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NENQUÉN, LUGAR COMÚN


NENQUÉN, LUGAR COMÚN Colectivo Al muro y comunidad de Nenquén. Residencia de Arte Colaborativo Programa Red Cultura Subsecretaría de las Culturas y las Artes Nenquén, Palmilla. Región del Libertador General Bernardo O’Higgins, 2018-2019.

ISBN: 978-956-9340-16-1 Propiedad Intelectual: 301548 ©De los textos: sus autores ©De las imágenes: sus autores ©ADREDE EDITORA, 2019.

Eduardo Castillo Velasco 895, piso 3. Ñuñoa, Santiago de Chile. www.adrededitora.cl - info@adrededitora.cl Impreso en Chile por: Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.


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“El seno, el viento, el estero, el árbol, los patos, los potrillos, la yegua, los gritos, la música, el baile, los matorrales, una geografía completa para llenarla de vida propia e imaginación sin límites. Para aprender a sentir la sangre, el poder, la energía del instinto profundo. Juegos para poder domesticar cerros, potrillos, chacras, sandiales. Juegos de poder productivo, identidad que se desarrolla, solidaria, en camaradería, alegre, asociando la humanidad creadora.” Ser niño “huacho”en la historia de Chile (siglo XIX), Gabriel Salazar, 2006.


Dibujo: RenĂŠ Sobarzo.


Introducción Durante tres meses residimos en la localidad de Nenquén, un pequeño territorio de no más de 200 habitantes ubicado en la región de O’Higgins, específicamente en la comuna de Palmilla, con una historia fuertemente ligada a la agricultura. Fuimos designados como colectivo a esta localidad en el marco del programa Red Cultura del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, mediante su dispositivo Residencias de Arte Colaborativo, el que tiene por objetivo insertar a artistas y colectivos artísticos en diferentes localidades geográficamente aisladas y/o de realidades sociales complejas a lo largo del país, con el fin de desarrollar experiencias de arte colaborativo en conjunto con las comunidades. Conceptos como: construcción de conocimiento colectivo, inclusión de saberes, memoria e identidad cultural, comunidad e intercambio horizontal, redes de trabajo y creación colectiva, fueron parte del proceso de trabajo realizado durante tres meses en Nenquén: un ejercicio que busca poner en valor la identidad cultural local, generar reflexión crítica en torno al cotidiano, la memoria y organización social. Como colectivo nos propusimos adentrarnos en las dinámicas sociales del territorio, propiciar espacios de

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confianza y respeto para integrarnos a la comunidad de Nenquén con el fin de formar parte del paisaje social y cultural, al tiempo que descubríamos las riquezas del paisaje natural de la zona. Nuestro objetivo fue aprender, por medio de la investigación activa, sobre la historia, la memoria y las dinámica sociales del lugar, y desde ahí convocar a los vecinos y vecinas a trabajar de manera colaborativa en proyectos de arte. En el transcurso de este proceso variadas fueron las interrogantes, también las veces que replanteamos nuestro quehacer, cambiando de rumbo según evolucionaba nuestra relación con los vecinos. Es en este intercambio de experiencias que nacen diferentes intervenciones urbanas desarrolladas en la localidad: murales comunitarios e intervenciones lumínicas donde se destacan espacios de relevancia para la comunidad. Finalmente, desarrollamos la idea de este libro, donde imagen y texto dialogan con el objetivo de reconstruir memoria, narrar una historia y dar cuenta de nuestro proceso en Nenquén, buscando reflexionar con honestidad en torno al sentido del individuo en relación con su comunidad, su territorio y su identidad cultural.


Casa de adobe. Familia Mejía Espinoza / Foto Isabel Verdugo

“ Yo me acuerdo, porque cuando tenía unos 11 años, ya me podía mover de una casa a otra, nos mandaban a dejar... cuando estaban cociendo las prietas -ya anda a dejarle a fulanita-, -ya anda a dejarle este pedacito de sopaipilla, un pedacito de arrollado, un pedacito de queso de cabeza-. Después le tocaba a la otra vecina del otro lado, ella le mandaba a mi mamá...” (Juana Caroca Olea)


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Casas de adobe Juan de Dios Cañete.

