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EL TREN DEL CIRCO FANTรSTICO

Anabelle Madden Texto

Ilustraciones Juanjo Hernรกndez


En un lugar cerca de mis sueños había una enorme estación de trenes que venían del Norte y del Sur. Los pasajeros caminaban llenando los pasillos con sus maletas repletas de aventuras. Esperaba la señal de partida, en el andén del Sur, un tren de doce vagones. La locomotora pintada de rojo y los vagones de colores verdes, amarillos y azules. Era el tren del Circo Fantástico que haría un largo, largo viaje. El jefe de la estación dio la orden, silbó, pitó, hizo señas…y el tren por fin partió, primero despacio, parecía que no quería irse, pero luego arrancó y su marcha fue tomando velocidad. La gente miraba complacida a los personajes que viajaban en el tren. En los primeros ocho vagones iba el administrador, los artistas, el domador, la gitana, los perros y los payasos. También el mago y el hombre más fuerte del mundo. En los últimos vagones viajaban los animales asomando sus cabezas despeinadas por el viento. El Circo Fantástico, era muy famoso y todos los niños de las ciudades cercanas querían visitarlo. Los adultos recordaban su infancia. El eco de los aplausos permanecía en sus corazones al evocar a los trapecistas como aves del paraíso, y a los acróbatas, parándose derechitos, en una taza de té. Aplaudían eufóricos al domador de leones, al oso y al elefante saludando con su larga trompeta. Sin olvidar, los payasos y su acto con los monos cariblancos de largos rabos que los hacían reír hasta las lágrimas. Cuando el tren salió de la ciudad, era tan llamativo que todos se preguntaron: ¿Hacia dónde irá?


En el último vagón iba el gran oso negro. El oso rugió desesperado cuando el tren pasó por una montaña. El tren escuchó al oso y soltó el décimo segundo vagón. El oso negro salió rapidísimo, llegó a un enorme bosque y se escabulló en su espesura.


Continuaba su marcha por campos cultivados y florestas, hasta pasar cerca de un río muy ancho lleno de islas de arena dorada donde reposaban, con una pereza deliciosa, cocodrilos y tortugas. Todo este paisaje lo miraba el elefante y sintió unas ganas enormes de bañarse. El tren captó las ansias del paquidermo y soltó el undécimo de los vagones. El elefante se metió, loco de contento, al río.


Correo que te corre, pasó por un puente y al otro lado había muchos árboles y grandes sembradíos de cambur y a los cariblancos se les hizo agua la boca. El tren soltó el décimo vagón y los cinco monos desaparecieron entre los plátanos.


El tren arrancó más veloz que antes y pasó por un largo túnel. Después del túnel apareció el mar. Un mar aguamarina lleno de vientos y un barco que iba rumbo al África. La jirafa y los tres leones sintieron una gran nostalgia. El tren soltó el noveno vagón y la jirafa y los leones corrieron al muelle y abordaron el barco.


En el techo del vagón donde viajaba el Mago un grupo de palomas anidaron. Junto al Mago, también iban los conejos y sus grandes orejas se morían de sueño. Los conejos se acurrucaron entre los sombreros. Acompañaba al Mago una chica que lo ayudaba en su acto de magia. El tren pitó muy contento y pasó cerca de hermosas granjas. Los conejos y las palomas chillaron y a la joven se le llenaron los ojos de alegría. El Mago indeciso no sabía qué hacer y se ocultaba en su rutina de naipes. El tren decidió ayudar y desenganchó el octavo vagón. El Mago, su ayudante, conejos y palomas se quedaron felices en una de las granjas.


Después de un elevado puente el tren atravesó una ciudad llena de autopistas y muchísimos edificios y automóviles. El Hombre más fuerte del Mundo planeaba sus nuevas presentaciones. Él podía levantar al elefante con una sola mano y hasta pensó en detener la locomotora y sus vagones. El tren tembló y de puro miedo dejó atrás el séptimo vagón y entonces, el Hombre más fuerte del mundo, se quedó en la ciudad y decidió montar su propio espectáculo. El tren salió de la gran ciudad con un ataque de tos. Volvió a sentir la brisa clara del mar y, entre larguiruchas palmeras, pitó una, dos y tres veces. Los pescadores lo saludaron y algunos delfines lo miraron con gran curiosidad.


Dejando atrás la costa el tren comenzó a subir, subir, estaba un poco cansado, y disminuyó su marcha. El paisaje cambió y reverdecieron los pastos donde había vacas y ovejas. Cuidaban estos animales unos pastores que dormían en suaves colchones de hierba perfumada y comían naranjas grandotas con sabor a mermelada. Los enanos del circo que eran tres, miraron con envidia a los pastores. El tren entendió y soltó el sexto vagón. Los enanos complacidos apuraron el paso y se ocultaron entre las vacas y las ovejas.


Desde el quinto vagón, el malabarista y cinco acróbatas se asomaron por la ventana y descubrieron un pueblo de casas blancas rodeadas de jardines y árboles llenos de frutos de pan. El tren sintió las ansias de aquellos viajeros y desenganchó el quinto vagón. Todos muy contentos saltaron al pueblo y se perdieron por diferentes direcciones.


Entonces, tan sólo con cuatro vagones, el tren atravesó un gran campo lleno de girasoles y caminos blancos. Por uno de los caminos, venía una muchacha con un cesto lleno de frutas. El domador sentado en el cuarto vagón, la miró sorprendido. Nunca había visto una joven cuyos cabellos susurraban al viento, ni senderos de plata, ni flores tan amarillas y… se enamoró. Ella, observó los ojos atrevidos del hombre, sintió cosquillitas en su corazón, los capullos de oro volaron y… también se enamoró. El tren suspiró ¡Ahaaaaaa! y soltó el cuarto vagón.


Luego el tren divisó una bajada y a gran velocidad pasó por un valle lleno de huertos y cafetos en flor. En el valle los gitanos habían instalado un campamento y estaban bailando muy contentos. A la gitana se le estrujó el corazón y su bola de cristal se llenó de humo negro. El tren lo notó y muy complacido, soltó el tercer vagón. La gitana fue recibida con mucho cariño y como era un campamento de gente feliz también los payasos decidieron quedarse.


En el segundo vagón iba la adiestradora de perros que hacia maravillas y todos los canes eran como chicos obedientes y educados. El tren corre que te corre se adentró en una pequeña villa donde todos sus habitantes cuidaban perros y éstos eran tan queridos que tenían una casita cada uno. Los perros y su dueña se regocijaron y entre ladridos y llantos querían quedarse en ese lugar. El tren presuroso, soltó el vagón y todos, con mucho orden, marcharon hacia la villa.


Con un solo compartimiento, el tren se sentía muy ligero y comenzó a viajar con gran rapidez. En este vagón iba el administrador del Circo Fantástico con todas sus pertenencias. El administrador no miró por las ventanillas, pues decidió leer el periódico.


El tren aumentó su fuerza y se perdió entre campos cultivados, bosques, montañas y pueblos y pitando muy fuerte, dijo: adiós, adiós, adiós.


EL TREN DEL CIRCO FANTรSTICO

Texto: Anabelle

Madden

Ilustraciones: Juanjo Hernรกndez

EL TREN DEL CIRCO FANTASTICO  

ilustraciones para el libro infantil, escrito por Anabelle Maden, EL Tren del Circo Fantastico.

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