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NĂşmero 1 Octubre de 2010


El lamento de la Lluvia

A otra Velocidad

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Fígaros de Antaño

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Lógicas de un Puente

Aquí

<< Para mirar hacia dónde no ve el mundo>>

0° adelante


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o ert d v n im o. Re a z cu le lad 茅re P o e ro n ro ll u t a t c ue o Ar e a l q l 贸 d a to a i r n e ab end ega cu z o u pr ll icr r M C m ba co rta po


LÓGICAS DE Se detuvo para regañarle. Su tono de voz exaltado reflejaba disgusto. Cesó su marcha de descenso para decirle que por allí no debía subir. El bigote negro obscuro, de su labio superior, quería despegarse. Unas gotas de su saliva salpicaron el rostro de aquella chica provista de sencillez, y parado frente a ella, quiso detenerle. Era prohibido, según él, subir por ese puente –o al menos por ese lado del puente- . Aquí, sobre la avenida Colombia existe un puente, o eso creía aquella chica. Son en realidad dos, uno paralelo al otro.

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UN PUENTE Bajando por el “Callejón de los Hombres” hacia el CAM, se encuentra el puente peatonal de doble vía. 30 escalones de cemento encofrados en una estructura de metal, lo separan del piso. Arriba una plataforma de cerca de 7 metros, atraviesa la calle. La joven prendía cruzar caminando por el carril de descenso. Sus zapatillas deportivas le permitían caminar con comodidad. Puso su mano sobre el barandal de color carmesí. Con ágil andar emprendió la escalada. Su mirada altiva e indiferente, le sirvieron para no fijarse en ese hombre de estatura media con quien habría de chocar. Él, como un loco, asumió una postura de resistencia frente a una mujer que quería hacer las cosas al revés. A nadie, quizá, le había importado tanto que ella fuera contra la corriente.

¡ehhh, muchacha vás en contravía! ¿Qué te creés? Gritó. Esa voz amenazante y enfadada la trajo de vuelta. Estaba impresionada, atónita. ¿Por qué, aquel extraño alzaba su voz con tanta severidad? ¿Qué motivaba su disgusto?. Ella respondió con cautela - Disculpe Señor, usted no tiene porque alzarme la voz. ¿Me deja decirle algo?-. Él, con una negativa rotunda frenó su deseo de hablar. Puso el pie sobre el escalón de abajo y hecho marcha. Ella, casi paralizada, permaneció unos segundo sobre el escalón en el que había quedado. Volvió su tronco hacia atrás. Vio como bajaba con desdén la figura de su “agresor”. Tenía la camisa azul clara, pantalón de tela blanca, y el cordón de su zapato derecho estaba desamarrado. Que satisfactorio le hubiera resultado a ella que el señor pisara el cordón desajustado y rodara escalera abajo. Por: Juan Carlos Ramos

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Comunicador Social, Univalle


Sin embargo, Mientras ella veía su espalda, él, que parecía saber que ella lo miraba, volvió su rostro atrás y remató diciendo: - ¿sabés? Hacé lo que te dé la gana. Al fin y al cabo ya se perdieron las normas de urbanidad- . Ella había imposibilitado el tránsito de ese sujeto y quizás para quien se mueve con afán, eso es algo imperdonable.

LÓGICAS DE UN PUENTE

¿Quién determina por donde se debe subir o bajar?. No existen flechas, ni señalización alguna. El sentido común y el seguimiento del otro que va delante, guían a la gente. ¿Acaso debía retornar abajo y tomar la otra vía peatonal o seguir contra la dinámica del flujo urbano?

Entretanto esperaba qué hacer. Hasta que unos escalones arriba, la voz esperanzadora de un joven le dijo: – tranquila. Suba mamita que ese tipo es un loco–.

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Este año la 16ª Feria del libro Pacífico, que se llevará a cabo entre el 15 y 25 de octubre, tiene como país invitado de honor la República de Argentina, y Carolina Sborvsky y Federico Falco, se encuentran entre los escritores que representarán la literatura del país gaucho.


FÍGAROS DE ANTAÑO

la frecuencia modulada local, mientras las puntas filosas de una tijera, chocan la una contra la otra, arremetiendo contra la blanca cabellera de un cliente, “aquí sólo vienen viejos, ¿sabe cómo nos llaman?, la peluquería de las palomas caídas, los peluqueros viejos y los clientes también, ja ja ja” dice uno de sus anfitriones.