Esta localidad, ubicada a 6,2 kilómetros al norte de Santa Cruz, era parte del “fundo Nenquén”, perteneciente a la familia Errázuriz de la cual toma su nombre. Nenquén se caracterizaba por sus casas, construcciones de adobe de gran embergadura, blancas, con marcos celestes y techos de tejas. Construidas alrededor del 1900 con la intención de albergar a los trabajadores del fundo y sus familias, pocas quedan en pie luego del terremoto del 2010. Estas viviendas dieron origen a una relación de intercambio y dependencia entre el patrón del fundo y el obligado (como era comunmente denominado el trabajador), es decir, trabajo por vivienda. Relación propia del sistema de la hacienda colonial, sistema que puso los fundamentos de las relaciones económicas y culturales en la sociedad campesina chilena por casi tres siglos. Se caracterizó por su orden jerárquico donde en la cima se encontraba el patrón seguido por capataces, inquilinos y peones. Estas casas de característico color blanco, con grandes corredores, espacios amplios, techos altos y con paredes gruesas, son recordadas por la comunidad con añoranza y nostalgia, en palabras de la señora Juana Caroca Olea, presidenta de la Junta del Adulto Mayor: “A mi me gustaba

mucho como era antes, por el hecho de que usted veía antigüedades, veía campo y veía casasantiguas de adobe, los corredores grandes, con parrones afuera...”. Estas viviendas, construidas una al lado de la otra, terminaron por generar vínculos entre los trabajadores y sus familias, conformando una comunidad de vecinos y vecinas unidas por el trabajo en el fundo.


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El Inquilinaje

El inquilino era la fuerza de trabajo del campo chileno, fundamental para el sistema de la hacienda. Este personaje vivía y trabajaba en la hacienda fortaleciendo un sistema de dependencia en relación al “arriendo” de tierras. El inquilino desarrollaba distintas actividades propias del campo, recibiendo diferentes nombres tales como: obligado, zota, peón, etc. Este tipo de relación de dependencia no cambió hasta entrado el siglo XX, siendo la reforma agraria un intento por introducir cambios a las relaciones laborales, económicas y sociales del campo chileno. Intento dado a través de un cambio en el régimen de propiedad (expropiación de tierras) que terminará “eliminando” el gran latifundio y los vestigios del inquilinaje con sus respectivas relaciones sociales y comercial de dependencia. En Nenquén, aún quedan algunos vecinos que recuerdan esta parte de la historia: fueron ellos quienes nos contaron sus experiencias y vivencias desarrollando diferentes labores en el fundo Nenquén. En palabras de Juan Ramón Sánchez, vecino de Nenquén, quien fuera nieto e hijo de inquilinos del fundo en la década del 60.

“Mi abuelo pagaba obligaciones y mi papá era allegado, cuando mi abuelo se pensionó después, pasó a ser mi papá el que pagaba las ‘obligaciones’, así se le llamaba en esos años, yo estaba cabro nuevo”.

“El horario era de sol a sol. En el tiempo de cosechas se trabajaba con saco, había que ponerle el hombro al saco no más. Ahora las máquinas lo hacen todo”.

“A veces a las diez de la noche nos tocaba trabajar, después de la jornada de día, les tocaba ir con las cosechas a un silo que quedaba en el fundo La Puerta, mi abuelo contaba que cuando daban a enyugar a los bueyes a penas se veía”.


