Issuu on Google+

1

El Final De La Distancia La cesión de algunas tareas habían evitado un nuevo enfrentamiento que había sido orquestado con absoluta nitidez, a la medida de una mente brillante, rigurosa y dispuesta, para obligar a la señora Elliette a replegarse; esa mente aún no del todo descubierta era la de su nuera. Ivy también se estaba distanciando, a medida que notaba que las pasiones propias de su edad crecían en ella y se apropiaban de ella, y su propia presencia se volvía más insignificante. A los quince años tragamos la vida sin masticar, deseamos cada descubrimiento como ese gran trago recio que debe alimentar la creciente ansiedad que nos domina, Tenemos en mente unicamente los estímulos que mueven nuestras emociones más fuertes, y nos perdemos lo que consideramos que ya nos hemos ganado. Ivy pasaba una y otra vez delante del cuerpo inmóvil de su bisabuela como si se tratara de una estatua de piedra, un monumento a la vejez o un adorno. Apenas reparaba en ella, su mente parecía estar en otro sitio, en algo que tendría que suceder antes de que nuevas posibilidades de diversión se le presentaran, y antes de salir le daba un beso, tan fugaz que apenas esperaba una respuesta. En ocasiones me pregunto si después de una edad determinada, después de empezar a considerar que ya hemos vivido, después de haber alcanzado el límite que nos coloca en lo experimentado, avanzado y ajado al mismo tiempo, no se nos ocurrirá reaccionar con violencia contra un destino impuesto, contra la condición de envejecer y finalmente morir. La duda tiene un recorrido muy corto, pues he visto ancianos rebelarse contra su entorno, contra su perdida de autoridad, contra sus enfermedades y sus torpezas, pero ninguno de ellos parecía sopesar las condiciones impuestas y de dónde procedía el castigo, y buscar el origen hacia el que deberían dirigir su violencia. El marido de Elliette pasada esa edad en la que todo empieza a perder sentido, había dado muestras de ser un hombre violento, y en ocasiones había reaccionado de una forma difícil de asumir, hasta el punto, de que su propio hijo expresó su convencimiento de que de seguir las cosas por aquel camino de rabia y locura, tendrían que sopesar la idea de internarlo en un centro especial donde pudieran atender adecuadamente sus necesidades. Elliette no decía nada, callaba siempre, poco a poco se había ido encerrando en sí misma, y procuraba no tener opinión acerca de nada. Aceptaba los cambios resignadamente y seguía entrando en su mundo de recuerdos sin compartirlos con nadie. Finalmente su marido decidió que ya había sido demasiada vida y se dejó morir, así lo digo porque así lo pienso, se cansó de luchar. A ella la dejó viviendo en un mundo ajeno, procurando pasar desapercibida y volviéndose tan silenciosa como su respiración le permitía. Se hablaba intentando darle forma a sus emociones,tal como ella pensaba que existían,


rascando un poquito en el estómago, frotándose para detener los escalofríos. Cuando pensaba que también le podía hablar a él, remitía el escozor en los ojos, y volvía al mejor tiempo, en confianza, señalando que si sus nietos supieran de ese diálogo les costaría creer que aún lo quisiera, pero que no lo había dejado de querer nunca. !Le resultaba tan extraño que pudieran creer que perdiera todos sus recuerdos porque al final él se hubiese vuelto tan irascible! Un muerto es un muerto, y debemos recordar lo mejor de él cuando ya no tiene sentido el rencor. El sentido del hogar la había llevado en los últimos años a mirar la casa como un refugio, como ahora, en los últimos momentos la miraba, intentando conectarla de alguna manera con su propia apariencia y con su disposición para el orden, incluso se esforzaba por retocar el cabello intentando ahuecar algunas de sus partes donde la abundancia ya iba en retroceso. Además estar presentable se había convertido para ella en una obsesión, y se pasaba el tiempo necesario aseándose cuando nadie la veía, siendo este tipo de cosas las que la mantenía en activo. Era como creer que las cosas podían cambiar si uno ponía el empeño suficiente, y de forma general, solía quedar bastante conforme con el resultado. Pero los últimos días no se había encontrado muy bien, como si todo desgraciadamente estuviera conectado en su destino, y la fatiga la había hecho enroscarse un momento en la cama, sin terminar de descubrirla, sobre la manta, así que cuando se levantó ya no quiso mirarse de nuevo al espejo, para acabar cerrándose en su cuarto esperando el momento de que todos fueran poco a poco saliendo de la casa. Una nueva figura de porcelana en el cuarto de matrimonio, de su hijo y de Dona, la nuera, la detuvo un momento en el pasillo y hacer un gesto de desagrado, la puerta estaba abierta y no le hizo falta entrar; no solía hacerlo. Quizá debía intentar buscarle un significado, aunque nunca lo encontraría, por mucho que lo mirara, lo que buscaba en él era algo parecido a piernas, brazos y cabeza, y eso era justamente lo que le pedía a aquel trozo de porcelana descolorida. Siempre había sido un poco supersticiosa, y le dieron ganas de romper aquella figura de formas para decir después que se le había caído, pero conocía sus límites y enseguida desechó la idea. Lo siguiente que hizo fue arrastrar un taburete hasta la ventana de la cocina, detrás de los visillos, y sentarse a ver un trozo de carretera y un campo sin más atención y cuidados que unas piedras colocadas sobre la hierba a modo de parapeto con la intención de que nadie aparcara su coche encima. Al tener la posibilidad de realizar acciones parecidas cada tarde, podía reconocer los ruidos emergentes desde la esquina, desde una cadena de bicicleta, hasta los gritos de las niñas de la vecina que volvían a casa, hasta el momento aproximado en que aquel gran coche gris metalizado iba a aparecer y a pasar delante de la ventana con una parsimonia sólo equivalente a la de un pretendiente. Pero ella a sus ochenta ya no estaba para pretendientes... sin embargo, de entre todas las chicas de su calle, en aquel tiempo en que había empezado a presumir, ella había sido una de las más bonitas, de eso estaba segura, pero el tiempo había pasado y de eso también estaba segura, aquel coche no reducía la marcha delante de la ventana porque la adivinara a ella allí. Podía distraerse un rato, quedarse dormida con la cabeza apoyada en su propio hombro, pero no podía decir que eso no le pasara en más de una ocasión, así como tampoco podía asegurar que sus ensoñaciones no la hubieran llevado muy lejos de lo que sucedía afuera más de una vez, ni establecer razonadamente los espacios de tiempo que sus ausencias requerían, y aún así seguía confiando en reconocer cada ruido, cada movimiento y cada nueva discusión vecinal que se produjera al otro lado de su cocina.


Pasó el día sin más, alargándose después de comer, y desapareciendo cuando por fin decidía sentarse en su taburete. En su tiempo de juventud las casas estaban siempre llenas, unos salían, otros entraban, pero siempre había gente, en comunicación. Ese no parecía ser el nuevo plan, la nueva moda, o quizá lo que el nuevo mundo que estaba en construcción proponía: ahora la gente salía de casa por la mañana y ya no volvía hasta la noche y eso le resultaba chocante, pero sobre todo, le resultaba incómodo. Esta nueva forma de vivir afectaba directamente a su vida, y eso si no decidían “aparcarla” definitivamente en una residencia. Allí sentada, en al contraluz de la cocina coincidía con lo murmullos, hablaba sola, o se trasladaba con la imaginación a la casa de la infancia y todos sus recovecos, para esconderse, para pasar desapercibida y para desaparecer. Además estaba el vacío a su alrededor, la hacía diminuta, de manera que formaba parte como un elemento más de aquel lugar, a veces respirando, a veces petrificada, sin motivos para parpadear o para llorar. Todo estaba preparado para ceder la cocina y demostrar que sus necesidades habían ido cediendo también su espacio, desprenderse de alguna cosa más la volvía innecesaria, y entre sus manos iban quedando apagadas pieles transparentes, dulces aromas distantes por su dulzura de la plena disposición que le atribuía a Galoria. Algunos ancianos son condenados a la inutilidad antes de tiempo, y no iba a montar un drama por eso, pero se sentía cada vez más aislada, desprendida, apeada prematuramente de las cosas de este mundo. Una idea obsesiva empezaba a ocupar demasiado de su tiempo, y sin moverse, mirando a la calle en silencio volvió sobre ello. El pequeño trastorno que le ocasionaba la forma de andar de Ivy tenía que ver con un ligero sentimiento de culpabilidad, quizás por ser su abuela y que se le pareciera tanto, o por pasar demasiado tiempo a su lado -eso era inevitable porque vivían en la misma casa-, y porque ella también arrastraba los pies, y más pronto o más tarde alguien se daría cuenta y empezarían a decir que la muchacha copiaba los gestos y las manías de su abuela. Así que debía empezar a pensar que habría otras cosas en las que se le pareciera o la imitara, tal vez de forma inconsciente, que debían corregir. En efecto, había acertado con nitidez esta vez, no se trataba de un detalle que fuera a pasar desapercibido por mucho tiempo, aquel gesto impropio de las ilusiones que demostraba como adolescente hablaba por si mismo, mostraba algún tipo de debilidad en una personalidad que empezaba a formarse, y aunque Elliette no llegaba a tan sesudas conclusiones, relacionaba perfectamente el desagrado que iba a producir a los padres de Ivy cuando lo descubrieran y la señalaran, no como culpable, pero sí como causa indirecta. -¿Qué haces ahí a oscuras? -Galoria pulsó el interruptor y se acercó a ella para mirarla de cerca -¿Te encuentras bien? -Debe ser la pastilla que me he tomado, un calmante. Me da somnolencia. Me estaba quedando dormida. -Ya he recogido todas mis cosas de la oficina, mañana dormiré hasta muy tarde. No me despiertes, ya Ivy va sola y Pietro no vendrá a dormir -Subió a cambiarse y ponerse algo más cómodo, después de cenar querría sentarse un rato a leer un libro, una costumbre que había ido dejando por la fatiga con la que llegaba a esa hora en la que ya no le apetecía otra cosa que relajarse y descansar.


