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Laudio El C u ra n d e ro de Katuxa

Muskiz y Pobeña Un paseo p o r la n a tu ra le za Cuevas artificiales alavesas La Capadocia de Euskadi -y j

Bolatoki

El juego de los bolos



Ohartzeko astirik ia ez dugula izan, zuhaitz p u n te ta k o kim u loreztatu berríek, negu gom aren amaiera iragartzen digute. Eta, behar legez puntúan, AUNIA aldizkariaren ale berri bat duzu eskuartean. A u rre ko aldizkarien ondoríoko eskarmentuak, planteam endu geografikoa aldatzera eraman gaitu: eskualdekoa ahaztu barik, inferes handiko bestelako a rtiku lu a k ere tartekatuko ditugu. Horrek lan handiagoa dakar. Eta orríalde kopurua naba riki ha zi behar dugunez, p ro p o rtz io bertsuan, gastuak. Hala ere, ku ltu ra m erke eskaintzekoa da gure erronka eta h o rri eutsiko diogu berriro. Eskertzekoa da, bestetik, ñola geroz eta gehiago diren AUNIAra h urbiitzen diren ospe eztabaidaezineko ikerlaríak. Beraiei eta gure irakurleoi, o n g i e to rri argi-urtarora. ^

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Casi antes de percatarnos de la crudeza del in vie rn o , las pequeñas florecillas de los árboles ya nos avisan del declive de dicha estación. Y con ello. Mega un nuevo núm ero de AUNIA. A unque al lector le pase prácticam ente desapercibido, con este núm ero abrim os una nueva línea: la de, sin dejar de cubrir nuestra zona, interesarnos p o r otros tem as fu e ra de ella. Es decir, d o ta rla de un carácter g eográfica m ente más abierto. Ello im plica un considerable m ayor núm ero de páginas, tra b a jo y gastos. A ún así, continuam os en nuestra línea de ofrecer cu ltu ra de calidad a m uy bajo coste. Además, cada vez son más ilustres las firm as que se incluyen entre los colaboradores de AUNIA. A todos ellos y a nuestros lectores, bienvenidos a la estación del sol creciente.

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José Berganza, fabricante de bolas de bolatoki N.o 6 Zk. UDABERRIA En e ste n um ero han colab o ra do : R iU ar A girre . E ugenio A rbailzagoitia. A lb erto B argos. E nrique Ibabe. TxemI Llano. Arm ando Llanos. Juan C arlos Navarro. Ana Isabel O rtega. C arlos O rtiz de Zarate, X abler O rtiz. Mari José Torrecilla. G abriel Vazquez Eneho Z ubia (W eb)

Sumario ARGITARATZAILEA: AVNIA KULTURA ELKARTEA Torrea. 16 01408 • LUIAONDO 1? 945 891 976 www.aunia.org ZUZENDARITZA ETA ERREDAKZIOTALDEA: Juanjo Hidalgo Felix Mugurutza

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El juego de los bolos “Bolatoki” Eugenio Arbaitzagoitia

22 José Berganza, Carrocero, herrero y bolari Juanjo Hidalgo

32 Las pinturas de Añes Raquel Sáez Pascual

FOTOMEKANIKA ETA DISEINUA; abz@ibercom.com BILBAO MOLOIZTEGIA: Graíicas Lizarra • LIZARRA

Eskerronak Luiaondoko Adm inistrazio B atzarrañ

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40 ¿Hubo un curandero en Katuxa? Juan Carlos Navarro Ullés

52 Inscripciones romanas en la Cueva de Puente de Villalba de Losa Ana Isabel Ortega Martínez


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60 Ermita de la Trinidad (Kuartango) Carlos Ortiz de Zárate

70 La torre de Artziniega: Torre Ortiz de Molinillo de Velasco Mari José Torrecilla

82 Las raquetas tradicionales para andar por la nieve

102 Oraciones desde ei silencio. Cuevas artificiales y eremitas Armando Llanos Ortiz de Landaluce

122 El vacuno y su exquisita carne Xabier Ortiz

128 Llantén Gabriel Vázquez

131 Publicaciones recibidas

Enrique Ibabe Ortiz

132 Nuestras publicaciones 96 Entre Muskiz y Pobeña, un paseo por la naturaleza y la historia Alberto Bargos Cucó ,\V N [/V

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ctualmente, en la comunidad autònom a del País Vasco se practican tres ^ M modalidades de juego de M bolos federadas o ficia l­ mente, en las cuales se utiliza la bola denominada "de agarra­ dero". Una de ellas es el pasabolo, cuyo á m bito geográfico está a caballo entre las Encartaciones de Bizkaia y el oriente de Cantabria; otra es la de tres tablones, cuyo origen está en el norte de la pro­ vincia de Burgos; y finalm ente la deno­ minada bolatoki, m odalidad esta últim a a la que me referiré enteram ente en el presente artículo, por ser nuestra tierra uno de sus escenarios de juego. . Efectivam ente, la denom inación "b o la to ki", adoptada del nom bre euskérico del terreno en que el juego se practica, ha venido a agrupar las tres modalidades que con a lto grado de sim ilitud se practican en los tres te rrito ­ rios de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa. Esta m odalidad agrupada no es sino la denom inada "eskutxulo", con nueve bolos grandes y uno pequeño. Teniendo en cuenta la existencia en tiem pos pasados y aún en el presente de modalidades locales derivadas del juego, sin olvidarm e de ellas, voy a dedicarme a analizar lo que desde mi p unto de vista particular considero jue­ go troncal por ser el común, sobre todo, para Bizkaia y Araba, esto es, el juego “ de nueve" con bolo pequeño. Efectivamente, en to d o el trayecto geográfico com prendido entre la zona de Am orebieta hasta Basauri, conti­ nuando por to d o el tra m o vizcaíno del valle del Nervión, y una vez atravesado el valle de Laudio, por to d a la Tierra de Ayala, O rduña con sus aldeas y Artziniega, el juego es sim ilar por cuan­ to que se com parten varias reglas y con­ diciones que son comunes o lo han sido hasta época reciente. Entre estas simili­ tudes pueden citarse las siguientes:

• Terreno de juego de planta rectan­ gular de dimensiones com prendidas entre los 20 m y 28 m de longitud y entre los 3,20 m y 4,20 m de anchura. Suelo en mayoría de arcilla. • Existencia de nueve bolos grandes colocados en tres filas de a tres unidades form ando un cuadrado de situación invariable y un bolo pequeño de situa­ ción variable. • Existencia de una losa de unas dimensiones aproximadas de 1,40 m x 1,40 m, donde se colocan los nueve bolos. • Existencia de un madero a to p e al que o b ligato ria m ente debe tocar la bola para que la jugada sea válida. • Limitación de la zona o lugar en que la bola debe tocar prim eram ente al suelo del terreno de juego. Esta lim ita­ ción actualm ente se ha venido relajando en la práctica del juego en la zona de la Cuadrilla de Ayala, con lo cual, a mi modo de ver, se ha desvirtuado el juego en ese sentido. • Mayor valor dado al bolo pequeño en relación con los demás. • La bola se juega echándola a rodar, sin dar botes. • La estructura propia de la bola, con agarradero y con diámetros com prendi­ dos entre los 28 y los 32cm, y pesos entre los 10 y 14 kilos. En la Cuadrilla de Ayala, como consecuencia de las alteraciones que en el transcurso del tie m p o han sufrido los bolatokis, se ha llegado en la actualidad a ju g a r con bolas de hasta 20 y más kilos. • Fundamento y concepción del ju e ­ go en que el manejo de los efectos o giros que se dan a la bola en su lanza­ m iento se consideran la esencia del jue­ go. Con relación a este ú ltim o punto cabe decir que la esencia del juego de bolos es el manejo de los efectos, los


denom inados "vuelta a izquierda" y "vuelta a derecha" y más certeramente denom inados "en k u rp il". "g u rp il" o "b u rp il" en las formas de "erako burp il" y "kontra b u rp il" en que se da a entender el giro que se im prim e a la bola al lanzarla. A unque los datos son contradicto­ rios, to d o parece indicar que los viejos bolatokis de la zona de Ayala y pueblos FOTO: ARCHIVO PERSONAL DE^GERMAN GARDEAZABAL

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circundantes, no tenían remontes tan pronunciados como los de ahora. Esto lo podemos ver en los más antiguos que se conservan, com o pueden ser el de Gorostiola, el de A girre y, quizás, el de Mendeika. Lo mismo podría decirse de otros desaparecidos en Llodio y que algunos recordarán, com o los de El Boladero -ta m b ié n llam ado Etxesantu-, el de Bengoa (ambos de Gardea), o el de


Ordeñana de Goienuri, no así el de Kurtze, tam bién de Gardea. En este ú lti­ m o se podría decir que se inició la moda de grandes remontes. Pero, como aca­ bamos de decir, no son sino especulacio­ nes. Probablem ente habrá personas que, con sus aportaciones, podrían ayu­ darnos a aclararlo y, de ser cierto lo expuesto, podríamos entender que el juego "a rem onte" es más moderno que el juego "a las m anos” o "a birlear".

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En algunos de nuestro bolatokis, existe una pequeña elevación que ocu­ pando el centro del carrejo lo recorre longitudinalm ente dividiendo, en cierto modo, en dos mitades (conocidas como calles o manos) la zona de juego. Es lo que se conoce como “m uña", un reto añadido para poner a prueba la habili­ dad de los bolaris. Dicha muña lon gitu ­ dinal, tan presente en los bolatokis de Bizkaia, enfila a la bola a ias calles o manos, y como en muchos de éstos resulta realm ente difícil traspasar la muña central cruzando la bola a base de utiliza r el rem onte, el ju g a d o r se ve o bli­ gado a resignarse a las manos para lo cual el dom inio necesario de los burpiles es mucho más exigente. Es en el valle de Laudio donde se desarrolló más inicialm ente el juego a rem onte. A pa rtir del bolatoki de Kurtze, se em pezaron a construir otros con remontes pronunciados y em pleo de tabla en sustitución de la prim itiva arcilla o buztina. En im i­ tación de este de Kurtze se cons­ truyeron los de A Itzarrate e Isusi, ambos en Llodio, y a continuación otros en Luiaondo, Kexaa, etc. Ík R

Es significativa la distinción que se hacía entre los bolaris de las décadas de los 60 y 70, en que se decía jugar "a l estilo Gardea" cuando el jugador basaba su ju e ­ go en utilizar principalm ente los remontes en contraposición "al estilo O kendo" en que el jugador

FOTO; FELIX MUGURUTZA

realizaba sus jugadas principalm ente por las manos, es decir, utilizando sola­ m ente las tablas de la zona horizontal del terreno de juego, lo cual exigía mayor dom inio de los burpiles. Por otra parte, la m enor longitud de los bolatokis de la zona de Ayala y la progresiva sustitución del suelo de arci­ lla por suelo de madera, ta n to en los remontes como en el suelo horizontal, ha traído como consecuencia el uso de


jup restaurante y bolatoki de Aresketa (Okondo)

bolas de peso y tam año disparatados, al menos a juicio del que esto suscribe. Con suelo de madera en gran parte del carrejo, la bola, generalm ente de nogal, corría más fácilm ente, con lo que fue aum entando de peso y, lógicamente, tam bién en tam año. Con esto se pre­ tendía dar, digamos, un carácter de jue­ go para hombres fuertes, mientras que, por otra parte, la mayor dimensión de la bola favorecía el derribo de botos, pues­

to que la distancia entre éstos no se m odificó en el transcurso del tiem po. Esta serie de variaciones introducidas en el terreno de juego han venido a des­ virtuar el arte del juego de bolos que se practica entre nosotros y que se ha dado en denom inar "b o lo ayalés", cuando, tal como digo, no es sino una variante del juego común basado en nueve bolos grandes y uno pequeño, practicado en gran parte de Bizkaia y, como prolonga*


ción del Nervión hacia arriba, también en nuestra zona. Otra consecuencia de la serie de variaciones introducidas en el carrejo es la elim inación del concepto de kalba entre nosotros, que es el equivalente a oholuts o lu r en Bizkaia. Debido a esta eliminación, en el juego "a las manos", bastante en desuso hoy, se ha olvidado la obligación de "picar" en tabla. Para colmo de males, se dan como válidas bolas lanzadas por jugadores que, sin ningún arte, las sueltan dando botes. Por otra parte, se ha elim inado del juego oficial la posibilidad de colocar el bolo pequeño fuera del cuadrado que delim ita el contorno exterior de los nue­ ve bolos, con lo que tas jugadas se han sim plificado, quedando reducidas a unas seis, y el juego se ha vuelto más m onótono. Con respecto a to d o esto considero que debería volverse al ju eg o de "m anos” en la modalidad que en épo­ cas relativam ente recientes llamábamos "rapas" en que las bolas se lanzaban obligatoriam ente picando en las tablas de las "manos", jugando a "birlear" y parando la bola una vez tocaba ésta el madero, es decir, contabilizando sola­ m ente tos bolos derribados en la subida de la bola.

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El juego de bolos de nueve o bolato­ ki, tal como se practica en la zona de Llodio, Tierra de Ayala, Orduña, Zornotza, Lezama, Larrabetzu, etc. tuvo en épocas pasadas, relativamente recien­ tes, hasta la llegada del fú tb o l principal­ mente, una difusión enorme, pudiendo decirse que era el deporte nacional de la zona rural del país. Solamente en el valle de Üodio, en época inm ediatamente anteriora la guerra civil, podían contarse hasta diez bolatokis o botaderos, según denominación local.

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José Larrazábat, de 86 años, nacido y criado en la casa Olabeasko de Gardea, evoca la gran afluencia de gente que se acercaba al barrio en la época de pre5 guerra y principalm ente en Cuaresma, paseando, a pasar la tarde de los dom ini gos disfrutando del juego en los bola' deros de Etxesantu-Larreneko, Bengoa y 1 Kurtze, disponiendo de taberna todos ^ ellos. Bolatoki de E rm ití Asimismo, nos cita los bolatol<íy\f?>W’^ central^ Plaza de aquella época, que se localiza­ ban ju n to a la carpintería de Dámaso Pagazaurtundua el uno, y en la antigua , casona el otro, Desaparecida esta últim a [ de la cuesta del Carmen, m antuvo taberna y juego de bolos, construido y


regentado por ''Txurri" Etxebarri, hasta la Guerra Civil, siendo luego más cono­ cida por todos nosotros como " la tienda de José, el pastelero". Igualmente nos cita el bolatoki de Gumuzio de Areta, dando como detalle curioso de éste la particularidad de tene r el rem onte de madera en la m ano correspondiente al jugado r zurdo, cuando lo normal era que el rem onte de más tabla fuese el correspondiente al ju gador derecho. En aquélla época, primera m itad del siglo XX, se celebraban im portantes campeonatos de bolos organizados por el club Rákatapla, integrado por jóvenes principalm ente del barrio de Gardea y dirigidos por el insigne Ruperto Urkijo. En ellos se reflejaba una form a de vida rural anterior a la masiva industrializa­ ción y los nuevos hábitos de la pobla­ ción como consecuencia de ésta. Ahí ha quedado para el recuerdo la canción arri (ZebdVíí^mos a Gardea", que no es sino una exaltación del ju eg o de bolos y que debería adoptarse como him no de los bolaris.

El citado Ruperto Urkijo, además de renom brado com positor de canciones costumbristas a nivel local, fue también, por su condición de carpintero-ebanista, to d o un constructor-tallista de trofeos de madera que se daban a los vencedo­ res de aquellos campeonatos. Hay per­ sonas, principalm ente en Llodio, que conservan algunos de ellos, como los construidos en madera de nogal, con m otivo de las fiestas de Santa Cruz de Gardea de 1946 el uno, y con una ins­ cripción en la bola el o tro y que reza "La birleada XIH", en alusión directa al ta n ­ te o m áximo de una jugada. Es a finales de la década de los 60 cuando la Sociedad Recreativa Los Arlotes, con la colaboración inicial del g rupo de amigos conocido como El Puro -e n tre cuyos componentes se encontra­ ban destacados practicantes del ju e g o reinicia en Llodio los campeonatos de

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Bolatoki de Ermitabarri (Zeberio), con muña central. Una vez derribado el edificio y bola­ toki mismo de AItzarrate, su piedra de bolos fue colocada en el boladero que fue construido adosado a la fachada este o principal del palacio de los Ayala de Quejana. Este bolatoki tu vo la estruc­ tura de su cubierta apoyada en la citada fachada del palacio y perduró allí hasta que con m otivo de las obras de reforma de éste e instalación del museo de los Ayala, fue derribado y realizada una explanada de aparcamientos. La piedra de bolos que nos ocupa se trasladó al nuevo b o la to k i de Quejana pero, según mis noticias, tras haber sido colocada de form a errónea, se rom pió al intentar corregir la posición.

FOTO: EUGENIO ARBAITZAGOITIA bolos al estilo que de form a tradicional se había practicado en las épocas ante­ riores. Para ello se recuperó, con el tra ­ bajo y asistencia técnica de varios com­ ponentes de El Puro, el bolatoki de AItzarrate existente en el antiguo com­ plejo deportivo del mismo nom bre per­ teneciente a la antigua VILLOSA -h o y G uardian-, b o la to k i que había sido construido en 1948. Se elaboró en aque­ lla época un reglam ento que ha servido de base para el actual y se iniciaron los torneos de elim inatorias en m odalida­ des de individuales y parejas.

Los torneos a los que nos hemos referido han llegado hasta la actualidad en Llodio, paralelam ente al surgim iento de clubes de bolos en los pueblos de Okondo, A m u rrio y Ayala. De esta fo r­ ma pudo resucitarse el juego, lo cual conllevó la recuperación para el mismo de los antiguos bolatokis del txakoli de Agirre y de Gorostiola en O kondo, el de FELIX MUGURUTZA

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Posteriormente, como consecuencia de la expansión de las instalaciones de la citada empresa, ésta derribó, ju n to con el bolatoki, el hermoso frontón. Refiriéndonos a aquel fro n tó n podemos decir que fue construido en el mismo año que el bolatoki, em pleando en su fro n tis uno a uno los sillares labrados de piedra caliza que conform aran, a su vez. el fron tis del otrora famoso fro n tó n Euskalduna de Bilbao.

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Bolatoki de Gorostiola (Okondo)


Bolatoki de José Isusi (Laudio), hoy reconvertido en restaurante. Para muchos, fué el mejor b o la to k i de la'comarca

FOTO; FELIX MUGURUTZA'

los Barrenengoa en A m u rrio, el de Beotegi en Ayala, y la construcción de nuevos bolatokis en Llodio (antiguo Bar Isusi y erm ita de San Juan), Luiaondo, Arakaldo, ibarra-Olarte, Quejana (el de San Juan ju n to al convento y o tro más

reciente en el mismo pueblo), Orduña, Llanteno, así como los últim os de Llodio en San Roque, el reedificado de San Juan -e n recuerdo de un a n tiguo juego de bolos sin techum bre y sobre tierra, que estaba en la campa fre n te a la erm ita-, y Gardea, costeados por el Ayuntam iento de Llodio todos ellos. Solamente en el área com prendida entre el m unicipio de A rrankudiaga, Tierra de Ayala, O rozko, Orduña, A rtziniega, Llodio, etc., podrían contabi­ lizarse hasta una centena de bolatokis entre los existentes en pie y aquellos de los cuales se tiene m em oria ocular por personas vivas. Un entorno interesante representa el caserío Aresketa de O kondo -cercano al barrio laudioarra de M a rku a rtu - con su era enlosada, su secular y m onum ental encina, su cabaña y su bolatoki. Las e d ifi­ caciones se encuentran en estado avan­ zado de abandono y en el caso concreto de! b o la to k i su ruina es casi irreversible. Sería mucho pedir a su propietario la recuperación del conjunto, por el eleva­ do costo que supondría. No obstante, no



sería descabellado el recurrir a las insti­ tuciones públicas, teniendo en cuenta que el conjunto representa el escenario típico de las antiguas sidrerías o txakolinerías como centro del ocio dominical en los barrios apartados del país. Actualm ente se está construyendo ju n to a la erm ita de San Juan de Laudio un nuevo b o la to ­ k i con gran alarde de * madera de roble en la - V '" j estructura de su cubier.y ' '' ta. Bien estaría que se intentase m inim izar el ; uso de la madera en el ' ^ V ,, terreno de ju e go y se procurase volver, dentro de lo posible, a la o rig in a li­ dad de los antiguos, lim itan ­ do la madera solam ente a las manos, al "p iqu e " de la bola y al made­ ro de atrás, com pletando el resto del carrejo con "b u ztin a " (arcilla).

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VOCABULARIO DE TÉRMINOS USADOS EN LA COMARCA A continuación se presenta una lista de palabras, ta n to en castellano como euskara, utilizadas propiam ente en el juego de bolos. Las citas a otras palabras en euskara, hacen referencia a térm inos recogidos en el diccionario de R. M® de Azkue. -Armar. Colocar los bolos. También sue­ le dársele a este té rm in o un significado más específico y que consiste en asentar los bolos de tal manera que favorezcan el "b irle o ". •B írlear. Equivalente a "b iria u ". Cuando un bolo derribado, por su m ovi­ m iento tira algún o tro anexo. -Bola. Bola.

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-B olatoki. Nombre con el que se deno­ mina ta n to el juego como el lugar don­ de se practica. Todo parece indicar que se tra ta de un nom bre ad o p ta d o m odernam ente. Por el contrario, las denominaciones usuales han sido la de "boladero", "carrejo" o "ju(e)gabolos". La existencia en Laudio de un topónim o docum entado, Bolalekuzar, podría dar­ nos una idea de 1a denom inación o rig i­ nal en euskara, antes de que éste des­ graciadam ente desapareciese.


-Bolo, Txirlo. Equivalente a "tx irlo ", "b irle ", "b rilla ". Se denom ina así a cual­ quiera de los bolos.

-Cam pa o finca. Equivalentea "zinka". Cuando la bola pasa sin tocar ningún bolo fuera del cuadro de los bolos.

-Bolo de en m edio. Equivalente a "ZÌI".

-Chucha. Falsa tirada a manos picando fuera de la tabla de la mano intentando "birlear" sin "burpü" o vuelta.

-Calie, equivalente a "ka le". Cuando la boia, en trayectoria rectilínea, atraviesa entre los bolos sin derribar ninguno de ellos. -Calva, asimilable a "oholuts". Norma del juego consistente en no dar por váli­ da aquella tirada en la que la bola lan­ zada pica por primera vez en el suelo fuera de unos límites establecidos. Se dice entonces que "ha hecho calva". Este térm ino tam bién tiene otras acep­ ciones en el m undo de los bolos.

