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Eunate 1


Salió con prisa, antes que nadie, del autobús. Casi con ansia pisó el recinto de la ermita mientras escuchaba las conversaciones de sus compañeros, que iban bajando lentamente, como sin dar importancia a lo que iban a ver.

Era una ermita románica, poligonal con un ábside y rodeada toda ella por un peristilo de arcos de medio punto. 2


También estaba rodeada, como por otro peristilo imaginario, del misterio de haber pertenecido a los caballeros templarios.

En los libros aparecía la foto con su elegante arquería y su aspecto romántico y sugerente. En el aire de la mañana pesaba con increíble ligereza el equilibrio de todos los tiempos.

Todos fueron entrando en el recinto y caminaban entre la elegante arquería y el muro de bien cortados sillares que constituían las paredes de la pequeña iglesia. Podía oír que sus amigos hablaban entre ellos pero no podía distinguir el significado de sus palabras. 3


Escuchaba las risas y sabía que las bromas estarían presentes, como de costumbre en estos viajes. ¿Por qué todos los sonidos llegaban difuminados hasta su entendimiento?

Desde que vio la silueta del edificio a través de la ventanilla del autobús, tuvo una extraña sensación de urgencia que hacía hormiguear sus pies y, por un instante, impulsó sus manos hacia delante deseosas de tocar el espacio que ocupaba la equilibrada construcción. Fue un gesto fallido que disimuló frotándose las manos y apretándolas una contra otra, esperando llenar, desesperadamente, el vacío que encontró entre ellas.

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Por eso salió del autobús antes que nadie y por eso caminaba por el recinto rehuyendo la cercanía de los otros y notando una fuerza sutil que emanaba de la hierba que estaba pisando, del aire de primavera recién estrenada, que agitaba suavemente su pelo, del sol que llegaba a su piel a través de la ropa. La arquería que rodeaba el edificio parecía la costa invisible contra la que batían unas invisibles olas que inundaban su cuerpo de sensaciones que no quería analizar.

Se acercó al muro y alargó su mano hasta tocar uno de los sillares. Lo recorrió con sus

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dedos mirando a otro sitio. Dejando que el tacto percibiera la textura de la piedra caliza. Dándose cuenta de que sus manos podían ver la marca del cantero que, muchos años antes, trabajó en la obra.

Por un instante pudo sentir las manos fuertes que trazaron esas líneas e incluso percibió que se estaba apoderando de una parte de esa energía, que durante muchos años estuvo esperando, como un genio benéfico, dentro de la piedra. Un estremecimiento imperceptible hizo que retirase la mano por un segundo para volver a posarla de nuevo, esta vez de forma apasionada, con la urgencia del beso que se da

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después de rozar por un instante los labios que amamos.

Apoyó su espalda y con ternura apacible tocó de nuevo la piedra, sintiendo cierto temor pudoroso de que alguien pudiera estar observando. Y apreció, cómplice, la energía que los muros desprendían. La hizo suya. Y miró sus manos que no parecían haber cambiado pero que, ahora, encontró llenas.

Caminó de nuevo tocando, ya sin pudor, los fustes de las columnas y mirando los destruidos capiteles. Las manos de los tallistas habían 7


trazado en ellos historias que el viento se empeñó en borrar, pero sus ojos volvieron a reconstruirlas. Su mirada dio vida a las figuras y las escenas empezaron a desfilar, con tanta algarabía, que sonaron los instrumentos que portaban. Y sus voces entonaron las canciones que tantas veces habían repetido en las iglesias o en las ferias y mercados.

Sus amigos habían empezado a entrar en el templo y se dispuso a hacer lo mismo. Procuraba no hablar con nadie para que no se notase su estremecimiento.

El espacio octogonal estaba cubierto por una bóveda de nervios anchos y apuntados, de 8


influencia musulmana. De trecho en trecho, unos óculos, de variado diseño y tapados con finas láminas de alabastro, permitían la entrada de luz de forma tamizada, favoreciendo una atmósfera de recogimiento que iba imponiéndose sobre el grupo. Poco a poco empezaron a hablar en susurros. Sus movimientos se hacían comedidos y sus risas, incluso las inocentes, se escondían sintiéndose culpables.

Emitió en voz alta algunos sonidos, para comprobar la resonancia de esa bóveda y cuando las piedras respondieron se dio cuenta de que había variado su capacidad de percepción. No podía escuchar las palabras de sus compañeros sin embargo, escuchaba su pensamiento. Todos 9


estaban de acuerdo en esta ocasión. Querían cantar. Es cierto que ese era un sentimiento habitual cuando entraban en un templo, pero en esta ocasión fue unánime. La forma en que las piedras de la bóveda devolvían sus palabras les urgía a ello. Querían oírse.

Les ocurría con frecuencia. Una necesidad repentina se apoderaba de ellos cuando imaginaban el sonido redondo de los acordes en un amplio espacio sobre sus cabezas, rodando por los sillares y ocupando el aire de forma densa y misteriosa.

Fue fácil ponerse de acuerdo. Formaron un círculo ocupando todo el espacio. Sopranos, 10


tenores, contraltos y bajos unieron sus manos haciendo un gran corro de manos unidas y expectantes, y cantaron: “Locus iste a deo factum est”

Y se llenó el espacio con el sonido de los acordes, que recogieron la energía depositada por los siglos en las viejas piedras. Y resonó en las cabezas y en los vientres y en los pies, que 11


acapararon, avarientos, esta energía que inflamaba sus pechos y convertía en trémolo su voz emocionada.

Notó el temblor emocionado en la presión espontánea de las manos de sus compañeros, con los que guardó un silencio cómplice. Las conversaciones tardaron en volver. La energía que sintió cuando tocaba las marcas de cantero en el exterior, había llegado a todos. Y cada uno quería reconocerla en su silencio.

Esperó que salieran. No quería hablar con nadie. Apoyó su espalda, una vez más, en el muro mientras sus manos buceaban en la piedra. Todos habían salido ya y cerró los ojos. 12


Y notó como sus ojos se llenaban de lágrimas que se derramaron trazando surcos de calor en las mejillas. De calor que se iba convirtiendo en luz. Una luz que se hacía tan intensa como el silencio que había a su alrededor. Un silencio total. No había palabras a lo lejos, ni rumor de pasos. Y la luz atravesaba los parpados cerrados inundando el cuerpo aterido por el amanecer.

* * *

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Abrió lo ojos y la ermita había desaparecido igual que las extravagantes ropas que hasta ahora llevaba. No había piedras bien cortadas y ensambladas con maestría, ni otra bóveda que el cielo de la mañana.

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No había otras paredes que unas grandes piedras clavadas en el suelo de trecho en trecho. Se estaba apoyando sobre una de ellas, que con otras cuantas, cerraba un gran espacio circular. Sus manos la palpaban con ternura de amante.

No sintió extrañeza. Sabía que estaba en el círculo mágico dentro del cual habían enterrado a sus antepasados. Allí había pasado la noche. 15


Enderezó su cuerpo, desentumeció sus músculos agarrotados y comenzó a caminar por el sendero que apenas podía verse en el exterior del recito de grandes piedras.

Allá a lo lejos, en el valle, se veía un grupo de casas cuyos hogares empezaban a despertar. Y se preguntaba: ¿Cómo explicaré en el poblado la visión que hoy me ha sido revelada? Juan Dorado Vicente 17 de mayo de 2004

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Eunate  

Relato de una experiencia mágica

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