Para poder explicar las nuevas preocupaciones de Galoria y la forma en que se enfrentaba a ellas, es necesario admitir que cuando decía que no se la valoraba, posiblemente tuviera razón, y que esa impresión también respondía a la necesidad que todos sentimos alguna vez de sentirnos queridos. No obstante, en el curso de su vida se había ido situando en el lugar que había deseado, había dado los pasos necesarios para un matrimonio equilibrado y todos sus deseos se habían ido cumpliendo uno tras otro, la vida por si sola le había allanado el camino en muchas ocasiones y sus amarguras presentes, porque no podemos decir que nadie la oyera quejarse, respondían a considerar que era como ella creía que iba a ser. Pasados los años, aunque la categoría de sus limitaciones no era grande, y considerando que nada es fácil para nadie cuando empezamos a vislumbrar la realidad de esfuerzos insuficientes, no podemos decir que la gravedad de lo que ella empezaba a considerar fracaso, se ajustara a la realidad. Un momento después anunció desde el piso superior que iba a darse una ducha con la misma voz de hierro que escondía una desafortunada languidez. Ese conflicto entre querer parecer una mujer fuerte y quedarse a veces sin poder llegar a enfadarse, respirando resignación, la estaba hiriendo. Se trataba de una de esas situaciones en las que se sentaba en la cama sin terminar de secarse, con el pelo húmedo pegado a la cara y cerrando el albornoz con una mano sobre el pecho que anunciaba nudillos blanquecinos, apretando hasta casi romperse los dedos. Estaba sometida al proceso que se había impuesto, y la propuesta de cambio quizás empezaba por las bolsas de los grandes almacenes que había dejado en el suelo. Las tomó y rebuscó dentro. Respondía así al llamamiento que recibía desde sus entrañas, desde la conexión del deseo de cambio, y la fragilidad del estado de ánimo (al menos sabía que si conseguía enganchar con alguna ilusión por cegadora que fuera, podría desasirse durante un tiempo de la rutina). Por supuesto que estaba preparada para la metamorfosis. De dentro de las bolsas sacó prendas de ropa que había comprado aquella misma tarde, las colocó cuidadosamente sobre la cama, estirando la más mínima arruga, y se quedó mirando, de pié, con el pelo húmedo, con los brazos cruzados cerrando el edredón. Y de pronto, se dejó caer, sentándose al lado de la ropa, en una esquina de la cama, tensa, dándole la espalda, sin moverse, rechazando la idea de que aquello fuera a solucionar nada, y de nuevo desanimada con la mirada perdida se olvidó del paso del tiempo. No hay engaño en la tristeza cuando pasan los años y creemos que nos ha mordido para ya no soltar. Se estaba acostumbrando a la nueva relación con sus emociones, impuesta por el mundo: recibía conclusiones parecidas a ésta con frecuencia y abatimiento. !Aquellas ideas repetidas eran tan pesimistas! Había oído de otras mujeres que llegaban a una situación parecida, con pensamientos parecidos, y que algunas de ellas cometían auténticas locuras por intentar liberarse, era algo tan loco como intentar sacar un auto de un callejón sin salida, si al intentar meter la reversa terminas por dañar a toda esa gente inocente que se ha agolpado detrás de ti, observándote, calculando la posibilidad de un nuevo movimiento, pero dando por hecho -erróneamente, pues, en su decisión particular, apenas en unas horas cambiaría de idea- que jamás darás marcha atrás, y eso en ocasiones resulta fatal. Si bien su educación había sido completa, y se había esforzado porque siempre había creído en que podría crecer como ser humano si se esforzaba, lo cierto es que le costaba interpretar los giros a los que era sometida su forma de ver las cosas, como si una fuerza exterior con la que no había contado echara por tierra todos sus planes, y más aún


-presente después de los treinta en cada una de sus nuevas decisiones- terminara por chafar cada nueva ilusión que asumiera. Levantó la cabeza, allí sobre el sinfonier estaba aquella figura de mariposa cerámica, que parecía cualquier cosa menos una mariposa. Pietro se la había regalado hacía algo menos de un año. La confundía que sus alas parecieran ramas de árbol moribundo, de las que colgaban serpentinas de colores, traspasadas por la luz, y aún así sin conseguir el efecto transparente deseado. Bien, en otro momento hubiese podido intentar imaginar el resto, la precisión en la expresión de movimiento que debería existir pero que no podía más que limitar a ramas de árbol seco, repintado de colores, y cocido hasta resquebrajarse. Los últimos minutos, sentada sobre la cama, con el pelo mojado, simplemente pensando en si era bueno o no asumir la realidad tal y como se presentaba, la habían enojado. Sin dejar escapar aquellas ideas, se levantó dispuesta a todo. -Si eres mariposa te sostendrás en el aire como el humo -susurró con un tono amargo, y un momento antes de arrojar la horrorosa figura al suelo se contuvo y se dirigió al baño para encender el secador de mano y sacarse aquella humedad de la cabeza que estaba empezando a atormentarla.

2 El Sueño Es Como La Voz, Cuando Te Falta Estás Perdido Hacia las doce de la mañana del día siguiente se despertó después de haber soñado que se veía involucrada en todo tipo de situaciones extrañas y en lugares absurdos. No solía recordar sus sueños, pero esta vez el sueño había sido tan prolongado y pesado que al levantarse, todas esas imágenes se le vinieron encima, como en el camión que frena de golpe y la carga se desplaza esparciéndose, mezclándose y provocando un estropicio difícil de interpretar. Nunca antes había sentido que perdía de pronto, sin previo aviso, sin un síntoma que la pusiera en guardia, el interés por las cosas que le sucedían a diario. En el cuarto de baño, en un mueble que también servía de espejo guardaba las aspirinas efervescentes, llenó de agua el vaso que usaba para enjuagarse después de lavarse lo dientes y la dejó caer sin dejar de mirarla hasta que el burbujeo se expandió y la pastilla emergió y flotó rompiéndose lentamente en trocitos. Se puso la mano sobre la frente y se miró al espejo, su aspecto era el de un enfermo, y en verdad lo estaba, le dolía la cabeza, apenas podía respirar y sentía ligeros mareos, nada tan extraño, la rutina de después de los cuarenta. Estimó cada una de sus posibilidades, y los arreglos que sin duda haría un maquillaje milagroso. El cálculo de sus posibilidades le devolvió la esperanza, no todo


