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Pequeños Naufragios

Los invito a compartir una caminata por la playa, a orillas del mar, disfrutando del aire, la arena y el sol, ejercitando el cuerpo, la mirada y la mente, observando, sintiendo y , ¿por qué no?, aplicando algo de filosofía barata, de entrecasa. Este “relato fotográfico”, es el primero que edito, y debo agradecer en parte su realización a el Pela Shmidt que con su fuego, encendió mi mecha.


Prohibida su reproducci贸n total o parcial. Todos los derechos reservados. 漏 arshiva2000, Juan M Alvarez. Abril de 2013.


Mis últimas vacaciones, que espero no sean las últimas que tome, las pasé en una zona costera de la provincia de Buenos Aires, allá por el paralelo 36.48 latitud sur. La región es bastante tranquila, sobre todo en la mañana, temprano. Las playas son extensas, y en donde las ciudades balnearias todavía no invadieron el paisaje, se encuentran acorraladas entre el mar y un cordón de médanos. No sé si a todos les sucederá lo mismo, pero al menos a mí, me invitan a caminarlas. Y así lo hice cada mañana, cuan beduino playero, metro tras metro, kilómetro tras kilómetro, anduve y desandé esas orillas oceánicas, a veces descalzo, a veces montado en ojotas de goma Eva, pero siempre disfrutando del momento y de lo que la naturaleza ofrece en esos sitios. Las arenas del lugar, en algunos sectores humedecidas, e incluso bañadas por el agua salada del Atlántico, y en otros, doradas por el sol radiante que todavía bostezaba, se mostraban resplandecientes y limpias, pero como todos sabemos, el mar suele traer a las costas todo tipo de residuos, ya sean naturales o artificiales. Esos materiales que las aguas escupen a tierra firme, a veces pueden resultar hasta interesantes. Sean de la índole que fueran, en ocasiones presentan ante los ojos del observador un tanto…”imaginativo”, deliciosas escenas que, generalmente, son de un tamaño mas bien escaso. Yo los llamo “pequeños naufragios”. Y fue una de esas mañanas, en que la luz de Febo restalla en mil fulgores sobre la superficie marina, y el cielo se muestra celeste profundo, que la bajante había sido tal, que la extensión de las playas se había triplicado o cuadruplicado. Ante esa situación no tan común, y aprovechando la amplia franja costera, se me ocurrió salir en búsqueda de los citados pequeños naufragios. Había accedido por la bajada de la calle 44 – una serie de carteles indica qué cosas no se pueden hacer en esa playa, pero nadie les hace demasiado caso -, justo a la hora en que las luces de la ciudad le pasan la posta al Sol, que se alza apurado por estas prepotentes luminarias citadinas y el canto alborotado de las aves; el momento en que se van a descansar los murciélagos, los trasnochadores, los sonidos inquietantes y las lámparas de mercurio halogenado. De ahí me dirigí hacia el Norte, con la sola compañía (además de mi Nikon) de mi sombra, y de alguna que otra gaviota circunstancial.


La arena, que todavía conservaba la frescura nocturna, hacía cosquillas en las plantas de mis pies, como una ingente cantidad de diminutas y crujientes manos rascándome la piel. La brisa marina, leve, húmeda, algo pegajosa de salitre, pero liviana, daba ganas de respirar bien hondo, de aspirarse todo el aire, y tornarse un ser volador para poder abrazarla. La temperatura era ideal y tanto se podía estar en remera como con un abrigo ligero.


No tardé demasiado en hacer mi primer hallazgo. Desparramadas a lo largo de la costa, justo donde termina el mar y las olas se absorben en el terreno entre espuma y burbujas, cientos, ¡qué digo cientos!... ¡miles! de “aguavivas” ofrecían una escena lamentable para cualquier amante de la naturaleza. Y por más que sea la manera en que la madre natura mantiene el equilibrio de las especies, lastima ver a todos esos seres expulsados de su hábitat por un simple golpe de oleaje. Recuerdo haberme maravillado alguna vez, en una pequeña excursión de buceo para turistas en Puerto Madryn, con esas fantásticas medusas que, como duendes danzantes, alegraban con vivaces luces de neón las profundidades de esas aguas.

