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˜ UNA MIRADA RISUENA A LO TERRIBLE

Titulo Original: Luisa González de Sáenz: “Una Mirada Risueña a lo Terrible” Portada: Búhos Pichones, Luisa González de Sáenz, Oleo sobre Tela (1961) Contraportada: Pajaritos en la lluvia, Luisa González de Sáenz, Plumilla sobre papel. Textos: Ocho Artistas Costarricenses y una Tradición, Carlos Francisco Echeverría. Ministerio de Cultura, 1977. Historia Crítica del Arte Costarricense, Carlos Francisco Echeverría. Editorial UNED 1986. Refundición de Textos de Carlos Francisco Echeverría: Guido Sáenz González. Dirección de Arte, Diseño y Maquetación: Juan Diego Otalvaro Ortega. JUDOPRODUCCIONES Creative Design Solutions Documentación Fotográfica: Javier Sáenz Shelby, Gerald Brown, Rodrigo Rubí, Mario Cardona Lang, Leonardo Carvajal Vargas.

Una Mirada Risueña a lo Terrible

UNA MIRADA RISUENA A LO TERRIBLE

Luisa Gonzรกlez de Sรกenz

Sentados: Luisa González de Sáenz y Teodorico Quirós. De pie: Max Jiménez y Carlos Salazar Herrera

Nota biográfica Luisa González de Sáenz nació en San José de Costa Rica el 14 de febrero de 1899. Siendo alumna del Colegio de Sión se animó en ella el interés por el dibujo y la pintura. Las monjas francesas del colegio supieron estimular la vocación de la joven María Luisa. Se casó con Adolfo Sáenz González, quien era a su vez persona con notables dotes como dibujante y tallista. Al inicio de la década de los años treintas, la artista comenzó a participar en los salones que por iniciativa y liderazgo del arquitecto y pintor Teodorico Quirós se realizaban anualmente en el Teatro Nacional. En 1936 le fue otorgado el Primer Premio por el Retrato de María Cristina Goicoechea. Luisa González de Sáenz y sus colegas pintores y escultores del Círculo de Amigos del Arte habían descubierto el potencial del paisaje costarricense y los aspectos más sobresalientes de la vida rural. Luego de la disolución del Círculo en 1937, la artista orientó su sensibilidad hacia opciones más intimistas, reveladoras de su propia experiencia y espiritualidad. Ejecuta entonces dibujos a plumilla, gouaches, óleos y es la primera artista costarricense en cultivar el complejo arte del vitral. Numerosas fueron sus participaciones en exposiciones individuales y colectivas, tanto en Costa Rica como en el exterior (México, EE.UU., Alemania, Chile, Corea). En 1977 se la honra con la reproducción en sellos de correo de su óleo “San Francisco y los pájaros”. Más tarde se reproduce, también en otra emisión de estampillas, su óleo “Cabeza de mujer”. Al cumplir sus ochenta años de edad en 1979, el Museo de Arte Costarricense presentó una exposición retrospectiva de González de Sáenz con más de ochenta obras, que le valió el otorgamiento del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría correspondiente al año 1979. Luisa González Feo de Sáenz murió en San José el 23 de junio de 1982. Guido Sáenz González