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Romualdo Mejía / Foto Colectivo Al Muro

Juan Cañete / Foto Colectivo Al Muro


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“En el asentamiento éramos todos dueños iguales y el patrón no tenía na’ que hacer ya ...” (José Arsenio Verdejo Lizama)

José Arsenio Verdejo (Don Cheno) / Foto Colectivo Al Muro


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Reforma agraria Dibujo: René Sobarzo

Por mucho tiempo en Nenquén, como en otros lugares del campo chileno, la vida se mantuvo sin mayores cambios hasta aproximadamente la década del 60, cuando comenzó la puesta en marcha de la Reforma Agraria. Esta tenía por objetivo cambiar el tipo de estructura de la propiedad de la tierra y de las relaciones de producción. Tuvo sus inicios en el año 1962 con el presidente Jorge Alessandri, y fue continuada y ejecutada durante toda la década del 60 con el presidente Eduardo Frei, luego con el presidente Salvador Allende en los 70, y finalmente se desarrolla una contrareforma con la dictadura militar. Estas políticas supusieron un cambio en los roles de patrones y peones, como también de la economía rural que hasta ese momento auto-abastecía a los fundos, dando paso a una agricultura comercial de exportación. Es aquí donde la aparición de los temporeros (masas móviles de trabajadores agrarios que trabajan por ciclos según las épocas del año) y las maquinarias de producción (como tractores, productos químicos, etc.) buscan generar la transformación y modernización tanto del campo como de los trabajadores y sus familias que viven de la agricultura. Esta reforma vino acompañada de una “ley

de sindicalización campesina”, que apuntaba a lograr la organización política de los trabajadores del campo, para así modernizar y regular las relaciones laborales dentro de los predios agrícolas. Ambas reformas sugieren una transformación estructural de las relaciones sociales y económicas en uno de los sectores más relevantes de la producción en Chile.


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Asentamiento y parcelación El asentamiento fue uno de los procesos de la Reforma Agraria, que tenía por objetivo capacitar a los campesinos para que pudieran desenvolverse como propietarios y administradores de sus propios predios, haciendo en primera instancia, uso colectivo de la tierra. Con esta experiencia de capacitación, los campesinos se enfrentaron a la etapa de parcelación (uso privado y familiar de la tierra), donde se les asignaban hectáreas de tierras para ser trabajadas por unidades familiares. La expropiación de tierras supone un quiebre en la producción y relaciones campesinas, sin embargo, Nenquén mantuvo casi de manera inalterable el ritmo de trabajo y las actividades de los habitantes de la zona. El asentamiento es recordado por la comunidad como un período importate en su historia reciente, y catalogado como exitoso en relación a otros asentamientos cercanos a Nenquén: “En el tiempo del asentamiento, los vecinos de Nenquén trabajaban colectivamente y repartían la producción entre las familias y trabajadores.” (Juan Ramón Sánchez). Llegado el golpe militar y la posterior etapa de dictadura, el asentamiento de Nenquén siguió en funcionamiento sin mayores sobresaltos. Luego de cumplir los plazos establecidos por la reforma, la comunidad vivió el proceso de asignación de tierras, donde se “privatizaron” los predios en beneficio de las familias, hecho que generó el verdadero cambio y quiebre p a r a l a c o m u n i d a d . M u c h a s fa m i l i a s n o p u d i e r o n s o s t e n e r s e y t e r m i n a r o n p o r v e n d e r l a s tierras que les habían asignado, algunos se fueron, otros volvieron a trabajar al campo como temporeros.

Cerro Nenquén / Foto Colectivo Al Muro


“En el tiempo de la parcelación, la agricultura estaba mala, no daba para mantener a la familia y pagar las cuotas, pagar los insumos agrícolas, los trabajos de tierra.” (Juan Ramón Sánchez) Con estas condiciones, aún quedan familias en Nenquén que hasta hoy conservan sus terrenos, siendo pocas las que continúan cultivándolo.