-Falta. No dar al bolo pequeño en ju g a ­ da de subida. -M adero. Tablón del fo n d o del juego, equivale a "zu l". -M anos. Equivalente a "esku". Primer bolo de las hileras exteriores. -M ojados. Cuando el to ta l de la jugada vale 18 ó 19 puntos. •M o rra. Equivalente a "tx o rra " o "tto rra ". Se dice cuando la bola no llega,

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por cualquier m otivo, a tocar el madero final. Se considera como jugada nula. -M udar. Cambiar de sitio el bolo peque­ ño. Puede colocarse en cualquier punto situado en la piedra. Sin embargo, fuera de Laudio, puede ubicarse en cualquier p u nto del carrejo. •P equeño, c h iq u ito . Equivalente a "txa kin ", "bostekots", etc. Bolo peque­ ño. -Pique.: Zona del suelo donde la bola debe tocar por primera vez después de lanzada. -Plantar. Colocar los bolos en sus "chipos". -Rapas o arrapas. Jugar a las manos b irle a n d o sin b o lo pequeño. Probablemente el té rm in o proceda del verbo rapar "coger" (de ahí el "harrapatu " euskérico) ya que en este tip o de jugadas eran frecuentes las apuestas y el vencedor recogía to d o el dinero. El fa lle ­ cido Florentino Ussía comentaba que, en el bolatoki de Santa Lucía de Laudio, el

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carrejo se llegaba a cubrir con monedas de plata de las acaloradas apuestas, sien­ do un espectáculo impresionante. -Rem onte. Cada uno de los dos planos inclinados que corren a los lados. -Secos. Cuando el to ta l de la jugada vale 13 ó 14 puntos. Ha de tenerse en cuenta que el bolo pequeño puntúa como 4 (sólo en jugada de subida; de bajada O puntos) y cada uno de los grandes, ta n to en subida como en bajada. 1 punto. Si el bolo grande central (en la fila del medio)

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Entrega de premios en el bolatoki de Barrenengoa (Amurrio, década de los 60)

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HOTO: ARCHIVO PERSONAL HNAS. BARRENENGO es el único derribado en la jugada de subida puntúa como 2. Además, por el simple hecho de ser jugada válida (no "calva" ni "tx o rra ") se dan 5 puntos a añadir al valor de los bolos derribados.

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•Suyo. Se dice de la jugada por la cual el bolo pequeño es derribado por o tro bolo en jugada de subida, antes de que la bola vuelva a tocar por segunda vez al bolo grande. Como ha sido m otivo de muchas polémicas, no se tiene en cuenta en los últim os tiempos. -Templar. Colocar los bolos de form a tal que un leve to qu e o roce pueda derribarios.

-Txipo. Equivalente a "tx ip o ". Se deno­ mina con dicho nom bre a cada uno de los agujeros o rebajes practicados en la piedra donde se arman los bolos. -Vuelta a derecha. V u e lta a izquier­ da. Equivalentes a "erako burpila" o "kontra burpila" según el jugador sea zurdo o derecho. Efecto de giro que se da a la bola con un hábil g iro de muñe­ ca en el m om ento del lanzamiento.


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JOSE BERGANZA CARROCERO, HERRERO Y BOLARI

Bola-toki jokuan aritzeko, bola bera da gehien baloratzen den elementua. Gutxi ziren bolak egitearen zailasunak gaindítzeko animatzen zirenak. Horien artean, José Bergantza amurriarra. Ospe handikoak izan dirá artisau honen eskuetatik aterata koak.

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n A m urrio, como en tantos otros pueblos, hubo un herre­ ro. Aún hoy lo hay, pero el sis­ tem a y los métodos de trabajo han cambiado ta n to que casi no se reconoce el viejo oficio del que derivó el nombre. Hoy, los herre­ ros no tienen necesidad de herrar, ni de calentar el horno de fragua para crear las piezas a golpe de m artillo, trabajos que sí ocuparon buena parte de la vida activa de un hom bre que, a pesar de su edad, 84 años, aún mantiene el carácter fu e rte y el gesto firm e de to d o un arte­ sano del hierro. José Berganza nació un 23 de marzo de 1919 en Am urrio, en el día de los "bolcheviques" a decir suyo. El caserío, llamado Ligarte, se encontraba en el barrio del mismo nombre, muy próximo a la herrería que CKupara él y que ahora defiende su hijo, en la calle Bañuetaibar.

En los años veinte del pasado siglo había ochenta labradores en Am urrio que, como ellos, sembraban trig o y borona, además de patata, hortaliza y verdura en la huerta, para el consumo de casa. Eran nueve hermanos en el \ caserío y hubieron de trabajar duro para salir adelante. Así lo hizo su ipadre y así co n tin u ó él, siendo labradores y a la vez herreros. Construyó el taller actual con o tro de sus hermanos, allá por 1966, dedicando todos sus esfuerzos en fabricar herram ienta y apeos para atender la demanda de los agricultores del valle. Uno de los trabajos más solicitados por aquel tiem po era la construcción de carros, desde los com ponentes de h ie rro más pequeños hasta cada una de las pie& zas de madera que form aban el cubo en sí, las ruedas y to d o lo g demás, incluidos los remaches. Era p en invierno, cuando nevaba o hacia mal tiem po, la época en que apro­ vechaban para hacer los remaches

en la fragua y almacenarlos hasta el m om ento de su utilización. Nunca había lugar para la contem plación. Luego, más tarde, le compró a su herm ano su parte en la herrería y se quedó sólo con to d o el taller. Para entonces, su hijo era ya to d o un operario. Lo de la madera, y p o r consiguiente la fabricación de bolas, le vino de su o fi­ cio de carroceros, es decir, fabricantes de carros en el sentido estricto de la pala­ bra; por lo tanto, dom inaban perfecta­ m ente el trabajo de la madera, como si de carpinteros especialistas se tratara. José había venido haciendo bolas desde los catorce años, y tam bién tro m ­ pas. Lo había aprendido de su padre. En cuanto pudo compró un to rn o mecánico que tenía tres poleas y un cabezal de hie­ rro, herram ienta casi imprescindible en el trabajo de la madera. Fabricaba tro m ­ pas de encina no para ganarse la vida, sino para llevar al colegio y para sus am i­ gos. En casa siempre había muchos tacos de encina para el laboreo de los carros, por lo ta n to era fácil aprovecharse de ello. Con encina realizaban los radios y las corvas (partes curvas) de las ruedas, aunque tam bién empleaban para ello la madera de acacia, más resistente al agua y a la putrefacción que la encina. Si las partes fabricadas con encina duraban un té rm in o medio de quince años antes de su sustitución por otras, las de acacia aún aguantaban más tie m p o sin deteriorar­ se. El padre de José había hecho ya algu­ na bola para los boladeros de la zona, con lo que no le fue muy difícil apren­ derlo y seguir con la misma labor, supe­ rando en ello con creces a su progenitor. Antes, un ta l Urrutia, tam bién de Ligarte, había venido fabricando botas, pero sin ta n ta continuidad ni dedicación. Las bolas se hacían de raíz de nogal, razón por la que solían ofrecérselas cuando alguien talaba algún árbol de esta espe­ cie. Las pagaba a diez pesetas, según el tam año, aunque luego había que poner­


se a sacar una bola de to d o aquel tocho in form e . También los bolaris de las empresas de Laudio andaban atentos para traerle raíces cuando se enteraban de alguna, y así conseguir bolas nuevas pagando, por supuesto, el coste del tra ­ bajo. Por aquella época, ta n to Villosa como Aceros de Llodio construían bola­ tokis y subvencionaban con dinero el m aterial necesario para el juego y el m antenim iento del mismo, por lo que se vivió un m om ento m uy bueno en cuan­ to a la abundancia de medios y a la a fi­ ción en la práctica de los bolos. La de roble era madera más rajadiza que la de nogal y no solía utilizarse para hacer bolas. Más duro era el olm o y se

trabaja m ejor que el nogal, pero tam po­ co lo empleaba demasiado. En Olabezar había muchos y buenos olmos, y José hacía buen acopio de ellos, ya que su madera era inm ejorable para fabricar las camas de los carros. En realidad, en la preparación de un buen carro intervení­ an un buen núm ero de diferentes made­ ras: roble, chopo, olm o, acacia y encina. Precisamente de esta últim a eran buena parte de los bolos que trabajaba José, largos, esbeltos, de cabeza fusiform e y resistentes a los demoledores envites de las pesadas bolas. Desde luego eran mucho más fáciles de facturar que éstas, sobre to d o si se era diestro en el manejo del torno.

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FOTO: Archivo Hnas. Barrebengoa

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Perteneció José al histórico Rakataplá de Laudio, fundado por el músico de vocación y ebanista de oficio Ruperto Urquijo, y siempre que podía acudía a Gardea, donde Patxoandi, y sobre to d o al de Isusi, en el barrio de Larrazabal, que era el que más le gustaba. Por supuesto, en casa tenía los boladeros de Am urrio siempre a mano, y es que a José le gustaba bastante más jugar que fa b ri­ car las bolas, aunque esto últim o no hubiera podido entenderse sin lo prim e­ ro, pues el trabajo en sí no le reportaba sino más trabajo y muy pocas ganancias. La afición le venía desde chaval, cuando jugaba en el bolatoki de su barrio de Ugarte en Am urrio, situado bajo unos nogales y pegante al caserío donde nació. En la guerra tenía 17 años, y antes de ello, nos recuerda, ya hacía bolas y jugaba a bolos. Para entonces, había aprendido ya a girar la mano al tiem po de soltar la bola para darle un poco de gurpil, y así lograr que en el m om ento de tira r un bolo, el efecto hiciera que éste saliera despedido hacia un lado y les pegara a los otros de birleo. derri­ bándolos. Todos los mozos entendían bien esta jerga, la de un deporte que, como el fú tb o l hoy, levantaba pasiones.

LA BOLA Con la raíz lim pia de tierra y pie­ dras, comenzaba a aproximarla, es decir, a desbastarla para buscar el diám etro deseado y poder trab aja rla . Antes, según José, las mayores solían tener un diám etro de 14 pulgadas (pulgada cas­ tellana) y las menores de 12, equivalen­ tes a 32 y 28 cm respectivamente. Una vez desbastada la raíz se dibuja­ ba una circunferencia con el compás y se marcaba con la gubia. Entonces, ayuda­ do con la sierra de cinta, le iba quitando las partes sobrantes del trazo del com­ pás hasta convertir el tocho en un cilin­ dro. Realizado este paso, volvía con el

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compás a echar dos puntos para buscar la marca que serviría para centrar el blo­ que antes de m eterlo al to rn o , donde convertiría el cilindro en una bola. Una vez en el torno, lo sujetaba por el trin ­ chante en un extremo (bien clavado para aguantar el peso del cilindro), y por el punto en el otro. A continuación hacía girar el to rn o y con la gubia Iba quitando la madera sobrante para dejar las medidas solicitadas por el diente. No era fácil acabarla bien, y en oca­ siones se encontraban piedras envueltas por la propia madera. Les ocurre m uy a m enudo a las raíces que, en su creci­ m iento, van aprisionando piedras y tie ­ rra del subsuelo hasta envolverlas com­ pletam ente entre su madera, reapare­ ciendo éstas cuando se somete el taco a labores de talla. Estos huevos o huecos ocupados por la piedra podían dar al traste con to d o el trabajo, ya que o bli­ gaban a un reprocesado que incluía la reducción del tam año de la bola en toda su superficie y, a veces, incluso a des­ echarla. No traen estas cosas buenos recuerdos a nuestro artesano, salvo lo de mucho trabajo y poco rendim iento económico. Sin duda, era ésta una de las labores que se hacían más por afición que por afán de sacar un dinero de todo ello. A José le gustaban más las raíces en verde, pero no siempre le llegaban así al taller. Si la raíz era muy grande podían sacarse hasta dos bolas de ella, sobre to d o si las solicitadas eran pequeñas, pero era difícil que esto ocurriera. No obstante, en un mismo boladero hacían fa lta siempre diferentes tamaños de bolas, ya que los bolaris solían comenzar a calentar con las de m enor peso antes de agarrar cada cual la que m ejor se ajustara a sus características físicas. La bola recién acabada tenía un aspecto m uy redondeado, pero luego mermaba más de un lado que de o tro a medida que se iba secando. En una


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misma bola había partes de madera más duras que otras, y tas que eran más blan­ das m erm aban más que las duras, que­ dando luego bultos e irregularidades en la superficie. Así pues, to d a bola que lle­ vara ya dos años rodando en los bolato­ kis necesitaba volver al to rn o para hacer desaparecer todas las irregularidades y recuperar de nuevo el pulim ento. Por supuesto, esta labor menguaba obliga­ to ria m e n te el diám etro de la bola, por lo que en el m om ento de fabricar una, José prefería hacerla grande, porque de una bola grande siempre podía sacar una pequeña, pero de una pequeña no se podía sacar nada más. Y ciertamente, casi todas las bolas regresaban alguna vez al ta lle r para ser retorneadas o para reparar fallos o roturas de agarraderos. La construcción del boladero de Isusi en Laudio, con el suelo bien entablado y liso, marcó un antes y un después en lo tocante al peso y tam año de las bolas, ya

que la gente, viendo que rodaban con más facilidad, comenzó a pedir bolas mayores. Esta práctica se generalizó en toda la comarca y nuestro buen herrero llegó a fabricar bolas de hasta 25 kilogra­ mos y 36 cm de diám etro, todo un reto para los sufridos brazos de los bolaris. En aquellos tiem pos realizó decenas de bolas, algunas incluso de otras m odalida­ des de juego, como las que le encargaban para el Valle de Losa, Salvatierra o Zuia.

EL AGARRADERO José no duda en señalar que el aga­ rradero era la parte fundam ental de la bola y la pieza más complicada de hacer, hasta el punto de dar la verdadera cali­ dad del fabricante. Y era en esto, preci­ samente, donde José tenía reputada fama entre los bolaris de la zona y otros de puntos más alejados, como aquel que llegó desde la localidad guipuzcoana de Antzuola para que el herrero de Am u-

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Bolatoki Amui^o .. ‘ FOTO: Archivo Hnas. Barrebengoa **■ ’


rrio le hiciera los agarraderos. Su destre­ za en esto residía en que en sus huecos cabían bien todas las manos sin sufrir molestia o daño alguno. Para esta labor contaba con un ta la d ro del que se servía para perforar tres o cuatro barrenos. No tenían que ser m uy gruesos para que no se escaparan los dedos, ni muy delgados para evitar que se agarraran demasiado. Antes de hacerlos, José escrutaba bien las vetas de la madera, y sobre la zona elegida colocaba una plantilla pre­ viamente dibujada y recortada con la form a del agarradero deseado. Marca­ do éste sobre la superficie de la bola, entraba en acción el taladro para vaciar to d o el centro, dándole unos siete centí­ metros de p rofun d id ad a to d o el hueco. Luego, ayudado del form ón y de la gubia, le iba dando el acabado ajustán­ dose enteram ente al modelo diseñado. Antes de acom eter este últim o trabajo, la bola debía estar ya perfectam ente redondeada, lijada y alisada, dispuesta a rodar en cuanto dispusiera del in elu di­ ble asidero. El agarradero se hacía siempre sobre la parte más dura y resistente de toda la esfera, ya que al ir en hueco tenía el peli­ gro de rom per cuando la bola cayera sobre ese lado después del lanzamiento. Aún así, no pocas eran las bolas que fa lla­ ban por el asidero, y muchas las veces en que José hubo de fabricar agarraderos postizos para solventar tales eventualida­ des. Había que q u ita r el trozo fracturado y tom ar bien las medidas para que el nuevo asidero entrara ajustado al hueco. La cola de carpintero no servía de mucho en esta tarea, así que los aseguraba con cuatro barraqueros en los costados para evitar que pudieran salirse. De igual forma, era habitual la reparación de fallos y oquedades mediante la inserción de tacos de madera preparados a m edi­ da. Todo un proceso de ebanistería que convertía en verdaderos puzzles a algu­ nas de las bolas.

BOLADEROS Y AFICIÓN En los años setenta florecieron ani­ mados campeonatos en Laudio que con­ gregaban a los jugadores locales entre otros bolaris venidos desde puntos de Bizkaia y hasta de Gipuzkoa. Algunos de estos se encapricharon de las bolas que habían utilizado en el ju e g o hasta el punto de venirse a A m u rrio para hacer el o p o rtu n o encargo al fam oso herrero. Según dicen, en A m u rrio se jugaba menos, y prueba de ello es que al final no quedó un bolatoki en pie a excepción hecha del de Barrenengoa, en el barrio de Ugarte, cuyo tejado se desmoronó hará apenas diez años. Pero sí abunda­ ron en o tro tiem po los boladeros, erigi­ dos por ios mozos de cada barrio en los terrenos comunales. No eran buenos bolatokis, ni tenían buena madera en las manos {el suelo), pero servían para con-


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Bolatoki B a r r e n a r la s Amurrip. .-^ FOTO: Archivo Hnas. Barrebengoa ' años en lugar de 84, aunque quizá no sepa que los carrejos ya no congregan m ultitudes hoy en día y que entre nues­ tros mozos y mozas, el b o w lin g y la coca­ cola han sustituido ai bolatoki de pare­ des de arcilla y olor a vino. Con la conversación term inada y a punto de despedirnos, entra nuestro hombre, sin mediar palabra, en una especie de trastero situado detrás del

taller, de donde saca, rodándola con el pie, una bola pequeña, desprovista de agarradero y enteram ente apolillada. Le observo y espero, sabedor de que aquel gesto tendría una razón de ser Es e nton­ ces cuando me mira a los ojos mientras me habla: No había bolas de sobra ni nada de sobra. No había de sobra nunca cosa buena. Es todo cuanto me queda añade-, y n i siquiera la he hecho yo.

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Amurrio

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AIARA

Las p in tu i^a s DB añBS TEXTOS; Raquel Sáez Pascual Historiadora del A rte Universidad de Oviedo

Gure bazterrik txikienetan ere, arte-lan ikusgarriak aurki daltezke. Duela gutxira arte, oso kondizio txarretan zeuden Añes herriskako margoak, egun, museoetan bisitatzen dirá. Raquel Sáenz arte-irakaslea da hoberen aztertu dituena.


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n e! Museo de Arte Sacro de la Diócesis de Vitoria se conservan dos pinturas que proceden de la parroquia de San Vicente de Añes. Estas pinturas sobre tabla datan de fines del S. XVI o principios del S. XVII y representan dos escenas de la Infancia de Cristo: su Nacimiento y la Adoración de los Reyes Magos. La prim era de las tablas, la del Nacimiento de Cristo, nos muestra en un prim er plano el grupo compuesto por la Virgen arrodillada que sostiene con ambas manos el paño sobre el que está el Niño recostado, en el pesebre. Son sin duda las dos figuras protagonistas de la escena, ju n to a ellos encontramos tres ángeles que rodean al Niño adorándole. Un poco más al fo nd o aparece la figura de San José de pie sosteniendo una vela. En un segundo plano, alejados del grupo principal, se han representado el buey y el asno y en últim o plano un profundo paisaje. Es un ta n to árido y en él se mues­ tran alguna población y edificación aisla­

das. El artista ha dispuesto en la parte superior de la composición la figura de Dios Padre, figura vigorosa, sobre un ani­ llo de nubes y flanqueado por ángeles tam bién en adoración. El grupo del prim er plano gira entor­ no a la figura del Niño, y no sólo lo deci­ mos por el círculo que parecen form ar entorno a El sino tam bién porque reci­ ben la luz de la figura del Niño, es El quien les ilumina, y les destaca de un con­ texto más oscuro. Hay o tro segundo foco de luz en esta pintura y lo genera la fig u ­ ra de Dios Padre, que hace que fijemos nuestra atención en su presencia, que de otro m odo pasaría inadvertida. Está en el mismo eje central que el Niño. En la Adoración de los Reyes Magos observamos que se dispone en primer plano un grupo compacto de figuras, son los Reyes Magos y San José rodeando la figura sedente de la Virgen que sostiene sobre su regazo al Niño. Al fondo se dis­ pone una arquitectura de corte clásico. Una figura en la actualidad apenas esboFOTO: FELIX MUGURUTZA


zada, uno de los criados del séquito, surge desde el lateral de nuestra izquier­ da en un segundo plano. Esta zona de la pintura estuvo especialmente dañada y la figura apenas se pudo recuperar. Melchor, el rey anciano, a nuestra izquierda, hinca su rodilla en tierra en señal de respeto hacia el Niño y tom a su m ano con delicadeza para besarla. Destaca, entre otras cosas en esta p in tu­ ra, la agitada postura del Niño en con­ traste con la serenidad de la Madre. San José, así como los otros dos reyes, Gaspar y Baltasar contem plan el m om ento. Baltasar además presenta un gesto enér­ gico, con m ovim iento, dirigiéndose hacia la Virgen y mostrando ligeramente su espalda al espectador. Iconográficam ente las pinturas no presentan novedades especiales. La esce­ na del Nacimiento es una de las más representadas en este período en Álava. En la tabla de Añes, respecto a ejemplos cronológicam ente anteriores que se con­ servan, cabe señalar el papel más activo y principal de los ángeles en la adoración del Niño. El establo o la cueva se han con­ vertido en unas ruinas clásicas, respon­ diendo en buena medida al gusto de la época, pero tam bién con posibilidad de que esa columna clásica en un extremo, haga referencia al desm oronamiento de la antigua Ley, lo que se ve ya en obras en to rn o al 1500 y principios del X V I. Los animales que acompañaban al Niño y le calentaban aparecen bastante alejados respecto a lo que solía ser habitual en este tip o de representaciones. Estos ani­ males se representaban ya en el S. IV . También destaca la figura de San José que está sosteniendo una vela. Este m o ti­ vo no es novedoso, encontrándolo en obras góticas, y tam bién renacentistas, como en Domaiquia o en la desaparecida tabla del retablo de San Formerio, en el Condado de Treviño. Este elem ento sim­ boliza la luz terrenal, la luz de la vela que apenas si se nota en un lugar que queda

Vi: FOTO: RITXAR AGIRRE inundado por la luz que irradia el Niño, se tom a de esa literatura de meditación y tam bién de algún apócrifo, concretamen­ te en las Revelaciones de Santa Brígida se nos dice que del Niño emanaba una potente luz que ilum inaba la estancia y hacía palidecer la del sol y la de la vela . La escena muestra, por tanto, bastante simbolismo. El pesebre que parece aquí un altar se refiere al sacrificio de Cristo, es una prefiguración de su muerte para lograr la Salvación de los fieles. El Niño desnudo señala la pobreza de su naci­ miento. Los ángeles adorándole hacen


referencia a su divinidad. Habría que plantearse hasta qué p unto el autor de esta obra conocía el profundo significa­ do de ese simbolismo y hasta qué otro se lim itaba a seguir fórm ulas anteriores sin desconocer que tenían fuerte carga reli­ giosa, pero sin profundizar en ella.