Por: Dahian González y Juan Carlos Ramos

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un paso de la esquina de la calle 15 con carrera 9, un local sin nombre da bienvenida. La puerta metálica se enrolla sobre el marco superior del portón y en un trozo de la casi inexistente pared frontal, se exhiben unas franjas blancas y rojas que se dibujan sobre una tabletica de madera, la señal indudable de que allí se presta un servicio particular: “todo el que vea esa tablita, sabe que es una barbería”. En su interior, un saludo cordial ameniza el encuentro con un nuevo cliente, quien procede a sentarse en una de las centenarias sillas que equiparadas con palancas y engranes especiales son, según los anfitriones, las únicas, que con su respaldar reclinable, permiten a la vez afeitar, “esas ya no las hacen así, las nuevas no traen para afeitar”. Al fondo, una radio encendida transmite melodías románticas y mensajes comerciales de

El lugar parece estar detenido en el tiempo, junto a sus dueños y sus resultados. La cantidad de usuarios es precaria: sin clientes, sin retribuciones salariales dignas y casi cruzando la esquina de la vida, parece morir la ilusión de continuar con el oficio familiar y del que se ha dependido casi toda una existencia; una rutina interminable y sin ninguna gratificación, una rutina que les enseñó a vivir y que los verá morir. Unos barberos de antaño, son Don Rafael Sánchez y don Luis Enrique, peluqueros del viejo Cali, y del Cali nuevo, de una ciudad que los relega a un pequeño espacio del centro, allí donde a diario ven rodar frente a su negocio la modernidad en figura del MIO y donde son testigos, a través de la radio, de una música y de unas

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voces que se transforman. Sepultado en la historia quedó aquel tiempo en que el parque de Santa Rosa era un parque grande, frente al cual se ubicaba la barbería del padre de don Rafael, a quien le heredó el oficio pero no el mal genio: “mi padre era un hombre muy bravo… no se le podía llevar la contraria y bien travieso que si era yo. Cuando era muchacho, por el año 42, y estudiaba en el colegio americano, me volaba mucho a torear, por eso escogí la peluquería: porque aquí también se pueden cortar orejas (ja ja ja). Entonces mi papá dijo que no me gastaba más estudio y que aprendiera la peluquería”. Bastante batalla dio el mozo para aprender a no mochar orejas y lograr que los clientes salieran satisfechos del local. Por aquellos días nadie deseaba entregar el cuidado de su cabello a un joven inexperto de catorce años, así que aprovechaba a sus contemporáneos que se acercaban en busca de una rebaja sustancial, “la peluqueada costaba 25 centavos y llegaban los niños pidiendo que si los podían peluquear

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por 15 o por 10 centavos, entonces los trabajadores de mi padre les decían que fueran dónde el jovencito de allá de la esquina, que él los atendía”. En un rincón del local, Don Rafael empezó su carrera como peluquero aunque el inicio de ésta le valiera, en varias ocasiones, tener que huir del establecimiento o esconderse hasta nuevo aviso “… al otro día llegaban los papás: qué quién les había hecho eso a sus hijos, y yo salía a perderme, entonces los obreros de mi papá respondían que un muchacho que se hacía en ese lado, pero que no había vuelto, ¿ha?”. Por otra parte, Don Luis Enrique no se expresa con tanta jocosidad como lo hace su compañero, y al preguntarle cómo se siente con su trabajo, explicita su actual estado de inconformidad con su vida y con su presencia en ese lugar, con más de 35 años en el arte de fabricar estilos de peinar, ya se escucha su cansancio: “Esto es muy aburridor estar sentado aquí”. Despertar cada mañana y dirigirse hasta el mismo lugar, llegar, abrir a eso de las siete y cerrar a las cinco de la tarde, es una fatídica rutina que lleva a don Luis Enrique a añorar momentos más amables de su existencia, ¿Quién habría pensado que la vida da tantas vueltas y que de tener todo puedes llegar a la inopia? “Yo me gradué como estilista de damas; hace 35 años trabajo la estética femenina y he trabajado en las peluquerías más altas de Cali, pero me encañingué en esta peluquería baja”. Trabajar en esta zona de la ciudad no es fácil, pues se encuentra cerca del foco de indigencia y delincuencia más grande de la urbe: el sector del calvario, y aunque la cara le ha cambiado un poco gracias a la mano interventora de obras de movilidad y renovación urbanística como el sistema de transporte masivo, las cosas continúan igual o quizás