Flora María Sáenz de Langloi

En el claustro de una pintora costarricense Poco después de la muerte de mi madre en 1982, subí a su estudio en el segundo piso, especie de escondrijo al fondo de su casa en el viejo barrio “La California”. Al final de la escalera de acceso y frontalmente en la pared, un lema pintado en negro por su mano y en caracteres góticos decía: “Ars longa vita brevis”. Mi propósito era escudriñar en un antiguo armario suyo donde guardaba, aparte de materiales de trabajo, dibujos, apuntes, bocetos al óleo o gouache e intentos de cuadros o vitrales. Descubrí reiteradas versiones de “La mujer de Lot”, tema casi obsesivo que ensayó desde múltiples perspectivas pero, sobre todo, con muy diversas interpretaciones de las actitudes y reacciones de los dos personajes: la mujer de Lot convertida en estatua de sal y la otra… la que deja todo atrás. Igualmente había bosquejos a lápiz o tinta de ese otro motivo tan íntimamente suyo -como lo fue también de sus compañeros de generaciónSan Francisco y el lobo, o su propia visión de San Francisco y los lobos: fuerzas del mal rodeando al “mínimo y dulce”… Encontré asimismo docenas de imágenes a plumilla o fluidos trazos a lápiz de temas tan diversos y sugerentes como troncos, raíces y árboles retorcidos, pájaros y figuras hieráticas que poblaban la mayoría de sus obras en sus últimos treinta años. Mi madre había penetrado un sendero casi surrealista, invadido de sombras y borrascas a partir de los años cincuentas, muy ajeno al de sus compañeros y al de ella misma como parte del “Grupo de la Nueva Sensibilidad”. Teníamos la sensación, Flora mi hermana y yo, de estar en deuda con ella desde que murió. Le debíamos este libro. Creemos que el tiempo se ha encargado de establecer un sólido sitial para su arte en la panorámica de la plástica costarricense. A ello contribuyeron los textos críticos que Carlos Francisco Echeverría publicó en sendos libros sobre historia del arte costarricense, en 1977 y en 1986. Ambos textos se funden en el que hilvana este libro. Guido Sáenz González

Realidades Plásticas Jorge Romero Brest sostiene, en La Pintura Contemporánea, que el surrealismo europeo sucumbió a causa de sus propias contradicciones internas entre el culto al instinto y al inconsciente, por una parte, y por otra una progresiva intelectualización de la creación artística, promovida por el propio André Breton. Si ello es cierto, el mismo Breton, y más aun quizá Max Ernst, el más consistentemente surrealista de los pintores, se hubieran felicitado de encontrar, en la obra plástica de una discreta y hogareña señora costarricense, algo que quizá constituye una de las raíces esenciales de las búsquedas en que ellos se empeñaron.

Tal vez no sea París, cuna del iluminismo, el sitio más propicio para un florecimiento de la “no racionalidad” artística. Quizá lo sea más la Meseta Central de Costa Rica, en donde se está más cerca de los brotes espontáneos de la naturaleza, y en donde la Razón no tiene iguales ímpetus. En todo caso, no deja de ser interesante el encontrarse en Costa Rica con una obra pictórica y dibujística que, combinando una constante fidelidad a ciertas formas predilectas, y a ciertos ámbitos de la imaginación, con un espíritu libre de complicaciones artificiales, muestra, luego de una larga evolución, realidades plásticas altamente originales y enriquecedoras.

Desde el “Retrato de María Cristina Goicoechea” de 1936, que obtuvo ese año el Primer Premio en el Salón Nacional de la Plástica, se advierte en la obra de Luisa González de Sáenz una tensión de las formas del dibujo, orientadas todas según un mismo derrotero; una misma dinámica introspectiva y “cerrada”, tendiente a crear una estructura, una atmósfera que habla por sí sola como unidad global de significado. Poco se deja al detalle, o al diálogo interno entre las partes del cuadro. Todo él está atravesado y fecundado por ese único “viento gris que atraviesa por los árboles” de que hablaba Breton. Un mismo espíritu lo anima y a él obedecen las líneas (que no solamente siguen direcciones semejantes o convergentes, y crean formas homogéneas, sino que además están dictadas por la misma caligrafía económica y tensa, tendiente a reforzar la rigurosa bidimensionalidad del cuadro). La gama es austera y la atmósfera hermética, el color apagado, húmedo, claro, a veces pero triste siempre. Esta animación homogénea de la superficie total de la pintura por un mismo impulso emotivo se convertirá, a la larga, en un distintivo estilístico de la obra de Luisa de Sáenz, que perdura hasta en sus últimas creaciones.

