugar. Se sentaron bastante amenazantes en las graderías alrededor de la cancha y a ratos hablaban con los chicos contra los que jugábamos. Luego, sin decirnos nada, empezaron a hacer cambios; algunos de los recién llegados entraron a jugar contra nosotros. El clima fue ensombreciéndose, se hacía tarde. Llegó el momento en que todo se volvió confuso. —Loco, mis patas quieren jugar un rato contra nosotros —nos dijo uno de los primeros chicos contra los que jugábamos, refiriéndose a sus amigos, que nos echaron una mirada temible—. ¿Puedes prestarnos tu pelota? Intentamos ubicar la pelota y nos dimos con la sorpresa de que ellos ya la tenían: jugaban con ella en un arco lanzando tiros, la habían tomado mientras nosotros nos lavábamos. Mi primo nos miró por un instante. No parecía asustado. En verdad, yo no estaba asustado. No sabía aún hasta dónde podría llegar la situación. Les dijimos que no podíamos prestarles la pelota, que teníamos que marcharnos ya. Nuestro barrio quedaba lejos y se hacía tarde. —Loco, presta la pelota, pues —insistió burlonamente uno de los recién llegados, lanzando la pelota al arco. Cuando mi primo se acercó a él para tomar la pelota, el sujeto se puso a la defensiva. —Loco, ¿qué te cuesta? Solo un partido, cinco goles —decía el tipo, tomando la pelota con las manos y lanzándosela a uno de sus amigos. Los amigos de mi primo se acercaron, no eran pocos, no eran débiles ni tenían miedo. Más bien, se mostraron bastante agresivos al reclamar. —Chochera, te estamos pidiendo por favor... No seas egoísta. Mi primo se acercó al chico que retenía la pelota, que a su vez, se la pasó a otro. —Loco, solo un rato. No te pongas así. —218—


Fue mi primo quien, al quitársela a uno de los chicos, dio el primer empujón. Eso bastó para que los otros se le fueran encima. Y luego los amigos de mi primo. Y luego mi amigo del colegio y yo. Empujones, patadas, puñetazos, la violencia normal de una pelea adolescente. —Pituco conchetumare... —dijo una voz en medio del alboroto. Me sonó a palabra desconocida. No porque no la hubiera oído antes, sino porque, por primera vez, la escuchaba en boca de alguien que lo decía con odio. Y nunca antes los insultos de mis amigos me sonaron tan certeros y correctos: —¿Solo porque me ves blanco jodes, cholo apestoso? ¡Serrano de mierda! ¡Yo qué culpa tengo de que no puedas comprarte una pelota, misio de mierda! Pude ver, en la mirada de uno de esos cholos, el más fiero, la impotencia. Se notaba que no sabía qué decir. Su miseria lo desarmaba y exudaba rencor, resentimiento. La pelea había bajado la intensidad, solo mi primo y el cholo se miraban fijamente. La pelota ya no importaba, teníamos que irnos. Mi primo empezó a dar la vuelta, todos empezamos a alejarnos, cuando el cholo dijo esa frase que me machacó la cabeza durante tantos años: —Lárgate de mi país, pituquito de mierda... Me fui convencido de que, más allá de las fronteras de mi campana de cristal, el resto del mundo me odiaba. * * * El segundo evento fue el discurso del Presidente por Fiestas Patrias. Fue el evento que me hizo pensar que existía un hilo invisible entre todos esos sucesos, que luego se encaminarían a la tragedia que capturé en mis fotografías. Al igual que el perro del hortelano, algunos trasnochados, aturdidos aún por la caída del Muro de Berlín y la antigua Unión Soviética, pretenden que este país no explote sus riquezas, solo porque ellos no tienen la capacidad de aprovecharlas. [...] Paradójicamente, nuestra patria, llena de bosques, fauna, minerales, hidrocarburos, extensos territorios aptos para —219—


la agricultura, se ve maniatada por un puñado de sujetos ideologizados que se rasga las vestiduras porque la nación pretende alcanzar el progreso insertándose en el mercado. Como su teoría genocida fracasó en todo el mundo, quieren que nosotros también fracasemos. [...] Debemos luchar contra ellos, debemos matar esa rabia que los enloquece. Debemos eliminar la rabia del perro del hortelano. El discurso fue una delicia para los conservadores y la derecha, la prueba evidente de que estaban en el poder. La prensa progresista y de izquierda moderada empezó a atacar las fisuras del discurso y a pronosticar sus consecuencias, como si se tratara de una profecía o una mala broma. Algunos suspicaces se preguntaban preocupados a qué se había referido el presidente con “eliminar”, otros solamente veían que el gobierno promovería una agresiva campaña de privatizaciones que pasaría por alto leyes y normas y que perjudicaría a las poblaciones que habitaban en los territorios donde se hallaban dichas riquezas. Señores inversionistas del primer mundo –continuaba el Presidente–, los invito a que vengan a este país a hacerse ricos, porque ser ricos no es un delito, porque crear riqueza no es un crimen, salvo para aquellos que viven sumidos en la envidia y creen aún en ideologías totalitarias que solo conducen a estados-gulag, en los que se mantiene, a la fuerza, la delusión absurda de que los seres humanos son todos iguales. Llevo grabado en la mente aquel instante en que tomé la foto durante ese discurso. El rostro del presidente estaba desencajado, reflejando una exaltación casi demencial. Más tarde, durante las celebraciones en el Palacio de Gobierno, bailó salsa con su gabinete frente a las cámaras. Las fotos que tomé aquella tarde salieron en primera plana del diario. Al mes siguiente, surgieron más protestas, una tras otra: denuncias de poblaciones afectadas por la minería, comunidades que habían perdido sus rebaños de cabras y ovejas a causa del agua envenenada que emanaba de los pozos de lixiviación del mineral y que bajaba por los ríos matando todo a su paso; protestas de trabajadores mineros que exigían un aumento de sueldo proporcional con el aumento del precio del cobre en el mercado internacional –el cobre había triplicado su precio en el merca—220—


do internacional debido a la industrialización china e india, por lo que las mineras obtenían el triple de lo que ganaban antes, pero a los mineros solo les habían aumentado un diez por ciento de su sueldo–; protestas por el ingreso a planilla del personal subcontratado, formalización de empleados, reconocimiento de beneficios sociales y seguros de vida. Además, se venían grandes protestas exigiendo que se reformularan los contratos con las compañías mineras, en manos de transnacionales, contratos que establecieran nuevos porcentajes de beneficios para la inversión: no era justo que la trasnacional minera se llevara el ochenta por ciento de la producción y el Estado peruano solo el veinte por ciento. Recuerdo aquel mes como si hubiera transcurrido en menos de una semana, como si toda la convulsión social hubiera acelerado el tiempo. Cuatro mineros murieron en una protesta en Ayacucho, uno de ellos con un balazo a quemarropa en la nuca. * * * Las luces se apagaban de golpe y mi hermano pequeño empezaba a llorar. Desde la ventana, entraba una oscuridad envolvente, que nos rodeaba y me hacía sentir indefenso. Mi hermano tenía miedo, mi madre hacía lo posible por calmarlo. —¿Qué ha pasado, mamá? ¿Por qué se fue la luz? Mi madre evadía todas las preguntas, mi hermano las repetía un par de veces, pero mi madre sabía distraerlo, desviar su atención. —No pasa nada, hijito, debe ser alguna avería. —Pero es en todo el barrio, mamá. La voz aterrada y chillona de mi hermano contrastaba con la voz falsamente calmada de mi madre. Yo era espectador de esa gran actuación de mi madre. Sabía que sentía tanto miedo como mi hermano. —Terrucos de mierda —decía mi padre, luego de que mi hermano se hubiera dormido, a la luz de las velas y los cantos de mi madre. —221—


—¿Qué quieren los terrucos, papá? ¿Por qué hacen esto? —Son gente llena de odio, hijo. Nos odian, están locos. —¿Por qué? —Porque nos envidian. Quieren que todos seamos iguales, que todo sea de todos. —¿Por qué? —Porque son unos resentidos y creen que así solucionarán su pobreza. Las cosas, poco a poco, comenzaban a tener sentido. Ellos nos odiaban. * * * Melinda proviene de una familia limeña de raíces huanuqueñas y arequipeñas. Sus rasgos oriundos son delicados y la expresión de su rostro le da una distancia que inspira respeto y seriedad. Es muy amable conmigo, nunca ha sido insolente en su trato con ninguno de sus subordinados, a diferencia de otros superiores. Nunca habíamos hablado de cosas demasiado personales, no porque pensara que ella no fuera parte de mi mundo, sino porque no se había dado la ocasión. La oportunidad se dio durante un reportaje sobre los remanentes de Sendero en los valles de la ceja de selva, entre ríos y pueblos alejados de la capital, como una tierra extraña, una porción de territorio que no conocíamos ni dominábamos. Durante el trabajo de edición que ella llevaba a cabo, mientras seleccionaba mis fotografías, repetí, sin darme cuenta, la misma pregunta que le hice a mi padre siendo niño. —¿Qué será lo que buscan los terrucos en realidad? Sin despegar los ojos de su computadora, Melinda respondió con una naturalidad que yo nunca había visto. —Cuando era chiquita, y le preguntaba a mi papá qué era lo que querían los terrucos, él me decía que eran personas que querían cambiar el país, que le habían declarado la guerra al Gobierno porque consideraban que la vida era injusta, que el Gobierno no se preocupaba por los pobres. Querían instaurar un gobierno —222—