Vista desde Sede Vecinal de Nenquén a las viñas / Foto Colectivo Al Muro

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Temporeros

Es común ver en Nenquén, en medio de los campos, personas trabajando desde muy temprano hasta bien entrada la noche. Según la epoca del año, van cambiando las faenas y los lugares donde se desempeñan estas labores. Es una tarea de bastante esfuerzo físico, implicando posturas incómodas y siempre a merced del frío en invierno o el sol en verano. “Es muy sacrificado, hay que tener la fuerza, la destreza, hay que hacerse la valiente para estar en el campo y hacer la pega de temporera” (Margarita Zabala). Los vecinos y vecinas de Nenquén están muy vinculados a esta labor, de alguna forma u otra, todos han tenido que trabajar como temporeros para sustentarse. La agricultura ha cambiado y el campo también. Hace algunos años las mujeres comenzaron a ser mayormente requeridas en este tipo de trabajo, saliendo del rol de dueña de casa para trabajar a la par de los hombres, “los campos están pidiendo más mujeres que varones, porque hacen los trabajos más delicados” (Gema Aguilera). Desde otra perspectiva, el trabajo de temporero muchas veces es de tratos informales, generando precariedad laboral, propia de no contar con un contrato de trabajo que asegure derechos laborales, estabilidad y seguridad para el futuro. Por décadas esta ocupación ha sido parte de la historia de las familias de Nenquén, y ha determinado su vínculo con la tierra en los últimos 30 años.

Polinización de sandía / Foto Colectivo Al Muro


17 Polinización de sandía / Foto Colectivo Al Muro


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Terremoto

El 27 de febrero del año 2010 ocurrió el terremoto en el centro-sur de Chile, y como sabemos, fue particularmente crudo en las zonas rurales y más alejadas del país. Nenquén no sufrió víctimas fatales, pero tuvieron pérdidas que no fueron visibles hasta el día siguiente: las casas de adobe se encontraban en el suelo y las que quedaron en pie fueron gravemente afectadas. Esto marcó profundamente a la comunidad, pues para ellos las casas eran un sello muy propio del patrimonio histórico y cultural de Nenquén, por lo que vecinos y vecinas sintieron la pérdida más allá de lo material.

“El terremoto no tan sólo se llevó las antiguas construcciones, sino que también derrumbó experiencias, historia y recuerdos imborrables en cada una de las personas de la comunidad” (Alex Cañete)

“A la gente que quedó sin casa se les ayudaba entre los vecinos” (Margarita Zabala)


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Demoliciรณn de las casas de adobe (Post-terremoto 27-02-2010) / Fotos Isabel Verdugo


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“Al finalizar el terremoto y percatarnos de que todos estábamos a salvo, nos dirigimos a los autos de mi papá y mi tío, para protegernos y poder pasar el resto de la noche. Al amanecer y un poco más despejados por todo el ajetreo de la madrugada anterior, fuimos a ver en qué condiciones estaba la casa, se encontraba en ruinas, murallas caídas y tejas desparramadas, fue terrible. Mi abuela lloraba y mis padres no podían creer que se habían salvado de una tragedia puesto que, pasamos todo el movimiento telúrico dentro de lo que era nuestro hogar. Tuvimos que vivir varios meses dentro del garaje de mi papá. Un poco complicado debido a que no teníamos agua ni luz, sin embargo, de vez en cuando un camión de bomberos llegaba para abastecernos de agua y facilitarnos un poco más la vida hasta que llegaran nuevamente estos servicios. En poco menos de un año, la Municipalidad se había organizado para la reconstrucción de las casas y pasado dos años estábamos en nuestra nueva casa, tratando de volver a surgir como familia y comunidad.” Relato de Yaritza Sobarzo Zúñiga


Casa de adobe. Familia MejĂ­a Espinoza / Foto Isabel Verdugo


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Vivir en Nenquén

“En invierno la mayor parte del día se pasaba en la cocina. Junto a una chimenea abierta donde se cocinaba a leña. Recuerdo el techo que era negro por el hollín, decorado con matas de cebolla, racimos de uvas y algunas hierbas que colgaban de las vigas al aire. Acá era donde mi abuela pasaba gran parte del día, mientras preparaba el almuerzo, hacía quesos para vender, mientras pelaba y desplumaba una gallina, preparaba la once. La casa era muy fresca en verano, eran de altas y gruesas paredes de adobe que mantenían el calor fuera de ellas. Las habitaciones eran muy grandes, podían caber fácilmente 3 a 4 camas. En el frontis de la casa, un largo corredor que terminaba en una gruta de la virgen del Carmen, que siempre estaba con velitas y flores. Aquí se pasaban tardes enteras de verano, con mis abuelos, primos y tíos, todos juntos desgranábamos maíz, comíamos maravillas, jugábamos cartas, la brisca y el poto sucio.