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Troncos - 1958 Óleo sobre cartón, Colección Sáenz Shelby

“RETRATO” de María Cristina Goicoechea de Luisa González de Sáenz es la mejor obra de la exposición, obra completa, fina, elegante., decorosa. La figura triunfa plenamente en admirable interpretación psicológica, por la sobriedad del color y por la perfecta construcción geométrica de femenina gracia. Lo que hay de moderno en esa obra, por la austeridad de la composición y la simplificación de los planos de color, se mezcla con cierta evocación mística, sugerida apenas por la artista… José Marín Cañas - La Hora - Octubre 1936

Retrato de María Cristina Goicochea - 1936 Óleo sobre tela, Colección permanente del Museo de Arte Costarricense

Entre los pintores de la generación de 1930, vinculados de un modo u otro a Teodorico Quirós, la pintora Luisa González de Sáenz constituye un caso de excepción. A pesar de que frecuentó temas costumbristas, tales como las casas y los pobladores rurales, su temperamento es radicalmente opuesto al espíritu de celebración con que Quirós, Pacheco y otros abordaron su tarea de artistas. La suya es más bien una poética de lo sombrío. Sus obras transmiten emociones más cercanas al terror o la tristeza que al placer o la alegría. Desde su “Cabeza de india” de 1917, muy influida todavía por la tradición académica (se trata de una pintura hecha cuando la artista tenía apenas 18 años de edad) se advierte ya una serie de rasgos estilísticos que definen y enmarcan toda la obra de González de Sáenz: la tensión en el diseño y el dibujo, la predilección por colores y tonos vigorosos pero opacos, un tanto sombríos; por el gusto por la verticalidad. Estas características están ya mucho más acentuadas en “Cabeza de mujer” de 1933 en donde además desaparece ya todo carácter ornamental: se inclina por la representación de las esencias.

El alma de este cuadro está en el gesto y en el reflejo del paisaje que debe, ineludiblemente, circundar el cuerpo, la actitud y el gesto de esta mujer… enjuta, cetrina, erguida, noble, austera. José Marín Cañas - La Hora - octubre 1933.

Cabeza de Mujer - 1933 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

Pan y Agua - 1942 Óleo sobre tela, Colección privada

Estas cualidades estilísticas culminan, en el orden del retrato, en el de “Maria Cristina Goicoechea”, de 1936. Allí, la sobriedad del diseño y la tensión del dibujo adquieren una delicadeza acorde con la personalidad de la modelo, lo que nos muestra a una artista en plena posesión de su medio expresivo. Siempre en el orden del retrato, lo encontramos también en el de Berta González de Lang, de 1942, y en el de Guido Sáenz, de 1946.

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Guido Sรกenz Gonzรกlez - 1946 ร“leo sobre tela, Colecciรณn Sรกenz Shelby

Berta González de Lang - 1942 Óleo sobre tela, Colección Mario Cardona Lang

Dr. Ricardo Moreno Cañas - 1938 Óleo sobre tela, Colección Guillermo Arriaga Moreno

He pasado largo rato mirando el retrato del Dr. Moreno Cañas ejecutado por una de nuestros mejores artistas, Luisita González de Sáenz,… a mi juicio este retrato es lo mejor que se ha hecho del Dr. Moreno Cañas. Carmen Lyra - Sábado 11 de febrero de 1939.

Guido Pintando - 1935 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

Escazú - 1936 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby La señora de Sáenz ha realizado este año grandes conquistas. Su paisaje de Escazú, lo decimos claramente, es el mejor que se ha expuesto…Por fin encontramos a un pintor que no confunde la luz con el color. León Pacheco - La Hora - octubre 1935.

Hermético - 1942 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

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Palmeras - 1943 Óleo sobre cartón, Colección Carlos Francisco Echeverría

Cuesta Abajo - 1957 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

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Camino - 1959 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

Las Tortugas Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

Reinas de una Noche - 1971 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

Aproximadamente entre 1930 y 1945, Luisa González de Sáenz formó parte del grupo de paisajistas costarricenses de la casa de adobes. Sin embargo, incluso sus paisajes y sus casas de adobes son distintos de los que pintan sus compañeros de generación. Sin retornar a los colores y tonos complejos del realismo académico, sino utilizando colores simples, aprovechando el plano como instrumento expresivo, Luisa de Sáenz acude una atmósfera hermética, a una gama austera, compuesta de grises, verdes y ocres terrosos. Lejos de presentar sus temas exaltándolos en su perspectiva frontal, como lo hicieron Quirós y Pacheco,

Luisa de Sáenz los pinta desde ángulos difíciles, en perspectiva diagonal, lo que da la sensación de que la pintora se encuentra semioculta, observando el paisaje con curiosidad y asombro, no festejándolo. De hecho, la festiva luminosidad tropical, que celebra en los adobes de Quirós y Pacheco sus ritos cotidianos, está ausente en los óleos, siempre en pequeño formato, de Luisa de Sáenz. Los cielos a menudo están nublados, cuando no son francamente lóbregos. La soledad, o más bien esa forma agravada de soledad que es la ausencia, pasa a ser el tema de algunos de sus cuadros.