como el de China y Rusia, o algo así. La única manera de instaurar su gobierno era por la fuerza. Por eso nunca tuve miedo de los terrucos. Y eso que mi mamá trabajaba lejos, en Breña, frente al local del Partido Aprista. Nosotros, en esos tiempos, vivíamos en el Rímac, y siempre supimos que algo podía pasarle. Yo sólo tenía miedo de las bombas, pero no de los terrucos. No eran monstruos malvados en mi cabeza, sino simplemente gente equivocada que podía hacer daño. En mi vida hubo muchas otras cosas que me daban miedo ¿A ti qué te decían cuando eras niño? Nunca había escuchado que alguien pudiera no temer a los terrucos. Ni siquiera imaginaba que alguien pudiera no verlos como locos que querían destruirlo todo. Pero Melinda, a quien, en otras circunstancias, podría haber considerado parte de ese mundo ajeno a mí, me daba una explicación que echaba otra mirada a mi mundo, una mirada calmada, como si acariciara el odio y el miedo que yo llevaba contenidos. —A mí no me decían nada... —respondí torpemente—. Mi mamá intentaba calmarnos, nos hacía jugar. Mi papá me decía que eran gente que quería destruir todo y quitarnos nuestras cosas. Melinda entonces me miró sin ocultar su impresión y esa tremenda sonrisa de sorpresa que no olvidaré. —Supongo que la mayoría de peruanos vivió con esa idea... —dijo suavemente. —¿Tú papá... en qué trabajaba? —pregunté con timidez. —Era maestro, como mi mamá. Un día, después de esa conversación con Melinda, empecé a mirar los rostros de las personas que me rodeaban en mi lugar de trabajo. Era el diario más importante del país y contaba con gran influencia en la opinión pública. Trabajar en él daba cierto estatus. —Si vas a ser fotógrafo, quiero que trabajes en ese diario, el mejor del país —dijo mi viejo cuando le conté que había decidido estudiar fotografía. Si mi padre daba su bendición, significaba que mi carrera y el medio en el que trabajaría me darían una condición privilegiada, —223—


la posibilidad de huir de los problemas que nos aquejaron en el pasado. Significaba, también, aunque sin proponérmelo en esos momentos, alejarme de aquellos que querían expulsarme de mi país y buscaban destruirlo. Nunca lo racionalicé ni lo hice evidente, nunca lo manifesté porque no fue necesario, pero siempre noté que los rostros en el diario resultaron ser muy distintos a lo que había imaginado. ¡Incluso en el instituto donde estudié los rostros eran otros! Mi escuela de fotografía estaba ubicada en Miraflores y tenía pensiones altísimas, con una exigencia de materiales abrumadora, que en los primeros semestres significó duros gastos para mi hogar. E incluso ahí, si bien había muchos con mis rasgos, los rostros empezaban a cambiar: Ojos negros, muy negros; ese tipo de cabello oscuro, lacio y recto; el rostro ovalado, las narices de fosas amplias, las bocas cetrinas. ¿Era posible que las barreras de mi mente no solo me hubieran impedido, en su momento, conocer los confines de mi propia ciudad, sino que además, luego de varios años, me habían impedido ver el rostro de quienes me rodeaban? Una nueva frontera de mi mente se había roto. En algún momento de mi vida, había empezado a verme rodeado de ellos. * * * Por fin, luego de seis años de ahorros, había podido reunir bastante dinero para empezar a comprar un departamento en un quinto piso en San Borja, gracias a un préstamo hipotecario. Si bien el barrio ya no transmitía tranquilidad, debido a todos los comercios que habían crecido en sus avenidas próximas, aún transmitía cierta categoría y se le podía considerar una zona decente para vivir. Mi departamento, sin embargo, no era muy grande: Setenta metros cuadrados eran una burla para el espacio en el que crecí, los casi trescientos metros cuadrados de la casa de mi abuela. Había renunciado a tener un patio, una azotea, un desván, un pasillo largo. —224—


Un fin de semana, salía a una reunión en casa de un amigo. El ascensor demoró en llegar y, mientras esperaba, salió del departamento contiguo una mujer de unos veinticinco años. La saludé y ella me respondió el saludo cortés y despreocupadamente, casi con confianza. En mi infancia y en el barrio en el que crecí, no lo habría dudado: por sus rasgos mestizos, esa chica habría sido la doméstica, la empleada de mis vecinos. Pero cuando se abrió la puerta del ascensor y una vecina del piso superior la saludó y empezó a conversar con ella de la manera más cordial, contándole los detalles de su día, riendo juntas, como cómplices de juego, tuve dudas. Era fin de semana, la empleada podría haberse vestido bien para salir a alguna fiesta. Noté, entonces, que su vestimenta no me decía nada acerca de su condición. Era ropa de la misma calidad que la que podía comprarse mi madre o alguna de mis tías. Intenté escuchar algo del diálogo entre ambas mujeres mientras bajábamos por el ascensor, algo que me ayudara a dilucidar su condición. Hablaban de gente del edificio, la otra vecina le hablaba de su sobrino, ella solo escuchaba; no mencionaron nada que pudiera darme una pista. Finalmente, llegamos al primer piso, ambas se despidieron de mí y yo me quedé con la duda inmensa en mi cabeza. Juro que no quería pensarlo, me sentía avergonzado, pero era verdad. Esa chica tenía los rasgos de una empleada, pero existía la posibilidad de que fuera, como yo, dueña de un departamento. Luego, me estremecí al notar que, además, su rostro tenía la misma forma que el de Melinda. * * * Progresistas, conservadores, izquierda, derecha, sociedad civil, revolucionarios, fascistas, socialismo, comunismo, capitalismo... Debo reconocer que muchos conceptos se me escapan y no los conozco a profundidad. Nunca me ha interesado mucho la política, pero a punta de revisar editoriales y escoger fotos para —225—


notas periodísticas, me familiaricé con algunos términos y empecé a reconocer los distintos bandos de la escena política del país. Además, como fotógrafo, no podía escapar a las exposiciones de colegas y amigos del medio, muchos de ellos artistas que, sin importar su procedencia o extracción social, pretendían plasmar en sus obras sus inquietudes acerca de la sociedad. Yo nunca tuve esa vena, pero los tiempos me obligaban a tener un conocimiento, aunque fuera superficial, del conflicto de ideas. Y el mundo periodístico era, inevitablemente, un campo de batalla, en todo el sentido de la palabra. Esos indios solo entienden con balas. La culpa de que este país no progrese la tienen ellos. ¿Cuáles son los países más pobres de Sudamérica? Pues aquellos que tienen más indios: Perú, Bolivia y Ecuador. Es lógico que estemos jodidos. Ese era solo un extracto de la columna semanal de un colaborador del diario Prensa. La provocación era clara y la respuesta de periodistas de izquierda no se hizo esperar. —El problema no son los indios —me decía Melinda—. Si a los indios no los reconoces como ciudadanos, no puedes esperar que se integren; si no les das derechos, no puedes exigirles nada. Hasta hace medio siglo, los comuneros ni siquiera tenían ciudadanía, eran propiedad de los hacendados, no tenían educación, no recibían sueldos, solo raciones. ¿Te imaginas? Eso es lo que nos ha tenido siempre atrasados, por culpa de personas como ese señor. A la semana siguiente, un artículo muy similar apareció en otro medio escrito: Es ese paternalismo izquierdista lo que nos impide crecer, esa lacra que ha sido la desgracia de esta nación. ¿Cómo podemos dejar de ser un país pobre si esos mismos indios y comuneros que nos niegan el ingreso a sus comunidades no tienen ningún reparo en tener diez u once hijos? ¿Cómo podemos entrar en razón con seres que apenas mascullan el castellano decentemente, que piensan que los cerros son dioses, que se la pasan masticando esa hoja narcótica de la cual se produce el peor flagelo de la humanidad? ¿No es acaso una maldición que las tierras que más mineral contienen estén ubicadas justamente debajo de las comunidades de estos individuos? —226—


La gran diferencia radicaba en que esta no era una columna cualquiera, sino la editorial de ese diario. El autor terminaba solicitando reubicar urgentemente a esa población y destinarla como mano de obra a las haciendas de la costa, todas controladas por transnacionales, porque, según decía, ese mineral y esas tierras no les pertenecen, les pertenece al Estado y por ende, a todos los peruanos. —¿Cómo puede decir eso alguien que se dice liberal? —pregunté a Melinda. —Ese tipo no es liberal —contestó ella—. Si lo fuera, apoyaría a los pobladores para que negociaran directamente con las mineras, sin intervención del Estado, solo con asesoría. Tarde o temprano, el discurso de estos cancerberos ganaría terreno y llegaría a más medios. Fue entonces que las cosas tomaron un cariz fantástico, muy extraño. La pesadilla iba tomando forma en boca de uno de los principales intelectuales del país: Existen culturas superiores a otras, de eso no hay duda. Decir que se debe respetar a todas las culturas es algo falaz, hay culturas que no aportan al progreso de este mundo globalizado. No tengo ningún reparo en reconocer, porque sería hipócrita de mi parte negarlo, que la cultura occidental es la que más libertades brinda a los individuos y en ello se basa su superioridad. Es verdad, la cultura occidental es superior porque es la que más progreso y libertad otorga a las naciones. Vi el reportaje junto con otros trabajadores del diario momentos antes de retirarnos de la oficina. En él, el entrevistado criticaba una medida de las autoridades catalanas que ordenaba respetar el uso del velo musulmán en una niña marroquí que asistía a la escuela en Cataluña. En ese momento, no lo relacioné con nuestra realidad, pero Melinda instantáneamente relacionó las declaraciones con nuestro contexto: occidente en el Perú, culturas que no aportan al progreso. —Esto va a tener consecuencias... —dijo alistándose para salir de la redacción. Efectivamente, a los pocos días, ya la prensa hacía eco de las declaraciones del escritor. El mismo periodista que exigía expulsar a pobladores andinos de sus tierras decía ahora: —227—