Verlas en ese estado de total indefensión, todavía mostrando sus automáticos movimientos de contracción al ser alcanzados por el agua, me hicieron pensar en corazones latentes fuera de sus cuerpos, luchando contra lo irremediable. Me llevó varios minutos, y muchos cientos de metros caminando con suma precaución de no pisar a ninguno de esos gelatinosos cuerpos, para evitar una feroz urticaria – porque aún varios días después de muertas, sus tentáculos tienen la capacidad de contener un veneno que genera una picazón que puede ser insoportable –, reencontrarme con la arena limpia y lisa y continuar mi paseo.


Cada tanto, la figura de algún pescador solitario, se avizoraba a lo lejos. Mientras me acercaba a uno de ellos, revoloteaba en mi cabeza una teoría – digo teoría porque no soy pescador, pero creo comprenderlos – sobre el gusto que le encuentra esta gente a esa actividad tan difundida. Yo no creo que vayan a pescar por el hecho de pescar en sí. Para mí, que ellos encuentran en esas labores, además de un entretenimiento que tiene la posibilidad de llevarse algo para masticar a casa, una verdadera terapia. Evidentemente les gusta, y mucho, ya que por lo general comienzan su faena antes del amanecer, o incluso permanecen durante toda la noche, muchas veces con un frío que hace encoger hasta al mas recio, y para colmo algunos se meten al agua hasta la cintura, para lograr un lanzamiento mas lejano, por detrás de la rompiente. Y después a esperar… observando atentamente la tanza o la punta de la caña, tratando de discernir la diferencia de movimientos que producen en ella el oleaje, o un pez que mordió el anzuelo.


Mientras tanto, cultivando la misma paciencia que tiene un felino al acecho de su presa, supongo que meditarán sobre sus asuntos, soñarán despiertos con proyectos a futuro o con imposibles, imaginarán diálogos eternos con su ser amado, o situaciones inverosímiles, reflexionarán sobre la problemática de la extracción indiscriminada de almejas en la costa atlántica… o quizás simplemente establezcan de qué manera van a cocinar lo que todavía no saben si van a pescar… Porque, ¡vamos!, la pesca, como casi todo en la vida, es una timba. Y por mas habilidad y experiencia que el pescador pueda tener, a veces su destino no guarda los mejores resultados, la suerte le es esquiva, y la decepción es el único contenido de su balde. Siempre me gustó ver los movimientos que realizan al lanzar la línea, casi diría de categoría olímpica. La plomada surcando el aire por sobre las crestas ovinas de las olas hasta incrustarse en las entrañas salinas del océano, y el característico zumbido del reel filando el nylon. Es cuando el sujeto hace su apuesta con el anzuelo y la carnada elegida, e incluso puede "coronar” la jugada con otros anzuelos en la misma línea. Y otro “espectáculo” digno de presenciar, y sin duda el que genera mayor expectativa, es la recogida. La caña – ahora las hacen de fibra de vidrio o de carbono, que les otorga gran resistencia y flexibilidad – se arquea en forma de U entre tirón y tirón, y rápido a darle a la manija del reel para enrollar el sedal.


Al observador ignorante (entre los cuales me incluyo) siempre le parecerá que se está luchando con algún pariente de Moby Dick, aunque generalmente se trate de una pieza menor, un “cuatro de copas”, o simplemente de un anzuelo vacío, que por efecto del enganche del plomo en el fondo arenoso, brinda semejante escena. Demás está decir que, el pescador, ya sabe de antemano si va a salir algún pescado o no. Puede suceder también, que durante la acción de recoger la tanza, la línea se enganche con algo bajo el agua o, peor aún, en plena contienda con un pez de tamaño importante, ésta se corte… esto es cuando la naturaleza tiene el “ancho de espadas”, “toma todo”. Obviamente, estos momentos de desilusión son debidamente homenajeados por una puteada, y más aún cuando no se tiene otra línea para armar, cuando ya se fue el último tren y uno se queda “de a pata”. Ese día, ninguno había pescado nada.