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FOTO: FELIX MUGURUTZ/V

La Adoración de los Reyes Magos (Mt, 2,1-12), es el tema del que más ejemplos pictóricos del S. XVI conservamos en Álava. Los magos son tres y, en todos los casos recogidos, se combina en ellos las tres edades con la referencia a sus proce­ dencias, ya que representan las diferen­ tes partes del mundo conocido, mostran­ do que adoran al Niño Rey . Por ello, en todos los casos vemos que el primero se representa como un anciano canoso, el segundo como un hom bre de edad mediana y el tercero como un joven de color. Sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecen hacia el S. IX, aunque antes se les habían dado otros, pero la Leyenda Dorada de Vorágine los popula­ rizó . En los textos antiguos se nos dice que eran magos, no obstante, lo más característico en el arte de nuestro te rri­ to rio es verles ataviados como reyes, incluso con coronas, algo que se ve desde el S. X, por ejem plo en el arte bizantino . En el Evangelio de San Mateo se nos señala que los magos ofrecieron al Niño oro, incienso y mirra. Estos regalos fueron interpretados com o presentes para Cristo como Rey, Dios y hombre . Estas composiciones ta n interesantes no son originales del anónim o maestro p in to r de Añes. Es una práctica muy habitual en la época que el pintor se ins­ pire en composiciones previas para reali­ zar su obra, en estas dos pinturas nos estamos refiriendo a los grabados. En Añes se sigue el m odelo ta n to en la com­ posición general como en detalles secun­ darios. El p intor adapta el grabado a la superficie sobre la que debe ejecutar la pintura y ya es él quien decide el color a emplear, que en este caso salta a la vista


FOTO: FELIX MUGURUTZA

que es bellísimo, de una gran bnllantez, bastante armonioso, con tonos fríos y tornasolados, característico de su época y estilo, el Manierismo. El artista de Añes no ha escogido cualquier grabado, sino sendas obras muy destacadas realizadas por el graba­ dor Jan Sadeler I basadas en composi­ ciones realizadas por el p in to r M artin de V o s . La dependencia se centra, en espe­ cial, en las figuras como bloques casi compactos y no ta n to en los fondos. Los dos grabados son parte de una serie más extensa sobre la Vida de Cristo, encon­ tram os una en El Escorial. El del Nacimiento lleva la fecha de ^ 582 y el de la Adoración de los Pastores de 1581, por ta n to contamos con fechas exactas para los modelos lo que nos perm ite disponer de una cronología de partida para las pinturas. En el Nacimiento vemos que el Maestro de Añes no ha copiado por completo el grabado, aunque se ha inspirado en él para realizar la mayor y más im portante parte de la composición, es decir, el grupo del prim er plano. Hay detalles o partes que difieren, por ejemplo, en el fo n d o de la pintura encontramos un espacio abierto, en lugar del edificio que aparece en el grabado, o la figura de Dios Padre que aparece en la pintura y que no vemos en su modelo. En la Adoración de los Magos, -¿g^ encontramos que muestra tam bién, ¿ y aún en mayor me-

co y el fondo, aunque presenta mayor dependencia que la escena anterior. La adaptación al espacio de la tabla ha supuesto no ' sólo que las figuras estén más juntas unas de otras, sino tam bién la eliminación de algunos elementos y personajes, por supues-jj^H

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FOTO: RITXAR AGIRRE to de carácter secundario. Pero, en gene­ ral, la fidelidad al m odelo es tan grande que incluso los rasgos físicos en la pintura siguen a los planteados por M artin de Vos y Sadeler en el grabado, por no hablar de los plegados de la indumentaria. Los grabados que sirven de modelos para Añes obtuvieron un gran éxito y prueba de ello es que encontramos p in tu ­ ras de muy diferentes procedencias que se basaron en ellos en mayor o menor medi­ da. Por ejemplo, vemos en Galicia el reta­ blo de la Virgen de tos Dolores de la igle­ sia de ta Asunción de Valdeorras (diócesis de Astorga) obra de Jerónimo de Salazar, en el que la escena de la Epifanía sigue el mismo grabado que Añes, aunque de

manera más ajustada a su modelo, pues­ to que incluye el cortejo de los reyes. De este mismo p intor cabe citar el retablo de Valdín, h. 1600, tam bién en la diócesis de Astorga. Encontramos una Epifanía tomada del mismo grabado en el retablo de Villa de Ves (Albacete) obra de B. Matarana, de 1586 . El p intor flamenco Simón Pereyns, afincado en México a finales del S. XVI, utilizó estas composi­ ciones en el retablo de Huejotzingo, h. 1586, en las escenas de la Adoración de los Reyes y la Circuncisión. Francisco Pa­ checo siguió este m odelo en la Adoración de los Reyes del retablo de la Virgen de Belén, iglesia de la Anunciación de Sevilla . En La Rioja encontramos, por citar un ejemplo cercano, una pintura que se con­ serva en la parroquia de San Pedro de Huércanos, obra anónima del S. XVII, que representa la Adoración de los Reyes Magos y, dentro de sus limitaciones esti­ lísticas, sigue fielm ente el grabado de Sadeler I que venimos comentando pero invertido . También hay que mencionar un grabado de la Natividad de Cristo, obra de Jacob de W eert que es copia exacta, pero invertida, del ejecutado por Jan Sadeler I y una buena prueba del enorme éxito que obtuvo esta composiPara terminar, no queremos dejar en el olvido otra pintura que tam bién fue


Barrio de Soañes (Añes) inspirada por grabados, nos referimos a las dos tablas del retablo lateral de la Virgen del Rosario en la cercana parro­ quia de Zuaza. Como en Añes está inspi­ rada en un grabado de Jan Sadeler I basado en composición de M artin de Vos. Se trata de dos tablas manieristas, que parece fueron una sola en origen, y que se reaprovecharon en un retablo lateral barroco.

En to d o caso, son ejemplos de una actividad pictórica en la zona que podría­ mos calificar cuando menos de interesan­ te. Son pinturas de gran belleza y que muestran las inquietudes de sus creado­ res por las modas del m om ento. Cons­ tituyen buenas muestras del patrim onio local que entre todos debemos conservar y ayudar en la difusión de su conocimien­ to ■


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Laudíon dauden eraíkuntza hìstoriko artean, Katuxako jauregia dugu nabarmenetakoa. Hala ere, bere harlanduen dotoreziaz gain, bestelako agiri xarmangarriak bildu dítu bere barnean. Hauetako bat gaixotasunak sendatzeko modu barregarriak proposatzen dituena. Hala ere, kontuan har dezagun, mendeetan indarrean egon den herri jakituriaren lekukoak direla.

TEXTOS: Juan Carlos Navarro Ullés FOTOS: Felix Mugurutza

Palacio de Katuxa junto al antiguo puente, derribado en 1995


Pues no lo sé. Ciertam ente un mar de dudas envuelve esta conjetura. Pero..., consentirá el paciente lector que elucu­ bre sobre unas peregrinas teorías que, desde hace tiem po, rondan por mi ca­ beza. Verá usted. Voy a contarle una corta historia para ver si entre los dos conse­ guimos aclarar este dilema. Hace unos cuantos años, en el m uni­ cipio de Laudio se desalojaba una casa solariega por venta de sus pertenecidos y el deseo de los propietarios de irse a otras tierras a to m a r mejores aires. Imagínese la gran cantidad de cosas inservibles almacenadas durante años, si no siglos, que pudieron aparecer en aquella mansión cuando pretendieron ahuyentar a los fantasmas que la ocupa­ ban desde tie m p o inm em orial. Pues bien, de entre los m últiples tras­ tos que fu e ro n apareciendo en los más recónditos lugares del edificio, y que se apilaron en el centro de uno de sus ja r­ dines para ser pasto de las llamas p u rificadoras, pudo salvarse una m ugrienta carpeta llena de papeles que, a duras penas decía su nom bre escrito en la por­ tada: «Palacio de Catuja - Llodio»

Con el beneplácito de su propietario, hombre más dado a lo crematístico que a lo sentim ental y que restó valor al con­ te n id o del legajo pues to d o aquello era viejo y prescrito, el b u lto volvió a ocupar un po lvo rie n to lugar de una casa más modesta donde se sentía cariño o, mejor dicho, respeto por las cosas antiguas. Y allí siguió en silencioso letargo hasta hace muy poquitos años en que, por sim­ ples circunstancias que no vienen al caso, cayó en mis manos y se acabó su sosiego. A nte las expectativas de lo que me podían contar aquel par de cientos de pedazos de papel am arillentos, sucios y arrugados, que se apretujaban sin orden entre los cartones del portafolios, inicié un largo proceso de clasificación e inter­ pretación de lo que cada una de las hojas contenía. A simple vista y en conjunto, parecían recibos, escrituras, cartas con una redac­ ción netam ente comercial donde, en algunos casos, se incluyen expresiones de cariño fam iliar... Así, de uno en uno, fu i clasificándolos por temas y fechas, observando que abarcaban un período com prendido entre los años 1604 y 1898. «...di a Pedro Caera, vecino de A m u ­ rrio, diez y seis quintales de fierro. Le e dado a tre in ta y ocho reales e l quintal, el plazo de los doscientos reales para el día diez de ju n io próxim o y lo demás restan­ te para e l día de San M iguel...» (Año 1606) «Razón del dinero y venas que tengo entregados a Don Pedro A n to n io de Laparte desde día 8 de nov. del año 72» (Año 1772) « M i qu e rid o prim o M anu: [...] pue­ des enviarm e con Camino los reales de don Joaquín M ^ de Castresana, y en quanto a los 428 reales puedes retener­ los para p a g a r el bacalao y su porte. [...] Supuesta la d ific u lta d de enviar tabaco h ojilla sin despacho, lo dejaremos pues no puede exponerse a una avería. [...]


Dice e l p a dre que si el arriero quiere llevar y se atreve a pasar cuatro libras, puedes entregárselas. El q u in ta l de bacalao y el queso, con sobra para don M igu el de Gordon, y e l m edio q u in ta l y tabaco para don Juan José de Ojanguren. [...] Padres y Eulogia te agradecen tus finas expresiones, dales de toda esta casa a Hereño, A n a m a ri y Primas ...» (Año 1803) Una carta fechada el 24 de marzo de ese mismo año dice: « M i estimado p ri­ m o y am igo: Hoy me he levantado de la cama después de haber desollado un resfriado, y María M anuela se ha queda­ do en ella con e l suyo, lo mismo ha esta­ do Machalen y e l muchacho, de manera que hemos ten id o un hospitalito, y me tem o m ucho que a l cabo salga dezmada una niña que m e dejó Gordon cuando se fue a l Sitio, p o rq u e tiene cinco p a r­ ches de cantáridas, y no hay form a de poderla hacer to m a r nada, bien que estos le han aliviado mucho, pero la tos la fatig a de ta l manera que no he visto jam ás o tro ta n to...»

Quizá a usted, ami go lector, no le diga nada este fra g ­ m ento de carta, pero a mí que, por aquellos años en los que catalogaba los documentos, estaba fuertem ente in te ­ resado en el tem a de la medicina popu­ lar, me llam ó la atención el asunto de los «parches de cantáridas» pues hacía poco que, en un recetario moderno, había encontrado este específico fo r­ m ando parte en la composición de algu­ nos productos estimulantes y tónicos para el cabello, nada raro por o tro par­ te, a no ser que se conozca que «cantá­ rida» se llama popularm ente al «lytta vessicatoria», un insecto coleóptero de unos dos centímetros, del que se o b tie ­ ne la «cantaridin a» usada aún en ungüentos, emplastos y tinturas para diferentes remedios. Si aquella carta llam ó mi atención, el asombro llegaría a su más alto nivel cuando, entre la pila de papeles, apare­


ció una receta, y luego otra, y así hasta una tre in te n a de ellas, a cual más curio­ sa. y que habían sido escritas en d ife ­ rentes épocas, e incluso algunas copia­ das de nuevo y ampliadas, con toda seguridad por uno de los habitantes del palacio de Katuxa. Revisé algunos datos de archivo y varias publicaciones en las que se hacía referencia a esta casa y sus moradores, encontrando que allí vivió Pedro A n ­ to n io de Ugarte y Orue, nacido en

Ziorraga en 1746. Este personaje osten­ tó cargos muy significativos en la po líti­ ca municipal y comarcal, e n tre ellos el de Síndico Procurador General del Valle de Llodio en los años 1773, 1777 y 1803, Alcalde de la Hermandad en el período de 1787-88, o cargo similar en 1791 por nom bram iento del Conde de Ayala. Falleció en Llodio a la edad de setenta años y dejó seis hijos de su m atrim onio con Bernarda San Pelayo, De estos, dos eran varones. El mayor de ellos, José el heredero del mayo­ razgo, ejerció en 1808 el cargo de «Procurador Provincial y Comisario por Ciudad y Villas nom brado p o r ella por lo respectivo á la Cuadrilla de Ayala», en plena invasión francesa, y repitió el com prom iso en 1839-40 apenas disipa­ dos los humos de otra contienda, esta vez la primera Guerra Carlista. El segun­ do de los hijos varones se llamaba Manuel, dedicado al comercio en sus establecimientos de Bilbao y Llodio, en un negocio que tu vo relativa proyec­ ción en el extranjero; hay datos que hacen referencia a determ inadas trans­ acciones que realizó hacia el año 1840, entre ellas las encaminadas a lograr la im portación de loza procedente de Inglaterra. El cuadro fa m ilia r se comple­ taba con cuatro m ujeres: Juana, Francisca, Dominga y Ana M^. Es indudable que uno de los dos varones compaginaba el tie m p o dedica­ do a sus actividades profesionales con las artes curatorias, pues en una de las recetas que se encabeza con ei titu lo de «simples conque se ha de hacer la tisana», escribe al fin a l del fo rm u la rio : «En 26 de septiem bre de 1796 re m ití a Yurre. con m i sobrina ...[ilegible]... de Hereño, para m i hermana A n a María, los sim ples expresados a la buelta, menos e l cogollo de pino. Costaron rea­ les de vellón 50. Una olla nueva vidria­ da que tam bién re m ití para hazer el cocimiento, reales 4».


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Palacio de K atuxa.

Destaca en va­ rias de las recetas el sentido comercial de quien las escribe, pues se incluye en ellas el coste de los componentes, por lo que creo poder llegar a la conclusión, con algunas dudas claro está, de que en el palacio de Katuxa vivió un laudioarra que usaba de las artes sanatorias basa­ das en principios y costumbres ancestra­ les, al m argen de la medicina científica más ortodoxa. Este sanador, bajo mi punto de vista, era M anuel de Ugarte y San Pelayo, el segundo hijo varón de Pedro A n to n io y Bernarda, al que los parientes de M adrid le trataban como «querido p rim o M anu...» o «m i querido prim o y am igo...» ¿De dónde pudo obtener, nuestro supuesto curandero, las habilidades de que parecía hacer gala? Creo que será muy difícil llegar a una conclusión sobre este extrem o, pero, con toda certeza se

puede decir que M anuel de U garte practicó una actividad curatoria basada en el «saber experim ental», com ple­ m entario de la ciencia médica oficial, y m uy d iferente de las fórm ulas utilizadas p o r hechiceros, brujos, ensalmadores o saludadores que circunstancialm ente transitaban por esta comarca. Debe te n e r en cuenta, am igo lector, que el Camino Real de Bilbao a Pancorbo, abierto por el valle del Nervión, se había construido en el ú ltim o cuarto del siglo XVIII y era una vía de com uni­ cación nueva e imprescindible, ta n to para los desplazam ientos hum anos como para el transporte de mercancías e n tre los puertos del C antábrico y Castilla, lo que hacía que por esta locali­ dad pasase to d o tip o de personajes. Y e ntre ellos los «saludadores», -créame usted que no para saludar, sino para procurar salud-, provenientes de varias partes del país, como «una m uxer salu-

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? «Para la m ordedura del 'abioso es singular rem edio de nueve días to m a r de las de la yerba medica qe se llaIfalfa, quemada y mezclada lordura vieja y aplicada endh 'e la llaga o amasarla con vino co y hacerla beber tam bién la de la romara, puesta en los 'OS y puesta enzima de la lla­ no hacerla beber dicho polvo I vino viejo es buen remeI » . Le aseguro que no, pues :os personajes, los «saludados», eran unos «embaucado?s que se dedicaban a curar o revenir la rabia u otros males on el aliento, la saliva y cier­ nas deprecaciones y fó rm u ­ las», m uy d iferentes, con to d a certeza, a los métodos de la m edicina científica practicada p o r «D om ingo de Eguia y Carlos de Galindez, cirujanos titu la ­ res de este Valle de Llodio» que ejercían su oficio en s años de 1800. ra de Llanteno que vino en su razón de Horden de los señores Justtizia y Reximiento», a la que el A yuntam ien to de Laudio pagó unos honorarios de ciento tre in ta y seis rea* les y m edio de vellón, en los que estaba incluido el gasto de la caballería y la persona que te asistió; o lo que se gastó con « A ntolín Magdaleno, saludador de la villa de Bilbao», que vino a «saludar a diferentes vednos de la quadrilla de Goxenuri»: y a Carlos de Izaguirre, de Oñate, por el tiem po que se ocupó «en saludar a los vednos y ganados de la quadrilla de O larte y algunos de la Plaza, p o r ha ber andado un p e rro rabioso y haber hecho algunos daños». ¿Acaso usarían estos «saludadores» una receta sim ilar a la del curandero de

^.^amen de los docum entos hallados puede desprenderse que M anuel de Ligarte fue, además, un hom bre culto que no sólo se servía de la fito te ra p ia para sanar a sus pacientes ocasionales, sino que utilizaba otros m étodos curativos rem iniscencia de ritos prim itivos, de prácticas mágicas y hechiceriles heredadas de la cultura popular. «Para la picadura o m ordedura de la víbora, -escribía-, es buenísimo to m a r un g a llo vivo, a b rirle p o r el m edio y lo aplicareis to d o caliente enci­ ma de la m ordedura o picadura, y des­ pués le daréis una bebida de raíz de lirio am arillo con vinagre y sal o la raíz hojas y fru ta de la coleta puesta en ceni­ za y bebida con buen vino». La fórm ula contra el veneno de este o fid io parecía tener su originalidad, pero encontré


una rem ota sim ilitud con la reseña que hace el do ctor Ignacio María Barrióla en su libro La medicina p o p u la r en el País Vasco, donde expone el procedim iento utilizado en Zerain (Gipuzkoa), que es efectivo «...incidiendo la herida con un cuchillo y m etiéndola luego en e l río durante algún tiem po, hasta media hora incluso; o bien con un emplasto de gran eficacia, preparado con la segun­ da corteza del aliso; [...] o colocando sobre la m ordedura la porción anal de un p o llo vivo que posiblem ente debe a c tu a re n función de ventosa...». Este personaje, «El Curandero de Katuxa», -¿ le parece bien al lector que le llamemos erudito?-, tam bién estaba instruido en otras ciencias o mostraba curiosidad por ellas. Entre la docum en­ tación salvada de las llamas, se halla una obra de la que sólo queda el Libro Q uinto, compuesto por diez páginas

de apretada escritura, titu la d o De los secretos de agricultura, de casa de cam­ po y pastoril, é secretos de la caza de anim ales terrestres y volátiles, con muchas curiosidades, en el que recoge «cuatro suertes de perros y bondad de ellos», y analiza las cualidades de un buen animal, su alim entación, los cuida­ dos de la perra preñada y el adiestra­ m iento de los cachorros; o tra ta de los secretos de ia caza del ciervo, del puerco jabalí, o de la liebre y el conejo. Si­ guiendo esta línea, en un docum ento aparte que más bien parece un apunte recordatorio, resume el «Régim en y Gobierno de huerta p o r cada mes del año» que es una pena dé fin a l en el mes de agosto, cuando hay que «sembrar repollo de Flandes y de Tudela á últim os de este mes, cebolla p*. tem prano, berza p^. entre Pascua, habas, nabos tardíos, y rábanos»

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Pero, asómbrese porque no acaban aquí sus habilidades. Tampoco las artes culinarias se escapaban a la curiosidad científica del «curandero de Katuxa». y escribió recetas para la elaboración del «chilibrán» de aguardiente, la limonada de vino, o dulces de m elocotón, ciruela en d rin a y pera, sin o lv id a r trucos imprescindibles en el hogar, como los necesarios para dar color a las canas, te ñ ir encajes, q u ita r manchas, o la fó r ­ mula magistral donde se especifica el «m odo de hacer tin ta buena», la misma que u tilizó para perpetuar su saber a través de estos documentos manuscri­ tos. «Una libra de agalla fina se que­ branta y después p o r espazio de seis días se ynfun d irá en doze quartillos de agua común, los que pasados se le agre­ garán seis onzas de alcaparrosa fina, media onza de gom a arábiga, con quattro quarttos de solimán, para qe. no críe m oho, y después se guardará pra. el uso. Se le echa azúcar si se quiere qe. tenga lustre» El costo casi llegaba a los diez reales, aunque la m ayor parte del presupuesto para la elaboración de esta cantidad de tin ta se la llevaba el casi m edio kilo de agalla, valorada en ocho reales. Pues ya ve usted; esto es lo que su­ gieren aquellos papeles procedentes del Palacio de Katuxa, que se salvaron de una destrucción segura si no hubiera m ediado un amante de la historia local. Con los datos repasados, ¿no está de acuerdo el lector en que pudo existir un curandero en Katuxa? ¿No cree usted que ese sanador pudo ser Manuel de Ligarte y San Pelayo? Aún quedan algu­ nas dudas, pero creo que no apartaré demasiado todas las incógnitas que se plantean para, en o tro m om ento, tra ta r de dar con las claves exactas que desve­ len esta incógnita, bien confirm ando lo aquí expuesto, o echando por tierra las peregrinas teorías con las que he abier­ to este artículo ■

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BIBLIOGRAFÍA Ignacio M aría Barrióla, ¿a medicina popular en e l País Vasco. Ediciones Vascas - Argitaietxea. San Sebastián 1979. Julio Caro Baroja. Religión y medicina. Cuadernos de historia de la medicina vasca. Euskal Herriko Unibertsitatea. Bilbao 1981. José Dueso. Mitos, leyendas y costum­ bres. M edicina popular. Colección Nosotros los Vascos, tom o IV. Lur Argiteletxea. Bilbao 1990. Kepa Sojo. La casa solariega barroca en el Llodio del XVIII: El palacio de Katuxa y el mayorazgo de Pedro A ntonio de Ugarte. Bertako Aldizkari Informatiboa. Laudioko Udala, diciembre 1993. Archivo Histórico Municipal de Llodio. Archivo del autor.

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EXTOS: Àna Isabel Ortega M artínez^í^V ArquGóloga y espeteóloga

Foto: Je sús R ob a d a


INSCRIPCIONES ROMANAS EN LA CUEVA DE PUENTE DE VILLALBA DE LOSA (SIERRASALVADA BURGALESA) Burgos eta Bizkaia banatzen dituen Gorobet izeneko mendietan, bada edonor harriturik uzteko aztarna bat: erromanizazio garaian bidaiari batzuek utzitako idatzizko testigantza. ia bi mila urteko idazki hauetan, lorpenez gain, bertan zeudenen beldurra ere antzematen da. Segunda inscripciĂłn, entre las palabras de la primera (i

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Foto: M iguel Angel M artĂ­n Merino


A poca distancia de la muga orduñesa, y cerca de la antigua majada pas­ toril de Bedarbide, existe una cueva conocida como Cueva de Puente. En sus entrañas recoge uno de los documentos más impresionantes de la época de la romanización: unas inscripciones en las paredes en la que aque­ llos exploradores nos hablan de sus temerosos avances en la cavidad. Fueron varios los com­ ponentes del grupo espeleológico Edelweiss, los que descubrieron e hicieron un preciso estu­ dio de los mismos. Una de sus componentes, la arqueóloga Ana Ortega, nos detalla con más pre­ cisión los detalles de algo que sorprende tanto por su excepcionalidad como por el anonimato en que ha permanecido hasta ahora. ---v

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Foto: M iguel Angel M artin M er

El trabajo sobre "A rqueología y pale­ ontología d e l Karst de M o n te Santiago, Sierra Salvada y Sierra de la Carbonilla", publicado en 2000 en la revista Kaite de Estudios de Espeleología Burgalesa, puso de m anifiesto la riqueza del p a tri­ m onio a rq u e o -p a le o n to lo ló g ico que conservan estos enclaves, en los que las cuevas fu e ro n fre cu e n te m e n te u ti­ lizadas como lugar de refugio, tem poral o perm anente, ta n to por el hombre com o p o r los carnívoros desde el Pleistoceno hasta m omentos recientes, destacando en su conjunto las fases de la Prehistoria reciente.


