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1 Las heridas boca abajo, el vientre mudo y la razón sorda.

De Cirico, puedo decir que bailaba sin tropezar, tenía un don natural para aprender las coreografías y me ayudaba a veces con los alumnos más torpes, eso hacía que las clases fueran más entretenidas, o al menos, a mi no me desanimaban tanto; en este momento de mi vida, tengo derecho a echar de menos un poco de emoción. Se lucía porque tenía buen porte a pesar de su edad, se conservaba, giraba, se consideraba humildemente encantador y distante, y parecía levitar sobre sus zapatos negros. Los dos extremos de su encanto, la delgadez y la ligereza, lo llevaban a cada paso produciendo el mismo efecto, el de los calladitos que mueven hilos estrechos. Me quedé observando como se arrimaba a las señoras, hasta deshacer la tensión que los separaba cuando era la primera vez que bailaban. Me moví buscando mejor acomodo al tiempo que sacudía la ceniza de mi Marlboro en el cenicero. Últimamente todo el mundo fuma por aquí, y los ceniceros parecen tapas de yogurt, cada vez más pequeños. Se estudian, intentan no fallarse y giran buscando más espacio. Nada es real los tres o cuatro minutos que dura el pase, y al final se ríen y se agradecen el rato dándose un beso o la mano. Cirico no ejercía un liderazgo premeditado, era considerado por su habilidosa armonía en el terreno de la danza, pero nunca pretendió el protagonismo. Verlos bailar me inspiraba la fantasía de ser un turista, un extranjero, un hombre de paso al que nadie conocía, al cruce de las parejas permanecía sin mover ni un músculo, sin exteriorizar lo que pensaba, consentía en seguir siendo apreciado por lo que conocían de mí, y no por ese juego de evadirme de la realidad por unos minutos. Nadie 1


descubría que esa forma de estar ausente no buscaba hacerme el interesante, sino sentirme en aquel lugar que había elegido como una segunda casa, sentirme un actor, un fingidor o una estrella de pantalones del rastrillo. Ahora nadie me ve, cada uno está a lo suyo, soy el ser anónimo que puede desaparecer, hacerse invisible, y mientras dura esta creencia observo la sombra implacable de Royen entrar, cruzar la pista y dejarse adular por alguno de los presentes. Es gente que nunca ha estado enferma, tanto Cirico como él, tienen la naturaleza de los que pueden dormir al raso sin que eso les afecte, gente de venas gruesas y pocos parpadeos, aunque en resumen les pase como a todos, intentan sobrevivir. Me levanto y voy a sentarme con él en una silla más cerca de la pista, no me resulta tan agradable como pudiera parecer, pero es necesario. La conversación es la nausea de la invasión a la que me someto, o por decirlo de otra manera más explícita, la conversación es la señal de la tregua necesaria. -Ludvesky, ¿cuánto tiempo hace que nos conocemos? -Mucho, a veces me parece demasiado –sabía que no entendería la ironía. -Y porque te digo que vengas un sábado con nosotros... ¿crees que te engaño? -No es eso, yo ya no estoy para fiestas. Los años han pasado y ahora, admitámoslo, ya no somos ni sombra de lo que fuimos –una evasiva que apelaba a la camaradería. El aburrimiento debe ser algo que nos invade sin que lleguemos a comprender desde donde llega y porque envuelve de sordidez nuestras costumbres más amadas. Es una suposición porque, debo reconocerlo, el aburrimiento no es uno de mis problemas, aunque sí parece serlo de Royen, que siempre está montando fiestas, juegos o comidas en el campo; es como si escapara de su vida cotidiana. No me sorprende que muchos eviten decirle que no a una de sus invitaciones, pero tampoco que el resto del tiempo parezca vagar sin rumbo en busca de locales como este para demostrarse al menos, que tiene a donde ir al salir de su casa y dejar por unas horas de discutir con su mujer y su hija. Hasta tanto no nos hagamos a la idea de que debemos asumir nuestras fobias, y tratar a los que presumen de invencibles con naturalidad, y no huyendo de ellos que es lo primero que me pide el cuerpo, no recuperaremos la moral necesaria para apartarnos, esta vez a ratos, sin que se den ni cuenta. 2