¿Existen en el Perú culturas inferiores? No lo neguemos, no seamos hipócritas. [...] Esos villorrios lamentables en los que campea la miseria, esparcidos en pisos altitudinales donde apenas crece la hierba son reflejo de una cultura en decadencia, desconectada del ritmo del mundo, que solo satisface el ego de antropólogos de izquierda que ven en ellos una justificación para cobrar el dinero que ilusos europeos envían a través de sus ONG. Me di cuenta de que parte del país, lejos de integrarse con aquellos pueblos, y a pesar de la perenne exclusión, se complacía en señalar a las víctimas de su indiferencia como los culpables de su ineficacia para crear desarrollo. Pensé entonces en la ceguera que me habían producido mis barreras mentales. Me sentí extraño y me sorprendí nuevamente contemplando a Melinda mientras trabajaba. Esta vez noté algo que me volvió a sorprender: Melinda se parecía (o quizás lo imaginé de tan obsesionado que estaba con la idea) a una empleada que tuvimos en casa de mi abuela hacía mucho tiempo. Un aire, un rasgo, algún detalle. O quizás solo era mi imaginación. —¿Sabes que ese periodista es muy amigo ahora del presidente? —me preguntó Melinda, sorprendiéndome mientras la miraba. —No, pensé que lo odiaba desde la estatización de la banca en los ochentas. —En su momento, quizás, pero ahora todos estos están encantados con este presidente. Ante toda esa ofensiva, la izquierda radical, la que se proclamaba revolucionaria, trataba de apagar el fuego con gasolina: a las dos semanas, la CGTP anunció una huelga general, la cual fue señalada por el Gobierno de estar financiada por intereses extranjeros. Nunca he entendido a las huelgas y marchas, solo les tomaba fotos; siempre desconfié de sus eslóganes repetitivos y sin sentido que vociferaban los manifestantes. Así, mientras Melinda me decía que era inevitable que grupos radicales se reorganizaran en varios puntos del país, yo me preguntaba cuándo sería el día en que los sindicalistas dijeran algo nuevo y no solo frases rebuscadas, cuándo dejarían de echarle la culpa a los demás de sus propios problemas. —228—


Dos días antes de la huelga, aparecieron las fosas comunes que complicaron la situación y abrieron otras heridas y crearon otros conflictos, más profundos, más terribles. * * * Putis era un pueblo situado en una provincia de Ayacucho, escenario principal de la guerra interna. En el momento en que se encontraron las fosas, era un pueblo en ruinas, formado por chozas de adobe y paja. Sus habitantes vivían del pastoreo de ovejas y llamas, agricultura de subsistencia, básicamente siembra de papas y otros tubérculos de la región; su forma de vida no había cambiado durante siglos. En 1984, ese pequeño pueblo sufrió una de las masacres más crueles de la guerra: cuatrocientos pobladores, niños, ancianos y mujeres incluidos, habían sido ajusticiados por el Ejército. Miembros de una ONG habían hecho el descubrimiento y apenas tuvieron la certeza, llamaron al diario, que me envió junto a Vladimir, un periodista antiguo del diario encargado de Regiones y que dirigió durante años investigaciones sobre derechos humanos. El escenario era inhóspito y la población, si bien se encontraba agradecida de que luego de veinticuatro años por fin se reconociera lo sucedido en esa localidad, se mostraba reacia con nosotros. —Vinieron los soldados, señor, y a todo el pueblo le juntaron. Hablaron con el alcalde y dijeron no tengan miedo, nada les vamos a hacer. Dijeron que iban a construir un colegio, ahí, mire. Dijeron que iban a hacer una piscigranja, para criar pescado, señor... Les hicieron cavar un hueco bien grande, para la piscigranja, dos días se pasaron cavando. Y luego les reunieron en la escuela que habían construido, a todo el pueblo... Yo ese día estaba pastando mis animales y mi tío que vivía en el pueblo de al lado me dijo que me fuera con él, y vino un soldado y le dijo a mi tío que yo volviera al pueblo. Mi tío tuvo miedo y le dijo que yo vivía con él, que no era de Putis y me dejaron ir [...] Cuando nos estábamos yendo, escuchamos los balazos y no volteamos más. Mis papás y —229—


mi hermanito, señor, a todos en el pueblo, les mataron y los echaron a la fosa, a la piscigranja [...] y luego se fueron, y quemaron la escuela, señor, la escuela que nos habían construido... Cuando el informe apareció en la prensa, el país se dividió. Veinticuatro años habían pasado y en Lima era la primera vez que se escuchaba el nombre de Putis. Algunos sectores exigían medidas contra los militares involucrados, mientras que la prensa alineada con el Gobierno, la misma que defendía a las transnacionales y los métodos represivos contra la población, minimizaba el hecho o lo justificaba abiertamente por tratarse de una medida de guerra. Uno de estos diarios decía en su editorial: Fuentes cercanas a nuestro diario y a las fuerzas armadas nos señalan que aquel poblado había sido anteriormente tomado por Sendero Luminoso, es decir, esos pobladores no eran del todo inocentes. Si bien algunos no eran militantes senderistas, probablemente hayan conocido a aquellos que sí eran terroristas y que se escondían entre la población. ¡Qué fácil es criticar a nuestro ejército ahora que hemos conquistado la paz! ¿Dónde estuvieron esos periodistas que ahora critican a nuestros valientes soldados cuando Sendero Luminoso campeaba en la sierra y cercaba la ciudad? Es duro decirlo, pero en una guerra hay muertos inocentes, y ese pueblo, lamentablemente, tuvo que pagar su apoyo a la subversión. No podemos detener la historia y el progreso juzgando a quienes nos trajeron la paz. Otros diarios de derecha fueron menos biliosos, pero todos remarcaban la misma premisa: había una guerra y había un costo, una cuota de sangre que debía pagar la población. Cuando regresé a Lima, varios militares que habían sido destacados a esas zonas en la época de conflicto se habían apresurado en responder a las acusaciones: Sendero Luminoso había roto todas las normas de una guerra convencional: no usaba uniformes y se confundía entre los pobladores. Además, un grupo como este no podría haber durado tanto tiempo si no hubiera recibido el apoyo de la población. Ya es tiempo de decirlo abiertamente: Sendero Luminoso controlaba vastas regiones del centro del país, regiones empobrecidas, donde el discurso vengativo del maoísmo prendía fácilmente. Si el ejército se vio obligado a hacer tierra arrasada, nadie podría ahora cuestionarlo. —230—


Nuestros combatientes debían ver a esos pobladores como lo que eran: posibles enemigos. Es de cobardes juzgar a aquellos que pusieron el pecho para que nosotros vivamos en paz. Ese fue un comunicado emitido por una asociación de ex militares que habían participado en la guerra interna. Las cosas eran claras: Sendero Luminoso, ese grupo de dementes, había tenido control sobre una parte considerable del territorio nacional y gran parte de la población, sobre todo en la capital, lo desconocía. Luego, fueron apareciendo más y más fosas; la más grande de ellas apareció en una base militar también en Ayacucho y contenía los restos de más de mil cadáveres. Ante estos hechos, las razones de los militares sonaban a justificación irresponsable: una población resentida, una ideología incendiaria que la azuzaba y la desconfianza y abandono de las fuerzas del Estado, todo ello, en conjunto, contribuyó a que los miembros de las Fuerzas Armadas reaccionaran como lo hicieron contra la población. Mientras volvíamos con el reportaje, comenté con Vladimir el caso de Putis: —A esta gente la hicieron reunirse con mentiras, diciéndole que le traían una escuela. Esta gente quería progresar, Vladimir... ¿Se puede decir que la cultura de estas personas es inferior? Calladamente, quizás por cansancio, bebió un sorbo de ron y se arropó más en las frazadas con las que se cubría, y me respondió: —Quienes hicieron esto no saben ni una mierda sobre cultura o progreso. Ni si quiera consideraban a estos seres como sus semejantes... Me comentó, además, que no le importaba que, a raíz de su reportaje, surgieran problemas con los editores. La polarización en los medios era evidente y su postura, crítica y de denuncia, ya había resultado incómoda en otras ocasiones, sobre todo en casos de corrupción y abusos contra los derechos humanos. No diré que lo admiraba o lo consideraba un ejemplo a seguir, pero me parecía respetable que, a pesar de sus ideas, hubiera sabido salir adelante en un entorno que exigía tanta complacencia. —231—


