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En El Alcance Del Consuelo

1

Abrazar Los Vientos Salvajes El perdón no está al alcance de todo el mundo. Se sentó mirando hacia arriba, al tragaluz que los iluminaba por encima de sus cabezas y que allí, sentado a los pies de su cama, parecía quedar tan cerca como un rayo de inspiración, un alumbramiento divino dispuesto a calmarlo, y eso a pesar de su tortura interior y de su manifiesto ateísmo. Desde la pared de enfrente, apoyado con desgana, Tony, su compañero se limpiaba las uñas. Ya llevaban tres días juntos, en la misma celda desde que trasladaran a Trevor y arribara Paumé custodiado por un guardia poco hablador. Había llegado posiblemente el momento de hacerle la gran pregunta, “¿por qué estas aquí?” No lo consolaba haberse declarado culpable, sino que, al contrario, cada vez que recordaba su sincera confesión, renacía en él un rencor desmedido, una furia sólo equiparable a su anhelo de venganza. Hay actitudes, también en prisión, que rescatan un abolengo al que tan sólo unos pocos parecen tener derecho, y Toni lo tenía. Claro que nadie es tan valiente como para dedicarse a brillar como una burbuja irisada de jabón barato, o como una luna llena fosforescente en una desgraciada noche eterna y privada de libertad. Las figuras del encierro se evaden, intentan pasar desapercibidas, evitan el enfrentamiento carcelario o terminan por desaparecer. A pesar de todo, Tony no podía evitar que se notara que jamás le había sido negado vicio alguno, que jamás había sentido el lacerante dolor de los que hacen el amor a medias, o de los que son privados de algún bien esencial para la supervivencia y que hasta en su crimen se había recreado para llevarlo a cabo dentro del orden de la más exquisita desenvoltura burguesa. -¿Qué se dice por ahí? -preguntó Paumé -Por ahí se dice que mataste a la hermana de tu amante.


-¿Pues que más quieres saber? Las posibilidades de que un rumor no se convierta en curiosa fuente de conocimiento, son muy limitadas en lugares tan cerrados, la estructura de las certezas es tan sólida que pasan los años sin que apenas se puedan mover las bondades y perjuicios de la imagen que cada uno se crea; no hay contraindicaciones y si nada resulta como esperabas, puede que así sea para siempre. -¿Y tú? -añadió a su corta respuesta. -Sí, lo mismo, a los asesinos nos ponen en la misma celda, debe ser para que durmamos con un ojo abierto. Estoy por algo parecido, algo familiar en mi caso. Por matar a mi suegro. Pero nunca lo reconocí, no por que no lo hiciera, pero me colgaron el muerto como podría haberle sucedido a cualquiera. No había nadie más cerca, supongo. Todas las hipótesis descansan entre certezas que le dan forma, pero a veces son tan sutiles, tan pocas, tan débiles, que no parecen certezas, ni siquiera indicios. No hay verdades únicas, ellos lo saben mejor que nadie, construyen historias infinitas, las almacenan en departamentos independientes, a veces las relacionan y las hacen encajar, a veces se agarran a repetirlas una y otra vez hasta que se convencen de realidades imaginadas, explicaciones de corto recorrido, que vuelven una y otra vez a levantar el rumor inicial como fuente que debe dar a sus compañeros una idea de con quien se la están jugando. Algunos se conocen de antes, otros por referencias y a algunos basta con mirarlos a la cara para saber que nunca podrán contar con ellos, ni siquiera podrán establecer una conversación más o menos racional, sobre algún tema del todo intrascendente. Sobre la conformación de ideas enlatadas, casi tan enlatadas como ellos mismos, todo es válido, se dan diferentes interpretaciones a sus respuestas, pero no es fácil llegar a hacer juicios de valor, a menos que se trate de delitos monstruosos -a nadie le gusta tratar con monstruos, tampoco en la cárcel-, y entonces, como si se tratara de poner límites a la honradez del asesino circunstancial, los monstruos en ocasiones son aislados en interés de su propia supervivencia. No todo vale, ni entre asesinos, porque los motivos para matar, también pueden ser subjetivos o no. Entre estas afirmaciones de clasificación, de asesinato moral, o si se quiere justificado por razones que nadie entiende, o el asesinato accidental, o impulsivo y por lo tanto emocionalmente sin control, o un asesinato que no entraba en el plan pero que sucede colateralmente, o el asesinato por dinero, o fríamente planeado por venganza, o por cuestión de raza, de sexo o de religión, o por motivaciones políticas, o por tantas otras cosas que responden a unos que creen que imparten justicia y otros que lo hacen por egoísmo, sólo aquellos que eran considerados monstruos porque mataban por vicio o por cobardía, eran rechazados por el grupo. Siempre hay algo que excusa la conciencia, por ejemplo, se produce un asalto a un banco, en el peor momento entra un policía y saca su arma, el ladrón dispara y lo mata, nunca su conciencia lo perseguirá por eso, porque para un hombre


que planea un atraco a un banco, una muerte así sólo se trata de un accidente como tantos otros que suceden cada día. Para ellos es como ir con un auto perfectamente sereno y a una velocidad prudente, y que de pronto se te cruce un anciano y del golpe muere al instante, algo si, sin sentimiento de culpa razonable.. Por fortuna ninguno de los dos respondía a los perfiles del monstruo. Es posible haber matado para cometer un acto delictivo y seguir manteniendo una dignidad muy alta, la del hombre que nunca traiciona a sus amigos, o la del justiciero dispuesto a arriesgar su vida por su familia, y por supuesto la de que aquel que jamas aceptará ser comparado con los viciosos o los cobardes. Es posible pues haber matado a un hombre, incluso a más de dos o de tres hombres, y crearse una idea del mundo a la medida de uno, en la que el asesino, con las limitaciones necesarias, al fin haya tenido mala suerte en la vida (el crea que ha tenido mala suerte en la vida), pero se considere más normal que la mayoría de otros personajes a los que sí ve como cobardes, o pequeños delincuentes que no arriesgan por mediocridad, pobres hombres a los que conoce en la calle. Rebuscar una sensación amable en la visión de su celda no era tarea fácil, se había recostado sobre su catre, ligeramente apoyado en la pared, y aún así, en la postura más cómoda que allí dentro se pudiera imaginar no conseguía sacar a flote esa imagen tan deseada. El colchón de la litera superior parecía acribillado por las polillas, o quizás no, recapacitaba, quizás se había tratado de las uñas de algún interno nervioso. Podía asomarse de nuevo, como quien no quería la cosa, distraídamente para volver a ver el tragaluz que ya no representaba más que las últimas sombras de la tarde que suponía en el patio. Estaba como retorcido, enroscado, buscando la misma retorcida visión emergente, como si se tratara de un director de cine, en busca de un plano desconocido, de picados inversos o encuadres tan complicados como experimentales y modernos. No aceptaría emocionarse con la sensación tan pobre de que el cautiverio no deja espacio más que para la anodina, repetida y cerrada imagen de cuatro paredes amargas, sin misterios, sin incomprensibles reacciones sobre las que poder indagar en un mundo que se abre, se escapa y se disuelve en resultados nada concretos. ¿Cómo desviarse del bendito tragaluz que los ilumina desde mediodía hasta las tarde, o de la pared recién pintada que cada vez que abre los ojos, después de un repentino sueño, se manifiesta como una realidad incomprensible, o de la voz monótona de su compañero de litera, o de la misma baldosa rota que lo interroga cuando mira al suelo? Imposible escapar, no ya de la cárcel; imposible escapar de esa sensación de que el tiempo se mueve, pero sólo en libertad. -¿Tienes familia? -preguntó Tony Un ciencia moral impide a los reclusos a hacer este tipo de preguntas hasta que se conocen lo suficiente, o que pasen mucho tiempo juntos y congenien, lo que suele suceder cuando comparten celda. Intentan burlar el sinsentido del fracaso, aunque no todos lo asumen en la misma medida. Este interés por lo personal era cuestión delicada porque el fracaso podía doler hasta ese extremo, hasta la defensa del ser encerrado en sí mismo y en la mayoría de los casos, en aquel lugar concreto, con respuestas desafiantes que podían terminar en violencia. No insistir suele ser la mejor