Lo conozco desde hace mucho, más de lo que yo pueda desear -lo que no es poco-, y siempre resulto convincente al poner a mi madre anciana como excusa para no acompañarlos en sus aventuras. La seriedad con la que suelo acompañar a mis razonamientos, también suelen darle un carácter de respeto cerca de lo religioso y eso es suficiente. Nunca temí que mi vida social pudiese verse perjudicada por mis reiteradas negativas a los planes de Royen, los otros amigos saben que en temas de relación social, soy extremadamente mezquino y estrecho en lo que comparto. No creo que exagere al decir que la presencia de algunas personas es invasora, no es cuestión de saludar y retirarse, ya lo he intentado otras veces, es gente que necesita compañía, y por eso, que acepten tu presencia sin darles conversación tampoco es fácil. Miro a Royen y comprendo que sólo los años han retirado una primera sensación de distancia, y que sólo esa leve confianza me va a permitir estar cerca sin que se note, en silencio. La idea de utilizar sin rigor mi influencia no me produce ningún remordimiento: no parece que yo sea el tipo de individuo que se haga entender hasta el punto de saber transmitir sus desagrados. Sin embargo, algunos de los chicos me escuchan, hasta me llevan la corriente, quizá porque el rechazo que intentan disimular, no lo tienen asumido hasta las últimas consecuencias. A todos nos ha pasado alguna vez, no podemos mostrarnos tal y como somos y como sentimos, cada vez que una persona intenta, simplemente conversar y sin ninguna otra intención, y porque eso nos produzca una incomodidad que no asumimos. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que ese individuo que intentaba conversar pudiera tratarse de un depravado, siempre hay signos para descubrirlos, marcas en su piel, una sombra en sus ojos, una forma poco natural de arrastrar algunas sílabas o incluso su forma de sudar y respirar. Intervenir poco pero suficiente, eso es lo que haría ese dios cristiano si existiera y si yo creyera en él. Si yo le pidiera que aclarara mis dudas acerca Margarida, él tan sólo propiciaría un encuentro, algo que podría ser tan casual como cualquier otra cosa. Si dios tuviera a su hijo en una cruz, torturado y sangrando sufrimiento por los ojos, y Jesús, su propio hijo según esta religión de pederastas y masoquistas, le pidiera que terminara el tormento al que lo sometía la cruz, dios tan sólo propiciaría que un soldado romano a caballo pasara con su lanza cerca del profeta mal alimentado, y lo pinchara levemente en el costado, pero tan cerca del corazón que le produjera la muerte inmediata, sin escándalo, sin cámaras, sin estrellas de la comunicación cubriendo el suceso. Margarida, tal vez le amargarías la vejez a mi madre si ella supiera que existes, pero eso no puedo decírtelo.

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A lo largo de la historia de una vida, se van aprendiendo algunas cosas que se instalan en nuestro inconsciente como símbolos, no se trata de un aprendizaje de dos o tres años, un aprendizaje que nos llega de gente a la que has tratado durante unos cursos de juventud o durante unas vacaciones, emociones perecederas de apenas unos meses, es mucho más profundo que eso. El hecho de que la influencia de Royen sobre el grupo no se haya notado durante años, y no parezca aún hoy, con ningún signo explicito de su existencia significativa para los que nos rodean, no quiere decir que esa influencia no exista. Tal vez pertenecemos a una guerra de egos, que de forma consentida entre los dos creamos, de ser así, obviamente yo voy perdiendo. Cumpliré los cincuenta el próximo año y ya no estoy para conspiraciones, ni siquiera para intentar demostrarle a la gente, ni a los amigos, que lo mejor para ellos es no dejarse seducir por encantadores de serpientes. Royen tiene un aspecto intimidatorio, y a veces su carácter también se pone al servicio de sus facultades. Donde termina su nuca, su cuello se une a los hombros con una anchura que fortalece la visión que tengo de él, el cuello de un toro dispuesto siempre a embestir. No todo el mundo sabe que Cirico es el primo del formidable antiguo boxeador, se comportan como depredadores silenciosos en lo que respecta a su asociación y comparten displicencia acerca de unos o de otros –es posible que yo haya sido objeto de sus conversaciones y especulaciones en más de una ocasión-. Cirico baila desmaterializando su cuerpo delgado y su encanto invisible, el no quiere desangrarse de un golpe, por ocupar un lugar que no le corresponde, sólo desea que las cosas vayan igual de bien para él como hasta ahora, y eso lo acomoda en el espacio que le han destinado. Quizás de este hecho de dolor debo decir: no tengo vicios ocultos de los que responder; sólo el dolor de espalda me define después de tanto tiempo. Royen no lo hace premeditadamente, es su instinto que le dicta que todos tienen que ir a su paso y que debe contener con todo su desprecio a los que tienen su propio sentido de la vida, el lugar al que algunos aspiran a llegar. Pone de relieve la necesidad de vivir sin esperanza, sólo vivir, nada más. Escribir desde el desorden, eso es lo que hace Ludvesky, eso y trabajar en el naval, como yo. Un buen soldador puede ganar dinero aquí, pero tiene sus peligros, los andamios no son seguros, y permanecer demasiado tiempo dentro de un almacén de un barco en construcción que produce gases tóxicos, puede hacerte caer sin sentido y morir lentamente respirando el aire envenenado; ya ha sucedido otras veces. En su tiempo libre se dedica a regentar un local vecinal donde se dan clases de baile, 4


