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Bruja

Juan Carlos Di Pane Sánchez

Tanto el relato como la ilustración están sujetos al derecho de autor

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Relato e ilustración: Juan Carlos Di Pane Sánchez©


Bruja

Juan Carlos Di Pane Sánchez

- ¡Ta! ¡Ta! ¡Ta!... ¡Muere bastardo! – Gritó Lucio y saltó salvajemente desde dentro del armario sobre mi cuerpo desplomado, para golpear mi cabeza con la culata- ¡Toma! ¡Toma maldito psicólogo! - Se había escondido allí para dispararme con su Magnum 44 de PVC. - ¡Ché ché ché! –le interrumpí atrapando sus muñecas- ¡Eso duele y ya conocés las reglas del juego, no se puede golpear de verdad, ni hacer nada que lastime al otro! - ¡Calláte! ¡Estás muerto! ¡Yo te maté, no podés hablar! –Insistía ofuscado- ¡Ta! ¡Ta! ¡Ta! - Bueno, basta… –rodeando su cuerpecito con mi brazo izquierdo me impulsé para levantarnos de la alfombra. Pesaba sorprendentemente poco para tener seis años - Acepté interrumpir unos minutos, porque me prometiste que terminarías el dibujo antes de que venga tu papá- atravesé el pequeño consultorio y lo deposité junto al escritorio, en la silla que ocupaba antes de comenzar a su juego favorito, policías y ladrones. - ¿Por qué vos sos tan grandote y yo tan chiquito? ¡No vale!- protestaba a la vez que recuperaba el pincel del vaso de agua. - ¿Cómo que no vale? Hemos hablado mil veces de que todas las personas somos diferentes. Unos negros, otros blancos con el pelo rubio, como vos; unos chuecos y otros derechitos –mientras continuaba explicándome pedagógicamente, o al menos eso creía yo, rodeé la mesa donde trabajábamos para sentarme frente a él- algunos tienen lunares, otros una cicatriz o pecas, como las tuyas; vos sos flaquito y bajito, yo gordo y alto… Lucio, estoy contestando tu pregunta ¿me estás escuchando? - Sí, sí… -respondió de forma autómata mientras oprimía sin piedad un tubo de témpera negra sobre un plato viejo de loza. Una vez que lo vació, hundió el pincel en aquel chapapote para comenzar a esparcir la pintura en su trabajo – Le pinto el cielo negro porque la bruja vuela de noche. - Ah… Muy bien, o sea que ya volvimos a la tarea ¿no? - Sí. - Te voy a hacer algunas preguntas mientras terminás de dibujar lo que soñaste anoche ¿Qué te parece? – Como toda respuesta recibí una sacudida de cabeza en sentido afirmativo, sin lograr que apartase la mirada de la cartulina. Aquel trabajo le despertaba sensaciones ambivalentes. Por momentos se concentraba tenazmente, pero de repente lo abandonaba, rogándome jugar a otra cosa. Habían pasado casi cuatro meses desde que comenzamos la terapia, pero se negaba a abrirse. Su padre pidió consulta preocupado por los problemas de conducta en la escuela. Golpeaba a sus compañeros, quienes empezaban a tenerle miedo, algo irónico dado su frágil aspecto. Al parecer, aquel Tanto el relato como la ilustración están sujetos al derecho de autor

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comportamiento comenzó tras retomar las visitas con su madre. Sus padres llevaban casi dos años divorciados. Tenía la sensación de no avanzar en ninguna dirección, hasta la sesión pasada. Ese día encontró en el arcón de los juguetes una vieja muñeca vestida de bruja. El hallazgo le impactó y en silencio, sin siquiera recordar que yo estaba presente, se trepó al sofá apoyándose en el respaldo para abrir la ventana y lanzó la bruja a la calle. Tardó en reaccionar a mis preguntas recriminándole que desde un primer piso el juguete podía lastimar a alguien. Sin bajarse del sofá, detuvo mi racional perorata apoyando sus manos en mis hombros. Los presionó con fuerza y me dijo: - ¡Ese juguete no me gusta! - Me parece muy bien, pero tal vez otro niño o niña que venga puede querer jugar con él –después de pedirle a la secretaria que por favor recuperase la muñeca, regresé intrigado –… y contame ¿Qué es lo que no te gusta? - Las Brujas son malas –sentenció mientras se enrollaba como un bicho bolita sobre el sofá. - ¿Vos conocés alguna bruja? - Sí, soñé con la Bruja… y me da miedo. Es mala… ¿Por qué dará miedo ir a la casa de la Bruja? –Desenrollándose se sentó y me miró- ¿Vos también le tenés miedo? - No la conozco… - fue entonces cuando acordamos que en la próxima sesión me contaría todo sobre su sueño a través de un dibujo. Antes de comenzar tomó su juguete favorito, el revolver de PVC y lo metió en su bolsillo. Cada tanto debíamos suspender el dibujo para jugar. Yo se lo permitía porque le notaba muy angustiado, pero finalmente pareció animarse a terminarlo. - ¿Has soñado otras veces con la bruja? - ¡Pufff!... ¡Un montonazo! –sus cejas en arco decían que “más de lo que hubiese deseado”. - ¿Cuánto es un montonazo? - Y… -Sin dejar de pintar el tenebroso cielo con la mano izquierda, se restregaba el ojo con el canto de la derecha, fingiendo un arduo cálculo- No sé, casi siempre. Ella vive aquí – con el mismo pincel dibujó una especie de torre en un espacio que, aparentemente, dejó en blanco de forma deliberada- es la casa de la Bruja Maruja. Es una de esas casas que son muchas casas, una arriba de la otra –fruncía su cara buscando la palabra exacta. - ¿Un edificio? Tanto el relato como la ilustración están sujetos al derecho de autor