opción en los términos de aquellos que no desean dejarse intervenir, por así decirlo. El rechazo de los juicios ajenos es también algo a tener muy en cuenta si no se quiere molestar a aquellos con los que la convivencia es hecho permanente e inevitable. -Sí, claro. Nadie me rechaza por lo sucedido. Mi familia sigue ahí, “al pie del cañón.” -Tienes suerte -añadió Tony como un lamento. -¿Tú no tienes a nadie? -No, a nadie carnal. La familia política nunca me aceptó...-dudó un momento-, y menos ahora -y no quiso seguir hablando y le dio la espalda a Paumé. El efecto en sí mismo de estar encerrado nos presenta la consecuencia de los vencidos y es continuación de derrota. Allí donde no existe la posibilidad de darle la vuelta a un destino marcado las paredes inmovilizan el cuerpo, y aunque algunos lo nieguen, en mayor o menos medida la mente humana se reduce también. Nada en la mente es inmune a la derrota por muy positivos que nos quieran hacer ver que podemos ser. La escena de las barras en las ventanas y en las puertas nos sobrepasa, y la tristeza de la falta de aire muerde la carne, muerde sin modulación inteligente, muerde salvaje en los que no han sido capacitados ni para el perdón, ni para la piedad. Para el amanecer la luz del día se comunicaba con ellos como una señal abstracta, que hubiesen interpretado si hubiesen creído que el sol tenía un alma que apreciar, atender y escuchar. La misma solución que los postergaba en su conversación la caída irremediable de la noche. Iba a ser verdad que lo que podía recordar de aquella noche, era su ojo hurgando cualquier sombra, el frote una sábana ajena mientras otro cuerpo cambiaba de posición y al final, su propia vuelta dándole la espalda a cualquier desconfianza, vencido por el sueño aunque sin terminar de dormir del todo. Tony estaba levantado, hacía ejercicios deportivos, estiraba sus músculos como si eso le proporcionara un gran placer. -Has despertado pronto. Suele pasar, se despierta con la luz del día, pero aquí la vida comienza un poco más tarde. La vida... debemos llamarle así, ¿no crees? -Tony seguía ejercitándose mientras hablaba. Claude Paumé arrojó los pies fuera de la litera y se sentó a la mitad de la cama. Permaneció sentado con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas; parecía estar decidiendo si seguía soñando o realmente empezaba un nuevo día- Has tenido un sueño inquieto, has dado muchas vueltas. -Sí, he dado muchas vueltas. Debo acostumbrarme a cada nuevo lugar y situación. Siempre ha sido así.


2 Nadie Apaga Un Resplandor Siempre que la memoria se presenta en cómputo repentino, como filo de cuchillo resplandeciente, nos sacudimos, hacemos movimientos inesperados, buscamos interrumpir la sorpresa acuciante que no respeta nuestro sosiego y casi nunca lo conseguimos. La memoria lo acosaba de nuevo, y no le apetecía nada contar como había sucedido, ni a Tony ni a nadie, pero no podía evitar pensar una y otra vez en como había sucedido. Había sucedido un cielo gris de lluvia que nadie esperaba hacía unos años, un cielo pesado a punto de aplastarlos o “calarlos” hasta los huesos, un cielo que asustaba. Hay caras que resultan conocidas a fuerza de cruzarse con ellas, gente de barrio de la que se tienen referencias dispuestas a pasar a nuestro lado un día y otro con representada altivez. Ariana ya pasaba de una edad, pero se empeñaba en apretarse en pantalones pitillo y tops que realzaran sus tetas pequeñas. Podía recordarla grandota, con el cardado amarillo haciendo equilibrios sobre su cabeza mientras intentaba portar sin demasiado éxito las bolsas del supermercado; ya le había pasado otras veces. Mientras ella se agachaba para levantarlas, Paumé sentado en una barandilla, dejando pasar las horas sin demasiadas alegrías, le miraba el trasero que prometía reventar las costuras del pantalón en cualquier momento. Por un momento creyó que exageraba, que aquel espectáculo tenía algo de artificial, así que cuando le pidió que la ayudara, comprendió que había notado con agrado que el estaba mirándola y se había dedicado a recrearse en aquella postura tan forzada como cercana a los ojos del muchacho. Ariana vivía con una hermana, las dos solas y llevaban una vida apacible, aunque algunos fines de semana fueran a la discoteca local a echarse un baile, y Ariana hubiese tenido uno o dos novios tan cerca de los sesenta como ella estaba. Ya llegando al portal de un edificio viejo de ladrillo sucio y portero automático destartalado, le pidió que corriera porque empezaba a chispear y él obedeció. Subieron en el ascensor en silencio y una vez dentro del piso ella le pidió y que dejara las bolsas sobre la mesa de la cocina y que cogiera una Coca Cola de la nevera, porque estaba incómoda y se iba a poner algo más casero y cómodo. A veces, el aire es polvo que va hurgando en los despojos, el lugar al que creemos


llegar antes de apagarnos definitivamente y convertirnos en carne en descomposición; en eso nos convertimos. Lamentablemente ni los espíritus amantes, ni siquiera la almas gemelas, se rozan de manera que puedan saber qué hace el otro cuando no está presente, lo que piensa y lo que siente, y si sufre, desconoce el alcance de su dolor. -¿Has estado alguna vez con una mujer madura? No una prostituta, ¿una mujer que te haya amado y haya deseado poseerte con todo la intensidad de la que fuera capaz? -preguntó Paumé. -No, nunca. Tampoco creo que ellas se hayan fijado en mí -respondió haciendo una broma y exhibiendo una ligera carcajada. -Yo aún soy bastante joven, pero soy capaz de apreciar esa diferencia. Ariana me sedujo sin esfuerzo, exponiendo ante mi un mundo dulce al que ningún hombre renunciaría sin un motivo grave en contra -tal vez Tony pensaba que se justificaba. -¿Ariana? -Sí, Ariana, pero podía haberse llamado de cualquier otra forma, o haberse tratado de otra mujer, es la amabilidad con que ellas te tratan lo que tiene la fuerza de calmar al hombre joven. -La seducción de la mujer madura, buen tema. Son pacientes y compresivas, eso sí lo sé. Pero sigue, es interesante. -De forma general, las mujeres cuanto más jóvenes más difíciles de tratar. -Es tu punto de vista. Y es un punto de vista muy particular, no lo comparto pero sigue. -Una vez tuve una novia joven, de hecho, éramos los dos muy jóvenes. Ella era capaz de realizar los esfuerzos y sacrificios más increíbles, y lo que era peor, proponer que lo hacía por mí, por nosotros, por nuestra relación. -¿Y eso te molestaba? -Me exigía una respuesta comparable. Debía ser capaz de realizar un esfuerzo semejante y si no lo hacía, se sentía decepcionada. Fue agotador. -Curioso. -No, las mujeres jóvenes no son para mí. Si algún día salgo de aquí, mi límite está en aquellas que hayan pasado de los cuarenta. La mitad de una vida.


-Pues ahora que lo dices... -Las jóvenes son caprichosas, me agotan. -¿La mujer que mataste era tan joven? -Yo no la maté, me lo colgaron. No, era mayor, pero no era mi pareja la mujer que murió. Se trató de su hermana. -Así que te van mayores... -una sonrisa maliciosa asomó en la cara de Tony, como si hubiese descubierto un secreto irrenunciable de su compañero de celda, un descubrimiento vergonzoso que ahora estaba en su poder y que nada que dijera a partir de ese momento podría cambiar. Muchas cosas que nos suceden no terminan de formar una idea en nosotros de como nos afectan, tal vez por que no son cosas muy repetidas. Debe ser eso, que no nos hacemos una idea clara de lo que pintan en nuestras vidas porque suceden ocasionalmente. La seducción, a menos que uno sea un maestro del arte del amor, o un profesional, es una de estas cosas; la mayoría de la gente se ve afectada por la seducción unas cuantas veces en su vida, pero terminan por dejarlo pasar, como si desearan que no les confunda más. No es fácil hablar de este tema para un profano, un bloqueo nos impide poner toda la “carne al fuego” cuando este tema surge, es posible porque un cierto pudor nos protege de exponer si sabemos, mucho, poco o nada al respecto, o lo que sería aún mucho más vergonzoso que nos consideraran unos completos ignorantes en lo que a seducir se refiere. Nos construimos de lo que vivimos, específicamente formados de todo lo que rechazamos y no siempre los más seductores son los que tienen más que ofrecer -interiormente digo-. Es más, yo diría, por los grandes seductores que he conocido, que se suele tratar de lo contrario, gentes que sustituyen cualquier otra cosa con su encanto. Esas cosas a las que me refiero `pueden ser, mundo interior, fortuna, carácter, estima personal, cultura, juventud... Ariana tenía algunas de esas cosas, y se apoyaba en ella para sustituir su carencia más importante y la que más la atenazaba, no poder seguir siendo siempre joven. Aunque Paumé no hubiese tenido intenciones preconcebidas más allá de portar las bolsas de la compra hasta la casa de Ariana, y aunque todo su mérito residía en la servicial sumisa asistencia con la que buscaba ayudar y agradar sin segundas complicadas intenciones, lo cierto es que se puso a sí mismo en situación de ser tratado con todas las comodidades. Así empezó todo, y en aquel salón, mientras esperaba que ella se cambiara (se pusiera cómoda), descubrió que todas las cosas que le rodeaban le agradaban, la luz tenue que las cortinas dejaban pasar con dulzura estudiada, los recuerdos de viajes sobre las estanterías más limpias que había visto en su vida, la mesa de cristal reflejando su imagen desdibujada, los ruidos apenas percibidos que Ariana hacía al mover frascos de colonias y cremas, la ausencia de prisa, y sobre todo la fragancia de un ramo de flores que ella había puesto en un jarrón con agua nada más llegar, y que al sentarse en el sillón, Paumé tenía justo