que en realidad es un entretenimiento más en busca de algunos ingresos extra, este local le pertenece al director del astillero, al que respetamos en el más amplio sentido de la palabra. Un exceso en el recuerdo no habilita para la confianza, nada ha sido tan generoso en sus relaciones, y yo me he comportado siempre como Long John Silver, un instinto que me adula e intenta conquistar la confianza de personas que son importantes sólo porque entran en sus planes, no importa en que momento puede dejarlas tiradas, no importa la traición: esa es la principal dificultad que encuentra Ludvesky en su trato con conmigo, el líder de la camada dicen, ¡vaya un título!. Resultaría edificante el ejemplo que doy Royen al no fumar, si no fuera tan cruel y si no se comprendiera que eso se ha tratado de un trauma infantil; mi padre era un trabajador rudo y moralista que me golpeaba sin piedad cada vez que me encontraba fumando, así que tenía dos opciones o matar a mi padre o dejar de fumar. Los jóvenes, de forma general, tienen esta forma de pensar, radical y efectiva, no se andan con medias tintas. Pero de eso han pasado treinta años y perdí esa costumbre. A los ojos de mis amigos, resultaba excitante que me dedicara a darle lecciones a la gente, y no pasaba el día que tuviera alguna discusión: como nunca renunciaba hasta demostrar que tenía la razón de cualquier cosa –aunque para fuera preciso ponerme violento-, los que estaban de mi parte interpretaban esos escarceos como victorias comunes y me animaban y se reían conmigol de las humillaciones a las que sometía a mis contrarios (¡Dios nos libre de los que quieren darnos lecciones, a menos que ese sea yo!): siempre el grupo me ampara en mis convicciones. En esta atmósfera llena de humo apenas puedo distinguirlo, en ocasiones pienso que se difumina pero sigue ahí detrás de esa cortina de media luz en la que mantenemos las sala, no se trata de un fantasma, todo lo contrario, es material, duro e insensible como una piedra. En poco tiempo se ve rodeado de un grupo de aduladores que han ido llegando uno detrás de otro, como si hubiesen quedado de forma predeterminada en algún otro momento del que yo no sé nada..., ni nada me van a contar. Lorian ha acelerado el paso y ha pasado delante de otros que iban distraídos para sentarse en uno de los mejores sitios, y poco le duró el truco porque se levantó para acercarse a la barra cuando alguien se ha sentado en la silla elegida sin ni tan siquiera preguntar –cuando se quiso dar cuenta ya era demasiado tarde-. Es de ese tipo de personas que se consiente pero que no es apreciada por nadie, y es debido a mi actitud de apartarme con cierta frecuencia del grupo, que a veces pienso que Lorian y yo tenemos mucho en común. No es agradable compararse con un individuo que lleva escritas en la frente todas las señales del traidor, pero si el

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rechazo es general debo reconocer que en algo me tocan sus grimosas cualidades.

2 Demoliendo por participaciones

Royen me ha ofrecido participar en la lotería, ha sido condescendiente porque ni siquiera él puede hacer todo lo que quiera. Tantea la opinión general antes de dar un paso y se da cuenta de que a veces sus decisiones responden a un estimulo interior fuerte como el resentimiento, y son demasiado radicales para que los chicos las entiendan. He vuelto con Freilly, ya todos lo deben saber a estas alturas. Tampoco es un secreto, no nos escondemos, pero no sé si de nuestra actitud en público se puede deducir algo, seguimos haciendo la misma vida de siempre. Supongo que al final, el amor se trata de otra batalla, y la batalla que libro con Freilly es liviana, lenta y perdida de antemano. Qué inseguros nos vuelven ellas con pocas razones, nos deshacemos de toda esperanza cuando comprendemos, que no mandamos ni en la humillación que nos supone dejarles escoger la vida que deseamos llevar, o no. Lo acepto todo, la revelación del armisticio, y la felicidad de saber que hay un vientre que me acoge, al que puedo recurrir en esos momentos en que la soledad de la muerte se manifiesta: el frío no lo es todo. Un vientre piadoso al que acudir lleno de miedo, y en el que nos gustaría quedar dormidos, al menos hasta que el alba iniciara un nuevo día, o dormir para siempre si ese día no llega. -No madre, no podré ir esta tarde, tengo algunas cosas que hacer. Recados, cosas que me hacen falta. Hemos llegado a ser predecibles, sólo los jóvenes y las estrellas se pueden permitir no serlo, y cuanto más intentamos alejarnos de nuestra realidad y afianzarnos en una suerte diferente a la de los nuestros compañeros de fatigas, más castigados somos por la vida. Deneadrés es una sombra. Seguramente ya lo sabe, y por eso quiere hablar conmigo. Este momento es tan bueno como cualquier otro para eso, y podré escabullirme porque parecen entretenidos en una larga conversación.

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Sé que podría hacerme mucho daño si quisiera, y sin que le costara nada, ni un sofoco. Daño de verdad, y no hablo de una simple paliza. Tiene la ventana abierta, hace calor y me recibe en camisa de asas y tomando una cerveza que gotea. Encima de los papeles de su mesa tiene un abridor y se dispone a descorchar otra cerveza haciéndome un gesto, al que respondo afirmativamente. Sentirse traicionado es una de las peores cosas que se pueden experimentar, y sólo se siente con aquellos a los que aprecias. No hay traición ni dolor en la indiferencia de aquellos en los que no reparaste. No suelo tener mal carácter, pero cuando me he sentido vendido he explotado de forma irracional, es superior a mí, y creo que a él le debe pasar lo mismo, así que es mejor no enfadarlo por ahí. Creo que tiene una cierta confianza en que por miedo o por respeto, nadie se atreverá a traicionarlo. -Esto es tuyo –saca un sobre con el complemento de este mes y me lo entrega, la verdad que me viene muy bien, porque aún no he terminado de pagar todos los gastos. No se si llamarle jefe -es más que eso, es casi Dios para muchos-, lo que si sé, es que representa el poder absoluto dentro del astillero y sobre todo fuera, donde siguen algunas de nuestras actividades. No quiere declararse a sí mismo como un caprichoso distante, suele tener motivos para intervenir y la cercanía es tan peligrosa como su mirada crítica. Lejos de parecer cruel a los ojos ordinarios de las cuatro calles en las que se mueve, aparece como un padre protector que vela por todos nosotros. No hay mutilaciones después de la virtud exigente que propone como lealtad, sólo ausencias, gente que huye o que él mismo destierra, gente que sabemos donde está pero que jamás se comunicaría con ninguno de nosotros, ni aunque hubiésemos sido sus mejores compañeros de trabajo –desaparecidos-. Nunca es inteligente el que conspira, aunque lo haga a tus espaldas y consiga darte un golpe que no esperas, un golpe a traición; el conspirador no tiene capacidad para entender los factores de la estructura que lo mantiene en pie y termina por sucumbir a poderes que lo consideran un estorbo. En las relaciones humanas todo funciona por alianzas, pero algunos privilegiados se dejan llevar por sus sueños, esos son al final los que diseñan nuestro futuro. La oficina no es tan diferente al resto del local, un lugar desordenado, con olor a humedad y paredes que necesitan una mano de pintura. Ni el traje de raso negro de Deneadrés ni el sillón Chester, consiguen hacerme olvidar esta sensación de abandono. Esta entrevista no se había pensado para que la alargáramos demasiado, a ninguno de los dos nos apetecía que durará más de lo estrictamente necesario. 7