De aquel trabajo queremos destacar, por su rareza y excepcionalidad, el yacim iento de la Cueva del Puente de la Junta de Villalba de Losa (Burgos), local­ izada en Sierra Salvada. Esta cavidad se caracteriza por ser una cómoda galería de 1 km de recorrido que finaliza en una sima, dando acceso al piso in fe rio r por el que tem poralm ente circula agua. En 1987 el Grupo Espeleológico Edelweiss de la Diputación Provincial de Burgos descubrió un hecho excepcional y poco habitual, relacionado con las evidencias que perduran de una visita a la cavidad en época romana.

por cuatro inscripciones situadas justo en el espacio precedente a la primera excavación de arcillas. A unos 350 m en la pared izquierda encontramos un te xto compuesto por las tres primeras inscripciones, del g ra ffi­ ti superior se lee, en letras capitales, PLACIDVS VENIT V. Las otras dos son de

La galería presenta en to d o su recor­ rido gran abundancia de tizonazos y restos de antorchas, lo que nos indica cierta intensidad de la visita de un grupo de personas con teas, que reavivan en las aristas de la roca, para iluminarse en la oscuridad de la cueva. A unos 350 m de la entrada nos encontramos con dos catas muy próximas. La mayor y primera de ellas presenta un corte de unos dos metros, en el que se conservan las improntas del instrum ento utilizado en la excavación de arcillas. Esta cata acen­ túa el desnivel existente en el conducto, constituyendo en sí una pequeña dificul­ tad para la continuación del trayecto. Mientras que la segunda, más pequeña, aparece ju n to a la pared izquierda. No conocemos la funcionalidad de estas excavaciones, aunque posiblem ente puedan estar relacionadas con algún tip o de cata de control minero. Los hallazgos arqueológicos más sig­ nificativos e im portantes corresponden al conjunto de cinco inscripciones la ti­ nas, grabadas en las paredes de esta cavidad, que nos hablan de una explo­ ración realizada por un decuria del ejército rom ano a la cavidad durante los últim os días de octubre del 235 d.C Las cinco inscripciones romanas aparecen en dos sectores bien diferenciados de la cavidad. El prim er grupo está form ado

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menores proporciones y escritas en un latín cursivo casi ilegible. Estamos ante una escritura de gran agilidad y belleza que nos habla ta n to de la destreza de su autor como de la capacidad de obser­ vación del mismo dado que la elección de lugar, un tram o de la roca caliza muy blanda, es lo que ha facilitado que la escritura sea fluida. De la transcripción de este primer conjunto de inscripciones dirían en una aproximación algo similar a: "Placidus llegó hasta aquí i El que estuvo antes aquí y más arriba escribió, tem ió ir mas allá, en la p ared derecha escribió esto y c o n ... En la pared de la derecha aparece la cuarta inscripción, realizada con letras capitales sobre una fina y dura capa de concreción, lo que dificulta la escritura mostrando to rp e el trazo. Este texto, actualm ente en estudio, ha p ro p o r­ cionado una inform ación interesante en cuanto a la distancia efectuada MILLIA

PASSVS QUATTVOR, que equivaldrían a unos 6 km según la relación de una m il­ la igual a 1.480 m, y a la fecha de su eje­ cución, realizada durante el m andato de los cónsules Severo y Q uintiano (Severus Cn. Claudius e t L. Ti. Claud. A urel. Quintianus), del año 235 d.C. Una aprox­ im ación al sentido de este p á rra fo podría ser el siguiente: "Después de andar 4.000 pasos, aquí estuvo Nicolavo con 10 hombres. A Finales de octubre del año consular 235” . El segundo grupo lo compone una pequeña inscripción localizada al final de la galería, a unos 550 m de la entrada, en el punto en el que un pozo de 12 m de profundidad da acceso al nivel in fe rio r Se trata de una pequeña inscripción, de 15 por 45 cm, realizada con letras capitales en la que se indica que los que llegaron hasta ella eran considerados valientes HIC VIRI FORTES VENERVNT, confirm án­ donos la fecha del 235 d.C. al leerse el año consular como SEVERO ET QUINTIANO


e o s VI KAL NOV. Esta inscripción puede traducirse, de form a libre, como sigue: "A quí llegaron los hombres más fuertes conducidos p o r Nicolavo. A Finales de octubre del 235. Nueve hombres. " Todos estos hallazgos nos indican la realización de una exploración o visita a la cavidad por parte de un grupo de hombres, posiblemente miembros del ejército rom ano, quizá una decuria, comandados por Nicolavo durante los últimos días de octubre del 235 d.C Por la abundancia e intensidad de los tizona­ zos en la m itad inicial de la cavidad, puede que se tratarse de un grupo numeroso o de una visita efectuada en varias ocasiones, del que sólo un pequeño destacam ento de hombres fuertes inspeccionó la casi tota lid ad de la cueva y dejaron im pronta de su hazaña. Como vemos existe una relación más que probable entre los tizonazos y las inscripciones, lo que no es tan firm e es la relación entre éstas y las catas o excavadones de arcillas. En este sentido te n ­ emos que argum entar, que aún sin conocer la fu n cio n a lid a d de dichas -, remociones, el grupo central de inscrip/^ciones se localiza justo antes de las mis­ mas, por lo que si no tiene una relación cronológica si que debe existir una relación espacial, y que la presencia de las primeras conllevara la concentración de inscripciones en esté lugar, vinculado con la dificultad de proseguir el tránsito por la galería. Sugerente puede resultar relacionar estas remociones del subsuelo arcilloso con algún tip o de cata minera de época romana. Sea cual fuere la finalidad de esta exploración lo que sabemos ciertamente, por lo que se ha podido transcribir y leer, es que se tra ta de un grupo de hombres que visitaron el tram o horizontal de la cueva, llegando hasta el borde de la sima del final los más valientes. Dos de las inscripciones capitales presentan la mis­ ma fecha, lo que nos hace pensar que

todas se corresponden con la visita real­ izada en un único día o en días muy próx­ imos, dentro de un contexto posible­ m ente m ilitar relacionado con algún destacamento romano, quizá ubicado en el asentamiento de Aloria (ss I al V d.C.) en la depresión de Orduña, en el que se ha constatado la im portancia de sus talleres metalúrgicos en sus primeros momentos. Todas éstas evidencias conform an un tip o yacim iento que representa un hecho o suceso excepcional y poco doc­ um entado com o son las exploraciones a cavidades, por no dejar norm alm ente vestigios de sus visitas, ya sean de inspección o co n tro l del te rrito rio o con fines religiosos com o se docum entan en la Cueva Román en la ciudad ro ­ mana de Clunia, al sur de la provincia burgalesa. El que aquí nos ocupa tra ta de un escenario esporádico, que no p roporcion ó nin g ú n m ayor interés que su sim ple exp lo ra ció n , ya que fu e abandonado tras su prospección, pero que indirectam en te indica cierto cono­ cim iento del te rre n o p o r parte de estos hombres dado que la cavidad no desta­ ca sobre el paisaje, y p o r lo ta n to la d e b ie ro n de buscar o e n c o n tra r y e xplorar, actividade s éstas que no dejan evidencias ni registros. Del cam i­ nar de las gentes del siglo III p ^ ..la s tierras de Sierra Salvada nos hiár queda­ d o el hallazgo de una m oneda rom ana, un m edio b ro n ce de lu lia Domma, esposa de S e p tim in o Severo, cuya m uerte data del 217 d.C., encontrada en el P o rtillo del Aro, entre Añes y Llorengoz, en el denom ina do cam ino real de Sierra Salvada, y de la ocu­ pación de estas tierras por los romanos hablan las diferentes caminos y vías rom anas así com o los ya cim ientos romanos que se docum entan en ellas, e n tre los que destacam os el asen­ ta m ie n to de A lo ria y la villae de San M a rtin de Losa (ss IV-V d.C.).


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LECTURA DE INSCRIPCIONES POR J.A. Abásalo y M . M ayer (2000) A) Primer conjunto: Panel localizado a unos 350 m de la entrada, en la pared izquierda. Consta de tres inscripciones. 1. PLACIDVS V E N IT V 2. (Cobijado en la separación de las dos palabras anteriores) Q V I AN TE M IC FVIT ET SVPRA SCKIPSIT T I M V I T VLTKA IRE DEXTRVM PARIENTEM LEGE H IC ET C V M { — ) 3 .V O T V M X D E X D L í ... ) A L ( ... ) LVKIS LEGI ( - " ) ET SAES { ... ) DILECTISSIM VS CíVIST ( — ) ( .. ) Q V E B) Panel situado enfrente del prim er conjunto. Consta de una inscripción. 4. VLTRA ACCEDE M IL L IA PASSVS Q V A TT O K D V M SEVERV EX { ... ) H IC FVIC N IC Ü LAVVS C V M H O M IN IR V S N. X SEVERO ET C ^iV INTlA NO COS. VI KAl. N O V C) Panel situado a unos 300 m de los precedentes. Consta de una inscripción. 5. H I C V IR I FORTES(iSSIMI) V E N E R V N T DVCE N IC O L A V O SEVERO ET C i y i N T I A N O COS. VI KAL. N O V H O M IN E S N. V l l i l Cronología: fecha consular 235 naíaíg|fafz]TzirargJ[aiaiaiaJ[ararairarafaJrajrairz][aiatamfafZJ[aizj[am[aiararBiaia Hararararaiiaig TgigiiawtBiBfam

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BIBLIOGRAFÍA 1. ABÁSOLO, J .A.; MAYER, M. (2000): "Transcripción de las inscripciones romanas de la Cueva del Puente (Junta de Villalba de Losa, Burgos)", en GRUPO ESPELEOLÓGICO EDEL­ WEISS (2000): El Karst de M onte Santiago, Sierra Salvada y Sierra de la Carbonilla, Kaite. Estudios de Espeleología Burgalesa. n° 7: 283. 2. ORTEGA MARTÍNEZ, A. I. (2000): "A rq u e o lo g ía y Paleontología del Karst de M onte Santiago, Sierra Salvada y Sierra de la Carbonilla", en GRUPO ESPELEOLÓGICO EDEL­ WEISS (2000): El Karst de M o nte Santiago, Sierra Salvada y Sierra de la Carbonilla, Kaite. Estudios de Espeleología Burgalesa, n® 7: 243-281.

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Okondo Gure Herría


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ERMITA DE LA TRIN ID A D

(KUARTANGO)

TEXTOS: Carlos Ortiz de Zarate FOTOS: FĂŠlix Mugurutza

J. M. Barandiaran zenak ere hainbat alditan aipatu zuen bere lanetan Kuartangoko mendĂ­ barrenetan izkutatzen baseliza miresgarri hau. Haitzulo baten sarreran eraikia, bere erromeria ikusgarriak eta atxikitako erritualek, antzinatera garamatzate, halabeharrez.


Esta erm ita se halla ubicada en una cueva, al Sur de la sierra de Guibijo, no muy lejos del pueblo de Guillarte, en el valle de Kuartango. Por su situación en las sendas medie­ vales de Urkabustaiz al valle de Losa y su proxim idad al Camino Real, no nos pue­ de extrañar que este lugar haya congre­ gado a gentes, no sólo de Kuartango, sino tam bié n de Arrastaria, Orduña, Urkabustaiz, Lacozmonte, Valdegovía y el valle de Losa. A quí radicaba una cofradía, con estandarte propio, cuyas constituciones estaban fechadas en 1757. Los miembros de la Cofradía de la Santísima Trinidad podían ganar indulgencias plenarias si acudían a la fiesta principal de la ermita, celebrada por la Trinidad. Esta gracia tam bién les era concedida acudiendo por la fiesta de la Asunción, la A nun­ ciación de Nuestra Señora y en la de San Juan y San José. Junto a la erm ita hay una casa aneja, que no hace muchos años sufrió los estragos de un incendio. Consta que a comienzos del siglo XVIII disponía de un cuarto para aposentarse las personas que acudían en rogativa. Muy grande ha sido la devoción que este lugar ha inspirado a las gentes de los alrededores. Los mayores aún recuer­ dan a los devotos rezando el rosario en el pórtico, de rodillas, poniendo unas piedrecitas bajo éstas, para hacer más dura la m ortificación.

Leyenda Cuenta una leyenda que, en el lugar donde ahora se encuentra la erm ita de la Trinidad, hace años, muchos años, no existía más que una simple cueva. De aquella cueva surgía, como lo sigue haciendo actualmente, un riachuelo. Era frecuente que los animales que por allí pastaban, se acercasen a esta oquedad.

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buscando refugio ante las inclemencias del tie m p o y agua para calmar su sed. Los pastores y leñadores procuraban no adentrarse en sus profundidades; se con­ taban muchas historias de seres miste­ riosos que poblaban las profundidades de las cavernas, y aquello hacía que se mantuviese una cierta reserva a penetrar en su interior. Un buen día, y sin saber nadie cómo, en esta cueva aparecieron las tres imá­ genes del "m iste rio " trin ita rio : el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, expresado este ú ltim o por una paloma. Las gentes de Basabe, admiradas por el suceso, decidieron acondicionar el lugar, convir­ tiendo aquella oscura cueva en la m ora­ da de las figuras divinas, en un lugar de culto: cerraron con una pared el paso al interior de la cueva, dejando solamente una puerta; canalizaron el río para dis­ curriese por debajo de la nueva ermita, acondicionaron el suelo, cerraron la entrada a los animales con una verja... Y desde entonces comenzaron a llegar a aquel lugar cientos de devotos de todos los alrededores. Con el paso de los años, la cuevaerm ita se deterioró en gran manera. La humedad se había convertido en el prin­ cipal enem igo de aquel te m plo. Los devotos se plantearon el hacer una labor de restauración; o se arreglaba en condi­ ciones o p ro n to am enazaría ruina. Alguien planteó la posibilidad de trasla­ dar la erm ita a un em plazam iento más apropiado. Al principio se oyeron voces discordantes, pero p ro n to acordaron que aquella sería la m ejor solución. D eterm inaron que la ubicación más acertada sería una pequeña y preciosa campa, denom inada "El A lto de Ripa", encima de la dehesa de Guillarte, y más abajo de donde ahora se encuentra la ermita. No se ta rd ó en concretar los detalles de tra b a jo y financiación. Puestos manos a la obra, se desm ontó la vieja erm ita, y todos los materiales, jun-


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to con las imáge­ nes religiosas, se depositaron en el nue­ vo emplazam iento. Se comenzó a levan­ ta r ei edificio, con gran alegría por parte de todos, pues desde allí sería visto mejor por todos los devotos. Después de un día de gran esfuerzo, los vecinos de Basabe habían consegui­ do que se perfilase cómo sería la nueva ermita, demarcada por la cimentación. Al día siguiente, tal y como habían con­ certado, se encontraban todos trabajan­ do, a la salida del sol. Ei que dirigía las obras hizo un rápido repaso de! material y de las herramientas. En principio pare­ cía que to d o se encontraba en orden. Sin embargo, alguien notó una ausencia: ¡faltaba la "Palom ica"! Con este nombre de le conocía a la imagen del Espíritu Santo que form a parte de la Trinidad. Se arm ó un gran revuelo, y antes de

com enzar los trabajos, todos buscaron por doquier a la imagen sagrada. Después de un Intenso rastreo, alguien dio noticias de ella: la habían encontrado en la cueva, en su antiguo em plazam iento. La gente m urm uraba sobre el mal gusto del que hubiese gas­ tado la gamberrada. Para ellos era claro que no se debía ju g a r con las cosas san­ tas. El segundo día de tra b a jo tam bién fue muy productivo, y al fin a l de la jo r­ nada, cada cual regresaba a su hogar. Al amanecer del tercer día, de nuevo echa­ ron en falta a ia "Palom ica". Uno de ellos se dirigió, rápidam ente, a la cueva. Estaba allí. De nuevo habían te n id o la desfachatez de re p e tir la supuesta gam­ berrada. Cuando el suceso se re p itió varios días consecutivos, los devotos de ia T rinidad com enzaron a pensar que

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Los dom ingos se denom inaban así: aquello era to d o un signo divino, expresando el deseo de que la erm ita se mantuviese en el mismo lugar. Se consultó a tas autoridades religiosas y se mostraron del mismo parecer: aquello era un signo celestial. En vista del por­ tento, los devotos de la Trinidad decidie­ ron m antener el edificio religioso en el lugar anterior, señalado ahora por la imagen del Espíritu Santo.

La romería, en tiempos pasados Las romerías no son algo inm utable; con frecuencia - y al igual que las perso­ nas- los años dejan una profunda huella en su historia. A ntiguam ente se celebra­ ban tres fines de semana. Los sábados estaba destinados principalm ente para la gente mayor y los niños, los domingos para la gente joven en romería.

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- Día de los Devotos: el día de la Trinidad subían las autoridades del Valle, además de los más devotos de la erm ita a celebrar la misa. Era un día, esencial­ mente, religioso. - Día de los Locos: Así se denominaba al dom ingo posterior al Corpus. Ese día venían de diversos lugares: Kuartango, O rduña, Lezama, Mandares, Osma, Urkabustaiz, Salinas de Añana, Lacozmonte, Berberana, Arrastaria, etc. Las autoridades norm alm ente iban en caba­ llerías. Se celebraba la misa. La fiesta comenzaba de víspera, con la llegada de los músicos, con la gaita y la caja, de Salinas, viniendo p o r Lacozmonte, por el paso de Las Tuertas. Cuan­ do los jóvenes oían su música el lo alto de la Sierra de Arkam o, en el paso de "Las Tuertas" dejaban sus trabajos y acu­


dían a recibirles a Santa Eulalia. Allí se hacía merienda y baile. En este dom ingo, los jóvenes se levan­ taban muy tem prano y reco­ rrían los pueblos de una de las ledanias (agrupación de varios pueblos de Kuar­ tango), bien la de Arriba, bien la de Abajo, alternán^ dose un año cada una. Se ^ ^ recorría casa por casa, recogiendo pan y queso. Allí iban los jóvenes de la ledanía correspondiente, seguidos por los de la otra ledanía y los músicos. En las casas se les daba unas tortas de pan especiales ' ^ que se preparaban ese día. Al pasar por el puente Garrasta (Artxua) se ir ^ detenían a com er un » poco pan y queso. Después se iban a alm orzar ' a Guillarte. Partían poste rio rm e n te para la - ’c;;. 'w ermita, para llegar a tie m p o para cuando llegasen las autorida- | des. I í

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Para recibir a las | éstas, los mozos abrí- I an la comitiva, coloca- | dos en dos filas, unidos por un pañuelo, de dos en dos. Al son I de la música iban avanzando, pasando unos por debajo de otros. De esa ma- j ñera abrían paso a I la comitiva de autoridades, compuesta por el alcal­ de, el juez, los con­ cejales... El alcalde acudía con su vara de mando. En la An^^i

erm ita había un banco reservado para ellos. En la misa se ofrendaba un gran pan con chorizo, que después se sortea­ ba.

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En este día se hacía el "Castillo", se­ mejante a los castellets catalanes, com­ puesto por 10 jóvenes. El que coronaba el castillo lanzaba los vítores a las a u to ri­ dades y a los que habían financiado las fiestas. Había veces en que los de Berberana hacían o tro castillo, desafian­ do a los que Kuartango; les hacían ver que ellos eran mejores. Los de los pueblos cercanos (Basabe) bajaban a comer a casa. Por la tarde vol­ vían a subir. Se llevaba la merienda, la cual consistía en arroz con leche. Los de los pueblos más alejados hacían una comida campestre. Las autoridades y los sacerdotes comían en una sala de la ermita. Los de Berberana subían para la oca­ sión un pellejo vino. Día de los perezosos: era el día en que se hacía la danza, bailada por los que se casaban ese año (de fiesta a fies­ ta). Por la mañana la danza era llevada por las chicas; a la tarde, ya en Santa Eulalia, se volvía a hacer, pero esta vez era guiada por los mozos. La danza, según mandaba la tradición, era condu­ cida por los mozos mayores de la ledanía de Luna y de Marinda. No podían hacer­ lo otros mozos que no fuesen de aquí. Para una m ejor organización de la romería, la zona de Berberana contaba con un m ozo y una moza mayor. Igualm ente pasaba con Kuartango. Ellos hacían de representantes de ambos lugares para lo que fuese menester (gas­ tos comunes, decisiones, conflictos, etc.) El M ozo M ayor de Berberana solía venir en una cabalgadura. Hasta el año 1951, la fiesta se cele­ braba en la campa que se encuentra en fre n te de la erm ita, pero, a raíz de esta fecha, por un decreto del Obispo que pretendía atajar los abusos cometidos en las romerías (beber en exceso, utilizar mal los ornam entos litúrgicos, etc.), se amenazaba que si se hacía baile en la

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campa de la erm ita, no se celebraría la misa. Como solución para obedecer el decreto del Obispo, y sin em bargo, seguir bailando en la romería de la Trinidad, los cuartangueses acondiciona­ ron una campa más alejada de la erm ita para poder realizar allí todos sus festejos mundanos.

La romería, hoy Hoy en día, los tres fines de semana de fiesta se han reducido a uno, el del Corpus. El sábado se hace la misa de la "rogación". En recuerdo a las "rogacio­ nes" que hacia cada pueblo, en la fecha establecida. Al día siguiente, dom ingo del Corpus, se hace misa solemne. Posteriormente se realiza la danza y el "castillo" humano, en el que, desde lo más a lto se gritan los nombres de lo s pueblos del m unicipio de Kuartango. Se confraterniza con una comida campestre, y se concluye con una animada música. Recientemente se ha recuperado la danza de recepción de autoridades, al comienzo de la eucaristía.

Cultos prehistóricos Cuando nos situamos ante esta erm i­ ta, fácilm ente nos envuelve una extraña sensación. Es como si nos adentrásemos en las entrañas de la Madre Tierra. De hecho, al lado izquierdo del altar, se encuentra una puerta que conduce a la cueva; y el mismo altar no hace sino cerrar la entrada de la cueva, de n tro de la cual transcurre un riachuelo. Todo nos hace pensar que este lugar fue un lugar de culto prehistórico. Con el paso de los años el cristianismo no haría sino superponer o tro culto, suplantando el anterior el anterior. A pesar de todo, quedaron restos de los cultos primitivos; de hecho, hasta tiempos m uy recientes, se han realizado algunos ritos de cura­ ción paganos. Uno de ellos consistía en introducirse en la cueva con una vela -con miedo a que se apagase-, acercarse


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hasta el río, y coger tres cantos roda­ dos del agua con la boca, para prevenir o curar el dolor de muelas. Había que superar diversas dificultades; el miedo a la oscuridad, el coger las piedras con la boca, etc. Todo ello se tenia por bien em pleado si uno conseguía evitar el Irri­ tante d o lo r de muelas. O tro rito de curación consistía en recoger piedras del suelo, envolverlas en un pañuelo, y colocarlas en la frente, en caso de ten e r dolor de cabeza. Los efectos beneficiosos de esta erm i­ ta se aplicaban tam bién a los animales. Cuando un animal se veía que estaba enferm o, se mojaba la parte enferma con el agua de la cueva. Con ello se cura­ ba. Incluso se contaba de animales que habían estado a punto de m orir: se les había llevado a la cueva, se les había

m ojado con el agua de la erm ita, y habían sanado perfectamente.