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En la conversación nos contaban cómo era la vida antes, cuando mi abuelo trabajaba en el campo, cómo mi abuela se las ingenió para criar a 13 hijos con muy poco, también nos hablaban del Tue Tue, y el chancho con chanchitos de oro, en fin, un millón de conversaciones sentados en esos sillones de mimbre a la sombra del parrón. Murallas blancas, ventanas y puertas azul cielo. Grandes patios traseros donde estaban los patos, gallinas y cerdos. Muchos árboles frutales y un horno de barro. Todo esto fue desapareciendo, la abuela falleció, la casa se derrumbó para el terremoto, mi abuelo también falleció, los hijos se repartieron cosas y terreno. Poco y nada queda de lo que fue Nenquén, o de lo que fue para mí. En las tardes de verano aún se reúne la gente afuera de sus casas, a conversar, sentarse en improvisadas bancas, comiendo maravilla, caminando ida y vuelta hacia el cerro, por la calle que ya no es de tierra, sino de asfalto.” Carla Lobos


Sobre la memoria Durante los tres meses que residimos en Nenquén intentamos recorrer la mayor parte del territorio, conversando con los vecinos, realizando entrevistas y recabando toda la información posible. Como colectivo nuestra atención estuvo centrada en trabajar con la memoria, la historia, y la micro-historia local, esto nos llevó a repensar el trabajo desde la memoria y abordarlo desde diferentes perspectivas. La memoria se constituye como una serie de hechos, imágenes, experiencias y situaciones que sucedieron con anterioridad, a las que otorgamos valor y las que terminan por construir y determinar nuestra identidad tanto individual como colectiva. Este es un archivo que vamos construyendo a cada segundo que vivimos, siendo nuestro presente el motor que alimenta nuestros recuerdos. Creemos que al intentar aproximarnos a la memoria histórica de una comunidad mediante el arte, hemos puesto en práctica nuestra capacidad de observación, aprendizaje y valoración de las experiencias pasadas. Esto ha sido uno de los ejes principales de la residencia, buscando no sólo la evocación y rememoración de los tiempos que ya pasaron,

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sino que también, vincular la memoria con el presente y así poder conectar a las nuevas generaciones con la historia de su comunidad. Creemos en la importancia de conocer nuestra historia, entendida como procesos sociales, políticos y culturales, para comprender nuestro presente y desde ahí construir nuestro futuro. Este fue el paradigma que nos guió al momento de comenzar nuestro trabajo en Nenquén junto a la comunidad, y lo que nos permitió de manera conjunta y por medio de experiencias artísticas, adentrarnos en la memoria para volver a contar la historia, para volver a pensarse y reconocerse como comunidad, poniendo en valor una identidad cultural que está en constante transformación.


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Reconocer Reconocer es un concepto bastante amplio. Hablamos de reconocer cuando buscamos analizar con atención y cuidado algún objeto de estudio en particular. Para nosotros, es un concepto que ha tenido una mutación contínua a lo largo de la residencia, pues en un principio, tuvimos nuestro primer encuentro con Nenquén reconociendo el territorio. En esa oportunidad la geografía nos llamó la atención: el cerro, las viñas, los temporeros, los tractores y lo pequeña que nos pareció la localidad. Una vez en la residencia, comenzamos un camino junto a la comunidad de re-conocimiento, pero esta vez desde la historia y el patrimonio local, por medio de relatos, fotos y paseos. Es así que la memoria colectiva de la comunidad nos entrega un panorama de la localidad desde el tiempo presente y pasado. De este modo, abordamos diferentes formas de reconocimiento a lo largo de la residencia, desde lo geográfico y territorial, hasta los relatos y la memoria de la comunidad. Este proceso de reconocimiento, se materializó en intervenciones urbanas que tomaron lugar en sectores significativos para las y los vecinos de Nenquén. En esa última instancia, buscamos junto a la comunidad desarrollar una forma de re-conocer, en el sentido de volver a mirar, de volver a percibir aquello que estaba ahí, que ha estado ahí, pero que pasamos de largo.


