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GRAN TEATRO DE LA INTOLERANCIA

MANUEL JULAR


Estas láminas fueron concebidas como una carpeta. Así fueron expuestas por primera vez, en marzo/abril de 2012, en las salas temporales del Museo de León. Ha sido editado en forma de cuaderno para ser colgado en la red. © Manuel Jular. León. 2012


ACERCA DEL GRAN GUIÑOL DEL MUNDO

N

o es seguro que, cada vez que uno cree (del verbo creer) algo, haya de justificarlo. Sin embargo, a mi, Manuel Jular, de una raza de pintores en minoría –los pensantes melancólicos–, no sólo me parece necesario, sino una tentadora obligación. Aunque, a menudo, la explicación se enmarañe y sume a la obra un plus de “poética” oscuridad.

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Veamos: Estaba en Roma, con Toe y Cristina Jular. Paseábamos la maravillosa Campo deʼ Fiori. Puede que la plaza no deba su nombre


a Flora, famosa concubina del Pompeyo, sino a que alguna vez, en vez de mercadillo y baretos, haya estado cubierta de malvas y margaritas.

Lo históricamente cierto es que en ella se aventaron las cenizas de Giordano Bruno –ciudadano de la Europa de entonces–, quemado vivo por el dubitativo Clemente VIII, tan indigno de su patronímico.

Bromeábamos sobre si la estatua, que hoy honra al “hereje”, da la espalda o enfrenta la Pétrea Basílica. Pero la verdad es, que la terca libertad de Bruno daba por el culo (coloquialmente) al Vaticano y que la sacratísima/secretísima sede tomó, por ello, la decisión de tostar el culo (salvajemente) al exdominico. Verde y con asas

Vuelto a la Capital del Invierno, me puse a dibujar, o a digitalizar, si ustedes lo prefieren. En definitiva: a pintar al valiente monje y, mientras tanto una vez más, tascaba personalmente el freno de la infamia y dolor, que las políticas religiónes imponen. Porque después de Giordano, vino el asunto Galileo. Y no era sólo la salvaje catolicidad. Ésta “sólo” había quemado a Miguel Servet en efigie, pero Calvino le asesinaba

en nombre del protestantismo. Y Henry VIII apiolaba a Tomás Moro bajo pretextado anglicanismo.

En este teatro de la intolerancia eché un vistazo hacia el pasado – no por más lejano menos vívido– y me encontré con Sócrates, tan monoteísta él, condenado “democráticamente”...¡por impiedad! Yo estaba al borde del ataque y los socarrones dioses sonreían une fois de plus.

Es difícil saber –si se entra en el retablo de cultos persiguiendo burlas– cuándo el personaje empieza a pesar tanto como el autor, lo mítico tanto como lo histórico y finalmente el gran abuelo se totemiza en dios. O cosa parecida. Además, ¿Quién es más real? ¿Homero –múltiple o único–, o sus héroes Odiseo y Aquiles? ¿Sófocles, casi desconocido, o Edipo, del que sabemos más de la cuenta?

Este robot genético que es el hombre, suele comportarse como una marioneta de seres que inventa, para evitar el horror de la caótica nada.

Así Prometeo, que recrea hombres y les trae el secreto del fuego celestial, paga su filantropía torturado eternamente por un dios cachondo y prevaricador, Zeus, que es el mal invento de la necesidad

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humana de un gran padre perpetuo. En este rincón de agravios, si algo nos sorprende, es siempre la recalcitrante y un tanto paradójica maldad.

La pobre Antígona, hija del incesto de Edipo, será sacrificada por un exceso de amor filial: desobedecer una injusta ley y enterrar a su hermano Polinices condenado a fantasmal vagar terrestre. Aquí el agravio se consuma bajo otra “diosa” mitificada por el poder: la justicia. Themis, que –como todo invento homínido– cada vez es menos ley natural y más fuerza autoritaria. A veces –los malignos– no son los dioses sino las sacrosociedades que los necesitan a través de los sacralizadores que los inventan.

