Page 1

Su droga

Tania Cerqueira T


Eran las nueve, a esta hora su madre estaría en la cocina preparando la cena mientras, su padre y su hermano estarían en el salón. Se paró frente a la puerta, respiró profundamente, se calmó y se secó las lágrimas. Entró en la casa, por suerte para ella nadie le salió a recibir. Un olor a pasta gratinada inundaba toda la casa. Atravesó el pasillo, mostrando su mejor sonrisa, saludando a su madre que estaba en la cocina y a su padre y a su hermano, que jugaban a la consola en el salón. Llegó al final del pasillo, se paró ante la puerta de su cuarto, la primera lágrima resbaló por su mejilla. Abrió la puerta, entró lentamente, y cerró la puesta con el pestillo. Se apoyó contra la puerta, y la segunda, la tercera, la cuarta… Todas las lágrimas caían. Se deslizó lentamente por la puerta hasta sentarse en el suelo. Hundió la cabeza entre las rodillas, seguía llorando, y ahora más fuerte que antes. Tenía ganas de grita, de llorar, de correr y no volver nunca más. Se levantó. Ya no lloraba tanto, se acercó al armario. Buscó entre la ropa, allí estaba. Cogió la caja y la puso en la cama. Se sentó al lado. Empezó a sacar pañuelos llenos de sangre y cogió una pequeña cuchilla que tenía en el fondo. Empezó a deslizarla por el brazo, el roce de la fría cuchilla y de la sangre brotando de ella le calmaba, le hacía sentir libre, sin ninguna preocupación. Seis cortes en total por el brazo. Ya era demasiado por hoy se dijo a sí misma. En cuanto paró, las lágrimas empezaron otra vez. Vio la cuchilla a su lado, la llamaba. Ya era como una droga, la necesitaba para seguir viviendo. La agarró y, más fuerte empezó a rajarse la pierna, dolía, escocía… pero no lloraba. Ya no era seis cortes. Eran veinte, y seguía cortándose, empezaba a marearse. Paró un momento, vio que seguía sangrando, y cada vez más. Estiró el brazo, cogió su móvil, busco en la agenda y encontró si número, lo marcó. Daba llamada. -Dime. Al otro lado, ninguna contestación, solo se oía la forzada respiración de ella. -Por favor para de llorar, sé que estás haciendo, no es tu culpa, tú no has hecho nada. Es culpa mía, además los dos, en el fondo sabíamos que esta relación no llegaría a nada.


Empezaron a oírse los llantos. -Por favor, para –le suplicaba. Se calmó un poco. -Te quiero, siempre te he querido y siempre lo haré. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Mientras decía estas palabras, empezó a deslizar la cuchilla con más fuerza, cada vez más hondo. La cuchilla cada vez se hundía más. Empezó a gritar de dolor. -¿Qué demonios estás haciendo? Para, por favor. Voy a tu casa. Colgó el teléfono. Estaba muy mareada, ya no podía más. Se miró el brazo y vio que la cuchilla la tenía completamente dentro de la pierna, como unos treinta golpes en cada pierna, la mayoría superficiales, pero tres o cuatro muy profundos. Los brazos, todos los brazos llenos de cortes, más profundos. Estaba mareada. Miró la cama. Todas las sábanas llenas de sangre. Se tumbó en ella. Buscó en las fotos del móvil, aquella foto, su preferida. Cuando los dos hicieron un año juntos, su primer aniversario de manera seria, y ahora, tres meses después, ya no eran ellos, sólo era ella, ella y una cuchilla. Miró la foto, detenidamente, ese beso, ese roce que tanto anhelaba. Besó la pantalla y puso el móvil sobre su pecho. Había llegado a su final. La cuchilla estaba demasiado honda, no paraba de sangrar y había perdido demasiada sangre. No tenía fuerzas para levantarse, ni para gritar, y la simple sensación de que él estuviera viniendo para su casa, y le pillara así… le daba vergüenza. Poco a poco, los ojos se le cerraron. Ya no podía respirar bien… Todo acabó. Dejo el dedo pulsado en el timbre, un pitido inundo toda la casa, las nueve y media. Había tardado diez minutos en llegar a su casa. Le abrió su madre, él ni saludó. Cruzó el pasillo rápidamente, seguido por la madre, extrañada de no saber que sucedía. Abrió la puerta, avanzó dos pasos y se dejó caer en el suelo con una expresión descompuesta. La madre entró detrás, un segundo más tarde, un grito de terror se oyó por toda la casa. No tardaron en llegar el padre y el hermano. La madre y el hermano lloraba, él estaba paralizado en el suelo y su padre pegaba puñetazos


a la pared mientras las lágrimas brotaban poco a poco de sus ojos, todo por ella. Él se levantó y le quito el móvil del pecho, su foto favorita. Empezó a llorar, todo esto había sido por su culpa. Apretó tanto los dientes contra los labios que estos empezaron a sangrar… Todo por su culpa, ese sentimiento de culpabilidad se presentó de forma fuerte, y seguiría por mucho tiempo… Dos días más tarde fue el entierro. Él no apareció, estaba demasiado ocupado cortándose para no llorar. Porque, al fin y al cabo, él fue quien le enseñó a cortarse…

Narradores que cuentan  

Trabajo de Tania