enfrente de sus ojos. Ofrecer la sensible reacción que su piel ofrecía a semejante espectáculo, tan femenino y delicado, exigía de él un alma dispuesta a reaccionar delante de este tipo de cosas, y tan profundamente le afecto, que se quedó sin habla de forma pasajera. Así que cuando Ariane le pregunto desde el baño, si estaba cómodo tardó en responder, y sólo después de carraspear varias veces, de tragar saliva y de contener las lágrimas frotándose los ojos, pudo responder que sí, que todo iba bien. Resulta embarazoso hablar de la forma en que una mujer en su plenitud, llena de amor y ardor sexual, dispuesta a todo, es capaz de seducir a un joven. Estableceríamos bases erróneas para cualquier análisis, si no aventuramos en esta mujer, ilusiones posteriores, esperanzas irrenunciable y sueños propios de una joven que fue y que se ha repetido una y otra vez incansablemente a lo largo de toda su vida. Se puso a su altura desde el principio y fue delicada y sensible con él, se tomó su tiempo y lo incitó a llevar la iniciativa, todo muy conveniente y de una dulzura que intentaba no llegar a ser empalagosa. Yo siempre creí que una mujer madura debería dar rienda suelta a todos sus deseos pero con hombres de su edad, eso lo hace todo más equilibrado, pero algunas, como en el caso que nos ocupa se empeñan en satisfacer sus entrañas con hombres veinte años menor que ellas, y eso obviamente lo complica todo. Aquello que se nos ofrece como placentero no siempre es lo que habíamos deseado para nosotros. Pero existe una forma de ver la seducción de la mujer mayor -una forma de verlo que se produce en el momento álgido de la relación y en el que se puede estar influido por todo su encantamiento-, en la que subyace la incapacidad de tomar decisiones cuando nuestra vida se vuelve cómoda y placentera. Cualquier decisión en contra de una relación se va a ver pospuesta porque ella es capaz de darlo todo a cambio de nada, o al menos de nada más allá de la sumisión y un poco de cariño, para variar. Así pues, todo este tipo de cosas influyeron en la decisión de Paumé de llegar una mañana con todas sus cosas e instalarse en la casa con las dos hermanas, y compartir la cama y el armario de Ariana. La condescendencia, la amabilidad, la atmósfera, la entrega, lo fácil que resultaba, todo influyó en su decisión, si bien hubo algo que terminó de inclinar la balanza decisivamente en favor de Ariana, y eso fue que en ocasiones le daba dinero para que él se lo gastara en el bar con los amigotes.


3 Hagamos Cualquier Cosa Por Sórdida Que Sea En La Cortina De La Noche Para poder estar alerta, despierto y preparado ante los fantasmas de la mente, es necesario aceptar primero que hemos cometidos algunos errores irreparables, el resultado de circunstancias nunca del todo controladas que han dejado una huella de arrepentimiento en el inconsciente. Quizá no se trata del todo de arrepentimiento, porque el arrepentimiento sucede en el momento posterior del error, cuando la herida aún está abierta, por así decirlo. Es otra cosa que supera los márgenes del tiempo, lo que nos devuelve años después nuestros primeros errores y eso sucede unicamente si superamos otras pruebas que la vida va a poner en nuestro camino, si sobrevivimos y si además conseguimos enderezar nuestra conducta hasta el punto de encontrar una moral, de volvernos morales, nosotros mismos. Tony le dio la espalda durante, al menos, un hora, después se echó en su litera y se quedó en silencio. No abrió la boca, no lo miró, no demostró el más mínimo interés por saber si estaba dormido o si aún seguía con vida. Así comenzó a interesarse por lo que su compañero de celda pudiera tener en mente; hasta ese momento no le había preocupado ni lo más mínimo. Habían pasado el día en una rutina voraz, higiene, un poco de trabajo, comer, un poco de patio, otro poco de trabajo, sala de tv y de vuelta para la celda, una vida en la que tenían todo a su alcance en unos metros, sin pensar más. Era a esa hora, cuando empezaba a caer el sol, y poco antes de dejarse envolver por el sueño, que tenían tiempo para charlar, pero ese día no parecía que Tony tuviera el ánimo como para tanto. ¿Qué ha sucedido? Se decía Paumé, que hasta ese momento también le había dado la espalda, “¿habré dicho algo que le ha molestado?” Y así empezaba a descubrir que le importaba si Tony estaba de mal humor, que le afectaba porque ya se consideraba su amigo y que debía hacer algo. Lo miraba desde su catre pero no conseguía pronunciar una palabra, se puso el brazo sobre la frente, lo que terminaba por ser un gesto de resignación. Desde siempre se recordaba incapaz de solucionar pequeños conflictos cotidianos, malentendidos con aquellos con los que había convivido, o enfados que duraban sin que nadie se atreviera a sacarlos a la superficie, y mucho menos él. En cierto modo, convivir con estas pequeñas incomodidades termina por convertirse en costumbre, así que tampoco se le pude dar mayor importancia. Podía pasarse todo lo que quedaba de tarde y toda la noche intentando descubrir qué era aquello que mantenía a Tony en aquel estado de ausencia resentida, pero no conseguiría averiguarlo. Tras estar un rato observándolo


-buscando una reacción, pues sin duda Tony tenía que haber sentido sus ojos en busca de una respuesta-, decidió que ya había tenido suficiente de eso por eso día y se echó a dormir mucho antes de lo habitual. Tuvo un sueño tranquilo, cada tanto se giraba y cambiaba de posición, pero en ningún momento estuvo tan despierto como para interesarse por si Tony había cambiado de posición, si dormía, o si seguía apoyado en su cama dándole la espalda. El cosmos tiene una realidad para cada uno de nosotros, nadie escapa a su influencia, y en ocasiones nos encontramos mal sin entender muy bien por qué. Al principio, la actitud de Tony le molestó, pero después de dormir un rato, de nuevo despierto a media noche, por alguna razón que ignoraba comprendió que debía respetarlo. Por extraño que le pareciera, no tenía derecho a enfadarse por eso, !es tan difícil estar sólo en una cárcel y poder tenerse a uno mismo con los propios recuerdos! Existe una imposición de cuerpos, voces y hasta de ideas, y no es extraño que en ocasiones algunos sientan la necesidad de huir, aunque la huida no se produce. Los hombres, como las mujeres, también somos de emociones inesperadas, nos llegan las ganas de llorar sin previo aviso, un día nos levantamos con una tripa torcida y ya nada va a impedir que al final del día necesitemos ese desahogo, va a dar igual en donde nos encontremos o que la compañía sea la mejor que pudiéramos soñar, aunque supongo que algo ayuda. No sé si Tony tenía ganas de llorar, ni Paumé lo supo, se limitó a no enfadarse y aceptar la situación. En cualquier parte donde los hombres respiran hay una lucha interior concertada por la supervivencia, da igual que todo parezca ir como la seda, el tiempo no lo va a respetar, aunque se puede aplazar el deterioro. La cárcel en este país occidental y avanzado no va mal para eso, si tienes salud, también te la conserva, el estado te ayuda poniendo los medios para que goces de tu estancia, es la alternativa al dolor y al sufrimiento, la alternativa a la rigidez condescendiente de las puertas de hierro y los guardias. Educación para la reinserción es lo que sucede cuando el alma se comprime ante la convicción de los muros. El suegro de Tony tenía una edad muy avanzada, apenas articulaba palabra, las ideas se confundían en su mente y necesitaba ayuda para las acciones más simples de su vida diaria, como comer, vestirse o desplazarse desde su habitación al salón, donde pasaba la mayor parte del día. Tony lo recordaba con afecto a pesar de que había sido el causante de que estuviera entre rejas. En cualquier sentido resultaba difícil de imaginar que él pudiese haber llegado a estar “harto de su vida” tal y como dijeron algunos. Y nadie parecía dispuesto a profundizar en esa apreciación, pero todos la compartieron en un momento que a unos los hizo quejarse y a otros callar, como si el aire se dispusiera a dejarse embarullar y la confusión fuera un enorme sinsentido de voces anónimas, frases inacabadas, gritos inconexos y suposiciones muy atrevidas. Un aire conjeturas torvas, articuladas para el escarnio y abusando de un rigor aparente. El peluquero lo visitaba con cierta frecuencia y le dejaba el pelo muy corto, como si se tratara de un oficial de infantería retirado, tal y como lo había visto en las películas que ponían por la Tv que eran su modelo y su principal entretenimiento. Tony se le acercaba sigiloso y jugaba a despeinarlo, siempre lo pillaba desprevenido y el viejo, a pesar de su senilidad, reía y agradecía la broma. La mujer de Tony, Arancha, pasaba