-Siempre he tenido confianza en ti, en tus opiniones. Ya lo deberías saber, aunque no hablamos mucho. Me sirves para entender algunas de las cosas que pasan ahí abajo. Con todo eso, hay alo que me preocupa. -¿Qué es...? -Pues se trata de tu relación con Royen. Han pasado los años y no acabáis de “conectar”, espero que al menos ese hilo de entendimiento que aún mantenéis no se rompa. ¿Me entiendes? -Claro, no voy a ser yo quien provoque a Royen, se que tiene mal humor –Y me eché a reír con poca gracia y dejé de hacerlo cuando observé que también estaba sólo en esto. El lirismo de un club donde se dan clases de baile hay que tamizarlo de olores, de sabores, que con el paso de los años se echarán de menos y nos inundarán de recuerdos y faltas, en busca de los ojos húmedos de la vejez. -La otra cosa de la que quería hablarte es de Margarida –hizo un silencio y me miró. -Las noticias vuelan. -Ludvesky, esto te lo digo como amigo. Royen tiene una familia, y eso te puede llevar a creer que satisface su romanticismo, y no es así; nunca es así. Se precavido, no lo demostró pero puede haber soñado con ella mientras dormía al lado de su mujer, y los celos son libres, crean tensiones, aunque nunca lo reconocerá. -Ya veo. -Es un tema que no habría tocado con cualquier otro, no debería haberlo hecho contigo, lo pensé mucho. Tómalo como un favor. No me gusta que haya problemas de este tipo entre el equipo de trabajo, perjudica la producción. Cualquier semejanza que quisiera establecer con Deneadrés tendría que ser un ejercicio arriesgado, todo, cualquier cosa por extraña que parezca, con él lo es a pesar de su calma y su semblante apacible, esto se debe a que no piensa, como tantos otros, que hay que agotar todos los espacios lo antes posible y morirse antes de convertirse en un viejo necesitado de atención. La muerte nos tiene cercados, está presente en todas nuestras decisiones. 8


No se trata de un desgarradora novedad llegar a este razonamiento, ¿en qué otro lugar me vendría a la mente con más rapidez que ante este hombre sin conciencia? De la forma en la que conozco los celos, en mí no llegan a una pasión rota, capaz de la desesperación, ni incluye el asesinato. Hay gente que sufre hasta extremos difíciles de entender, no exteriorizan sus emociones y contienen ese dolor. Prácticamente, cualquier cosa que se piense bajo la circunstancia de los celos, debe ser puesta en cuarentena al instante. Quizá ludvesky no debería pensar tanto, era reflexivo por naturaleza, obsesivo en ocasiones, y eso no le ayudaba. Se sentía liberado de cualquier obligación, pero no lo iba a dar a entender. Se despidió sin fuerza, retrocediendo sin dar la espalda hasta llegar a la puerta, con una aparatosa humildad y respeto. Qué supiera algo tan necesario, algo que se le había escapado y no sabía apenas cinco minutos antes, eso no ayudaba. Iba de vuelta entre pasillos sin poder evitar que se le acelerara la respiración, y que sus pensamientos no fueran claros, imposible dirigirlos a cualquier parte donde existiera templanza, tan necesaria. Resignarse y hacer como que no sabía nada eso era lo mejor, pero aún no sabía como reaccionaría al volver a ver a Margarida. La serenidad se limita de forma tan rigurosa, como con falta de rigor se nos resiste cuando de calmar los nervios se trata. En el habitual engranaje de la soledad de los pasillos, por un instante se vio como un ratoncito blanco en un laberinto, volviendo una y otra vez al punto de partida, los celos. Bajo la luz de un foco en el último pasillo vio la silueta de aquella mujer que había ido y venido los últimos años, rompiendo el convencimiento necesario para dejarse amar de forma permanente, nunca lo bastante apegada a la revolución del amor que él le pedía. Claro que a mí también me gustaba Margarida, nos gustaba a todos. Le pidió que lo acompañara porque tenía algo que decirle, y tal gravedad puso en su rostro y en su voz, que ella no sólo no se negó, sino que ni siquiera hizo una pregunta y lo siguió en silencio, yo entonces aún no sabía que habían vuelto a ser pareja. En esta situación, en medio de una reacción inesperada, lo siguió hasta el váter para chicas que estaba vacío y dócilmente lo escuchó. Ludvesky preguntó si había habido algo entre ella y algún otro en los últimos tiempos, pero se refería claramente a mí y terminó por decir mi nombre. -Este interrogatorio es idiota. Creí que se trataba de algo importante.