Ya después de un buen rato de caminata, me llamó la atención la presencia de una única y pequeña nube que contrastaba con el azulino firmamento. La observé un buen rato, mientras ella solita parecía desafiar a la mismísima inmensidad etérea, siendo apenas un insignificante fantasma vaporoso. Al tiempo, una mujer y un perro - no se si venían juntos o había relación alguna entre ellos - se sumaron al cuadro, que quedó gravado en mi retina, y en la memoria de mi cámara. Al pasar a mi lado, el can me olfateó y fue mi compañero por un rato, por unos cientos de metros. De repente, como un suspiro, se disolvieron los tres…la nube finalmente vencida por el ambiente, la mujer se perdía por detrás de mí, en el horizonte, y el perro decidió que era más entretenido corretear gaviotas, esas damas grises pero vistosas, que permanecer junto a mí. Y así, aunque se diluyan varias esperanzas, no prosperen ciertos amores y se pierdan algunas amistades, uno tiene que continuar su camino, siempre hacia delante. Así que seguí caminando.


Mientras lo hacía, imaginaba cómo serían esos lugares hace muchísimos años, quienes habrían caminado esas playas, y qué estarían pensando en esos momentos. Supuse al final, que probablemente ellos se preguntarían lo mismo, y esa reflexión me hizo notar, que haga lo que haga el hombre, hay cosas que no se pueden cambiar, que el universo es una máquina bien aceitada y poderosa, y que nosotros no somos mas que partículas de polvo entre sus engranajes. Y ya cuando estaba por encontrarme en mi mente con Carl Sagan, una “trampa mortal” me devolvió a mi presente. Un culo de botella, de filosas y prominentes puntas, se proyectaba vertical desde el piso, como esperando al pie desprevenido. Algún malnacido la habrá dejado allí. La recogí para eliminar el peligro que representaba, pero… ¿qué haría ahora con ese trozo de vidrio? No podía enterrarlo, porque seguiría siendo una potencial amenaza para la integridad física de algún animal o persona. Además, el viento y el mar saben ser expertos redecoradotes del paisaje, y podrían descubrirlo de un momento a otro. Fue así que caí en la cuenta de que algo tan simple y reciclable en la civilización, puede transformarse en un problema dentro de un medio ambiente totalmente natural. No me quedó otra posibilidad que cargarlo hasta encontrar un lugar propicio para deshacerme de él.


Por suerte, los restos de una lata de conservas metálica, en franco estado de oxidación, me hicieron retornar a ese mundo onírico que venía disfrutando antes de mi encuentro con el vidrio roto. Como un niño, imaginé a esa lata, navegando con gallardía, disputando al gran océano como un pequeño Titanic, para tener, luego de mucho trajinar, un final honorable, como toda nao merece, sumergida en las profundidades o encallada en alguna costa lejana. Y aunque se tratara de un pedazo de hojalata podrido y semienterrado, aquélla imagen tenía, por lo menos para mí, su poesía.


Una bandada de gaviotas, que volaba con rumbo norte, me gritaba como animándome a seguir andando. He observado, al menos entre los meses de enero a marzo, que es la época en la que he visitado estos sitios, que las gaviotas siempre vuelan en ese sentido. ¡Nunca he visto gaviotas volando hacia el Sur! Mi total desconocimiento sobre las costumbres de estas aves, me hacen elucubrar hipótesis de lo mas disparatadas y ridículas. Se me ocurrió, por ejemplo, que ellas realizan vuelos siguiendo un meridiano, es decir que se dirigen hasta el mismísimo Polo Norte, y ahí continúan viaje por el otro lado del mundo hasta el Polo Sur, y de ahí, vuelta al Norte. Otra teoría es que regresan hacia el sur sobrevolando por dentro del mar o por sobre el campo, lejos de las playas. O tal vez se tomen el tren que va de Buenos Aires a Mar del Plata coladas en el techo de algún vagón y rogando que no se demore mas de dos días. El caso es que para mí es un misterio, y me gusta que así sea. A medida que crecemos vamos incorporando erudición, eso nos hace grandes y cultos, pero gracias a ello, vamos perdiendo esa fantasía, esa magia que parecen tener las cosas durante la niñez. Por eso, hay ciertos conocimientos que prefiero no tener.