mucho tiempo fuera de casa por su trabajo, y cuando llegaba estaba tan cansada que se daba una ducha y se metía en la cama, apenas tenía tiempo para charlar un rato mientras se ponía el pijama. ¿Quién conoce a una persona del todo? Nadie, es imposible saber lo que puede llegar a albergar una desviación de la mente como tantas que se producen. En cualquier sentido, hasta en el más tóxico que podamos concebir, la mente ajena nos va a superar por lo que tiene de desconocido. Sin duda se trata de repasar algunos de los crímenes más crueles de la historia para saber que es así. Un día, volvió a casa corriendo después de salir a comprar tabaco y lo encontró muerto sobre la mesa de la cocina, un charco de sangre flotaba a punto de convertirse en membrana. Lo dejó solo apenas diez minutos, el tiempo de salir al bar de la esquina y volver corriendo. Tal vez se tomó una cerveza en el tiempo que el tabaco salía de la máquina, no tardó más en bebérsela, pero fueron alrededor de diez minutos, no podía decir que hubiesen sido más. La policía corroboró que había sido así, que había bajado al bar y que había comprado tabaco y tomado una cerveza, aunque no sabían si eso había sucedido antes o después de haberlo matado. Nadie le creyó, Arancha la que menos, y esa fue la desconfianza que más le dolió. Era, en cierto modo, el resultado de los últimos años de infelicidad, no podía tratarse de algo nuevo. Cuando alguien desconfía de ti de una forma tan definitiva, tiene que tener motivos anteriores muy fuertes para hacerlo. Otra cosa que le cabía pensar era que se trataba de un resentimiento por los años de desgracia, como si se tratara de una venganza, pero si era así, él tampoco había sido tan consciente de su sufrimiento. Qué ella desconfiara de él hasta el punto de creerlo capaz de matar al viejo fue determinante para todos. Todas las interpretaciones que alguien pudiera hacer conducían indefectiblemente hasta él y su mal humor, y según todos, tenía mucho que ganar con su desaparición, cobrar una herencia y pasar a llevar una vida mucho más placentera. Incluso hubo un vecino, un perfecto desconocido, que expresó abiertamente delante de la policía que era posible que Tony creyera que podía salvar su matrimonio si hacía desaparecer aquello que lo convertía en una pesada y deprimente carga, el anciano. Después de una noche intranquila y rara, Tony se levantó de mejor humor, parecía haber hecho acopio de positivismo durante el sueño y no se acordaba de nada de su distante actitud la tarde anterior, es posible que todo le resultara muy cómodo así, pero para Paumé significaba una forma de desconcierto, porque si alguien tenía problemas con él hasta el punto de darle la espalda, le gustaría que se lo aclararan. Ese sentimiento de enojo, de nuevo se difuminaba cuando se enfrentaba a la realidad carcelaria y la necesidad de hacer rodar las cosas del mejor modo posible, así que echar “pelillos a la mar” era práctica habitual. Estos ataques de indiferencia o, si se quiere, de ausencia mental, sucedieron otras veces, y se trataba de una evasión, que Paumé intentaba comprender, sin conseguirlo nunca del todo; además, cuanto más pronunciadas eran las rarezas de algunos presos, menos confiaba los otros en ellos. Después de tardes distantes, las noches era de sueño ligero, de mucho despertarse y de husmear las hueras sombras como quien hostiga proyecciones de mundos paralelos sobre las paredes. La sensación de extrañeza del primer día le hacía de nuevo dormir con un ojo abierto.


-¿Sabes Paumé? Matar a un anciano desvalido y enfermo es relativamente fácil, él nunca esperaría nada malo de ti. La sangre de los ancianos es tan poca que se vacía enseguida, y yo no maté a mi suegro, pero sé que de un sólo golpe, por enfados inesperados, porque si así se les responde a un insulto o a un comentario de desprecio, es suficiente para que caigan sin sentido y pierdan su alma. -Aprovechan para pintar las celdas mientras bajamos al patio. Nos hemos pasado dos horas dando vueltas bajo un cielo gris que prometía descargar en cualquier momento, además soplaba un viento helado que nos empujaba contra las paredes. Pero no hemos parado, no estábamos en dos horas de esparcimiento, nos han formado en dos filas y nos han puesto a dar vueltas -dijo Trebor como si no hubiese oído nada del comentario de Tony y como matar ancianos. Durante la hora de la comida se les unía para poder charlar de los viejos tiempos, y porque después de haber pasado tres años compartiendo celda con Tony se sentía cómodo con ellos. -Las celdas a veces parecen estar vivas, guardan muchos recuerdos, algunos nada agradables -replicó Tony-, no es extraña esa obsesión por pintarlas. Las celdas eran una sucesión de esforzados intentos por mantener la dignidad. Cada vez que uno de sus habitantes era trasladado y otro recién llegado empezaba a ser consciente de que la apariencia era importante y nunca debía mostrar el hundimiento de su alma, entonces darle la espalda al mundo y pegar la cara a la pared pintada de gris se convertía en refugio. De haber seguido investigando e inmiscuyéndose en los recovecos de las camas, la pared bajo la pileta o incluso las marcas sobre los barrotes de la ventana, Paumé habría encontrado nuevos mensajes de otros hombres que, como él, habían intentado convertir su desesperación en arte. Durante un tiempo que se sintió extrañamente agitado, tuvo la necesidad de dejar también algún tipo de huella que reflejara las horas muertas que pasaba sin ser capaz de dormir, y así empezó a rayar una de las tablas de la litera, aquella que quedaba justo sobre su cabeza cuando se reclinaba. En la primera tentativa se aproximó a poner “Ariana” como quien escribe el nombre de un meteoro, o de un huracán, esperando que vuelva, y sabiendo que sólo una vez pasan algunas cosas por la vida. Pero no tenía paciencia y apenas se trató de algunas líneas rayadas con una punta oxidada que arrancó de un banqueta en el comedor, pero que igual se podía haber tratado de la hebilla de un cinturón, cualquier cosa capaz de desafiar la dureza de una madera que, por lo demás, no resultaba impenetrabale, en absoluto. Se trataba de madera sencilla, barata, blanda, sin apenas resistencia, y volvió una y otra vez a ella para darle profundidad al dibujo rayado de aquellas letras que unidas tenían forma de nombre de mujer, o de huracán, o de meteoro.