Mi confianza en el género humano se tambalea. Por eso estas láminas son, en cierto modo, un ajuste de cuentas y por ello la explicación va a ser tan incompleta como lo es el propio catálogo de personajes (inocentes, injuriados, humillados, mártires...) que he reconocido.

Finalmente, (es un ejemplo) pienso que, no debía ser fácil para alguien como Demócrito intentar convencer, al personal paisano, de que el alma estaba formada por livianos átomos –invisibles por ello–, y que el cuerpo lo estaba de otros más pesados, mientras se le escapaba una de sus extravagantes risas.

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A veces uno no sabe de qué se ríe. En estos devaneos mentales empezaron a cuajar estas láminas, de técnica cimarrona y significado mulato. Ahistóricas y ucrónicas, teñidas de leyenda, citas plásticas y préstamos de lo antiguo, no están en riguroso orden, ni creo que lo necesiten. Tampoco son caóticas aunque lo quisieran.

Pido comprensión para el humor. La ironía quizá no pudo librar a Swift de la cárcel –ni a Sócrates de la cicuta–, pero al menos libera mis arterias de un exceso de presión.

Y por una vez acompaña a estos dibujos una necesidad casi angustiosa de hacer de ellos pública exportación. Los “videntes” de estas mis visiones tendrán que perdonar la parte oculta de mis pensamientos. .... O inventarla por mí. Como dicen en mi pueblo: Esto son lentejas...

I Manuel Jular. León 2010


Abrirás el teatro, Prometeo, encadenado a las azules tablas del río eterno y a la voracidad del águila del dios, que, para tí, inventó la mala copia de hombre que creaste.

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Prometeo encadenado.


Apolo te convirtió por sus pasiones en pitonisa inescuchada. Hierro y sangre fue para ti el capricho del dios. Casandra, delirante virgen, soñaste a Troya envuelta en llamas y nadie te creyó. Violentada por Ayante, con desprecio de los dioses y la piedad, te tomó Agamenón, como regalo. Profetizaste su muerte y la tuya, –pero le seguiste a Micenas para arruinar la dinastía atrida– asesinados ambos por el amante de una reina paradigma de esposa infiel. 10


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Caxxandra.


¡Cuidado marinero, si naufragas, cerca de la prodigiosa Circe! Ella no buscará tus tesoros ni tu barco, sino la bestia que hará en tí. Hoy, Odiseo de las arriesgadas singladuras, los encantamientos de la Maga no tienen retorno. Ya no hay hombres libres.

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Naifragio de Ulisse.


La soberbia galanura de tu madre, que encabritó a Poseidón, trajo a tu pueblo, por la iracunda mano del dios, la desgracia. Enfurecida plebe te hizo pagar la belleza materna, sometiéndote al vengativo monstruo acuático. Encadenada en las playas del Órbigo, Andrómeda querida,

–¡Quisiera ser tu Perseo, oooh!– Jota de ronda.

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Andrómeda en el Órbigo.


Te persiguen, Diógenes, las pulgas, más que a Orestes las moscas. El dios no olvida por mucho que peregrines su triangular anillo. Y Megalejandro está ya lejos, corriendo tras el sol, que no querías prestarle.

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Di贸genes el C铆nico.


Demócrito, pescador de indivisibles átomos, soñador del vórtice que crea la diversidad de las cosas. Centenario –que llegó a ser– y autocegado (dicen), para mejor pensar sin el estorbo de la excitante naturaleza. Decía que la unión sexual era una pequeña apoplejía y que los cerdos se gozan en el estiércol. Los corrompidos dioses le castigaron otorgándole una extravagante risa.

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Dem贸crito de Abdera.


Este Heráclito de Éfeso, oscuro y fragmentario, apostaba que la armonía invisible era mayor que la visible. Sentencioso del cambio que no cesa, prefería la discordia entre dioses y hombres para optimizar la oposición de contrarios. Pese a la poca claridad de sus conceptos, sabemos que no creía poder bañarse dos veces en el mismo río.

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Herรกclito de ร‰feso.