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-Para mí lo es. -No, no ha habido nada. Una vez me invitó a tomar algo, eso fue todo. Para una mujer de mi edad es un halago que los hombres muestren cierto interés, pero de ahí no pasó. No tengo nada que ver con él, y no entiendo que me interrogues, no es agradable. Ella siempre termina por dejarme fuera de juego, cuando creo que puedo llenarme de razón debo rendirme a su respuesta. Y es en esos momentos cuando más la deseo, cuando me siento encendido y deseo poseerla. Es absurdo, no soy una persona materialista, y sin duda desearía más entender su alma que tener su cuerpo a capricho, la miro y aprecio su cuerpo con más curvas que nunca. No es posible contener la sinrazón, al no entender nuestros propios instintos nos resulta imposible ponerles freno. Es definitivamente atrayente esa forma de revocar todas y cada una de mis dudas, Mi vieja tiene razón cuando me dice que las mujeres saben como tratar a los hombres, y no dice nada de cómo los hombres deben tratar a las mujeres. Las mujeres son cuestión de imagen, lo saben bien, y no lo hacen por provocar, pero resultan convincentes. Hubo un tiempo en que Margarida me atraía por su juventud, han pasado los años, y ha ido encontrando la mutación idónea, la técnica camaleónica de seguir acaparando toa mi atención. Veamos este instante, los dos en un W.C. femenino en una conversación que nunca debería haber comenzado, al fondo se oyen las voces de la sala, y ella con una faldita corta, y una camiseta ajustada que comprime sus pechos como si se tratara de dos balones de fútbol. Estampada sobre la camiseta el siguiente slogan, “NOBODY IS PERFECT” : ¿se lo pueden creer? Permitir la decadencia debería de ser obligatorio, y castigar a los que se resistieran. Aceptar que la juventud ha pasado y que lo siguiente será morirnos es un ejercicio de humildad, tan necesaria para el mundo. Es algo natural envejecer, y por muy camaleónicos que nos volvamos ninguna crema, ni silicona, ni dieta, ni lifting, va a cambiar las cosas. Alguien debería decirle a Magarida que después de los cuarenta llevar una falda tan corta no es resultón, aunque lo cierto es que conmigo le funciona, y cuando nos encontrábamos en lo mejor de pedirnos perdón y dejarnos llevar inconscientes por nuestro deseo, sonaron gritos y ruido de sillas volando, lo que nos devolvió al mundo real y dejamos de levitar. De pronto un pinzamiento en el nervio ciático me hizo llevar una mano a la espalda, justo encima del riñón derecho. Y con ese dolor de esfuerzos mal planificados, cojeando ligeramente y acentuando el gesto compungido de los que empiezan a ser conscientes de que ya no están para algunas aventuras, salí al pasillo y me dirigí al origen de todos los problemas, el lugar donde se encontraba Royen.

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Deberíamos anticiparnos a la reacción de Royen cuando alguien, su primo el bailarín incansable que ayudaba para entretener a las bailarinas, o Lorian, el intrigante inventor de historias que pudiera enfrentar entre sí a sus propios amigos, le contara como una confidencia, que Margarida había vuelto con su más antiguo amor, Ludvesky. No se pueden tratar los celos intentando someterlos a la lógica del decoro, y Ludvesky era hombre libre, mientras que Royen se debía a su mujer la que no le perdonaría otra ofensa. Con la vocación necesaria, la que siempre había alimentado de convertirse en el macarra oficial del grupo, y arropado por su pasado de joven boxeador, Royen destruyó el último refugio que le quedaba y volvió a comportarse como un desesperado, iniciando un altercado sin motivo que lo llevó a abandonar el club de baile antes de crear problemas mayores. Para Royen era imposible entender la relación existente entre Margarida y Ludvesky, el valor de los tiempos era inmediato para él y si no estaban juntos, pues todo había acabado entre ellos. Pero no era así, el paso de los años había demostrado que algún hilo conductor seguía manteniéndolos unidos, algún tipo de respeto aún se profesaban y sus idas y venidos no habían dañado la estima que se demostraban. En ese contesto Royen se había hecho sus ilusiones, sin calcular que en todo momento habían sido vanas y ahora, después de que alguien le contara que algo seguía habiendo entre los dos tortolitos, se sentía como un estúpido. De alguna forma Ludvesky estaba legitimado a los ojos de su chica y esa opinión secreta y positiva que tenía de él había dado sus frutos al continuar juntos tantos años después. El principal motivo de sus desavenencias venía desde el deseo de la chica de, por fin, irse a vivir los dos juntos, lo que una y otra vez el había rechazado. Un único y poderoso argumento estaba encima de la mesa, y tal era la atención que le debía a su madre. Una y otra vez le había explicado que la curva de los ochenta no perdona, y que dependía de él para casi toso, y necesitaba sobre todo saber que tenía su compañía. La señora vivía esperando la vuelta de su hijo cada día, después del trabajo, y de nuevo a la noche, vivía sólo para eso. Así las cosas no parecía necesario explicar mucho más, si bien la posibilidad de que esta situación se largar otros diez años existía, a lo que él respondía que también podía cambiar de un día para otro, y que resultaba necesario tener paciencia. Una y otra vez la negociación estaba encima de la mesa, y para acabar de demostrar su buena fe, él le había prometido en que en cuanto “las cosas cambiaran”, la llevaría a un viaje a un lugar paradisíaco del pacífico, hotel, sol y Mojitos, y que cuando regresaran entonces sí, sería el momento de vivir juntos. Las enfermedades contagiosas, las enfermedades de comunidades, han llegado a lo largo de la historia sin anunciarse, sin rebeldía, pero 11