4 Como La Secuencia Natural De Una Decisión Mal Tomada Habría pasado un año desde que vivía con Ariana y su hermana Carina, quizá algo más -nada relativo a aquella parte de su vida era un recuerdo nítido, ni nada que pudiese explicar con precisión-, cuando sucedieron los hechos con los que no habría contado ni en un siglo de profundas meditaciones. Lo que a él le parecía normal se volvía como un reproche a los ojos de Ariana, porque ya entonces ella no se encontraba del todo bien y las ausencias de Paumé le parecían abandono. Nada hubiese sido tan grave si por cada nueva discusión, él no se alejara un poco más, y las noches en las que decidía dormir fuera no empezaran a ser demasiadas. No había nacido para estar encerrado y además aliarse con compañeros con los que pasaba noches de juerga, o simplemente dedicándose a deambular como un solitario, decidió empezar a dormir en una pensión barata que pagaba con el dinero que Ariana le daba. Aunque de forma inesperada, el suicidio de Ariana no se recibió con grandes aspavientos por los vecinos, al contrario, hubo gran discreción y respeto por su decisión. Después se supo que le acababan de diagnosticar un cáncer, y todo lo relativo a la forma, a la bañera llena de agua caliente en la que sumergió para cortarse las venas, apenas transcendió. Apenas fue enterrada comenzó un largo calvario para Paumé y su sometimiento a Carina, que uno y otro día le pedía que abandonara la casa y lo culpaba de la muerte de su hermana. No tenía donde ir, así que todo se complicaba. Tenía pensado hacerlo muy pronto y no lo hizo antes porque necesitaba tener un dinero para poder hacer frente a sus nuevos gastos. Cuando ya sólo era cuestión de días intentaba no molestarla, llegar a la casa sólo para dormir y seguir empaquetando sus cosas. Unos días más y podría marcharse y dejar atrás todo aquello que tanto lo exasperaba. Ella lo sabía, se lo había dicho, que necesitaba nos días para acabar de recoger y que se iría, pero seguía torturándolo, acusándolo de la muerte de su hermana, de haber sido la causa de sus desgracias y de haberse portado con ella sin nobleza. Aquellas palabras lo deterioraban todo, lo tenían confuso, amedrentado, y finalmente explotó de forma violenta y la golpeó. Tal vez se trató se un accidente que ella se golpeara la cabeza, pero Paumé en ese instante se convirtió en un asesino. Al volver a mirar la celda cualquier cosa que se le ocurriera podría convertirse en real, cualquier cosa que se le antojara en momentos de imaginación desbordante,


podía tomar formas, olores, tacto, brillos y sombras que confundirían al más sagaz y desconfiado de los presos. Durante segundos inagotables podía agarrar con fuerza su manta, acercarla a la boca y creer que tenía delante un enorme trozo de carne. Nadie hubiese podido convencerlo de lo contrario, se trataba de un bistec recién salido del horno, ¿hubiese sido algo insólito que Paumé mordiese la manta hasta hacerse daño en las encías? Los días de calor se producían encantamientos parecidos al de la manta convertida en carne, cesaba el ruido de las máquinas de la lavandería a una hora de la tarde que aún permitía todo tipo de alucinaciones. La terrible diferencia entre un hecho real y una imaginación viciada por la fantasía, es el momento en el que segunda debe retornar y situarse en el lugar de la primera; la realidad, el mundo constante. La consiguiente sensación de alimentar nuevos secretos y sentirse observado, era inevitable después de una de estas sesiones de “insensata ingravidez para la evasión”, por así llamarle. Cualquier excusa le parecía buena a Paumé a cambio de evadirse durante unos minutos de su encierro y no cesaba en una de sus imágenes por loca que le pareciera. En una ocasión en que Tony se quedó de pié sumido en sus pensamientos, Paumé concluyó que parecía una señorita, aunque intentó rechazar ese nuevo delirio, no podía dejar de verlo como una jovencita que apenas asomaba a su sexualidad, con las manos delicadas y el pecho sin desarrollar. Me quiero referir aquí a que las sensaciones que le producían a Paumé estos escarceos con un mundo idílico que se montaba a su antojo, en la mayoría de los casos terminaba por escapar a su control. Se dejaba llevar por el interés placentero y sorprendente que su imaginación la proporcionaba, pero en realidad no se trataba de una reacción al cautiverio, pues en libertad, cada vez que había rechazado los favores de Ariana, así debía reconocerlo, se había servido de actuaciones similares para pasar la noche eludiendo reproches que no creía merecer. Apenas conocía lo suficiente de Tony. Solía pasar que los presos estuvieran años compartiendo la celda y apenas conocieran algo relevante de la vida de sus compañeros, como el nombre de sus padres, si tenían hermanos, si les gustaba la pasta o el pescado o si su infancia había transcurrido en un ambiente de felicidad. El lugar de nacimiento era punto y aparte, porque se utilizaba con cierta frecuencia en los motes que eludían llamar a algunos por sus nombres, si de pronto resultaban muy largos o rebuscados. Había otro aspecto acerca del desinterés que sentían los unos por conocer esos pormenores, y es el que se refería a su posición social, y, aunque los uniformes parecían igualar diferencias que en la calle resultaban barreras infranqueables, lo cierto era que por algún motivo, tal vez acerca de la calidad de la piel, la delicadeza de los rasgos, la forma de expresarse o los hábitos de higiene, existían afinidades y rechazos que tenían que ver con este aspecto de sus vidas pasadas. Desinterés, no es exactamente la palabra que debería utilizar para referirme al desconocimiento voluntario del otro, creo que se trata (también sucede en libertad) en la necesidad de elegir con quien compartes cierta información, y todo lo que te obliga a devolver una información parecida en el caso de que muestres ese tipo de curiosidad. De todo lo que su compañero de celda pudiera imaginar de él con toda seguridad que no llegaría a la verdad nunca revelada del origen de Antonio de Puentetierra, Tony. Una posibilidad, la más extendida, era imaginar que todos los allí confinados


procedían de clases bajas o medias, o en su lugar, alguna excepción que por algún errar había conducido hasta allí a algún burgués, pero en el caso de Tony todo era un poco más complicad. En su caso, procedía de una familia de larga tradición, inconfundible tratarlos como a nuevos ricos, o creer que su único mérito procedía de su fortuna. Tony se casó muy joven con una mujer rechazada por su familia y posiblemente, debido a esa concepción inflexible de su superioridad nunca volvieron a querer saber nada de él, mucho menos en aquel momento en que se encontraba entre rejas. Ese era el motivo por el que nunca recibía visitas, ni siquiera su madre se había vuelto a interesar por como le pudieran ir las cosas, y era muy probable que ni siquiera supiera que había sido sometido a un juicio que lo había considerado culpable de asesinato. Frecuentemente la aridez de Tony era incomprendida por sus compañeros, pero ninguno podía llegar siquiera a adivinar que se encontraba delante de un descendiente directo de los Puentetierras, apellido maldito para él en tales circunstancias: desde luego, si el carácter de un apellido llevaba escrito entre sus letras la renuncia a los hijos por motivos de altivez y posición, no podía pensar otra cosa. Esta circunstancia debía ser explicada porque muchas de sus reacciones no se entenderían de otra manera. La familia de Tony había sido cruel con él, y de crueldades y decepciones todos hablaban allí, sin reparar en sus propias crueldades y las decepciones que habían causado en otros que alguna vez habían esperado algo de ellos. Era conversación natural entre los más novatos culpar a otros de sus desgracias, y buscar justificación en la mala vida que les habían dado para mitigar la sensación de sentirse despreciados y apartados por la sociedad. Sin embargo, para los rudos delincuentes reincidentes, ya su vida era la que era, asumida y consentida como parte de su propio desarrollo. Un reincidente no se siente víctima, pero jamas reconocerá en nadie, por el mero hecho de no haber pasado por la cárcel, que fuerza merecedor de más confianza que ellos porque, de forma general, consideraban que su carácter era inquebrantable y sus lealtades de por vida. El espectro de Tony como núbil jovencita ausente en un mundo de pensamientos prohibidos e incipientes propuestas en un cuerpo que empezaba a conocer, se le aparecía cuando adoptaba aquella postura, de espaldas y distraído. Cualquiera se hubiese sentido interesado por una imagen así de haber sido capaz de convertir su imaginación en una máquina de fabricar espectros. En eso su interés poco disimulado pareció llamar la atención de su compañero, y la curva de su espalda desnuda, su diminutos pechos ocultos y sus nalgas tiernas y femeninas, desaparecieron de golpe cuando molesto preguntó, “¿qué miras?” -No te molestes, pero te estaba imaginando como a una novia que tuve cuando era un crío. Tienes un gran parecido -la respuesta pareció molestar aún más a Tony. -Eres una maricona -le respondió sustituyendo su enojo por una sonrisa que establecía la transición del que se siente divertido al descubrir una nueva faceta inesperada en la personalidad de alguien. -Pues no estabas mal, de nena tu tampoco -la respuesta parecía diversión-, sólo te