Mal te defendieron –si lo intentaron– y mal te defendiste, si es lo que querías hacer. En materia de piedad y costumbres, como en asuntos de política educativa, suele prevalecer la ignominiosa hipocresía. Tu lo sabías, Sócrates, cuando tu psyché escogió la inmortal borrachera de cicuta. La despectiva ironía puede confundir a la democrática plebe y tentar a los dioses. Así, el día que apuraste el cruento veneno, el ojo del dios único, ni siquiera parpadeó.

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S贸crates.


Hubo un tiempo en que las fieras y los hombres pudieron ser amigos, –¿ Quizá convivir indiferentes bajo normas benignas?– tal el esclavo podólogo Androcles y su fiel león. Después, el letal cainismo humano corrompió a las bestias.

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Androcles y el le贸n.


Una encrucijada fue testigo de crimen tan chulesco como fatal. En ella asesinaste a Layo, tu padre desconocido, y, por ello, te premiaron con una reina viuda que era tu madre. Así engendraste, rey, de Yocasta, dos hijos cainitas y dos dulces hijas. Después, te automutilaste –unas gotas de honor en la copa horrible– al conocer tu crimen. Sófocles redime en Kolonos al anciano Edipo, ciego y angustiado, que ha recorrido todos los caminos adivinados a la esfinge y va a morir perdonado. Pero el descubridor de enigmas morirá sin conocer el aciago destino de la pequeña Antígona, que ahora todavía le acompaña: Ella será ejecutada en Tebas por su piedad filial, última descendiente de una familia maldecida por los dioses.

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Edipo y AntĂ­gona.


Mientras ascendía al Etna, –¿para morir?. Escalón sofocante tras escalón ardiente, –¿para ser dios? A una cierta altura dejó su huella –su sandalia, B. Brecht dixit– y desapareció. La sandalia no te delata. Tu, Empédocles, ya estabas allí.

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EmpĂŠdocles en el Etna.


¿Qué te ocurre, qué tienes, qué pasa, Safo de Lesbos? ¿Te desasosiega el baño de espuma entre los lívidos muslos? –Ante la mirada sorprendida de tus compañeras, se arrastra tu alba piel entre las dolorosas arenas de conchilla, que el mar desmiga de los altos roques–. ¿El desesperado castigo, que arruina tu cuerpo, sacrifica una promesa a la crueldad del incivil amor? No. La maldad de la diosa te ha poseído. Ya estás muerta.

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Safo.


Sencillo amor, oscura pasión, tierna caricia, todo ello sobrevive difícilmente a la sordidez del tiempo que nos envuelve. ¿Habrá que recurrir, Catulo, al enmarañado sarcasmo y vivir de memoria por no morir de asco?

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Catulo-


Memoria de Safo desde Riolago: Cuán cara y hermosa era la vida que vivimos juntas. Pues entonces, con guirnaldas de violetas y dulces rosas cubrías junto a mí tus rizos, ondeantes. Y con abundantes aromas preciosos y exquisitos ungías tu piel fresca y joven en mi regazo y no había colina, ni arroyo, ni lugar sagrado que no visitáramos danzando...

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Safo en Riolago.


Muerto le tienes, que vivo no pudiste. Murió, porque de algo hay que morir –filtro de amor o veneno de mujer celosa–, quizás por propia mano. Él, que creía que si los sentidos no son veraces toda nuestra razón es falsa. Él, que tan bien nombraba la naturaleza de las cosas Él, que no temblaba ante el Aqueronte que aterra la vida humana. Él buscó el oscuro sentido de la muerte como abandona el banquete el convidado harto. Cuarenta años contaba tu Lucrecio –¡mujer infeliz!– cuando el asco rebasó su aguante.

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Lucrecio.


La hispana inquisición le quemó en efigie. Calvino le tuvo peor sangre. ¿Lo habéis copiado, inefable audiencia? La intolerancia del reformador protestante era casi comprensible. Miguel Servet era abnegado médico, indomable descubridor, un poco bocazas y pésimo teólogo. ¡Tres hurras, por el mártir aragonés!