estaba perdido. La aceptación de la realidad tal y como se presentaba resultaba de lo más inteligente, pero el maquillaje en esos tiempos resultaba como una armadura, y la solidez de sus rasgos harían el resto. Parecía que el día no tenía que resultar tan mal como había creído la noche anterior. Las nuevas expectativas le hicieron aceptar que si ponía un poco de esfuerzo de su parte podría aceptar la invitación que Normma le había hecho, y juntas empezar a ejercitarse en un gimnasio. Pero creer que el día prometía después de haber descansado un número suficiente de horas, no tenía nada de extraordinario. Ya no pensaba en los motivos que la habían llevado a dejar la oficina, aunque fuera por tiempo limitado. Lo cierto es que le hubiese gustado no volver, pero tal y como estaban las cosas, no sabía si no necesitaría su trabajo más adelante, si viviría sola, si la casa necesitaría algún arreglo, si desaparecería y se iría a vivir a algún lugar remoto y aldeano donde nadie pudiera encontrarla; ese tipo de cosas. En resumen, se había planteado no depender tanto de Pietro, necesitaba seguridad e independencia de eso estaba segura, la seguridad había dejado de buscarla en él y la independencia llegaría por añadidura, tenía que tener la posibilidad de salir adelante si él dejaba de estar presente algún día, o si era ella la que decía hacerlo. En un tiempo no tan lejano como quería pensar, había creído entenderlo, intentó entonces compartir con él todo tipo de proyectos, al menos aquellos que tenían que ver con la familia, pero justo unos meses después de que Ivy cumpliera los trece años, también esa idea se vino abajo. No es que su hija tuviera nada que ver en ello, él ya era así antes -”así”, tan desafortunadamente hermético y egoísta hasta resultar un perfecto desconocido-, pero podía recordar con cierta exactitud, que aquel año fuera muy duro y decepcionante, y de alguna manera lo recordaba relacionándolo con el cumpleaños de Ivy; esas cosas no se olvidan. Acerca de todo lo vivido uno termina por convertirse en tribunal, y se obstina en darle vueltas a viejas historias a las que ni siquiera sabe si la memoria es fiel, porque el deseo de justicia enreda en la fiabilidad de los hechos conocidos y los imaginados. Todo termina alguna vez, también la disposición para seguir viviendo de una determinada manera, aquella virtud que veíamos al atribuirle a nuestra paciencia y compostura la necesidad de perpetuarse se pudre, y entonces cambiamos por dentro y nos secamos un poco. Algo de eso era lo que la hacía pensar que tal vez ahora era peor persona: decía adiós a la inocencia, ya había tenido suficiente. Hacía mediodía llegó Ivy del Liceo, un colegio francés en el que también estudiaba idiomas. Parecía contenta, aunque con ella nunca se sabía porque ya otras veces había terminado por explotar en una crisis, sin que previamente nadie notara nada al respecto. Ivy tenía la mala costumbre de hacer creer a todos que siempre se encontraba perfectamente, y eso significaba que los quería y que intentaba con toda la fuerza de su corazón no dar el más mínimo problema, pasar desapercibida y contribuir así a que todo fuera mejor. “Se ve como parte adulta y decisoria en esta familia sin ningún tipo de reserva”, se decía Galoria Hammersmith, e Ivy se moría en el intento de que así fuera, pero no lo conseguía del todo. Al contrario que sus compañeras de estudios, a las que observaba con cierta envidia -siempre desde la distancia prudente del que no desea ser descubierto-, su risa no terminaba de ser del todo natural, y no tenía el tono malicioso que notaba en ellas, pero había aprendido a imitarlas y compartir con ellas algunas de sus maldades. Tal particularidad en su personalidad, si nos aventuramos a ello, podríamos estimar que respondía a una inseguridad nunca resuelta, posiblemente provocada por el hecho de problemas de desarrollo y las visitas frecuentes al médico en su infancia, y


también por el demostrado absorbente interés, la desmedida exigencia que Galoria ponía en todo, para que la estética de su vida diera una apariencia de fría y distante perfección. La vio pasar hacia su habitación con urgencia, describiendo una línea fácil de seguir, tiró los libros sobre la cama y sin pausa se encerró en el baño, allí pasó los siguientes minutos, sollozando. Galoria se quedó mirando la puerta del baño un momento, y a continuación se dio la vuelta para dirigirse a su habitación. Echó de menos otro lenguaje, si es que el lenguaje influía en eso, o si el lenguaje era una consecuencia más de sus equivocaciones. La necesidad de volver a valorar algunas imágenes de su vida, lamentablemente aparcadas, suponía para una mujer como ella, tan exquisitamente desarrollada, un desafío mental superior, sobre todo si tenemos en cuenta que siempre había seguido su instinto y no se había detenido en ningún momento, la correcta evolución, el lógico desarrollo de los acontecimientos que después del matrimonio la habían llevado a un callejón sin salida. La pretensión referida de recuperar un instante perdido de su pasado constituía el reconocimiento del fracaso y una vuelta atrás, y obedecía al agotamiento del modelo que tan disciplinadamente se había impuesto. Debía bajar ya, se había hecho muy tarde, y su sombra se presentó para llevarla a valorar que, sin duda, las horas habían pasado demasiado deprisa esa mañana, y que no era propio de ella no haberse arreglado, seguir sin vestirse apenas cambiando su camisón por un pullover y unas mallas, en los pies se negaba a dejar sus zapatillas de color púrpura, porque le eran cómodas y no espera salir de casa tampoco por la tarde. En lo esencial sentarse las tres a comer juntas, no significaba que ninguna de ellas tuviera hambre, se trataba de marcar una diferencia con lo que había sido la mañana, cortarla de un tajo en el lugar donde se debe establecer un muro inalterable, la hora de comer. Ya lo decía la abuela, que Ivy arrastraba los pies acentuándose a medida que pasaban los meses, y esta vez fue Galoria, que se debió percatar por el ruido de las zapatillas, que eran descalzas y le colgaban en el talón. Elliette se hizo la distraída, estaba fatigada, y deseando que se diera por finalizada la comida, para tumbarse un rato sobre la cama de su cuarto. Esta vez Pietro ni siquiera se había tomado la molestia de despedirse, ni la había llamado, ni le había dicho por cuanto tiempo era lo de su viaje. Cada vez que le decía que tenía uno de sus congresos, o una reunión en Portugal, o en Francia para recibir información de los últimos productos -eso decía-, o cuando se trataba de acudir a la sede central de la empresa para verificar el estado de cuentas, cada vez que salía para uno de sus viajes, terminaban discutiendo. Al cabo de los años adivinar que esas discusiones se debían a la inseguridad que le producía la forma que él había escogido de ganarse la vida era bastante apropiado. Durante años había permanecido en la conformidad a pesar del desagrado que le producía la naturalidad con que él lo aceptaba, después de eso llegaron los discursos, la justificaciones e interpretaciones que le hacía acerca de la necesidad de conservar su trabajo, y ahora parecía haber entrado en una nueva etapa, esta vez ni la había avisado de su ausencia, ni se había despedido, no había pasado por casa para hacer la maleta, ni se había tomado la molestia de llevarse sus pastillas, sencillamente había desaparecido. Por primera vez en mucho tiempo se fijaba en los rincones, en los marcos de los cuadros del salón, hasta en los techos, cosas que nunca antes había hecho. Podría atribuir esa retención de detalles, esa forma de mirar, a la sensación de inactividad, a su vez como una reacción a la inactividad, pero no, era algo interior, sería estúpido no reconocerlo. Fijarse


distraidamente en los marcos de las ventanas, en las uñas rotas de la abuela, o en la forma en que su hija arrastraba los pies, tenía que formar parte de la depresión que ya no se anunciaba como hacía unos meses, entraba y salía de los momentos más inesperados. La realidad se manifestaba titubeante, tenía una nueva proyección para cualquier idea que se le presentara y eso tenía que ser suficiente para empezar con la recuperación que tanto anhelaba. Eludir la centralidad de lo que era escogido para detener su atención, merodear entre los suburbios de su casa era una oportunidad para entablar una nueva relación con sus preferencias burgueses, aceptando que todo lo que se mueve alrededor es también digno. Elegir el tema parece ser una obsesión para algunos artistas, cuando en realidad, todo lo que nos rodea debería apabullarnos de vida, y quitarle importancia, ni mucho menos el motivo de un cuadro, de una canción o de un libro, debe considerarse lo más importante. En la vida ordinaria perdemos demasiado tiempo en decidir, nos pasamos la vida eligiendo, “ qué comer, que ponernos, cuantos hijos tener”, nada de esto es tan importante. Si miramos debajo de la cama encontraremos las huellas de un desierto desolado, con un poco de suerte frecuentado por escolopendras y cucarachas, y en el que por mucho que nos empeñemos, siempre corre una bola de polvo dispuesta a escurrirse entre los pies.