faltaban las coletas. Descuidadamente, en uno de esos ejercicios espectrales, vio la imagen de Ariana acercándose en la noche, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para diferenciar lo que producía su imaginación y lo que podía tratarse de un fantasma real. Para eso, intentó establecer si se trataba de un ejercicio voluntario, lo que haría desaparecer aquella imagen con un simple ejercicio de voluntad, intentó volver de aquella mirada perdida que era la suya, y no lo consiguió. Ariana se acercaba produciéndole un miedo cerval, producía un crujido continuado al desplazarse, y arrastraba los pies como si se tratara de dos piezas de hierro difíciles de mover para una mujer anciana, su cara se agrandaba y sus rasgos se clarificaban a cada centímetro que se acercaba a él, empezó a temblar al comprobar aquel gesto de doloroso esfuerzo y se acurrucó removiendo su manta pero incapaz de dejar de mirar al infinito. No había manera de saber lo que iba a suceder a continuación, si después de que Ariana le reprochara por haber matado a su hermana, lo atacaría o se dedicaría a atormentarlo las noches en las que le costaba conciliar el sueño. No fue atacado por la imagen evanescente, y advirtió cuando desapareció que llevaba horas pendiente de aquel nuevo ejercicio de imaginación y remordimiento, cuando se encendió la luz lo que era la señal para que los presos se levantaran y lo dejaran todo perfectamente en orden, antes de que los bajaran al comedor y un nuevo día empezara para ellos. Seguir la vida sin que nadie notara lo que aquella noche había vivido fue su primera decisión, y lo intentó con todas sus fuerzas, pero cada vez que recordaba la cara fosforescente de Ariana apareciéndose en la noche, una gran aprensión ponía cada músculo de su cara en un estado de tensión difícil de disimular. Tanto eso sucedía así, que tuvo que responder en más de una ocasión a las preguntas de otros presos que se encontraba bien, y hasta uno de los guardias se preocupó por su salud y le preguntó si quería que lo llevarán a la enfermería, a lo que también respondió negativamente.

5 El Mal Gobierno De La Casualidad Y El Desencanto Al meditar acerca del cautiverio y el cuerpo que se entumece, no podían por menos que reconocer el gran error de una juventud que se pierde. Tony se estaba de nuevo limpiando las uñas y con la uña del dedo índice de una mano limpiaba una uña de un dedo de la otra, era una operación relativamente sencilla. El tiempo en el que no


sucede nada es un enemigo inalterable, así que no podían evitar que se les pegaran algunas manías, en ocasiones innecesarias que les ayudaban a pasar las horas volviendo un y otra vez a ella. Ese era el caso de las uñas de Tony, que parecían limpias desde luego pero se empeñaba en rascarlas como si se tratara de rascar un palo con una navaja, y no iba a conseguir darle forma de caballo o algo parecido, pero se arrancaba las pieles, conseguía levantar las puntas y las arrastraba hasta reducir su tamaño y en ocasiones se trataba de entretenerse frotando uña con uña haciendo un ruido casi imperceptible que, sin embargo, animaba un ritmo interior en el pecho y el estómago del preso que parecía mantenerlo despierto, alerta y con la tensión necesaria para enfrentarse a las horas. -¿Sabes? Arancha era buena chica, nunca creí que dudara de mi, y mucho menos que declarara en contra en el juicio. Tony, era buen tipo, escuchaba con paciencia, no se mostraba inquieto, aunque, si algo le desagradaba solía mofarse provocando el desconcierto de su interlocutor. Para no llevar tanto tiempo juntos, se entendían bastante bien, justo lo contrario que le sucedía a Tony y a Trevor, que nunca llegaron a congeniar, y ellos estuvieron tres años compartiendo aquel mismo aire. Tony era alto, de complexión atlética y solía adoptar posturas que nos llevaban a imaginar que buscaba los estiramientos de la forma en que haría un deportista. Esa flexibilidad le ayudaba para no hacer lo que hacía Paumé, que, o bien se ponía en pie y daba un paseo por la celda, o bien se acurrucaba en su cama y pasaba las horas sin moverse; pereza o desgana es moneda corriente entre los que tienen que contentarse con mirar sus cuatro paredes. Los asesinos no son gente corriente -por mucho que nos esforcemos, nunca conseguiremos descubrir a un asesino tan sólo por su forma de hablar, de andar, por sus gestos y mucho menos, por cualquier comentario acerca de otros asesinos. No es algo de lo que hayamos sido dotados, sin más referencias, sin conocer su historia pasada, unicamente por su conducta, nunca serán descubiertos-. Presentar a Tony y a Paumé como dos asesinos cercanos, aparentemente inofensivos el uno para el otro, no debe confundirnos, no los vamos a rebajar de categoría y empezar a dudar de la versión oficial. Considerados todos los hechos el juez así los consideró, un homicida por accidente es otra cosa menos probable y en esta celda siempre hemos necesitado dos asesinos, a pesar de todas sus protestas al respecto. Un imprudente puede acercarse mucho al perfil del asesino, poner otras vidas en juego por pura diversión desde luego lo han hecho muchos conductores ebrios, y no es el caso, pero aunque “nuestros reos” no hubiesen planificado, ni deseado la muerte de sus víctimas, desarrollaron una violencia incuestionable de la que no podemos saber que tipo de arrepentimiento a quedado y por lo tanto, lista para manifestarse nuevamente. En las discusiones de bar podrían pasarse horas intentando discernir si se debe establecer la calidad de la culpa en base a la maldad del individuo y la intención que pueda o no tener de hacer un determinado mal, pero no es el caso. Si un joven decide acompañar a otros a un atraco u sin haber pensado que podría ocurrir, sin haberlo sopesado y mucho menos premeditado, se ve en la situación de tener que matar a un vigilante para poder huir, se convierte inmediatamente en un asesino, da igual el peso de


conciencia que le produzca el error cometido. De acuerdo, nunca debió acompañar a los otros chicos en su aventura, pero lo hizo, y no hay más. Pues así las cosas, los supuestos accidentes en los que se vieron envueltos Tony y Paumé (ellos los consideraban accidentes) los convertían indefectiblemente en asesinos a los ojos de la sociedad, capaces de matar de nuevo y posiblemente nunca del todo capaces de encajar. Esta era una historia que se repetía bastante, chicos que llegaban a la cárcel por haber estado en el sitio erróneo en el momento erróneo, y haberse comportado con la indecisión propia de su edad. Las malas compañías es lo que determina tus afinidades dándole forma a tus propios pensamientos y decisiones. Jóvenes en pleno proceso de la formación de su personalidad, a los que todo les hace gracia hasta que se pone serio, y entonces es demasiado tarde para echarse atrás. Trevor había pedido el traslado de celda porque decía sentirse observado y eso le resultaba muy incómodo, pero todos sabían que se habían peleado. Aquella noche, después de acostarse, y de llevar un par de horas durmiendo, se despertó y vio a Tony sentado en la cama, con los codos sobre las rodillas y la cabeza apoyada en sus manos; observándolo fijamente. Desde hacía tiempo que su relación como compañeros de calda se había ido deteriorando, y eso que habían sido buenos amigos; cuando Trevor llegó a la celda todo iba de perilla, la amabilidad resultaba increíble, y ya nunca volvió a ser lo mismo, todo se empezó a torcer e iba cada vez peor. Había en todo unos puntos concretos de fricción, tal como eran los gases que Trevor se tiraba cada noche, invariablemente y de los que Tony se había quejado sin conseguir nada, pero también, y lo que era más grave, que cada vez que habría la boca o contaba alguna cosa, el otro lo miraba como si no lo creyera y adoptaba una postura de superior desprecio con sus historias. Las historias de Trevor no tenían nada de especial, anécdotas de la vida de uno, como tantas que los presos se cuentan en la cárcel, los unos a los otros, sin embargo, Tony lo hacía sentirse como un embustero, como si se inventara una vida fuera, una vida muy superior en vivencias, a la que en realidad había llevado. Bastaba echar un vistazo a la nariz rota y aplastada de Trevor para comprender que nunca había sido un hombre paciente. Nadie habría apostado la mínima cantidad aceptable, ni hubiese hecho una apuesta irreal, ni se hubiesen apostado algo tan real como la comida del día siguiente, a que Tony no se arrugaría ante las exigencias de Trevor, pero la vida a veces ofrece grandes sorpresas. Por delicado que parezca, un asesino es un asesino, hombres que no tienen nada que perder. Podríamos especular hasta el infinito sobre las probabilidades e improbabilidades de que el hecho de poner a dos personas con un carácter tan diferente, a convivir en un espacio tan reducido pudiera llegar a tener éxito, pero sería inútil. Una de las barreras infranqueables entre los dos, tenía que ver con las miradas de desprecio que se echaban, de alguna forma se decían que su vecino jamás se impondría, el uno por su retórica burguesa, el otro por sus reacciones violentas. Paumé se enteró tarde de lo sucedido, pero no creyó que aquello tuviera necesariamente que influir en sus buenas relaciones con Tony. Bastaba una mirada a la ambos rivales, para comprender que al fin había sido Tony el vencedor, el menos dañado en su físico y a la postre, el que asumía con convencimiento que si fuera necesario debería terminar su tarea, cabeceando de nuevo la nariz de Trevor para, esta vez, terminar de rompérsela del


