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La reina rana y el príncipe

agosto 27

2013

AUTORES:JUAN STEBAN UCHUBO VANEGAS Y ERIKA TATIANA YUSTI CARDONA

[Escriba el subtítulo del documento]


La reina rana y el príncipe

E

n aquellos tiempos pasados en los que el desear todavía servía para algo, vivía un rey cuyos hijos eran todos muy hermosos. Él más pequeño, sin embargo, era tan extraordinariamente bello que el mismo sol, aun habiendo visto ya tantas cosas, se maravillaba cada vez que le daba la cara. Cerca del palacio del rey se alzaba un gran bosque oscuro, y en el bosque, bajo un viejo puente, había un pozo. Cuando en el día hacía mucho calor, el hijo menor del rey iba al bosque y se sentaba en el lado del pozo para gozar de su frescura. Cuando se aburrió, cogía una bola de oro, la lanzo hacia lo alto y la volvía a coger en el aire. Este era su juguete favorito. Un día aconteció que la bola de oro no cayó en la mano que el hijo del rey mantenía en alto, sino que pasó por su lado y, cayendo en la tierra, se fue rodando hasta el agua. El hijo del rey la siguió con la mirada, pero la bola desapareció en el pozo. Y era este pozo tan profundo, que no se veía el fondo. Entonces el príncipe se puso a llorar. Lloraba cada vez con más fuerza y parecía no tener consuelo. Y mientras se lamentaba de esa manera, alguien la llamó: -¿Qué te pasa, hijo del rey? Grita de tal manera que hasta una piedra sentiría lástima. Ella se volvió en la dirección de donde procedía la voz y vio a una rana que sacaba del agua se cuerpo gordo y feo: -Ah, eres tú, vieja chapoteadora -dijo el-. Lloro por mi bola de oro, que se me ha caído al agua. -Tranquilízate y no llores -contestó la rana-. Yo podría ayudarte, pero ¿qué me darás si te traigo nuevamente tu juguete? -¿Qué quieres tener, querida rana? -dijo el-. ¿Mis trajes, mis perlas, mis piedras preciosas, incluso la corona de oro que llevo puesta? La rana respondió: -No me interesan tus trajes, ni tus perlas, ni tus piedras preciosas, ni tu corona de oro. Pero si me prometes tratarme con


cariño, dejarme ser tu amiga y compañera de juegos y sentarme a tu mesita contigo, comer en tu platito de oro, beber en tu vasito y dormir en tu camita, si me prometes todo eso, bajaré al pozo y te traeré de vuelta la bola de oro. -Oh, sí -dijo el-. Te prometo todo lo que quieras si me traes de nuevo mi bola. Sin embargo, el muchacho pensaba: "¡Está hablando de más está rana simplona! Él está en el agua con sus semejantes y no puede ser compañero de juegos de ningún ser humano". La rana, en cuanto recibió la respuesta afirmativa, sumergió su cabeza y se hundió. Después de un rato volvió nadando hasta la superficie llevando la bola en la boca, y la tiró sobre la hierba. El hijo del rey saltó de alegría cuando divisó de nuevo su precioso juguete, luego lo recogió y salió corriendo de allí. -Espera, espera -le gritó la rana-. Llévame contigo, no puedo correr como tú. ¿De qué podía servirle ir gritando todo lo fuerte que podía su croac detrás de él? El príncipe no se detuvo. Llegó enseguida a su casa y olvidó al pobre sapo, que tuvo que volver a su pozo. Al día siguiente, en el momento en que la príncipe con el rey y todos los cortesanos se había sentado a la mesa y comía en su platito de oro, algo subió arrastrándose, chap, chap, chap, por la escalera de mármol. Cuando llegó arriba, llamó a la puerta y gritó: -Hijo del rey, el más pequeño, ábreme. Ella corrió y quiso ver quien estaba afuera. Cuando abrió se encontró con la rana sentada. Entonces cerró de golpe la puerta, se sentó nuevamente a la mesa y ahí se quedó muerto de miedo. El rey se dio cuenta de que el corazón de él niño palpitaba violentamente, y le dijo: -¿De quién tienes miedo, hijo mío? ¿Hay acaso algún gigante en la puerta que quiera llevarte consigo? -Oh no -respondió el-, no es un gigante, sino una rana repugnante. -¿Y qué quiere la rana de ti? -Ay, papá querido, cuando ayer estaba en el bosque sentado, jugando al lado del pozo, se me cayó mi bola de oro al agua. Y tanto lloraba que la rana me prometió traérmela de nuevo si yo le