3 La Chica Del Salto Abrió grifo y dejó el agua correr, sonaba como un silbido apagado, casi muerto o casi murmullo, pero suficiente. No existía diferencia entre un sollozo comprimido por el miedo a ser descubierta, y un chorro prolongado, sin cortes ni interrupciones, ambos sonidos se entrelazaban, iban y venían y finalmente se mimetizados como un eco confuso más allá de la puerta. Desde su opinión de colegiala, llegar cada día corriendo aguantando la gana de orinar, era lo menos elegante que se le podía ocurrir, pero esta vez no parecía necesitar más desahogo que dejar correr sus lágrimas entre los dedos de sus manos, con los que se protegía la cara. No necesitaba ser interpelada para comprender que estaba pasando por la etapa más difícil de su vida, todo había sido fácil hasta entonces. Enfrentarse a sí misma intentando descubrir su peor parte era suficiente, sabía que estaba respondiendo mal al cambio, no necesitaba curiosos que la interrogaran al respecto para enfrentarla con esa realidad. Lo sabía y punto, conocía sus puntos débiles, pero no deseaba conocerse hasta el extremo de odiarse y no lo iba a hacer. Este carácter decidido y radical le empezaba a dar algunos problemas también, aunque no era éste su problema. Lo que más dolía era dejarse apabullar por él, dejar que la tratara con tanto desprecio y no poder hacer nada al respecto. El último año, todo se desmoronaba sin que pudiera hacer nada por evitarlo, nadie estaba contento a su alrededor, todo el mundo parecía necesitar huir y no atreverse a hacerlo. Luchamos hasta la advertencia de la derrota, o hasta la relación de culpabilidad que


encontramos por nuestro fracaso, y eso le estaba sucediendo. En ocasiones mezclaba en un barullo mental, la realidad con los reproches que se hacía a sí misma, con su sentimiento de culpabilidad y su mundo interior, que a la edad de quince años resultaba doloroso. Ya no vivía ajena a su suerte, a su destino, y notaba que todos sus actos tendrían una respuesta en el futuro, y era por eso que relacionaba una parte del derrumbe familiar con su deseo de huir de aquella casa y vivir sin ningún tipo de control, lo que por otra parte debía coincidir con deseos parecidos de todas sus compañeras de estudios. Se produce un cambio revolucionario y en ocasiones traumático en nuestro interior cuando damos un paso decisivo adelante que supone romper con todo lo anterior. Ivy regresó al momento en el que unos meses atrás había creído enamorarse por primera vez, se había tratado de Collardo y la seguridad que le prometía: Un muchacho, al menos diez años mayor, que conducía un autobús interurbano, que se mostraba ordinario en ocasiones pero que también sabía dárselas de chistoso y cuando se trataba de “buscarle las cosquillas.” Unos meses antes había sucedido algo especialmente reseñable, algo hecho a escondidas y que a pesar de la gran ilusión que le había producido en un primer momento, le había dejado un saber amargo que parecía que no se le iba a quitar con nada. Él había trabajado toda la semana llevando pasajeros con su autobús, y en el tiempo libre, lejos de odiar aquel terrible monstruo de cuatro ruedas se lo llevaba a todas partes -en parte también porque lo de comprar un auto aún no estaba a su alcance, y para alguna escapada tal y como lo planteaba no iba mal-, debía ser el único de entre sus compañeros que no inmovilizaba el autobús una vez finalizada su jornada, detestando tener que volver a encenderlo el lunes siguiente. Pareciera a algunos que no conocieran sus limitaciones, que a Collardo le gustara conducir aquella cosa tan torpe y lenta, y en aquel momento había empezado a nevar en la sierra y le había propuesto a Ivy ir a ver la nieve. En suma, sería cosa de un par de horas de ida y otro tanto en la vuelta, si salían temprano, a última hora de la tarde estarían en sus casas, y así se lo había prometido. Y como todo lo que se hace furtivamente a ella le supuso una gran emoción y dijo que sí dejándose llevar por su corazón acelerado y la sensación palpitante de que todo giraba a su alrededor, al menos por un día. Después de salir del baño estuvo en su cuarto tumbada boca abajo sobre la cama, allí pasó unos minutos lamentándose, de modo que entraba en un bucle sin sentido, se lamentaba porque se sentía infeliz, y sus lamentos alimentaban esta idea. Nada que nadie le dijera la podía animar, porque nadie la comprendería, ni ella misma podía significar de alguna forma más o menos inteligente lo que le sucedía. Era como estar resentida con ella misma, con sus propias decisiones, y el vértigo al que la avocaban. Ir a ver la nieve en un autobús le parecía algo tan romántico al principio, y no se trataba de su decepción posterior, ni siquiera se trataba de Collardo y que la hubiese tratado con una absoluta falta de delicadeza, se trataba de ella y de sus insatisfacciones; no podía culpar a nadie más. Después de comer llegó Normma y estuvo hablando con su madre, las miró y adivinó que iban a sentarse allí mismo, se hizo la distraída un rato en la cocina, hasta que empezaron a hablar de su padre y en ese momento Galoria le dijo a Normma que subiera a su habitación porque quería mostrarle algunos vestidos que se había comprado y desaparecieron, no pudo escuchar más. En ocasiones creía tener algún tipo de dolencia incurable, se miraba al espejo intentando darle una respuesta concreta a sus ojeras y a su estado de ánimo, una respuesta con nombre de enfermedad. Eran tardes largas y desprovistas de sentido, tardes de ocio mal resuelto, en las que se entrecruzaban ideas que terminaban por aterrarla y que en nada ayudaban a


su personalidad tan variable y sin terminar de formar. Aunque intentaba encontrar desesperadamente una solución al torpe avance que le imprimía a su crecimiento en el marco de renovadas amistades, lo cierto y así lo asumía, despegarse del suelo, de su vida anodina y de las costumbres de su casa ya casi derrumbada, le producía temor. La habían invitado a algunas fiestas de chicos mayores, una de esas fiestas de las que “se sale a gatas”, y siempre con novedades que no se deben contar pero de las que todos terminan por enterarse. El contacto con este tipo de chicas, mucho más desprendidas en sus afectos, le había llegado de una forma natural, no le parecían tan atrevidas como algunos creían, y tampoco eran tan diferentes de ella misma -porque ella también tenía sus críticas, era cuestión de pararse a escuchar lo que decían-, y posiblemente había algo de envidia porque mientras se divertían, el resto intentaba sacar adelante unos estudios que no suponían ninguna satisfacción. Esforzarse en los estudios no solía venir acompañado de notas brillantes, pero al menos permitía seguir pasando de curso, eso también debía reconocerlo. Estaba intentando decidir si terminar de pasar las lineas marcadas, porque tenía que dejar atrás la niñez, eso era obvio, inevitablemente aceptar la corrupción que suponía madurar. Ya no valían los sueños. Y no se sorprendía a sí misma siendo condescendiente con todo lo contaminante, de los demás y de ella misma, no podía rehusar indefinidamente desafiar las prohibiciones ahora que había empezado a hacerlo. Volvía a dejarse caer sobre la cama con desgana, ya no lloraba pero no podía disimular sus ojos tristes, sus labios presionando con ganas reprimidas, de ningún modo eludiendo ese malestar que la desanimaba. Sería que le resultaba inquietante no tener en el corto plazo una novedad que la mantuviera en ese estado de vibración interior, y posiblemente era eso mismo lo que la hacía mover su pie con impaciencia golpeando el colchón. Para seguir engañándose a sí misma hubiera sido suficiente seguir creyendo que nunca crecería, que no necesitaba enfrentarse a su familia, a sus compañeras en el liceo, a Collardo y dejarlo estar, ahorrándose la ambigüedad de su rostro y sus gestos premeditadamente infantiles, y asumir verdaderamente que no había necesidad de seguir desprendiéndose de todas sus alianzas. Estaba atemorizada, casi avergonzada por su actitud de los últimos meses, había hecho todo lo que no se esperaba de ella, ¿debía volverlo a ver? Se enfrentaba una y otra vez a sus propias dudas, a deseos inconfesables en una chica de su edad, y sobre todo a enternecerse recordando aquella tarde viendo la nieve desde el asiento trasero del autobús preguntándose una y otra vez si sentía algo por él.

