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Me voy Cuando me asomo a un cuadro de Vito Cano siempre me viene a la cabeza la historia de la librería y del vértigo. Será porque le conozco desde que emborronó su primer lienzo y, justo por eso, sé la de laberintos que ha recorrido su mano hasta alcanzar la maestría de la elección perfecta. De la abstracción a la imitación, de lo figurativo a lo fantástico. El vértigo de un horizonte sin límites. Muchos artistas se pierden en ese paisaje y en esos laberintos. Vito Cano, que llegó a la pintura sin nada que perder, miró al abismo y tuvo clara la elección. El color como expresión, la fantasía como declaración de intenciones, la dulzura como manifiesto. Que el mundo es ancho y ajeno ya nos lo enseñó el poeta; que trae las alforjas cargadas de días áridos y grises lo sabemos por las cicatrices que va dejando en nuestra propia alma. Pero también tiene días luminosos y corre por la calle gente amable y a la que le quedó un pellizco de niñería en los ojos. Esta fue la elección que hizo Vito Cano. La que le convierte en ese artista tan particular, tan reconocible, tan él mismo. Se sentó un buen día frente a un lienzo en blanco y decidió desdeñar el lado sucio y árido del mundo. Está ahí. Existe. Pero que lo pinten otros. Continúa…

Monolito VI  
Monolito VI  

Revista literaria Monolito. Sexto número.

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