implacables, hoy no se trata de una tisis, de un cólera o de una peste, se trata del servilismo que vivimos con indiferente necesidad grupal. Al contrario de las enfermedades infecciosas que apartan de la comunidad a los que las han contraído, el que no padezca de servilismo, es aislado con toda la crueldad que el grupo pueda reunir y arrojar, como si de lapidación se tratara. ¿Quién le teme a los abrazos, si no son abrazos de serpiente? Yo no era uno de ellos, siempre lo había sabido, no me gustaba tenerlos cerca, sentir su piel escamosa y llegar a acostumbrarme a sus comentarios jocosos y sin sentido. Por mucho que pretendiera entender algunas de sus reacciones siempre terminaban por superarme. Me acerque lentamente al tipo que estaba tirado en el suelo, sangrando por la boca y consolado por Cirico el bailarín, y primo del monstruoso toro que lo había embestido. Lorian se me acercó riendo como una rata, todo aquello le parecía divertirlo, y se mantenía al margen, ni se acercaba al herido. Ni lo miraba, pero eso no mitigaba lo más mínimo la felicidad y las ganas que tenía de encontrar a alguien a quien contarle todo. Se me acercó y me pareció repulsivo pero acepté su discurso. El suelo pastoso, los bailarines se habían ido o estaban sentados en los sillones de los lados, y el hombres sangrando por la cara estaba ahora sentado sobre una ceniza revuelta que subía por el pantalón hasta las rodillas. La característica de aquel hombre en aquel momento era que se dejaba decir sin inmutarse, la mirada perdida como si nada le importara, o aún no entendiera lo que acababa de pasar. Uno mira un suelo tan sucio y una camiseta tan llena de sangre sobre el pecho que no tiene más que imaginar que ha vomitado todo ese líquido, pero era la amputación de sus dientes lo que lo había producido. -Se volvió loco, estaba fuera de sí, y la tomo con ese muchacho. Cierto es que se lo tenía ganado porque era desafiante con todos, pero creo que le pagó el mal humor –Lorian reía entre dientes sin dejar de hablar-. Royen estuvo hablando con todos y todo parecía normal, entonces le pidió al chaval el dinero de la litería, y el pobre se le contestó desafiándolo porque era al único al que le pedía por adelantado el dinero. Se arrojó sobre el sin más, le quitó el billete y le puso la boca como un surtidor. Entonces le dijo que no jugaba en esos décimos, y que si quería jugar que comprara lotería en el estanco. -Pero el motivo fue otro, está calro. -Oye Ludvesky, ¿tu tienes problemas con Royen? -No, no los tengo. 12


-Pues yo creo que él si los tiene contigo –seguía riendo-, poco antes de empezar la bronca alguien le contaba que Margarida y tú volvíais a estar juntos. Estaba claro que a Lorian le gustaban los problemas, y facilitaba que la gente los encontrara, los dirigía hacia ellos, y le gustaba ver como se desencadenaba la tormenta que él había provocado. Amar lo puro es fácil, y casi pecado. Los jóvenes se aman con cuerpos perfectos, con pieles suaves y transparentes, con salud inquebrantable y con la decisión de los aventureros. Aprender a amar y respetar lo impuro, eso no está al alcance de cualquiera: tener una edad me ayudó a valorar a los que nunca habían sido amigos, pero seguían ahí compartiendo desgracias. Volví a mirar al individuo sentado en el suelo, primero se había apoyado sobre sus manos arrastrándolas por el piso a su alrededor, después se incorporó y se tocó la frente y la boca, la sangre cogió el color grisáceo de la ceniza y el polvo. -¿Dónde está ahora Royen? -Se fue, dijo que si seguía aquí haría una locura aún mayor. Al momento me percaté de que Cirico se había acomodado a mi espalda, se había apoyado en el respaldo de un sillón, y no perdía detalle de nuestra conversación. Las paredes oyen, o se trata de los confidentes, o de que Lorian, al fin tiene los signos repugnantes del traidor al que le sudan las manos, pero que otros muchos parecen interesados por cualquier cosa que podamos decir y que puedan emplear en nuestra contra.

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3 Amar y comprender la impureza

De la parte que habitamos, al todo empresarial de nuestro sector, hay una gran diferencia oculta. Hay convocada una Huelga de la que formamos parte, pero asistimos a regañadientes, aún así, estamos dispuestos a rompernos la cara con aquellos que quieran reventarla. Son esos los únicos días del año que Deneadrés desaparece, como si se tomara una vacaciones, pero todos sabemos que se encuentra adentro, encerrado en su oficina, o en la playa, o en su casa de campo. Además el sabe que no tiene problema con nosotros, que esos días le pertenecemos al sindicato, pero el resto del año, haremos que lo que se nos mande. Para eso tiene a Royen bien atado; los enfrentamientos han de ser entre nuestra clase y nunca se le debe ver a él como quien provoca situaciones inesperadas para que uno u otro caiga en desgracia. No conviene destacar, si antes no te has sometido a su autoridad, y así funcionan las cosas, pero si hay huelga, por los días que dure nuestra relación con el patrón se aparca. Ya sé que es algo difícil de defender, falto de coherencia, un poco servil y hasta fruto de la conveniencia, pero así están las cosas. Las pasiones que se han llevado en secreto durante meses, a veces, durante años, se revelan en el campo de batalla, si es que al conflicto social y al enfrentamiento en la calle con las fuerzas del orden, se le puede llamar así. Los obreros somos románticos de nuestros derechos, y cuando todo pasa, recordamos los momentos más sórdidos y caóticos, como heroicidades. En el fragor de la contienda, se cometen actos que no se deben contar, y algunos de nuestros compañeros eran detenidos, esos tenían un especial reconocimiento en años venideros. La huelga se trataba casi de un rito y el respeto que se le tenía era casi religioso. Aún siendo todos nosotros fuerza de trabajo, asumimos la naturaleza de las máquinas que funcionan con engranajes perfectamente engrasados y encajados. No nos diferenciamos de otros trabajadores en eso, pero las 14