4 Caer, Caer A lo largo del último mes, las dudas no habían tenido compasión con las mujeres de la casa, se decían, cada una por separado, que se habían quedado solas. Sólo después de permitirse dudar de todo, hasta de sus propias convicciones, empezaban a sentirse


rebeldes, con fuerzas suficientes para salir de sus limitaciones sin pedir ayuda. Galoria se puso su vestido nuevo, era casi transparente y se encontró realmente bonita cuando se miró en el espejo, Normma también la miraba sorprendida, era como si hubiese asistido a una metamorfosis y el resultado hubiese sido mágico. Debemos suponer por su forma de comportarse que Galoria había llegado al final, se encontraba en el límite, el lugar exacto que permitía el desarrollo del desamparo del que tanto se quejaba en silencio. Aunque todos esos años había parecido una persona gris y resignada, guardaba en su corazón la fuerza pasional de una alocada adolescencia. Hasta para ella resultaba insondable su capacidad de reacción, se confesaba una desconocida que no sabía hasta donde podría llegar, e intentaba enterrar lo malo pasado, con las posibilidades que se habrían justo delante de ella, al frente, sin mirar atrás. -Uno de estos días me escaparé una noche, no como una venganza, sino como un desahogo. Me pondré este vestido y me maquillaré como cuando era una niña, durante horas delante del espejo. Iré sola, y lo que pase esa noche querida Normma, eso no se lo contaré a nadie, ni siquiera a ti. -Me estas escandalizando, ¿tan mal están las cosas? -Haber vivido durante media vida con un hombre, y al cabo tener la sensación de haber perdido el tiempo, no se compone con nada. No esperaba nada demasiado especial o complicado, tú lo sabes, no soy tan excéntrica, me considero una mujer normal, del montón, y por eso he aceptado esta situación durante tanto tiempo. No me mires así, las cosas pasan, y una termina por desatarse. Ya no soy aquella muchacha tímida, inocente y temerosa, de manera que ya no espero nada que no pueda merecer, si no lo consigo por méritos propios no me interesa. Yo ya no soy una niña fría encajando desprecios y disimulando para que nadie se inmiscuya en mis cosas, tengo mis necesidades y ya me viene dando igual que las vecinas controlen mis entradas y salidas. ¿Sabes?...en la oficina había un chico que me miraba con insistencia, y no estaba nada mal, y lo mejor de todo es que era completamente libre, sin ataduras, ¿te das cuenta? No puedo ver mi vida con una condena, cuando me siento deseada por otros hombres y no por él, entonces me enfurezco porque me siento viva. Hay un mundo fuera de los parámetros que yo misma me he marcado, y estoy haciendo mal reprimiéndome, porque me desequilibra y porque a Jonás no le importa. Me cansé de apelar a su ternura, nadie se rebaja tanto como yo cuando estoy entregada, puedes creerme -Normma callaba, era una amiga incondicional, no le negaba nunca nada e intentaba comprender-. Con él todo ha sido indiferencia, mis sueños no resisten porque no los comparte, calla y me deja imaginar mudos que le pertenecen y no hará nada por apoyarme. Ahora aún es peor, apenas nos comunicamos y nos llevamos la contraria gratuitamente, !ha perdido el coraje! -Es como un niño mal criado -Normma la encendió de nuevo sin pretenderlo. -Eso es, justamente eso, sin más. A pesar de tener una edad, sigue siendo el hijo consentido que lo ha conseguido todo sin esfuerzo. Se lo dí todo con tal desprendimiento, que no calculé que me aceptó porque le resultaba cómodo, pero nada más. Pasó de ser atendido y mimado por su madre, a recibir mis atenciones, supongo que no es nada nuevo.


Sin desaliento la conversación fue cambiando y se volvió más alegre, hasta se rieron un poco de lo ridículo que les parecía que los conductores de programas televisivos de entretenimiento se vistieran como poetas. Normma le contó que había visto una película de un director Sueco, un tal Ingmar Bergman, porque su nuevo novio le había dicho que hablaba del significado de la vida y se prestó a acompañarlo a un cine club. Juntas volvieron a hojear el folleto del Gimnasio, y decidieron que sin falta en un mes empezaban a ponerse en forma, pero que antes deberían salir de comprar y perder una tarde curioseando en los grandes almacenes para comprar todo lo necesario, incluidas unas mallas bien sexys. Elliette solía parase en los pasillos, sin fijarse en nada concreto, de pronto se detenía y eso podía durar unos pocos minutos, el tiempo suficiente de representarse a si misma misma un mareo o un escalofrío, una falta de visión, o cualquier otra cosa que lo justificara. Bajaba la cabeza sin llegar a ver el suelo pero no se tambaleaba y tampoco encendía las luces, la actuación de un fantasma. Esta costumbre formaba parte de las manías que iba adquiriendo con la edad, que eran entretenimientos además y que se desarrollaban con naturalidad, sin apenas planearlo. En alguna ocasión fue sorprendida por Pietro en mitad de la noche en una de sus excursiones por el pasillo, y él ni siquiera se planteó que ella pudiera dormir más horas por el día que por la noche, o que necesitara sentir el sosiego de las respiraciones de otras gentes que dormían, porque eso le producía una sensación de compañía y de que guardaba su descanso, del mismo modo que lo hiciera con su propia familia cuando aún era muy joven. Y no se trataba de que los viera como extraños, no era eso, pero su papel en el orden actual la llevaba a considerarse como una pieza añadida, y en aquellos tiempos de juventud era ella la que construía su propia familia. Este razonamiento no lo realizaba de forma explícita, pero era la base sobre la que se sustentaban muchas de sus reflexiones acerca lo que estaba pasando. Se trataba de la idea recurrente que la mantenía al margen y la convencía cada vez que se repetía que “era una parte añadida y consentida”, lo que hacía con frecuencia, para poder así tener presente el pesar de su condición de anciana y dependiente. Nadie puede llegar a imaginar la vergüenza de Elliette al sentirse descubierta, levantar la cabeza y ver a su nuera observándola con incredulidad, mientras le franqueaba el paso a su amiga, con la que había estado compartiendo intimidades acerca de su matrimonio, y el fracaso que había supuesto su vida. En ese momento oyó un ruido reconocible, el ruido de un objeto al caer y partirse en mi pedazos, y al momento el picaporte de la puerta al girar. -Pero Eli, ¿qué hace usted aquí? -Yo... -Ande, vaya a su habitación y descanse -”descanse” sonó como si le propusiera, “y deje de enredar.” Sólo Dios podía saber que ella no perseguía conocer aspectos mezquinos de otras personas, y mucho menos de aquellas con las que compartía techo, y que después de todo eran su familia. Era consciente de que todo se podía evaporar en un minuto, de que si Galoria decidía divorciarse su situación sería muy difícil, y que si eso sucedía, nunca más


la volvería a ver con aprecio, pero nada de esto influía en la necesidad que sentía de pararse en los pasillos y escuchar las voces que se revolvían al otro lado de las puertas. La imagen de las dos mujeres saliendo de la habitación considerando conversaciones que se apagaban mientras se deslizaban por el pasillo en dirección a la escalera apenas la contuvo. Pero el recuerdo del ruido del objeto precipitándose al vacío la inquietaba y volvió sobre sus pasos con la extrañeza de los que dudan de todo, ese ruido intrigante casi identificando el objeto estrellado adquiría el valor de la curiosidad irreprimible. De todas las decisiones posibles, la de actuar sobre el terreno y volver atrás para mirar -sabía que no les había dado tiempo a recogerlo-, de qué se trataba, resultaba la única asumible para la forma de pensar de una anciana. Podría excusarse siempre, pero nunca dejaría de curiosear, aunque eso a Galoría lo que más le molestaba de ella. Como había pensado, se trataba de la figura de porcelana que Pietro le regalara a su mujer. No representaba ningún compromiso de forma explícita, no era uno de esos regalos, pero una tormenta se desencadena cuando se le pierde el respeto a lo que poco a poco ha ido conformando nuestra historia, y así lo entendió cuando se agachó, recogió los pedazos de la figura de cerámica y los dejó sobre el aparador. -Algo malo va a pasar -dijo, y repitió como un lamento-, algo malo va a pasar.

5 El viaje Los viajes en auto son placenteros para la gente que sale poco. Una mayoría indiferente, anclada a trabajos y hogares que permanecen inmóviles durante décadas, forman parte del club de excursionistas, los fines de semana llenan los autos de todo tipo de objetos innecesarios, sombrillas, neveras de playa, sillas plegables, radios, bicicletas, porterías de fútbol portátiles... y salen sin complejos desde la mañana hasta la noche; la familia al completo soportando una tediosa caravana que se va haciendo más densa a medida que se acercan a su destino. No se trata de ningún secreto, todos lo sabemos, es el resultado de años de cultura, conveniencia y convivencia social. Las excursiones para “domingueros”, y los programas ligeros de entretenimiento en televisión son el equilibrio necesario de aquellas vidas que no aspiran a complicarse poniéndose en cuestión el objeto de su propia existencia, vidas normales y, en cierto modo, admirables. El no secreto cultural se ha ido convirtiendo en algo más personal y sofisticado en el transcurso de todo este tiempo, y de los primeros pique-niques de principios del siglo XX, nos encontramos ahora con auténticos profesionales del ocio, algunos especializados en ciclismo, observar aves, visitar faros y acantilados, practicar senderismo en montañas desconocidas, visitar pueblos abandonados o cualquier otra cosa, que también puedan incorporar a su auto en forma de piolés, prismáticos, cámaras de fotos, ropa para el frío, mochilas, barritas energéticas... Las fuerzas que rigen el universo llevaban a Pietro a hacer cosas que lo ponían al margen