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- Sí, eso… pero de los muuuuuy altos –sin mirarme aún, estiró hacia arriba el brazo derecho para señalar- Como cien, más cien, más cien casas arriba de la otra. Tarda seis días en llegar… –a lo largo de la torre trazó una franja ancha ondulante y luego comenzó a atravesarla con líneas rectas cortitas- Por aquí se sube. - ¿Una escalera? - ¡Pues claro!- a uno y otro lado de la escalera ubicó rectángulos que claramente representaban puertas- la Bruja vive aquí –rellenó con negro el rectángulo que estaba en el extremo superior de la torre, hacia la izquierda. - ¿Y vive sola? –su rostro pasó de la concentración al hermetismo. Llevó el extremo seco del pincel a su boca y reflexionó unos segundos mientras miraba cada una de las puertas. - Ella se lleva a los niños a vivir con ella – dijo sombríamente y tomó dos pinceles más, a uno lo empapó con tempera lila y pintó la puerta del piso inferior a la bruja- Aquí vive un niño, es bueno… –con el otro pincel pintó la puerta siguiente de amarillo- aquí otro niño, es bueno también –y de manera descendente repitió la acción con cada puerta, pintándolas de naranja, de rojo, de verde y de azul-. En todas hay niños…. - ¿Y en cual vives tú? –sus ojos estallaron al sentirse descubierto, pero se resistió a mirarme. - En esta…-con el pincel señaló la puerta roja – y en esta hay una niña muy buena, y en esta otro niño bueno – apoyando sus brazos cruzados sobre la mesa, inclinó el cuerpo hacia delante y se arrodilló sobre la silla, para luego sentarse sobre sus pantorrillas. Siguió así un rato mientras contemplaba su sueño. A estas alturas, era imposible no encontrar la relación con su propia historia, antes de irse a vivir con su padre. Éste me comentó en la primera sesión que después de la separación, la madre de Lucio obtuvo la custodia y el pequeño vivía con ella y tres medio-hermanos, frutos de un matrimonio anterior, con quienes perdió el contacto cuando su papá volvió a hacerse cargo de él. - Pero entonces ¡¿Esta bruja solo se lleva a los niños buenos?! - Sí -Echó pintura marrón en el plato y continuó dibujando a la izquierda de la torre – Y aquí viene volando la Bruja Maruja. - ¿Entonces? Si son buenos… ¿Por qué se los lleva? - Es una maldita, y no quiere que estén en sus casas… se los lleva. - Entiendo… Y en esta puerta de abajo, la azul ¿Quién vive?

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- Otra bruja –respondió enfurruñado, como si tantas preguntas comenzaran a molestarle. - ¿También es mala? - Sí. No deja que los niños se vayan. Aquí viene volando la Bruja y me quiere llevar otra vez, a otro lugar que nadie conoce ¡Pero yo le grito que no!, que me quiero quedar -deja el pincel en el vaso junto a los demás. - ¿Con quién te querés quedar? - Con mi papá… - Lo querés mucho ¿no? - Sí… -salió despedido de la silla y volvió a sacar el revolver de su bolsillo- yo quiero ser como mi papá cuando sea más grande… - ¿Por qué te gustaría ser como él? -Se escabulló bajo la mesa para evadirme. Tendido de espaldas al suelo, comenzó a disparar hacia arriba, imaginando que perforaba el escritorio: - ¡Ta! ¡Ta! ¡Ta! ¡Ta! ¡Ta! ¡Ta! ¡Ta! ¡Ta! - ¿Querés ser policía como él? - Sí –se limitó a decir mientras se reincorporaba y volvía a sentarse. Yo no renunciaba: - ¿Para proteger a la gente buena? ¿Cómo a estos niños por ejemplo? - …Para tener un revolver –sentenció, depositando el arma de plástico sobre el dibujo con un golpe seco. De inmediato comenzó a recoger los tubos de pintura en la cesta. Había dado por terminada su tarea. - ¿Qué harías con un revolver? Tarareando una canción inventada, secó los pinceles con un trozo de papel higiénico arrancado del rollo que, previendo posibles accidentes cromáticos, yo puse sobre la mesa. Por primera vez en meses, había comenzado a retirar y limpiar todo sin que se lo pidiese antes de finalizar la sesión. Mientras le apoyaba mi mano en su hombro le pregunté: - ¿Le dispararías a alguien? Lucio volvió a meterse el arma en el bolsillo, recogió de la mesa lo último que quedaba, su dibujo y entregándomelo me respondió: - A la Bruja –sus movimientos compulsivos, su tarareo sin sentido, su distancia, todo reflejaba tensión. Tanto el relato como la ilustración están sujetos al derecho de autor

