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HUV Hospital de Urgencias Vencidas Por: Juan González

Las condiciones de seguridad parecen estrictas, no me dejaron entrar por la puerta a la que llegan las ambulancias y los acompañantes. Tuve que rodear, llegar a la entrada principal. Allí presenté mi permiso y no hubo más que miradas de sospecha. Un compañero con quien realizaba un trabajo periodístico sobre el hospital me dijo que el ingreso para nosotros a esa zona era complicado, me confesó también que no le gustaba ese ambiente, “muy pesado”, y se despidió casi huyendo. Antes de ir, decidí dar una vuelta por el Hospital, leo letreros como: Banco de Sangre, epidemiología, Sala de Hospitalización, Ortopedia Adultos, Pabellón de Quemados…


Al llegar al área de operaciones, una señora negra (¿afro descendiente?), de unos 50 años, sale con sus brazos en alto y con lágrimas se dirige a la sala de espera donde tres señoras más lloran y la reciben con abrazos. “Salió bien, está en recuperación, gracias a Dios”, casi no puedo contener mis lágrimas al ver las suyas, pues he estado en una situación similar. “Ya he pasado por esto”, me digo mientras salgo de allí. Era la primera vez que iba a entrar, había escuchado y leído cosas como que esa sección se parecía a un hospital de guerra, que había hacinamiento y desesperación, un sinfín de cosas terribles. Tomo el pasillo que lleva a urgencias, inseguro de lo que voy a decirle al guardia. Trato de pasar inadvertido pero éste me detiene y me pregunta (con firmeza en voz y mirada) en qué me puede ayudar. Le muestro mi permiso escrito y me pide el carnet de estudiante. Luego de una requisa al maletín me advierte: “no se pueden tomar fotos”. Traspaso esa puerta, decepcionado, camino por el largo pasillo que da al interior. Desde lejos puedo ver las camillas a lado y lado del pasillo.

En la sala de reanimación se respira el ambiente más agitado, es allí donde al menos siete personas tratan de devolverle el aliento a los seres humanos que llegan sin signos vitales. No me es permitido ingresar, sólo puedo ver por unos minutos mientras la puerta está abierta. Tampoco quiero entrar. La entrada es una sala pequeña que recibe a los acompañantes y los pacientes que pueden llegar caminando, hay dos enfermeras en la recepción y dos paramédicos. No sonríen, en sus rostros no parece haber indicios de algún estado de ánimo, sólo deambulan del recibidor a la sala de urgencias, atendiendo a aquellos que no están tan graves, mientras éstos esperan. En el recibidor hay un policía llenando un formulario, lo hace con gran diligencia y sale de allí tras efectuar lo que parece un papeleo rutinario. Un anciano se queja en una camilla de dolor en una pierna. Un amable paramédico lo examina e intenta tranquilizarlo. Una reflexión rápida me lleva a pensar que el trabajo de muchos aquí es brindar esperanzas.

“la entrada donde reciben a aquellos infortunados que, tal vez, horas antes, no se imaginaban tener que esperar aferrándose a la vida, a que otros lucharan por ella.” El túnel entre la vida y la muerte Mi determinación flaquea luego de unos pasos. Un penetrante olor a heces y sangre combinadas me golpea el rostro. Aguanto un poco la respiración y paso por el lado de la primera camilla sin detenerme, una persona con la sábana ensangrentada tiene su mirada perdida en el cielorraso. Hay dos, tres camillas más, pero no me detengo a observar mucho, el olor es ahora más agudo. Sigo caminando, siento que mi cuerpo trata de encontrar un respiro más adelante, hay un pasillo a la izquierda, pero veo más camillas. No me desvío hacia allá, parece un callejón sin salida. Un poco más adelante, a la derecha veo una gran sala con muchas camillas en una disposición ordenada pero numerosa. Paso de largo y llego hasta donde quiero empezar, la entrada donde reciben a aquellos infortunados que, tal vez, horas antes, no se imaginaban tener que esperar aferrándose a la vida, a que otros lucharan por ella.

Siento que en este lugar, como si se tratara de otro planeta, la gravedad aumenta, “es un ambiente pesado”, recuerdo las palabras de mi compañero y no pensaba que fuera literal. Me dirijo al salón de urgencias, en la entrada hay dos guardias del INPEC (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario) con sus uniformes azules, se les nota cansados y aburridos después de una larga espera. Camino entre dos hileras de camillas del salón blanco y bien iluminado de urgencias, alcanzo a contar diez a cada lado y otra cantidad igual atrás de la hilera de la izquierda. La mayoría son personas de avanzada edad, negros, hombres y mujeres que aparentan escasos recursos.