La cueva La cueva, para el hom bre prim itivo, encerraba misteriosos personajes del m undo de la oscuridad; personajes que se trasladaban de un p unto a o tro a tra ­ vés de los oscuros caminos subterráneos. Por toda nuestra tierra vasca se habla de cuevas o simas que enlazan unos lugares con otros. De esta cueva de la Trinidad, en una de sus versiones, se dice que llega hasta las campas de Urieta, donde se halla la cueva en la que nace el río Nervión. Como confirm ación de esta idea, la tradición oral narra que, en una ocasión, m etieron un perro por la cueva de la Trinidad y apareció allí. Estos caminos subterráneos están reservados a los seres de la oscuridad, a

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n’)14 las ánimas, o en el m ejor de los casos a algunos animales, pero nunca a las per­ sonas. Este es uno de los m otivos por el que el hom bre ha recelado ante la posi­ bilidad de adentrarse en las profundid a­ des subterráneas. Y esta es la razón por la que el internarse a coger unas piedre­ citas del río, con la boca, suponía mucho más esfuerzo de lo que hoy nos pode­ mos imaginar. Había que vencer el mie­ do a aquellos seres aterradores: brujas, m onstruos, dragones... Las agitadas sombras que proyectaban las velas (no había en aquel tiem po linternas) no hacían sino dar vida a los miedos inte­ riores. Solo el que era lo suficientem en­ te valiente para traspasar el umbral de la cueva y adentrarse en ella obtendría el prem io de la curación.

El demonio Uno de los personajes que nos encontramos en el retablo de esta erm i­ ta es al Á ngel de la Guarda, protegiendo a un niño de las acechanzas del dem o­ nio. El dem onio, con sus grandes cuer­ nos y sus extremidades en form a de

garras, no es sino la expresión plástica de los seres malignos que encerraban la cueva. Bien podría ser que este dem onio fuese, en realidad, un antiguo dios local, al que antaño se le rindiese culto, y que fuese después "dem onizado " con la lle­ gada del cristianismo. Sea como fuere, este ser diabólico era m irado con respeto por los mayores y miedo por los pequeños. Cuántas veces se les llevaba a los niños hasta allí, se señalaba al dem onio, y se les decía: "¡M ira el dem onio; si no eres bueno te va a llevar!". El m iedo agarrotó más de una tentación. Cuentan que, en una ocasión, un niño se encontró solo ante el dem onio de la Trinidad; aprovechando que no había nadie por los alrededores, descar­ gó con furia un garrotazo sobre la cabe­ za de diablo, arrancándole de cuajo uno de los cuernos. Esta vez el poderoso ser infernal había sido derrotado. Y durante mucho tie m p o tu v o que sobrellevar la hum illación de presentarse ante los romeros con su cuerno quebrado ■

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AR TZIN IEG A

TEXTOS: M ari Jose Torrecilla Arqueóloga

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vB Lasco A rtzin ie g a n dagoen e ra iku n tza rik ikusgarriena, O rtiz de M o lin illo ta rre n d orretxea da. Hala ere, ze n b a it oker a rg ita ra tu da bere gainean. H oriek argitzea da a rtik u lu honen helburua: ez zela eraiki jazarraldíak saihesteko helb u ru a re kin eta ez duela zeríkusirik A iala leínuaren d o rre txe h isto riko a re kin .



El e d ific io de la to rre O rtiz de M o lin illo de Velasco, popula rm ente conocido como la Torre de Artziniega o más recientem ente como la Torre del Hotel, es sin lugar a dudas la construc­ ción civil más destacada de to d o el casco urbano de la villa y ha merecido no pocas veces menciones en diversos medios y la atención de quie^ form a se fe / * acercan al pasado de la villa ^ o a glosar su valor arquitectónico. Sin restar im portanda a lo dicho, lo cierto es que ! iS con frecuencia se asume su • análisis, estudio o comentario desde ángulos equivocajS * dos -com o sucesora de la to rre de Ayala, como torregt fuerte, etc.- y lamentable” mente, su m ejor y más singu. lar carácter -la inspiración ^ ^ dasicista-, queda oscurecido r \, fM r ’r PO'' ®sas perspectivas. Desde estas líneas tratarem os de aclarar algunas de esas cuestiones -o rig e n y trayectoria h is tó ric a - y c o n trib u ir al ). estudio estilístico del edifi^ do, cuyos méritos no suelen atendidos con la profundidad que creemos merecen.

NO ES LA TORRE DE AYALA NI SU SUCESORA Este error es de los más y m ejor acogidos, ta n to en la bibliografía como en la tra ­ dición popular. El actual hotel no ocupa siquiera el solar de la prim itiva to rre de los Ayala, de origen medie­ val. De hecho, durante un tie m p o ambos edificios con­ vivieron y, eso sí, estuvieron

bastante cercanos uno de otro, y la pista sobre su em plazam iento nos la da, en prim er lugar, la orientación de la torre que conservamos. Una fachada de ta n to empaque como la de O rtiz de M olinillo, no pudo hacerse orientándola hacia un espacio menor, desocupado, ya que la Plaza de A rriba es obra del urbanismo del siglo XIX. Por el contrario, el nuevo palacio miraba hada el elem ento prindpal del señorío de la villa, la desapareci­ da to rre de los Ayala Recapitulemos, para poder tener a mano los datos que nos perm itan enten­ der m ejor el discurso. A rtziniega se con­ vierte en villa en 1272, cuando Alfonso X otorga a sus moradores el privilegio de aforam iento o carta-puebla. La novedad instituida por la concesión real se plas­ mará, sin duda, en la organización del espacio com o un núcleo urbano. Probablemente, a partir del lugar ocupa­ do por la iglesia, se establecieron las líne­ as básicas de distribución y, en concreto, el trazado de las calles y la fragm enta­ ción en parcelas que se irían ofreciendo a los futuros pobladores. Este recinto urbano recibiría en años posteriores su m uralla y cierre defensivo, del que tene­ mos pocas noticias y aún más escasos indicios. Por su lado, en el siglo XIV el linaje de los Ayala verá ascender su estrella, acrecetando el solar original con nuevas adquisiciones, tendentes a crear un espa­ cio compacto al estilo de la casa de Haro en Bizkaia. Culmina esta empresa cuan­ do Enrique II, tras la Guerra de Sucesión, concede a Pedro López de Ayala la villa de A rtz in ie g a en 1371. A u nque no podemos asegurarlo, debió ser entonces cuando se construyó la to rre -fu e rte de los Ayala, en el o tro polo del cerro, hacia occidente, constituyendo el segundo ele­ m ento destacado del urbanismo. Su pre­ sencia era el m anifiesto físico indispensa­ ble del señorío efectivo sobre la villa. Según una inform ación que Escárzaga


dice existía en el Archivo, hoy desapare­ cida, contaba ésta con la inevitable pico­ ta para el ajusticiam iento y exposición pública de los castigos, en ejercicio del dom inio jurisdiccional obtenido. A partir de entonces, las noticias de muralla y torre van a aparecer vinculadas. Así, en 1503, pacificadas las luchas de banderías, Artziniega lleva pleito contra su señor, por entonces el Conde de Salvatierra, intentando hacer valer su condición de realenga, apoyándose en que la sucesión del señorío se producía por rama colateral y no directa (circuns­ tancia ésta que se había producido ya con anterioridad y para la que el Conde argum entó poseer una real exención). Sin embargo, y en medio de la discor­ dia suscitada entre los vecinos y el señor, se planteó tam bién la reclamación por la reconstrucción de la to rre fuerte que estaba ejecutando el Conde. Según el inform e elaborado por el Corregidor de Vizcaya a petición de los reyes, la torre se alzaba en el mismo lugar de antes, pero

había sido reforzada contra "tiros c/e pó/i^ora". A Sancho de La Puente, oídos los testim onios y vis* ta la obra, no le pareció menos ame­ nazante que su predecesora. En am­ bos casos obras de cal y canto, con estructura interna de ma­ dera, al estilo de las habituales en to d o el País Vasco, y en la que únicamente se debía prohibir la aper­ tu ra de saeteras, troneras, arque­ tas, ladroneras o almenas, para sos­ layar su carácter defensivo/ofensivo y el pleito entre las partes. Además, nos precisa su ubicación: "E la dicha to rre está algo fue­ ra de la dicha villa, e a pie de ella está un camino, donde se hace el mercado, e a llí esta la plaza de la dicha villa, to ­ da fuera casi de la dicha villa, e no se puede decir plaza, p o r no estar en­ tre las casas de la dicha villa, salvo mercado. E la dicha villa es lu g a r abier­ to e pequeño e de casas m uy flacas" Al parecer el Conde de Salvatie­ rra, pretendía darle un aspecto ^

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más acorde con los nuevos tiem pos y sus propias necesidades. Como las circuns­ tancias de la guerra habían cambiado, o p tó por dotarlas de m ejor defensa con­ tra el uso de armas de fu eg o y proyecti­ les propulsados con pólvora generalizan­ do el uso de la piedra en toda la estruc­ tura exterior; añadía además al parecer, un aposento digno para las audiencias y permanencia ocasional en el núcleo, al estilo de los primeros palacios góticorenacentistas: una residencia de prestigio y segura. Pocos años después de estos hechos, el Conde apoyó la facción de las Comu­ nidades contra Carlos I. El rey y su madre, Juana de Castilla, prom etieron a la villa la vuelta al poder realengo si desobede­ cían al de Ayala y apoyaban la causa real. El resultado, superada la guerra, fue que al Conde se le despojó de todos sus bien­ es y señoríos, entre ios que se incluían ta n to el dom inio de la villa como su torre. M uerto en prisión en 1524, su hijo, Atanasio de Ayala, conseguiría la devolu­ ción de parte de sus derechos patrim o­ niales reclamando a la corona y pleitean­ do trabajosam ente con las distintas comunidades y pueblos a lo largo de buena parte del siglo. Entre ellos se in­ cluía la to rre de A rtziniega y en ceremo­ nial solemne recibió del alcalde de la villa la llave de la puerta de entrada y entró en el inm ueble en simbólica aceptación de la restitución del mismo y del señorío efectivo en 1525. La torre, mal que bien, seguía en su lugar y allí estaba cuando O rtiz de M o lin illo levantó la suya casi 70 años más tarde, pues hacia este emblema señorial o rie n tó su fachada. Los señores de Artziniega, convertidos en Condes de Ayala desde 1602, apenas debían tom ar en consideración su vieja to rre y segura­ m ente el edificio cayó en desuso y aban­ dono. No es de extrañar, porque el des­ cuido se extendía a los que, como las torres de Unza y Mendijur, se señalaban

como cárceles del señorío vecino. Por su parte, los O rtiz de M o linillo de Velasco siguieron teniend o una presencia muy activa en la vida de la villa a lo largo de to d o el siglo XVII, y naturalm ente empa­ rentaron con las familias de mayor poder de la zona, como los M onteano, los Murga o los Salazar de San Pelayo, según Micaela Portilla. Al parecer por m atrim o­ nio, acabaría recayendo la propiedad en la fam ilia del capitán Vivanco en la segunda m itad del XVIII. Por su parte, el espacio ocupado por la to rre de Ayala, próxim o al palacete, se mantuvo como propiedad de los condes hasta la desaparición del señorío de los Ayala. El prim er paso vino por el apoyo directo a la Constitución de 1812, reinte­ grándose Artziniega, en ausencia de sus señores naturales, a la Corona. En conse­ cuencia, el Estado pasó a ser dueño efec­ tivo de las propiedades directas de los Ayala. La noticia la confirm ará un docu­ m ento notarial de 1814, cuando un representante del Estado proceda a la venta de "e l sitio de una torre pertene­ ciente al Conde de Ayala", a favor de Don José M anuel M urga y O rtiz de La Riva, y cuyos límites son: "... p o r el lado de Mena, con torre de Dn Andrés! de Vivanco, p r e l Castellano, con heredad d e l mismo, p o r/ e l medio dia, con e l Convento de Religiosas, y p r el

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aerzo! con la Calle de arriba, radicante en la Villa de A rce nieg a l de dha Provincia de Alava, cuyo sitio se com po­ ne de/ trein ta y dos brazas escasas..." La mención expresa a la torre y here­ dad de Don Andrés de Vivanco (actual hotel) invalida una vez más la identifica­ ción de este espacio con la torre de Ayala. Por el contrario, la sitúa en un espacio interm edio y preeminente, en medio de la zona que ocupa la transi­ ción de la actual Plaza de Arriba hacia la calle Cuesta de Beraza. En esta amplia zona habría que buscar su presencia o las huellas de la misma en el subsuelo. Los Condes, tras largo pleito, abdicaron definitivam ente de sus pretensiones en 1817. El espacio de la primera to rre se edificó y se urbanizó la Plaza de Arriba a lo largo del XIX. Ya en 1835, el propietario del torreón del actual hotel era Don Benito de Vivanco, vecino de M adrid, y que en la estadística de ese año declara entre . otros bienes la "casa torre que

se halla vacía". Durante la contienda car­ lista, a te n o r de los datos que ofrece el Archivo Municipal, su casa fue requisada por la facción prim ero y los liberales más tarde, porque era el inm ueble que mejo­ res condiciones ofrecía para la defensa y alojam iento de los sucesivos destaca­ mentos. Así, Andrés de Vivanco presentó ante el Ayuntam iento en abril de 1841 reclamación p o r los daños causados manifestando "que ha servido y está destinada para cuartel de las tropas de la g u a rn ició n ". Igualm ente, en 1843 y hasta 1847, Dionisio Rivacoba llevó plei­ to contra A rtziniega reclamando el pago del trabajo de fortificación de la torre que hizo en 1836 p o r encargo del com andante carlista Aguirre. En los años siguientes, el propietario del to rre ó n siguió reclamando compen­ saciones para sufragar los gastos de alquiler y daños, que obtendría en per­ mutas de te rre n o en la zona de la plaza pública, para construir una nueva casa. Sus pretensiones dieron lugar a no pocos enfrentam ientos con los miembros del concejo hasta bien entrados los años 60 del siglo XIX. M antuvo Vivanco la


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»ropiedad en su poder al menos hasta 884, fecha en que declara "una casa orre, en calle correo n® 23, de 5 pisos, 50 m_ de superficie, que linda N con los nismos, 5 con tejavana, E y O con calle iública y una casa torre, en calle carreera n° 10, de 4 alturas, ig u al superficie 150m J que linda N calle Real, S con los nismos y E y O con calle pública". iorresponden, respectivamente, con el orreón del hotel y el palacio adosado. Jna década después, estos inmuebles on igual descripción aparecen ya a lombre de Doña Casilda Palacio Gil, en uva fam ilia ha permanecido la to rre de

O rtiz de M o lin illo de Velasco hasta su venta al m unicipio a fines del siglo XX.

UN PALACETE CLASICISTA En la actualidad el edificio acoge una instalación hotelera de propiedad munici­ pal que lleva ya cerca de una década en ejercicio. La construcción, situada sobre una parcela rectangular y de acusada pen­ diente, se presenta destacada, al resolver­ se con nada menos que cinco alturas y observar unas proporciones generales que evocan directam ente las torres-fuertes medievales. Sin embargo, en sentido


estricto, el inmueble no es una torre, ni por origen -n o sucedió a la de Ayala ni por cronología -data de fines del XVI, finalizadas ya las luchas de banderías-, ni por diseño, ya que carece de elementos defensivos. '! Lo cierto es que debiéramos califi' cario como lo que es: uno de los S mejores palacios tardorenacentis;>■ tas del País Vasco. j

Se construyó en mampostería con sillares en esquinas y recerco de huecos. Levanta en su fachada prin ­ cipal cuatro alturas, incrementadas a cinco en las restantes debido al desni­ vel del terreno. Remata en tejado a cuatro vertientes, apoyado sobre una elegante cornisa de trip le moldura que sostiene una desarrollado alero. Vanos y accesos, originales la mayoría y algunos de reciente factura, son adintelados y moldurados con oreje­ tas. Las ventanas corresponden al in te rio r con "vanos de asiento": abren internam ente en el m uro un am plio hueco en arco de medio punto rebaja­ do que aprovecha los laterales para situar sendos bancos.

Del fro n tó n sobresalen a su vez tres plintos en los que se sitúan figuras fem e­ ninas, que sujetan escudos de cueros retorcidos. La investigadora Micaela Portilla ya apuntó en su estudio sobre las torres alavesas que parecía tratarse de la personificación de virtudes, pero por entonces el tejado de la fragua ado­ sada impedia identificarlas. En la actua­ lidad pueden observarse m ejor sus atri­ butos, si bien el haber permanecido a la intem perie ha borrado parte de su relie­ ve y símbolos. A te n o r de lo conservado parece que la figura central, que sostie­ ne una columna, pudiera personificar la Fortaleza y la Constancia, reforzada por la presencia de una figura zoom orfa semiborrosa a los pies, quizá un león, que redundaría en las ideas de Fuerza, Valor y Sabiduría. En la mano lleva una pieza de cuero, moldurada y retorcida, al estilo de las que se usan en heráldica, que acoge una inscripción en la actuali­ dad tan m altratada por la intem perie -y el poco interés de quienes acometieron la re h abilitació n- que resulta ilegible.

En la fachada delantera se abre la portada, probablem ente el elem ento más culto y refinado de to d o el diseño, de evidente inspiración claslcista. Es un ingreso adintelado de jambas placadas entre pilastras toscanas sobre plinto. Sostienen un entablam ento recto y liso (el dintel m onolítico) y sobre él un fro n tó n tria n g u la r con cartela recorta­ da entre dos "am orcillos". En ella se lee la inscripción que recoge los nom ­ bres de los constructores (Diego Ortiz de M o lin illo Velasco y M^ Tomasina de La Cámara) y su fecha de ejecución (1592). Añade además el dato de haberse trasladado aquí "la casa a n ti­ gua solariega de este apellido ", solar del e nto rn o de A rtziniega que a juicio de Micaela Portilla estuvo ubicado en Barrataguren.

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% 1) U bicación de la antigua to rre d e Ayala, hoy d a ^ p a r e c id a 2) Torre O rtiz de M olinillo d e Velasco 3) P alacete clasicista p o s terio rm e n te añ ad ido a la torre

La figura de ia derecha es iguaimente una m ujer vestida con túnica, que se apoya en un ancia (parciaimente des­ aparecida) cuyo significado simbóiico suele ponerse en relación con ia Esperanza, la Fideiidad y ia Fe y Tesón, en este caso recibiendo ei refuerzo de ser ia única de ias tres figuras que mues­ tra su peio al descubierto, cabeilo ensor­ tija d o y abundante (ai estiio de las representaciones de ia tradición romana de esta virtud). Con la mano derecha sostiene cuero con ia representación de ios veros de los Veiasco, figura heráidica a m odo de simplificadas campanitas alternas. La figura de la izquierda lleva un largo cayado, bastón o báculo que remata en cruz y que puede aludir sim­ bólicam ente ta n to a la Fe cristiana como a la Piedad y a la Firmeza; sostiene un cuero que acoge el emblema de los M o linillo, el águila "exployada" -de frente, con ias alas y patas abiertas-. Todo este conjunto, de buena factu­ ra y raigam bre y codificación clásicistas, vendrían a reforzar un mensaje icono­

gráfico acorde con el humanismo e in d i­ vidualism o desarrollado al calor del renacim iento. Un personaje público -D o n Diego, alcaide de la villa en repre­ sentación de los Ayala-, construye un edificio para fija r su nueva residencia en el núcleo urbano. Se tratará ahora de un palacete, más espacioso (mayor capaci­ dad en planta, más alturas) y m ejor ilu­ m inado -ventanas más grandes, apertu­ ra de balcón-. A él pretende "trasladar" el solar del linaje del que procede, su "casa antigua solariega" , por lo que prefiere un diseño tip o torreón, en vez de un inm ueble más apaisado, que ade­ más se adapta m ejor a la parcela que ha elegido, en pronunciada cuesta. Pero además, como legítimos "suzesores" del linaje y "a p e llid o " que se cosideran, em bute en la obra nueva una piedra armera que procede de o tro lu g a r Se trata del escudo con dos leones fla n ­ queantes (a la izquierda del balcón). Mal se adapta al nuevo edificio, y por ello aparece aquí con tos animales en posi­ ción extraña, rampantes (parecen dise­ ñados para una postura menos forzada), y presenta el escudo ligeram ente indi-

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nado hacia la izquierda. Lo que se pretendió al situar este grupo aquí fue establecer una com­ posición simétrica y regular con el blasón del lado derecho. En él sendos gigantes con mazas flanquean el grupo de armas. Además incluye un tercer escudo, en la fachada lateral derecha, piedra cuyos elementos estilísticos nos inducen a con­ siderarla ya una pieza del siglo XVII avanzado. A to d o ello vendría a sumarse la por­ tada con elementos que, insistiendo en las armas del apellido (águila, veros), se combinan con figuras femeninas que portan atributos alegóricos de virtudes

propias del "hom bre de bien", haciendo referen­ cia a la fe, firm eza, cons­ tancia, fortaleza, sabi­ duría, esperanza, fid e li­ dad, etc. Todos ellos caracteres que además son más que deseables en el buen gobernan­ te. Como remate, el balcón que se abre en el segundo piso, en eje con el ingreso, incluye en su dintel ia inscripción "N i digas lo que supieres n i < (h)agas lo que vie­ res", un mensaje que puede ponerse * en Prudencia, o tro de las cualidades del buen ciudadano y hom bre público. De hecho, si su­ mamos todos los elementos de aná­ lisis, el resultado es que el edificio, y en especial su POTO: JUANJO HIDALG fachada es todo un mensaje cifra­ do al espectador que podría traducir­ se así: "soy noble de raigambre, persona culta y con bienes suficientes, y me ador­ nan todas las cualidades que son desea­ bles para el buen gobierno de las gen­ tes". A este palacete principal se le añadi­ ría más tarde un cuerpo de servicio ya barroco, adosado en la zona trasera y con el que se comunicaba en el pasado, como se deduce de la presencia de hue­ cos de acceso tapiados en la actualidad en el cuerpo de escaleras del hotel. Presenta tam bién un gran volumen y desarrollo adaptado a un solar de pro­ nunciado desnivel, con un sistema de


vanos un ta n to irregular y además bas­ tante intervenido. Fue concebido como cuerpo de servicio y desahogo residen­ cial de la torre, en clave más austera y de aproxim adam e nte una centuria más tarde. M uy im portante es su decoración heráldica, pensada para impresionar a los personajes que accedían al casco, en especial en la que fue su fachada princi­ pal en la calle Cuesta de Luciano Años después el palacio sufrió una últim a adicción. En 1910 se declaran entre los pertenecidos anejos a la casa una "herrería delante de la casa y potro de herrar", que correspondería con la tejavana que tuvo adosada la fachada delantera y durante casi un siglo ocultó la portada principal que analizamos.