Hermético con Figuras - 1942 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby 30

Sendero - 1969 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

La Cabaña - 1945 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

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รกrboles de Altura- 1979 ร“leo sobre cartulina, Colecciรณn Sรกenz Shelby

El descubrimiento, hacia 1945, del paisaje y la vegetación de altura, da lugar al primer rasgo netamente surrealista que Luisa González de Sáenz introduce en su pintura: el animismo. La tierra casi yerma, y las plantas, y raíces retorcidas por el viento –“ese viento gris que atraviesa por los árboles…”- cobran literalmente vida bajo cielos lóbregos o atormentados, y traducen un ámbito mental desolado y un clima de desesperación. Una paleta de colores y combinaciones ácidas, y atmósferas opacas, se organiza en pinturas en las que nada se está quieto, y todo se mueve según una misma dinámica opresiva o desesperada. Las formas estallan, o son aplastadas bajo cielos encapotados y lóbregos.

Pescador - 1974 34

Plumilla y gouache sobre papel, Colección Sáenz Shelby

รกrboles de Altura- 1979 ร“leo sobre cartulina, Colecciรณn Sรกenz Shelby

árbol de la Panamericana- 1948 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

Pero si bien es cierto que Luisa de Sáenz fue la primera en profundizar plásticamente en el paisaje de altura, no lo hizo para exaltarlo, sino porque ese paisaje fue el que le permitió expresar su angustia, su desazón interior. Tal visión del paisaje llega a su clímax en 1948, con el “Árbol de la Panamericana”, en donde el realismo queda relegado por completo, subordinado a una visión animista y fantástica de la naturaleza como vehículo de expresión del sentimiento, de fuerza espiritual.

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รกrbol de la Panamericana- 1958 ร“leo sobre tela, Colecciรณn Sรกenz Shelby

Isla de Pรกjaros - 1975 Gouache sobre papel, Colecciรณn Sรกenz Shelby

Tormentas

Espirituales

árboles óleo - 1969 Óleo sobre tela, Colección privada

Preludio - 1968 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

Esa vocación espiritual es lo que nos da la clave para entender la obra completa de Luisa González de Sáenz. En efecto, alrededor de 1945 su pintura comienza a emanciparse del realismo, y entra cada vez más decididamente en el territorio de lo fantástico. Pero su fantasía no es caprichosa, sino que es una alusión constante, casi obsesiva, a fenómenos y fuerzas espirituales.

Dibujo - 1974 Plumilla Sobre Papel, Colección Carlos Francisco Echeverría

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Visiones - 1975 Plumilla sobre papel, Colecci贸n privada

Al principio le atrae, simple y llanamente, lo tenebroso. Utiliza árboles retorcidos como símbolo de la desesperación humana; se complace en las criaturas de la noche y en las premoniciones de la muerte. Luego comienzan a aparecer seres simbólicos (caballos, mujeres) que a menudo se enfrentan a los elementos desatados de la naturaleza. Hay un personaje que perdurará, multiplicado a veces,

Hacia la Luz - 1979 Plumilla sobre papel, Colección Francisco Amighetti

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hasta sus últimas obras: una mujer esbelta, espigada, de facciones indefinidas, vestida con una larga túnica blanca. Esta figura es claramente un símbolo del ánima, el alma humana que se enfrenta en las tormentas espirituales. Así, la pintura actúa para Luisa González de Sáenz como un conjuro, como un depósito de experiencias y premoniciones íntimas.

Ruth y Noemi - 1975 Gouache sobre papel, Colecci贸n privada

Es un diálogo constante con lo espantoso, con lo desolado, con lo amenazante, que la artista va desenvolviendo dentro del ámbito sereno de su hogar en San José. Y justamente ese carácter de biografía íntima, de catarsis y conjuro personal, es lo que da a su obra un sello de autenticidad incuestionable.