de su propia familia y del estilo de vida familiar que otros practicaban, y una de ellas había sido comprar un auto deportivo, sin apenas maletero y con potencia suficiente para llegar a su destino en tiempo record. No había pasado inadvertido para él cuando se asomaba al escaparate de la tienda de automóvil, y cuando decidió por fin asumir un gasto tan desmesurado (aunque se pasara la vida firmando letras), entró en la tienda y lo examinó como si se tratara de un caballo al que le examinaba el dentado, si dejar parte alguna sin tocar, abrir, palpar o pulsar. Toda la mecánica de aquel “bólido”, fue investigada y cada nueva sorpresa la iba desgranando un vendedor que parecía conocer en profundidad los detalles y le descubría a Pietro un mundo de comodidades interiores al tiempo que le hacía imaginar la emoción de verse a sí mismo pasando a todos los pequeños utilitarios por una autopista nacional mientras la máquina rugía bajo sis pies, pidiendo más gas. Como el mismo comercial señaló, “nunca serás capaz de darle todo lo que te pida”, y era cierto, Pietro se arrugaba antes de terminar su carrera y nunca iba a ser capaz de llevar la aguja del velocímetro hasta el final. El miedo a salir volando estaba presente después de los doscientos Km. Por hora, así que cuando al fin fue dueño de la máquina, se dijo que se conformaba con pasarlos a todos, con dejarlos a todos atrás y que sólo pudieran ver como se perdía en la distancia, no necesitaba volar. Tancredo era su compañero de fatigas en los desplazamientos por congresos o visitas a clientes. Incluso en estos momentos tan reales de su amistad se impulsaban por vanalidades, frases sin importancia, gestos insípidos, cualquier cosa que ahondara en la sensación de que podrían ser compañeros otros veinte años sin enfrentarse a confesiones ni conocer los pormenores de la vida personal del otro. Jamás precisaban sus gustos más íntimos, no conocían sus aspiraciones, ni se hacían preguntas que pudieran molestar y no ser contestadas. Se trataba, en cierto modo, de una relación de compañerismo perfecta, y recurrían al silencio durante horas de viaje en las que Pietro se daba al placer de conducir, y Tancredo al de dejarse llevar mientras se le iba la imaginación a mundos muy lejanos. Durante tanto tiempo, esa asociación se había demostrado eficaz y no existía motivo relevante para cambiarla, en la lógica de lo que funciona, no se debía realizar ninguna modificación ni arreglo en su relación de confianza, sin embargo algo estaba a punto de suceder que desde el fondo de su corazón Pietro empezaba a necesitar. La vida es un poema imperfecto, destinado a fracasar como poema pero también como forma de expresión, y en eso él había sabido errar como nadie. Para poder edificar un matrimonio sin tensiones -esa había sido su única ambición-, se había dedicado a no compartir lo que pensaba acerca de nada, nulo, evasivo y egoísta, y la personalidad hermética en la que se empeñaba le iba a pasar factura de forma inminente, lo presentía. Por otra parte siempre había creído que el estado natural de las personas era el desamor, viviendo en pareja o después de haberse separado, y que las relaciones de afecto demostrado eran un obstáculo para el normal desarrollo de los individuos. La decepción en los asuntos que tenían que ver con los sentimientos eran moneda corriente entre la gente que conocía, y a sus ojos eso probaba muchas cosas. Y lo que estaba a punto de suceder que lo cambiaría todo en su relación de camaradería era que Pietro confesara a su compañero algunos de sus temores. -¿Estás durmiendo? -preguntó Pietro sin levantar el pie del acelerador. -No, cerré los ojos para descansar, pero no duermo.


-¿Tú crees en el amor? -la pregunta fue tan inesperada, que su compañero casi da un salto. -Pues, no sé. Nunca me lo había preguntado. Las cosas van sucediendo, y supongo que yo dejo que sucedan. La vida discurre como un r��o, y no hago nada por llevarle la contraria. ¿Por qué lo preguntas? -Verás, no estoy pasando por un buen momento, y puestos a pensar, creo que yo sí, yo creo en el amor, pero a mi manera. Quiero decir que creer en al amor es una cosa, pero en un tipo de amor que no requiere la presencia de la persona amada. Todo lo contrario de la creencia general, la que nos muestra que en caso de ausencia el amor muere. Los amores a distancia, los amores platónicos, los amores que continúan después de que una relación se rompe, ese tipo de amores son los que creo verdaderos. Visto desde cualquier ángulo, las posiciones de Pietro eran cambiantes, y lo justificaba con normalidad, como si siempre hubiese esperado que sucediera, y para terminar de asumirlo anunciaba sin rubor que era su familia al completo la que cambiaba. Pretendía cómplices de su conducta sin dejar de ver donde empezaba la siguiente curva, el cambio de dirección, y calcular si podría tomarla sin levantar el pie del acelerador. Intentaba adornar su fracaso, pero no conseguía la estética necesaria, nadie lo había conseguido nunca, aunque otros habían utilizado el fracaso como fuerza dramática para adornar otras historias, eso sí. Miró un momento a su amigo, allí estaba mirando al frente sin pestañear, escuchándolo con paciencia infinita, ya no dormitaba, ni dejaba volar su imaginación, ahora se ocupaba en darle vueltas a lo que acababa de oír -Hace tiempo que he notado que Galoria no es feliz, es cuestión de tiempo nuestra ruptura, y no hago nada por evitarlo. Creo que estoy esperando por el momento en que lo plantee para decirle que sí, que es lo mejor para todos. Y, ¿sabes qué?, a eso me refiero al considerarme un hombre que aprecia los amores fracasados. -¿Aún la quieres? -Sí, por supuesto -esta forma de ver las cosas no era muy corriente, y por eso intentaba ser precavido, escogía sus palabras y no sonaba con la fluidez de otras ocasiones. Se puso sus gafas negras y apoyó el codo en la ventanilla-, no se trata de perder el amor, pero la pasión si se pierde. Cuando me considero un hombre de amores extinguidos, en realidad creo que todo el mundo lo es, pero la mayoría de la gente se obstina en continuar juntos. -Es una forma de verlo. -Eso creo, el estado natural del amor es dejar que se extinga y continuar amando mucho tiempo después de que todo acabó, aún sin saber cuantos han ocupado tú lugar, y sin dejar por tu parte de relacionarte con otras mujeres. El desamor duele, es la expresión más acertada de que seguimos amando, pero la vida debe continuar. Podría aceptar que la vida me ha decepcionado, y convertirme en una persona triste, pero no termino de asumir que


así deban suceder las cosas. Este tipo de cosas es lo que me ha llevado hace mucho a olvidarme de sacar lo mejor de mí -lo que quedaba por contar lo iba a hacer parecer un desalmado, un hombre frío y sin compasión y eso lo inquietaba, pero ahora que se había lanzado, que había abierto un espacio de comunicación no podía detenerse. Buscaba que alguien lo absolviera, o al menos, que pusiera de su parte para intentar comprender-. Nunca pretendí ser un ángel, ni nada parecido. -Las cosas más extrañas también forman parte del proceder la gente -lo miró con extrañeza. No creía que Tancredo lo hubiese entendido. Intentaba ponerse en un plano inferior para hablar con él, pero no lo conseguía. En algún momento había creído que para que lo escucharan debía permitir que sus interlocutores se sintieran importantes, hasta superiores, y en las relaciones labores, en las visitas comerciales, resultaba bastante adecuado, pero no funcionaba con Tancredo. No menospreciaba a su mujer, deseaba dejarlo claro, podría coincidir con cualquiera en que era inteligente y muy bella, todo a lo que un hombre podía aspirar, pero las cosas hacía mucho que se habían torcido y no deseaba fracasar intentando enderezarlas. -¿Te acuerdas de Sara Shone? La chica de la gasolinera Shone. -Sí, me acuerdo. No debía tener más de dieciocho. -No pretendo presumir. No quiero que te equivoques en eso, me siento como si me estuviera confesando, a veces se necesita contar algunas cosas de las que no nos sentimos orgullosos. -Escucha Pietro, esto no nos lleva a ninguna parte, es mejor dejarlo y disfrutar del viaje; cuando hayas descansado lo verás de otra forma. -No, déjame, no es tan grave, en realidad te puede parecer una tontería. En una ocasión su padre me pidió que la bajara al pueblo, yo acababa de comprar este coche y me sentía muy orgulloso y satisfecho de mí mismo y por supuesto le dije que sí, que no había ningún problema. Hacía mucho tiempo que notaba que Sara me miraba, pero lo atribuía a un juego sin malicia. Cuando nos alejamos lo suficiente de la gasolinera me dijo que no se encontraba muy bien y me pidió que detuviera el auto, y así lo hice. Estaba pálida, parecía realmente enferma, se tomó algo que llevaba en el bolso y salió a tomar el aire. Lo único que hice fue interesarme por ella, como lo hubiese hecho cualquiera, pero quizás me acerqué demasiado, bajé todas las defensas y de pronto, estábamos besándonos. Eso fue todo lo que sucedió, no pasó de ahí, pero pudo complicarse mucho. No pasó de ahí, te lo aseguro. -¿Y que quieres que te diga, que no eres tan mal tipo como crees? Pues no sé, todos tenemos nuestros secretos, y es mejor no contar esas cosas. Sincerarse es como revolver en la basura, mejor olvidar. No pasa nada. Aquella escena en el arcén de una carretera comarcal con la chica de la gasolinera, le