A los pocos días, Putis y el cuartel militar en Ayacucho pasaron a ser noticia de segunda plana. Sobre todo luego de que una comunidad de la sierra de Piura tomara las instalaciones de una compañía minera a la que acusaban de amedrentar a los comuneros por no aceptar vender sus tierras y de contaminar las aguas con que regaban sus sembríos y pastaban a sus animales. Iban a enviarme a cubrir los hechos pero, a raíz de la burla que una congresista andina recibió por parte de un diario capitalino, se me envió al Congreso. La congresista Huayna era oriunda de Huancavelica. Perdió a dos hijos en la guerra interna. A uno lo mató Sendero, al otro lo mataron las Fuerzas del orden. Ella misma retiró el cuerpo muerto de su hijo de entre los cadáveres amontonados en la plaza de su pueblo, una comunidad de la provincia de Acobamba. Sus padres, peones de una hacienda, la hicieron huir a la capital de la provincia para que pudiera estudiar, ya que el gamonal se negaba a construir escuelas para los comuneros. Sin embargo, su lengua materna era el quechua y eso le creó muchos problemas para entender las pocas clases a las que asistió. Terminó abandonando el colegio, a los catorce años, en el primer grado, y empezó a trabajar como empleada doméstica en Cusco, Arequipa y Puno. Años más tarde, retomaría sus estudios y se dedicaría al activismo feminista. Fundaría comedores en el Cusco durante los años setenta. Luego vendrían la guerra interna, que la sorprendió en su pueblo y, finalmente, las esterilizaciones forzadas promovidas por el Gobierno durante los años noventa, que se convirtieron en su lucha personal: una hija suya había sido esterilizada con engaños por médicos americanos y peruanos. El Estado promovía esas prácticas con el apoyo de agencias extranjeras, como la embajada americana. La campaña consistió en ofrecer métodos anticonceptivos a las poblaciones alto andinas, a mujeres de bajos recursos. En la práctica, se les entregó dinero por hacerse pruebas de fertilidad y muchas quedaron estériles sin saberlo. ¿Para qué quieren más hijos esas personas? ¡Esas mujeres que viven pariendo hijos son la causa verdadera de nuestra pobreza! ¿A dónde van —232—


esos hijos mal nutridos y mal educados? ¡Vienen a nuestra ciudad! Muchos se convierten en criminales, rodean la ciudad con sus invasiones de terrenos que hacen que esta ciudad se vuelva cada vez más difícil de controlar. Esas fueron las palabras del director de Prensa cuando la entonces candidata Huayna hizo la denuncia del caso. Ahora, el mismo diario volvía a atacarla. Durante una sesión, mientras muchos congresistas estaban ausentes, otros conversaban por teléfono, algunos incluso dormitaban y nadie escuchaba la orden del día que daba la Mesa Directiva, la congresista Huayna tomaba nota de lo que se escuchaba por el altoparlante. Lentamente, anotaba cada tema y hacía comentarios sobre los mismos en el margen de su cuaderno. Mientras lo hacía, un fotógrafo del diario Prensa tomó una foto de sus apuntes. Al día siguiente, el diario llevaba como titular la frase “¡Qué nivel!” y mostraba los apuntes de la congresista llenos de errores ortográficos. El director del diario le dedicó una columna en la que justificaba su titular, aduciendo que no era posible que el Congreso de la República incluyera a personas con tan bajo nivel académico. Invocaba a la meritocracia, intentaba deslindar todo racismo de su discurso: No tengo nada contra ella, ni contra sus orígenes. Solo quiero dejar claro que no es sano que una persona con tan poca cultura gane tanto dinero y sea parte del Congreso, institución que rige nuestras leyes. ¿Qué puede aportar esta mujer? Una persona así, probablemente, solo puede repetir frases trilladas y ampararse en su victimismo, en sus complejos y resentimientos. * * * Luego del paro nacional convocado por la CGTP, luego de que el Gobierno sacara, en un hecho sin precedentes en los últimos quince años, tanques y militares a las calles, los muertos de la protesta ascendían a ocho, dos de ellos mostraban disparos a quemarropa en la nuca, los heridos superaban el centenar en todo el país y las carceletas rebosaban de detenidos. Aquella tarde, el lente de mi cámara se cayó y rompió mientras yo corría por la avenida Tacna, huyendo de los gases. La prensa, que había —233—


minimizado el tema de las fosas, que azuzaba al Gobierno contra las dirigencias sindicales y comunales, pedía orden, exigía mano dura contra todo aquel que protestara, pedía que los militares tuvieran el derecho, inconstitucional a todas luces, de disparar sus armas de guerra contra la población con el fin de defenderse de esos bravucones que solo buscan desestabilizar al país. Y así se hizo. A los pocos días, el gobierno autorizó el uso de armas de fuego contra la población durante las manifestaciones y encarceló por sedición a dirigentes sindicales, políticos de izquierda, defensores del medio ambiente y periodistas de oposición. Curiosamente, no fue el reportaje sobre Putis ni las denuncias posteriores sobre nuevas fosas comunes en Ayacucho lo que levantó la ira del gobierno. Esos impecables reportajes de Vladimir habían suscitado polémica pero solo en algunos segmentos: la mayoría de personas consideraba que los pobladores asesinados se habían buscado esa suerte. El gobierno solo sintió la pegada cuando un extenso reportaje denunció la participación de miembros de su partido en un escándalo de corrupción: tres allegados al Presidente habían utilizado sus vínculos partidarios para ofrecer prebendas a inversionistas extranjeros y ayudarles a evadir diversas fases del procedimiento de licitación de pozos petroleros. Vladimir dirigió la investigación, que no solo descubrió esa trama, sino muchas otras relacionadas: conflictos entre empresarios nacionales dedicados a la venta del cemento, espionaje entre empresas, financiamiento a políticos a cambio de licencias de construcción, ventas de extensos territorios a consorcios extranjeros, en las cuales los beneficiados eran miembros del partido de Gobierno, etcétera. La investigación se había basado en grabaciones ilegales de llamadas telefónicas, grabaciones realizadas por una compañía dirigida por un ex militar, una agencia contratada por empresarios nacionales para espiar a políticos, inversionistas, activistas y una serie de personajes públicos. Vladimir sabía que si lanzaba el reportaje, su puesto en el diario pendería de un hilo. Lo que no esperaba era ser denunciado por el hijo del Presidente. —234—


Parte del reportaje mencionaba al hijo del Presidente como beneficiario de la compra de un extenso terreno en el norte del país. Quizás si no lo hubiera mencionado, a Vladimir no le hubiera pasado nada. Una semana después de haber hecho reportaje, Vladimir fue citado a declarar ante un juzgado por el delito de difamación. No asistió a la primera citación. Ese fue su error. Se dedicó a pasearse por sets de televisión y a dar entrevistas en radio, denunciando la injusticia que se cometía con él. En Prensa le dedicaron varias editoriales en las que “desenmascaraban” su pasado como militante de izquierda y su apoyo a ONG defensoras de los derechos humanos. Dos meses después y luego de una citación más, fue ingresado a la carceleta del Palacio de Gobierno durante veinte días, acusado de formar parte de una red de activistas cuyas relaciones llegaban al más alto nivel. Supuestamente, tenía contactos con militantes de las FARC y comandos paramilitares del chavismo venezolano, cuyo objetivo era sembrar el caos durante el paro de la CGTP. —El diario va a alinearse con el Gobierno —me contó Melinda luego de visitar a Vladimir—. Tú sabes, los jefes tienen que priorizar. Las investigaciones de Vladimir eran bien jodidas. A los pocos días, fui a verlo, no como familiar o amigo, sino como prensa, a tomarle fotos, junto con un reportero que haría una nota. En aquella ocasión, pude ver también a dirigentes sindicales y simples manifestantes acusados de alterar el orden público, bloquear carreteras y poseer armas de fuego o explosivos. A pesar de haber visto a muchos de ellos en marchas y de tenerlos registrados en fotos, verlos en esas condiciones fue distinto. Siempre los había considerado personas guiadas por sus resentimientos, sin un proyecto realista ni propuestas claras. Pero al ver el trato que recibían, pensé que algo de razón podían tener: muchos de ellos habían sido encarcelados sin pruebas o por casos similares a los de Vladimir, es decir, denunciar el abuso de una autoridad ligada al gobierno. —235—


La visita fue rápida. Las fotos las tomé en una oficina llena de computadoras viejas y periódicos murales institucionales, a donde lo trajo un agente que lo trataba con amabilidad. Ya tenía seis días ahí y aún no se había precisado la acusación ni se había presentado pruebas. * * * Una vez que la ley y el orden habían vulnerado los derechos básicos de la población, llegó la paz al país. Y se dio un nuevo capítulo de esta historia: calificadoras de riesgo extranjeras otorgaron al país el grado de inversión, considerándolo un lugar adecuado para inyectar capitales. Seis meses después, se llevó a cabo el Foro Económico Internacional en el que el Estado mostró a inversionistas extranjeros las riquezas del país. Las economías más poderosas de la región Pacífico se reunieron en Lima y asistieron comitivas de empresas trasnacionales de países del primer mundo. Era el escaparate de un mundo sediento de energía, gas, petróleo, madera, minerales y, algo nuevo: tierras para sembrar maíz y así obtener materia prima para la producción de etanol. Las tierras del país eran perfectas para dichas actividades y cada vez se descubrían más yacimientos cupríferos y gasíferos en territorios agrestes y alejados. —No estoy en contra de que vengan a invertir —decía Melinda—. Es necesario y hará crecer la economía, pero este gobierno no considera a la población dentro de las negociaciones, y cuando lo hace, negocia a espaldas de ellas, barateando nuestras riquezas, entregándole la administración de puertos o industrias estratégicas a naciones que se benefician con nuestro atraso. Dos semanas más tarde, el Presidente anunció un paquete de reformas legales por medio del cual se permitía la desintegración de las comunidades campesinas con solo el voto del cincuenta por ciento de los asistentes a una asamblea. Ninguna sociedad anónima ni comercial se manejaba con un sistema de toma de decisiones como ese. Los críticos del Gobierno y el modelo económico detectaron la jugada: desarticular las comunidades. —236—