que va dicho. Igualmente, se suprim ió la fragua que alojaba la tejavana añadida en la portada principal, sin docum enta­ ción gráfica -planos, fotos...- que conoz­ camos. Y tam poco tenemos noticia de ningún esfuerzo por recuperar o recoger lo poco que parecen ofrecer la inscrip­ ción de la figura central o de elementos simbólicos como el léon que creemos se sitúa a sus pies. Añadido a to d o ello el tra ta m ie n to de fachada (picado del revoco y rejunteo uniform e de las llagas entre piedras), sin siquiera una mínima "lectura de param entos" para identificar posibles cambios o remodelaciones his­ tóricas, hace que irreversiblemente pa­ rezca que debemos conform arnos con lo poco que hoy está a la vista ■

En conclusión, ta n to por iconografía, por calidad de factura arquitectónica y escultórica como por program a composi­ tivo, el valor de este palacio es más que destacable, y entronca con elementos más cultos y reconocidos, como el pala­ cio Escoriaza-Esquibet en Vitoria-Gasteiz. Es obra en nuestro caso de un renaci­ m iento tardío, de inspirado clasicismo reinterpretado en clave de funcionalidad en interés de! prom otor. Lam entablem ente su in te rio r ha sufrido una intensa alteración, en espe­ cial hace una década para adecuarlo a su nuevo uso. Su vaciado, que no contó con el op o rtu n o registro histórico-artístico ni arqueológico, ha hecho inviable la docu­ mentación de cualquier posible indicio o dato que mejorase el conocim iento del inmueble y su trayectoria, fuera de lo

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FOTO: FELIX MUGURUTZA


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/ TEXTOS y FOTOS: Enrique Ibabe Ortiz


Área de difusión El área de utilización de estas raque­ tas tradicionales se encuentra en el Norte de la Península Ibérica, desde el Este de Galicia hasta el Este de Euskal Herria, con alguna tím ida presencia en los valles próxim os de Ansó y Echo (Aragón). Han estado presentes en todos aquellos pueblos con interés eco­ nóm ico -fu n da m en talm e nte el de la ganadería- en aquellos montes donde durante el invierno cae la nieve abun­ dantem ente. Es decir, en el área que Estrabón delim ita en su Geografía, y no de form a caprichosa, sino como dice Julio Caro Baroja, por una afinidad en ciertos procesos histórico-culturales. Tenemos serias dudas de que estos artilugios se hayan usado, al menos en los dos últim os siglos, en el Pirineo Central y Oriental, cosa que no deja de sorpren­ dernos grandem ente. En nuestra labor de campo no hemos encontrado inform ación alguna sobre su utilización, excepto el de las llamadas en la zona "raquetas m ilitares" que fueron introducidas por el

Sendegl (Orozko)

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ejército español. Pero es que además, trabajos etnográficos de enjundia reali­ zados en la cordillera, así parecen confir­ marlo. Michael Haberlandt, a principios del siglo XX, en el apartado sobre los medios de transporte, en su clásico lib ro E tnografía escribía: "Los m edios de transporte más perfectos para el tráfico terrestre son los carros, trineos y raque­ tas, estos últimos, característicos de los pueblos polares y de algunas tribus indias situadas m uy al N orte", añadien­ do poco después que "...las raquetas que usan los esquimales y pieles rojas y tam ­ bién se conocen en el Pirineo Vasco". Este investigador nada dice de su uso en el resto de la cordillera, en la que parece distinguir m uy bien el Pirineo Vasco. Fritz Krüger, investigador extraordi­ nariam ente meticuloso, en su trabajo Los Pirineos (1935), tam bién cita las raquetas o "zapatospara la nieve", pero circunscribiendo su uso al norte de la Península Ibérica, estableciendo


como lím ite oriental de su utilización, Euskal Herria, añadiendo “...según se desprende de mis investigaciones, este tip o de calzado especializado no está generalizado en los Pirineos". El gran e tn ó g ra fo de esta cordillera, Ramón V iolant y Simorra, nada dice de las raquetas, ni cuando trata de los medios de transporte, ni cuando lo hace sobre la vestimenta de las gentes de estas m on­ tañas y valles, en su libro El Pirineo espa­ ñol (1949). Y por últim o diremos que tam poco Rafael Andolz, en su dicciona­ rio sobre la lengua aragonesa, recoge palabra alguna que haga referencia a las raquetas.

El origen La utilización de estos artefactos para no hundirse en la nieve o hundirse lo menos posible al andar, se rem onta a la prehistoria. En Asia central fu eron encontradas unas raquetas de hace unos seis m il años. No podemos asegurar, por supuesto, que algunos dibujos trazados en las paredes de la Cueva de Altam ira (Santillana del Mar), y en la de El Castillo (Puente Viesgo), Cantabria, definidos com o “signos cuadrangulares" sean representaciones de raquetas, pero sí señalas el gran parecido con la raqueta que C. Bernaldo Quirós recoge en su tra ­ bajo "A lpinism o" (1923). La más antigua noticia sobre su uso en este área se refiere a su utilización en Euskal Herria, y procede de un docu­ m ento que Julio Caro Baroja recoge en "Etnografía Histórica de Navarra", y en el que se hace referencia a aconteci­ mientos que tuvieron lugar en el otoño del año 985, teniendo como principal p ro tago n ista al rey Sancho Abarca. Relativamente tranquila la frontera con los moros, acude el rey navarro en ayuda de su pariente el duque G uillerm o y de los vascones de ultrapuertos, amenaza­ dos por los piratas normandos, a los que derrotaron en Taller, cerca de Castets. Pero en el intervalo, aprovechando tos moros ta ausencia de Sancho Abarca, se

Hoz de Aviada (Cantabria) José León Iriondo Ibarra-Orozko

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Luis Aldekoa (Orozko) calzándose las raquetas

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presentaron en Iruñea, poniéndola cer­ co. Enterado el rey navarro, reacciona de inmediato. Manda calzar a sus hombres abarcas de "cueros duros encerados" y “ barallones'' de madera (raquetas). Cruza las montañas nevadas, probable­ mente por Orreaga, y rom piendo el cer­ co de los moros los expulsa de sus te rri­ torios.

Para qué se usan La utilización de estos antiquísimos artefactos tradicionales ha llegado hasta prácticamente nuestros días-en algunos lugares todavía los siguen usando-, y como hemos com entado al principio, por aquellas personas que tienen gana­ do en el m onte (ovejas y yeguas funda­ mentalm ente), al que es necesario soco­ rrer en caso de que una imprevista neva­ da los atrape en las alturas, cosa que sue­ le ocurrir sobre to d o al caer las primeras nieves del o toñ o o invierno. A estas ope­ raciones de rescate solían acudir varias personas pues, ju n to al peligro que con­ llevaba, era necesario transportar ali­ m ento al ganado, así como abrir senda por donde luego pudieran bajar los ani­ males. Se turnaban en la cabeza, pues aunque calzados con raquetas, es evi­ dente el mayor esfuerzo del que camina en prim er lugar. Esta operación de resca­ te podía durar varios días, como nos comentaba hace ya bastantes años Juan Salcedo, pastor de Gorbeia con txabola en Egiriñao. Ocurrió con un rebaño de A ntonio Etxebarria -q u e ocupaba una txabola cerca de la suya- que quedó atrapado cerca de La Cruz (1481 m). Ocho días íes costó bajar el rebaño a los ocho pastores que acudieron en su auxi­ lio. Álvaro Ruiz de Gordoa, natural de Opakua (Araba), nos contaba a su vez, cómo con m otivo de una imprevista nevada quedó bloqueado en la m onta­ ña un rebaño de 300 ovejas de Matías Aseginolaza. Provistos de garlochas salió "to d o el pueblo" en su socorro. Con grandes esfuerzos y calamidades salva­

Fmjuras d e la e ctievas.de Altamirá C a n ta b ria )

ron el rebaño, pero uno de los expedi­ cionarios regresó medio extenuado y m uerto de frío; "lo m etim os entre el estiércol de la cuadra de Matías para sal­ varlo. Es lo m ejor que se puede hacer en estos casos". También para la caza se han utilizado las raquetas en otros tiempos. Todavía en la memoria de la gente de edad del pueblo alavés de Domaikia, queda el recuerdo de batidas de jabalí durante el invierno, calzados con barrerillas y arma­ dos con bieldos. Semejante a las que rea­ lizaban en Los Aneares, El Bierzo, tras cien/os y jabalíes, calzados con marañones y con lanzas en la m ano de dos a tres metros de longitud.

Variantes La form a que generalm ente adoptan estas raquetas tradicionales es el de una especie de escalerilla de tres peldaños. También las hemos visto de cuatro, e incluso, pocas de cinco. Algunas son más estrechas por delante, haciéndose esto especialmente notable en las de Nafarroa. Otras son prácticamente rectangu­ lares, como las que hemos visto en el macizo del Gorbeia. En algunos pueblos de Cantabria, As­ turias, Palencia y León, se presentan más anchas por delante. Pensamos que pue­ de ser debido a que las calzaban con almadreñas, que tie n e n dos tarugos delanteros fre n te a uno trasero. Quizá tenga tam bién alguna otra explicación. Pero si bien las que adoptan esta fo r­ ma de escalerilla son las más numerosas, no faltan raquetas consistentes en una


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Hoz de A viada (Cantabria)

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simple tabla, con ciertos aditam entos en algunos casos, para m ejor sujetar el pie en ellas, calzado con bota, albarka o almadreña. Formas excepcionales pre­ sentan algunas que hemos visto en Hoz de Aviada (Cantabria), donde como en et valle de Somiedo al menos, se ayudaban en las caminatas con un palo provisto de un disco de madera a pocos centímetros del extrem o inferior, como un bastón de esquí, al que llamaban "rodana". En Euskal Herria, tam bién hemos vis­ to raquetas consistentes en un bastidor oval de avellano, con un simple entram a­ do de alambres y cuerdas. Nos parecen más modernas, resultando prácticamen­ te iguales a las raquetas prim itivas cana­ dienses, pudiéndose ver un ejem plar de éstas en el Museo Nacional de dicho país. Quizá, a través de raros y diversos cami­ nos, hayan servido de modelo. Creemos que este tip o de raquetas es más apro­ piado para caminar por grandes llanuras. En nuestra orografía accidentada y de fuertes pendientes, resultan más eficaces las de form a de escalerilla, en las que las puntas de sus largueros laterales pueden clavarse en la nieve. Esto nos decía un guarda de los Picos de Europa, que des­ pués de haber utilizado unas raquetas modernas de tip o oval, volvió a coger de nuevo las tradicionales. También se han utilizado en nuestro país como raquetas, las tapaderas de los sacos de carbón vegetal que se hacia en nuestros montes, consistente en un aro de avellano y flejes de castaño. Hemos podido m edir en Euskal Herria 55 pares de form a trapezoidal, es decir, las que son más estrechas por delante, resultando una longitud media de 32,83 m., una anchura entre largueros en la parte delantera de 12,20 cm. y de 16,29 cm. en la trasera. En las 45 de form a rec­ tangular, la lo n g itu d media fu e de 32,60 cm. y la anchura entre largueros de 15,93 cm. El peso m edio de 70 pares resultó de 929,28 grs. La madera preferida, de fo r­ ma m ayoritaria en Euskal Herria para su confección, era la de haya.


"Barajones" es la denom inación más generalizada en el norte de la Península Ibérica, aunque tam bién aparecen otras com o m arañones, al menos en Los Aneares, El Bierzo y el suroeste de Asturias. En algunos pueblos del norte de Palencia oímos zagones y zanjones. En Posada de Valdeón y probablem ente en toda esta zona de León, barayones. En Candín, tam bién León, barallones. En el valle de Llábana (Cantabria), ju n to a barajones, tam bién badajones, denom i­ nación ésta que volvemos a encontrar en San Peiayo de Agüera, norte de Burgos, y que penetra en Euskal Herria en los

.Wrios de Karrantza, prónmtt ^

En los pueblos-tiavarros a> oeste del Puerto de Balate y en los valles de UItzama, Basaburua y alrededores del puerto de Ezkurra, las llanjan oinolak { “ {as tablas de los pies“ ). En el \^ lle del Baztan, en irurita, oímos zangolerak y en Zaldibia (Gtpuzkoa), ankalf^mk. Zango En ambos casos, vienen a significar en castellano, "las narrias de los pies". Y es que, tam año aparte, la semejanza entre éstas y las raquetas es grande.

Citamos a continuación diferentes denom inaciones que hemos podido recoger en nuestro país. En el valle de Erronkari las llaman "zatas", ai igual que en el próxim o valle aragonés de Ansó. De esta palabra, la RAE (Real Academia Española) dice que se refiere a un arma­ zón de madera, a m odo de balsa, para transportes fluviales. ¿Puede aplicarse a las almadías que bajaban por el río Eska? Plácido Múgica, en su diccionario, sin embargo, la considera euskaldun. Tra­ duce al euskara la palabra galocha, de la que dice que significa "zueco", por eskalaproin, zur-oski y zata.

Las narrias, lerak, son un m edio de transporte de gran antigüedad. Inves­ tigadores rem ontan su origen, al menos en Escandinavia, ai Mesolitico. Parece ser que las raquetas, y las narrias por su principio de deslizamiento, están en el origen de ios esquíes, cuya presencia se detecta ya a finales del Neolítico. En el museo Nordiska de Estocolmo se conser­ va un esquí al que se le atribuyen cuatro mil años de antigüedad.

En el te rrito rio com prendido entre los pueblos navarros de Bidangoze (Valle de Erronkari) y Lantz, abarcando el valle de Aezkoa y el norte del de Zaraitzu, encontram os oinorrazeak y orrazeak ("los peines de los pies" y "los peines" respectivamente), aunque en la actuali­ dad, la mayoría de las personas consul­ tadas las llaman peines.

En la zona de la Sakana (Nafarroa), encontramos una serie de denom inacio­ nes que parecen tener un tronco común: ubarretak, ugarretak, kolartak, kolarretak, kolarretakak, olarretak, golarretak, gularretak o polarretak. En los pueblos que rodean el macizo de Gorbeia (Araba y Bizkaia), las llaman parrillak, parrillas, txankelak, anketakoak, olak, oinetako-

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ak o barrerillas, denom inación esta ú lti­ ma que aparece al oeste de la Llanada alavesa, desde la sierra de Badaia a los m ontes de Bóveda que lim ita n con Burgos, pasando por los pueblos que tie ­ nen intereses económicos en las sierras de Gibijo, Arkam u, Artzena, M onte San­ tiago. etc. También aparece en esta zona la variante barreras. Barrerillas tam bién llaman a las raquetas en algu­ nos pueblos burgaleses del valle de Losa. Hemos dejado para el fin al de estas notas las denominaciones de garlochas y galochas -creemos que la primera deriva de la segunda- que reciben las raquetas en los alrededores de los montes de Iturrieta. altos de Opakua, sierra de Entzia, Azazeta, K apildui, rasos de Arluzea, Izkiz (Araba) y en la sierra de Urbasa y Santiago de Lokiz (Nafarroa), porque dicha denom inación en esta zona de Euskal Herria nos sorprende un ta nto. Ninguna de las noticias que tene­ mos de esta palabra, fuera de esta zona, se refieren a las raquetas. Todas lo hacen a los zuecos. ¿Cómo han llegado a deno­ minarse aquí las raquetas con la palabra castellana "galochas"? ¿Del empleo en otros tiem pos de los zuecos? El diccionario de la RAE dice que la misma procede del provenzal galocha o del francés galoche, añadiendo que se trata de un calzado de madera con refuerzos de hierro, que se usa para andar por la nieve, el lodo o por suelo muy mojado. La palabra francesa galoche. se traduce al castellano por "zueco", Bien es verdad que el diccionario de la RAE no cita la palabra "zueco", pero así lo da a entender en su Diccionario manual e ilustrado (1959), cuando ju n to a la palabra galocha dibuja un zueco. Parece que en el fo n do de esta de fin i­ ción de galocha del diccionario de la RAE está el de Covarrubias Orozco (1610): "Galochas. Cierto género de calçado de madera, dichas assí a gallis, p o r­ que los franceses, especialmente los que abitan en los Alpes, las usan, y los gasco­ nes o gavachos, que hacen las palerías y

vienen a España, usan destos calcados porque andando en el agua y e l cieno, abriendo las madres e hijuelas ningún o tro cal<;ado podrían traer que les fuesse de provecho..." Esta palabra, ta n to en Galicia, Astu­ rias como El Bierzo, se refiere a "zuecos". En Cataluña los llam an galotxas. Ya hemos visto cóm o tam bién para Plácido Múgica se refiere a este calzado. Hace años, José Lagraba del pueblo aragonés de Siresa, nos decía que ellos llamaban galochas a unos zuecos de madera con el empeine de cuero, con dos especie de herraduras en la suela, una en ia parte delantera y otra en la trasera, y que fue calzado que se había usado hace ya muchos años, cuando hacía mal tiem po. El Diccionario etim ológico de Corominas, así es precisamente como descri­ be a las galochas, aunque sin mencionar los refuerzos de hierro en la suela: "cal­ zado con suelo de madera y em peine de cuero, para preservar de la hum edad", añadiendo que parece tom ado del occitano antiguo, o quizá, del francés galoche, de origen incierto. Nos recuerda este zueco así descrito por José Lagraba y Corominas, al utiliza­ do en el noroeste de Nafarroa, desde Erratzu hasta Bera de Bidasoa, práctica­ mente igual, excepto que, al menos los que nosotros hemos visto, en la suela lle­ vaban clavos. Los llaman eskalapuin. Años después, visitando el interesan­ tísim o museo de Sabiñánigo (Huesca), fru to de la incansable labor de "Amigos de Serrablo", entre las muestras de diverso calzado vimos una galocha tal y como nos la había descrito José Lagraba, aunque la ficha de este museo lo regis­ traba con el nombre de chanclo. Este zueco procedía del pueblo de Cortillas, de la comarca de Serrablo que llaman Sobrepuerto. Según el director de este museo, Enrique Sautué, es probable que este calzado proceda del valles de Baréges en el M idi francés, donde lo lla­ man escople.


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Pero nuestra sorpresa fue grande cuando ju n to a este zueco vimos unas tablas, unas simples tablas con unos ani­ llos de cuerda y clavos de cabeza cua­ drada en la suela, a las que denominan galochas. En un principio nos dijimos: "he aquí unas raquetas aragonesas del Pirineo Central, y con el mismo nombre que le dan en algunos pueblos de Euskal Herria ", máxime cuando guardaban una im portante semejanza con unas galo­ chas del pueblo alavés de Sabando. Pero pro n to desechamos esta idea, pues sus dimensiones no eran superiores a la superficie de un pie. Se trataba en reali­ dad de un calzado de unas característi­ cas muy primitivas, que quizá este en el origen de los zuecos. Puede ser que la definición que Rafael A ndolz da a la palabra "galocha" se refiera a estas tablas: "Galocha. En A lquézar y Benasque. Calzado de pasto­ res. Suela de madera, h ie rro como herraduras y correas para sujetarlas al pie y pierna". También la definición que Ramón V iolant i Simorra da de las sipelles, se acerca a las características de estas galochas de Sabiñánigo: "Suela de madera m uy recia y tosca, herrada con pequeños guijarros de pedernal, tiras de hierro o clavos, y provistas a los lados de anillos de cuerda". Enrique Satué nos inform ó que estas galochas, estas sim­ ples tablas, eran calzado de uso genera­ lizado hasta comienzo del siglo XX en todos los pueblois de la citada comarca de Sobrepuerto, abandonados allá por los años sesenta, y que creía que era cal­ zado utilizado en el Pirineo francés, que llegó a esta zona a través de las m igra­ ciones y el pastoreo.

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Raqueta en el M useo N acional de C anadá

Estos pueblos de Sobrepuerto, todos por encima de los 1200 m., Basaran, Cortillas, Ainielle, Sasa, etc. con una fo r­ midable arquitectura popular, conocí poco después de su abandono, cuando aún en los cajones de los polvorientos pupitres de las escuelas, estaban los cua­ dernos de las niñas y niños, con la tin ta de escritura casi fresca. Poco después de que este hermoso te rrito rio pasara de ser un paisaje armoniosamente hum ani­ zado, a un paisaje roto, dram áticam ente deshumanizado. Aún hoy, después de tantos años, cuando los recuerdo, su soledad m aldita me asalta tan b rutal­ mente como entonces. Por ú ltim o diremos que estas tablas, estas galochas aragonesas, nos recuer­ dan a las que usaban los carboneros, al menos de A taun (Gipuzkoa), para que no se les quemaran las abarkas con las brasas de la carbonera ( “ txondorra"). Abarkaolak y oinolak las llamaban, de­ nominación esta últim a que, como he­ mos visto, se utiliza para las raquetas en los valles de UItzama, Basaburua, etc.B


HISTORIA EZAGUTU, ETORKIZUNA PRESTATU

CONOCER LA HISTORIA, PROYECTAR EL FUTURO

Iruña Okako Aztarnategi Arkeologiko Erromatarra Yacimiento Arqueológico Romano de Iruña de Oca HORARIOS DE VISITA: Del 16 de octubre al 30 de abril: Martes a sábado, de 11:00 h. a 15:00 h. Domingos y festivos, de 10:00 h a 14:00 h. Lunes, cerrado. Del 1 de mayo al 15 de octubre: Martes a viernes, de 11:00 h. a 14:00 h. y de 16:00 h. a 20:00 h. Sábados, de 11:00 h. a 15:00 h. Domingos y festivos, de 10:00 h. a 14:00 h. Lunes, cerrado.

BISITA ORDUAK: Uniaren 16tik apirílaren 30era: Asteartetik larunbatera ll:OOetatik 15;00etara. Igande eta jaiegunetan 10:00etatik 14:00etara. Astelehenetan itxita. Maiatzaren letik uniaren 15era: Asteartetik ostiralera ll;OOetatik 14:00etara. eta 16:00etatik 20:00etara. Larunbatetan ll:OOetatik 15:00etara. Igande eta jaiegunetan 10:00etatik 14:00etara. Astelehenetan itxita.

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Egurastu bat hartzeko proposamen honetan, kirola egiteaz gain, Bizkai^ bazter honek gordetzen dituen ondare-altxorrak ezagutzeko aukera ere izango dugu. Asko dira bidean ikustekoak: hilobiraketetarako haitzulu^ karobiak, baseliza eta abar. Hau da, bideak egiteko beste modu bat.


TEXTO; ALBERTO SARGOS CUCÓ FOTOS: JUANJO HIDALGO


El itine ra rio que presentamos nos dará más sorpresas de las que pensamos en este te rrito rio de pastizales y pequeños bosques autóctonos. Dichos reductos, aunque m uy humanizados, guardan una riqueza digna de mención en un m onte. Pico Ramos, que nos aparece a d o rn ad o p o r una m uralla rocosa que le ha valido ser conocido popularm ente como "el pico de las bru­ jas". Su "pequeña estatura", 219 metros, nos engaña sobre sus repechos que nos harán tene r que sacar fuerzas de la reserva tal y como hacían las gentes de antañ o cuando iban a recoger los "ramos de laurel" para ser bendecidos. Los verdes de sus prados se tornan azules y cobrizos con girar la vista a la costa minera pero la oscuridad cubrirá nuestra mirada ante la devastación irrem ediable de las que fueron unas de las marismas más grandes de toda Euskal Herria, hoy en día, convertidas en grises de hor­ m igón y negros de humos.

ITINERARIO San Julián de Musques, camino de Misa, collado Pico Gallinero, cumbre de Pico Ramos, cueva con e n te r­ ram ientos prehistóricos, fu e n te de Gancéas, Pobeña, erm ita de Nuestra Señora del Socorro y playa de la Arena.

