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¿Cómo describir como son las huellas, que la ULC deja en mi vida y su repercusión en el transcurso de ésta?... Baste decir que trabaje allí, durante más de doce años, por lo que es fácil de imaginar, que fue el lugar donde aquel 14 de Febrero de 1962, coincidiendo con el día del Rector, cambie mis calcetines por unas medias, dejando atrás aquella niña, que apresuradamente se vio obligada a convertirse en la mujer, que trabajaba muy duro de la mañana a la noche, en el lavadero, como interna. El hecho de ser destinada a este sitio, podría ser anecdótico o por cualificación profesional, pero no, la única justificación era ser el lugar más apartado, que había para que no nos vieran los chavales, que allí estudiaban, y evitar que tanto en los unos como en los otros se despertara ese cosquilleo inevitable, ante el descubrimiento del otro sexo. Por eso, debíamos comportarnos según unas reglas, que hoy parecerían absurdas, que nos obligaban a respetar, y que quedaron grabadas en nuestra memoria y en nuestro comportamiento, facilitado por el miedo a las repercusiones, que supondría infringirlas; mas éramos jóvenes y la curiosidad por conocer y saber más de aquellos chicos a los que les lavábamos la ropa, nos hacía inventar las más diversas tácticas y estrategias, para estar lo más cerca de ellos posible, baste decir que la colada no se tendía al azar, porque cada cordel tenía asignado un día y un horario, que coincidía con la ida y/o venida de su hora de gimnasia, así como tendíamos de atrás adelante, para poder verlos entre sábanas y toallas, de reojillo, y escucharlos cantar. Así como, cuando el “premio” a mi buen comportamiento, fue el poder servirles la comida en el comedor de Gran Capitán y la cena en el comedor de Luis de Góngora, lo que las monjas y los curas no sabían era, que eso me permitía una mayor proximidad, tanto que cuando ellas se retiraban, cada día, uno de los niños se me acercaba muy tímidamente y me decía: " yo te quiero". Al principio, me dio miedo y me asuste, por las consecuencias que podría tener, el que alguien se enterara de esto, pero al mismo tiempo me gustaba y lo esperaba cada día. Tanto me halagaba aquello y me confundía, que se lo comente a mis compañeras, ya amigas más intimas, en el lavadero, y para no despertar sospechas entre las otras o por si alguien podía escuchar le pusimos un mote "roequiteyo". Debo confesar, que no era el único, podríamos decir que todos y cada uno de ellos, tenía su apodo, era la clave, que nos permitía referirnos a ellos, y poder comentar cuál es el que nos gustaba, que si aquel nos parecía más interesante, que si aquel parecía que se acercaba a aquella…así, como los cambios que sucedían antes nuestros ojos, y que curso a curso, los iba transformando de muchachos, con cara de niños, en apuestos jovencitos…tal y como también sucedía en nosotros, ante aquellas miradas, que muchas veces, sentimos como recorrían nuestros cuerpos, que dejábamos de ser cándidas adolescentes para convertirnos en tímidas mujeres. Así, fuimos cambiando, y la vida hizo que se apartaran nuestros caminos, como el de aquel chico interno del comedor, "roequiteyo", que un día después del verano, cuando regresaban de sus casas, con sus maletas, llenas de víveres para echar el trimestre, Él no lo hizo…Lo busque, sin encontrarlo, e incluso reuní el valor para preguntarle a sus compañeros, y ellos fueron los que me dijeron, que se había marchado a otra Universidad Laboral…lo que no imaginaba, es que también se llevaba el recuerdo de aquella chica del comedor, que nunca le olvido. Sin embargo, como a mi me gusta decir, siempre se abre una ventana…así que sin saberlo, otro alumno de Gran Capitán se fijo en mi, y llego a escribirme cartas, que las monjas


retenían, por lo que mientras que él pensaba que mi actitud hacia él era de indiferencia, en realidad era el fruto del desconocimiento de sus sentimientos y de los hechos, que estaban ocurriendo. Aquella osadía tuvo sus consecuencias, por un lado durante un fin de semana, el Padre Roces, la Hermana Presentación y un fraile, del que no recuerdo su nombre, lo estuvieron buscando en el colegio, y no cejaron en su empeño, hasta que lo encontraron por la letra de sus cartas. Mientras tanto, yo seguía ajena a todo, hasta que un día en el comedor, al pedirme una servilleta, me dio una carta, y al relatarle a la Hermana Presentación lo que había ocurrido, ella me sorprendió contándome el como aquel chaval había estado rompiendo las reglas por mi, tratando de acortar la distancia, que nos separaba. No se detuvo, incluso aunque me hicieron escribirle una carta, para que dejara de molestarme, Él siguió insistiendo, iba al comedor de San Rafael donde estaba mi compañera-amiga Herminia, y ella le decía por donde salíamos los domingos, así que me lo encontraba por todo los sitios que a los que íbamos, al final como premio a su arrojo y persistencia, acabo enamorándome, para luego tras terminar sus estudios y la mili, terminar casándome con Él. Deje de trabajar, para ocuparme de mi Familia, y guarde las fotos de aquellos tiempos felices, en una caja de metal marrón, y en otra de bombones, las letras de las canciones, que los chicos deportistas me escribieron, así como en el cuaderno en las que las iba copiando…sin embargo, la mayoría de los recuerdos los almacenaba en el corazón, y de vez en cuando me sorprendía contándoles a mis hijos, el como había conocido a su padre, el como eran mis compañeras, la historia de "roequiteyo", las excursiones, las miles de anécdotas vividas…todo aquello, que como en un puzle, habían configurado en gran medida, a la que es su madre. Hay una frase, que dice que “la vida siempre puede más”, y si fueron las vivencias de aquellos tiempos felices, las que recordaba en los instantes duros, para esbozar una sonrisa entre las lágrimas, así como el modo de recobrar la fuerzas para seguir luchando por salir adelante…hoy ya superados los momentos difíciles, esa vida que no se para, me ha regalado hermosas realidades, la de poder reencontrarme con mis compañeras y aquellos muchachos, hoy ya la mayoría ya abuelas y abuelos, disfrutar de encuentros inolvidables, en los que hemos podido hablar libremente de los que sentíamos en aquella época y explicarnos el porqué de nuestros comportamientos de entonces , decirles cuales eran sus motes y el como aquellos instantes compartidos, nos acompañaron durante toda la vida. He sacado las fotos de la caja, y he confeccionado un álbum, que llevo muy orgullosa a todas partes, a la que he ido sumando mucho más instantáneas, las tomadas en cada ocasión que hemos podido reunirnos, con los que ahora son mis Amigos y Amigas, el cuaderno está engordando cada día, con canciones nuevas, con las aportaciones de los hombres y mujeres maduros y maduras de hoy; he aprendido a encender un ordenador, saber lo que es internet, tener una cuenta de correo, escribir un email…para poder comunicarme con ellos, y saber de su día a día, de las polémicas que se organizan por temas triviales, de saber lo que hubiera pasado, si realmente me hubiera tocado el gordo de la lotería…quedar para tomar un cafelito…en definitiva, enriquecer con el paso de los años y la experiencia, aún más aquellas vivencias, y las que aún quedan por venir… porque al fin y al cabo, sólo somos una parte de todo aquello que vamos encontrando en el camino.

Cuqui


La Vida de Cuqui