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Miguel Servet.


Escapaste hacia y, después, del egocentrismo de Calvino. Así, la traidora Venecia pudo entregarte a la tortura del centrípeto Clemente VIII. Con tu verdad diste y das la espalda, inefable exdominico, al Circo Vaticano y su pomposa Cúpula. Tu, Giordano Bruno, de la Europa de los mártires.

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Giordano Bruno.


Estremece pensar, Galileo de los Galilei, que la buena vida nos hace comprensivos. –¿Quizá más débiles? No quiero darte la vara, pero tu forzado retracto y la tozudez inquisitorial del papado no han podido ocultar la verdad: –“Eppur si muove!”, (que dicen que dijiste). Hoy, lo cosmogónico continúa. Pero tambien lo otro...

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Galileo.


¡Ay, Inocencio! Inocencio de los Pamfili de Umbria, sacratísimo pájaro de cuenta, especialista en enfrentamientos y traiciones. Llegaste al solio y fuiste belicista y desterrador. Favoreciste nepóticamente a tu sobrina Rossano, mientras hacías incesto con tu hermana Olimpia. Te creías invulnerable, pero a tu muerte (tres días tirado como un perro) nadie quería pagar tu entierro. Entre Velázquez (–Troppo vero!, le dijiste.), Bacon, y yo, te pintamos en el cauchemar de las almas, que enviabas al –supuesto– hacedor. O al puto infierno.

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El papa Inocencio.


He pedido prestada, Sir More, tu imagen a la pintura hist贸rica y te he encontrado con el disfraz de canciller de Henry VIII. Ut贸pico erudito, amigo de Vives y de Erasmo, malelegiste entre cielo y tierra y la Torre de Londres fu茅 contigo. Olvidaste, Thomas santo, que un rey puede serlo, a la vez, de copas y de espadas. Aun m谩s: que, en la baraja de los reyes, dios no es el as, sino the Joker.

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Sir Tomรกs Moro.


La duda sobre la duda, –Alas poor Yorick!– serás o no serás. O no habrás sido, rubicundo danés. Hijo y sobrino de homicidas usurpadores arrojaste, Hamlet, tu iracundo dolor al otro sexo. La triste Ofelia al pantano y tu madre al veneno. Antes de combatir con Laertes ya estabas muerto.

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Hamlet.


La sombra insidiosa de Yago supo avivar el horno de tus celos, pero él no los creó. Tu, Otelo, que condenas a tu esposa, con la falsa prueba de un blanco pañuelo y un ambiguo sueño inventado, ya habías decidido matarla, el mismo día que Desdémona besó tu fea y tostada cara de mercenario de La Signoría. –¡Otelo no tiene miedo al combate! –¡Otelo tiene miedo al tálamo! Matas para acabar con el amor que te civiliza. Ya pueden ponerle a esto –Verdi o Rossini– la música que le pongan..

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DesdĂŠmona. Otello. Yago.


Mientras la manzana –la manzana de Newton, el del binomio– iba hacia él (correcciones y constante gravitacional incluídas), Mister Isaac comprendió que acababa de intuir la más insípida, por necesaria, de las leyes naturales. De este mundo insulso.

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Isaac Newton.


Aquí, Jonathan Swift, creador de Gulliver, un paleoanarquista de mucho cuidado. Para resolver el problema del campesinado en alquiler, –no poder alimentar a los hijos por las duras condiciones de los arriendos– Swift sugiere que los padres vendan sus hijos a los ricos terratenientes para que se los coman. El personal no entendió la sátíra y “mal gusto” del ensayo. ¡Hombre, dijeron, dirty yahoo! Si Goya, que nació después de la muerte de Swift, hubiera conocido La modesta proposición (del irlandés), el Saturno comiéndose los hijos (del mañico), estaría vestido de aristocrático terrateniente hispano.

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Jonathan Swift.


Melanc贸lico. Dolorosamente harto de la Capital de los Jayanes.

...Roto casi el nav铆o de nuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestuoso... Se me apareci贸 fray Luis. En la ribera del Esla

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Fray Luis de Le贸n.


