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Alicia

Juan Ángel Cabaleiro

Hasta que ocurrió, la vida de Alicia era una pesada rutina. Las obligaciones de la niña eran como altos muros que la separaban de las cosas de su edad. Alicia, sola, tenía que cuidar a su madre y atender la casa. La noche anterior había colocado los zapatitos junto a la puerta de su habitación. Eran unos zapatos negros, gastados pero muy lustrosos, que conservaban la pequeña hebilla dorada del costado. Al final del pasillo, junto a la habitación de su madre, una puerta entreabierta daba a un patio con plantas y a una luna redonda: de allí la niña trajo pasto y agua para los camellos. Después de colocarlo todo, volvió rápido a meterse en la cama, que la esperaba anhelante y tibia. Era un cinco de enero. Alicia era una niña sumamente aplicada. Al mediodía, al llegar de la escuela, preparaba la comida y la acercaba en una bandeja a su madre, que iba por el segundo año postrada en la cama. Después de recoger la vajilla, fregar y acomodar todo de nuevo en la despensa, Alicia se instalaba sola en la mesa del salón con las tareas escolares. Ponía tal empeño con el lápiz que se le forman unas encantadoras arruguitas en la frente, como una pequeña hechicera de los cuentos. No se levantaba de la silla más que para atender algún llamado de su mamá. Un indispensable vaso de agua, o una pastilla, reclamada siempre con voz dulce. La niña dejaba el lápiz sobre el cuaderno y recorría de ida y de vuelta el pasillo hasta la habitación de su madre, junto a la puerta que daba al patio. Al regresar, recogía otra vez el lápiz y continuaba con la tarea. Sorprende que una niña tan madura siguiera esperando cada enero a los reyes magos. Esa noche, después de meterse en la cama, Alicia soñó, y en el sueño, por fin, los reyes entraron en la casa. Durmiendo, vio cómo en el pasillo se entorpecían los tres camellos oníricos y desordenaban la comida y el agua. Era tanta la pasión y las ganas que ponían los animales en comer, que, en el sueño, hasta los zapatos terminaron medio destrozados por los mordiscos. Pero, ¡qué importa! ¡Había una enorme caja al final del pasillo! Los reyes le habían traído lo único que Alicia de verdad deseaba: de la manera incomprensible de los sueños, dentro de la caja estaba la cura de su mamá. Muy temprano, Alicia se levantó medio dormida y medio despierta, con esa sensación mezclada de las cosas al despertar. Salió de su habitación, tropezó con los zapatitos negros y desordenó el agua y el pasto, que esperaban intactos en medio del pasillo vacío. Volvió a mirar: no había nada. ¡Nada! La niña sintió 1


tal decepción y tal furia que fue hasta el salón, tomó el lápiz y descargó toda la pequeña fuerza de sus manos sobre los dos zapatos. Los abandonó medio destrozados y corrió, lápiz en mano, a abrazar a su madre. Entonces, justo cuando la niña y la madre se dieron el abrazo en la cama, llegaron los ruidos. Como un eco de los golpes de Alicia con el lápiz, se oyeron los cascos contra el piso y el choque de los cuerpos en las paredes estrechas del pasillo. ¿Eran los camellos, que habían aparecido de repente? Las dos los oyeron; las dos miraron la puerta entreabierta. Alicia y su madre, sorprendidas, se tomaron de la mano, y salieron al patio, corriendo.

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Alicia  

Cuento corto

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