Vista desde el cerro de NenquĂŠn / Foto Colectivo Al Muro


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Reforma agraria

Iluminar para revelar qué se esconde tras las sombras, en el silencio y en el inconsciente colectivo. Iluminar para visibilizar lo que siempre ha estado ahí, lo que por su cercanía, por estar a nuestro lado y formar parte de lo habitual, dejamos de ver. Sin querer, sin darnos cuenta, nos hacemos ciegos y es ahí que miramos hacia afuera. Entonces, se hace necesario volvernos nuevamente hacia nosotros y hacia nuestro entorno. Iluminar entonces, se convierte en un acto simbólico de des-cubrir, es decir, quitar los mantos de oscuridad para revelar lo que esconden, visibilizando lo que en palabras de las y los vecinos de Nenquén, nadie ve. La luz es considerada como la reveladora del objeto. La que a través de su haz, traza el sendero para llegar al objeto y manifestarlo. Sin embargo, no muestra todo, sino una parte del todo, sólo aquello que toca con su haz. Y esta analogía despertó nuestro interés, el que sólo muestre una parte y no el todo, que configure las formas a través de las sombras. Del mismo modo sucede con la memoria y los recuerdos, son sólo una parte del todo, son reconfiguraciones de las formas que habían, empapadas de nuevas y mezcladas remembranzas. Vecinos de Nenquén. Intervención lumínica. (Primera foto)La Alameda, Nenquén. (Segunda foto)Puente los Maquis, Palmilla. Fotos Juan Esteban Reyes


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Bocetos para las intervenciones / Foto AnĂ­bal Ellado


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Intervención lumínica. Puente los Maquis, Palmilla / Foto Colectivo Al Muro


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Intervención lumínica. Puente los Maquis, Palmilla / Foto Colectivo Al Muro


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La Alameda, Nenquén / Foto Darlin Cañete Aguilar / Foto Colectivo Al Muro


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Intervención lumínica. La Alameda. Nenquén / Foto Colectivo al Muro


Cerro de NenquĂŠn / Foto Colectivo Al Muro


Vivir en el cerro

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Vivir en el cerro, sucedía con mucha tranquilidad y austeridad. La pradera iluminada, los árboles, la vista desde lo alto, inspiraba a quienes aun recuerdan la vida en el cerro “La vida en el cerro es muy linda, usted se levanta, mira para todos lados y se da cuenta de las cosas que Dios ha hecho. Y mira para todos lados y ve infinito y cosas verdes”. Era una vida sacrificada. Un par de gallinas y unos pavos, era todo lo que había en lo alto. Los potreros se encontraban bajando el cerro, y a dos cubetas, generalmente la madre, era quien debía subir y bajar por el camino que hoy ya no existe, debido a la parcelación, para recoger la leche que se usaría para alimentar a lafamilia. No había entonces apuro en la vida, y la llegadade alguna persona era un suceso esperado por los que habitaban el hogar. Mirando por la ventana, se asomaban los niños para ver si alguien se vislumbraba por el camino: “Nosotros esperábamos, mirábamos por un camino largo que había...’vendrá alguien?’ ‘allá parece que se ve alguien’, esperando que llegara alguien a visitarnos”. Los fines de semana eran de reuniones y de nuevos amigos. A las laderas del cerro se acercaban otras familias

Margarita Lizama Toledo / Foto Colectivo Al Muro

para realizar asados bajo el árbol de Encino, celebraciones a las cuales también eran invitados los dueños de hogar: “Llegaban muchas personas el fin de semana a comer asados debajo del Encino y nos pedían permiso y que se yo, y nosotros como chicos gozábamos porque también nos invitaban”