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- ¡Ahhh! O sea que vos conocés una bruja así en la vida real… - No. - Pero entonces ¿Cómo sabés que existe? - ¡Sí existe! -enfatizó mientras se lanzaba sobre el sofá. - Lucio… -decidí sentarme a su lado y tomarle de su mano multicolor- me imagino que lo que está pasando en casa te tiene muy enfadado. Deben darte ganas… no sé, de pegarle a alguien, de lastimarle, porque uno a veces piensa que la mejor manera de defenderse de lo que nos da miedo es atacando, peleando... Pero no siempre esa es una solución. En cambio si nos animamos a contarles a otras personas lo que nos pasa, pueden ayudarnos. Especialmente cuando somos chiquitos, necesitamos sentir que nos protegen, pero para eso tenemos que compartir las cosas con los mayores… - ¿Qué mayores? –me preguntó más sereno. - Por ejemplo tu papá, tu abuelo, yo… tu mamá -retiró su mano de la mía como un látigo y se reincorporó del sofá. - Tu papá me contó que ella quiere que vuelvas a su casa ¿Es así? - Sí –el tono de su voz era tristeza pura. - Y vos ¿Qué querés? - ¡Yo no quiero! ¡Me quiero quedar con mi papá y mi abuelo, ellos me quieren mucho! - Y tu mamá no –sus ojos captaron que mi voz esta vez no le interrogaba, simplemente reflejaba su corazón. Tras unos segundos sin palabras, decidió continuar: - Ella me dice que ya no toma las pastillas ni se pincha, que ya se curó… y que si voy, vamos a vivir solos, con mis hermanos, pero nadie más. - Pero igual tenés miedo de que no cumpla… - sin emitir palabra hacía girar el tambor del revólver. Ese ritual parecía consumir estratégicamente su atención¿Tenés miedo de que él vuelva? ¿Qué te vuelvan a pegar? -¡¡¡No me voy a ir con ella!!! –gritó desde las vísceras. - ¿Qué te hace pensar que te vas a ir? ¿Tu papá te dijo algo? - ¡No! ¡Ella me dice! ¡Me dice que le diga a mi papá que por su culpa no teníamos qué comer! ¡Que por eso no me daba nada! – al fin sus ojos contactaron con los míos- ¡Pero era mentira, porque a la noche cuando llegaba el viejo sí sacaban comida, pero no nos daban! –se puso de pie frente al espejo Tanto el relato como la ilustración están sujetos al derecho de autor

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y pareció sorprenderse al ver su reflejo. De inmediato adoptó la postura de un policía apuntando a un fugitivo, sólo que la imagen al otro lado de la mirilla era la suya- ¡Ta! - Eso te duele mucho, te pone triste ¿No? - Hay que levantar todo… - colocó las cestas de materiales dentro del armario y tomó el paquete de toallas húmedas- Vos siempre me decís que tenemos que dejar todo arreglado… - Está bien, veo que no querés seguir hablando más por hoy, lo acepto. - ¿Me limpiás? –me acercó las toallas y extendió sus dedos cubiertos de negro, marrón, amarillo y rojo. - ¡Claro! Dame… - mientras retiraba los vestigios de tinieblas golpearon la puerta. Le pedí a su padre que esperase un minuto y retomé la tarea de limpieza- Ya sabés que si hablamos de estas cosas es porque sé que te preocupan… y quiero ayudarte. Así que la próxima seguiremos la charla ¿Sí? - Sí… pero me dejás jugar un rato a policías y ladrones. - ¡Trato hecho!… ¿Pero quién va a ser el policía? - ¡Yo, claro! ¡Tengo que combatir el mal! – Como un relámpago abrió la puerta de la consulta y saltó a la sala de espera imitando a un súper héroe -¡Vamos pá, que empiezan los dibus! –Sin despedirse voló por el pasillo hasta el hueco de la escalera y asomándose por él gritó -¡Hola abuelo! ¡Allá vooooy! - ¿Qué tal fue todo? – la mirada de su padre me interrogaba más que su voz. - Bastante bien, programaremos una sesión los tres, creo que pronto te querrá contar cosas… –tras despedirnos, regresé a preparar el consultorio para la siguiente entrevista. Colocado todo en su sitio, solo restaba guardar el dibujo de la Bruja. Decidí no meterla en el expediente, la guardé enrollada en el primer cajón del escritorio; algo me decía que pronto sobrevolaría de nuevo a Lucio… y no solamente en sueños.

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Relato sobre un nino que le cuenta a su terapeuta sus pesadillas con una bruja.

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