había hecho pensar en su propia hija. Apenas la conocía, no sabía nada de ella, con quien iba, si tenía algún amigo especial y cuales eran sus planes. A continuación volvía a valorar que las cosas no iban bien con su mujer, que muy pronto todo podría cambiar, tendría que abandonarlas, alejarse para no complicar las cosas, y se le quitaban las ganas de hablar con ella. Posiblemente todo iba como se esperaba que fuera, sus notas, sus amigos, sus alegrías y decepciones. Nada iba a cambiar por preocuparse por personas que desde hacía ya algún tiempo lo miraban como un extraño. -Aquel día me sentí culpable. Sólo nos besamos, nos abrazamos y estuvimos un rato contándonos nuestras desgracias, pero sí, debí sentirme muy culpable. Cuando volví a casa, le compré a Galoria, una figura de porcelana. No debo tener sentido del gusto, porque la miró como si fuera la cosa más fea del mundo. Ahora, cada vez que veo esa figura sobre el sinfonier de la habitación, me acuerdo de Sara, y pienso que debe estar muy crecida, y que los chicos se deben volver locos por ella. Y procuro ir solo para la cama, cuando Galoria está ya dormida o antes de que ella lo haya hecho, por miedo a que me descubra con la mirada perdida, pensando en otra mujer, supongo. Miedo a que alguien que odia pueda adivinar lo que pienso. Creo que voy a necesitar un amigo cuando todo esto termine, y no lo digo gratuitamente. -No, claro. Y ya no volvieron a hablar del tema el resto del viaje.

6 La compensación La semejanza entre nuestra forma de actuar y nuestra forma de pensar, es mayor de lo que creemos. Todos estamos comunicados por la fuerza conveniente que nos lleva a hacer lo correcto aún en contra de nuestro parecer. Resulta notable que deseemos congraciarnos con personas que están tan lejos de nuestra visión del mundo, y todo porque sabemos que no hay necesidad de arrojar más contrariedades a las que ya se crean en nuestro conflicto interior, aceptamos y asumimos que podemos convivir con ellas, a pesar de nuestras diferencias, es suficiente con no evidenciar las diferencias. Galoria había llegado a la conclusión de que nada compensaba, y de que había actuado conforme a una forma de pensar equivocada durante toda su vida. Todo es asumible si creemos que nos compensará de algún modo, eso había creído sin remedio. Por otra parte al volver a casa cada día desde la oficina, después de haber soportado una dura tarea


durante horas, pensaba que sería indemnizada porque ella era la perjudicada y nadie más, su gesto se endurecía, apretaba los labios y se prometía que sus esperanzas algún día serían atendidas. Lejos de animarla a desistir de sus planes, cada hora que pasaba sin saber nada de su marido la llenaba de nuevas razones, que hacían más firmes las decisiones tomadas. Se ve en el espejo una y otra vez, se ha maquillado concienzudamente y se ha quitado el albornoz, toma la ropa que está sobre la cama y comienza el ritual de colocar cada prenda exactamente, ceñida, sin pliegues ni arrugas; se diría, vista a cierta distancia, que no lleva ropa interior, su cuerpo parece haber sido creado para moverse con toda libertad. Después de un momento, ya convencida de su perfección, se da media vuelta y sale hacia la cocina. Aún era por la tarde y le parecía ridículo andar por casa como si estuviera en una discoteca, además la magia de la composición lograda no duraría en pie dos o tres horas, lo sabía, pero necesitaba acostumbrarse a un personaje que tenía casi olvidado. Se dirigió directamente al fregadero, como si la hubiesen llamados los platos sucios, como si le hubiesen dado un grito que sonara como una orden; no puede culpar a nadie, mucho menos a su suegra, a la que ella misma le había pedido que se retirara de la cocina. Seguramente había empezado a sentir un nuevo peso, y no era cansancio lo que le provocaba, se trataba era desánimo a punto del desplome. Por lo que parecía las medidas que tomaba para evitar su depresión, aún no empezaban a dar resultados, y quizá nunca lo hicieran. Se puso los guantes de goma y lavó uno de aquellos platos, llorando sin hacer apenas ruido. Luego, empieza a sentir un calor insoportable, las sienes retumbando, la sangre golpeando, una tensión imposible de soportar y la crisis se produce. Es cariñosa, sabe ser tierna, sabe amar, ella no es como parece, y no lo puede aceptar, no se reconoce arrojando todos aquellos platos al suelo, rompiendo la loza que le habían regalado el día de su boda, la vajilla en mil pedazos por el suelo, y medio de semejante violenta escandalera, los gritos de rencor y de desahogo. -!Hijo de puta! !Hijo de puta! !Muérete, hijo de puta! Esa vajilla se la regaló Eluardo el padre de Pietro el día de su boda, al parecer era una vajilla muy buena que esperaba que se utilizara en las ocasiones especiales, seguramente nunca pensó que terminaría así, estrellada con rabia contra el suelo de la cocina. Después del esfuerzo realizado se quedó mirando los trozos esparcidos del mismo modo que vería una obra de arte, respirando aceleradamente mientras se apoyaba sobre la encimera. Elliette apareció sin prisa para ver lo que sucedía, apenas se asomó Galoria le pidió que fuera a buscar algo para recoger los trozos de loza, y así lo hizo, lo que de nuevo demostraba que aún en las situaciones más difíciles la autoridad de Galoria crecía y su influencia se descomponía. Resultaba necesaria la idea de que todo iba a cambiar y que a partir de entonces la casa se iba a gobernar con mano dura, y con ello sin pensarlo premeditadamente colocaría en una posición muy difícil a la anciana. Mientras intentaba recoger, Galoria la miraba y recapacitaba y necesitó decir algo que hacía años que callaba. Todo lo que se había reprimido buscaba ahora un nuevo espacio de libertad. -Elliette, su marido no era buena gente, y a usted nunca le hizo ningún bien. Al entrar en la cocina, Elliette comprendió que su mundo había dado una vuelta más y que en ese preciso instante podía alcanzar a comprenderlo en su extensión más clara, La