Muchas protestas se levantaron, sobre todo en el interior del país, pero no las necesarias. La gente del interior no contaba con el apoyo necesario en la capital, que solo recibía noticias que describían a los manifestantes como salvajes sin ley. Nuevamente, apenas tuvimos noticias de los primeros levantamientos y bloqueos de carreteras, me asaltó, como en un sueño, la sensación de que algo terrible estaba por suceder. Esa sensación se reforzó cuando me encontré con Vladimir. Trabajaba entonces en un diario de oposición fundado por un empresario vinculado al gobierno anterior. Había sido sentenciado y condenado a pagar una reparación al hijo del Presidente. También se le obligó a pedir disculpas públicas en el mismo medio en el que supuestamente difamó al denunciante. Estaba muy jodido, pero seguía adelante. Me contó, además, que tenía vigilancia, que sus teléfonos estaban intervenidos y que no podía salir de Lima. Yo siempre había pensado que esas cosas el Estado solo se las hacían a los terroristas. A la semana siguiente, ocho compañías mineras presentaron proyectos de reubicación para comunidades aledañas a yacimientos mineros. Las empresas correrían con todos los gastos de la reubicación además de un pago por el terreno vendido. No se les reconocía ningún derecho sobre los minerales y las riquezas localizadas bajo sus propiedades pues estas, según la ley, pertenecían al Estado. Las poblaciones serían reubicadas por completo. Luego se supo que muchos de esos pobladores serían trasladados a haciendas de cultivo de espárragos en Ica. Con este paquete de normas —decían en un programa de televisión—, el Gobierno ha mostrado su talante progresista, pues obliga a aquellas comunidades a entrar en la modernidad, a dejar atrás esa visión arcaica de organización que los ha mantenido en el atraso. Sería bueno que el Estado promulgue normas para reubicar a estas personas en haciendas costeras, para así librarlas de la economía de autosubsistencia a la que se ven arrastradas por su falta de tecnología. Era curioso que algunos periodistas opinaran y aconsejaran medidas de Estado, y a los pocos días, el Gobierno actuara —237—


como si estuvieran en coordinación. Por eso, no sentí ninguna sorpresa al escuchar a aquel entrevistador, un conocido economista, celebrando las medidas adoptadas. Me parecía lo lógico. Y, sin embargo, pregunté a Melinda: —¿Ese periodista tiene algún interés en las empresas productoras de espárragos de Ica? —Les ha hecho asesoría de imagen hace un año —contestó ella mecánicamente mientras tomaba su cartera antes de salir—. También viajó al extranjero promocionando el espárrago y el café como productos bandera del país. —¿Qué pasaría si esa gente no quiere reubicarse? —pregunté casi en broma. Me arrepentí de haber preguntado, porque apenas Melinda levantó la mirada de su escritorio, aquel hilo trágico que se había ido tejiendo en mi mente volvió a manifestarse. —Pues no sé lo que pasaría... —dijo Melinda. Días después, el Presidente anunciaba Ya que el velasquismo, ese mamarracho socialista que hundió a la nación en la miseria, usurpó tierras por medio de su nefasta Reforma Agraria, este gobierno se ve obligado, ante la contumacia de los perros del hortelano, a usar las facultades que la Constitución otorga para velar por el interés nacional. Esto nos lleva a tomar una lamentable medida: retirar pacíficamente a los pobladores de esos territorios y ubicarlos en zonas más accesibles. Usaremos todos los mecanismos que la ley nos confiere para hacer valer esos derechos del país, es decir, el derecho de todos los peruanos. Hizo énfasis en los términos pacíficamente, interés nacional y derechos de todos los peruanos deteniéndose y mirando fijamente a las cámaras mientras los pronunciaba en tono marcial. * * * No me cabía duda de que la chica del ascensor era la empleada. Si hubiera sido la dueña de la casa, quizás se habría vestido con ropa un poco más cara... Pero, pensándolo bien, yo tampoco usaba ropa tan costosa. No compraba mi ropa en Gamarra, pero, cuando iba a los centros comerciales, siempre veía a mucha gente —238—


como mi vecina usando tarjetas de crédito o débito como la mía. La tenía a mi lado mientras bajaba el ascensor, llevaba en las manos una bolsa de una tienda de ropa, dos personas habían subido también para bajar, y yo trataba de vislumbrar algo que me diera razón de su verdadera identidad. Nuevamente, cuando ya habíamos bajado del ascensor y el portero se acercó a todos a decirnos que cortarían el agua por dos horas el día miércoles, se ahondaron mis dudas: el portero se dirigió a todos, incluyéndola, como si fuera dueña de departamento. Pero lo que más profundizó mis dudas fue que ella se quedara a escuchar las indicaciones, como si fuera algo que realmente le concerniera. Pensé luego que sería una buena empleada que quería estar al tanto sobre lo que pasaba en el edificio donde trabajaba. Pero su actitud fue distinta, no fue la de una empleada. Escuchó con atención e incluso hizo preguntas, quiso saber las razones, si se podría usar agua del reservorio del edificio, y cuestiones que solo pregunta una dueña, como el pago por el servicio y el mantenimiento. Al salir del edificio y caminar hacia la avenida principal, donde tomaría mi bus, la vi parar un taxi. Yo avancé un poco más y, mecánicamente, pensé que ya debía comprarme un auto. * * * Uno de los pocos chicos cholos que hubo en mi colegio se apellidaba Herrera. No solo era cholo, sino que era de la sierra. En los ochenta, en un colegio como el mío, eso era imperdonable. No es que fuéramos crueles con él, incluso podría decir que éramos amigables, nunca nadie lo molestó por su procedencia ni fue acosado o maltratado. Todo lo contrario: lo ignorábamos completamente. Jimmy, el más carismático de mis amigos, había regresado de sus vacaciones en Orlando. Su papá, que trabajaba como funcionario de una embajada, se lo había llevado de viaje con su familia. Todos esperábamos poder ver qué juegos nuevos de Atari habría traído esta vez. Pensábamos ya en las horas que —239—


pasaríamos en su casa encerrados con el juego luego del colegio. Solía ser generoso, nunca nos negaba nada en su casa y, en el colegio, solía ser quien elegía a los jugadores de los equipos. Si pertenecías al grupo de amigos de Jimmy, la vida en el colegio era distinta a la de los demás. Eras alguien, existías. Debido al viaje, Jimmy se había integrado al colegio dos semanas después del inicio de clases. Estaba bronceado, con un corte de cabello extraño, un corte hongo con garabatos en las sienes. Además, había crecido unos centímetros y estaba más delgado. No trajo ningún juego de Atari novedoso, solo revistas y una guitarra eléctrica con un amplificador. Fuimos a verlo a su casa apenas llegó. Nos confesó que estaba deseoso de volver a clases y ver a Jimena, la chica a la que dejó antes de irse de viaje. Aquel fue el mismo año en que Herrera ingresó al colegio. Lo recuerdo cuando pasaron lista y por primera vez escuchamos su nombre. Levantó la mano tímidamente, como si quisiera pasar desapercibido. —¿Ese será hijo del rey de la papa? —preguntaba Jimmy. No es que fuera malvado, ni especialmente racista, pero Jimmy solía divertirse a costa de otros. Lo hacía con todos, con las chicas y con nosotros, sus amigos. —Mientras no traiga olor a cuy, normal —decía Jimmy. Todos reíamos. Herrera, sentado al otro lado del salón, no nos escuchaba, o hacía como si no lo hiciera. A la semana siguiente, mi papá tuvo que venir al colegio. Había tenido tres deméritos por tardanza, incumplimiento de tarea y por ingresar al salón de profesores. Me correspondía una amonestación y la presencia de mi padre. Mi papá llegó durante el recreo. Yo estaba tranquilo porque entre él y yo había confianza. Sabía que me diría algo después, pero nunca nada grave. Estaba en el patio con mis amigos cuando lo vi entrar al salón de la jefa de normas, nos dirigió un saludo antes de entrar. Entonces, Jimmy preguntó: —¿Tu viejo de dónde es? Lo miré con asombro. —De Lima —contesté intimidado. —240—