ocupaciones que tenemos fuera del astillero nos devuelven la dignidad de los pertenecientes a una secta secreta y duradera, que depende de nuestro patrón, Deneadrés. Sé que me distraigo, lo sé desde siempre, porque mi naturaleza me lleva a pensar un poco en cada cosa, y mucho en nada. Ya apenas recuerdo que Royen hubiese deseado arrojarme a una zanja, o eso creía. Al contrario de lo que pudiera parecer, no volvió a hacerme un desprecio, ni a ponerse en actitud beligerante, ni siquiera a evitar mi compañía, me trataba con toda normalidad. A pesar de eso, lo sometía a una superficial observación cuando se encontraba a mi lado, desligándome de mayores preocupaciones por lo demás. Allí en la calle, donde el gas apenas nos dejaba respirar y las carreras nos llevaban por lugares que no conocíamos, cualquiera podía ser un traidor o dejarte tirado en el momento que no esperabas, nadie está seguro cuando se huye. Según mi propia impresión la erosión de las amistades por el paso del tiempo, es equiparable a la “sanación” de antiguas manías entre rivales condenados a compartir un mismo destino. Es reluciente en ella lo que no revela pero mantuvo a pesar del paso del tiempo, esa pasión con la que ha guardado silencio, una causa por la que otros hombres, sobre todo, otras mujeres, no hubiesen sentido ningún respeto. Lo ama, siempre ha sido así. Estaba desorientado, la bola de goma cruzó el aire y me golpeó en la cabeza como si de una maza se tratara. No se trata de nada del otro mundo, pasa casi todos los días, pero uno nunca espera que le suceda. Deneadrés mandó recado, pero yo no esperaba que se presentara en el hospital, al contrario, me sentiría muy incómodo. Después de todo él siempre estaba del lado del orden, y el orden me había dado un buen golpe. Según la vida va avanzando, y nuestra propia historia va tomando forma, intentamos comprender como ha sucedido todo y por qué ha sido tan limitado lo que ha dependido de nosotros. Somos quienes somos incluso antes de nacer, y eso no lo podemos ni obviar, ni cuestionar. No hay más arreglo que aceptar las cosas como son, como vienen, como nos son entregadas y no todo el mundo está preparado para reconocer que durante años vivió en una equivocación. ¿Por qué tus manos? Las proyectas sobre mí, las apoyas sobre mis ojos, me ofreces comprensión y permaneces a mi lado. Margarida, estuvo toda la noche velando mis heridas. Soy como Long John Silver, creo que ya lo he dicho, el pirata de una película infantil al que siempre deseé parecerme. Crecí en un barrio problemático, y tuve que aprender de la picaresca de la calle a salir 15


adelante con el mínimo de frustraciones posibles, ¿qué sabe Ludvesky de eso? Me mira con su aire de superioridad, lee libros, sólo por eso mis padres me hubiesen tirado por un barranco. ¿Por qué habría de apreciarlo? -Yo no te aprecio. Pero has pasado a ser uno de los nuestros. No me gustas, pero son demasiados años, y tengo que respetar eso o nadie me respetará. -De cualquier forma te agradezco que me sacaras de allí, y que me trajeras a un hospital. Quedar inconsciente en medio de la carretera no es lo mejor. -No, no es lo mejor. Conducen de la misma forma que se enfrentan, como si se tratara de un odio que llega desde la superioridad del funcionario armado, dispuesto a defender el orden que le pone las medallas. Yo no pretendo tener razón, pero las cosas deben hacerse conforme a lo que hemos aprendido. Tiene que haber un orden, y debemos mantenerlo. Yo, Royen soy el garante de un orden que intenta beneficiarme, que justifica que yo sea la autoridad. Los primeros trabajadores del astillero, hace casi cien años, pusieron las bases de una familia que perdura, nos advirtieron de la necesidad de luchar por nuestros derechos; hace unos años, uno de nosotros se postuló como director -según él nada ha cambiado, sigue siendo un obrero, pero lo cierto es que pasa el día de huelga nadando en su piscina- y nos recuerda cada día del fracaso de nuestras vidas si no hacemos todo lo posible por sacar la empresa adelante, sacrificio, Deneadrés, es para mí como un protector y lo valoro en su justa medida. Pero que nadie se equivoque, yo sé que estoy aquí para hacer el trabajo sucio, para que los hombres choquen contra mi cuando hay problemas, y no identifiquen sus problemas con quien realmente los provoca, y eso viene de necesidades mucho más altas. Hay quien teme más a un abrazo que a un balazo, y no es para menos. Cuando pienso en Jesús -aunque yo sea ateo, eso es un tema aparte-, y el momento de la traición en que tuvo que abrazar a todos los apóstoles... yo siempre he creído en una confabulación. Tal vez fue el tal Judas el que dio el primer paso, pero todos los demás tenían que saber lo que sucedía, hablaban entre ellos, esas cosas pasan así, y todos lo acompañaron aunque fuera con su consentimiento silencioso. La historia de la humanidad se ha ido construyendo de guerras horribles, desigualdades y hambrunas porque a la gente le resulta mucho más cómodo mirar para otro lado, sí, así tuvo que suceder. Y entonces, el nuevo testamento es la historia de una traición, una 16


