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Guapo, guapo, guapo…

La muerte de su esposo, es la principal causa de su “trabajo”; ¡Tiene que comer! Por: Juan Lizárraga NOROESTE-Mazatlán, 27 de mayo de 1982 —Guapo, guapo, guapo. Una voz salida de una boca amelcochada, una cara adornada con ojillos picarescos, coronada por blancos cabellos,, en los escalones de la entrada principal al Palacio Federal, del Correo o de una conocida empresa comercial, reclama, que no mendiga, caridad. Una mano se desprende del cuerpo hacia el frente, cual si sopesara algo, para recibir la dádiva, mientras que la otra busca el pantalón o la falda del caminante a quien se pide la ayuda económica. —Guapo, guapo, guapo —dice a cada cara que interceptan sus ojillos y una mueca de enfado se pinta en la del huraño que se guarda un insulto hacia la mujer o hace un mal reproche; una sonrisa se dibuja en los rostros de los jóvenes sin quehacer. —Guapo, guapo, guapo —dice y otra mujer, entrada en años, quizá alguna hermana de la caridad, le da TRABAJO. Doña Laura Osuna dice que la una moneda que ella de inmediato introduce a la bolsa; causa que la ha llevado a ese "trabajo" ha sido solamente la muerte de su esposo, otro hombre, un turista, una joven, sí le dan. Platica pero tiene que trabajar porque tiene que con unos a veces. Está cuerda. comer. Guapo, guapo, guapo.

—Guapo, guapo, guapo —y el reportero le entrega una moneda para iniciar una entrevista por la calle Aquiles Serdán, en los escalones de un comercio. —Oiga. ¿Desde cuándo pide limosna? —se le pregunta, sin esperar respuesta o bien, una llena de desconfianza, pero contestó sencillamente: —¡Uuuuy! Ya hace muchos años. Como cincuenta.


Eso dijo, con voz tranquila y sin contradicción, y dijo también que lo hace desde que murió su marido, con quien tuvo cinco hijos, todos mayores y casados. Una hija vive en Mazatlán con su esposo, donde Laura Osuna (así se llama la mendicante) se asiste, en la colonia Juárez. Sus sitios preferidos son los escalones del centro de la ciudad, cualquiera donde haya sombra y sobre todo por donde pase gente, aunque ya tiene “clientes”. Es muy conocida y sobra quien le ayude. —¿Y todos los días hace el mismo “trabajo”? —le preguntamos y contestó: —Pues sí, porque todos los días tengo que comer. De otras cosas platicamos. Las personas salían de sus empleos a sus domicilios, brincando baches para tomar el vehículo o el camión repleto, bajo un calor que empieza a volverse agobiante, y llegar a donde tomarán los sagrados alimentos del mediodía. Por aquello de que su quehacer es trabajo y de que come todos los días, no quisimos quitarle el tiempo, aunque, sépase, los periodistas también trabajamos y comemos. Nos retiramos pensando en que aunque de poco sirve la compasión y la misericordia para rescatar a los que abandonados de sus padres cantan en los caminos, a los que víctimas de una travesura de la naturaleza se ven impedidos para ganarse la vida, ya con actividades físicas, ya con actividades intelectuales, a los que el tiempo los atrapó a través de los años en la prisión material de la soledad, aunque de poco sirve la piedad para terminar con los mendigos, digo, bien está que en vez de desprecio o desdén, aunque no les aventemos la monedita, le demos la fraternidad a los pobres del mundo, disfrazada de simpatía que dará forma en el futuro a la grandeza común de la sociedad. Eso pensábamos cuando a nuestras espaldas se escuchó otra vez el estribillo: —Guapo, guapo, guapo.

Guapo, guapo, guapo  

Postal citadina, escrito de Juan Lizáraga para NOROESTE-Mazatlán de una mujer mendicante del centro de la ciudad.

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