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Incursión al cerro Nenquén

Recuerdo las primeras semanas viviendo en Nenquén, tratando de calibrar la temperatura ambiente, el calor del verano, lo fresco de ese momento en que se va el atardecer y llega la noche, mirar hacia arriba en la oscuridad del campo y ver un cielo lleno de estrellas. Los recorridos desde Palmilla a Nenquén nos dejan ver el río, las plantaciones, cruzarnos con un árbol de frutas, la naturaleza y los bonitos paisajes de la zona. Nos cuentan los vecinos que estos paisajes han ido cambiando paulatinamente con el tiempo, y pudimos notarlo el día que quisimos subir al cerro y no pudimos, porque necesitábamos la autorización de la persona a cargo de la viña: el cerro pertenece a privados. En una segunda oportunidad, nos organizamos con las y los vecinos más jóvenes de Nenquén para sacar fotos y llegar al mirador más alto del cerro, esta vez si lo logramos. Ese día junto Darlin, Ailin y Alex, tomamos rumbo al cerro temprano por la mañana. Ellos nos dijeron que las mañanas son el mejor momento del día para observar las aves de la zona. Es común encontrar muchas referencias al cerro Nenquén en los relatos de las y los vecinos. Antiguamente, el cerro fue el patio de juegos de generaciones de vecinos y vecinas, no habían viñas en sus laderas y los lugareños lo

utilizaban para el pastoreo de ovejas. Una vez en la cima del cerro, donde hay un mirador que instalaron los dueños de las viñas quienes mantienen caminos y puntos de descanso, se puede ver el valle y las localidades aledañas, la vista es sobrecogedora. Existe una extraña sensación de libertad a pesar que hoy día parte importante del paisaje está definido por límites, cercos, portones y alambres de púas, desde la altura podemos ver una retícula de plantaciones, casas, galpones. Lo que narran los vecinos es la añoranza del pasado, antes inquilinos, obligados, peones, zotas, todos conviviendo al mismo lado del cerco, eran parte del mismo fundo. Hoy, cada uno en su pedazo de tierra, cada vecino y vecina dentro de sus casas, limita con el portón de la casa siguiente, la viña, la acequia. El cerro dejó de ser el patio trasero y se convirtió en un espacio cerrado, privado y cercado. Los espacios comunes desaparecieron, y los vecinos y vecinas tuvieron que aprender a convivir con los límites.


Aves del cerro Nenquén / Foto Darlin Cañete Aguilera

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Dibujo de Ă“scar Sobarzo, Casa de adobe.


Colegio F 291 San Elías

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El Colegio F291 San Elías era un colegio mixto pequeño, la escuela funcionaba con dos cursos de aproximadamente 20 niños por sala. Este era el colegio de Nenquén al que incluso venían desde otros sectores de Palmilla, contaba con una profesora que vivía en la parte de atrás del colegio. Los vecinos recuerdan lo estrictas que eran las profesoras que educaron a varias generaciones de nenqueninos. Hace algunas décadas, la población infantil comenzó a bajar su número en esta localidad, sumado a que muchos jóvenes decidieron emigrar de esta zona en busca de un futuro diferente. Por esta razón el colegio fue cerrado hace bastantes años, con esto también se cierra una etapa en la historia de Nenquén. Hoy este lugar es la nueva sede vecinal, lugar que ocupamos como colectivo a modo de centro de operaciones, para desarrollar el proyecto con la comunidad. Nenquén hoy se encuentra en un proceso de re-significación de este espacio, sin dejar de lado el pasado y las historis a de los niños que pasaron por esta escuela, quienes hoy son los adultos, el presente de Nenquén.


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Proceso de ejecución de los murales en la sede vecinal de Nenquén. Ailin Abarca Verdejo, Darlin Cañete Aguilar, Alex Cañete Aguilar / Foto Colectivo Al Muro


Proceso murales Como colectivo nos hemos reunido y trabajado principalmente por medio del mural, sobre todo en los proyectos que hemos realizado con las comunidades. De esta manera se volvía difícil explicar a la comunidad de Nenquén que veníamos hacer una residencia de arte colaborativo donde no haríamos murales precisamente. Pasaron las semanas y empezamos a desarrollar actividades y reuniones que nos permitieran crea un mayor vínculo con los vecinos y las vecinas, y a su vez desarrollar ideas que podríamos ejecutar en el transcurso de la residencia. Hasta ese entonces no teníamos un lugar específico donde trabajar, nos movíamos entre la parte trasera de la capilla que contaba con una sala de reuniones, espacio que usaba principalmente el grupo de la tercera edad, como en las casas de los mismos vecinos de Nenquén. Fue así que empezamos a notar un gran interés y facilidad en el dibujo y la pintura por parte de la comunidad. Cuando se habilitó la sede vecinal de Nenquén, lugar que antiguamente era el ex colegio de la localidad, notamos que poseía una fuerte carga simbólica para los vecinos, la mayoría de ellos habían estudiado el ciclo básico escolar en ese colegio. Fue así que surgió por parte de los vecinos, la