Su sonrisa maliciosa lo dijo todo, supe que vendría algo jodido. Los demás chicos también estaban a la expectativa. —¿Por qué preguntas? —Por nada... —No, dime por qué preguntas —le increpé. Hizo un rodeo antes de hablar, un gesto que me desesperó. —No te pongas así, oye. Solo es que mi papá dice que conoció a tu abuelo... Le conté a mi papá que estudio contigo y que tu papá trabaja en la importadora de cueros. Mi papá se acordó de tu abuelo porque parece que mi abuelo y el tuyo tenían negocios... Mi papá era chiquito cuando tu abuelo iba a mi casa. Fue un momento extraño. Yo sabía que en sus palabras había una segunda intención, algo soterrado. Intenté preguntarle algo más, pero antes de que pudiera hacerlo, Jimmy preguntó: —Tu abuelo era de la sierra, ¿verdad? Ese día me peleé con Jimmy por primera vez. Nunca había sentido tanta rabia hacia un amigo, alguien a quien sí consideraba parte de mi mundo. Cuando le dije que mi abuelo era de Huaraz pero que sus padres habían venido de Europa, se rió. —Pero tu abuelo tenía apellido serrano, ¿no? El segundo apellido de mi abuelo sonaba andino: Julca. Cuando Jimmy lo mencionó, me descontrolé, me venció la rabia. Grité que mi abuelo era nieto de europeos y que yo había nacido en Lima, como mis padres, pero ya todos se reían, no solo del apellido materno de mi abuelo, sino de mi reacción. Los golpes vinieron después. El ojo morado de Jimmy, la vergüenza de mi padre frente al director cuando le explicamos por qué peleábamos, los días de suspensión, el regreso a clases y el temor de que todos se burlaran de mí por el apellido materno de mi abuelo. Por suerte, no volvieron a hacerlo durante mucho tiempo, y cuando sucedió, no reaccioné de la misma manera, solo sentí odio. Rabia de que en mi familia hubiera un apellido serrano, odié saber que podía haber algo de cholo en mí. * * * —241—


Mi prima Chiara, hija de una prima de mi madre, mi tía Sofía, se casaba dentro de un mes. Recibí la invitación en el umbral de mi edificio. Era de noche y vi a mi vecina entrando al ascensor. Dado que era tarde, me convencí de que se trataba de la dueña de casa. Si hubiera sido la empleada, habría estado saliendo de trabajar. Me distraje leyendo el parte de la boda de mi prima y me vino a la mente su madre, mi tía. Mientras pensaba, me acercaba al ascensor. Me di con la sorpresa de que mi vecina estaba esperando a que yo subiera, manteniendo abierta la puerta automática. Entonces volví a dudar. —Buenas noches, joven... Lo dijo con tanto respeto que me pareció sumisa. Aunque ella no haya pretendido mostrarse exageradamente amable, esa fue la primera impresión que tuve. Es la empleada, pensé. Y luego pensé que podía no serlo, que simplemente era cordial. Me sentí estúpido y confundido por haber llegado a la conclusión de que era la dueña de casa, y a la vez tener la sensación de que me hablaba como una sirvienta. Así que, luego de agradecerle, intenté concentrarme en la tarjeta nuevamente. Mi prima Chiara, una arribista insoportable, había heredado de mi tía ese hábito tan cojudo de creerse parte de una élite refinada y con clase. En verdad, creo que no he conocido a una mujer tan descarada y desatinada como mi tía Sofía, que consideraba el engreimiento y la presunción como rasgos de elegancia. A todos lados iba con la nariz alzada, hablando de lo mucho que gastaba en sus hijos y de los viajes al extranjero de su esposo, un comerciante de ascendencia alemana. Leía la tarjeta cuando algo saltó a mis ojos. Sofía Quiroz Montes de Hessel Guillermo Hessel

Mayra Vera de Gilardi José Gilardi Montalvo

Anuncian la unión de sus hijos Chiara Hessel Quiroz y Hernán Gilardi Vera —242—


Reí cuando vi que mi tía, finalmente, había logrado que su nieto fuera un Gilardi Hessel, un ciudadano limpio de todo indicio delator. Así como yo no pude esconder el apellido materno de mi abuelo, mi tía tampoco pudo ocultar el del suyo. Su abuelo se apellidaba Montes Huanca y era dueño de una hacienda en un pueblo del centro, en Cerro de Pasco, creo. No había sido pobre, incluso pudo pagarle a sus hijos varones universidades bastante caras en Lima durante los años 50. A sus hijas mujeres no las educó en universidades, simplemente les consiguió marido. Solo una de ellas estudió en la escuela normal, para profesora, pero terminó casándose con el tío de mi mamá, hermano de mi abuela materna. De ahí nació mi tía Sofía Quiroz Montes, prima de mi madre. Supe que mi madre y mis otras tías bromeaban sobre sus afanes de esconder su ascendencia. Debe haber sido difícil para ella, porque estoy seguro de que lo sabía. ¡Y mi prima! Seguramente, estaba feliz de saber que llegaría el día en que, cuando sus hijos fueran a la escuela, se referirían a ella como la madre del niño Gilardi Hessel. Así, sería más difícil que algún Jimmy se burlara de mi futuro sobrino. El ascensor llegó a nuestro piso y mi vecina se dirigió a su departamento despidiéndose con un gesto. Escuché cómo introducía la llave en su puerta mientras yo cruzaba la puerta de mi sala. Me dirigí a la cocina, que queda justo al lado de un tragaluz, que atraviesa todo el edificio. Desde la ventana de mi cocina se divisa casi todo el pasillo, algunas puertas de otros departamentos y parte de la puerta del ascensor. En la cocina, me serví café antes de empezar a editar unas fotos. Melinda me había pedido que seleccionara fotos para un extenso reportaje acerca de la contaminación minera. Busqué en mis archivos las fotos precisas: ríos de la sierra contaminados por relaves, peces muertos, pantanos de la selva ennegrecidos por el petróleo derramado en tierras de una tribu nativa, pobladores afectados con extrañas enfermedades a la piel. Durante esa revisión, mientras leía algunas notas de Melinda y sus redactores, me enteré de la composición de los relaves, del —243—


daño que causaban en las tierras. Me enteré, además, de la cantidad de dinero que movían esas empresas mineras y sus delitos fiscales, sus deudas con el Estado. Era increíble que todas prefirieran pagar multas antes que resolver el daño o prevenirlo. Cuando Melinda me pidió las fotos, me comentó que era posible que ese fuera su último trabajo grande en el diario: no estaba de acuerdo con el nuevo director ni con el reemplazante de Vladimir. Me dijo que no me preocupara por mi puesto, porque, en realidad, los nuevos directivos no echarían a nadie. Ella lo hacía por decisión personal. Unas horas más tarde, ya cansado del trabajo, bebía café en la cocina y miraba por la ventana hacia el pasillo cuando vi a mi vecina salir del departamento llevando unas bolsas, como haciendo un mandado. Con una expresión de hastío y cansancio, esperó a que el ascensor llegara. El ascensor llegó y ella se fue. Volví a dudar si realmente era la dueña. * * * A los pocos días del anuncio de las medidas de Gobierno, la Confederación Nacional de Campesinos lanzó un pronunciamiento: [...] contra el modelo neoliberal y entreguista imperante que busca usurpar al pueblo campesino su medio de subsistencia, siguiendo así la guerra declarada contra el proletariado en favor de las clases burguesas dominantes que solo han traído miseria y destrucción a los Andes de nuestro país. Lo peor de todo es que, en gran medida, ese panfleto decía muchas verdades. En medio de toda su verborrea, la población apenas podría ver la porción de verdad que la Confederación sustentaba. Instaron a las comunidades a no rendirse, a no ceder y no vender sus tierras al capitalismo; hicieron un llamado a la clase campesina y sus tradiciones, a la esperanza de mantener la identidad nacional en la actividad agraria heredada de sus ancestros incas. La Confederación llamó a una manifestación en Huanta y en Andahuaylas, escenarios de levantamientos en gobiernos —244—


pasados, para el mismo día en que se llevaría a cabo la primera reubicación. Existían miles de comunidades campesinas esparcidas por todo el territorio del país. Un gran porcentaje de ellas se veía afectado por las normas de expropiación y entrega de tierras a grandes consorcios capitalistas, que así se convertirían en los nuevos titulares. La Confederación, finalmente, logró convencer a las comunidades del interior de no entregar su territorio a los consorcios y mineras. El país se polarizó como nunca, los medios de comunicación, desde los programas informativos hasta los programas cómicos, tomaron partido por alguna de las posturas, al igual que políticos e intelectuales. Todas las respiraciones en la redacción se detuvieron cuando supimos que, finalmente, el Ejército se había movilizado hacia los focos de conflicto, es decir, las comunidades en donde los campesinos habían jurado morir antes que entregar sus tierras. Este es un enfrentamiento entre la civilización y la barbarie. Es lamentable y lo decimos abiertamente, no queremos un derramamiento de sangre, de ninguna manera. Queremos la paz para nuestro país. Por ello, desde esta redacción, esperamos que los sublevados recapaciten, que entiendan que esto es por su bien y por el bien de la nación. Ese era un extracto del editorial de nuestro diario. Melinda no escatimaba adjetivos y lo tildaba de descarado y cínico, un manifiesto hipócrita. Nunca la había visto enojada hasta ese día. Cuando le mostraron el editorial del diario Prensa, que abiertamente llamaba a reprimir a la población sublevada, su rabia estalló: Muchas naciones han sufrido conflictos internos antes de surgir como potencias. Los Estados Unidos en su guerra de Secesión, Francia en su Revolución, Alemania luego de la Segunda Guerra, la misma Inglaterra durante las reformas realizadas por Margaret Tatcher: siempre ha existido un cambio de piel en las sociedades que apuestan por el progreso. No podemos hacer tortillas sin romper huevos, no podemos tener un cambio tan drástico en nuestra sociedad sin que haya un precio a pagar. Lamentablemente, ese precio podría ser las vidas de aquellos que nos niegan el derecho de —245—