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peor, “.. uy, antes se podía trabajar en la noche, la gente llegaba hasta las siente o hasta las ocho, pero, ahora toca cerrar a las 6 a más tardar, porque de ahí para allá trabajan los ladrones. Ese poco de locos y chupapegantes son los que no dejan trabajar” dice don Luis mientras se mueve un poco en la silla en la que reposa, y continua “a mí me han robado maquinas y cepillos. Toca tener todo guardado en esos cajones” señala un tocador de metal en que casi encaletados guarda sus pertenencias más preciadas: un juego de cuatro cepillos redondos, unas tijeras, un cepillo eléctrico y un secador, herramientas que le permitieron en el pasado adornar las cabezas de las damas más importes de la aristocracia caleña. Dice conservar las cosas como nuevas, hace alarde de su profesionalismo y asegura que mientras a él un juego de cepillos le dura años enteros, un estilista moderno vive cambiando a menudo de herramientas, debido a la poca precaución y el descuido.

“Aquí se le hace de todo, hasta atendemos mujeres, la otra vez venían mujeres. Él es el especialista en ellas, yo si no, yo mejor atiendo a los caballeros” dice don Luís, a lo que don Enrique replica “con esto tan feo las mujeres ni vienen, toca atender al que venga, aunque hay clientes a los que sólo les gusta que los atienda éste”. Así como don Enrique preferiría atender sólo a las damas también le resultaría más cómodo tratar con jóvenes porque según él “con los jóvenes se trabaja más fácil, con los viejos es más difícil, los viejos son muy requeñecudos, yo creo que deben aburrir hasta en la casa, y vienen acá a joder también”. Un viejo que proclama la juventud de su alma y se disputa con sus clientes y con su compañero, la música que se debe sintonizar en la radio, si “moderna” o boleros o bambucos de viejitos como dice el señor Luis. Cuando la radio se enciende, se pone a prueba la tolerancia y el caballeroso respeto al gusto del otro. Don Rafael tararea mientras trabaja la canción que hiciera tan famosa a Lola flores, aquella que dice: “¿Qué tiene la zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones, ella que siempre reía y presumía de que partía los corazones?”. Sin embargo el disgusto de don Luis no se hace esperar cuando se prolonga el tiempo de escucha de Rafael o bien cuando un cliente le pide que cambie su música por una que le guste al usuario, “a los viejos no les gusta la música moderna, entonces hay que ponerles sus antigüedades, a mi no me gusta”, dice don Luis. De igual forma don Rafael siente impaciencia al escuchar tanta música “baja” con él la denomina. En una de sus acostumbrados alegatos, se escucha lo siguiente:

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A lo que don Rafael responde con gesto desacreditador — Eso es música barata— — ¡No, buena!— exaltado responde Luis enrique. —Porqué me lleva la contraria si yo soy veinte años mayor que usted, ¿ahhh?— y con una sonrisa don Rafael termina la discusión.

—A mí me gusta la música “moderna”, nada de tangos ni bambucos, eso es para viejitos— afirma don Luis Enrique

La única forma en que el sonido de la radio no irrumpe en la cotidianidad de estos personajes es cuando ambos despiertan aburridos, en ese caso la desazón y la triste son los únicos acompañantes del lugar. Sólo el sonido de la calle se cuela por la puerta abierta de par en par, pitidos, carros acelerando, y la muchedumbre urbana, un espacio que pretende dejar de ser la mancha obscura del centro de la cuidad para convertirse en un LUGAR, un espacio de identidad y de orgullo de los caleños. Ahora la agonía de la vejez parece llegarles a estos viejos señores de corazón joven, quienes tendrán que desalojar su local para dar paso al desarrollo urbanístico de la zona, un desarrollo que parece discriminarlos y marginarlos aún más de lo que parecen estar.

—ahh no, a mí sí me gusta los tangos, esos de yo me mato, las rancheras, pero no esa música popular, por ejemplo la otra vez un ese Giovanni Ayala, estaba cantando “de rodillas te pido, te ruego….” Y en medio de la canción lanza un Madrazo… Nooo — responde don Rafa. Don Luis continúa con la conversación y revela el nombre de las radio estaciones que le gusta oír —yo escucho Radio Uno ,Oxígeno, Amor Estéreo, música moderna, popular. Ahh y los domingos escucho las noticias de Radio Calidad—.