RESEÑAS DE INTERÉS Cueva con enterram iento s pre­ históricos de Pico Ramos, el calero, casa de Bodega-Cuadra, San Pantaleón y erm ita de Nuestra Señora del Socorro.

ZONAS NATURALES A RESPETAR Y FOMENTAR Encinar de San Julián de Musques, vegetación próxima al m urallón de Pico Ramos, bosque de Gancéas, marismas de Areño y Pobeña, San Pantaleón y Socotillo.

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N tra. Sra. Sel Socorrí

RECORRIDO Nos situamos en el barrio de San Julián de Musques, m atriz del actual Muskiz, donde aparece datada la Iglesia más antigua de to d o el concejo con advocación a San Julián y construida en la Edad Media, siendo reedificada en el s. XVI. El crucero que se sitúa en sus cer­ canías es uno de los más antiguos de Bizkaia (siglo XVI). En una cara encon­ tramos una imagen de la Virgen y, al o tro lado, un Cristo crucificado. Avanzamos en dirección a la plaza donde, solitaria, se encuentra la fuente que mana vin o d u ra n te las fiestas patronales al com ienzo de año. Proseguimos sobre el lavadero, hoy en bastante mal estado de conservación, hacia un gran caserón de piedra arenisca

y blasonado, conocido como Casa de Sota o Palacio de González (año de 1726). Continuamos por la carretera y, al llegar a la residencia geriátrica Alegría, veremos una rampa de horm igón y un poco más arriba una casa presidida por una palmera que perteneció al ilustre Padre Basabe, gran arqueólogo, estu­ dioso de la prehistoria vasca y buen am igo del célebre Joxe M iel Baran­ diaran. Subimos por dicha rampa para tom ar un estrecho paso a la izquierda conocido como "cam ino de misa", nom ­ bre que le viene de ser la senda por la cual accedían antiguam ente las gentes de otros barrios a la única iglesia que existía en los alrededores.

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EI sendero, muy poco marcado, sube entre huertas y altas hierbas, trazando una diagonal, hasta salir a un am plio camino excavado en la roca. Avanzamos hacia la izquierda, bajo la sombra de un hermoso encinar digno de ser recorrido en toda su extensión. Tras unos cien m et­ ros, a la sombra de un hermoso ejem plar de encina, un cruce nos perm ite pasar una maltrecha valla y girar a la derecha para cam biar to ta lm e nte de dirección. Remontamos la trocha sobre amplias lajas de roca caliza que dejan sobresalir las viejas raíces de los árboles. Desde aquí nos esperan unos 500 metros de gozada para el amante de la naturaleza. Los túneles de vegetación se suceden, prim ero de encinas, más adelante tom an el relevo los bortos (madroños), laureles y endrinos mezclados con zarzas que nos deleitarán durante unos m inutos antes de acceder a un extenso prado donde el ganado pasta tranquilam ente. Desde este punto vemos el Pico Ramos como si de una planicie se tratará. Emprendemos la marcha con verticalidad hacia la cima. La vasta campa que atrav­ 100

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esamos está jalonada a su derecha con un bosquecillo de eucaliptos, mientras que a nuestra izquierda ejemplares propios de la zona como robles rebollos y algún que o tro arce nos regalan su belleza frente al árbol australiano. En cuatro o cinco minu­ tos de marcha cruzaremos una pista her­ bosa con senderos de ganado que tom an la dirección exacta hacia la mole de horm igón de la chimenea de la industria petrolífera. Nos enfrentamos a ella avan­ zando con decisión mientras ascendemos progresivamente, sin prisa, controlando a las vacas que merodean por la zona y que, sin ser peligrosas, disponen de buenos cuernos. Un par de m inutos más arriba salva­ mos otra pista y seguimos subiendo hacia un poste de electricidad que se sitúa enfrente, tras salvar el seto de un prado. Nos espera un fu e rte repecho ju n to a dos grandes encinas que parecen querer ayudarnos en el esfuerzo m ien­ tras, justam ente a nuestras espaldas, se abre el barrio de San Julián de Musques.


El corazón parece querer salirse de nuestro pecho en la dura cuesta, cuando topam os con unos senderos norm al­ mente embarrados por el paso del gana­ do. Un poco más arriba, a la izquierda, un bosquecillo de robles rebollos nos reda­ ma hacia él, por lo que tomamos su rum bo p o r alguno de los m últiples caminillos que acaban juntándose y cre­ ando uno más ancho y bien pisado por nuestras cuadrúpedas y cornudas amigas.

tam bién conocida como Pico Gallinero por las gallináceas que solían merodear por la zona al socaire del oeste. Un poco más a la izquierda, Mello, el gigante de la zona, nos da permiso para gozar de la vista del centro de Muskiz y parte de Grumeran (Montes de Triano), a la vez que nuestro oído deja de ser entorpeci­ do por los continuos ruidos de la refin­ ería que, desgraciadamente, volverán más tarde.

Casi sin darnos cuenta accedemos a una campa con una redonda encina modelada a hacha. El prado, casi entera­ m ente llano, perm ite el respiro. La humedad hace que nuestros pies se hun­ dan suavemente al andar por encima de! m urallón de rocas que podemos in tuir bajo las pisadas. Un poco más adelante se nos aparece Janeo con su desfiguradora antena en la cumbre y la pista que asciende a ella. También vemos una cuadra de animales (debajo de la cual está el calero sobre el que hablaremos más tarde) y la segunda dm a de Janeo,

Proseguimos hasta el collado, donde podemos visitar los restos del calero escondido entre endrinos, a cien metros de donde estamos, escogiendo alguno de los numerosos senderos que parten hada él (ver recuadro). Desde el collado, sin tocar la pista horm igonada, subimos directam ente a la cum bre p o r una campa con un solitario árbol en el cen­ tro. De nuevo un repecho que nos situ­ ará, en apenas siete minutos de esfuer­ zo, ju n to al mástil de la ikurrina allí hon­ deante, muy cerca de! pequeño buzón y vértice geodésico de la dma.


Pero es el Peñón con su pared caliza (el m onte del o tro lado de la refinería), estribación de M ontaño, el que nos va a marcar la dirección que debemos seguir para acercarnos a una de las curiosidades más interesantes de esta modesta cum­ bre. Avanzamos sorteando algún resto de trincheras hasta encontrarnos con las molestas argomas, que atravesamos por alguno de los abundantes caminillos. Pronto, como colgado entre las rocas, divisamos un pequeño roble rebollo que nos marca el lugar donde se encuentra la cueva que albergaba los enterram ientos prehistóricos. La visita quizá nos defrau­ de por tratarse de un simple agujero entre las rocas, pero pensemos que, aquí mismo, sobre estas piedras que estamos pisando y tocando, nuestros antepasa­ dos de hace varios miles de años, cele­ braban rituales esenciales en sus vidas (ver recuadro).

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El ruido de la refinería se hace nue­ vamente molesto en esta vertiente, por lo que volvemos para arriba en busca del buzón cimero. Desde él, tornam os la mirada y las botas hacia la playa de la Arena. Bajamos el enorme campón bus­ cando unas ruinas y un pozo protegido por una pequeña caseta, a la sombra de unas higueras y endrinos. Disfrutamos, entre tanto, de los novecientos metros largos de playa bajo la m ole de Punta Lucero, en un extremo, y la mirada aten­ ta del viejo cargadero de m ineral al otro lado de la barra. El prado está cerrado por una valla a nuestra derecha. Un paso flanqueado por dos estacas sujetas con cemento al suelo nos guían a un sendero venido a menos, justo encima del nudo de ia autopista y las marismas de Areño, único reducto que se "salvó" hace una décadas del hambre del dólar y, en cuyas aguas, cuentan los más mayores del lugar, se coló un m arrajo (especie de tiburón) que husmeó comida fresca no hace muchos años. Volviendo al itinerario, tomamos la senda en dirección a los cercanos eucalip­ tos que traspasamos por ei centro. Tras unas curvas bastante resbaladizas salimos a la gran campa que hubimos de atraves­ ar al salir del camino de misa. Esta vez descenderemos entre los helechos en busca de otra pista que se ve claramente unos cien metros más abajo. La alcan­ zamos y vemos su té rm in o en una pequeña rotonda ganada al monte. Un sendero (viene bien una makila/bastón porque en zonas está un poco cerrado por las zarzas) nace en ese punto y se interna rápidam ente en uno de los mejores bosques autóctonos de todo el municipio: Gancéas. Un gran roble nos da la bienvenida antes de ser engullidos bajo la sombra de los castaños, laureles, rebol­ los, alisos y demás árboles que hacen de este tugar un sitio mágico, solo molesta­ do por los continuos zumbidos de tos vehículos que pasan por la cercana autopista.



océano Pacífico de los actuales Estados Unidos y Canadá. En la misma plaza se encuentra la casa solar de BodegaCuadra (ver recuadro).

Desde Pico Ramos, las cumbres de Janeo

C ruzam os el curioso tú n e l bajo dicha vivienda y bajamos, poco a poco, hasta la plaza del centro de Pobeña, siem pre con gran am biente. Al o tro lado de la carretera, en dirección a la playa de la A rena, destaca la penínsu­ la de San Pantaleón y, sobre ella, la e rm ita de Nuestra Señora del Socorro, casi oculta e n tre las grandes encinas y acacias (ver recuadro). A llí m ism o pue­ de visitarse el puente peatonal que cruza a la playa y que arranca entre la erm ita y el a n tig u o h otel (hoy residen­ cia de ancianos), desde donde poder observar a la g e nte d is fru ta n d o de sus ratos de ocio. Nos vienen a la cabeza las palabras de una persona esencial para Pobeña, H ilario Cruz, quien co­ m entaba cóm o en tiem pos de la m in­ ería, lo que se llevaba, lo elegante, era la blancura de la piel y no el m oreno de los obreros y m ineros tostados al sol. ¡Cómo cam bian los tiem pos! Tras visitar la e rm ita rodeam os la m arism a p o r el paseo del dique, gozando de la brisa marina. Enfrente, cortadas p o r la carretera, las peñas de Socotillo, y en la plaza, ju n to al arroyo Valles, las antigua s escuelas, hoy con­ vertidas en aula de naturaleza. La igle­ sia de San Nicolás de Bari o las diversas casas blasonadas com o la de Urioste, encima de un a u té n tico "z o o " de g a l­ linas, patos y ocas, nos dan pie a otras visitas. Un poco más al in te rio r destaca la m ole del palacio del arzobispo Don Pedro de la Q uadra que, aunqu e parezca m e n tira , nunca llegó a te n e r tejado. Este reducto de pescadores, mineros y gente de fe en su virgen, es un goce para los sentidos. Tranquilidad y belleza. Un lugar mágico del que bien podemos estar satisfechos.

Rio Barnactór» y Pico Ramos

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CUEVA SEPULCRAL DE PICO RAMOS

DATOS PRACTICOS Accesos y Transportes públicos Tanto San Julián de Musques como Pobeña cuentan con líneas de Bizkai- ! bus hacia Muskiz, donde además en- i contraremos enlaces de RENFE con Abando. Tiempos aproximados Unos 45 m inutos hasta ta cumbre de Pico Ramos y un tiem po aproxima­ do en el descenso hasta Pobeña. j Longitud aproximada del recorrido I k

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El itin erario to ta l no llega a 5 j kilómetros. Debemos tener en cuenta i un par de duros repechos que habrá que tomarlos con tranquilidad. Et resto del recorrido, salvo unos cien metros de sendero enzarzado antes de la fuente de Gancéas, no ofrece ningún tipo de ¡ problema. |

El descubrimiento de esta pequeña cueva situada m uy cerca de la cima de Pico Ramos fue realizado por el Padre Basabe. Pasados unos años, en 1990, se procedió a la excavación de la cavidad, orientada hacia el nacim iento del sol. Los restos hallados superaban la treintena de esqueletos humanos, apareciendo además el ajuar típico de este tip o de enterram ientos: puntas de flecha de sílex, cuentas de collar de diferentes fo r­ mas y materiales, adornos y espátulas en hueso de animales, hachas de piedra pulim entada, cerámica lisa y objetos de metal.

Ermita de Ntra:’ Sra. del Socorro \(Pobeña)

EL CALERO En el collado entre Pico Ramos y Pico Gallinero encontramos una especie de e n tra n te en la tie rra en la cual se pueden ver las huellas de lo que fue hasta hace no muchos años un calero. Las piedras que lo form aban han ido siendo utilizadas para otras construc­ ciones de las huertas vecinas que, actual­ mente, tam bié n han te rm in a d o por desaparecer. El agujero, cargado con piedras de caliza y capas alternas de madera y leña, servía como horno para calcinar la roca introducida. Una vez obtenida la cal, se destinaba a usos muy diversos como en el encalado de las viviendas, tam bién como desinfectante en momentos de epidemias, abono para las huertas o conservante de alimentos. Estos hornos, del mismo m odo que las haizeolak o ferrerías de monte, tan habituales en la zona minera durante la época medieval, estaban situados nor­ m almente en lugares bien venteados y con gran abundancia, como es el caso, de piedra caliza y leña.

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El enterram iento de los diferentes individuos se iba realizando, debido a lo reducido del espacio, m ediante el arrinconam iento de los difuntos más antigu ­ os, por lo que los restos aparecieron revueltos y sin orden. Un dato curioso es la gran cantidad de dientes de leche hal­ lados, lo que nos hace pensar la gran m ortalidad in fa n til que a buen seguro soportarían estas gentes. Las pruebas del Carbono 14 (m étodo usado para conocer la antigüedad de los restos) sitúan el yacim iento sobre los 3000 años antes de Cristo, prolongándose en el tie m p o su u tiliza ció n seguram ente durante varios siglos.

Este descubrimiento, ju n to con otros que existen en la zona (cuevas de El Peñón en M ontano, Lacilla o Pico M oro en Sopuerta, Arenaza en Galdames, cueva de los Zorros en Punta Lucero, o llso-Betaio en los aledaños de Alen), nos dan pie a pensar que hace unos cuantos miles de años existieron personas que desarrollaron sus vidas en un entorno duro, húm edo y peligroso, pero a la vez riquísimo en flo ra y fauna. Un entorno que, desgraciadam ente, se ha ido degradando bajo el creciente y desmesurado impacto hum ano e indus­ trial.

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Túnel de paso en la casa de Bodega-Cuadra m í:.


de sus extremos un pequeño túnel en form a de arco que la atraviesa entera­ mente y que debió ordenar el propio constructor, o b lig a d o a respetar un camino sobre el que existía un "derecho de paso" para la vecindad del barrio. La curiosa construcción inutiliza la parte baja de la casa pero da gran am plitud a la vista, al tiem po que un aire muy pecu­ liar.

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O riundo de este solar fu e Juan Francisco de la Bodega-Quadra (17441794), m arino aventurero y prim er europeo que se acercó y descubrió para occidente la costa pacífica de Canadá y Estados Unidos (Islas Quadra y Vancouver). En la plaza cercana se erige un busto en conmemoración a dicho hom bre de mar. O tro "De la Quadra" famoso fue Pedro de la Quadra y Achiga, arzobispo de Burgos, quien mandara lev­ antar la torre de la catedral del Burgo de Osma (Soria), una de las más bellas de to d o el estado español. Casa Bodega-Cuadra

CASA DE BODEGA-CUADRA EN POBEÑA Entre las muchas casas blasonadas de la zona hemos elegido ésta debido a sus características especiales. Cuenta con una situación privilegiada ante la desembocadura del río Barbadún y el linaje que la ha habitado en el transcur­ so de la historia no deja de ser uno de los más renombrados de todos los alrede­ dores. La vivienda consta de dos casas alin­ eadas. La principal, a la izquierda, está fechada en 1746. Destacan las forjas y los dos escudos de las fachadas: el de Salazar y el de Bodega. Además de esto, queremos dar importancia a una curiosi­ dad to talm en te atipica en las edifica­ ciones de la zona. La casa tiene en uno

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SAN PANTALEÓN Y ERMITA DE NTRA. SRA. DEL SOCORRO Cada ocho de septiembre una m u lti­ tud se agolpa en las cercanías de !a penín­ sula de San Pantaleón con la intención de revivir la festividad de su patrona y poder asistir a misa y a la procesión mientras repican las campanas de ta cercana Iglesia de San Nicolás de Bari. No trabajan sotas, pues les acompaña desde la espadaña de ta ermita su hermana conocida con el nom bre det Campanil. A n ta ñ o los pescadores, remo en alto, marchaban tras la imagen de la Virgen, haciéndola un arco en su honor a ta entrada de ta parro­ quia de San Nicolás de Bari. Pocos conocen, sin embargo, la histo­ ria de este pequeño y hermosísimo peñón, antiguam ente islote, labrado por

tas aguas del mar Cantábrico en su con­ tin u o encuentro con la corriente de un río con casi más nombres que kilóm et­ ros: Barbadún, Mercadillo, Somorrostro, Lom bar o Mayor. La península que ostenta el nombre de tan célebre santo, médico, m á rtir y m ilagrero, que vivió hace más de mil setecientos años, es un reducto de laureles, acacias y preciosas encinas. En su cima se construyó ta erm i­ ta de Nuestra Señora det Socorro hacia 1768, ta l y como reza ta leyenda en un cuadro de su in te rio r Pero, anterior­ m ente a la actual construcción, existió un pequeño monasterio llam ado Santa María. En 1102, una ta l Doña Eto Bettaoz, dona la m itad de ta l monasterio al de San M itlán de ta Cogotla. Tal vez aquellos monjes se sintieran más cerca de Dios habitando la pequeña cueva

Península de San Pantaleón y ermita de Ntra. Sra. del Socorro en la desembocadura del río Barbadún (Pobeña)


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Puente peatonal sobre el río Barbadún entre Pobeña y la playa de La Arena

que se abre bajo el tem plo, y que a buen seguro les sirvió para vivir como ermi­ taños, ayudados en sus rezos por el fruc­ tífe ro e im presionante entorno físico. Pero su historia no acaba aquí. También ha sido fo rtín en unas cuantas ocasiones. La primera en tiempos de la construcción de la ermita, que ju n to con otros dos bastiones, exhibía ocho cañones para la defensa del puerto de Pobeña. En un antiguo mapa de 1794 aparece com o el castillo de San Pantaleón. También durante la guerra civil española, una compañía republi­ cana colocó diversas am etralladoras frente a las tropas nacionales que se encontraban en las estribaciones de El Peñón y Punta Lucero, al o tro lado de la playa. En aquellos problemáticos tie m ­ pos la Virgen pasó más de un apuro, apareciendo entre arbustos una de las noches. A pesar de todos las avatares sufridos, actualmente se encuentra en el

pequeño retablo barroco del altar mayor de la ermita, entre exvotos marinos y las imágenes de San Nicolás y San Bartolomé. A parte de estos aires reli­ giosos y militares, la "roca“ guarda otros recuerdos mineros, ya que durante lar­ gos años se utilizó como apoyo de una de las bases del tranvía aéreo que, prove­ niente de la zona de la Orconera, en La Arboleda, llevaba el m ineral de hierro hacia el lejano lavadero de Campomar. Todavía hoy puede verse algún resto de los tirantes de hierro de aquel apoyo en el pequeño balcón que m ira a la playa. El p uerto de Pobeña, situado al abrigo de San Pantaleón, sirvió durante siglos para el comercio del m ineral de hierro asi como de la lana que provenía de Burgos. A lberto es autor del libro Caminando p o r los m ontes de Hierro. Itinerarios y paseos ecológico -históricos. GrumeranM ontes de Triano y estribaciones ■ /V V N IA

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Peñas de Satorkaria (Laño)


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"'Askofan liluratu gaituzte Ekiajde Hubilan dauden haitzezko etxeen irudiek. Gutxiago dira, ordea, Araban dauden bizileku trogloditikoak ezagutzen dituztenak nahiz eta ugari eta ikusgarriak diren. Beren jatorri eta erabiiera historiko lantzeaz gain, autoreak.

TEXTOS y FOTOS: Armando Llanos Ortiz de Landaluze ArqueĂłlogo


Por valles ocultos, entre roquedos que dan un aspecto fantástico a los bos­ ques en que se encuentran, se oían los golpes de picos con que pacientemente iban horadando la roca aquellos prim e­ ros eremitas que deciden apartarse a zonas escondidas, creando sus viviendas, iglesias, y otros espacios de habitación. En algunos casos en zonas aisladas y en otros form ando conjuntos de gentes que, con el mismo pensamiento, dedica­ ban su vida a encontrarse con Dios m ediante la oración. Este m ovim iento, nacido como répli­ ca a la iglesia oficial, en un intento de retornar a los orígenes de la prim itiva doctrina cristiana, ocurría en Álava entre los siglos V /V I, perdurando incluso en el siglo VII. Son así los testimonios más antiguos de comunidades ci istianas en el País Vasco. Se abandonaron en el siglo VIII por causas Indeterminadas y nueva­ m ente llam aron la atención de otras gentes que, refugiados en aquellos bos­ ques, las utilizaron como grandes pante­ ones colectivos para enterrar a sus d ifu n ­ tos, horadando los suelos con sus

sepulturas. Después el abandono, y en siglos recientes, su utilización para aco­ ger cuadras, y almacenes, m odificó sus interiores con nuevas obras de labra. Algunos autores ven en estas iglesias, tendencias arquitectónicas y cronológi­ cas, visigodas, mozárabes, e incluso carolingias. Otros, a las iglesias de ábsides contrapuestos, les otorgan un origen norteafricano de cronología muy tem ­ prana, que se ajustan a los testimonios conservados en estas iglesias alavesas, especialmente a las inscripciones en cur­ siva nueva romana. De to d o aquel in te n to ha quedado, en el te rrito rio alavés, el testim onio de su presencia en las numerosas cuevas artificiales aunque principalm ente los grupos más importantes se encuentran en dos grandes espacios: el Valle de Valdegovía y el de TreviñoM ontaña Alavesa. Son numerosas las cuevas artificiales que en núm ero de 127, se extienden de

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Relieve de ia diosa Epona. en la cuev^ üe f Santa Leocadia. Peñas de Askana (Marq^jím

este a oeste a lo largo de Álava, con unos núcleos im portantes, en el Valle de Valdegovía, M ontaña Alavesa, el encla­ ve burgalés de Treviño y un pequeño grupo en la Rioja Alavesa. Se localizan en las proximidades de los pueblos de: Ribera, Tobillas, Corro, Pinedo, Valpuesta, Quejo, Bachicabo, Barrio, Villanueva de Valdegovía, Baroja, Faido, Albaina, Laño, Bajauri, Pariza, Urarte, Marquínez, y Labastida. A estos conjun­ tos de cuevas se les ha denom inado como "La Capadocia del País Vasco", por su semejanza con aquella zona sobre to d o en su dedicación a unas fo r­ mas religiosas de carácter ascético. A lguno de estos espacios son de una gran belleza, ta n to por sus entornos pai­ sajísticos, como por los roquedos acanti­ lados y peñas en las que se excavaron. Las citas e investigaciones sobre este tema de las cuevas artificiales, se inicia­ ron ya en 1885, con algunas disquisicio­ nes sobre las mismas por Cabré y Breuil a principios del siglo XX. En 1923, Aranzadi, Barandiarán y Eguren, las estudian realizando la primera catalogación de todas ellas. En 1950 emprendimos una revisión de to d o el conjunto, visitando no solamente las ya conocidas sino aque­ llas a las que no habían entrado otros investigadores con anterioridad, pudiendo com pletar y am pliar su catálogo, así como aportar el hallazgo en sus paredes de im portantes graffitis. Excavaciones arqueológicas delante de algunas de las cuevas fueron realizadas, por diferentes arqueólogos; José Miguel de Barandia­ rán en Albaina, Laño y Marquínez, así como por A. Baldeón, E. Berganza y E. García en Albaina, y por F. Sáenz de Urturi en Corro. Un últim o estudio fue el llevado a cabo por A. Azcarate, en una publicación, fru to de su tesis doctoral donde trata el tema. Los resultados obte­ nidos han perm itido profundizar en el conocim iento del origen y evolución de este fenóm eno de las cuevas artificiales.