Páramo - 1975 Plumilla sobre papel, Colección Sáenz Shelby

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La Banca - 1975 Plumilla sobre papel, Colecci贸n S谩enz Shelby

Ocasionalmente, la pintora encuentre un refugio, una especie de oasis en el cual desaparece el asedio de la tormenta espiritual. Poco a poco, sin abandonar nunca el clima meditativo o reflexivo de sus cuadros, regresando a veces a visiones alucinatorias y fantásticas, Luisa González de Sáenz empieza a objetivar sus propias fantasías, o a burlarse a veces de ellas (Los títeres, 1962). Va aprendiendo, en otras palabras, a aplicar una mirada sonriente a lo terrible. Justamente ese cuadro: “Los títeres” de 1962, que no se hubiera ruborizado en rubricar Max Ernst, marca aparentemente un giro, un punto de cambio: lo grotesco, lo espantoso resulta, en última instancia, divertido. Esta especie de liberación, de dominio airoso sobre las propias obsesiones, permite a la artista desarrollar una gama mucho más amplia de sentimientos y de vivencias, siempre dentro de ese clima umbrío que le es característico.

Vieja y las Máscaras - 1975 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby 52

Los Títeres - 1962 Óleo sobre tela, Colección Carlos Francisco Echeverría

Oración - 1949 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

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Vitral de la Virgen - 1954 Colecci贸n S谩enz Shelby

En la aproximación interior al objeto arquitectónico se refleja también la misma predilección por las formas cerradas. El arco poderoso de la puerta mayor de una iglesia rural, dentro de cuya penumbra se refugia la artista (1949), da lugar a una de sus obras más elocuentes y nos introduce, de paso, a otra de las facetas importantes de su arte: el vitral, por el cual la artista desarrollará una afición tal que la llevará a convertirse en la primera y principal vitralista de su país. La ternura, y un sentimiento de secreta identificación de simpatía íntima, afloran en dos cuadros notables, que se encuentran entre lo último de la producción propiamente pictórica de la artista: las “Tortugas” y los “Búhos pichones”. Descubrimos en ellos la raíz psicológica de esa predilección manifiesta de la artista por las formas cerradas: solo en ellas, trátese del quieto recogimiento de los búhos pichones, de la lenta seguridad del paso protegido de las tortugas, o de la poderosa forma en arco de la puerta de la vieja iglesia, encuentra la artista un refugio espiritual de las tormentas, también espirituales, que la agobian.

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Búhos Pichones - 1961 Témpera sobre Papel, Colección Sáenz Shelby

Búhos Pichones - 1961 Óleo sobre tela, Colección Sáenz Shelby

En sus últimos años, la pintora dejó prácticamente de pintar al óleo, a favor de dibujos o gouaches de muy pequeña escala. En el dibujo a pluma o el gouache, la artista retoma en cierto modo su temática de la mujer -o el alma- enfrentada a poderosas fuerzas de la naturaleza o del espíritu (en algunos casos la figura de la mujer misma está ausente, pero los cuadros tienen un carácter tan marcadamente reflexivo e intimista que es imposible dejar de pensar en esa mujer que los ha hecho) dentro de un clima siempre atravesado por el viento o la lluvia, que ahora se concretan en compactos haces de líneas, lo que van constituyendo una trama de la cual brota directamente el dibujo. Es, a veces, como si el viento o la lluvia se organizaran para dar lugar a formas fugaces, a visiones fantasmagóricas en las que casi siempre está presente esa mujer joven enfrentada al cosmos.

Mujer de Lot - 1973 Gouache sobre papel, Colección Sáenz Shelby

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Mujer de Lot - 1972 Témpera sobre papel, Colección Sáenz Shelby

Mujeres Prudentes - 1963 Técnica Mixta, Colección Sáenz Shelby

Lo interesante, lo asombroso de estas y muchas otras obras similares de Luisa González de Sáenz, es que su carácter de proyección inmediata, no tamizada ni coartada, de las propias fantasías. El mundo fantástico que crea Luisa González de Sáenz no es, como el de Max Ernst o el de Ives Tanguy, o aun los de Leonora Carrington y Remedios Varo, pintoras con las que se la ha querido relacionar, producto del ingenio y de la intención de crear imágenes insólitas, sino que está poblado de fieles, detallados y rigurosos retratos de las obsesiones más íntimas.