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El éxodo o la condena al olvido, parecen ser las opciones que contemplan don Rafael Sánchez y don Luis Enrique, el dúo de viejos barberos del centro de Cali. El proyecto “ciudad paraíso” abanderado por la Empresa Municipal de Renovación Urbana, EMRU, pretende cambiar radicalmente las manzanas localizadas entre la carrera 10 y la carrera 12 y entre calle 12 y 13, para el desarrollo de un complejo habitacional, comercial e institucional. El proyecto incluye el desalojo de habitantes y comerciantes de la zona y la demolición de las edificacio-

nes, para dar paso a un proceso de transformación urbanística que procura volver el centro de la cuidad, un lugar para todos Finalmente, concluimos que la radio es para estos hombres un punto de encuentro y desencuentro, el encenderla representa un momento de goce y de enojo, y no encenderla rebela el estado de ánimo de quien habita el lugar. Compañera y amiga, manzana de la discordia y entelerida detonante de disgustos, la radio y su música son los acompañantes de nuestros viejos amigos.

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TO N E M A EL L * A I V U L DE LA L Cinco y treinta minutos de la tarde, en el centro de la ciudad.

La calle 15 muere en este giro hacia el norte y nace la Avenida de la Américas. Con ella el corredor troncal del mismo nombre, fluye hasta su encuentro con la troncal de la Avenida Tercera Norte, allá, después del Terminal. De troncales y Pretroncales les toca hablar ahora a los caleños cuando se movilizan en esta urbe: 49 Km del primero y 78Km del segundo y más 116 Km de corredores complementarios, conforman la infraestructura vial del Masivo Integrado de Occidente. Hoy no palidecen estas calles como suelen hacerlo en un día de intensos 35°C. Hoy llueve y el agua ha oscurecido las losas de concreto. Frente a la arborizada ribera del rio Cali, se levanta una de las 77 estaciones de los corredores troncales del sistema de transporte masivo. Resguardados bajo el techo de esta edificación, un grupo de personas agradece no estar bajo el aguacero que envuelve a Santiago de Cali. Hace un poco de frío. La brisa helada se cuela por una gruesa lámina de metal agujerado en la estación “Torre de Cali”. El viento estremece el vidrio de las puertas corredizas. Una línea amarilla, desvanecida, demarca el área de seguridad: la gente se amontona tras ella. Sólo los suicidas, los juguetones, los irresponsables, los desesperados, la traspasan. Ahora, el otro es necesario, el calor que emana de su cuerpo alivia el malestar del frio.

* pOR: Juan carlos ramos ortiz

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Calzada con unos mocasines, una anciana camina hacia la multitud. Ávida de calor, la tela que cubre sus piernas resulta insuficiente. Su cuerpo, desprovisto de vitalidad pende de un brazo con figura de gancho. Una mujer, mucho menor que ella, la acompaña. Su parecido físico delata un parentesco cercano. Se acercan a la multitud. No piden pasar adelante. Con humildad aguardan atrás. Su espalda encorvada dibuja sobre el lomo una protuberancia. Dice: “Que loco se ha puesto el clima ¿cierto?”. Días atrás se reportaban temperaturas hasta de 39°C y ahora ha descendido tanto, que hace doler los huesos. Ave maría, me duelen hasta las rodillas con el este frio tan verriondo. Parece que ha tomado fuerza eso del desorden climático a raíz del calentamiento global. Sin embargo, existen a quienes no les importa si llueve o calienta el sol. Afuera, del otro lado de la calle, un vagabundo, de esos 3060 que habitan en las calles de la ciudad, arrastra sus

pies sobre el andén que bordea el río. Mira el suelo. Su cabeza zigzaguea. No huye, no sale despavorido como todos los que temen mojar sus ropas. Un mechón de pelo se pega a su frente y su mano derecha no sale de su pantalón. Su barba está mojada. Escurre agua por el ángulo de su mentón, nada parece importarle, ni siquiera que hay alguien del otro lado de calle que está salvaguardándose del tiempo. Si de algo dan parte los usuarios del MIO, es de la sensación de bienestar que se vive dentro del sistema. O, al menos, así lo determina el estudio de satisfacción realizado por la firma JPG, el cual indica que el 99% de los encuestados confían en la seguridad de las estaciones. Aquí se está en medio de la calle, pero, protegido: más que de la amenazante figura de los extraños, de las azotadoras inclemencias del clima. Si bien la lluvia paraliza la ciudad, y representa una “desgracia”