La urgencia paciente Llego al fondo donde hay unas ventanillas que dicen “FACTURACIÓN”, aguardo como si estuviera esperando algo detrás de quienes hacen su papeleo ante los cajeros. Miro a un costado, atraído por el sonido incesante de una gran pipa de oxígeno. A mi lado, muy cerca, un hombre pequeño es atendido, sentado en la camilla, apenas puede moverse. Dije “hombre”, pero creo que en realidad es una persona que prefiere ser más mujer. Su cabello es de unos rizos dorados y opacos, sostenido en un moño hacia arriba por una pequeña cuerda. Viste una lycra rojiza ajustada que le llega a las rodillas y un camisón a rayas negras. La parte izquierda de su rostro está hinchada y una venda rodea la cabeza hasta su frente. Una enfermera joven le pregunta qué le pasó mientras le ayuda a recostarse en la camilla. Responde que estaba trabajando en el centro de la ciudad, y una colega le pegó al parecer por una cuestión de “territorio”. A su lado yace un hombre de unos setenta años, balbucea algunas frases, parece tratar de decir algo, pero no logro entenderlo. Aún no me decido a hablar con alguno de ellos. Al lado de este hombre, una mujer de gran tamaño es quien recibe el oxígeno de la pipa que no se calla ni se detiene. Cada par de minutos se quita la máscara y tose con una fuerza desmedida. Una señora, imagino que familiar, va y viene. Me dan ganas de ir al baño. En el umbral de la puerta vuelvo a sentir la combinación de sangre y heces que sentí en la entrada. Es una pequeña sección de 20x20 metros cuadrados aproximadamente. Con un blanco percudido en paredes, lavamanos y orinales. De nuevo aguanto un poco la respiración para que no me den náuseas, pero noto una mancha de sangre en el orinal, un escalofrío me recorre los genitales y sube por mi estómago, no puedo evitar pensar que podría ser yo el que esté en esa situación, quién sabe, cualquier día.

Una enfermera pequeña y regordeta empuja un carrito metálico por la sala. Lleva varias pastillas, varios frascos de diferente tamaño, también lleva gasas y algodón. Con paciencia, la señora Beatriz recorre cada camilla, pregunta algo a los pacientes y los trata como si los conociera desde hace mucho tiempo. Es de carácter fuerte pero amable, se toma su tiempo con cada persona. Más tarde entra un empleado con un carro metálico más grande, lleva envases plásticos de jugo de guayaba y platos metálicos. “Buenas tardes, ¿ya almorzó?” Pasa ágilmente por cada camilla haciendo lo mismo. Algunos que parecían estar sin vida en las camillas, se levantan al oír esto con un impulso que sólo puede provocar el hambre más allá de la muerte. Incluso la señora que estaba recibiendo oxígeno de la gran pipa, alterna su tos y la máscara para ingerir algo. De la tercera sala adyacente aparecen dos mujeres y un hombre, con tablas y listas en sus manos. Esto ya lo he visto antes en televisión. Uno, el hombre de alrededor de treinta años y con barba, debe ser el doctor, las otras dos jóvenes deben ser practicantes o residentes. Pasan por cada camilla comentando los diferentes casos. Lo que logro escuchar de ellos describe todo tipo de casos y un lenguaje indescifrable para mí de términos médicos. Accidente cardiovascular, insuficiencia renal, intoxicación, pre infarto, accidente de tránsito. Al final de la hilera de camillas de la izquierda, un hombre negro joven, aprieta la mano de una mujer mayor. Con la otra mano sostiene una venda en su estómago y la mirada fija en la intravenosa. Es una de las tantas personas que ingresan por herida de bala. El hombre mira a los tres doctores mientras ellos hacen un recuento de su estado. Herida de bala en el cráneo y abdomen. Comprometido el vaso y posible complicación por aneurisma. La mujer mayor, supongo que es su madre, los mira, inmutable.


Los condenados Uno de los guardias del INPEC se cansa, se quita la macana y el gorro, y se sienta en las escaleras al lado de la camilla del interno que está custodiando. Comienzan una amena conversación y parecen desligarse de su condición de custodio-preso. El preso es un hombre de unos 30 años, algo musculoso y tiene viejas cicatrices en su cara. - Ustedes terminan pagando cana con uno-. Afirma alias “Ramiro”. - Sí, ¿y a vos que te pasó?- Le pregunta el custodio. Un tipo alto y fornido. - Un pelado del patio 2 me la quería montar, con ésta, he pagado cana tres veces, ningún peladito me va venir a joder. Una voz femenina pronuncia en voz alta el nombre del reo. Éste hace un esfuerzo para levantarse sin recibir ninguna ayuda por parte del custodio quien lo mira indiferente. Camina y se pierde en una sala contigua. Al poco tiempo se acerca a la camilla una chica joven y de baja estatura. El guardia le interpela de inmediato. - ¿Usted es la familiar del preso?- Ella asiente. - Sabe que no es permitido que esté aquí: él no puede recibir visitas. - Sí, yo sé, no me demoro. Atrás de ella aparece un hombre diciendo: - Buenas, una señora familiar de un preso me dijo que le avisara que estaba aquí. - Acá hay cinco presos, además no está permitido que entre ningún familiar de ellos. Responde con firmeza el custodio. - Yo no sé, yo cumplo con avisar, ¿bueno? La joven que escuchaba esto, miró al guardia y le dijo: Sí es la mamá de él, pero ellos no se llevan bien. Fotografía: Juan González

A pesar del apocalipsis que pensé encontrar en la sala de Urgencias del Hospital Universitario del Valle, sólo encontré humanidad, personas que luchan diariamente por la vida ajena y la propia. En la diatriba de la salud en Colombia se trabaja con las uñas, pero se trabaja.

HUV Hospital De Urgencias Vencidas  

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