Inscripciones en Las Gobas (Laño).

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Marquinez. Detras de la iglesia, las pem ^rW Askana. Al fondo, el barranco de "El Bosque"

/DÓNDE SE ENCUENTRAN? VALLE DE VALDEGOVIA Estas cuevas se encuentran en ias p ro ­ ximidades de los pueblos de Ribera, Tobillas, Corro, Pinedo, Valpuesta, Quejo, Bachicabo, Barrio y Villanueva de Valdegovia. De entre todas ellas, los ejemplos más interesantes se encuen­ tra n en las Cuevas de los Moros en Corro y en las de Santiago en Pinedo. En ambos casos eligieron dos peñascos para crear sus celdas y oratorios. En Corro son dos las cuevas excavadas en la roca -aunque originariam ente fueron tres, ha­ biéndose unido dos de ellas-, que se co­

nocen com o Cuevas de los Moros. Estas obras de reestructuración de espacios tuvieron lugar a principios del siglo XX, con m o tivo de haber servido de vivienda y almacén de un vendedor ambulante. La otra cueva cum plió con funciones de erm ita dedicada a San Juan, hasta bien avanzado el siglo XVIII y principios del XIX. Delante de ellas se llevó a cabo una excavación arqueológica que perm itió obtener unos interesantes resultados, pudiendo fechar m ediante C14 uno de los enterram iento s, que a rro jó una fecha de 690 ± 90. Son seis las cuevas que se encuentran en las proximidades de Pinedo, desta­ cando las de Santiago, llamadas asi por haber te n id o culto como erm ita, bajo su


advocación. Aunque no se conservan en su estado prim itivo, si perm iten hacerse una idea de su reparto en estancias con una estructura en dos pisos. Se les debió adosar una construcción, posiblemente cuando se utilizó como ermita, quedan­ do rastros de mechinales como soportes de un envigado. Santiago (Pinedo)

TREVIÑO-MONTAÑA ALAVESA Las cuevas artificiales que se encuen­ tran en valles y barrancos de esta zona son el mayor y más interesante grupo que puede visitarse. Están en jurisdición de los pueblos de Baroja, Faido, Albaina, Laño, Bajauri, Pariza, Urarte, y Marquínez. En Faido, aparte de las cuevas de San M iguel y San Julián y de las de Kruzia, destacan las que se encuentran en el in te rio r de la erm ita de la Virgen de la Peña. A parte de éstas, en el exterior, se encuentran otras tres cavidades. A estas cuevas labradas en un peñasco, se les adosó una construcción con función de erm ita bajo la advocación de N^. S^ de la Virgen de la Peña. Las cuevas a rtifi­ ciales del in te rio r del edificio, conservan el trazado de las prim itivas iglesias, con nave única, ábside y una habitación lateral. En la planta baja se puede ver una de estas iglesias, que se m odificó en parte a lo largo de los siglos, con el labrado en la roca de un retablo con gusto barroco, y que preside una ima­ gen en piedra policrom ada, de la Virgen de la Peña (Andra Mari de los siglos XIIXIII) y un coro. El resto m antiene su antiguo trazado, con dos cámaras late­ rales de tas que una tien e función de baptisterio. O tro retablo y altar, bajo bóveda de cascarón, en el vestíbulo de entrada, contiene la pintura de un cal­ vario, ya del siglo XVI. Sin em bargo la que presenta un trazado basilical, bas­ ta n te bien conservado, a pesar de algu­ nas modificaciones, es la cavidad que se encuentra en el prim er piso, ju n to a las

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están cias de la Cofradía, con ábside único, que conserva restos de altar m onolítico, así como una habitación lateral y un pequeño lóculo en la misma pared. Al lado del ábside y en la habitación late­ ral, se conservan restos de unas pinturas en rojo que desarrollan unos temas de carácter vegetal. Sobre el tejad o de la erm ita se encuentra otra cavidad a la que se accede por un pasillo creado al efecto. Otro gran conjunto de cuevas es el que se encuentra en los escarpes rocosos que dan paso al valle de Laño. A derecha e izquierda, en los térm inos de Las Gobas y Santorkaria, al pie de unos acantilados rocosos, se suceden una detrás de otra prácticamente todos los tipos de cuevas que se labraron para las distintas funcio­ nes que estos grupos de eremitas necesi­ taron: zonas de habitación, de reunión, iglesias, y almacenes. En el apartado de iglesias, es aquí donde se da la mayor concentración, con unos interesantísimos ejemplos de su trazado, con ábsides con­ trapuestos y habitación lateral. Las habi-

ta c io nes de los ermitaños adoptan formas y dimensiones variadas, con puertas bien trazadas, y poyos en su in te rio r que ser­ virían de camastro. El almacenaje de pro­ ductos se realizaba en otras cavidades excavadas a gran altura del suelo, a las que se accedería m ediante escaleras de madera. Entre todas las 28 cavidades que existen en este lugar, son destacables las de Las Gobas, con sus iglesias rupestres. De gran interés son los numerosos g ra ffi­ tis que m ediante grabados muy finos sobre la roca, reflejan textos religiosos, y simbolismos (cruces, animales, antropo­ morfos, y un largo etcétera) de claro carácter cristiano. En un m om ento inde­ te rm in a d o un cataclism o geológico derrum bó una parte de las cuevas, que­ dando esta herida bien marcada sobre to d o en algunas cuevas de Santorkaria.

ALREDEDORES DE MARQUÍNEZ Entre la zona de Laño y Marquínez, repartidas por los barrancos de Lezea, Eskorrerana, La Lucia, G urtupiarana, Sasualde, Txarronda, El Bosque, existen un abundante número de cuevas. Sin


em bargo destacan por algunas caracte­ rísticas concretas, las que se hallan en el entorno de Marquínez. Así, justamente detrás de la iglesia parroquial de este pueblo, se encuentra una cueva, en el conjunto de las de Askana, que tiene una planta muy sencilla, siendo su inte­ rés el de encontrarse en ella el único gru­ po escultórico que existe en estas cavi­ dades. Es de gran tam año y en él se representa a Epona, diosa de los caballos de origen céltico, m ontada sobre un équido, con una cornucopia en la mano. Delante de ella otra figura desnuda, igual que la diosa-, en actitud orante, representaría al devoto u oferente. Se ta lló en bajorrelieve, con masas planas, pintándose de rojo, Probablemente sea un trabajo de época tardorrom ana. M uy cercana a la erm ita románica de San Juan, en el térm in o de Larrea, y ju n ­ to a otras cuevas, destacan las cuevas que horadan un peñasco conocido como El Castillo. La que se encuentra en su parte baja, contiene un depósito que pudo tener la función de aljibe. Desde él, por una corta galería, se accede m ediante escalones trabajados en la mis­ ma roca, a la parte alta donde quedan los restos de un espacio rectangular con un ábside. Estas obras excavadas, se com pletan con los restos de muros alza­ dos sobre las paredes del peñasco y con las huellas de numerosos mechinales tes­ tigos de haber soportado el envigado de un tejado. Los resultados de las excava­ ciones, realizadas por José Miguel de Barandiarán a su pie, atestiguaron la existencia de este castillo ya en el siglo XII, y o tro nivel más profundo a la u tili­ zación de este lugar en momentos que pudieran llevarse a la Edad del Hierro.

son ta n to las que corresponden a sus iglesias. Bien es cierto que, entre todas esta cuevas, ni por sus dimensiones, ni por la form a de sus plantas, puede decir­ se que no existen dos iguales, pero sí que m antienen unas características comunes. En general estas plantas se dividen en: las que tienen form as más o menos cir­ culares o elípticas, las que sus formas son rectangulares, y las que no presentan ningún trazado definido. Con sus techos ocurre algo parecido, ya que unos tienen bóvedas de cañón completas o rebaja­ das, las de bóveda de horno o de casca­ rón, las de bóveda de cañón con arcos fajones, las de inclinaciones a dos ver­ tientes, y otras que los tienen planos. Estas plantas se utilizaron ta n to para los lugares de habitación, como para los de culto. Las puertas de entrada a las cavi­ dades o bien las que son simplemente vanos de paso entre una y otra, se divi­ den entre las que son completamente

LA ARQUITECTURA DE LAS CUEVAS ARTIFICIALES Aunque distintas entre sí, especial­ m ente en las cuevas habitación, no lo

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rectangulares y las que lo son en forma de arco, bien de medio punto, de herra­ dura o con trazado del arco retranquea­ do o retraído. Estos vanos de entrada presentan unos sistemas de cierre que varían entre las que conservan los aguje­ ros de giro de los pivotes de las puertas bloqueándose la puerta mediante una tranca, o las que se cerraban mediante tablas que se hacían correr por unas ranuras verticales en las jambas. En casi todas estas cuevas y en los espa­ cios exteriores circundantes, aparecen numerosas tumbas excavadas en la roca, que indican que en la Alta y comienzos de la Edad Media, se utilizaron como necró­ polis y panteones colectivos.

PARA CONOCER MÁS Una inform ación más completa de estas cuevas puede conseguirse en la publicación, editada por la Dirección de Patrim onio Cultural, del Departam ento de Cultura del Gobierno Vasco, que con­ tiene un CD-Rom interactivo con datos, fotografías y planos de todas y cada una de ellas, así como una amplia bibliogra­ fía para quien desee profundizar más en este tema. Esta visita a las zonas con cuevas artificiales, puede completarse con la que ofrece el rico patrim onio his­ tórico que se encuentra próxim o a ellas, especialm ente de iglesias y erm itas románicas, así como castillos y torres de

defensa que dieron origen a la denom i­ nación de Al-Quile, con que los árabes llamaron a Álava precisamente por la abundancia de ellos.

CÓMO LLEGAR DESDE VITORIAGASTEIZ ZONA DE VALDEGOVÍA Saliendo por la carretera N-102, des­ viarse por la A-622, continuando por ella en dirección a Bóveda. En carretera se irán indicando las desviaciones a los d ife ­ rentes pueblos donde se encuentran estas cuevas artificiales. BACHICABO. VILLANUEVA DE VAL­ DEGOVÍA. VALPUESTA. QUEJO. RIBERA. PINEDO. CORRO. TOBILLAS. ZONA DE TREVIÑO-MONTAÑA ALAVESA Tomando la carretera A-2124, al lle­ gar al cruce de las Ventas de Arm entia girar a ia izquierda por la carretera A126. Las desviaciones a los diferentes pueblos están señalizadas BAROJA. FAIDO. ALBAINA. BAJAURI. PARIZA. URARTE. MARQUINEZ. ZONA DE RIOJA ALAVESA Por la carretera N-1, pasar a la carre­ tera N-124, hasta el cruce con la A-124 por la que se seguirá hasta el pueblo de LABASTIDA ■

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ello, permanezca en estado semisalvaje. Hasta épocas relativam ente recien­ tes, el ganado vacuno ha sido uno de los pilares básicos de la cultura rural. De ahí, su perduración en varias costumbres populares. Por citar alguna, recordare­ mos que, cuando los baserritarras de­ bían guardar luto, se silenciaban los cencerros del ganado durante un mes. O la costumbre de colgar una herradura del pesebre o colocar una imagen de San A n to n io en los mismos, para preser­ var el ganado ante cualquier maleficio. Con el asta del buey o de la vaca se elaboraba, además, un in stru m e n to ancestral para la más prim itiva de las comunicaciones a distancia: el cuerno o adarra.

Clases de vacunos: Los vacunos se diferencian por natu­ raleza, basándose en el sexo y los cruces que se hayan realizado. En cuanto a la

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carne, se clasifica en función de si son carnes blancas o rojas. Las blancas se refieren a las carnes procedentes de ani­ males jóvenes, y las rojas son obtenidas a partir del animal adulto, como por ejem­ plo la vaca. Los tipos de vacunos son los siguientes: Buey: se le llama buey al macho vac­ uno castrado. Sin duda es la m ejor carne de vacuno mayor. Generalmente oscilan entre los 3-5 años. El color de su carne varía entre un rojo vivo hasta un rojo oscuro. Se trata de una carne dura. Cuanto más joven, m ejor es la carne. La grasa del buey es de color amarillo. Cuando se quiera com prar rabo de buey, hemos de fijarnos en el color del hueso. Si es blanco es de vacuno y, si amarillo, de buey. Toro: es el macho adulto del ganado vacuno. Su carne es muy oscura y mus­ culosa, así como dura y fibrosa. De un sabor característico fuerte, hace que no sea muy apreciada, aunque conviene

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y tam bién más gustosa, pero algo más dura. La grasa es de color marfil).

indicar que el to ro de lidia es de una cal­ idad superior al normal, ya que tiene menos grasa y es muy rica en hierro. Vaca: se conoce como vaca a la hem­ bra del to ro que haya sufrido su primer parto. Son las destinadas a la producción de la leche. SI es joven, su carne es de un color ro jo intenso, y cuanta más edad tenga, más oscura es ésta. Su grasa es más am arilla que la del buey. Ternera: se le llama ternera a la cría hembra de la vaca. Se engloban en diferentes categorías que varían con la edad y alim entación del animal. Así, podríam os clasificarlas como ternera lechal (se alimenta únicamente de leche materna y no sobrepasa los doce meses de edad. Su carne es de color de rosa muy pálido y su grasa blanca), añojo (no supera los dieciocho meses de edad y su carne, roja-rosácea, es más sabrosa que la del lechal. Presenta algo de grasa, de to n o cremoso), cebón, cuando se trata del macho joven que ha sido cebado y, en ocasiones, castrado siendo su carne roja y veteada y su grasa es blanca, o novillo, cría de vacuno cuando ya cuenta con una edad de entre dos y tres años (su carne es más oscura que la del añojo.

En la carne de te r­ nera, el cocinado varía según la pieza que se trate. Las partes del cuerpo que menos han trabajado en la vida del animal más calidad tendrán. Al ser form ada casi exclusivamente por te jid o muscular, como el solom illo o el lomo, son idóneas para la parrilla, plancha o asado. Por el contrario, la carne rica por en te jid o conectivo (redondo, aguja, pez...), requieren un tratam iento culinario a base de cocción lenta en componentes líquidos, para que el colágeno se con­ vierta en gelatina.

DESPIECE DE LA TERNERA, Y LA CATEGORÍA DE CADA PIEZA: Dar in form ación sobre todas las partes de la ternera resultaría algo abu­ rrido, por lo ta n to citaremos las princi­ pales y más valoradas piezas, lim itá n ­ donos tan sólo a nom brar el resto. -Categoría extra: Solomlllo: Es la pieza más valorada del mercado, más cara, la que más adep­ tos tiene. Es la parte baja del lomo, tapa­ do con la riñonada. Exenta de grasas y nervura, y es la pieza más tierna de la res. Lomo: Pieza muy larga, form ada fu n ­ dam entalm ente por el músculo largo dorsal o gran dorsal, nom bre que deriva de su situación y tam año. Su carne es jugosa, tierna y limpia. Se distinguen dos partes, et lom o alto, acercándose al cuar­ to delantero o pata delantera, para m enor confusión. Y el lom o bajo de riñonada, que son costillas más cortas que las anteriores. Se prepara el lom o asado, fr ito o a la parrilla. Del lom o se

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extraen las chuletas. Cuanto más abajo más pequeñas, y más jugosas, y tiernas. -Categoria 1® A Babílla: Se extiende de la rodilla trasera a la cadera, y se proyecta de den­ tro a afuera en el cuarto trasero. Se tra ­ ta de una carne de buena calidad, cubierta de una telilla. Suele filetearse y asarse a la parrilla, guisarse o freírse. La parte baja resulta más dura. Tapa: Lo com ponen los músculos de la cara interna del muslo. Es una pieza grande, de form a triangular, que pro­ porciona una carne tierna y magra. Comprende toda la parte interna de la pierna. Se suele d ividir en tres partes; labio o aleta de tapa, parte central y can­ tero. Excepto la del labio, más dura, se prepara fileteada. Cadera: Es la parte más alta de la pierna. Situada entre el lom o y la tapilla, es una de las piezas más cotizadas de la pierna, por que aunque no tiene mucha grasa, resulta tierna y jugosa. Se divide en rabillo (el externo más agudo), can­ tero; (el extrem o más ancho; con la pieza pegada al solom illo se puede hac­ er el file t-m ign on o un rosbit) y corazón ( parte central: si se corta a contrapelo de la veta en gruesos filetes se conoce con el nom bre de rumpsteak). Contra: es una de las mayores piezas

del canal. Aunque de buena calidad, en ocasiones puede resultar seca y dura por estar exenta de grasa. Está situada ju n to al morcillo, sobre la contra de culata. Redondo: cara externa de la pierna trasera, a lo largo de la contra y en con­ tacto con la tapa; es una carne muy poco grasa, parecida a la contra, aunque más tierna. Se emplea asada, guisada, o fileteada a la plancha. -Categoría 1® B; Aguja, espaldilla, carrillada, culata de contra, rabillo de cadera y pez. -Categoría 2^: Llana, brazuelo, aleta, zancarrón y m orrillo. -Categoría 3®: Pescuezo, falda, costillar, pecho, con­ tratapa, vacío y el rabo. Respecto a los despojos citar que son la parte comestible que no están com­ prendidas de n tro del term ino canal. Los despojos son productos muy delicados. Su frescura y calidad higiénica depen­ derán del riguroso cum plim iento de las normas higiénico-sanitarias en to d o el proceso: sacrificio, manipulación, trans­ porte, cocinado, etc. Destacan entre ellos, el hígado, el corazón, los sesos, lengua, mollejas, etc. delicias sabién­ dolas manipularlas, pero que de ante­ mano quizá causan cierto rechazo.


Solomillo Strogonoff in g r e d ie n te s ; (para cuatro personas): 800 gr. de solomillo cortado en dados. 1 cebolla picada finamente. 100 gr. de champiñones fileteados, 6 pepinillos en juliana, una cucharada de pimentón, 2 copas de brandy, 1 cuchara­ da de salsa de tomate, 1 di de salsa española, 1 di de nata, aceite, sal y pimienta. E io b o r a c ió n : En una sartén con aceite muy caliente, saltear el solomillo sazo­ nado, dejando que se coloree. Extraerlo a una fuente. En la misma sartén, rehogar la cebolla y el champiñón. Añadir el pimentón y los pepinillos. Mojar con el brandy, flambear, agregar el tomate y la salsa española (salsa compuesta con caldo de carne, vino tinto y verduras como cebolla, puerro y zanahoria). Poner a punto de sal la salsa, añadiendo en el último momento la nata líquida. Antes de servir, Incorporaremos el solomillo, calentándolo y lo serviremos de inmediato para que no se seque.


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Bidé ba-^ec gúztietan dagoen beftr Pronen euskar& ^b'lzenllff^s ("zainbeíarra") argi agertzen dizlo^u g ^ ix o ta ^ i^ a lc ^ n d a f^ ^ l^ dituen ahalmenak. Oso baloratüá herñ ós^ün|;^meetan. bate?. ^ erei^aintiratu eta ha'nturak konpontzeko ^^bilt'rzan , / ?!f '■ V-V-^ ■ ■ TEXTO. FOTO Y DIBUJO: G ^ r W V a z q u e ^ l ^ e t if l a / i^ ^ ^ ^ ^ ^ ¿eanuri^

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Tam bién lia m ad o en euskera zainbelarra y u tiliza d a sobre to d o para el tra ta m ie n to de las torceduras en la m edicina p o p u la r vasca. Desde un p u n to de vista sim bólico podríam os hablar del llan tén com o representa­ ción del e q u ilib rio , la justicia y el cam ino recto. M u y conocida y u tiliz a ­ da en la tra d ic ió n p o p u la r sobre to d o para la sanación ya sea en fo rm a de pomadas, cataplasmas e incluso com o verdura en guisos y potajes com o si fu e ra n espinacas o acelgas. La tra d i­ ción a n tig u a utiliza b a frecue nte m e n ­ te la p la n ta en fo rm a de cataplasma en las torceduras. Éstas se colocaban en fo rm a de cruz en la zona a tratar, en d o n d e las curanderas previam ente habían da d o un masaje con aceite caliente y cantado sus rezos ("Santig u itu " ) Otras form as de u tilizació n de la plan­ ta para uso e xte rn o serán en las fle b i­ tis, inflam aciones, picaduras y para las heridas, ta m b ié n en fo rm a de pom a­ da. En uso in te rn o , aunque menos conocidas sus propiedades, se usa con éxito en diarreas, alm orranas (algunas

variedades se llevan en el bolsillo o m one­ dero para ta l fin), bronquitis, garganta irritada, in fla m a ­ ciones internas, a n ti­ in fla m a to rio de la próstata y com o coli­ rio para los ojos irrita ­ dos. En Nava^\ lrra i o se utiliza \ m ucho com o de\ ' “iV p u ra tivo y fo rta le * "x " cedor de la sangre y, para acabar, direm os que la tra d ic ió n curandera lo utiliza b a en tra ta m ie n to s contra el cáncer Para to d o s estos usos cogerem os un puñ a d o de planta, fresca mejor, y la coceremos en 1/2 litro de agua d u ­ ra nte 3-5 m in. Reposamos el cocim ien­ to o tro ta n to y lo filtra m o s para to m a r 2 ó 3 tazas al día. Si lo utilizam os para lavar heridas o para gárgaras po d e ­ mos hacerlo más concentrado. En tra ta m ie n to s florales (F. Bach) lo u tilizarem os para nuestro e q u ilib rio in te rn o y ser más justos, para sobrepo­ nernos a la injusticia y el m a ltra to . Para acabar darem os una receta interesante y eficaz en los catarros y las b ro n q u itis de adultos y niños: el "jarabe de lla n té n ". JARABE DE LLANTÉN Cocer a fu e g o le n to un puñad o de hojas frescas de lla n té n en 1/2 litro de agua d u ra n te 10 m inutos. Después a ñadir 300 g r de azúcar m oreno y seguir cociendo otros 10 m inutos has­ ta que vaya espesando la mezcla. Por ú ltim o b a tir to d o y filtr a r con una gasa. Envasar y guardar. Tomar por cucharadas en los catarros a m odo de expectorante.

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Arabako Foru Aldu nd ia

D iputación Forai de Alava

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V ito ría -G a ste iz / Espejo / M iranda

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V ito ría -G a ste iz / Bóveda

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V ito ría -G a ste iz / Izarra V ito ría -G a ste iz / A m u rrio / A rtzin ie g a K, 22 3 d

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V ito ria -G a s te iz / U odlo / O kondo V ito ria -G a s te iz / U odlo / Bilbao V ito ría -G a ste iz / Etxaguen

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Pamplona


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