todo. Con el cambio de calda, todo parecía haberse calmado, pero no era así en absoluto, porque Trevor tenía una naturaleza resentida con el mundo, siempre había sido así y no dejaría de odiar a sus rivales aunque le demostraran que le podían dar un revolcón en cualquier momento. Todo aquello que había pasado ya hacía bastante tiempo, nada tenía que ver con Paumé, que sin embargo se sintió implicado cuando se enteró; como si necesitara tomar partido partido por haber conocido más -y tal vez haber establecido un principio de amistad, aunque de eso no estaba seguro- a uno de los contendientes. -Yo nunca le hubiese hecho daño al viejo, lo apreciaba -comenzó Tony, como si de pronto se hubiera caído una barrera y estuviera dispuesto a hablar de alguno de sus secretos inconfesables-. Yo asumí su compañía y pasar ratos con él, como dos amigos, porque Arancha sólo pensaba en trabajar; como una evasión. Supongo que ella valoró en mi cosas que yo no podía entender entonces, como una posición social diferente o mi refinamiento, ¿tú no crees que es así? -¿Lo qué? -preguntó a su vez Paumé -Lo de mi refinamiento. -No tanto. Aquí parecemos todos iguales, comemos lo mismo y vestimos igual. ¿ué quieres que te diga? -Sí, aquí somos todos iguales, por mucho que le pese a mi familia, que me retiró su confianza porque consideraban que Arancha no tenía la categoría necesaria para entrar a formar parte de ella, ¿qué te parece? -Me parece que dejes de hacerme preguntas. -¿Qué otra cosa tenía que hacer que pasar horas con él? Una vez lo llevé de compras, pero andaba tan despacio que le pedí que me esperara al lado de unos probadores. Parece que le gustó la idea porque las nenas entraban y salían de allí ligeras de ropa. Le dije que no se moviera de allí e hice unas compras con toda rapidez, cuando volví no lo encontré. Empecé a ponerme nervioso, acudí a un guardia a de seguridad y habló por su walkie: todo controlado ellos habían creído que estaba perdido y como no era capaz de responder a sus peguntas se lo habían llevado para un cuarto que tenían en la planta superior. Allí estaba, sentado, sin sentir, oír ni padecer. -!Menudo enfado al llegar a casa! -Sí así fue, ahí empezó el proceso de separación, siempre que cuento lo del viejo en el centro comercial, digo lo mismo. Desde entonces ya nada volvió a ser lo mismo con Arancha. -Uf, te salvaste de que no llamaron a la policía los de seguridad, te hubiesen


acusado de haberlo abandonado -Paumé no intentaba “echar más leña al fuego” gratuitamente, no se trataba de aprovechar que Tony se sinceraba para hacer observaciones que tuvieran por objeto hacerlo sentir culpable, o hacer aflorar algún tipo de remordimiento. Se trataba de que le parecía emocionante la anécdota que le acababan de contar y no podía contener sus comentarios-. Una vez oí de un tipo que se dejó al viejo al sol, encerrado en el coche mientras iba a hacer la compra. Cuando volvió, el viejo había muerto. -Pero no es lo mismo. Nada que ver, ni de lejos -Tony empezaba a molestarse y ahí se terminó la conversación. El significado de amistad en el que algunos presos se atrevían a entrar por pura costumbre, al cabo de los años, no pasaba de ser una rareza entre gentes de rudo carácter como allí había, bajar la guardia, dejar de vivir como siempre lo habían hecho a la defensiva, alerta y expectantes, para confiar sus secretos sagrados a alguien, engrandecía todo lo que fuera de aquellas paredes pudiera tener o no tener de sincero, pero que no parecía mucho. Es muy posible, que convivir el encierro lo dimensione todo de otra manera que no podemos entender y desde luego, la ligereza con la que algunos tratan temas mayores como la lealtad, la amistad o la familia, también se mira con recelo por parte de los reclusos. No fiarse de aquellos que nunca estuvieron presos, es la primera norma a seguir por un recluso una vez que es liberado. Y al contrario, si traicionándose a sí mismo, llega a recuperar la confianza en otro preso, entonces, esa amistad puede ser para siempre, o como ellos mismos dicen, “a muerte.” Según la posición del muerto, las heridas portales con arma blanca sobre el pecho, y los otros golpes que habían dejado contusiones en cara, hígado y costillas, todo indicaba que la muerte no había sido natural, por eso resultaba increíble que los funcionarios de prisiones, o guardias como los presos los llaman, fueran avisándose unos a otros y acudiendo al lugar para confirmar sus sospechas. Hallábanse en un estado de sorpresa e incredulidad, como si aquello fuera la primera vez que pasaba, o como si ellos mismos no estuvieran sobradamente preparados para hacer frente a esta situación, y a otras infinitamente peores. Nadie tocó ni movió el cuerpo de Tony hasta que llegó el médico y certificó la defunción. Ninguno de los funcionarios tenía una mal opinión de él, así pues no se oyó entre dientes, “se lo tenía merecido,” como había sucedido otras veces. Algunos, simplemente permanecían de pie observando el cuerpo desnudo del recluso, el charco de sangre y el gesto de paz en su cara. A estos no les importaba demasiado, se había movido hasta allí por curiosidad, y abrían las piernas y se cogían las manos en la espalda en actitud de descanso, armándose de paciencia para que fueran llegando los sanitarios y fuera llegando el mediodía y la hora de irse a comer. -¿Esto es lo que le pasa a los monstruos en la cárcel? -se preguntó Paumé cando conoció la noticia- Pero Tony no era un monstruo, al contrario. La reacción segunda del compañero de celda del muerto fue ligeramente apreciable


en su desánimo. Se sentó en su litera y se frotó la cara con las manos, como intentando devolver la sangre a sus mejilla. Estaba pálido, los ojos un poco caídos, con la expresión de desconfianza de los que escuchan sin convencimiento. Al principio no respondió, la comunicación desinteresada del guardia fuer escueta, ·a tu compañero lo han encontrado muerto en las duchas,” se dio media vuelta y se alejó. Fue un movimiento mecánico, sin esperar ninguna respuesta. Instantes después, una segunda revisión de lo que acababa de escuchar hizo más profundo el sentimiento de perdida, aunque no tanto como si se tratara de un familiar cercano o un amigo de toda la vida, y fue entonces cuando empezó a sentir lástima por Tony, y repetirse una y otra vez: “Pobre muchacho, no lo merecía”

6 Un Guerrero de Puño En Alto Todos vamos a morir, eso no es una novedad, aunque algunos parecen no darse por enterados, o quizá no terminan de creerlo, no lo sé. Sólo observar la postura que esos adoptan ante la vida podemos señalar sin temor a equivocarnos, que indefectiblemente es así. No se trata de un secreto, nada que no podamos resaltar de la superficie de los hombres, de sus deseos, de sus esperanzas en sus vanos placeres y éxitos, todo está cubierto en una sombra de muerte inminente que no parecen capaces de atisbar en su mundo. Esta observación se hace más pronunciada cuando uno cree estar ocasionalmente expuesto a accidentes, enfermedades o actividades de riesgo, tal cual como se está en la cárcel, aparentemente protegido y sin posibilidad de correr riesgos innecesarios. Lo que sorprendió de la súbita muerte de Tony fue que en una lista de probabilidades había otros cien delante de él que podían haber provocado más motivos para una venganza. Gente pendenciera, dispuesto a provocar o desafiar, esperando cualquier momento por poco propicio que fuera, para golpear o ser golpeados hasta la extenuación. Si la muerte llega en la mayoría de los casos de forma inesperada, en ésta ocasión había sucedido probablemente del mismo modo, nada habría hecho sospechar a Paumé que su compañero de celda, tan alegre y chistoso aquella mañana pudiera haber esperado un ataque tan salvaje. brutal y despiadado. Era cierto que había agonizado, la muerte no fue instantánea, pero cuando lo encontraron ya no respiraba, aunque su cuerpo no estaba frío del todo. -Al menos no le rompieron el culo -le espetó Trevor en cuanto lo vio.