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generalizada, también al sol y su “picante” queremos huirle. Esperar bajo capas de metal y plástico resulta más cómodo que resfriarse con la lluvia tropical. Todo lo que está esta por fuera, se moja, se empapa. El agua limpia los vidrios panorámicos de los 45 pisos del rascacielos que da nombre a esta parada. Un pene de cemento –el de la estatua de un hombre desnudo, pintado de verde, que trata de levantar una bandera– parece orinar sobre la vía. Las escobillas de los parabrisas, de los automóviles de una venta de segunda, no se mueven. Los árboles se agitan. El agua baja por las escorrentías. Y en la esquina, cuando da el giro, se ve al fin el bus articulado. La pantalla frontal de puntitos amarillos, se puede leer a medida que avanza hacia acá. Reduce su velocidad. Arrima la carrocería a la plataforma de abordaje. Rebota contra una tira de caucho amarillo, que remangada forma pliegues. Un pitido, un resople y se abren las naves de las puertas. Tres puertas equidistantes se estiran y se recogen para dar la bienvenida. Frotando sutilmente sus cuerpos, se lanza la multitud dentro del vehículo. Alguien más acompaña ahora a la doñita, un patrullero de policía que hace guardia en el lugar, entra y pide en voz alta una silla para la anciana enclenque. De un lugar cerca a la ventana, un muchacho le cede el puesto. De nuevo el pitido, el fuerte resoplido y la puerta se recoge. La T31 con dirección al norte, ha desembarcado. El lugar no ha quedado sólo. La gente sigue aproximándose, buscando hacerle el quite al agua. Gigantescos y pequeños paraguas, se sacuden y se cierran al entrar en la estación. Las manos y los rostros se secan con el trozo de tela que aun no ha alcanzado la lluvia. Las maquinas registradoras trazan el camino con una flecha verde, cada vez que alguien

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desliza su tarjeta inteligente por el sensor. Una mujer de cabello negro emparamado, ojos pequeños y lentes empañados, se acerca hasta el celador y pregunta qué ruta puede tomar hacia el sur. Hoy es lunes, y de nuevo vuelve a funcionar las rutas expresas, esas que no paran en cada estación y te llevan más rápido. Él le dijo que debía ir hasta el segundo vagón y esperar la E31, la E21 o la T31. La mujer entró, caminó con calma por el primer vagón y corrió en el intermedio entre vagón y vagón, allí no hay techo, no hay resguardo para los aguaceros como este.

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En el segundo vagón también hace frío. Apoyado sobre una baranda tubular, un adolecente, se lamenta de la vestimenta que eligió para salir. Una bermuda floreada que llega hasta sus rodillas, no le protegen de la baja temperatura, a la que estos seres de tierra caliente, no están acostumbrados. Un joven, guarda sus dedos en los bolsillos delanteros de su chaqueta, y otro, frota las palmas de sus manos y las lleva hacia su boca antes de lanzar sobre ellas una exhalación de tibio aliento. Detrás de esta ventana sin marco, contemplan a la gente de afuera empaparse bajo la lluvia, buscando refugio en los inexistentes andenes. De nuevo, una ventisca azulada agita las puertas de la estación, su destino: el sur. Pronto, un cúmulo de luces de neón que bordean el cielorraso de la estación, se encienden todas a la vez. La noche ha comenzado y con ella el frío y la humedad se atenúan.

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OTRA DAD* I VELOC

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Se escucha el crujir de una pieza de velcro despegándose. Una joven abre su billetera para buscar entre un montón de credenciales, la tarjeta inteligente del Sistema de Transporte Masivo de esta ciudad. Es domingo en la mañana en Santiago de Cali, y con displicencia la urbe comienza a moverse. Ella tarda, quizás como muchas veces, en hallar entre el desorden de sus papeles, lo que andaba buscando. Ya se veía un poco apurada antes de cruzar la calle. Sin haberse puesto en verde el semáforo peatonal, se lanzó sobre la cebra. Con los ojos aun perezosos ve, mientras escala la rampa de adoquines de concreto que unen a la calle con la plataforma de la estación Meléndez del MIO, a dos patrulleros de la policía que aparentan resguardar la seguridad del lugar, aunque sus cuerpos posen recostados sobre el barandal, quizás, con el mismo sueño con que la mayoría camina un domingo a las siete menos diez de la mañana.

* Microcuento de Juan carlos ramos ortiz


Número 1 Sin Precio Sugerido Universidad del Valle Escuela de Comunicación Social Asignatura: Diseño y Diagramación Primer Ejercicio Parcial: “Diseño y Maquetación de Revista” Por: Juan Carlos Ramos Ortiz Santiago de Cali, Colombia Octubre de 2010

Revista 0° Adelante  

Ejercicio de Diseño y Maquetación de la asignatura Diseño y Diagramación del pregrado en Comunicación Social de la Universidad del Valle de...

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