Casi sin darme cuenta, estaba siguiendo las huellas de un perro, que por su consistencia y alineación, denotaban un paso firme y constante, y en solitario se dirigían hacia San Clemente, la ciudad balnearia en donde muere el Río de la Plata, y sus aguas color león se pierden en el verdor atlántico. La línea punteada impresa por las patas del can, se interrumpía en las proximidades de un cajón plástico, tipo canasto, que yacía en el suelo, giraba a su alrededor y continuaba con su trayectoria original. Ese cajón, de los que usan los lecheros para el transporte de sachets, quesos y vasitos de yogurt, tenía la peculiaridad de estar rotulado con el nombre de una empresa uruguaya.


Ese detalle me hizo deducir, o mas bien imaginar, que, convertido en una barca sin timón, viajó cruzando la anchura del río, se adentró en el océano, tal vez habría soportado tormentas y marejadas, quizá haya servido, en su travesía, de balsa y punto de descanso para algún ave marina, para finalmente tocar tierra firme muy lejos de su lugar de origen. Y no hay que descontar la posibilidad de que ésta haya sido una simple escala en su viaje, que una nueva crecida lo devuelva a las aguas para continuar navegando indefinidamente, quién sabe hasta dónde.


El Sol seguía tomando altura, pero cada nuevo descubrimiento me impulsaba a avanzar y disfrutar de la situación. Rodando sobre las crestas espumosas, casi surfeando diría, venían llegando unos huevos del tamaño de los de gallina. Ya perforados y sin su cargamento vital, daban claras señales del advenimiento de nueva vida al ecosistema, sin dudas una noticia alentadora. Según dicen, son de caracol marino… eso me hace pensar en el estupendo tamaño que debería tener ese animal, para generar semejantes huevos.


Y justamente un caparazón roto, de un calibre poco importante, perteneciente en algún momento a uno de esos moluscos, me hizo recordar que de niño era muy frecuente ver por esas playas a buscadores de caracoles. Pero los que se conseguían por aquéllos tiempos, producto de minuciosas excavaciones, casi de ribetes arqueológicos y que dejaban esas planicies arenosas tal como la Playa Omaha en el Día D, es decir llenas de cráteres, eran de una magnitud realmente impresionante. He visto algunos de más de cincuenta centímetros.


Completando el panorama, otra vez la muerte se hacía presente en forma de peces muertos, algunos todavía brillantes ante los rayos solares, otros ya opacos por la descomposición. El olor nauseabundo obligaba a acelerar el paso. Mas adelante, un bulto oscuro se hacía notar, contrastando con la claridad de la arena. No me llevó demasiado tiempo darme cuenta de que se trataba del cuerpo sin vida un pequeño delfínido, de pico largo y visible dentición. Un diminuto charquito de sangre era el resultado de lo expulsado por su boca, y la superficie de su piel se veía dañada por pellizcos profundos, posiblemente producto de los picotazos de algún ave marina. Me dio mucha tristeza ver a ese pequeño que ya no nada, y nada quedaría pronto de él. Nuevamente el pensamiento reflexivo, de lo poco que somos, de lo efímero de nuestras existencias, me hacía chocar contra la realidad. Una realidad que es única, pero que cada uno de nosotros va modificando para sí mismos, de acuerdo a lo que vivimos, vemos, escuchamos, entendemos, percibimos…


Un tiempo, y varios cientos de pasos después, mi mirada, casi perdida mientras las ideas se me agolpaban dentro del cráneo, fue interrumpida por un trozo de plástico negro, que alguna vez fue un cajón de pescado, de los que se usan en los barcos pesqueros. Pocos metros mas hacia el mar, una botella rolaba ya en tierra firme, a merced de las olas que iban y venían, como queriendo recuperarla.