Mujeres Dolientes - 1969 Gouache sobre papel, Colección Sáenz Shelby

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Virgenes Prudentes - 1961 Gouache sobre papel, Colecci贸n S谩enz Shelby

Virgenes Inprudentes - 1966 Gouache sobre papel, Colecci贸n S谩enz Shelby

La obra de madurez de Luisa de Sáenz se podría ubicar dentro del surrealismo, por su vuelo fantástico, su animismo onírico, su gusto por lo tenebroso e incluso, a veces, por lo grotesco. Stefan Baciu observó que la simbolización del alma humana, y el uso del paisaje como expresión de sentimientos y emociones, son rasgos más bien del romanticismo. Se puede incluso hallar claras afinidades entre la obra de Luisa de Sáenz y las de algunos prerrománticos como Blake y Caspar David Friedrich. Esto podría sugerir que la pintura de Luisa de Sáenz es un rebrote, un tanto anacrónico, del espíritu romántico. Pero contiene demasiados elementos contemporáneos como para afirmar que se trata de una obra anacrónica o tardía. Hurgando más a fondo, se llega a la conclusión de que la pintura de Luisa de Sáenz es una manifestación actual de una tendencia profunda y persistente en el arte occidental: el espíritu gótico. En el caso de Luisa de Sáenz, esta pervivencia del espíritu gótico es confirmada no solo por el análisis conjunto de su obra, sino incluso por su cultivo del vitral, arte que practicó con delectación y siguiendo, en pleno siglo XX, las mismas pautas técnicas y figurativas que usaron los vitralistas de la Edad Media. En efecto, oscilando entre lo tétrico y lo sublime, el arte de Luisa González de Sáenz nos lleva inevitablemente a revivir la experiencia del gótico. En su magistral explicación de goticismo, Wilhelm Worringer nos lo presenta como el arte de la desesperación espiritual, el arte de aquellos que, percibiendo a lo absoluto como algo inalcanzable, e incapaces de hallar la paz, como los clásicos, en la armonía del mundo, se entregan a un frenesí del espíritu, a una invocación sostenida de la fuerza espiritual, que se traduce plásticamente en formas tensas, vibrantes, que tienden a ascender, a desmaterializarse. La representación de objetos reales es por ello, para el artista gótico, secundaria o inútil. Ningún objeto real tiene valor si no es como símbolo, en el que puedan proyectarse las inquietudes del alma. Si Picasso, ese gran pintor realista, dijo “yo no busco, encuentro”, el pintor gótico puede decir exactamente lo contrario: “yo no encuentro, busco”.

Caballos de las Ruinas - 1969 Óleo sobre tela, Colección privada 68

P谩jaros de Otro Mundo - 1976 Gouache sobre papel, Colecci贸n privada

La Puerta Estrecha - 1969 Plumilla sobre papel, Colecci贸n privada

Siempre insatisfecho, el artista gótico tensa al máximo su sensibilidad para apuntar hacia algo que siempre se le escapa: el éxtasis, la paz absoluta. Esa dialéctica espiritual solo encuentra resolución en la experiencia religiosa. La religiosidad del gótico tiene, según Worringer, dos expresiones: el escolasticismo y el misticismo. El escolasticismo, absorbido en la entelequia de los argumentos teológicos, alcanza una embriaguez intelectual que equivale al éxtasis del místico. Este por su parte, abrasado por un amor universal, se convierte en entrega pura.