ruptura era inminente. Por una parte se sentía insegura de nuevo, pero por otra se alegraba de que las cosas sucedieran así, y cuando Galoria le pidió que recogiera la loza hecha añicos, comprendió que había ganado la partida, que era más fuerte que ella y que podría volver a sentarse en la cocina a oscuras, mirando como declinaban los atardeceres mientras cualquier otra cosa llegaría para derrumbarse a sus espaldas. -Me voy a mi habitación, necesito descansar un poco. -Es lo mejor, el descanso lo cura todo. No te preocupes, ya termino yo de ordenar un poco -Elliette no pretendía ser jocosa, nada más lejos de su imaginación, pero se alegraba de que Galoria empezara a sentir las tareas del hogar como una carga. Lo de suyo era la oficina, los papeles y las llamadas telefónicas, se notaba que le gustaba su trabajo, y volvería en cuanto le fuera posible. Lo que pasaría en el futuro era impredecible, tal vez tuviera que abandonar la casa y compartir con su hijo un pequeño piso en el centro de la ciudad, eso si no se reconciliaban, que en su mentalidad antigua era lo más conveniente para todos. Se hizo de noche, los temores empezaron de nuevo, Galoria seguía con la ropa puesta para salir esa noche, aunque la estaba arrugando al echarse a dormitar sobre su cama, y no parecía que al final se fuese a decidir a comenzar su aventura. A menos que bajara al mueble-bar se tomara un par de lingotazos, sintonizar una emisora musical y se pudiera a bailar, no parecía que estuviera de ánimo para salir de casa. Todavía estaba a tiempo, pero no se levantaba, apoyaba la cabeza sobre la almohada y se hacía la dormida. Elliette se asomó y se acercó para cubrirla con la bata intentando no molestarla, ella no se movió. Se podría llegar a la conclusión de que la mente de Elliette funcionaba por espasmos para así indicar que no siempre estaba dispuesta a escuchar, tenía sus propias preocupaciones, y estas tenían que ver con su edad avanzada y la necesidad de vivir con dignidad los pocos años que le quedaban; no creía razonable pensar que la longevidad llegara a ser una de sus mejores cualidades. No necesitaba difusión, sus pensamientos formaban parte de un estado interior de rebeldía e independencia, y morirse pronto podía resulta un fiel aliado en ese propósito de mantener la dignidad. Se trataba de una mente lúcida que se preocupaba por el bienestar de todos los miembros de la familia, pero que necesitaba sus momentos de soledad, y entonces, cuando se quedaba a oscuras, sentada en una silla, o arrimada a una ventana, se apagaba levemente, y volvía como un estado de embriaguez, de nostalgia demorada que no deseaba que nada cambiara, y era entonces cuando le molestaba la gente, cuando no quería ver a nadie, y cuando suspiraba porque nadie apareciera y la encontrara en ese estado. Era porque le preocupaba Ivy que después de pensar en ello fue a su habitación, hacía tanto que no entraba allí estando ella presente que apenas se acordaba. Se encontró la puerta cerrada, era lo normal; en realidad era lo habitual, porque a Elliette le resultaba extraño ese aislarse, y aún más por tratarse de su propia nieta. Ivy estaba de nuevo llorando, y eso entristeció a su abuela, que quiso saber lo que le sucedía y se acercó a ella preguntándole, dispuesta a no salir de la habitación hasta que se lo hubiese contado. Así se enteró de lo del chico que la llevó a ver la nieve, lo de que quería dejar de verlo, y lo de que había hecho nuevas amigas que todos decían que eran “ligeras”, pero que eso era porque la gente juzga a la ligera y no las conocían como ella. -Nada es fácil -comenzó Elliette-, no podemos pasar por la vida sin dolor, sin


contradicciones, sin sentirnos cuestionados alguna vez, y sin asumir algunas contrapartidas. Cuando tu abuelo murió, no me gustó que todos dijeran que había sido un hombre violento, y sí, lo fue, y más cuando notó que empezaba a perder las fuerzas, pero acepté toda la vida que me tratara con agresividad porque pasaban los años y el resto no era tan mal. Se trataba de la contrapartida y yo la acepté. Hombres de carácter pero dispuestos a mantenerlo todo dentro de unos márgenes. Tal vez ese chico tenga algo bueno. -Creo que no -respondió Ivy sonándose y frotándose la nariz con un pañuelo. -Pues a lo mejor tienes razón en pensar así. Tu madre lo dice mucho. -¿Qué dice? -Pues ella siempre anda murmurando que nada compensa, y se lo dice a su amiga, y lo dijo el día que dejó la oficina. “Nada compensa” dice como si se tratara de una filosofía o una creencia religiosa. -No busco compensaciones, me parece falso y egoísta buscar algo a cambio de todo. Todavía iban quedando respuestas que no se trataban de flecos o de consignas familiares, Elliette reconocía en la voz de Ivy la sabiduría de sus ancestros. Mientras volvía a su habitación se decía que su nieta tenía los motivos propios de su edad para estar triste, pero que se le pasaría. El problema familiar iba por otro lado, y tenía que ver con la forma en que se habían entendido las cosas, el concepto de éxito que era imposible y los llevaba de cabeza al fracaso; nunca se terminaba. También ellos había sucumbido al derroche, y nada satisfacía a aquella familia que estaba a punto de romperse. Ese chico con el que salía Ivy, era demasiado mayor para ella, pero las mujeres son adultas antes de lo que sus padres creen, y no temía por lo que pudiera pasar, sabría como manejar la situación, sin duda. El fracaso y su sustancia, de eso va la vida, irremediablemente, lo vio llegar mucho antes de la muerte de su marido. La existencia, por momentos sórdida se manifestaba a favor de la renuncia; nuestro esfuerzo nunca termina por compensar. Se sentiría sobrepasada por la personalidad de Galoria si no fuera su nuera, a casi todo el mundo que conocía le causaba ese efecto, si les preguntabas a sus compañeros de trabajo -al menos los que lo habían sido hasta aquella tarde-, todos resaltarían ese rasgo de su personalidad, se trataba de una mujer fuerte, casi indestructible. Pero después de haberla visto derrumbarse aquella tarde, vestida para una fiesta, derrotada sobre la cama, somnolienta y deprimida, a nadie se lo hubiera parecido. Es muy duro sentir como todos los sueños se van perdiendo uno detrás de otro, al mismo tiempo que perdemos los márgenes, que nos hacemos viejos y que entendemos que no habrá una segunda oportunidad. Deberíamos interpretar que lo que sucedió a continuación, después de caer la noche, mientras en las casas de los vecinos cenaban o se preparaban para acostarse, fue un acto de locura pasajera, enajenación transitoria, algo difícil de entender que nadie haría después de haber sopesado todas las consecuencias que acarrea, pero que en el momento en que se realiza, como en el caso de la demencia, no conlleva responsabilidad alguna por quien la ejecuta. No podemos decir que Galoria estuviera para que la encerraran, como


vulgarmente piensan sus vecinos desde entonces, pero su acto carecía de la lógica de la cordura, y es por eso que debemos suponer que se trató de un arrebato irracional que tan sólo podemos entender diciendo que, sí, efectivamente, tuvo que ser locura pasajera. Con toda seguridad nadie esperaba que reaccionara así, pero haber pasado la noche en vela, abandonada por su marido, sin saber nada de él, rechazándose a sí misma, incapaz de tomar las riendas riendas de su casa, cambiando su situación laboral y diciéndole a sus amistades que se iba a buscar un amante (el fantasma con forma de príncipe azul para el que se había comprado un vestido nuevo), era una cadena de acontecimientos que necesariamente tenía que desembocar en una gran catástrofe. La tristeza lo puede llevar a uno a la locura, coger por sorpresa a todos y finalmente llevarte a cometer actos que nunca esperarías de ti. Un cansancio difícil de interpretar se había apoderado de Galoria, la pérdida de fuerza la hizo caer en el pasillo, cuando ya había plantado fuego a las cortinas de su habitación, y en ese estado de consunción sin más ayuda que un mechero se dedicó a encender todas aquellas cosas que eran sensibles de empezar un gran fuego, ni siquiera los gritos de su hija la hicieron renunciar, y seguía intentando poner fuego en todo mientras Ivy tiraba de ella. Quizás la muchacha debería haber pensado en su abuela primero, pero ni ella ni su madre lo hicieron, y cuando el humo entraba por debajo de la puerta de su habitación, ya se había creado un muro de fuego en el corredor, de manera que nunca conseguiría salir de allí. El paso de los años nos hace perder el sentido del romanticismo, que debe ser tanto como observar que perdemos la fuerza de la juventud, y en ese momento algo debería hacernos parar y recapacitar, pero no es así, pretendemos seguir hacia delante en una carrera ya sin objeto. La noche le ofrecía un espectáculo poco corriente, Pietro lo sabía porque conducía con frecuencia a esas horas de noche cerrada, y nunca había visto levantarse en la distancia un resplandor parecido, acompañando una gran columna de humo grisáceo. Había rezagado la vuelta casa todo lo posible después de dejar a Tancredo en la puerta de edificio de apartamentos en el que vivía, no quería regresar demasiado pronto, prefería encontrar a las tres mujeres dormidas y que ninguna de ellas pudiera preguntarle cómo había ido todo, aunque nunca lo hacían. A partir del siguiente semáforo empezó a tener el peor de los presentimientos, aceleró y ya no paró hasta llegar a su casa. Los bomberos intentaban sofocar las llamas, pero aún eran de una altura considerable. Ya no era decadencia, había pasado del drama a la tragedia sin transición, y con los hombros caídos y la boca abierta, no daba crédito a lo que veían sus ojos. El estólido vecino con el que apenas había cruzado cuatro palabras en los últimos cinco años, se asomaba furtivo a su ventana, y se recogió en cuanto lo vio llegar para no ofrecerle ningún tipo de ayuda, tal era su relación. A unos pasos de él su mujer y su hija se abrazaban y no dejaban de llorar, una con ropa de fiesta, la otra en pijama. Cuando se acercó fue rechazado y le dieron la espalda. Volvió a intentar hablar con ellas y preguntó por su madre, “Está muerta” repondió Galoria, y volvieron a darle la espalda. Le resultaba inconcebible estar tan solo, y hasta los bomberos le pidieron que se apartara y les dejara trabajar, así que volvió a su auto, abrió la puerta y se sentó en él como si fuera el último refugio que le quedaba en el mundo.



El Final De La Distancia