permitía ser mi compañera. Yo acepté, pero no pensé en que volviera a salir del agua. Ahora está aquí en el palacio y quiere venir conmigo. En este momento llamó por segunda vez la rana, y gritó: -Hijo del rey, el más pequeño, ábreme. ¿No te acuerdas de lo que me prometiste ayer, junto a la fresca agua del pozo? Hijo del rey, el más pequeño, ábreme. Entonces dijo el rey: -Lo que has prometido, tienes que cumplirlo. Ve y déjalo entrar. Fue el niño y abrió la puerta. La rana entró saltando y la siguió hasta su silla. Allí se paró y gritó: -Súbeme hasta ti. El titubeó, hasta que el rey le ordenó hacerlo. Cuando la rana estuvo en la silla, quiso subirse a la mesa y, cuando estuvo sentada en él, dijo: -Ahora acércame tu platito de oro para que comamos juntos. El príncipe lo hizo, desde luego, pero se podía ver que no lo hacía con gusto... La rana comió con apetito, pero el no pudo probar bocado. Finalmente, dijo la rana: -Ya me he saciado y estoy fatigado, llévame a tu cuartito y prepárame tu camita de seda, que nos vamos a acostar. El hijo del rey comenzó a llorar y tuvo miedo de la fría rana, al que no se atrevía a tocar y que ahora debería dormir con él en su hermosa camita limpia. El rey, sin embargo, se puso furioso y dijo: -No desprecies jamás al que te ha ayudado cuando lo necesitabas. Entonces él la agarró con dos dedos, lo subió y lo puso en una esquina de la habitación, pero cuando él se encontraba ya en la cama, llegó la rana arrastrándose y dijo: -Estoy cansada, quiero dormir tan bien como tú. Súbeme o se lo digo a tu padre. El príncipe se puso entonces furiosísimo, la tomó y la arrojó con todas sus fuerzas contra la pared. -Ahora ya te quedarás tranquila, rana asquerosa. Pero cuando la rana cayó al suelo ya no era una rana, sino la hermosa hija de un rey, con bellos y amables ojos. El sería ahora, pues, su amada compañera y esposa, según el deseo de su padre.


Le contó al príncipe que había sido hechizada por una bruja perversa, que nadie más que el habría podido liberarlo del pozo, y que a la mañana siguiente se irían juntos a su reino. Se durmieron luego y a la mañana siguiente, cuando los despertó el sol, llegó un carruaje tirado por ocho caballos blancos que llevaban plumas blancas de avestruz en la cabeza y cadenas doradas. Y detrás del carruaje iba el fiel Enrique, que era el servidor de la joven reina. El fiel Enrique había sentido pena cuando su señora fue transformada en rana, que se había colocado tres cadenas de hierro alrededor del corazón para que éste no le saltara de dolor y tristeza. El carruaje tenía que llevarlos al reino de la princesa, así es que el fiel Enrique le ayudó a montar y se colocó detrás. Iba loca de alegría por el fin del hechizo. Cuando llevaban un rato viajando, el hijo del rey oyó detrás de él un ruido como si algo se hubiera roto. Se volvió y gritó: -Enrique, el coche se parte. -No, señora, el coche no. Es una de las cadenas de mi corazón, que estaba dolorido cuando vos estabais en el pozo, cuando erais una rana. Una y otra vez se oyó estallar algo en el camino. La hija del rey pensaba siempre que se partía el coche, pero no eran más que las cadenas que saltaban del corazón del fiel Enrique, porque su señora estaba liberada y era feliz.

EL FIN


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