-¿Qué? ¿Me hablar a mi? -respondió Paumé mientras andaban por los pasillos en dirección al patio. -Claro, te hablo ti. ¿A quien sino? Digo que no lo violaron. Eso se comenta. -Oye Trevor, no sé a qué viene esto, pero el único aquí que tenía motivos para desear su muerte eras tú. Es preciso llegado el momento del desenlace, observar como la cárcel cambia a la personas, como endurece sus sentimientos y a la vez las hace recapacitar acerca de sus acciones, al menos es es mi punto de vista, aunque creo que no lo sería si yo estuviera escribiendo esto desde dentro, y no, cómodamente sentado en el sillón de mi casa. Paumé en poco tiempo aprendió que el acto posterior a un desencuentro no podía ser huir, porque no había a donde, y eso necesitaba una convivencia amable. Casi no había tratado a otros mientras su observación de su nuevo mundo se iba ampliando; es curioso como un espacio tan reducido puede exigir la atención de años para llegar a conocer su mecánica. Apenas empezamos a comprender nuestras limitaciones la idea de una muerte prematura puede acuciar nuestras almas hasta hacernos insoportable existir, muchos suicidios se producen por este motivo. Por fortuna, la mayoría estamos a favor de ignorar nuestras condiciones existenciales y partir en la búsqueda de todo lo que nos da fuerza para afrontar el desafío psicológico que supone. Desde muy temprano, nos ha sucedido que alguien ha interpretado nuestras posibilidades en la vida, una maestra, nuestros padres, un amigo, alguien cercano dispuesto a sentenciar para nosotros una vida desgraciada si no hacíamos un provecho necesario de nuestras aptitudes. La utilidad parece en tales circunstancias una solución a un futuro desafiante que debemos resolver, y que se nos va a resistir indefinidamente. Pero hasta los que convierten su vida en un resultado incuestionable de éxito y fortuna, terminan por ser vencidos y descubren entonces que la utilidad y la sordidez están tan relacionadas como la vejez y lo inútil del dinero para algunas cosas, como detener el paso del tiempo. Encontrar en lo decadente el verdadero sentido de nuestra existencia, llevaba a Paumé a considerar, como tantos otros lo hicieron antes, la belleza en lo que se consume. Imaginen un director de cine, filmando una vela desde que se enciende por primera vez, hasta que termina por apagarse porque toda la cera sólida que la mantenía en pie, se ha ido licuando; esa era la idea que un hombre como él tenía de la belleza. Pero no se quedaba ahí, llevado a un plano superior, plantarle fuego a los autos de gente desconocida de los mejores barrios de la capital, y quedarse mirando como un simple espectador mientras el lugar se llenaba de gente, era uno de sus entretenimientos favoritos. La belleza de Ariana consistía, en parte, en tener acumulado todo aquel devenir de pequeños golpes que nos da la vida, de ir formando el carácter entre la repuesta y el encaje, del mismo modo que un boxeador va calculando las fuerzas que le quedan e intenta llegar, como mínimo, al último asalto. A menudo la exactitud con que los medios nos proponen la idea de belleza tiene que ver con la juventud, y Paumé


después de su experiencia amorosa con Ariana, y a pesar de sus muchas discusiones y desencuentros, sólo la podía calificar de maravillosa. A su lado, todo había sido fácil, la recordaba añorándola y no podría decir una cosa diferente porque había interiorizado todas y cada una de sus atenciones. Por todo ello, nunca comprendió que su hermana fuera incapaz de notar cuanto la había querido y que siempre se mostrara tan ruda y distante con él. Debía asumir que del mismo modo que compartía casa con ese reproche permanente, estaba sometido a su crítica, lo qe también formaba parte de aquella vida que nunca volvería y que algunos habían censurado desde el principio. Nada puede enmendar el crimen cometido, por mucho que el juez se empeñe en fijar una cantidad a pagar a las víctimas, que suelen ser parientes del fallecido, en caso de asesinato. La verdadera pena de la cárcel radica precisamente en el recuerdo, en la imposibilidad de distraerse, de hacer planes, de continuar con tu vida, la pareces y las puertas cerradas se encargan de que no puedas huir, ya no de los hombres, sino de tus recuerdos. En el proceso de asimilación de la información, el preso debe terminar por ponerse en el lugar de la víctima, que a esas alturas ya a llegado a formar parte de él y de sus obsesiones como lo hacen los buenos deseos que sentimos por los seres más cercanos: siempre presentes. Claro que a algunos no les alcanza tanta piedad, pero se trata de aquellos que son aptos para la reinserción. Así como el remordimiento nos acosa sin descanso, la idea de llegar a reconciliarse con sus víctimas, aunque estén muertas, suele estar presente en el imaginario colectivo de los presos Había ya pasado un tiempo de la muerte de Tony cuando Paumé recibió una visita y lo bajaron al locutorio, se trataba de alguien a quien no conocía. Era la tarde un jueves cualquiera y resultaba de lo más anodino pasar aquella hora sentado en el patio, o en su celda leyendo un libro viejo o hablando con su su nuevo compañero, el que apenas contestaba a todo más que con monosílabos. Se sentó en su taburete, y permaneció inmóvil viendo aquella carita de ángel que parecía sonreír. Quizá nadie como Paumé conoció tan profundamente a Tony, ni siquiera su familia. Pasaron dos años juntos, en la misma celda, en los que a pesar de su primera reticencia a exponer partes íntimas o particulares de sus vidas, y sin llegar a profundizar en sus más sagrados secretos, terminaron por contarse cosas que nadie más podía saber fuera de allí. La pretensión de que apenas lo conocía, no le pareció muy real a la hermana de Tony, cuando le pidió que le contara algo de él para que pudiera recordarlo con un “afecto superior”, estas fueron las palabras que utilizó. En otro tiempo, esta preocupación por la memoria del hermano muerto hubiese parecido más natural, pero Paumé no terminaba de entender a qué se debía. -Mis padres no saben que he venido a verle. Si lo supieran posiblemente dejarían de reconocerme como hija suya, en eso son inflexibles. Para ellos no existe nada fuera de su clase, y que me rebaje hasta el punto de relacionarme con otras visitas en una cárcel, debe parecerles monstruoso. Pero he venido, y considero a esta gente compañeros en la desgracia hasta cierto punto -dijo la hermana de Tony sin mirarle a los ojos.


-¿Hasta cierto punto? -Pues sí, así debe ser, porque sé que ellos no piensan de la misma forma acerca de mí -Pues sí, así es. Nadie puede ver en usted, ahí sentada, ninguna otra cosa que sus ropas caras, su maquillaje y sus joyas. Nadie ve dolor, si no llega hasta el punto de hacerle prescindir de toda esa presuntuosa imagen. -Pero he venido. Y vendré más veces, porque necesito que usted me hable de mi hermano. Él me escribía, y le tenía aprecio. No me diga que apenas lo conocía, yo sé que no es así. -Sus padres saben que se escribían? -Preguntó. -No, ya sabe de que va esto. Si lo supieran no volverían a verme a la cara. En nuestra familia eso es traición. Ya se lo he dicho, no es fácil de entender, pero así funciona. -¿Sabe qué? No es tan extraño que su hermano matara al viejo. -Él no lo mató -respondió con cólera, se levantó y se fue. Nunca más la volvió a ver. Todo examen del tiempo reciente, si se hace desde el aprecio y la nostalgia por lo que no ha de volver, tiene que ver con un planteamiento inmóvil del presente, ¿y qué otra cosa se puede esperar, del que desde dentro de una cárcel, no espera movimiento excitante alguno para los próximos años? En efecto, la vida no se iba a detener por la muerte de un compañero de celda como no esperaba tener otro parecido en todo lo bueno que compartieron. En el reducido espectro de la vida carcelaria, todas las estructuras posibles no dejan sino de decepcionarnos. Ninguna aventura sería lo suficientemente arriesgada ni planeada, como todas las pequeñas cosas que se planean en libertad, un noviazgo, una familia, un trabajo. Nada que pudiera echar olvido y distracción en los recuerdos, Paumé no tardaría mucho e empezar a pensar como un arrepentido sincero, listo para ser devuelto a una sociedad que, sin embargo no le iba a dar ni una sola posibilidad.



El alcance del consuelo