avanzar. Desde esta redacción lo decimos con sinceridad: esas comunidades atentan contra el Perú, son traidoras a la patria, y como tales deben ser tratadas. No podemos detenernos a pensar en los derechos humanos, esa arma política usada por comunistas disfrazados de demócratas, sobre todo ahora que el mundo le ha dado la espalda a esa ideología caduca. Veamos la Italia de Berlusconi, que ha fortalecido sus medidas contra inmigrantes; miremos a los Estados Unidos, que se niega a firmar tratados de justicia internacional para crímenes de guerra; la misma Unión Europea, en estos momentos, antepone sus derechos antes que los de los inmigrantes, mientras, a la vez, avala pasivamente la invasión turca en territorio iraquí para atacar bases kurdas. ¿Qué Estado o nación puede juzgarnos por hacer justicia? Ninguna. Tomar al toro por las astas y arrancar el cáncer es el signo de los tiempos. Es lo que nos ha tocado vivir en nuestro país. La prensa de izquierda vaticinaba una masacre inminente y realizaba plantones, marchas, lanzaba comunicados infructuosos a organismos internacionales; y siempre sus llamados caían en saco roto, o eran fácilmente tildados de comunistas y desestabilizadores. La gente en la ciudad tenía que trabajar, seguir con sus vidas, esa vida que la explotación de recursos naturales les había agenciado, una vida llena de cuentas que saldar, porque, al menos, había dinero para hacerlo. No se podía perder el tiempo en algo tan lamentable. Por lo general, cuando el Estado comete violaciones de derechos humanos, no hay reporteros. Las tropas avanzan solas y los únicos testigos de las injusticias son las propias víctimas y sobrevivientes. Pero la situación en este caso era tan desquiciada, tan surrealista, que parecía que nadie escondía su verdadero deseo de eliminar a las comunidades. Se hablaba abiertamente del desalojo como de una guerra en la que las comunidades y los pueblos del interior eran el enemigo. Por ello, no me sorprendió que me enviaran a cubrir el enfrentamiento. Parecía que incluso querían fotos del instante mismo en que acababan con lo que consideraban una lacra. Fue el evento final, el que me aclaró todo. —A ver si llegas a Huancayo en vuelo charter —me dijo el nuevo director del diario—. Desde ahí trata de juntarte a alguna —246—


de las patrullas que se acercarán a las comunidades, me dicen que irán primero a Huancavelica, Ayacucho y Apurímac. Si algún milico te hace problemas, pide que te lleven con algún oficial, y le dices que vas de parte mía, le muestras mi tarjeta y que me dé una llamada. Al día siguiente estuve en Huancayo y las calles del centro de la ciudad estaban ya todas pintarrajeadas con lemas contra el Gobierno y sus medidas. Universitarios impedían el avance de algunas tanquetas, lanzaban piedras y hacían barricadas. Sin embargo, no había presente ningún campesino, nadie de las comunidades había llegado a las capitales de departamento para defenderse del avance de las tropas. Se esperaba que las tropas dieran encuentro a los campesinos atrincherados en los poblados. Los disparos al aire no amedrentaban a los pobladores, muchos de los cuales seguían encaramados en techos, lanzando piedras e incluso bombas incendiarias. Los rostros cubiertos y los gritos de los manifestantes que encabezaban las columnas que avanzaban, con piedras y palos en las manos, para enfrentar a los policías directamente, iban en aumento, cada vez había más de ellos. Autos y locales municipales incendiados, policías contusos y detenidos sangrantes fue el saldo al caer la tarde. Incluso, hubo una explosión en un local comercial, que afortunadamente no tuvo víctimas mortales, pero que provocó que ambos bandos se incriminaran entre sí. La explosión demostraba que entre los manifestantes había terroristas, agitadores violentos, ecos del pasado. Y los manifestantes acusaban a las fuerzas del orden de usar prácticas de guerra sucia como parte de una operación digitada desde el Gobierno para deslegitimar la protesta. Creo que, en aquella ocasión, capturé las imágenes más violentas de toda mi carrera. Al final del día, supe que en casi todas las capitales de provincia, principalmente de la sierra central, las manifestaciones habían sido igual de violentas. En Lima, se sabía poco aún, según me comentó Melinda cuando llamé a la oficina para consultar sobre mi trabajo en los días siguientes. No se esperaba que las ciudades tuvieran semejante respuesta, se esperaba el enfrentamiento en las comunidades. —247—


—Dice el idiota —en esos términos se refería Melinda al nuevo director— que sigas avanzando con las tropas. —¿Tú vendrás en algún momento? —le pregunté. —Creo que no —respondió—. Incluso creo que cuando llegues, yo ya no estaré. La noche llegó con una tregua, la última previa al avance de las tropas hacia las comunidades rebeldes. Fue la noche más larga que he vivido. Me preparaba para ser, evidentemente, testigo de la masacre más terrible de la historia de mi país y mi deber era capturar esas imágenes, las cuales llegaban a mi mente con antelación, quitándome el sueño, angustiándome, dejándome sin aliento. —¿Sabes qué van a hacer? —pregunté nervioso a un soldado raso, un muchacho apenas más alto que yo, de mirada esquiva y rasgos tan andinos como los de la población a la que se había enfrentado en la tarde. —No, no sé. Solo sé que esa gente está haciendo problemas. —¿Les vas a disparar? —No sé. Esa fue toda su respuesta; se retiró incómodo y no me dejó tomarle ninguna fotografía. Al día siguiente, partimos hacia Huancavelica. Cuando desperté, ya las tropas partían. Hablé con el oficial amigo del director y pude ver que varios colegas periodistas habían sido rechazados cuando solicitaron viajar con las tropas. Viajé en un portatropas, al lado de soldados armados, que me miraban desconfiados, pues parecía absurdo que alguien hubiese permitido que un fotógrafo retratara lo que ellos sabían que iban a hacer. Al mediodía, el camión portatropas alcanzó a una zona desde la que los soldados avanzarían a pie. Pensé que, en ese preciso momento, en muchas zonas del país, se llevaba a cabo una acción similar y pensé que sería uno de los pocos fotógrafos que retratarían los hechos, y que una foto mía sería como una foto de muchos lugares y hechos a la vez. Me encontraba sumergido en esos pensamientos cuando me instaron a bajar del camión. El frío paisaje andino me pareció más triste y árido que en otras —248—


ocasiones en que hice reportajes sobre heladas y muertes en comunidades, cuando, junto con algunos voluntarios, había ido a dejar comida y frazadas a damnificados. El paso firme de los soldados se adentró hacia las montañas y solo me quedó seguirlos. A las dos horas de caminata, luego de escuchar solo el golpeteo de las botas sobre el camino, avistamos la primera comunidad: un puñado de tristes casuchas de piedra, adobe y paja. En esa región, se encontraban los pueblos más pobres del Perú, lugares donde las familias sobrevivían con menos de un sol al día. Pensé que este podía ser uno de estos pueblos. Los soldados, al avistar el poblado, siempre en silencio, se pusieron en guardia, quitaron el seguro a sus fusiles y se pusieron en formación. Vi el rostro de algunos, los más jóvenes, temerosos y dubitativos. Cuando el primero de ellos avanzó a la orden del primer oficial, sentí que un agujero negro dentro de mí iba a tragarme. Avanzaron con cautela, pues pensaban que saltaría sobre ellos una horda de campesinos armados con hondas, piedras, hachas y machetes. Pero no fue así. Los primeros soldados alcanzaron las primeras casas y se apostaron contra sus paredes, ingresaron sigilosos a la única calle que había en el pueblo. Luego entraron más soldados, luego nos acercamos el primer oficial y yo. —No hay nadie, comandante —dijo perplejo el primer soldado que había rastrillado la zona. —Deben haberse reunido con otra comunidad, la que está a unos kilómetros de acá —dijo el superior—. Es un poco más grande y seguro ahí se han atrincherado esos cholos. Las tropas volvieron a avanzar, esta vez a paso un poco más ligero, a pesar de los pertrechos y la falta de aire. A una hora de camino, volvimos a divisar otro caserío, un poco más grande, con algunas banderas desteñidas ondeando sobre los techos. Los soldados se acercaron con el mismo sigilo y tensión, alcanzaron las primeras casas y entraron a las callejas de tierra y piedra del pueblo. Volvieron a los pocos minutos, antes de que el capitán pudiera dar alguna otra orden. —Nadie, capitán, no hay nadie... —dijo sorprendido el primer soldado que alcanzó al capitán. —249—


