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Ciudad y gobierno Rafael Cardona

Allí arriba del cabaret “Las Cavernas” vivía en un principio René Arteaga. En la calle de Cuba, en el viejo centro que caminaba incansable, no por deporte, sino porque en aquel tiempo de juventud no había dinero ni para el autobús.

Y uno se acostumbró a verlo y hacerle compañía, a evocar con él tiempos idos y a recordar aquella noche en que nos conocimos tirados ambos en el suelo del hospital inglés, cuando el oficio nos hacía esperar el momento de lanzar a la ciudad y al país la noticia de la muerte de Agustín Lara.

Y también se hizo costumbre el paso de las obras en su compañía, con el cubilete en una mano y el vino de la amistad en la otra.

Pero hoy, cómo olvidar el humor y la cultura. Cómo olvidar aquella cita a la salida de la carretera “para Argentina”, decía él, porque si uno se sigue por Insurgentes, “termina sin remedio en la Patagonia, carajo”.

Mas por encima de los recuerdos personales, hoy René Arteaga nos deja muy necesitados a quienes por vocación ejercemos este oficio. En sus manos las teclas bailaban algo como un tranquilo vals –“en la esquina de Carlos Gardel y Agustín Lara hay una pequeña cantinita de persianas chimuelas, donde uno podría detenerse para siempre”– o se convertían en agudos martinetes que perforaban el oído cuando escribía de injusticias y dramas latinoamericanos.

Y cómo olvidar aquella su casa llena de matorrales en la Unidad Modelo. Cómo escribir sin contar aquella historia del vecino suyo que le pegaba a la esposa por imaginarias infidelidades “y porque no lees los artículos del señor vecino”.

Y anduvo por la ciudad años enteros, y conocía los mejores figoncitos donde en veces uno lo encontraba masticando enormes aguacates y metiéndole el diente a sabrosos pollos que navegaban en caldo de jugosa manteca. Y sentado a la mesa sentenciaba barbaridades que siempre culminaba con la cita del imaginado autor: “Séneca”. Y de sus labios brotaba la carcajada y luego otro humorada magnífica, y otra más y otra. Hasta siempre.

Mas por encima de todo René Arteaga fue periodista “de los de antes”. De esos que a los cincuenta años le ganan la noticia y el estilo a “los comunicólogos de ahora”. Pero sabía que ese estilo de asumir la profesión, no sólo como un oficio, sino como una forma de ser y de vivir estaba a punto de acabarse.


“¿Sabes? Somos como el legendario mamut. Nos estamos extinguiendo”.

Y hoy la ciudad pierde a uno de sus personajes. A ese hombre que llamaba a la calle Venustiano Carranza , la pequeña Wall Street y afanoso caminaba a la Secretaria de Hacienda, al Banco de México, a desenredar la complicada madeja de la información financiera.

-¿Oye, René, y por qué baja o sube el valor una moneda?

Después de reflexionar unos segundos, Arteaga respondió:

“Por joder, hombre”.

Y hoy vamos a dejarlo para siempre. Adiós. Martes 24 de octubre de 1978. Página 25


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