primera parte aburridilla en la que Jesús va reclutando hombres para su misión divina (del mismo modo que hacen los Blues Brothers en ese film, “Granujas a todo ritmo”), y un final apoteósico, intenso, emocionante, como tienen que ser los finales, la crucifixión. No imagino el fin del mundo con menos que una explosión nuclear de tamaño terráqueo, concebir algo menor sería mediocre cuando ya hemos creado los medios la historia puede acabar cuando queramos. Pues bien, sigamos con Jesús y sus amigos, cuando él les dice comer que es mi cuerpo, y beber que es mi sangre, y los mira a los ojos, eso no puede estar exento de un gran reproche, de una ironía obvia. “habéis comido y bebido de lo que yo os he dado y así me lo pagáis”. -Verás Ludvesky, Deneadrés quiere que te vayas, y que te vayas lejos. -Siempre supe que me tocaría también a mí, pero nunca pensé que duraría tanto. A medida que van pasando los años uno va creyendo que las cosas no van a cambiar, y debí tener en cuenta, como antes lo había hecho, debí tener muy presente que nadie está seguro con los tiempos que corren. ¿Te ha dicho el motivo? -Creo que él no está conforme con que tú y Margarida estéis juntos, supongo que no quiere gente tan feliz por medio, paseando su amor entre el resto de nosotros y creando envidias y descontentos. -A eso hemos llegado, ya no se castiga al envidioso, sino a quien con su cuestionada fortuna levanta envidias. -No te pongas filosófico, es lo que hay, o te vas o te echamos. No queremos malos rollos –dijo Royen con decisión y el ligero desprecio del que no consiente que le lleven la contraria. Me puse la mano en la espalda y me resentí de mi lesión al levantarme de la silla. Es curioso, ya no me dolían las magulladuras más recientes, pero sí, el dolor de espalda, el más antiguo de todos. Me dije que al final, a mi madre no le iba a quedar otra que aceptar a Margarida, y para ella aunque estaba muy mayor la orden de desalojo también le afectaba y tendría que mudarse con nosotros a tierras lejanas. -Hoy te mandarán para casa, ya estas casi recuperado y el médico ha dicho que no perderás tu ojo. Tienes una semana para recoger tus cosas y alejarte de nosotros, ya sabes como funciona –añadió.

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La sociedad tiene dueños, pero no están a la vista, no se manifiestan como una entidad, pero todos sabemos que los cambios que se producen nos llegan desde el poder oculto que mueve los hilos. De nada sirve arrojarnos contra los Royen del mundo, ni siquiera contra Deneadrés o contra todos los Deneadrés que pueda haber, tampoco sirve de nada arrojarse contra el poder políticos, todo nos llega desde más arriba y nunca nos podremos enfrentar a ellos porque actúan como si no existieran. Si las cosas no nos van bien no debemos culpar a lo que tenemos delante, sólo queda empacar y moverse. -Deneadrés me dijo que había algo entre Margarida y tú. -Ya no estás en comunión con nosotros, no tienes que seguir los votos que aceptaste, ya no formas parte del el equilibrio que se establece y que es necesario para que las cosas funcionen. No lo compliques más, ¿te irás? El amor hace que todo valga la pena, lo único que podía hacerme seguir conduciendo hasta el fin de los días lo llevaba respirando a mi lado con la novedad de no saber las reglas, y la fe en la fuerza interior de tener alguien en quien confiar. Era una carretera recta, con un horizonte de montañas a lo lejos, más allá del plano desierto, la garganta que nos engullía con futuro incierto, vértigo de nuestras esperanza, de los sueños que no habían sido de juventud y que había conseguido preservar. Entonces me percaté de que ya no me dolía la espalda, de que no me había dolido en los últimos días, o sencillamente me había olvidado de ella, porque nada cuenta cuando el horizonte se abre ancho como las estrellas. Indefinidamente rodando, sin destino, con las dos mujeres que importaban en mi vida y de las que de alguna forma me sentía responsable, con la fé puesta en las capacidades que arrancarían desde un nuevo comienzo, sin nada más con lo que pudiéramos contar que la esperanza. Mi última reflexión tiene que ser para Deneadrés, el hombre que nadie conocía, un hombre que nadie sabía de lo que era capaz, de hasta donde se atrevería a llegar, la garganta distraída que siempre estaba sedienta de pequeños sacrificios ajenos. Hay hombres que han nacido con bocas dispuestas a morder, están ligados a un orden que parte de la fuerza bruta, de la mordida desconocida y de una presencia que todo lo asfixia desde su torre. Había pasado, el gran hombre había hablado desde la sombra y esta vez no había querido verme, ya no podía decirme, “siempre he tenido una gran confianza en ti”, ya no lo necesitaba, era un camaleón dispuesto al cambio permanente, había pensado en ello, y al fin había encontrado la fórmula para el reemplazo. La mejor solución para todos.

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las heridas boca abajo