—¿Hay otro poblado por acá cerca, soldado? —preguntó el capitán evidentemente extrañado. —A dos horas —contestó un soldado—. Llegaríamos antes de la noche. Queda bajando un cerro, así que nos verían mientras nos acercamos, pero también los veríamos si ellos quieren escapar. —O sea, ¿los tendríamos todo el tiempo a nuestra vista? —Sí, comandante. —A ver si llegamos en menos de dos horas —dijo el superior. Llegamos a la cima del cerro desde el que veríamos Tambobamba, un cerro que precisamente pertenecía a la comunidad y que guardaba la maldición que había desgraciado a esa gente: grandes yacimientos de zinc y plata en su subsuelo. Desde lo alto, atrincherados, vimos la quietud reinante sobre las pequeñas casas y esperamos a que surgiera algún movimiento. Cayó la noche y nada en el pueblo se movió. —Soldado, acérquese con cuidado con un destacamento... —dijo el comandante con cierto hastío, como si estuviera harto de estar ahí. El soldado volvió a la media hora para informar que, al igual que en las otras comunidades, el pueblo estaba desolado, abandonado. El comandante decidió no avanzar más por esa noche. Hizo que los soldados acamparan y se comunicó con sus superiores en la capital de departamento. Informó, avergonzado, sobre la situación, señaló no haber podido tomar ningún poblado, ni haber roto ninguna resistencia campesina. Grande fue su sorpresa y la mía cuando le informaron que todas las divisiones que se habían acercado a las poblaciones se habían encontrado con el mismo escenario: pueblos enteros abandonados, en donde, al parecer, la gente había desaparecido. Todas las comunidades campesinas de Apurímac cercanas a nuestra expedición, Huancuire, Ñahuinlla, Llaulliyoc, Ayahuillca, Patarcancha, Allahua, Chumille, Pumamarca, Huaylluyo, todas estaban abandonadas, sin rastro de gente, sin vida. Igual en Ayacucho y Huancavelica. —250—


Al día siguiente, llegaron informes de Cusco y Arequipa, Puno y Moquegua. Todas las comunidades campesinas del sur del país estaban abandonadas, al igual que en Huánuco, Junín y Pasco, en el centro del país, en la selva de Ucayali, San Martín y Loreto. Los comuneros y nativos habían desaparecido sin dejar rastro. Durante días se buscó a los comuneros en zonas descampadas y alejadas, incluso con helicópteros. Con rastrillajes y detenciones, las autoridades se cercioraron de que no se estuvieran escondiendo en las ciudades cercanas a sus pueblos. Pero nada. Había pasado una semana y los comuneros seguían sin aparecer. Aproximadamente, cinco millones de habitantes habían desaparecido del territorio nacional y los patrullajes militares no daban resultados sobre su paradero. No había cuerpos, no había prendas, no había sangre, no había nadie que los hubiera visto marcharse en grupo, huyendo del terror que volvía sobre su territorio. Me resistía a creerlo, a pesar de haber visto las comunidades vacías con mis propios ojos. —No podemos publicar esto —me dijo el editor, asombrado por todo lo que le conté al llegar y por los informes que recibía de otros medios—. Ningún diario lo ha hecho por temor al ridículo. Esa gente no puede haber desaparecido sin dejar rastro. Aquel día, Melinda tuvo su discusi��n más fuerte con el director. Llegaron a insultarse y ella salió llorando de la oficina donde discutían, atravesó el pasillo a vista de los redactores y editores y se encerró en el baño por unos minutos. Después de eso, se acercó a su escritorio a recoger su abrigo y su bolso. Algunas compañeras trataban de animarla. Yo no sabía qué decir, no sabía si acercarme. A los pocos días, dejó de trabajar con nosotros. Desde entonces no la he llamado, aunque, cuando nos despedimos, acordamos no perdernos de vista. Creo que trabaja para un organismo del Estado, un ministerio o una agencia de cooperación internacional. Un diario, finalmente, se atrevió a narrar su versión de los hechos, alterando, por supuesto, algunos detalles y anteponiendo su opinión a los sucesos: —251—


Ha triunfado el entendimiento. El traspaso de tierras fue pacífico, un logro más de este gobierno, que no solo ha sabido atraer capitales, sino retenerlos con programas atractivos y reformas tributarias que incentivan la inversión. Por ello, felicitamos a nuestras Fuerzas Armadas por esta limpia acción gracias a la cual, finalmente, se ha establecido la ley y asegurado el derecho de todos los peruanos a una vida más digna y justa. Otras notas en diarios capitalinos retrataban la acción militar como una gesta similar a las campañas de independencia o la guerra con Chile, pero ninguna mencionaba a la población desaparecida. Los diarios de izquierda, por el contrario, narraban terribles masacres, increíbles abusos contra los derechos humanos de los pobladores, épicas de las cuales no mostraban ninguna prueba. Y es que, en verdad, según lo que me contaron en la capital otros militares, tan asombrados como yo por lo sucedido, no hubo enfrentamientos, no hubo cuerpos ni rastro de esas poblaciones. A pesar de la información confusa, la población de las ciudades tenía una vaga idea de lo que había sucedido, pero aún así continuaba normalmente con su vida agitada. Algunas personas se asombraban o apenaban por lo sucedido, pero la mayoría era indiferente, quizás debido a la necesidad de seguir avanzando sin mirar alrededor, o a la imposibilidad de relacionar a esos desaparecidos con su vida cotidiana. Total, ¿qué tenían que ver ellos con sus vidas? Un programa periodístico entrevistaba a un congresista de la bancada oficialista: Esas personas que dicen preocuparse por los comuneros son, en realidad, paternalistas aprovechados, gente oportunista que ve a los campesinos como tontos. Todos esos dizque luchadores sociales son gente culturosa, caviares que solo ocultan su racismo. Porque esa es la verdad: en este país todos somos racistas, eh, no lo nieguen. Ese racismo que todos tenemos dentro ellos tratan de disimularlo mostrándose “justos” con los pobres indios. Así nunca se saldrá de la pobreza, con esos paternalismos, porque la verdad es que la gente pobre es pobre porque quiere serlo, y darle al pobre lo que quiere recibir es hacerle un daño, malacostumbrarlos a estirar la mano... Terminaba su intervención diciendo que los desaparecidos probablemente volverían a aparecer en el próximo censo, que se —252—


realizaría en un par de meses. Pero se equivocó, las personas no aparecieron durante el censo, ni después. No se supo más de los miembros de las comunidades. Eso sí, el censo mostró un inmenso crecimiento del ingreso per cápita y una asombrosa disminución en la pobreza extrema. Al año siguiente, las tasas de pobreza, analfabetismo y desnutrición seguían disminuyendo; el país era cada vez más rico y próspero. El bienestar de la población se reflejaba en su calma y aceptación del Gobierno, el cual, embelesado por la situación, tuvo la idea de refundar la patria, de instaurar la Segunda República. Un año después, se empezó a repartir nuevos materiales didácticos para las escuelas en las ciudades, todos en español. Desde aquel año, no se editaron libros ni cuadernos en lenguas nativas. Ningún libro de historia mencionaba la desaparición de estos pueblos y en los mapas enviados a las dependencias gubernamentales habían desaparecido los nombres quechuas de los pueblos más pequeños, agregando sus territorios a ciudades más grandes. Dos años después, absolutamente nadie hablaba sobre las comunidades. * * * Durante ese año, me crucé pocas veces con la chica del ascensor. La vi en el umbral del edificio, conversando con dueños de departamentos y con empleados de servicio, pero nunca pude dilucidar si en verdad era empleada o dueña de un departamento. Los medios habían olvidado el asunto de las comunidades y sus miembros. Nadie en la redacción hablaba sobre lo sucedido. Yo no hablaba del tema con nadie, por temor a que me consideraran loco o extraño. Pero, cuando me cruzaba con esta chica, me asaltaba nuevamente la interrogante. Un día, luego de cruzarme con ella, me sentí intimidado por una idea ridícula, tan descabellada como lo que había pasado con las comunidades: finalmente, ellos se habían ido de mi país. Voy subiendo por el ascensor, que ya llega a mi piso. Estoy cansado. Solo pienso en entrar a mi habitación y quitarme los —253—


zapatos, he caminado todo el día siguiendo una marcha de obreros. La puerta del ascensor se abre y veo a la chica parada frente a mí. Carga una bolsa plástica, viste sencillamente, sin opulencia, con decoro. Me saluda con ese tonito débil, demasiado respetuoso. Pero al hacerlo, me mira a los ojos. —¿Baja? —pregunta ella. En ese instante, en un segundo, decido que no saldré del ascensor. —Sí. Bajo —le respondo. Ella presiona el botón, la puerta se cierra. Empezamos a bajar. Los primeros segundos son tensos. Las palabras no me salen, se quedan atravesadas en mi mente. Ella mira el indicador del ascensor que se acerca lentamente al primer piso. Estoy agotado, quisiera llegar a mi casa y beber una taza de café. Pero, más que eso, quiero preguntarle qué hace en mi edificio. No me importa la respuesta, porque nada evitará que las cosas sigan cambiando. Solo quiero saber la verdad. No me importa si es la empleada o la dueña, solo quiero escucharlo de ella. Y quiero que me diga dónde están todos, a dónde se fueron.

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La forma del mal

La forma del mal Una señal Compañera de combate Corrupción ¿Quién eres tú para juzgarme? Dos preguntas Juega conmigo Cosas que hermanan Para perdonarte Invocación del amor Crecer Lisa, siempre te amaré Nosotros Palabra de hombre Trabajo grupal Estaba escrito Muñeca rota Tan fáciles, tan poca cosa Adiós, pena mía Puta tú Trascendente El país de Pituco

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9 57 61 83 87 99 103 115 119 127 131 143 147 153 163 167 171 177 189 193 209 213


La forma del mal se imprimió en los talleres de Gráfica Delvi S.R.L. Av. Petit Thouars 2009, Lince teléfonos 471 7741 / 265 5430 graficadelvi@gmail.com www.graficadelvi.com Lima, octubre 2010


La forma del mal