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idea de trabajar a través de los murales íconos y símbolos que fueran representativos para la comunidad y que reflejaran parte de la identidad y la memoria de Nenquén, y que estos a su vez quedaran reflejados por medio de los murales en la sede vecinal, uno de los pocos espacio comunes que hay en la localidad. De esta forma surgieron tres temas que se desarrollaron con los vecinos/as: El colegio, el trabajo en el campo, y el paisaje. Estos tres temas se trabajaron en una primera instancia por medio de bocetos, fotografías y collages. Los cuatro murales realizados buscan representar algunos de los íconos característicos de la localidad de Nenquén y trabajar con la memoria colectiva de esta localidad.


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Mural, Temporeras(os) / Foto Colectivo Al Muro


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Mural, El Colegio / Foto Colectivo Al Muro


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Mural, NenquĂŠn.


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Reflexión final de la Residencia

Tres meses es un tiempo relativo dentro de un año, puede ser significante o insignificante al observarlo. Sin embargo, en tres meses se ha gestado y producido un proyecto que surge desde el arte colaborativo, desde el encuentro con la comunidad, desde las conversaciones, las onces, los relatos y las historias contadas en la calle, en las bancas, en la sede o en la casa de algún vecino. Han sido días de reflexiones, encuentros, desencuentros y cuestionamientos sobre el trabajo de la cultura y las artes. Sin embargo, a través de este proceso y quehacer continuo, bajo el alero de la residencia y la colaboración a través del arte, ha surgido lo más primigenio y esencial de la localidad de Nenquén. Desde sus propios recursos y ánimos de participación, el arte nace como reflejo y encuentro con la propia historia del lugar. Donde a través de ciertos gestos e instalaciones se logra retratar aquellos lugares que han estado ocultos bajo el inconsciente colectivo de los nenqueninos, pero a su vez, sutilmente develados en los relatos y memorias de los lugareños, para así reconocerse nuevamente bajo estos memorables hitos simbólicos de Nenquén, como el Puente los Maquis, La Alameda, los temporeros, el inquilino, el campo, las viñas, entre otros.

Por otro lado, gracias a Nenquén, hemos conocido una nueva manera de entender la vida, un nuevo ritmo de vivirla, aprender sobre las tradiciones, el campo y su estrecha relación con la comida. En cada rutina y acto cotidiano, se encierra una añoranza, una historia, un recuerdo y un cariño al abrir las puertas del hogar. Así, objetos, paisajes y estructuras, en silencio, guardan celosamente la historia de Nenquén y sus habitantes. Todo ello en espera para ser reencontrados y recordados, para permanecer vivos a través de la propia vida que transita tranquila entre la brisa, las viñas y la noche estrellada que los visita para dar aviso que ya es tiempo de dormir.


Vecinos de NenquĂŠn / Foto Colectivo Al Muro


Agradecemos profundamente a toda la comunidad de Nenquén, por recibirnos con cariño y sana preocupación, por todas las conversaciones, abrazos y onces que compartimos. Especialmente a todos los que se dieron el tiempo de trabajar codo a codo con nosotros y hacernos sentir parte de Nenquén.


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NENQUÉN, LUGAR COMÚN  

Libro creado en el contexto de las residencias de arte colaborativo del programa Red Cultura, Financiado por el Ministerio de las Culturas y...

NENQUÉN, LUGAR COMÚN  

Libro creado en el contexto de las residencias de arte colaborativo del programa Red Cultura, Financiado por el Ministerio de las Culturas y...

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