Pigmalión de Chipre, rey y escultor célibe, se enamoró perdidamente de una de sus esculturas (Galatea de nombre), y Afrodita –que pasaba por allí– conmovida, la convirtió en humana para él. No sabemos si el chipriota fue correspondido. Augusto Rodin, espectacular escultor parisino, se enrolló con su ayudanta, la escultora Camilita Claudel y –aterrado por lo que se le venía encima– hizo todo lo posible por convertirla en una estatua. Tardó unos pocos años en joderle la vida. Literalmente.

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Camille Claudel y A. RodĂ­n.


Me había invadido profundo letargo y flotaba libre en dulce oscuridad. Un ordenado poltergeist de cálidos colores vino a borrar los últimos dolores, a tapar los últimos miedos. Se fue la injusticia. Después el odio. Luego el desprecio. Desapareció la miseria...

–¡Lázaro, sal fuera!– Oí la voz del rabí algo trémula, pero poderosa. A la tercera llamada obedecí para volver a este mundo de mierda. Desde entonces –dicen– no he vuelto a sonreír.

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Lรกzaro de Betania


–También tu. –Faltabas tu. ¡Mito de los mitos! ¡Dios ¿inventado? de dioses inventados! Cósmico y torturado, no sé si has sido crucificado en la nada. Tu ritual sacrificio no acabó con las víctimas. Tu cruel tormento ¿ha salvado siquiera a tus vendedores de estampas? La náusea de lo inútilmente humano, pone en mi garganta –entre el bien y el mal– el desasosiego de una cultura cautiva de tus seguidores. ¡Ay de tus pobres, ay de tus humillados, porque son triste carnaza de tus levitas!

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JesĂşs nazareno.


El gran guiñol del mundo De la ideología que impregna la obra de Manuel Jular dan fe sus activos blogs: www.loscuadernosdejular.blogspot.com y www.sinespátula.blogspot.com. En ellos es frecuente la preponderancia de comentarios socio políticos, por encima de la propia faceta de creador, que sería subordinada, según la concepción dialéctica del arte defendida por los filósofos marxistas Georg Lukacs o Karel Kosic. En esta fase de su exposición, que se inicia con la lámina del Gran Teatro de la Intolerancia, resulta evidente que la creación artística nace imbricada de la ideo-logía propia del autor, a la que evoca como las sombras de la Caverna de Platón. Láminas de personajes, mitos, ideas y desastres para un ajuste de cuentas, donde fijar los puntos sobre las íes. Con trazo iconoclasta de relector del mundo, se proyecta el Jular irreductible denunciador de lo establecido. Fustiga las conciencias de quienes están o ya estuvieron, sin encontrarse nunca entre ellos. Su ausencia lo ha convertido, tras larga y rectilínea andadura, en un “pensante melancólico”, que reivindica a los ajusticiados por pensar.

Como reacción al determinismo económico y de una forma subliminal, los temas denuncian la actividad manipuladora y la alienación histórica que genera el capitalismo. Contra ello, contra los setenta y siete pecados capitales en su fase creciente, lucha el pintor desde su ciudad capital del frío. Denuncia activa de la mugre política de las mayorías, y quizás asimismo de los marginales. Un tono irónico, acorde a su persona, medita acaso si no hay verdad en lo que escribió Borges, “el infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto” Dice Onetti que “serán procesados quienes intenten encontrar una finalidad a cualquier relato”, a todo tipo de propuesta de regeneración. No parece ser intención del autor sermonear al oyente de tanta música encerrada en su partitura.

....

Lúcido, cáustico, dueño del trazo y del color, enmascarado tras los maravillosos empastes de forma e introspección, viene a contar Jular una verdad incontestable: que la civilización es una estafa.

Ángel Fierro del Valle (Fragmentos del catálogo de la exposición en el Museo de León


Gran Teatro de la Intolerancia  

Pinturas y poemas. Constituyen una parte de la exposición de Jular celebrada en marzo/abril, en el Museo de León.

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