Por detrás de ella, surgiendo de entre las aguas un tanto alborotadas por una leve rompiente, una estructura llamó mi atención. Así me di cuenta de que, sin proponérmelo y en medio de una distracción total, había llegado hasta lo que los lugareños conocen como “el barco hundido”. Para confirmarlo, sólo tenía que mirar a la izquierda, hacia los médanos, y sí…allí estaba la virgen que señala el lugar del hundimiento.


Cuando uno llega a ese sitio, sobre todo si se lo hace en soledad, es posible respirar cierta mística. Lo que en principio era un simple monolito de cemento con la figura de Nuestra Señora de Luján dibujada en una pieza de cerámica, se ha convertido con el paso de los años, y de los fieles, en una especie de santuario que honra a las víctimas del naufragio. Varios carteles invitan a orar por las almas perdidas, a recordar a esos mártires fagocitados por el bravo océano. Alrededor pueden observarse trozos enredados de viejas redes de pesca, guantes de pescador, restos de gruesas cuerdas, de las que se utilizan en los barcos. Es decir, toda una simbología que apunta a la actividad pesquera. Todo esto se encuentra coronado por una cruz de palo, muy rústica. En uno de sus extremos pende una campanita de bronce, que tintinea casi continuamente ante los embates de la brisa permanentemente presente en esas regiones.


Al fondo, en el mar, se divisan los restos del barco que apenas afloran a la superficie, ya cubiertos de algas hediondas y de un verde casi negro, con el casco semienterrado en la arena, que día tras día se lo va tragando lenta pero inexorablemente Una imagen realmente dramática y conmovedora, si las hay, sobre todo para aquéllos que nos sentimos atraídos por las historias de barcos y marinos. Y podría poner aquí el punto final y nos quedamos todos felices, pero no. La verdad es que en ese naufragio, que sucedió en el año 1995, no hubo ningún óbito. Se trata de los restos de un pesquero marplatense llamado Brasur, que en ocasión de estar trabajando en pareja con otro pesquero, quedó a la deriva por un desperfecto técnico, hasta encallar en la playa. Allí los ocho tripulantes abandonaron la nave, y cada uno a su casa. Otro detalle que le quita algo de encanto, al menos para mí, es que el casco del Brasur, que reposa escorado sobre la banda de babor, está realizado en fibra de vidrio, material de nula nobleza para un naufragio como Dios manda. Si hubiese sido de hierro o acero, al menos el espectáculo ofrecido por su desintegración sería mas interesante y “artístico”. Sin embargo no se trata más que de un gran pedazo de plástico.


De todas maneras, la virgen está emplazada en ese lugar por otro naufragio sucedido muchos años antes que el del pesquero, en 1883 para ser exacto, que fue protagonizado por un barco de carga inglés, el Her Royal Hignhess, que bien hundido está a unos cuatrocientos metros de la costa. Ése fue el que realmente le dio al lugar el nombre de “el barco hundido”, y hasta 1979 podía verse la punta de uno de sus mástiles, emergiendo del agua. Tampoco produjo víctimas mortales, pero ese pseudo monumento religioso, erigido popularmente en el medio de los médanos, les da a las fotos un toque interesante.


Con la consigna ya cumplida, emprendí el regreso a casa satisfecho por todo lo hallado en la expedición y por las fotos conseguidas. De más está decir que durante ese retorno, he registrado otros “pequeños naufragios”, tal vez insignificantes después de lo visto, como un trozo de una rama que parecía haber pasado bastante tiempo en el agua, y alguno que otro bañista tendido en el suelo mojado, mirando al cielo y pensando vaya uno a saber en qué cosa, náufrago de lo cotidiano, de la rutina, de la locura diaria.


La temperatura se estaba elevando bastante, las piernas comenzaban a mostrar señales de cansancio y esta historia que conté, ya estaba llegando a su fin en mi imaginación, ya las letras comenzaban a borronearse, a disolverse en el aire, como la pequeña nube. Al ver mi sombra en la arena entendí que yo también era un náufrago mas, que venía sobreviviendo como podía. Hice la última foto y me retiré a descansar.


Pequeños naufragios  

Una caminata fotográfica a orillas del mar, observando esas pequeñas cosas que las aguas traen hasta la costa.

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