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“Yo no encuentro, busco” Y nadie representa mejor esos sentimientos, esa comunicación mágica con el mundo y sus criaturas, que San Francisco de Asís. De allí que el santo ocupe un lugar de importancia en la obra de Luisa González de Sáenz, dibujado en medio de lobos hambrientos, pintado o vitralizado en medio de pájaros grandes y agresivos. Luisa de Sáenz transforma la leyenda para adaptarla a su poética. Poco tiene en común su “San Francisco y los pájaros” con el Giotto, y los de tantos otros pintores, donde el santo alimenta plácidamente a las aves mientras conversa con ellas. En las obras de Luisa de Sáenz, San Francisco pasa a sustituir al símbolo de la mujeralma. Se enfrenta con placidez y generosidad, dueño de un poder espiritual inmenso, a las feroces criaturas que lo rodean en medio de una atmósfera tormentosa. El santo de Asís simboliza, así, la victoria del amor sobre las fuerzas tenebrosas y oscuras de la naturaleza: la claridad final, el reposo. La tormenta espiritual ha sido dominada.

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san francisco y los lobos - 1958 Plumilla sobre papel, Colecci贸n S谩enz Shelby

vitral de san francisco - 1953 Colecci贸n S谩enz Shelby

San Francisco y Los Pájaros - 1957 Óleo sobre tela, Colección de los Museos del Banco Central

La Puerta Cerrada - 1977 Gouache sobre papel, Colecci贸n S谩enz Shelby

En el Bosque - 1970 Gouache sobre papel, Colecci贸n privada

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Conversaci贸n en la Laguna - 1978 Gouache sobre papel, Colecci贸n S谩enz Shelby

Lo que sigue en adelante en la obra de Luisa de Sáenz es un juego, un diálogo apacible con lo oscuro, con lo misterioso. No otra cosa es su obra de los últimos años, concentrada en pequeños dibujos y pinturas al gouache, aparte de la esporádica realización de vitrales. Aquí, tanto los paisajes como los personajes y criaturas que los pueblan tienen ya un carácter eminentemente simbólico: pertenecen al territorio de la imaginación. El ámbito sigue siendo nocturno y tenebroso, las formas son retorcidas, las figuras de mujeres en largas túnicas siguen habitando paisajes fantásticos, “continentes del sueño”, como llama Salvador Elizondo a los de la pintura mexicana Sofía Bassi. Sin embargo, en la mayoría de estas obras de Luisa de Sáenz los elementos

Nocturno - 1967 Gouache sobre papel, Colección Sáenz Shelby

de la naturaleza están tranquilos, y las figuras de mujeres transitan o permanecen acompañándose apaciblemente. Hay claras alusiones a la muerte con destino, a la muerte como compañera inevitable de la vida. La muerte deja de ser una amenaza para convertirse en una realidad esperada. Se ha encontrado la paz en la plena aceptación de la experiencia humana. Hay claras alusiones a la muerte con destino, a la muerte como compañera inevitable de la vida. La muerte deja de ser una amenaza para convertirse en una realidad esperada. Se ha encontrado la paz en la plena aceptación de la experiencia humana.

Meditando en el Bosque - 1969 Óleo sobre tela, Colección privada

La Cueva - 1974 Gouache sobre papel, Colecci贸n S谩enz Shelby

A lo largo de todo este decurso artístico, la pintora mantiene una sólida y originalísima consistencia estilística y expresiva. Su pintura es inmaculadamente espontánea, y por ello profunda. En la historia de la pintura costarricense, la obra de Luisa González de Sáenz marca un contrapunto dramático con las de Quirós, Pacheco y los demás paisajistas. Un contrapunto semejante al que representó el Romanticismo para el Neoclásico, o el Barroco para el Renacimiento. Un contrapunto que refleja la escisión del hombre occidental entre el goce del mundo, del día, de los sentidos, y el apetito de trascendencia, de intemporalidad, de inmersión en la vida del espíritu, siempre acompañado de un inevitable “terror metafísico”. En términos estéticos, Luisa González de Sáenz inaugura en Costa Rica, por contraposición a una estética de lo bello, una estética de la fuerza espiritual.

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Pajaritos en la Lluvia, plumilla sobre papel.

Documentación Fotográfica: Javier Sáenz Shelby, Gerald Brown, Rodrigo Rubí, Mario Cardona Lang, Leonardo Carvajal Vargas.

Una Mirada Risueña a lo Terrible

Imprenta Masterlitho, 2010. San José, Costa Rica.


LUISA GONZALEZ DE SAENZ: UNA MIRADA RISUENA A LO TERRIBLE